Espacio literario

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Candela Vizcaíno

 

Aunque los estudios basados en el análisis del componente espacial en los textos literarios tienen aún poca tradición si lo comparemos con otros aspectos del texto artístico, en la actualidad, tenemos a nuestra disposición representativos estudios de referencia. Autores como M. Blanchot (El espacio literario, 1969) o Gastón Bachelard (La poética del espacio, 1965) han desarrollado interesantes trabajos centrados en el campo del espacio literario. Aunque haremos referencia a estos autores imprescindibles a lo largo del presente análisis, para este trabajo atenderemos a las clasificaciones propuestas por J. Frank (“Forma espacial en la literatura moderna”, 1995), J. Slawinski (El espacio en la literatura: distinciones elementales y evidencias introductoras”, 1995), J. Slawinski (“El espacio en la literatura: distinciones elementales y evidencias introductorias, 1978) y a la obra de Ricardo Gullón (Espacio y novela, 1980). Somos conscientes de que se han propuesto otros análisis en torno al espacio narrativo y artístico que, de una manera u otra, no van a formar parte, de manera determinante, en este trabajo. De todos modos, para completar las categorías expuestas por Slawinsky, Gullón y Frank, también hay que recurrir a la obra de Marc Augé (Los “no lugares”. Espacios del anonimato, 1993). 

El espacio literario en su relación con el psicoanálisis y la teoría de la relatividad

Las investigaciones en torno al espacio literario comenzaron a extenderse a mediados del siglo XX, a la par que se desarrollaban las manifestaciones artísticas derivadas del psicoanálisis y las comprobaciones empíricas de la Teoría de la relatividad de Albert Einstein -cuya primera formulación es de 1905, Teoría de la relatividad restringida, y la última de 1917, Teoría de la relatividad general-. Si los descubrimientos del inconsciente según Freud propiciaron un cambio en la percepción que el ser humano tenía, entonces, sobre sí mismo, los postulados expuestos por Einstein no solo transforman la visión que se mantenía sobre el universo, sino que, además, hacen tambalear los cimientos mismos de la física clásica. La definición de tiempo y espacio se trastoca al reformular estas dos dimensiones en su relación con la energía en su conocida fórmula E=mc2 

Así, el espacio y el tiempo serían las dos caras de un mismo concepto, de tal modo que la existencia de uno no es posible sin el otro. El espacio crea el tiempo y el tiempo crea el espacio. Cualquier cambio en una de las coordenadas, revierte, irremediablemente en el otro lado. Según la teoría de la relatividad, en un sistema que se mueve con una velocidad cercana a la de la luz, los intervalos de tiempo de los acontecimientos sucesivos tienen valor infinito, mientras que las distancias se reducen a cero. Es decir, cuanto más se acerque un cuerpo material a la velocidad de la luz, la masa del mismo cuerpo se transforma en energía pura; cuando esto sucede -cuando la masa se acerca a la velocidad de la luz- el tiempo y el espacio desaparecen junto a la masa. Las tres dimensiones clásicas (masa, espacio y tiempo) se reducen, por tanto, a dos: la masa, por un lado y, por otro, una dimensión dual formada por el espacio y el tiempo. 

Tiempo y espacio en la literatura y el arte

Estos descubrimientos de la física van a influir irremediablemente en los conceptos filosóficos y en la percepción artística. El tiempo no es ya la coordenada preeminente en el sistema antropocéntrico y tanto masa como tiempo-espacio pueden ser anulados por la acción de la energía potencial. La utopía (etimológicamente, el espacio que no existe) y la eternidad (la anulación cronológica) ponderadas por distintos sistemas religiosos comienzan a ser reformulados por la física. El problema deviene cuando el ser humano no puede imaginarse sin espacio y sin tiempo. 

Ese cronotopo -“lo que en traducción literal significa tiempo-espacio” (Bajtin, Teoría y estética de la novela, 1989)- apenas puede ser intuido porque la raza humana necesita saberse en un emplazamiento (en un tiempo y un lugar). Y todo esto se complica con una cuestión de índole religiosa, ya que el individuo y la colectividad requieren del pensamiento simbólico para alcanzar lo superior que tanto preocupa a la humanidad. Por tanto,  la puerta hacia los sentimientos y las filosofía existencialistas y nihilistas estaba abierta. La raza humana se encontraría, pues, entre espacios interiores que no conoce y leyes físicas exteriores que hacen tambalear la concepción establecida del mundo: 

Se puede prever fundamentalmente que la problemática del espacio literario ocupará en un futuro no lejano un lugar tan privilegiando en los marcos de la poética como los que ocuparon -todavía hace poco tiempo- la problemática del narrador y la situación narrativa, la problemática del tiempo, la problemática de la morfología de la fábula, o (últimamente) la problemática del diálogo y la diologicidad.

Slawinski, “El espacio en la literatura”, 1989, página 289  

El artista del siglo XX no puede quedar inmune a estas teorías y es por lo que, en parte, podemos encontrar un creciente interés por estructurar la obra artística en torno al espacio. Lo normal es que se dé una especie de descomposición o desequilibrio entre el tiempo y el espacio en la novela del siglo XX. Dependiendo de la preponderancia de una u otra categoría (espacio o tiempo), podríamos hacer una primera y somera clasificación por géneros. Mientras que lo temporal predomina en la narración, el espacio domina la lírica. Ahora bien, esto -como tantas otras cosas- no es una frontera fija y establecida, ya que, en las últimas décadas, se han tambaleado, además, los límites de los géneros, como, también, se ha trastocado la percepción que el ser humano tiene de sí y del universo. Un novela lírica, por ejemplo, tendría una importante invasión de la especialidad en su texto frente al retraimiento de lo temporal. Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo (1917-1986) es un claro ejemplo de ello. Casi siempre que se realiza una agrupación de sensaciones, estamos ante una asociación de espacios. En la misma línea, el cine lírico puede considerarse narrativo pero el espacio ha cedido su primacía arquitectónica con respecto al tiempo. El mundo conocido tiene que ser revisado. Esa sería la misión del arte del siglo XX tal como manifiestan todas las corrientes estilísticas de las vanguardias históricas desde el dadaísmo o el futurismo hasta el informalismo.  

Las clasificaciones y los tipos de espacio literario según Janusz Slawinski 

La ordenación de las distintas perspectivas de investigación esbozadas por Slawisnski es la que sigue: 

1.- En primer lugar, se puede abordar el análisis desde la perspectiva de los arquetipos, materialización del inconsciente colectivo propuesto por Jung. Esto es, las investigaciones sobre el espacio literario se pueden realizar desde el punto de vista del espacio entendido como lugar imaginario antropológico universal, tal como expuso C.G. Jung y, posteriormente, desarrollaron, entre otros, Eliade, Durand o Bachelard. 

Las representaciones mentales de la Vertical, la Horizontal, el Centro, la Casa, el Camino, el Abismo, el Subterráneo y el Laberinto son reminiscencias tenaces de yacimientos arcaicos del subconsciente colectivo, variaciones de unos cuantos temas elementales que viven en el más largo tiempo de la historia: en el tiempo antropológico.

Slawinski, página 273 

2.- Las nociones de espacio entendidas como sistemas: como elementos compositivos o estructuras de la narración. En este sentido, podemos estudiar, por ejemplo, las distintas islas donde recae Ulises en La Odisea de Homero o las diferentes paradas de El Quijote. Cada una de estas estructuras espaciales tiene un sentido propio, el cual, además, se inserta en un sistema global.  

3.- Otro punto de vista correspondería al análisis desde la perspectiva de la poética histórica, de la época de la obra. Es unánimemente reconocido que determinadas épocas o movimientos tienen una visión diferenciada del espacio literario (por ejemplo, los originales decorados de interiores en la novela gótica o el gusto por las ruinas que es una de las características del romanticismo). En este mismo sentido, el emplazamiento actual, en el que todos estamos inmersos, mantiene una cierta atracción por los escenarios apocalípticos y tras-apocalípticos.  

4.- También se puede abordar el problema a través de los campos semánticos de espacialidad. Así, analizando en una novela, o en cualquier otro texto, todas las palabras que semánticamente  signifiquen /espacio/ podríamos hacer un estudio estadístico. Tengo que reconocer que, aunque sería el estudio preferido por los investigadores con mayor tendencia a la ciencia lingüística, presenta salvedades y complejidades de diversa índole, puesto que existen una cantidad estimable de términos que no encuentran su sentido último en el nivel básico sino en el superpuesto (un ejemplo fácil, el adjetivo verde referido al paisaje, valle, etc.) 

5.- Podemos entrar en el terreno de los significados en su relación con la jerarquía social: los espacios sagrados y su correlato profano, lo propio y lo extranjero o desconocido… Tendríamos que adentrarnos de lleno en la pragmática (tanto en su relación con el lector como con el cronotopo en el que nace y se inserta) al tener que delimitar las fronteras morales, culturales o de cosmovisión míticas muy cercanas al trabajo del antropólogo. 

La problemática que ahora estamos presentando desborda en general el mundo de los productos verbales, puesto que se alimenta en no menor medida de las manifestaciones rituales, los ceremoniales, las etiquetas, las diversiones, la arquitectura, la urbanística.

Slawinski, página 272 

6.- Otra lectura posible es la originada como consecuencia de la “lectura humanística” de la teoría de la relatividad.  

El objeto de los exámenes son propiedades del mundo representado tales como la disposición de los objetos, la distancia entre ellos, las dimensiones y las formas, la continuidad y el carácter discreto, la finitud y la infinitud; esos exámenes conocieron también a los modelos de orientación del espacio presentado con respecto al punto de vista del observador supuesto. 

Slawinski, página 273 

7.- Y, por último, el espacio literario puede ser entendido como un espacio discursivo donde las palabras, las imágenes y la disposición se convierten en elementos relevantes. Un claro ejemplo de esta forma de tratar el componente espacial sería Pedro Páramo de Juan Rulfo donde la división en párrafos ha servido para, prácticamente, anular el tiempo ya que este queda suspendido. 

Tal como expone Slawinski y reconocen el grueso de los investigadores que tratan la problemática del espacio literario, ninguna de estas categorías o puntos de vista pretenden ser excluyentes. Todo lo contrario, una y otra perspectiva se solapa continuamente y, prácticamente, hay que hacer uso de todas a la hora de abordar el problema. Además, cada uno de de estos niveles o círculos concéntricos que se van solapando entre sí expuestos por Janusz Slawinski, pueden rastrearse en la clasificación propuesta por J. Frank (1949) en “Forma espacial de la novela moderna.” Por su parte, Ricardo Gullón en Espacio y novela (1980), desde otra perspectiva, sigue en gran parte los estudios presentados por Frank y Bachelard. Las distintas categorizaciones del espacio literario, como estamos viendo, no son fijas y delimitadas, sino que se superponen unas a otras. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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