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Dotado de gran cultura y brillante inteligencia, las obras de Francisco de Quevedo son diversas, extensas, tanto en prosa como en verso. Además, su personalidad poliédrica iba tanto a los asuntos de sincera religiosidad o graves como a todos aquellos en los que se hacía mofa, burla y hasta escarnio de personajes públicos, tipos sociales o contrincantes literarios. 

Obras en prosa de Francisco de Quevedo 

Primer grupo 

1.- De nuestro autor es uno de los mejores ejemplos de novela picaresca (junto con Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán), Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos

Publicada en Zaragoza en 1626, responde a buena parte de las características de la novela picaresca. Por las páginas de la obra se despliegan una retahíla de personajes miserables, venidos a menos, de espíritu apocado con solo fuerzas para el chanchullo de poca monta, el pequeño robo, la mentira como forma de vida y la apariencia en sustitución de algo bueno que ofrecer. A pesar de esta fecha de publicación, la crítica entiende que es una obra de juventud y que estuvo redactada antes de 1610. Las descripciones de sus protagonistas se hacen de manera certera, sin un ápice de compasión, de manera fría y, a la par, nos introduce en este mundo miserable en el que ninguno de los personajes poco o nada tiene que ofrecer a la sociedad ni a ellos mismos. Faltos de cualquier grandeza, todas las aventuras tratan de individuos cuyo único objetivo se centra en sobrevivir a duras penas mediante pequeños timos y siempre con el hambre de fondo. 

A pesar de clasificarse como obra de la picaresca en la que el realismo forma parte de la esencia estilística, en El Buscón este punto alcanza cotas de distorsión tal que se convierte en un adelanto del esperpento. Los personajes llegan a su contorsión máxima y el espíritu procaz e irónico de Quevedo acaba, por tanto, transparentándose en ellos. Por otro lado, la obra no se justifica, como se hace en  El Lazarillo y, además, no hay intención moralizante alguna. Esto es, no se presentan los protagonistas  como modelos a no seguir sino como un simple retrato social de una época decadente. En ella sobresale la burla más que el espíritu edificante. 

2.- El grupo de las denominadas obras festivas está compuesto por veintidós títulos. En ellas predominan los chistes, la ironía y la crítica humorística. Destacamos: 

  • Genealogía de los modorros.
  • Origen y definiciones de la necedad.
  • Premática y reformación de este año de 1620. 
  • Carta de un cornudo jubilado a otro cornicantano. 
  • Premática de las cotorreras. 
  • Vida de la corte y oficios entretenidos de ella. 
  • Capitulaciones matrimoniales. 

3.- Más allá del humor irónico o de los textos con ánimo gracioso, tenemos un grupo de obras de Francisco de Quevedo en las que se despliega la sátira en todo su esplendor. Destacamos: 

  • El sueño del juicio final. 
  • El sueño de la muerte. 
  • El aguacil endemoniado. 
  • El mundo por de dentro. 
  • El sueño del infierno.  

Es en este grupo donde se encuadran los denominados “Sueños”, publicados en 1627 pero escritos mucho antes. Estamos ante títulos que tuvieron que ser re-escritos porque no eran del agrado de los censores, bien por sus referencias heterodoxas a algunos pasajes bíblicos o bien por su particular visión (extremadamente crítica y sarcástica) de la realidad. En este sentido el autor nos dice: 

“Yo escribí con ingenio facineroso en los hervores de la niñez, más ha de veinte y cuatro años, los que llamaron Sueños míos, y precipitado, les puse nombres más escandalosos que propios. Admíteseme por disculpa que la sazón de mi vida era por entonces más propia del ímpetu que de la consideración”. 

4.- En esta línea se encuadran las fantasías morales que son dos, escritas entre 1627 y 1628: Discurso de todos los diablos o infierno enmendado y La hora de todos y la fortuna con seso

Segundo grupo de las obras en prosa de Francisco de Quevedo 

5.- Obras de contenido político que van parejas con sus andanzas como espía e intermediario manipulador, extremos estos que llenan tanto de luces como de sombras la biografía de Francisco de Quevedo. Escritor criado en los mentideros de palacio, estaba acostumbrado desde niño a los tejemanejes de la corte. De espíritu tremendamente pesimista, la situación social, económica y de desprestigio a la que se resbalaron tanto Felipe III como Felipe IV (y sus correspondientes validos) invitaba a intentar, al menos, algún cambio. Aunque se vio involucrado en la Conjura de Venecia a través del mismísimo Duque de Osuna, las ideas políticas del escritor eran más de orden moral que de poder. Son esos “muros de la patria mía”, ese desencanto por la pérdida de la gloria pasada y por la decadencia lo que se transparenta en buena parte de las obras de Francisco de Quevedo, más allá de las estrictamente políticas. Destacamos en este grupo. 

  • Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás.
  • España defendida, y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos. 
  • Mundo caduco y desvaríos de la edad. 
  • Vida de Marco Bruto. 
  • El chitón de las tarabillas. 
  • Grandes anales de quince días. 
  • Memorial por el patronato de Santiago. 
  • Lince de Italia o zahorí español. 

6.- El choque entre los autores cultistas y los conceptistas llegó a su apogeo con la guerra abierta entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Tanto en prosa (a las que pertenecen estas obras) como en verso, uno y otro bando se atacaban sin piedad ridiculizando el estilo del contrario. Nuestro autor llevó al extremo personal sus ideas estilísticas mofándose con ironía, burla e, incluso, con crueldad. A este grupo de obras de carácter crítico literario pertenecen: 

  • Aguja de navegar cultos.
  • Con la receta para hacer “Soledades” en un día, cuyo hipotexto es una de las obras de Luis de Góngora más conocidas. Y que, por cierto, ha entrado en el canon literario. 
  • La culta latiniparla. 
  • Cuento de cuentos. 
  • Respuesta de don Francisco de Quevedo Villegas al padre Juan de Pineda de la Compañía de Jesús. 
  • Su espada por Santiago, solo y único Patrón de las Españas. 
  • Perinola al doctor Juan Pérez de Montalbán. 

7.- Obras filosóficas: 

  • De los remedios de cualquier fortuna. 
  • Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica. 
  • Sentencias.  

8.- Obras ascéticas que no llegan a la profundidad de los grandes nombres de la mística literaria. A este grupo pertenecen: 

  • Epítome a la historia de la vida ejemplar y gloriosa muerte del bienaventurado fray Tomás de Villanueva. 
  • La cuna y la sepultura. 
  • Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: envidia, ingratitud, soberbia, avaricia. 
  • La constancia y paciencia del santo Job.
  • Providencia de Dios.
  • Vida de San Pablo Apóstol. 

9.- Y por último hay que destacar las traducciones como las Epístolas de Séneca y la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales. 

Obras de Francisco de Quevedo en verso 

Es, sin duda, uno de los grandes poetas de la literatura española y el número de sus poemas es tan ingente que tienen que ser clasificados según la temática. Sus poemas circularon en distintas ediciones y no fueron recogidos en un volumen completo. Como ocurre con la producción en prosa, nos encontramos a un autor escindido, dividido, de distintas facetas anímicas. Por un lado, asistimos a una creación grave, serena, de profunda y sincera religiosidad que se duele por la desidia, el abandono y la decadencia. Por otro lado, nos encontramos al Quevedo burlón, procaz, desvergonzado y cruel con sus contrincantes literarios hasta alcanzar la enemistad más despiadada. 

 

Todos sus versos destacan por un lenguaje amplio, suelto, inteligente y libertario casi al que no le duelen prendas a la hora de poner por escrito aquello que le molesta sea cual sea el sentido. La obra poética de Quevedo se divide en los siguientes temas: 

  1. poemas amorosos (que no van en contradicción con su reconocida misoginia).
  2. versos satíricos.
  3. composiciones burlescas.
  4. poesías morales.
  5. jácaras.
  6. romances.
  7. creaciones de temática sagrada.
  8. versos fúnebres.
  9. y, por último, sus traducciones.  

Aparte de esta larga lista correspondiente a las principales obras de Francisco de Quevedo, se cree que escribió algunas comedias en línea con las características del teatro barroco. Sin embargo, no debieron cosechar éxito alguno ya que se han perdido (o no han llegado hasta nosotros) ningún título. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Dotado de gran cultura y brillante inteligencia, las obras de Francisco de Quevedo son diversas, extensas, tanto en prosa como en verso. Además, su personalidad poliédrica iba tanto a los asuntos de sincera religiosidad o graves como a todos aquellos en los que se hacía mofa, burla y hasta escarnio de personajes públicos, tipos sociales o contrincantes literarios. 

Obras en prosa de Francisco de Quevedo 

Primer grupo 

1.- De nuestro autor es uno de los mejores ejemplos de novela picaresca (junto con Lazarillo de Tormes y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán), Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos

Publicada en Zaragoza en 1626, responde a buena parte de las características de la novela picaresca. Por las páginas de la obra se despliegan una retahíla de personajes miserables, venidos a menos, de espíritu apocado con solo fuerzas para el chanchullo de poca monta, el pequeño robo, la mentira como forma de vida y la apariencia en sustitución de algo bueno que ofrecer. A pesar de esta fecha de publicación, la crítica entiende que es una obra de juventud y que estuvo redactada antes de 1610. Las descripciones de sus protagonistas se hacen de manera certera, sin un ápice de compasión, de manera fría y, a la par, nos introduce en este mundo miserable en el que ninguno de los personajes poco o nada tiene que ofrecer a la sociedad ni a ellos mismos. Faltos de cualquier grandeza, todas las aventuras tratan de individuos cuyo único objetivo se centra en sobrevivir a duras penas mediante pequeños timos y siempre con el hambre de fondo. 

A pesar de clasificarse como obra de la picaresca en la que el realismo forma parte de la esencia estilística, en El Buscón este punto alcanza cotas de distorsión tal que se convierte en un adelanto del esperpento. Los personajes llegan a su contorsión máxima y el espíritu procaz e irónico de Quevedo acaba, por tanto, transparentándose en ellos. Por otro lado, la obra no se justifica, como se hace en  El Lazarillo y, además, no hay intención moralizante alguna. Esto es, no se presentan los protagonistas  como modelos a no seguir sino como un simple retrato social de una época decadente. En ella sobresale la burla más que el espíritu edificante. 

2.- El grupo de las denominadas obras festivas está compuesto por veintidós títulos. En ellas predominan los chistes, la ironía y la crítica humorística. Destacamos: 

  • Genealogía de los modorros.
  • Origen y definiciones de la necedad.
  • Premática y reformación de este año de 1620. 
  • Carta de un cornudo jubilado a otro cornicantano. 
  • Premática de las cotorreras. 
  • Vida de la corte y oficios entretenidos de ella. 
  • Capitulaciones matrimoniales. 

3.- Más allá del humor irónico o de los textos con ánimo gracioso, tenemos un grupo de obras de Francisco de Quevedo en las que se despliega la sátira en todo su esplendor. Destacamos: 

  • El sueño del juicio final. 
  • El sueño de la muerte. 
  • El aguacil endemoniado. 
  • El mundo por de dentro. 
  • El sueño del infierno.  

Es en este grupo donde se encuadran los denominados “Sueños”, publicados en 1627 pero escritos mucho antes. Estamos ante títulos que tuvieron que ser re-escritos porque no eran del agrado de los censores, bien por sus referencias heterodoxas a algunos pasajes bíblicos o bien por su particular visión (extremadamente crítica y sarcástica) de la realidad. En este sentido el autor nos dice: 

“Yo escribí con ingenio facineroso en los hervores de la niñez, más ha de veinte y cuatro años, los que llamaron Sueños míos, y precipitado, les puse nombres más escandalosos que propios. Admíteseme por disculpa que la sazón de mi vida era por entonces más propia del ímpetu que de la consideración”. 

4.- En esta línea se encuadran las fantasías morales que son dos, escritas entre 1627 y 1628: Discurso de todos los diablos o infierno enmendado y La hora de todos y la fortuna con seso

Segundo grupo de las obras en prosa de Francisco de Quevedo 

5.- Obras de contenido político que van parejas con sus andanzas como espía e intermediario manipulador, extremos estos que llenan tanto de luces como de sombras la biografía de Francisco de Quevedo. Escritor criado en los mentideros de palacio, estaba acostumbrado desde niño a los tejemanejes de la corte. De espíritu tremendamente pesimista, la situación social, económica y de desprestigio a la que se resbalaron tanto Felipe III como Felipe IV (y sus correspondientes validos) invitaba a intentar, al menos, algún cambio. Aunque se vio involucrado en la Conjura de Venecia a través del mismísimo Duque de Osuna, las ideas políticas del escritor eran más de orden moral que de poder. Son esos “muros de la patria mía”, ese desencanto por la pérdida de la gloria pasada y por la decadencia lo que se transparenta en buena parte de las obras de Francisco de Quevedo, más allá de las estrictamente políticas. Destacamos en este grupo. 

  • Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás.
  • España defendida, y los tiempos de ahora, de las calumnias de los noveleros y sediciosos. 
  • Mundo caduco y desvaríos de la edad. 
  • Vida de Marco Bruto. 
  • El chitón de las tarabillas. 
  • Grandes anales de quince días. 
  • Memorial por el patronato de Santiago. 
  • Lince de Italia o zahorí español. 

6.- El choque entre los autores cultistas y los conceptistas llegó a su apogeo con la guerra abierta entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Tanto en prosa (a las que pertenecen estas obras) como en verso, uno y otro bando se atacaban sin piedad ridiculizando el estilo del contrario. Nuestro autor llevó al extremo personal sus ideas estilísticas mofándose con ironía, burla e, incluso, con crueldad. A este grupo de obras de carácter crítico literario pertenecen: 

  • Aguja de navegar cultos.
  • Con la receta para hacer “Soledades” en un día, cuyo hipotexto es una de las obras de Luis de Góngora más conocidas. Y que, por cierto, ha entrado en el canon literario. 
  • La culta latiniparla. 
  • Cuento de cuentos. 
  • Respuesta de don Francisco de Quevedo Villegas al padre Juan de Pineda de la Compañía de Jesús. 
  • Su espada por Santiago, solo y único Patrón de las Españas. 
  • Perinola al doctor Juan Pérez de Montalbán. 

7.- Obras filosóficas: 

  • De los remedios de cualquier fortuna. 
  • Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica. 
  • Sentencias.  

8.- Obras ascéticas que no llegan a la profundidad de los grandes nombres de la mística literaria. A este grupo pertenecen: 

  • Epítome a la historia de la vida ejemplar y gloriosa muerte del bienaventurado fray Tomás de Villanueva. 
  • La cuna y la sepultura. 
  • Virtud militante contra las cuatro pestes del mundo: envidia, ingratitud, soberbia, avaricia. 
  • La constancia y paciencia del santo Job.
  • Providencia de Dios.
  • Vida de San Pablo Apóstol. 

9.- Y por último hay que destacar las traducciones como las Epístolas de Séneca y la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales. 

Obras de Francisco de Quevedo en verso 

Es, sin duda, uno de los grandes poetas de la literatura española y el número de sus poemas es tan ingente que tienen que ser clasificados según la temática. Sus poemas circularon en distintas ediciones y no fueron recogidos en un volumen completo. Como ocurre con la producción en prosa, nos encontramos a un autor escindido, dividido, de distintas facetas anímicas. Por un lado, asistimos a una creación grave, serena, de profunda y sincera religiosidad que se duele por la desidia, el abandono y la decadencia. Por otro lado, nos encontramos al Quevedo burlón, procaz, desvergonzado y cruel con sus contrincantes literarios hasta alcanzar la enemistad más despiadada. 

 

Todos sus versos destacan por un lenguaje amplio, suelto, inteligente y libertario casi al que no le duelen prendas a la hora de poner por escrito aquello que le molesta sea cual sea el sentido. La obra poética de Quevedo se divide en los siguientes temas: 

  1. poemas amorosos (que no van en contradicción con su reconocida misoginia).
  2. versos satíricos.
  3. composiciones burlescas.
  4. poesías morales.
  5. jácaras.
  6. romances.
  7. creaciones de temática sagrada.
  8. versos fúnebres.
  9. y, por último, sus traducciones.  

Aparte de esta larga lista correspondiente a las principales obras de Francisco de Quevedo, se cree que escribió algunas comedias en línea con las características del teatro barroco. Sin embargo, no debieron cosechar éxito alguno ya que se han perdido (o no han llegado hasta nosotros) ningún título. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Decir que ha sido uno de los grandes escritores de la literatura española es quedarse en una obviedad. De personalidad compleja, con ataques de irascibilidad extrema que desbocaba en una escritura donde desplegaba toda la ironía y el pesimismo de una época en decadencia, tuvo también una faceta política inherente a la del artista sagaz. A pesar de que fue un escritor famoso en vida y que gozó de éxito, algunos puntos de la biografía de Francisco de Quevedo aún permanecen oscuros para los estudiosos. Y eso que también se conserva su correspondencia y sus cartas con peticiones diversas. Pero vamos por partes. 

Los primeros años en la biografía de Francisco de Quevedo 

Para entender su personalidad tenemos que adentrarnos en el ambiente en el que se crió ya que bebió desde la más tierna infancia de las intrigas palaciegas. Dotado de una brillante inteligencia, adobada por un afán de conocimiento, sin embargo, su físico estuvo condicionado por una enfermedad en las piernas que le produjo cojera y por una importante miopía. Nació Francisco de Quevedo en Madrid, en septiembre de 1580. Su padre era secretario personal, primero de la princesa María (hija de Carlos V) y luego esposa de Maximiliano II y, después, de la cuarta esposa de Felipe II, Mariana de Austria. Su madre era una de las damas de la reina. Así que el pequeño Francisco bebió y se alimentó desde la cuna de todas las intrigas palaciegas posibles en una época en la que florecían en cada esquina maquinaciones y manipulaciones políticas.  

Recibió una exquisita educación que nuestro escritor supo aprovechar en todo momento. Del Colegio de los Jesuitas de Madrid pasó a estudiar teología en la Universidad de Alcalá. Es más, no desperdició el tiempo y estudió francés e italiano (que hablaba estupendamente), filosofía, latín y griego hasta licenciarse en Artes. Debido a los cambios de la corte, terminó su formación en Valladolid. Nada más acabar los estudios superiores, Francisco de Quevedo se valió de sus buenos contactos para buscarse un empleo en palacio. Para esta primera vez le ayudó la mismísima duquesa de Lerma, esposa del valido del rey Felipe III. 

Además tenemos que, con tan solo 25 años, ya es un poeta conocido y sus versos aparecen en Flores de poetas ilustres de Pedro de Espinosa.  También de esta etapa temprana es su enemistad con Luis de Góngora, encono que duraría hasta la muerte de este. Sin embargo, también supo tener buenas relaciones con los escritores de su época llegando a intimar con Miguel de Cervantes

Los primeros años de la vida adulta de Francisco de Quevedo 

En 1606 (con las órdenes menores recibidas) se encuentra instalado en la corte y comienza a compaginar sus tareas administrativas con la escritura, otra cosa sería la publicación. Con toda probabilidad, sus palabras mordaces, satíricas y tremendamente críticas con las corruptelas de su tiempo fueron impedimentos para conseguir los necesarios avales de la censura. Por eso, tiene que esperar para ver impresas sus primeras obras. Los sueños, por poner un caso, ven la luz en 1627 y se sabe que llevaban escritos casi 20 años. Eso no quita para que sus poemas satíricos, burlescos y de mofa contra las costumbres o los poderes de la época no circularan de mano en mano. Sin embargo, este éxito de público no se corresponde con los ejemplares dados a la imprenta. Su primera obra publicada (con su consentimiento y corrección) es de 1620. Contaba Francisco de Quevedo 40 años y sus escritos ya habían dado algún que otro escándalo.  

Y algún que otro lance desgraciado como el sucedido con Luis Pacheco, cuya enemistad les llevó a juicio, peleas y hasta acabó con la cárcel de éste. Las rivalidades en la época eran viscerales, enconadas, de fuerte resentimiento y sin ser capaces ninguna de las partes de dejar ir. Duraban hasta la muerte del adversario y, a veces, continuaban en el más allá en forma de poemas satíricos y/o burlescos. En este ambiente hostil en el que todos están contra todos es normal que las heridas (de toda índole) se inflijan a una y otra parte. Con este sustrato histórico, en este sentido, hay que entender su huída de Madrid en 1611 perseguido por la justicia hasta acabar en Sicilia bajo la protección del duque de Osuna. La leyenda cuenta que a Quevedo le buscaban por haber desafiado a un desconocido que previamente había maltratado a una dama. Pero este hecho no ha sido confirmado y, además, no concuerda con la reconocida misoginia del escritor. 

La importancia del Duque de Osuna en la biografía de Francisco de Quevedo 

Y fue tanta que, bajo el influjo  del aristócrata, el escritor se convirtió en espía, en conspirador político y en azote de todas las corruptelas reales que se parapetaban en validos ávidos de riqueza y poder. Tras pasar algún tiempo en el señorío de Torre del Abad donde su madre compró unos terrenos que se vieron empañados por pleitos y confrontaciones de todo tipo, la biografía de Francisco de Quevedo da un giro de la mano del Duque de Osuna. Se convierte en su brazo derecho, en su secretario, en su confidente, en su hombre fuerte. El aristócrata había sido nombrado Virrey de Sicilia y la ambición le llevó a conspirar en todos los frentes con objetivos que aún, al día de hoy, no están del todo claros.  

Sí sabemos que Quevedo movió sus hilos en una corte que conocía desde que llevaba pañales para que Osuna fuera nombrado virrey de Nápoles. Con cartas ducales viajó Quevedo hasta Venecia con la clara misión de servir de espía. Allí no fue ajusticiado en la redada del 19 de mayo de 1618 porque se zafó gracias a su perfecto italiano. A estos hechos se le conocen como la Conjuración de Venecia. Todo este desaguisado únicamente propició que entre unos y otros se acusaran de conspiraciones políticas con el fin de anexionarse territorios de lo que un día fue una potencia mundial. De resultas de esta refriega política y diplomática, en 1620 Osuna (y Quevedo que era su secretario) son llamados a corte con tan mala fortuna de que, antes de ser escuchados en juicio, muere Felipe III. El primero es encarcelado en una prisión para delincuentes comunes (que, en la época, con la aristocracia se tenía alguna deferencia) y allí muere cuatro años después uno de los hombres más poderosos de su tiempo.  

En la biografía de Francisco de Quevedo se anota que el escritor tuvo mejor fortuna, ya que el nuevo valido del rey, el Conde-Duque de Olivares, lo destierra a su finca de Torre del Abad. En este lugar alejado de conspiraciones palaciegas es donde compone grandes poemas a quien un día fuera su protector y donde se va agriando aún más su carácter. Tal cual sucedió al otrora poderoso Duque de Osuna, nuestro protagonista fue condenado sin juicio alguno en una clara maniobra de nepotismo por parte de una corte corrupta al máximo. A pesar de esta caída en desgracia tuvo mejor suerte, ya que se sabe que en 1623 estaba de nuevo en palacio entreteniendo a la comitiva inglesa en misión diplomática o que en 1624 formaba parte de la comitiva real de visita por Andalucía.  

Los últimos años en la biografía de Francisco de Quevedo tampoco están exentos de polémica 

A pesar de su reconocida misoginia y su odio considerable hacia las mujeres, se sabe que vivía sin estar casado con una mujer que ha pasado a la historia bajo el nombre de La Ledesma con quien tuvo varios hijos. En 1634, con 54 años, bajo los tejemanejes de la duquesa de Medinaceli, se casó con Esperanza de Aragón cuya convivencia de facto duró unos cuantos meses. Tras este matrimonio fracasado se recluyó en sus posesiones de la Torre del Abad intentando llevar a buen puerto los pleitos del señorío, extremo que no consiguió y que tuvieron que solucionar sus sobrinos herederos de los terrenos. 

Sin embargo, un nuevo episodio de tiranía real le esperaba a Francisco de Quevedo. Aunque el motivo no se sabe con exactitud, en 1639 fue detenido en medio de la noche y conducido hasta el Convento de San Marcos en León. Allí estuvo preso sin juicio y sin ser escuchado. La crítica hoy es unánime al considerar que su carácter pesimista y cínico se agrió con los años y los sinsabores de las injusticias. Lejos de acallar su lengua mordaz se fue afilando cada vez más criticando sin pudor la decadencia moral, política y económica de su época. Y esto llegó a un punto que, por orden real, se le obligó al silencio. Y ese silencio, en la época, solo podía ser con la cárcel o con el ajusticiamiento. Dejemos hablar al autor:  

“Yo protesto en Dios nuestro Señor, que en todo lo que mí se ha dicho no tengo otra culpa sino es haber vivido con tan poco ejemplo, que pudiesen achacar mis locuras tantas abominaciones”.  

La rivalidad con Olivares era tal que Quevedo no salió de prisión hasta 1643, cinco meses después de la caída en desgracia (que también le llegó su turno) del otrora todopoderoso valido. Ya poca vida le quedaba al escritor que se retira definitivamente a sus tierras de Torre del Abad donde fallece un 8 de septiembre de 1645.  

En esta mínima biografía de Francisco de Quevedo asistimos a las peripecias de un personaje complejo, complicado, sombrío y cruel con sus enemigos a los que no tiene empacho en arrastrar sin piedad. A la par, se muestra fiel y leal con los amigos. Su carácter manipulador, inteligente, culto, curtido desde la cuna en las intrigas palaciegas le llevó a participar en conjuras peligrosas. Su espíritu agresivo y desconfiado no le permitía disfrutar de las bondades de una pareja, aunque la época tampoco daba buen trato a las mujeres. A pesar de sus defectos físicos (de los que se burlaban sus muchos enemigos y rivales) demostró ser una persona con la autoestima muy alta sabedor de su valía personal y, especialmente, como escritor. En este sentido, el tiempo le ha dado la razón.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Decir que ha sido uno de los grandes escritores de la literatura española es quedarse en una obviedad. De personalidad compleja, con ataques de irascibilidad extrema que desbocaba en una escritura donde desplegaba toda la ironía y el pesimismo de una época en decadencia, tuvo también una faceta política inherente a la del artista sagaz. A pesar de que fue un escritor famoso en vida y que gozó de éxito, algunos puntos de la biografía de Francisco de Quevedo aún permanecen oscuros para los estudiosos. Y eso que también se conserva su correspondencia y sus cartas con peticiones diversas. Pero vamos por partes. 

Los primeros años en la biografía de Francisco de Quevedo 

Para entender su personalidad tenemos que adentrarnos en el ambiente en el que se crió ya que bebió desde la más tierna infancia de las intrigas palaciegas. Dotado de una brillante inteligencia, adobada por un afán de conocimiento, sin embargo, su físico estuvo condicionado por una enfermedad en las piernas que le produjo cojera y por una importante miopía. Nació Francisco de Quevedo en Madrid, en septiembre de 1580. Su padre era secretario personal, primero de la princesa María (hija de Carlos V) y luego esposa de Maximiliano II y, después, de la cuarta esposa de Felipe II, Mariana de Austria. Su madre era una de las damas de la reina. Así que el pequeño Francisco bebió y se alimentó desde la cuna de todas las intrigas palaciegas posibles en una época en la que florecían en cada esquina maquinaciones y manipulaciones políticas.  

Recibió una exquisita educación que nuestro escritor supo aprovechar en todo momento. Del Colegio de los Jesuitas de Madrid pasó a estudiar teología en la Universidad de Alcalá. Es más, no desperdició el tiempo y estudió francés e italiano (que hablaba estupendamente), filosofía, latín y griego hasta licenciarse en Artes. Debido a los cambios de la corte, terminó su formación en Valladolid. Nada más acabar los estudios superiores, Francisco de Quevedo se valió de sus buenos contactos para buscarse un empleo en palacio. Para esta primera vez le ayudó la mismísima duquesa de Lerma, esposa del valido del rey Felipe III. 

Además tenemos que, con tan solo 25 años, ya es un poeta conocido y sus versos aparecen en Flores de poetas ilustres de Pedro de Espinosa.  También de esta etapa temprana es su enemistad con Luis de Góngora, encono que duraría hasta la muerte de este. Sin embargo, también supo tener buenas relaciones con los escritores de su época llegando a intimar con Miguel de Cervantes

Los primeros años de la vida adulta de Francisco de Quevedo 

En 1606 (con las órdenes menores recibidas) se encuentra instalado en la corte y comienza a compaginar sus tareas administrativas con la escritura, otra cosa sería la publicación. Con toda probabilidad, sus palabras mordaces, satíricas y tremendamente críticas con las corruptelas de su tiempo fueron impedimentos para conseguir los necesarios avales de la censura. Por eso, tiene que esperar para ver impresas sus primeras obras. Los sueños, por poner un caso, ven la luz en 1627 y se sabe que llevaban escritos casi 20 años. Eso no quita para que sus poemas satíricos, burlescos y de mofa contra las costumbres o los poderes de la época no circularan de mano en mano. Sin embargo, este éxito de público no se corresponde con los ejemplares dados a la imprenta. Su primera obra publicada (con su consentimiento y corrección) es de 1620. Contaba Francisco de Quevedo 40 años y sus escritos ya habían dado algún que otro escándalo.  

Y algún que otro lance desgraciado como el sucedido con Luis Pacheco, cuya enemistad les llevó a juicio, peleas y hasta acabó con la cárcel de éste. Las rivalidades en la época eran viscerales, enconadas, de fuerte resentimiento y sin ser capaces ninguna de las partes de dejar ir. Duraban hasta la muerte del adversario y, a veces, continuaban en el más allá en forma de poemas satíricos y/o burlescos. En este ambiente hostil en el que todos están contra todos es normal que las heridas (de toda índole) se inflijan a una y otra parte. Con este sustrato histórico, en este sentido, hay que entender su huída de Madrid en 1611 perseguido por la justicia hasta acabar en Sicilia bajo la protección del duque de Osuna. La leyenda cuenta que a Quevedo le buscaban por haber desafiado a un desconocido que previamente había maltratado a una dama. Pero este hecho no ha sido confirmado y, además, no concuerda con la reconocida misoginia del escritor. 

La importancia del Duque de Osuna en la biografía de Francisco de Quevedo 

Y fue tanta que, bajo el influjo  del aristócrata, el escritor se convirtió en espía, en conspirador político y en azote de todas las corruptelas reales que se parapetaban en validos ávidos de riqueza y poder. Tras pasar algún tiempo en el señorío de Torre del Abad donde su madre compró unos terrenos que se vieron empañados por pleitos y confrontaciones de todo tipo, la biografía de Francisco de Quevedo da un giro de la mano del Duque de Osuna. Se convierte en su brazo derecho, en su secretario, en su confidente, en su hombre fuerte. El aristócrata había sido nombrado Virrey de Sicilia y la ambición le llevó a conspirar en todos los frentes con objetivos que aún, al día de hoy, no están del todo claros.  

Sí sabemos que Quevedo movió sus hilos en una corte que conocía desde que llevaba pañales para que Osuna fuera nombrado virrey de Nápoles. Con cartas ducales viajó Quevedo hasta Venecia con la clara misión de servir de espía. Allí no fue ajusticiado en la redada del 19 de mayo de 1618 porque se zafó gracias a su perfecto italiano. A estos hechos se le conocen como la Conjuración de Venecia. Todo este desaguisado únicamente propició que entre unos y otros se acusaran de conspiraciones políticas con el fin de anexionarse territorios de lo que un día fue una potencia mundial. De resultas de esta refriega política y diplomática, en 1620 Osuna (y Quevedo que era su secretario) son llamados a corte con tan mala fortuna de que, antes de ser escuchados en juicio, muere Felipe III. El primero es encarcelado en una prisión para delincuentes comunes (que, en la época, con la aristocracia se tenía alguna deferencia) y allí muere cuatro años después uno de los hombres más poderosos de su tiempo.  

En la biografía de Francisco de Quevedo se anota que el escritor tuvo mejor fortuna, ya que el nuevo valido del rey, el Conde-Duque de Olivares, lo destierra a su finca de Torre del Abad. En este lugar alejado de conspiraciones palaciegas es donde compone grandes poemas a quien un día fuera su protector y donde se va agriando aún más su carácter. Tal cual sucedió al otrora poderoso Duque de Osuna, nuestro protagonista fue condenado sin juicio alguno en una clara maniobra de nepotismo por parte de una corte corrupta al máximo. A pesar de esta caída en desgracia tuvo mejor suerte, ya que se sabe que en 1623 estaba de nuevo en palacio entreteniendo a la comitiva inglesa en misión diplomática o que en 1624 formaba parte de la comitiva real de visita por Andalucía.  

Los últimos años en la biografía de Francisco de Quevedo tampoco están exentos de polémica 

A pesar de su reconocida misoginia y su odio considerable hacia las mujeres, se sabe que vivía sin estar casado con una mujer que ha pasado a la historia bajo el nombre de La Ledesma con quien tuvo varios hijos. En 1634, con 54 años, bajo los tejemanejes de la duquesa de Medinaceli, se casó con Esperanza de Aragón cuya convivencia de facto duró unos cuantos meses. Tras este matrimonio fracasado se recluyó en sus posesiones de la Torre del Abad intentando llevar a buen puerto los pleitos del señorío, extremo que no consiguió y que tuvieron que solucionar sus sobrinos herederos de los terrenos. 

Sin embargo, un nuevo episodio de tiranía real le esperaba a Francisco de Quevedo. Aunque el motivo no se sabe con exactitud, en 1639 fue detenido en medio de la noche y conducido hasta el Convento de San Marcos en León. Allí estuvo preso sin juicio y sin ser escuchado. La crítica hoy es unánime al considerar que su carácter pesimista y cínico se agrió con los años y los sinsabores de las injusticias. Lejos de acallar su lengua mordaz se fue afilando cada vez más criticando sin pudor la decadencia moral, política y económica de su época. Y esto llegó a un punto que, por orden real, se le obligó al silencio. Y ese silencio, en la época, solo podía ser con la cárcel o con el ajusticiamiento. Dejemos hablar al autor:  

“Yo protesto en Dios nuestro Señor, que en todo lo que mí se ha dicho no tengo otra culpa sino es haber vivido con tan poco ejemplo, que pudiesen achacar mis locuras tantas abominaciones”.  

La rivalidad con Olivares era tal que Quevedo no salió de prisión hasta 1643, cinco meses después de la caída en desgracia (que también le llegó su turno) del otrora todopoderoso valido. Ya poca vida le quedaba al escritor que se retira definitivamente a sus tierras de Torre del Abad donde fallece un 8 de septiembre de 1645.  

En esta mínima biografía de Francisco de Quevedo asistimos a las peripecias de un personaje complejo, complicado, sombrío y cruel con sus enemigos a los que no tiene empacho en arrastrar sin piedad. A la par, se muestra fiel y leal con los amigos. Su carácter manipulador, inteligente, culto, curtido desde la cuna en las intrigas palaciegas le llevó a participar en conjuras peligrosas. Su espíritu agresivo y desconfiado no le permitía disfrutar de las bondades de una pareja, aunque la época tampoco daba buen trato a las mujeres. A pesar de sus defectos físicos (de los que se burlaban sus muchos enemigos y rivales) demostró ser una persona con la autoestima muy alta sabedor de su valía personal y, especialmente, como escritor. En este sentido, el tiempo le ha dado la razón.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Si en la biografía de Luis de Góngora apenas tenemos elementos de aventura o chocantes para levantar su personalidad, otra cosa muy distinta es el gongorismo. ¿Y qué es el gongorismo? Resumiendo mucho, nos referimos al estilo literario de este poeta, ejemplo extremo de las extravagancias del estilo barroco. Si bien las obras de Luis de Góngora fueron objeto de la pluma afilada y cínica de sus rivales literarios y estas quedaron arrinconadas posteriormente por considerarse oscuras y rebuscadas, se produjo una vuelta a ella con la Generación del 27.  

El gongorismo y las dos épocas del poeta 

Si bien hay críticos que colocan una frontera entre los distintos poemas del artista cordobés dejando a un lado sus grandes obras concentradas en Fábula de Polifemo y Galatea y Soledades y, en el otro, las composiciones restantes, hoy no se considera esta línea tan estricta. Porque es bien verdad que todas las características del gongorismo se dan con mayor intensidad en sus poemas largos, pero, a la vez tampoco hay que olvidar que se encuentran, también, en los sonetos, en las letrillas y en los poemas menores. El recargado Góngora levanta una obra extremadamente culta y conscientemente pulida, recargada de metáforas y adobada con palabras rebuscadas montadas en una sintaxis extraña y ajena al español. En palabras de Dámaso Alonso: 

“… toda la poesía no es más que una sucesión de ingeniosidades, conceptos, antítesis, hipérboles, alusiones a adagios, alusiones mitológicas, cultismos, notas de humor, etc., y toda ella está expresada en un lenguaje casi exclusivamente metafórico”.  

Tenemos pues que hay unas características comunes a toda su obra que pueden resumirse de la siguiente manera.  

Características del gongorismo, el estilo poético de Luis de Góngora

1.- Estamos ante una obra culta por convencimiento y por elaboración 

Nada hay aquí de popular, sencillo y cotidiano. El carácter de Luis de Góngora lo hizo enfrascarse en toda la cultura clásica que, a través del Renacimiento literario, nos llega de la literatura griega o romana. Esta era su única meta: la imitación de los grandes poetas de las Antigüedad. No es una novedad, ya que esta línea literaria se inicia a principios del siglo XVI e, incluso, encontramos algunos ejemplos en el siglo XV. De esta tradición nos llegan las historias y mitos de dioses, ninfas o monstruos con sus dramas y metamorfosis. Y también una forma de estar en el mundo en la que naturaleza se alía con los hombres. Luis de Góngora, a pesar de pertenecer a la iglesia católica, canta los dones y bellezas de un mundo pagano y perdido. 

2.- Utilización de cultismos o palabras de escaso uso

En línea con lo anterior, el gongorismo encuentra un especial gusto por palabras ajenas a la lengua cotidiana y sencilla. Se regodea en la búsqueda del vocablo más extraño, más intelectual y más culto en cuanto en tanto solo es utilizado por una élite leída al máximo. Este fue uno de los aspectos que más se criticaron de la obra de Luis de Góngora tanto por sus contemporáneos como por la crítica llegada después, la de la literatura neoclásica

3. El gongorismo tiene preferencia por las palabras esdrújulas 

Unido también a lo anterior, nos encontramos un mayor porcentaje de palabras esdrújulas en los versos del poeta cordobés, cuando en español predominan las llanas. Esto dota al poema de un especial ritmo y melodía que, además, es pulido insistentemente por Góngora. 

4.- Uso extremo del hipérbaton  

Aunque el orden de las palabras en español es bastante libre, Luis de Góngora levanta casi todos los versos con una línea sintáctica ajena a nuestro idioma. Y volvemos otra vez al mismo punto. El poeta, en su afán de imitación de los grandes bardos clásicos, lleva el lenguaje a un punto extremo en el que el hipérbaton se hace normal y preponderante. Con esta figura retórica consigue, tal como apunta otro de sus admiradores, Jorge Guillén, una arquitectura literaria distinta, radical y hermosa. En palabras de este último:  

“Nunca poeta alguno ha sido más arquitecto. Nadie ha levantado con más imparable voluntad un de edificio de palabras”.  

5.- El gongorismo es el estilo de la desmesura en el verso

Las frases se alargan y se subordinan de manera compleja. Además, hay una proliferación de epítetos, tantos que apenas se encuentran sustantivos que no estén adjetivados. Se hacen paréntesis largos. A todo ello se une un lenguaje rebuscado cuyo objetivo es plasmar la sensualidad, el colorido, la suntuosidad. Salvando las distancias, un poema de Luis de Góngora es como una habitación de un castillo aristocrático en el que las paredes se han revestido con ricas telas de sedas y sobre ellas se han colocado cuadros recargados con marcos de oro. 

6.- El estilo literario de Luis de Góngora se caracteriza por el uso de figuras retóricas 

Y una tras otra sin descanso. Siguiendo con el símil decorativo de arriba, los grandes poemas serían como esas habitaciones repletas de muebles tapizados con bordados y sobre ellos cojines coloridos con abalorios que se acercan a elementos trabajados hasta el detalle. Para conseguir que tal conjunto sea armónico hay que tener un especial concepto de la belleza. En este sentido, en los versos del poeta cordobés las metáforas se suceden unas tras otra, en tal cantidad que los grandes poemas gongorinos (Soledades o Fábula de Polifemo y Galatea) son una mina para los estudiosos. 

7.- El gongorismo reniega de cualquier aspecto que no lleve a la belleza 

Y esta tiene que ser abundante, exuberante, colorida, pagana, gozosa y libre de cualquier aspecto que lleve a la tristeza, al drama o a la pérdida. Nos encontramos ante una belleza clásica, culta, perfecta e idealista. Los versos nos interpelan con todos los sentidos. Hay un exceso de color, de musicalidad y de todo aquello que se apartara de la cotidianidad. 

En definitiva, el gongorismo crea un mundo ideal, perfecto, culto, exquisito, exuberante y exagerado al extremo. Tal como afirma Miguel Artigas, otro estudioso de la obra de Luis de Góngora:  

“La poesía significó para él un refugio frente a sus sentimientos; cuando escribía se encontraba en el más allá, le traía sin cuidado este mundo, solo era un esteta.”

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Si en la biografía de Luis de Góngora apenas tenemos elementos de aventura o chocantes para levantar su personalidad, otra cosa muy distinta es el gongorismo. ¿Y qué es el gongorismo? Resumiendo mucho, nos referimos al estilo literario de este poeta, ejemplo extremo de las extravagancias del estilo barroco. Si bien las obras de Luis de Góngora fueron objeto de la pluma afilada y cínica de sus rivales literarios y estas quedaron arrinconadas posteriormente por considerarse oscuras y rebuscadas, se produjo una vuelta a ella con la Generación del 27.  

El gongorismo y las dos épocas del poeta 

Si bien hay críticos que colocan una frontera entre los distintos poemas del artista cordobés dejando a un lado sus grandes obras concentradas en Fábula de Polifemo y Galatea y Soledades y, en el otro, las composiciones restantes, hoy no se considera esta línea tan estricta. Porque es bien verdad que todas las características del gongorismo se dan con mayor intensidad en sus poemas largos, pero, a la vez tampoco hay que olvidar que se encuentran, también, en los sonetos, en las letrillas y en los poemas menores. El recargado Góngora levanta una obra extremadamente culta y conscientemente pulida, recargada de metáforas y adobada con palabras rebuscadas montadas en una sintaxis extraña y ajena al español. En palabras de Dámaso Alonso: 

“… toda la poesía no es más que una sucesión de ingeniosidades, conceptos, antítesis, hipérboles, alusiones a adagios, alusiones mitológicas, cultismos, notas de humor, etc., y toda ella está expresada en un lenguaje casi exclusivamente metafórico”.  

Tenemos pues que hay unas características comunes a toda su obra que pueden resumirse de la siguiente manera.  

Características del gongorismo, el estilo poético de Luis de Góngora

1.- Estamos ante una obra culta por convencimiento y por elaboración 

Nada hay aquí de popular, sencillo y cotidiano. El carácter de Luis de Góngora lo hizo enfrascarse en toda la cultura clásica que, a través del Renacimiento literario, nos llega de la literatura griega o romana. Esta era su única meta: la imitación de los grandes poetas de las Antigüedad. No es una novedad, ya que esta línea literaria se inicia a principios del siglo XVI e, incluso, encontramos algunos ejemplos en el siglo XV. De esta tradición nos llegan las historias y mitos de dioses, ninfas o monstruos con sus dramas y metamorfosis. Y también una forma de estar en el mundo en la que naturaleza se alía con los hombres. Luis de Góngora, a pesar de pertenecer a la iglesia católica, canta los dones y bellezas de un mundo pagano y perdido. 

2.- Utilización de cultismos o palabras de escaso uso

En línea con lo anterior, el gongorismo encuentra un especial gusto por palabras ajenas a la lengua cotidiana y sencilla. Se regodea en la búsqueda del vocablo más extraño, más intelectual y más culto en cuanto en tanto solo es utilizado por una élite leída al máximo. Este fue uno de los aspectos que más se criticaron de la obra de Luis de Góngora tanto por sus contemporáneos como por la crítica llegada después, la de la literatura neoclásica

3. El gongorismo tiene preferencia por las palabras esdrújulas 

Unido también a lo anterior, nos encontramos un mayor porcentaje de palabras esdrújulas en los versos del poeta cordobés, cuando en español predominan las llanas. Esto dota al poema de un especial ritmo y melodía que, además, es pulido insistentemente por Góngora. 

4.- Uso extremo del hipérbaton  

Aunque el orden de las palabras en español es bastante libre, Luis de Góngora levanta casi todos los versos con una línea sintáctica ajena a nuestro idioma. Y volvemos otra vez al mismo punto. El poeta, en su afán de imitación de los grandes bardos clásicos, lleva el lenguaje a un punto extremo en el que el hipérbaton se hace normal y preponderante. Con esta figura retórica consigue, tal como apunta otro de sus admiradores, Jorge Guillén, una arquitectura literaria distinta, radical y hermosa. En palabras de este último:  

“Nunca poeta alguno ha sido más arquitecto. Nadie ha levantado con más imparable voluntad un de edificio de palabras”.  

5.- El gongorismo es el estilo de la desmesura en el verso

Las frases se alargan y se subordinan de manera compleja. Además, hay una proliferación de epítetos, tantos que apenas se encuentran sustantivos que no estén adjetivados. Se hacen paréntesis largos. A todo ello se une un lenguaje rebuscado cuyo objetivo es plasmar la sensualidad, el colorido, la suntuosidad. Salvando las distancias, un poema de Luis de Góngora es como una habitación de un castillo aristocrático en el que las paredes se han revestido con ricas telas de sedas y sobre ellas se han colocado cuadros recargados con marcos de oro. 

6.- El estilo literario de Luis de Góngora se caracteriza por el uso de figuras retóricas 

Y una tras otra sin descanso. Siguiendo con el símil decorativo de arriba, los grandes poemas serían como esas habitaciones repletas de muebles tapizados con bordados y sobre ellos cojines coloridos con abalorios que se acercan a elementos trabajados hasta el detalle. Para conseguir que tal conjunto sea armónico hay que tener un especial concepto de la belleza. En este sentido, en los versos del poeta cordobés las metáforas se suceden unas tras otra, en tal cantidad que los grandes poemas gongorinos (Soledades o Fábula de Polifemo y Galatea) son una mina para los estudiosos. 

7.- El gongorismo reniega de cualquier aspecto que no lleve a la belleza 

Y esta tiene que ser abundante, exuberante, colorida, pagana, gozosa y libre de cualquier aspecto que lleve a la tristeza, al drama o a la pérdida. Nos encontramos ante una belleza clásica, culta, perfecta e idealista. Los versos nos interpelan con todos los sentidos. Hay un exceso de color, de musicalidad y de todo aquello que se apartara de la cotidianidad. 

En definitiva, el gongorismo crea un mundo ideal, perfecto, culto, exquisito, exuberante y exagerado al extremo. Tal como afirma Miguel Artigas, otro estudioso de la obra de Luis de Góngora:  

“La poesía significó para él un refugio frente a sus sentimientos; cuando escribía se encontraba en el más allá, le traía sin cuidado este mundo, solo era un esteta.”

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Fue uno de los grandes poetas de la literatura barroca en España en pugna constante contra enemigos literarios por su estilo conscientemente culto y rebuscado, el cual llevó al límite de las posibilidades del idioma. En la biografía de Luis de Góngora no faltan anécdotas, hechos y escritos que, como dardos envenenados, se lanzaban dos escuelas que pretendían ser radicalmente distintas, aunque, en el fondo, no consiguieran ser tan diferentes. Los encontronazos literarios con Quevedo, especialmente, y otros poetas de la escuela castellana contribuyó a que las obras de Luis de Góngora se quedaran olvidadas durante siglos hasta su última recuperación por los grandes creadores de la Generación del 27.

Breve introducción al estilo de las obras de Luis de Góngora

Decir Luis de Góngora es introducirse de lleno en todas las características del estilo barroco en España. Época de crisis económicas continuadas, de vergonzosa corrupción institucional, de pérdida de la grandeza de antaño, el pueblo y la cultura se resbalan por un pesimismo que roza el conformismo más atroz. Sin poder agarrarse a la esperanza, el teatro barroco (tan fértil desde cualquier punto) se convierte en evasión mientras que los grandes poetas llevan a la apoteosis los principios heredados de la literatura renacentista. Resumiendo mucho, la poesía de Luis de Góngora se caracteriza por lo siguiente: 

1.- Recurrir al vocabulario, la expresión y la sintaxis culta heredera del latín. Si bien esto es característica también de la lírica renacentista, en Góngora adquiere el nivel de apoteosis total sin parangón en otro poeta en lengua española. 

2.- Por otro lado, los temas mitológicos o recurrentes de la literatura griega se convierten en el centro temático de las obras. De esta forma, ese pasado clásico que se adivina esplendoroso se convierte en el hipotexto que impregna todas las obras. 

3.- La sintaxis castellana se retuerce hasta el extremo con una preferencia por el hipérbaton. Su uso llega al extremo de chocante incluso. 

4.- Del amor por la lengua latina nace una preferencia por las palabras esdrújulas. Esta elección hace que las obras de Luis de Góngora tengan un ritmo especial. 

5.- El uso de las figuras retóricas (todas ellas) llegó también al límite poblando de metáforas buena parte de los versos de la mayoría de sus poemas. 

6.- No se esconde el culto (que llega a la veneración) a la belleza en todos sus órdenes. Esto lleva al poeta a crear versos complejos desde el punto de vista formal y, a la par, a alejarse de la realidad debido a la exageración (y exasperación) en la estilización. Dicho esto, este último punto ha sido objeto de controversia entre los estudiosos, lectores y críticos del siglo XX de la obra gongorina.

7.- La temática pesimista tan dada a cantar los estertores de un imperio perdido, las ruinas sociales o físicas y la muerte que todo lo barre e iguala se refugia en el canto al carpe diem. Ese atrapa el momento convive con las cenizas o con el tiempo fugaz de una manera tan magistral que pocos poetas en español lo han podido superar.  

Luis de Góngora y sus obras menores 

Si calificamos estos versos como menores, no es por su calidad sino más bien por la extensión de los mismos. El poeta cordobés pudo dedicarse en vida a pulir sin descanso su obra ya que, desde joven, sin familia ni obligaciones y con una buena posición dentro de la jerarquía de la iglesia, no tuvo por qué preocuparse por las cosas del sustento diario. Otro extremo es su mala vida debido a la afición al juego que le hizo resbalarse por la pobreza a final de sus días.  Además, sus poemas quedaron recogidos (primorosamente caligrafiados) en el denominado “Manuscrito Chacón”, con el visto bueno del poeta, recogido por su gran amigo como regalo para el valido Olivares, bibliófilo y hombre fuerte del nuevo rey: Felipe IV.  

1.- Las letrillas, entre las obras de Góngora más reconocida por la crítica posterior

Tanto es así que los críticos y estudiosos de la literatura neoclásica (con un posicionamiento artístico totalmente ajeno a los principios del barroco literario) los recoge como lo mejor del poeta. Y lo hace porque les parecen sencillos, aunque una lectura más atenta nos lleva a las características propias de la obra gongorina reflejadas al principio. Si las letrillas del poeta de Córdoba tuvieron predicamento posterior fue, en esencia, por su ritmo y fuerte sonoridad que nos remite a las voces populares tan del gusto en la literatura española. La temática está impregnada de una fuerte misoginia (propia de la época) y de una fina ironía contra la hipocresía, la vanidad o la ostentación. Con un lenguaje afilado y afinado se burla de todas las falsedades con las que se reviste el ser humano sea cual sea su condición o época. Se han contabilizado más de 200 letrillas entre las obras de Luis de Góngora.

2.- Los romances

Como no podía ser de otra manera, a pesar de su base popular, están levantados con la estética culta que predomina en todos sus versos. Se han recogido casi 100 y son de temática diversa. Destacan los irónicos (alcanzado algunos el punto de cinismo) y desde el aspecto formal están muy cuidados.  

3.- Luis de Góngora y sus obras más conocidas: los sonetos

Con el poeta de Córdoba se llega al cenit de la perfección formal de esta fórmula poética que tantos maravillosos ejemplos ha dado. Son apenas trece y en ellos se concentran todas las características del estilo barroco. La desolación, la muerte que todo lo arrasa (con el sic transit gloria mundi tan querido por los artistas de la época) conviven, a la par, con la necesidad de vivir el momento presente. Esta simbiosis hace de estos versos ejemplos sublimes del canon literario no tanto por su contradicción sino por la unificación de conceptos, en apariencia, contradictorios. En este sentido, el poeta, desde su posición de conocimiento de los recovecos de la condición humana, nos invita a gozar, a disfrutar, a amar antes que todo se disuelva, se destruya o  transforme 

“en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.”

Esta filosofía del buen vivir antes de que la devastación se apodere de todos nosotros es el eje temático de buena parte de los sonetos de Luis de Góngora. Quizás sea sorprendente (al menos para el lector contemporáneo) que la idea se enmarañe con poemas que son elegías a personas reales (normalmente poderosas) que el poeta quería halagar y adular. Tengo que reseñar, por último, que de este cariz son la gran mayoría de los sonetos gongorinos.  

4.- Oda a la toma de Larache 

Se aparta del barroco para enlazar con la lírica de otro andaluz ilustre, Fernando de Herrera. La temática es patriótica y bélica. 

Los grandes poemas de Luis de Góngora 

Aunque en este bloque se añade el Panegírico al Duque de Lerma, la crítica lo hace no por la calidad o la aportación al canon literario sino, más bien, por su extensión. Es un poema desafortunado en línea temática con las elegías a personas diversas que el poeta compuso a lo largo de su vida. Está escrito en octavas que suman 632 versos en los que se da un repaso al gran valido del rey Felipe III. A pesar de su extensión, se quedó sin terminar. 

La Fábula de Polifemo y Galatea, la obra más famosa de Luis de Góngora 

En ella se retoma no solo uno de los temas favoritos de la literatura griega o latina sino también del arte barroco. El gigante Polifemo es un ser deforme, monstruoso y con un solo ojo. Esta fealdad no se corresponde con su interior anímico repleto de afectuoso amor hacia la ninfa Galatea. Es una pasión no correspondida ya que la protagonista está enamorada del pastor Acis. Todo ese choque interior desencadena en la muerte del joven a manos del gigante, loco por los celos. El desgraciado joven, tal como se recoge en las Metamorfosis de Olvido, es transformado en río por la mediación de Galatea. 

El poema cuenta esta trágica historia de amor en versos endecasílabos (ya favorito de la lírica española) construidos con una exquisita perfección formal. En total son 504 agrupados en 63  octavas reales. Las estrofas despliegan todas las características de la literatura barroca y hace las delicias de los docentes en busca de símiles, comparaciones, hipotextos cultos, metáforas o excesos de hipérbaton. Recogemos las palabras del gran Dámaso Alonso acerca de la Fábula de Polifemo y Galatea de Luis de Góngora, quizás su obra más sublime.  

“… ese contraste, esa contradicción interna en el alma del cíclope tenía que ser especialmente grata a la época que busca por todas partes en el arte (el claroscuro, etc.) y en literatura los contrastes y las contradicciones invencibles. Polifemo era un tema interesante para ese siglo porque era desmesurado…”  

La complejidad estilística del poema Soledades de Góngora 

Es una de las obras más difíciles de la literatura española por su abandono de la realidad a pesar de que el hilo conductor es la aventura de un peregrino. La crítica ha encontrado que el objetivo del poeta era componer cuatro partes, cada una centrada en las distintas edades del hombre (desde el punto de vista androcéntrico más que antropocéntrico). Sin embargo, el poema quedó inconcluso. Está levantado utilizando la silva. La primera parte tiene 1091 versos y la segunda (sin terminar) 979. Lo entendemos a través de las palabras de otro gran poeta y estudioso de la obra: Pedro Salinas. 

“Góngora era andaluz sensual y el mundo no se le presenta en ideas, valores morales, sino en volúmenes y formas, en apariencias seductoras.”

Estas dos grandes obras de Luis de Góngora, junto con los sonetos, conforman el puñado de versos que se desentrañan una y otra vez en el canon clásico español buscando esa clave del alma humana donde confluyen todas las contradicciones. Resumiendo (y reduciendo) mucho, la exasperación por la muerte, la ruina, el olvido, la descomposición o la devastación encuentra consuelo en el amor a la belleza externa de todos los recovecos de la creación. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Libros y palabras, poemas y cuentos, pausas y tertulias, recursos estilísticos, autores que nos inspiran, estilos que nos atrapan... Literatura de todos los tiempos y de todos los lugares que nos ayudan a viajar por el mundo. 

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Fue uno de los grandes poetas de la literatura barroca en España en pugna constante contra enemigos literarios por su estilo conscientemente culto y rebuscado, el cual llevó al límite de las posibilidades del idioma. En la biografía de Luis de Góngora no faltan anécdotas, hechos y escritos que, como dardos envenenados, se lanzaban dos escuelas que pretendían ser radicalmente distintas, aunque, en el fondo, no consiguieran ser tan diferentes. Los encontronazos literarios con Quevedo, especialmente, y otros poetas de la escuela castellana contribuyó a que las obras de Luis de Góngora se quedaran olvidadas durante siglos hasta su última recuperación por los grandes creadores de la Generación del 27.

Breve introducción al estilo de las obras de Luis de Góngora

Decir Luis de Góngora es introducirse de lleno en todas las características del estilo barroco en España. Época de crisis económicas continuadas, de vergonzosa corrupción institucional, de pérdida de la grandeza de antaño, el pueblo y la cultura se resbalan por un pesimismo que roza el conformismo más atroz. Sin poder agarrarse a la esperanza, el teatro barroco (tan fértil desde cualquier punto) se convierte en evasión mientras que los grandes poetas llevan a la apoteosis los principios heredados de la literatura renacentista. Resumiendo mucho, la poesía de Luis de Góngora se caracteriza por lo siguiente: 

1.- Recurrir al vocabulario, la expresión y la sintaxis culta heredera del latín. Si bien esto es característica también de la lírica renacentista, en Góngora adquiere el nivel de apoteosis total sin parangón en otro poeta en lengua española. 

2.- Por otro lado, los temas mitológicos o recurrentes de la literatura griega se convierten en el centro temático de las obras. De esta forma, ese pasado clásico que se adivina esplendoroso se convierte en el hipotexto que impregna todas las obras. 

3.- La sintaxis castellana se retuerce hasta el extremo con una preferencia por el hipérbaton. Su uso llega al extremo de chocante incluso. 

4.- Del amor por la lengua latina nace una preferencia por las palabras esdrújulas. Esta elección hace que las obras de Luis de Góngora tengan un ritmo especial. 

5.- El uso de las figuras retóricas (todas ellas) llegó también al límite poblando de metáforas buena parte de los versos de la mayoría de sus poemas. 

6.- No se esconde el culto (que llega a la veneración) a la belleza en todos sus órdenes. Esto lleva al poeta a crear versos complejos desde el punto de vista formal y, a la par, a alejarse de la realidad debido a la exageración (y exasperación) en la estilización. Dicho esto, este último punto ha sido objeto de controversia entre los estudiosos, lectores y críticos del siglo XX de la obra gongorina.

7.- La temática pesimista tan dada a cantar los estertores de un imperio perdido, las ruinas sociales o físicas y la muerte que todo lo barre e iguala se refugia en el canto al carpe diem. Ese atrapa el momento convive con las cenizas o con el tiempo fugaz de una manera tan magistral que pocos poetas en español lo han podido superar.  

Luis de Góngora y sus obras menores 

Si calificamos estos versos como menores, no es por su calidad sino más bien por la extensión de los mismos. El poeta cordobés pudo dedicarse en vida a pulir sin descanso su obra ya que, desde joven, sin familia ni obligaciones y con una buena posición dentro de la jerarquía de la iglesia, no tuvo por qué preocuparse por las cosas del sustento diario. Otro extremo es su mala vida debido a la afición al juego que le hizo resbalarse por la pobreza a final de sus días.  Además, sus poemas quedaron recogidos (primorosamente caligrafiados) en el denominado “Manuscrito Chacón”, con el visto bueno del poeta, recogido por su gran amigo como regalo para el valido Olivares, bibliófilo y hombre fuerte del nuevo rey: Felipe IV.  

1.- Las letrillas, entre las obras de Góngora más reconocida por la crítica posterior

Tanto es así que los críticos y estudiosos de la literatura neoclásica (con un posicionamiento artístico totalmente ajeno a los principios del barroco literario) los recoge como lo mejor del poeta. Y lo hace porque les parecen sencillos, aunque una lectura más atenta nos lleva a las características propias de la obra gongorina reflejadas al principio. Si las letrillas del poeta de Córdoba tuvieron predicamento posterior fue, en esencia, por su ritmo y fuerte sonoridad que nos remite a las voces populares tan del gusto en la literatura española. La temática está impregnada de una fuerte misoginia (propia de la época) y de una fina ironía contra la hipocresía, la vanidad o la ostentación. Con un lenguaje afilado y afinado se burla de todas las falsedades con las que se reviste el ser humano sea cual sea su condición o época. Se han contabilizado más de 200 letrillas entre las obras de Luis de Góngora.

2.- Los romances

Como no podía ser de otra manera, a pesar de su base popular, están levantados con la estética culta que predomina en todos sus versos. Se han recogido casi 100 y son de temática diversa. Destacan los irónicos (alcanzado algunos el punto de cinismo) y desde el aspecto formal están muy cuidados.  

3.- Luis de Góngora y sus obras más conocidas: los sonetos

Con el poeta de Córdoba se llega al cenit de la perfección formal de esta fórmula poética que tantos maravillosos ejemplos ha dado. Son apenas trece y en ellos se concentran todas las características del estilo barroco. La desolación, la muerte que todo lo arrasa (con el sic transit gloria mundi tan querido por los artistas de la época) conviven, a la par, con la necesidad de vivir el momento presente. Esta simbiosis hace de estos versos ejemplos sublimes del canon literario no tanto por su contradicción sino por la unificación de conceptos, en apariencia, contradictorios. En este sentido, el poeta, desde su posición de conocimiento de los recovecos de la condición humana, nos invita a gozar, a disfrutar, a amar antes que todo se disuelva, se destruya o  transforme 

“en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.”

Esta filosofía del buen vivir antes de que la devastación se apodere de todos nosotros es el eje temático de buena parte de los sonetos de Luis de Góngora. Quizás sea sorprendente (al menos para el lector contemporáneo) que la idea se enmarañe con poemas que son elegías a personas reales (normalmente poderosas) que el poeta quería halagar y adular. Tengo que reseñar, por último, que de este cariz son la gran mayoría de los sonetos gongorinos.  

4.- Oda a la toma de Larache 

Se aparta del barroco para enlazar con la lírica de otro andaluz ilustre, Fernando de Herrera. La temática es patriótica y bélica. 

Los grandes poemas de Luis de Góngora 

Aunque en este bloque se añade el Panegírico al Duque de Lerma, la crítica lo hace no por la calidad o la aportación al canon literario sino, más bien, por su extensión. Es un poema desafortunado en línea temática con las elegías a personas diversas que el poeta compuso a lo largo de su vida. Está escrito en octavas que suman 632 versos en los que se da un repaso al gran valido del rey Felipe III. A pesar de su extensión, se quedó sin terminar. 

La Fábula de Polifemo y Galatea, la obra más famosa de Luis de Góngora 

En ella se retoma no solo uno de los temas favoritos de la literatura griega o latina sino también del arte barroco. El gigante Polifemo es un ser deforme, monstruoso y con un solo ojo. Esta fealdad no se corresponde con su interior anímico repleto de afectuoso amor hacia la ninfa Galatea. Es una pasión no correspondida ya que la protagonista está enamorada del pastor Acis. Todo ese choque interior desencadena en la muerte del joven a manos del gigante, loco por los celos. El desgraciado joven, tal como se recoge en las Metamorfosis de Olvido, es transformado en río por la mediación de Galatea. 

El poema cuenta esta trágica historia de amor en versos endecasílabos (ya favorito de la lírica española) construidos con una exquisita perfección formal. En total son 504 agrupados en 63  octavas reales. Las estrofas despliegan todas las características de la literatura barroca y hace las delicias de los docentes en busca de símiles, comparaciones, hipotextos cultos, metáforas o excesos de hipérbaton. Recogemos las palabras del gran Dámaso Alonso acerca de la Fábula de Polifemo y Galatea de Luis de Góngora, quizás su obra más sublime.  

“… ese contraste, esa contradicción interna en el alma del cíclope tenía que ser especialmente grata a la época que busca por todas partes en el arte (el claroscuro, etc.) y en literatura los contrastes y las contradicciones invencibles. Polifemo era un tema interesante para ese siglo porque era desmesurado…”  

La complejidad estilística del poema Soledades de Góngora 

Es una de las obras más difíciles de la literatura española por su abandono de la realidad a pesar de que el hilo conductor es la aventura de un peregrino. La crítica ha encontrado que el objetivo del poeta era componer cuatro partes, cada una centrada en las distintas edades del hombre (desde el punto de vista androcéntrico más que antropocéntrico). Sin embargo, el poema quedó inconcluso. Está levantado utilizando la silva. La primera parte tiene 1091 versos y la segunda (sin terminar) 979. Lo entendemos a través de las palabras de otro gran poeta y estudioso de la obra: Pedro Salinas. 

“Góngora era andaluz sensual y el mundo no se le presenta en ideas, valores morales, sino en volúmenes y formas, en apariencias seductoras.”

Estas dos grandes obras de Luis de Góngora, junto con los sonetos, conforman el puñado de versos que se desentrañan una y otra vez en el canon clásico español buscando esa clave del alma humana donde confluyen todas las contradicciones. Resumiendo (y reduciendo) mucho, la exasperación por la muerte, la ruina, el olvido, la descomposición o la devastación encuentra consuelo en el amor a la belleza externa de todos los recovecos de la creación. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La biografía de Luis de Góngora, uno de uno de los mayores poetas del barroco español, no está salpicada de aventuras o lances novelescos como las de su coetáneos. Si todas las correrías militares, prisión, presidio y sinsabores de Miguel de Cervantes le sirvió para levantar sus grandes obras (Quijote incluido) o los devaneos amorosos de un Lope de Vega fueron abono para alimentar comedias y poemas, en Góngora, por el contrario, el existir es tranquilo. Entendemos el término como falto de aventuras,  pero no de polémicas de las que anduvo bien sobrado, como la agria y enconada mantenida con Francisco de Quevedo, otro de los grandes de la literatura española. 

Los primeros años en la biografía de Luis de Góngora 

Nace en Córdoba en 1561 en el seno de una familia aristocrática y muy bien posicionada a todos los niveles. Acusado de ascendencia judía (cuando esto se consideraba pecado casi), nada indica su origen converso. Trabajaba su padre (Francisco de Argote) para la Inquisición en calidad de juez y administrador de los bienes de los acusados. Leonor de Góngora, de quien toma el poeta el primer apellido, también pertenecía a una ilustre familia con hermanos en puestos de importancia en la catedral. El poder económico del clan permitió que en casa del escritor disfrutaran del lujo de una surtida biblioteca. 

Poco se sabe de los estudios durante sus primeros años pero cumplidos los quince, un tío materno, racionero en la catedral, le legó ciertos derechos económicos y Luis de Góngora debió tomar las órdenes menores. Marcha a Salamanca en 1576 y hay constancia de que estuvo matriculado hasta 1580 pero no de la obtención de título alguno. De estos años nace la afición por la poesía y se encuadran sus primeras composiciones. Siguiendo la estela culta de Fernando de Herrera, en ellos se dejaba aparcada toda referencia a la cotidianidad en una búsqueda constante de una perfección técnica y formal que ponía al límite las palabras y la sintaxis. Aún así, recibió los elogios de escritores de la talla de Cervantes. 

Poesía y oportunismo en la biografía de Luis de Góngora 

En 1587 ya ocupa el cargo de racionero, legado por el mismo tío que dejó bien atados sus ingresos antes de partir para la Universidad. Debe recibir las órdenes mayores y así lo hace. Como vemos, la familia se ocupa de ir colocándolo en distintos cargos y el poeta puede dedicarse a trabajar en sus obras sin más preocupación. Poca devoción debió tener a los votos prometidos porque ese año es amonestado por un nuevo obispo que lo acusa de “vivir como mozo”. A lo que responde con tal desdén que se le prohibe diversiones mundanas. Desde este momento, viaja por España y se dedica de lleno al cultivo de la poesía. Poco o más sucede en su vida si no es la enconada disputa con algunos de sus detractores afilando lenguas y plumas hasta resbalarse por la más absoluta crueldad verbal. Aunque Góngora se enfrentó con Lope de Vega, este, a pesar de su cinismo y palabras hirientes, no dirigió con mucho tino sus dardos envenenados. Con toda probabilidad, admiraba sus versos. De distinto tenor fue la guerra abierta con Quevedo que llegó a algo más que a intercambio de versos mordaces. 

En 1605 aparecen algunos de sus poemas en Flores de poetas ilustres y en 1611, a la par que se libra de sus deberes en la catedral, da comienzo su segunda etapa protagonizada por la Fábula de Polifemo y Galatea y Soledades. En estos años, además, traba amistad con el duque de Lerma, todopoderoso valido de Felipe III al que adula en hermosos versos. Con ellos consigue el favor del político a la par que da carnaza para que sigan las críticas provenientes de sus enemigos. En 1616 es ordenado sacerdote y nombrado capellán real. 

A pesar de estos honores, la enfermedad, la soledad y la afición al juego hizo mella en el carácter de Luis de Góngora que se deslizó en sus últimos años hacia la indigencia espiritual y material. El punto llegó hasta el extremo que Quevedo compró la casa del poeta procediendo a su desahucio inmediatamente. Este detalle demuestra que, entre ellos, no hubo el más mínimo asomo de piedad. Sin el favor del nuevo valido, el todopoderoso Olivares, que sustituye a Lerma tras el ascenso al trono de Felipe IV, nuestro poeta regresa a su ciudad natal donde fallece en 1627, al parecer, aquejado de fuertes dolores de cabeza.   

La recuperación de la poesía de Luis de Góngora por la Generación del 27 

Aunque en vida disfrutó de la admiración de algunos de los grandes nombres de la literatura, su obra queda muy pronto sepultado en el olvido e, incluso, es muy pronto vilipendiada por considerarse rebuscada y compleja. Los nuevos modos que se imponen con la literatura neoclásica reniegan de toda la artificialidad retórica, métrica, verbal y conceptual de Luis de Góngora. El siglo XVIII, por tanto, aparca al escritor que tantos enemigos había cosechado en vida al menos en el aspecto literario. Hay que esperar al simbolismo, con su gusto por lo oculto, lo irreal y lo ajeno a la cotidianidad para que fuera reivindicado por algunos poetas franceses de vanguardia. Más tarde llegarían los estudios de Dámaso Alonso y la conocida celebración del centenario de su nacimiento que da nombre a toda una Generación, la del 27, la misma que le rinde un tributo fervoroso.  

Aunque en vida tuvo sus imitadores (lejos de su maestría), fueron muchos más los que entraron al trapo con disputas enconadas y crueles, incluso, en asuntos personales de mal gusto (a ojos contemporáneos). Esta inquina, con toda probabilidad, estuvo adobada por el carácter poco afable de Góngora, dado a contestar cínicamente tanto a un obispo como a un adversario literario. La palabra cruel de Quevedo quedó grabada en este conocido epitafio en el que no escatimó versos envenenados. Si en vida no hubo piedad, tampoco la tendría una vez muerto. 

 

Este que en negra tumba, rodeado

de luces, yace muerto y condenado, 

vendió el alma y el cuerpo por dinero

y aun muerto es gaitero…

La sotana traía

por sota, más que por clerecía;

hombre en quien la limpieza fue tan poca

(no tocando a su cepa)

que nunca, que yo sepa,

se la cayó la mierda de la boca. 

Este a la geringoza quitó el nombre,

pues después escribió cíclopemente,

la llama gerigóngora la gente…

Fuese con Satanás culto y pelado.

¡mirad si Satanás es desdichado!

La biografía de Luis de Góngora, por tanto, no está salpicada ni de aventuras ni de amores y poca cosa podemos encontrar más allá de sus controversias y del hecho de haber sabido arrimarse a personas poderosas.  

Por Candela Vizcaíno, Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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La biografía de Luis de Góngora, uno de uno de los mayores poetas del barroco español, no está salpicada de aventuras o lances novelescos como las de su coetáneos. Si todas las correrías militares, prisión, presidio y sinsabores de Miguel de Cervantes le sirvió para levantar sus grandes obras (Quijote incluido) o los devaneos amorosos de un Lope de Vega fueron abono para alimentar comedias y poemas, en Góngora, por el contrario, el existir es tranquilo. Entendemos el término como falto de aventuras,  pero no de polémicas de las que anduvo bien sobrado, como la agria y enconada mantenida con Francisco de Quevedo, otro de los grandes de la literatura española. 

Los primeros años en la biografía de Luis de Góngora 

Nace en Córdoba en 1561 en el seno de una familia aristocrática y muy bien posicionada a todos los niveles. Acusado de ascendencia judía (cuando esto se consideraba pecado casi), nada indica su origen converso. Trabajaba su padre (Francisco de Argote) para la Inquisición en calidad de juez y administrador de los bienes de los acusados. Leonor de Góngora, de quien toma el poeta el primer apellido, también pertenecía a una ilustre familia con hermanos en puestos de importancia en la catedral. El poder económico del clan permitió que en casa del escritor disfrutaran del lujo de una surtida biblioteca. 

Poco se sabe de los estudios durante sus primeros años pero cumplidos los quince, un tío materno, racionero en la catedral, le legó ciertos derechos económicos y Luis de Góngora debió tomar las órdenes menores. Marcha a Salamanca en 1576 y hay constancia de que estuvo matriculado hasta 1580 pero no de la obtención de título alguno. De estos años nace la afición por la poesía y se encuadran sus primeras composiciones. Siguiendo la estela culta de Fernando de Herrera, en ellos se dejaba aparcada toda referencia a la cotidianidad en una búsqueda constante de una perfección técnica y formal que ponía al límite las palabras y la sintaxis. Aún así, recibió los elogios de escritores de la talla de Cervantes. 

Poesía y oportunismo en la biografía de Luis de Góngora 

En 1587 ya ocupa el cargo de racionero, legado por el mismo tío que dejó bien atados sus ingresos antes de partir para la Universidad. Debe recibir las órdenes mayores y así lo hace. Como vemos, la familia se ocupa de ir colocándolo en distintos cargos y el poeta puede dedicarse a trabajar en sus obras sin más preocupación. Poca devoción debió tener a los votos prometidos porque ese año es amonestado por un nuevo obispo que lo acusa de “vivir como mozo”. A lo que responde con tal desdén que se le prohibe diversiones mundanas. Desde este momento, viaja por España y se dedica de lleno al cultivo de la poesía. Poco o más sucede en su vida si no es la enconada disputa con algunos de sus detractores afilando lenguas y plumas hasta resbalarse por la más absoluta crueldad verbal. Aunque Góngora se enfrentó con Lope de Vega, este, a pesar de su cinismo y palabras hirientes, no dirigió con mucho tino sus dardos envenenados. Con toda probabilidad, admiraba sus versos. De distinto tenor fue la guerra abierta con Quevedo que llegó a algo más que a intercambio de versos mordaces. 

En 1605 aparecen algunos de sus poemas en Flores de poetas ilustres y en 1611, a la par que se libra de sus deberes en la catedral, da comienzo su segunda etapa protagonizada por la Fábula de Polifemo y Galatea y Soledades. En estos años, además, traba amistad con el duque de Lerma, todopoderoso valido de Felipe III al que adula en hermosos versos. Con ellos consigue el favor del político a la par que da carnaza para que sigan las críticas provenientes de sus enemigos. En 1616 es ordenado sacerdote y nombrado capellán real. 

A pesar de estos honores, la enfermedad, la soledad y la afición al juego hizo mella en el carácter de Luis de Góngora que se deslizó en sus últimos años hacia la indigencia espiritual y material. El punto llegó hasta el extremo que Quevedo compró la casa del poeta procediendo a su desahucio inmediatamente. Este detalle demuestra que, entre ellos, no hubo el más mínimo asomo de piedad. Sin el favor del nuevo valido, el todopoderoso Olivares, que sustituye a Lerma tras el ascenso al trono de Felipe IV, nuestro poeta regresa a su ciudad natal donde fallece en 1627, al parecer, aquejado de fuertes dolores de cabeza.   

La recuperación de la poesía de Luis de Góngora por la Generación del 27 

Aunque en vida disfrutó de la admiración de algunos de los grandes nombres de la literatura, su obra queda muy pronto sepultado en el olvido e, incluso, es muy pronto vilipendiada por considerarse rebuscada y compleja. Los nuevos modos que se imponen con la literatura neoclásica reniegan de toda la artificialidad retórica, métrica, verbal y conceptual de Luis de Góngora. El siglo XVIII, por tanto, aparca al escritor que tantos enemigos había cosechado en vida al menos en el aspecto literario. Hay que esperar al simbolismo, con su gusto por lo oculto, lo irreal y lo ajeno a la cotidianidad para que fuera reivindicado por algunos poetas franceses de vanguardia. Más tarde llegarían los estudios de Dámaso Alonso y la conocida celebración del centenario de su nacimiento que da nombre a toda una Generación, la del 27, la misma que le rinde un tributo fervoroso.  

Aunque en vida tuvo sus imitadores (lejos de su maestría), fueron muchos más los que entraron al trapo con disputas enconadas y crueles, incluso, en asuntos personales de mal gusto (a ojos contemporáneos). Esta inquina, con toda probabilidad, estuvo adobada por el carácter poco afable de Góngora, dado a contestar cínicamente tanto a un obispo como a un adversario literario. La palabra cruel de Quevedo quedó grabada en este conocido epitafio en el que no escatimó versos envenenados. Si en vida no hubo piedad, tampoco la tendría una vez muerto. 

 

Este que en negra tumba, rodeado

de luces, yace muerto y condenado, 

vendió el alma y el cuerpo por dinero

y aun muerto es gaitero…

La sotana traía

por sota, más que por clerecía;

hombre en quien la limpieza fue tan poca

(no tocando a su cepa)

que nunca, que yo sepa,

se la cayó la mierda de la boca. 

Este a la geringoza quitó el nombre,

pues después escribió cíclopemente,

la llama gerigóngora la gente…

Fuese con Satanás culto y pelado.

¡mirad si Satanás es desdichado!

La biografía de Luis de Góngora, por tanto, no está salpicada ni de aventuras ni de amores y poca cosa podemos encontrar más allá de sus controversias y del hecho de haber sabido arrimarse a personas poderosas.  

Por Candela Vizcaíno, Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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A inicios del siglo XVII, surgen en España una serie de escritores que construyen obras sobre la base de las aventuras de la novela picaresca. Estas, a pesar de que comparten algunas características con las andanzas del pícaro, se levantan desde otros parámetros bien distintos y en ellas se intercalan narraciones amorosas o digresiones filosóficas. Si bien suele haber una base moralizante o didáctica, la novela costumbrista se caracteriza por presentar una ácida sátira social con tintes políticos. Esto es, no se queda únicamente en la descripción de una forma de vida sino que va más allá en busca de la lección y, a través de esta, del cambio personal o colectivo. Todas ellas discurren a través del formato diálogo en el que intervienen personajes de distintos estratos sociales. Los protagonistas, normalmente con la excusa de un viaje, verbalizan su cosmovisión personal así como aventuras o anécdotas que defienden, en todo momento, como verdaderas. Si el viaje no se produce, la novela costumbrista del Barroco español se articula a través de una colección de cuentos cortos. Por último, aunque recurre a la imaginación y la fantasía, se jacta de su realismo. 

Viaje entretenido de Agustín de Rojas Villandrando, uno de los mejores ejemplos de novela costumbrista 

La azarosa biografía de Agustín de Rojas Villandrando 

No se sabe la fecha exacta de su nacimiento que fue en Madrid alrededor de 1577. Con tan solo catorce años abandona el domicilio familiar y se enrola en la milicia poniendo la semilla para una vida de aventuras digna de una de sus novelas. Combatió en Francia. Fue capturado y liberado. Se hizo pirata contra los ingleses. Viajó por Italia. Y todo ello antes de cumplir veintidós años. De regreso a España tuvo algún que otro percance con la justicia con un desarrollo rocambolesco. En Málaga, donde trabajaba como escribano, tras pasar por Granada, dio muerte a un hombre y no se le ocurrió otra cosa que acogerse a sagrado en una Iglesia. Allí se atrincheró hasta que una bella y desconocida dama logró reunir los 300 ducados (todo lo que tenía) para comprar su libertad. De resultas de esta aventura tuvo que hacerse cargo de la buena señora ingeniándoselas con miles de tretas para no sucumbir ambos al hambre. 

Tras este lance se enroló en una compañía de cómicos y, al parecer, de esta etapa es la obra por la que ha pasado al canon: Viaje entretenido, publicada en 1603. Tras la prohibición real de representar comedias, la compañía fue disuelta y nuestro protagonista ensayó con sus dotes de  emprendedor montando una mercería que, según las propias palabras del autor, le fue bastante provechosa. Tras toda esta vida de aventuras, andanzas y correrías se retiró como ermitaño y no sabemos muy bien la fecha y el lugar de su muerte.  

Características de la novela costumbrista en Viaje entretenido 

Como todas las de su género, está construida de manera dialogada con cuatro personajes, tres compañeros cómicos y el autor. Durante esta conversación se despliegan las anécdotas, aventuras, hechos, sucesos, reflexiones y también se intercalan cuarenta loas. De hecho, la crítica parece estar de acuerdo que esta novela costumbrista fue una excusa para intercalar estas composiciones.  Con el fin de que quedaran impresas, de alguna manera u otra, el autor podía impedir que se apropiaran gratuitamente de ellas cantándose y representándose sin su consentimiento (y sin cobrar). En los episodios de la obra destacan narraciones sobre la vida del soldado, datos biográficos del autor y descripciones de ciudades al detalle, extremo posible ya que su vida viajera y aventurera le había llevado por múltiples rincones de Europa. 

Además de esta obra, Agustín de Rojas Villandrando publicó en 1611 El gran repúblico sobre la que cayó el poder de la Inquisición, al parecer por su defensa sincera y continuada del poder de la astrología. También se conoce un trabajo de juventud, El natural desdichado, una comedia siguiendo el estilo y los modos del teatro barroco.  

Cristóbal Suárez de Figueroa y su El passagero 

La biografía de este segundo representante de la novela costumbrista española es totalmente distinta al aventurero que ha ocupado nuestros primeros párrafos. Nacido en Valladolid en 1571, recibió una exquisita educación completada en Italia donde obtuvo el título de Doctor en Derecho por la Universidad de Bolonia. Sin embargo, parece que nuestros autores gustan de tener problemas con la justicia y, debido a que liberó a un preso de la Inquisición por su cuenta y riesgo abonado con la desobediencia de unos mandatos de Roma, fue excomulgado. Ha entrado en la historia de la literatura no solo por sus obras sino también por la gran inquina (lee envidia) que tenía tanto a Cervantes como a Lope de Vega. Aparte de esta novela costumbrista nos ha llegado una novela pastoril (La constante Amarilis) y algunos poemas.  

El passagero se publicó en Madrid en 1617 y también está levantada con la técnica del diálogo entre un Doctor (el escritor), un maestro, un militar y un artesano. El diálogo da pie para hablar de todo (desde el amor hasta las armas) y para criticar con especial crueldad las particulares características del teatro de Lope de Vega por considerarlo baladí y solo apto para el entretenimiento.  

Novela costumbrista y feminismo en María de Zayas y Sotomayor 

De distinto tenor es la obra de una de las primeras feministas españolas, María de Zayas y Sotomayor, de ascendencia noble y nacida en Madrid en 1590. Siendo joven viajó a Italia y, aunque no se conocen muchos datos sobre su biografía, vivió en distintos puntos de la geografía española y, con toda probabilidad, estuvo casada. En sus obras se vislumbra una amplia cultura y una sagaz visión del papel subalterno femenino impuesto por la sociedad. Contra este se rebela en múltiples ocasiones con una prosa ligera y unos temas tan pasionales que algún crítico pacato ha tachado, incluso, la escritura de nuestra protagonista de obscena. Y esto ha sido así porque sus protagonistas quieren vivir con absoluta libertad llevando su existencia con una fuerte pasión erótica que desencadena, la mayoría de los casos, en un final trágico. En este sentido, también se ha apuntado que la novela costumbrista de María de Zayas y Sotomayor adelanta los modos y formas del Romanticismo literario

Utilizando el formato de pequeños relatos en el que se narran distintas vicisitudes de los protagonistas al tiempo que se describen detalladamente pormenores de su tiempo publicó en 1637 sus Novelas ejemplares. El título ya nos dice del carácter moralizante y didáctico de estas obras. Estas tuvieron bastante éxito en su época y siguieron siendo favoritas del público décadas después. Espoleada por el éxito, diez años más tarde, publicó Desengaños amorosos. Segunda parte del Sarao y entretenimiento honesto

La autora, entre líneas y en el prólogo, reitera que todas sus aventuras están tomadas de la realidad y que no hay inventiva en lo que pone por escrito. Como sí nos encontramos elementos fantasiosos e irreales, la crítica achaca estas constantes justificaciones a su fuerte carácter feminista. Con esa aseveración quiere poner ejemplos que terminan mal para prevenir a las mujeres de la manipulación masculina. En este sentido, Emilia Pardo Bazán calificaba estas obras como pertenecientes a la “picaresca de la aristocracia”. Y no tiene desperdicio las palabras del censor Pío Vives en 1648 que da el visto bueno a la publicación con el siguiente veredicto:  

“Antes en él veo un asilo donde puede acogerse la femenil flaqueza más acosada de importunidades lisonjeras, y un espejo de lo que más necesita el hombre para la buena dirección de sus acciones. Y, así, le juzgo muy provechoso y digno de comunicarse al mundo por la estampa”.  

Otros autores que cultivaron, no con tanto acierto, la novela costumbrista durante el siglo XVII en España fueron Cristóbal Lozano (1609-1667) y Gonzalo de Céspedes y Meneses (1585-1638) cuya vida de aventuras compite con nuestro primer autor, Agustín de Rojas Villandrando. 

 

Por Candela Vizcaíno, Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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A inicios del siglo XVII, surgen en España una serie de escritores que construyen obras sobre la base de las aventuras de la novela picaresca. Estas, a pesar de que comparten algunas características con las andanzas del pícaro, se levantan desde otros parámetros bien distintos y en ellas se intercalan narraciones amorosas o digresiones filosóficas. Si bien suele haber una base moralizante o didáctica, la novela costumbrista se caracteriza por presentar una ácida sátira social con tintes políticos. Esto es, no se queda únicamente en la descripción de una forma de vida sino que va más allá en busca de la lección y, a través de esta, del cambio personal o colectivo. Todas ellas discurren a través del formato diálogo en el que intervienen personajes de distintos estratos sociales. Los protagonistas, normalmente con la excusa de un viaje, verbalizan su cosmovisión personal así como aventuras o anécdotas que defienden, en todo momento, como verdaderas. Si el viaje no se produce, la novela costumbrista del Barroco español se articula a través de una colección de cuentos cortos. Por último, aunque recurre a la imaginación y la fantasía, se jacta de su realismo. 

Viaje entretenido de Agustín de Rojas Villandrando, uno de los mejores ejemplos de novela costumbrista 

La azarosa biografía de Agustín de Rojas Villandrando 

No se sabe la fecha exacta de su nacimiento que fue en Madrid alrededor de 1577. Con tan solo catorce años abandona el domicilio familiar y se enrola en la milicia poniendo la semilla para una vida de aventuras digna de una de sus novelas. Combatió en Francia. Fue capturado y liberado. Se hizo pirata contra los ingleses. Viajó por Italia. Y todo ello antes de cumplir veintidós años. De regreso a España tuvo algún que otro percance con la justicia con un desarrollo rocambolesco. En Málaga, donde trabajaba como escribano, tras pasar por Granada, dio muerte a un hombre y no se le ocurrió otra cosa que acogerse a sagrado en una Iglesia. Allí se atrincheró hasta que una bella y desconocida dama logró reunir los 300 ducados (todo lo que tenía) para comprar su libertad. De resultas de esta aventura tuvo que hacerse cargo de la buena señora ingeniándoselas con miles de tretas para no sucumbir ambos al hambre. 

Tras este lance se enroló en una compañía de cómicos y, al parecer, de esta etapa es la obra por la que ha pasado al canon: Viaje entretenido, publicada en 1603. Tras la prohibición real de representar comedias, la compañía fue disuelta y nuestro protagonista ensayó con sus dotes de  emprendedor montando una mercería que, según las propias palabras del autor, le fue bastante provechosa. Tras toda esta vida de aventuras, andanzas y correrías se retiró como ermitaño y no sabemos muy bien la fecha y el lugar de su muerte.  

Características de la novela costumbrista en Viaje entretenido 

Como todas las de su género, está construida de manera dialogada con cuatro personajes, tres compañeros cómicos y el autor. Durante esta conversación se despliegan las anécdotas, aventuras, hechos, sucesos, reflexiones y también se intercalan cuarenta loas. De hecho, la crítica parece estar de acuerdo que esta novela costumbrista fue una excusa para intercalar estas composiciones.  Con el fin de que quedaran impresas, de alguna manera u otra, el autor podía impedir que se apropiaran gratuitamente de ellas cantándose y representándose sin su consentimiento (y sin cobrar). En los episodios de la obra destacan narraciones sobre la vida del soldado, datos biográficos del autor y descripciones de ciudades al detalle, extremo posible ya que su vida viajera y aventurera le había llevado por múltiples rincones de Europa. 

Además de esta obra, Agustín de Rojas Villandrando publicó en 1611 El gran repúblico sobre la que cayó el poder de la Inquisición, al parecer por su defensa sincera y continuada del poder de la astrología. También se conoce un trabajo de juventud, El natural desdichado, una comedia siguiendo el estilo y los modos del teatro barroco.  

Cristóbal Suárez de Figueroa y su El passagero 

La biografía de este segundo representante de la novela costumbrista española es totalmente distinta al aventurero que ha ocupado nuestros primeros párrafos. Nacido en Valladolid en 1571, recibió una exquisita educación completada en Italia donde obtuvo el título de Doctor en Derecho por la Universidad de Bolonia. Sin embargo, parece que nuestros autores gustan de tener problemas con la justicia y, debido a que liberó a un preso de la Inquisición por su cuenta y riesgo abonado con la desobediencia de unos mandatos de Roma, fue excomulgado. Ha entrado en la historia de la literatura no solo por sus obras sino también por la gran inquina (lee envidia) que tenía tanto a Cervantes como a Lope de Vega. Aparte de esta novela costumbrista nos ha llegado una novela pastoril (La constante Amarilis) y algunos poemas.  

El passagero se publicó en Madrid en 1617 y también está levantada con la técnica del diálogo entre un Doctor (el escritor), un maestro, un militar y un artesano. El diálogo da pie para hablar de todo (desde el amor hasta las armas) y para criticar con especial crueldad las particulares características del teatro de Lope de Vega por considerarlo baladí y solo apto para el entretenimiento.  

Novela costumbrista y feminismo en María de Zayas y Sotomayor 

De distinto tenor es la obra de una de las primeras feministas españolas, María de Zayas y Sotomayor, de ascendencia noble y nacida en Madrid en 1590. Siendo joven viajó a Italia y, aunque no se conocen muchos datos sobre su biografía, vivió en distintos puntos de la geografía española y, con toda probabilidad, estuvo casada. En sus obras se vislumbra una amplia cultura y una sagaz visión del papel subalterno femenino impuesto por la sociedad. Contra este se rebela en múltiples ocasiones con una prosa ligera y unos temas tan pasionales que algún crítico pacato ha tachado, incluso, la escritura de nuestra protagonista de obscena. Y esto ha sido así porque sus protagonistas quieren vivir con absoluta libertad llevando su existencia con una fuerte pasión erótica que desencadena, la mayoría de los casos, en un final trágico. En este sentido, también se ha apuntado que la novela costumbrista de María de Zayas y Sotomayor adelanta los modos y formas del Romanticismo literario

Utilizando el formato de pequeños relatos en el que se narran distintas vicisitudes de los protagonistas al tiempo que se describen detalladamente pormenores de su tiempo publicó en 1637 sus Novelas ejemplares. El título ya nos dice del carácter moralizante y didáctico de estas obras. Estas tuvieron bastante éxito en su época y siguieron siendo favoritas del público décadas después. Espoleada por el éxito, diez años más tarde, publicó Desengaños amorosos. Segunda parte del Sarao y entretenimiento honesto

La autora, entre líneas y en el prólogo, reitera que todas sus aventuras están tomadas de la realidad y que no hay inventiva en lo que pone por escrito. Como sí nos encontramos elementos fantasiosos e irreales, la crítica achaca estas constantes justificaciones a su fuerte carácter feminista. Con esa aseveración quiere poner ejemplos que terminan mal para prevenir a las mujeres de la manipulación masculina. En este sentido, Emilia Pardo Bazán calificaba estas obras como pertenecientes a la “picaresca de la aristocracia”. Y no tiene desperdicio las palabras del censor Pío Vives en 1648 que da el visto bueno a la publicación con el siguiente veredicto:  

“Antes en él veo un asilo donde puede acogerse la femenil flaqueza más acosada de importunidades lisonjeras, y un espejo de lo que más necesita el hombre para la buena dirección de sus acciones. Y, así, le juzgo muy provechoso y digno de comunicarse al mundo por la estampa”.  

Otros autores que cultivaron, no con tanto acierto, la novela costumbrista durante el siglo XVII en España fueron Cristóbal Lozano (1609-1667) y Gonzalo de Céspedes y Meneses (1585-1638) cuya vida de aventuras compite con nuestro primer autor, Agustín de Rojas Villandrando. 

 

Por Candela Vizcaíno, Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Tras el El Lazarillo de Tormes,  hay que esperar medio siglo para la aparición de la siguiente novela picaresca. Será Guzmán de Alfarache escrita por el sevillano Mateo Alemán. El género, no se agota con este título (ni mucho menos) pero sí será, a decir de la crítica, la mejor, completa y redonda de las de su clase. Y eso que su creador no se desempeñó como escritor profesional y fueron muchos en su entorno los que se sorprendieron de su publicación en 1599. Vamos por partes para entender la obra con mejor criterio. 

Mateo Alemán, el escritor de Guzmán de Alfarache y su azarosa vida

La crítica es unánime al encontrar parte de las desdichas, aventuras y cosmovisión de los personajes de la obra en la misma biografía de Mateo Alemán, su creador. Nacido en Sevilla en 1547, era su padre médico de profesión con destino en la cárcel de Sevilla. Hasta sus celdas llevaba al pequeño Mateo desde la temprana edad de diez años. Allí, probablemente, entabló conversación con algunos personajes del submundo de un Puerto de Indias que había conocido décadas mejores. Aunque era improbable que se topara con grandes criminales, sí pudo conocer de primera mano el menudeo del robo, el engaño, el contrabando y el malvivir propio de las gentes de una Sevilla en crisis. Aunque Mateo Alemán tuvo una esmerada educación y consiguió alcanzar el título de Bachiller en Arte y Filosofía, no fue muy buen estudiante. Realizó medicina primero en la Universidad de Sevilla, luego en la de la Salamanca hasta recalar en la de Alcalá de Henares. De allí tuvo que regresar apresuradamente a su ciudad natal debido a la repentina muerte del padre. 

Aunque no se conocen los detalles, muy pronto contrajo deudas diversas y con veintipocos años llegó a un peculiar acuerdo con el capitán Alonso Hernández de Ayala por el que este último se comprometía a saldar todo lo adeudado tomando como garantía su soltería. Así tal cual, el creador de Guzmán de Alfarache acabó casado con Catalina de Espinosa, sobrina del aristócrata, al no poder abonar la suma acordada no sin antes intentar, sin éxito, zafarse del compromiso. El detalle de la boda dice bastante de la personalidad de nuestro protagonista y, con toda probabilidad, del carácter de la esposa que, resumiendo mucho, le amargó todo lo que pudo la existencia. La crítica ve en este particular casamiento el fondo de misoginia que se encuentra en toda la obra así como a la institución del matrimonio. 

Estamos en la Sevilla picaresca, la misma que había perdido toda hegemonía y era un hervidero de aventureros buscavidas en connivencia con gentes de todo pelaje siempre venida a menos. Mateo Alemán acepta cualquier trabajo que pueda realizar e intenta varios emprendimientos sin éxito que le acarrean más deudas. Viaja a Madrid y de vuelta acaba en la cárcel cumpliendo una pena de año y medio a falta de una esposa con la que saldar el préstamo. 

El nacimiento de Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán 

En 1597, la obra ya estaba escrita y, con toda probabilidad, estas idas y venidas de presidio con todos sus personajes sirvió de inspiración para la novela. Fue publicada en 1599 sin que su autor, con 52 años, hubiera demostrado, con anterioridad, ninguna habilidad para las letras aunque la tenía y mucho. Empeñado como estaba en negocios fallidos, no se concentró en el don que traía de nacimiento. La obra fue un rotundo éxito y muy pronto se sucedieron copias por España y parte de Europa. Lamentablemente, algunas de ellas eran piratas y Mateo Alemán no pudo disfrutar de este éxito al completo.   

Volvería a verse entre rejas por un periodo acortado, al parecer, por la benevolencia de su esposa que se avino a abonar las cantidades pendientes. Y eso que ya no había convivencia marital y Mateo Alemán mantenía una familia paralela con Francisca Calderón. Eso fue en 1602 y el autor salía de presidio con una doble pena puesto que, ese mismo año, se publicó la segunda parte (falsa) del Guzmán de Alfarache. Todo ello obligó al autor a corregir el manuscrito que ya tenía terminado y a arreglar algunas aventuras de su protagonista para su edición. Mateo Alemán murió en México en una fecha incierta cercana a 1614 sin poder disfrutar del éxito con el que ha sido consagrado en el canon literario. 

Análisis de Guzmán de Alfarache: cinco primeras características

1.- La obra (por unanimidad de la crítica) es la más perfecta de las clasificadas como novela picaresca.  Su personaje responde al arquetipo del pícaro, a medio camino entre el delincuente, el bravucón y el desgraciado que poco o nada consigue con sus correrías. Tal como hemos visto en la biografía de su autor, con toda probabilidad, material donde inspirarse no le faltaba. 

2.- Está escrita de forma autobiográfica y su protagonista es el fruto de amores prohibidos quedando huérfano y desamparado a temprana edad. Para subsistir sirve a distintos amos y con esta galería de personajes se va desgranando los diferentes tipos psicológicos que pueblan la obra. 

3.- Guzmán de Alfarache viaja hasta Italia y durante toda la obra su espíritu se debate entre la regeneración e incorporarse a la sociedad como un miembro útil y la vida picaresca a la que se ve abocado o atraído. Aunque encontramos un afán de superación (al menos pretendido), siempre hay algo que le impide ocupar un papel legal en la sociedad, si bien la mayoría de las veces este fracaso es debido a pereza y desgana. 

4.- Como su autor, el protagonista se casa con la reconocida pretensión de escalar en posición social, pero no consigue establecerse ni asentarse. La obra, en su totalidad, por tanto, nos lleva por ese deseo de redención constante (que lleva al protagonista a múltiples actos de contrición sin enmienda alguna) y la vida delictiva (de poca monta siempre) a la que parece estar condenado el protagonista. 

5.- No hay humor ni cinismo en el Guzmán de Alfarache. Todas las páginas, escritas con una prosa brillante, están repletas de pesimismo. Es una negatividad existencial propia de la filosofía y de la cosmovisión de la época. Las sucesivas crisis, las penurias y la incapacidad para avanzar en todos los sentidos contribuye a un ambiente derrotista y desalentador. El desánimo imprime cualquier aspecto de la vida y explica, en parte, el gran éxito del teatro barroco, ya que funcionaba a nivel social como mera vía de escape y de evasión de una realidad negativa en extremo. Mateo Alemán, en el Guzmán de Alfarache, recoge ese ambiente.  

Las últimas características en el análisis de Guzmán de Alfarache 

6.- La miseria humana está, por tanto, en todos los rincones de la sociedad y no solo en la vida del pícaro sino también en los distintos amos a los que sirve. La tacañería, el vivir por y para las apariencias, los negocios de vividores y de gentes al margen de la ley o de la sociedad se hacen ver constantemente en la obra. 

7.- Al contrario que Lazarillo de Tormes, no hay crítica anticlerical ni mucho menos rasgos de erasmismo. Es más, en la páginas se trasluce un sincero sentimiento religioso que va parejo al tratamiento amable de ciertos sectores de las instituciones eclesiásticas. 

8.- El autor pone a su protagonista siempre en reflejo con sus pecados, sus acciones, sus costumbres y sus opciones vitales. Si está en el lodo social es por su poca pericia y fuerza de ánimo a la hora de iniciar el camino que le permita salir de esa vida viciosa y destructiva. 

9.- La misoginia de Mateo Alemán se transparenta en buena parte del Guzmán de Alfarache así como su crítica cruel a la institución del matrimonio. Tal como se desarrolló el suyo es entendible este extremo. 

10.- La obra, como es una de las características de la novela picaresca, tiene una fuerte función moralizadora y educativa. Presenta a los personajes siempre en la cara B de la sociedad adobado con fuerte juicio crítico.  

Con palabras de Juan Luis Alborg:  

“El Guzmán de Alfarache no solo es la novela más representativa de la picaresca, su cima y plenitud, como obra que reúne y funde sabiamente todas las características del género, sino que también por la calidad de su prosa viene a significar un punto de perfección en el cruce de dos épocas. Alemán encarna el paso de período amplio y rotundo de la época renacentista hacia la cláusula corta del barroco, pero todavía sin la extremada concisión frecuentemente retorcida y alambicada de Quevedo y Gracián.” 

Es, pues, el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán el cenit de la novela picaresca y también de parte de la prosa de los Siglos de Oro. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Tras el El Lazarillo de Tormes,  hay que esperar medio siglo para la aparición de la siguiente novela picaresca. Será Guzmán de Alfarache escrita por el sevillano Mateo Alemán. El género, no se agota con este título (ni mucho menos) pero sí será, a decir de la crítica, la mejor, completa y redonda de las de su clase. Y eso que su creador no se desempeñó como escritor profesional y fueron muchos en su entorno los que se sorprendieron de su publicación en 1599. Vamos por partes para entender la obra con mejor criterio. 

Mateo Alemán, el escritor de Guzmán de Alfarache y su azarosa vida

La crítica es unánime al encontrar parte de las desdichas, aventuras y cosmovisión de los personajes de la obra en la misma biografía de Mateo Alemán, su creador. Nacido en Sevilla en 1547, era su padre médico de profesión con destino en la cárcel de Sevilla. Hasta sus celdas llevaba al pequeño Mateo desde la temprana edad de diez años. Allí, probablemente, entabló conversación con algunos personajes del submundo de un Puerto de Indias que había conocido décadas mejores. Aunque era improbable que se topara con grandes criminales, sí pudo conocer de primera mano el menudeo del robo, el engaño, el contrabando y el malvivir propio de las gentes de una Sevilla en crisis. Aunque Mateo Alemán tuvo una esmerada educación y consiguió alcanzar el título de Bachiller en Arte y Filosofía, no fue muy buen estudiante. Realizó medicina primero en la Universidad de Sevilla, luego en la de la Salamanca hasta recalar en la de Alcalá de Henares. De allí tuvo que regresar apresuradamente a su ciudad natal debido a la repentina muerte del padre. 

Aunque no se conocen los detalles, muy pronto contrajo deudas diversas y con veintipocos años llegó a un peculiar acuerdo con el capitán Alonso Hernández de Ayala por el que este último se comprometía a saldar todo lo adeudado tomando como garantía su soltería. Así tal cual, el creador de Guzmán de Alfarache acabó casado con Catalina de Espinosa, sobrina del aristócrata, al no poder abonar la suma acordada no sin antes intentar, sin éxito, zafarse del compromiso. El detalle de la boda dice bastante de la personalidad de nuestro protagonista y, con toda probabilidad, del carácter de la esposa que, resumiendo mucho, le amargó todo lo que pudo la existencia. La crítica ve en este particular casamiento el fondo de misoginia que se encuentra en toda la obra así como a la institución del matrimonio. 

Estamos en la Sevilla picaresca, la misma que había perdido toda hegemonía y era un hervidero de aventureros buscavidas en connivencia con gentes de todo pelaje siempre venida a menos. Mateo Alemán acepta cualquier trabajo que pueda realizar e intenta varios emprendimientos sin éxito que le acarrean más deudas. Viaja a Madrid y de vuelta acaba en la cárcel cumpliendo una pena de año y medio a falta de una esposa con la que saldar el préstamo. 

El nacimiento de Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán 

En 1597, la obra ya estaba escrita y, con toda probabilidad, estas idas y venidas de presidio con todos sus personajes sirvió de inspiración para la novela. Fue publicada en 1599 sin que su autor, con 52 años, hubiera demostrado, con anterioridad, ninguna habilidad para las letras aunque la tenía y mucho. Empeñado como estaba en negocios fallidos, no se concentró en el don que traía de nacimiento. La obra fue un rotundo éxito y muy pronto se sucedieron copias por España y parte de Europa. Lamentablemente, algunas de ellas eran piratas y Mateo Alemán no pudo disfrutar de este éxito al completo.   

Volvería a verse entre rejas por un periodo acortado, al parecer, por la benevolencia de su esposa que se avino a abonar las cantidades pendientes. Y eso que ya no había convivencia marital y Mateo Alemán mantenía una familia paralela con Francisca Calderón. Eso fue en 1602 y el autor salía de presidio con una doble pena puesto que, ese mismo año, se publicó la segunda parte (falsa) del Guzmán de Alfarache. Todo ello obligó al autor a corregir el manuscrito que ya tenía terminado y a arreglar algunas aventuras de su protagonista para su edición. Mateo Alemán murió en México en una fecha incierta cercana a 1614 sin poder disfrutar del éxito con el que ha sido consagrado en el canon literario. 

Análisis de Guzmán de Alfarache: cinco primeras características

1.- La obra (por unanimidad de la crítica) es la más perfecta de las clasificadas como novela picaresca.  Su personaje responde al arquetipo del pícaro, a medio camino entre el delincuente, el bravucón y el desgraciado que poco o nada consigue con sus correrías. Tal como hemos visto en la biografía de su autor, con toda probabilidad, material donde inspirarse no le faltaba. 

2.- Está escrita de forma autobiográfica y su protagonista es el fruto de amores prohibidos quedando huérfano y desamparado a temprana edad. Para subsistir sirve a distintos amos y con esta galería de personajes se va desgranando los diferentes tipos psicológicos que pueblan la obra. 

3.- Guzmán de Alfarache viaja hasta Italia y durante toda la obra su espíritu se debate entre la regeneración e incorporarse a la sociedad como un miembro útil y la vida picaresca a la que se ve abocado o atraído. Aunque encontramos un afán de superación (al menos pretendido), siempre hay algo que le impide ocupar un papel legal en la sociedad, si bien la mayoría de las veces este fracaso es debido a pereza y desgana. 

4.- Como su autor, el protagonista se casa con la reconocida pretensión de escalar en posición social, pero no consigue establecerse ni asentarse. La obra, en su totalidad, por tanto, nos lleva por ese deseo de redención constante (que lleva al protagonista a múltiples actos de contrición sin enmienda alguna) y la vida delictiva (de poca monta siempre) a la que parece estar condenado el protagonista. 

5.- No hay humor ni cinismo en el Guzmán de Alfarache. Todas las páginas, escritas con una prosa brillante, están repletas de pesimismo. Es una negatividad existencial propia de la filosofía y de la cosmovisión de la época. Las sucesivas crisis, las penurias y la incapacidad para avanzar en todos los sentidos contribuye a un ambiente derrotista y desalentador. El desánimo imprime cualquier aspecto de la vida y explica, en parte, el gran éxito del teatro barroco, ya que funcionaba a nivel social como mera vía de escape y de evasión de una realidad negativa en extremo. Mateo Alemán, en el Guzmán de Alfarache, recoge ese ambiente.  

Las últimas características en el análisis de Guzmán de Alfarache 

6.- La miseria humana está, por tanto, en todos los rincones de la sociedad y no solo en la vida del pícaro sino también en los distintos amos a los que sirve. La tacañería, el vivir por y para las apariencias, los negocios de vividores y de gentes al margen de la ley o de la sociedad se hacen ver constantemente en la obra. 

7.- Al contrario que Lazarillo de Tormes, no hay crítica anticlerical ni mucho menos rasgos de erasmismo. Es más, en la páginas se trasluce un sincero sentimiento religioso que va parejo al tratamiento amable de ciertos sectores de las instituciones eclesiásticas. 

8.- El autor pone a su protagonista siempre en reflejo con sus pecados, sus acciones, sus costumbres y sus opciones vitales. Si está en el lodo social es por su poca pericia y fuerza de ánimo a la hora de iniciar el camino que le permita salir de esa vida viciosa y destructiva. 

9.- La misoginia de Mateo Alemán se transparenta en buena parte del Guzmán de Alfarache así como su crítica cruel a la institución del matrimonio. Tal como se desarrolló el suyo es entendible este extremo. 

10.- La obra, como es una de las características de la novela picaresca, tiene una fuerte función moralizadora y educativa. Presenta a los personajes siempre en la cara B de la sociedad adobado con fuerte juicio crítico.  

Con palabras de Juan Luis Alborg:  

“El Guzmán de Alfarache no solo es la novela más representativa de la picaresca, su cima y plenitud, como obra que reúne y funde sabiamente todas las características del género, sino que también por la calidad de su prosa viene a significar un punto de perfección en el cruce de dos épocas. Alemán encarna el paso de período amplio y rotundo de la época renacentista hacia la cláusula corta del barroco, pero todavía sin la extremada concisión frecuentemente retorcida y alambicada de Quevedo y Gracián.” 

Es, pues, el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán el cenit de la novela picaresca y también de parte de la prosa de los Siglos de Oro. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La crítica empeñada en poner podios (y quitarlos de vez en cuando) sentencia que Guzmán de Alfarache es la mejor novela picaresca de todas las escritas en lengua española. Si Lazarillo de Tormes es considerada la primera, con la gran obra de Mateo Alemán esta peculiar forma narrativa patria (aunque también encontramos ejemplos en otros puntos de Europa) alcanza su cenit, perfección y el arquetipo en el que se miran todas las demás. Aparte de un estilo brillante a medio camino entre la sobriedad del Renacimiento literario y los excesos del Barroco, buena parte de los personajes demuestran, a partes iguales, una frágil humanidad interior (propensa a caer en todo tipo de vicios) y un descarnado realismo de la época. Y, en parte, ese conocimiento de la mundana sociedad y de las debilidades humanas que acaba en continuos batacazos puede explicarse por la peculiar vida aventurera de nuestro protagonista.  

Los primeros años en la vida de Mateo Alemán

Nace en Sevilla un día indeterminado de septiembre de 1547, sí como Miguel de Cervantes con quien puede asemejarse en desventuras y en pluma aventajada. Su padre procedía de la localidad extremeña de Jerez de los Caballeros y en la capital andaluza, por entonces Puerto de Indias, se casa con Juana de Enero. Sería su segunda esposa. La familia siempre anduvo con estrecheces económicas. Pero eso parece que es algo característico de España y de esta época tan complicada de profunda crisis en todos los aspectos, excepto en el artístico. Sin embargo, en 1557, el padre, médico de profesión, obtiene un buen puesto como funcionario en la cárcel sevillana. Hasta ese submundo de delincuentes de todo tipo, aventureros con mala suerte y menos cabeza junto con algún que otro desgraciado le acompañaba nuestro protagonista: Mateo Alemán.  

A partir de esa fecha, 1557, cuando contaba con 10 años, la familia dispone de un cierto desahogo económico que el cabeza de familia invierte de la mejor manera: en educación. Parece que estudió con Maese Rodrigo y que recibió una exquisita formación humanística ya que con 17 años obtiene el título de Bachiller en Artes y Filosofía. Siguiendo las huellas paternas, se matricula en medicina en la Universidad de Sevilla aunque, al parecer, debido a la mala cabeza de nuestro protagonista, a Mateo Alemán se le hacía difícil completar los estudios. A pesar de ello, la familia lo envía el segundo año a Salamanca y posteriormente a Alcalá de Henares; esto es, se recorre los mejores centros universitarios de la época. Sin embargo, sin llegar a concluir la carrera fallece de manera repentina el padre y debe volver a Sevilla a hacerse cargo de la familia que había quedado en una situación económica delicada. 

La formación del peculiar carácter de Mateo Alemán 

A partir de aquí, con apenas veintipocos años debe valerse por sí mismo y no llega a completar ningún oficio o posición fija que permitiera asentarse para mantener a su familia. Nada más llegar a su tierra natal, contrae algunas deudas cuyo fondo es incierto. El caso es que se enfrasca en un canje un tanto peculiar con el aristócrata Alonso Hernández de Ayala. El pacto consistía que si Mateo Alemán, sin oficio ni beneficio y con una carrera de medicina sin terminar, no abonaba la cantidad estipulada en el plazo acordado, debía casarse con la sobrina del capitán Hernández de Ayala. La dama respondía al nombre de Catalina de Espinosa y poco se sabe de la misma más allá de este trueque vergonzoso a los ojos contemporáneos al que la buena señora (desconocemos sus razones) aceptó de grado. 

Como Mateo Alemán no pudo hacer frente al pago, se vio abocado a un matrimonio forzoso del que quiso también escabullirse. La crítica achaca a este hecho (más que al carácter volátil del nuestro protagonista) la desagradable y constante misoginia de la que nuestro escritor hace gala sin atisbo de sonrojo. Al parecer, la vida de casado con sus normas y sus reglas, abonada quizás por el mal carácter de la esposa (que se aviene a tal trueque, recordemos) le produjo una serie de sinsabores que desencadenó en esa cosmovisión. Las ideas misóginas (más que machistas) de Mateo Alemán, sin embargo, no le impidió tener varios hijos fuera del matrimonio y convivir sin estar casado con posterioridad con Francisca Calderón que le acompañó en sus últimas aventuras vitales.  

La azarosa vida adulta de Mateo Alemán 

Con este panorama, para sobrevivir aceptaba cualquier empleo para el que estuviera preparado y, además, en cualquier parte. Por eso fue recaudador del subsidio de Sevilla y del Arzobispado, contador de resultas en Madrid, fallido emprendedor de vuelta a su ciudad natal, y dado a acumular deudas no resueltas. Por todo ello, con treinta y tres años pisa por primera vez la cárcel de Sevilla pero ahora como penado. Allí pasaría año y medio hasta poder recobrar su libertad. Sin embargo, el hecho no fue un acicate para que se asentara de una manera tranquila y sus andanzas continúan en Madrid. Allí simplemente subsistía con los trabajos que le llegaban y ninguna posición tenía que ver con la medicina que estudió en la universidad, la escritura o el teatro que tanto tirón ofrecía en esos momentos.  

Mateo Alemán gustaba de los negocios, de andar de un sitio para otro sin durar mucho en los empleos que le salían. Esto también influirá en su carácter y en su obra cumbre, Guzmán de Alfarache, ya que nuestro protagonista hace gala de un pesimismo tan profundo que poco de bueno es capaz de sacar del alma humana. Mientras que Cervantes recurre a la ironía, al cinismo y a un poso de bondad para levantar sus grandes personajes, en Mateo Alemán pocos se salvan de la oscuridad anímica. Al parecer, eran estos tipos con los que una y otra vez se topaba reiteradamente. Así que modelos, al parecer, no le faltaban. 

Mateo Alemán, autor del Guzmán del Alfarache

Pocos en su entorno sospechaban que era dado a las letras y que estuviera escribiendo obra alguna. Sin embargo, en 1597 ya tenía terminada la primera parte de su Guzmán de Alfarache y se da a la imprenta en 1599 previo paso por la autorizaciones correspondientes (lee censura). Nuestro autor tenía 52 años y la obra fue un rotundo éxito, tanto que se sucedieron las ediciones aunque el desorden del escritor era tal que no pudo contener las copias piratas. El éxito y la fama no vino parejo, por tanto, a la riqueza, aunque sí pudo mejorar su situación económica. 

En 1600 estaba de nuevo en Sevilla no escribiendo o viviendo de las rentas de su obra sino inmerso en negocios diversos que generaron más deudas. Por eso, volvió a la cárcel en 1602 aunque en esta ocasión por pocos meses. Sin embargo, más que las rejas a Mateo Alemán le afectó profundamente en el ánimo la aparición de una segunda parte apócrifa ese mismo año y al decir del autor fue él mismo quien reveló parte de las aventuras de su ya famoso protagonista. Ese mazazo (como ocurrió con El Quijote y el apócrifo de Avellanada) obligó al escritor a rehacer la segunda parte que hizo imprimir en Lisboa en 1604. Allí también vendió su Vida de San Antonio.  

A pesar del éxito de su obra, a pesar de que una y otra vez intentaba conseguir estabilidad económica en España, a pesar de que no se rendía, todo se le torcía. Por eso, y en busca de aire fresco o de una oportunidad ya teniendo una edad avanzada, en 1608 embarcó hacia México junto con segunda pareja (que no esposa) y las hijas habidas con ella. En América publicó dos obras más, Ortografía y en 1613 Sucesos de fray García Guerra, arzobispo de Méjico. Poco o nada se sabe de Mateo Alemán tras esta edición y, con toda probabilidad, falleció un año después sin más glorias en este mundo que su Guzmán de Alfarache que ha entrado en el canon de la literatura en español. Lo cual no es poco y me permito el juicio. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La crítica empeñada en poner podios (y quitarlos de vez en cuando) sentencia que Guzmán de Alfarache es la mejor novela picaresca de todas las escritas en lengua española. Si Lazarillo de Tormes es considerada la primera, con la gran obra de Mateo Alemán esta peculiar forma narrativa patria (aunque también encontramos ejemplos en otros puntos de Europa) alcanza su cenit, perfección y el arquetipo en el que se miran todas las demás. Aparte de un estilo brillante a medio camino entre la sobriedad del Renacimiento literario y los excesos del Barroco, buena parte de los personajes demuestran, a partes iguales, una frágil humanidad interior (propensa a caer en todo tipo de vicios) y un descarnado realismo de la época. Y, en parte, ese conocimiento de la mundana sociedad y de las debilidades humanas que acaba en continuos batacazos puede explicarse por la peculiar vida aventurera de nuestro protagonista.  

Los primeros años en la vida de Mateo Alemán

Nace en Sevilla un día indeterminado de septiembre de 1547, sí como Miguel de Cervantes con quien puede asemejarse en desventuras y en pluma aventajada. Su padre procedía de la localidad extremeña de Jerez de los Caballeros y en la capital andaluza, por entonces Puerto de Indias, se casa con Juana de Enero. Sería su segunda esposa. La familia siempre anduvo con estrecheces económicas. Pero eso parece que es algo característico de España y de esta época tan complicada de profunda crisis en todos los aspectos, excepto en el artístico. Sin embargo, en 1557, el padre, médico de profesión, obtiene un buen puesto como funcionario en la cárcel sevillana. Hasta ese submundo de delincuentes de todo tipo, aventureros con mala suerte y menos cabeza junto con algún que otro desgraciado le acompañaba nuestro protagonista: Mateo Alemán.  

A partir de esa fecha, 1557, cuando contaba con 10 años, la familia dispone de un cierto desahogo económico que el cabeza de familia invierte de la mejor manera: en educación. Parece que estudió con Maese Rodrigo y que recibió una exquisita formación humanística ya que con 17 años obtiene el título de Bachiller en Artes y Filosofía. Siguiendo las huellas paternas, se matricula en medicina en la Universidad de Sevilla aunque, al parecer, debido a la mala cabeza de nuestro protagonista, a Mateo Alemán se le hacía difícil completar los estudios. A pesar de ello, la familia lo envía el segundo año a Salamanca y posteriormente a Alcalá de Henares; esto es, se recorre los mejores centros universitarios de la época. Sin embargo, sin llegar a concluir la carrera fallece de manera repentina el padre y debe volver a Sevilla a hacerse cargo de la familia que había quedado en una situación económica delicada. 

La formación del peculiar carácter de Mateo Alemán 

A partir de aquí, con apenas veintipocos años debe valerse por sí mismo y no llega a completar ningún oficio o posición fija que permitiera asentarse para mantener a su familia. Nada más llegar a su tierra natal, contrae algunas deudas cuyo fondo es incierto. El caso es que se enfrasca en un canje un tanto peculiar con el aristócrata Alonso Hernández de Ayala. El pacto consistía que si Mateo Alemán, sin oficio ni beneficio y con una carrera de medicina sin terminar, no abonaba la cantidad estipulada en el plazo acordado, debía casarse con la sobrina del capitán Hernández de Ayala. La dama respondía al nombre de Catalina de Espinosa y poco se sabe de la misma más allá de este trueque vergonzoso a los ojos contemporáneos al que la buena señora (desconocemos sus razones) aceptó de grado. 

Como Mateo Alemán no pudo hacer frente al pago, se vio abocado a un matrimonio forzoso del que quiso también escabullirse. La crítica achaca a este hecho (más que al carácter volátil del nuestro protagonista) la desagradable y constante misoginia de la que nuestro escritor hace gala sin atisbo de sonrojo. Al parecer, la vida de casado con sus normas y sus reglas, abonada quizás por el mal carácter de la esposa (que se aviene a tal trueque, recordemos) le produjo una serie de sinsabores que desencadenó en esa cosmovisión. Las ideas misóginas (más que machistas) de Mateo Alemán, sin embargo, no le impidió tener varios hijos fuera del matrimonio y convivir sin estar casado con posterioridad con Francisca Calderón que le acompañó en sus últimas aventuras vitales.  

La azarosa vida adulta de Mateo Alemán 

Con este panorama, para sobrevivir aceptaba cualquier empleo para el que estuviera preparado y, además, en cualquier parte. Por eso fue recaudador del subsidio de Sevilla y del Arzobispado, contador de resultas en Madrid, fallido emprendedor de vuelta a su ciudad natal, y dado a acumular deudas no resueltas. Por todo ello, con treinta y tres años pisa por primera vez la cárcel de Sevilla pero ahora como penado. Allí pasaría año y medio hasta poder recobrar su libertad. Sin embargo, el hecho no fue un acicate para que se asentara de una manera tranquila y sus andanzas continúan en Madrid. Allí simplemente subsistía con los trabajos que le llegaban y ninguna posición tenía que ver con la medicina que estudió en la universidad, la escritura o el teatro que tanto tirón ofrecía en esos momentos.  

Mateo Alemán gustaba de los negocios, de andar de un sitio para otro sin durar mucho en los empleos que le salían. Esto también influirá en su carácter y en su obra cumbre, Guzmán de Alfarache, ya que nuestro protagonista hace gala de un pesimismo tan profundo que poco de bueno es capaz de sacar del alma humana. Mientras que Cervantes recurre a la ironía, al cinismo y a un poso de bondad para levantar sus grandes personajes, en Mateo Alemán pocos se salvan de la oscuridad anímica. Al parecer, eran estos tipos con los que una y otra vez se topaba reiteradamente. Así que modelos, al parecer, no le faltaban. 

Mateo Alemán, autor del Guzmán del Alfarache

Pocos en su entorno sospechaban que era dado a las letras y que estuviera escribiendo obra alguna. Sin embargo, en 1597 ya tenía terminada la primera parte de su Guzmán de Alfarache y se da a la imprenta en 1599 previo paso por la autorizaciones correspondientes (lee censura). Nuestro autor tenía 52 años y la obra fue un rotundo éxito, tanto que se sucedieron las ediciones aunque el desorden del escritor era tal que no pudo contener las copias piratas. El éxito y la fama no vino parejo, por tanto, a la riqueza, aunque sí pudo mejorar su situación económica. 

En 1600 estaba de nuevo en Sevilla no escribiendo o viviendo de las rentas de su obra sino inmerso en negocios diversos que generaron más deudas. Por eso, volvió a la cárcel en 1602 aunque en esta ocasión por pocos meses. Sin embargo, más que las rejas a Mateo Alemán le afectó profundamente en el ánimo la aparición de una segunda parte apócrifa ese mismo año y al decir del autor fue él mismo quien reveló parte de las aventuras de su ya famoso protagonista. Ese mazazo (como ocurrió con El Quijote y el apócrifo de Avellanada) obligó al escritor a rehacer la segunda parte que hizo imprimir en Lisboa en 1604. Allí también vendió su Vida de San Antonio.  

A pesar del éxito de su obra, a pesar de que una y otra vez intentaba conseguir estabilidad económica en España, a pesar de que no se rendía, todo se le torcía. Por eso, y en busca de aire fresco o de una oportunidad ya teniendo una edad avanzada, en 1608 embarcó hacia México junto con segunda pareja (que no esposa) y las hijas habidas con ella. En América publicó dos obras más, Ortografía y en 1613 Sucesos de fray García Guerra, arzobispo de Méjico. Poco o nada se sabe de Mateo Alemán tras esta edición y, con toda probabilidad, falleció un año después sin más glorias en este mundo que su Guzmán de Alfarache que ha entrado en el canon de la literatura en español. Lo cual no es poco y me permito el juicio. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Dentro de las obras de Tirso de Molina (1579-1648) destaca, sin lugar a dudas, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra. Aquí se ponen las bases de la figura del Don Juan, conquistador, egoísta, ególatra y narcisista que vive para su propio goce sin pararse en nada. Hace uso recurrente del engaño para conseguir sus objetivos, centrados únicamente en el goce personal. Estos, además, desafían a la autoridad divina retando, incluso, el escamoteo de las penas del infierno. Detrás de esta figura universal, aparte de la de Tirso, ha habido otros donjuanes tanto en la literatura española (el de Zorilla por poner un caso) como en la europea (Molière, Byron, Shaw…) Su estela sobrepasa el teatro y va más allá conquistando las óperas (Mozart…) y elevando su figura a mito universal.  

Resumen de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina 

La obra combina un elemento realista con otro fantástico o sobrenatural. No obstante, logra penetrar en un tipo reconocible por el lector o espectador de todas las épocas. Las aventuras del Don Juan de Tirso de Molina comienzan en Nápoles donde el protagonista (de noble cuna y modales refinados) tiene que huir tras violar casi a Isabela, ya que se cuela en su alcoba fingiendo ser el prometido de esta, el duque Octavio. Por esta razón embarca hacia España con tan mala fortuna que sufre un naufragio en las playas de Tarragona. Aquí es recogido por Tisbea, una inocente pescadora, que lo acoge en su cabaña. Don Juan vuelve a hacer gala de sus dotes de seducción prometiéndole a la muchacha matrimonio si accede a sus propósitos sexuales. Pero el carácter psicópata del personaje hace que olvide el pacto una vez consumado el acto. Huye dejando a la joven totalmente abatida. No hay atisbo de remordimiento para este burlador de Sevilla que sigue con sus crueles andanzas de seducción.  

Y una de las características del Don Juan es su cobardía. Es un ser que solo vive para el hedonismo, para el goce sexual o de sus instintos sin pararse a reflexionar sobre el daño infligido.  No se arriesga y, simplemente, manipula utilizando el don de la palabra. Es más, hace gala de una perversa arrogancia al considerar que podrá disfrutar de todas sus tropelías sin tener que pagar las penas del infierno. De su boca sale ese “Largo me lo fiáis” que nos remite a ese tiempo necesario para arrepentirse en el último momento. Siguiendo con el resumen de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, tras la aristócrata y la joven humilde, Don Juan se fija en Ana de Ulloa, hija del Comendador Don Gonzalo. Logra hacerse con una carta en la que la joven cita a su prometido (el marqués de la Mota). Intenta repetir la jugada realizada en Nápoles, pero la joven se da cuenta que es otro hombre el que está en su habitación. Pide auxilio al verse forzada y ante los gritos llega su padre. Don Juan no solo es un violador sino que a partir de ahora se convierte en un asesino al dar muerte a Don Gonzalo, quien intenta auxiliar a su hija.  

El Burlador de Sevilla, resumen de sus últimas tropelías 

En su huida desde Sevilla se topa con una boda de campesinos y, no contento con la burla hacia doña Ana y la muerte de su padre, se dispone a seducir a la futura novia. La encandila con su palabra brillante y promesa de un matrimonio deslumbrante con riquezas de por medio. Don Juan apunta otra mujer burlada y se dispone a regresar a Sevilla. Por último, y acabamos con el resumen de El Burlador de Sevilla, en uno de sus paseos entra en una iglesia en la que hay levantada una estatua en honor al Comendador. Se mofa del desgraciado padre que murió en un intento de auxilio a su hija y, en ese momento, la escultura toma vida. Invita al burlador a una cena y este acepta. Tras la misma, el alma del Comendador lo emplaza a otro encuentro. Esta vez la cita tendrá lugar en su tumba. La temeridad de Don Juan le lleva a aceptar simplemente por el placer de mofarse de un muerto, tal como hiciera de los vivos. Al sellar este pacto y tocar la mano de Don Gonzalo, un rayo atraviesa a Don Juan matándole sin la oportunidad del arrepentimiento por confesión. Al burlador de Sevilla le espera, por tanto, las penas eternas del infierno.  

Análisis de texto básico de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra

1.- Resumiendo mucho tenemos que el personaje de Tirso de Molina responde a las características básicas de un depredador sexual que recurre a la manipulación para seducir con falsas promesas y, en último extremo, a la violación. Tras estos actos, sin muestra alguna de arrepentimiento, llega al asesinato. E, incluso, no contento con esta abyección, se dispone a hacer escarnio de sus víctimas. 

2.- Además, la soberbia de Don Juan lo hace creer que no solo está por encima de la vida y la muerte sino también de los designios divinos. Su plan es seguir cometiendo tropelías sin fin con la certeza que, llegado el momento de expirar, siempre puede acogerse a la confesión para salvar su alma. En este contexto se encuadra ese “¡Qué largo me lo fiáis!” convertido en lema de El Burlador de Sevilla

3.- Sin embargo, la biografía de Tirso de Molina nos sirve para entender el carácter ejemplarizante de esta figura, ya que nuestro autor fue religioso de la Orden de la Merced y, además, de fe convencida y sincera. Por eso, las andanzas de su Don Juan solo puede acabar en un final ejemplarizante y moralizante. El burlador de Sevilla no solo recibe justo castigo de muerte por sus fechorías sino también la certeza (de la que él mismo es consciente) de las penas eternas del infierno. 

 

“Adviertan los que de Dios

juzgan los castigos grandes

que no hay plazo que no llegue

ni deuda que no se pague. 

 

Mientras en el mundo viva,

no es justo que diga nadie:

¡Qué largo me lo fiáis,

siendo tan breve el cobrarse!

 

4.- A pesar de ese componente sobrenatural en el que una estatua cobra vida y logra vengar su muerte y el honor perdido de tantas mujeres, El Burlador de Sevilla es, en esencia, una obra realista en la que el personaje, aristocrático, culto, narcisista y perverso, era reconocido no solo por el público de la época sino también por los que llegaron después. Se vale de un lenguaje refinado y cultivado para conseguir sus objetivos sin pararse en el daño infligido. Su arrogancia llega al cinismo extremo ya que se llena la boca con grandes palabras que se vacían con sus crueles actos.  

5.- La obra de Tirso de Molina responde al drama característico de estilo barroco en el que las distintas aventuras (en este caso fechorías) eran del gusto del público. Al contrario que la gran mayoría del teatro de Lope de Vega, coetáneo de nuestro autor, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra no tiene un final feliz para el protagonista. No es una comedia de enredo al uso por más que el personaje se base en las artimañas y en el embuste para conseguir sus objetivos. La finalidad de la obra es didáctica  y aporta un profundo trasfondo moral más allá de ese castigo divino del final, por si esto no fuera poca cosa.  

La estela del Don Juan tras El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra 

El personaje fue rescatado con fervor en el Renacimiento literario tanto por poetas o escritores como por músicos que levantaron grandiosas óperas. En este sentido, se ha convertido en un mito universal a la par que Don Quijote o La Celestina. En su amoralidad reside su fuerza convirtiéndose en metáfora del psicópata que se burla de damas o plebeyas y de todos aquellos quienes intentan protegerlas.  Crea, así, un reguero de muerte, humillación y dolor a su paso. En España consiguió protagonizar otra memorable versión de la pluma de Zorrilla. Y en Europa el encanto perverso del personaje sucumbió a las letras de Molière, Byron, Mozart, Dumas, Merimée, Hoffmann… 

El Don Juan de El Burlador de Sevilla y El Convidado de Piedra de Tirso de Molina, por último, se caracteriza por tener un maléfico carácter refinado. Es un aristócrata petulante que encubre su perfidia y maldad tras brillantes palabras y sagaces puestas en escena. Nombra constantemente un honor que no tiene y que, además, está dispuesto a pisotear o mancillar el de quien defiende el propio. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Libros y palabras, poemas y cuentos, pausas y tertulias, recursos estilísticos, autores que nos inspiran, estilos que nos atrapan... Literatura de todos los tiempos y de todos los lugares que nos ayudan a viajar por el mundo. 

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Dentro de las obras de Tirso de Molina (1579-1648) destaca, sin lugar a dudas, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra. Aquí se ponen las bases de la figura del Don Juan, conquistador, egoísta, ególatra y narcisista que vive para su propio goce sin pararse en nada. Hace uso recurrente del engaño para conseguir sus objetivos, centrados únicamente en el goce personal. Estos, además, desafían a la autoridad divina retando, incluso, el escamoteo de las penas del infierno. Detrás de esta figura universal, aparte de la de Tirso, ha habido otros donjuanes tanto en la literatura española (el de Zorilla por poner un caso) como en la europea (Molière, Byron, Shaw…) Su estela sobrepasa el teatro y va más allá conquistando las óperas (Mozart…) y elevando su figura a mito universal.  

Resumen de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina 

La obra combina un elemento realista con otro fantástico o sobrenatural. No obstante, logra penetrar en un tipo reconocible por el lector o espectador de todas las épocas. Las aventuras del Don Juan de Tirso de Molina comienzan en Nápoles donde el protagonista (de noble cuna y modales refinados) tiene que huir tras violar casi a Isabela, ya que se cuela en su alcoba fingiendo ser el prometido de esta, el duque Octavio. Por esta razón embarca hacia España con tan mala fortuna que sufre un naufragio en las playas de Tarragona. Aquí es recogido por Tisbea, una inocente pescadora, que lo acoge en su cabaña. Don Juan vuelve a hacer gala de sus dotes de seducción prometiéndole a la muchacha matrimonio si accede a sus propósitos sexuales. Pero el carácter psicópata del personaje hace que olvide el pacto una vez consumado el acto. Huye dejando a la joven totalmente abatida. No hay atisbo de remordimiento para este burlador de Sevilla que sigue con sus crueles andanzas de seducción.  

Y una de las características del Don Juan es su cobardía. Es un ser que solo vive para el hedonismo, para el goce sexual o de sus instintos sin pararse a reflexionar sobre el daño infligido.  No se arriesga y, simplemente, manipula utilizando el don de la palabra. Es más, hace gala de una perversa arrogancia al considerar que podrá disfrutar de todas sus tropelías sin tener que pagar las penas del infierno. De su boca sale ese “Largo me lo fiáis” que nos remite a ese tiempo necesario para arrepentirse en el último momento. Siguiendo con el resumen de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, tras la aristócrata y la joven humilde, Don Juan se fija en Ana de Ulloa, hija del Comendador Don Gonzalo. Logra hacerse con una carta en la que la joven cita a su prometido (el marqués de la Mota). Intenta repetir la jugada realizada en Nápoles, pero la joven se da cuenta que es otro hombre el que está en su habitación. Pide auxilio al verse forzada y ante los gritos llega su padre. Don Juan no solo es un violador sino que a partir de ahora se convierte en un asesino al dar muerte a Don Gonzalo, quien intenta auxiliar a su hija.  

El Burlador de Sevilla, resumen de sus últimas tropelías 

En su huida desde Sevilla se topa con una boda de campesinos y, no contento con la burla hacia doña Ana y la muerte de su padre, se dispone a seducir a la futura novia. La encandila con su palabra brillante y promesa de un matrimonio deslumbrante con riquezas de por medio. Don Juan apunta otra mujer burlada y se dispone a regresar a Sevilla. Por último, y acabamos con el resumen de El Burlador de Sevilla, en uno de sus paseos entra en una iglesia en la que hay levantada una estatua en honor al Comendador. Se mofa del desgraciado padre que murió en un intento de auxilio a su hija y, en ese momento, la escultura toma vida. Invita al burlador a una cena y este acepta. Tras la misma, el alma del Comendador lo emplaza a otro encuentro. Esta vez la cita tendrá lugar en su tumba. La temeridad de Don Juan le lleva a aceptar simplemente por el placer de mofarse de un muerto, tal como hiciera de los vivos. Al sellar este pacto y tocar la mano de Don Gonzalo, un rayo atraviesa a Don Juan matándole sin la oportunidad del arrepentimiento por confesión. Al burlador de Sevilla le espera, por tanto, las penas eternas del infierno.  

Análisis de texto básico de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra

1.- Resumiendo mucho tenemos que el personaje de Tirso de Molina responde a las características básicas de un depredador sexual que recurre a la manipulación para seducir con falsas promesas y, en último extremo, a la violación. Tras estos actos, sin muestra alguna de arrepentimiento, llega al asesinato. E, incluso, no contento con esta abyección, se dispone a hacer escarnio de sus víctimas. 

2.- Además, la soberbia de Don Juan lo hace creer que no solo está por encima de la vida y la muerte sino también de los designios divinos. Su plan es seguir cometiendo tropelías sin fin con la certeza que, llegado el momento de expirar, siempre puede acogerse a la confesión para salvar su alma. En este contexto se encuadra ese “¡Qué largo me lo fiáis!” convertido en lema de El Burlador de Sevilla

3.- Sin embargo, la biografía de Tirso de Molina nos sirve para entender el carácter ejemplarizante de esta figura, ya que nuestro autor fue religioso de la Orden de la Merced y, además, de fe convencida y sincera. Por eso, las andanzas de su Don Juan solo puede acabar en un final ejemplarizante y moralizante. El burlador de Sevilla no solo recibe justo castigo de muerte por sus fechorías sino también la certeza (de la que él mismo es consciente) de las penas eternas del infierno. 

 

“Adviertan los que de Dios

juzgan los castigos grandes

que no hay plazo que no llegue

ni deuda que no se pague. 

 

Mientras en el mundo viva,

no es justo que diga nadie:

¡Qué largo me lo fiáis,

siendo tan breve el cobrarse!

 

4.- A pesar de ese componente sobrenatural en el que una estatua cobra vida y logra vengar su muerte y el honor perdido de tantas mujeres, El Burlador de Sevilla es, en esencia, una obra realista en la que el personaje, aristocrático, culto, narcisista y perverso, era reconocido no solo por el público de la época sino también por los que llegaron después. Se vale de un lenguaje refinado y cultivado para conseguir sus objetivos sin pararse en el daño infligido. Su arrogancia llega al cinismo extremo ya que se llena la boca con grandes palabras que se vacían con sus crueles actos.  

5.- La obra de Tirso de Molina responde al drama característico de estilo barroco en el que las distintas aventuras (en este caso fechorías) eran del gusto del público. Al contrario que la gran mayoría del teatro de Lope de Vega, coetáneo de nuestro autor, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra no tiene un final feliz para el protagonista. No es una comedia de enredo al uso por más que el personaje se base en las artimañas y en el embuste para conseguir sus objetivos. La finalidad de la obra es didáctica  y aporta un profundo trasfondo moral más allá de ese castigo divino del final, por si esto no fuera poca cosa.  

La estela del Don Juan tras El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra 

El personaje fue rescatado con fervor en el Renacimiento literario tanto por poetas o escritores como por músicos que levantaron grandiosas óperas. En este sentido, se ha convertido en un mito universal a la par que Don Quijote o La Celestina. En su amoralidad reside su fuerza convirtiéndose en metáfora del psicópata que se burla de damas o plebeyas y de todos aquellos quienes intentan protegerlas.  Crea, así, un reguero de muerte, humillación y dolor a su paso. En España consiguió protagonizar otra memorable versión de la pluma de Zorrilla. Y en Europa el encanto perverso del personaje sucumbió a las letras de Molière, Byron, Mozart, Dumas, Merimée, Hoffmann… 

El Don Juan de El Burlador de Sevilla y El Convidado de Piedra de Tirso de Molina, por último, se caracteriza por tener un maléfico carácter refinado. Es un aristócrata petulante que encubre su perfidia y maldad tras brillantes palabras y sagaces puestas en escena. Nombra constantemente un honor que no tiene y que, además, está dispuesto a pisotear o mancillar el de quien defiende el propio. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”  

El Quijote no es únicamente el buque insignia de entre las obras de Miguel de Cervantes (1547-1616) sino también de la literatura universal de todos los tiempos. Publicado en la madurez de su autor, cuando había fracasado en su intento por abrirse camino tanto en la carrera de armas como en la del teatro, en ella se levantan especialmente dos personajes (don Quijote de la Mancha y Sancho Panza). Ambos llevan en sí la semilla de los conflictos del alma y del espíritu. Por eso, la obra se ha convertido en símbolo no solo de una lengua (la española) sino también de todo aquello que atormenta al ser humano. Estas notas, por supuesto, no pretenden ser más que un acercamiento de una de las obras con más ediciones (tanto en número como a lenguas traducidas) de toda la historia de la literatura, superada únicamente por La Biblia. 

Datos básicos de impresión de El Quijote

La primera parte vio la luz en la imprenta de Juan de la Cuesta en Madrid en 1605 plagada de erratas. Fue su promotor el librero y editor Francisco de Robles. En este momento de la biografía de Miguel de Cervantes (que contaba con 57 años) dejaba atrás una carrera fallida en las armas, heridas de guerra que le dejaron lisiado (sin poder mover el brazo izquierdo), un cruel y largo cautiverio, cárcel por malversación, deudas y fracasos tras fracasos en el teatro. Aunque el autor había escrito otras obras, llevaba en silencio editorial más de 20 años.

Esta primera parte consta de 52 capítulos. Todo el mundo recorrido, los avatares vitales, sus sucesivas bajadas al infierno y la sabiduría de un autor maduro quedan reflejados en las páginas de El Quijote. Aunque quiso ser (como veremos) una mofa de las exitosas novelas de caballería de la época, el humor, la crítica y el relato entretenido muy pronto superaron estas expectativas  alcanzando, a la par, el favor del público. Tanto fue así que ese mismo año conoció seis ediciones más. Además, fue traducido al inglés muy tempranamente (1612) y al francés (1614). La gloria que le había sido escamoteada desde distintos frentes llegaba (de manera discreta) al final de la vida del autor.  

Muchos son los críticos que apuntan a que la segunda parte no hubiera sido escrita si un autor apócrifo (que se hacía llamar Alonso Fernández de Avellaneda) no se hubiera atrevido (de manera oportunista) a continuar las andanzas de Don Quijote. En ese momento, Miguel de Cervantes se pone (como su personaje) a la tarea de “enmendar entuertos” y deja en la imprenta la segunda parte en 1614. Queda así completa la gran obra del canon español.  

El Quijote y Cervantes 

No nos vamos a adentrar mucho en detalle ya que los debates en torno a esta cuestión han ocupado largas páginas de crítica. Sí es unánimemente aceptado que Miguel de Cervantes era consciente de la valía de su obra cuando se puso a la tarea de escribirla, extremo este que quizás comenzara estando preso en la cárcel de Sevilla. Que intentara (sin éxito) abrirse camino en el teatro solo hay que verlo como una forma de ganarse la vida con lo que mejor hacía (poner una palabra tras otra). Es en esta época cuando los corrales de comedias se llenan a diario con un público ávido de novedades. Las obras representadas (con las debidas excepciones) responden al gusto popular y son de capa y espada, de enredos, de malentendidos, de entretenimiento evasivo siguiendo las líneas de la literatura barroca en España.  

Sin embargo, El Quijote, en puridad, responde a un género nuevo: el de la novela. Y  eso supone otros condicionantes en cuanto a sus receptores. Escrito para ser leído (en privado o en grupo) no se presta (aunque luego se hayan hecho versiones de todo tipo) a la representación teatral que cumplía la función (por poner un ejemplo cercano) a las series de TV contemporáneas. Cervantes, sin embargo, levanta una obra profunda, a pesar de su sentido del humor o de su espíritu crítico, en el que enfrenta a dos personajes con todo aquello que es inherente al alma humana más allá de esa dicotomía realidad-ficción con la que se etiqueta la obra. 

El Quijote de Avellaneda

Poca o nula importancia tiene esta obra si no fuera porque su publicación instó a Miguel de Cervantes a acabar las andanzas de ese Alonso Quijano, hidalgo de la Mancha, que sale en busca de aventuras. Aprovechando el tirón del público, una vez más, el autor recibe un traspiés de alguien totalmente ajeno a la obra. Sin embargo, el escritor, que durante su vida hizo gala de lo que hoy denominamos resilencia, no se amedrentó y se puso a componer esa segunda parte que solo podía terminar con la muerte de su protagonista para que así  el héroe idealista que salió en busca de un mundo mejor no fuera manipulado de forma oportunista por manos ajenas. 

Además, en el prólogo de esta obra,  Avellaneda injuria (sin necesidad) a Cervantes alabando, por contra, a Lope de Vega cuya rivalidad con nuestro escritor era por todos conocida. Aunque hay quien en dos frases quiere ver el objetivo de la obra en este enfrentamiento entre literatos, más bien tanto trabajo solo se justifica por un deseo de apropiarse de la fama de un personaje que ya era del gusto del público. Y, por supuesto, sacar rédito económico de ello. 

Características de El Quijote que hacen una obra única 

Las notas anteriores nos dicen de la importancia literaria de un título que, en nada, conquistó los corazones de los lectores. Paso a repasar someramente algunas de las principales características de El Quijote:  

1.- Si bien es verdad que la obra se levanta como una parodia de las características de las novelas de caballería, supera este objetivo largamente mostrando personajes en una cruel humanidad. 

2.- El humor, la chanza o la gracia de un protagonista que se había vuelto loco da paso a un alma profunda, llena de sabiduría que sale al mundo con el objetivo revolucionario de hacerlo mejor. Esto es, la sátira (que la hay) queda nublada por la densidad anímica de dos seres vagando por tierras inhóspitas en todos los sentidos. 

3.- Puede decirse que con El Quijote se inaugura la novela tal como la conocemos hoy en día. Y eso a pesar de que, en la obra, nos encontramos intercaladas otras historias, otras novelas que bien pueden ser independientes, romances o poemas. 

4.- Miguel de Cervantes continuaría con el género con sus Novelas ejemplares en las que encontramos piezas que, por derecho propio, también justifican su inclusión en el canon literario. 

5.- La observación y plasmación del alma humana se conjugan elegantemente con la parodia. Así nos muestra a un autor maduro, conocedor de los recovecos del espíritu universal y que, además, había aceptado su poca fortuna, pero no su derrota vital. 

6.- La realidad y la ficción se conjugan y se entrecruzan en la obra de una manera magistral y no solo corresponde a las ensoñaciones casi de paranoia de Don Quijote frente al espíritu materialista y mundano de un Sancho Panza. Cervantes, en varios pasajes, nos da a entender que escribe un relato histórico, como si ese Don Quijote del que no se acuerda ni del nombre ni de su lugar de procedencia existiera de verdad.  

Más características de El Quijote 

7.- Ese juego literario lleva a los críticos a explicar las distintas versiones o contradicciones (tanto temporales como de argumento) que nos encontramos en El Quijote. Si es un personaje real del que su autor tiene que hacer memoria o buscar fuentes se acepta que no se sepa de dónde viene o su nombre con apellidos. Es Cervantes quien primero utiliza esta técnica de ficción. En este sentido, se encuadra la aparición del historiador Cide Hamete Benengeli. 

8.- En paralelo, también nos encontramos diferencias en la cronología que no cuadra en ciertos pasajes. 

9.- A nuestro autor también se debe el recurso de las posibilidades expresivas del diálogo. Hasta la aparición de El Quijote, la prosa era eminentemente narrativa y/o descriptiva. Sin embargo, las andanzas de este peculiar caballero andante nos es conocida, en su mayor parte, de boca de sus protagonistas que, de forma fresca, auténtica y directa, nos introducen en la aventura. Esto también da pie a recurrir a los proverbios o a las frases filosóficas que se han rescatado con fervor en los últimos años a través de las redes sociales. 

10.- La realidad y la ficción se entremezclan de distintas maneras especialmente en la segunda parte cuando ciertos personajes conocen de las andanzas y la fama de los dos protagonistas. Aquí hay otra contradicción narrativa con el punto histórico que Cervantes quiso dar a la obra. Si El Quijote estaba ya muerto cuando Cervantes comenzó a escribir el relato, no pueden encontrarse con ecos de su fama en la misma obra. 

11.- Don Quijote y Sancho Panza representan en sus palabras, sus acciones, contradicciones, sueños y temores todos los recovecos del alma humana. Y estos, además, no están delimitados o encajonados como si utilizáramos un bisturí. La codicia por los bienes materiales de Sancho Panza choca, en distintos pasajes, con un espíritu desprendido y lleno de sabiduría. Esto último también se confronta con sus acertadas acciones cuando cree estar gobernando la Ínsula Barataria. Y si sale movido por el afán de ganancia, pronto se llena de todo el mundo irreal y soñado de don Alonso. Por su parte, el hidalgo, que se vuelve loco de tanto leer libros de caballería, demuestra una cordura en un diálogo que abruma por su acierto a la hora de plasmar todo lo que mueve a la humanidad. 

12.- En este mismo sentido, el espíritu de evasión, de humor o de mofa del libro no es puro y se entrecruza con la crítica, la descripción de una sociedad que se hundía en la crisis del Barroco y que había perdido el aura brillante y heroica del pasado. La cobardía de gran parte de los personajes secundarios se contrapone a esa actitud valiente de quien no le teme a nada con tal de alcanzar sus sueños, aunque tenga que recibir los zarpazos de molinos de vientos.  

Trascendencia literaria de El Quijote 

Los estudios sobre la obra son tantos que incluso se han publicado tesis solo con la bibliografía comentada. Como este texto no tiene más sentido que un acercamiento nos quedamos con las palabras de algunos de sus mejores especialistas.  

En palabras de Ángel del Río, uno de los estudiosos de la obra: 

“Cervantes intuye que el destino del hombre, loco o no loco, en un mundo incierto por naturaleza, no es tanto moverse entre sombras o puras apariencias, como entre una multiplicidad de realidades, perceptibles unas, soñadas otras, que al ser interpretadas de acuerdo con anhelos vitales -ilusiones, deseos, apetitos, ideas- producen efectos inesperados. […] Mi perspectiva es verdadera en cuanto mía, pero vivir consiste en el conflicto que se produce entre mi punto de vista y el de los demás, sin que sea siempre posible decir quién es el loco y quién es el cuerdo. Por eso la historia del hidalgo manchego está concebida desde el centro del problema básico para el hombre del postrenacimiento: ¿qué es la verdad?” 

Juan Fernández Figueroa hace hincapié no ya en la trascendencia espiritual de El Quijote sino en ser la abanderada de un género nuevo: 

“Lo que hace Cervantes, y por eso es el primer novelista moderno, es llevar directamente a la obra, con el mínimo de abstracción, el equívoco mismo que es la vida. En otras palabras, descubre la fórmula de poetizar la radical incertidumbre de la existencia humana. Por eso quizá no sea exacto hablar del equívoco del Quijote. En realidad jamás se ha escrito una obra de arte más clara y natural. El equívoco no está en la novela, sino en la vida que la novela refleja con toda fidelidad”. 

Entrar con unas cuantas notas en la trascendencia de una obra como es El Quijote es, sencillamente, reducir muchísimo su importancia. Pero, por algo hay que empezar antes de zambullirse en los recovecos de un texto de tanta complejidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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“El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”  

El Quijote no es únicamente el buque insignia de entre las obras de Miguel de Cervantes (1547-1616) sino también de la literatura universal de todos los tiempos. Publicado en la madurez de su autor, cuando había fracasado en su intento por abrirse camino tanto en la carrera de armas como en la del teatro, en ella se levantan especialmente dos personajes (don Quijote de la Mancha y Sancho Panza). Ambos llevan en sí la semilla de los conflictos del alma y del espíritu. Por eso, la obra se ha convertido en símbolo no solo de una lengua (la española) sino también de todo aquello que atormenta al ser humano. Estas notas, por supuesto, no pretenden ser más que un acercamiento de una de las obras con más ediciones (tanto en número como a lenguas traducidas) de toda la historia de la literatura, superada únicamente por La Biblia. 

Datos básicos de impresión de El Quijote

La primera parte vio la luz en la imprenta de Juan de la Cuesta en Madrid en 1605 plagada de erratas. Fue su promotor el librero y editor Francisco de Robles. En este momento de la biografía de Miguel de Cervantes (que contaba con 57 años) dejaba atrás una carrera fallida en las armas, heridas de guerra que le dejaron lisiado (sin poder mover el brazo izquierdo), un cruel y largo cautiverio, cárcel por malversación, deudas y fracasos tras fracasos en el teatro. Aunque el autor había escrito otras obras, llevaba en silencio editorial más de 20 años.

Esta primera parte consta de 52 capítulos. Todo el mundo recorrido, los avatares vitales, sus sucesivas bajadas al infierno y la sabiduría de un autor maduro quedan reflejados en las páginas de El Quijote. Aunque quiso ser (como veremos) una mofa de las exitosas novelas de caballería de la época, el humor, la crítica y el relato entretenido muy pronto superaron estas expectativas  alcanzando, a la par, el favor del público. Tanto fue así que ese mismo año conoció seis ediciones más. Además, fue traducido al inglés muy tempranamente (1612) y al francés (1614). La gloria que le había sido escamoteada desde distintos frentes llegaba (de manera discreta) al final de la vida del autor.  

Muchos son los críticos que apuntan a que la segunda parte no hubiera sido escrita si un autor apócrifo (que se hacía llamar Alonso Fernández de Avellaneda) no se hubiera atrevido (de manera oportunista) a continuar las andanzas de Don Quijote. En ese momento, Miguel de Cervantes se pone (como su personaje) a la tarea de “enmendar entuertos” y deja en la imprenta la segunda parte en 1614. Queda así completa la gran obra del canon español.  

El Quijote y Cervantes 

No nos vamos a adentrar mucho en detalle ya que los debates en torno a esta cuestión han ocupado largas páginas de crítica. Sí es unánimemente aceptado que Miguel de Cervantes era consciente de la valía de su obra cuando se puso a la tarea de escribirla, extremo este que quizás comenzara estando preso en la cárcel de Sevilla. Que intentara (sin éxito) abrirse camino en el teatro solo hay que verlo como una forma de ganarse la vida con lo que mejor hacía (poner una palabra tras otra). Es en esta época cuando los corrales de comedias se llenan a diario con un público ávido de novedades. Las obras representadas (con las debidas excepciones) responden al gusto popular y son de capa y espada, de enredos, de malentendidos, de entretenimiento evasivo siguiendo las líneas de la literatura barroca en España.  

Sin embargo, El Quijote, en puridad, responde a un género nuevo: el de la novela. Y  eso supone otros condicionantes en cuanto a sus receptores. Escrito para ser leído (en privado o en grupo) no se presta (aunque luego se hayan hecho versiones de todo tipo) a la representación teatral que cumplía la función (por poner un ejemplo cercano) a las series de TV contemporáneas. Cervantes, sin embargo, levanta una obra profunda, a pesar de su sentido del humor o de su espíritu crítico, en el que enfrenta a dos personajes con todo aquello que es inherente al alma humana más allá de esa dicotomía realidad-ficción con la que se etiqueta la obra. 

El Quijote de Avellaneda

Poca o nula importancia tiene esta obra si no fuera porque su publicación instó a Miguel de Cervantes a acabar las andanzas de ese Alonso Quijano, hidalgo de la Mancha, que sale en busca de aventuras. Aprovechando el tirón del público, una vez más, el autor recibe un traspiés de alguien totalmente ajeno a la obra. Sin embargo, el escritor, que durante su vida hizo gala de lo que hoy denominamos resilencia, no se amedrentó y se puso a componer esa segunda parte que solo podía terminar con la muerte de su protagonista para que así  el héroe idealista que salió en busca de un mundo mejor no fuera manipulado de forma oportunista por manos ajenas. 

Además, en el prólogo de esta obra,  Avellaneda injuria (sin necesidad) a Cervantes alabando, por contra, a Lope de Vega cuya rivalidad con nuestro escritor era por todos conocida. Aunque hay quien en dos frases quiere ver el objetivo de la obra en este enfrentamiento entre literatos, más bien tanto trabajo solo se justifica por un deseo de apropiarse de la fama de un personaje que ya era del gusto del público. Y, por supuesto, sacar rédito económico de ello. 

Características de El Quijote que hacen una obra única 

Las notas anteriores nos dicen de la importancia literaria de un título que, en nada, conquistó los corazones de los lectores. Paso a repasar someramente algunas de las principales características de El Quijote:  

1.- Si bien es verdad que la obra se levanta como una parodia de las características de las novelas de caballería, supera este objetivo largamente mostrando personajes en una cruel humanidad. 

2.- El humor, la chanza o la gracia de un protagonista que se había vuelto loco da paso a un alma profunda, llena de sabiduría que sale al mundo con el objetivo revolucionario de hacerlo mejor. Esto es, la sátira (que la hay) queda nublada por la densidad anímica de dos seres vagando por tierras inhóspitas en todos los sentidos. 

3.- Puede decirse que con El Quijote se inaugura la novela tal como la conocemos hoy en día. Y eso a pesar de que, en la obra, nos encontramos intercaladas otras historias, otras novelas que bien pueden ser independientes, romances o poemas. 

4.- Miguel de Cervantes continuaría con el género con sus Novelas ejemplares en las que encontramos piezas que, por derecho propio, también justifican su inclusión en el canon literario. 

5.- La observación y plasmación del alma humana se conjugan elegantemente con la parodia. Así nos muestra a un autor maduro, conocedor de los recovecos del espíritu universal y que, además, había aceptado su poca fortuna, pero no su derrota vital. 

6.- La realidad y la ficción se conjugan y se entrecruzan en la obra de una manera magistral y no solo corresponde a las ensoñaciones casi de paranoia de Don Quijote frente al espíritu materialista y mundano de un Sancho Panza. Cervantes, en varios pasajes, nos da a entender que escribe un relato histórico, como si ese Don Quijote del que no se acuerda ni del nombre ni de su lugar de procedencia existiera de verdad.  

Más características de El Quijote 

7.- Ese juego literario lleva a los críticos a explicar las distintas versiones o contradicciones (tanto temporales como de argumento) que nos encontramos en El Quijote. Si es un personaje real del que su autor tiene que hacer memoria o buscar fuentes se acepta que no se sepa de dónde viene o su nombre con apellidos. Es Cervantes quien primero utiliza esta técnica de ficción. En este sentido, se encuadra la aparición del historiador Cide Hamete Benengeli. 

8.- En paralelo, también nos encontramos diferencias en la cronología que no cuadra en ciertos pasajes. 

9.- A nuestro autor también se debe el recurso de las posibilidades expresivas del diálogo. Hasta la aparición de El Quijote, la prosa era eminentemente narrativa y/o descriptiva. Sin embargo, las andanzas de este peculiar caballero andante nos es conocida, en su mayor parte, de boca de sus protagonistas que, de forma fresca, auténtica y directa, nos introducen en la aventura. Esto también da pie a recurrir a los proverbios o a las frases filosóficas que se han rescatado con fervor en los últimos años a través de las redes sociales. 

10.- La realidad y la ficción se entremezclan de distintas maneras especialmente en la segunda parte cuando ciertos personajes conocen de las andanzas y la fama de los dos protagonistas. Aquí hay otra contradicción narrativa con el punto histórico que Cervantes quiso dar a la obra. Si El Quijote estaba ya muerto cuando Cervantes comenzó a escribir el relato, no pueden encontrarse con ecos de su fama en la misma obra. 

11.- Don Quijote y Sancho Panza representan en sus palabras, sus acciones, contradicciones, sueños y temores todos los recovecos del alma humana. Y estos, además, no están delimitados o encajonados como si utilizáramos un bisturí. La codicia por los bienes materiales de Sancho Panza choca, en distintos pasajes, con un espíritu desprendido y lleno de sabiduría. Esto último también se confronta con sus acertadas acciones cuando cree estar gobernando la Ínsula Barataria. Y si sale movido por el afán de ganancia, pronto se llena de todo el mundo irreal y soñado de don Alonso. Por su parte, el hidalgo, que se vuelve loco de tanto leer libros de caballería, demuestra una cordura en un diálogo que abruma por su acierto a la hora de plasmar todo lo que mueve a la humanidad. 

12.- En este mismo sentido, el espíritu de evasión, de humor o de mofa del libro no es puro y se entrecruza con la crítica, la descripción de una sociedad que se hundía en la crisis del Barroco y que había perdido el aura brillante y heroica del pasado. La cobardía de gran parte de los personajes secundarios se contrapone a esa actitud valiente de quien no le teme a nada con tal de alcanzar sus sueños, aunque tenga que recibir los zarpazos de molinos de vientos.  

Trascendencia literaria de El Quijote 

Los estudios sobre la obra son tantos que incluso se han publicado tesis solo con la bibliografía comentada. Como este texto no tiene más sentido que un acercamiento nos quedamos con las palabras de algunos de sus mejores especialistas.  

En palabras de Ángel del Río, uno de los estudiosos de la obra: 

“Cervantes intuye que el destino del hombre, loco o no loco, en un mundo incierto por naturaleza, no es tanto moverse entre sombras o puras apariencias, como entre una multiplicidad de realidades, perceptibles unas, soñadas otras, que al ser interpretadas de acuerdo con anhelos vitales -ilusiones, deseos, apetitos, ideas- producen efectos inesperados. […] Mi perspectiva es verdadera en cuanto mía, pero vivir consiste en el conflicto que se produce entre mi punto de vista y el de los demás, sin que sea siempre posible decir quién es el loco y quién es el cuerdo. Por eso la historia del hidalgo manchego está concebida desde el centro del problema básico para el hombre del postrenacimiento: ¿qué es la verdad?” 

Juan Fernández Figueroa hace hincapié no ya en la trascendencia espiritual de El Quijote sino en ser la abanderada de un género nuevo: 

“Lo que hace Cervantes, y por eso es el primer novelista moderno, es llevar directamente a la obra, con el mínimo de abstracción, el equívoco mismo que es la vida. En otras palabras, descubre la fórmula de poetizar la radical incertidumbre de la existencia humana. Por eso quizá no sea exacto hablar del equívoco del Quijote. En realidad jamás se ha escrito una obra de arte más clara y natural. El equívoco no está en la novela, sino en la vida que la novela refleja con toda fidelidad”. 

Entrar con unas cuantas notas en la trascendencia de una obra como es El Quijote es, sencillamente, reducir muchísimo su importancia. Pero, por algo hay que empezar antes de zambullirse en los recovecos de un texto de tanta complejidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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