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Mostrando artículos por etiqueta: literatura española - Candela Vizcaíno
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La palabra mística procede del griego y el vocablo se refiere al sentido de cerrar. En esencia, este término alude a aquello oculto, secreto, desconocido que se produce en el interior de algunos espíritus elevados quienes, de una manera u otra, lo manifiestan de forma pública, aunque, en sus inicios, los receptores de estos escritos eran limitados en extremo. Aunque los mejores textos de la mística pertenecen a la poesía, tampoco se desdeña la prosa. La mística es la expresión de la más extraordinaria experiencia religiosa ajena a cualquier impostura, imposición o dogma, experimentada de forma individual y expresada en libertad. Por eso, no es de extrañar que algunos grandes nombres tuvieran serios problemas con la Inquisición o los procesos de censura de la época. La mística y su expresión literaria es revolucionaria porque no se atiene a la las reglas de obediencia. Son manifestaciones de la más extrema religiosidad que se entienden en el antropocentrismo imperante en el Renacimiento literario, cultural y social donde se desenvuelve.  

Qué es la mística y un intento de definición en su vertiente literaria  

Los místicos manejan una experiencia secreta en la que Dios se manifiesta con toda su grandeza y magnanimidad alejada de cualquier atisbo de dogmatismo o vulgaridad. A todo ello hay que unir una expresión literaria sublime por parte de los autores españoles que utilizan el lenguaje vulgar (alejado del latín o de la rocambolesca lengua culta) en el que la lengua castellana se expande con todos sus matices simbólicos, expresivos y lingüísticos. A pesar de que la mística describe una experiencia o recorrido espiritual profundamente personal y, a veces, libertario tenían una aspiración comunicadora importante. Sin hacer proselitismo ni apología, de manera sencilla había un deseo de dejar constancia de esos encuentros divinos y sus sensaciones para aprendizaje moral del lector. Nada más y nada menos que 3.000 libros se publicaron en menos de doscientos años encuadrados en el género denominado mística literaria o mística española durante los siglos XVI y XVII.

Nombres de la talla de Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o Fray Luis de Granada son imprescindibles no solo del género sino del canon literario en español. Aunque son variadas las teorías que intentan explicar el auge y la localización del misticismo literario, no todas ellas lo achacan al peculiar carácter psicológico de esta parte de mundo. Tanto es así que España recibe incluso el calificativo del país de los místicos. No hay precedentes en la literatura medieval a pesar de engendrarse en un entorno en el que Dios está omnipresente y acaba abruptamente en el Siglo XVIII. 

Orígenes y sustratos literarios de la mística

No podemos perder de vista que se expande justo cuando España se desenvuelve siendo única y exclusivamente cristiana al haber expulsado a los habitantes tanto de religión judía como musulmana.  Paralelamente, hay que tener en cuenta la corrupción institucional de la iglesia a finales de la Edad Media de la que se apartan los espíritus más críticos en busca de una experiencia auténtica con Dios sin intermediarios.  El antropocentrismo del Renacimiento, el intento por dejar plasmado los sentimientos más íntimos (coartados por la Contrarreforma) y el platonismo de la época son caldo de cultivo propicio para el desarrollo de la mística.  

 

Por si fuera poco, hay que unir un ideal caballeresco reflejado no solo en los libros o en los poemas de línea amorosa sino también en la vida cortesana diaria. En estas obras se ensalza un espíritu casi puro, resplandeciente en virtudes (casi imposible de reflejarse en la vida real) que son otra fuente importante para las obras de la mística. También se nutre de ese gusto patrio por empapar de todo lo divino cualquier actividad profana y, por supuesto, de los nombres del elenco alemán que tan bien conocían los representantes de la mística española.  

Principales características de la literatura mística española 

1.- No tiene una sustrato en los autores de la literatura medieval a excepción de Ramón Llull y de la literatura tanto de árabes como de judíos. 

2.- La mística española es cronológicamente la última manifestación de este género o modo literario y, a la par, uno de los más importantes por su belleza y profundidad. 

3.- Los autores de la mística literaria española presentan un punto ecléctico entre lo profano (las cosas de la vida cotidiana) y lo sagrado (la iluminación personal). 

4.- La mística no puede entenderse sin la filosofía del ascetismo (que merece tema aparte). Esta línea de pensamiento sí que es consustancial a la cultura hispánica ya que se remonta a los tiempos del Imperio Romano (Séneca por por un caso) y sigue incluso en la era contemporánea. Podemos encontrar ecos, incluso, en la obra de José Ángel Valente

6.- La mística española es de una gran calidad literaria. Por eso, ha trascendido fronteras y es conocida en otras partes del mundo. Es un misticismo, según Saínz Rodríguez 

“que aspira a influir en la educación moral del pueblo […] y una de sus altas cualidades estéticas consiste hoy en que muchos de ellos reflejan en su obra el idioma adulto, limpio y lleno de vigor del pueblo castellano del siglo XVI”. 

7.- Ese afán por dirigirse a los humildes (con un nivel cultural tremendamente bajo y unos índices de analfabetismo apabullantes) quizás sea la razón del excesivo uso de la alegoría y la metáfora. 

8.- La mística es la máxima expresión de la Gracia divina, un encuentro sensorial con Dios manifestado en toda su grandeza. Tras esta experiencia secreta y recogida, los autores místicos se afanaron por utilizar un lenguaje limpio, claro, sencillo, repleto de metáforas para compartir dicho don con un público más amplio. 

9.- Al contrario de la ascética, a la que se llega con ejercicios de privación o de sumisión, la mística es una gracia, un regalo divino que hay que aceptar y devolver al resto de las criaturas humanas en forma de obra literaria. 

10.- Dicho esto, los ejercicios espirituales, ayunos, oraciones y mortificaciones de los ascetas en su afán por conseguir la visión divina, a veces, se confunde con la iluminación mística. 

División de la mística por periodos y escuelas 

Teniendo en cuenta la cronología de las obras, se puede dividir este género en cuatro grandes periodos. El primero (el de iniciación) llegaría hasta el año 1500 con la imprenta afianzada y la confianza que da el descubrimiento de América a ojos europeos. En esta etapa no hay grandes nombres que reseñar pero sí hay un auge de las traducciones de las obras extranjeras que van calando en los literatos e intelectuales de la época. El segundo (de asimilación) que iría de 1500 hasta 1560 y en el que se transforma esas teorías según el sentir de la cultura española. Tampoco hay grandes nombres en esta época pero podemos destacar a Fray Hernando de Talavera o a Fray Francisco de Osuna, uno de los autores favoritos de Teresa de Ávila. El de plenitud es el tercero que coincide con el reinado de Felipe II y termina en 1600. En esta época es donde se producen las obras señeras de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Fray Luis de León. El cuarto, de decadencia, se va estirando hasta mediados del siglo XVII ya sin el brillo y frescura de la época anterior.  

Como se ha compilado más de 3000 títulos pertenecientes al género místico literario (ni que decir tiene que con calidad diversa), la crítica literaria también ha realizado una división por escuelas que son principalmente cinco, según Menéndez Pelayo:

1.- Ascetas dominicos con Fray Luis de Granada a la cabeza

2.- Místicos franciscanos entre los que destacan San Pedro de Alcántara. 

3.- La gran escuela de místicos carmelitas con las imponentes figuras de Santa Teresa de Ávila en la prosa y San Juan de la Cruz en la poesía. 

4.- Místicos agustinos con Fray Luis a la vanguardia del equipo. 

5.- Y por último, tenemos la escuela jesuita cuyos representantes no llegaron a despuntar como estas dos últimas.  

Autores de la mística española más importantes

1.- Fray Luis de León, el gran precursor de la mística castellana

Nacido en Belmonte (Cuenca) en 1527, estudió en Madrid y Valladolid siguiendo la Corte que, por entonces, no se había establecido de manera fija. Universitario en Salamanca, ingresa en la orden de los agustinos en 1544. Toda su obra, vida y estilo literario están condicionadas por la universidad salmantina en la que obtuvo su primera cátedra en 1559. Incansable estudioso e investigador, sus enemigos (mediocres abrumados por su talento) lo acusan en 1572 de traducir al castellano el Cantar de los Cantares a pesar de su prohibición. Por este hecho estuvo preso en Valladolid cinco largos años. A su vuelta y según el mito, reanuda las clases con ese “decíamos ayer” ante sus alumnos. 

 

Persona instruida, culta, gran poeta, gozó de prestigio en vida, el mismo que perdura cinco siglos después. Su sabiduría, unida a su carácter pasional, le granjeó en vida una gran número de enemigos en los ambientes universitarios que, al no poder superar al genio, se dedicaban a hostigarle con calumnias de todo tipo culminando en la acusación de herejía, gravísima para la época, tanto que en ella te iba literalmente la vida.

Hay quienes consideran que Fray Luis de León no fue un poeta esencialmente místico a pesar de orquestar toda su obra bajo el tema religioso. Es más bien un autor e intelectual del Renacimiento literario tardío. Aparte de por sus poesías, recogidas tras su muerte, tenemos que anotar la obra Los nombres de Cristo, cima de la literatura en español. J.L. Alborg indica que  

“cuando ansía dejar los lazos terrenales y gozar del cielo, no piensa en la saciedad del amor, sino en la posibilidad de alcanzar junto al Creador el total conocimiento de las cosas por el que se afanaba." 

2.-  Fray Luis de Granada perteneciente a la escuela dominica

Nacido en 1504 cómo Luis Sarria en el seno de una familia pobre y humilde. Aunque huérfano de padre a corta edad, fue acogido por el conde Tendilla quien le dio instrucción y cobijo. Entró en el convento dominico de Granada en 1525 y gran parte de su vida la pasó en Portugal donde realizó una notable labor de predicación. A igual que Fray Luis de León, su espíritu pasional y su amor por la justicia le granjeó no pocos enemigos en su época. De hecho, también fue víctima de la Inquisición y sus obras principales, Guía de pecadores y Libro de la oración y la meditación fueron prohibidas por “enseñar al pueblo lo que a pocos del conviene”. Aquí queda eso.  

Gran orador, en sus obras promulga que la conquista de la gloria es la única finalidad de la vida, extremo éste que sería eje central del pensamiento (por otros motivos más mundanos) durante el Barroco español para desbaratarse completamente en la literatura neoclásica.  

3.- Santa Teresa de Jesús, en la cima más alta  de la mística cuya obra aún perdura 

Nacida como Teresa de Cepeda y Ahumada en 1515 en Ávila, estudió en el convento de Augustinas ingresando en la orden de las Carmelitas antes de cumplir 20 años. Allí se auto sometió a crueles ejercicios ascéticos en los que casi le va la vida dejándole secuelas permanentes. Ese carácter enfermizo y quebradizo se transparenta en su obra volcada en la visión amorosa de Dios, en el éxtasis místico, en la iluminación como camino supremo, en el dejarse ir hacia los brazos de Cristo entendido incluso como el amado.  

Tras una de sus visiones, emprendió la reforma de la orden. Como otros autores de la mística literaria, por ello, fue objeto de persecución encarnizada por parte de la Inquisición. Tenemos que tener en cuenta que cualquier modificación, cualquier opinión en la que, de alguna manera u otra, se denunciaran los vicios dentro de la propia iglesia era castigada con dura severidad. Y Santa Teresa de Jesús no pudo ser ajena a esto, ya que se propuso fundar nuevos conventos en los que predominaran la sencillez y el desprendimiento. A los ojos de la época tal meta era considerada herejía, desobediencia a las órdenes establecidas y penadas duramente. Sin embargo, la santa mística lo consiguió no solo levantando diecisiete sino atrayendo el favor papal para que sus reformas quedaran al margen de los mediocres de la curia eclesial de la época.  

 

Andariega, pasional, alegre y constante, su obra está impregnada de una extrema sensibilidad y sencillez. Si Camino de perfección, terminada en 1570, es cenit de la ascética, Las moradas o Castillo interior sencillamente ha pasado al canon. Sin embargo, nunca tuvo ese objetivo, ya que escribía para sus monjas siguiendo un estilo sencillo sin pretender siquiera superar los estándares de la literariedad. Dejamos hablar a Fray Luis de León, amigo de la santa, que describe la obra de la gran mística española con las siguientes palabras: 

“… en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada, que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale”. 

Muere en 1582. Fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622. Partes del cuerpo de la mística se encuentran expuestos en distintos emplazamientos de la geografía española. 

4.- San Juan de la Cruz, el gran representante de la mística poética

Si Teresa de Ávila representa el cenit de la prosa mística castellana, su compañero de orden y contemporáneo Juan de la Cruz es su paralelo en la poesía. Nacido como Juan de Yepes y Álvarez en 1542, en un pueblo de la provincia de Ávila, procedía de una familia noble venida a menos. Estudió en la Universidad de Salamanca y se ordenó sacerdote en 1567. Influido por el espíritu vivaz y apasionado de Teresa de Ávila, nuestro autor, de carácter débil en todos los sentidos, logra fundar un convento según los preceptos reformadores de la santa. Ya sabemos que esto le iba a granjear la enemistad de los suyos que no tenían ningún problema en olvidar el mandamiento principal de Cristo para ensañarse con los suyos incluso. Por atreverse a seguir a Santa Teresa de Ávila fue apresado y torturado física y psicológicamente durante casi un año. Logró salir gracias a la intervención de su amiga y protectora. Desterrado casi de la orden, acabó su vida en Úbeda en 1591.  

Su obra poética es brevísima pero de una calidad apabullante, tanto que todos los versos han pasado a formar parte de la literatura clásica española y casi universal. Su obra mística se reduce a tres títulos: Noche obscura del alma, Cántico espiritual y Llama del amor viva. No necesitó más para traspasar con sus palabras la niebla de los siglos. Todas sus composiciones son sencillas, pero limpias en el uso de la lengua. A veces, su finalidad era modesta, como Santa Teresa, ya que necesitaba material para los hermanos de la orden, tanto para la lectura como para el rezo o el canto. 

Es, en definitiva, la literatura mística española de una calidad sobresaliente, tanto que ha traspasado todo tipo de fronteras, las geográficas, la de los pueblos y la de los tiempos. Las mejores obras están escritas con una finalidad utilitaria, con humildad y sin ninguna pretensión. Es en esa claridad, en esa descripción desprovista de afán de gloria donde reside toda la grandeza de este género. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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La palabra mística procede del griego y el vocablo se refiere al sentido de cerrar. En esencia, este término alude a aquello oculto, secreto, desconocido que se produce en el interior de algunos espíritus elevados quienes, de una manera u otra, lo manifiestan de forma pública, aunque, en sus inicios, los receptores de estos escritos eran limitados en extremo. Aunque los mejores textos de la mística pertenecen a la poesía, tampoco se desdeña la prosa. La mística es la expresión de la más extraordinaria experiencia religiosa ajena a cualquier impostura, imposición o dogma, experimentada de forma individual y expresada en libertad. Por eso, no es de extrañar que algunos grandes nombres tuvieran serios problemas con la Inquisición o los procesos de censura de la época. La mística y su expresión literaria es revolucionaria porque no se atiene a la las reglas de obediencia. Son manifestaciones de la más extrema religiosidad que se entienden en el antropocentrismo imperante en el Renacimiento literario, cultural y social donde se desenvuelve.  

Qué es la mística y un intento de definición en su vertiente literaria  

Los místicos manejan una experiencia secreta en la que Dios se manifiesta con toda su grandeza y magnanimidad alejada de cualquier atisbo de dogmatismo o vulgaridad. A todo ello hay que unir una expresión literaria sublime por parte de los autores españoles que utilizan el lenguaje vulgar (alejado del latín o de la rocambolesca lengua culta) en el que la lengua castellana se expande con todos sus matices simbólicos, expresivos y lingüísticos. A pesar de que la mística describe una experiencia o recorrido espiritual profundamente personal y, a veces, libertario tenían una aspiración comunicadora importante. Sin hacer proselitismo ni apología, de manera sencilla había un deseo de dejar constancia de esos encuentros divinos y sus sensaciones para aprendizaje moral del lector. Nada más y nada menos que 3.000 libros se publicaron en menos de doscientos años encuadrados en el género denominado mística literaria o mística española durante los siglos XVI y XVII.

Nombres de la talla de Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz o Fray Luis de Granada son imprescindibles no solo del género sino del canon literario en español. Aunque son variadas las teorías que intentan explicar el auge y la localización del misticismo literario, no todas ellas lo achacan al peculiar carácter psicológico de esta parte de mundo. Tanto es así que España recibe incluso el calificativo del país de los místicos. No hay precedentes en la literatura medieval a pesar de engendrarse en un entorno en el que Dios está omnipresente y acaba abruptamente en el Siglo XVIII. 

Orígenes y sustratos literarios de la mística

No podemos perder de vista que se expande justo cuando España se desenvuelve siendo única y exclusivamente cristiana al haber expulsado a los habitantes tanto de religión judía como musulmana.  Paralelamente, hay que tener en cuenta la corrupción institucional de la iglesia a finales de la Edad Media de la que se apartan los espíritus más críticos en busca de una experiencia auténtica con Dios sin intermediarios.  El antropocentrismo del Renacimiento, el intento por dejar plasmado los sentimientos más íntimos (coartados por la Contrarreforma) y el platonismo de la época son caldo de cultivo propicio para el desarrollo de la mística.  

 

Por si fuera poco, hay que unir un ideal caballeresco reflejado no solo en los libros o en los poemas de línea amorosa sino también en la vida cortesana diaria. En estas obras se ensalza un espíritu casi puro, resplandeciente en virtudes (casi imposible de reflejarse en la vida real) que son otra fuente importante para las obras de la mística. También se nutre de ese gusto patrio por empapar de todo lo divino cualquier actividad profana y, por supuesto, de los nombres del elenco alemán que tan bien conocían los representantes de la mística española.  

Principales características de la literatura mística española 

1.- No tiene una sustrato en los autores de la literatura medieval a excepción de Ramón Llull y de la literatura tanto de árabes como de judíos. 

2.- La mística española es cronológicamente la última manifestación de este género o modo literario y, a la par, uno de los más importantes por su belleza y profundidad. 

3.- Los autores de la mística literaria española presentan un punto ecléctico entre lo profano (las cosas de la vida cotidiana) y lo sagrado (la iluminación personal). 

4.- La mística no puede entenderse sin la filosofía del ascetismo (que merece tema aparte). Esta línea de pensamiento sí que es consustancial a la cultura hispánica ya que se remonta a los tiempos del Imperio Romano (Séneca por por un caso) y sigue incluso en la era contemporánea. Podemos encontrar ecos, incluso, en la obra de José Ángel Valente

6.- La mística española es de una gran calidad literaria. Por eso, ha trascendido fronteras y es conocida en otras partes del mundo. Es un misticismo, según Saínz Rodríguez 

“que aspira a influir en la educación moral del pueblo […] y una de sus altas cualidades estéticas consiste hoy en que muchos de ellos reflejan en su obra el idioma adulto, limpio y lleno de vigor del pueblo castellano del siglo XVI”. 

7.- Ese afán por dirigirse a los humildes (con un nivel cultural tremendamente bajo y unos índices de analfabetismo apabullantes) quizás sea la razón del excesivo uso de la alegoría y la metáfora. 

8.- La mística es la máxima expresión de la Gracia divina, un encuentro sensorial con Dios manifestado en toda su grandeza. Tras esta experiencia secreta y recogida, los autores místicos se afanaron por utilizar un lenguaje limpio, claro, sencillo, repleto de metáforas para compartir dicho don con un público más amplio. 

9.- Al contrario de la ascética, a la que se llega con ejercicios de privación o de sumisión, la mística es una gracia, un regalo divino que hay que aceptar y devolver al resto de las criaturas humanas en forma de obra literaria. 

10.- Dicho esto, los ejercicios espirituales, ayunos, oraciones y mortificaciones de los ascetas en su afán por conseguir la visión divina, a veces, se confunde con la iluminación mística. 

División de la mística por periodos y escuelas 

Teniendo en cuenta la cronología de las obras, se puede dividir este género en cuatro grandes periodos. El primero (el de iniciación) llegaría hasta el año 1500 con la imprenta afianzada y la confianza que da el descubrimiento de América a ojos europeos. En esta etapa no hay grandes nombres que reseñar pero sí hay un auge de las traducciones de las obras extranjeras que van calando en los literatos e intelectuales de la época. El segundo (de asimilación) que iría de 1500 hasta 1560 y en el que se transforma esas teorías según el sentir de la cultura española. Tampoco hay grandes nombres en esta época pero podemos destacar a Fray Hernando de Talavera o a Fray Francisco de Osuna, uno de los autores favoritos de Teresa de Ávila. El de plenitud es el tercero que coincide con el reinado de Felipe II y termina en 1600. En esta época es donde se producen las obras señeras de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Fray Luis de León. El cuarto, de decadencia, se va estirando hasta mediados del siglo XVII ya sin el brillo y frescura de la época anterior.  

Como se ha compilado más de 3000 títulos pertenecientes al género místico literario (ni que decir tiene que con calidad diversa), la crítica literaria también ha realizado una división por escuelas que son principalmente cinco, según Menéndez Pelayo:

1.- Ascetas dominicos con Fray Luis de Granada a la cabeza

2.- Místicos franciscanos entre los que destacan San Pedro de Alcántara. 

3.- La gran escuela de místicos carmelitas con las imponentes figuras de Santa Teresa de Ávila en la prosa y San Juan de la Cruz en la poesía. 

4.- Místicos agustinos con Fray Luis a la vanguardia del equipo. 

5.- Y por último, tenemos la escuela jesuita cuyos representantes no llegaron a despuntar como estas dos últimas.  

Autores de la mística española más importantes

1.- Fray Luis de León, el gran precursor de la mística castellana

Nacido en Belmonte (Cuenca) en 1527, estudió en Madrid y Valladolid siguiendo la Corte que, por entonces, no se había establecido de manera fija. Universitario en Salamanca, ingresa en la orden de los agustinos en 1544. Toda su obra, vida y estilo literario están condicionadas por la universidad salmantina en la que obtuvo su primera cátedra en 1559. Incansable estudioso e investigador, sus enemigos (mediocres abrumados por su talento) lo acusan en 1572 de traducir al castellano el Cantar de los Cantares a pesar de su prohibición. Por este hecho estuvo preso en Valladolid cinco largos años. A su vuelta y según el mito, reanuda las clases con ese “decíamos ayer” ante sus alumnos. 

 

Persona instruida, culta, gran poeta, gozó de prestigio en vida, el mismo que perdura cinco siglos después. Su sabiduría, unida a su carácter pasional, le granjeó en vida una gran número de enemigos en los ambientes universitarios que, al no poder superar al genio, se dedicaban a hostigarle con calumnias de todo tipo culminando en la acusación de herejía, gravísima para la época, tanto que en ella te iba literalmente la vida.

Hay quienes consideran que Fray Luis de León no fue un poeta esencialmente místico a pesar de orquestar toda su obra bajo el tema religioso. Es más bien un autor e intelectual del Renacimiento literario tardío. Aparte de por sus poesías, recogidas tras su muerte, tenemos que anotar la obra Los nombres de Cristo, cima de la literatura en español. J.L. Alborg indica que  

“cuando ansía dejar los lazos terrenales y gozar del cielo, no piensa en la saciedad del amor, sino en la posibilidad de alcanzar junto al Creador el total conocimiento de las cosas por el que se afanaba." 

2.-  Fray Luis de Granada perteneciente a la escuela dominica

Nacido en 1504 cómo Luis Sarria en el seno de una familia pobre y humilde. Aunque huérfano de padre a corta edad, fue acogido por el conde Tendilla quien le dio instrucción y cobijo. Entró en el convento dominico de Granada en 1525 y gran parte de su vida la pasó en Portugal donde realizó una notable labor de predicación. A igual que Fray Luis de León, su espíritu pasional y su amor por la justicia le granjeó no pocos enemigos en su época. De hecho, también fue víctima de la Inquisición y sus obras principales, Guía de pecadores y Libro de la oración y la meditación fueron prohibidas por “enseñar al pueblo lo que a pocos del conviene”. Aquí queda eso.  

Gran orador, en sus obras promulga que la conquista de la gloria es la única finalidad de la vida, extremo éste que sería eje central del pensamiento (por otros motivos más mundanos) durante el Barroco español para desbaratarse completamente en la literatura neoclásica.  

3.- Santa Teresa de Jesús, en la cima más alta  de la mística cuya obra aún perdura 

Nacida como Teresa de Cepeda y Ahumada en 1515 en Ávila, estudió en el convento de Augustinas ingresando en la orden de las Carmelitas antes de cumplir 20 años. Allí se auto sometió a crueles ejercicios ascéticos en los que casi le va la vida dejándole secuelas permanentes. Ese carácter enfermizo y quebradizo se transparenta en su obra volcada en la visión amorosa de Dios, en el éxtasis místico, en la iluminación como camino supremo, en el dejarse ir hacia los brazos de Cristo entendido incluso como el amado.  

Tras una de sus visiones, emprendió la reforma de la orden. Como otros autores de la mística literaria, por ello, fue objeto de persecución encarnizada por parte de la Inquisición. Tenemos que tener en cuenta que cualquier modificación, cualquier opinión en la que, de alguna manera u otra, se denunciaran los vicios dentro de la propia iglesia era castigada con dura severidad. Y Santa Teresa de Jesús no pudo ser ajena a esto, ya que se propuso fundar nuevos conventos en los que predominaran la sencillez y el desprendimiento. A los ojos de la época tal meta era considerada herejía, desobediencia a las órdenes establecidas y penadas duramente. Sin embargo, la santa mística lo consiguió no solo levantando diecisiete sino atrayendo el favor papal para que sus reformas quedaran al margen de los mediocres de la curia eclesial de la época.  

 

Andariega, pasional, alegre y constante, su obra está impregnada de una extrema sensibilidad y sencillez. Si Camino de perfección, terminada en 1570, es cenit de la ascética, Las moradas o Castillo interior sencillamente ha pasado al canon. Sin embargo, nunca tuvo ese objetivo, ya que escribía para sus monjas siguiendo un estilo sencillo sin pretender siquiera superar los estándares de la literariedad. Dejamos hablar a Fray Luis de León, amigo de la santa, que describe la obra de la gran mística española con las siguientes palabras: 

“… en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada, que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale”. 

Muere en 1582. Fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622. Partes del cuerpo de la mística se encuentran expuestos en distintos emplazamientos de la geografía española. 

4.- San Juan de la Cruz, el gran representante de la mística poética

Si Teresa de Ávila representa el cenit de la prosa mística castellana, su compañero de orden y contemporáneo Juan de la Cruz es su paralelo en la poesía. Nacido como Juan de Yepes y Álvarez en 1542, en un pueblo de la provincia de Ávila, procedía de una familia noble venida a menos. Estudió en la Universidad de Salamanca y se ordenó sacerdote en 1567. Influido por el espíritu vivaz y apasionado de Teresa de Ávila, nuestro autor, de carácter débil en todos los sentidos, logra fundar un convento según los preceptos reformadores de la santa. Ya sabemos que esto le iba a granjear la enemistad de los suyos que no tenían ningún problema en olvidar el mandamiento principal de Cristo para ensañarse con los suyos incluso. Por atreverse a seguir a Santa Teresa de Ávila fue apresado y torturado física y psicológicamente durante casi un año. Logró salir gracias a la intervención de su amiga y protectora. Desterrado casi de la orden, acabó su vida en Úbeda en 1591.  

Su obra poética es brevísima pero de una calidad apabullante, tanto que todos los versos han pasado a formar parte de la literatura clásica española y casi universal. Su obra mística se reduce a tres títulos: Noche obscura del alma, Cántico espiritual y Llama del amor viva. No necesitó más para traspasar con sus palabras la niebla de los siglos. Todas sus composiciones son sencillas, pero limpias en el uso de la lengua. A veces, su finalidad era modesta, como Santa Teresa, ya que necesitaba material para los hermanos de la orden, tanto para la lectura como para el rezo o el canto. 

Es, en definitiva, la literatura mística española de una calidad sobresaliente, tanto que ha traspasado todo tipo de fronteras, las geográficas, la de los pueblos y la de los tiempos. Las mejores obras están escritas con una finalidad utilitaria, con humildad y sin ninguna pretensión. Es en esa claridad, en esa descripción desprovista de afán de gloria donde reside toda la grandeza de este género. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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