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Así eran los libros medievales - Candela Vizcaíno

Así eran los libros medievales

Así eran los libros medievales

 

Podemos poner el año 1440 como la fecha de la primera revolución del libro, cuando Gutenberg comenzó a imprimir su Biblia con tipos móviles. Hasta esa fecha, el cien por cien del conocimiento circulaba a través de manuscritos. Por tanto, no es hasta mediados del siglo XV cuando las nuevas ideas religiosas (lee protestantismo), la visión de un nuevo mundo a ojos europeos (lee el descubrimiento de América), el cambio de cosmovisión (lee el auge tanto de ciudades y burguesía como de universidades) da un vuelco en la transmisión del conocimiento. Para hacernos una idea de la importancia del hito habría que esperar a finales del siglo XX, con la revolución digital, para asistir a otro de tal calibre en la historia de la humanidad. Los libros medievales, por tanto, son anteriores a esa fecha y su producción se atiene a los parámetros de manuscritos y, además, en un periodo de escasez material llevada al extremo. Eso no quita para que algunos de ellos sean verdaderas joyas artísticas. Pero vayamos por partes.  

Los libros medievales son escasos 

¡Y tanto! Ya que tenían que producirse en una época de extrema escasez en la que se había dado un paso atrás de gigante en las comunicaciones. Tanto fue así que la Biblioteca de Alejandría, uno de los faros del saber de la edad antigua, parecía un paraíso a ojos de lo bibliófolos medievales. Y así ciertamente lo era. ¿Por qué? Si bien desde el inicio de los tiempos hasta mediados de siglo XV los libros, al cien por cien, eran manuscritos no todas las épocas y culturas tuvieron tan pocos recursos para crear y compartir conocimiento. En el Imperio Romano, gracias a su desarrollo en las comunicaciones (marítimas y terrestres) propició tanto la creación como el comercio libresco y, con él las ciencias y las artes. Prueba de ello es la citada Biblioteca de Alejandría cuya quema fue llorada por los sabios de la época.  

Pero conforme nos vamos adentrando en la Edad Media los caminos se van haciendo más peligrosos y las comunicaciones entre reinos se va estrechando. Tanto es así que alrededor del siglo X, casi nadie salía más allá de 10 kilómetros a la redonda. Si a eso unimos un sistema higiénico tan deficitario que había eliminado incluso las cloacas romanas, hambrunas aterradoras, enfermedades de todo tipo y guerras fraticidas un día y sí y otro también, el resultado es una sociedad desolada económicamente cuya esperanza de vida no iba más allá de los treinta años incluso para la élite social. Para colmo, la mayoría de la población no tenía acceso a una mínima instrucción y la cultura (a veces elemental) se concentraba en los monasterios. El resto añadía el analfabetismo a la larga lista de penurias existenciales.  

El papel de los monasterios en la producción de libros medievales 

Porque si en otras épocas históricas los ejemplares escritos se ejecutaban en talleres, incluso, independientes, no fue así en estos siglos. El conocimiento (tanto de medicina, astronomía. O ciencia como de filosofía o literatura) quedó recluido entre los muros de los monasterios. Eran los monjes los que sabían leer y escribir, los que estudiaban latín y griego (lenguas ya muertas en Europa alrededor del siglo VIII) y los que se encargaban de custodiar y comunicar ese conocimiento. 

Entre esas paredes,  a veces con recursos al límites, estos monjes se encargaban de seleccionar las obras que tendrían el honor de perdurar para la posteridad. Así fue como se salvó la literatura griega o romana que ha llegado hasta nosotros. Así fue como nos han llegado los versos de Ovidio o de Homero. Parte fundamental de los monasterios era el llamado scriptoria, una especie de biblioteca-despacho-taller donde los hermanos con más pericia se encargaban de copiar lentamente y a la luz de las velas estos textos del griego y del latín. Las congregaciones más pudientes podían producir obras en serie mediante el método de un monje lector y varios que, al dictado, copiaban parsimoniosamente ese conocimiento artístico o científico.  

Quienes no tenían tanta suerte siempre les quedaba el recurso de pedir prestado a un monasterio hermano para que línea a línea, hoja  a hoja ese conocimiento se duplicara o triplicara (muy rara vez) en otro libro. Las negociaciones para este préstamo, y con eso nos hacemos una idea del valor de estos libros, podían durar hasta varios años con carta va y carta vuelve. Con este método, las bibliotecas de estos monasterios podían llegar a alcanzar cincuenta ejemplares y la de uno rico, con suerte y gracias a las donaciones de algún noble, podría hacer gala de 200 o 300  títulos. Esto es, estamos hablando de un número que, al día de hoy, es lo que conforma una biblioteca básica. 

Libros medievales que son meras copias de la literatura clásica 

Si nos hacemos una idea del método, podremos entender que no todo era susceptible de ser inmortalizado en negro sobre blanco. Había que seleccionar inexorablemente a veces con mejor criterio y, en ocasiones, llevados por el fanatismo. ¿Qué supone esto? Que parte del conocimiento artístico e, incluso científico, de la época se ha perdido. Como los libros eran bienes carísimos y difíciles de producir se seleccionaban obras de temática seria (herbología, medicina..), religiosa (la Biblia), los grandes autores de la filosofía clásica y también lo mejor de la literatura y la historiografía de la cultura grecorromana. Cualquier otra temática que se saliera de estas líneas era postergada y, por tanto, con más probabilidades de que se perdiera en las brumas del tiempo. Esto es lo que ha pasado con la mayoría de la literatura medieval en lengua romance y, especialmente, aquella que tenía la etiqueta de popular, como los cantares de gesta. Si una obra se ponía por escrito, era porque había un consenso general en su calidad artística, histórica o científica o de salvación de las almas. Ella y no otra merecía ser legada a las generaciones futuras. 

La literatura y los libros medievales

Los libros medievales que han llegado hasta nosotros, por tanto sufrieron no una censura previa como se ha acusado a veces sino algo peor: un cribado. Este sí merece ser copiado, guardado y, por tanto, legado a las generaciones futuras y este no. Por eso, la gran mayoría de ellos son copias de otras obras anteriores que tenían el marchamo de autoridad. No se ponía por escrito ni la literatura contemporánea ni las pocas ideas que circulaban en una sociedad fuertemente dividida en estamentos y empobrecida hasta límites nunca visto en la historia de la humanidad.  

El Renacimiento literario surgió a la par que la imprenta cuando grandes editores, como Aldo Manuzio, se empeñaron en editar tanto obras de la tradición clásica en textos contrastados filológicamente u otras de nuevo cuño como pudiera ser ese enigmático título que es la Hypnerotomachia Poliphili. Hasta ese momento, todo era manual, lento, costoso y con una selección rigurosa. Y en este sistema la literatura medieval en todos sus aspectos salió perdiendo al relegarse a la memoria (de los artistas del mester de juglaría por recordar solo parte de ellos) y a la comunicación oral.  

Los libros medievales iluminados 

Ahora bien, a la par que todo era escaso y empobrecido surge, como contrapunto en la producción de libros medievales, bellos ejemplares iluminados. Por supuesto, para que un título o una obra fuera seleccionada para que fuera enriquecida artísticamente tenía que darse muchos condicionantes. Uno de ellos es que el monasterio fuera rico o bendecido con la donación generosa de algún aristócrata al que le fuera bien sus asuntos guerreros, que la mayoría también vivían a límite. La segunda, es que se pudieran hacer acopio de los materiales preciosos que se necesitaba para un libro de esta envergadura. Y la tercera, disponer de buenos copistas y artistas plásticos (iluminadores) con pericia suficiente para hacer tal gasto.  

Estas tres circunstancias eran difíciles de acordar en un mismo emplazamiento. Si se lograba conseguir financiación para tal obra, había que hacerse con los materiales: vitela (extraída de las pieles de los corderos jóvenes), tinta de calidad, oro y plata en láminas para parte de las ilustraciones, lapislázuli (para el color azul), chinchilla  (para el rojo), piedras semipreciosas para la encuadernación… que con todos estos materiales se hacían estos maravillosos libros medievales, joyas únicas del arte de esta época.  

Una vez abastecido con estos bienes quedaba un largo trabajo de copiado y de iluminación por delante en el que se afanaban monjes y monjas cuyos nombres no han trascendido. Y aquí recordamos que los autores de la literatura medieval no firmaban sus obras o creaciones (como estas creaciones artísticas) por seguir un voto de humildad y dejar amordazado el ego. Era un trabajo que se hacía para entregar a Dios. 

¿Qué obras se seleccionaban para que formaran parte de los libros medievales manuscritos?  

Ni que decir tiene que las que eran iluminadas rara vez salían de la temática religiosa. Es más, solo se iluminaban (y, a veces, muy someramente), los Evangelios u otros títulos que por las razones que fueran se consideraron fundamentales. Una de estas obras fueron los llamados Beatos, comentarios al Apocalipsis de San Juan creados por Beato de Liébana a raíz de la crisis de milenarismo (fin del mundo) alrededor del siglo X.  

En muy raras ocasiones nos vamos a encontrar un título iluminado que no fuera religioso. Ya era toda una odisea copiar o “editar” un libro medieval de cualquier otra temática simplemente con una bella caligrafía como para adornar con materiales tan suntuoso. Eso sí, todos los que nos han llegado son de una belleza inusitada como los mencionados Beatos o los Libros de Horas, pequeños ejemplares que ayudaban al rezo y que eran encargados por aristócratas exitosos o por reyes para regocijo particular. Curiosamente, los más hermosos Libros de Horas ya no pertenecen a la tradición de libros medievales. Se realizaron cuando la imprenta estaba sacando títulos a puñados en un intento quizás por preservar lo mejor de un pasado que cerraba sus puertas para siempre.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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