
En las primeras décadas del siglo XX, la irrupción de los distintos estilos artísticos de las denominadas vanguardias históricas desembocó en el gran movimiento denominado surrealismo. No fue por casualidad, ya que se realizaron una serie de avances en el campo de la medicina, la técnica y la filosofía que se unieron, por un lado, a las grandes transformaciones de la ciencia y de las ciudades y, por el otro, a los horrores de la Primera Guerra Mundial. En el campo que nos ocupa, el hito más significativo es la publicación en 1900 de La interpretación de los sueños, poniendo sobre la mesa el concepto de inconsciente según Freud. Por tanto, el análisis y el significado último de El carnaval del arlequín de Miró hay que entenderlo en relación con esta obra fundamental, ya que supuso un antes y un después en el conocimiento de la espiritualidad humana.
Hasta los estudios de Freud, la psique humana era considerada inmutable y todos los actos de los individuos se entendían guiados por los postulados de la razón. Así había sido aceptado especialmente desde finales del siglo XVII con la asimilación de la cultura del Neoclasicismo, cuyo principio básico era la entronización de la razón y el positivismo. Sin embargo, en los albores del siglo XX la revolución llegó con los estudios basados en el psicoanálisis y en todas las facetas y aristas del inconsciente. Aparece ante la humanidad, por tanto, un emplazamiento desconocido, oscuro y que ofrece información de radical importancia para el desarrollo de la mente y la espiritualidad. El inconsciente es un emplazamiento desconocido con mensajes de vital importancia para la humanidad. La dificultad llega con el lenguaje escogido para esa comunicación. Este es el de los símbolos, presentes en los sueños y en el arte, pero cuyos códigos han sido olvidados por el individuo occidental contemporáneo.
Un poco más tarde, C.G.Jung (1875-1961) y su escuela levantan el concepto de inconsciente colectivo materializado en los arquetipos. Con estas investigaciones se llega a la conclusión de que hay una serie de imágenes elementales que responden a anhelos, virtudes y vicios humanos comunes a la humanidad. Reduciendo mucho, este conocimiento, cuando se maneja a nuestro favor, propicia lo que Jung denominó el proceso de individuación, etapa anterior a la consecución de la serenidad y, en último extremo, a la felicidad.
Así, los artistas y representantes del surrealismo, tanto en el campo literario como en el plástico, recogen todo este conocimiento y promulgan que el mundo anterior no sirve, ya que la información que nos ofrece está incompleta y se ofrece sesgada por desconocimiento. Aunque la gran mayoría de los movimientos de vanguardia, desde el dadaísmo hasta el futurismo, se empañaron en negar cualquier herencia de la tradición, con el surrealismo se hace más patente si cabe. Los surrealistas aspiran a una nueva vida en la que no haya ningún tipo de imposición mental, espiritual o social. Para llegar a ella se zambullen en el pensamiento simbólico procedente de los sueños e, incluso, de estados alterados de consciencia. Cualquier camino será válido si este nos lleva a la información inconsciente que queda oculta a la raza humana.
Nace en Barcelona en 1893 cuando la Ciudad Condal era un bullicio de artistas de todo tipo mezclados con buscavidas y gentes de negocio. Milita en la estética surrealista durante toda su vida (aunque coquetea con los postulados del dadaísmo) creando un universo pictórico muy personal en el que se mezclan seres irreconocibles con símbolos universales y elementos geométricos. Sus figuras son potentes, planas, de trazo firme y siempre en los tonos básicos en los que predominan el blanco, negro, rojo o amarillo. Viaja a París, ombligo del mundo por entonces. Allí comienza a tener alucinaciones, al parecer, provocadas por el hambre y la escasez. Y es aquí donde desarrolla sus imágenes tan personales y únicas en obras tanto en el ámbito pictórico como en el escultórico.
A pesar de que el estilo de Miró responde a todas las características del surrealismo, fue capaz de crear un universo propio, de raigambre onírica, con elementos tomados de la naturaleza pero, a la vez, compuestos, mezclados y combinados en un relato irreal y cercano a la alucinación. Sus obras están llenas de símbolos en espacios planos, de una imaginación desbordante que muestra un universo interior que quiere ser alegre, vital y mediterráneo. Muere en 1983 en Palma de Mallorca rodeado de éxito internacional y de él dijo Bretón (el redactor del Manifiesto Surrealista) que fue “la más bella pluma del sombrero surrealista”. Hoy sus obras están desperdigadas por todo el mundo, aunque un buen puñado de ellas se encuentran en la Fundación Miró de Barcelona y en el espacio dedicado al artista en Palma de Mallorca.
1.- La obra es un pequeño óleo sobre lienzo de 66 x 93 cms que se encuentra en la Albreight-Knox Gallery de Búfalo. Miró lo pintó entre 1924 y 1925 justo cuando dejó de lado su faceta realista para sumergirse de lleno en el surrealismo.
2.- Sobre un fondo claro se van desplegando figuras, elementos, partes reconocibles del cuerpo humano (un ojo) y extrañas criaturas que no se encuentran en la naturaleza, aunque podamos asimilar algunas a seres reconocibles. Así, encontramos en la esquina inferior derecha lo que parece un perro, eso sí con la cara de color rojo y las patas delanteras totalmente ajenas a los parámetros de este ser vivo. Encontramos en el centro (sobre un dado) una especie de insecto que tiene la misma proporción que el resto de las figuras.
3.- En la parte de abajo central se sitúa el arlequín (protagonista del cuadro) deformado y tirando de un hilo que parece arrastrar al perro nombrado anteriormente, aunque el movimiento nos recuerda al de una cometa que no quiere alzar el vuelo. Ruedas, miradas extrañas, espirales, estrellas, notas musicales y una guitarra flotando son elementos reconocibles.
4.- En El carnaval del arlequín predomina el color intenso, el azul, amarillo y rojo de forma plana sin sombras y los distintos elementos están superpuestos como si estuvieran flotando y sin ninguna perspectiva, sombra o ordenación jerárquica.
5.- Los cuerpos han sido desmaterializados. Apenas adivinamos qué criatura se encuentra detrás, ya que los distintas partes de la misma han sido manipuladas de tal manera que la sensación que nos ofrece es de inquietud o de perturbación.
6.- Toda la imagen nos sumerge en un mundo onírico, irreal, en una especie de orquesta de seres imposibles que se encuentran como en un escaparate sin ningún tipo de interacción entre ellos. No hay violencia en la obra, tal como nos encontramos en otras pinturas surrealistas y nada más tenemos que poner dos ejemplos (ya analizados en este espacio) de Dalí: La persistencia de la memoria y El gran masturbador.
7.- El carnaval del arlequín más bien nos remite a una fiesta, a una alucinación, a un estado alterado de conciencia, extremo este reconocido incluso por el artista. Los elementos parecen flotar dando un mensaje imposible de descifrar.
8.- Aún así, la sensación es de alegría, de vitalidad, de juego, de baile, de burla de nuestra razón incapaz de comprender ese mundo más allá de la frontera de la conciencia. En la obra, Miró no juzga pero sí nos pone ante una nueva realidad que al espectador le es imposible de descifrar. Nos remite a las máscaras, a las fronteras, a lo que se encuentra más allá. La obra nos dice de una forma distinta de estar en el mundo, irreconocible para la mente consciente y nos intenta sumergir en otra realidad ajena a la razón. Y lo hace utilizando el disfraz, el juego, la burla, el engaño… para mostrar la verdad, tal cual sucede en un carnaval.
El carnaval del arlequín de Miró forma parte de esas obras surrealistas que dejan aparcado a un lado la crítica para sumergirse en la ironía, en la burla, en el juego y, también, en la alegría.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

Los sentidos y significados de una de las obras del surrealismo más conocidas no pueden entenderse sin los cambios filosóficos, médicos o científicos que explotaron en los primeros años del siglo XX. Si bien la gran mayoría de movimientos estilísticos de las denominadas vanguardias históricas se hicieron eco de la profunda transformación de las ciudades (con los avances de la técnica o la velocidad) y de las relaciones humanas (entrando la soledad y el alineamiento como protagonistas), fue el surrealismo el que quiso bucear en las profundidades del alma humana. Y con este concepto básico tenemos que entender El gran masturbador de Dalí.
Aunque los primeros -ismos se plantearon tirar por tierra cualquier atisbo de tradición haciendo choque frontal con la sociedad imperante, este extremo se llevó a cabo únicamente de manera formal en la mayoría de los casos. Y muchas veces hay que entender únicamente en este sentido las boutades del dadaísmo o los múltiples manifiestos llamando a incendiar el arte del futurismo. Sin embargo, el surrealismo, el movimiento más influyente del siglo XX cuyos coletazos llegan incluso al XXI, se arraiga en otra concepción de la raza humana. Porque es en 1900 cuando sale a la luz La interpretación de los sueños y allí se ponen las bases para un parámetro totalmente nuevo: el inconsciente según Freud (1856-1939). Hasta esa fecha el ser humano se consideraba una entidad inmutable guiada por los postulados de la razón. Nada había que no fuera de su conocimiento. Sin embargo, el psicoanálisis pone sobre la mesa una entidad desconocida, oculta, oscura y guiada por un lenguaje simbólico. Y, además, dispone de información fundamental para completar los recovecos del espíritu humano. Allí, en el inconsciente, habitan anhelos desconocidos y amordazados, a la par que un conocimiento espiritual regido por un pensamiento simbólico fundamental para la existencia. La única manera de acceder a estas profundidades para extraer una sabiduría al máximo era, por entonces, con el arte y los sueños.
Un poco más tarde, C.G. Jung (1875-1961) da un paso hacia adelante y demuestra la existencia de un inconsciente colectivo que se manifiesta a través de arquetipos. Nos damos de bruces con un emplazamiento desconocido hasta entonces donde habita buena parte de la espiritualidad común a la humanidad. Es aquí donde se concentran virtudes, vicios, expectativas o miedos personales que son, a la vez, comunes a la raza humana. Para el artista de la época, por tanto, estas ideas estallan de golpe invitando a negar la historia. Todo ello impacta profundamente en la filosofía y en el arte de las primeras décadas del siglo XX en una población abrumada, además, por la barbarie de guerras cruentas. Así, las principales características del surrealismo en el arte apelarán a esa nueva información escamoteada a la mente consciente. Por tanto, todo el afán de los artistas (de cualquier género) será sacar a la luz datos fundamentales desconocidos hasta entonces. Los surrealistas, además, pretendían cambiar el mundo y crear un orden nuevo, ya que los parámetros culturales sobre los que se sustentaba la sociedad no estaban completos. Surgen, por tanto, obras de todo tipo que quieren exhibir (a veces de una manera pertubadora e inquietante) aquello que había sido escamoteado.
La obra es un lienzo de medianas dimensiones (110 x 150 cms) ejecutado en 1929 cuando su autor solo contaba con veinticinco años y acababa de conocer a Gala, la única mujer que formó parte de su vida íntima. En la actualidad, se custodia en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia. Junto con La persistencia de la memoria, es una de las pinturas surrealistas más famosas de todos los autores del movimiento.
Salvador Dalí nace en Figueres en 1904 en el seno de una familia culta y acomodada. Con tan solo dieciocho años se instala en la Residencia de Estudiantes, punto de encuentro fundamental de la futura intelectualidad de la época. Allí coincide, entre otros, con Buñuel y Lorca con los que traba amistad y se inicia en los principios del psicoanálisis y en las posibilidades del arte surrealista. Previamente, había hecho algunos intentos con el cubismo y con la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, cuyo sustrato estilístico se encuentra en la obra que nos ocupa.
Dalí es uno de los máximos representantes del surrealismo internacional y llegó a crear un método propio, el paranoico-crítico, consistente en ir quitando las capas de la realidad hasta llegar a la esencia. De personalidad compleja y patológicamente tímido no abrazó todos los postulados expuestos en los diferentes manifiestos. Para el genio de Figueres la obra no podía ser el fruto de una creación automática y debía pasar por un proceso de razonamiento. Esta meditación a la hora de afrontar el trabajo se completa con un fantástico domino del dibujo y de la pintura realista. A pesar de ello, sus creaciones entran en el onirismo (en el sueño o en la pesadilla). Encontramos elementos de la naturaleza, pero estos han sido modificados de tal manera que la representación última se nos antoja irreconocible. Dalí hizo del surrealismo una forma de vida casi, ya que no abandonó los principios una vez que se sumergió en las posibilidades expresivas del movimiento. Falleció en 1989 cuando otras estéticas copaban la esfera internacional.
La obra de Dalí puede calificarse como perturbadora con unas claras alusiones eróticas y desde un punto de vista novedoso. Hasta la fecha, no se había tratado la masturbación (un acto tremendamente íntimo) en la historia del arte. El erotismo nunca había llegado a ese nivel de profundidad y nunca se había sacado a relucir los miedos, complejos y dudas con tal grado de exhibicionismo. Los artistas del surrealismo (y así lo hizo Dalí) pretendían hacer del surrealismo una forma de vida. En diversas ocasiones, las obras y los actos podían calificarse como obscenas para los parámetros de la época, ya que ponían de manifiesto actos que (de forma unánime) se consideraban pecaminosos o contrarios a la naturaleza humana.
En El gran masturbador nos enfrentamos a una pintura que ha sido realizada con elementos realistas pero estos están combinados de tal manera que no reconocemos la narración. El artista se ha sumergido en el pensamiento simbólico de los sueños y nos muestra un autorretrato incompleto que termina en un rostro femenino enfrentado a extremidades masculinas. El relato de la obra nos invita a desentrañar un significado oculto. Todo ello viene potenciado por la presencia de un saltamontes gigante que ocupa el lugar que debería tener la boca. Así la capacidad de expresión ha sido reducida a la cualidad del insecto. Este, además, está plagado de hormigas y gusanos, símbolos universales de la podredumbre, destrucción y muerte.
El relato perturbador de la obra va a más con la presencia de conchas o restos de animales que parecen horadar la imagen principal y el de un monstruo (parecido al oni de las leyendas japonesas) que sobresale de la carnalidad representada de manera plana y con un tono a todas luces enfermizo. Las figuras, siguiendo la estética de la pintura metafísica, han sido despojadas (a pesar de que están inmortalizadas en un abrazo) de su humanidad y nos recuerdan a los maniquíes que se utilizan como modelos en el aprendizaje de la pintura y el dibujo. Todo ello se ve intensificado con ciertos elementos simbólicos, como la cala que actúa en representación del acto sexual o la sombras que se alargan dramáticamente y de una forma imposible en el espacio natural.
La obra, por tanto, ahonda en las posibilidades que se abren con el psicoanálisis sobre el que se basa el surrealismo. A partir de una imagen onírica formada por retazos chocantes entre sí de los elementos de la naturaleza interroga al espectador sobre los miedos y las frustraciones más íntimas. Se afronta el sexo de una manera exhibicionista en el que se mezcla la podredumbre (el miedo, la transformación, la suciedad y, en último extremo, la muerte) en contraposición a la belleza presente en el arte clásico. Así, el rostro femenino está representado de una forma serena (a pesar de estar recorrido por esas venas que nos remiten de nuevo a una carnalidad en descomposición). De igual forma, las extremidades masculinas encuentran el trasfondo en el arte griego con su culto a la belleza, la serenidad y la armonía.
Pero no hay armonía en la obra. El paisaje está reducido al mínimo. No encontramos ningún elemento natural en el que apoyarnos para descansar y todas sus partes nos invitan a entrar en esa zona oscura del inconsciente donde pugnan entre sí los anhelos más fuertes contra las imposiciones culturales. Desde la flor de las calas que nos remiten al acto de la penetración hasta los insectos o el color plano de la misma (en un tono amarillo enfermizo) nos va interrogando una y otra vez sobre los miedos y contradicciones más profundas.
El artista acaba de conocer a Gala y se debatía entre deseos que no era capaz de canalizar de una forma saludable (para la cosmovisión actual). De una manera u otra, esa personalidad entre la impotencia, la timidez o la no aceptación de ciertos gustos le acompañaría durante toda su vida. La obra es inquietante por lo que supone de exhibicionismo de la parte más íntima del ser humano. Tenemos que recordar que, en el momento de su ejecución, los postulados surrealistas estaban en todo su apego y los artistas se empeñaban en levantar una frontera entre un mundo desconocido (agazapado en las profundidades de la psique) y las normas sociales. En ocasiones, el escándalo era la manera más directa de interrogar al espectador sobre su estar en el mundo. Este, por supuesto, está siempre condicionado por el conocimiento propio. El gran masturbador, en definitiva, nos dice de esa pulsión entre la vida (el sexo) y la muerte con su podredumbre, temas que tanto inquietó al artista durante toda su vida y que se reflejó en su obra.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

La persistencia de la memoria de Salvador Dalí es un pequeño óleo sobre lienzo cuyas medidas apenas alcanzan los 32,50 x 23,50 cms. Fue pintado en 1931 y se custodia actualmente en el MOMA. Apenas tiene presentación, ya que es una de las pinturas surrealistas más conocidas y reconocibles, incluso por el público en general no interesado especialmente en el arte.
Para entender su significado y antes de entrar en el comentario hay que entender qué supuso el surrealismo, no ya para el arte de las vanguardias sino para el pensamiento del siglo XX. Además, la obra, y adelanto este punto de su análisis, supone una racionalización de símbolos universales contraponiendo uno de los principios del movimiento que buscaba la comunicación automática con el inconsciente. Pero vayamos por partes y no adelantemos.
Una de las principales características del surrealismo es su afán, no ya por levantarse como un movimiento artístico claramente rompedor con la tradición, sino por erigirse en una auténtica filosofía subversiva en todos los órdenes vitales. Para entenderlo, no podemos olvidar que en 1900 se publica La interpretación de los sueños y, aunque la obra pasó inadvertida en los primeros años, supuso una revolución en el pensamiento no solo de la época sino de la sociedad que llegó después. Hasta esa fecha, el ser humano se consideraba inmutable, completo, sin sombras ni lados ocultos. Se aceptaba que era la razón la encargada de dirigir los actos de la raza humana. Sin embargo, al poner las bases para entender el inconsciente según Freud (1856-1939), nos adentramos en un terreno desconocido cuya información se entiende fundamental para el ser humano. Sería este una especie de cajón oscuro, un desván oculto y encerrado donde se guardan los anhelos insatisfechos y, a la par, una fuente desconocida para la razón de conocimiento trascendente. La complicación llega cuando estos datos, fundamentales para la auto percepción, están basados en los símbolos, cuyo lenguaje se había perdido para el individuo occidental del siglo XX.
Reduciendo mucho el cambio histórico, posteriormente C.G. Jung (1875-1961) llega a lo que él mismo denominó inconsciente colectivo materializado a través de arquetipos. En esencia, la humanidad se regiría por un pensamiento simbólico olvidado tras la exacerbación de la razón a partir de la cultura del Neoclasicismo (desde finales del siglo XVII). El inconsciente colectivo nos habla de los miedos más profundos, de los anhelos, de la insatisfacción, de los vicios y las virtudes. Olvidado por el occidental contemporáneo, este bagaje de información solo podía aflorar a través de los sueños y del arte.
Y es aquí donde entra la estética surrealista en su afán por plasmar aquello oculto a la conciencia y que es fundamental para el conocimiento que la raza humana tiene de sí misma. Todo ello se abona con los postulados de otros movimientos anteriores, especialmente el dadaísmo y sus encontronazos feroces con la sociedad circundante. El artista, por tanto, se erige en una especie de demiurgo (comunicador entre dos mundos) que plasma aquello que se queda en la sombra inconsciente y desconocida de una forma, en ocasiones, inquietante. Anoto que la violencia y el erotismo que se plasma en estas obras son nuevas en la historia del arte
Siguiendo la línea esbozada anteriormente, se busca la fuerza de los sueños, los paisajes oníricos, la ruptura con la realidad mediante el trastoque de los elementos. Y, a la par, se ensalza el automatismo, aunque Dalí no sigue esta línea a rajatabla. Más bien, en el opus del genio surrealista hay un proceso racional que le lleva a reflejar sus paisajes oníricos siguiendo un orden lógico, aunque este haya que entenderlo dentro de la obra.
Nace Salvador Dalí en Figueras en 1904 en el seno de una familia culta, instruida y de economía desahogada. En 1922 ingresa en la Residencia de Estudiantes, por entonces, el mejor (y con diferencia) centro académico de España. Allí traba amistad con el poeta Federico García Lorca y el cineasta Luis Buñuel. Aunque realiza algunas incursiones bajo la estética del cubismo o de la pintura metafísica (de la que recibe una importante impronta), Dalí es uno de los máximos representantes del surrealismo internacional. En la Residencia de Estudiantes se empapa del trabajo de Freud y entra de lleno en los procesos inconscientes que permiten este conocimiento oculto y de vital importancia para completar espiritualmente la raza humana. Trabajó durante toda su vida en esta estética incorporándola a su forma de ver y de estar en el mundo. Muere en 1989 sin abandonar su estilo característico. Por último, hay que tener en cuenta que es el creador del método paranoico-crítico que supone la búsqueda de la verdad a través de bucear en las distintas capas de la realidad.
Pintada en 1931, el artista ya había asimilado todos los postulados del psicoanálisis que, por entonces, desbarataban de un plumazo tanto la práctica médica como la filosófica. Conocedor del pensamiento simbólico y de las imágenes presentes en los sueños, todo ello lo pone en práctica en la totalidad de su trabajo: desde sus pinturas surrealistas más famosas hasta la decoración del Castillo de Púbol, residencia de Gala y donde pidió ser enterrado sin cumplirse su voluntad.
Así, La persistencia de la memoria está dominada por un paisaje onírico difícil de encontrar en la naturaleza, aunque tenga elementos plenamente reconocibles como el árbol seco, la montaña o el mar. Estos elementos se convierten en un decorado que nos invitan a adentrarnos en la inmensidad y que sirven para potenciar la presencia de los tres relojes que se derriten o se deforman. Sujetos el primero a una rama seca, a un elemento que nos remite a la carnalidad, el segundo, y en lo que parece una mesa (el tercero) nos dicen de los reinos de la naturaleza: animal, vegetal y mineral. El cuarto reloj solo se intuye en la esquina inferior izquierda y está colocado del revés. En él adivinamos un modelo de bolsillo popular en la época.
Para poder entenderla, tenemos que remitirnos a los símbolos universales, los mismos que pueblan los sueños y que conforman la lengua del inconsciente. En resumidas cuentas tenemos:
1.- La montaña parece más bien una promontorio o un acantilado que se precipita en el mar. No tiene la función de elevación característica de este elemento y nos remite al mineral, a la roca, a lo inmutable que está a lo lejos. Se encuentra en la esquina superior derecha que, en simbología, siempre representa la razón y la plena conciencia. Nos dice de la inmutabilidad.
2.- Tenemos un mar sin olas, plano, sin sombras como el que se produce en los sueños de autodefinición y sobre el que no logramos descubrir si anochece o amanece. Es en este paisaje que, en principio, se nos antoja un decorado donde encontramos la primera referencia al tiempo inmutable, cíclico e, incluso estancado. No podemos adivinar ni la estación ni la hora del día. Y el artista nos dice así de la anulación del tiempo y, por tanto, de la eternidad.
3.- El correr del tiempo es la simbolización primera de la muerte. Y este siempre se ha reflejado en el arte con relojes de cualquier tipo. La vida es tiempo (desde el nacimiento hasta la muerte) y los relojes están presentados de una forma que nos dice de la imposibilidad de atraparlo. La sensación es de plasticidad, de derretirse, de deformidad, de falta de consistencia, de estar en un proceso en el que se escurren por algún elemento no presente en la obra.
4.- Y luego tenemos el cuarto reloj, el que está del revés o cerrado ya que este tipo de modelos pueden tener una tapa para proteger la esfera de cristal. No podemos saber qué hora marca o si marca alguna. Con respecto a este último elemento tenemos que tener en cuenta que está situado en la esquina inferior izquierda y este es el lado del inconsciente, del conocimiento oculto, de la sombra que atenaza con su verdad a la raza humana.
5.- El motivo de los relojes que parecen derretirse por la acción de una fuerza desconocida fue ampliamente utilizado por Salvador Dalí en otras obras, sobre todo esculturas en metal. Es el tiempo que, a pesar de su soporte, se licúa, se extiende y amenaza con desaparecer. Y esa memoria de la muerte está potenciada por la rama del árbol en la que no adivinamos ni un atisbo de vida. Parece puesta allí como un perchero, como un elemento que ha dejado de estar vivo para convertirse en uno inanimado.
6.- En contraposición, tenemos una memoria desconocida, una que persiste, una que nos lleva a otro plano, a uno más profundo, a uno en el que la raza humana se convierte en hermana. Y lo hace porque las motivaciones y los miedos son unánimes a todas las culturas y a todos los tiempos.
7.- El ser humano comienza a desligarse de los instintos animales cuando tiene conciencia de su finitud en este mundo. Es en ese momento cuando busca algo más allá de lo presente en la naturaleza que dé un sentido a la vida. Como no puede explicar ese vacío y, a la vez, esa fuerza imposible de conocer, busca en el aquí y el ahora elementos que se adhieran con el poder de un más allá que intuye. Los símbolos que quieren conjurar la muerte han sido diversos a lo largo de la historia. No obstante, los más comunes siempre han sido los relojes, los que marcan el tiempo de paso en la tierra. La memoria y su persistencia es el recuerdo de la finitud, de la muerte, del final al que el artista se negaba a una edad bastante temprana.
La persistencia de la memoria de Salvador Dalí, haciendo uso de los símbolos universales e introduciéndonos en el mundo onírico, nos recuerda a todos los espectadores la imposibilidad de atrapar un tiempo que insiste en licuarse, en resbalarse, en escaparse, en dejar de pertenecernos…
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

En estos dos años largos hasta su fallecimiento el paisaje de la Provenza con su gentes sencillas, sus campos y sus pueblos sería el escenario perfecto para las rotundas obras de Vicent van Gogh. En este lugar, a pesar de los altibajos de un alma atormentada y de la falta de recursos económicos, pudo levantar sus más conocidas pinturas. Y lo hizo sirviéndose de todo aquello que había a su alrededor para dejar plasmado un mundo único bajo una mirada excepcional. Hago una selección de las mismas y nos adentramos en el sentido simbólico de las mismas más allá de sus maravillosos colores y trazos.
Fue en los últimos tres años de vida, los que van de 1888 hasta su muerte en julio de 1890, cuando su obra se afianza en el particular estilo que ha propiciado la entrada en los libros de arte. Es ahora cuando esa intensa búsqueda -a la que el artista sometió tanto el espíritu como la creación propia- le empuja por el camino de la consecución. No podemos perder de vista que van Gogh siempre se enfrentó a la pintura con un claro sentido del destino. No pintaba por entretenerse, por afición o por aplacar los nervios, como pudieron hacer muchos de sus contemporáneos, antes o después que él. Lo suyo iba más allá: tanto en los días de predicador como en los que ocupó el auto-aprendizaje y el domino de la pintura, el artista siempre vio un fin en ello. Con frecuencia este extremo se lo hacía notar a su hermano Theo en la correspondencia mantenida con él. Así, en una carta fechada el 3 de abril de 1878 en Amsterdam, dos años antes de que van Gogh se decidiera a coger los pinceles, le escribe a su hermano menor:
… Y el que mucho ama realiza grandes cosas y se siente capaz, y lo que hace por amor está bien hecho.
Y algunos años más tarde (abril de 1882), desde La Haya, donde se empeñaba en dominar el dibujo al carbón (consciente ya del arduo camino de penalidades que le esperaba si se quería consagrar a algo que no solo le sobreviviera sino que, en un futuro -el cual deseaba con ardor fuera cercano- pudiera consolar a la humanidad que sufre) escribe:
Es necesario comprender bien cómo considero yo el arte. Para llegar a la verdad, se necesita trabajar largo tiempo y mucho. Lo que yo quiero y a lo que aspiro es despejadamente difícil, y sin embargo no creo aspirar demasiado alto […] Por encima de todo, yo quiero llegar a un punto en que se diga de mi obra: este hombre siente profundamente y este hombre siente delicadamente […] Y la grandeza no es una cosa fortuita, sino que debe ser deseada.
A pesar de la tormentosa biografía de Vicent van Gogh, buena parte de sus obras están en la retina no solo de los entendidos del arte sino también de los profanos. Nos adentramos en algunas de ellas.
Se custodia en el Museo Kröller-Müller de Otterlo (Países Bajos) y fue realizado en marzo de 1888. El mismo motivo ocupa ocho obras tanto realizadas al óleo como dibujos. Presentan variantes de composición (sin figuras humanas y con elementos diversos).
Podemos ver claramente que las mujeres se encuentran en la orilla izquierda (que en arte y en psicología siempre representa el inconsciente). Además, la posición es inferior (hacia abajo) con respecto a la imagen del puente que, además, es levadizo. Todos los elementos del cuadro significan. Así, el río que corre bajo el puente (reduciendo mucho su sentido) es la simbolización de la vida, a igual que las ruedas del carro que ocupa el eje central de la composición. Estas remiten a la vida como principio y origen de todas las cosa. Y también de esa vida que no es más que un repetir cotidiano de trabajo y esfuerzo potenciado por la presencia de las lavanderas y su fatigosa tarea. Se incide en ese concepto con la imagen del río que es, también, el espacio en movimiento perpetuo por donde fluyen todas las posibilidades. Además, son la representación de todas las opciones las flores multicolores que ribetean la vereda. Un río que es, como el hombre, siempre el mismo y siempre distinto. El agua diferente que fluye por el cauce de un río se asemeja a la esencia del hombre cuyo ser es inmutable, pero su psique evoluciona o transforma en estados anímicos o vivenciales de distinto cariz e intensidad.
El puente, resumiendo mucho, divide y une, a la par, dos mundos. A un lado, en la orilla de la izquierda, que es el lado oculto e inconsciente, nos encontramos el universo de las lavanderas ajenas a la cosmovisión del artista. En la derecha, se encuentra lo luminoso, consciente y las posibilidades de cambio (¿redención?) simbolizada por los caminos. Esta idea, además, se redunda con la presencia del puente levadizo que ocupa el eje central de la escena.
Es esta una de las obras de van Gogh de sus últimos años que podemos adjetivar como de espíritu más positivo, ya que toda ella remite a la opción de cambio y de transformación (simbolizado en el elemento de paso que es el puente). Y, por tanto, nos encontramos ante la opción de crecimiento espiritual y anímico. El tema le era tan querido (¿o necesario?) al artista que del mismo motivo se conservan oleos, dibujos y bocetos diversos.
Catalogado en La obra pictórica completa de Van Gogh, listado realizado por Paolo Leocaldano en 1971, con el número 864, es probablemente la última salida de la mano del pintor. Se conserva en el Museo Van Gogh de Ámsterdam y está realizada en Auvers antes del 9 de julio de 1890.
En la obra los elementos presentes están muy difuminados excepto ese camino que lleva al infinito, a un espacio que al artista se le antoja que es otra vida, tanto física (a través del paso de la muerte) como trascendental (mediando una producción artística única). Si algo destaca en esta obra, una de las más enigmáticas pinturas de van Gogh, es el color. El amarillo protagonista -como el naranja o el anaranjado- es el color ambivalente por excelencia. Su simbolización va desde la identificación con el oro y, por tanto, con todo lo valioso, pasando por la envidia hasta desembocar en la crueldad. Y el amarillo -en la escala de valores simbólicos- se opone al azul. Así contrapuesto, el amarillo toma la cualidad de la tierra y, por tanto, de la vida que aquí se desarrolla, frente al azul, representación del mundo espiritual.
El naranja contrapuesto, así, al azul es el color intermedio, el del equilibrio entre las cosas del mundo y las del cielo. El amarillo tiende a lo material, a lo brillante y el azul a lo etéreo y espiritual. Entre los dos el naranja quiere ser el equilibrio de ambas fuerzas. El artista, con estos colores, nos deja plasmado esa contraposición entre permanecer en el mundo terrenal y la necesidad de marcharse, de irse, de trascender a través de la obra.

Perteneciente al Museo de Arte Moderno de Nueva York, fue realizada en Saint-Rémy en junio de 1889. Los fuertes tonos oscuros y la pincelada circular dan un aspecto sobrecogedor a esta pintura que intenta atrapar los colores de la noche en plena naturaleza. El artista hace sobresalir las estrellas que están magnificadas en un cielo que se presenta de manera circular, como si estuvieran amenazando su frágil alma. En primer término, un esbelto ciprés nos recuerda la bienvenida de los cementerios sumergiéndonos en ese mudo de contrastes en el que se movía el espíritu del pintor.
El tema ocupa casi ocho obras y el que reproduzco se encuentra en el Bayerische Staatsgemäldesammlugen Neve Pinakotheke de Munich. Fue realizado en Arlés en agosto de 1888. Y, de nuevo, nos encontramos con el color amarillo, favorito de van Gogh. El pintor llega a reconocer que este tono representa la luz y la libertad. Su idea era hacer uno para cada habitación. Así se permitiría que la luminosidad que representan los girasoles se desperdigaran por toda la vivienda. Uno de ellos aparece (inserto como hipotexto propio) en la conocida representación de su sencilla habitación.
Guardada en el Museo Vicent van Gogh de Amsterdam, es otra de las obras realizadas en este emplazamiento de la Provenza en octubre de 1888. En su estancia en el sanatorio de Saint-Rémy realizó dos réplicas más del cuadro, con diversas variantes, que, en la actualidad, están catalogadas con los números 689 y 690 y se encuentran en el Museo del Lourvre de París y en el Instituto de Arte de Chicago. La de Ámsterdam lleva el número 585 en dicho catálogo. Asistimos a lo sencillo, a lo cotidiano, a lo que está al alcance y lo que interesa al artista. Los interiores son sobrios y nos ha dejado una muestra de su vida de creador pobre. Esta es una de las obras de van Gogh más conocidas del artista. Tanto es así que se busca, incluso su plantilla, para introducir a los niños en los rudimentos del arte. Esto es, se ha convertido en el cenit del canon artístico internacional.

Se custodia en la Tate de Londres y está realizada entre diciembre de 1888 y enero de 1889. Esta obra hay que leerla junto con otra pareja: El sillón de Gauguin. Van Gogh la realizó en su tormentosa convivencia con otro genio de la pintura. Los desencuentros y las riñas eran constantes. Vicent van Gogh, a la hora de representar el mueble que él mismo utilizaba, lo hace de forma erecta, sencilla, sin más complicaciones. Y no podemos perder de vista que el tono predominante es el amarillo con las significaciones que tiene tal como hemos visto antes. Es, además, un asiento menos cómodo que un sillón. El de Gauguin se nos antoja desvencijado como si no pudiera aguantar el peso. Las patas están curvadas amenazando con desmoronarse en cualquier momento. Sin embargo, la silla de Van Gogh se nos presenta cuidada y en perfecto uso. Sin duda, a pesar de la amistad, los egos de artistas hicieron mella en el ánimo de ambos. Y estas obras de Van Gogh son una buena representación de esa etapa.
Se custodia en el Museo de Orsay de París en una sala dedicada al artista y a continuación de las mejores obras características del impresionismo. Comento esto porque la experiencia es sublime. Es, al parecer, el último autorretrato de tantos como se realizó. Impresiona por la serenidad en la que se representa el artista y por el fondo en espiral que más bien quiere ser una representación de un alma atormentada. El choque entre la tranquilidad del rostro y el traje elegante contra ese fondo nos introduce en otro mundo, en el del final de la vida física y el inicio de la trascendencia que, de alguna manera u otra, auguraba.
Estas siete obras de Vincent van Gogh son solo un puñado de las más conocidas del artista, pero imprescindibles para conocer el legado de uno de los pintores más universales de todos los tiempos.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

El informalismo está considerado el último movimiento artístico de las vanguardias históricas aunque se desarrolla a la par que el expresionismo abstracto. Dentro del mismo confluyen una serie de artistas con obras caracterizadas por un manejo de la abstracción radical y por el uso de nuevos materiales mezclados con las pinturas tradicionales. Se desarrolla después de la Segunda Guerra Mundial en Europa (también en Japón) y sus coletazos continúan hasta la década de los setenta e, incluso, los ochenta en algunos países, tal es el caso de España.
El término informalismo fue propuesto por primera vez por el pintor Georges Mathieu en su obra Esbozo para una embriología de los signos publicada en 1951. Con esta denominación pretendía englobar aquellas obras que iban más allá de abstracción para mostrar un extremismo en el arte al utilizar nuevos materiales y al llevar al máximo expresivo la percepción de las texturas. En ellas, además, no se pretendía ofrecer un mensaje al espectador y este tendrá que producirse de manera ajena a la obra. A pesar de lo que pudiera interpretarse en una primera lectura, estas creaciones tuvieron el favor de la crítica especializada y de los amantes del arte casi desde el momento mismo de su creación. En ese mismo año, el crítico Michel Tapié aclaraba los conceptos y ampliaba la definición de informalismo a todas aquellas obras abstractas en las que la visión de la materia (por medio de texturas) mantenían un significado único.
Así podemos definir el informalismo como la corriente estética surgida en Europa a partir de la Segunda Guerra Mundial basada en pintura abstracta y en la que la cualidad material (ya sea por texturas, añadidos o estructuras ajenas) mantienen un significado. Normalmente este se presenta siempre como una interrogación al espectador.
“El punto de partida es la superficie que ha de animarse -lienzo u hoja de papel- y la primera mancha de color o de tinta que se proyecta sobre la misma: el efecto resultante, la aventura que de ello resulta. Esa mancha, a medida que se enriquece y orienta, es la que debe guiar el trabajo, un cuadro no se edifica como una casa, partiendo de las cotas de los arquitectos, sino de espaldas al resultado -¡Tanteado! ¡A reculones! ¡Alquimista no hallará la manera de fabricar oro contemplándolo, pero acude a tus retortas, haz hervir la orina, mira, mira ávidamente el plomo: ahí está tu tarea!- Y tú, pintor, unas manchas de color, manchas y trazos, mira tus paletas y tus trapos: las claves que andas buscando en ellos están.”
Michel Tapié: Notas para los eruditos (1945)
1.- Es un movimiento europeo centrado en pintura. Esta siempre es abstracta aunque pueda adivinarse algunos elementos entresacados del mundo real.
2.- Lo matérico ya sea por acumulación de pintura, texturas o fragmentos añadidos son parte esencial de estas obras.
3.- En las mismas se apela a lo instintivo, sensorial o a la compulsión. Carecen, en apariencia, de cualquier orden racional.
4.- Aunque algunos artistas utilizan los colores vivos, predominan los terrosos, los negros, los ocres y los apagados siempre plasmados en gamas del mismo tono.
5.- El movimiento, aunque tuvo algunos críticos afines, careció de cohesión y de manifiestos, quedando atrás las proclamas del futurismo o del surrealismo por poner solo dos ejemplos de otros movimientos de las vanguardias históricas.
6.- En España tuvo bastante adhesión aunque se formalizó más tarde, justo cuando el movimiento daba sus últimos coletazos en Europa. Pertenecen al informalismo artistas de la talla de Manolo Millares, Antonio Saura, Antoni Tapiès o el Grupo El Paso (Zóbel, Rueda, Gustavo Torner…) que merecen estudio aparte. Estos creadores gozaron de reputación y de éxito en vida, punto este (que todo hay que decirlo) es ajeno a la historia del arte española.
7.- Estas obras se dieron a conocer dentro y fuera de las fronteras españolas con los escritos críticos de Juan Eduardo Cirlot.
8.- Todos estos artistas encontraron un hipotexto perfecto en la obra última de Francisco de Goya, principalmente en la etapa de las pinturas negras. Anotamos que el aragonés está considerado el primer artista moderno occidental.
9.- Por su parte, los artistas franceses, más que en el español se miran hacia en el último Monet, el que se empeña en levantar esa magna obra que son los Nenúfares y el mismo que deshace la figuración con trazos gruesos y golpes de color.
10.- En Japón, el desgarro por los horrores de la guerra, la pérdida de los valores tradicionales y la liquidación casi de una forma de vida única quedó reflejado en el colectivo Gutai (puede traducirse como concreción). A igual que ocurre en España, los hipotextos locales se transparentan en estas obras con un gusto por las formas geométricas tradicionales.
11.- El objetivo del informalismo era eliminar de raíz cualquier pretensión de significado y de comunicación, en línea con los choques emocionales de la época.
12.- Llevaron las características del surrealismo al extremo al postular un código visual nuevo y ajeno a la razón consciente basado en manchas colocadas de manera arbitraria.
13.- Como todos los movimientos de las vanguardias históricas (empezando por el fauvismo y terminando por las características del arte abstracto) niegan cualquier interferencia con la tradición. Aún así, hemos visto que en arte esto no es posible y siempre hay precedentes que sirven de hipotexto a los nuevos creadores.
14.- La materia se erige en la protagonista de la obra. Por eso se recurre a elementos ajenos a la pintura, como la arena, trapos, maderas, cuerdas, elementos metálicos, lienzos desgarrados… Cualquier elemento es aceptado en las obras del informalismo. Esto está empezando a dar más que un quebradero de cabeza a los restauradores ya que este tipo de inserciones están envejeciendo demasiado rápido dando paso a fragmentaciones y roturas.
15.- Y, por último, no podemos entender el informalismo sin los movimientos filosóficos de la época acuciados por el miedo a un Apocalipsis debido al desarrollo de bombas nucleares destructivas y al recuerdo de la barbarie de las últimas guerras. La soledad contemporánea, la alineación industrial y el desarrollo científico para la destrucción calaron en el ánimo de los artistas que, con estas obras oscuras, pretendían poner de manifiesto el sentir de una época.
1.- Lucio Muñoz (1929-1998) es el mayor representante del informalismo en España. Formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y discípulo de Eduardo Chicharro, sus obras hoy en día siguen cotización en alza y son buscadas por coleccionistas internacionales.
2.- Manolo Millares (1926-1972) influenciado tanto por el arte prehistórico como por los representantes del surrealismo, es uno de los fundadores del Grupo El Paso.
3.- Antoni Tapiès (1923-2012) es el artista español del siglo XX con mayor proyección y reconocimiento internacional. Sus obras son plenamente reconocibles por su tratamiento de la materia y por las especiales grafías (como las cruces rojas) que va dejando en ellas.
4.- Antonio Saura (1930-1998) también se dedicó a la escritura y en sus últimos años realizó intervenciones en libros ilustrados.
5.- Jean Dubuffet (1901-1985) es uno de los artistas del informalismo interesado por lo marginal y evolucionó hacia el Brut Art. Gran parte de su obra se encuentra organizada a través de series.
6.- Georges Mathieu ( 1921- 2012), de amplia cultura y formación, es el creador en París de la estética denominada “no figuración psíquica”. Su interés por la escritura automática y la poesía visual lo hizo evolucionar hacia el tachismo.
7.- Henri Michaud (1899-1984), influenciado por las primeras pinturas surrealistas y por la cultura oriental, también estuvo interesado por creación sin mediar los fundamentos de la razón.
8.- Karel Appel (1921-2006) fue uno de los fundadores del grupo CoBrA y su obra está muy cercana al expresionismo en arte.
9.- Wols (1913-1951). Nacido en Alemania como Otto Wolfgang Shulze, sus comienzos están vinculados a la Bauhaus. Emigra a París y allí comienza a interesarse por las posibilidades expresivas del inconscientes a través de las manchas y de los jeroglíficos.
10.- Pierre Soulages (1919) es uno de los pocos artistas del informalismo que aún están en este mundo. Su obra está protagonizado por el color y llega a abandonar (por épocas) la gama de los ocres y negros propios del movimiento.
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Ni que decir tiene que la lista ni está completa ni están reproducidas las mismas. Aún así, no puedo dejar de colocar los títulos.
1.- Sequeros (1961) de Lucio Muñoz. Forma parte de la colección permanente del Reina Sofía de Madrid
2.- Lo incierto (Cuerpo de dama) de Jean Dubuffet de 1950.
3.- Sull por James Brooks.
4.- Composición (1953) de Alberto Zurrí.
5.- Pájaro y hombre (1952) de Karel Appel.
6.- Concepto espacial (1958) de Lucio Fontana.
7.- Desnudo (1943) de Jean Fautrier.
8.- Clea (1957) de Antonio Saura.
9.- Tierra ardiente (1958) de José Guerrero.
10.- Mujer y avestruz (1957) de Karel Appel.
11.- Cuadro 190B (1962) de Manolo Millares.
12.- Cuadro 12 (1957) de Manolo Millares.
13.- Superposición de materia gris (1961) de Antoni Tapiès.
14.- Pintura 10 Enero (1964) de Pierre Soulages.
15.- Sin título (1965) de Jiro Yoshihara.
16.- La Nierendorffm (1946) de Wols.
17.- Ciclo’62 (1962) del italiano Emilio Vedova.
18.- Gris con señal roja (1958) por Antoni Tapiès.
19.- El viajero de Munich (1958) de Asger Jorn.
20.- Verano (1948) de Corneille.
El informalismo, en definitiva, es el último movimiento de vanguardia y algunos de sus artistas llegan incluso a alcanzar el siglo XXI. Las obras se caracterizan por una negación de la comunicación y se deja su sentido último a los instintivo y sensorial. Los colores oscuros y la materia en textura son protagonistas en lienzos en los que se han incorporado elementos ajenos a la pintura tradicional.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

En la base de todas las características del surrealismo se encuentra el concepto de inconsciente propuesto por Freud nada más comenzar el siglo XX. Los artistas que componen el movimiento (la gran mayoría de ellos vinculados también al dadaísmo) quisieron exponer en sus lienzos un mundo desconocido, onírico, confrontado y perturbador con el fin de hacer reflexionar al espectador. El primer manifiesto surrealista es de octubre de 1924 y el movimiento se expandió tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el exilio de la mayoría de sus representantes desde París, por entonces centro de la vanguardia artística.
“Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento sin la intervención reguladora de la razón y ajeno a toda preocupación estética o moral.”
André Breton en Manifiesto surrealista (1924)
Con La interpretación de los sueños de Sigmund Freud publicada en 1900 se abre un mundo hasta entonces desconocido: el inconsciente. La realidad no es ya la que mente pensante dirige o plasma sino que hay otro universo desconocido, oscuro y oculto que ofrece información al hombre. Esta está amordazada casi y ese conocimiento es de vital importancia para entender no solo el espíritu con sus contradicciones sino todo el choque social. La búsqueda de las imágenes del inconsciente será el objetivo del surrealismo apelando, a la par, al sentido último de los símbolos universales.
El arte se convierte en el vehículo para encontrar la verdad, la auténtica, la que da felicidad al hombre. Por eso, las costumbres y los modos sociales tenían que aparcarse para alcanzar esta meta suprema. En este sentido, los principales representantes el surrealismo ponen a prueba su capacidad de subversión social tanto con su forma de vida distendida y libre para los parámetros de la época como con sus obras.
Aunque algunos movimientos de las vanguardias históricas anteriores (como el fauvismo e, incluso, el cubismo) buscaban una realidad alternativa, ahora todo es más evidente y agresivo. Se rechaza los legados de la razón e, incluso, del empirismo que venían siendo preponderantes desde la cultura del Neoclasicismo. Por contra, se busca la verdad y un mundo ajeno al tangible y visible a través del instinto, la intuición o la ensoñación. El objetivo del arte es dejar plasmado un universo paralelo radicalmente humano que aporte una realidad distinta a la establecida socialmente.
En esa búsqueda de la información del inconsciente se hace una búsqueda de la información proporcionada por los sueños. La interpretación de los mismos, así como de los símbolos presentes, se vuelve una constante en la incipiente psicología. A este movimiento radical no puede ser ajeno el arte. Se asimila que en ellos se encuentran respuestas o exposiciones de los conflictos y de los choques entre el yo personal y lo social. Además, en los sueños se exponen de forma brutal a veces las contradicciones inherentes a las imposiciones aceptadas socialmente pero que, en el fondo, son absurdas. La felicidad individual, por tanto, devendría de ese proceso y el arte está llamado a reflejar ese cambio de percepción.
La palabra que mejor se ajusta para definirlo es perturbador. Nada de lo que pudiera aparecer en el cuadro tiene un sustrato histórico. Las imágenes son tan contrapuestas, chocantes y desafiantes que producen un movimiento emocional muy profundo en el espectador. El sexo, el erotismo y las relaciones interpersonales se miran desde puntos de vista novedosos interrogándonos sobre nuestra esencia, el egoísmo, el placer e, incluso, los caminos de la soledad.
Y, por tanto, hay un poso de nihilismo, de pesimismo sobre las posibilidades de rendición de la raza humana. Este se acentúa a mediados de la centuria cuando los desmanes de dos guerras mundiales hacen mella en artistas y gentes de a pie. El dadaísmo aporta ese espíritu tremendamente subversivo, en contra de los valores burgueses aceptados en Europa desde el siglo XVIII.
Aunque tenemos ejemplos de escultura o de ready-made, son las pinturas surrealistas las que cobran fuerza. El lienzo es el medio eficaz para expresar y representar ese mundo extraño y ajeno del inconsciente donde los elementos están colocados de una manera ajena a la razón. Aun teniendo a la pintura como reina del movimiento, en sus comienzos fueron los poetas franceses los que se adentraron en el temprano surrealismo literario. Son nombres imprescindibles Paul Eluard, Louis Aragon, Antonin Artaud…

Esto es, una de las características del surrealismo es que no se adentra en las características del arte abstracto. Todo ello con excepciones, ya que, por poner un caso, Joan Miró (a pesar de representar imágenes reconocibles) coquetea con la idea. Por tanto, los objetos representados son claramente reconocibles para el espectador y están entresacados del mundo consciente. Otra cosa es la combinación de los mismos o el tratamiento que se realiza en el cuadro. El diálogo entre ellos es siempre extraño, ajeno a la razón y apelan al contexto del inconsciente, de los sueños. El relato siempre es onírico e interrogador. En este sentido, en un principio, el movimiento siguió los pasos de los escritores y buscaban un automatismo imposible en pintura que no recurriera a la abstracción. Con la llegada de Dalí a los círculos parisinos todo cambió. Y la visceralidad e intuición de la obra pasa por un filtro racional a la hora de plasmarla en el cuadro. Esto es, el relato (aún apelando al inconsciente oculto y desconocido) ya está trabajado desde el punto de vista de la razón.
Ya había habido un ensayo previo con las obras englobadas en la pintura metafísica de Giorgio de Chirico pero ahora el proceso se afianza. Al colocar elementos en paisajes extraños que no se dan en la naturaleza o de una forma ajena a la realidad provocan una emoción y perturban (interrogándolo a la par) al espectador.
En este sentido es Marx Ernst el primero que va usando estas técnicas aplicadas a la estética surrealista. Aún así la mayoría de las pinturas surrealistas están ejecutadas usando colores planos, sin sombras ni perspectivas. El virtuosismo se apodera de una realidad que se confronta de una manera violenta y siempre reconocible.
La gran mayoría de las características del surrealismo se refuerzan y se van expandiendo por el mundo occidental a partir de la Segunda Guerra Mundial. Los horrores de una guerra cruel al máximo (nunca antes sufridos en la historia) chocan con el concepto de una supuesta realidad razonable y ordenada. Y aquí encuentran todo el sustrato posible los artistas del movimiento para interrogarse desde una posición subversiva sobre todo tipo de relaciones humanas (desde las íntimas hasta las sociales). Además, al exiliarse la mayoría de los artistas asentados en París propició que el movimiento se conociera en otros emplazamientos. La gran resaca de la guerra está en la base de otro de los grandes estilos del siglo XX: el expresionismo en arte. Con él, los creadores dan un paso más en su intento por plasmar las grandes emociones en el cuadro: el dolor, el miedo, el terror o la soledad.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

La Fundación Joan Miró está situada en esa colina que domina la Ciudad Condal y que cualquier viajero de paso por este bellísimo emplazamiento mediterráneo debe visitar: Montjuïc. Está este particular museo de arte contemporáneo (en catalán Fundació Joan Miró) dedicado a conservar el legado de uno de los más importantes representantes del surrealismo. A la par, realiza interesantes exposiciones temporales y actividades culturales diversas, algunas de ellas dirigidas a familias o al público infantil.
Desde el minuto primero que llegó al mundo el joven Joan respiró, si no el arte, sí la artesanía, ya que su padre se dedicó a la orfebrería. Nació en 1893 y dejó este mundo a la edad de 90 años. Sus primeros pasos en esto del quehacer creativo lo dio en la Escuela de Bellas Artes de la Llojta.
Aunque su particular estilo se fraguó en París, por entonces ombligo del mundo y cuyas calles y cafés han acogido a la vanguardia estética, filosófica y política hasta prácticamente antes de ayer. En estas particulares tertulias se entretenía Miró con otros artistas de la época debatiendo sobre las últimas corrientes artísticas y la necesidad de seguir transformando el arte tras la explosión de las primeras vanguardias históricas (futurismo, cubismo…) Tengo que hacer notar que el surrealismo fue la línea estética predominante desde mediados del siglo XX y sus coletazos llegan incluso al siglo XXI. En esta corriente artística hay que encuadrar toda la obra de Joan Miró siempre siguiendo el formato y las principales características del arte abstracto.
En principio opuesto al régimen franquista, pudo convivir, con cierta tranquilidad, en su refugio mallorquino desde la década de los cuarenta hasta su fallecimiento, ya en democracia. Disfrutó en vida de reconocimiento público y este se ha mantenido casi intacto tras su muerte. En parte esto es debido a la labor divulgativa de la Fundación Joan Miró.
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Fue un ferviente admirador de la obra de Gaudí incluso de ese mega proyecto aún en fase de finalización, pero que ya se postula como uno de los más importantes en la historia de la humanidad reciente: la Sagrada Familia de Barcelona. Ni que decir tiene que están en polos opuestos. Eso no quita para que encontremos un nexo común, aplicado sobre todo al uso del color y las formas redondeadas que caracterizan tanto el opus artístico de Gaudí como el de Miró. Aún así y todo, no nos debemos desviar, ya que Miró pertenece de lleno al movimiento surrealista aunque el modernismo de Gaudí, especialmente en sus representaciones tomadas de la naturaleza, adquiere es carácter onírico consustancial a las características de este movimiento de vanguardia.
Los vivos colores contrastados de la obra de Miró conforman imágenes de carácter onírico en las que priman los símbolos, a veces, tan elementales que remiten al arte primitivo. De aquí viene la fuerza de sus pinturas que parecen interrogarnos con signos desconocidos. Sin embargo, algunos no lo son tanto y se prestan a su reconocimiento como las manos, las estrellas, las lunas o los campos reducidos a líneas. Todos ellos tienen un sentido secundario detrás y, en esencia y reduciendo mucho, es lo que aporta carácter, fuerza, expresividad y originalidad a su obra.
Está situada en Montjuïc en un edificio blanco diseñado por Josep Lluís Sert en 1975, amigo del artista rodeado de una jardín con la obra escultórica. Aquí se exponen tapices, grabados (con una colección inmensa), óleos y esculturas (algunas con policromía).
La colección está dividida por técnicas artísticas: 1) bocetos, 2) pinturas, 3) textiles y tapices, 4) esculturas y cerámicas y 5) dibujos. También se puede hacer un recorrido cronológico, ya que las salas están claramente estructuradas siguiendo este orden:
Por supuesto, la Fundación Joan Miró es uno de los platos fuertes de la agenda cultural de Barcelona, pero es también parada ineludible para todos los viajeros amantes del arte. Y que no se te olviden los horarios:
Aunque hay descuentos para ciertos colectivos, tienes que pagar una entrada. Junto con el recorrido modernista (Parc Güell, Casa Batló, Sagrada Familia…), la Fundación Joan Miró es parada ineludible de visita o estancia en Barcelona y una oportunidad única de acercarse a ese movimiento que quiso llevar el inconsciente a la esfera del arte.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

No se sabe a ciencia cierta su lugar de nacimiento, ni la fecha, ni la grafía de su apellido, ni las obras que son de su mano ni las salidas de sus discípulos o copistas posteriores, pero Pieter Brueghel el viejo es, al día de hoy, uno de los grandes artistas de la pintura flamenca del siglo XVI. Ahora bien, es un pintor tan original y excepcional que, incluso, se considera que es uno de los primeros representantes del surrealismo, cuando este movimiento tardaría siglos en aparecer.
Debió nacer cerca de Breda (es una conjetura) entre 1525 y 1530 y murió el 9 de septiembre de 1569, convertido ya en maestro de la pintura. Eso no significa que se le reconociera su talento artístico tal como lo entendemos hoy en día. Entre sus contemporáneos, Brueghel, en sus inicios, era simplemente un artesano. Pero así también empezó Goya: haciendo cartones para tapices.
Hay dudas sobre su grado de instrucción, pero sí es cierto que conocía las historias de la Biblia al dedillo y los símbolos y mitos moralizantes cristianos. Nada más hay que echar un vistazo a sus obras para aseverar esto.
Brueghel fue el patriarca de un clan de pintores y se le denomina el viejo para distinguirlo de su hijo mayor. Poco se sabe de su vida y personalidad más allá de las consabidas anécdotas que lo describen como un hombre sencillo que le gustaba vestirse como campesino y socializar con esta población.
Apenas se conservan 45 obras originales de Brueghel. Son pinturas sobre tablas. Casi un tercio se encuentran custodiadas en el Museo de Historia del Arte de Viena. Muchos de sus dibujos y grabados no son auténticos y parece que se han perdido bastantes ejemplares salidos de su mano.
La crítica especializada distingue tres etapas en las obras de Pieter Bueghel, el viejo:
Los cuadros de Brueghel son abigarrados, densos, detallistas, completos y en ellos se transparentan un espíritu moralizante y crítico en extremo con la sociedad y los vicios de su tiempo. Su pintura se ha puesto en relación con el grotesco que sería una de las características del barroco, el mismo que llegaría después. A pesar, de adelantarse a su tiempo, sus obras representan un mundo onírico, de pesadilla casi. Son varios sus cuadros en el que se representan imágenes que serían del gusto de uno de los movimientos más importantes de las vanguardias históricas: el surrealismo. Tanto es así que los representantes del surrealismo consideraron a Pieter Brueghel el viejo, tal como sucedió con El Bosco, lo consideró un maestro y precursor.
Por supuesto esta característica hay que ponerla en cuarentena, ya que esta corriente artística como tal surgió tras La interpretación de los sueños de Freud en pleno siglo XX. Aún así, el sustrato de los artistas modernos también subyace en el viejo Brueghel.

La caída de los ángeles rebeldes de 1562, por ejemplo, bien podría ser una obra contemporánea, repleta de seres monstruosos y animales híbridos. Aquí se pone de manifiesto el horror del hombre al enfrentarse a la oscuridad de su propio interior. Ni las películas actuales sobre el apocalipsis (pongamos, por ejemplo, el penúltimo fragmento de Los sueños de Akira Kurosawa, “El ogro que llora”) superan estas imágenes del infierno.
La minuciosa Torre de Babel, reproducida hasta la saciedad en libros de arte, puede funcionar como una buena metáfora de la época contemporánea en la que todos hablamos y nadie nos escucha. El simbolismo no puede ser más claro.

Los cadáveres, el paisaje devastado, el caballo famélico (símbolo universal de la inconsistencia y la debilidad humana) de El triunfo de la muerte también puede aplicarse a la historia reciente repleta de guerras absurdas y altamente destructoras.
En muchas de las obras de Pieter Brueghel el viejo, como las que describen la vida apacible del campesino, a pesar de su aparente testimonio de la realidad, siempre se oculta, en algún personaje, alguna característica moral del hombre. Ciertos críticos quieren ver, también, en un puñado de sus cuadros una velada crítica social al sistema imperante, pero esto es lo que tiene ponerse a hurgar en la realidad: que siempre se encuentran grietas.
Y es en este sentido en el que sentido en el que considera Pieter Brueghel el viaje como surrealista.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

Exceptuando la Edad Media, quizás no haya habido otro periodo histórico en el que las distintas manifestaciones sociales, políticas o artísticas estén tan imbricadas como lo fue el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces. La cultura del Neoclasicismo responde, por un lado, a una confrontación total de las formas de vida inmediatamente anteriores y, a la par, se intenta instaurar (en todos los ámbitos) un orden nuevo basado en la razón, el cientificismo, el empirismo y la sobriedad. Se generan nuevos ámbitos de discusión fomentándose el parlamentarismo contra la monarquía absoluta aliada con la iglesia. Por primera vez en la historia se produce un intento por reformar la educación a todos los niveles para adaptarla a las necesidades sociales. Al cambio no es ajena ninguna esfera vital. Así, se pretende que el arte (en todas sus manifestaciones) tenga un objetivo moral y didáctico. En definitiva, durante todo el siglo XVIII, primero en Europa y luego en América, se intenta trastocar la realidad para dotarla de significados nuevos. Lo antiguo no sirve, aunque se mira a la cultura clásica, la de Roma y Grecia. Lo vemos más detalladamente.
El Neoclasicismo da comienzo en Francia e Inglaterra a inicios del siglo XVIII y pronto se extiende por toda Europa enarbolando la bandera de un orden nuevo. No tardaría mucho en llegar a Sudamérica primero y América del Norte después que comienzan sus procesos de independencia de las metrópolis. Las manifestaciones artísticas que se sustentan en estas nuevas formas de vida llega, en el caso de Estados Unidos, a extenderse durante buena parte del siglo XIX a través de los modelos propuestos por la arquitectura del Neoclasicismo. Pero, ¿qué ocurrió para que en toda la civilización occidental se diera un cambio radical en los órdenes establecidos?
Resumiendo y reduciendo mucho, hay que anotar que los siglos anteriores habían estado protagonizados por el poder de monarquías absolutas nacionales que se habían ido apartando progresivamente de las necesidades del pueblo. Atrincheradas en suntuosos palacios y parapetadas bajo la influencia de la iglesia cuyo centro ya se encontraba en el Vaticano, la decadencia no tardaría en llegar. Esta se hace en forma de crisis económica, de apalancamiento en los sistemas educativos que no dan respuesta a la sociedad, en un arte, el estilo barroco, recargado y excesivo en extremo. Mientras el pueblo malvivía a duras penas en ciudades insalubres o soportando sucesivas malas cosechas, la riqueza se derrochaba por parte de una élite aristocrática que hacía de la fiesta y el lujo su razón de vida. Del sentir de la época tenemos conocimiento por la literatura barroca, la cual se hace eco de un ambiente social caracterizado por el pesimismo extremo y por el conformismo más absoluto. Únicamente el teatro (patrocinado por estos grandes señores) sirve de evasión con sus historias inverosímiles de enredo y malentendidos.
Paralelamente, un sector de la intelectualidad, los llamados ilustrados, ve la necesidad de volver a la sobriedad, de modificar las enseñanzas a todos los niveles para formar a la población en las nuevas necesidades de la industria y la manufactura. A la par, se intenta poner freno (en el ámbito de las ideas) a los desmanes monárquicos instaurando una suerte de parlamentarismo. La bandera de la libertad y de la igualdad se estaba diseñando y todo estallará por los aires con la Revolución Francesa, en 1789. La semilla estaba sembrada con anterioridad y se regaba con todas las manifestaciones de la cultura del Neoclasicismo. Paralelamente, en América se inician guerras independentistas que desembocarán en nuevos estados soberanos, todos ellos imbuidos del espíritu republicano.
Y así seguirá hasta bien entrado el siglo XIX. Cada país consigue este objetivo con desigual fortuna. Mientras en Francia desemboca en los lemas revolucionarios de “libertad, igualdad y fraternidad”, el Neoclasicismo español vive una lucha constante entre las fuerzas tradicionales (sustentadas en la monarquía y la iglesia) frente a los liberales. La Constitución de Cádiz de 1812 representa ese intento fallido por instaurar otras formas de vida centradas en la educación, la formación y combativa con la superstición y la desigualdad social. Había que hacer tabla rasa y acabar con las prebendas eclesiásticas y aristocráticas. Estas ideas políticas se fraguaron entre tertulias, bibliotecas de casinos y el nacimiento del periodismo.
Cada nación, reitero, cumplió el objetivo con desigual fortuna. Mientras en Inglaterra se desarrolla el parlamentarismo y se crea un sistema educativo bastante universal, Francia camina hacia un estado laico y en España se da una involución con el reinado de Fernando VII que abre las puertas a guerras fratricidas que durarán por siglos incluso. A pesar de ello, la cultura del Neoclasicismo comienza a germinar en el urbanismo. En este sentido, se reforman las ciudades para hacerlas más saludables, se fomentan las academias y se organiza (aunque con éxito desigual) la alfabetización básica. El único país que llevó con extremado éxito la cultura del Neoclasicismo no solo a las artes sino a la política y a la sociedad éste fue Estados Unidos, a pesar de sus historias sangrientas posteriores.
Ni tampoco sin el Grand Tour. Vamos por partes. Si bien la literatura renacentista ya había recuperado los textos de la literatura griega y latina que habían pervivido a través de los libros medievales, ahora le toca el turno a las excavaciones arqueológicas. Se hacen prospecciones en Pompeya y Herculano, ambas detenidas en el tiempo por la erupción del Vesubio. Salen a la luz frescos, sobrios ejemplos de escultura romana (copiadas de los originales griegos), mosaicos e, incluso muebles, enseres y objetos de uso personal. Con ellos continúa el conocimiento de una sociedad pagana, de dioses que se mezclan con los humanos en sus sentimientos y pasiones. Y también (aunque con sus matices) un orden político basado en los valores republicanos. Todo esto alimenta los deseos de cambios en la esfera del poder.
Además, todo este re-descubrimiento (iniciado en el Renacimiento recordemos) de la antigüedad pagana se alimenta con el Grand Tour. Era este un viaje casi iniciático por parte de la élite europea hacia tierras italianas. A veces, el periplo terminaba en Roma o Nápoles pero otros tenían la fortuna de poder continuar hacia Estambul e, incluso, hacia Egipto. El viaje era complicado y se necesitaba de bastante intendencia habida cuentas de que los caminos eran elementales y no existía apenas estructura hotelera. Sin embargo, la aventura compensaba con creces las incomodidades y el Grand Tour se siguió manteniendo durante buena parte del siglo XIX. Estos viajeros, cultos, formados y ricos volvían a sus países de origen con los ojos llenos de otra forma de vida. Y a través de diarios, dibujos y libros pusieron en valor una utópica forma de vida pasada.
El racionalismo, el inicio de un proceso de fraternidad, el mirar hacia las necesidades de los pobres, la organización de un urbanismo mínimamente saludable impactaron positivamente en todos los estratos de la sociedad. Así, por nombrar únicamente un extremo, una de las características de la arquitectura neoclásica pone el foco en nuevos espacios ajenos a los palacios y las iglesias. Se crean academias, bulevares soleados, avenidas arboladas, parques procedentes de antiguos cotos de cazas aristocráticos o flamantes museos con las colecciones reales. Aunque el acceso público se hace con matices, ya es un paso hacia una universalización de la cultura que no llegará en Occidente hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, no podemos olvidar que las bases se pusieron con los ilustrados del siglo XVIII.
Todo esto desemboca en un bagaje artístico alejado de los siglos anteriores en los que se busca la sobriedad, la sencillez, la elegancia y la serenidad. Por primera vez se habla de buen gusto, el que se contrapone a los excesos del arte barroco e instala unas reglas de obligado cumplimiento en todos los géneros. Una de las bases del nuevo arte es la que promueve el orden y la mesura. Si bien la literatua se encuentra con algunos escollos, ya que este tipo de virtudes casan regular con la creación en el campo de las letras. Quizás por eso se imponen los ensayos y los relatos en prosa satírica que ironizan contra el régimen social establecido. Mientras tanto, la escultura neoclásica compite con el afán constructivo que llena las ciudades de Europa y América de edificios civiles, grandes museos, academias, centros administrativos o políticos. No podemos olvidar que todas las artes buscan la sobriedad, la limpieza, la contención, la elegancia, el buen gusto mientras se alejan de rebuscamientos pasionales y excesivos.
Esta cultura del Neoclasicismo basada en la mesura e inspirada en el mundo pagano de las civilizaciones clásicas quiso, a la par, acabar con la desigualdad extrema promoviendo la educación básica y la formación en oficios. Otra cosa es que lo consiguiera, pero sí ere el eje del ideario de los intelectuales que se propusieron un cambio radical en lo concerniente a lo artístico, social y político.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

Nacido en 1518, en la Ciudad de los Canales, como Jacobo Comin, nombre que, curiosamente, no se ha descubierto hasta una fecha tan temprana como el año 2007. Es decir, antes de ayer, para que luego digan que ya está todo dicho en la historia del arte, este artista de la llamada Escuela Veneciana se encuentra a medio camino entre los artistas del Renacimiento tardío y las características del Barroco primitivo. Hijo menor de un tintorero, de aquí su apodo, aunque estudió con Tiziano (uno de los pintores barrocos más importantes), parece que las relaciones mentor-maestro no fueron buenas a decir de las malas lenguas.
Quizás por esta razón, trabajo durante toda su vida como freelance (algo poco común en la época, ya que se hacía imprescindible la existencia de un mecenas) recogiendo encargos para los grandes señores de Venecia. Por eso, sus grandes murales se encuentran en la Galería de la Academia de Venecia, en la Escuela de San Roque, en el Palacio Ducal de Venecia y en otros emplazamientos de la Ciudad de los Canales.
No se sabe muy bien cuántos hijos tuvo ni si todos fueron dentro del matrimonio. Probablemente fueron ocho vástagos. Sí hay unanimidad entre los historiadores que dos de ellos, Marietta y Dominico, estuvieron dotados con las mismas habilidades pictóricas de su padre. La chica ayudaba en el taller paterno vestida de hombre, para acallar los comentarios maldicientes de entonces y murió a la edad de treinta años. Su padre la retrató en su lecho mortuorio, tal como era costumbre en la época.
El pintor sucumbió en una de las múltiples epidemias de peste que asolaban, por entonces, la inundable Venecia. Eso fue el 31 de mayo de 1594.
Por el colorido de sus pinturas, la temática, la composición y el movimiento que imprime a sus personajes, El Tintoretto transmite, en sus grandes frescos, una fogosidad (uno de los apodos que se le dio en vida) que adelanta los temas propios del estilo Barroco. Encuadrado en la corriente manierista, pronto se distanció de Tiziano y del también exitoso Veronés para crear un estilo personal y claramente reconocible.
De no ser así, no hubiera entrado en la historia del arte. Son la eficaz combinaciones de luces y sombras dentro de la composición y los movimientos de los personajes las características más importantes de la obra del artista. El abigarramiento y el tratamiento de los ropajes son propios del primer Barroco.
Aunque en él son importantes los retratos, destaca, sobre todo, sus lienzos de temas mitológicos de raigambre pagana y los religiosos de base cristiana, mezclándose, en ocasiones, entre sí, como es normal en este tipo de artistas.

No nos vamos a detener en hacer un listado exhaustivo, pero sí me gustaría que nos fijáramos en algunos de temática de base pagana. Por ejemplo, el mito que narra el encuentro del dios Baco con la desdichada Ariadna, una vez ésta ha sido abandonada por Teseo tras dar muerte al Minotauro, fue objeto de atención de este artista único. Es, además, uno de los temas recurrentes de la literatura griega y latina. El dios, movido por el llanto amargo de la ninfa, tras ser humillada por el que creía su amado, la convierte en la constelación homónima, metamorfosis recogida en la obra de Ovidio.

De cariz semejante es La creación de la Vía Láctea en el que asistimos al origen de este grupo estelar por parte de Hera, esposa de Zeus, quien amamanta a un bebé abandonado. Al darse cuenta que el niño es, nada más y nada menos, que Heracles, fruto de los amores adúlteros de su esposo y Alcmena (una mortal), retira el pecho al pequeño. La leche derramada sube hasta el cielo convirtiéndose en estrellas.

Los temas paganos de la tradición clásica no impiden tratar, con sentido religioso incluso, escenas del Nuevo Testamento, como las dos versiones de la Última cena, una de ellas (la que aparece en la imagen) se custodia en el Museo del Prado. La Sagrada Familia con San Juanito, la Traslación del cuerpo de San Marcos, San Jorge y el dragón o Susana y los viejos son otros títulos importantes del opus de El Tintoretto. Son todas obras no exentas de un fuerte carácter simbólico, tal como era característica del arte barroco que demandaba esa fuerza expresiva entre pinceladas de claroscuro.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla