La arquitectura del Neoclasicismo

Arquitectura del Neoclasicismo

Arquitectura del Neoclasicismo

Candela Vizcaíno

  

Aunque nos encontramos ejemplos a principios del siglo XVIII (en Inglaterra y Francia sobre todo) la arquitectura del Neoclasicismo fue el estilo constructivo imperante desde mediados del siglo XVIII hasta principios del XIX (en Europa) y bien entrada la centuria (en América, especialmente en Estados Unidos). Sus modelos responden a una concepción moderna de la sociedad alejada de los mandatos de la iglesia y de los desmanes absolutistas de la monarquía. La arquitectura va de la mano del urbanismo, ya que se incorpora por primera vez grandes planeamientos. En esencia y resumiendo mucho, se busca la sobriedad, la elegancia, la sencillez, la comodidad y los espacios regulares (incluso fuertemente geométricos) con fuentes muy claras e, incluso, reconocidas: la arquitectura romana y griega. 

 

Bases artísticas y sociales para entender la arquitectura del Neoclasicismo

A mediados del siglo XVIII los desmanes de las décadas anteriores (en todos sus ámbitos) estallan por lo aires. Por un lado, tenemos como ejemplo del pasado a no seguir en Versalles. El palacio francés es la simbolización perfecta del estilo barroco con su gusto por el abigarramiento, la línea curva, la acumulación y la manifestación de poder extremo. Si la monarquía absoluta, alejada patológicamente del pueblo, tiene una clara representación artística, esta es Versalles. La Revolución Francesa, acaba, de golpe, con todo ello. Un nuevo período sangriento se abre y, tras él, la historia entra en el llamado Siglo de las Luces. Los modelos de la razón, el amor a la ciencia y a los métodos empíricos, el orden, la sobriedad y la elegancia serán los nuevos valores artísticos, educativos e, incluso, cívicos. Y bajo estos parámetros se levanta la arquitectura del Neoclasicismo.  

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Si Versalles era el modelo a no seguir y el que se intenta contrastar, el que se postula a imitar es el Panteón de Roma, en particular, y la arquitectura griega y romana en general. Estamos en la época de las excavaciones de Herculano y Pompeya, detenidas en el tiempo gracias a la lava del Vesubio. Ante los ojos europeos aparecen objetos domésticos, mobiliario, frescos y edificios casi intactos. Todo ello servirá como modelo para un arte decorativo que se materializará en objetos de todo tipo: telas, porcelana, vestuario, joyería… Por su parte, el Panteón de Roma, terminado bajo las órdenes de Adriano en el siglo II y que nunca acusó ruina total, será el modelo clásico a seguir. Su estructura circular con un pórtico con columnas rematado con un frontón se imita en iglesias (como la de la Magdalena de París) o edificios civiles (como el Mausoleo de Thomas Jefferson en Washington).

La arquitectura del Neoclasicismo busca la elegancia en la sobriedad (incluso en el minimalismo) y fía toda la fuerza a la creación de edificios geométricos, cuadriculados rodeados por columnas clásicas. Los frontones en triángulo se sitúan sobre puertas que dan cuenta por escrito del edificio que se traspasa o visita en los dinteles de las ventanas y en los huecos de ventilación. El orden se manifiesta en todos los elementos, creando estructuras en repetición. Hay un gusto especial por las filas de columnas, tal como es característica del arte griego. Se abandona la decoración superflua y las paredes se vuelven sencillas y lisas protagonizadas por la piedra o por el ladrillo. La búsqueda de los parámetros clásicos también se materializa en arcos de triunfos o en puertas de acceso a las grandes ciudades. Dos grandes ejemplos son la Puerta de Brandeburgo en Berlín o la Puerta de Alcalá en Madrid. 

Urbanismo y nuevos modelos sociales en la arquitectura del Neoclasicismo  

Si con anterioridad la construcción artística estaba centrada en levantar palacios, iglesias o catedrales, todo cambia a mediados del siglo XVIII y sus nuevos modelos políticos. La Revolución Francesa ensalza los valores democráticos (con sus reservas) y republicanos mientras en América comienzan a gestarse los movimientos independentistas que desembocarán en los nuevos estados modernos. La monarquía (incluso en Europa) va perdiendo poder en favor de parlamentarismo y, paralelamente, el espíritu ilustrado del Siglo de las Luces pone el foco en la formación y en la educación, incluso de todas las capas de la sociedad. Paralelamente, se realizan reformas educativas y universitarias para adaptar los planes curriculares a las nuevas necesidades sociales y al nuevo sentir cívico. 

Todo ello desemboca en la creación de teatros abiertos al público (como la Scala de Milán o la Fenice de Venecia), grandes museos a partir de las colecciones reales (entre ellos se encuentran el Museo del Louvre, el Museo del Prado de Madrid o el Museo Británico), academias (la de la lengua o de la historia españolas…), casinos, tertulias, edificios administrativos de hacienda o para la bolsa…  

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Paralelamente, se financian grandes proyectos urbanísticos cuya cota más ambiciosa la encontramos en la nueva Lisboa promovida por Pombal tras el terremoto del 1 de noviembre de 1755. Otro ejemplo es la reforma urbanística instigada por el rey Carlos III en Madrid con la creación de una red de saneamiento, alumbrado, parques, edificios públicos, avenidas arboladas… Las ciudades ya no se conciben como un laberinto desordenado de calles donde se apiñan las casas junto a iglesias o algún palacio sino que hay un plan racional y para todos. Ese para todos, por supuesto, hay que ponerlo con la salvedad de la época. Estas construcciones se levantan, en su gran mayoría, sobre solares vacíos y las guía el espíritu racional, el orden en su elementos, el recuerdo del pasado heroico clásico (que quiere mostrar un futuro prometedor), la sencillez y, por primera vez, la funcionalidad e, incluso, un atisbo de limpieza de la que carecían las ciudades occidentales. Si Lisboa es un ejemplo de las características de la arquitectura neoclásica (visible incluso en su línea de viviendas), otro es el Paseo del Prado de Madrid (ya declarado Patrimonio de la Humanidad). Aquí se levantan parques (como el Retiro) con sus arboledas ordenadas, un museo con las colecciones reales y siguiendo estos parámetros (el Prado), anchas avenidas, edificios civiles desconocidos hasta la fecha (como La Bolsa). A la par, se coloca el saneamiento y se hacen más seguras las calles y es el ejemplo más sublime del Neoclasicismo español.  

Fue el primer estilo arquitectónico común a toda América y a Europa 

Aunque el arte barroco tiene algunos ejemplos en los virreinatos españoles más antiguos (México y Perú), este no tiene el favor de los modelos de la arquitectura del Neoclasicismo, el cual se postula como favorito en esta parte de mundo. Ayuda en este éxito que coincide su auge con la independencia de los distintos territorios y, por tanto, aparecen nuevas fórmulas simbólicas alrededor del espíritu republicano y democrático. Y con estos llegan los conceptos de orden racional, amor por la ciencia, el empirismo, la comprobación… Se reniega de cualquier exceso y los edificios que se levantan de la nada responden a esa cosmovisión. En Sudamérica se diseñan los parlamentos o las sedes administrativas como la Casa de la Moneda de Santiago de Chile o el Capitolio Nacional de Colombia en Bogotá. 

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Y la arquitectura del Neoclasicismo llega hasta bien entrado el siglo XIX en Estados Unidos (especialmente en el eje este) con la creación de todos sus edificios civiles, políticos, administrativos y políticos. De esta línea, por poner algunos ejemplos, son el Congreso o la Casa Blanca. Y la ciudad de Washington (como décadas antes había sucedido con Lisboa) se levanta de la nada con un urbanismo racional, ordenado y con tintes heroicos a pesar de sus valores cívicos y republicanos. Prácticamente las grandes obras de la capital americana hasta las primeras décadas del siglo XX responden a este estilo. Y vamos a más, los primeros rascacielos aúnan las características del Neoclasicismo con las fórmulas del Art Decó. Es, por tanto, el modelo constructivo común a todo Occidente y en él se manifiestan los cambios sociales e históricos de la época.  

Independencia y nuevos modelos de representación 

La arquitectura del Neoclasicismo constituye, resumiendo mucho, la simbolización de los nuevos valores cívicos y sociales, alejados del eje tradicional monarquía-iglesia. Se busca, para ello, la armonía, el orden, la elegancia y la sobriedad de las construcciones clásicas que, por entonces, comenzaban a aflorar en forma de excavaciones controladas. El espíritu republicano y democrático se traduce en la proliferación de edificios civiles e, incluso, públicos donde se dan a conocer las obras de arte antes reservada a la élite aristocrática. Aparecen los primeros museos, las academias, las tertulias, bibliotecas públicas… Los proyectos buscan funcionalidad sin olvidar una representación. Y se incluye, en el urbanismo y en la arquitectura,  al estrato popular de la población. Aunque aún se siguen levantando iglesias o casas palaciegas, la mayoría de las construcciones responden a este concepto de avance, de progreso, de creencia positiva en la educación y la formación. Paralelamente, se ordenan algunas ciudades, las que se pueden porque hay un desarrollo hacia un espacio vacío (París, Madrid, Milán…) o porque han sido destruidas (Lisboa) o sencillamente porque se levantan prácticamente de la nada (Washington). Eso incluye parques públicos, alamedas, avenidas arboladas, saneamiento, iluminación… La estructura de algunas de ellas, como Buenos Aires, por poner un ejemplo, responde a este afán de apertura.  

Conforme va avanzando el siglo XIX, en Europa se abrazan otros modelos, aunque nunca se abandona este espíritu racionalista (otro ejemplo es el Ensanche de Barcelona) y los modelos de la arquitectura del Neoclasicismo se concentran en América del Norte, especialmente en Estados Unidos. En Europa sus caracteres siguen vigentes en una fórmula novedosa: los primeros centros comerciales. Aunque estos aúnan aspectos modernistas o del Art Decó, la base es neoclásica. Ahora se incorporan avances técnicos, como las cúpulas de cristal presentes, por poner otros ejemplos, en la Galería Víctor Manuel de Milán o en las Galerías Reales de Bruselas.

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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