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La gran obra de Fernando de Rojas aparecida justo cuando el siglo XV daba sus últimos coletazos ha hecho correr ríos de tinta por críticos y eruditos de todas las épocas. Si la magistral puesta en escena de los personajes de La Celestina no fuera suficiente (dando para la posteridad uno de los tipos más conocidos, el de su protagonista), mención aparte merece el lenguaje y el estilo en La Celestina. Anoto algunas de sus características principales. 

1.- El lenguaje de La Celestina se caracteriza por la erudición que no es más que convención literaria

Aunque la crítica decimonónica se empeñó en crear una frontera entre la lengua de los personajes de estrato social alto (Calisto, Melibea y los padres de esta) con los del pueblo llano o del hampa (todos los demás con Celestina a la cabeza), esta distinción no está tan clara al día de hoy cuando se han publicado investigaciones y tesis a raudales sobre la obra. Así se ha encontrado que todos los protagonistas participan de un lenguaje elaborado, plagado de artificios estilísticos y de claras resonancias cultas. Todo ello se ha visto, simple y sencillamente, como una convención estilística, a igual que se usa el verso en el teatro del Siglo de Oro posterior. 

Dicho esto, es Calisto quien más hace uso y abuso de ciertas figuras retóricas tomadas o prestadas de la tradición petrarquista que tan buenos frutos dio en la lírica renacentista española que llegaría un poco después. Se ha reconocido en ciertos diálogos un gusto por los latinismos y por realizar la frase siguiendo la estructura de esta lengua clásica. Así, se colocan los verbos al final de la oración, se realizan incluso rimas y consonancias que nos confunden con respecto al género de la obra. A pesar de la retórica exagerada, a veces esta forma parte del dramático estilo de La Celestina.  

2.- Todos los personajes hacen uso de las citas independientemente de su estrato social 

Aunque el argumento de La Celestina nos presenta unos tipos y personajes arrastrados por todo tipo de vicios y pasiones que pagan, inexorablemente, con su propia vida, todos ellos quieren hacer gala de sabiduría. Y esta se presenta a través de citas eruditas, referencias a mitos clásicos o alusiones históricas. La genialidad de su autor hace que todo ese caudal cultural sea manipulado por ciertos personajes, especialmente por Celestina, no para servir como modelo para el bien, sino para excusar el mal egoísta que realizan. 

3.- El estilo de La Celestina está plagado de refranes  

Se han contabilizado hasta doscientos cincuenta que se encuentran en boca de todos los personajes de la obra. Tanto es así que buena parte de ellos se recogen por primera vez en la tradición escrita castellana. Esta sabiduría popular, a igual que sucede con el caso de las citas o referencias históricas, son utilizadas como excusas para justificar actitudes infames en la mayoría de los casos. En este orden de cosas, tenemos que reconocer que gran parte de la genialidad de La Celestina reside en su diálogo. Es a través del mismo por el que adivinamos una psicología tan abyecta a veces que se congracia en el regodeo de sus propios vicios. En palabras de Marcel Bataillon, uno de los críticos que mejor han estudiado el estilo de La Celestina nos encontramos que:  

“El uso cínico y sofístico que los personajes de La Celestina [se sirve] frecuentemente de las máximas y proverbios […] Esta utilización exige agudo discernimiento por parte del lector, pues con frecuencia dichas máximas están arrancadas de su recto sentido o se aplican como lecciones de sabiduría y virtud para justificar una causa inmoral, como cuando Celestina, con el fin de separar a Pármeno de la lealtad a su amo, aduce máximas de elogio de la amistad y del respeto que se debe a los padres." 

4.- El lenguaje de La Celestina se caracteriza por su dramatismo

Y todo en él gira en torno a este concepto. Por eso, cuando Calisto se expresa de manera amanerada para declarar su amor por Melibea, en sus palabras se transparentan las bajas pasiones que lo guían. Un tanto de lo mismo sucede con Celestina cuyas máximas y citas tienen como único fin la manipulación psicológica a la que somete a todos y cada uno de los protagonistas de la obra.  

Aunque buena parte de la crítica ha puesto de relieve que el lenguaje y el estilo en La Celestina se surte de toda la tradición culta anterior, la obra hace alarde de un realismo espiritual tan atroz que no hace falta caer en las expresiones del hampa para que nos conmueva. Y eso incluso hoy en día cuando buena parte de ese estilismo nos parece tan ajenos que, en ocasiones, no lo reconocemos como perteneciente a nuestra lengua. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Libros y palabras, poemas y cuentos, pausas y tertulias, recursos estilísticos, autores que nos inspiran, estilos que nos atrapan... Literatura de todos los tiempos y de todos los lugares que nos ayudan a viajar por el mundo. 

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La gran obra de Fernando de Rojas aparecida justo cuando el siglo XV daba sus últimos coletazos ha hecho correr ríos de tinta por críticos y eruditos de todas las épocas. Si la magistral puesta en escena de los personajes de La Celestina no fuera suficiente (dando para la posteridad uno de los tipos más conocidos, el de su protagonista), mención aparte merece el lenguaje y el estilo en La Celestina. Anoto algunas de sus características principales. 

1.- El lenguaje de La Celestina se caracteriza por la erudición que no es más que convención literaria

Aunque la crítica decimonónica se empeñó en crear una frontera entre la lengua de los personajes de estrato social alto (Calisto, Melibea y los padres de esta) con los del pueblo llano o del hampa (todos los demás con Celestina a la cabeza), esta distinción no está tan clara al día de hoy cuando se han publicado investigaciones y tesis a raudales sobre la obra. Así se ha encontrado que todos los protagonistas participan de un lenguaje elaborado, plagado de artificios estilísticos y de claras resonancias cultas. Todo ello se ha visto, simple y sencillamente, como una convención estilística, a igual que se usa el verso en el teatro del Siglo de Oro posterior. 

Dicho esto, es Calisto quien más hace uso y abuso de ciertas figuras retóricas tomadas o prestadas de la tradición petrarquista que tan buenos frutos dio en la lírica renacentista española que llegaría un poco después. Se ha reconocido en ciertos diálogos un gusto por los latinismos y por realizar la frase siguiendo la estructura de esta lengua clásica. Así, se colocan los verbos al final de la oración, se realizan incluso rimas y consonancias que nos confunden con respecto al género de la obra. A pesar de la retórica exagerada, a veces esta forma parte del dramático estilo de La Celestina.  

2.- Todos los personajes hacen uso de las citas independientemente de su estrato social 

Aunque el argumento de La Celestina nos presenta unos tipos y personajes arrastrados por todo tipo de vicios y pasiones que pagan, inexorablemente, con su propia vida, todos ellos quieren hacer gala de sabiduría. Y esta se presenta a través de citas eruditas, referencias a mitos clásicos o alusiones históricas. La genialidad de su autor hace que todo ese caudal cultural sea manipulado por ciertos personajes, especialmente por Celestina, no para servir como modelo para el bien, sino para excusar el mal egoísta que realizan. 

3.- El estilo de La Celestina está plagado de refranes  

Se han contabilizado hasta doscientos cincuenta que se encuentran en boca de todos los personajes de la obra. Tanto es así que buena parte de ellos se recogen por primera vez en la tradición escrita castellana. Esta sabiduría popular, a igual que sucede con el caso de las citas o referencias históricas, son utilizadas como excusas para justificar actitudes infames en la mayoría de los casos. En este orden de cosas, tenemos que reconocer que gran parte de la genialidad de La Celestina reside en su diálogo. Es a través del mismo por el que adivinamos una psicología tan abyecta a veces que se congracia en el regodeo de sus propios vicios. En palabras de Marcel Bataillon, uno de los críticos que mejor han estudiado el estilo de La Celestina nos encontramos que:  

“El uso cínico y sofístico que los personajes de La Celestina [se sirve] frecuentemente de las máximas y proverbios […] Esta utilización exige agudo discernimiento por parte del lector, pues con frecuencia dichas máximas están arrancadas de su recto sentido o se aplican como lecciones de sabiduría y virtud para justificar una causa inmoral, como cuando Celestina, con el fin de separar a Pármeno de la lealtad a su amo, aduce máximas de elogio de la amistad y del respeto que se debe a los padres." 

4.- El lenguaje de La Celestina se caracteriza por su dramatismo

Y todo en él gira en torno a este concepto. Por eso, cuando Calisto se expresa de manera amanerada para declarar su amor por Melibea, en sus palabras se transparentan las bajas pasiones que lo guían. Un tanto de lo mismo sucede con Celestina cuyas máximas y citas tienen como único fin la manipulación psicológica a la que somete a todos y cada uno de los protagonistas de la obra.  

Aunque buena parte de la crítica ha puesto de relieve que el lenguaje y el estilo en La Celestina se surte de toda la tradición culta anterior, la obra hace alarde de un realismo espiritual tan atroz que no hace falta caer en las expresiones del hampa para que nos conmueva. Y eso incluso hoy en día cuando buena parte de ese estilismo nos parece tan ajenos que, en ocasiones, no lo reconocemos como perteneciente a nuestra lengua. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Si esta gran obra ha traspasado los límites del canon en español para alcanzar los de la literatura universal se debe, especialmente, a los personajes de La Celestina. Todos los tipos, nombres y protagonistas reflejados en ella adquieren una psicología propia, un carácter individual y un espíritu contradictorio que no solo los humaniza sino que los aleja de los modos de la literatura clásica. Los personajes de La Celestina, casi sin excepción, se comportan de una manera alejada de las fórmulas establecidas en la literatura griega, romana, medieval castellana o del siglo XV. Ellos mismos se levantan creando un mundo propio, una forma de estar que nos devuelve, mediante la técnica del bombardeo, sus miserias y pocas grandezas. Y esto último lo entendemos mejor cuando la crítica ha señalado que Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, tuvo como objetivo crear una obra moralizante y ejemplarizante. Y lo hizo por el método de dejar al descubierto las ruindades más oscuras del corazón humano.  

Personajes de La Celestina principales

1.- Celestina, entre embaucadora, casamentera y hechicera

Es la protagonista indiscutible de la obra y sobre la que gira el principal argumento de La Celestina. Ella es quien aúna todos los demás caracteres a la par que se ha levantado sobre los demás creando un tipo particular. Este compite con Don Quijote, Sancho Panza o Don Juan Tenorio. Celestina es vieja, embustera, manipuladora, sin moral ninguna y se mueve solo por dinero. Aunque se ha propuesto por parte de la crítica que en la obra se da a entender que utiliza artes mágicas para rendir el ánimo de Melibea, el personaje principal no es una hechicera al uso de las obras fantásticas (como pudieran ser las novelas de caballería por poner un caso). Todo lo contrario, ya que es tremendamente realista en su crueldad, egocentrismo y afán por conseguir sus objetivos.  

Por edad, experiencia y malicia conoce los recovecos del alma humana y, como buena psicópata, se aprovecha de ellos en su propio beneficio. Las malas artes de Celestina estriba en esa manipulación, en ese hilar las debilidades humanas para conseguir aquello por lo que le pagan y en esa sabiduría o reconocimiento de las sombras espirituales de quienes les rodea. Aunque en la obra se dice que convive con elementos popularmente identificados con la brujería, más bien es una embaucadora lenguaraz que es capaz de tocar la tecla exacta de las debilidades de cada uno. De aquí su éxito y su perdición. Ella se reconoce en sus habilidades y no pone excusa para aquello a lo que se dedica. No hace juicio moral y acepta cualquier encargo que esté bien pagado sin pararse a meditar si está al margen de las normas sociales o morales. Entre otros aspectos, no estima ni respeta a nadie, ni siquiera a ella misma.  

2.- El egoísmo representado en los personajes de La Celestina: Calisto 

Si una de las características de las novelas de caballería que proliferaban en la época y de los poemas provenzales contemporáneos a la obra era la manifestación de un amor desprendido, platónico e idealizado, Calisto en ningún momento participa de estos extremos. Y eso a pesar de conducirse en público siguiendo esa convección o de conocer el mismo lenguaje, el cual usa para su propio beneficio. El joven persigue a un halcón y se encuentra, por casualidad, con Melibea. Al momento cae pasionalmente rendido y hace lo que sea por conseguir, no el corazón de la muchacha, sino el acceso a su cuerpo. Calisto no tiene altura moral ninguna ni atisbo de heroísmo. Nada hay en él que pueda ser excusable, ya que no hay ningún diálogo en la obra en el que adivinemos, aunque sea escondido, algún retazo de lo bueno o lo mejor del ser humano.   

Calisto es preso de un amor pasional, carnal e, incluso, poco caballeroso con su amada. En él solo prima el instinto básico de la consumación sexual con una joven que entiende bella y por la que se siente atraído. Para conseguir su objetivo, ya que es rechazado en primera instancia, se vale de todas las artes y medios a su alcance. Esta es la razón por la que contacta con Celestina a través de sus criados. No le importa el medio para conseguir su fin. Es tan egoísta que ni siquiera se lamenta de las muertes de quienes les han ayudado a conseguir el cuerpo de Melibea. Es un hedonista cruel que solo se rige por lo que desea en ese momento. Esa falta de heroísmo, caballerosidad o altura espiritual se reflejan en su muerte, la cual se produce de la manera más tonta posible, al perder pie en el momento de escalar los muros del huerto de Melibea. 

3.- Melibea, la joven rendida a la pasión amorosa 

Melibea, tercera de entre los principales personajes de La Celestina, es la que es representada en la obra con menos crueldad. Aunque, en un principio, rechaza tanto a Calisto como los tejemanejes de Celestina, muy pronto cae rendida a los placeres terrenales. No los conoce pero, cuando los prueba, le gusta y, además, de manera consciente. Por eso, es la encargada de gestionar los encuentros, abrir las puertas y dejarse llevar por esa pasión arrebatadora que acaba de una manera tan trágica. Melibea sabe cuál es su situación social, reconoce lo que sus padres esperan de ella y también asume que sus actos se conducen por la esfera de lo prohibido. Por eso, cuando Calisto muere de una manera tan tonta, a ella tan solo le queda la vía del suicidio. Este, por un lado, se produce porque el apego amoroso que ha sentido la ha obnubilado por completo y, por otro, porque para ella poco espacio social quedaría libre lejos de la infamia. Esto lo sabe bien Celestina, conocedora de todos los rincones y huecos oscuros del corazón cuando afirma:  

“Catívanse del primero abraço, ruegan a quien rogó, penan por el penado, házense siervas de quien eran señoras, dexan el mando y son mandadas, rompen paredes, abren ventanas, fingen enfermedades, a los chirriadores quicios de las puertas hazen con azeyte usar su oficio sin ruydo”.  

Personajes de La Celestina de estrato social bajo 

Si bien la literatura griega, romana, clásica o medieval no había tenido reparos en echar mano de tipos de extracción social baja, rondando, incluso, en el lumpen, estos siempre habían tenido una función en la obra. Esto es, en el teatro o en la poesía popular e, incluso, en la novelística posterior, se representarían con un punto cómico y utilizando estereotipos. Sin embargo, los personajes de La Celestina (a excepción de ella misma) que no pertenecen a la élite social, cobran protagonismo por méritos propios. Están representados con sus dudas (pocas), con sus miserias (muchas), con su espíritu retorcido (hasta niveles extremos), pero sin caer en el prejuicio de los que se esperan de ellos. De todos ellos Lucrecia, la doncella de Melibea es la que menor peso emocional tiene en la obra junto con Sosia y Tristán.  

Los criados de Calisto y Melibea: Sempronio, Pármeno, Sosia, Tristán y Lucrecia 

No sucede lo mismo con Sempronio y Pármeno, los mediadores entre Calisto, a quien sirven, y Celestina. En ellos, se representan espíritus innobles que son incapaces tanto de la ironía como de una mota de grandeza. Se burlan de su señor pero no para hacer ver sus fallas morales sino por deslealtad, cobardía y retorcimiento espiritual. No dudan en pelear por dinero y en matar para conseguirlo. Son tipos trágicos alejados del espacio cómico al que se relegaban los criados en la literatura tradicional. Ni siquiera tienen un espíritu hedonista o práctico. A igual que los personajes de La Celestina principales que pertenecen al estrato social más alto, se dejan arrastrar por la pasión, en su caso, por el dinero. Ellos asesinan a la vieja Celestina de manera cruel en una riña por las diferencias en las comisiones.  

Las meretrices del mundo de Celestina y Centurio  

Elicia y Areúsa son dos cortesanas que rondan la vida de la vieja alcahueta. En ellas se da la mano todos los recovecos del narcisista sin un atisbo de propósito de enmienda. Se consideran iguales a Melibea y su arrogancia les lleva a compararse con ella. Esto es, en la obra, de alguna manera u otra, se pone en la misma balanza el proceder de una joven aristocrática arrastrada por la pasión carnal que a mujeres orgullosas de ofrecer su cuerpo por dinero.  

En el mismo cajón se encuentra Centurio, un proxeneta fanfarrón que se jacta de saber matar pero, en el fondo, lo que le caracteriza es la cobardía. Es uno de los personajes de La Celestina añadido en las ediciones que aparecieron en los primeros años del siglo XVI y en él se condesa lo peor de la sociedad y del ser humano. Nada lo salva,  ni siquiera su afán por hacer gracia, su comicidad de perdedor y fracasado que no es capaz de ganarse la vida con aquello que dice saber hacer. Centurio es un monigote lenguaraz, un fantoche de los bajos fondos que nunca se ha encontrado con la nobleza cara a cara y, por tanto, la desprecia por considerarla poco útil.  

Más personajes secundarios en La Celestina: los padres de Melibea 

Pleberio y Alisa son los progenitores de la desdichada muchacha. Ellos, en parte, son las víctimas de los tejemanejes de la vieja alcahueta aunque, en la obra, de alguna manera u otra, son tachados de responsables del drama vivido en su familia. Son representados con un espíritu de extrema permisividad (para los parámetros de la época), ingenuos e, incluso, un poco arrogantes. Ni sospechan que algo así estuviera sucediendo en los límites de su casa con su propia hija. Para ellos, comportamientos de esta índole estaban fuera de su cosmovisión. Esta ingenuidad, adobada con un punto de arrogancia (al considerarse a salvo de estos enemigos), es la que se transparenta en el lamento que cierra la obra.  

Fernando de Rojas, el que es unánimemente considerado el autor de esta gran obra, levantó, con este puñado de personajes de La Celestina, tipos universales en los que exploró y llevó al límite los comportamientos más ruines, aquellos que no están disculpados por un asomo de grandeza. Son los mismos que hacen única este título de la literatura castellana de finales del siglo XV. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Si esta gran obra ha traspasado los límites del canon en español para alcanzar los de la literatura universal se debe, especialmente, a los personajes de La Celestina. Todos los tipos, nombres y protagonistas reflejados en ella adquieren una psicología propia, un carácter individual y un espíritu contradictorio que no solo los humaniza sino que los aleja de los modos de la literatura clásica. Los personajes de La Celestina, casi sin excepción, se comportan de una manera alejada de las fórmulas establecidas en la literatura griega, romana, medieval castellana o del siglo XV. Ellos mismos se levantan creando un mundo propio, una forma de estar que nos devuelve, mediante la técnica del bombardeo, sus miserias y pocas grandezas. Y esto último lo entendemos mejor cuando la crítica ha señalado que Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, tuvo como objetivo crear una obra moralizante y ejemplarizante. Y lo hizo por el método de dejar al descubierto las ruindades más oscuras del corazón humano.  

Personajes de La Celestina principales

1.- Celestina, entre embaucadora, casamentera y hechicera

Es la protagonista indiscutible de la obra y sobre la que gira el principal argumento de La Celestina. Ella es quien aúna todos los demás caracteres a la par que se ha levantado sobre los demás creando un tipo particular. Este compite con Don Quijote, Sancho Panza o Don Juan Tenorio. Celestina es vieja, embustera, manipuladora, sin moral ninguna y se mueve solo por dinero. Aunque se ha propuesto por parte de la crítica que en la obra se da a entender que utiliza artes mágicas para rendir el ánimo de Melibea, el personaje principal no es una hechicera al uso de las obras fantásticas (como pudieran ser las novelas de caballería por poner un caso). Todo lo contrario, ya que es tremendamente realista en su crueldad, egocentrismo y afán por conseguir sus objetivos.  

Por edad, experiencia y malicia conoce los recovecos del alma humana y, como buena psicópata, se aprovecha de ellos en su propio beneficio. Las malas artes de Celestina estriba en esa manipulación, en ese hilar las debilidades humanas para conseguir aquello por lo que le pagan y en esa sabiduría o reconocimiento de las sombras espirituales de quienes les rodea. Aunque en la obra se dice que convive con elementos popularmente identificados con la brujería, más bien es una embaucadora lenguaraz que es capaz de tocar la tecla exacta de las debilidades de cada uno. De aquí su éxito y su perdición. Ella se reconoce en sus habilidades y no pone excusa para aquello a lo que se dedica. No hace juicio moral y acepta cualquier encargo que esté bien pagado sin pararse a meditar si está al margen de las normas sociales o morales. Entre otros aspectos, no estima ni respeta a nadie, ni siquiera a ella misma.  

2.- El egoísmo representado en los personajes de La Celestina: Calisto 

Si una de las características de las novelas de caballería que proliferaban en la época y de los poemas provenzales contemporáneos a la obra era la manifestación de un amor desprendido, platónico e idealizado, Calisto en ningún momento participa de estos extremos. Y eso a pesar de conducirse en público siguiendo esa convección o de conocer el mismo lenguaje, el cual usa para su propio beneficio. El joven persigue a un halcón y se encuentra, por casualidad, con Melibea. Al momento cae pasionalmente rendido y hace lo que sea por conseguir, no el corazón de la muchacha, sino el acceso a su cuerpo. Calisto no tiene altura moral ninguna ni atisbo de heroísmo. Nada hay en él que pueda ser excusable, ya que no hay ningún diálogo en la obra en el que adivinemos, aunque sea escondido, algún retazo de lo bueno o lo mejor del ser humano.   

Calisto es preso de un amor pasional, carnal e, incluso, poco caballeroso con su amada. En él solo prima el instinto básico de la consumación sexual con una joven que entiende bella y por la que se siente atraído. Para conseguir su objetivo, ya que es rechazado en primera instancia, se vale de todas las artes y medios a su alcance. Esta es la razón por la que contacta con Celestina a través de sus criados. No le importa el medio para conseguir su fin. Es tan egoísta que ni siquiera se lamenta de las muertes de quienes les han ayudado a conseguir el cuerpo de Melibea. Es un hedonista cruel que solo se rige por lo que desea en ese momento. Esa falta de heroísmo, caballerosidad o altura espiritual se reflejan en su muerte, la cual se produce de la manera más tonta posible, al perder pie en el momento de escalar los muros del huerto de Melibea. 

3.- Melibea, la joven rendida a la pasión amorosa 

Melibea, tercera de entre los principales personajes de La Celestina, es la que es representada en la obra con menos crueldad. Aunque, en un principio, rechaza tanto a Calisto como los tejemanejes de Celestina, muy pronto cae rendida a los placeres terrenales. No los conoce pero, cuando los prueba, le gusta y, además, de manera consciente. Por eso, es la encargada de gestionar los encuentros, abrir las puertas y dejarse llevar por esa pasión arrebatadora que acaba de una manera tan trágica. Melibea sabe cuál es su situación social, reconoce lo que sus padres esperan de ella y también asume que sus actos se conducen por la esfera de lo prohibido. Por eso, cuando Calisto muere de una manera tan tonta, a ella tan solo le queda la vía del suicidio. Este, por un lado, se produce porque el apego amoroso que ha sentido la ha obnubilado por completo y, por otro, porque para ella poco espacio social quedaría libre lejos de la infamia. Esto lo sabe bien Celestina, conocedora de todos los rincones y huecos oscuros del corazón cuando afirma:  

“Catívanse del primero abraço, ruegan a quien rogó, penan por el penado, házense siervas de quien eran señoras, dexan el mando y son mandadas, rompen paredes, abren ventanas, fingen enfermedades, a los chirriadores quicios de las puertas hazen con azeyte usar su oficio sin ruydo”.  

Personajes de La Celestina de estrato social bajo 

Si bien la literatura griega, romana, clásica o medieval no había tenido reparos en echar mano de tipos de extracción social baja, rondando, incluso, en el lumpen, estos siempre habían tenido una función en la obra. Esto es, en el teatro o en la poesía popular e, incluso, en la novelística posterior, se representarían con un punto cómico y utilizando estereotipos. Sin embargo, los personajes de La Celestina (a excepción de ella misma) que no pertenecen a la élite social, cobran protagonismo por méritos propios. Están representados con sus dudas (pocas), con sus miserias (muchas), con su espíritu retorcido (hasta niveles extremos), pero sin caer en el prejuicio de los que se esperan de ellos. De todos ellos Lucrecia, la doncella de Melibea es la que menor peso emocional tiene en la obra junto con Sosia y Tristán.  

Los criados de Calisto y Melibea: Sempronio, Pármeno, Sosia, Tristán y Lucrecia 

No sucede lo mismo con Sempronio y Pármeno, los mediadores entre Calisto, a quien sirven, y Celestina. En ellos, se representan espíritus innobles que son incapaces tanto de la ironía como de una mota de grandeza. Se burlan de su señor pero no para hacer ver sus fallas morales sino por deslealtad, cobardía y retorcimiento espiritual. No dudan en pelear por dinero y en matar para conseguirlo. Son tipos trágicos alejados del espacio cómico al que se relegaban los criados en la literatura tradicional. Ni siquiera tienen un espíritu hedonista o práctico. A igual que los personajes de La Celestina principales que pertenecen al estrato social más alto, se dejan arrastrar por la pasión, en su caso, por el dinero. Ellos asesinan a la vieja Celestina de manera cruel en una riña por las diferencias en las comisiones.  

Las meretrices del mundo de Celestina y Centurio  

Elicia y Areúsa son dos cortesanas que rondan la vida de la vieja alcahueta. En ellas se da la mano todos los recovecos del narcisista sin un atisbo de propósito de enmienda. Se consideran iguales a Melibea y su arrogancia les lleva a compararse con ella. Esto es, en la obra, de alguna manera u otra, se pone en la misma balanza el proceder de una joven aristocrática arrastrada por la pasión carnal que a mujeres orgullosas de ofrecer su cuerpo por dinero.  

En el mismo cajón se encuentra Centurio, un proxeneta fanfarrón que se jacta de saber matar pero, en el fondo, lo que le caracteriza es la cobardía. Es uno de los personajes de La Celestina añadido en las ediciones que aparecieron en los primeros años del siglo XVI y en él se condesa lo peor de la sociedad y del ser humano. Nada lo salva,  ni siquiera su afán por hacer gracia, su comicidad de perdedor y fracasado que no es capaz de ganarse la vida con aquello que dice saber hacer. Centurio es un monigote lenguaraz, un fantoche de los bajos fondos que nunca se ha encontrado con la nobleza cara a cara y, por tanto, la desprecia por considerarla poco útil.  

Más personajes secundarios en La Celestina: los padres de Melibea 

Pleberio y Alisa son los progenitores de la desdichada muchacha. Ellos, en parte, son las víctimas de los tejemanejes de la vieja alcahueta aunque, en la obra, de alguna manera u otra, son tachados de responsables del drama vivido en su familia. Son representados con un espíritu de extrema permisividad (para los parámetros de la época), ingenuos e, incluso, un poco arrogantes. Ni sospechan que algo así estuviera sucediendo en los límites de su casa con su propia hija. Para ellos, comportamientos de esta índole estaban fuera de su cosmovisión. Esta ingenuidad, adobada con un punto de arrogancia (al considerarse a salvo de estos enemigos), es la que se transparenta en el lamento que cierra la obra.  

Fernando de Rojas, el que es unánimemente considerado el autor de esta gran obra, levantó, con este puñado de personajes de La Celestina, tipos universales en los que exploró y llevó al límite los comportamientos más ruines, aquellos que no están disculpados por un asomo de grandeza. Son los mismos que hacen única este título de la literatura castellana de finales del siglo XV. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La Celestina ha dado uno de los tipos más universales de la literatura castellana (junto con el genial Don Quijote, Sancho Panza y don Juan Tenorio) haciendo durante siglos las delicias de filólogos y estudiosos. Por si la obra en sí no tuviera sustancia artística suficiente para hacer correr ríos de tinta, un tanto de lo mismo se puede decir de la figura de Fernando de Rojas considerado, hoy por hoy, el autor de La Celestina

 

El problema de las ediciones con respecto al autor de La Celestina 

Si los personajes son dignos de estudio, un tanto de lo mismo sucede con el género, el lenguaje  y hasta el argumento de La Celestina definitivo, cada uno de ellos con una problemática específica. ¿Por qué? Porque la obra se conoce en distintas ediciones con variaciones tan significativas que afectan incluso al título. Pongamos un poco de orden en las primeras ediciones con los datos contrastados. 

1.- A la edición considerada príncipe le faltan las primeras hojas e, incluso, el título y también las páginas finales. Al parecer, fue impresa en 1499 por Fadrique de Basilea en Burgos. 

2.- Con el título de Comedia de Calisto y Melibea nos han llegado dos ediciones en ejemplares únicos en dieciséis actos. Fueron impresas en Toledo en 1500 y un año después en Sevilla. Son estas impresiones las primeras que dejan traslucir quién es el autor de La Celestina. El nombre de Fernando de Rojas aparece por primera vez en un acróstico (se lee con las primeras letras de cada verso) camuflado en once octavas insertas en la “carta a un amigo”. Además, se ha añadido el argumento que encabeza la obra y unas coplas del corrector: Alonso de Proaza, el cual, por otro lado, da las instrucciones para leer el acertijo. 

3.-  En 1502 aparecen cinco ediciones distintas, una en Salamanca, otra en Toledo y tres en Sevilla con el nombre de Tragicomedia de Calisto y Melibea. Y una de las de Sevilla es más original, ya que se titula Libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina. Es en esta de la capital andaluza la primera versión en la que se incide en el carácter de su protagonista principal. Estas cinco ediciones presentan los veintiún actos con los que se conoce la obra que han sido añadidos. Estos, además, no han sido insertados al final, sino entre los actos XIV y XXI. Este añadido de las ediciones de 1502 se conoce como Tratado de Centurio

4.- Además, hay que esperar a un edición de Alcalá de Henares de 1569 para encontrar La Celestina como protagonista de la obra y así recogido en el título, aunque se da el caso que en las traducciones a otras lenguas romances lo hacen mucho antes, en 1519. 

5.- En la “carta a un amigo” de las ediciones de 1500 y 1501, Fernando de Rojas se excusa diciendo que se encontró por casualidad el primer acto y que en unas vacaciones de quince días completó la obra. Así, se complica aún más el tema de la autoría ya que, según el autor de La Celestina, ese primer capítulo no es suyo. 

Todo esto nos indica, por un lado, que la obra tuvo un éxito casi arrollador de público, ya que no solo se sucedieron las ediciones, sino también que, en pocos años, se añadiera más texto para “completar” el original. 

 

Datos contrastados de la biografía de Fernando de Rojas 

Aunque en algún momento se puso en duda la paternidad de Fernando de Rojas como autor de La Celestina, hoy en día se acepta su nombre como el creador de la genial obra. Si bien es verdad, debido a los pocos datos sobre su persona, también ha habido críticos que ponían en cuestión hasta su existencia. real. Sin embargo, en estos siglos desde la publicación de la obra han ido saliendo documentos que permiten perfilar su biografía, aunque solo sea someramente. Por eso, sabemos que: 

1.- A través de un proceso de la Inquisición contra su suegro (Álvaro de Montalbán), que estuvo casado con Leonor Alvares y que vivía en Talavera. 

2.- Que nació en Puebla de Montalbán y que fue bachiller en leyes. 

3.- Que en su época se sabía que él fue el autor de la obra y que así se hacía notar en distintas actas y procesos. 

4.- Vivió a partir de 1517 en Talavera de la Reina y allí ocupó, incluso, la alcaldía durante un breve tiempo. 

5.- Con toda probabilidad, era de origen converso, ya que así se señala en el acta de la Inquisición del punto 1. En la misma, no se acepta su valía como testigo por ser de esta condición y se solicita otro testimonio “syn sospecha”. 

6.- En 1584, uno de sus nietos solicita la prueba de hidalguía y se remite a su abuelo Fernando de Rojas que ya ostentaba esta condición. 

7.- Se conserva el testamento del autor de La Celestina fechado el 3 de abril de 1541. 

8.- El 8 de abril de 1541, su esposa hace inventario de sus bienes (por tanto, ya debía de haber fallecido) y en él aparece una importante biblioteca. Allí se dice que fue enterrado en la “yglesia del monasterio de la Madre de Dios” de Talavera. De aquí, son exhumados en marzo de 1968. 

 

¿Salió el Acto I de la mano de Fernando de Rojas, autor de La Celestina?

Tenemos pues que, en vida de Fernando de Rojas, se alude al mismo, en actas y procesos judiciales, como el autor de La Celestina. Ahora bien, ¿qué ocurre con ese primer acto que su mismo creador dice haberse encontrado por casualidad? Adelanto que no ha llegado constancia que el mismo hubiera sido publicado antes de 1499, fecha de la edición príncipe. Aunque hay estudiosos que, incluso, han encontrado padre para dicho fragmento (Rodrigo de Cota o Juan de Mena se postularon como favoritos), al día de hoy se considera que toda la obra salió de la misma mano y además no fue escrita en tan corto espacio de tiempo. Las críticas sobre la distinta autoría de La Celestina se apoyan fundamentalmente en las palabras de Juan de Valdés, quien en su Diálogo de la Lengua afirma: 

“ Celestina, me contenta el ingenio del autor que la comencó, y no tanto el de que la acabó”. 

Sin embargo, las razones (que no es una sola) para tanto secretismo por parte de Fernando de Rojas podemos encontrarlas en: 1) en la temática poco ortodoxa de la obra, 2) en la condición de converso (de origen judío) de su creador y 3) en las prácticas peligrosas de la Inquisición cuando se topaban con textos críticos en la vertiente social y este lo es. Solo cuando el éxito de la obra parecía asegurado, Fernando de Rojas comenzó a asomar tímidamente (con un acróstico) como  el autor de La Celestina

En este sentido, fue uno de los autores más importantes del Neoclasicismo español, Leandro Fernando de Moratín el que defendió esta última tesis (la de un único autor) basándose en una de los principios y características de la literatura neoclásica: el empirismo. Esto es, realizó un análisis detallado del texto en el que demostraba que la obra salió de la misma mano. Recojo su defensa: 

“El bachiller Rojas se mueve dentro de la fábula de la Celestina, no como quien continúa obra ajena, sino como quien dispone libremente de su labor propia. Sería el más extraordinario de los prodigios literarios y aun psicológicos el que un continuador llegase a penetrar de tal modo en la concepción ajena y a identificarse de tal suerte con el espíritu del primitivo autor y con los tipos primarios que él había creado. No conocemos composición alguna donde tal prodigio se verifique…”

 

¿Y los añadidos conocidos como Tratado de Centurio son también de Fernando de Rojas? ¿Y el papel del corrector Proaza en el texto de La Celestina

Aún así hay autores y críticos (como Martín de Riquer) que apoyándose en las diferencias de lenguaje, esgrimen la tesis de los dos autores. A ello se uniría que Fernando de Rojas, en las sucesivas ediciones que se publicaron en vida, no se preocupó por desmentir este extremo. Sin embargo, esta apreciación no tiene en cuenta que el autor de La Celestina poco o escaso celo puso en las impresiones de su obra. Además, dado lo poco que conocemos de su vida, tampoco se preocupó ni por la fama ni por permanecer en la posteridad. 

Sí hay unanimidad, sin embargo, en los añadidos conocidos como Tratado de Centurio que aparece en las ediciones encabezadas como Tragicomedia. Estos serían de Fernando de Rojas que, ante el avance de su obra, quiso, de alguna manera u otra, completarla.  

Otro aspecto a tener en cuenta es el papel de Proaza como corrector, un humanista familiarizado con las convecciones literarias y con la poesía renacentista que fue quien añadió o dio la idea del acróstico sobre el nombre del autor de La Celestina. El simple hecho de que aparezca este acertijo ya nos dice del cuidado de Fernando de Rojas por pasar inadvertido, posiblemente ante la poderosa censura de su tiempo en manos de la Inquisición. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

 

 

 
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La Celestina ha dado uno de los tipos más universales de la literatura castellana (junto con el genial Don Quijote, Sancho Panza y don Juan Tenorio) haciendo durante siglos las delicias de filólogos y estudiosos. Por si la obra en sí no tuviera sustancia artística suficiente para hacer correr ríos de tinta, un tanto de lo mismo se puede decir de la figura de Fernando de Rojas considerado, hoy por hoy, el autor de La Celestina

 

El problema de las ediciones con respecto al autor de La Celestina 

Si los personajes son dignos de estudio, un tanto de lo mismo sucede con el género, el lenguaje  y hasta el argumento de La Celestina definitivo, cada uno de ellos con una problemática específica. ¿Por qué? Porque la obra se conoce en distintas ediciones con variaciones tan significativas que afectan incluso al título. Pongamos un poco de orden en las primeras ediciones con los datos contrastados. 

1.- A la edición considerada príncipe le faltan las primeras hojas e, incluso, el título y también las páginas finales. Al parecer, fue impresa en 1499 por Fadrique de Basilea en Burgos. 

2.- Con el título de Comedia de Calisto y Melibea nos han llegado dos ediciones en ejemplares únicos en dieciséis actos. Fueron impresas en Toledo en 1500 y un año después en Sevilla. Son estas impresiones las primeras que dejan traslucir quién es el autor de La Celestina. El nombre de Fernando de Rojas aparece por primera vez en un acróstico (se lee con las primeras letras de cada verso) camuflado en once octavas insertas en la “carta a un amigo”. Además, se ha añadido el argumento que encabeza la obra y unas coplas del corrector: Alonso de Proaza, el cual, por otro lado, da las instrucciones para leer el acertijo. 

3.-  En 1502 aparecen cinco ediciones distintas, una en Salamanca, otra en Toledo y tres en Sevilla con el nombre de Tragicomedia de Calisto y Melibea. Y una de las de Sevilla es más original, ya que se titula Libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina. Es en esta de la capital andaluza la primera versión en la que se incide en el carácter de su protagonista principal. Estas cinco ediciones presentan los veintiún actos con los que se conoce la obra que han sido añadidos. Estos, además, no han sido insertados al final, sino entre los actos XIV y XXI. Este añadido de las ediciones de 1502 se conoce como Tratado de Centurio

4.- Además, hay que esperar a un edición de Alcalá de Henares de 1569 para encontrar La Celestina como protagonista de la obra y así recogido en el título, aunque se da el caso que en las traducciones a otras lenguas romances lo hacen mucho antes, en 1519. 

5.- En la “carta a un amigo” de las ediciones de 1500 y 1501, Fernando de Rojas se excusa diciendo que se encontró por casualidad el primer acto y que en unas vacaciones de quince días completó la obra. Así, se complica aún más el tema de la autoría ya que, según el autor de La Celestina, ese primer capítulo no es suyo. 

Todo esto nos indica, por un lado, que la obra tuvo un éxito casi arrollador de público, ya que no solo se sucedieron las ediciones, sino también que, en pocos años, se añadiera más texto para “completar” el original. 

 

Datos contrastados de la biografía de Fernando de Rojas 

Aunque en algún momento se puso en duda la paternidad de Fernando de Rojas como autor de La Celestina, hoy en día se acepta su nombre como el creador de la genial obra. Si bien es verdad, debido a los pocos datos sobre su persona, también ha habido críticos que ponían en cuestión hasta su existencia. real. Sin embargo, en estos siglos desde la publicación de la obra han ido saliendo documentos que permiten perfilar su biografía, aunque solo sea someramente. Por eso, sabemos que: 

1.- A través de un proceso de la Inquisición contra su suegro (Álvaro de Montalbán), que estuvo casado con Leonor Alvares y que vivía en Talavera. 

2.- Que nació en Puebla de Montalbán y que fue bachiller en leyes. 

3.- Que en su época se sabía que él fue el autor de la obra y que así se hacía notar en distintas actas y procesos. 

4.- Vivió a partir de 1517 en Talavera de la Reina y allí ocupó, incluso, la alcaldía durante un breve tiempo. 

5.- Con toda probabilidad, era de origen converso, ya que así se señala en el acta de la Inquisición del punto 1. En la misma, no se acepta su valía como testigo por ser de esta condición y se solicita otro testimonio “syn sospecha”. 

6.- En 1584, uno de sus nietos solicita la prueba de hidalguía y se remite a su abuelo Fernando de Rojas que ya ostentaba esta condición. 

7.- Se conserva el testamento del autor de La Celestina fechado el 3 de abril de 1541. 

8.- El 8 de abril de 1541, su esposa hace inventario de sus bienes (por tanto, ya debía de haber fallecido) y en él aparece una importante biblioteca. Allí se dice que fue enterrado en la “yglesia del monasterio de la Madre de Dios” de Talavera. De aquí, son exhumados en marzo de 1968. 

 

¿Salió el Acto I de la mano de Fernando de Rojas, autor de La Celestina?

Tenemos pues que, en vida de Fernando de Rojas, se alude al mismo, en actas y procesos judiciales, como el autor de La Celestina. Ahora bien, ¿qué ocurre con ese primer acto que su mismo creador dice haberse encontrado por casualidad? Adelanto que no ha llegado constancia que el mismo hubiera sido publicado antes de 1499, fecha de la edición príncipe. Aunque hay estudiosos que, incluso, han encontrado padre para dicho fragmento (Rodrigo de Cota o Juan de Mena se postularon como favoritos), al día de hoy se considera que toda la obra salió de la misma mano y además no fue escrita en tan corto espacio de tiempo. Las críticas sobre la distinta autoría de La Celestina se apoyan fundamentalmente en las palabras de Juan de Valdés, quien en su Diálogo de la Lengua afirma: 

“ Celestina, me contenta el ingenio del autor que la comencó, y no tanto el de que la acabó”. 

Sin embargo, las razones (que no es una sola) para tanto secretismo por parte de Fernando de Rojas podemos encontrarlas en: 1) en la temática poco ortodoxa de la obra, 2) en la condición de converso (de origen judío) de su creador y 3) en las prácticas peligrosas de la Inquisición cuando se topaban con textos críticos en la vertiente social y este lo es. Solo cuando el éxito de la obra parecía asegurado, Fernando de Rojas comenzó a asomar tímidamente (con un acróstico) como  el autor de La Celestina

En este sentido, fue uno de los autores más importantes del Neoclasicismo español, Leandro Fernando de Moratín el que defendió esta última tesis (la de un único autor) basándose en una de los principios y características de la literatura neoclásica: el empirismo. Esto es, realizó un análisis detallado del texto en el que demostraba que la obra salió de la misma mano. Recojo su defensa: 

“El bachiller Rojas se mueve dentro de la fábula de la Celestina, no como quien continúa obra ajena, sino como quien dispone libremente de su labor propia. Sería el más extraordinario de los prodigios literarios y aun psicológicos el que un continuador llegase a penetrar de tal modo en la concepción ajena y a identificarse de tal suerte con el espíritu del primitivo autor y con los tipos primarios que él había creado. No conocemos composición alguna donde tal prodigio se verifique…”

 

¿Y los añadidos conocidos como Tratado de Centurio son también de Fernando de Rojas? ¿Y el papel del corrector Proaza en el texto de La Celestina

Aún así hay autores y críticos (como Martín de Riquer) que apoyándose en las diferencias de lenguaje, esgrimen la tesis de los dos autores. A ello se uniría que Fernando de Rojas, en las sucesivas ediciones que se publicaron en vida, no se preocupó por desmentir este extremo. Sin embargo, esta apreciación no tiene en cuenta que el autor de La Celestina poco o escaso celo puso en las impresiones de su obra. Además, dado lo poco que conocemos de su vida, tampoco se preocupó ni por la fama ni por permanecer en la posteridad. 

Sí hay unanimidad, sin embargo, en los añadidos conocidos como Tratado de Centurio que aparece en las ediciones encabezadas como Tragicomedia. Estos serían de Fernando de Rojas que, ante el avance de su obra, quiso, de alguna manera u otra, completarla.  

Otro aspecto a tener en cuenta es el papel de Proaza como corrector, un humanista familiarizado con las convecciones literarias y con la poesía renacentista que fue quien añadió o dio la idea del acróstico sobre el nombre del autor de La Celestina. El simple hecho de que aparezca este acertijo ya nos dice del cuidado de Fernando de Rojas por pasar inadvertido, posiblemente ante la poderosa censura de su tiempo en manos de la Inquisición. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

 

 

 
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La crítica, los lectores, los estudiosos y los que componen el canon son unánimes a la hora de evaluar la importancia de La Celestina, no ya para la literatura en lengua castellana, sino para la universal. Obra señera del siglo XV, ha llegado incólume al XXI dando uno de los personajes españoles más importantes del imaginario popular. La alcahueta, casamentera o mediadora en pasiones ocupa un podio de honor junto con el realista Sancho Panza, el idealista Don Quijote y ese espécimen entre truhan y desgraciado que es Don Juan. Su nombre, por tanto, ha quedado vinculado a una forma de ser y estar en el mundo cuya descripción o semblanza empieza y termina con ella misma. Hoy nos adentramos en el resumen corto de La Celestina, obra que ha copado obras de teatro, versiones cinematográficas e, incluso, musicales y óperas. 

El tema de La Celestina antes de abordar el resumen 

Los protagonistas principales de la obra son 1) Celestina, una casamentera, alcahueta o mediadora, por dinero, entre posibles enamorados, 2) Calisto  (joven aristocrático rendido a la pasión carnal sin medida) y 3) Melibea que se deja seducir por el muchacho. Aparte de esta triada de personajes nos encontramos con 4) Sempronio y 5) Pármeno, criados de Calisto retratados con vicios pequeños que les lleva a cometer grandes crímenes. También hay que destacar los nombres de 5) Alisa y 6) Pleberio, padres de Melibea que, aunque, en apariencia, están tratados con condescendencia también se vierten críticas sobre ellos.  

Porque La Celestina no es que solo sea una de las grandes obras de ficción de la literatura universal es que en ella, de una manera cruda y descarnada, se presentan todos los vicios, recovecos, maldades y, a la postre,  la menudencia de un alma humana que se niega a la trascendencia y se ufana en embarrarse en lodos morales. Y es aquí donde reside el tema de La Celestina. En ella no se canta al amor puro (cuya antítesis son las novelas de caballería que proliferaban en la época) sino que se entretiene en la más bajas pasiones carnales. Tampoco se llega al regocijo que pudiera presentar el Arcipreste de Hita en su Libro del Buen Amor, con su canto al hedonismo e instigación a vivir el momento. En La Celestina todo eso queda relegado y el ambiente se vuelve oscuro, espeso espiritualmente, asfixiante por la condena moral que viven los protagonistas incapaces de agarrarse a virtud alguna. Todos ellos están atrapados en almas que no pueden intuir los placeres de la grandeza humana y, por tanto, todos sus comportamientos son altamente retorcidos. Por eso, en la obra priman el egoísmo aberrante, las pasiones carnales descontroladas, la ruindad en todas sus aristas y, en último extremo, la falta de miras que conlleva un mínimo de responsabilidad moral para con el otro.  

Resumen corto de La Celestina 

Calisto es un joven aristocrático, ocioso y andariego que un día, persiguiendo uno  de sus halcones, recae en el jardín de Melibea. Allí se topa con la joven y,  al instante, cae rendido pasionalmente  ante la belleza de la muchacha.  Es tan loco su arrebato y de tal fulgor que hará lo imposible para que la doncella se encuentre entre sus brazos.  Ni que decir tiene que no hay en Calisto ningún atisbo de buenas intenciones (entendidas estas como el deseo de compartir y construir el amor con miras hacia el futuro). Y aunque la inocente Melibea, al principio, se deja requerir también sucumbe a esta pasión totalmente carnal y, entendemos, pasajera.  

Como Calisto no logra que, en un principio, la muchacha atienda sus requiebros, por medio de uno de sus criados, Sempronio, contrata a Celestina, una vieja dedicada a malmeter o a hacer sucumbir voluntades. Esta alcahueta, casamentera,  lenguaraz y desvergonzada trabaja por dinero. Aunque, en un principio Melibea se resiste a hacerse ver y tratar por el joven, por medio de la vieja accede a la petición. Como Celestina consigue sus objetivos, es recompensada generosamente por Calisto. Sin embargo, el premio (oro en mano) es llevado por los criados de este que, con el fin de procurarse una ganancia económica, entran en una pelea tan agresiva con la vieja que la asesinan cruelmente. El altercado llega a conocimiento de la justicia y ambos son sentenciados a muerte. Así que el resumen de La Celestina continúa con tres de sus protagonistas muertos de una manera violenta. 

Pero aún queda mucha sangre por correr en la obra, ya que los encuentros con Calisto se producen asaltando la tapia del jardín de Melibea, el cual (no hace falta que lo diga) se ha convertido en todo un símbolo. Y, una noche, debido a un traspié cae de mala manera y se mata. La joven, ante el percance y  sin poder afrontar la vida sin esa pasión y las consecuencias sociales y familiares de la misma, se suicida. Hay que anotar en este resumen corto de La Celestina que la obra termina con el lamento de los padres de la muchacha que no quisieron o no supieron ver los malos pasos de su hija.  

Argumento de La Celestina inserto en la misma obra 

Son legión los críticos que ven en la dureza de la obra una intencionalidad moralizante o educativa.  Y esto se subraya en el mismo resumen con el que aparece el texto. La Celestina es una obra de un realismo descarnado donde se pone, de manera magistral, en evidencia el lodazal de las pasiones más destructivas sin atener a ningún atisbo de grandeza. Todo ello se hace con un deseo de servir de advertencia. Este sentido viene manifestado así: 

“Por solicitud del pungido Calisto, vencido el casto propósito della -enterveniendo Celestina, mala y astuta muger, con dos sirvientes del vencido Calisto, engañados y por ésta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte- vinieron los amantes, y los que los suministraron, en amargo y desastrado fin. Para comienço de lo que dispuso el adversa fortuna lugar oportuno, donde a la presencia de Calisto se presentó la deseada Melibea.” 

Y la intencionalidad moralizante de La Celestina queda, incluso, manifiesta en la introducción a la obra:  

“Síguese la comedia de Calisto y Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados, que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman e dizen ser su Dios. Assimismo fecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisongeros sirvientes”. 

Este resumen de La Celestina, sin entrar en otros condicionamientos literarios de la obra, ya nos dice de la originalidad y, a la par, de la intemporalidad de la misma.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

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La crítica, los lectores, los estudiosos y los que componen el canon son unánimes a la hora de evaluar la importancia de La Celestina, no ya para la literatura en lengua castellana, sino para la universal. Obra señera del siglo XV, ha llegado incólume al XXI dando uno de los personajes españoles más importantes del imaginario popular. La alcahueta, casamentera o mediadora en pasiones ocupa un podio de honor junto con el realista Sancho Panza, el idealista Don Quijote y ese espécimen entre truhan y desgraciado que es Don Juan. Su nombre, por tanto, ha quedado vinculado a una forma de ser y estar en el mundo cuya descripción o semblanza empieza y termina con ella misma. Hoy nos adentramos en el resumen corto de La Celestina, obra que ha copado obras de teatro, versiones cinematográficas e, incluso, musicales y óperas. 

El tema de La Celestina antes de abordar el resumen 

Los protagonistas principales de la obra son 1) Celestina, una casamentera, alcahueta o mediadora, por dinero, entre posibles enamorados, 2) Calisto  (joven aristocrático rendido a la pasión carnal sin medida) y 3) Melibea que se deja seducir por el muchacho. Aparte de esta triada de personajes nos encontramos con 4) Sempronio y 5) Pármeno, criados de Calisto retratados con vicios pequeños que les lleva a cometer grandes crímenes. También hay que destacar los nombres de 5) Alisa y 6) Pleberio, padres de Melibea que, aunque, en apariencia, están tratados con condescendencia también se vierten críticas sobre ellos.  

Porque La Celestina no es que solo sea una de las grandes obras de ficción de la literatura universal es que en ella, de una manera cruda y descarnada, se presentan todos los vicios, recovecos, maldades y, a la postre,  la menudencia de un alma humana que se niega a la trascendencia y se ufana en embarrarse en lodos morales. Y es aquí donde reside el tema de La Celestina. En ella no se canta al amor puro (cuya antítesis son las novelas de caballería que proliferaban en la época) sino que se entretiene en la más bajas pasiones carnales. Tampoco se llega al regocijo que pudiera presentar el Arcipreste de Hita en su Libro del Buen Amor, con su canto al hedonismo e instigación a vivir el momento. En La Celestina todo eso queda relegado y el ambiente se vuelve oscuro, espeso espiritualmente, asfixiante por la condena moral que viven los protagonistas incapaces de agarrarse a virtud alguna. Todos ellos están atrapados en almas que no pueden intuir los placeres de la grandeza humana y, por tanto, todos sus comportamientos son altamente retorcidos. Por eso, en la obra priman el egoísmo aberrante, las pasiones carnales descontroladas, la ruindad en todas sus aristas y, en último extremo, la falta de miras que conlleva un mínimo de responsabilidad moral para con el otro.  

Resumen corto de La Celestina 

Calisto es un joven aristocrático, ocioso y andariego que un día, persiguiendo uno  de sus halcones, recae en el jardín de Melibea. Allí se topa con la joven y,  al instante, cae rendido pasionalmente  ante la belleza de la muchacha.  Es tan loco su arrebato y de tal fulgor que hará lo imposible para que la doncella se encuentre entre sus brazos.  Ni que decir tiene que no hay en Calisto ningún atisbo de buenas intenciones (entendidas estas como el deseo de compartir y construir el amor con miras hacia el futuro). Y aunque la inocente Melibea, al principio, se deja requerir también sucumbe a esta pasión totalmente carnal y, entendemos, pasajera.  

Como Calisto no logra que, en un principio, la muchacha atienda sus requiebros, por medio de uno de sus criados, Sempronio, contrata a Celestina, una vieja dedicada a malmeter o a hacer sucumbir voluntades. Esta alcahueta, casamentera,  lenguaraz y desvergonzada trabaja por dinero. Aunque, en un principio Melibea se resiste a hacerse ver y tratar por el joven, por medio de la vieja accede a la petición. Como Celestina consigue sus objetivos, es recompensada generosamente por Calisto. Sin embargo, el premio (oro en mano) es llevado por los criados de este que, con el fin de procurarse una ganancia económica, entran en una pelea tan agresiva con la vieja que la asesinan cruelmente. El altercado llega a conocimiento de la justicia y ambos son sentenciados a muerte. Así que el resumen de La Celestina continúa con tres de sus protagonistas muertos de una manera violenta. 

Pero aún queda mucha sangre por correr en la obra, ya que los encuentros con Calisto se producen asaltando la tapia del jardín de Melibea, el cual (no hace falta que lo diga) se ha convertido en todo un símbolo. Y, una noche, debido a un traspié cae de mala manera y se mata. La joven, ante el percance y  sin poder afrontar la vida sin esa pasión y las consecuencias sociales y familiares de la misma, se suicida. Hay que anotar en este resumen corto de La Celestina que la obra termina con el lamento de los padres de la muchacha que no quisieron o no supieron ver los malos pasos de su hija.  

Argumento de La Celestina inserto en la misma obra 

Son legión los críticos que ven en la dureza de la obra una intencionalidad moralizante o educativa.  Y esto se subraya en el mismo resumen con el que aparece el texto. La Celestina es una obra de un realismo descarnado donde se pone, de manera magistral, en evidencia el lodazal de las pasiones más destructivas sin atener a ningún atisbo de grandeza. Todo ello se hace con un deseo de servir de advertencia. Este sentido viene manifestado así: 

“Por solicitud del pungido Calisto, vencido el casto propósito della -enterveniendo Celestina, mala y astuta muger, con dos sirvientes del vencido Calisto, engañados y por ésta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte- vinieron los amantes, y los que los suministraron, en amargo y desastrado fin. Para comienço de lo que dispuso el adversa fortuna lugar oportuno, donde a la presencia de Calisto se presentó la deseada Melibea.” 

Y la intencionalidad moralizante de La Celestina queda, incluso, manifiesta en la introducción a la obra:  

“Síguese la comedia de Calisto y Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados, que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman e dizen ser su Dios. Assimismo fecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisongeros sirvientes”. 

Este resumen de La Celestina, sin entrar en otros condicionamientos literarios de la obra, ya nos dice de la originalidad y, a la par, de la intemporalidad de la misma.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

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Biografía de Juan de la Encina

También conocido como Juan de Fermoselle por considerarse que pudiera haber nacido en dicha localidad zamorana, conocemos su fecha de llegada al mundo (1468) pero no está claro el emplazamiento. Salamanca se encuentra como la favorita. Sí está demostrado que estudió en su Universidad, en un momento en el que se estaban forjando todas las características del renacimiento literario, artístico y filosófico. Hay quienes apuntan a que pudo estudiar con Nebrija. Mentores y maestros aparte, se graduó como bachiller en leyes y en su época de estudiante se empapó del conocimiento de la cultura pagana, no solo de la filosofía sino también de la literatura griega y romana. Por tanto, este sustrato se encuentra presente en sus obras, alejadas totalmente de la temática y cosmovisión que habían mostrado los grandes autores de la Edad Media que han llegado hasta nosotros.  

Juan de la Encina no solo ha pasado a la historia de la literatura por sus églogas sino también a la de la música por sus villancicos los cuales aún forman parte del repertorio de coros y corales actuales. Con un fino talento para el arte musical, a lo largo de su vida se presentó a distintos puestos para ocupar la plaza de cantor en destinos señalados. Sin embargo, o bien perdía la convocatoria o bien la abandonaba por un puesto más jugoso llevado por un no disimulado (ya que incluso lo deja reflejado en sus escritos) espíritu de arribismo más que de ambición. Quizás por eso desde muy joven entró al servicio de los duques de Alba buscando un mecenazgo o un apoyo económico que de otra manera sería muy difícil en la época. En este sentido, en el palacio de Fadrique Álvarez de Toledo se representaron sus primeras composiciones dramáticas en momentos señalados del calendario litúrgico (especialmente Navidad pero también en Semana Santa).  

Juan de la Encina, espíritu viajero  

Se tiene constancia de que en 1500 (quizás un año antes) se encontraba en Roma donde entró al servició de distintos y sucesivos papas: Alejandro VI, Julio II y León X. En el Vaticano desplegó sus dotes como cantor a la par que disfrutaba del ambiente de estas opulentas cortes que a veces olvidaban los principios de Cristo para relajarse en una vida hedonista en lo cultural y placentera en todos los sentidos. Allí Juan de la Encina se codeó con cardenales, príncipes y embajadores que gustaban de sus composiciones musicales y literarias.  

Al final de su vida, en 1519, se ordenó sacerdote para viajar posteriormente a Jerusalén donde celebró su primera misa. De Tierra Santa marchó a León donde obtuvo un puesto como cantor y donde murió en 1529, aunque la fecha exacta no está confirmada. La crítica ha señalado que las distintas ciudades por las que pasó dejaron un importante sustrato intelectual en Juan de la Encina. Es ineludible esta huella cuando Salamanca se abría paso como una sede internacional universitaria centrada en el estudio de los clásicos latinos y Roma (junto con Florencia) se asentaba en todos los postulados del Renacimiento que dinamitaba el mundo medieval anterior. Al enfrentarse con la sagrada Jerusalén en la senectud, la ciudad le invita a reflexionar sobre la vida, la existencia y el sentido último de nuestro paso por este mundo. 

Obras de Juan de la Encina

Todo este bagaje (el cultivado de Salamanca, el hedonista o pagano de Roma y el recogido de Jerusalén) se encuentra presente en su obra, la cual, con toda certeza y salvo algunos retazos, estaba completamente escrita antes de que cumpliera los treinta años. El resto de su vida (tal como declara en algún momento) se lo pasó Juan de la Encina intentando medrar para conseguir cargos y una existencia regalada. Es en Trivagia, poema compuesto al final de su existencia, cuando se lamenta de ese tiempo fugit (más bien perdido) y hace un acto de enmienda que no llega a cumplir. Aún así nos ha dejado importantes obras literarias y musicales por las que merece un puesto destacado en la historia del arte. Anoto: 

Obras de Juan de la Encina de poesía

1.- Cancionero de Juan de la Encina

Obra de juventud ya que fue compuesto entre los 14 y 28 años, los poemas recogidos en sucesivas ediciones fueron creados con el fin principal de insertar música. Esto es, son piezas líricas creadas para ser cantadas en momentos cruciales del calendario litúrgico. Denotan un profundo arraigo aún en la lírica medieval aunque ya se manifiesta (como en buena parte de su obra posterior) el sentir del Renacimiento. 

2.- Arte de la poesía castellana

Aunque se vislumbra algunos de los preceptos de Nebrija, aún no se ha sacudido del todo del sustrato de la poesía trovadoresca anterior. Por tanto, Juan de la Encina continúa siendo un puente artístico entre los viejos principios o características de la literatura medieval y el nuevo hacer que explota con el Renacimiento 

3.- Trivagia

Poema de senectud compuesto tras su paso por Jerusalén con un tono sobrio y de autocrítica.  

Obras de Juan de la Encina clasificadas como teatro 

Porque no podemos definirlas como obras dramáticas al estilo de un Lope de Vega por poner un caso. Son estas piezas, creaciones de transición que no han abandonado la belleza rústica de los autos sacramentales y que aún no pueden considerarse teatro en plenitud. En todas ellas (especialmente las de la primera etapa) predomina un componente narrativo sobre el diálogo que intenta salvar las condiciones en las que fueron creadas. Anoto aquí que, con toda probabilidad, estas composiciones nacieron para ser representadas en los palacios de los mecenas que trató Juan de la Encina durante toda su vida más que para un público teatral tal como lo concebimos hoy en día.  

Obras dramáticas de Juan de la Encina de la primera etapa 

1.- Églogas de Navidad que son tres y fueron representadas ese día el año 1492 en la residencia del duque de Alba. En ellas no hay empacho tanto en halagar a sus promotores como en hacer marketing de sus virtudes artísticas. Y estas líneas anteceden a la narración (más que representación) por parte de los pastores de todos los pormenores del nacimiento de Jesús. Esto es, los sucesos que se narran no tienen lugar ante el espectador y, más bien, nos cuentan o cantan una historia. 

2.- Representaciones de la Pasión y Resurrección son del mismo tenor que las anteriores ya que se relata lo acaecido en el Monte Calvario y la posterior resurrección de Cristo.  

3.- Égloga de Carnaval o de Atruejo es una de las primeras en las que predomina el tema profano. También fue representada en el palacio de los duques de Alba en 1494 y en ella se adivina el sustrato del Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita con su regocijo en la gula u otros placeres terrenales. 

4.- Auto de Repelón ofrece una narración centrada en los juegos de escarnio que se hicieron populares en los ambientes universitarios salmantinos. Sin embargo, se duda de la autoría de Juan de la Encina de esta obra tanto por el estilo como por los diversos vaivenes que sufrió en las primeras ediciones.  

5.- La Égloga de Mingo, Gil y Pascuala gira en torno a un amor profano nuevo en la literatura castellana y cuyos protagonistas son pastores envueltos en un triángulo amoroso.

6.- Triunfo del Amor fue representada ante el Príncipe Juan en 1497 y no tiene el ritmo y calidad del resto de las obras de Juan de la Encina.  

7.- Égloga de las grandes lluvias fue otra pieza para celebrar la Nochebuena (la del año 1498) en el palacio de los Alba. En ella se mezclan acontecimientos contemporáneos con la adulación a los mecenas a la par que se hace sin ningún pudor mención a asuntos profesionales del autor. Y todo ello se remata con la representación navideña propiamente dicha.  

Obras dramáticas de Juan de la Encina de la segunda etapa 

En estos tres nombres se concentra lo más granado de la producción del escritor con composiciones de ambiente pastoril en los que la cultura pagana se entremezcla con los temas populares castellanos con gran acierto estilístico. Son: 

Égloga de Fileno, Zambardo y Carroño 

Está escrita en octavas con rimas consonantes y está considerada uno de los primeros dramas completos en castellano con su exposición, nudo y desenlace. En ella Juan de la Encina no se entretiene en loas o en narraciones descriptivas. Algunos críticos han encontrado el origen de esta trama en unos de los relatos insertados en el Amadís de Gaula. En ella se resuelve de manera dramática un triángulo amoroso mientras que los personajes han sido definidos desde el punto de vista psicológico de manera afinada. De este título son estos conocidos versos: 

¡Oh montes, oh valles, oh sierras, oh llanos, 

Oh bosques, oh prados, oh fuentes, oh ríos…! 

Égloga de Plácida y Victoriano, la gran obra de Juan de la Encina

También tiene como protagonistas a pastores idealizados que se entregan al amor profano dejando atrás toda la cosmovisión medieval. En ella se invoca a la diosa Venus que impide que Victoriano (loco por la pérdida de Plácida) acabe con su vida. Al tiempo, la deidad le pide a Mercurio que resucite a la desdichada muchacha para que puedan terminar sus días en este mundo con felicidad. Aunque a ojos de los lectores del siglo XXI la temática y argumento nos puede parecer ingenua incluso, en la época (con sus procesos de censura) fue tenida por tan escandalosa que entró en el Índice de los Libros Prohibidos. 

Égloga de Cristino y Febes 

En ella se da un paso más en la representación de los goces del mundo del aquí y el ahora. Cristino, joven y hermoso, decide llevar una vida retirada como ermitaño. Sin embargo, los dioses paganos tienen otros planes para él y, a través de Cupido, es herido con una flecha de amor. De inmediato se queda prendado (no ya de una pastora más o menos idealizada) sino de una ninfa que no duda en desplegar todos sus encantos para que el joven abandone cualquier idea de vida ascética.  

Estilo artístico de Juan de la Encina 

De forma muy resumida, hay que anotar lo siguiente:  

1.- Los pastores idealizados o tomados de la tradición popular castellana son los personajes de las obras de Juan de la Encina ya sean para ser protagonistas de amores tormentosos como para narrar la vida de Cristo. 

2.- El mundo pagano cobra fuerza por primera vez en la literatura en español abandonándose a sus dioses, a su forma de vida y al goce de los sentidos. 

3.- La música es siempre una parte inherente de la lírica. 

4.- A pesar del carácter dramático (e incluso pasional) de la gran mayoría de las obras, hay pinceladas de humor y comicidad. Estas recaen siempre en personajes calificados como rústicos, simples o poco instruidos que se conducen a través de un lenguaje sencillo y libre de artificios. 

5.- El nuevo amor pasional, humano y carnal que se representan en gran parte de las églogas de Juan de la Encina manifiestan una conciencia superior, humanística y conocedora de la obra de los grandes clásicos (se ha notado especialmente Virgilio).

6.- En Juan de la Encina nos encontramos un castellano completo, complejo y plenamente formado que adelanta los grandes nombres posteriores y que nada tiene que ver con lo poco que nos ha llegado del periodo medieval.  

En resumidas cuentas, el artista se nos presenta como puente tanto entre dos mundos (el medieval que se apaga y el renacentista que nace con todo tipo de brillo) como entre dos cosmovisiones (la cristiana centrada, en esos momentos, en la renuncia y la pagana homocéntrica). Juan de la Encina, en definitiva, pone los cimientos para el desarrollo especialmente de la dramaturgia posterior que tan grandes nombre dieron sin renunciar a un estilo propio y novedoso en la literatura castellana. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla.

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Biografía de Juan de la Encina

También conocido como Juan de Fermoselle por considerarse que pudiera haber nacido en dicha localidad zamorana, conocemos su fecha de llegada al mundo (1468) pero no está claro el emplazamiento. Salamanca se encuentra como la favorita. Sí está demostrado que estudió en su Universidad, en un momento en el que se estaban forjando todas las características del renacimiento literario, artístico y filosófico. Hay quienes apuntan a que pudo estudiar con Nebrija. Mentores y maestros aparte, se graduó como bachiller en leyes y en su época de estudiante se empapó del conocimiento de la cultura pagana, no solo de la filosofía sino también de la literatura griega y romana. Por tanto, este sustrato se encuentra presente en sus obras, alejadas totalmente de la temática y cosmovisión que habían mostrado los grandes autores de la Edad Media que han llegado hasta nosotros.  

Juan de la Encina no solo ha pasado a la historia de la literatura por sus églogas sino también a la de la música por sus villancicos los cuales aún forman parte del repertorio de coros y corales actuales. Con un fino talento para el arte musical, a lo largo de su vida se presentó a distintos puestos para ocupar la plaza de cantor en destinos señalados. Sin embargo, o bien perdía la convocatoria o bien la abandonaba por un puesto más jugoso llevado por un no disimulado (ya que incluso lo deja reflejado en sus escritos) espíritu de arribismo más que de ambición. Quizás por eso desde muy joven entró al servicio de los duques de Alba buscando un mecenazgo o un apoyo económico que de otra manera sería muy difícil en la época. En este sentido, en el palacio de Fadrique Álvarez de Toledo se representaron sus primeras composiciones dramáticas en momentos señalados del calendario litúrgico (especialmente Navidad pero también en Semana Santa).  

Juan de la Encina, espíritu viajero  

Se tiene constancia de que en 1500 (quizás un año antes) se encontraba en Roma donde entró al servició de distintos y sucesivos papas: Alejandro VI, Julio II y León X. En el Vaticano desplegó sus dotes como cantor a la par que disfrutaba del ambiente de estas opulentas cortes que a veces olvidaban los principios de Cristo para relajarse en una vida hedonista en lo cultural y placentera en todos los sentidos. Allí Juan de la Encina se codeó con cardenales, príncipes y embajadores que gustaban de sus composiciones musicales y literarias.  

Al final de su vida, en 1519, se ordenó sacerdote para viajar posteriormente a Jerusalén donde celebró su primera misa. De Tierra Santa marchó a León donde obtuvo un puesto como cantor y donde murió en 1529, aunque la fecha exacta no está confirmada. La crítica ha señalado que las distintas ciudades por las que pasó dejaron un importante sustrato intelectual en Juan de la Encina. Es ineludible esta huella cuando Salamanca se abría paso como una sede internacional universitaria centrada en el estudio de los clásicos latinos y Roma (junto con Florencia) se asentaba en todos los postulados del Renacimiento que dinamitaba el mundo medieval anterior. Al enfrentarse con la sagrada Jerusalén en la senectud, la ciudad le invita a reflexionar sobre la vida, la existencia y el sentido último de nuestro paso por este mundo. 

Obras de Juan de la Encina

Todo este bagaje (el cultivado de Salamanca, el hedonista o pagano de Roma y el recogido de Jerusalén) se encuentra presente en su obra, la cual, con toda certeza y salvo algunos retazos, estaba completamente escrita antes de que cumpliera los treinta años. El resto de su vida (tal como declara en algún momento) se lo pasó Juan de la Encina intentando medrar para conseguir cargos y una existencia regalada. Es en Trivagia, poema compuesto al final de su existencia, cuando se lamenta de ese tiempo fugit (más bien perdido) y hace un acto de enmienda que no llega a cumplir. Aún así nos ha dejado importantes obras literarias y musicales por las que merece un puesto destacado en la historia del arte. Anoto: 

Obras de Juan de la Encina de poesía

1.- Cancionero de Juan de la Encina

Obra de juventud ya que fue compuesto entre los 14 y 28 años, los poemas recogidos en sucesivas ediciones fueron creados con el fin principal de insertar música. Esto es, son piezas líricas creadas para ser cantadas en momentos cruciales del calendario litúrgico. Denotan un profundo arraigo aún en la lírica medieval aunque ya se manifiesta (como en buena parte de su obra posterior) el sentir del Renacimiento. 

2.- Arte de la poesía castellana

Aunque se vislumbra algunos de los preceptos de Nebrija, aún no se ha sacudido del todo del sustrato de la poesía trovadoresca anterior. Por tanto, Juan de la Encina continúa siendo un puente artístico entre los viejos principios o características de la literatura medieval y el nuevo hacer que explota con el Renacimiento 

3.- Trivagia

Poema de senectud compuesto tras su paso por Jerusalén con un tono sobrio y de autocrítica.  

Obras de Juan de la Encina clasificadas como teatro 

Porque no podemos definirlas como obras dramáticas al estilo de un Lope de Vega por poner un caso. Son estas piezas, creaciones de transición que no han abandonado la belleza rústica de los autos sacramentales y que aún no pueden considerarse teatro en plenitud. En todas ellas (especialmente las de la primera etapa) predomina un componente narrativo sobre el diálogo que intenta salvar las condiciones en las que fueron creadas. Anoto aquí que, con toda probabilidad, estas composiciones nacieron para ser representadas en los palacios de los mecenas que trató Juan de la Encina durante toda su vida más que para un público teatral tal como lo concebimos hoy en día.  

Obras dramáticas de Juan de la Encina de la primera etapa 

1.- Églogas de Navidad que son tres y fueron representadas ese día el año 1492 en la residencia del duque de Alba. En ellas no hay empacho tanto en halagar a sus promotores como en hacer marketing de sus virtudes artísticas. Y estas líneas anteceden a la narración (más que representación) por parte de los pastores de todos los pormenores del nacimiento de Jesús. Esto es, los sucesos que se narran no tienen lugar ante el espectador y, más bien, nos cuentan o cantan una historia. 

2.- Representaciones de la Pasión y Resurrección son del mismo tenor que las anteriores ya que se relata lo acaecido en el Monte Calvario y la posterior resurrección de Cristo.  

3.- Égloga de Carnaval o de Atruejo es una de las primeras en las que predomina el tema profano. También fue representada en el palacio de los duques de Alba en 1494 y en ella se adivina el sustrato del Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita con su regocijo en la gula u otros placeres terrenales. 

4.- Auto de Repelón ofrece una narración centrada en los juegos de escarnio que se hicieron populares en los ambientes universitarios salmantinos. Sin embargo, se duda de la autoría de Juan de la Encina de esta obra tanto por el estilo como por los diversos vaivenes que sufrió en las primeras ediciones.  

5.- La Égloga de Mingo, Gil y Pascuala gira en torno a un amor profano nuevo en la literatura castellana y cuyos protagonistas son pastores envueltos en un triángulo amoroso.

6.- Triunfo del Amor fue representada ante el Príncipe Juan en 1497 y no tiene el ritmo y calidad del resto de las obras de Juan de la Encina.  

7.- Égloga de las grandes lluvias fue otra pieza para celebrar la Nochebuena (la del año 1498) en el palacio de los Alba. En ella se mezclan acontecimientos contemporáneos con la adulación a los mecenas a la par que se hace sin ningún pudor mención a asuntos profesionales del autor. Y todo ello se remata con la representación navideña propiamente dicha.  

Obras dramáticas de Juan de la Encina de la segunda etapa 

En estos tres nombres se concentra lo más granado de la producción del escritor con composiciones de ambiente pastoril en los que la cultura pagana se entremezcla con los temas populares castellanos con gran acierto estilístico. Son: 

Égloga de Fileno, Zambardo y Carroño 

Está escrita en octavas con rimas consonantes y está considerada uno de los primeros dramas completos en castellano con su exposición, nudo y desenlace. En ella Juan de la Encina no se entretiene en loas o en narraciones descriptivas. Algunos críticos han encontrado el origen de esta trama en unos de los relatos insertados en el Amadís de Gaula. En ella se resuelve de manera dramática un triángulo amoroso mientras que los personajes han sido definidos desde el punto de vista psicológico de manera afinada. De este título son estos conocidos versos: 

¡Oh montes, oh valles, oh sierras, oh llanos, 

Oh bosques, oh prados, oh fuentes, oh ríos…! 

Égloga de Plácida y Victoriano, la gran obra de Juan de la Encina

También tiene como protagonistas a pastores idealizados que se entregan al amor profano dejando atrás toda la cosmovisión medieval. En ella se invoca a la diosa Venus que impide que Victoriano (loco por la pérdida de Plácida) acabe con su vida. Al tiempo, la deidad le pide a Mercurio que resucite a la desdichada muchacha para que puedan terminar sus días en este mundo con felicidad. Aunque a ojos de los lectores del siglo XXI la temática y argumento nos puede parecer ingenua incluso, en la época (con sus procesos de censura) fue tenida por tan escandalosa que entró en el Índice de los Libros Prohibidos. 

Égloga de Cristino y Febes 

En ella se da un paso más en la representación de los goces del mundo del aquí y el ahora. Cristino, joven y hermoso, decide llevar una vida retirada como ermitaño. Sin embargo, los dioses paganos tienen otros planes para él y, a través de Cupido, es herido con una flecha de amor. De inmediato se queda prendado (no ya de una pastora más o menos idealizada) sino de una ninfa que no duda en desplegar todos sus encantos para que el joven abandone cualquier idea de vida ascética.  

Estilo artístico de Juan de la Encina 

De forma muy resumida, hay que anotar lo siguiente:  

1.- Los pastores idealizados o tomados de la tradición popular castellana son los personajes de las obras de Juan de la Encina ya sean para ser protagonistas de amores tormentosos como para narrar la vida de Cristo. 

2.- El mundo pagano cobra fuerza por primera vez en la literatura en español abandonándose a sus dioses, a su forma de vida y al goce de los sentidos. 

3.- La música es siempre una parte inherente de la lírica. 

4.- A pesar del carácter dramático (e incluso pasional) de la gran mayoría de las obras, hay pinceladas de humor y comicidad. Estas recaen siempre en personajes calificados como rústicos, simples o poco instruidos que se conducen a través de un lenguaje sencillo y libre de artificios. 

5.- El nuevo amor pasional, humano y carnal que se representan en gran parte de las églogas de Juan de la Encina manifiestan una conciencia superior, humanística y conocedora de la obra de los grandes clásicos (se ha notado especialmente Virgilio).

6.- En Juan de la Encina nos encontramos un castellano completo, complejo y plenamente formado que adelanta los grandes nombres posteriores y que nada tiene que ver con lo poco que nos ha llegado del periodo medieval.  

En resumidas cuentas, el artista se nos presenta como puente tanto entre dos mundos (el medieval que se apaga y el renacentista que nace con todo tipo de brillo) como entre dos cosmovisiones (la cristiana centrada, en esos momentos, en la renuncia y la pagana homocéntrica). Juan de la Encina, en definitiva, pone los cimientos para el desarrollo especialmente de la dramaturgia posterior que tan grandes nombre dieron sin renunciar a un estilo propio y novedoso en la literatura castellana. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla.

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En el siglo XXI Tirant lo Blanc (su título en valenciano) está considerada una de las novelas modernas de Europa. Sin embargo, al juzgar por las primeras ediciones que se realizaron, no tuvo el favor del público de la época. Traducida al castellano como Tirante el Blanco, la novela fue conocida de los dos grandes de la literatura universal: William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Es más, el español en su gran obra, Don Quijote de la Mancha, le da tal trato de favor que la salva, junto con el Amadís de Gaula, de la quema a la que es condenada la biblioteca de Alonso Quijano.  

“[Es] por su estilo el mejor libro del mundo… aquí comen los caballeros y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen.”

Y esa consideración va en línea con las palabras de dos grandes de la filología castellana: Menéndez Pelayo y Dámaso Alonso. Olvidada durante largo tiempo, a raíz de las ediciones realizadas en la primera mitad del siglo XX, Tirant lo Blanc ha vuelto a los estantes de los estudiosos y los aficionados a la literatura. En una carambola de la historia, el nombre de este caballero que lucha contra los turcos comenzó a ser tan conocido en las últimas décadas que en la de los noventa se convirtió en un juego de rol.  

Joanot Martorell, autor del Tirant lo Blanc

Poco se sabe de la vida de su autor Joanot Martorell y menos de Martí Joan de Galba que aparece en la primera edición como el continuador o editor del libro cuarto de la misma. La crítica, al día de hoy, no se pone de acuerdo en el papel de este último y los estudios recientes consideran que el Tirant lo Blanc fue una invención en exclusiva del caballero (que ese era su título) Joanot Martorell.  

Probablemente, nació en 1410 en Valencia y murió en la misma ciudad en abril de 1465 totalmente arruinado. Se sabe que su familia estaba relacionada con la corte real valenciana y que viajó buscando aventuras casi (como un caballero andante) a Inglaterra, Nápoles y Portugal donde se relacionó con la corte. Aunque luchó como soldado, se han conservado cartas y documentos en los que se vislumbra el afán de Joanot Martorell por los pleitos y duelos caballerescos. Murió arruinado y sin hijos (tampoco hay constancia de que contrajera matrimonio) sin llegar a ver impresa su gran obra, la misma que fue del agrado de la crítica siglos después.  

Ediciones y popularidad del Tirant lo Blanc 

1.- La primera edición se realizó en Valencia y en valenciano en 1490 de la que solo se conserva un puñado de ejemplares, convirtiéndose en uno de los libros más raros y codiciados del mundo. En esta lengua tuvo dos ediciones más en el siglo XV.  

2.- Al castellano fue traducida y editada en 1511 en Valladolid para ser olvidada al instante. 

3.- La italiana (vertida desde el castellano y no desde el valenciano) se realizó en Venecia en 1538 para también olvidarse inmediatamente.  

4.- Al francés ni siquiera se llegó a editar y lo que circuló fue una versión reducida y adaptada de mediados del siglo XVIII que tampoco tuvo el favor del público de la época. 

Tanto Dámaso Alonso como Menéndez Pelayo consideran que el Tirant lo Blanc fue una obra adelantada a los gustos de su tiempo, tan novedosa en su concepción y con un lenguaje tan fresco que hizo que no gustara entre los lectores de la recién estrenada literatura renacentista. Sin embargo, sí tuvo la consideración de los grandes literatos que lograron ver la grandeza que hay en ella.  

Tirant lo Blanc y las novelas de caballería  

Entonces, ¿es Tirant lo Blanc una más de las novelas de caballería que tan populares fueron? Los estudiosos se inclinan por considerarla más bien una historia de aventuras protagonizada por un caballero más que otro título más (afortunado y grandioso) del género.

Tirant lo Blanc narra las aventuras del caballero homónimo en su defensa de la fe cristiana contra los turcos. Enamorado de Carmesina, no se asiste a la relación platónica e idealizada propia del género caballeresco que encandiló a todo tipo de lectores, desde los más sencillos hasta la representante de la mejor literatura mística: Santa Teresa de Jesús

Como hay en ella bastante diferencias con las características de las novelas de caballería principales, es una obra tan difícil de encasillar que se duda, incluso, que pertenezca al género. Resumiendo mucho, hay cuatro grandes líneas distintivas que la apartan de las convencionales. Son, a saber: 

  1. El realismo del Tirant lo Blanc frente al mundo de fantasía de los libros de caballería  

Tirant lo Blanc es un capitán con unos ideales y una meta fija: luchar contra los turcos y defender la religión cristiana.  No sale a buscar aventuras sin ton ni son abanderando una justicia etérea. Cuando vence lo hace por su astucia, inteligencia y sentido práctico de la guerra y sus innumerables batallas. Por tanto, en la obra no aparecen esos magos todopoderosos, dragones voladores, hechiceras que confunden o castillos encantados que pueblan de principio a fin las novelas de caballería.  

  1. La crudeza de la narración frente al idealismo de la mayoría de las novelas caballerescas

Al hilo de lo anterior, y sin obviar la fluidez del lenguaje en el que está escrita, Tirant lo Blanc deja aparcado cualquier idealismo y las escenas son narradas con todo detalle y realismo. Por tanto, deja abierta la puerta para presentar escenas de crudeza (en todos los sentidos) que son impensables en el mundo estilizado de los caballeros andantes dechados de virtudes sobrehumanas. Tirant lo Blanc, aunque es un héroe aventurero, está presentado en su completa humanidad.  

  1. Tirant lo Blanc presenta un amor sensual distinto al idealizado de otras obras similares

Con unas escenas que han sido descritas incluso rozando lo pornográfico. Si bien, El Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita ya había introducido el tema en la literatura anterior, no era lo frecuente en la época y mucho menos en los libros de caballería con su idolatría de amor platónico. 

  1. El leguaje de Tirant lo Blanc se distancia de las del género

Llega, incluso, a adelantar algunos aspectos del realismo literario predominante siglos más tarde con una profusión de descripciones y un gusto por los detalles. Eso no quita para que la obra se haga pesada. Es todo lo contrario, ya que hace gala de una musicalidad difícil de encontrar en la literatura de la época. Además, el autor del Tirant lo Blanc no se toma tan en serio el hecho de poner una palabra tras otra y es frecuente el tono burlón y la fina ironía a la hora de narrar, contar o describir pasajes o hechos. Todo ello contrasta con la grandilocuencia (que puede llegar hasta un amago de impostura cuando se hace extrema) de la gran mayoría de las novelas de caballería que hicieron las delicias de los lectores de la época. Esa naturalidad hace única la obra.  

Es curioso que Tirant lo Blanc, considerada hoy una de las grandes obras literarias europeas,  tuviera tan poca acogida entre el público de su época. Es lo que tiene adelantarse a los tiempos por genios que mueren solos, incomprendidos y en la ruina tal cual pasó con su autor, Joanot Martorell.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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En el siglo XXI Tirant lo Blanc (su título en valenciano) está considerada una de las novelas modernas de Europa. Sin embargo, al juzgar por las primeras ediciones que se realizaron, no tuvo el favor del público de la época. Traducida al castellano como Tirante el Blanco, la novela fue conocida de los dos grandes de la literatura universal: William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Es más, el español en su gran obra, Don Quijote de la Mancha, le da tal trato de favor que la salva, junto con el Amadís de Gaula, de la quema a la que es condenada la biblioteca de Alonso Quijano.  

“[Es] por su estilo el mejor libro del mundo… aquí comen los caballeros y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen.”

Y esa consideración va en línea con las palabras de dos grandes de la filología castellana: Menéndez Pelayo y Dámaso Alonso. Olvidada durante largo tiempo, a raíz de las ediciones realizadas en la primera mitad del siglo XX, Tirant lo Blanc ha vuelto a los estantes de los estudiosos y los aficionados a la literatura. En una carambola de la historia, el nombre de este caballero que lucha contra los turcos comenzó a ser tan conocido en las últimas décadas que en la de los noventa se convirtió en un juego de rol.  

Joanot Martorell, autor del Tirant lo Blanc

Poco se sabe de la vida de su autor Joanot Martorell y menos de Martí Joan de Galba que aparece en la primera edición como el continuador o editor del libro cuarto de la misma. La crítica, al día de hoy, no se pone de acuerdo en el papel de este último y los estudios recientes consideran que el Tirant lo Blanc fue una invención en exclusiva del caballero (que ese era su título) Joanot Martorell.  

Probablemente, nació en 1410 en Valencia y murió en la misma ciudad en abril de 1465 totalmente arruinado. Se sabe que su familia estaba relacionada con la corte real valenciana y que viajó buscando aventuras casi (como un caballero andante) a Inglaterra, Nápoles y Portugal donde se relacionó con la corte. Aunque luchó como soldado, se han conservado cartas y documentos en los que se vislumbra el afán de Joanot Martorell por los pleitos y duelos caballerescos. Murió arruinado y sin hijos (tampoco hay constancia de que contrajera matrimonio) sin llegar a ver impresa su gran obra, la misma que fue del agrado de la crítica siglos después.  

Ediciones y popularidad del Tirant lo Blanc 

1.- La primera edición se realizó en Valencia y en valenciano en 1490 de la que solo se conserva un puñado de ejemplares, convirtiéndose en uno de los libros más raros y codiciados del mundo. En esta lengua tuvo dos ediciones más en el siglo XV.  

2.- Al castellano fue traducida y editada en 1511 en Valladolid para ser olvidada al instante. 

3.- La italiana (vertida desde el castellano y no desde el valenciano) se realizó en Venecia en 1538 para también olvidarse inmediatamente.  

4.- Al francés ni siquiera se llegó a editar y lo que circuló fue una versión reducida y adaptada de mediados del siglo XVIII que tampoco tuvo el favor del público de la época. 

Tanto Dámaso Alonso como Menéndez Pelayo consideran que el Tirant lo Blanc fue una obra adelantada a los gustos de su tiempo, tan novedosa en su concepción y con un lenguaje tan fresco que hizo que no gustara entre los lectores de la recién estrenada literatura renacentista. Sin embargo, sí tuvo la consideración de los grandes literatos que lograron ver la grandeza que hay en ella.  

Tirant lo Blanc y las novelas de caballería  

Entonces, ¿es Tirant lo Blanc una más de las novelas de caballería que tan populares fueron? Los estudiosos se inclinan por considerarla más bien una historia de aventuras protagonizada por un caballero más que otro título más (afortunado y grandioso) del género.

Tirant lo Blanc narra las aventuras del caballero homónimo en su defensa de la fe cristiana contra los turcos. Enamorado de Carmesina, no se asiste a la relación platónica e idealizada propia del género caballeresco que encandiló a todo tipo de lectores, desde los más sencillos hasta la representante de la mejor literatura mística: Santa Teresa de Jesús

Como hay en ella bastante diferencias con las características de las novelas de caballería principales, es una obra tan difícil de encasillar que se duda, incluso, que pertenezca al género. Resumiendo mucho, hay cuatro grandes líneas distintivas que la apartan de las convencionales. Son, a saber: 

  1. El realismo del Tirant lo Blanc frente al mundo de fantasía de los libros de caballería  

Tirant lo Blanc es un capitán con unos ideales y una meta fija: luchar contra los turcos y defender la religión cristiana.  No sale a buscar aventuras sin ton ni son abanderando una justicia etérea. Cuando vence lo hace por su astucia, inteligencia y sentido práctico de la guerra y sus innumerables batallas. Por tanto, en la obra no aparecen esos magos todopoderosos, dragones voladores, hechiceras que confunden o castillos encantados que pueblan de principio a fin las novelas de caballería.  

  1. La crudeza de la narración frente al idealismo de la mayoría de las novelas caballerescas

Al hilo de lo anterior, y sin obviar la fluidez del lenguaje en el que está escrita, Tirant lo Blanc deja aparcado cualquier idealismo y las escenas son narradas con todo detalle y realismo. Por tanto, deja abierta la puerta para presentar escenas de crudeza (en todos los sentidos) que son impensables en el mundo estilizado de los caballeros andantes dechados de virtudes sobrehumanas. Tirant lo Blanc, aunque es un héroe aventurero, está presentado en su completa humanidad.  

  1. Tirant lo Blanc presenta un amor sensual distinto al idealizado de otras obras similares

Con unas escenas que han sido descritas incluso rozando lo pornográfico. Si bien, El Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita ya había introducido el tema en la literatura anterior, no era lo frecuente en la época y mucho menos en los libros de caballería con su idolatría de amor platónico. 

  1. El leguaje de Tirant lo Blanc se distancia de las del género

Llega, incluso, a adelantar algunos aspectos del realismo literario predominante siglos más tarde con una profusión de descripciones y un gusto por los detalles. Eso no quita para que la obra se haga pesada. Es todo lo contrario, ya que hace gala de una musicalidad difícil de encontrar en la literatura de la época. Además, el autor del Tirant lo Blanc no se toma tan en serio el hecho de poner una palabra tras otra y es frecuente el tono burlón y la fina ironía a la hora de narrar, contar o describir pasajes o hechos. Todo ello contrasta con la grandilocuencia (que puede llegar hasta un amago de impostura cuando se hace extrema) de la gran mayoría de las novelas de caballería que hicieron las delicias de los lectores de la época. Esa naturalidad hace única la obra.  

Es curioso que Tirant lo Blanc, considerada hoy una de las grandes obras literarias europeas,  tuviera tan poca acogida entre el público de su época. Es lo que tiene adelantarse a los tiempos por genios que mueren solos, incomprendidos y en la ruina tal cual pasó con su autor, Joanot Martorell.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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El Amadís de Gaula responde al prototipo y características de las novelas de caballería que fueron tan populares a partir del siglo XV. Tanto fue así que autores tan alejados del género, como San Ignacio de Loyola o Santa Teresa de Jesús, pertenecientes a la mística literaria no tuvieron empacho en reconocer su gusto por ellas. Considerada por la crítica el cenit de las obras de este estilo,  el Amadís de Gaula se salva del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote redundando en este juicio: 

“Es el mejor de todos los libros desde género que se han compuesto”  

Y el criterio de Cervantes no se ha movido a lo largo de los siglos. El ideal caballeresco donde un héroe individual sale en busca de justicia sin un plan establecido ofreciendo todas sus victorias a una dama se cumple punto por punto en esta saga literaria. Las novelas de caballería escritas en prosa y en lengua romance tienen un alto contenido de fantasía y de ficción que choca con el gusto por los cantares de gesta con historias tan realistas que se han considerado que fueron los periódicos de la época. Sin embargo, ambas fórmulas literarias tuvieron el favor del público. 

Orígenes de Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo 

Sin embargo, las novelas de caballería se extienden paralelamente al avance de la imprenta, de la burguesía y de una aristocracia refinada que dejó los modales rudos aparcados. Son obras para ser leídas de manera individual y apelan a un público más cultivado que se sacudía poco a poco el analfabetismo endémico con el que había tenido que convivir todos los autores de la Edad Media

La crítica considera que el Amadís de Gaula fue escrito alrededor de 1492, aunque la primera edición de la que disponemos data de 1508 y está impresa en Zaragoza. Está firmada por Garci Rodríguez de Montalvo del que poco o nada se sabe. A igual que sucede con el Cantar del Mío Cid, los especialistas no se ponen de acuerda en considerar a Garci Rodríguez de Montalvo un mero compilador de las tramas, su verdadero autor o, simplemente, alguien que traduce del francés (de donde, al parecer, procede la historia) resumiendo, paralelamente, la narración original. En palabras de J.L. Alborg: 

“Se desconoce, sin embargo, la fecha de la primera redacción, pero puede afirmarse con seguridad que existía antes de 1325”. 

 ¿Es Garci Rodríguez de Montalvo el autor del Amadís de Gaula? 

Por las referencias escritas (aunque no se hayan conservado ninguna de las ediciones de la obra) se tiene constancia de las aventuras del personaje en la primera mitad del siglo XIV. Por si fuera poco, tampoco hay acuerdo sobre la lengua romance de origen. Teorías hay que señalan la paternidad del texto a la literatura portuguesa o a la francesa (más factible) y es difícil que esta historia repleta de dragones, castillos encantados, magos de sabiduría inmensa y protagonistas con virtudes tan excelsas que no se encuentran en el género humano haya sido inventada al 100% por autor español, cuando una de las características de la literatura medieval en castellano es su apego al realismo.  

De Garci Rodríguez de Montalvo poco o nada se sabe más allá de que era regidor de Medina del Campo, que había servido como soldado y, por tanto, estaba imbuido de todo el ideal caballeresco. En el mismo prólogo dice que escribió la obra en la vejez, aunque la mayoría de los investigadores se inclinan por pensar que fue un resumen lo que hizo más que una novela de su invención. De hecho, reconoce que el texto que se edita fue producto de varios autores y que él solo se dedicó a enmendar, trasladar (traducir) y corregir los tres primeros libros mientras que el cuarto (Sergas de Esplandián) fue añadido sin especificar qué significa ese anexo. ¿Es creación o acaso simplemente se aumentaron las aventuras de Amadís con otras historias que circulaban en la época? Por tanto, tampoco está claro que esta saga con las aventuras del hijo de Amadís de Gaula sea de su invención y la crítica se inclina últimamente a considerarla más bien un anexo de una historia que ya circulaba por Europa.  

Resumen de Amadís de Gaula

Amadís es el fruto de amores prohibidos reales. Su padre es el Rey Perión de Gaula cuya toponimia exacta es difícil de localizar al día de hoy y su madre es Elisenda de Inglaterra. Parte de los paisajes que se describen en la obra pueden corresponder a los típicos de lo que hoy conocemos como Gran Bretaña. Su madre, para esconder esta relación, decide deshacerse del niño nada más nacer, el cual (como Moisés) es arrojado al río encerrado en una caja. De aquí es rescatado y criado por Gandales de Escocia que lo introduce en los ideales caballerescos. Siendo muy joven se enamora de Oriana, princesa de Gran Bretaña y a ella le dedica todas sus conquistas, aventuras y la justicia conseguida en sus correrías.  Una vez armado caballero es reconocido por sus padres (y con ello que es de sangre real) dando comienzo sus aventuras. 

Amadís es encantado y desencantado. Pelea con su hermano y es sometido a mil y una pruebas para demostrar que sus virtudes son tan sobresalientes que merece la mano de Oriana. Lucha con dragones y hace penitencia. Todos estos pesares son recompensados con la mano de la dama, premio final de sus trabajos. El Amadís de Gaula, además, está intercalado por otras historias que ahondan en este ideal caballeresco de sed de justicia en un mundo de fantasía en donde conviven dragones, magos, hechiceros y palacios encantados.  

El estilo de Amadís de Gaula 

1.- Como todas las novelas de caballería, el Amadís de Gaula pertenece a un género fantástico de brujas, magos, encantamientos y monstruos. 

2.- Los personajes son presentados como espíritus de bondad pura y sed de justicia perfecta o, por el contrario, como seres malvados acosados por todos los vicios posibles. Por eso Amadís, siguiendo el ideal caballeresco, es un héroe inmaculado que nunca duda en hacer el bien ni se tambalea ante sus convicciones. 

3.- Ni el Amadís de Gaula ni el resto de las novelas de caballería pueden catalogarse como literatura épica porque, si bien nos topamos a cada rato con batallas y obstáculos a superar, todo ello está adornado con personajes irreales que no corresponden a un género en el que la fortaleza, valentía o astucia son los adornos del héroe. Recordemos que Amadís de Gaula recibe ayuda de personajes sobrenaturales las más de las veces y su esfuerzo no es comparable con el que realizan los héroes típicamente épicos. 

4.- Por otro lado, la obra está pergeñada de un sentimentalismo importante siguiendo la estela del amor cortés platónico que, en ningún momento, deja entrever cualquier mínima deslealtad o cuestionamiento por parte del héroe. 

5.- Amadís representa el perfecto caballero de los nuevos ideales que iban instalándose en cortes y palacios de toda Europa. Nada en él recuerda a la rudeza de la Edad Media y su modelo de comportamiento va a influir en los lectores de la obra impregnándolos de un desconocido (hasta la fecha) sentido de la aristocracia. Así y siguiendo esta línea, Menéndez Pelayo indica: 

“De aquí que su libro adquiera tan alto valor didáctico y social y se convirtiera en el código de honor para varias generaciones, manual de buen tono, oráculo de elegante conversación y repertorio de buenas maneras. Ni siquiera El Cortesano de Castiglione le arrebató de todo esta palma”. 

Difusión, imitadores y sagas de Amadís de Gaula

Pocas oportunidades de evasión se encuentra en la literatura medieval en castellano. Quizás esta fuera una de las razones por las que el Amadís de Gaula y todos los libros de caballería que surgieron en la época tuvieran tanto éxito. 

1.- La primera historia de la saga son las “Sergas de Esplandián”, hijo de Amadís que la mayoría de la crítica consideraba que era una invención de Garci Rodríguez de Montalvo aunque, al día de hoy, se duda de este extremo. 

2.- Fue traducido en repetidas ocasiones al italiano y al francés. Y antes de que se volcaran a estas lenguas romances circularon copias en castellano. Eso provocó que el Amadís de Gaula se populariza en extremo. 

3.- A mediados del siglo XV apareció en París Le Trésor des livres de Amadís, con un resumen de sus gestas. Tuvo también una amplia difusión en Holanda e Inglaterra. 

4.- Tal éxito hizo aflorar los imitadores. Páez de Rivera escribió la continuación de las aventuras de Esplandián. Un poco más tarde apareció un nuevo personaje: el nieto de Amadís de Gaula e hijo de Esplandián, Lisuarte de Grecia. 

5.- Juan Díaz compuso un octavo libro donde el héroe muere de viajo. Parece que esto no gustó al público ya que es resucitado en un nuevo libro escrito por Feliciano de Silva.

6.- La saga se completa con la serie de palmerines: Palmerín de Inglaterra el más famoso, Pimaleón y Palmerín de Oliva. 

Amadís de Gaula, en definitiva, junto con Tirant lo Blanc (aunque este está escrito en valenciano) son los mejores libros de caballería de un género tan popular que forjó la base de la gran novela en castellano: Don Quijote de la Mancha. En la quema y escrutinio de la biblioteca del famoso hidalgo ambos se salvan de las llamas. Los demás no merecían traspasar las brumas del tiempo a decir de Cervantes. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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El Amadís de Gaula responde al prototipo y características de las novelas de caballería que fueron tan populares a partir del siglo XV. Tanto fue así que autores tan alejados del género, como San Ignacio de Loyola o Santa Teresa de Jesús, pertenecientes a la mística literaria no tuvieron empacho en reconocer su gusto por ellas. Considerada por la crítica el cenit de las obras de este estilo,  el Amadís de Gaula se salva del escrutinio de la biblioteca de Don Quijote redundando en este juicio: 

“Es el mejor de todos los libros desde género que se han compuesto”  

Y el criterio de Cervantes no se ha movido a lo largo de los siglos. El ideal caballeresco donde un héroe individual sale en busca de justicia sin un plan establecido ofreciendo todas sus victorias a una dama se cumple punto por punto en esta saga literaria. Las novelas de caballería escritas en prosa y en lengua romance tienen un alto contenido de fantasía y de ficción que choca con el gusto por los cantares de gesta con historias tan realistas que se han considerado que fueron los periódicos de la época. Sin embargo, ambas fórmulas literarias tuvieron el favor del público. 

Orígenes de Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo 

Sin embargo, las novelas de caballería se extienden paralelamente al avance de la imprenta, de la burguesía y de una aristocracia refinada que dejó los modales rudos aparcados. Son obras para ser leídas de manera individual y apelan a un público más cultivado que se sacudía poco a poco el analfabetismo endémico con el que había tenido que convivir todos los autores de la Edad Media

La crítica considera que el Amadís de Gaula fue escrito alrededor de 1492, aunque la primera edición de la que disponemos data de 1508 y está impresa en Zaragoza. Está firmada por Garci Rodríguez de Montalvo del que poco o nada se sabe. A igual que sucede con el Cantar del Mío Cid, los especialistas no se ponen de acuerda en considerar a Garci Rodríguez de Montalvo un mero compilador de las tramas, su verdadero autor o, simplemente, alguien que traduce del francés (de donde, al parecer, procede la historia) resumiendo, paralelamente, la narración original. En palabras de J.L. Alborg: 

“Se desconoce, sin embargo, la fecha de la primera redacción, pero puede afirmarse con seguridad que existía antes de 1325”. 

 ¿Es Garci Rodríguez de Montalvo el autor del Amadís de Gaula? 

Por las referencias escritas (aunque no se hayan conservado ninguna de las ediciones de la obra) se tiene constancia de las aventuras del personaje en la primera mitad del siglo XIV. Por si fuera poco, tampoco hay acuerdo sobre la lengua romance de origen. Teorías hay que señalan la paternidad del texto a la literatura portuguesa o a la francesa (más factible) y es difícil que esta historia repleta de dragones, castillos encantados, magos de sabiduría inmensa y protagonistas con virtudes tan excelsas que no se encuentran en el género humano haya sido inventada al 100% por autor español, cuando una de las características de la literatura medieval en castellano es su apego al realismo.  

De Garci Rodríguez de Montalvo poco o nada se sabe más allá de que era regidor de Medina del Campo, que había servido como soldado y, por tanto, estaba imbuido de todo el ideal caballeresco. En el mismo prólogo dice que escribió la obra en la vejez, aunque la mayoría de los investigadores se inclinan por pensar que fue un resumen lo que hizo más que una novela de su invención. De hecho, reconoce que el texto que se edita fue producto de varios autores y que él solo se dedicó a enmendar, trasladar (traducir) y corregir los tres primeros libros mientras que el cuarto (Sergas de Esplandián) fue añadido sin especificar qué significa ese anexo. ¿Es creación o acaso simplemente se aumentaron las aventuras de Amadís con otras historias que circulaban en la época? Por tanto, tampoco está claro que esta saga con las aventuras del hijo de Amadís de Gaula sea de su invención y la crítica se inclina últimamente a considerarla más bien un anexo de una historia que ya circulaba por Europa.  

Resumen de Amadís de Gaula

Amadís es el fruto de amores prohibidos reales. Su padre es el Rey Perión de Gaula cuya toponimia exacta es difícil de localizar al día de hoy y su madre es Elisenda de Inglaterra. Parte de los paisajes que se describen en la obra pueden corresponder a los típicos de lo que hoy conocemos como Gran Bretaña. Su madre, para esconder esta relación, decide deshacerse del niño nada más nacer, el cual (como Moisés) es arrojado al río encerrado en una caja. De aquí es rescatado y criado por Gandales de Escocia que lo introduce en los ideales caballerescos. Siendo muy joven se enamora de Oriana, princesa de Gran Bretaña y a ella le dedica todas sus conquistas, aventuras y la justicia conseguida en sus correrías.  Una vez armado caballero es reconocido por sus padres (y con ello que es de sangre real) dando comienzo sus aventuras. 

Amadís es encantado y desencantado. Pelea con su hermano y es sometido a mil y una pruebas para demostrar que sus virtudes son tan sobresalientes que merece la mano de Oriana. Lucha con dragones y hace penitencia. Todos estos pesares son recompensados con la mano de la dama, premio final de sus trabajos. El Amadís de Gaula, además, está intercalado por otras historias que ahondan en este ideal caballeresco de sed de justicia en un mundo de fantasía en donde conviven dragones, magos, hechiceros y palacios encantados.  

El estilo de Amadís de Gaula 

1.- Como todas las novelas de caballería, el Amadís de Gaula pertenece a un género fantástico de brujas, magos, encantamientos y monstruos. 

2.- Los personajes son presentados como espíritus de bondad pura y sed de justicia perfecta o, por el contrario, como seres malvados acosados por todos los vicios posibles. Por eso Amadís, siguiendo el ideal caballeresco, es un héroe inmaculado que nunca duda en hacer el bien ni se tambalea ante sus convicciones. 

3.- Ni el Amadís de Gaula ni el resto de las novelas de caballería pueden catalogarse como literatura épica porque, si bien nos topamos a cada rato con batallas y obstáculos a superar, todo ello está adornado con personajes irreales que no corresponden a un género en el que la fortaleza, valentía o astucia son los adornos del héroe. Recordemos que Amadís de Gaula recibe ayuda de personajes sobrenaturales las más de las veces y su esfuerzo no es comparable con el que realizan los héroes típicamente épicos. 

4.- Por otro lado, la obra está pergeñada de un sentimentalismo importante siguiendo la estela del amor cortés platónico que, en ningún momento, deja entrever cualquier mínima deslealtad o cuestionamiento por parte del héroe. 

5.- Amadís representa el perfecto caballero de los nuevos ideales que iban instalándose en cortes y palacios de toda Europa. Nada en él recuerda a la rudeza de la Edad Media y su modelo de comportamiento va a influir en los lectores de la obra impregnándolos de un desconocido (hasta la fecha) sentido de la aristocracia. Así y siguiendo esta línea, Menéndez Pelayo indica: 

“De aquí que su libro adquiera tan alto valor didáctico y social y se convirtiera en el código de honor para varias generaciones, manual de buen tono, oráculo de elegante conversación y repertorio de buenas maneras. Ni siquiera El Cortesano de Castiglione le arrebató de todo esta palma”. 

Difusión, imitadores y sagas de Amadís de Gaula

Pocas oportunidades de evasión se encuentra en la literatura medieval en castellano. Quizás esta fuera una de las razones por las que el Amadís de Gaula y todos los libros de caballería que surgieron en la época tuvieran tanto éxito. 

1.- La primera historia de la saga son las “Sergas de Esplandián”, hijo de Amadís que la mayoría de la crítica consideraba que era una invención de Garci Rodríguez de Montalvo aunque, al día de hoy, se duda de este extremo. 

2.- Fue traducido en repetidas ocasiones al italiano y al francés. Y antes de que se volcaran a estas lenguas romances circularon copias en castellano. Eso provocó que el Amadís de Gaula se populariza en extremo. 

3.- A mediados del siglo XV apareció en París Le Trésor des livres de Amadís, con un resumen de sus gestas. Tuvo también una amplia difusión en Holanda e Inglaterra. 

4.- Tal éxito hizo aflorar los imitadores. Páez de Rivera escribió la continuación de las aventuras de Esplandián. Un poco más tarde apareció un nuevo personaje: el nieto de Amadís de Gaula e hijo de Esplandián, Lisuarte de Grecia. 

5.- Juan Díaz compuso un octavo libro donde el héroe muere de viajo. Parece que esto no gustó al público ya que es resucitado en un nuevo libro escrito por Feliciano de Silva.

6.- La saga se completa con la serie de palmerines: Palmerín de Inglaterra el más famoso, Pimaleón y Palmerín de Oliva. 

Amadís de Gaula, en definitiva, junto con Tirant lo Blanc (aunque este está escrito en valenciano) son los mejores libros de caballería de un género tan popular que forjó la base de la gran novela en castellano: Don Quijote de la Mancha. En la quema y escrutinio de la biblioteca del famoso hidalgo ambos se salvan de las llamas. Los demás no merecían traspasar las brumas del tiempo a decir de Cervantes. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Las novelas de caballería llegaron a tener tal éxito durante el siglo XV y posteriores que no hay escritor de la época que no las conociera o estuviera imbuido de sus principios, valores y aventuras. Así eran y así nos han llegado. 

Definición de las novelas de caballería

Pertenecen al género narrativo en prosa y surgen en el siglo XV superando todas las características de la literatura medieval pero aún sin entrar en la literatura renacentista. En ellas se narran (en lengua romance) las aventuras de un caballero solitario, dechado de virtudes, nobleza y arrojo en busca de aventuras (sin ton ni son y esperando que le salgan al paso) con el objetivo indiscriminado de hacer justicia. Este caballero ofrece todas sus victorias y hazañas a una dama objeto fiel de su amor. 

En contraposición a los cantares de gesta medievales, las aventuras épicas que se narran en las novelas de caballería no son reales y el periplo al completo de estos héroes, adornados con valores sobrehumanos casi, acaecen en escenarios de fantasía. Tanto es así que apenas se puede reconocer la toponimia descrita mientras dragones, magos, hechiceras y castillos encantados salen al paso del héroe.   

Origen de las novelas de caballería en castellano

Aunque los pocos ejemplos de cantares de gesta en verso de los que tenemos conocimiento pudieran ser el sustrato de las novelas de caballería, la crítica ha señalado un origen francés de las mismas. En la épica medieval gala los héroes no están presentados de una manera realista ni tan humanizados como en la castellana. En ella aparecen todos los elementos y características de estas obras y, con todo probabilidad, de Francia se importaron a todo el territorio español y gran parte del europeo. 

De hecho algunas tramas en castellano están calcadas de homólogas francesas y los héroes se repiten en distintas literaturas romances. Esto supuso  (justo cuando se abandonaban los libros medievales manuscritos y comenzaba la imprenta con el aumento exponencial de lectores) que se convirtieran en tremendamente populares en la época. Tanto fue así que autores muy alejados del género, como pudiera ser Santa Teresa de Jesús cuya obra pertenece a la mística literaria, no tuvieron empacho en reconocer su afición a las novelas de caballería. Y sin ir más lejos, Don Quijote, la gran obra narrativa de la humanidad casi, es una burla de las increíbles e imaginarias hazañas de estos héroes que sobrepasan todos los parámetros de las virtudes humanas.  

Por otro lado, las novelas de caballería en castellano surgen cuando se da una situación sociocultural propicia. El siglo XV supuso un cambio de cosmovisión entre la nobleza, enfrascada como en toda la Edad Media, en guerras fratricidas pero haciendo gala de una forma de estar alejada de la rudeza de los siglos posteriores. La monarquía va perdiendo poder y se van abandonando las grandes empresas militares hasta que son retomadas por los Reyes Católicos (la toma de Granada o la búsqueda de nuevos mundos). En esta situación, una aristocracia cultivada que conocía las letras, la historia y la filosofía (recordemos al marqués de Santillana o a don Juan Manuel por poner solo dos casos) se entretiene con el refinamiento palaciego. En este sentido, en los castillos y en las residencias nobiliarias se preparan justas poéticas, lecturas de obras antiguas, torneos deportivos o miles de juegos de ingenio. En este relajamiento de las costumbres (comparado con la dura Edad Media) nacen las novelas de caballería en castellano.  

Características de la novela de caballería principales

Dicho esto, podemos inferir algunas de las características de las novelas caballería simplemente por la descripción y formulación de las mismas. Aún así recordemos los puntos que las hacen única. 

1.- Las novelas de caballería están escritas en prosa y en lengua romance 

Si bien los pocos ejemplos de cantares de gesta que nos han llegado pudieran hacernos creer que están en el origen del género, estos son tan distintos entre sí que muy poco tienen en común. Nacen en prosa en las distintas lenguas romances que se iban afianzando en toda Europa tras arrinconar el latín a las altas esferas de intelectuales. Y, además, son libros para ser leídos, abandonando, por tanto, el carácter oral de la literatura popular medieval.  

2.- Están conformadas por ciclos larguísimos

Las novelas de caballería la forman páginas y páginas de aventuras sobrenaturales de héroes todopoderosos que ni envejecen ni se cansan ni viven nada parecido a las penas y alegrías humanas. Estas historias se iban completando, además, con tramas intercaladas de personajes secundarios. Y por si fuera poco, las aventuras iban colmando el afán lector de la época con nuevos argumentos de personajes asociados. Estos pudieran ser compañeros de batallas, amigos de la infancia, hijos o nietos de los héroes principales.  

3.- Una de las características principales de las novelas de caballería es la fantasía y las tramas imaginadas

Si por algo se caracteriza la literatura española de todos los tiempos es por su realismo, tanto que en castellano apenas hay historias en las que predominen magos de gran sabiduría, hechiceros con encantamientos, animales fantásticos imposibles de encontrar en la naturaleza, dragones destructores o lugares ocupados por ánimas o espíritus. Tanto los cantares de gesta como la producción del mester de clerecía baja a la realidad de la cotidianidad (y los milagros para la población medieval estaban en ese plano, según su cosmovisión). Para encontrar una de las más importantes características de las novelas de caballería (la imaginación y la fantasía) en la literatura posterior habría que esperar al romanticismo literario con su gusto por las historias de brujas, aparecidos, ruinas, tormentas y seres del otro lado de las cosas.  

4.- Paralelamente los héroes son presentados de una manera idealizada en extremo 

Esta falta de realismo no solo aparece en las tramas o en los emplazamientos (que son imposibles de ubicar) sino también en la personalidad de sus protagonistas. No son ya campeones de la guerra (como el Rodrigo Díaz de Vivar del Cantar del Mío Cid) que muestran sus pesares humanos a la par que se hacen con la victoria debido a arrojo, inteligencia o astucia. Por el contrario, los héroes de las novelas de caballería son un dechado de virtudes tal que a ellos no les afecta ni el frío de las nieves ni el calor del sol. Cualquier sentimiento o querencia que no esté en un nivel muy alto de espiritualidad le son ajenas y desconocidas. Tanto es así que (no sin una buena dosis de ironía) en el escrutinio de la biblioteca de Don Quijote el Tirant lo Blanc se salva porque: 

“Aquí comen los caballeros y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen”.  

5.- Otra de las características de las novelas de caballería principales es el canto al amor

Y es un amor concreto a una dama a la cual se homenajea constantemente y se entrega como tributo de fidelidad y entrega las victorias de todas las batallas. A igual que el caballero, estas damas aparecen idealizadas en extremo inasequibles al desgaste de la soledad o a la espera eterna de un héroe enfrascado en hacer un mundo mejor fuera de su castillo. Hasta la aparición del género, el amor en la literatura castellana era presentado de una forma más general (a la patria, a la religión, a la familia, al rey…) o de un modo más sensual o heterodoxo cuyo ejemplo más sublime es el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Sin embargo, en las novelas de caballería no hay lugar para la traición, la burla, el engaño o el deseo carnal. Todo en estas obras es de un platonismo nivel sublime.  

6.- Son las primeras obras en lengua romance concebidas para el puro entretenimiento 

Porque si bien las obras del mester de juglaría estaban también diseñadas para el ocio, los cantares que nos han llegado manifiestan una realidad y verosimilitud que se asemeja (con sus salvedades) a la prensa contemporánea. Los oyentes de estos poemas querían saber de las aventuras reales de los guerreros de la época. Un dragón, un mago hechicero o un encantamiento que hace volar ejércitos por los aires no sería aceptado de ninguna manera. Sin embargo, el siglo XV ya demandaba esta fantasía y el lector suscribía el pacto de ficción con naturalidad y gusto. 

7.- Nacen paralelamente a la imprenta y para ser leídas 

Gran parte de su auge se puede deber a las circunstancias alrededor. La población más pudiente abandona, no ya el analfabetismo, sino que se instruye de distintas formas, incluso estudiando en las incipientes universidades. Va avanzando la burguesía imponiendo una cosmovisión vital más centrada en el aquí y el ahora a la par que los goces de la vida comienzan a ser aceptados desde distintos puntos de vista.  

Además, la aparición de la imprenta supuso un cambio drástico en la propagación no solo de cualquier conocimiento sino también de todos y cada uno de los géneros literarios. Si los libros medievales de difícil ejecución se quedaban atrapados entre los muros de los monasterios, con la imprenta, las obras se producían a una velocidad nunca antes vista saciando la curiosidad de un número cada vez mayor de lectores. Esto supuso también que la literatura fuera abandonando paulatinamente su carácter oral para ser escuchada de forma colectiva y fuera adentrándose progresivamente en la lectura individual en solitario.  

8.- Tuvieron una gran influencia en la cultura de la época  

Todo ello supuso un cambio en la cosmovisión de la época a todos los niveles, ya que las novelas de caballería llegaron a todos los estratos de población. Se abandonan así los rigores de los héroes épicos de la primera Edad Media para resbalarse en un mundo ajeno, ameno y perfecto casi. La evasión estaba servida por tanto. 

9.- Otra de las características de las novelas de caballería es el ensalzamiento del ideal cortesano 

Porque críticos hay que defienden que estas obras influyeron con más fuerza en los modos y costumbres de la aristocracia de la época que los libros de comportamiento que nacieron paralelamente. Los ideales de virtud, arrojo, valentía, buenas maneras, modales exquisitos y un gusto por un corazón desprendido se expusieron en estos libros de caballería. El resultado fue que, de alguna manera u otra, esa gentileza (aunque fuera impostada) caló en la nobleza y en la alta sociedad de la época primero para ir llegando a todas las capas de la sociedad en última instancia.   

10.- El héroe de las novelas de caballería lucha por la gloria individual 

No es ya un capitán que dirige su ejército con un objetivo común ya fuera conquista de tierras o liberación de una religión ajena. El caballero de estos libros sale en solitario (con un escudero o un pequeño séquito) a deshacer esos entuertos que tanto gustaban a Don Quijote sin un rumbo fijo o estrategia marcada. Es un héroe que busca la gloria individual, ponerse a prueba constantemente y demostrar a la amada que es el más digno de ese admiración. Al paso le salen todo tipo de animales fantásticos, figuras fantasmagóricas, brujas o magos que unas veces le ayudan y otras veces se enfrentan. 

Ejemplos de novelas de caballerías más famosas

Se publicaron cientos de títulos en castellano y miles en toda Europa. A las aventuras de los héroes principales se les iba sumando las correrías del clan familiar, de los amigos o compañeros de alguna aventura creando sagas que se hacían casi infinitas. Por su calidad, señalo solo dos que, además, fueron las mismas que se salvaron de la quema de los libros de la biblioteca quijotesca. Con ese perdón, Cervantes reconoce la calidad de las mismas. 

1.- Amadís de Gaula, la mejor novela de caballería en castellano 

Aunque ni se saben los orígenes y también se duda de su autor, la crítica coloca el año 1492, el mismo de los descubrimientos, como el de su redacción. Sin embargo, la primera edición que nos ha llegado está impresa en Zaragoza en 1508 y el autor que aparece es Garci Rodríguez de Montalvo.  En la obra se narra las aventuras de Amadís, fruto de los amores prohibidos del rey Perión de Gaula con la princesa Elisena de Inglaterra. El joven presenta en sí todas las virtudes que adorna el ser humano en grado superlativo mientras que no le afecta ninguno de nuestros vicios. Sale en busca de justicia de una forma indefinida y su amor leal es para Oriana con quien logra casarse e, incluso, tener descendencia. Cervantes lo salva de la quema con el siguiente juicio: 

“Es el mejor de todos los libros que es género se han compuesto”.  

2.- Tirant Lo Blanc escrita en catalán y favorita de escritores y críticos

Y eso que no contó demasiado con el favor del público general, precisamente porque las aventuras del Tirant lo Blanc están narradas en un tono realista ajena al género. En esta obra, que fue traducida al francés y al italiano, se cuentan los avatares del capitán homónimo en su lucha contra los turcos. El idealismo (aún estando presente) está pergeñado con notas de la vida cotidiana y el héroe presentado de una manera humana (con sus pocos vicios y sus grandes virtudes).  

En definitiva, las novelas de caballería pueden considerarse el primer género en prosa de ficción de la literatura castellana. Su ambiente de fantasía y las virtudes sobrenaturales de sus protagonistas encandilaron a varias generaciones de lectores que se abrían a los descubrimientos y a la cosmovisión del Renacimiento.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

 

 

 

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Las novelas de caballería llegaron a tener tal éxito durante el siglo XV y posteriores que no hay escritor de la época que no las conociera o estuviera imbuido de sus principios, valores y aventuras. Así eran y así nos han llegado. 

Definición de las novelas de caballería

Pertenecen al género narrativo en prosa y surgen en el siglo XV superando todas las características de la literatura medieval pero aún sin entrar en la literatura renacentista. En ellas se narran (en lengua romance) las aventuras de un caballero solitario, dechado de virtudes, nobleza y arrojo en busca de aventuras (sin ton ni son y esperando que le salgan al paso) con el objetivo indiscriminado de hacer justicia. Este caballero ofrece todas sus victorias y hazañas a una dama objeto fiel de su amor. 

En contraposición a los cantares de gesta medievales, las aventuras épicas que se narran en las novelas de caballería no son reales y el periplo al completo de estos héroes, adornados con valores sobrehumanos casi, acaecen en escenarios de fantasía. Tanto es así que apenas se puede reconocer la toponimia descrita mientras dragones, magos, hechiceras y castillos encantados salen al paso del héroe.   

Origen de las novelas de caballería en castellano

Aunque los pocos ejemplos de cantares de gesta en verso de los que tenemos conocimiento pudieran ser el sustrato de las novelas de caballería, la crítica ha señalado un origen francés de las mismas. En la épica medieval gala los héroes no están presentados de una manera realista ni tan humanizados como en la castellana. En ella aparecen todos los elementos y características de estas obras y, con todo probabilidad, de Francia se importaron a todo el territorio español y gran parte del europeo. 

De hecho algunas tramas en castellano están calcadas de homólogas francesas y los héroes se repiten en distintas literaturas romances. Esto supuso  (justo cuando se abandonaban los libros medievales manuscritos y comenzaba la imprenta con el aumento exponencial de lectores) que se convirtieran en tremendamente populares en la época. Tanto fue así que autores muy alejados del género, como pudiera ser Santa Teresa de Jesús cuya obra pertenece a la mística literaria, no tuvieron empacho en reconocer su afición a las novelas de caballería. Y sin ir más lejos, Don Quijote, la gran obra narrativa de la humanidad casi, es una burla de las increíbles e imaginarias hazañas de estos héroes que sobrepasan todos los parámetros de las virtudes humanas.  

Por otro lado, las novelas de caballería en castellano surgen cuando se da una situación sociocultural propicia. El siglo XV supuso un cambio de cosmovisión entre la nobleza, enfrascada como en toda la Edad Media, en guerras fratricidas pero haciendo gala de una forma de estar alejada de la rudeza de los siglos posteriores. La monarquía va perdiendo poder y se van abandonando las grandes empresas militares hasta que son retomadas por los Reyes Católicos (la toma de Granada o la búsqueda de nuevos mundos). En esta situación, una aristocracia cultivada que conocía las letras, la historia y la filosofía (recordemos al marqués de Santillana o a don Juan Manuel por poner solo dos casos) se entretiene con el refinamiento palaciego. En este sentido, en los castillos y en las residencias nobiliarias se preparan justas poéticas, lecturas de obras antiguas, torneos deportivos o miles de juegos de ingenio. En este relajamiento de las costumbres (comparado con la dura Edad Media) nacen las novelas de caballería en castellano.  

Características de la novela de caballería principales

Dicho esto, podemos inferir algunas de las características de las novelas caballería simplemente por la descripción y formulación de las mismas. Aún así recordemos los puntos que las hacen única. 

1.- Las novelas de caballería están escritas en prosa y en lengua romance 

Si bien los pocos ejemplos de cantares de gesta que nos han llegado pudieran hacernos creer que están en el origen del género, estos son tan distintos entre sí que muy poco tienen en común. Nacen en prosa en las distintas lenguas romances que se iban afianzando en toda Europa tras arrinconar el latín a las altas esferas de intelectuales. Y, además, son libros para ser leídos, abandonando, por tanto, el carácter oral de la literatura popular medieval.  

2.- Están conformadas por ciclos larguísimos

Las novelas de caballería la forman páginas y páginas de aventuras sobrenaturales de héroes todopoderosos que ni envejecen ni se cansan ni viven nada parecido a las penas y alegrías humanas. Estas historias se iban completando, además, con tramas intercaladas de personajes secundarios. Y por si fuera poco, las aventuras iban colmando el afán lector de la época con nuevos argumentos de personajes asociados. Estos pudieran ser compañeros de batallas, amigos de la infancia, hijos o nietos de los héroes principales.  

3.- Una de las características principales de las novelas de caballería es la fantasía y las tramas imaginadas

Si por algo se caracteriza la literatura española de todos los tiempos es por su realismo, tanto que en castellano apenas hay historias en las que predominen magos de gran sabiduría, hechiceros con encantamientos, animales fantásticos imposibles de encontrar en la naturaleza, dragones destructores o lugares ocupados por ánimas o espíritus. Tanto los cantares de gesta como la producción del mester de clerecía baja a la realidad de la cotidianidad (y los milagros para la población medieval estaban en ese plano, según su cosmovisión). Para encontrar una de las más importantes características de las novelas de caballería (la imaginación y la fantasía) en la literatura posterior habría que esperar al romanticismo literario con su gusto por las historias de brujas, aparecidos, ruinas, tormentas y seres del otro lado de las cosas.  

4.- Paralelamente los héroes son presentados de una manera idealizada en extremo 

Esta falta de realismo no solo aparece en las tramas o en los emplazamientos (que son imposibles de ubicar) sino también en la personalidad de sus protagonistas. No son ya campeones de la guerra (como el Rodrigo Díaz de Vivar del Cantar del Mío Cid) que muestran sus pesares humanos a la par que se hacen con la victoria debido a arrojo, inteligencia o astucia. Por el contrario, los héroes de las novelas de caballería son un dechado de virtudes tal que a ellos no les afecta ni el frío de las nieves ni el calor del sol. Cualquier sentimiento o querencia que no esté en un nivel muy alto de espiritualidad le son ajenas y desconocidas. Tanto es así que (no sin una buena dosis de ironía) en el escrutinio de la biblioteca de Don Quijote el Tirant lo Blanc se salva porque: 

“Aquí comen los caballeros y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen”.  

5.- Otra de las características de las novelas de caballería principales es el canto al amor

Y es un amor concreto a una dama a la cual se homenajea constantemente y se entrega como tributo de fidelidad y entrega las victorias de todas las batallas. A igual que el caballero, estas damas aparecen idealizadas en extremo inasequibles al desgaste de la soledad o a la espera eterna de un héroe enfrascado en hacer un mundo mejor fuera de su castillo. Hasta la aparición del género, el amor en la literatura castellana era presentado de una forma más general (a la patria, a la religión, a la familia, al rey…) o de un modo más sensual o heterodoxo cuyo ejemplo más sublime es el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Sin embargo, en las novelas de caballería no hay lugar para la traición, la burla, el engaño o el deseo carnal. Todo en estas obras es de un platonismo nivel sublime.  

6.- Son las primeras obras en lengua romance concebidas para el puro entretenimiento 

Porque si bien las obras del mester de juglaría estaban también diseñadas para el ocio, los cantares que nos han llegado manifiestan una realidad y verosimilitud que se asemeja (con sus salvedades) a la prensa contemporánea. Los oyentes de estos poemas querían saber de las aventuras reales de los guerreros de la época. Un dragón, un mago hechicero o un encantamiento que hace volar ejércitos por los aires no sería aceptado de ninguna manera. Sin embargo, el siglo XV ya demandaba esta fantasía y el lector suscribía el pacto de ficción con naturalidad y gusto. 

7.- Nacen paralelamente a la imprenta y para ser leídas 

Gran parte de su auge se puede deber a las circunstancias alrededor. La población más pudiente abandona, no ya el analfabetismo, sino que se instruye de distintas formas, incluso estudiando en las incipientes universidades. Va avanzando la burguesía imponiendo una cosmovisión vital más centrada en el aquí y el ahora a la par que los goces de la vida comienzan a ser aceptados desde distintos puntos de vista.  

Además, la aparición de la imprenta supuso un cambio drástico en la propagación no solo de cualquier conocimiento sino también de todos y cada uno de los géneros literarios. Si los libros medievales de difícil ejecución se quedaban atrapados entre los muros de los monasterios, con la imprenta, las obras se producían a una velocidad nunca antes vista saciando la curiosidad de un número cada vez mayor de lectores. Esto supuso también que la literatura fuera abandonando paulatinamente su carácter oral para ser escuchada de forma colectiva y fuera adentrándose progresivamente en la lectura individual en solitario.  

8.- Tuvieron una gran influencia en la cultura de la época  

Todo ello supuso un cambio en la cosmovisión de la época a todos los niveles, ya que las novelas de caballería llegaron a todos los estratos de población. Se abandonan así los rigores de los héroes épicos de la primera Edad Media para resbalarse en un mundo ajeno, ameno y perfecto casi. La evasión estaba servida por tanto. 

9.- Otra de las características de las novelas de caballería es el ensalzamiento del ideal cortesano 

Porque críticos hay que defienden que estas obras influyeron con más fuerza en los modos y costumbres de la aristocracia de la época que los libros de comportamiento que nacieron paralelamente. Los ideales de virtud, arrojo, valentía, buenas maneras, modales exquisitos y un gusto por un corazón desprendido se expusieron en estos libros de caballería. El resultado fue que, de alguna manera u otra, esa gentileza (aunque fuera impostada) caló en la nobleza y en la alta sociedad de la época primero para ir llegando a todas las capas de la sociedad en última instancia.   

10.- El héroe de las novelas de caballería lucha por la gloria individual 

No es ya un capitán que dirige su ejército con un objetivo común ya fuera conquista de tierras o liberación de una religión ajena. El caballero de estos libros sale en solitario (con un escudero o un pequeño séquito) a deshacer esos entuertos que tanto gustaban a Don Quijote sin un rumbo fijo o estrategia marcada. Es un héroe que busca la gloria individual, ponerse a prueba constantemente y demostrar a la amada que es el más digno de ese admiración. Al paso le salen todo tipo de animales fantásticos, figuras fantasmagóricas, brujas o magos que unas veces le ayudan y otras veces se enfrentan. 

Ejemplos de novelas de caballerías más famosas

Se publicaron cientos de títulos en castellano y miles en toda Europa. A las aventuras de los héroes principales se les iba sumando las correrías del clan familiar, de los amigos o compañeros de alguna aventura creando sagas que se hacían casi infinitas. Por su calidad, señalo solo dos que, además, fueron las mismas que se salvaron de la quema de los libros de la biblioteca quijotesca. Con ese perdón, Cervantes reconoce la calidad de las mismas. 

1.- Amadís de Gaula, la mejor novela de caballería en castellano 

Aunque ni se saben los orígenes y también se duda de su autor, la crítica coloca el año 1492, el mismo de los descubrimientos, como el de su redacción. Sin embargo, la primera edición que nos ha llegado está impresa en Zaragoza en 1508 y el autor que aparece es Garci Rodríguez de Montalvo.  En la obra se narra las aventuras de Amadís, fruto de los amores prohibidos del rey Perión de Gaula con la princesa Elisena de Inglaterra. El joven presenta en sí todas las virtudes que adorna el ser humano en grado superlativo mientras que no le afecta ninguno de nuestros vicios. Sale en busca de justicia de una forma indefinida y su amor leal es para Oriana con quien logra casarse e, incluso, tener descendencia. Cervantes lo salva de la quema con el siguiente juicio: 

“Es el mejor de todos los libros que es género se han compuesto”.  

2.- Tirant Lo Blanc escrita en catalán y favorita de escritores y críticos

Y eso que no contó demasiado con el favor del público general, precisamente porque las aventuras del Tirant lo Blanc están narradas en un tono realista ajena al género. En esta obra, que fue traducida al francés y al italiano, se cuentan los avatares del capitán homónimo en su lucha contra los turcos. El idealismo (aún estando presente) está pergeñado con notas de la vida cotidiana y el héroe presentado de una manera humana (con sus pocos vicios y sus grandes virtudes).  

En definitiva, las novelas de caballería pueden considerarse el primer género en prosa de ficción de la literatura castellana. Su ambiente de fantasía y las virtudes sobrenaturales de sus protagonistas encandilaron a varias generaciones de lectores que se abrían a los descubrimientos y a la cosmovisión del Renacimiento.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

 

 

 

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Gracias a estas obras un hidalgo de La Mancha salió en post de gloria personal e individual junto a un escudero anclado en la realidad de la tierra y sus aventuras se convirtieron en la mejor novela de la historia. En la literatura castellana, salvando algunas obras puntuales, fueron las primeras obras creadas con una intención claramente de entretenimiento. Y aquí quizás resida una de las características de las novelas de caballerías principales: que abandona toda finalidad moralizante alejándose de los grandes temas de la literatura medieval. Eso no quita para que el idealismo y el afán de perfeccionamiento de los héroes caballerescos sirvieran de abono en el proceso de superación de conocidos místicos como pudiera ser Santa Teresa de Jesús o San Ignacio de Loyala.  La Doctora de la Iglesia confiesa que, en su juventud, fue ávida lectora de estas historias. Y críticos de la literatura hay quienes ven en esos ideales de superación un sustrato de las experiencias místicas que llegarían después. Sea como fuere, el tono moralizante de un don Juan Manuel, para poner un ejemplo, queda atrás y la cosmovisión que se nos presenta es totalmente distinta.  

La sociedad castellana en el siglo XV y las novelas de caballería 

Las novelas de caballería comenzaron a hacerse populares en el siglo XV, justo cuando la imprenta inicia su andadura para dejar atrás definitivamente los libros medievales que solo estaban al alcance de muy pocos. Ese punto quizás también contribuyera a su éxito y propagación. Sea como fuere, la sociedad castellana del siglo XV estaba aparcando todos los parámetros brutales de la Edad Media. La nobleza olvidaba su rudeza y se hacía cortesana a la misma velocidad que aumentaban las intrigas palaciegas y las peleas entre reinos. La monarquía perdía su papel y, paralelamente en una contradicción casi, surgían voces que abogaban por el centralismo. El avance hacia los últimos reductos de los reinos musulmanes quedó paralizado hasta el último embate de los Reyes Católicos en 1492.  

Mientras tanto, la misma nobleza que renegaba de la autoridad real se congregaba en castillos y palacios para disfrutar de grandes banquetes, justas poéticas y torneos donde se demostraba habilidad y fuerza con más espíritu deportivo que guerrero. El recogimiento religioso medieval queda, paulatinamente, apartado mientras se va descubriendo el mundo pagano de la literatura griega y latina que comenzaba a traducirse en castellano y a editarse en las incipientes imprentas. Las universidades comenzaban a plantar sus cátedras y aulas por todo el territorio español (la primera fue la de Salamanca en el siglo XIII) y la burguesía se hacía culta y letrada. Todo ello era caldo de cultivo propicio para una nueva forma de hacer literatura que dejaba a un lado la realidad más cruda resbalándose por la fantasía para solaz de lectores individuales.   

10 Características de las novelas de caballería 

1.- Surgen en el siglo XV en un ambiente cortesano

Como ya he anotado, es una literatura producto de su tiempo como lo fueron los cantares de gesta mantenidos por el mester de juglaría siglos atrás. La cosmovisión medieval iba progresivamente abandonándose y lentamente España se introducía en el Renacimiento literario con todo lo que ella implica. La imprenta hace factible un mayor número de libros. A la par que va aumentando el público alfabetizado con el auge económico burgués y la implantación de las universidades se ponen los cimientos para los descubrimientos, la incipiente ciencia, los ingenios mecánicos, la mejora de las comunicaciones, el poder centralizado… En esta situación la nobleza se vuelve más ociosa dejando la rudeza de los siglos atrás. Gusta de las fiestas palaciegas, de los modales de las justas caballerescas, de la prueba en los torneos… En este ambiente nacen las novelas de caballerías que exaltan otro ideales distintos a los de antaño. 

2.- Una de las características de las novelas de caballería es el ensalzamiento del amor 

Excepto en la poesía trovaderesca, el amor como idealización no había tenido cabida en la literatura en castellano. Los autores de la Edad Media (a excepción si acaso del Arcipreste de Hita y su obra tiene otro cariz) siempre escribían con fines moralizantes, edificantes, educativos… Sin embargo, las novelas de caballerías ensalzan el amor incondicional de un caballero hacia su dama a la cual entrega el fruto de todas sus conquistas.  

3.- El héroe caballeresco busca la gloria individual  

Los ejemplos de cantares de gesta que nos han llegado nos muestran a héroes con espíritu de soldado, con cosmovisión militar. Cualquier hazaña tenía una finalidad colectiva ya fuera patria (o terruño) o religión (la toma de territorios para la causa cristiana por poner otro caso). Eran combatientes abnegados que actuaban movidos por un honor heredado y por un deber leal a cualquier causa en la que ponían sus vidas. Sin embargo, los protagonistas de las novelas de caballerías viajan y llevan sus aventuras en solitario en busca de causas etéreas (aunque sean llevados por el afán de hacer el bien) y con un espíritu egocéntrico que adelanta los fundamentos del Renacimiento. Las peleas que libraban eran para su gloria personal y no como parte de un ejército con una causa común.  

4.- Otra de las características de las novelas de caballería es la fantasía  

Si algo caracteriza a la literatura española de todos los tiempos es su fuerte arraigo en el realismo. Tanto es así que cuesta encontrar obras en las que la fantasía sea una norma y uno de sus fundamentos. La excepción es la novela de caballerías donde los héroes se topan con monstruos inverosímiles, magos con poderes, animales fantásticos y toda suerte de seres imaginarios que acompañan (algunas veces para mal y otras para bien) al caballero en sus andanzas. 

5.- La topografía presentada es difusa y etérea 

En la misma línea con lo expuesto anteriormente, otra de las características de las novelas de caballerías es que no se reconocen como reales la toponimia presentadas en las obras. Amadís de Gaula, por poner un ejemplo de una de las mejores, viaja por toda Europa pero son lugares irreales, etéreos, irreconocibles con paisajes que difícilmente puedan encontrarse en un tour turístico contemporáneo. Los castillos están encantados. Los fantasmas y las criaturas del otro mundo conviven en armonía con personajes caracterizados con mayor realidad.  

6.- Las novelas de caballería se convirtieron en manuales del perfecto cortesano 

Porque los héroes de estas obras representaban los ideales y virtudes de los perfectos caballeros sin tacha y mácula alguna. Son personajes esforzados con modales exquisitos que no pierden la compostura en ningún momento aunque estén siendo devorados por un dragón de tres cabezas. A la par, hacen gala (y luchan por ello) de grandes ideales y una buena dosis de ánimo que lo convierten en dechados de virtudes. Inasequibles al desaliento y en ayuda a los menesterosos, su lema es la lucha por la justicia. El ideal caballeresco, por tanto, de los libros se pretendía imitar entre un público cortesano cada vez más instruido que ya rechaza la rudeza en el trato, los modales y las relaciones sociales.  

7.- Los orígenes de las novelas de caballería son franceses 

Aunque de España salieron grandes ciclos que luego se vertieron a otras lenguas romances, los orígenes se encuentran en los héroes épicos franceses. En estos poemas se encuentran personajes alejados de las características de los cantares de gesta principales. Si los castellanos pedían verosimilitud como si se tratara de las noticias de la prensa y los héroes se presentaban con toda su crudeza, en los galos todo estos caracteres estaban más endulzados. Además, en los poemas épicos castellanos no se hubiera permitido la fantasía de castillos encantados y criaturas extrañas que ayudaban a los caballeros galos en los momentos de apuros. En los españoles se exigía a los héroes un arrojo y valentía fuera de lo humano. Todo esto se trastoca con las novelas de caballerías que presentan un mundo totalmente distinto. 

8.- La mejor novela de caballería en castellano es el Amadís de Gaula 

Y tanto fue así que merece estudio individual ya que el héroe constituye un ciclo aparte y tanto fue su éxito que se contaron 50 ediciones en apenas unas cuantas décadas. El público estaba tan ansioso por conocer más aventuras que incluso el Amadís original fue resucitado después de haber sido asesinado. Las sagas en las que seguían las aventuras de su hijo o su nieto eran esperadas por los lectores ávidos de estos héroes inmaculados e irreales que dedicaban su vida al amor de una dama y a luchar por la justicia de manera abstracta.  

9.- Otra de las características de las novelas de caballería es su independencia de las historias de aventuras: el caso del Tirant lo Blanc

Este mundo de magia y de paisajes de brumas donde aparecen seres fantasiosos no tenían nada que ver con las novelas de aventuras con una meta concreta. Los caballeros andantes vagaban sin rumbo buscando deshacer cualquier entuerto (como aspiraba el antihéroe Don Quijote) que les saliera al paso. Sin embargo, el Tirant lo Blanc (escrito en catalán) es un obra que se sale del género al presentar a un militar que lucha contra los turcos y vence gracias a su ingenio, inteligencia y astucia. A pesar de que los lectores cultivados se rindieron a la gran belleza literaria de la obra, esta no tuvo el éxito de otras novelas de caballerías más imaginativas. Tanto es así que en el escrutinio de la biblioteca quijotesca, esta se salva porque  poco había podido contribuir a la perdida de la razón del héroe. 

“Aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen”.  

10.- Las sagas de las novelas de caballería es otra de sus características

Las historias son larguísimas y no acaban nunca. Son auténticas series de aventuras sobre el mismo tema en los que los personajes no envejecen y se muestran inasequibles al desaliento. El público esperaba con ansiedad más y más historias tanto de los protagonistas como de sus hijos y sus nietos. El entretenimiento estaba servido porque, entre combate y combate, se intercalaban otra historias de corte amoroso que hacían las delicias de los lectores.  

Todas estas características de las novelas de caballería propiciaron que fueran las favoritas de un público lector cada vez más amplio que buscaba aventuras e ideales a la par que se evadían de la realidad. Fueron tan populares que las grandes aventuras, de una manera u otra, eran conocidas por todos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Gracias a estas obras un hidalgo de La Mancha salió en post de gloria personal e individual junto a un escudero anclado en la realidad de la tierra y sus aventuras se convirtieron en la mejor novela de la historia. En la literatura castellana, salvando algunas obras puntuales, fueron las primeras obras creadas con una intención claramente de entretenimiento. Y aquí quizás resida una de las características de las novelas de caballerías principales: que abandona toda finalidad moralizante alejándose de los grandes temas de la literatura medieval. Eso no quita para que el idealismo y el afán de perfeccionamiento de los héroes caballerescos sirvieran de abono en el proceso de superación de conocidos místicos como pudiera ser Santa Teresa de Jesús o San Ignacio de Loyala.  La Doctora de la Iglesia confiesa que, en su juventud, fue ávida lectora de estas historias. Y críticos de la literatura hay quienes ven en esos ideales de superación un sustrato de las experiencias místicas que llegarían después. Sea como fuere, el tono moralizante de un don Juan Manuel, para poner un ejemplo, queda atrás y la cosmovisión que se nos presenta es totalmente distinta.  

La sociedad castellana en el siglo XV y las novelas de caballería 

Las novelas de caballería comenzaron a hacerse populares en el siglo XV, justo cuando la imprenta inicia su andadura para dejar atrás definitivamente los libros medievales que solo estaban al alcance de muy pocos. Ese punto quizás también contribuyera a su éxito y propagación. Sea como fuere, la sociedad castellana del siglo XV estaba aparcando todos los parámetros brutales de la Edad Media. La nobleza olvidaba su rudeza y se hacía cortesana a la misma velocidad que aumentaban las intrigas palaciegas y las peleas entre reinos. La monarquía perdía su papel y, paralelamente en una contradicción casi, surgían voces que abogaban por el centralismo. El avance hacia los últimos reductos de los reinos musulmanes quedó paralizado hasta el último embate de los Reyes Católicos en 1492.  

Mientras tanto, la misma nobleza que renegaba de la autoridad real se congregaba en castillos y palacios para disfrutar de grandes banquetes, justas poéticas y torneos donde se demostraba habilidad y fuerza con más espíritu deportivo que guerrero. El recogimiento religioso medieval queda, paulatinamente, apartado mientras se va descubriendo el mundo pagano de la literatura griega y latina que comenzaba a traducirse en castellano y a editarse en las incipientes imprentas. Las universidades comenzaban a plantar sus cátedras y aulas por todo el territorio español (la primera fue la de Salamanca en el siglo XIII) y la burguesía se hacía culta y letrada. Todo ello era caldo de cultivo propicio para una nueva forma de hacer literatura que dejaba a un lado la realidad más cruda resbalándose por la fantasía para solaz de lectores individuales.   

10 Características de las novelas de caballería 

1.- Surgen en el siglo XV en un ambiente cortesano

Como ya he anotado, es una literatura producto de su tiempo como lo fueron los cantares de gesta mantenidos por el mester de juglaría siglos atrás. La cosmovisión medieval iba progresivamente abandonándose y lentamente España se introducía en el Renacimiento literario con todo lo que ella implica. La imprenta hace factible un mayor número de libros. A la par que va aumentando el público alfabetizado con el auge económico burgués y la implantación de las universidades se ponen los cimientos para los descubrimientos, la incipiente ciencia, los ingenios mecánicos, la mejora de las comunicaciones, el poder centralizado… En esta situación la nobleza se vuelve más ociosa dejando la rudeza de los siglos atrás. Gusta de las fiestas palaciegas, de los modales de las justas caballerescas, de la prueba en los torneos… En este ambiente nacen las novelas de caballerías que exaltan otro ideales distintos a los de antaño. 

2.- Una de las características de las novelas de caballería es el ensalzamiento del amor 

Excepto en la poesía trovaderesca, el amor como idealización no había tenido cabida en la literatura en castellano. Los autores de la Edad Media (a excepción si acaso del Arcipreste de Hita y su obra tiene otro cariz) siempre escribían con fines moralizantes, edificantes, educativos… Sin embargo, las novelas de caballerías ensalzan el amor incondicional de un caballero hacia su dama a la cual entrega el fruto de todas sus conquistas.  

3.- El héroe caballeresco busca la gloria individual  

Los ejemplos de cantares de gesta que nos han llegado nos muestran a héroes con espíritu de soldado, con cosmovisión militar. Cualquier hazaña tenía una finalidad colectiva ya fuera patria (o terruño) o religión (la toma de territorios para la causa cristiana por poner otro caso). Eran combatientes abnegados que actuaban movidos por un honor heredado y por un deber leal a cualquier causa en la que ponían sus vidas. Sin embargo, los protagonistas de las novelas de caballerías viajan y llevan sus aventuras en solitario en busca de causas etéreas (aunque sean llevados por el afán de hacer el bien) y con un espíritu egocéntrico que adelanta los fundamentos del Renacimiento. Las peleas que libraban eran para su gloria personal y no como parte de un ejército con una causa común.  

4.- Otra de las características de las novelas de caballería es la fantasía  

Si algo caracteriza a la literatura española de todos los tiempos es su fuerte arraigo en el realismo. Tanto es así que cuesta encontrar obras en las que la fantasía sea una norma y uno de sus fundamentos. La excepción es la novela de caballerías donde los héroes se topan con monstruos inverosímiles, magos con poderes, animales fantásticos y toda suerte de seres imaginarios que acompañan (algunas veces para mal y otras para bien) al caballero en sus andanzas. 

5.- La topografía presentada es difusa y etérea 

En la misma línea con lo expuesto anteriormente, otra de las características de las novelas de caballerías es que no se reconocen como reales la toponimia presentadas en las obras. Amadís de Gaula, por poner un ejemplo de una de las mejores, viaja por toda Europa pero son lugares irreales, etéreos, irreconocibles con paisajes que difícilmente puedan encontrarse en un tour turístico contemporáneo. Los castillos están encantados. Los fantasmas y las criaturas del otro mundo conviven en armonía con personajes caracterizados con mayor realidad.  

6.- Las novelas de caballería se convirtieron en manuales del perfecto cortesano 

Porque los héroes de estas obras representaban los ideales y virtudes de los perfectos caballeros sin tacha y mácula alguna. Son personajes esforzados con modales exquisitos que no pierden la compostura en ningún momento aunque estén siendo devorados por un dragón de tres cabezas. A la par, hacen gala (y luchan por ello) de grandes ideales y una buena dosis de ánimo que lo convierten en dechados de virtudes. Inasequibles al desaliento y en ayuda a los menesterosos, su lema es la lucha por la justicia. El ideal caballeresco, por tanto, de los libros se pretendía imitar entre un público cortesano cada vez más instruido que ya rechaza la rudeza en el trato, los modales y las relaciones sociales.  

7.- Los orígenes de las novelas de caballería son franceses 

Aunque de España salieron grandes ciclos que luego se vertieron a otras lenguas romances, los orígenes se encuentran en los héroes épicos franceses. En estos poemas se encuentran personajes alejados de las características de los cantares de gesta principales. Si los castellanos pedían verosimilitud como si se tratara de las noticias de la prensa y los héroes se presentaban con toda su crudeza, en los galos todo estos caracteres estaban más endulzados. Además, en los poemas épicos castellanos no se hubiera permitido la fantasía de castillos encantados y criaturas extrañas que ayudaban a los caballeros galos en los momentos de apuros. En los españoles se exigía a los héroes un arrojo y valentía fuera de lo humano. Todo esto se trastoca con las novelas de caballerías que presentan un mundo totalmente distinto. 

8.- La mejor novela de caballería en castellano es el Amadís de Gaula 

Y tanto fue así que merece estudio individual ya que el héroe constituye un ciclo aparte y tanto fue su éxito que se contaron 50 ediciones en apenas unas cuantas décadas. El público estaba tan ansioso por conocer más aventuras que incluso el Amadís original fue resucitado después de haber sido asesinado. Las sagas en las que seguían las aventuras de su hijo o su nieto eran esperadas por los lectores ávidos de estos héroes inmaculados e irreales que dedicaban su vida al amor de una dama y a luchar por la justicia de manera abstracta.  

9.- Otra de las características de las novelas de caballería es su independencia de las historias de aventuras: el caso del Tirant lo Blanc

Este mundo de magia y de paisajes de brumas donde aparecen seres fantasiosos no tenían nada que ver con las novelas de aventuras con una meta concreta. Los caballeros andantes vagaban sin rumbo buscando deshacer cualquier entuerto (como aspiraba el antihéroe Don Quijote) que les saliera al paso. Sin embargo, el Tirant lo Blanc (escrito en catalán) es un obra que se sale del género al presentar a un militar que lucha contra los turcos y vence gracias a su ingenio, inteligencia y astucia. A pesar de que los lectores cultivados se rindieron a la gran belleza literaria de la obra, esta no tuvo el éxito de otras novelas de caballerías más imaginativas. Tanto es así que en el escrutinio de la biblioteca quijotesca, esta se salva porque  poco había podido contribuir a la perdida de la razón del héroe. 

“Aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen”.  

10.- Las sagas de las novelas de caballería es otra de sus características

Las historias son larguísimas y no acaban nunca. Son auténticas series de aventuras sobre el mismo tema en los que los personajes no envejecen y se muestran inasequibles al desaliento. El público esperaba con ansiedad más y más historias tanto de los protagonistas como de sus hijos y sus nietos. El entretenimiento estaba servido porque, entre combate y combate, se intercalaban otra historias de corte amoroso que hacían las delicias de los lectores.  

Todas estas características de las novelas de caballería propiciaron que fueran las favoritas de un público lector cada vez más amplio que buscaba aventuras e ideales a la par que se evadían de la realidad. Fueron tan populares que las grandes aventuras, de una manera u otra, eran conocidas por todos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Juan de Mena, con su obra cumbre El Laberinto de Fortuna (1444), es uno de los más grandes poetas en castellano adelantándose al Renacimiento literario. Gozó en vida de gran fama y alta consideración y esboza a la perfección el modelo de intelectual puro dedicado en exclusividad a los goces culturales de las letras.  

Biografía de Juan de Mena 

Nacido en Córdoba en 1411, al parecer de una familia de conversos, estudia, primero en Salamanca donde obtiene el grado de Maestro en Artes y, luego en Roma. Fue uno de los grandes intelectuales de su época con conocimientos profundos de la lengua latina que aún seguía apreciándose como la completa, formada y la digna para los temas más importantes (religiosos, filosóficos y de la incipiente ciencia). Mientras que el castellano continúa formándose y ampliándose, buena parte de los intelectuales de la época aún consideraban a las lenguas romances que se expandían por toda Europa como idiomas menores. Juan de Mena era uno de ellos. 

Debido a su amplio currículum, es nombrado secretario en “cartas latinas” por parte del rey Juan II de Castilla, puesto que ocupará durante toda su vida. Contrariamente a otros escritores de la literatura medieval tardía, como pudiera ser don Juan Manuel o el marqués de Santillana (con quien compartía amistad), Juan de Mena ni empuñó las armas ni gastó un minuto de su vida en manipulaciones o conspiraciones políticas. Todo su empeño eran los libros, las letras, el estudio, especialmente del latín y de la literatura griega o romana. Llegó, por tanto, a ser uno de los mayores conocedores de cada uno de los recovecos de las grandes obras del canon clásico que llegaban a una recién estrenada imprenta a través de los libros medievales manuscritos que aún se custodiaban en los monasterios.  

A pesar de que disfrutaba de la amistad del marqués de Santillana con quien compartía buenas conversaciones sobre literatura, fue amigo de Álvaro de Luna (a la sazón valido del rey) y no se señaló en ningún bando. Es más, críticos hay que ven en su gran obra, El Laberinto de Fortuna, una llamada de atención a los gobernantes para que dejaran a un lado la sangría de las guerras entre reinos apelando a la unión del país en todos sus aspectos.  

Aunque su obra estaba escrita con una clara intención culta y para un público selecto que nada tenía que ver con los grandes títulos del mester de clerecía (¡y no digamos ya del mester de juglaría!), su obra gozó de fama. Tanta fue que de El Laberinto de Fortuna se llegó a hacer una publicación glosada (trasunto de las ediciones críticas actuales) e impresiones corregidas.  Nebrija, en su Gramática, lo cita como ejemplo literario a seguir y como uno de los más grandes poetas en lengua castellana. Como suele ocurrir con las carambolas de la historia, su nombre quedó un poco olvidado hasta que, en pleno siglo XX, se volvió a sus versos con interés. Juan de Mena murió en Torrelaguna alrededor del año 1456, al parecer por un infarto, ya que las crónicas cuentan que sufrió un “dolor de costado”. 

Obras de Juan de Mena 

1.- Obras en prosa de Juan de Mena 

1.1. Omero Romançeado, una versión muy resumida de la Ilíada clásica.

1.2. Comentario a su poema La Coronación.

1.3.- Proemio (introducción) a petición de Álvaro de Luna a su Libro de las virtudes e claras mujeres.  

2.- Obras en verso de Juan de Mena

2.1.- Poemas siguiendo los ritmos y temas tradicionales  

En este grupo se encuentran una serie de poemas cortos, en arte menor siguiendo la línea amorosa platónica de la poesía trovadoresca sin mucho que destacar. 

2.2.- Poemas de estilo culto a la manera de los primitivos italianos 

Y fueron solo tres incluido El Laberinto de Fortuna que estudiamos aparte.  

2.2.1.- Claro-oscuro es un largo poema alegórico de temática amorosa en la línea de la poesía trovadoresca. Está escrito, por un lado, en estrofas de arte mayor de ocho versos cuando se propone describir o narrar la oscuridad del amor. Por otro lado, la luminosidad tiene voz a través de coplas de ocho sílabas. 

2.2.2.- Coronación es un poema que tuvo que ser comentado en prosa por Juan de Mena (ve 1.2. de sus obras). Está dedicado a su amigo y gran poeta el marqués de Santillana y escrito también con una profusión de alegorías y símbolos en 51 quintillas dobles de arte menor. La obra narra el camino desde el Infierno hasta el Monte Parnarso hacia donde se dirige para colmar de laureles (gloria) a su amigo el marqués de Santillana.  

El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena 

Es la tercera obra en verso siguiendo el estilo culto italianizante de Juan de Mena. Fue la que le cosechó fama y por la que ha pasado al canon. Está compuesto por trescientas estrofas y, por eso, también se le conoce con este nombre.  

Temática de El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena

Escrito tal cual la Divina Comedia de Dante, su hilo conductor general es de carácter mitológico e, incluso, pagano adelantando el Renacimiento. Este tema vehicular le sirve para ir narrando distintos episodios históricos. El poema comienza describiendo como el yo del poeta llega al palacio de la diosa Fortuna. Allí encuentra la “máquina mundana” conformada por tres ruedas, la del presente que está en perpetuo movimiento y las del futuro y pasado que se encuentran ambas totalmente en reposo. Para rizar el rizo, en cada una de estas tres ruedas hay siete círculos que representan los siete planetas del sistema solar (a excepción de la Tierra). En cada uno de estos círculos (7 x 3 ruedas recordemos) se encuentra un personaje con un drama individual. 

Ni que decir tiene que en la rueda del pasado se narran gestas heroicas de la antigüedad. En la del futuro ve grandes hazañas y éxitos reales en un país unido en el que se han olvidado las guerras. En las del presente narra con gran belleza hechos contemporáneos al poeta. Los versos rezuman dramatismo cuando nos sumergen, por poner un caso, en la muerte del conde de Niebla en el cerco de Gibraltar o el acto de Doña María Coronel arrojándose aceite al rostro para huir de la persecución (violación) del rey Pedro el Cruel. 

La lengua de El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena 

1.- Escrito, por supuesto, en castellano eso no quita para que este largo poema alegórico contenga un gran número de latinismos con los que el poeta creía dignificar un idioma aún no formado y considerado rudo o vulgar. 

2.- Encontramos una gran número de imágenes alegóricas y de símbolos que eran conocidos por los lectores de su tiempo. 

3.- Frecuencia del hipérbaton latino e, incluso, del ritmo de las obras clásicas. 

4.- Juan de Mena gusta de hacer largas paráfrasis para sustituir a un nombre haciendo gala de su buen hacer y dominio no solo del castellano sino también de la lengua latina a la que idolatraba. 

5.- Gran porcentaje de oraciones subordinadas como corresponde a un creador que huye, a sabiendas, de la sencillez. 

6.- Uso de los temas mitológicos clásicos adelantándose así al Renacimiento y dejando atrás, a la par, la concepción religiosa extrema de los autores de la Edad Media

7.- La crítica ha hilado fino y encuentra bastante palabras esdrújulas que confieren un especial ritmo a este largo poema.  

Estilo literario de la obra de Juan de Mena

En palabras del maestro Dámaso Alonso, el estilo literario de El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena se puede resumir así:  

“La ambición de Mena era esencialmente épica; necesitaba enriquecer el castellano para tener una lengua digna de cantar grandes acciones (por eso introdujo tantas voces latinas). Si la latinización a que sometió el idioma (mucho más intensa y más súbita que la de Góngora) fue poco prudente, no cabe duda de que sacó los mayores frutos que entonces se podía obtener del verso: el de arte mayor, pesado por naturaleza, Mena sabe aligerarlo, matizándolo y aumentando su poder de expresión”.  

Porque Juan de Mena se jactó en vida de escribir para una élite preparada que se deleitaba en la belleza de las palabras con una finalidad alejada del entretenimiento popular. No tuvo empacho en reconocerlo y llevarlo a la práctica. Por eso, en parte, se enfrascaba en el estudio y conocimiento de los grandes poetas latinos como el también cordobés Lucano. Sin ninguna gran historia épica que pudiera cantar (ya que su contemporaneidad estaba simplemente repleta de rencillas y mediocridad) soñaba con esta gran gesta como así dejó plasmado en la rueda del futuro de El Laberinto de Fortuna.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Juan de Mena, con su obra cumbre El Laberinto de Fortuna (1444), es uno de los más grandes poetas en castellano adelantándose al Renacimiento literario. Gozó en vida de gran fama y alta consideración y esboza a la perfección el modelo de intelectual puro dedicado en exclusividad a los goces culturales de las letras.  

Biografía de Juan de Mena 

Nacido en Córdoba en 1411, al parecer de una familia de conversos, estudia, primero en Salamanca donde obtiene el grado de Maestro en Artes y, luego en Roma. Fue uno de los grandes intelectuales de su época con conocimientos profundos de la lengua latina que aún seguía apreciándose como la completa, formada y la digna para los temas más importantes (religiosos, filosóficos y de la incipiente ciencia). Mientras que el castellano continúa formándose y ampliándose, buena parte de los intelectuales de la época aún consideraban a las lenguas romances que se expandían por toda Europa como idiomas menores. Juan de Mena era uno de ellos. 

Debido a su amplio currículum, es nombrado secretario en “cartas latinas” por parte del rey Juan II de Castilla, puesto que ocupará durante toda su vida. Contrariamente a otros escritores de la literatura medieval tardía, como pudiera ser don Juan Manuel o el marqués de Santillana (con quien compartía amistad), Juan de Mena ni empuñó las armas ni gastó un minuto de su vida en manipulaciones o conspiraciones políticas. Todo su empeño eran los libros, las letras, el estudio, especialmente del latín y de la literatura griega o romana. Llegó, por tanto, a ser uno de los mayores conocedores de cada uno de los recovecos de las grandes obras del canon clásico que llegaban a una recién estrenada imprenta a través de los libros medievales manuscritos que aún se custodiaban en los monasterios.  

A pesar de que disfrutaba de la amistad del marqués de Santillana con quien compartía buenas conversaciones sobre literatura, fue amigo de Álvaro de Luna (a la sazón valido del rey) y no se señaló en ningún bando. Es más, críticos hay que ven en su gran obra, El Laberinto de Fortuna, una llamada de atención a los gobernantes para que dejaran a un lado la sangría de las guerras entre reinos apelando a la unión del país en todos sus aspectos.  

Aunque su obra estaba escrita con una clara intención culta y para un público selecto que nada tenía que ver con los grandes títulos del mester de clerecía (¡y no digamos ya del mester de juglaría!), su obra gozó de fama. Tanta fue que de El Laberinto de Fortuna se llegó a hacer una publicación glosada (trasunto de las ediciones críticas actuales) e impresiones corregidas.  Nebrija, en su Gramática, lo cita como ejemplo literario a seguir y como uno de los más grandes poetas en lengua castellana. Como suele ocurrir con las carambolas de la historia, su nombre quedó un poco olvidado hasta que, en pleno siglo XX, se volvió a sus versos con interés. Juan de Mena murió en Torrelaguna alrededor del año 1456, al parecer por un infarto, ya que las crónicas cuentan que sufrió un “dolor de costado”. 

Obras de Juan de Mena 

1.- Obras en prosa de Juan de Mena 

1.1. Omero Romançeado, una versión muy resumida de la Ilíada clásica.

1.2. Comentario a su poema La Coronación.

1.3.- Proemio (introducción) a petición de Álvaro de Luna a su Libro de las virtudes e claras mujeres.  

2.- Obras en verso de Juan de Mena

2.1.- Poemas siguiendo los ritmos y temas tradicionales  

En este grupo se encuentran una serie de poemas cortos, en arte menor siguiendo la línea amorosa platónica de la poesía trovadoresca sin mucho que destacar. 

2.2.- Poemas de estilo culto a la manera de los primitivos italianos 

Y fueron solo tres incluido El Laberinto de Fortuna que estudiamos aparte.  

2.2.1.- Claro-oscuro es un largo poema alegórico de temática amorosa en la línea de la poesía trovadoresca. Está escrito, por un lado, en estrofas de arte mayor de ocho versos cuando se propone describir o narrar la oscuridad del amor. Por otro lado, la luminosidad tiene voz a través de coplas de ocho sílabas. 

2.2.2.- Coronación es un poema que tuvo que ser comentado en prosa por Juan de Mena (ve 1.2. de sus obras). Está dedicado a su amigo y gran poeta el marqués de Santillana y escrito también con una profusión de alegorías y símbolos en 51 quintillas dobles de arte menor. La obra narra el camino desde el Infierno hasta el Monte Parnarso hacia donde se dirige para colmar de laureles (gloria) a su amigo el marqués de Santillana.  

El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena 

Es la tercera obra en verso siguiendo el estilo culto italianizante de Juan de Mena. Fue la que le cosechó fama y por la que ha pasado al canon. Está compuesto por trescientas estrofas y, por eso, también se le conoce con este nombre.  

Temática de El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena

Escrito tal cual la Divina Comedia de Dante, su hilo conductor general es de carácter mitológico e, incluso, pagano adelantando el Renacimiento. Este tema vehicular le sirve para ir narrando distintos episodios históricos. El poema comienza describiendo como el yo del poeta llega al palacio de la diosa Fortuna. Allí encuentra la “máquina mundana” conformada por tres ruedas, la del presente que está en perpetuo movimiento y las del futuro y pasado que se encuentran ambas totalmente en reposo. Para rizar el rizo, en cada una de estas tres ruedas hay siete círculos que representan los siete planetas del sistema solar (a excepción de la Tierra). En cada uno de estos círculos (7 x 3 ruedas recordemos) se encuentra un personaje con un drama individual. 

Ni que decir tiene que en la rueda del pasado se narran gestas heroicas de la antigüedad. En la del futuro ve grandes hazañas y éxitos reales en un país unido en el que se han olvidado las guerras. En las del presente narra con gran belleza hechos contemporáneos al poeta. Los versos rezuman dramatismo cuando nos sumergen, por poner un caso, en la muerte del conde de Niebla en el cerco de Gibraltar o el acto de Doña María Coronel arrojándose aceite al rostro para huir de la persecución (violación) del rey Pedro el Cruel. 

La lengua de El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena 

1.- Escrito, por supuesto, en castellano eso no quita para que este largo poema alegórico contenga un gran número de latinismos con los que el poeta creía dignificar un idioma aún no formado y considerado rudo o vulgar. 

2.- Encontramos una gran número de imágenes alegóricas y de símbolos que eran conocidos por los lectores de su tiempo. 

3.- Frecuencia del hipérbaton latino e, incluso, del ritmo de las obras clásicas. 

4.- Juan de Mena gusta de hacer largas paráfrasis para sustituir a un nombre haciendo gala de su buen hacer y dominio no solo del castellano sino también de la lengua latina a la que idolatraba. 

5.- Gran porcentaje de oraciones subordinadas como corresponde a un creador que huye, a sabiendas, de la sencillez. 

6.- Uso de los temas mitológicos clásicos adelantándose así al Renacimiento y dejando atrás, a la par, la concepción religiosa extrema de los autores de la Edad Media

7.- La crítica ha hilado fino y encuentra bastante palabras esdrújulas que confieren un especial ritmo a este largo poema.  

Estilo literario de la obra de Juan de Mena

En palabras del maestro Dámaso Alonso, el estilo literario de El Laberinto de Fortuna de Juan de Mena se puede resumir así:  

“La ambición de Mena era esencialmente épica; necesitaba enriquecer el castellano para tener una lengua digna de cantar grandes acciones (por eso introdujo tantas voces latinas). Si la latinización a que sometió el idioma (mucho más intensa y más súbita que la de Góngora) fue poco prudente, no cabe duda de que sacó los mayores frutos que entonces se podía obtener del verso: el de arte mayor, pesado por naturaleza, Mena sabe aligerarlo, matizándolo y aumentando su poder de expresión”.  

Porque Juan de Mena se jactó en vida de escribir para una élite preparada que se deleitaba en la belleza de las palabras con una finalidad alejada del entretenimiento popular. No tuvo empacho en reconocerlo y llevarlo a la práctica. Por eso, en parte, se enfrascaba en el estudio y conocimiento de los grandes poetas latinos como el también cordobés Lucano. Sin ninguna gran historia épica que pudiera cantar (ya que su contemporaneidad estaba simplemente repleta de rencillas y mediocridad) soñaba con esta gran gesta como así dejó plasmado en la rueda del futuro de El Laberinto de Fortuna.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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