Cultura del Neoclasicismo

Cultura del Neoclasicismo

Cultura del Neoclasicismo

Candela Vizcaíno

 

Exceptuando la Edad Media, quizás no haya habido otro periodo histórico en el que las distintas manifestaciones sociales, políticas o artísticas estén tan imbricadas como lo fue el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces. La cultura del Neoclasicismo responde, por un lado, a una confrontación total de las formas de vida inmediatamente anteriores y,  a la par, se intenta instaurar (en todos los ámbitos) un orden nuevo basado en la razón, el cientificismo, el empirismo y la sobriedad. Se generan nuevos ámbitos de discusión fomentándose el parlamentarismo contra la monarquía absoluta aliada con la iglesia. Por primera vez en la historia se produce un intento por reformar la educación a todos los niveles para adaptarla a las necesidades sociales. Al cambio no es ajena ninguna esfera vital. Así, se pretende que el arte (en todas sus manifestaciones) tenga un objetivo moral y didáctico. En definitiva, durante todo el siglo XVIII, primero en Europa y luego en América, se intenta trastocar la realidad para dotarla de significados nuevos. Lo antiguo no sirve, aunque se mira a la cultura clásica, la de Roma y Grecia. Lo vemos más detalladamente.

La importancia de los movimientos políticos a la hora de entender la cultura del Neoclasicismo  

El Neoclasicismo da comienzo en Francia e Inglaterra a inicios del siglo XVIII y pronto se extiende por toda Europa enarbolando la bandera de un orden nuevo. No tardaría mucho en llegar a Sudamérica primero y América del Norte después que comienzan sus procesos de independencia de las metrópolis. Las manifestaciones artísticas que se sustentan en estas nuevas formas de vida llega, en el caso de Estados Unidos, a extenderse durante buena parte del siglo XIX a través de los modelos propuestos por la arquitectura del Neoclasicismo. Pero, ¿qué ocurrió para que en toda la civilización occidental se diera un cambio radical en los órdenes establecidos? 

Resumiendo y reduciendo mucho, hay que anotar que los siglos anteriores habían estado protagonizados por el poder de monarquías absolutas nacionales que se habían ido apartando progresivamente de las necesidades del pueblo. Atrincheradas en suntuosos palacios y parapetadas bajo la influencia de la iglesia cuyo centro ya se encontraba en el Vaticano, la decadencia no tardaría en llegar. Esta se hace en forma de crisis económica, de apalancamiento en los sistemas educativos que no dan respuesta a la sociedad, en un arte, el estilo barroco, recargado y excesivo en extremo. Mientras el pueblo malvivía a duras penas en ciudades insalubres o soportando sucesivas malas cosechas, la riqueza se derrochaba por parte de una élite aristocrática que hacía de la fiesta y el lujo su razón de vida. Del sentir de la época tenemos conocimiento por la literatura barroca, la cual se hace eco de un ambiente social caracterizado por el pesimismo extremo y por el conformismo más absoluto. Únicamente el teatro (patrocinado por estos grandes señores) sirve de evasión con sus historias inverosímiles de enredo y malentendidos. 

Paralelamente, un sector de la intelectualidad, los llamados ilustrados, ve la necesidad de volver a la sobriedad,  de modificar las enseñanzas a todos los niveles para formar a la población en las nuevas necesidades de la industria y la manufactura. A la par, se intenta poner freno (en el ámbito de las ideas) a los desmanes monárquicos instaurando una suerte de parlamentarismo. La bandera de la libertad y de la igualdad se estaba diseñando y todo estallará por los aires con la Revolución Francesa, en 1789. La semilla estaba sembrada con anterioridad y se regaba con todas las manifestaciones de la cultura del Neoclasicismo.  Paralelamente, en América se inician guerras independentistas que desembocarán en nuevos estados soberanos, todos ellos imbuidos del espíritu republicano.  

La  cultura del Neoclasicismo eleva la razón al nivel de deidad casi  

Y así seguirá hasta bien entrado el siglo XIX. Cada país consigue este objetivo con desigual fortuna. Mientras en Francia desemboca en los lemas revolucionarios de “libertad, igualdad y fraternidad”, el Neoclasicismo español vive una lucha constante entre las fuerzas tradicionales (sustentadas en la monarquía y la iglesia) frente a los liberales. La Constitución de Cádiz de 1812 representa ese intento fallido por instaurar otras formas de vida centradas en la educación, la formación y combativa con la superstición y la desigualdad social.  Había que hacer tabla rasa y acabar con las prebendas eclesiásticas y aristocráticas. Estas ideas políticas se fraguaron entre tertulias,  bibliotecas de casinos y el nacimiento del periodismo. 

Cada nación, reitero, cumplió el objetivo con desigual fortuna. Mientras en Inglaterra se desarrolla el parlamentarismo y se crea un sistema educativo bastante universal, Francia camina hacia un estado laico y en España se da una involución con el reinado de Fernando VII que abre las puertas a guerras fratricidas que durarán por siglos incluso. A pesar de ello, la cultura del Neoclasicismo comienza a germinar en el urbanismo. En este sentido, se reforman las ciudades para hacerlas más saludables, se fomentan las academias y se organiza (aunque con éxito desigual) la alfabetización básica. El único país que llevó con extremado éxito la cultura del Neoclasicismo no solo a las artes sino a la política y a la sociedad éste fue Estados Unidos, a pesar de sus historias sangrientas posteriores.  

La cultura del Neoclasicismo no se entiende sin las excavaciones de Pompeya y Herculano  

Ni tampoco sin el Grand Tour. Vamos por partes. Si bien la literatura renacentista ya había recuperado los textos de la literatura griega y latina que habían pervivido a través de los libros medievales, ahora le toca el turno a las excavaciones arqueológicas. Se hacen prospecciones en Pompeya y Herculano, ambas detenidas en el tiempo por la erupción del Vesubio. Salen a la luz frescos, sobrios ejemplos de escultura romana (copiadas de los originales griegos), mosaicos e, incluso muebles, enseres y objetos de uso personal. Con ellos continúa el conocimiento de una sociedad pagana, de dioses que se mezclan con los humanos en sus sentimientos y pasiones. Y también (aunque con sus matices) un orden político basado en los valores republicanos. Todo esto alimenta los deseos de cambios en la esfera del poder.  

Además, todo este re-descubrimiento (iniciado en el Renacimiento recordemos) de la antigüedad pagana se alimenta con el Grand Tour. Era este un viaje casi iniciático por parte de la élite europea hacia tierras italianas. A veces, el periplo terminaba en Roma o Nápoles pero otros tenían la fortuna de poder continuar hacia Estambul e, incluso, hacia Egipto. El viaje era complicado y se necesitaba de bastante intendencia habida cuentas de que los caminos eran elementales y no existía apenas estructura hotelera. Sin embargo, la aventura compensaba con creces las incomodidades y el Grand Tour se siguió manteniendo durante buena parte del siglo XIX. Estos viajeros, cultos, formados y ricos volvían a sus países de origen con los ojos llenos de otra forma de vida. Y a través de diarios, dibujos y libros pusieron en valor una utópica forma de vida pasada.  

Los valores de la cultura neoclásica 

El racionalismo, el inicio de un proceso de fraternidad, el mirar hacia las necesidades de los pobres, la organización de un urbanismo mínimamente saludable impactaron positivamente en todos los estratos de la sociedad. Así, por nombrar únicamente un extremo, una de las características de la arquitectura neoclásica pone el foco en nuevos espacios ajenos a los palacios y las iglesias. Se crean academias, bulevares soleados, avenidas arboladas, parques procedentes de antiguos cotos de cazas aristocráticos o flamantes museos con las colecciones reales. Aunque el acceso público se hace con matices, ya es un paso hacia una universalización de la cultura que no llegará en Occidente hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, no podemos olvidar que las bases se pusieron con los ilustrados del siglo XVIII. 

Todo esto desemboca en un bagaje artístico alejado de los siglos anteriores en los que se busca la sobriedad, la sencillez, la elegancia y la serenidad. Por primera vez se habla de buen gusto, el que se contrapone a los excesos del arte barroco e instala unas reglas de obligado cumplimiento en todos los géneros. Una de las bases del nuevo arte es la que promueve el orden y la mesura. Si bien la literatua se encuentra con algunos escollos, ya que este tipo de virtudes casan regular con la creación en el campo de las letras. Quizás por eso se imponen los ensayos y los relatos en prosa satírica que ironizan contra el régimen social establecido. Mientras tanto, la escultura neoclásica compite con el afán constructivo que llena las ciudades de Europa y América de edificios civiles, grandes museos, academias, centros administrativos o políticos. No podemos olvidar que todas las artes buscan la sobriedad, la limpieza, la contención, la elegancia, el buen gusto mientras se alejan de rebuscamientos pasionales y excesivos.  

Esta cultura del Neoclasicismo basada en la mesura e inspirada en el mundo pagano de las civilizaciones clásicas quiso, a la par, acabar con la desigualdad extrema promoviendo la educación básica y la formación en oficios. Otra cosa es que lo consiguiera, pero sí ere el eje del ideario de los intelectuales que se propusieron un cambio radical en lo concerniente a lo artístico, social y político. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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