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Vida y obra del poeta José Ángel Valente

Cima del Canto

Cima del Canto

Candela Vizcaíno

 

De todos los poetas de la llamada generación del cincuenta es, sin lugar a dudas, José Ángel Valente (Orense, 1929 –Ginebra, 2000) una de sus voces más sugestivas, sugerentes, originales y profundas. De forma totalmente independiente, alejado de cualquier circuito cultural y literario, fue forjando una obra tan personal que, en ocasiones, se sitúa totalmente a trasmano de las corrientes poéticas en boga.

¿Quién fue el poeta José Ángel Valente?

Estudioso de las tradiciones poéticas occidentales y orientales, traductor de Celan, Cavafis, Edomond Jàbes o La Biblia, Valente creó su propio y peculiar universo pético. Es un universo en el que la palabra se erige en camino de conocimiento hacia lo sagrado, hacia el otro lado de la realidad. Apenas participó de ningún cónclave o grupo poético y su escritura se sitúa –como en el caso de Luis Cernuda, al que Valente admiraba sobremanera- al margen de las modas o corrientes imperantes para erigirse –por su personalidad, solvencia, belleza y ahondamiento en la realidad- en una de las obras más sinceras e ilustres de la producidas en lengua castellana durante el siglo XX.

Los primeros años del poeta José Ángel Valente

Nacido en Orense, en la calle Bedoya, hijo de una familia de ideas conservadoras, su infancia hubiera sido la de un niño normal de la burguesía acomodaticia de la época si no se hubiera interpuesto entre el pequeño José Ángel y la realidad triste que le rodeaba, la biblioteca de Basilio Álvarez, fundador del movimiento agrarista gallego.

Basilio Álvarez, amigo de la familia, fue suspendido “a divinis” por hechos que no nos han quedado claros, supuestamente por su filosofía liberal y su actitud combativa contra el régimen. El resultado fue, como en tantos otros casos, el exilio, pero con la esperanza de volver a su ciudad natal, confió parte de su biblioteca a la familia Valente. Lo que dejó este librepensador en la calle Bedoya fue el veneno del conocimiento, el afán de saber que nace inevitablemente, con la frecuentación recurrente de los libros.

Fruto de esas lecturas subversivas fueron sus primeros poemas, escritos cuando apenas era una adolescente. Con dieciséis años publicó sus primeros versos en la revista Poesía de Orense y un año más tarde en La Noche de Santiago de Compostela. El poeta recordaría sus tristes años de infancia en su Galicia natal con estas palabras: “En Orense pasé toda mi infancia y mi adolescencia y fui determinado por reacción a las cosas que veía en un entorno mísero en el solo había un cine y un teatro –el Principal- que funcionaba una sola vez al año […] Tenía la sensación de vivir atrapado en una ratonera y pienso que escribir, fugarse hacia dentro, fue una manera de vengar ese lado negativo que me marcó muchísimo”.

Aunque comenzó los estudios de Derecho en Orense, en 1947 se traslada a Madrid para cursar la carrera de Filosofía y Letras donde se licenció en 1954 con Premio Extraordinario.

Un año más tarde, en 1955, obtendría el Premio Adonáis con su primer poemario A modo de esperanza.

Los años de Oxford, Ginebra y el exilio

La España de la época no le daba demasiadas perspectivas al brillantemente recién licenciado y premiado José Ángel Valente. Así que no duda en aceptar la oferta de incorporación a la nómina del personal docente de la prestigiosa Universidad de Oxford. Allí daría clases como profesor de español –adscrito al Departamento de Estudios Hispánicos- hasta 1959; tiempo que aprovecha para, además, graduarse como “Master of arts”.

Como tantos otros exiliados españoles, los días en el extranjero son para la escritura, para el ahondamiento en la propia realidad poética y para la investigación en corrientes, movimientos y autores ajenos a la tradición hispánica. Se zambulle, así, en el estudio de la literatura británica; sobre todo, en Eliot y en la poesía metafísica inglesa que, como en el caso de Cernuda, actúa de nexo, de puente o de puerta hacia los místicos españoles.

En Oxford, además, tuvo la oportunidad de entrar en contacto con otros exiliados españoles, los cuales dejaron profunda huella en el ánimo y sentir de Valente. Hablamos de educadores pertenecientes a la Institución Libre de Enseñanza.

Terminado su periodo de docencia en la universidad inglesa, se traslada a la capital de Suiza. Allí trabajaría como profesor y traductor para las Naciones Unidas. Ginebra fue, además, la ciudad donde gestaría gran parte de los libros englobados por la crítica como pertenecientes a la primera etapa. Estamos hablando de obras de relevancia de Poemas a Lázaro (1960), Premio de la Crítica, Las palabras de la tribu (1971), El fin de la edad de plata (1973) o el tan estudiado Ensayo sobre Miguel de Molinos (1974), el cual actuaría como punto de inflexión para su estética futura, para el inicio de la denominada segunda etapa que se desarrollaría a partir de los años ochenta.

Tiene la oportunidad de hacer una pequeña visita a Cuba durante los meses de diciembre de 1967 y enero de 1968. En el número 162 de la calle Trocadero de La Habana, según ha contado el poeta, tuvieron lugar los fructíferos encuentros con Lezama Lima cuya personalidad y especial concepción de la poesía sería de capital importancia en la estética posterior de Valente.

El exilio forzoso en Francia y Suiza

Este exilio deseado, el alejamiento como opción vital en busca de posibilidades de estudio y trabajo impensables en la represiva España de la época, se convirtió en forzoso cuando, en los 70, saca a la calle El uniforme del general. Esta narración breve recrea un hecho verídico, una gamberrada durante la guerra, cuyo escenario es la casa del general Saliquet –situada en un pueblo de Almería- y cuyos protagonistas son los miembros de una comuna que ocupan la finca de este militar del bando nacional. Rebuscando entre los objetos amontonados en el desván encuentran ropas de gala de general y aquellos okupas no se les ocurren otra cosa que montar un espectáculo satírico burlesco mofándose de las figuras relevantes de la guerra. La situación no estaba para muchas bromas y los participantes de esta especial performance, tras ser denunciados y torturados, fueron fusilados. A ellos les costó la vida, a Valente, que cuenta el episodio años más tarde (la historia está recogida en Nueve enunciaciones) le valió un consejo de guerra y retirada del pasaporte. El poeta no pudo o no quiso volver a España hasta la muerte del dictador.

En 1975, siguiendo ese vagabundeo por distintas sedes administrativas, recae en Collongues-sous-Salève, un pueblo de la Alta Saboya francesa, fronterizo con Suiza. Muy cerca residía, también exiliada, la filósofa andaluza María Zambrano con la que Valente iniciaría una amistad bastante profunda que llevaría al poeta orensano a ahondar en la mística y en las posibilidades de encuentro de lo otro –es decir, de la divinidad- a través de la palabra poética.

Zambrano, además, motiva e incita a Valente hacia el ahondamiento, el estudio, la interpretación y la significación del exilio. Del exilio físico pero, también, del exilio espiritual que conlleva cualquier forma de incomunicación.

Los últimos años en España, en el Cabo de Gata

En 1985 Valente compra una casa en Almería, en la costa del Cabo de Gata y divide su vida entre este espacio abierto, natural y primigenio –donde se sentía a gusto entre sus gentes sencillas y su sol radiante- y sus obligaciones como traductor de la UNESCO en su sede de Ginebra.

Reticente a hacer cualquier comentario sobre su vida privada (sus amores, sus amistades y enemistades, sus preferencias…) en 1989 tiene que enfrentarse a la muerte de su único hijo varón cuando era apenas un adolescente. Esa pérdida, aunque presente hasta el fin de sus días, se intentó exorcizar en “Paisaje con pájaros amarillos” incluido en su libro No amanece el cantor. Es también en esta época –la que gasta pasando largas estancias en España- cuando empieza a ser internacionalmente reconocido y admirado.

Le es otorgado el Premio de la Crítica, de nuevo, en 1980 por Tres lecciones de tinieblas y, con carácter póstumo, en 2001 por Fragmentos de un libro futuro. Además, se le concede el Príncipe de Asturias de las Letras en 1988, el Nacional de Poesía en 1993, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1998 –en su séptima edición-, el Oficial de las Artes y las Letras en 1999. También las universidades –Santiago de Compostela y Salamanca- se suman a los reconocimientos nombrándole Doctor Honoris Causa.

Valente moriría lejos de su Orense natal y de esas tierras soleadas de Andalucía donde buscaba el anhelado sosiego y refugio necesario para la vida y la creación poética –en un hospital de Ginebra el 18 de junio de 2000, víctima de una leucemia con la que estuvo luchando los últimos días años de su vida.

La escritura de José Ángel Valente y sus temas

Aunque la honda palabra poética de José Ángle Valente fue evolucionando a lo largo del tiempo, su escritura presenta una serie de hilos conductores desde sus primeros poemas –cuando apenas era un adolescente- hasta aquellas composiciones terminadas tan solo un mes y medio antes de su fallecimiento. Fueron sus temas la muerte y la pérdida –representada tanto en la separación del ser amado como en el olvido de la esencia última del hombre-, la denuncia de la injusticia del mundo, el homenaje a los maestros, el poder de la palabra poética en ese desbroce hacia otro mundo invisible, dios y su sombra… Resumiendo tenemos:

  • Se ha señalado en repetidas ocasiones la importancia que en la concepción poética de José Ángel Valente tuvo el contacto con la palabra poética, filosófica y religiosa de los místicos de la tradición judeo-cristiana. A este respecto hay que tener presente, sobre todo, las ediciones, comentarios y lecturas de autores de la trascendencia de Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Isaac de Luria o Miguel de Molinos.
  • De este último, el poeta rescató y dio a conocer tanto su Guía espiritual, en una edición modernizada, como los detalles del proceso inquisitorial al que fue sometido el religioso aragonés tras la redacción y propagación de dicho texto. Si bien es verdad que los escritos de José Ángel Valente acusan, ante todo, esta influencia de la tradición, por así llamarla, occidental; no podemos obviar ni olvidar sus lecturas de los místicos sufíes y su especial interpretación de la estética y la literatura oriental, especialmente la japonesa. Esta influencia es mucho más acusada y patente en su último libro, Fragmentos de un libro futuro, escrito a modo de testamento poético.
  • Y si hay algo que sea contemplación de lo tremendamente otro, de aquello que supera y está más allá del hombre, ese algo es la mística; la mística estudiada y asimilada por José Ángel Valente, la mística occidental cristiana, que el poeta no duda en poner en correlación con los postulados taoístas. En palabras del poeta entresacadas de Elogio del Calígrafo: “En la mística de Occidente, sobre todo en los místicos que, como Eckart o Juan de la Cruz, derivan de descenso abisal, del ‘rayo de la tiniebla’, de la noche oscura, de la experiencia –absolutamente positiva- del vacío y de la nada, rige como en el mundo oriental el principio taoísta de la Gran Nada Primordial, que antecede a todos los seres individuales del universo y de la que estos fluyen en sus diversas formas”.
  • Paralelamente a este estudio en la percepción de lo sagrado a través de la mística occidental y oriental, Valente se embarca en el ahondamiento de las posibilidades plurisignificativas de la palabra poética, entendida como camino hacia esa nada primordial, hacia ese germen primigenio donde rige el vacío y de donde salen todas las cosas que existen.
  • José Ángel Valente entiende y defiende que el poeta tan solo intenta aprehender lo sagrado por medio de la palabra poética y que es el poema el que se eleva por encima de las palabras que lo componen; erigiéndose por tanto, más allá de su propio creador. “Multiplicador de sentidos, el poema es superior a todos sus sentidos posibles. Y aunque todos ellos nos hubieran sido dados, el poema habría de retener aún de su naturaleza lo que en rigor constituye, la fascinación del enigma”, nos dice en Notas de un simulador.
  • El poema, no el poeta, es el que genera los sentidos; es el que se adentra en lo sagrado, en un territorio desconocido para el hombre, invisible, ignoto e imprevisible en el que el poeta solo puede retirarse , apartarse, contraerse, estar en el vacío. El poeta lo único que puede hacer, de hecho, lo único que hace, es desbrozar, generar un claro –siguiendo a María Zambrano- donde la palabra poética pueda materializarse, presentarse, aparecer al igual que el rayo. El poeta lo único que puede hacer es engendrar el vacío donde la palabra poética se convierta en puerta de entrada hacia lo otro, hacia lo desconocido y lo radicalmente diferente.
  • El poema no solo se le escapa de las manos al poeta sino que, cuando se genera, cuando aparece, únicamente puede hacerlo en el instante, en el momento: “La palabra poética tiene que ser ante todo percibida no en la mediación de sentido, sino en la inmediatez de su repentina aparición. Poema querría decir así lugar de la fulgurante aparición de la palabra”. Así nos reitera, de nuevo, en Notas de un simulador.
  • El poema deviene, entonces, en una suerte de revelación. Revelación de aquello que está oculto, invisible a los ojos profanos, en otro lado que la palabra poética intenta abrir, descerrajar, arrastrar hacia este lado, hacia el lado visible del poema. En este proceso de desvelamiento, no es el poeta el que dirige la escritura sino que es la propia palabra la que impone las pautas, la que dice o se expresa sin que medie presión por parte del poeta.
  • El creador tiene que ir acostumbrándose a la aniquilación del yo que es el proceso de purificación espiritual. Toda creación literaria auténtica, poética, por utilizar la palabra poética en su sentido más amplio, tiene que ir acompañada de una experiencia espiritual, si no, no vale nada. Eso lleva a una aniquilación del yo y probablemente a una visión de la nada, aunque positiva. Quizá nuestro último cometido sea la fusión con el cosmos en el seno de la nada, volver a la nada de donde hemos venido. No es intelectual perseguir un fenómeno basado en una experiencia espiritual. 

Estamos ante un ahondamiento en el ser del hombre, en su encuentro con lo radicalmente otro, en su enfrentamiento con lo ineludible, con la muerte; pero Valente no olvida aquellos temas que le obsesionaron desde muy joven: el amor, la palabra dejada por otros que fueron antes que él, los oprimidos que no tienen voz… Todo ello es recogido en Fragmentos de un libro futuro e, indudablemente, uno de los diez mejores libros de poesía de la segunda mitad del siglo XX, y de lectura si no obligada, al menos, muy recomendable.

Un comentario de "Cima del canto", el último poema de José Ángel Valente

Por supuesto, Valente no ha entrado en la historia de la literatura solo por Fragmentos de un libro futuro y su obra toda es de una brillantez, de una tremenda claridad y una profundidad tal que se eleva a las más altas cimas de la poesía; pero, aún así y todo, es en este último libro donde se condensa y aúna su particular universo poético.

Si esto es así con esta última obra, lo es especialmente con su postrer poema, escrito tan solo mes y medio antes de su desaparición del mundo de los vivos. Si la obra en su totalidad actúa a modo de testamento poético, este haiku puro lo hace especialmente, poniendo punto y final no solo a una aventura vital sino, sobre todo, a una experiencia poética que se cierra, en apariencia, con la muerte.

CIMA del canto,

El ruiseñor y tú

ya sois lo mismo.

(Anónimo: versión)

El poeta siente la llamada de la muerte, la llamada del más allá, de lo divino. Es en ese instante –que sabe ineludible e irreversible- cuando recapitula, sintetiza, concreta todo su devenir en ese sencillo y elemental haiku (5-7-5 sílabas). La vida queda reducida a un instante. La creación poética queda reducida a un instante. La búsqueda del otro lado es solo un instante. Estamos ante el instante definitivo: estamos ante el último instante, cuando el poeta se da cuenta a dónde ha llegado, dónde está. Ha llegado a lo más alto, a la cima. Más allá no hay nada. Más allá está el todo, lo otro.

El ruiseñor, símbolo casi universal de la voz poética, se ha hecho uno con el poeta. El poeta, que ha llegado a lo más alto, se ha fundido con la poesía. El poeta ha diluido su yo personal para entrar en otra dimensión más grande, más universal, más importante. El poeta ha disuelto su voz en el hecho poético en sí, en la palabra poética que es puerta de entrada hacia lo sagrado. El poeta sabe en el umbral de esa otra dimensión y con esas palabras concluye su decir, su estar en el mundo. Y lo hace con un haiku, expresión de lo sagrado.

En palabras de Rodríguez Fer, estudioso de la obra de Valente, es “como si hubiera consagrado su vida a la poesía para escribir un único y último poema, Valente terminó su cuaderno de Fragmentos de un libro futuro y por extensión la presente obra alcanzando su particular y a la vez universal cima del canto, pues la despersonalización y la fusión propias del haiku y en general de la poesía de Extremo Oriente, difuminadoras del yo e integradoras del todo, quedaron para siempre contenidas en sus versos verdaderamente definitivos”.

En este último poema, el hombre alcanzó la cima del poeta; el poeta alcanzó la cima de la poesía y se fundió con ella. Se fundió con la palabra poética, con el hilo que nos indica el camino hacia lo divino.

Libros de José Ángel Valente

  1. A modo de esperanza, 1955, Madrid, Rialp.
  2. Poemas a Lázaro, 1960, Madrid. Artes Gráficas.
  3. Sobre el lugar del canto, 1963, Barcelona, Seix Barral.
  4. La memoria y los signos, 1966, Madrid, Revista de Occidente.
  5. Siete representaciones, 1967, Barcelona, El Bardo.
  6. Breve son, 1968, Madrid, Ciencia Nova.
  7. El inocente, 1970, México, Joaquín Moriz.
  8. Las palabras de la tribu, 1971, Madrid, Siglo XXI Editores.
  9. El fin de la edad de plata, 1973, Barcelona, Seix Barral.
  10. Ensayo sobre Miguel de Molinos, 1974, Barcelona, Barral Editores.
  11. Interior con figuras, 1976, Barcelona, Barral Editores.
  12. Material Memoria, 1979, Barcelona, La Gaya Ciencia.
  13. Tres lecciones de tinieblas, 1980, Barcelona, La Gaya Ciencia.
  14. Punto cero. Poesía 1953-1978, 1980, Barcelona, Seix Barral.
  15. Noventa y nueve poemas, 1918, Madrid, Alianza Editorial.
  16. Siete cantigas de alén, 1981, Sada, Edicios do Castro.
  17. Nueve enunciaciones, 1982, Málaga, Ediciones Begar.
  18. Mandorla, 1985, Madrid, Cátedra.
  19. Entrada en materia, 1985, Madrid, Cátedra.
  20. El inocente; Treinta y siete fragmentos, 1985, Barcelona, Orbis.
  21. Al dios del lugar, 1985, Barcelona, Tusquets.
  22. Los ojos deseados, 1990, Madrid, Julio Ollero.
  23. Variaciones sobre el pájaro y la red, 1991, Barcelona, Tusquets.
  24. Cabo de gata: la memoria y la luz, 1992, Málaga, Fundación Unicaja.
  25. Material memoria (1979-1989), 1992, Madrid, Alianza Editorial.
  26. No amanece el cantor, 1992, Barcelona, Tusquets,
  27. Nadie, 1996, Teguise (Las Palmas), Fundación César Manrique.
  28. Notas de un simulador, 1997, Madrid, Ediciones La Palma.
  29. El fulgor: antología poética (1953-1996), 1998, Barcelona, Galaxia-Gutenberg.
  30. Fragmentos de un libro futuro, 200, Barcelona, Galaxia-Gutenberg.
  31. Cima del canto, 2001, Valladolid, El gato gris.
  32. Cuaderno de versiones, 2002, Barcelona, Galaxia-Gutenberg.
  33. Elogio del calígrafo. Ensayos sobre arte, 2002, Barcelona, Galaxia-Gutenberg.
  34. La experiencia abisal, 2004, Barcelona, Galaxia Gutenberg.

Por Candela Vizcaíno

 

 

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