Cultura medieval

La cultura medieval

La cultura medieval

Candela Vizcaíno

 

Breve análisis de las bases culturales de la Edad Media desde la literatura pasando por el conocimiento enclaustrado en monasterios hasta la arquitectura.  

A pesar del largo periodo histórico que comprende el Medievo europeo con más de diez siglos de existencia (476-1492), podemos rastrear en esta época características, modos y sustratos comunes a la gran mayoría de países europeos. Con la caída del Imperio Romano de Occidente se abre una etapa en la que desaparecen los tímidos avances alcanzados en ingeniería a la par que, progresivamente, se van cayendo, como un castillo de naipes, el entramado de comunicaciones de los siglos anteriores. Así, si por algo se caracteriza la cultura medieval es por el confinamiento en pequeños reinos, en monasterios, en núcleos sociales aislados. Y con ello, el conocimiento se quedó paralizado en una lentitud de tal calibre que podrían pasar décadas para que el más mínimo avance se transmitiera en los doscientos kilómetros a la redonda desde donde se generó. 

Castillos, guerras y señores para entender la cultura medieval 

Con la caída del Imperio Romano, el territorio europeo se desmenuza en pequeños reinos que, a su vez, mantienen distintos señores con bastante poder y enfrentados entre sí. Esto supone que la población queda recluida en emplazamientos dominados por un castillo que se recorren de punta a punta en una jornada. Aquí se nacía, se vivía, se trabajaba, se amaba y se moría. Las labores del campo, de la ganadería o en pequeños talleres artesanales ocupaban el día a día y todo ello con nulas condiciones higiénicas, de salubridad del agua o de acceso a recursos médicos. Las cloacas de las ciudades romanas se habían abandonado y en las casas populares se hacinaban animales de carga o de granja con humanos disputándose, a veces, la comida con roedores y alimañas. Con esta economía de subsistencia casi los recursos eran tan escasos que las hambrunas eran frecuentes debido a la pérdida de las cosechas por sequías, plagas o incendios. A esto se unían enfermedades contagiosas (por la falta de la más mínima higiene y por recaer en una población debilitada) y continuas guerras entre señores vecinos por cualquier cosa. Por tanto, este cóctel de miseria rebaja la esperanza de vida y la calidad de la misma a niveles de subsistencia. 

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Las sucesivas nuevas generaciones de los pueblos no conocían otra vida rodeadas de escasez, injusticia, enfermedad y analfabetismo. Porque, aunque no hay registros, se estima que más del ochenta por ciento de la población no sabía leer las letras ni reconocer ni un solo carácter matemático. Y, aunque eran las gentes sencillas las que estaban sumidas en este desconocimiento, a veces no se quedaba atrás la nobleza perteneciente a una ruda casta guerrera que despreciaba el conocimiento más básico. La falta de comunicación entre los distintos reinos y el confinamiento al que estaba sometido la población hizo, además, que el latín se transformara en las distintas lenguas romances que, en un principio, fueron desechadas por la élite de la cultura medieval para la propagación del arte o de una rudimentaria ciencia.  

Los caminos se fueron abandonando y se convirtieron en un reducto de criminales brutales capaces de cometer atrocidades para sobrevivir. Tanto es así, que lo normal era que un habitante de la Edad Media no se alejara en toda su vida más allá de veinte kilómetros de su lugar de nacimiento. La única vía que pone en contacto unos pueblos con otros (aparte de las guerras) es el Camino de Santiago, especialmente a partir del siglo XII. Tal como se refleja en el conocido Codex Calixtinus o Códice Calixtino el viaje estaba tan plagado de peligros que era frecuente que los peregrinos no regresaran vivos a sus hogares. 

Y esto es válido incluso para la población religiosa refugiada con sus libros (tal como veremos a continuación) en conventos y monasterios. Si a ello sumamos que para producir uno de los pocos libros medievales necesarios para el culto, consulta o estudio se necesitaba recursos económicos que se detraían de lo básico tenemos la combinación perfecta para un retrato de una época oscura en extremo.  

La cultura medieval está refugiada en los monasterios  

Si el castillo era el eje de la vida defensiva o civil, allí donde se acudía a la llamada de recogida o para organizar la más mínima gestión ante el señor, el monasterio no solo era el centro de la vida religiosa (que este recaía en las iglesias) sino cultural. Porque decir cultura medieval es apelar a un cristianismo extendido por toda Europa desplazando cualquier otra opción espiritual y, a veces, de manera extrema. La vida en la tierra era tan dura, aterradora, repleta de peligros y tan poco satisfactoria que se ponía el foco en un más allá de salvación, paradisíaco y utópico.  

Mientras que en las iglesias se sucedían los sermones amonestando con castigos que se palpaban día a día, en los monasterios se disfrutaba de una vida recogida centrada en el estudio. Porque el grueso de la población alfabetizada pertenecía a las congregaciones religiosas. Allí se estudiaba teología, gramática, latín y nociones básicas de fitoterapia que servían como remedios medicinales básicos. Los monasterios giraban alrededor de los scriptoria, los espacios donde pacientemente se copiaban los retazos de la cultura clásica que había logrado sobrevivir al tiempo. No había más ambición creativa o científica que guardar aquello que había sobrevivido de la antigüedad. Pacientemente, se copiaban los textos de la literatura griega, de la filosofía, de los herbolarios, de la historiografía romana y de aquellos libros que un día fueron el orgullo de la Biblioteca de Alejandría y que en ella época se sentía como lejana. El trabajo era tan laborioso, lento y caro que las bibliotecas de estos centros del saber rara vez alcanzaban los cincuenta ejemplares. Para seguir produciendo libros se recurría al préstamo mediante farragosas negociaciones por carta que podían extenderse durante años. 

Cultura Edad Media  3 

Ante esta situación de escasez extrema, las hojas de los libros se guardaban celosamente para transcribir la Biblia, los escritos de los santos y de los padres de la Iglesia (especialmente San Agustín y Santo Tomás) y los textos filosóficos de los autores paganos que no pudieran comprometer los principios del cristianismo. Las preferencias estaban claras. Lo que se dejaba por escrito se consideraba fundamental para la salvación del alma y el reposo del espíritu en esta vida. Lo demás casi no importaba. 

Pocas obras hubo originales y cuando existieron (como los famosos Beatos) siempre fueron un compendio de escritos tomados de la Biblia, glosas y fragmentos de autores pasados. Alrededor del año mil tal era la tribulación que soportaba el grueso de la población que se había llegado al convencimiento de que el fin del mundo estaba cerca. Como el Apocalipsis no llegó, hubo un tímido renacer a partir del siglo XI que se aprovechó para intentar progresar en matemáticas, geografía, historia, medicina e, incluso, astronomía. Sin embargo, todos estos estudios tenían que tener el beneplácito eclesial para no caer en alguna de las múltiples herejías estipuladas por la inquisición y que podía dar (como de hecho sucedió en más de una ocasión) con el investigador en la hoguera.  

La literatura oral dentro del contexto de la cultura medieval  

En este orden de cosas en el que los recursos eran tan escasos que el conocimiento apenas podía progresar  (y cuando se hacía se frenaba por considerarlo contrario a los principios cristianos) los ejemplos escritos de literatura son mínimos. La población pobre y analfabeta demandaba un tipo de espectáculo perteneciente al mester de juglaría en el que se mezclaban la recitación de poemas épicos con otro tipo de números de evasión o de diversión. Así se combinaban los malabares y las coreografías con pequeños animales con la recitación de los cantares de gesta acompañados de algún instrumento básico. Estos siempre daban cuenta de las hazañas de héroes locales conocidos por todos por ser prácticamente contemporáneos. Y, con algunas excepciones, todo se dejaba a la memoria y al trabajo oral. Si bien en castellano se ha conservado el Cantar del Mío Cid, de las aventuras de otros guerreros patrios solo nos han llegado sus ecos.  

Aunque pudiera parecer que la literatura culta (alrededor del mester de clerecía) recibía mejor trato a la hora de pasar las fronteras de lo escrito, tampoco había mucha diferencia. Por eso, los textos que nos han llegado de este género también han sido mínimos. En España, se cuentan con los dedos de las manos.  Podemos nombrar los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo o el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Y eso que, a diferencia del resto de los reinos europeos, pudo asentarse algunas escuelas importantes aprovechando la presencia árabe y judía. Buena prueba de ello es la escuela de traductores de Toledo fundada por el obispo don Raimundo y la labor cultural del Rey Alfonso X, el sabio, ambas del siglo XII. 

La cultura medieval ensalza el arte para Dios 

De familiaridad con lo santo se ha descrito la época. Y así hay que entenderla ya que poco o nada queda de algún pensamiento pagano o mínimamente ajeno a la religión. Dios se convierte en el centro todopoderoso de todos los aspectos de la vida y con ello se coarta la libertad necesaria para el desarrollo no ya de la ciencia sino de hasta pequeñas actividades artesanales (elaboración de cerveza, de productos básicos de higiene, de tinturas médicas…) que se concentran en los monasterios. Aquí se queda atrapado ese conocimiento sin apenas ofrecerse a la sociedad. A eso unimos la falta de comunicaciones entre las poblaciones que no permite que el poco conocimiento que se crea salten los muros de los centros religiosos.

 Cutura Edad Media

Cualquier otra manifestación de la cultura medieval será para construir toscas iglesias en el estilo románico primero y en la arquitectura gótica después, ya rozando y avanzando hacia el Renacimiento. La energía creativa y monetaria se ponía al servicio de Dios y su alabanza. Los templos se llenaban de símbolos que aleccionaban a la población sobre las tentaciones demoníacas frente a la promesa del paraíso. Era la única forma de comunicar conceptos abstractos a gentes sencillas, atrapadas en la superstición y en un analfabetismo sistémico. Y este panorama quedaría inalterable y casi congelado en el tiempo durante largos siglos. Empezaría a cambiar a partir del siglo XIII con el avance de las ciudades y una tímida actividad burguesa que propició la creación de las primeras universidades cuyo conocimiento ya quedaba fuera de los centros monásticos. La imprenta en siglo XV haría el resto liquidando la época para siempre.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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