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Diego Velázquez (1599-1660) es, indiscutiblemente, no solo uno de los pintores barrocos más importantes sino de todos lo tiempos, emplazamientos y estilos. Pintor en la corte de Felipe IV, logró levantar una obra universal, novedosa y con enfoques vanguardistas para la época que, aún hoy en día, nos seduce e interroga. Podría haberse quedado en los típicos retratos reales para los que fue contratado, sin embargo, fue más allá y creó una obra que, a ratos, nos introduce en los simbolismos universales. Todo ello lo hizo con una técnica brillante, exquisita y adelantada a los modelos de su tiempo. Aunque en el siguiente listado de las obras de Velázquez nos encontramos retratos de personajes poderosos o de importancia, también se fijó en tipos sencillos que sirvieron de modelos incluso para representaciones de dioses mitológicos. Su pintura religiosa está concentrada en la primera época (antes de trasladarse desde Sevilla a la corte madrileña) y fue superada ampliamente por su producción más tardía.  

La Venus del espejo

1.- La Venus del Espejo, fundamental en la historia del género

Es una de las pocas pinturas de desnudo femenino de Velázquez y está organizada alrededor de un tema mitológico: Venus y su hijo Cupido que sostiene el espejo. Es un óleo de dimensiones medianas de 122 x 177 cms que hoy se conserva en la London National Gallery y que estaría pintado alrededor de 1848.  La obra fue desconocida hasta bien entrado el siglo XIX ya que fue un encargo del marqués de Elche, con toda probabilidad, para su disfrute privado. Perteneció a la colección de la Casa de Alba y, a la muerte de Cayetana (1802) sus herederos la vendieron a Manuel Godoy, el todopoderoso primer ministro (con funciones de valido) del rey Carlos IV. Al parecer, este señor tenía preferencia por las pinturas de esta temática ya que también fue propietario de las dos majas de Goya. No se sabe a ciencia cierta cómo pasó a Inglaterra en las convulsas décadas de mediados del siglo XIX.

Velázquez tuvo a su disposición algunos modelos de desnudos femeninos pertenecientes a las colecciones reales, como los de Rubens o los de Tiziano. Ambos artistas también manejaban sus preferencias por los temas mitológicos. Sin embargo, Velázquez se aparta de estos moldes y realiza una obra extremadamente sencilla. A la par, escoge un enfoque novedoso que nos presenta a la modelo de espaldas con el recurso del espejo (que retomaría en Las meninas) para representar el rostro. El realismo y la combinación de la gama de tonos ocres, dorados y rojos es, sencillamente, sublime. 

Las meninas de Velazquez 

2.- Las meninas, la obra maestra de Velázquez  

Y de la historia del arte universal. Fue pintado hacia 1656 o 1657 cuando el artista ya estaba en su época más madura. Es un lienzo de grandes dimensiones de 318 x 276 cms que, tras pertenecer a las colecciones reales, pasó al Museo del Prado. También es conocida como La familia de Felipe IV, aunque el único miembro de la misma que se representa en la obra es la infanta Margarita Teresa de Austria (1651-1673) junto con su pequeña corte de damas de compañía, bufones y criados. La obra está presentada de una forma tremendamente innovadora y nos narra una supuesta visita de este cortejo real al estudio del pintor, el cual también aparece retratado. Al fondo, utilizando un espejo, nos encontramos el reflejo de unos supuestos retratos reales en los que trabaja el artista.  

La meninas de Velázquez ha recibido todo tipo de interpretación a lo largo de los doscientos años en los que ha estado expuesta al público. Desde el principio se alabó su realismo y su enfoque vanguardista ya que asistimos a la escena como si estuviéramos fisgoneando a través de una ventana. Cuando estudiamos el contexto histórico de crisis económicas, de pérdida de liderazgo internacional, de derrotas militares, de pobreza extrema, de resignación y de complicados duelos para la familia real, entendemos el carácter de Las meninas. La protagonista de la misma es la hija pequeña de Felipe IV habida con su segunda esposa, Mariana de Austria. Ella es la descendiente en la que recae el legado real, ya que su única medio hermana (fruto del matrimonio del rey con Isabel de Borbón) ya estaba comprometida con Luis XIV y, de alguna manera u otra, apartada de la herencia. Hoy es considerada una de las grandes obras no solo del arte barroco sino de todos los tiempos, estilos y procedencia. 

La fabula de Aracne o Las hilanderas de Velazquez 

3.- Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez

Es un óleo de gran tamaño de 220 x 280 cms realizado antes del segundo viaje a Italia, al cual se le hizo unos añadidos que no afectan a la narración. Es otra de las grandes obras de Velázquez en el que se mezclan de manera magistral la temática clásica procedente de la literatura griega y romana con, en apariencia, un interior popular y sencillo. Estaría terminado hacia 1648 y fue una obra por encargo. En la actualidad, se puede disfrutar en el Museo del Prado de Madrid.  

La composición es de una complejidad extrema iluminando al fondo el tema central y disponiendo la obra por capas como si de muñecas rusas en el plano significativo se trataran. El fondo del cuadro nos remite a la vanidad humana y el castigo que sufre Aracne al querer comparar su pericia con la de los mismos dioses. He analizado Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez en este espacio. Así que remito al lector curioso a ese estudio donde desgrano con más detalles esta compleja obra. 

Retrato del bufon Morra de Velazquez 

4.- Retrato de Sebastián de Morra, cuando el bufón no es el prototipo 

Las cortes barrocas estaban repletas de enanos y de seres con graves anomalías que, o bien se desempeñaban como bufones o como acompañantes de los infantes.  Velázquez inmortalizó a la mayoría de ellos, aunque es difícil saber el número de los que estaban en nómina. Y por sus cuadros sabemos la indignidad a la que se sometían estas personas con taras gravísimas. Sebastián de Morra que lleva el título de don, sin embargo, se nos presenta con una mirada inteligente mirando de frente y exponiéndose con valentía a la mirada ajena. Otros, como el Niño de Vallecas o el bufón Calabacitas, no han llegado hasta nosotros con la misma fortaleza. Eran personas lisiadas y con dolencias terribles que servían como burla en la corte cuando estamos ante seres necesitados de cuidados básicos. Y me permito el juicio porque todo no debe aceptarse en la historia. De lo contrario, cerraríamos la puerta al progreso. 

Sebastián de Morra, a pesar de sufrir de acondroplasia, nos mira con unos hijos brillantes y repletos de una dignidad con la que, con toda probabilidad, no era tratado. Contrasta el busto de un hombre de cierta belleza con la exposición de sus miembros inferiores. Es un óleo de mediano formato de 106 x 81 cms realizado alrededor de 1645 y se conserva en el Museo del Prado de Madrid. 

Vieja friendo huevos de Velazquez

5.- Vieja friendo huevos, obra de juventud

Estamos ante una obra de juventud realizada en Sevilla hacia 1618. Es un óleo sobre lienzo de 99 x 118 cms que se custodia desde mediados del siglo XX en la Galería Nacional de Escocia. 

La obra es tremendamente realista y de tema sencillo con un enfoque virtuoso en los puntos de luz.  Esta recae en los elementos de color blanco que han sido estratégicamente situados a lo largo del lienzo. Entronca con los modelos flamencos de artistas que, por entonces, trabajaban en la capital andaluza. Sin embargo, Velázquez, a pesar de su juventud, saca a relucir su genialidad tratando un tema sencillo, popular, utilizando personajes y objetos humildes a los que dota de fuerza expresiva y un sugerente tratamiento del volumen. 

Rendicion de Breda de Velazquez 

6.- Las lanzas o La rendición de Breda, la gran obra de la victoria 

Es una de las obras de Velázquez de mayor tamaño ya que mide 307 x 367 cms realizada hacia 1635. Custodiada en el Museo el Prado, en ella se relata la victoria (rendición después de un largo asedio) sobre Breda el 2 de junio de 1635. Las lanzas o La rendición de Breda está dividido magistralmente en dos partes: a un lado los vencedores con las armas apuntando hacia el cielo y, al otro, a la izquierda, los vencidos dando muestras del desbarajuste en sus filas. Estas dos unidades están articuladas por dos figuras masculinas centrales. Son Justino Nassau, gobernador de la plaza, que entrega las llaves a Ambrosio Spinola, que las recibe cortésmente sin humillar al vencido. Este gesto eleva moralmente al vencedor que sitúa a su altura a quien no pudo defender la plaza. Es uno de los pocos cuadros de Velázquez que no reflejan el estado de abatimiento general de la época decadente de Felipe IV. Y se centra en el fin de un conflicto bélico resuelto favorablemente para la corona española. 

Los Borrachos de Velezquez   Detalle 

7.- Los borrachos o El triunfo de Baco, prototipo de pintura barroca española  

Es otra obra de gran tamaño de 165 x 225 cms custodiado en el Museo del Prado de Madrid y realizada hacia 1629. De tema mitológico, este está tratado de una forma irrespetuosa o irónica, ya que el dios Baco está tan humanizado que se nos presenta con un físico en decadencia y poses poco heroicas. La obra está dividida en dos partes: a la izquierda se sitúan los personajes mitológicos y a la derecha un grupo de hombres representados de manera tan realista que incluso vemos los efectos del alcohol en sus rostros.

Para entender una de las grandes obras de Velázquez tenemos que volver a los condicionantes históricos de la época. El Barroco español fue un periodo de pérdida a todos los niveles que devino en un profundo pesimismo. La aceptación y la resignación solo tenía contrapunto en el ocio o en los llamados paraísos artificiales utilizando un término contemporáneo. En eso parecen estar enfrascados todos los personajes de Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez ya que no se ve ambiente festivo sino más bien un deseo de evadirse (como sea) de la realidad. En este sentido, además, también tenemos que leer el auge del teatro barroco en España de capa y espada. El público pedía olvidarse de los problemas con comedias sencillas de complicados enredos que no le obligaran ni a reflexionar ni a pensar.

Retrato del Papa Inocencio X de Velazquez 

8.- Retrato del Papa Inocencio X, uno de los retratos que más han influido en el arte de las últimas décadas 

Este retrato fue realizado durante uno de los viajes a Italia por parte de Velázquez. Aunque logró entrar en contacto con otros artistas y con las colecciones renacentistas, el objetivo de estos desplazamientos era proveerse de obras para las colecciones reales. El pintor también logró entrar en contacto con el circuito de poderosos (laicos y religiosos) de Roma logrando retratar a Inocencio X, papa de la familia de los Pamphili que se dejó inmortalizar por el genio español. 

Estamos ante un lienzo de 140 x 120 cms realizado hacia 1649 que se conserva en Roma en la Galleria Doria Pamphili. Aunque se atiene a las convenciones acordadas para los retratos de este tipo, sin embargo, logra captar el duro carácter del pontífice. En el rostro vemos los rasgos de malhumor y de una persona calculadora con tal detalle expresivo que el pintor fue requerido para realizar obras semejantes. Aunque se apunta a que pudo llegar a hacer diez retratos de personajes distintos, solo dos de esta etapa se consideran salidos de los pinceles de Velázquez a ciencia cierta. Tengo que anotar que es una joya del retrato psicológico y que, por su expresividad realista, ha atraído a artistas posteriores de distintas corrientes. Francis Bacon (1909-1992) fue el que lo reinterpretó con mayor acierto estilístico. 

 La fragua de Vulcano de Velazquez

9.- La fragua de Vulcano, mitos en las obras de Velázquez

Es una de las obras de Velázquez de tema mitológico más conocida. Es un lienzo de gran tamaño de 223 x 290 cms custodiado en el Museo del Prado. Fue realizado alrededor de 1630 tras el viaje a Italia del artista. Allí no solo entró en contacto con los modelos innovadores de las mejores pinturas barrocas sino también con la escultura romana de corte clásico. 

La fragua de Vulcano de Velázquez narra el momento en el que dios Apolo visita a Vulcano para informarle de que la esposa de éste, Venus, está siéndole infiel con el dios de la guerra Marte. La narración está recogida con fuerza expresiva y sin dramatismo a pesar de la sorpresa (reflejada en los rostros) de los hombres ante el mensaje recibido. La obra está dividida en dos partes diferenciadas.  En la izquierda se sitúa Apolo representado con una corona de laurel y un aura potente. A su alrededor se despliega un paisaje y un espacio luminoso. Vulcano y sus cuatro hombres están representados de manera realista, con una anatomía perfecta (siguiendo los modelos de la escultura romana) pero sin exageraciones. El ambiente en el que estos se sitúan es el de la oscuridad de un interior en perfecta simbolización con ese desconocimiento que pretende cambiar Apolo con su mensaje.

El Principe Baltasar Carlos a caballo de Velazquez

10.- El príncipe Baltasar Carlos a caballo 

Durante los 16 años que estuvo en este mundo todas las esperanzas del maltrecho reino recaían en la figura del Príncipe Baltasar Carlos (1629-1646). La alegría de constatar que el heredero crecía sano y dispuesto a asumir las tareas de estado se transparenta en la infinidad de obras que Velázquez realizó de esta figura esencial en la corte de Felipe IV. Sin embargo, la más grandiosa es esta en la que se le representa triunfante a lomos de un magnífico caballo y ataviado con las ropas propias de un futuro monarca. El lienzo es de gran tamaño (209 x 173 cms) y está realizado hacia 1635. Poco duraría la alegría, ya que el malogrado príncipe falleció fulminantemente de viruela sumiendo a su padre y a la monarquía en una grave crisis de sucesión que, de alguna manera u otra, no se resolvería jamás. En la obra de Velázquez, sin embargo, todo apunta al poderío y a la alegría que se cerraría de un portazo una década más tarde. 

Si bien todas estas obras de Velázquez (de las que he dejado un resumen en el vídeo de Youtube anterior) están entre el puñado de aquellas imprescindibles que han entrado en el canon, no podemos olvidar los innumerables retratos de la familia real o de personajes importantes de la corte. Fundamentales son también aquellos que retratan a los bufones, personas lisiadas que servían (sin respetar los mínimos derechos humanos) de burla y entretenimiento. El artista sevillano, en su primera etapa, también realizó algunas obras de corte religioso que fueron superadas ampliamente por la brillantez que desplegó una vez estuvo instalado en la corte. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

 

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El arte es lo que queda cuando todo ha pasado. Es lo inmutable dentro del cambio. Es la belleza en un mundo en caos. El arte es parte importante de este sitio. Intentamos comprenderlo. 

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Diego Velázquez (1599-1660) es, indiscutiblemente, no solo uno de los pintores barrocos más importantes sino de todos lo tiempos, emplazamientos y estilos. Pintor en la corte de Felipe IV, logró levantar una obra universal, novedosa y con enfoques vanguardistas para la época que, aún hoy en día, nos seduce e interroga. Podría haberse quedado en los típicos retratos reales para los que fue contratado, sin embargo, fue más allá y creó una obra que, a ratos, nos introduce en los simbolismos universales. Todo ello lo hizo con una técnica brillante, exquisita y adelantada a los modelos de su tiempo. Aunque en el siguiente listado de las obras de Velázquez nos encontramos retratos de personajes poderosos o de importancia, también se fijó en tipos sencillos que sirvieron de modelos incluso para representaciones de dioses mitológicos. Su pintura religiosa está concentrada en la primera época (antes de trasladarse desde Sevilla a la corte madrileña) y fue superada ampliamente por su producción más tardía.  

La Venus del espejo

1.- La Venus del Espejo, fundamental en la historia del género

Es una de las pocas pinturas de desnudo femenino de Velázquez y está organizada alrededor de un tema mitológico: Venus y su hijo Cupido que sostiene el espejo. Es un óleo de dimensiones medianas de 122 x 177 cms que hoy se conserva en la London National Gallery y que estaría pintado alrededor de 1848.  La obra fue desconocida hasta bien entrado el siglo XIX ya que fue un encargo del marqués de Elche, con toda probabilidad, para su disfrute privado. Perteneció a la colección de la Casa de Alba y, a la muerte de Cayetana (1802) sus herederos la vendieron a Manuel Godoy, el todopoderoso primer ministro (con funciones de valido) del rey Carlos IV. Al parecer, este señor tenía preferencia por las pinturas de esta temática ya que también fue propietario de las dos majas de Goya. No se sabe a ciencia cierta cómo pasó a Inglaterra en las convulsas décadas de mediados del siglo XIX.

Velázquez tuvo a su disposición algunos modelos de desnudos femeninos pertenecientes a las colecciones reales, como los de Rubens o los de Tiziano. Ambos artistas también manejaban sus preferencias por los temas mitológicos. Sin embargo, Velázquez se aparta de estos moldes y realiza una obra extremadamente sencilla. A la par, escoge un enfoque novedoso que nos presenta a la modelo de espaldas con el recurso del espejo (que retomaría en Las meninas) para representar el rostro. El realismo y la combinación de la gama de tonos ocres, dorados y rojos es, sencillamente, sublime. 

Las meninas de Velazquez 

2.- Las meninas, la obra maestra de Velázquez  

Y de la historia del arte universal. Fue pintado hacia 1656 o 1657 cuando el artista ya estaba en su época más madura. Es un lienzo de grandes dimensiones de 318 x 276 cms que, tras pertenecer a las colecciones reales, pasó al Museo del Prado. También es conocida como La familia de Felipe IV, aunque el único miembro de la misma que se representa en la obra es la infanta Margarita Teresa de Austria (1651-1673) junto con su pequeña corte de damas de compañía, bufones y criados. La obra está presentada de una forma tremendamente innovadora y nos narra una supuesta visita de este cortejo real al estudio del pintor, el cual también aparece retratado. Al fondo, utilizando un espejo, nos encontramos el reflejo de unos supuestos retratos reales en los que trabaja el artista.  

La meninas de Velázquez ha recibido todo tipo de interpretación a lo largo de los doscientos años en los que ha estado expuesta al público. Desde el principio se alabó su realismo y su enfoque vanguardista ya que asistimos a la escena como si estuviéramos fisgoneando a través de una ventana. Cuando estudiamos el contexto histórico de crisis económicas, de pérdida de liderazgo internacional, de derrotas militares, de pobreza extrema, de resignación y de complicados duelos para la familia real, entendemos el carácter de Las meninas. La protagonista de la misma es la hija pequeña de Felipe IV habida con su segunda esposa, Mariana de Austria. Ella es la descendiente en la que recae el legado real, ya que su única medio hermana (fruto del matrimonio del rey con Isabel de Borbón) ya estaba comprometida con Luis XIV y, de alguna manera u otra, apartada de la herencia. Hoy es considerada una de las grandes obras no solo del arte barroco sino de todos los tiempos, estilos y procedencia. 

La fabula de Aracne o Las hilanderas de Velazquez 

3.- Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez

Es un óleo de gran tamaño de 220 x 280 cms realizado antes del segundo viaje a Italia, al cual se le hizo unos añadidos que no afectan a la narración. Es otra de las grandes obras de Velázquez en el que se mezclan de manera magistral la temática clásica procedente de la literatura griega y romana con, en apariencia, un interior popular y sencillo. Estaría terminado hacia 1648 y fue una obra por encargo. En la actualidad, se puede disfrutar en el Museo del Prado de Madrid.  

La composición es de una complejidad extrema iluminando al fondo el tema central y disponiendo la obra por capas como si de muñecas rusas en el plano significativo se trataran. El fondo del cuadro nos remite a la vanidad humana y el castigo que sufre Aracne al querer comparar su pericia con la de los mismos dioses. He analizado Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez en este espacio. Así que remito al lector curioso a ese estudio donde desgrano con más detalles esta compleja obra. 

Retrato del bufon Morra de Velazquez 

4.- Retrato de Sebastián de Morra, cuando el bufón no es el prototipo 

Las cortes barrocas estaban repletas de enanos y de seres con graves anomalías que, o bien se desempeñaban como bufones o como acompañantes de los infantes.  Velázquez inmortalizó a la mayoría de ellos, aunque es difícil saber el número de los que estaban en nómina. Y por sus cuadros sabemos la indignidad a la que se sometían estas personas con taras gravísimas. Sebastián de Morra que lleva el título de don, sin embargo, se nos presenta con una mirada inteligente mirando de frente y exponiéndose con valentía a la mirada ajena. Otros, como el Niño de Vallecas o el bufón Calabacitas, no han llegado hasta nosotros con la misma fortaleza. Eran personas lisiadas y con dolencias terribles que servían como burla en la corte cuando estamos ante seres necesitados de cuidados básicos. Y me permito el juicio porque todo no debe aceptarse en la historia. De lo contrario, cerraríamos la puerta al progreso. 

Sebastián de Morra, a pesar de sufrir de acondroplasia, nos mira con unos hijos brillantes y repletos de una dignidad con la que, con toda probabilidad, no era tratado. Contrasta el busto de un hombre de cierta belleza con la exposición de sus miembros inferiores. Es un óleo de mediano formato de 106 x 81 cms realizado alrededor de 1645 y se conserva en el Museo del Prado de Madrid. 

Vieja friendo huevos de Velazquez

5.- Vieja friendo huevos, obra de juventud

Estamos ante una obra de juventud realizada en Sevilla hacia 1618. Es un óleo sobre lienzo de 99 x 118 cms que se custodia desde mediados del siglo XX en la Galería Nacional de Escocia. 

La obra es tremendamente realista y de tema sencillo con un enfoque virtuoso en los puntos de luz.  Esta recae en los elementos de color blanco que han sido estratégicamente situados a lo largo del lienzo. Entronca con los modelos flamencos de artistas que, por entonces, trabajaban en la capital andaluza. Sin embargo, Velázquez, a pesar de su juventud, saca a relucir su genialidad tratando un tema sencillo, popular, utilizando personajes y objetos humildes a los que dota de fuerza expresiva y un sugerente tratamiento del volumen. 

Rendicion de Breda de Velazquez 

6.- Las lanzas o La rendición de Breda, la gran obra de la victoria 

Es una de las obras de Velázquez de mayor tamaño ya que mide 307 x 367 cms realizada hacia 1635. Custodiada en el Museo el Prado, en ella se relata la victoria (rendición después de un largo asedio) sobre Breda el 2 de junio de 1635. Las lanzas o La rendición de Breda está dividido magistralmente en dos partes: a un lado los vencedores con las armas apuntando hacia el cielo y, al otro, a la izquierda, los vencidos dando muestras del desbarajuste en sus filas. Estas dos unidades están articuladas por dos figuras masculinas centrales. Son Justino Nassau, gobernador de la plaza, que entrega las llaves a Ambrosio Spinola, que las recibe cortésmente sin humillar al vencido. Este gesto eleva moralmente al vencedor que sitúa a su altura a quien no pudo defender la plaza. Es uno de los pocos cuadros de Velázquez que no reflejan el estado de abatimiento general de la época decadente de Felipe IV. Y se centra en el fin de un conflicto bélico resuelto favorablemente para la corona española. 

Los Borrachos de Velezquez   Detalle 

7.- Los borrachos o El triunfo de Baco, prototipo de pintura barroca española  

Es otra obra de gran tamaño de 165 x 225 cms custodiado en el Museo del Prado de Madrid y realizada hacia 1629. De tema mitológico, este está tratado de una forma irrespetuosa o irónica, ya que el dios Baco está tan humanizado que se nos presenta con un físico en decadencia y poses poco heroicas. La obra está dividida en dos partes: a la izquierda se sitúan los personajes mitológicos y a la derecha un grupo de hombres representados de manera tan realista que incluso vemos los efectos del alcohol en sus rostros.

Para entender una de las grandes obras de Velázquez tenemos que volver a los condicionantes históricos de la época. El Barroco español fue un periodo de pérdida a todos los niveles que devino en un profundo pesimismo. La aceptación y la resignación solo tenía contrapunto en el ocio o en los llamados paraísos artificiales utilizando un término contemporáneo. En eso parecen estar enfrascados todos los personajes de Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez ya que no se ve ambiente festivo sino más bien un deseo de evadirse (como sea) de la realidad. En este sentido, además, también tenemos que leer el auge del teatro barroco en España de capa y espada. El público pedía olvidarse de los problemas con comedias sencillas de complicados enredos que no le obligaran ni a reflexionar ni a pensar.

Retrato del Papa Inocencio X de Velazquez 

8.- Retrato del Papa Inocencio X, uno de los retratos que más han influido en el arte de las últimas décadas 

Este retrato fue realizado durante uno de los viajes a Italia por parte de Velázquez. Aunque logró entrar en contacto con otros artistas y con las colecciones renacentistas, el objetivo de estos desplazamientos era proveerse de obras para las colecciones reales. El pintor también logró entrar en contacto con el circuito de poderosos (laicos y religiosos) de Roma logrando retratar a Inocencio X, papa de la familia de los Pamphili que se dejó inmortalizar por el genio español. 

Estamos ante un lienzo de 140 x 120 cms realizado hacia 1649 que se conserva en Roma en la Galleria Doria Pamphili. Aunque se atiene a las convenciones acordadas para los retratos de este tipo, sin embargo, logra captar el duro carácter del pontífice. En el rostro vemos los rasgos de malhumor y de una persona calculadora con tal detalle expresivo que el pintor fue requerido para realizar obras semejantes. Aunque se apunta a que pudo llegar a hacer diez retratos de personajes distintos, solo dos de esta etapa se consideran salidos de los pinceles de Velázquez a ciencia cierta. Tengo que anotar que es una joya del retrato psicológico y que, por su expresividad realista, ha atraído a artistas posteriores de distintas corrientes. Francis Bacon (1909-1992) fue el que lo reinterpretó con mayor acierto estilístico. 

 La fragua de Vulcano de Velazquez

9.- La fragua de Vulcano, mitos en las obras de Velázquez

Es una de las obras de Velázquez de tema mitológico más conocida. Es un lienzo de gran tamaño de 223 x 290 cms custodiado en el Museo del Prado. Fue realizado alrededor de 1630 tras el viaje a Italia del artista. Allí no solo entró en contacto con los modelos innovadores de las mejores pinturas barrocas sino también con la escultura romana de corte clásico. 

La fragua de Vulcano de Velázquez narra el momento en el que dios Apolo visita a Vulcano para informarle de que la esposa de éste, Venus, está siéndole infiel con el dios de la guerra Marte. La narración está recogida con fuerza expresiva y sin dramatismo a pesar de la sorpresa (reflejada en los rostros) de los hombres ante el mensaje recibido. La obra está dividida en dos partes diferenciadas.  En la izquierda se sitúa Apolo representado con una corona de laurel y un aura potente. A su alrededor se despliega un paisaje y un espacio luminoso. Vulcano y sus cuatro hombres están representados de manera realista, con una anatomía perfecta (siguiendo los modelos de la escultura romana) pero sin exageraciones. El ambiente en el que estos se sitúan es el de la oscuridad de un interior en perfecta simbolización con ese desconocimiento que pretende cambiar Apolo con su mensaje.

El Principe Baltasar Carlos a caballo de Velazquez

10.- El príncipe Baltasar Carlos a caballo 

Durante los 16 años que estuvo en este mundo todas las esperanzas del maltrecho reino recaían en la figura del Príncipe Baltasar Carlos (1629-1646). La alegría de constatar que el heredero crecía sano y dispuesto a asumir las tareas de estado se transparenta en la infinidad de obras que Velázquez realizó de esta figura esencial en la corte de Felipe IV. Sin embargo, la más grandiosa es esta en la que se le representa triunfante a lomos de un magnífico caballo y ataviado con las ropas propias de un futuro monarca. El lienzo es de gran tamaño (209 x 173 cms) y está realizado hacia 1635. Poco duraría la alegría, ya que el malogrado príncipe falleció fulminantemente de viruela sumiendo a su padre y a la monarquía en una grave crisis de sucesión que, de alguna manera u otra, no se resolvería jamás. En la obra de Velázquez, sin embargo, todo apunta al poderío y a la alegría que se cerraría de un portazo una década más tarde. 

Si bien todas estas obras de Velázquez (de las que he dejado un resumen en el vídeo de Youtube anterior) están entre el puñado de aquellas imprescindibles que han entrado en el canon, no podemos olvidar los innumerables retratos de la familia real o de personajes importantes de la corte. Fundamentales son también aquellos que retratan a los bufones, personas lisiadas que servían (sin respetar los mínimos derechos humanos) de burla y entretenimiento. El artista sevillano, en su primera etapa, también realizó algunas obras de corte religioso que fueron superadas ampliamente por la brillantez que desplegó una vez estuvo instalado en la corte. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

 

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De todas las pinturas barrocas realizadas por los pintores barrocos más importantes, sobresale con luz propia Las meninas de Diego Velázquez (1599-1660) realizada hacia 1656 o 1657. También conocida como La familia de Felipe IV, es un lienzo de grandes dimensiones (318 x 276 cms) hoy custodiado en el Museo del Prado de Madrid. Aquí pasó desde las colecciones reales donde era conocida solo para unos cuantos privilegiados. Desde inicios del siglo XVIII, cuando estuvo accesible al público entendido, primero, y al gran público sin más después, Las meninas de Velázquez ha recibido todo tipo de interpretación. Hoy, con justicia, es considerada una de las grandes obras no solo del estilo barroco sino de todos los tiempos, estilos y procedencia.  

¿Qué personajes aparecen en el cuadro Las meninas de Velázquez? 

Aunque la obra también ha sido titulada como La familia de Felipe IV, en verdad el único miembro de la misma que aparece retratado es la infanta Margarita Teresa de Austria, hija del citado rey y de Mariana de Austria, su segunda esposa. Está acompañada por el personal de su pequeña corte: damas de compañía, guardadamas, enanos bufones… El ambiente es el del estudio de Velázquez en el Alcázar de Madrid y la escena (en la que aparece un autorretrato del artista) más bien parece una visita de todos los implicados al taller del pintor.  Los reyes se nos presenta a través de un espejo situado al fondo de la sala, capturando el reflejo del trabajo que realiza Velázquez en ese momento. Adelanto que la estructura es tan novedosa que la impresión del espectador es de estar fisgoneando a través de una ventana. Vamos por partes, ¿qué personajes aparecen en el cuadro Las meninas de Velázquez? 

que personajes aparecen en el cuadro Las meninas de Velazquez

Siguiendo la numeración del esquema tenemos los siguientes protagonistas: 

1.- La infanta Margarita Teresa (1651-1673), retratada alrededor de los cinco años junto con su pequeña corte. Está ataviada con ricas ropas tal cual sus acompañantes. Anotamos, aunque insistiré en este extremo a continuación, que en este momento, la niña que, a decir de las crónicas tenía un jovial carácter saludable, era la única descendiente del segundo matrimonio del rey Felipe IV con Mariana de Austria. Anotar también que, de los diez hijos habidos con su primera esposa, Isabel de Borbón (1602-1644), solo sobrevivía la infanta María Teresa (1638-1683) ya comprometida con Luis XIV de Francia, apodado el Rey Sol. 

2.- Isabel de Velasco (¿?-1659), hija del conde de Fuensalida y casada posteriormente con el duque de Arcos. Esto es, la joven es una noble y su función es hacer de dama de compañía de la pequeña infanta. 

3.- María Agustina Sarmiento de Sotomayor (¿?-1709), noble como su compañera, pero ella es hija de un grande de España y se casa con otro grande de España. Es la menina que ofrece a la infanta un pequeño búcaro con agua. 

4.- Es la enana Maribárbola (María Bárbara Asquín de ascendencia alemana). Entró en palacio en 1651, cuando nació la infanta y sufría de acondroplasia. Es, por tanto, una mujer adulta con la estatura de una niña de corta edad. Poco más se sabe de ella más allá de que fue desterrada en 1700 por Felipe V y que regresó a su patria. 

5.- Un tanto de lo mismo podemos decir de Nicolasito Pertusato (1635-1710), un noble procedente de Milán aquejado de enanismo hipofisario que le hacía tener baja estatura, aunque de hechuras proporcionadas. Hizo carrera en la corte ya que llegó a ser ayuda de cámara del rey. Cuando fue inmortalizado en Las meninas era ya un adulto joven aunque su porte era el de un niño. 

6.- Marcela de Ulloa (¿?-1669). Está representada como viuda y era la encargada de cuidar de todas las damas que rodeaban a la infanta. 

7.- El guardadamas Diego Ruiz Azcona. 

8.- José Nieto Velázquez, aposentador de la reina. 

9.- El pintor Diego Velázquez con la Gran Cruz de Santiago añadida después.  

10.- Los reyes Felipe IV (1605-1665) y su segunda esposa Mariana de Austria (1634-1696) aparecen en un espejo detrás de la escena en el que se refleja la obra que supuestamente pinta Velázquez en ese momento. Hay que anotar que no se ha encontrado ninguna pintura que corresponda a tal representación.

11.- Un perro de raza mastín español, importante este último dato para el análisis posterior. 

Interpretaciones de Las meninas de Velázquez a lo largo de la historia 

La obra ha recibido todo tipo de análisis, estudios y comentarios desde que se exhibió por primera vez en el Museo del Prado en 1819. Además, ha sido interpretada por otros artistas de la talla de Pablo Picasso o Manolo Valdés. Las corrientes interpretativas de Las meninas pueden resumirse en tres: 

1.- La llamada realista que se centra en la belleza y la fidelidad del momento captado como si de una fotografía se tratara. 

2.- La que estudia los supuestos simbolismos de la obra a raíz de la publicación del catálogo de la biblioteca de Diego Velázquez. Esta estaba compuesta por más de quinientos libros, una cantidad importante para los parámetros de la época y había títulos de astrología. Siguiendo esta línea de investigación, se ha llegado a generar interpretaciones rebuscadas basadas en un supuesto simbolismo exotérico. Sin embargo, este extremo no se corresponde con el resto del opus artístico del pintor. 

3.- La generada a partir del postestructuralismo y especialmente con Michel Foucault quien estudia la pintura sin tener en cuenta el contexto y que ve una obra dentro de una obra, extremo este que no se puede negar. Esto es, el relato principal (el de la infanta con su pequeña corte) conlleva otros relatos secundarios: el pintor que crea una cuadro y este mismo reflejado en el espejo.

Las meninas de Velazquez 

Características básicas del cuadro

1.- Independientemente de estas teorías alrededor del relato representado en la obra, los espectadores de a pie, otros artistas y la crítica nos encontramos con una técnica prodigiosa que sobrepasa los claroscuros propios del arte barroco

2.- Los detalles han sido generados con pinceladas sueltas creando una pintura delicada que alcance el cenit en los ropajes de todas las damas y que anticipa las principales características del impresionismo

3.- Además, algunos rostros como el de guardadamas han sido desdibujados adelantando incluso los modelos del expresionismo. La obra, para terminar esta somera descripción, está narrada en el tercio inferior dejando los dos tercios superiores en tinieblas casi. 

4.- Con ello se fuerza la mirada hacia la figura de la infanta que aparece ataviada con un delicado traje de color dorado tal cual es su pelo. 

5.- En definitiva, si bien refuerza el sentido simbólico (el de la alegría y la ilusión tal como veremos un poco más adelante), también nos obliga a poner el foco en el mensaje que Diego Velázquez, con toda probabilidad, quiso ofrecer en Las meninas.  

Contexto histórico antes de adentrarnos en el significado de Las meninas de Velázquez

Porque la obra no se puede analizar sin conocer las circunstancias personales e históricas en las que se creó. Y decir circunstancias personales es referirnos a la delicada situación de la familia real y, por tanto, del país en su totalidad sumido en una profunda crisis a todos los niveles. Los últimos años del reinado de Felipe IV fueron un cúmulo de desastres militares que agravaron aún más la maltrecha hacienda real sumiendo al pueblo, a la par, en una pobreza severa. Esto, unido a la progresiva pérdida de visibilidad internacional, generó un estado de malestar de tal calado que al común de los mortales pocas o nulas opciones se les ofrecían. El pesimismo, la falta de oportunidades y la resignación más absoluta desencadenaban que la población no esperara ningún don terrenal y que se refugiara o en la religión (con una cuantiosa producción en mística literaria) o en la evasión. Y bajo este último punto tenemos que entender el avance del teatro barroco en España.   

Si esta era la situación general, la familia real no se encontraba en mejor posición. Cuando se pintó Las meninas, el Conde-Duque de Olivares ya había caído en desgracia (en 1643) y el rey, a duras penas, se hacía cargo de la administración y de los asuntos de estado. Para entender su abatimiento, doy algunos datos: 

1.- De los diez hijos nacidos de su primera esposa, Isabel de Borbón (1602-1644), solo sobrevivía la infanta María Teresa de Austria (1638-1683) y esta ya estaba comprometida con Luis XIV de Francia (1638-1715), el llamado Rey Sol en un intento por atraerse la amistad de un país que atacaba constantemente los dominios españoles. Además, por el testamento del rey, sabemos que la infanta María Teresa quedaba (en principio) apartada de la sucesión al trono ya que Felipe IV, a toda costa, quería que le sucediera un miembro de la casa de los Austria. Así que la posibilidad de que los nietos habidos con su hija mayor accedieran al trono embargaba al monarca más que lo alegraba.

2.- En la fecha de la ejecución de Las meninas el príncipe Baltasar Carlos (1629-1949) llevaba varios años muerto. La repentina pérdida del heredero al trono por una fulminante viruela no solo llenó de dolor a su padre sino que, de un plumazo, se esfumaron las posibilidades de un sucesor. Recordemos que todos los hermanos (a excepción de María Teresa comprometida con el enemigo formal) habían fallecido. 

3.- E igual suerte corrieron los hijos habidos con Mariana de Austria (1634-1696), sobrina del rey, a  excepción de Margarita, protagonista del cuadro. La niña nació sana y, además, hacía gala de un carácter alegre e inteligente que se muestra en sus ojos vivaces a pesar de su semblante serio. Aún el envejecido rey tendría tres hijos más: uno moriría al nacer, otro (Felipe Próspero) apenas alcanzó los tres años y el tercero sería Carlos II (1661-1700) que ha pasado a la historia por su esterilidad y sus graves problemas de salud. De todos modos, estos tres niños aún no existían cuando se pintó Las meninas. En ese momento, solo vivían María Teresa que (recordemos) quedaba fuera de la sucesión porque había servido como intercambio para mejorar relaciones internacionales y la vivaracha Margarita. En ella se depositaban todas las esperanzas. Y me atrevo a adelantar que es eso lo que narra la obra. 

Meninas Velazquez Detalle

Interpretación de la narración de Las meninas de Velázquez

No se puede negar la originalidad formal de la pintura, ya que nunca jamás se había representado un retrato grupal de una escena cortesana de tal manera. ¿Por qué? Porque en ella encontramos varios estratos significativos. El más básico es el grupo de meninas que rodean a la protagonista, a la infanta Margarita. El segundo es el pintor autorretrado enfrascado en una obra como una superposición temporal y espacial. Esto es, la obra, tal como aparece ante nuestros ojos, está diseñada con la mirada de otro (no la de Velázquez). Este extremo, además, se corrobora (si podemos utilizar este término) con la mirada de la niña, una de las damas, el pintor y la enana Maribárbola que miran hacia el espectador o hacia un lugar fuera de la narración de la obra. Y, por último, tenemos el reflejo del retrato de los reyes que está al fondo y que nos aparece como un espejo. La obra se nos abre como si fuera una ventana, como si fuéramos espectadores (invitados o no) de un momento capturado en el tiempo. Y, por último, está la magistral técnica que llega a captar hasta el aire de la escena.  

Al describir el cuadro Las meninas nos damos cuenta de una complejidad extrema que no tienen otras grandes obras de Velázquez: La rendición de Breda, Las hilanderas o Los borrachos por poner tres ejemplos que he tratado en este espacio. Si bien críticos hay que se quedan en este peldaño y que consideran la obra como una especie de regalo del pintor al rey para que se aliviara con la alegría de su hija pequeña, al estudiar el cuadro bajo el prisma de la pragmática, nos vamos a encontrar algo más. 

Comentario e interpretación a la luz de la pragmática 

Ya he anotado algunas fechas y datos que nos pueden dar una idea de la situación calamitosa que se encontraban el país, la corte y el rey. A las muertes dolorosas, crisis profundas que llevaban al hambre, derrotas militares en media Europa, bancarrotas, pérdida de influencia internacional y una corrupción generalizada se unían los movimientos y conspiraciones para hacerse con el liderazgo de un reino en decadencia. Nada tenía Felipe IV a lo que agarrarse, excepto… sus hijas. La mayor, tal como he indicado más arriba, ya estaba comprometida con Luis XIV en un intento por congraciarse con un país que se unía con bucaneros para atacar las flotas españolas en los territorios americanos. Esta línea, por tanto, quedaba paralizada. Al rey (y Velázquez como ayuda de cámara personal lo sabía) solo le quedaba su pequeña y alegre Margarita.

Por tanto, no es descabellado apuntar que Las meninas es el retrato de una ilusión (de la última), del único hierro al que agarrarse que se le ofrecía a Felipe IV para salvar su legado personal y como rey. Y de camino encaminar por otros rumbos a una nación sumida en la tristeza, pobreza y desesperación. Y el pintor lo hace de una forma magistral representando en la obra la pequeña corte de la niña. El relato nos mete de lleno en todas esas personas que cuidaban del, por entonces, único futuro posible para España y la monarquía. Hay que recordar que, aunque había preferencia (como ahora) del varón en el orden de sucesión, las mujeres no estaban excluidas del trono. Margarita, con su salud, su inteligencia, su espíritu vivaracho es representada como la única candidata posible a suceder a su padre.  

Y Velázquez lo hace de una forma magistral y con símbolos. Por un lado, tenemos los enanos (que son adultos que entretienen y juegan) procedentes de lugares estratégicos para la corte española. Milán pertenecía a la corona y Maribárbola era austríaca. Por otro lado, están presentes todos los adultos encargados de velar por la seguridad de la pequeña. Y no podemos olvidar las damas de compañía que, en ese momento, eran las guías en el complicado protocolo palaciego en un punto en el que la infanta podía empezar a formarse como futura heredera. Recordemos que tenía por entonces cinco años, la edad ideal para forjarse en la cultura general y en los entresijos de la administración del estado.  

El simbolismo del perro en Las meninas de Velázquez  

Esta escena principal está además respaldada (como si de centinelas o guardaespaldas se trataran) por el aposentador real y por el retrato de los reyes. Los monarcas, en su función de padres cuidadores, estarían vigilando que este proceso de aprendizaje se llevara a cabo. Y allí está también el pintor (que tiene un puesto privilegiado en la corte más allá de su faceta de pintor) para dar testimonio de ese acuerdo que aún no se ha explicitado. La infanta Margarita con su traje y pelo dorado se erige en la luz de un reino oscuro (como la habitación en la que se encuentra).  

Este sentido, además, se completa con la presencia del perro casi en primer plano. No es un perro cualquiera. Es un mastín, una raza típicamente española conocida por ser una buena compañía para los niños, por su nobleza, buen carácter. También ofrece lealtad para con sus dueños defendiendo las propiedades con eficacia. El mastín, que no se inmuta ante las patadas de Nicolasito, representa todo lo bueno que se quiere adjudicar al carácter español: sencillo, noble, tranquilo… Velázquez pintó otros perros, como el del retrato del malogrado Felipe Próspero, pero este es de una raza pequeña sin más atributos. El perro de Las meninas de Velázquez es, a todas luces, un hermoso mastín español, grande, tranquilo y noble. Inmune a las intrigas palaciegas, acompaña (como el resto del personal) a la infanta bajo la atenta mirada de sus padres que se encuentran detrás. Ella va por delante en todos los sentidos, incluso con su mirada, ya que eleva la vista fuera de la estancia retratada, hacia el futuro, hacia un mañana en el que otros miran como se construye una infanta que, en ese momento, estaría llamada a hacerse cargo de los destinos de un reino con muchos problemas.  

Otra cosa fue lo que sucedió después, ya que la pequeña fue casada con su tío y, a la vez, primo Leopoldo I. Murió a los 21 años después de parir cuatro hijos y su nieto fue apartado de la sucesión (contraviniendo el testamento de su padre) tras morir sin hijos su hermano Carlos II. El trono de España fue ocupado por la rama de los Borbón ahondando aún más la decadencia de lo que un día fue el mayor imperio occidental moderno. Esta, además, se abonó con luchas internas que desangraban aún más una nación herida por todos los lados. Aunque la figura de Carlos II está empezando a ser rehabilitada en los últimos años y cuando se pintó Las meninas de Velázquez él no había nacido, el cuadro hace referencia a otra posibilidad. Y esa posibilidad es la pizpereta Margarita que, en ese momento, podía haber empezado su formación para un día ser la reina de España. Velázquez apuntaba otra posibilidad: casar la niña con algún noble de las casas representadas en la obra (las dos meninas adultas) y así tener más probabilidad de engendrar niños sanos al reducir la elevada endogamia. Los reyes, los cortesanos y los adultos se encargarían de la formación elemental de la pequeña. Los enanos estarían en sus juegos y días de ocio. Y… el mastín español haría el resto porque, en definitiva, es la representación del carácter de un pueblo.  

La narración de Las meninas de Velázquez, por tanto, es la de un probable final feliz para un reinado desdichado. Desafortunadamente, la historia tomó otros derroteros, unos que desembocó en guerras civiles intermitentes durante siglos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El arte es lo que queda cuando todo ha pasado. Es lo inmutable dentro del cambio. Es la belleza en un mundo en caos. El arte es parte importante de este sitio. Intentamos comprenderlo. 

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De todas las pinturas barrocas realizadas por los pintores barrocos más importantes, sobresale con luz propia Las meninas de Diego Velázquez (1599-1660) realizada hacia 1656 o 1657. También conocida como La familia de Felipe IV, es un lienzo de grandes dimensiones (318 x 276 cms) hoy custodiado en el Museo del Prado de Madrid. Aquí pasó desde las colecciones reales donde era conocida solo para unos cuantos privilegiados. Desde inicios del siglo XVIII, cuando estuvo accesible al público entendido, primero, y al gran público sin más después, Las meninas de Velázquez ha recibido todo tipo de interpretación. Hoy, con justicia, es considerada una de las grandes obras no solo del estilo barroco sino de todos los tiempos, estilos y procedencia.  

¿Qué personajes aparecen en el cuadro Las meninas de Velázquez? 

Aunque la obra también ha sido titulada como La familia de Felipe IV, en verdad el único miembro de la misma que aparece retratado es la infanta Margarita Teresa de Austria, hija del citado rey y de Mariana de Austria, su segunda esposa. Está acompañada por el personal de su pequeña corte: damas de compañía, guardadamas, enanos bufones… El ambiente es el del estudio de Velázquez en el Alcázar de Madrid y la escena (en la que aparece un autorretrato del artista) más bien parece una visita de todos los implicados al taller del pintor.  Los reyes se nos presenta a través de un espejo situado al fondo de la sala, capturando el reflejo del trabajo que realiza Velázquez en ese momento. Adelanto que la estructura es tan novedosa que la impresión del espectador es de estar fisgoneando a través de una ventana. Vamos por partes, ¿qué personajes aparecen en el cuadro Las meninas de Velázquez? 

que personajes aparecen en el cuadro Las meninas de Velazquez

Siguiendo la numeración del esquema tenemos los siguientes protagonistas: 

1.- La infanta Margarita Teresa (1651-1673), retratada alrededor de los cinco años junto con su pequeña corte. Está ataviada con ricas ropas tal cual sus acompañantes. Anotamos, aunque insistiré en este extremo a continuación, que en este momento, la niña que, a decir de las crónicas tenía un jovial carácter saludable, era la única descendiente del segundo matrimonio del rey Felipe IV con Mariana de Austria. Anotar también que, de los diez hijos habidos con su primera esposa, Isabel de Borbón (1602-1644), solo sobrevivía la infanta María Teresa (1638-1683) ya comprometida con Luis XIV de Francia, apodado el Rey Sol. 

2.- Isabel de Velasco (¿?-1659), hija del conde de Fuensalida y casada posteriormente con el duque de Arcos. Esto es, la joven es una noble y su función es hacer de dama de compañía de la pequeña infanta. 

3.- María Agustina Sarmiento de Sotomayor (¿?-1709), noble como su compañera, pero ella es hija de un grande de España y se casa con otro grande de España. Es la menina que ofrece a la infanta un pequeño búcaro con agua. 

4.- Es la enana Maribárbola (María Bárbara Asquín de ascendencia alemana). Entró en palacio en 1651, cuando nació la infanta y sufría de acondroplasia. Es, por tanto, una mujer adulta con la estatura de una niña de corta edad. Poco más se sabe de ella más allá de que fue desterrada en 1700 por Felipe V y que regresó a su patria. 

5.- Un tanto de lo mismo podemos decir de Nicolasito Pertusato (1635-1710), un noble procedente de Milán aquejado de enanismo hipofisario que le hacía tener baja estatura, aunque de hechuras proporcionadas. Hizo carrera en la corte ya que llegó a ser ayuda de cámara del rey. Cuando fue inmortalizado en Las meninas era ya un adulto joven aunque su porte era el de un niño. 

6.- Marcela de Ulloa (¿?-1669). Está representada como viuda y era la encargada de cuidar de todas las damas que rodeaban a la infanta. 

7.- El guardadamas Diego Ruiz Azcona. 

8.- José Nieto Velázquez, aposentador de la reina. 

9.- El pintor Diego Velázquez con la Gran Cruz de Santiago añadida después.  

10.- Los reyes Felipe IV (1605-1665) y su segunda esposa Mariana de Austria (1634-1696) aparecen en un espejo detrás de la escena en el que se refleja la obra que supuestamente pinta Velázquez en ese momento. Hay que anotar que no se ha encontrado ninguna pintura que corresponda a tal representación.

11.- Un perro de raza mastín español, importante este último dato para el análisis posterior. 

Interpretaciones de Las meninas de Velázquez a lo largo de la historia 

La obra ha recibido todo tipo de análisis, estudios y comentarios desde que se exhibió por primera vez en el Museo del Prado en 1819. Además, ha sido interpretada por otros artistas de la talla de Pablo Picasso o Manolo Valdés. Las corrientes interpretativas de Las meninas pueden resumirse en tres: 

1.- La llamada realista que se centra en la belleza y la fidelidad del momento captado como si de una fotografía se tratara. 

2.- La que estudia los supuestos simbolismos de la obra a raíz de la publicación del catálogo de la biblioteca de Diego Velázquez. Esta estaba compuesta por más de quinientos libros, una cantidad importante para los parámetros de la época y había títulos de astrología. Siguiendo esta línea de investigación, se ha llegado a generar interpretaciones rebuscadas basadas en un supuesto simbolismo exotérico. Sin embargo, este extremo no se corresponde con el resto del opus artístico del pintor. 

3.- La generada a partir del postestructuralismo y especialmente con Michel Foucault quien estudia la pintura sin tener en cuenta el contexto y que ve una obra dentro de una obra, extremo este que no se puede negar. Esto es, el relato principal (el de la infanta con su pequeña corte) conlleva otros relatos secundarios: el pintor que crea una cuadro y este mismo reflejado en el espejo.

Las meninas de Velazquez 

Características básicas del cuadro

1.- Independientemente de estas teorías alrededor del relato representado en la obra, los espectadores de a pie, otros artistas y la crítica nos encontramos con una técnica prodigiosa que sobrepasa los claroscuros propios del arte barroco

2.- Los detalles han sido generados con pinceladas sueltas creando una pintura delicada que alcance el cenit en los ropajes de todas las damas y que anticipa las principales características del impresionismo

3.- Además, algunos rostros como el de guardadamas han sido desdibujados adelantando incluso los modelos del expresionismo. La obra, para terminar esta somera descripción, está narrada en el tercio inferior dejando los dos tercios superiores en tinieblas casi. 

4.- Con ello se fuerza la mirada hacia la figura de la infanta que aparece ataviada con un delicado traje de color dorado tal cual es su pelo. 

5.- En definitiva, si bien refuerza el sentido simbólico (el de la alegría y la ilusión tal como veremos un poco más adelante), también nos obliga a poner el foco en el mensaje que Diego Velázquez, con toda probabilidad, quiso ofrecer en Las meninas.  

Contexto histórico antes de adentrarnos en el significado de Las meninas de Velázquez

Porque la obra no se puede analizar sin conocer las circunstancias personales e históricas en las que se creó. Y decir circunstancias personales es referirnos a la delicada situación de la familia real y, por tanto, del país en su totalidad sumido en una profunda crisis a todos los niveles. Los últimos años del reinado de Felipe IV fueron un cúmulo de desastres militares que agravaron aún más la maltrecha hacienda real sumiendo al pueblo, a la par, en una pobreza severa. Esto, unido a la progresiva pérdida de visibilidad internacional, generó un estado de malestar de tal calado que al común de los mortales pocas o nulas opciones se les ofrecían. El pesimismo, la falta de oportunidades y la resignación más absoluta desencadenaban que la población no esperara ningún don terrenal y que se refugiara o en la religión (con una cuantiosa producción en mística literaria) o en la evasión. Y bajo este último punto tenemos que entender el avance del teatro barroco en España.   

Si esta era la situación general, la familia real no se encontraba en mejor posición. Cuando se pintó Las meninas, el Conde-Duque de Olivares ya había caído en desgracia (en 1643) y el rey, a duras penas, se hacía cargo de la administración y de los asuntos de estado. Para entender su abatimiento, doy algunos datos: 

1.- De los diez hijos nacidos de su primera esposa, Isabel de Borbón (1602-1644), solo sobrevivía la infanta María Teresa de Austria (1638-1683) y esta ya estaba comprometida con Luis XIV de Francia (1638-1715), el llamado Rey Sol en un intento por atraerse la amistad de un país que atacaba constantemente los dominios españoles. Además, por el testamento del rey, sabemos que la infanta María Teresa quedaba (en principio) apartada de la sucesión al trono ya que Felipe IV, a toda costa, quería que le sucediera un miembro de la casa de los Austria. Así que la posibilidad de que los nietos habidos con su hija mayor accedieran al trono embargaba al monarca más que lo alegraba.

2.- En la fecha de la ejecución de Las meninas el príncipe Baltasar Carlos (1629-1949) llevaba varios años muerto. La repentina pérdida del heredero al trono por una fulminante viruela no solo llenó de dolor a su padre sino que, de un plumazo, se esfumaron las posibilidades de un sucesor. Recordemos que todos los hermanos (a excepción de María Teresa comprometida con el enemigo formal) habían fallecido. 

3.- E igual suerte corrieron los hijos habidos con Mariana de Austria (1634-1696), sobrina del rey, a  excepción de Margarita, protagonista del cuadro. La niña nació sana y, además, hacía gala de un carácter alegre e inteligente que se muestra en sus ojos vivaces a pesar de su semblante serio. Aún el envejecido rey tendría tres hijos más: uno moriría al nacer, otro (Felipe Próspero) apenas alcanzó los tres años y el tercero sería Carlos II (1661-1700) que ha pasado a la historia por su esterilidad y sus graves problemas de salud. De todos modos, estos tres niños aún no existían cuando se pintó Las meninas. En ese momento, solo vivían María Teresa que (recordemos) quedaba fuera de la sucesión porque había servido como intercambio para mejorar relaciones internacionales y la vivaracha Margarita. En ella se depositaban todas las esperanzas. Y me atrevo a adelantar que es eso lo que narra la obra. 

Meninas Velazquez Detalle

Interpretación de la narración de Las meninas de Velázquez

No se puede negar la originalidad formal de la pintura, ya que nunca jamás se había representado un retrato grupal de una escena cortesana de tal manera. ¿Por qué? Porque en ella encontramos varios estratos significativos. El más básico es el grupo de meninas que rodean a la protagonista, a la infanta Margarita. El segundo es el pintor autorretrado enfrascado en una obra como una superposición temporal y espacial. Esto es, la obra, tal como aparece ante nuestros ojos, está diseñada con la mirada de otro (no la de Velázquez). Este extremo, además, se corrobora (si podemos utilizar este término) con la mirada de la niña, una de las damas, el pintor y la enana Maribárbola que miran hacia el espectador o hacia un lugar fuera de la narración de la obra. Y, por último, tenemos el reflejo del retrato de los reyes que está al fondo y que nos aparece como un espejo. La obra se nos abre como si fuera una ventana, como si fuéramos espectadores (invitados o no) de un momento capturado en el tiempo. Y, por último, está la magistral técnica que llega a captar hasta el aire de la escena.  

Al describir el cuadro Las meninas nos damos cuenta de una complejidad extrema que no tienen otras grandes obras de Velázquez: La rendición de Breda, Las hilanderas o Los borrachos por poner tres ejemplos que he tratado en este espacio. Si bien críticos hay que se quedan en este peldaño y que consideran la obra como una especie de regalo del pintor al rey para que se aliviara con la alegría de su hija pequeña, al estudiar el cuadro bajo el prisma de la pragmática, nos vamos a encontrar algo más. 

Comentario e interpretación a la luz de la pragmática 

Ya he anotado algunas fechas y datos que nos pueden dar una idea de la situación calamitosa que se encontraban el país, la corte y el rey. A las muertes dolorosas, crisis profundas que llevaban al hambre, derrotas militares en media Europa, bancarrotas, pérdida de influencia internacional y una corrupción generalizada se unían los movimientos y conspiraciones para hacerse con el liderazgo de un reino en decadencia. Nada tenía Felipe IV a lo que agarrarse, excepto… sus hijas. La mayor, tal como he indicado más arriba, ya estaba comprometida con Luis XIV en un intento por congraciarse con un país que se unía con bucaneros para atacar las flotas españolas en los territorios americanos. Esta línea, por tanto, quedaba paralizada. Al rey (y Velázquez como ayuda de cámara personal lo sabía) solo le quedaba su pequeña y alegre Margarita.

Por tanto, no es descabellado apuntar que Las meninas es el retrato de una ilusión (de la última), del único hierro al que agarrarse que se le ofrecía a Felipe IV para salvar su legado personal y como rey. Y de camino encaminar por otros rumbos a una nación sumida en la tristeza, pobreza y desesperación. Y el pintor lo hace de una forma magistral representando en la obra la pequeña corte de la niña. El relato nos mete de lleno en todas esas personas que cuidaban del, por entonces, único futuro posible para España y la monarquía. Hay que recordar que, aunque había preferencia (como ahora) del varón en el orden de sucesión, las mujeres no estaban excluidas del trono. Margarita, con su salud, su inteligencia, su espíritu vivaracho es representada como la única candidata posible a suceder a su padre.  

Y Velázquez lo hace de una forma magistral y con símbolos. Por un lado, tenemos los enanos (que son adultos que entretienen y juegan) procedentes de lugares estratégicos para la corte española. Milán pertenecía a la corona y Maribárbola era austríaca. Por otro lado, están presentes todos los adultos encargados de velar por la seguridad de la pequeña. Y no podemos olvidar las damas de compañía que, en ese momento, eran las guías en el complicado protocolo palaciego en un punto en el que la infanta podía empezar a formarse como futura heredera. Recordemos que tenía por entonces cinco años, la edad ideal para forjarse en la cultura general y en los entresijos de la administración del estado.  

El simbolismo del perro en Las meninas de Velázquez  

Esta escena principal está además respaldada (como si de centinelas o guardaespaldas se trataran) por el aposentador real y por el retrato de los reyes. Los monarcas, en su función de padres cuidadores, estarían vigilando que este proceso de aprendizaje se llevara a cabo. Y allí está también el pintor (que tiene un puesto privilegiado en la corte más allá de su faceta de pintor) para dar testimonio de ese acuerdo que aún no se ha explicitado. La infanta Margarita con su traje y pelo dorado se erige en la luz de un reino oscuro (como la habitación en la que se encuentra).  

Este sentido, además, se completa con la presencia del perro casi en primer plano. No es un perro cualquiera. Es un mastín, una raza típicamente española conocida por ser una buena compañía para los niños, por su nobleza, buen carácter. También ofrece lealtad para con sus dueños defendiendo las propiedades con eficacia. El mastín, que no se inmuta ante las patadas de Nicolasito, representa todo lo bueno que se quiere adjudicar al carácter español: sencillo, noble, tranquilo… Velázquez pintó otros perros, como el del retrato del malogrado Felipe Próspero, pero este es de una raza pequeña sin más atributos. El perro de Las meninas de Velázquez es, a todas luces, un hermoso mastín español, grande, tranquilo y noble. Inmune a las intrigas palaciegas, acompaña (como el resto del personal) a la infanta bajo la atenta mirada de sus padres que se encuentran detrás. Ella va por delante en todos los sentidos, incluso con su mirada, ya que eleva la vista fuera de la estancia retratada, hacia el futuro, hacia un mañana en el que otros miran como se construye una infanta que, en ese momento, estaría llamada a hacerse cargo de los destinos de un reino con muchos problemas.  

Otra cosa fue lo que sucedió después, ya que la pequeña fue casada con su tío y, a la vez, primo Leopoldo I. Murió a los 21 años después de parir cuatro hijos y su nieto fue apartado de la sucesión (contraviniendo el testamento de su padre) tras morir sin hijos su hermano Carlos II. El trono de España fue ocupado por la rama de los Borbón ahondando aún más la decadencia de lo que un día fue el mayor imperio occidental moderno. Esta, además, se abonó con luchas internas que desangraban aún más una nación herida por todos los lados. Aunque la figura de Carlos II está empezando a ser rehabilitada en los últimos años y cuando se pintó Las meninas de Velázquez él no había nacido, el cuadro hace referencia a otra posibilidad. Y esa posibilidad es la pizpereta Margarita que, en ese momento, podía haber empezado su formación para un día ser la reina de España. Velázquez apuntaba otra posibilidad: casar la niña con algún noble de las casas representadas en la obra (las dos meninas adultas) y así tener más probabilidad de engendrar niños sanos al reducir la elevada endogamia. Los reyes, los cortesanos y los adultos se encargarían de la formación elemental de la pequeña. Los enanos estarían en sus juegos y días de ocio. Y… el mastín español haría el resto porque, en definitiva, es la representación del carácter de un pueblo.  

La narración de Las meninas de Velázquez, por tanto, es la de un probable final feliz para un reinado desdichado. Desafortunadamente, la historia tomó otros derroteros, unos que desembocó en guerras civiles intermitentes durante siglos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Hacia 1629 debía estar pintado el lienzo de Diego Velázquez (1599-1660) titulado Los borrachos o El triunfo de Baco. Hoy custodiado en el Museo del Prado de Madrid, siempre perteneció a la colección real hasta que pasó a la pinacoteca pública. Estamos ante una obra de gran tamaño de 165 x 225 cms realizada por encargo, tal como se desprende por los documentos que han llegado hasta nosotros. De ese año (el de su supuesta ejecución) es un recibo de la Tesorería Real en el que se consignaba el pago de cien ducados al pintor “por cuenta de una pintura de Baco que ha hecho para mi servicio.” Esto es, fue un encargo y la temática estaba establecida. 

Datos de Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez para comprender su importancia

1.- Sabemos que es una de las primeras pinturas en grupo del genio sevillano, quizás la segunda después de La expulsión de los moriscos que se perdió en el incendio del Alcázar de Madrid. 

2.- La obra responde a un encargo a un pintor de corte. Por tanto, toda en ella tiene que estar tratada de forma amable obviando cualquier aspecto crítico o chocante. Aún así, puede tenerlo, aunque muy atenuado, tal como veremos a continuación. 

3.- Los temas mitológicos (favoritos para los artistas del Renacimiento) aún seguían siendo tratados en el arte barroco. No podemos olvidar que en ellos siempre había un trasfondo simbólico, un lenguaje que el público culto de la época conocía. Otro ejemplo de este gusto por las narraciones clásicas de la tradición grecorromana lo encontramos en otra obra de Velázquez: Las hilanderas o La fábula de Aracne. En ella se alude a una de los relatos de metamorfosis recogidos por Ovidio. En Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez, puede intuirse una crítica a lo dionisiaco (en contraposición a lo apolíneo, según la clasificación de Nietzsche), aspecto que caracteriza la época. 

4.- Efectivamente, si el estilo barroco con su gusto por el contraste y la oscuridad material y anímica es, en esencia y resumiendo mucho, una forma de expresar el caos, en España este llega a la decadencia más absoluta. Y este extremo siempre tenemos que tenerlo en mente a la hora de leer o entender la pintura. 

5.- Lo dionisíaco supone no solo lo festivo (asociado al vino o a la desinhibición) sino también el desorden y el caos. Si a ello unimos la decadencia (política, social, moral, económica…) y las crisis sistémicas de todo tipo que caracterizan la España de este siglo, Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez podrían convertirse en el símbolo de una época. Podrían ser la representación de un mundo que se desmorona, que ha perdido el empuje y la importancia de los siglos anteriores y que solo le queda ruina, hambre, enfermedad, pesimismo y una resignación tan profunda que la muerte se ve como una salida ante tantas penas.  

Los Borrachos o El Triunfo de Baco de Velazquez

Estructura de la pintura Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez 

6.- La pintura está dividida en dos partes diferenciadas. Esta forma de dividir el lienzo fue  del gusto del artista que lo llevó de forma magistral en otra de sus obras más famosas: La rendición de Breda. Volviendo a Los borrachos, en la izquierda (la del inconsciente, la de lo sagrado y lo intangible en simbología) está protagonizada por tres figuras. La principal corresponde al dios Baco (o Dionisio) situado en el centro, quien está rodeado por dos hombres de los que apenas intuimos sus rasgos. Esta zona del cuadro presenta un giro en espiral (propio del Barroco) de mayor a menor oscuridad. Esto es, la figura de la esquina inferior izquierda está situada en una sombra total que se va atenuando en la superior para iluminar por completo al dios del vino, de la fiesta e, incluso, del desmadre. 

7.- La mitad derecha esta protagonizada por media docena de hombres terrenales y representados de manera extremadamente realista que no solo participan de la fiesta sino que parecen invitarnos a ella. En este caso, nos situamos en un lugar elegido en simbología para representar la realidad terrenal, lo consciente, lo profano y la humanidad. Estos extremos pueden encontrarse, punto por punto, en la obra que nos ocupa. A igual que en el espacio de lo sagrado o irreal (el de la izquierda) hay un movimiento, en este también se produce uno semejante. Si las figuras más alejadas hacia la derecha parecen incorporarse o pedir permiso para disfrutar del vino, conforme nos vamos acercando al dios clásico, los participantes están más enfrascados en la fiesta. El que se encuentra en el centro de rodillas ya ha sido coronado como “borracho divino” mientras que los dos que se sitúan en un nivel superior sonríen con los ojos brillantes en una mueca que nos invita a participar. El movimiento gira desde la derecha (la conciencia y la realidad) hacia el centro donde se encuentra el dios encargado de embriagar y, por tanto, de olvidar. 

Análisis e interpretación de Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez 

Ahora bien ¿es la obra un mero retrato descriptivo de una situación dada o hay más? A pesar de la temática dionisíaca (que remite al caos y al desorden), la escena más bien nos da un reflejo vulgar de la situación. ¿Por qué? Porque nada hay de fastuoso en ella. Tampoco podemos encontrar grandeza o brillantez alguna en la naturaleza alrededor. Tenemos, por tanto, lo siguiente: 

1.- El dios Baco no corresponde al arquetipo de las representaciones clásicas de las pinturas barrocas famosas. El joven que ha servido de modelo, no tiene un físico curtido (incluso muestra una incipiente tripa) ni un color de piel saludable. La luz se ha centrado en la divinidad pagana que está reflejada de una forma heterodoxa para los mitos grecolatinos. Es un dios Baco venido a menos, por decirlo con palabras amables. Un tanto de lo mismo se intuye de sus acompañantes del espectro divino que no muestran cuerpos musculados. Abundando en este extremo, incluso la pose ha sido despojada de dignidad con una torsión tan complicada que se nos antoja que Baco está en otra cosa y que pone poco entusiasmo en lo que hace. Esto es, el dios no parece divertirse. El vino aquí cumple otra función.

Los Borrachos de Velezquez   Detalle 

2.- En el otro extremo, los hombres que comparten la bebida están representados de una forma realista al máximo acentuando las sombras y poniendo de manifiesto sus ropajes sencillos. Críticos hay que lo relacionan con la rica tradición de la novela picaresca. Los borrachos del cuadro de Velázquez ya están representados bajo los efectos del alcohol. El triunfo de Baco del artista español no nos introduce en un ambiente festivo. El espectador asiste más bien a una escena de evasión a través de los efectos del vino. Y esta es otra de las características del Barroco en España. Es una época de tristeza, de pesimismo y de tal resignación que nada se hacía para mejorar. Todo se dejaba a una vida futura que librara a la raza humana de este valle de lágrimas o la evasión más absoluta. En esta línea también se inserta la rica tradición del teatro barroco en España. En él no hay crítica o temas que inviten a la reflexión sino escenas trepidantes para pasar el rato como se hace actualmente (salvando las distancias) con las series de TV contemporáneas. 

En esta línea se sitúa Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez. No hay una fiesta o una orgía dionisiaca sino una escena que bien podría ser de una taberna cualquiera si no fuera porque la representación es al aire libre. Aunque los participantes del primer plano sonríen mirando descaradamente al espectador, estos ya están bajo los efectos del alcohol. Y se puede afirmar este punto sin lugar a dudas ya que están realista y magistralmente retratados por el gran maestro. Los demás se encuentran de rodillas o en actitud de pedir permiso (como la figura de la esquina superior derecha que se quita el sombrero). Los protagonistas de la obra de Velázquez no participan de una fiesta sino que solicitan a un dios Baco entrado en carnes permiso para evadirse de la realidad por unos instantes. Por sus ropas, atrezzo y atuendo intuimos que son seres de baja condición que poco más pueden pedir para sobrellevar una vida dura sin pocos alicientes para la superación. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El arte es lo que queda cuando todo ha pasado. Es lo inmutable dentro del cambio. Es la belleza en un mundo en caos. El arte es parte importante de este sitio. Intentamos comprenderlo. 

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Hacia 1629 debía estar pintado el lienzo de Diego Velázquez (1599-1660) titulado Los borrachos o El triunfo de Baco. Hoy custodiado en el Museo del Prado de Madrid, siempre perteneció a la colección real hasta que pasó a la pinacoteca pública. Estamos ante una obra de gran tamaño de 165 x 225 cms realizada por encargo, tal como se desprende por los documentos que han llegado hasta nosotros. De ese año (el de su supuesta ejecución) es un recibo de la Tesorería Real en el que se consignaba el pago de cien ducados al pintor “por cuenta de una pintura de Baco que ha hecho para mi servicio.” Esto es, fue un encargo y la temática estaba establecida. 

Datos de Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez para comprender su importancia

1.- Sabemos que es una de las primeras pinturas en grupo del genio sevillano, quizás la segunda después de La expulsión de los moriscos que se perdió en el incendio del Alcázar de Madrid. 

2.- La obra responde a un encargo a un pintor de corte. Por tanto, toda en ella tiene que estar tratada de forma amable obviando cualquier aspecto crítico o chocante. Aún así, puede tenerlo, aunque muy atenuado, tal como veremos a continuación. 

3.- Los temas mitológicos (favoritos para los artistas del Renacimiento) aún seguían siendo tratados en el arte barroco. No podemos olvidar que en ellos siempre había un trasfondo simbólico, un lenguaje que el público culto de la época conocía. Otro ejemplo de este gusto por las narraciones clásicas de la tradición grecorromana lo encontramos en otra obra de Velázquez: Las hilanderas o La fábula de Aracne. En ella se alude a una de los relatos de metamorfosis recogidos por Ovidio. En Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez, puede intuirse una crítica a lo dionisiaco (en contraposición a lo apolíneo, según la clasificación de Nietzsche), aspecto que caracteriza la época. 

4.- Efectivamente, si el estilo barroco con su gusto por el contraste y la oscuridad material y anímica es, en esencia y resumiendo mucho, una forma de expresar el caos, en España este llega a la decadencia más absoluta. Y este extremo siempre tenemos que tenerlo en mente a la hora de leer o entender la pintura. 

5.- Lo dionisíaco supone no solo lo festivo (asociado al vino o a la desinhibición) sino también el desorden y el caos. Si a ello unimos la decadencia (política, social, moral, económica…) y las crisis sistémicas de todo tipo que caracterizan la España de este siglo, Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez podrían convertirse en el símbolo de una época. Podrían ser la representación de un mundo que se desmorona, que ha perdido el empuje y la importancia de los siglos anteriores y que solo le queda ruina, hambre, enfermedad, pesimismo y una resignación tan profunda que la muerte se ve como una salida ante tantas penas.  

Los Borrachos o El Triunfo de Baco de Velazquez

Estructura de la pintura Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez 

6.- La pintura está dividida en dos partes diferenciadas. Esta forma de dividir el lienzo fue  del gusto del artista que lo llevó de forma magistral en otra de sus obras más famosas: La rendición de Breda. Volviendo a Los borrachos, en la izquierda (la del inconsciente, la de lo sagrado y lo intangible en simbología) está protagonizada por tres figuras. La principal corresponde al dios Baco (o Dionisio) situado en el centro, quien está rodeado por dos hombres de los que apenas intuimos sus rasgos. Esta zona del cuadro presenta un giro en espiral (propio del Barroco) de mayor a menor oscuridad. Esto es, la figura de la esquina inferior izquierda está situada en una sombra total que se va atenuando en la superior para iluminar por completo al dios del vino, de la fiesta e, incluso, del desmadre. 

7.- La mitad derecha esta protagonizada por media docena de hombres terrenales y representados de manera extremadamente realista que no solo participan de la fiesta sino que parecen invitarnos a ella. En este caso, nos situamos en un lugar elegido en simbología para representar la realidad terrenal, lo consciente, lo profano y la humanidad. Estos extremos pueden encontrarse, punto por punto, en la obra que nos ocupa. A igual que en el espacio de lo sagrado o irreal (el de la izquierda) hay un movimiento, en este también se produce uno semejante. Si las figuras más alejadas hacia la derecha parecen incorporarse o pedir permiso para disfrutar del vino, conforme nos vamos acercando al dios clásico, los participantes están más enfrascados en la fiesta. El que se encuentra en el centro de rodillas ya ha sido coronado como “borracho divino” mientras que los dos que se sitúan en un nivel superior sonríen con los ojos brillantes en una mueca que nos invita a participar. El movimiento gira desde la derecha (la conciencia y la realidad) hacia el centro donde se encuentra el dios encargado de embriagar y, por tanto, de olvidar. 

Análisis e interpretación de Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez 

Ahora bien ¿es la obra un mero retrato descriptivo de una situación dada o hay más? A pesar de la temática dionisíaca (que remite al caos y al desorden), la escena más bien nos da un reflejo vulgar de la situación. ¿Por qué? Porque nada hay de fastuoso en ella. Tampoco podemos encontrar grandeza o brillantez alguna en la naturaleza alrededor. Tenemos, por tanto, lo siguiente: 

1.- El dios Baco no corresponde al arquetipo de las representaciones clásicas de las pinturas barrocas famosas. El joven que ha servido de modelo, no tiene un físico curtido (incluso muestra una incipiente tripa) ni un color de piel saludable. La luz se ha centrado en la divinidad pagana que está reflejada de una forma heterodoxa para los mitos grecolatinos. Es un dios Baco venido a menos, por decirlo con palabras amables. Un tanto de lo mismo se intuye de sus acompañantes del espectro divino que no muestran cuerpos musculados. Abundando en este extremo, incluso la pose ha sido despojada de dignidad con una torsión tan complicada que se nos antoja que Baco está en otra cosa y que pone poco entusiasmo en lo que hace. Esto es, el dios no parece divertirse. El vino aquí cumple otra función.

Los Borrachos de Velezquez   Detalle 

2.- En el otro extremo, los hombres que comparten la bebida están representados de una forma realista al máximo acentuando las sombras y poniendo de manifiesto sus ropajes sencillos. Críticos hay que lo relacionan con la rica tradición de la novela picaresca. Los borrachos del cuadro de Velázquez ya están representados bajo los efectos del alcohol. El triunfo de Baco del artista español no nos introduce en un ambiente festivo. El espectador asiste más bien a una escena de evasión a través de los efectos del vino. Y esta es otra de las características del Barroco en España. Es una época de tristeza, de pesimismo y de tal resignación que nada se hacía para mejorar. Todo se dejaba a una vida futura que librara a la raza humana de este valle de lágrimas o la evasión más absoluta. En esta línea también se inserta la rica tradición del teatro barroco en España. En él no hay crítica o temas que inviten a la reflexión sino escenas trepidantes para pasar el rato como se hace actualmente (salvando las distancias) con las series de TV contemporáneas. 

En esta línea se sitúa Los borrachos o El triunfo de Baco de Velázquez. No hay una fiesta o una orgía dionisiaca sino una escena que bien podría ser de una taberna cualquiera si no fuera porque la representación es al aire libre. Aunque los participantes del primer plano sonríen mirando descaradamente al espectador, estos ya están bajo los efectos del alcohol. Y se puede afirmar este punto sin lugar a dudas ya que están realista y magistralmente retratados por el gran maestro. Los demás se encuentran de rodillas o en actitud de pedir permiso (como la figura de la esquina superior derecha que se quita el sombrero). Los protagonistas de la obra de Velázquez no participan de una fiesta sino que solicitan a un dios Baco entrado en carnes permiso para evadirse de la realidad por unos instantes. Por sus ropas, atrezzo y atuendo intuimos que son seres de baja condición que poco más pueden pedir para sobrellevar una vida dura sin pocos alicientes para la superación. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Las hilanderas de Velázquez también conocida como La fábula de Aracne se encuentra en el Museo del Prado de Madrid. Hasta allí puedes desplazarte para admirar este cuadro que, a simple vista, se nos antoja una delicada representación de interior en la que lo femenino es protagonista. Sin embargo, una mirada atenta nos revela mucho más, ya que la obra, como si de un juego de adivinanzas se tratara, está levantada apelando a mitos antiguos y toda ella es un alarde de intertextualidad. Comienzo este comentario según este aspecto ya que lo considero fundamental para entender la obra.  

Características generales de Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez 

Es una obra de gran tamaño realizada al óleo sobre lienzo con unas medidas de 167 cms x 252 cms según el original de Diego Velázquez (1599-1660). La obra sufrió añadidos por los cuatro lados y la ventana superior no salió de la mano del genio de la pintura. Se supone que sufrió daños en el incendio del Real Alcázar y de, alguna manera u otra, así se podía enmarcar mejor. Ahora mide 220 cms x 289 cms, aunque ese añadido no se presenta al público ya que el cuadro está expuesto entre una doble pared. Es un trabajo tardío del artista y se acepta la fecha de 1657 como la de su ejecución. Se encuentra en el Museo del Prado dede 1819 y en el catálogo estuvo definida como

La fabula de Aracne o Las hilanderas de Velazquez 

“Obrador de hilado y devanado y pieza para ventas en la fábrica de tapices de Santa Isabel de Madrid. Cinco mujeres trabajando. En la habitación, tres damas contemplan un tapiz de tema mitológico en el que se ve a Minerva y Juno.”

Con esta descripción realizada por la pinacoteca la obra de Velázquez, no solo uno de los mejores pintores barrocos sino de la historia de la arte, queda reducida a un simple retrato casi costumbrista y centrado en lo cotidiano sin más lectura. Sin embargo, como veremos, aunque sea someramente en este comentario, la pintura es un sublime ejemplo de intertextualidad, sentidos simbólicos y lecturas superpuestas.  

El cuadro se divide en tres partes. En primer término, tenemos a cinco mujeres en distintas etapas o procesos de hilado; en el segundo, asistimos a una escena cortesana también femenina en la que un grupo de damas observan un tapiz. Por último, este tapiz es el primer escalón en la intertextualidad de la obra ya que representa una copia (convertida en tejido) de una conocida obra de Rubens: El rapto de Europa. En ella se narra la metamorfosis de Júpiter (Zeus) en toro blanco. Según cuenta el mito, así, mansamente, se acerca a la princesa Europa que se bañaba desnuda en la playa. En un descuido, logra subir a su grupa a la joven para, acto seguido, emprender rápido el galope y la huida. De resultas de estos amores entre el dios del Olimpo y una mortal nació el pueblo de Micenas.

Vicisitudes históricas del cuadro Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez

Pintor de corte, aceptó este encargo para don Pedro de Arce, montero del rey. Estuvo en la colección de los duques de Medinaceli. A principios del siglo XVIII formaba parte de la exposición privada de Felipe V y de aquí pasó a la pinacoteca madrileña en 1819. 

Con ese sentido único, basado en lo costumbrista y sin más interpretación, se leyó Las hilanderas hasta el inicio del siglo XX. Fue Ortega y Gasset el primero que anotó que el cuadro representaba algo más que una escena de interior. En un principio, el filósofo apuntaba a las bodas de Tetis y Peleo o una visión bastante personal de las parcas. Recordamos que estas deidades eran consideradas en la Antigüedad las tejedoras de los hilos de la vida, los mismos que cortaban ciegamente cuando creían oportuno o conveniente. Una vez Ortega puso la semilla de la interpretación mitológica, se estudió la obra desde esta perspectiva y fue Angulo Iñíguez y luego María Luisa Caturla quienes pusieron en relación el cuadro con la fábula de Aracne, según la versión de las Metamorfosis de Ovidio. Fue esta última investigadora la que pudo poner el broche de oro a esta tesis al encontrar el inventario original de Pedro de Arce. En él se explicita que la obra se llama “Fábula de Aracne”. Así se despejan todas las dudas sobre el sustrato mítico procedente de la literatura griega y latina. Pero aún hay más.   

Las características de la pintura barroca en Las hilanderas

1.- No podemos perder de vista que el estilo barroco supuso un cambio drástico en la concepción de la luz y el uso del claroscuro. Velázquez, a pesar de que conocía las obras sangrientas y pasionales de Caravaggio y que admiraba al maestro, presenta una pincelada más sutil, más suelta y pocos de sus trabajos están realizados con esos fondos negros que es característico del primer barroco italiano. En Las hilanderas, como sucede con Las Meninas o con La rendición de Breda siempre hay un fondo, un paisaje, una narración superpuesta. Y esta significa y, a veces, mucho. Esto es, una de las innovaciones de Velázquez con respecto al resto de los creadores del arte barroco es que estas narraciones posteriores a la escena principal informan sobre el contenido del tema tratado. Nunca son superfluas. Y en Las hilanderas este extremo es fundamental para entender el sentido último de la obra. 

2.- Con respecto a la luz que es una de las principales características del Barroco, nos encontramos tres puntos. El principal es el tapiz que actúa como vértice de una triángulo imaginario sobre el que se articula la obra. Los otros dos se focalizan en las ropas blancas de las protagonistas. 

3.- Esta forma de situar y distribuir la luz nos obliga a mirar el cuadro en un giro, de forma circular, o en espiral, tal como pretendían los artistas del barroco. Esto confiere un primer movimiento a la obra que se afianza con la disposición de las protagonistas que están situadas desde distintos ángulos: de espaldas, de perfil, entretenidas con elementos que hay en suelo o girando la cabeza. En este sentido, Velázquez es el genio indiscutible al aportar esa tensión serena al cuadro. 

4.- Por último, la obra del genio español está exenta de los motivos truculentos, monstruosos o sangrientos tan del gusto de los pintores del barroco italiano, tal cual Caravaggio o Artemisia Gentileschi. La fabula de Aracne está retratada con gentileza, con cortesía, obviando los detalles escabrosos y con una serena suavidad a pesar de que el pintor parece estar jugando a las adivinanzas con nosotros constantemente. 

5.- Por último, hay que añadir que Velázquez lleva al máximo el difuminado de los contornos que había sido una constante en el arte barroco, especialmente el desarrollado fuera de tierras italianas. Este trazo del maestro del Barroco español encandiló a artistas posteriores y se convirtió en una de las características del impresionismo cuyos creadores tenían a Velázquez como la gran referencia del pasado.  

Intertextualidad en La fábula de Aracne

1.- Entendemos por intertextualidad el texto o textos que hay en un texto final. Esto es, en creación (por muy novedoso que sea el producto representado), en un porcentaje muy amplio, siempre hay una referencia cultural, artística o literaria anterior. Evidente en el cine o en el género novelesco, la pintura, y más la de esta época, tiene un fuerte contenido intertextual. Y es así porque una de las características del arte barroco (como en la época anterior, la de la pintura renacentista) es su referencia a los temas bíblicos o mitológicos. Y esto es lo que encontramos, en esencia, en la obra Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez. 

2.- El mito cuenta que Aracne tejía con tal pericia y belleza que no solo se jactaba de ello sino que se atreve a retar a la mismísima Palas Atenea (diosa griega de la inteligencia, la civilización y la artesanía trasunto de la Minerva romana). La deidad acepta la competición y Aracne ejecuta un hermoso tapiz en el que se representan los amores furtivos de Júpiter o Zeus que no tenía ningún inconveniente en transformarse (en toro, cisne o lluvia de oro) para seducir a jóvenes mortales. El tapiz que realiza Aracne narra el rapto de Europa por parte de Júpiter transformado en toro. La diosa entra en cólera por la soberbia de la mortal y por atreverse a retratar (y a juzgar) de esa manera los actos de un dios. El castigo es la conversión en araña obligada a tejer constantemente. 

El rapto de Europa de Rubens

3.- Como he expuesto más arriba, el cuadro Las hilanderas puede dividirse en tres espacios simbólicos, el primero es el ocupado por las mujeres que tejen, el segundo es el iluminado protagonizado por las personas que admiran el tapiz que es, a su vez, el tercero. Con esta división, Velázquez nos sumerge (por pasos) en el mito representándolo en primer término y, a la vez, nos guía hacia su interpretación colocando “detrás”, tal cual es la intertextualidad, el sentido simbólico del mismo. Ni que decir tiene que siempre hay un tema, una idea mítica que corresponde a una emoción, virtud o vicio. En este caso, un maduro Velázquez (de una forma sublime) nos retrata y nos advierte de los peligros de la soberbia, del creerse mejor que nadie y de la temeridad de retar a la divinidad. Nos habla, también, de nuestra finitud.

Una interpretación de Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez 

Las hilanderas ha sido objeto de estudios diversos, no ya por la calidad de la obra (que es superior), sino también por la forma recurrida para expresar el mensaje. Este se realiza por capas, por estadios que se superponen. En el que se encuentra más atrás nos hace referencia a una obra de uno de los pintores barrocos más importantes: Rubens. Nos da, así, la primera pista sobre el tema principal de la pintura, guiándonos por una lectura en clave simbólica y pagana.  Las damas que sirven de nexo entre este espacio y el principal nos remiten a la contemplación, al hecho de observar, al mirar, al camino que hay siempre en la creación. Y llegamos al espacio principal, el de las hilanderas, el que nos dice de la soberbia de Aracne al retar a las mismísimos dioses. Y, además, este hila (volvemos al sentido último de la obra) con el tejido que elaboró para dicho concurso que, además, en un rizar el rizo de la intertextualidad no es original, ya que es un calco de una obra de Rubens. 

Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez, en definitiva, nos sumerge en la imposibilidad de crear arte si no es con un sustrato histórico. Esto es, por muy novedoso que sea un creador, siempre habrá algo detrás. Esta temática se pone en relación con el pecado de la vanidad, de la soberbia y del narcisismo. Se puede disfrutar de la obra en el maravilloso Museo del Prado de Madrid, pinacoteca de referencia para los amantes del arte. Así, el conjunto adquiere una fuerza extrema al estar todos los componentes amalgamados sobre un único punto temático.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El arte es lo que queda cuando todo ha pasado. Es lo inmutable dentro del cambio. Es la belleza en un mundo en caos. El arte es parte importante de este sitio. Intentamos comprenderlo. 

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Las hilanderas de Velázquez también conocida como La fábula de Aracne se encuentra en el Museo del Prado de Madrid. Hasta allí puedes desplazarte para admirar este cuadro que, a simple vista, se nos antoja una delicada representación de interior en la que lo femenino es protagonista. Sin embargo, una mirada atenta nos revela mucho más, ya que la obra, como si de un juego de adivinanzas se tratara, está levantada apelando a mitos antiguos y toda ella es un alarde de intertextualidad. Comienzo este comentario según este aspecto ya que lo considero fundamental para entender la obra.  

Características generales de Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez 

Es una obra de gran tamaño realizada al óleo sobre lienzo con unas medidas de 167 cms x 252 cms según el original de Diego Velázquez (1599-1660). La obra sufrió añadidos por los cuatro lados y la ventana superior no salió de la mano del genio de la pintura. Se supone que sufrió daños en el incendio del Real Alcázar y de, alguna manera u otra, así se podía enmarcar mejor. Ahora mide 220 cms x 289 cms, aunque ese añadido no se presenta al público ya que el cuadro está expuesto entre una doble pared. Es un trabajo tardío del artista y se acepta la fecha de 1657 como la de su ejecución. Se encuentra en el Museo del Prado dede 1819 y en el catálogo estuvo definida como

La fabula de Aracne o Las hilanderas de Velazquez 

“Obrador de hilado y devanado y pieza para ventas en la fábrica de tapices de Santa Isabel de Madrid. Cinco mujeres trabajando. En la habitación, tres damas contemplan un tapiz de tema mitológico en el que se ve a Minerva y Juno.”

Con esta descripción realizada por la pinacoteca la obra de Velázquez, no solo uno de los mejores pintores barrocos sino de la historia de la arte, queda reducida a un simple retrato casi costumbrista y centrado en lo cotidiano sin más lectura. Sin embargo, como veremos, aunque sea someramente en este comentario, la pintura es un sublime ejemplo de intertextualidad, sentidos simbólicos y lecturas superpuestas.  

El cuadro se divide en tres partes. En primer término, tenemos a cinco mujeres en distintas etapas o procesos de hilado; en el segundo, asistimos a una escena cortesana también femenina en la que un grupo de damas observan un tapiz. Por último, este tapiz es el primer escalón en la intertextualidad de la obra ya que representa una copia (convertida en tejido) de una conocida obra de Rubens: El rapto de Europa. En ella se narra la metamorfosis de Júpiter (Zeus) en toro blanco. Según cuenta el mito, así, mansamente, se acerca a la princesa Europa que se bañaba desnuda en la playa. En un descuido, logra subir a su grupa a la joven para, acto seguido, emprender rápido el galope y la huida. De resultas de estos amores entre el dios del Olimpo y una mortal nació el pueblo de Micenas.

Vicisitudes históricas del cuadro Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez

Pintor de corte, aceptó este encargo para don Pedro de Arce, montero del rey. Estuvo en la colección de los duques de Medinaceli. A principios del siglo XVIII formaba parte de la exposición privada de Felipe V y de aquí pasó a la pinacoteca madrileña en 1819. 

Con ese sentido único, basado en lo costumbrista y sin más interpretación, se leyó Las hilanderas hasta el inicio del siglo XX. Fue Ortega y Gasset el primero que anotó que el cuadro representaba algo más que una escena de interior. En un principio, el filósofo apuntaba a las bodas de Tetis y Peleo o una visión bastante personal de las parcas. Recordamos que estas deidades eran consideradas en la Antigüedad las tejedoras de los hilos de la vida, los mismos que cortaban ciegamente cuando creían oportuno o conveniente. Una vez Ortega puso la semilla de la interpretación mitológica, se estudió la obra desde esta perspectiva y fue Angulo Iñíguez y luego María Luisa Caturla quienes pusieron en relación el cuadro con la fábula de Aracne, según la versión de las Metamorfosis de Ovidio. Fue esta última investigadora la que pudo poner el broche de oro a esta tesis al encontrar el inventario original de Pedro de Arce. En él se explicita que la obra se llama “Fábula de Aracne”. Así se despejan todas las dudas sobre el sustrato mítico procedente de la literatura griega y latina. Pero aún hay más.   

Las características de la pintura barroca en Las hilanderas

1.- No podemos perder de vista que el estilo barroco supuso un cambio drástico en la concepción de la luz y el uso del claroscuro. Velázquez, a pesar de que conocía las obras sangrientas y pasionales de Caravaggio y que admiraba al maestro, presenta una pincelada más sutil, más suelta y pocos de sus trabajos están realizados con esos fondos negros que es característico del primer barroco italiano. En Las hilanderas, como sucede con Las Meninas o con La rendición de Breda siempre hay un fondo, un paisaje, una narración superpuesta. Y esta significa y, a veces, mucho. Esto es, una de las innovaciones de Velázquez con respecto al resto de los creadores del arte barroco es que estas narraciones posteriores a la escena principal informan sobre el contenido del tema tratado. Nunca son superfluas. Y en Las hilanderas este extremo es fundamental para entender el sentido último de la obra. 

2.- Con respecto a la luz que es una de las principales características del Barroco, nos encontramos tres puntos. El principal es el tapiz que actúa como vértice de una triángulo imaginario sobre el que se articula la obra. Los otros dos se focalizan en las ropas blancas de las protagonistas. 

3.- Esta forma de situar y distribuir la luz nos obliga a mirar el cuadro en un giro, de forma circular, o en espiral, tal como pretendían los artistas del barroco. Esto confiere un primer movimiento a la obra que se afianza con la disposición de las protagonistas que están situadas desde distintos ángulos: de espaldas, de perfil, entretenidas con elementos que hay en suelo o girando la cabeza. En este sentido, Velázquez es el genio indiscutible al aportar esa tensión serena al cuadro. 

4.- Por último, la obra del genio español está exenta de los motivos truculentos, monstruosos o sangrientos tan del gusto de los pintores del barroco italiano, tal cual Caravaggio o Artemisia Gentileschi. La fabula de Aracne está retratada con gentileza, con cortesía, obviando los detalles escabrosos y con una serena suavidad a pesar de que el pintor parece estar jugando a las adivinanzas con nosotros constantemente. 

5.- Por último, hay que añadir que Velázquez lleva al máximo el difuminado de los contornos que había sido una constante en el arte barroco, especialmente el desarrollado fuera de tierras italianas. Este trazo del maestro del Barroco español encandiló a artistas posteriores y se convirtió en una de las características del impresionismo cuyos creadores tenían a Velázquez como la gran referencia del pasado.  

Intertextualidad en La fábula de Aracne

1.- Entendemos por intertextualidad el texto o textos que hay en un texto final. Esto es, en creación (por muy novedoso que sea el producto representado), en un porcentaje muy amplio, siempre hay una referencia cultural, artística o literaria anterior. Evidente en el cine o en el género novelesco, la pintura, y más la de esta época, tiene un fuerte contenido intertextual. Y es así porque una de las características del arte barroco (como en la época anterior, la de la pintura renacentista) es su referencia a los temas bíblicos o mitológicos. Y esto es lo que encontramos, en esencia, en la obra Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez. 

2.- El mito cuenta que Aracne tejía con tal pericia y belleza que no solo se jactaba de ello sino que se atreve a retar a la mismísima Palas Atenea (diosa griega de la inteligencia, la civilización y la artesanía trasunto de la Minerva romana). La deidad acepta la competición y Aracne ejecuta un hermoso tapiz en el que se representan los amores furtivos de Júpiter o Zeus que no tenía ningún inconveniente en transformarse (en toro, cisne o lluvia de oro) para seducir a jóvenes mortales. El tapiz que realiza Aracne narra el rapto de Europa por parte de Júpiter transformado en toro. La diosa entra en cólera por la soberbia de la mortal y por atreverse a retratar (y a juzgar) de esa manera los actos de un dios. El castigo es la conversión en araña obligada a tejer constantemente. 

El rapto de Europa de Rubens

3.- Como he expuesto más arriba, el cuadro Las hilanderas puede dividirse en tres espacios simbólicos, el primero es el ocupado por las mujeres que tejen, el segundo es el iluminado protagonizado por las personas que admiran el tapiz que es, a su vez, el tercero. Con esta división, Velázquez nos sumerge (por pasos) en el mito representándolo en primer término y, a la vez, nos guía hacia su interpretación colocando “detrás”, tal cual es la intertextualidad, el sentido simbólico del mismo. Ni que decir tiene que siempre hay un tema, una idea mítica que corresponde a una emoción, virtud o vicio. En este caso, un maduro Velázquez (de una forma sublime) nos retrata y nos advierte de los peligros de la soberbia, del creerse mejor que nadie y de la temeridad de retar a la divinidad. Nos habla, también, de nuestra finitud.

Una interpretación de Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez 

Las hilanderas ha sido objeto de estudios diversos, no ya por la calidad de la obra (que es superior), sino también por la forma recurrida para expresar el mensaje. Este se realiza por capas, por estadios que se superponen. En el que se encuentra más atrás nos hace referencia a una obra de uno de los pintores barrocos más importantes: Rubens. Nos da, así, la primera pista sobre el tema principal de la pintura, guiándonos por una lectura en clave simbólica y pagana.  Las damas que sirven de nexo entre este espacio y el principal nos remiten a la contemplación, al hecho de observar, al mirar, al camino que hay siempre en la creación. Y llegamos al espacio principal, el de las hilanderas, el que nos dice de la soberbia de Aracne al retar a las mismísimos dioses. Y, además, este hila (volvemos al sentido último de la obra) con el tejido que elaboró para dicho concurso que, además, en un rizar el rizo de la intertextualidad no es original, ya que es un calco de una obra de Rubens. 

Las hilanderas o La fábula de Aracne de Velázquez, en definitiva, nos sumerge en la imposibilidad de crear arte si no es con un sustrato histórico. Esto es, por muy novedoso que sea un creador, siempre habrá algo detrás. Esta temática se pone en relación con el pecado de la vanidad, de la soberbia y del narcisismo. Se puede disfrutar de la obra en el maravilloso Museo del Prado de Madrid, pinacoteca de referencia para los amantes del arte. Así, el conjunto adquiere una fuerza extrema al estar todos los componentes amalgamados sobre un único punto temático.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Decir que La rendición de Breda de Velázquez (1599-1660) es una de las pinturas barrocas más famosas y universales es casi una obviedad. El genial pintor de la corte de Felipe IV da todo de sí en esta composición de gran tamaño que se aleja del enfoque general de las obras de temática bélica.  

Descripción de La rendición de Breda o Las Lanzas de Velázquez

Fue realizada entre 1634 y 1635 por encargo del Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV, para el Salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro. El emplazamiento estaba diseñado para alabar las hazañas imperiales españolas y Velázquez no fue el único pintor de la época que participó en el ambicioso proyecto. Involucró prácticamente a todo artista reconocido en la época y hubo encargos a Carducho, Zurbarán o Pereda. También se recurrió a compras en Italia y otros puntos de Europa. ¿Qué sucedió? Que el palacio, en su historia, tuvo tantos añadidos, transformaciones y saqueos que nada queda ya de este espacio. Es un lienzo de grandes dimensiones, ya que mide 307 x 367 cms y en él se despliega toda la maestría de la mano de uno de los pintores barrocos más importantes y no solo de este estilo histórico sino de todos los tiempos.  

El objetivo de Olivares era presentar en ese Salón de los Reinos, punto de encuentro de futuros embajadores, coronaciones y festejos, la grandeza pasada de un país en apabullante decadencia. A Velázquez le tocó retratar la toma de la ciudad de Breda (a medio camino entre Amberes y Rotterdam, en los Países Bajos) por parte de las tropas de Ambrosio de Spínola. El hecho acaeció el 2 de junio de 1625 tras un largo asedio. El cuadro debía estar pintado hacia la mitad de 1635, diez años después, y en 1639 (esto es, cuatro años más tarde de estar finalizado el trabajo de Velázquez) Breda se perdió definitivamente para la corona española. Este dato no es baladí, ya que si algo caracteriza al barroco español (tanto literario como plástico) es el sentimiento de derrota, de pesimismo e, incluso, de conformismo. Como veremos a continuación, con toda probabilidad, Velázquez presentía (por las circunstancias a su alrededor) que la celebración de dicha gesta no iba a durar mucho.  

¿Qué ocurría en la época? Nos encontramos ante reinados y reyes decadentes que delegan la responsabilidad en validos corruptos, que pierden plazas consolidadas y que acumulan derrotas tras derrotas, algunas humillantes. Esta ineficaz maquinaria de guerra consume los pocos recursos de una corte dada al derroche e incapaz de invertir en producción y educación. Los días se pasaban en fiestas, en organizar obras de teatro y en costosos espectáculos de evasión. El punto positivo fue que esta vida hedonista, a pesar de su fracaso social, benefició a artistas de todo tipo.  

La rendición de Breda, ejemplo de pintura barroca

1.- Siguiendo con lo anterior, este cuadro social y político, con toda probabilidad, caló en el ánimo del artista que, para desarrollar la narración de la obra, se centra en un detalle íntimo. Esto es, en Las lanzas asistimos a la entrega de las llaves de la ciudad de una manera cordial, elegante e, incluso humanitaria. Velázquez obvió cualquier aspecto heroico o épico, puesto que presentía que la victoria iba a ser muy efímera. Al vehicular el tema sobre este hecho concreto (alejado de la norma imperante) creó una obra tremendamente original que trasciende el espíritu militar que, en un principio, intentaba ensalzar Olivares. 

2.- La rendición de Breda se encuentra en la lista de las pinturas barrocas más famosas y eso que no cumple con todos los requisitos de este estilo artístico (o quizás por ello). Velázquez se formó en Sevilla en el taller de Pacheco y luego (con sus viajes a Italia) con las fórmulas expresivas de Caravaggio. Sin embargo, el claroscuro (característica básica del estilo barroco) en La rendición de Breda está muy atenuado y es menor, por poner, un caso, que en Las Meninas

3.- La obra tiene un esquema definido cuya escena central la protagonizan las dos hombres (Nassau, el vencido y Spínola, el vencedor) en el intercambio de llaves. Todos los demás elementos (incluso el paisaje) gira con movimiento circular hacia ese punto. Esto último se ha conseguido con el caballo y el soldado de la casaca clara que nos da la espalda. Cada uno de ellos está en un extremo del cuadro. Así, además, se consigue cerrar ese movimiento sinuoso y circular que es una de las características del arte barroco

4.- La genialidad de Velázquez queda impresa en los distintos personajes que miran al espectador, cada uno en distinto bando dando naturalidad a la escena, como si el pintor hubiera estado allí y, en una instantánea (en una fotografía), inmortalizara el hecho. 

5.- El realismo que es otra nota del arte barroco lo encontramos en los rostros de los distintos protagonistas que son modelos sin idealizar tomados de la vida cotidiana. 

6.- No podemos olvidar en este comentario de La rendición de Breda que la escena en su conjunto, aunque nos retrata un hecho dramático, tal cual es la guerra, no recurre al patetismo de otras obras de la época. Aquí el pesimismo se convierte en aceptación serena. Es sin duda, una de las líneas que caracteriza las obras de Diego Velázquez. 

7.- El punto de luz se encuentra en el espacio central que sirve también como división de la obra, a un lado, tenemos a los vencidos con las armas en posición de descanso y su líder intentado arrodillarse y, al otro, los vencedores, con las lanzas perfectamente alienadas. El ejército de Nassau, además, se encuentra rodeado por el fuego de la destrucción que se adivina a lo lejos. La luz va pasando por el espacio central realizando un movimiento circular desde el centro, continuando por la casaca del soldado que nos da la espalda hasta fijarla en el último elemento que es la bandera. 

8.- Aunque buena parte de las pinturas barrocas muestran un gusto por el fondo oscuro, también es recurrente el uso de los paisajes, tal cual apreciamos en Las lanzas de Velázquez.  

Intertextualidad en La rendición de Breda, comentario imprescindible para entender la obra 

¿Qué es la intertextualidad? En esencia, es un texto dentro de otro texto. Esto es, la obra u obras de arte que sirven de trasfondo a otra posterior. Ni que decir tiene que este concepto no implica copia o plagio, palabras tan de uso en la sociedad narcisista actual. Es, más bien, el discurso histórico subyacente en cualquier creación artística. Pues bien, Velázquez olvida cualquier elemento heroico o épico en el que los soldados se dejan la piel a la hora de realizar cualquier supuesta hazaña. Y recurre, en esencia, a un momento íntimo (a pesar del número de personas involucradas) desde una perspectiva humanitaria casi.  

No le interesa mostrar una efímera victoria cuando los sentimientos que se respiraban en la corte eran de conformismo, pesimismo e, incluso, de humillación por tantas pérdidas. Por eso, acepta el encargo de Olivares, pero lo hace desde una visión original, distinta a la esperada y desde un fondo de profunda humanidad. La intertextualidad (la creación dentro de la creación) la encuentra en una de las obras de Pedro Calderón de la Barca, el dramaturgo favorito de la corte hedonista y despilfarradora de Felipe IV. Con el mismo título que el cuadro, el escritor pone en boca de Spínola estas palabras dirigidas a Nassau, quien le entrega las llaves al español: 

Justino, yo las recibo

y conozco que valiente

sois, que el valor del vencido

hace famoso al que vence. 

Al recurrir a la intertextualidad (al sustrato de una obra de otra línea artística, la literaria), La rendición de Breda de Velázquez se transforma en una narración tremendamente original que se aparta del género militar pictórico imperante y consabido.  

Comentario final de Las lanzas de Diego Velázquez

El realismo del rostro de los protagonistas, la rotundidad en la representación del caballo, la inteligencia a la hora de dividir el cuadro y la humanidad de su planteamiento contribuyen a hacer de La rendición de Breda de Velázquez una obra única. Tanto es así que, junto con Las Meninas del mismo autor, Los fusilamientos del tres de mayo de Goya y el Guernica de Picasso, forma parte de ese cuadrilátero de lo mejor del arte español de todos los tiempos. El preciosismo de la obra a la hora de representar los ropajes, las expresiones, el movimiento, la luz o el paisaje del fondo es de difícil superación. Su contemplación en el Museo del Prado de Madrid nos introduce en lo mejor del ser humano, en el que es capaz de reconocerse en el otro en las circunstancias más adversas. En todo ello (y más) reside su grandeza y universalidad. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Decir que La rendición de Breda de Velázquez (1599-1660) es una de las pinturas barrocas más famosas y universales es casi una obviedad. El genial pintor de la corte de Felipe IV da todo de sí en esta composición de gran tamaño que se aleja del enfoque general de las obras de temática bélica.  

Descripción de La rendición de Breda o Las Lanzas de Velázquez

Fue realizada entre 1634 y 1635 por encargo del Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV, para el Salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro. El emplazamiento estaba diseñado para alabar las hazañas imperiales españolas y Velázquez no fue el único pintor de la época que participó en el ambicioso proyecto. Involucró prácticamente a todo artista reconocido en la época y hubo encargos a Carducho, Zurbarán o Pereda. También se recurrió a compras en Italia y otros puntos de Europa. ¿Qué sucedió? Que el palacio, en su historia, tuvo tantos añadidos, transformaciones y saqueos que nada queda ya de este espacio. Es un lienzo de grandes dimensiones, ya que mide 307 x 367 cms y en él se despliega toda la maestría de la mano de uno de los pintores barrocos más importantes y no solo de este estilo histórico sino de todos los tiempos.  

El objetivo de Olivares era presentar en ese Salón de los Reinos, punto de encuentro de futuros embajadores, coronaciones y festejos, la grandeza pasada de un país en apabullante decadencia. A Velázquez le tocó retratar la toma de la ciudad de Breda (a medio camino entre Amberes y Rotterdam, en los Países Bajos) por parte de las tropas de Ambrosio de Spínola. El hecho acaeció el 2 de junio de 1625 tras un largo asedio. El cuadro debía estar pintado hacia la mitad de 1635, diez años después, y en 1639 (esto es, cuatro años más tarde de estar finalizado el trabajo de Velázquez) Breda se perdió definitivamente para la corona española. Este dato no es baladí, ya que si algo caracteriza al barroco español (tanto literario como plástico) es el sentimiento de derrota, de pesimismo e, incluso, de conformismo. Como veremos a continuación, con toda probabilidad, Velázquez presentía (por las circunstancias a su alrededor) que la celebración de dicha gesta no iba a durar mucho.  

¿Qué ocurría en la época? Nos encontramos ante reinados y reyes decadentes que delegan la responsabilidad en validos corruptos, que pierden plazas consolidadas y que acumulan derrotas tras derrotas, algunas humillantes. Esta ineficaz maquinaria de guerra consume los pocos recursos de una corte dada al derroche e incapaz de invertir en producción y educación. Los días se pasaban en fiestas, en organizar obras de teatro y en costosos espectáculos de evasión. El punto positivo fue que esta vida hedonista, a pesar de su fracaso social, benefició a artistas de todo tipo.  

La rendición de Breda, ejemplo de pintura barroca

1.- Siguiendo con lo anterior, este cuadro social y político, con toda probabilidad, caló en el ánimo del artista que, para desarrollar la narración de la obra, se centra en un detalle íntimo. Esto es, en Las lanzas asistimos a la entrega de las llaves de la ciudad de una manera cordial, elegante e, incluso humanitaria. Velázquez obvió cualquier aspecto heroico o épico, puesto que presentía que la victoria iba a ser muy efímera. Al vehicular el tema sobre este hecho concreto (alejado de la norma imperante) creó una obra tremendamente original que trasciende el espíritu militar que, en un principio, intentaba ensalzar Olivares. 

2.- La rendición de Breda se encuentra en la lista de las pinturas barrocas más famosas y eso que no cumple con todos los requisitos de este estilo artístico (o quizás por ello). Velázquez se formó en Sevilla en el taller de Pacheco y luego (con sus viajes a Italia) con las fórmulas expresivas de Caravaggio. Sin embargo, el claroscuro (característica básica del estilo barroco) en La rendición de Breda está muy atenuado y es menor, por poner, un caso, que en Las Meninas

3.- La obra tiene un esquema definido cuya escena central la protagonizan las dos hombres (Nassau, el vencido y Spínola, el vencedor) en el intercambio de llaves. Todos los demás elementos (incluso el paisaje) gira con movimiento circular hacia ese punto. Esto último se ha conseguido con el caballo y el soldado de la casaca clara que nos da la espalda. Cada uno de ellos está en un extremo del cuadro. Así, además, se consigue cerrar ese movimiento sinuoso y circular que es una de las características del arte barroco

4.- La genialidad de Velázquez queda impresa en los distintos personajes que miran al espectador, cada uno en distinto bando dando naturalidad a la escena, como si el pintor hubiera estado allí y, en una instantánea (en una fotografía), inmortalizara el hecho. 

5.- El realismo que es otra nota del arte barroco lo encontramos en los rostros de los distintos protagonistas que son modelos sin idealizar tomados de la vida cotidiana. 

6.- No podemos olvidar en este comentario de La rendición de Breda que la escena en su conjunto, aunque nos retrata un hecho dramático, tal cual es la guerra, no recurre al patetismo de otras obras de la época. Aquí el pesimismo se convierte en aceptación serena. Es sin duda, una de las líneas que caracteriza las obras de Diego Velázquez. 

7.- El punto de luz se encuentra en el espacio central que sirve también como división de la obra, a un lado, tenemos a los vencidos con las armas en posición de descanso y su líder intentado arrodillarse y, al otro, los vencedores, con las lanzas perfectamente alienadas. El ejército de Nassau, además, se encuentra rodeado por el fuego de la destrucción que se adivina a lo lejos. La luz va pasando por el espacio central realizando un movimiento circular desde el centro, continuando por la casaca del soldado que nos da la espalda hasta fijarla en el último elemento que es la bandera. 

8.- Aunque buena parte de las pinturas barrocas muestran un gusto por el fondo oscuro, también es recurrente el uso de los paisajes, tal cual apreciamos en Las lanzas de Velázquez.  

Intertextualidad en La rendición de Breda, comentario imprescindible para entender la obra 

¿Qué es la intertextualidad? En esencia, es un texto dentro de otro texto. Esto es, la obra u obras de arte que sirven de trasfondo a otra posterior. Ni que decir tiene que este concepto no implica copia o plagio, palabras tan de uso en la sociedad narcisista actual. Es, más bien, el discurso histórico subyacente en cualquier creación artística. Pues bien, Velázquez olvida cualquier elemento heroico o épico en el que los soldados se dejan la piel a la hora de realizar cualquier supuesta hazaña. Y recurre, en esencia, a un momento íntimo (a pesar del número de personas involucradas) desde una perspectiva humanitaria casi.  

No le interesa mostrar una efímera victoria cuando los sentimientos que se respiraban en la corte eran de conformismo, pesimismo e, incluso, de humillación por tantas pérdidas. Por eso, acepta el encargo de Olivares, pero lo hace desde una visión original, distinta a la esperada y desde un fondo de profunda humanidad. La intertextualidad (la creación dentro de la creación) la encuentra en una de las obras de Pedro Calderón de la Barca, el dramaturgo favorito de la corte hedonista y despilfarradora de Felipe IV. Con el mismo título que el cuadro, el escritor pone en boca de Spínola estas palabras dirigidas a Nassau, quien le entrega las llaves al español: 

Justino, yo las recibo

y conozco que valiente

sois, que el valor del vencido

hace famoso al que vence. 

Al recurrir a la intertextualidad (al sustrato de una obra de otra línea artística, la literaria), La rendición de Breda de Velázquez se transforma en una narración tremendamente original que se aparta del género militar pictórico imperante y consabido.  

Comentario final de Las lanzas de Diego Velázquez

El realismo del rostro de los protagonistas, la rotundidad en la representación del caballo, la inteligencia a la hora de dividir el cuadro y la humanidad de su planteamiento contribuyen a hacer de La rendición de Breda de Velázquez una obra única. Tanto es así que, junto con Las Meninas del mismo autor, Los fusilamientos del tres de mayo de Goya y el Guernica de Picasso, forma parte de ese cuadrilátero de lo mejor del arte español de todos los tiempos. El preciosismo de la obra a la hora de representar los ropajes, las expresiones, el movimiento, la luz o el paisaje del fondo es de difícil superación. Su contemplación en el Museo del Prado de Madrid nos introduce en lo mejor del ser humano, en el que es capaz de reconocerse en el otro en las circunstancias más adversas. En todo ello (y más) reside su grandeza y universalidad. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Los diez grandes nombres de las letras españolas del llamado Siglo de Oro, el XVII. 

El conocido como estilo literario barroco fue tan fértil y brillante en España que a su época (el siglo XVII) se le conoce como Siglo de Oro. Parejo a una situación económica desastrosa, a una decadencia moral y social apabullante, a las grandes derrotas militares que dejaban atrás el sueño de un Imperio y a la corrupción de los validos florece una literatura auténticamente nacional que brilla en todos los géneros. No solo estos diez autores españoles del Barroco forman parte de la pléyade del canon literario hispano sino que  la época dio figuras artísticas de la talla de Velázquez. 

La literatura barroca en España es prolija en obras de teatro originales a pesar de repetir temáticas preestablecidas y demandadas por un público rendido al conformismo cuyo único refugio era la evasión de las tablas. El gran Cervantes (que, como veremos, es un autor de transición) vive en la época y sus obras tienen algunas de las características barrocas. Si el teatro lo llena todo con su espíritu festivo, no se quedan atrás la poesía de toda índole y la prosa brillante de corte filosófico. 

Conforme el siglo XVII va dando sus últimos coletazos, también lo hace la mística literaria que tantos autores se habían adherido a ella (sin entrar en las razones personales). España, abrumada por guerras, hambrunas, pestes y sin ser capaz de auparse al carro del progreso educativo (a pesar de sus grandes plumas) continúa desarrollando el estilo barroco hasta bien entrado el siglo XVIII. Esos serán otros tiempos con otros modelos y otras fórmulas expresivas. Por ahora los autores españoles del barroco que tenemos que tener en cuenta son los que siguen. 

1.- El problema de adscripción de Miguel de Cervantes al barroco literario

Del gran genio de las letras españolas se ha escrito tanto que, al día de hoy, nos encontramos a la crítica unánime en considerarlo como autor bisagra entre los postulados de la la literatura renacentista y la barroca. Dicho esto, el maestro de las palabras, a pesar de compartir época con grandes nombres universales (Shakespeare, Lope de Vega, Calderón…) maneja una escritura tan única que es de difícil encasillamiento. Tuvo una vida de película. Fue herido en la guerra, hecho prisionero, sufrió cárcel por malversación y apenas disfrutó de ningún éxito. Eso sí, ya al final de su vida, pudo saborear la buena acogida que tuvo su Quijote, prototipo idealista que constituye uno de los grandes personajes de la literatura universal.  

Para saber más sobre en el autor sin salir de este sitio, tienes:  

1.- Biografía de Miguel de Cervantes

2.- Obras de Miguel de Cervantes

3.- El Quijote y su importancia en las letras universales

4.- Novelas ejemplares

2.- Lope de Vega uno de los autores españoles del barroco más importantes

En pugna constante con Cervantes, en rivalidad tóxica casi, Lope de Vega es uno de los escritores más prolijos de la historia literaria española y no solo del barroco. Aunque escribió poemas de todo tipo y algunas novelas cortas, sus dotes irónicas, su espíritu falaz, hedonista y dado a la pendencia se explayó en las múltiples obras de teatro de todo tipo, tema y sentido que estrenó en vida. Tan larga es su obra y tan intemporal su escritura que no hay festival contemporáneo que no lleve en cartel algunos de sus títulos. Las características del teatro barroco en España se establecen con Lope de Vega con su gusto por el chiste fácil, el lenguaje brillante, los temas de enredo, las broncas de capa de espada y por los tipos (el caballero, la dama, el gracioso o el anciano) reconocibles por el gran público.  

Si quieres seguir investigado sobre uno de los autores españoles del barroco más importantes, te he dejado los siguientes temas desarrollados:  

1.- Biografía de Lope de Vega

2.- Obras de Lope de Vega más importantes

3.- Características del teatro de Lope de Vega  

3.- Tirso de Molina y sus grandes obras dramáticas 

Tirso de Molina es el seudónimo del monje fray Gabriel Téllez quien no tuvo ningún empacho, a pesar de sus órdenes religiosas, en escribir obras de capa y espada siguiendo las líneas del teatro que demandaba un público ávido de evasión. Recordemos que estamos inmersos en una sociedad decadente y sin aliciente ninguno y necesitada de entretenimiento fácil para poder ser feliz aunque fuese por un momento. Sin embargo, Tirso de Molina no solo pertenece a la pléyade de los grandes autores españoles del barroco por estas comedias sino por haber levantado un personaje universal (el don Juan) que en sus páginas adquiere un tinte dramático más allá de su influencia posterior en el romanticismo literario europeo. 

Si tienes curiosidad, te he dejado: 

1.- Biografía de Tirso de Molina

2.- Obras de Tirso de Molina

3.- El Burlador de Sevilla 

4.- Mateo Alemán, uno de los autores españoles del barroco y de la novela picaresca más importantes 

Creció curtido desde niño en los ambientes carcelarios de Sevilla, cuando la capital andaluza era Puerto de Indias y lugar de encuentro de caballeros venidos a menos con aventureros de toda pluma y pelo. Mateo Alemán ha pasado al canon por ser uno de los grandes autores de la novela picaresca, otro de los grandes géneros hispánicos. Hasta las oscuras celdas accedía siendo niño llevado de la mano de su padre, médico real, y muy pronto se empapó de todas las miserias del alma humana, las mismas que reflejó en su obra. Eso sí, Mateo Alemán llegó a la escritura casi por casualidad después de una vida casi tan peliculera como la de Cervantes o Lope de Vega. 

Si quieres saber más sobre este autor barroco y el género picaresco, te he dejado los siguientes trabajos: 

1.- Biografía de Mateo Alemán

2.- Guzmán de Alfarache, uno de las mejores novelas picarescas de la literatura española

3.- Características de la novela picaresca

5.- Luis de Góngora y sus poemas cultos

En el otro extremo y alejado de lo popular (tanto en el objetivo como en la temática) nos encontramos al poeta cordobés Luis de Góngora y Argote, espejo donde se miró (andando los siglos) la llamada Generación del 27. En un estilo conscientemente rebuscado, levanta poemas de perfección formal, repleto de metáforas y tropos de todo tipo. La realidad contemporánea casi no le interesa a este clérigo con constantes problemas económicos debido a su afición por el juego. Quizás por ello busca en la literatura griega y romana los temas paganos que no tiene ningún problema en compaginar con su sacerdocio cristiano. Anoto, por último, que su enconada rivalidad con Francisco de Quevedo y Villegas, otro de los grandes autores españoles del barroco llegó a algo más que al plano literario. 

Más datos sobre el autor culto de la literatura barroca por excelencia en:  

1.- Biografía de Luis de Góngora y Argote

2.- Obras y poemas de Luis de Góngora

3.- El gongorismo 

6.- Francisco de Quevedo, otro de los autores españoles del barroco que ha trascendido el canon

Pesimista, exagerado, tendente a lo monstruoso que es otra de las grandes características de la literatura de la época, sus escritos están repletos de cinismo, misoginia, ironía y buenos textos. En rivalidad constante con Góngora, se vio envuelto en la llamada Conjura de Venecia de la que se escapó gracias a su buen acento italiano. Si bien sus dotes políglotas le ayudaron a librarse de la cárcel acusado de espía, su vida personal no corrió, a veces, con tan buena suerte. Sus poemas y su gran novela picaresca, El Buscón, lo catapultaron al canon literario hispano. Y todo ello cuando la obra no tiene todas las características generales de la novela picaresca.

Como es complicado resumir una figura literaria de tal envergadura en un solo párrafo, te he dejado los siguientes enlaces: 

1.-Biografía de Francisco de Quevedo

2.-Obras de Francisco de Quevedo

3.-La Vida del Buscón

7.- Calderón de la Barca y La vida es sueño 

Es uno de los grandes autores españoles del barroco literario y de todos los tiempos cuya escritura profunda fue del gusto del público popular y también del entendido. Intelectual nato, gustaba de la soledad, de los placeres sencillos, del estudio en su nutrida biblioteca y del disfrute de sus obras de arte.  De complejidad anímica, supo, a la vez, moverse con soltura en los círculos cortesanos que demandaban sus obras para las grandes fiestas y festejos donde se derrochaba un dinero escatimado a la inversión necesaria para el progreso. Tuvo una larga vida y Calderón de la Barca es uno de los pocos autores del canon español que disfrutó tanto de éxito literario como del económico en vida.  

Si quieres saber más sobre esta gran figura, tienes más datos en:  

1.- Biografía de Pedro Calderón de la Barca

2.- Obras de Pedro Calderón de la Barca

8.- Baltasar Gracián, uno de los autores españoles del barroco en prosa más importantes 

De personalidad complicada, culto y obligado a crear y vivir entre los escasos kilómetros de la Huesca barroca, Baltasar Gracián sobrevivió emocionalmente gracias a su escritura y al mecenazgo de Vincenzio Juan de Lastanosa. En la casa de este último encontró la biblioteca y el apoyo emocional necesario para levantar una obra literaria en prosa que se acerca a los grandes filósofos de la Antigüedad.  

9.- Sor María de Jesús de Ágreda y la mística barroca 

Si bien la mística literaria había tenido sus grandes nombres (Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz) en los estertores del Renacimiento, a finales del Siglo XVII la obra de una humilde monja la eleva al estado de santidad incluso. Es Sor María de Jesús de Ágreda, abadesa de las Concepcionistas del municipio (situado en Soria) del que toma su nombre. El citado convento fue fundado por su madre y la mística española prácticamente no salió de entre sus muros en toda su existencia. Eso no le impidió escribir una obra que tuvo una fuerte repercusión en su época: Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma. Su fama llegó a oídos del rey Felipe IV, quien abrumado por problemas de todo tipo, pidió consejo y consuelo en la religiosa. La correspondencia entre ambos duró más de veinte años. 

10.- María de Zayas y Sotomayor y la novela costumbrista barroca 

La novela costumbrista del barroco español tiene un protagonista indiscutible en María de Zayas y Sotomayor. Sus Novelas ejemplares fueron publicadas en 1637 y en ellas con valentía, sagacidad, inteligencia y sobriedad nos sumerge en el mundo de la época con un toque de reivindicación feminista. Empeñada en calificar su obra como realista, en ella no oculta una fuerte intención didáctica hacia las mujeres víctimas de engaños, burlas, robos y violaciones de todo tipo.  

Si bien los grandes autores españoles del barroco se condensan en esta escueta lista de diez nombres, el Siglo de Oro fue tan fértil en obras de todo tipo que aún podemos indicar algunos más como el diplomático Saavedra Fajardo, el místico Miguel de Molinos, el erudito Nicolás Antonio, los dramaturgos Francisco de Rojas Zorrilla y Agustín Moreto o el poeta Luis Carrillo de Sotomayor.

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Los diez grandes nombres de las letras españolas del llamado Siglo de Oro, el XVII. 

El conocido como estilo literario barroco fue tan fértil y brillante en España que a su época (el siglo XVII) se le conoce como Siglo de Oro. Parejo a una situación económica desastrosa, a una decadencia moral y social apabullante, a las grandes derrotas militares que dejaban atrás el sueño de un Imperio y a la corrupción de los validos florece una literatura auténticamente nacional que brilla en todos los géneros. No solo estos diez autores españoles del Barroco forman parte de la pléyade del canon literario hispano sino que  la época dio figuras artísticas de la talla de Velázquez. 

La literatura barroca en España es prolija en obras de teatro originales a pesar de repetir temáticas preestablecidas y demandadas por un público rendido al conformismo cuyo único refugio era la evasión de las tablas. El gran Cervantes (que, como veremos, es un autor de transición) vive en la época y sus obras tienen algunas de las características barrocas. Si el teatro lo llena todo con su espíritu festivo, no se quedan atrás la poesía de toda índole y la prosa brillante de corte filosófico. 

Conforme el siglo XVII va dando sus últimos coletazos, también lo hace la mística literaria que tantos autores se habían adherido a ella (sin entrar en las razones personales). España, abrumada por guerras, hambrunas, pestes y sin ser capaz de auparse al carro del progreso educativo (a pesar de sus grandes plumas) continúa desarrollando el estilo barroco hasta bien entrado el siglo XVIII. Esos serán otros tiempos con otros modelos y otras fórmulas expresivas. Por ahora los autores españoles del barroco que tenemos que tener en cuenta son los que siguen. 

1.- El problema de adscripción de Miguel de Cervantes al barroco literario

Del gran genio de las letras españolas se ha escrito tanto que, al día de hoy, nos encontramos a la crítica unánime en considerarlo como autor bisagra entre los postulados de la la literatura renacentista y la barroca. Dicho esto, el maestro de las palabras, a pesar de compartir época con grandes nombres universales (Shakespeare, Lope de Vega, Calderón…) maneja una escritura tan única que es de difícil encasillamiento. Tuvo una vida de película. Fue herido en la guerra, hecho prisionero, sufrió cárcel por malversación y apenas disfrutó de ningún éxito. Eso sí, ya al final de su vida, pudo saborear la buena acogida que tuvo su Quijote, prototipo idealista que constituye uno de los grandes personajes de la literatura universal.  

Para saber más sobre en el autor sin salir de este sitio, tienes:  

1.- Biografía de Miguel de Cervantes

2.- Obras de Miguel de Cervantes

3.- El Quijote y su importancia en las letras universales

4.- Novelas ejemplares

2.- Lope de Vega uno de los autores españoles del barroco más importantes

En pugna constante con Cervantes, en rivalidad tóxica casi, Lope de Vega es uno de los escritores más prolijos de la historia literaria española y no solo del barroco. Aunque escribió poemas de todo tipo y algunas novelas cortas, sus dotes irónicas, su espíritu falaz, hedonista y dado a la pendencia se explayó en las múltiples obras de teatro de todo tipo, tema y sentido que estrenó en vida. Tan larga es su obra y tan intemporal su escritura que no hay festival contemporáneo que no lleve en cartel algunos de sus títulos. Las características del teatro barroco en España se establecen con Lope de Vega con su gusto por el chiste fácil, el lenguaje brillante, los temas de enredo, las broncas de capa de espada y por los tipos (el caballero, la dama, el gracioso o el anciano) reconocibles por el gran público.  

Si quieres seguir investigado sobre uno de los autores españoles del barroco más importantes, te he dejado los siguientes temas desarrollados:  

1.- Biografía de Lope de Vega

2.- Obras de Lope de Vega más importantes

3.- Características del teatro de Lope de Vega  

3.- Tirso de Molina y sus grandes obras dramáticas 

Tirso de Molina es el seudónimo del monje fray Gabriel Téllez quien no tuvo ningún empacho, a pesar de sus órdenes religiosas, en escribir obras de capa y espada siguiendo las líneas del teatro que demandaba un público ávido de evasión. Recordemos que estamos inmersos en una sociedad decadente y sin aliciente ninguno y necesitada de entretenimiento fácil para poder ser feliz aunque fuese por un momento. Sin embargo, Tirso de Molina no solo pertenece a la pléyade de los grandes autores españoles del barroco por estas comedias sino por haber levantado un personaje universal (el don Juan) que en sus páginas adquiere un tinte dramático más allá de su influencia posterior en el romanticismo literario europeo. 

Si tienes curiosidad, te he dejado: 

1.- Biografía de Tirso de Molina

2.- Obras de Tirso de Molina

3.- El Burlador de Sevilla 

4.- Mateo Alemán, uno de los autores españoles del barroco y de la novela picaresca más importantes 

Creció curtido desde niño en los ambientes carcelarios de Sevilla, cuando la capital andaluza era Puerto de Indias y lugar de encuentro de caballeros venidos a menos con aventureros de toda pluma y pelo. Mateo Alemán ha pasado al canon por ser uno de los grandes autores de la novela picaresca, otro de los grandes géneros hispánicos. Hasta las oscuras celdas accedía siendo niño llevado de la mano de su padre, médico real, y muy pronto se empapó de todas las miserias del alma humana, las mismas que reflejó en su obra. Eso sí, Mateo Alemán llegó a la escritura casi por casualidad después de una vida casi tan peliculera como la de Cervantes o Lope de Vega. 

Si quieres saber más sobre este autor barroco y el género picaresco, te he dejado los siguientes trabajos: 

1.- Biografía de Mateo Alemán

2.- Guzmán de Alfarache, uno de las mejores novelas picarescas de la literatura española

3.- Características de la novela picaresca

5.- Luis de Góngora y sus poemas cultos

En el otro extremo y alejado de lo popular (tanto en el objetivo como en la temática) nos encontramos al poeta cordobés Luis de Góngora y Argote, espejo donde se miró (andando los siglos) la llamada Generación del 27. En un estilo conscientemente rebuscado, levanta poemas de perfección formal, repleto de metáforas y tropos de todo tipo. La realidad contemporánea casi no le interesa a este clérigo con constantes problemas económicos debido a su afición por el juego. Quizás por ello busca en la literatura griega y romana los temas paganos que no tiene ningún problema en compaginar con su sacerdocio cristiano. Anoto, por último, que su enconada rivalidad con Francisco de Quevedo y Villegas, otro de los grandes autores españoles del barroco llegó a algo más que al plano literario. 

Más datos sobre el autor culto de la literatura barroca por excelencia en:  

1.- Biografía de Luis de Góngora y Argote

2.- Obras y poemas de Luis de Góngora

3.- El gongorismo 

6.- Francisco de Quevedo, otro de los autores españoles del barroco que ha trascendido el canon

Pesimista, exagerado, tendente a lo monstruoso que es otra de las grandes características de la literatura de la época, sus escritos están repletos de cinismo, misoginia, ironía y buenos textos. En rivalidad constante con Góngora, se vio envuelto en la llamada Conjura de Venecia de la que se escapó gracias a su buen acento italiano. Si bien sus dotes políglotas le ayudaron a librarse de la cárcel acusado de espía, su vida personal no corrió, a veces, con tan buena suerte. Sus poemas y su gran novela picaresca, El Buscón, lo catapultaron al canon literario hispano. Y todo ello cuando la obra no tiene todas las características generales de la novela picaresca.

Como es complicado resumir una figura literaria de tal envergadura en un solo párrafo, te he dejado los siguientes enlaces: 

1.-Biografía de Francisco de Quevedo

2.-Obras de Francisco de Quevedo

3.-La Vida del Buscón

7.- Calderón de la Barca y La vida es sueño 

Es uno de los grandes autores españoles del barroco literario y de todos los tiempos cuya escritura profunda fue del gusto del público popular y también del entendido. Intelectual nato, gustaba de la soledad, de los placeres sencillos, del estudio en su nutrida biblioteca y del disfrute de sus obras de arte.  De complejidad anímica, supo, a la vez, moverse con soltura en los círculos cortesanos que demandaban sus obras para las grandes fiestas y festejos donde se derrochaba un dinero escatimado a la inversión necesaria para el progreso. Tuvo una larga vida y Calderón de la Barca es uno de los pocos autores del canon español que disfrutó tanto de éxito literario como del económico en vida.  

Si quieres saber más sobre esta gran figura, tienes más datos en:  

1.- Biografía de Pedro Calderón de la Barca

2.- Obras de Pedro Calderón de la Barca

8.- Baltasar Gracián, uno de los autores españoles del barroco en prosa más importantes 

De personalidad complicada, culto y obligado a crear y vivir entre los escasos kilómetros de la Huesca barroca, Baltasar Gracián sobrevivió emocionalmente gracias a su escritura y al mecenazgo de Vincenzio Juan de Lastanosa. En la casa de este último encontró la biblioteca y el apoyo emocional necesario para levantar una obra literaria en prosa que se acerca a los grandes filósofos de la Antigüedad.  

9.- Sor María de Jesús de Ágreda y la mística barroca 

Si bien la mística literaria había tenido sus grandes nombres (Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz) en los estertores del Renacimiento, a finales del Siglo XVII la obra de una humilde monja la eleva al estado de santidad incluso. Es Sor María de Jesús de Ágreda, abadesa de las Concepcionistas del municipio (situado en Soria) del que toma su nombre. El citado convento fue fundado por su madre y la mística española prácticamente no salió de entre sus muros en toda su existencia. Eso no le impidió escribir una obra que tuvo una fuerte repercusión en su época: Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma. Su fama llegó a oídos del rey Felipe IV, quien abrumado por problemas de todo tipo, pidió consejo y consuelo en la religiosa. La correspondencia entre ambos duró más de veinte años. 

10.- María de Zayas y Sotomayor y la novela costumbrista barroca 

La novela costumbrista del barroco español tiene un protagonista indiscutible en María de Zayas y Sotomayor. Sus Novelas ejemplares fueron publicadas en 1637 y en ellas con valentía, sagacidad, inteligencia y sobriedad nos sumerge en el mundo de la época con un toque de reivindicación feminista. Empeñada en calificar su obra como realista, en ella no oculta una fuerte intención didáctica hacia las mujeres víctimas de engaños, burlas, robos y violaciones de todo tipo.  

Si bien los grandes autores españoles del barroco se condensan en esta escueta lista de diez nombres, el Siglo de Oro fue tan fértil en obras de todo tipo que aún podemos indicar algunos más como el diplomático Saavedra Fajardo, el místico Miguel de Molinos, el erudito Nicolás Antonio, los dramaturgos Francisco de Rojas Zorrilla y Agustín Moreto o el poeta Luis Carrillo de Sotomayor.

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Cuando la mística literaria daba sus últimos coletazos tras las grandes obras de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, nos topamos con la figura de Miguel de Molinos. Aunque su escritura ha servido de base, hipotexto o inspiración a poetas de diversa índole llegando incluso a finales del siglo XX (tal cual sucede con uno de la importancia de José Ángel Valente), sus escritos se encuadran más bien en la historia de las ideas. 

Biografía mínima de Miguel de Molinos 

Nace en 1628 en Muniesa (Zaragoza) y estudia en Valencia. Toda su existencia transcurre dentro de los límites de la iglesia católica. Siendo aún bastante joven se le da la oportunidad de marchar (formando parte del séquito del Reino de Valencia) a Roma. No fue un tour de ida y vuelta ya que se introdujo en algunos círculos religiosos de origen español como la Escuela de Cristo. Mientras tenía un éxito discreto con la predicación logró también trabar amistad con personajes poderosos, lo que a la postre devendría en su contra. 

No regresa a Valencia cuando concluye la misión y allí se abre camino como director de conciencias entre las familias pudientes romanas. En 1675, publica su Guía espiritual (la obra por la que ha pasado a la posteridad) y las ideas reflejadas en sus páginas comienza a traerle más de un quebradero de cabeza. Su filosofía denominada como “quietismo”, a pesar de tener buena acogida inicial, comenzó a inquietar a la ortodoxia de la iglesia. Fue precisamente uno de sus mejores amigos (quien espoleado por el rey de Francia), el cardenal d’Estrées, el que lo denunció ante la Inquisición. De resultas, en 1685 fue apresado junto con varios de sus discípulos y torturado. Se retractó en un humillante juicio que tuvo lugar en septiembre de 1687 en la Iglesia de Santa María Minerva de Roma. Al abjurar de sus ideas se libró de la hoguera pero no de pasar sus últimos nueve años en la cárcel. Allí murió el 28 de diciembre de 1696. 

La Guía espiritual de Miguel de Molinos

Publicada con el subtítulo de Que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la paz interior, llegó a tener en poco tiempo más de veinte ediciones. Esto es, para los parámetros de la época fue un auténtico best-seller. En ella se desgranan los procesos de contemplación y de quietud necesarios hasta alcanzar la paz absoluta y el amor divino purificado. A pesar de la buena acogida inicial, las propuestas heterodoxas de Miguel de Molinos fueron calificadas de herejía porque, en esencia, negaba cualquier tipo de intermediación e instaba a no hacer nada mientras se acepta todo aquello que llegue al alma en estos tiempos de meditación. En este sentido, la Guía espiritual de Miguel de Molinos se ha puesto en relación con el budismo e, incluso, con la filosofía New Age del siglo XXI que da por bueno (porque así lo decide el Universo, una suerte de dios pagano) cualquier cosa que suceda en la vida, tanto en el plano exterior como en el interior. 

La Guía espiritual demuestra conocer la obra de los grandes místicos y ascéticos precedentes. Y en ella se desgranan, con bastante claridad, conceptos emocionales que pudieran ser confusos en un principio. Esta quietud, esta aceptación o permitir que el alma reciba todo lo que le llega, sin juicio y sin diferenciar incluso entre el bien y el mal, supuso un peligro para el poder establecido. Miguel de Molinos buscaba el vacío espiritual, la quietud de la meditación, el no juicio, el despegue de cualquier miedo al castigo y también se alejaba de la avidez por la recompensa. Proponía una suerte de nirvana, de emplazamiento de la nada, de lugar ideal donde el espíritu, en paz, en pureza, desgajado de cualquier preocupación se dejaba ir hacia Dios que así lo acogía. Todo ello como paso previo para la serenidad y la dicha emocional absoluta. 

El quietismo creado por Miguel de Molinos

Se convirtió en una poderosa corriente de opinión que se hacía peligrosa en la Roma barroca dada al exceso y a todas las tentaciones del poder, del espíritu y otras más mundanas. El alma así purificada no necesitaba la intermediación de ningún estamento de la iglesia a la par que negaba incluso la diferencia entre el bien el mal. En este proceso de quietud, de meditación, de vaciamiento, de encuentro liviano con Dios, el juicio queda inhabilitado. Y se hace tanto para el bien como para el mal. Aunque la idea era radical, ya en la época se sabía que quien se adentraba en las profundidades anímicas, en el inconsciente (que tardaría siglos en ser nombrado y reconocido), se aleja, por sí, de cualquier maldad alcanzado, a la par, estadios superiores de conciencia y de libertad.  

Y es esa libertad la que vio peligrosa al rey de Francia por medio de su embajador el cardenal d’Estrées. La Inquisición comenzó las pesquisas sobre la Guía espiritual de Miguel de Molinos en 1678. A la misma se adhirieron un sector amplio de los jesuitas. Sin embargo, la pulcritud de la obra hizo difícil impugnarla por herejía así que el juicio tomó otros derroteros: tortura y acusaciones sin fundamento de inmoralidad con relatos estrambóticos del gusto de los tribunales de la Inquisición de la época.  

Miguel de Molinos terminó sus días en la cárcel y su obra, en el siglo XXI, aún sigue siendo de interés entre intelectuales, estudiosos y poetas.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Cuando la mística literaria daba sus últimos coletazos tras las grandes obras de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, nos topamos con la figura de Miguel de Molinos. Aunque su escritura ha servido de base, hipotexto o inspiración a poetas de diversa índole llegando incluso a finales del siglo XX (tal cual sucede con uno de la importancia de José Ángel Valente), sus escritos se encuadran más bien en la historia de las ideas. 

Biografía mínima de Miguel de Molinos 

Nace en 1628 en Muniesa (Zaragoza) y estudia en Valencia. Toda su existencia transcurre dentro de los límites de la iglesia católica. Siendo aún bastante joven se le da la oportunidad de marchar (formando parte del séquito del Reino de Valencia) a Roma. No fue un tour de ida y vuelta ya que se introdujo en algunos círculos religiosos de origen español como la Escuela de Cristo. Mientras tenía un éxito discreto con la predicación logró también trabar amistad con personajes poderosos, lo que a la postre devendría en su contra. 

No regresa a Valencia cuando concluye la misión y allí se abre camino como director de conciencias entre las familias pudientes romanas. En 1675, publica su Guía espiritual (la obra por la que ha pasado a la posteridad) y las ideas reflejadas en sus páginas comienza a traerle más de un quebradero de cabeza. Su filosofía denominada como “quietismo”, a pesar de tener buena acogida inicial, comenzó a inquietar a la ortodoxia de la iglesia. Fue precisamente uno de sus mejores amigos (quien espoleado por el rey de Francia), el cardenal d’Estrées, el que lo denunció ante la Inquisición. De resultas, en 1685 fue apresado junto con varios de sus discípulos y torturado. Se retractó en un humillante juicio que tuvo lugar en septiembre de 1687 en la Iglesia de Santa María Minerva de Roma. Al abjurar de sus ideas se libró de la hoguera pero no de pasar sus últimos nueve años en la cárcel. Allí murió el 28 de diciembre de 1696. 

La Guía espiritual de Miguel de Molinos

Publicada con el subtítulo de Que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la paz interior, llegó a tener en poco tiempo más de veinte ediciones. Esto es, para los parámetros de la época fue un auténtico best-seller. En ella se desgranan los procesos de contemplación y de quietud necesarios hasta alcanzar la paz absoluta y el amor divino purificado. A pesar de la buena acogida inicial, las propuestas heterodoxas de Miguel de Molinos fueron calificadas de herejía porque, en esencia, negaba cualquier tipo de intermediación e instaba a no hacer nada mientras se acepta todo aquello que llegue al alma en estos tiempos de meditación. En este sentido, la Guía espiritual de Miguel de Molinos se ha puesto en relación con el budismo e, incluso, con la filosofía New Age del siglo XXI que da por bueno (porque así lo decide el Universo, una suerte de dios pagano) cualquier cosa que suceda en la vida, tanto en el plano exterior como en el interior. 

La Guía espiritual demuestra conocer la obra de los grandes místicos y ascéticos precedentes. Y en ella se desgranan, con bastante claridad, conceptos emocionales que pudieran ser confusos en un principio. Esta quietud, esta aceptación o permitir que el alma reciba todo lo que le llega, sin juicio y sin diferenciar incluso entre el bien y el mal, supuso un peligro para el poder establecido. Miguel de Molinos buscaba el vacío espiritual, la quietud de la meditación, el no juicio, el despegue de cualquier miedo al castigo y también se alejaba de la avidez por la recompensa. Proponía una suerte de nirvana, de emplazamiento de la nada, de lugar ideal donde el espíritu, en paz, en pureza, desgajado de cualquier preocupación se dejaba ir hacia Dios que así lo acogía. Todo ello como paso previo para la serenidad y la dicha emocional absoluta. 

El quietismo creado por Miguel de Molinos

Se convirtió en una poderosa corriente de opinión que se hacía peligrosa en la Roma barroca dada al exceso y a todas las tentaciones del poder, del espíritu y otras más mundanas. El alma así purificada no necesitaba la intermediación de ningún estamento de la iglesia a la par que negaba incluso la diferencia entre el bien el mal. En este proceso de quietud, de meditación, de vaciamiento, de encuentro liviano con Dios, el juicio queda inhabilitado. Y se hace tanto para el bien como para el mal. Aunque la idea era radical, ya en la época se sabía que quien se adentraba en las profundidades anímicas, en el inconsciente (que tardaría siglos en ser nombrado y reconocido), se aleja, por sí, de cualquier maldad alcanzado, a la par, estadios superiores de conciencia y de libertad.  

Y es esa libertad la que vio peligrosa al rey de Francia por medio de su embajador el cardenal d’Estrées. La Inquisición comenzó las pesquisas sobre la Guía espiritual de Miguel de Molinos en 1678. A la misma se adhirieron un sector amplio de los jesuitas. Sin embargo, la pulcritud de la obra hizo difícil impugnarla por herejía así que el juicio tomó otros derroteros: tortura y acusaciones sin fundamento de inmoralidad con relatos estrambóticos del gusto de los tribunales de la Inquisición de la época.  

Miguel de Molinos terminó sus días en la cárcel y su obra, en el siglo XXI, aún sigue siendo de interés entre intelectuales, estudiosos y poetas.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Acercamiento al carácter biográfico y a la obra de la escritora mística del barroco literario español que se carteó con el rey Felipe IV.

 

Nacida como María Coronel (que no hay que confundir con la María Fernández Coronel, fundadora del Convento de Santa Inés de Sevilla), cuando conocemos la educación y los pormenores vitales de Sor María de Jesús de Ágreda entendemos que solo podía llevarla por los derroteros de la mística literaria. Eso sí, su escritura, que tuvo bastante fama en su época y en las décadas posteriores, ya había perdido la grandeza de los grandes representantes del género: Santa Teresa de Jesús en prosa y San Juan de la Cruz con sus versos. Pero vayamos por partes. 

Biografía resumida de Sor María de Jesús de Ágreda 

Nació en 1602 en la citada localidad soriana que adoptó como nombre religioso. Formaba parte de una familia acaudalada, dueña de importantes propiedades y practicante de una fuerte religiosidad. Tanto fue así que sus padres deciden separarse e irse a vivir a diferentes conventos de la orden franciscana. María contaba por entonces dieciséis años y se queda a cargo de su madre que levanta un convento (el de la Concepción) en la misma residencia familiar de donde nuestra protagonista no se mueve prácticamente en su vida. Toma el hábito con dieciocho años y adopta el nombre por el que ha pasado a la historia: Sor María de Jesús de Ágreda. 

El resto de su existencia en este mundo quedará vinculado a su organización religiosa alcanzando primero la dignidad de priora (con veinticinco años) y luego la de abadesa. Muere en mayo de 1665 no sin antes escribir una obra perteneciente a la mística literaria que fue un gran éxito de público hasta aproximadamente el primer tercio del siglo XVIII, cuando la literatura neoclásica imponía otros moldes a la escritura.  

Sor María de Jesús estuvo toda su vida al cuidado de su convento y dedicada a la escritura de corte místico. En las páginas que nos dejó escritas se reflejan sus visiones y sus conversaciones con la Virgen. Como otros grandes místicos españoles (y europeos) tuvo un encontronazo con la Inquisición. El tribunal consideró sus ideas y escritos (buena parte de ellos sin fuentes teológicas o bíblicas de base) como heréticas. Sin embargo, era tal el fervor que suscitaba su obra que se granjeó más defensores que detractores y, afortunadamente, fue absuelta sin mayores consecuencias para su persona o trabajo literario. En este sentido, también la Universidad de la Soborna calificó de heréticas algunas de sus propuestas.  

Obras de Sor María de Jesús de Ágreda: Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma 

Es un trabajo inmenso que fueron publicados en ocho volúmenes en cuarto o en tres en tamaño folio. Deja a un lado el simbolismo que caracteriza a la mística literaria del Renacimiento (la de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz) para acometer una obra histórica. El título es una amalgama de ficción absoluta (ya que no se sustenta en fuentes bíblicas o teológicas), párrafos piadosos desgranando sus visiones (de las que no se conoce la etiología) y relato histórico. En ella se da cuenta de toda la historia de la Sagrada Familia desde que la Virgen María se encontraba en el seno de su madre y desgrana todo tipo de detalles inventados siempre en línea con la corriente mística.  

Aunque Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma pretende ser un relato en el que los hechos fueron comunicados a Sor María de Jesús de Ágreda en sus momentos de trance o de visiones, ya no tiene la grandeza de los primeros escritores del género. Sí que tuvo éxito porque era favorito del público y fueron muchos los creadores que dieron a la imprenta sus particulares contactos divinos. 

Lo entendemos mejor con las palabras del alemán Ludwig Pfandl, considerado el creador de la filología hispánica:  

“Ninguna otra nación del mundo cristiano entró en relaciones tan familiares con lo celestial, ninguna otra, acercó tanto a los ojos carnales a Cristo, a la Virgen y los santos en la vida corriente y en las festividades, en la poesía y en la oración, en la pintura y en la escultura, ni transfiguró tanto lo celestial con rasgos terrenos y humanos como el español de la era de los Habsburgo.” 

Sor María de Jesús de Ágreda (reitero) da los últimos coletazos a este género literario tan del gusto del público de la época. 

La correspondencia entre Sor María de Jesús de Ágreda y el rey Felipe IV

La fama de su obra fue pareja con su consideración de santa en vida. Tanto fue así que en 1643 de vuelta a la corte, el rey Felipe IV se detiene a conocer a la abadesa cuya obra transcribe mensajes de la Virgen. El monarca, abrumado por tantos males, corruptelas políticas, crisis económicas sucesivas, desastres militares y pérdidas de territorios, encontró consuelo en esta monja de conversación inteligente. Tal fue el éxito del encuentro que acordaron (en riguroso secreto) cartearse con asiduidad. La correspondencia duró casi veinte años y en esos escritos el rey manifiesta a la mística sus preocupaciones personales, sus conflictos familiares así como asuntos de estado de difícil resolución. La monja, por su parte, sin más datos del mundo exterior que los que le llegan a través de esas cartas, responde con una sencillez no carente de inteligencia. 

En esta correspondencia de Sor María de Jesús de Ágreda con un rey que personifica la decadencia de lo que fue el imperio español se adivinan sendas almas a través de testimonios sencillos y sinceros. Con toda probabilidad, el que juraran mantener en secreto dichos papeles contribuyó a ello.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Acercamiento al carácter biográfico y a la obra de la escritora mística del barroco literario español que se carteó con el rey Felipe IV.

 

Nacida como María Coronel (que no hay que confundir con la María Fernández Coronel, fundadora del Convento de Santa Inés de Sevilla), cuando conocemos la educación y los pormenores vitales de Sor María de Jesús de Ágreda entendemos que solo podía llevarla por los derroteros de la mística literaria. Eso sí, su escritura, que tuvo bastante fama en su época y en las décadas posteriores, ya había perdido la grandeza de los grandes representantes del género: Santa Teresa de Jesús en prosa y San Juan de la Cruz con sus versos. Pero vayamos por partes. 

Biografía resumida de Sor María de Jesús de Ágreda 

Nació en 1602 en la citada localidad soriana que adoptó como nombre religioso. Formaba parte de una familia acaudalada, dueña de importantes propiedades y practicante de una fuerte religiosidad. Tanto fue así que sus padres deciden separarse e irse a vivir a diferentes conventos de la orden franciscana. María contaba por entonces dieciséis años y se queda a cargo de su madre que levanta un convento (el de la Concepción) en la misma residencia familiar de donde nuestra protagonista no se mueve prácticamente en su vida. Toma el hábito con dieciocho años y adopta el nombre por el que ha pasado a la historia: Sor María de Jesús de Ágreda. 

El resto de su existencia en este mundo quedará vinculado a su organización religiosa alcanzando primero la dignidad de priora (con veinticinco años) y luego la de abadesa. Muere en mayo de 1665 no sin antes escribir una obra perteneciente a la mística literaria que fue un gran éxito de público hasta aproximadamente el primer tercio del siglo XVIII, cuando la literatura neoclásica imponía otros moldes a la escritura.  

Sor María de Jesús estuvo toda su vida al cuidado de su convento y dedicada a la escritura de corte místico. En las páginas que nos dejó escritas se reflejan sus visiones y sus conversaciones con la Virgen. Como otros grandes místicos españoles (y europeos) tuvo un encontronazo con la Inquisición. El tribunal consideró sus ideas y escritos (buena parte de ellos sin fuentes teológicas o bíblicas de base) como heréticas. Sin embargo, era tal el fervor que suscitaba su obra que se granjeó más defensores que detractores y, afortunadamente, fue absuelta sin mayores consecuencias para su persona o trabajo literario. En este sentido, también la Universidad de la Soborna calificó de heréticas algunas de sus propuestas.  

Obras de Sor María de Jesús de Ágreda: Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma 

Es un trabajo inmenso que fueron publicados en ocho volúmenes en cuarto o en tres en tamaño folio. Deja a un lado el simbolismo que caracteriza a la mística literaria del Renacimiento (la de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz) para acometer una obra histórica. El título es una amalgama de ficción absoluta (ya que no se sustenta en fuentes bíblicas o teológicas), párrafos piadosos desgranando sus visiones (de las que no se conoce la etiología) y relato histórico. En ella se da cuenta de toda la historia de la Sagrada Familia desde que la Virgen María se encontraba en el seno de su madre y desgrana todo tipo de detalles inventados siempre en línea con la corriente mística.  

Aunque Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma pretende ser un relato en el que los hechos fueron comunicados a Sor María de Jesús de Ágreda en sus momentos de trance o de visiones, ya no tiene la grandeza de los primeros escritores del género. Sí que tuvo éxito porque era favorito del público y fueron muchos los creadores que dieron a la imprenta sus particulares contactos divinos. 

Lo entendemos mejor con las palabras del alemán Ludwig Pfandl, considerado el creador de la filología hispánica:  

“Ninguna otra nación del mundo cristiano entró en relaciones tan familiares con lo celestial, ninguna otra, acercó tanto a los ojos carnales a Cristo, a la Virgen y los santos en la vida corriente y en las festividades, en la poesía y en la oración, en la pintura y en la escultura, ni transfiguró tanto lo celestial con rasgos terrenos y humanos como el español de la era de los Habsburgo.” 

Sor María de Jesús de Ágreda (reitero) da los últimos coletazos a este género literario tan del gusto del público de la época. 

La correspondencia entre Sor María de Jesús de Ágreda y el rey Felipe IV

La fama de su obra fue pareja con su consideración de santa en vida. Tanto fue así que en 1643 de vuelta a la corte, el rey Felipe IV se detiene a conocer a la abadesa cuya obra transcribe mensajes de la Virgen. El monarca, abrumado por tantos males, corruptelas políticas, crisis económicas sucesivas, desastres militares y pérdidas de territorios, encontró consuelo en esta monja de conversación inteligente. Tal fue el éxito del encuentro que acordaron (en riguroso secreto) cartearse con asiduidad. La correspondencia duró casi veinte años y en esos escritos el rey manifiesta a la mística sus preocupaciones personales, sus conflictos familiares así como asuntos de estado de difícil resolución. La monja, por su parte, sin más datos del mundo exterior que los que le llegan a través de esas cartas, responde con una sencillez no carente de inteligencia. 

En esta correspondencia de Sor María de Jesús de Ágreda con un rey que personifica la decadencia de lo que fue el imperio español se adivinan sendas almas a través de testimonios sencillos y sinceros. Con toda probabilidad, el que juraran mantener en secreto dichos papeles contribuyó a ello.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Aunque mucho más desconocido para el público lector en general, Diego de Saavedra Fajardo forma el tercer vértice de los mayores prosistas de Barroco español. Los otros dos puntos están protagonizados por Baltasar Gracián y Francisco de Quevedo. Además, hay que anotar desde ya que la obra de Saavedra Fajardo está condicionada por su perfil diplomático (en las más altas esferas de la política internacional de la época) y por su extenso conocimiento cultural.  

Biografía de Saavedra Fajardo

El hecho de pertenecer a una familia ilustre, posicionada, culta y rica posibilitó las tareas diplomáticas al más alto nivel de nuestro protagonista. Aunque no se sabe la fecha de su nacimiento, sí tenemos su partida de bautismo (6 de mayo de 1584). Es de suponer que su llegada al mundo fue un día antes. Eso fue en la hacienda familiar de Algezares, en la actual comunidad de Murcia. Tampoco tenemos datos de su educación temprana que debió realizarse con escogidos preceptores de manera personalizada. Se matricula en la Universidad de Salamanca, en Jurisprudencia y Cánones. En 1606 obtiene el título de Bachiller. Aunque algunas fuentes lo honran con el tratamiento de Licenciado e, incluso, de Doctor, no se conserva documentación que respalde esos estudios. Dicho esto, son difíciles de negar ya que Saavedra Fajardo demuestra, a lo largo de su obra, una amplia cultura a la par que una sagaz inteligencia. 

Su primera misión diplomática tiene lugar nada más abandonar la Universidad de Salamanca. Forma parte del séquito de Gaspar de Borja, embajador en la corte pontificia, en calidad de notario. Fue nombrado en 1617 canónigo de Santiago, puesto al que tuvo que renunciar (tras muchas presiones) en 1640 porque, en esencia, no lo atendió. Y no lo hizo por desidia ya que anduvo de corte en corte con misiones de extrema importancia. Hasta 1623 estuvo en Roma realizando trabajos puntuales en Nápoles y Sicilia. En 1633, tras pasar por Milán, fue enviado a Alemania y hasta 1643 fue nombrado para asuntos de calado (como el de la paz de Münster tras la Guerra de los Treinta Años con plenos poderes además). En 1646 está asentado en Madrid donde fallece dos años después.  

Obras de Saavedra Fajardo 

Una vida viajera (que no aventurera) formando parte de lleno de los centros de poder de la época formaron el carácter del político y del escritor. La fina ironía que se transparenta en algunas de sus obras está siempre condicionada por su espíritu diplomático, por su sagaz inteligencia, por sus dotes de observación, por el amor (y dolor) a su patria y por un punto crítico elegante que hace notar de manera sutil las grandes problemáticas de una época en decadencia. No oculta Saavedra Fajardo el papel destructor de una élite narcisista entretenida en juegos de vanidad más que en intentar dar arreglo a la desastrosa situación de un pueblo abrumado por carencias de todo tipo. Tampoco se quedan atrás los estudiosos de “biblioteca” que poco saber práctico son capaces de ofrecer a la sociedad en su conjunto. Esto lo hace, además, haciendo gala de una prosa elegante que evita cualquier confrontación con los poderosos. 

1.- Poemas de juventud  

Publicados en la obra colectiva Tablas poéticas. Aunque son de calidad meridiana, no llegan a formar parte del canon literario tal cual su obra en prosa.  

2.- República Literaria

Fue escrita probablemente en 1622 aunque no apareció impresa como tal y con el nombre del autor hasta 1670. La obra se adhiere al género de la alegoría siguiendo los preceptos de la literatura griega y romana. El autor, como Platón, es guiado hasta la República de las Letras donde se encuentra con diversos personajes a los que retrata con toda crudeza. En ella se ironiza sobre las rencillas vanidosas, las trampas del ego, la inutilidad de lo que hoy conocemos como ratones de biblioteca, estudiosos que poco o nada aportan a la sociedad. También se entretiene en las miserias provocadas por el hambre, la vanidad devastadora y la vida oscura tanto de artistas como de científicos sin reconocimiento o apoyo alguno. 

3.- Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas, la obra más representativa de Saavedra Fajardo 

Conocida como las Empresas políticas es el título más significativo del autor. Fue publicado en 1640. Aunque su temática puede definirse como política, moral o filosófica, el escritor reconoce que los hechos presentados en la obra son inventados y, además, están escritos con una intención literaria. Este tipo de obras en las que se dan consejos para el buen hacer del gobernante no era nuevo en la época y, además, tuvieron un notable éxito con numerosos títulos publicados. Son trabajos relacionados con el Calila e Dimna (uno de los ejemplos más antiguos) o el Conde Lucanor de Don Juan Manuel. Esto es, podemos encontrar hipotextos lejanos en la literatura medieval. En ellos se van desgranando (de distintas formas) las variadas virtudes que debe adornar al buen gobernante para el bien de su pueblo y lo hace de una manera didáctica proponiendo ejemplos y fábulas. Para acentuar este carácter educativo la obra se realizó utilizando grabados a modo de emblemas que eran acompañados del texto en prosa.   

La política en el Renacimiento supuso una concentración de poder en manos del monarca en detrimento de los señores feudales. En España, desde finales del siglo XVI este gobierno de la corte fue progresivamente degradándose por la corrupción de las élites, la endogamia del poder y el desprecio por el conocimiento útil o por la empresa novedosa. Tal bagaje social solo podía traer decadencia en todos los sentidos, la misma que los escritores de la época se empeñaban en reflejar desde todas las perspectivas posibles. Las “Empresas” de Saavedra Fajardo están en esta línea y también con el Príncipe de Maquiavelo. Sin embargo, y al contrario que este, nuestro autor antepone los valores cristianos a la manipulación, las habilidades de la discreción a la ocultación de los vicios y, en definitiva, el buen hacer de la inteligencia ante las intrigas cortesanas o el derroche insensato.  

4.- Corona gótica, la obra más patriótica de Saavedra Fajardo 

Fue escrita en 1645 con el nombre de Corona gótica, castellana y austríaca y publicada un año después. En ella, utilizando innumerables fuentes (tanto históricas como literarias) y con afán erudito hace un repaso de todos los reyes godos. Por la pluma del escritor aparece Alarico (el primero de ellos) y el infame don Rodrigo. A pesar de ser una obra histórica, la escritura está atrapada en el dramatismo y, en ocasiones, en la ficción. Con este título, el diplomático se aúna con el literato para justificar la presencia de España en distintos puntos de Europa. 

5.- Obras menores de Saavedra Fajardo

5.1.- Introducción a la política y razón de estado del Rey Católico don Fernando

5.2.- Locuras de Europa, publicada en 1748. En esta obra se hace eco de las fórmulas del erasmismo utilizando los modelos de diálogo. Esto da pie para mencionar la desastrosa situación de la política española, de la decadencia económica, del conformismo del pueblo y de las malas artes de los distintos validos. 

A pesar de este espíritu crítico contra la situación social en España, Saavedra Fajardo, curtido en las lides de la diplomacia desde su juventud, no tuvo ningún problema (ni grave ni leve) con las autoridades de ningún tipo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Aunque mucho más desconocido para el público lector en general, Diego de Saavedra Fajardo forma el tercer vértice de los mayores prosistas de Barroco español. Los otros dos puntos están protagonizados por Baltasar Gracián y Francisco de Quevedo. Además, hay que anotar desde ya que la obra de Saavedra Fajardo está condicionada por su perfil diplomático (en las más altas esferas de la política internacional de la época) y por su extenso conocimiento cultural.  

Biografía de Saavedra Fajardo

El hecho de pertenecer a una familia ilustre, posicionada, culta y rica posibilitó las tareas diplomáticas al más alto nivel de nuestro protagonista. Aunque no se sabe la fecha de su nacimiento, sí tenemos su partida de bautismo (6 de mayo de 1584). Es de suponer que su llegada al mundo fue un día antes. Eso fue en la hacienda familiar de Algezares, en la actual comunidad de Murcia. Tampoco tenemos datos de su educación temprana que debió realizarse con escogidos preceptores de manera personalizada. Se matricula en la Universidad de Salamanca, en Jurisprudencia y Cánones. En 1606 obtiene el título de Bachiller. Aunque algunas fuentes lo honran con el tratamiento de Licenciado e, incluso, de Doctor, no se conserva documentación que respalde esos estudios. Dicho esto, son difíciles de negar ya que Saavedra Fajardo demuestra, a lo largo de su obra, una amplia cultura a la par que una sagaz inteligencia. 

Su primera misión diplomática tiene lugar nada más abandonar la Universidad de Salamanca. Forma parte del séquito de Gaspar de Borja, embajador en la corte pontificia, en calidad de notario. Fue nombrado en 1617 canónigo de Santiago, puesto al que tuvo que renunciar (tras muchas presiones) en 1640 porque, en esencia, no lo atendió. Y no lo hizo por desidia ya que anduvo de corte en corte con misiones de extrema importancia. Hasta 1623 estuvo en Roma realizando trabajos puntuales en Nápoles y Sicilia. En 1633, tras pasar por Milán, fue enviado a Alemania y hasta 1643 fue nombrado para asuntos de calado (como el de la paz de Münster tras la Guerra de los Treinta Años con plenos poderes además). En 1646 está asentado en Madrid donde fallece dos años después.  

Obras de Saavedra Fajardo 

Una vida viajera (que no aventurera) formando parte de lleno de los centros de poder de la época formaron el carácter del político y del escritor. La fina ironía que se transparenta en algunas de sus obras está siempre condicionada por su espíritu diplomático, por su sagaz inteligencia, por sus dotes de observación, por el amor (y dolor) a su patria y por un punto crítico elegante que hace notar de manera sutil las grandes problemáticas de una época en decadencia. No oculta Saavedra Fajardo el papel destructor de una élite narcisista entretenida en juegos de vanidad más que en intentar dar arreglo a la desastrosa situación de un pueblo abrumado por carencias de todo tipo. Tampoco se quedan atrás los estudiosos de “biblioteca” que poco saber práctico son capaces de ofrecer a la sociedad en su conjunto. Esto lo hace, además, haciendo gala de una prosa elegante que evita cualquier confrontación con los poderosos. 

1.- Poemas de juventud  

Publicados en la obra colectiva Tablas poéticas. Aunque son de calidad meridiana, no llegan a formar parte del canon literario tal cual su obra en prosa.  

2.- República Literaria

Fue escrita probablemente en 1622 aunque no apareció impresa como tal y con el nombre del autor hasta 1670. La obra se adhiere al género de la alegoría siguiendo los preceptos de la literatura griega y romana. El autor, como Platón, es guiado hasta la República de las Letras donde se encuentra con diversos personajes a los que retrata con toda crudeza. En ella se ironiza sobre las rencillas vanidosas, las trampas del ego, la inutilidad de lo que hoy conocemos como ratones de biblioteca, estudiosos que poco o nada aportan a la sociedad. También se entretiene en las miserias provocadas por el hambre, la vanidad devastadora y la vida oscura tanto de artistas como de científicos sin reconocimiento o apoyo alguno. 

3.- Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas, la obra más representativa de Saavedra Fajardo 

Conocida como las Empresas políticas es el título más significativo del autor. Fue publicado en 1640. Aunque su temática puede definirse como política, moral o filosófica, el escritor reconoce que los hechos presentados en la obra son inventados y, además, están escritos con una intención literaria. Este tipo de obras en las que se dan consejos para el buen hacer del gobernante no era nuevo en la época y, además, tuvieron un notable éxito con numerosos títulos publicados. Son trabajos relacionados con el Calila e Dimna (uno de los ejemplos más antiguos) o el Conde Lucanor de Don Juan Manuel. Esto es, podemos encontrar hipotextos lejanos en la literatura medieval. En ellos se van desgranando (de distintas formas) las variadas virtudes que debe adornar al buen gobernante para el bien de su pueblo y lo hace de una manera didáctica proponiendo ejemplos y fábulas. Para acentuar este carácter educativo la obra se realizó utilizando grabados a modo de emblemas que eran acompañados del texto en prosa.   

La política en el Renacimiento supuso una concentración de poder en manos del monarca en detrimento de los señores feudales. En España, desde finales del siglo XVI este gobierno de la corte fue progresivamente degradándose por la corrupción de las élites, la endogamia del poder y el desprecio por el conocimiento útil o por la empresa novedosa. Tal bagaje social solo podía traer decadencia en todos los sentidos, la misma que los escritores de la época se empeñaban en reflejar desde todas las perspectivas posibles. Las “Empresas” de Saavedra Fajardo están en esta línea y también con el Príncipe de Maquiavelo. Sin embargo, y al contrario que este, nuestro autor antepone los valores cristianos a la manipulación, las habilidades de la discreción a la ocultación de los vicios y, en definitiva, el buen hacer de la inteligencia ante las intrigas cortesanas o el derroche insensato.  

4.- Corona gótica, la obra más patriótica de Saavedra Fajardo 

Fue escrita en 1645 con el nombre de Corona gótica, castellana y austríaca y publicada un año después. En ella, utilizando innumerables fuentes (tanto históricas como literarias) y con afán erudito hace un repaso de todos los reyes godos. Por la pluma del escritor aparece Alarico (el primero de ellos) y el infame don Rodrigo. A pesar de ser una obra histórica, la escritura está atrapada en el dramatismo y, en ocasiones, en la ficción. Con este título, el diplomático se aúna con el literato para justificar la presencia de España en distintos puntos de Europa. 

5.- Obras menores de Saavedra Fajardo

5.1.- Introducción a la política y razón de estado del Rey Católico don Fernando

5.2.- Locuras de Europa, publicada en 1748. En esta obra se hace eco de las fórmulas del erasmismo utilizando los modelos de diálogo. Esto da pie para mencionar la desastrosa situación de la política española, de la decadencia económica, del conformismo del pueblo y de las malas artes de los distintos validos. 

A pesar de este espíritu crítico contra la situación social en España, Saavedra Fajardo, curtido en las lides de la diplomacia desde su juventud, no tuvo ningún problema (ni grave ni leve) con las autoridades de ningún tipo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Junto con Francisco de Quevedo, Baltasar Gracián es uno de los más insignes prosistas del barroco español. Nacido en Belmonte (cerca de Calatayud) en enero de 1601 y muerto en Tarazona en diciembre de 1658, pocas anécdotas se pueden contar de su vida que no esté condicionada por su peculiar carácter. Tanto la obra como la personalidad del autor se reflejan en una biografía condicionada por una existencia provinciana no elegida del todo, la desobediencia a la orden a la que pertenecía (los Jesuitas) y la presencia en su vida de un mecenas ilustrado: Juan de Lastanosa. Pero vayamos por partes. 

Biografía de Baltasar Garcián  

Infancia y la importancia de Lastanosa 

Nacido en un remoto rincón de la provincia de Huesca de padre médico, debió recibir una educación de fuerte raigambre cristiana ya que todos los hermanos tomaron votos religiosos. Su infancia pasó en Toledo bajo el amparo de un tío paterno, capellán de San Pedro de los Reyes. Con tan solo 17 años ingresa en la Compañía de Jesús en Tarragona y luego pasa a Calatayud en 1621 donde estudia Filosofía y Letras. Es ordenado presbítero en 1627 y hasta el final de sus días está vinculado a los jesuitas. A pesar de sus votos, Baltasar Gracián incumple reiteradamente las reglas de obediencia al no presentar sus obras para la obligada aprobación (y censura si se diera el caso) de la orden y elige siempre un pseudónimo para sus libros. Como sus superiores saben a ciencia cierta que estos escritos han salido de su pluma, durante toda su vida se vio envuelto en un tira y afloja que le causó más que un quebradero de cabeza.  

Viaja a Valencia en 1630 de donde sale con mal recuerdo a ocupar un puesto de profesor de Teología en Lérida en 1631 y más tarde, en 1633, a Gandía. Regresa a Huesca en 1636 ya con los votos cumplidos. Es aquí donde conoce a don Vicencio Juan de Lastanosa prácticamente vecino de Baltasar Gracián. Era el primero un rico mecenas propietario de un palacio al estilo italiano con una rica colección de arte, una importante biblioteca, un inmenso jardín con fieras y un espíritu cultivado. Nuestro escritor encuentra en las tertulias, los invitados y el ambiente cultural de la casa de Lastanosa el emplazamiento propicio no solo para cultivar su intelecto sino también para atreverse a escribir sus primeras obras. Además, en la misma calle donde se encontraba el Colegio de los Jesuitas y el Palacio de Lastanosa tenía su imprenta abierta Juan Nogués, impresor del los libros de Gracián. Así todo se quedaba entre vecinos.  

Los choques con los jesuitas en la biografía de Baltasar Gracián 

Entrado en la treintena, con los votos jurados, el autor escribe sus obras y las da a la imprenta con un pseudónimo: Lorenzo Gracián. Ni que decir tiene que en la orden saben que es él quien compone dichas líneas. El problema llega porque Gracián (aunque no trata temas teológicos, religiosos o dogmáticos) no presenta a aprobación sus escritos antes de darlos a la imprenta. Es una falta grave cometida, además, a sabiendas. Se empieza a producir, en este momento, un tira y afloja con la orden que durará el resto de su vida. Esta circunstancia, además, es aprovechada por todo aquel mediocre y envidioso que quiere cortar las alas literarias a uno de los mejores escritores del barroco español.  

A finales de 1638 es propuesto como confesor del duque de Nocera y se traslada a Zaragoza. El aristócrata es enviado a la guerra de Cataluña (o de los Segadores, 1640-1652) que tantas secuelas emocionales dejó entre los que participaron. Este desgraciado suceso también caló en el ánimo y en la biografía de Pedro Calderón de la Barca que volvió con heridas y con uno de sus hermanos muerto. Acompañando al duque de Nocera llega a Madrid en 1640 donde publica dos obras más y ve como su protector es encarcelado por intentar mediar en el conflicto. Tras la muerte en prisión del duque, volvió a Zaragoza en lo más crudo de la guerra. Casi como castigo por sus reiteradas desobediencias a la orden al no presentar las obras para su aprobación antes de mandarlas imprimir, fue destinado al frente como sacerdote. Al parecer, realizó una maravillosa labor entre las tropas a pesar de su espíritu pesimista y desencantado.  

A su regreso a Huesca en 1647 sigue con las mismas, publicando sin aprobación, visitando a Lastanosa y estudiando en su maravillosa biblioteca. Como castigo por estas faltas reiteradas, el general de la Compañía Goswin Nickel le prohibió escribir y lo envió a Tarazona donde falleció en 1658.  

Las obras de Baltasar Gracián 

Aunque el escritor se movió por algunos puntos de la geografía española prácticamente no salió de Aragón donde transcurrió el grueso de su vida. Por sus escritos, donde describe la vida vibrante de ciudades importantes de la época, podemos intuir que no solo disponía de imaginación sino que este hecho (el tener que llevar una vida provinciana) influyó en su carácter y, por tanto, en su obra. Sus títulos, no obstante, no solo se encuentran entre lo más importante de la literatura barroca en España sino que ha traspasado las brumas del tiempo con bastante éxito. Estas son las obras de Baltasar Gracián principales:  

1.- El Héroe. Aunque la primera edición conocida data de 1639, se supone que hubo una anterior de 1637. En la obra se concibe la figura de un hombre en abstracto, perfecto y repleto de virtudes.  

2.- El Político don Fernando el Católico. Fue publicada en 1640 y la segunda en Huesca en 1646. Es una obra de historia basada en el monarca que da título al libro. 

3.- El Discreto. Con toda probabilidad estaba escrita en 1645 durante su estancia en Valencia. Se publicó en 1646. En la estela de El Cortesano de Castiglione, Baltasar Gracián enumera las virtudes y grandezas que deben adornar a cualquier hombre de mundo. 

4.- Oráculo manual y arte de prudencia. Es quizás su obra más conocida y la más publicada en la actualidad.  La primera edición data de 1647. En ella nos encontramos una síntesis de la filosofía vital de Gracián comprimidas en frases escuetas que llegan incluso al aforismo.  

5.- El Criticón. Fue publicado en tres partes en 1651, 1653 y 1657. Es la obra maestra del escritor bajo la forma de novela alegórica. Critilo, el protagonista, naufraga y es salvado por el salvaje Andremio. El primero enseña a hablar el segundo y juntos emprenden un viaje en busca de Felisenda. El viaje da pie a poner de relieve el pensamiento y las ideas del escritor. La obra está repleta de simbolismo, fábulas, alegorías…  

6.- Comulgatorio. Publicada en 1655, no solo es la única obra religiosa de Baltasar Gracián sino también la única que fue sometida a la aprobación y censura de la Compañía de Jesús. En el libro reúne una serie de historias piadosas.  

7.- Arte del ingenio. Vio la luz en 1642 y en ella deja por escrito su particular retórica literaria.   

El conceptismo en Baltasar Gracián  

1.- Porque es la primera característica del autor. Su estilo era premeditadamente conciso, culto y elaborado al máximo. 

2.- Relacionado con su personalidad, encontramos un hondo pesimismo que llega a la amargura e, incluso, al malhumor. Aunque es una de las características del barroco, en Gracián la negatividad adquiere tintes extremos, más allá del humor sarcástico de las obras de Francisco de Quevedo. 

3.- Las obras lucen una prosa cuidada al máximo detalle alejándose de cualquier atisbo de popularidad. 

4.- Las frases se sintetizan y se acortan al extremo. Rehúye de la subordinación y reniega de los adjetivos y de los epítetos por considerarlos superfluos. 

5.- La fuerza de la oración y del sentido de la obra recae en los verbos. 

6.- Hay un predominio de palabras cultas, de vocablos a los que se les da la vuelta para encontrar un nuevo significado e, incluso, de neologismos. 

7.- Las figuras retóricas se suceden unas a otras. Gusta de la ironía, de la hipérbole y de las paradojas. 

8.- Las enumeraciones frecuentes convierten las obras de Baltasar Gracián en modernas.  

La compleja personalidad del escritor Baltasar Gracián influyó, por su puesto, en el cariz de su obra pero también en los avatares reseñados en su biografía. Se han conservado escritos en los que se hace notar su falta de humildad hacia los que no hacían gala de un brillante intelecto. El reconocerse con un talento especial y, por las razones que fueran, verse recluido entre los límites de su tierra quizás contribuyó a su malhumor, pesimismo, negatividad y amargura que, en ocasiones, adquieren tintes de resentimiento. Todo ello lo volcó en su obra.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Junto con Francisco de Quevedo, Baltasar Gracián es uno de los más insignes prosistas del barroco español. Nacido en Belmonte (cerca de Calatayud) en enero de 1601 y muerto en Tarazona en diciembre de 1658, pocas anécdotas se pueden contar de su vida que no esté condicionada por su peculiar carácter. Tanto la obra como la personalidad del autor se reflejan en una biografía condicionada por una existencia provinciana no elegida del todo, la desobediencia a la orden a la que pertenecía (los Jesuitas) y la presencia en su vida de un mecenas ilustrado: Juan de Lastanosa. Pero vayamos por partes. 

Biografía de Baltasar Garcián  

Infancia y la importancia de Lastanosa 

Nacido en un remoto rincón de la provincia de Huesca de padre médico, debió recibir una educación de fuerte raigambre cristiana ya que todos los hermanos tomaron votos religiosos. Su infancia pasó en Toledo bajo el amparo de un tío paterno, capellán de San Pedro de los Reyes. Con tan solo 17 años ingresa en la Compañía de Jesús en Tarragona y luego pasa a Calatayud en 1621 donde estudia Filosofía y Letras. Es ordenado presbítero en 1627 y hasta el final de sus días está vinculado a los jesuitas. A pesar de sus votos, Baltasar Gracián incumple reiteradamente las reglas de obediencia al no presentar sus obras para la obligada aprobación (y censura si se diera el caso) de la orden y elige siempre un pseudónimo para sus libros. Como sus superiores saben a ciencia cierta que estos escritos han salido de su pluma, durante toda su vida se vio envuelto en un tira y afloja que le causó más que un quebradero de cabeza.  

Viaja a Valencia en 1630 de donde sale con mal recuerdo a ocupar un puesto de profesor de Teología en Lérida en 1631 y más tarde, en 1633, a Gandía. Regresa a Huesca en 1636 ya con los votos cumplidos. Es aquí donde conoce a don Vicencio Juan de Lastanosa prácticamente vecino de Baltasar Gracián. Era el primero un rico mecenas propietario de un palacio al estilo italiano con una rica colección de arte, una importante biblioteca, un inmenso jardín con fieras y un espíritu cultivado. Nuestro escritor encuentra en las tertulias, los invitados y el ambiente cultural de la casa de Lastanosa el emplazamiento propicio no solo para cultivar su intelecto sino también para atreverse a escribir sus primeras obras. Además, en la misma calle donde se encontraba el Colegio de los Jesuitas y el Palacio de Lastanosa tenía su imprenta abierta Juan Nogués, impresor del los libros de Gracián. Así todo se quedaba entre vecinos.  

Los choques con los jesuitas en la biografía de Baltasar Gracián 

Entrado en la treintena, con los votos jurados, el autor escribe sus obras y las da a la imprenta con un pseudónimo: Lorenzo Gracián. Ni que decir tiene que en la orden saben que es él quien compone dichas líneas. El problema llega porque Gracián (aunque no trata temas teológicos, religiosos o dogmáticos) no presenta a aprobación sus escritos antes de darlos a la imprenta. Es una falta grave cometida, además, a sabiendas. Se empieza a producir, en este momento, un tira y afloja con la orden que durará el resto de su vida. Esta circunstancia, además, es aprovechada por todo aquel mediocre y envidioso que quiere cortar las alas literarias a uno de los mejores escritores del barroco español.  

A finales de 1638 es propuesto como confesor del duque de Nocera y se traslada a Zaragoza. El aristócrata es enviado a la guerra de Cataluña (o de los Segadores, 1640-1652) que tantas secuelas emocionales dejó entre los que participaron. Este desgraciado suceso también caló en el ánimo y en la biografía de Pedro Calderón de la Barca que volvió con heridas y con uno de sus hermanos muerto. Acompañando al duque de Nocera llega a Madrid en 1640 donde publica dos obras más y ve como su protector es encarcelado por intentar mediar en el conflicto. Tras la muerte en prisión del duque, volvió a Zaragoza en lo más crudo de la guerra. Casi como castigo por sus reiteradas desobediencias a la orden al no presentar las obras para su aprobación antes de mandarlas imprimir, fue destinado al frente como sacerdote. Al parecer, realizó una maravillosa labor entre las tropas a pesar de su espíritu pesimista y desencantado.  

A su regreso a Huesca en 1647 sigue con las mismas, publicando sin aprobación, visitando a Lastanosa y estudiando en su maravillosa biblioteca. Como castigo por estas faltas reiteradas, el general de la Compañía Goswin Nickel le prohibió escribir y lo envió a Tarazona donde falleció en 1658.  

Las obras de Baltasar Gracián 

Aunque el escritor se movió por algunos puntos de la geografía española prácticamente no salió de Aragón donde transcurrió el grueso de su vida. Por sus escritos, donde describe la vida vibrante de ciudades importantes de la época, podemos intuir que no solo disponía de imaginación sino que este hecho (el tener que llevar una vida provinciana) influyó en su carácter y, por tanto, en su obra. Sus títulos, no obstante, no solo se encuentran entre lo más importante de la literatura barroca en España sino que ha traspasado las brumas del tiempo con bastante éxito. Estas son las obras de Baltasar Gracián principales:  

1.- El Héroe. Aunque la primera edición conocida data de 1639, se supone que hubo una anterior de 1637. En la obra se concibe la figura de un hombre en abstracto, perfecto y repleto de virtudes.  

2.- El Político don Fernando el Católico. Fue publicada en 1640 y la segunda en Huesca en 1646. Es una obra de historia basada en el monarca que da título al libro. 

3.- El Discreto. Con toda probabilidad estaba escrita en 1645 durante su estancia en Valencia. Se publicó en 1646. En la estela de El Cortesano de Castiglione, Baltasar Gracián enumera las virtudes y grandezas que deben adornar a cualquier hombre de mundo. 

4.- Oráculo manual y arte de prudencia. Es quizás su obra más conocida y la más publicada en la actualidad.  La primera edición data de 1647. En ella nos encontramos una síntesis de la filosofía vital de Gracián comprimidas en frases escuetas que llegan incluso al aforismo.  

5.- El Criticón. Fue publicado en tres partes en 1651, 1653 y 1657. Es la obra maestra del escritor bajo la forma de novela alegórica. Critilo, el protagonista, naufraga y es salvado por el salvaje Andremio. El primero enseña a hablar el segundo y juntos emprenden un viaje en busca de Felisenda. El viaje da pie a poner de relieve el pensamiento y las ideas del escritor. La obra está repleta de simbolismo, fábulas, alegorías…  

6.- Comulgatorio. Publicada en 1655, no solo es la única obra religiosa de Baltasar Gracián sino también la única que fue sometida a la aprobación y censura de la Compañía de Jesús. En el libro reúne una serie de historias piadosas.  

7.- Arte del ingenio. Vio la luz en 1642 y en ella deja por escrito su particular retórica literaria.   

El conceptismo en Baltasar Gracián  

1.- Porque es la primera característica del autor. Su estilo era premeditadamente conciso, culto y elaborado al máximo. 

2.- Relacionado con su personalidad, encontramos un hondo pesimismo que llega a la amargura e, incluso, al malhumor. Aunque es una de las características del barroco, en Gracián la negatividad adquiere tintes extremos, más allá del humor sarcástico de las obras de Francisco de Quevedo. 

3.- Las obras lucen una prosa cuidada al máximo detalle alejándose de cualquier atisbo de popularidad. 

4.- Las frases se sintetizan y se acortan al extremo. Rehúye de la subordinación y reniega de los adjetivos y de los epítetos por considerarlos superfluos. 

5.- La fuerza de la oración y del sentido de la obra recae en los verbos. 

6.- Hay un predominio de palabras cultas, de vocablos a los que se les da la vuelta para encontrar un nuevo significado e, incluso, de neologismos. 

7.- Las figuras retóricas se suceden unas a otras. Gusta de la ironía, de la hipérbole y de las paradojas. 

8.- Las enumeraciones frecuentes convierten las obras de Baltasar Gracián en modernas.  

La compleja personalidad del escritor Baltasar Gracián influyó, por su puesto, en el cariz de su obra pero también en los avatares reseñados en su biografía. Se han conservado escritos en los que se hace notar su falta de humildad hacia los que no hacían gala de un brillante intelecto. El reconocerse con un talento especial y, por las razones que fueran, verse recluido entre los límites de su tierra quizás contribuyó a su malhumor, pesimismo, negatividad y amargura que, en ocasiones, adquieren tintes de resentimiento. Todo ello lo volcó en su obra.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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