Qué ver en Lisboa y alrededores en tres días, turismo en la capital de moda

Qué ver en Lisboa y alrededores en tres días, turismo en la capital de moda

 

Los 10 imprescindibles que ver en Lisboa

Las comitivas arribaban despacio, descendiendo por el río Tajo, hasta la Praça do Comercio donde un imponente Arco de Triunfo hacía las veces de puerta de la ciudad. Eso era en los siglos pasados, cuando Portugal competía con la vecina España por el monopolio de los mares y el comercio de productos suntuosos desde las Indias Occidentales y Orientales. Hoy, Lisboa está perfectamente conectada por avión con las distintas capitales de Europa y ese lucrativo negocio del pasado ha hecho de la ciudad una romántica urbe que se puede visitar, eso sí, organizándose mucho, en tres o cuatro días. Damos 10 ideas. Anota:

Lisboa Alfama

1.- Alfama, el barrio de los Fados y del Castillo de San Jorge

Debemos comenzar, el primer día, con una vuelta por la zona más antigua, allí donde se asentaron los primeros pobladores, por el Barrio de Alfama.  Dominando Lisboa, se alza el Castillo de San Jorge, antaño fortaleza defensiva y hoy un precioso emplazamiento por el que pasear tranquilamente a la par que se desciende por las empinadas y estrechas calles de la antigua medina medieval hasta llegar a la Sé o Catedral Antigua.

Es en Alfama donde se encuentran las mejores casas de fado que ofrecen al viajero melómano, al caer la tarde, esta música repleta de melancolía y “saudade” al calor de un buen vino verde de la tierra y, si se tercia, de las delicias dulces o saladas portuguesas.

Lisboa Igreja do Carmo

2.- El cielo desde la Igreja do Carmo

En la Baixa, construida tras el destructivo terremoto del Día de Todos los Santos de 1755 (los estremecedores restos de la Igreja do Carmo  dan debida cuenta de ello), un paseo desde la Praça dos Restauradores hasta la Praça del Rossio, dominada por el Teatro Nacional Doña María II de Portugal es de obligado cumplimiento.

Lisboa SantaJusta

3.- Desde la Baixa a la alta en el Elevador de Santa Justa

El Elevador de Santa Justa, construido a inicios del Siglo XX siguiendo la estética de la Torre Eiffel de París, une la Baixa con el Barrio Alto. Aunque hoy es una concurrida zona de restaurantes informales e, incluso, de un particular botellón, era en el pasado punto de encuentro de la élite calavera presta a mezclarse con la bohemia artística. Si no se te apetece cenar en el café Brasileira, donde el poeta Fernando Pessoa compuso algunos de sus memorables versos, puedes decantarte por el Tavares o cualquier otro local que ofrezca delicias nacionales.

Lisboa Catedral

4.- La Sé o Catedral de Lisboa

El rey Alfonso Henrique, conocido como Alfonso I o el Conquistador, nada más dejó pasar tres años desde la dura batalla contra los musulmanes -acaecida en el Castelo de San Jorge- para mandar construir una Catedral que afianzara la nueva religión que tan duramente había sido ganada. Corría el año 1150 y el flamante templo se levantó sobre la antigua mezquita, a su vez ejecutada sobre un emplazamiento romano.

Entonces, Lisboa era apenas un villorrio de unos cuantas miles de almas recluidas alrededor del actual barrio de Alfama. La nueva Catedral cristiana, conocida como La Sé, procedente de las iniciales Sede Episcopal, aunque situada extramuros, se encontraba a prudencial distancia desde el Palacio Real, por entonces enclavado en el corazón del Castillo de San Jorge.

Estilos artísticos y arquitectónicos de la Catedral de Lisboa

Aún no se habían desarrollado los avances de ingeniería que culminaría con las impresionantes naves góticas o el estilo manuelino y el nuevo templo se diseñó en el románico imperante. Está la Sé de Lisboa, por tanto, ejecutada con unos muros tan altos que más bien nos recuerdan una muralla defensiva. Visión que se completa con los dos torreones almenados que flanquean la entrada sin apenas concesión a la decoración.

La austeridad del interior está acorde con los muros exteriores. Aunque el templo se dividió en varias capillas, cada una consagrada a un santo o mártir particular, la Catedral al completo se puso bajo la protección de Santa María.

Breve historia de La Sé o la Catedral de Lisboa

Aunque los sucesivos terremotos que, desde el siglo XV hasta el destructivo de 1755, han venido dejando sus huellas particulares en el templo cristiano más antiguo de Lisboa, las cicatrices han podido curarse con una exhaustiva intervención en el siglo XX, consolidando muros y reconstruyendo aquello que podía volver a levantarse.

Los trabajos recientes, además, han sacado a la luz restos romanos, árabes y fenicios que dan fe de los sucesivos asentamientos en la Ciudad del Tajo.

La leyenda de San Antonio de Padua

Como es frecuente cuando de un santo de tal talla se trata, hay dos ciudades que se disputan el honor de albergar sus restos: por un lado Padua, que dice tener el cadáver del monje portugués en la Basílica de San Antonio de Padua y Lisboa, en la Sé. La leyenda lusa cuenta que dos ángeles, guiados por sendos cuervos, trasladaron los restos de San Antonio hacia su ciudad natal consolidando, así, la reconquista cristiana.

5.- A Brasileira, algo más que un café

Si hay un lugar favorito para los turistas que visitan Lisboa, sin duda, éste es el Café Brasileira situado cerca del Chiado, en la Baja. Su espectacular decoración modernista, unida al mito de Fernando Pessoa, el poeta en lengua portuguesa de mayor renombre internacional, compensa con creces el bullicio del local en temporada alta.

El Café Brasileira es probablemente el establecimiento de este tipo más antiguo de Portugal. Sigue la estela de los cafés bohemios de París, Berlín e, incluso, Madrid, pero con el carácter peculiar del alma lisboeta. Nació en 1905 como tienda de ultramarinos especializada en la venta directa de grano brasileño, un tipo de café desconocido para los paladares europeos de entonces.

Su propietario, Adriano Telles, un auténtico emprendedor, para hacer ver a su potencial clientela las bondades de su producto, no se le ocurrió otra cosa que invitar a todos aquellos que compraran un kilo de café a una taza del mismo realizado en la propia tienda. La consumición obsequiada podía considerarse un antecedente de la famosa bica. A partir de aquí, y tomando como modelo los cafés que proliferaban por todo Europa, se rehizo el establecimiento con la magnífica decoración Art decó que hoy conocemos.

Las tertulias y poetas del A Brasileira

Con la apertura del café como tal al público, no tardaron en llegar las tertulias políticas y, también, las literarias. La revista Orpheu, dirigida por Henrique Rosa, tuvo su cuartel general entre los espejos y las lámparas modernistas del Café Brasileira. Además, a partir de los años 20, sus hermosas paredes funcionaron, también, como galería de arte.

Aquí se colgaron cuadros de lo mejorcito de la vanguardia plástica lusa: António Soares, Eduardo Viana o José Almaida de Negreiros. Los propietarios (en pago por la organización de cada muestra) se quedaban con alguna obra. Estos cuadros fueron vendidos (parece que bastante bien) a un coleccionista privado a finales de los sesenta y, ante tan lucrativo negocio, los dueños han retomado esta actividad para alegría de los artistas contemporáneos y deleite de los clientes.  

A Brasileira y Pessoa

Pero si hay un personaje que se ha quedado tan vinculado al establecimiento que se ha inmortalizado, en la terraza del café, mediante una escultura de bronce a tamaño natural, sin lugar a dudas, éste es Fernando Pessoa, el gran bardo de las letras lusas. En el Café Brasileira pasaba las horas leyendo, realizando las traducciones con las que se ganaba la vida como freelance, escribiendo poesía frenéticamente, tomando su bica con mucha azúcar y también pasándose con la absenta, causa probable de la cirrosis hepática que se lo llevó a la tumba.

Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro o Bernardo Soaeres (el más cercano al poeta) escribieron en las mesas del A Brasileira los versos más memorables de la lírica lusa y para muestra un botón sacada de Tabacaria:

“…tengo en mí todos los sueños del mundo”

Cuando con un sueño es suficiente para vivir, Pessoa los tenía todos.

Lisboa ClaustroJernimos

6.- Monasterio de los Jerónimos de Lisboa

El Monasterio de los Jerónimos de Lisboa de Santa María de Belém, tal es su nombre completo es quizá el edificio monumental más conocido de Lisboa. Situado frente a la espectacular Praça do Império y cercano a la fotogénica Torre de Belém, en él hay que distinguir dos espacios diferentes. Y hay que hacerlo porque las fechas de construcción son distintas y, por tanto, hay variación en proyecto y estilo.

Monasterio de los Jerónimos, un poco de historia

Comencemos por el principio para no perdernos. Tras el regreso de Vasco de Gama de su expedición por las Indias, abriendo el camino para el comercio con las necesarias especias (hay que recordar al lector que, en una época sin refrigeración eléctrica, la pimienta, la canela o el clavo alargaban la vida de los alimentos), el rey Manuel I, a la sazón el Afortunado, mandó construir un monasterio para que sirviera como mausoleo real, a la par que lugar de representación de la realeza y su nuevo poderío.

Así, en 1514, con el beneficio de algunas especias, comienza a construirse, sobre el solar de una antigua ermita, un gran monasterio perteneciente a la orden de los Jerónimos. El edificio, aunque pasa por las manos de varios arquitectos, se realiza siguiendo el recién inaugurado estilo manuelino que no es más que un nuevo enfoque del gótico tardío. Se utiliza la piedra tallada para levantar paredes prácticamente desnudas y se deja la decoración para los ventanales, frisos, columnas o remates de los torreones.

Como era habitual en esta época (inicios del Renacimiento italiano, recordemos), los motivos ornamentales se toman del amplio catálogo de símbolos manejados diariamente por la intelectualidad de la época. Se esculpen conchas y peces, alcachofas y piñas, grifos y leones, siguiendo una simbolización concreta que el occidental contemporáneo ha olvidado.   

El Monasterio de los Jerónimos es, además, un mausoleo que sirve de tumba a reyes portugueses (Manuel I de Portugal y su esposa, Juan III de Portugal con toda su familia, el joven Sebastián, el Deseado) y a lusitanos ilustres (Vasco de Gama o los poetas Camôes y Pessoa). 

7.- Torre de Belém

Es la imagen de Lisboa y no te puedes ir de la capital de Portugal sin una foto delante de ella que colgar en Instagram. Ha sido prisión, faro, oficina para recaudar impuestos, torre defensiva… Está realizada en estilo manuelino y es una de las señas de la bella ciudad del Tajo.

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8.- Palacio de Queluz, a las afueras de Lisboa

Queluz, a las afueras de Lisboa, está irremediablemente vinculado a la vida de la Reina María I de Portugal (1734-1816), conocida como “la Piadosa” o “la Loca”. Allí vivió prácticamente toda su vida, aunque falleció en Brasil con la cabeza totalmente perdida y eso no es de extrañar, ya que le tocó vivir y sufrir momentos terribles que dejaron una huella indeleble en un carácter propenso a la oración, a la melancolía y a la tristeza.

Dónde está y cómo es el Palacio de Queluz

Construido sobre una antigua finca de caza a imitación de Versalles, pero sin la grandiosidad del francés, Queluz acusa hoy esa “saudade” que impregna Portugal y, especialmente, los edificios regios. El palacio actual es fruto de las ampliaciones realizadas por Pedro de Braganza, tío y esposo de  María I. Destacan sus preciosos jardines a la francesa con setos recortados de boj, los azulejos en blanco y azul que salpican el parque y, sobre todo, un magnífico canal que, en tiempos, servía de recreo de la corte.

De Queluz no hay que perderse:

  • Salón de los Embajadores (Sala dos Embaixadores), lugar de recepción y de fastos reales.
  • Cámara de Don Quijote, profusamente decorada, donde nació el que sería el primer emperador de Brasil, Pedro IV.
  • Salón del Trono.
  • Escalera de los Leones
  • El Salón de Música, favorito de la Reina María I.

La Reina María I de Portugal y el Proceso a los Távora

Porque Queluz, aunque ha sido residencia de varios reyes de Portugal, está indudablemente ligado a su primera moradora: la desgraciada María, hija de José I y primera reina mujer del país luso. De carácter impresionable, los duros momentos que le tocó vivir la llevaron a una locura irremediable.

Siendo aún princesa (Duquesa de Braganza) intervino en el llamado Proceso Távora por el que la gran mayoría de esta ilustre familia de aristócratas fue injustamente procesada, torturada hasta el ensañamiento y ajusticiada. Un intento de regicidio fue la excusa tomada por el todopoderoso Marqués de Pombal para liquidar (cortando la cabeza a los adultos y encerrando a los pequeños) a toda la familia Távora.

La crueldad fue tal que el proceso marcó un antes y un después en Portugal.  María intervino para que se perdonara la vida a los más pequeños y, cuando llegó a reina, en la medida de lo posible, rehabilitó a todo el clan.

Las muertes de sus hijas pequeñas, María Clementina (con dos años) y María Isabel (de apenas meses), de su marido y las noticias que llegaban desde Francia con los movimientos de la Revolución Francesa contribuyeron a agravar su estado mental. Pero fue 1788 el año que marcó un punto de inflexión en la reina. En el corto espacio de un mes perdió a su hija (de 19 años), a un nieto y a su primogénito de 27 años. La reina entró en un estado de enajenación total y Queluz se llenó con sus gemidos.

Lisboa Paneles San Vicente

9.- Museo de Arte Antiga de Lisboa

Se encuentra en el corazón de la Calle de las Janelas Verdes, esto es, de las Ventanas del mismo color. El edificio, como buena parte del patrimonio artístico de esta bella ciudad, acusa ese carácter ecléctico que hace tan encantador el emplazamiento. Es el Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa.

El Palacio Alvor Pombal, emplazamiento del Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa

El que fuera virrey en la India, Don Francisco Tavares, primer Conde de Alvor, mandó construir en pleno siglo XVII, una vivienda anexada al antiguo convento dedicado a San Alberto. Muerto el insigne noble, la familia encuentra bastantes problemas para mantener el edificio y en pleno siglo XVIII la propiedad pasa al rico comerciante Matias Ramos da Silva Aires Eca (que no tenía el calificativo de Don, pero sí suficiente dinero para poseer tal palacio).

Con miras a rentabilizar la construcción, la pone en alquiler a distintos embajadores europeos. Con este régimen pasa la vivienda hasta la muerte de su segundo propietario, cuando se desata una pelea entre sus herederos, la cual se salda con la venta, en condiciones muy ventajosas, a un hermano del todopoderoso Pombal que también destina el inmueble al arrendamiento. Esta vez al comerciante holandés Daniel Gildemeester, quien realiza obras de acondicionamiento, redecoración y embellecimiento de algunas salas. Eso fue en el último tercio del siglo XVIII.

A principios del siglo XX se añade al palacio varias alas del convento vecino del que queda solo la capilla, en restauración constante. El museo, como tal, llevaba abierto desde 1884, 50 años después de la supresión de las órdenes religiosas. Y como todas las instituciones de este cariz en esta época, se abre a un público selecto, entendido y sin criterio museístico alguno. Se comienzan, así, a mostrar las obras religiosas de mejor calidad, junto con otras piezas de artesanía, mobiliario o decoración de indudable interés y belleza.  

Muebles antiguos, cerámica o joyas religiosas: ¿qué ver en el Museo Arte Antiga?

Porque el Museo de Arte Antiga de Lisboa no es una pinacoteca al uso. Es casi un compendio de todas las Bellas Artes procedentes de Europa y de las Indias Orientales. Por eso, los amantes de las cosas bellas no se pueden perder:

  • Cerámica blanca en azul y blanco típicamente portuguesa siguiendo las líneas de sus afamados azulejos.
  • Porcelana fina de China, con impresionantes jarrones de esta cultura.
  • Escogidos muebles renacentistas en maderas nobles y exóticas formando delicadas taraceas. Un capítulo aparte merecen los elaborados bargueños, usados antiguamente como escritorios, caja fuerte y joyero.
  • Los aficionados a las artes decorativas tienen también una cita con los biombos chinos realizados en laca.
  • Centros de mesa en plata, objetos en marfil, relicarios con joyas, cruces procesionales y esculturas religiosas están entre lo mejorcito de la colección permanente.

Pintura en el Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa

La lista a continuación es tan personal que es solo una indicación para el lector, aunque algunos nombres no necesiten, en ningún caso, mi aval ni el de más reputado experto:

  • El extraño Ecce Homo con la cabeza cubierta de maestro desconocido y creado en la segunda mitad del siglo XVI.
  • Los trípticos y tablas de El Bosco, pintadas en el siglo XV o a principios del XVI, como las Tentaciones de San Antonio.
  • Casi contemporáneo fue Alberto Durero (1471- 1528) del que no hay que perderse su San Jerónimo.
  • Anterior es el pintor local Nuno Gonçalves (ya que pintó únicamente entre las décadas de 1450 y 1480) y cuyos Paneles de San Vicente de Fora forman parte de las joyas de este museo.
  • Posterior es otro maestro luso presente en la institución, Gregorio Lopes, activo entre 1490 y bien entrado el siglo XVI. Sus pinturas religiosas mantienen un extraño tono épico que adelanta los movimientos posteriores. 
  • Josefa de Óbidos, nacida en Sevilla como Josefa Ayala en 1630 y muerta en esta localidad cercana a Lisboa en 1684, adelanta las maneras de la pintura religiosa barroca. Me encanta su Adoración a los pastores, obra fechada en 1669.
  • En el apartado de libros bellos y hermosos no hay que perderse el Libro de Horas de Don Manuel, profusamente iluminado y de una calidad extraordinaria. 

10.- El Jardín Agrícola Tropical y el Museo Nacional de Coches si viajas con niños (o en plan adulto)

El Jardín Agrícola Tropical con especies de plantas exóticas traídas desde las antiguas colonias portuguesas es un sitio perfecto para descansar si se viaja con pequeños. Otro lugar interesante y divertido para pequeños y mayores es el Museo Nacional de Coches, con carruajes muy bien conservados y modelos antiguos de taxis.

Lisboa da más al viajero. Hay que perderse por alfama en post de los fados. Subir al tranvía número 28 y también disfrutar de la puesta del sol desde El Tajo o desde la imponente Praça do Comercio. Hay que adentrarse en sus tiendas elegantes, en las librerías. Hay que pararse en sus cafés o en los nuevos bares de moda. Y los más jóvenes tampoco querrán perderse el barrio más moderno alrededor del Parque de las Naciones. ¡Por algo Lisboa es la ciudad de moda!

¿Has ido? ¿Tienes pensado ir? Tienes la casilla comentarios abierta para ti.

Por Candela Vizcaíno

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