Psicologia

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No podemos entender la noción de los arquetipos de Jung (1875-1961) sin hacer nuestro el concepto de símbolo. El símbolo ha sido utilizado desde la antigüedad más remota para describir, nombrar o hacer referencia a conceptos que no podemos entender del todo. Me refiero a las nociones religiosas, a los matices de los sentimientos, de las frustraciones o de las ansiedades de la raza humana. El símbolo, por tanto, está relacionado con el inconsciente colectivo, el individual y el espiritual propuesto por Víctor Frankl (1905-1997). 

Qué son los símbolos y cómo se manifiestan, antes de entrar en los arquetipos de Jung  

Hace referencia a una parte desconocida del ser humano, pero no, por ello, queda fuera de la psique: 

El símbolo actuará como algo que guarda homogeneidad con el espacio textual que lo rodea, como un mensajero de otras épocas culturales (=otras culturas), como un recordatorio de los fundamentos antiguos (=“eternos”) de la cultura. Por otra parte, el símbolo se correlaciona activamente con el contexto cultural, se transforma bajo su influencia y, a su vez, lo transforma. Su esencia invariante se realiza en las variantes. Precisamente en esos cambios a que es sometido el sentido “eterno” del símbolo en un contexto cultural dado, es lo que ese contexto pone de manifiesto de la manera más clara su mutabilidad.

Lotman: La semiosfera I. Semiótica de la cultura y del texto, Madrid, Cátedra, 1996, página 146 

El inconsciente se manifiesta con símbolos y estos se materializan en los sueños: 

Por regla general, el aspecto de cualquier suceso se nos revela en sueños, donde aparece no como un pensamiento racional sino como una imagen simbólica […] Los sueños son la fuente más frecuente y universalmente accesible para la investigación de la facultad simbolizadora del hombre.  

Jung: El hombre y sus símbolos, Madrid, Aguilar, 1966, páginas 23-25 

Es por lo que los sueños son difíciles de entender para el soñante mismo, por su saturación simbólica, por el alto número de imágenes cuyo contenido (sentido último) se ha perdido en la actualidad.  

Entonces, qué son los arquetipos de Jung  

En los sueños se producen símbolos individuales (que no pueden separarse del individuo que los sueña al integrarse en una sintaxis) y colectivos. Estos son manifestaciones espontáneas arraigadas en el espíritu general de la humanidad con una clara tendencia religiosa a los que Jung denominó arquetipos. Estos están implícitos en el adn de la raza humana. Los arquetipos son definidos por Jung con las siguientes palabras:  

No tienen origen conocido; y se producen en cualquier tiempo o en cualquier parte del mundo, aún cuando hay que rechazar la transmisión por descendencia directa o “fertilización cruda” mediante migración […] Y, a semejanza de los instintos, los modelos de pensamiento colectivo de la mente humana son innatos y heredados […] No podemos confundir los arquetipos con los complejos personales, pero mientras los complejos personales jamás producen más que una inclinación personal, los arquetipos crean mitos, religiones, filosofías que influyen y caracterizan naciones enteras y a épocas de la historia. Consideramos los complejos personales como compensaciones de la unilateralidad o defectuosidad de la conciencia; del mismo modo, los mitos de la naturaleza religiosa pueden interpretarse como una especie de terapia mental de los sufrimientos y angustias de la humanidad en general: hambre, guerra, enfermedad, vejez, muerte. 

Jung: Arquetipos e inconsciente colectivo, Barcelona, Paidós, 1994, páginas 69-79. 

La conciencia civilizadora se ha separado de sus impulsos básicos (arquetipos e inconsciente según Freud), pero los instintos no han desaparecido. La raza humana se reconoce escindida, dividida entre su razón y una parte oculta que no conoce y controla y, como consecuencia de ello, le es muy difícil encontrar la serenidad y la seguridad que se genera al saber que su propia vida tiene sentido. Tal como ha expuesto V. Frankl (1945), el hombre necesita saberse trascendente, no la mera marioneta de caprichosas fuerzas intangibles. Es esa búsqueda la que ocupa su mayor energía psíquica.  

Los símbolos religiosos frente a la noción de arquetipos de Jung y de V. Frankl  

Los símbolos religiosos, pues, tendrían por misión el encuentro del hombre con la trascendencia, con aquello que es invisible, pero, no por ello, menos real y necesario. Aunque Jung coloca la religiosidad en el mismo espacio que los impulsos y los instintos colectivos, V. Frankl, por su parte, matiza esta aseveración ya que desliga el afán de trascendencia de cualquier pulsión colectiva para situarla en el plano individual aunque, también, en el inconsciente. Para Jung la religiosidad forma parte del arquetipo colectivo. 

Frankl, sin embargo, considera que es lo más individual, lo más libre que existe ya que solo unos cuantos individuos de la raza humana se pregunta por estas cosas.  

Sin embargo, desde aquí afirmamos que de donde menos puede emerger la religiosidad del hombre es del inconsciente colectivo, precisamente porque la religión implica las decisiones más personales que puede tomar el hombre, aunque solo sea a un nivel inconsciente […] Desde nuestro punto de vista, en cambio, esta religiosidad inconsciente emerge del centro personal del ser individual, más que de la reserva de imágenes impersonales compartidas por toda la humanidad.

Frankl: El hombre en busca de sentido último, Barcelona, Paidós, 2004, páginas 86-87

Considera, entonces, que el pensamiento simbólico no es consustancial al ser humano. Es decir, no está en la estructura de la psique sino que estamos rodeados de símbolos y solo algunos individuos hacen un esfuerzo por acercarse a los mismos.  

Para recapitular, la diferencia más acuciante entre las tesis de Jung y Frankl estriba en la responsabilidad personal que este último dota a todos los actos humanos, mientras que para el primero los instintos y los arquetipos serán determinantes en cualquier conducta. Frankl no niega los postulados junguianos; al contrario, los incorpora a sus estudios. Lo que intenta es que se complementen. Esta psicología es bautizada por Frankl como de altura, en contraposición a la de Freud, Ardler y Jung que sería de las profundidades. 

La información que ofrecen los arquetipos según las teorías de Jung 

Por tanto, entendemos que el simbolismo es consustancial a la estructura psíquica humana y que conforma de manera esencial la forma de entender el mundo por parte del individuo. Por tanto, los símbolos forman parte del acervo universal conocido como inconsciente colectivo. Y este se manifiesta a través de arquetipos, imágenes comunes a toda la humanidad de cualquier espacio o lugar. Otra cosa muy distinta es el grado de aceptación y comprensión de estas imágenes por parte de una persona concreta. Habrá siempre una gradación que estará condicionada tanto a factores culturales y sociales como a los meramente individuales o de personalidad.  

Tenemos, pues, que tanto el mito (a nivel social o colectivo) como el sueño (a nivel individual) tienen ambos un papel sanador. Al igual que los ritos de los primitivos se dota de fines medicinales puesto que se encaminan a la unión del alma dividida de la comunidad. La actividad onírica, en el individuo concreto, actúa de la misma manera. El sueño, cuando se llega a entender y a asumir, puede ser un factor de reagrupamiento, de unión, entre consciente e inconsciente de la psique escindida del ser humano postmoderno. La salud, por tanto, vendrá con la integración e interacción de consciente e inconsciente. 

Y por último, Jung dota al inconsciente colectivo (y, por tanto, a su realización, a los arquetipos) y al individual de un carácter omnisciente que luego han negado escuelas posteriores como la de Víctor Frankl. Simplemente el inconsciente informa a la razón de datos y estructuras fundamentales para el entendimiento y la comprensión de la totalidad del espíritu. Es aquí donde entran los arquetipos para comunicar estructuras heredades y comunes a la humanidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Damos un repaso a los grandes hitos históricos y nos adentramos en todas las culturas que ha habido sobre el planeta Tierra. 

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No podemos entender la noción de los arquetipos de Jung (1875-1961) sin hacer nuestro el concepto de símbolo. El símbolo ha sido utilizado desde la antigüedad más remota para describir, nombrar o hacer referencia a conceptos que no podemos entender del todo. Me refiero a las nociones religiosas, a los matices de los sentimientos, de las frustraciones o de las ansiedades de la raza humana. El símbolo, por tanto, está relacionado con el inconsciente colectivo, el individual y el espiritual propuesto por Víctor Frankl (1905-1997). 

Qué son los símbolos y cómo se manifiestan, antes de entrar en los arquetipos de Jung  

Hace referencia a una parte desconocida del ser humano, pero no, por ello, queda fuera de la psique: 

El símbolo actuará como algo que guarda homogeneidad con el espacio textual que lo rodea, como un mensajero de otras épocas culturales (=otras culturas), como un recordatorio de los fundamentos antiguos (=“eternos”) de la cultura. Por otra parte, el símbolo se correlaciona activamente con el contexto cultural, se transforma bajo su influencia y, a su vez, lo transforma. Su esencia invariante se realiza en las variantes. Precisamente en esos cambios a que es sometido el sentido “eterno” del símbolo en un contexto cultural dado, es lo que ese contexto pone de manifiesto de la manera más clara su mutabilidad.

Lotman: La semiosfera I. Semiótica de la cultura y del texto, Madrid, Cátedra, 1996, página 146 

El inconsciente se manifiesta con símbolos y estos se materializan en los sueños: 

Por regla general, el aspecto de cualquier suceso se nos revela en sueños, donde aparece no como un pensamiento racional sino como una imagen simbólica […] Los sueños son la fuente más frecuente y universalmente accesible para la investigación de la facultad simbolizadora del hombre.  

Jung: El hombre y sus símbolos, Madrid, Aguilar, 1966, páginas 23-25 

Es por lo que los sueños son difíciles de entender para el soñante mismo, por su saturación simbólica, por el alto número de imágenes cuyo contenido (sentido último) se ha perdido en la actualidad.  

Entonces, qué son los arquetipos de Jung  

En los sueños se producen símbolos individuales (que no pueden separarse del individuo que los sueña al integrarse en una sintaxis) y colectivos. Estos son manifestaciones espontáneas arraigadas en el espíritu general de la humanidad con una clara tendencia religiosa a los que Jung denominó arquetipos. Estos están implícitos en el adn de la raza humana. Los arquetipos son definidos por Jung con las siguientes palabras:  

No tienen origen conocido; y se producen en cualquier tiempo o en cualquier parte del mundo, aún cuando hay que rechazar la transmisión por descendencia directa o “fertilización cruda” mediante migración […] Y, a semejanza de los instintos, los modelos de pensamiento colectivo de la mente humana son innatos y heredados […] No podemos confundir los arquetipos con los complejos personales, pero mientras los complejos personales jamás producen más que una inclinación personal, los arquetipos crean mitos, religiones, filosofías que influyen y caracterizan naciones enteras y a épocas de la historia. Consideramos los complejos personales como compensaciones de la unilateralidad o defectuosidad de la conciencia; del mismo modo, los mitos de la naturaleza religiosa pueden interpretarse como una especie de terapia mental de los sufrimientos y angustias de la humanidad en general: hambre, guerra, enfermedad, vejez, muerte. 

Jung: Arquetipos e inconsciente colectivo, Barcelona, Paidós, 1994, páginas 69-79. 

La conciencia civilizadora se ha separado de sus impulsos básicos (arquetipos e inconsciente según Freud), pero los instintos no han desaparecido. La raza humana se reconoce escindida, dividida entre su razón y una parte oculta que no conoce y controla y, como consecuencia de ello, le es muy difícil encontrar la serenidad y la seguridad que se genera al saber que su propia vida tiene sentido. Tal como ha expuesto V. Frankl (1945), el hombre necesita saberse trascendente, no la mera marioneta de caprichosas fuerzas intangibles. Es esa búsqueda la que ocupa su mayor energía psíquica.  

Los símbolos religiosos frente a la noción de arquetipos de Jung y de V. Frankl  

Los símbolos religiosos, pues, tendrían por misión el encuentro del hombre con la trascendencia, con aquello que es invisible, pero, no por ello, menos real y necesario. Aunque Jung coloca la religiosidad en el mismo espacio que los impulsos y los instintos colectivos, V. Frankl, por su parte, matiza esta aseveración ya que desliga el afán de trascendencia de cualquier pulsión colectiva para situarla en el plano individual aunque, también, en el inconsciente. Para Jung la religiosidad forma parte del arquetipo colectivo. 

Frankl, sin embargo, considera que es lo más individual, lo más libre que existe ya que solo unos cuantos individuos de la raza humana se pregunta por estas cosas.  

Sin embargo, desde aquí afirmamos que de donde menos puede emerger la religiosidad del hombre es del inconsciente colectivo, precisamente porque la religión implica las decisiones más personales que puede tomar el hombre, aunque solo sea a un nivel inconsciente […] Desde nuestro punto de vista, en cambio, esta religiosidad inconsciente emerge del centro personal del ser individual, más que de la reserva de imágenes impersonales compartidas por toda la humanidad.

Frankl: El hombre en busca de sentido último, Barcelona, Paidós, 2004, páginas 86-87

Considera, entonces, que el pensamiento simbólico no es consustancial al ser humano. Es decir, no está en la estructura de la psique sino que estamos rodeados de símbolos y solo algunos individuos hacen un esfuerzo por acercarse a los mismos.  

Para recapitular, la diferencia más acuciante entre las tesis de Jung y Frankl estriba en la responsabilidad personal que este último dota a todos los actos humanos, mientras que para el primero los instintos y los arquetipos serán determinantes en cualquier conducta. Frankl no niega los postulados junguianos; al contrario, los incorpora a sus estudios. Lo que intenta es que se complementen. Esta psicología es bautizada por Frankl como de altura, en contraposición a la de Freud, Ardler y Jung que sería de las profundidades. 

La información que ofrecen los arquetipos según las teorías de Jung 

Por tanto, entendemos que el simbolismo es consustancial a la estructura psíquica humana y que conforma de manera esencial la forma de entender el mundo por parte del individuo. Por tanto, los símbolos forman parte del acervo universal conocido como inconsciente colectivo. Y este se manifiesta a través de arquetipos, imágenes comunes a toda la humanidad de cualquier espacio o lugar. Otra cosa muy distinta es el grado de aceptación y comprensión de estas imágenes por parte de una persona concreta. Habrá siempre una gradación que estará condicionada tanto a factores culturales y sociales como a los meramente individuales o de personalidad.  

Tenemos, pues, que tanto el mito (a nivel social o colectivo) como el sueño (a nivel individual) tienen ambos un papel sanador. Al igual que los ritos de los primitivos se dota de fines medicinales puesto que se encaminan a la unión del alma dividida de la comunidad. La actividad onírica, en el individuo concreto, actúa de la misma manera. El sueño, cuando se llega a entender y a asumir, puede ser un factor de reagrupamiento, de unión, entre consciente e inconsciente de la psique escindida del ser humano postmoderno. La salud, por tanto, vendrá con la integración e interacción de consciente e inconsciente. 

Y por último, Jung dota al inconsciente colectivo (y, por tanto, a su realización, a los arquetipos) y al individual de un carácter omnisciente que luego han negado escuelas posteriores como la de Víctor Frankl. Simplemente el inconsciente informa a la razón de datos y estructuras fundamentales para el entendimiento y la comprensión de la totalidad del espíritu. Es aquí donde entran los arquetipos para comunicar estructuras heredades y comunes a la humanidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Antes de adentrarnos en la definición de inconsciente colectivo propuesta por C.G. Jung (1875-1961) tenemos que acotar el concepto de inconsciente a secas. 

Inconsciente y subconsciente  

Cuando nos referimos a inconsciente tenemos que recordar que este espacio de la psique va mucho más allá que el termino subconsciente propuesto por Freud. No entendemos el inconsciente como una especie de desván o de sótano oscuro donde conviven y pugnan los deseos reprimidos y no satisfechos. Aceptamos el término tal como lo entendió Carl Gustav Jung, el cual distingue entre el inconsciente personal fruto de la biografía individual y el inconsciente colectivo, el que estaría conformado por estructuras de raigambre mítica y de origen genético, ancladas en el pensamiento simbólico.  

Inconsciente individual versus inconsciente colectivo 

El inconsciente está formado por los anhelos no realizados pero, también, por algo más. Es un conjunto de ideas, instintos y pensamientos desconocidos para la conciencia. Jung relaciona la formación de la psique con las estructuras sociales de los pueblos primitivos regidos por ideas de corte mítico y llega a la conclusión de que, al igual que a nivel físico conservamos remanentes de estadios evolutivos pasados, en la mente, también, se encuentran formaciones arcaicas olvidadas a nivel consciente pero plenamente operativas a nivel inconsciente. A estos moldes psicológicos los denomina arquetipos, la base del inconsciente colectivo. 

Designa contenidos psíquicos no sometidos a elaboración consciente alguna, y representa un dato psíquico todavía inmediato.

C. G. Jung:  Arquetipos e inconsciente colectivo. Barcelona, Paidós, página 11 

Él mismo reconoce el origen filosófico y médico de su propuesta. Se remonta a Platón con la parábola de la caverna, para continuar con los estudios de Adolf Bastian, Hubert y Gauss, Herman Usencer y el concepto de inconsciente según Freud. Por su parte, el padre de la psicología moderna ya apuntó esta formación psíquica a la que denominó “remanente arcaico” en la obra de referencia La interpretación de los sueños.   

Definición de inconsciente colectivo  

Tomamos prestada por ser impecable la denominación de von Franz, uno de los discípulos de C. G. Jung recogida en la obra El hombre y sus símbolos (edición española de 1966, página 304): 

Pero las fuerzas del inconsciente aparecen con mayor frecuencia, no en el material clínico sino también en el mitológico, religioso artístico y todas las demás actividades culturales con las que se expresa el hombre. Evidentemente, si todos los hombres tienen heredadas en común normas de conducta emotiva y mental (que Jung llamó arquetipos) es de esperar que encontremos sus productos (fantasías simbólicas, pensamientos y actos) prácticamente en todo campo de actividad humana. 

Así, cuando entendemos qué son los mitos (esos relatos en los que se da explicación en clave simbólica tanto a lo que preocupa a la humanidad como a lo que permite la trascendencia) nos sumergimos en el inconsciente colectivo. Es esto aquello oculto a la psique común a todos los pueblos y a todas las épocas que nos aporta una explicación tanto de nuestra finitud como de nuestra grandeza. En este sentido, además, diversos grupos artísticos (especialmente el surrealismo o el dadaísmo e, incluso, el informalismo) se nutre de este conocimiento para levantar sus obras. 

Más allá del inconsciente colectivo: el inconsciente espiritual de V. Frankl  

Posteriormente, en el último tercio del siglo XX, el representante de la tercera escuela vienesa y superviviente de los horrores del nazismo, Víctor E. Frankl (1905-1997), no puede conformarse con aceptar un inconsciente colectivo general, común a la humanidad y genético. Amplía, por tanto, la noción hacia lo que él mismo denomina inconsciente espiritual. Si bien acepta la existencia de estructuras arcaicas, de unos moldes heredados en la psique, defiende un estadio de evolución avanzado al que denomina “inconsciente espiritual”. Este se activaría por medio una fuerte conciencia de libertad individual completado, posteriormente, con un compromiso por decidir por uno mismo. Sobre estas teorías filosóficas se sustentan las modernas escuelas psicológicas que quieren dar salida a dolor anímico de todo tipo y desenredar los potentes desencuentros vitales propios de la sociedad postmoderna.  

Cómo funciona el inconsciente colectivo e individual  

Los mecanismos por los que se manifiesta el inconsciente no pueden asemejarse a los de la conciencia. Por un lado, las historias (tanto ficticias, como científicas o cotidianas) relatadas por la mente consciente tienen un principio, un desarrollo y un final. Nada de eso ocurre en el inconsciente, ya que cuando este se manifiesta lo hace con ideas hilvanadas de forma inconexa y sin significado aparente para el propio individuo. El inconsciente elige, como forma preeminente para manifestarse, todas las estructuras de carácter onírico; esto es, perteneciente a los sueños.  

Es en los sueños donde, de manera especial, aflora el inconsciente pero este, al contrario de lo que sucede con los procesos conscientes, utiliza elementos impregnados de un fuerte carácter simbólico. Los sueños se estructuran mediante símbolos presentes a nivel consciente. Y esto es debido a la pervivencia del arquetipo, base para el inconsciente colectivo. El problema llega a la hora de poder descifrarlos, ya que la lengua de los sueños y de los símbolos ha sido olvidada por el individuo occidental contemporáneo. Si bien perdura en algunas manifestaciones cuasi folclóricas de distintos pueblos, desde la cultura del Neoclasicismo imperante en Occidente desde el siglo XVIII y su encumbramiento de la razón, esta lengua ha sido relegada y olvidada a nivel consciente.  

Por tanto, la sintaxis onírica -la que resulta de unir en un relato los distintos símbolos- se organiza mediante imágenes impregnadas de un fuerte componente mítico. La consecuencia de todo es que, para el individuo que no sabe, no quiere o no puede enfrentarse a los mensajes provenientes de los sueños especialmente pero también de leyendas orales y ritos de paso, estos se encadenan y se enlazan sin significado aparente.  

Entendiendo los símbolos naturales y culturales para comprender el inconsciente colectivo  

Jung distingue entre símbolos naturales y culturales. Los primeros provienen del inconsciente colectivo. Los culturales son los que han pasado por transformaciones e, incluso, por algún tipo de desarrollo racional antes de ser adoptado por una sociedad concreta. El hacerse racional ha llevado a la humanidad a perder parte importante de su propia esencia y, por tanto, a no saber dónde está la verdad, ya que no puede percibir en su totalidad la realidad que le rodea. Por tanto, el individuo occidental de los últimos siglos se encuentra desgajado, perdido y cada vez más vulnerable al no entender lo que le sucede. Y, lo que es más inquietante, conforme la humanidad se va sumergiendo en la idolatría hacia la técnica última,  en la misma proporción, va perdiendo las pocas respuestas que le quedaban en un sentido vital que le sea satisfactorio. 

Esa enorme pérdida se compensa con los símbolos de nuestros sueños. Nos traen nuestra naturaleza originaria: sus instintos y pensamiento peculiares. Sin embargo, por desgracia, expresan sus contenidos en el lenguaje de la naturaleza, que no es extraña e incomprensible. 

C.G. Jung: El hombre y sus símbolos, edición española de 1966, página 95  

El proceso de individuación solo es posible con el conocimiento del lenguaje del inconsciente colectivo 

La lengua de los sueños (sustentada en la información que aporta el inconsciente colectivo), por tanto, tienen una función en la vida psíquica del soñante. Y esta es, nada más y nada menos, que encaminarle hacia lo que Jung denominó “proceso de individuación”. Esto es,  abre el camino hacia el encuentro con el “self” o el “sí mismo” o, en otras palabras, hacia la unión con el desgajamiento y desgarramiento producido por el desconocimiento y la no aceptación del inconsciente tanto el individual como colectivo, ya que el espiritual requiere de un proceso de maduración emocional. Tenemos, pues, que los sueños tienen una función primordial y fundamental en la salud psíquica -e, incluso, física- del individuo contemporáneo porque restaura la unidad perdida por el entrenamiento desenfrenado de la razón desde el llamado Siglo de las Luces.  

El “sí mismo” es conocido por los llamados pueblos primitivos. Los griegos lo denominaban daimon y los romanos genius. El “sí mismo” es el centro del espíritu distinto a la conciencia. Es el regulador de la personalidad y se identifica con la totalidad de la psique. El “sí mismo”. Puede emerger totalmente si el individuo trabaja con el mensaje que aporta el inconsciente colectivo y lo lleva a su conciencia asumiendo tanto lo negativo como lo positivo. Esto es, solo con un trabajo interior se llega a la unión del inconsciente con el consciente que representa el “sí mismo”. De lo contrario, puede ser aplastado por el ego, con lo que el individuo quedará completamente escindido. Y esto se produce porque quedan desgajadas y apartadas las partes luminosas de las oscuras. El camino que lleva hasta el “sí mismo” es el que se conoce como proceso de individuación.  V. Frankl lleva el concepto hacia otro estadio. Promulga que el individuo debe tener un diálogo auténtico y valiente con él para alcanzar la verdadera trascendencia. 

Por eso, en las últimas décadas, el individuo occidental que pretenda bucear en el conocimiento que otorga el inconsciente colectivo solo tiene la opción de la terapia psicológica o, en su defecto, debe sumergirse en el estudio a fondo de los símbolos con los que están conformados sueños, leyendas y obras de arte. Únicamente con este camino podrá encontrar un sentido trascendente (y, por tanto, importante) a lo sueños, a las leyendas y a algunas manifestaciones artísticas que se sustentan sobre este modo de conocer el mundo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Damos un repaso a los grandes hitos históricos y nos adentramos en todas las culturas que ha habido sobre el planeta Tierra. 

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Antes de adentrarnos en la definición de inconsciente colectivo propuesta por C.G. Jung (1875-1961) tenemos que acotar el concepto de inconsciente a secas. 

Inconsciente y subconsciente  

Cuando nos referimos a inconsciente tenemos que recordar que este espacio de la psique va mucho más allá que el termino subconsciente propuesto por Freud. No entendemos el inconsciente como una especie de desván o de sótano oscuro donde conviven y pugnan los deseos reprimidos y no satisfechos. Aceptamos el término tal como lo entendió Carl Gustav Jung, el cual distingue entre el inconsciente personal fruto de la biografía individual y el inconsciente colectivo, el que estaría conformado por estructuras de raigambre mítica y de origen genético, ancladas en el pensamiento simbólico.  

Inconsciente individual versus inconsciente colectivo 

El inconsciente está formado por los anhelos no realizados pero, también, por algo más. Es un conjunto de ideas, instintos y pensamientos desconocidos para la conciencia. Jung relaciona la formación de la psique con las estructuras sociales de los pueblos primitivos regidos por ideas de corte mítico y llega a la conclusión de que, al igual que a nivel físico conservamos remanentes de estadios evolutivos pasados, en la mente, también, se encuentran formaciones arcaicas olvidadas a nivel consciente pero plenamente operativas a nivel inconsciente. A estos moldes psicológicos los denomina arquetipos, la base del inconsciente colectivo. 

Designa contenidos psíquicos no sometidos a elaboración consciente alguna, y representa un dato psíquico todavía inmediato.

C. G. Jung:  Arquetipos e inconsciente colectivo. Barcelona, Paidós, página 11 

Él mismo reconoce el origen filosófico y médico de su propuesta. Se remonta a Platón con la parábola de la caverna, para continuar con los estudios de Adolf Bastian, Hubert y Gauss, Herman Usencer y el concepto de inconsciente según Freud. Por su parte, el padre de la psicología moderna ya apuntó esta formación psíquica a la que denominó “remanente arcaico” en la obra de referencia La interpretación de los sueños.   

Definición de inconsciente colectivo  

Tomamos prestada por ser impecable la denominación de von Franz, uno de los discípulos de C. G. Jung recogida en la obra El hombre y sus símbolos (edición española de 1966, página 304): 

Pero las fuerzas del inconsciente aparecen con mayor frecuencia, no en el material clínico sino también en el mitológico, religioso artístico y todas las demás actividades culturales con las que se expresa el hombre. Evidentemente, si todos los hombres tienen heredadas en común normas de conducta emotiva y mental (que Jung llamó arquetipos) es de esperar que encontremos sus productos (fantasías simbólicas, pensamientos y actos) prácticamente en todo campo de actividad humana. 

Así, cuando entendemos qué son los mitos (esos relatos en los que se da explicación en clave simbólica tanto a lo que preocupa a la humanidad como a lo que permite la trascendencia) nos sumergimos en el inconsciente colectivo. Es esto aquello oculto a la psique común a todos los pueblos y a todas las épocas que nos aporta una explicación tanto de nuestra finitud como de nuestra grandeza. En este sentido, además, diversos grupos artísticos (especialmente el surrealismo o el dadaísmo e, incluso, el informalismo) se nutre de este conocimiento para levantar sus obras. 

Más allá del inconsciente colectivo: el inconsciente espiritual de V. Frankl  

Posteriormente, en el último tercio del siglo XX, el representante de la tercera escuela vienesa y superviviente de los horrores del nazismo, Víctor E. Frankl (1905-1997), no puede conformarse con aceptar un inconsciente colectivo general, común a la humanidad y genético. Amplía, por tanto, la noción hacia lo que él mismo denomina inconsciente espiritual. Si bien acepta la existencia de estructuras arcaicas, de unos moldes heredados en la psique, defiende un estadio de evolución avanzado al que denomina “inconsciente espiritual”. Este se activaría por medio una fuerte conciencia de libertad individual completado, posteriormente, con un compromiso por decidir por uno mismo. Sobre estas teorías filosóficas se sustentan las modernas escuelas psicológicas que quieren dar salida a dolor anímico de todo tipo y desenredar los potentes desencuentros vitales propios de la sociedad postmoderna.  

Cómo funciona el inconsciente colectivo e individual  

Los mecanismos por los que se manifiesta el inconsciente no pueden asemejarse a los de la conciencia. Por un lado, las historias (tanto ficticias, como científicas o cotidianas) relatadas por la mente consciente tienen un principio, un desarrollo y un final. Nada de eso ocurre en el inconsciente, ya que cuando este se manifiesta lo hace con ideas hilvanadas de forma inconexa y sin significado aparente para el propio individuo. El inconsciente elige, como forma preeminente para manifestarse, todas las estructuras de carácter onírico; esto es, perteneciente a los sueños.  

Es en los sueños donde, de manera especial, aflora el inconsciente pero este, al contrario de lo que sucede con los procesos conscientes, utiliza elementos impregnados de un fuerte carácter simbólico. Los sueños se estructuran mediante símbolos presentes a nivel consciente. Y esto es debido a la pervivencia del arquetipo, base para el inconsciente colectivo. El problema llega a la hora de poder descifrarlos, ya que la lengua de los sueños y de los símbolos ha sido olvidada por el individuo occidental contemporáneo. Si bien perdura en algunas manifestaciones cuasi folclóricas de distintos pueblos, desde la cultura del Neoclasicismo imperante en Occidente desde el siglo XVIII y su encumbramiento de la razón, esta lengua ha sido relegada y olvidada a nivel consciente.  

Por tanto, la sintaxis onírica -la que resulta de unir en un relato los distintos símbolos- se organiza mediante imágenes impregnadas de un fuerte componente mítico. La consecuencia de todo es que, para el individuo que no sabe, no quiere o no puede enfrentarse a los mensajes provenientes de los sueños especialmente pero también de leyendas orales y ritos de paso, estos se encadenan y se enlazan sin significado aparente.  

Entendiendo los símbolos naturales y culturales para comprender el inconsciente colectivo  

Jung distingue entre símbolos naturales y culturales. Los primeros provienen del inconsciente colectivo. Los culturales son los que han pasado por transformaciones e, incluso, por algún tipo de desarrollo racional antes de ser adoptado por una sociedad concreta. El hacerse racional ha llevado a la humanidad a perder parte importante de su propia esencia y, por tanto, a no saber dónde está la verdad, ya que no puede percibir en su totalidad la realidad que le rodea. Por tanto, el individuo occidental de los últimos siglos se encuentra desgajado, perdido y cada vez más vulnerable al no entender lo que le sucede. Y, lo que es más inquietante, conforme la humanidad se va sumergiendo en la idolatría hacia la técnica última,  en la misma proporción, va perdiendo las pocas respuestas que le quedaban en un sentido vital que le sea satisfactorio. 

Esa enorme pérdida se compensa con los símbolos de nuestros sueños. Nos traen nuestra naturaleza originaria: sus instintos y pensamiento peculiares. Sin embargo, por desgracia, expresan sus contenidos en el lenguaje de la naturaleza, que no es extraña e incomprensible. 

C.G. Jung: El hombre y sus símbolos, edición española de 1966, página 95  

El proceso de individuación solo es posible con el conocimiento del lenguaje del inconsciente colectivo 

La lengua de los sueños (sustentada en la información que aporta el inconsciente colectivo), por tanto, tienen una función en la vida psíquica del soñante. Y esta es, nada más y nada menos, que encaminarle hacia lo que Jung denominó “proceso de individuación”. Esto es,  abre el camino hacia el encuentro con el “self” o el “sí mismo” o, en otras palabras, hacia la unión con el desgajamiento y desgarramiento producido por el desconocimiento y la no aceptación del inconsciente tanto el individual como colectivo, ya que el espiritual requiere de un proceso de maduración emocional. Tenemos, pues, que los sueños tienen una función primordial y fundamental en la salud psíquica -e, incluso, física- del individuo contemporáneo porque restaura la unidad perdida por el entrenamiento desenfrenado de la razón desde el llamado Siglo de las Luces.  

El “sí mismo” es conocido por los llamados pueblos primitivos. Los griegos lo denominaban daimon y los romanos genius. El “sí mismo” es el centro del espíritu distinto a la conciencia. Es el regulador de la personalidad y se identifica con la totalidad de la psique. El “sí mismo”. Puede emerger totalmente si el individuo trabaja con el mensaje que aporta el inconsciente colectivo y lo lleva a su conciencia asumiendo tanto lo negativo como lo positivo. Esto es, solo con un trabajo interior se llega a la unión del inconsciente con el consciente que representa el “sí mismo”. De lo contrario, puede ser aplastado por el ego, con lo que el individuo quedará completamente escindido. Y esto se produce porque quedan desgajadas y apartadas las partes luminosas de las oscuras. El camino que lleva hasta el “sí mismo” es el que se conoce como proceso de individuación.  V. Frankl lleva el concepto hacia otro estadio. Promulga que el individuo debe tener un diálogo auténtico y valiente con él para alcanzar la verdadera trascendencia. 

Por eso, en las últimas décadas, el individuo occidental que pretenda bucear en el conocimiento que otorga el inconsciente colectivo solo tiene la opción de la terapia psicológica o, en su defecto, debe sumergirse en el estudio a fondo de los símbolos con los que están conformados sueños, leyendas y obras de arte. Únicamente con este camino podrá encontrar un sentido trascendente (y, por tanto, importante) a lo sueños, a las leyendas y a algunas manifestaciones artísticas que se sustentan sobre este modo de conocer el mundo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Ensayo sobre el concepto, definición y alcance del concepto inconsciente propuesto por Sigmund Freud, padre de la psicología moderna. 

Antes del desarrollo de la moderna psicología inaugurada por Sigmund Freud (1856-1939), el ser humano era entendido cromo una entidad completa, con una personalidad única y sin fisuras. A partir de los estudios psicoanalíticos, esta idea se derrumbó por completo. El hombre comienza a entreverse, ante todo, como un ser fragmentado y escindido entre sus deseos y las imposiciones del mundo alrededor, cuando no entre su inconsciente y su consciente. Es esta última división de la psique humana la que será estudiada, analizada y recreada tanto en los estudios médicos como en las manifestaciones artísticas del siglo XX (especialmente entre los representantes del surrealismo y del dadaísmo). La semilla del término inconsciente según Freud (que luego vendrán otros estudios para matizar el término) está ya puesta nada más comenzar el siglo XX.  

Cuando dejó de aceptarse la razón como el único motor del cerebro humano, comenzaron a sucederse una serie de experimentos analíticos tendentes a un mayor entendimiento del funcionamiento mental, tanto de las personas sanas como de aquellas consideradas enfermas. En el campo de la psicología comienza a instaurarse paulatinamente la idea de que existen fuerzas, elementos o condicionantes ocultos, inherentes al mecanismo de comprensión y, por extensión, moldeadores del comportamiento tanto de la psique individual como de la colectiva.  

Los sueños y el papel del inconsciente según Freud 

En este sentido, en la inaugurales investigaciones freudianas, ya se pone en evidencia que una serie de estructuras arcaicas supervivientes y de deseos reprimidos desconocidos para el individuo forman parte del comportamiento, de la personalidad y de los sentimientos de cualquier ser humano. Los análisis médicos y la ingente cantidad de experimentos en esta línea corroboran casi desde el principio, estas teorías. Así, a partir del año 1900 -con la publicación de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud-, cualquier estudio sobre la mente y sus desórdenes no puede obviar la existencia del inconsciente. El inconsciente según Freud lo conforma la parte oculta y desconocida de la psique. Por tanto, la realidad deja de ser lo que la razón y los sentidos nos dicen que es y ésta se amplia hacia campos no explorados hasta entonces. Nos encontramos, pues, que la nueva psicología inaugura y pone nombre a un terreno, hasta ese momento, anónimo y, por tanto, ignoto para el individuo. Nos hallamos ante una teoría o un descubrimiento de altos vuelos, una idea que va siendo paulatinamente aceptada -desde un rechazo inicial- y va calando en las esferas no solo de la práctica médica sino también de las manifestaciones humanísticas devenidas con posterioridad.  

Definición de inconsciente según Freud  

Estamos ante el inconsciente, ante un terreno oscuro para el mismo hombre, un espacio fundamental, puesto que es el causante de nuestra percepción no solo de las cosas de nuestro alrededor sino también de nuestro lugar en el universo, en definitiva, de nuestro concepto de realidad y verdad.  

Los límites del inconsciente son resbaladizos. Se mueve entre los deseos reprimidos o insatisfechos y ciertas estructuras heredadas de carácter mítico, allí donde se sustenta el pensamiento simbólico. En principio, la conciencia se resiste a comprender y a aceptar los mensajes del inconsciente. Y esto es así porque en la gran mayoría de los casos esa información es sentida por el individuo como insoportablemente dolorosa. Es por lo que la psique tiende a apartar de sí la voz del inconsciente y, en cambio, se aferra a los postulados de la razón, más fáciles de entender y manejar. Es unánime la opinión entre los psicoanalistas clásicos (Freud, Jung, Frankl y sus respectivos discípulos) sobre las consecuencias de esa negación de una porción fundamental de la totalidad psíquica. Así, por la cantidad y la trascendencia de información que posee, al ser rechazados los mensajes del inconsciente, la psique arrastra al hombre hacia el desgarramiento, hacia el dolor anímico y, en último extremo, hacia la enfermedad. 

La relación entre el inconsciente y el misoneísmo 

Esto es así porque la conciencia de cualquier persona y en cualquier circunstancia sufre de misoneísmo. El misoneísmo puede definirse como miedo supersticioso a la novedad o, más bien, a lo desconocido. El hombre tiene miedo de lo que no sabe, de lo que encuentra más allá de los límites del mundo conocido y ese mundo conocido puede ser el meramente físico y topográfico o el de su interior. El fenómeno, en un principio, caracterizado como propio de los llamados pueblos primitivos, no es exclusivo de tribus desinformadas y ancladas en la superstición. Es, con ciertas salvedades individuales, aplicable a cualquier persona y se produce, también, en el ser humano occidental abrumado por postulados posmodernos. Como he apuntado anteriormente, este rechazo a aceptar lo nuevo no solo se refiere a lo que viene de fuera sino también a lo que llega desde el propio interior, el cual puede ser tan extraño y ajeno como lo que proviene de fuera. 

A modo de resumen… 

Tenemos, pues, que en los albores del siglo XX, la realidad no se percibe únicamente como lo que llega del consciente y la razón, sino también aquello que llega del inconsciente y que, en la gran mayoría de las ocasiones, modifica el comportamiento y la visión que del mundo tiene el ser humano sin ni siquiera alcanzar a saberlo. La percepción de la realidad está moldeada por pensamientos inconscientes que escapan a la razón. Así, la verdad individual no es toda la verdad que percibe y que procesa racionalmente sino también aquella oculta en la mente.  En palabras de Carl Gustav Jung:  

El hombre, como nos damos cuenta si reflexionamos un momento, jamás percibe cosa alguna por entero o la comprende completamente […] Además, hay aspectos inconscientes de nuestra percepción de la realidad.

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Damos un repaso a los grandes hitos históricos y nos adentramos en todas las culturas que ha habido sobre el planeta Tierra. 

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Ensayo sobre el concepto, definición y alcance del concepto inconsciente propuesto por Sigmund Freud, padre de la psicología moderna. 

Antes del desarrollo de la moderna psicología inaugurada por Sigmund Freud (1856-1939), el ser humano era entendido cromo una entidad completa, con una personalidad única y sin fisuras. A partir de los estudios psicoanalíticos, esta idea se derrumbó por completo. El hombre comienza a entreverse, ante todo, como un ser fragmentado y escindido entre sus deseos y las imposiciones del mundo alrededor, cuando no entre su inconsciente y su consciente. Es esta última división de la psique humana la que será estudiada, analizada y recreada tanto en los estudios médicos como en las manifestaciones artísticas del siglo XX (especialmente entre los representantes del surrealismo y del dadaísmo). La semilla del término inconsciente según Freud (que luego vendrán otros estudios para matizar el término) está ya puesta nada más comenzar el siglo XX.  

Cuando dejó de aceptarse la razón como el único motor del cerebro humano, comenzaron a sucederse una serie de experimentos analíticos tendentes a un mayor entendimiento del funcionamiento mental, tanto de las personas sanas como de aquellas consideradas enfermas. En el campo de la psicología comienza a instaurarse paulatinamente la idea de que existen fuerzas, elementos o condicionantes ocultos, inherentes al mecanismo de comprensión y, por extensión, moldeadores del comportamiento tanto de la psique individual como de la colectiva.  

Los sueños y el papel del inconsciente según Freud 

En este sentido, en la inaugurales investigaciones freudianas, ya se pone en evidencia que una serie de estructuras arcaicas supervivientes y de deseos reprimidos desconocidos para el individuo forman parte del comportamiento, de la personalidad y de los sentimientos de cualquier ser humano. Los análisis médicos y la ingente cantidad de experimentos en esta línea corroboran casi desde el principio, estas teorías. Así, a partir del año 1900 -con la publicación de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud-, cualquier estudio sobre la mente y sus desórdenes no puede obviar la existencia del inconsciente. El inconsciente según Freud lo conforma la parte oculta y desconocida de la psique. Por tanto, la realidad deja de ser lo que la razón y los sentidos nos dicen que es y ésta se amplia hacia campos no explorados hasta entonces. Nos encontramos, pues, que la nueva psicología inaugura y pone nombre a un terreno, hasta ese momento, anónimo y, por tanto, ignoto para el individuo. Nos hallamos ante una teoría o un descubrimiento de altos vuelos, una idea que va siendo paulatinamente aceptada -desde un rechazo inicial- y va calando en las esferas no solo de la práctica médica sino también de las manifestaciones humanísticas devenidas con posterioridad.  

Definición de inconsciente según Freud  

Estamos ante el inconsciente, ante un terreno oscuro para el mismo hombre, un espacio fundamental, puesto que es el causante de nuestra percepción no solo de las cosas de nuestro alrededor sino también de nuestro lugar en el universo, en definitiva, de nuestro concepto de realidad y verdad.  

Los límites del inconsciente son resbaladizos. Se mueve entre los deseos reprimidos o insatisfechos y ciertas estructuras heredadas de carácter mítico, allí donde se sustenta el pensamiento simbólico. En principio, la conciencia se resiste a comprender y a aceptar los mensajes del inconsciente. Y esto es así porque en la gran mayoría de los casos esa información es sentida por el individuo como insoportablemente dolorosa. Es por lo que la psique tiende a apartar de sí la voz del inconsciente y, en cambio, se aferra a los postulados de la razón, más fáciles de entender y manejar. Es unánime la opinión entre los psicoanalistas clásicos (Freud, Jung, Frankl y sus respectivos discípulos) sobre las consecuencias de esa negación de una porción fundamental de la totalidad psíquica. Así, por la cantidad y la trascendencia de información que posee, al ser rechazados los mensajes del inconsciente, la psique arrastra al hombre hacia el desgarramiento, hacia el dolor anímico y, en último extremo, hacia la enfermedad. 

La relación entre el inconsciente y el misoneísmo 

Esto es así porque la conciencia de cualquier persona y en cualquier circunstancia sufre de misoneísmo. El misoneísmo puede definirse como miedo supersticioso a la novedad o, más bien, a lo desconocido. El hombre tiene miedo de lo que no sabe, de lo que encuentra más allá de los límites del mundo conocido y ese mundo conocido puede ser el meramente físico y topográfico o el de su interior. El fenómeno, en un principio, caracterizado como propio de los llamados pueblos primitivos, no es exclusivo de tribus desinformadas y ancladas en la superstición. Es, con ciertas salvedades individuales, aplicable a cualquier persona y se produce, también, en el ser humano occidental abrumado por postulados posmodernos. Como he apuntado anteriormente, este rechazo a aceptar lo nuevo no solo se refiere a lo que viene de fuera sino también a lo que llega desde el propio interior, el cual puede ser tan extraño y ajeno como lo que proviene de fuera. 

A modo de resumen… 

Tenemos, pues, que en los albores del siglo XX, la realidad no se percibe únicamente como lo que llega del consciente y la razón, sino también aquello que llega del inconsciente y que, en la gran mayoría de las ocasiones, modifica el comportamiento y la visión que del mundo tiene el ser humano sin ni siquiera alcanzar a saberlo. La percepción de la realidad está moldeada por pensamientos inconscientes que escapan a la razón. Así, la verdad individual no es toda la verdad que percibe y que procesa racionalmente sino también aquella oculta en la mente.  En palabras de Carl Gustav Jung:  

El hombre, como nos damos cuenta si reflexionamos un momento, jamás percibe cosa alguna por entero o la comprende completamente […] Además, hay aspectos inconscientes de nuestra percepción de la realidad.

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Nos adentramos en la compresión del mito de Narciso, el mismo que da nombre a la personalidad narcisista tan común en la cultura contemporánea actual.  

Entender el mito de Narciso, su castigo y su transformación (narrada en las Metamorfosis de Ovidio, obra cumbre de la cultura clásica) nos acerca a esa personalidad de la que toma su nombre: la del narcisista. Era narciso un joven despreocupado y dotado de una gran belleza que acaba olvidándose de todo para centrarse en un solo reflejo. Con un ego indomable y acostumbrado a hacer su voluntad sin pararse a calibrar el daño causado, el amor a sí mismo (descontrolado y desmesurado) acaba liquidándolo. Aunque personajes de este tipo los ha habido desde el inicio de los tiempos (y con frecuencia parapetados bajo una máscara), la sociedad contemporánea occidental es caldo de cultivo para los narcisos de todo tipo. Entran dentro del grupo de las personas tóxicas, aquellas (reduciendo mucho) que son incapaces de ponerse en los zapatos de los demás. Suelen ser las mismas que dejan en el ambiente su rastro de calumnias, injurias, medias verdades, chismes y manipulaciones. Las redes sociales, la cultura de la apariencia y la falta de empatía hacen el resto. Pero vayamos por partes. 

¿Quién era el protagonista en el mito de Narciso de la cultura clásica? 

La historia nos cuenta que el joven Narciso, dotado de una gran belleza, gracia y agilidad, es deseado por jóvenes de ambos sexos. Sin embargo, él desdeña a todos por no considerarlos a la altura de sus dones físicos y se concentra en su pasatiempo preferido: la caza. Así se va alejando de la muchedumbre alimentando cada vez más un ego que le hace verse superior a los demás. De entre todos aquellos que se enamoran del aspecto externo del protagonista del mito de Narciso hay una que sobresale: la ninfa Eco. Esta reclama el amor del joven pero, desafortunadamente, es rechazada (como a todos los demás). Tal es la pena de la ninfa que esta comienza a vagar por los bosques, perdida, hundida y humillada sin encontrar gusto para nada. Tanto es su dolor que termina desapareciendo, como diluyéndose entre los árboles, los ríos y las flores. El mito de Narciso nos dice que Eco, consumida por la pasión, queda reducida a su voz y esta solo es capaz de repetir los que otros dicen. No puede haber fin y muerte más cruel. 

Tras la metamorfosis de la ninfa entra en escena Némesis, a la sazón diosa de la venganza. Es la única que se digna a escuchar las súplicas de la desdichada enamorada y decide castigar al esquivo Narciso. Y lo hace dándole de su propia medicina, devolviéndole su amor propio desmedido y patológico. Así, hace que una de las presas que el bello muchacho se disponía a cazar se dirija hacia un estanque cristalino y transparente. El joven se acerca a la lámina de agua la cual, por su naturaleza, actúa como un espejo y allí ve su reflejo.  

El flechazo es inmediato pero no de la ninfa Eco o de cualquier otra criatura. El mito de Narciso nos dice que el muchacho se enamora de su misma imagen. Tanto es el ardor que su belleza le produce que se agacha para intentar besarla. Debe inclinarse para llegar hasta el estanque, momento inmortalizado por Caravaggio, uno de los mejores artistas del Renacimiento italiano, en el cuadro que abre este artículo. La leyenda nos da detalles y nos dice que, al intentar besar su reflejo sobre el agua, se inclina tanto que se precipita hacia al fondo hasta ahogarse. Para que sirviera de recuerdo y aviso a los mortales, los dioses permitieron que su cuerpo no desapareciera. Así, realizan una metamorfosis en otro elemento natural, en una de las flores más bellas:  el narciso. Esta, además, nos indica ese momento fatal en el que el ego obnubila las capacidades del joven hasta aniquilarlo. 

El mito de Narciso en la cultura occidental 

La versión más conocida (y la más antigua conservada) del mito es la referida por Ovidio en las Metamorfosis. El mito clásico nos viene a decir (y a advertir) que el amor que siente Narciso por sí mismo puede ser una maldición. Y lo es porque no se da al otro y se queda encerrado alimentando un ego que no tiene fin. Es un amor egoísta y, por tanto, impuro. Esta lectura del mito es la que perduró en la cultura occidental hasta, prácticamente, los avances del psicoanálisis con el doctor Freud.

Con el psicoanálisis freudiano el mito de Narciso es, de nuevo, retomado, analizado, revisitado y releído. Así, para el padre de la psicología, el narcisismo es el estado primario del ser humano, aquel que se produce cuando éste se encuentra en el seno materno. Esto es, pertenece al inconsciente. Este estado se rompe con el nacimiento y se manifestará durante toda la vida del individuo en forma de una constante pugna entre los deseos del yo y las obligaciones impuestas en su obligada e imprescindible relación con el mundo exterior.

El narcisismo, para los primeros psicoanalistas, choca frontalmente con las leyes sociales y naturales que se le imponen a todo individuo pero, al mismo tiempo, es necesario, para el desarrollo de manera normal y sana de la personalidad. Los primeros psicoanalistas clasificaron, así, el narcisismo en dos tipos: el “patológico” y el “óptimo”. El patológico sería aquel que impidiera al individuo un normal desenvolvimiento en la sociedad, al encerrarse en su propio interior, en su propio yo de forma, a menudo, dolorosa.  

Según los primeros psicoanalistas, este tipo de patología la sufrirían, en su forma más extrema, los enfermos mentales graves. Por otro lado, el narcisismo “óptimo” sería aquel que, sin renunciar a un egocentrismo suave, a una conciencia del propio ego -del yo versus los otros- no impide a la persona en cuestión relacionarse con el mundo que le rodea. Sería lo que en la psicología moderna se conoce como conciencia madura de la alteridad.

El mito de Narciso en una lectura contemporánea  

Esta visión, sin embargo, ha sido superada por la psicología moderna más concentrada en aportar armonía y serenidad de forma más práctica e inmediata. Hoy el narcisista forma parte de la llamada triada oscura de la personalidad, la misma que conforma ese saco informe rotulado con la generalidad de gente tóxica. Se han clasificado sus efectos perversos especialmente sobre personas de autoestima baja siempre en busca de refuerzo y empoderamiento externos. El cenit llega con la madre narcisista, la progenitora incapaz de amar a nadie que no sea ella misma, ya que esta personalidad es el germen certero para levantar una familia tóxica. Y este es el caldo de cultivo perfecto para generar infelicidad por todos los lados, a igual que la ninfa Eco se consume repitiendo las voces de todos aquellos que se adentran en el bosque. 

A Narciso y a los que entran en sus características emocionales no le interesa nadie que no sea, no ya su propia esencia, sino el reflejo hermoso de una ilusión. Por eso, es frecuente que el narcisista se revista de una máscara de supuesta perfección formal o social. Sin embargo, detrás solo se encuentra un ser desvalido incapaz de darse al otro. Aunque ciertas corrientes de pensamiento contemporáneas nos invitan a la conmiseración con estas personalidades (un punto que siempre hay que tener en cuenta indudablemente), los herederos del mito de Narciso, sin embargo, son expertos en ir creando confusión y un reguero de dolor. Y es aquí donde tenemos que estar precavidos con estas personalidades. Por un lado, para no resbalarnos, como el joven del mito, por un estanque que nos arrastre a la muerte obnubilados por un reflejo. Y, por el otro, para no sucumbir a los desdenes de este tipo de personalidades, como la ninfa Eco, condenada a repetir las voces de otros. El narcisista, en esencia, es incapaz de darse al amor y la generosidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

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Nos adentramos en la compresión del mito de Narciso, el mismo que da nombre a la personalidad narcisista tan común en la cultura contemporánea actual.  

Entender el mito de Narciso, su castigo y su transformación (narrada en las Metamorfosis de Ovidio, obra cumbre de la cultura clásica) nos acerca a esa personalidad de la que toma su nombre: la del narcisista. Era narciso un joven despreocupado y dotado de una gran belleza que acaba olvidándose de todo para centrarse en un solo reflejo. Con un ego indomable y acostumbrado a hacer su voluntad sin pararse a calibrar el daño causado, el amor a sí mismo (descontrolado y desmesurado) acaba liquidándolo. Aunque personajes de este tipo los ha habido desde el inicio de los tiempos (y con frecuencia parapetados bajo una máscara), la sociedad contemporánea occidental es caldo de cultivo para los narcisos de todo tipo. Entran dentro del grupo de las personas tóxicas, aquellas (reduciendo mucho) que son incapaces de ponerse en los zapatos de los demás. Suelen ser las mismas que dejan en el ambiente su rastro de calumnias, injurias, medias verdades, chismes y manipulaciones. Las redes sociales, la cultura de la apariencia y la falta de empatía hacen el resto. Pero vayamos por partes. 

¿Quién era el protagonista en el mito de Narciso de la cultura clásica? 

La historia nos cuenta que el joven Narciso, dotado de una gran belleza, gracia y agilidad, es deseado por jóvenes de ambos sexos. Sin embargo, él desdeña a todos por no considerarlos a la altura de sus dones físicos y se concentra en su pasatiempo preferido: la caza. Así se va alejando de la muchedumbre alimentando cada vez más un ego que le hace verse superior a los demás. De entre todos aquellos que se enamoran del aspecto externo del protagonista del mito de Narciso hay una que sobresale: la ninfa Eco. Esta reclama el amor del joven pero, desafortunadamente, es rechazada (como a todos los demás). Tal es la pena de la ninfa que esta comienza a vagar por los bosques, perdida, hundida y humillada sin encontrar gusto para nada. Tanto es su dolor que termina desapareciendo, como diluyéndose entre los árboles, los ríos y las flores. El mito de Narciso nos dice que Eco, consumida por la pasión, queda reducida a su voz y esta solo es capaz de repetir los que otros dicen. No puede haber fin y muerte más cruel. 

Tras la metamorfosis de la ninfa entra en escena Némesis, a la sazón diosa de la venganza. Es la única que se digna a escuchar las súplicas de la desdichada enamorada y decide castigar al esquivo Narciso. Y lo hace dándole de su propia medicina, devolviéndole su amor propio desmedido y patológico. Así, hace que una de las presas que el bello muchacho se disponía a cazar se dirija hacia un estanque cristalino y transparente. El joven se acerca a la lámina de agua la cual, por su naturaleza, actúa como un espejo y allí ve su reflejo.  

El flechazo es inmediato pero no de la ninfa Eco o de cualquier otra criatura. El mito de Narciso nos dice que el muchacho se enamora de su misma imagen. Tanto es el ardor que su belleza le produce que se agacha para intentar besarla. Debe inclinarse para llegar hasta el estanque, momento inmortalizado por Caravaggio, uno de los mejores artistas del Renacimiento italiano, en el cuadro que abre este artículo. La leyenda nos da detalles y nos dice que, al intentar besar su reflejo sobre el agua, se inclina tanto que se precipita hacia al fondo hasta ahogarse. Para que sirviera de recuerdo y aviso a los mortales, los dioses permitieron que su cuerpo no desapareciera. Así, realizan una metamorfosis en otro elemento natural, en una de las flores más bellas:  el narciso. Esta, además, nos indica ese momento fatal en el que el ego obnubila las capacidades del joven hasta aniquilarlo. 

El mito de Narciso en la cultura occidental 

La versión más conocida (y la más antigua conservada) del mito es la referida por Ovidio en las Metamorfosis. El mito clásico nos viene a decir (y a advertir) que el amor que siente Narciso por sí mismo puede ser una maldición. Y lo es porque no se da al otro y se queda encerrado alimentando un ego que no tiene fin. Es un amor egoísta y, por tanto, impuro. Esta lectura del mito es la que perduró en la cultura occidental hasta, prácticamente, los avances del psicoanálisis con el doctor Freud.

Con el psicoanálisis freudiano el mito de Narciso es, de nuevo, retomado, analizado, revisitado y releído. Así, para el padre de la psicología, el narcisismo es el estado primario del ser humano, aquel que se produce cuando éste se encuentra en el seno materno. Esto es, pertenece al inconsciente. Este estado se rompe con el nacimiento y se manifestará durante toda la vida del individuo en forma de una constante pugna entre los deseos del yo y las obligaciones impuestas en su obligada e imprescindible relación con el mundo exterior.

El narcisismo, para los primeros psicoanalistas, choca frontalmente con las leyes sociales y naturales que se le imponen a todo individuo pero, al mismo tiempo, es necesario, para el desarrollo de manera normal y sana de la personalidad. Los primeros psicoanalistas clasificaron, así, el narcisismo en dos tipos: el “patológico” y el “óptimo”. El patológico sería aquel que impidiera al individuo un normal desenvolvimiento en la sociedad, al encerrarse en su propio interior, en su propio yo de forma, a menudo, dolorosa.  

Según los primeros psicoanalistas, este tipo de patología la sufrirían, en su forma más extrema, los enfermos mentales graves. Por otro lado, el narcisismo “óptimo” sería aquel que, sin renunciar a un egocentrismo suave, a una conciencia del propio ego -del yo versus los otros- no impide a la persona en cuestión relacionarse con el mundo que le rodea. Sería lo que en la psicología moderna se conoce como conciencia madura de la alteridad.

El mito de Narciso en una lectura contemporánea  

Esta visión, sin embargo, ha sido superada por la psicología moderna más concentrada en aportar armonía y serenidad de forma más práctica e inmediata. Hoy el narcisista forma parte de la llamada triada oscura de la personalidad, la misma que conforma ese saco informe rotulado con la generalidad de gente tóxica. Se han clasificado sus efectos perversos especialmente sobre personas de autoestima baja siempre en busca de refuerzo y empoderamiento externos. El cenit llega con la madre narcisista, la progenitora incapaz de amar a nadie que no sea ella misma, ya que esta personalidad es el germen certero para levantar una familia tóxica. Y este es el caldo de cultivo perfecto para generar infelicidad por todos los lados, a igual que la ninfa Eco se consume repitiendo las voces de todos aquellos que se adentran en el bosque. 

A Narciso y a los que entran en sus características emocionales no le interesa nadie que no sea, no ya su propia esencia, sino el reflejo hermoso de una ilusión. Por eso, es frecuente que el narcisista se revista de una máscara de supuesta perfección formal o social. Sin embargo, detrás solo se encuentra un ser desvalido incapaz de darse al otro. Aunque ciertas corrientes de pensamiento contemporáneas nos invitan a la conmiseración con estas personalidades (un punto que siempre hay que tener en cuenta indudablemente), los herederos del mito de Narciso, sin embargo, son expertos en ir creando confusión y un reguero de dolor. Y es aquí donde tenemos que estar precavidos con estas personalidades. Por un lado, para no resbalarnos, como el joven del mito, por un estanque que nos arrastre a la muerte obnubilados por un reflejo. Y, por el otro, para no sucumbir a los desdenes de este tipo de personalidades, como la ninfa Eco, condenada a repetir las voces de otros. El narcisista, en esencia, es incapaz de darse al amor y la generosidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

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La teoría de las constelaciones familiares (y ya adelanto) está considerada, en la actualidad, como pseudociencia. Entonces, ¿si es así por qué nos entretenemos en entender sus entresijos con un artículo, por lo demás, que ha quedado bastante largo? La respuesta, aparte de personal, también tiene que ver con el interés que suscita en un grupo mayoritario de población que busca en los árboles familiares respuestas a un dolor profundo e inexplicable. Pero vamos al principio, el término (la descripción del mismo y el proceso de sanación) fue propuesto, por primera vez, por el teólogo Bert Hellinger (1925-2019). Y, a pesar de ese marchamo de poco científico, ha sido estudiado posteriormente por un amplio número de psicólogos que lo han llevado a la práctica con acierto sobresaliente entre descendientes del Holocausto o de dramas familiares complejos, por poner solo dos ejemplos extremos.

¿En qué se basan las constelaciones familiares? 

La teoría postula que gran parte de los males (también las bondades pero esto no lo investiga la persona que es bendecida con regalos emocionales de sus ancestros) se debe a la repetición transgeneracional de patrones impuestos por los antepasados del clan. Esta aseveración por sí (más cercana a la magia que a la psicología) es la que la ha marcado negativamente desde sus inicios por parte de los terapeutas más ortodoxos. Sin embargo, ni nace de la nada ni de la iluminación, ya que, en verdad, buena parte de la creación humana se levanta con todo aquello que le ha precedido. En este sentido y para poner un poco de orden, nada más comenzar el siglo XX, Sigmund Freud puso sobre la mesa el nombre de inconsciente. Abrió así las puertas a la investigación de ese conocimiento oscuro y desconocido que se produce en los recovecos más recónditos de la psique y del espíritu. La interpretación de los sueños con su lenguaje de mitos y símbolos fue la primera herramienta de curación de los desajustes emocionales . Comienza de esto modo la sanación psicológica (con sus sesgos y matices por supuesto) a la par que propicia una revolución artística abanderada por el surrealismo. Con Freud, la persona dejó de entenderse como un ser inmutable y se empezaron a abrir las puertas de una complejidad que se escapa a la mente racional. 

Décadas más tarde, uno de sus discípulos, Carl Gustav Jung supera al maestro con la teoría del inconsciente colectivo, una serie de mecanismos, conocimientos y normas expresadas a través de símbolos comunes a la humanidad. Y saltándonos décadas de investigación y reduciendo muchísimo, la genética, a finales del siglo XX, demostró que hay dos movimientos: uno de repetición de patrones (que permite que nuestro bebé se parezca más a nosotros que a un perrito, por poner un ejemplo extremo) y otro de modificación. Este último es tan interesante que, con el nombre de epigenética, se está llevando a cabo estudios de todo tipo desde la transformación a nivel celular debido a la contaminación hasta (volvemos a reducir mucho) la que se produce por la fuerza de voluntad. Ya está demostrado que las células cerebrales tienen tal plasticidad que siguen modificándose en la edad adulta creando nuevas conexiones y abriendo puertas de conocimiento a la persona que se entrena en ello. 

La teoría de constelaciones familiares se alimenta de todo este conocimiento y propone que los traumas (como los rasgos genéticos físicos) se heredan a nivel inconsciente. De este modo, los fracasos, humillaciones, persecuciones, pérdidas económicas o secretos inconfesables pasan de generación en generación condenando, de cierta manera, a los individuos a repetir el patrón familiar. Contra esta fuerza centrífuga que une cada alma a un árbol familiar se impone una fuerza cercana a la epigenética que, en esencia, se activa con el conocimiento de la verdad del clan y el propósito de no dejarse arrastrar por esa espiral de traumas.  

¿Las constelaciones familiares solo sirven para conocer el trauma? 

Continúo diciendo que la teoría y su práctica de sanación tendrá uno u otro resultado según sean las manos (o la sabiduría) de quien la use. Si damos con un psicoterapeuta experto, experimentado y sensible, no va a dejar nunca de lado la historia intrafamiliar del que tiene enfrente. Porque, sencillamente, de lo contrario no podrá culminar nunca la sanación. Ahora bien, al recurso de las constelaciones familiares pocas veces recurren personas que llevan una vida balanceada desde el punto de vista espiritual. Aunque estén repitiendo patrones familiares, si estos se viven con amor, respeto y plenitud, ni se plantean saber de dónde vienen esos mandatos. Todo consistirá en disfrutarlos o asimilarlos en mayor o menor grado. El asunto se vuelve espinoso cuando la persona que recurre a la teoría de las constelaciones familiares proviene de un hogar roto, de clanes que arrastran secretos inconfesables (y cuyos hilos se escapan en retazos de conversaciones), de culpas compartidas (por infinidad de pecados), de vergüenzas o de duelos no superados por pérdidas de todo tipo (desde muertes tempranas hasta ruinas económicas pasando por procesos de victimización diversos). Buena parte de los individuos que crecen en estos hogares desarrollan una baja autoestima y, por tanto, son más susceptibles de caer presos de manipulaciones de todo tipo. 

Por tanto, son en estos árboles familiares donde crecen individuos que no acaban de encontrar un acomodo feliz en este mundo. Y no hace falta recurrir a la magia de fantasmas familiares para explicar estos procesos más allá de las constelaciones familiares. Las familias tóxicas repiten patrones conductuales aprendidos, obligando a caer a los nuevos miembros en las mismas repeticiones de sus antepasados. Así, un niño criado por una madre narcisista (que a su vez también recibió esa educación o mandato) volverá a hacer lo mismo que se le enseñó con la familia que llegue a crear. De igual modo, los clanes inmersos en la pobreza vuelven a repetir una y otra vez las mismas acciones entrando en una espiral que no les permite el más mínimo crecimiento espiritual y avance material. Ese movimiento casi compulsivo de recrear las acciones que otros hicieron les lleva, incluso, a excluir del grupo al que se atreve a la diferencia, a la imaginación o a la búsqueda más allá de los límites establecidos. En árboles familiares apegados a la tradición (lee el mandato de los ancestros) es frecuente que, para liberarse de todo ese peso, no tengan reparo en acudir a la figura del chivo expiatorio. Este, a pesar de las culpas con las que se le hace cargar, si es consciente de los desbarajustes de su árbol familiar, se le ofrece, a la par, la oportunidad de la libertad. Eso sí, el precio a pagar es la más absoluta soledad. Habrá quien, con gusto, entregará esta moneda como peaje hacia la felicidad. 

¿Cómo se realizan las constelaciones familiares de manera adecuada?  

Vuelvo de nuevo al principio y recuerdo que todo dependerá del terapeuta. Si has llegado hasta un charlatán que utiliza procesos mágicos (aunque estos también están demostrados que, en distintas circunstancias, pueden ser sanadores), quizás te meta en un camino de confusión más que de iluminación. Estos principios utilizan las figuras familiares cercanas o ancestrales (abuelos, bisabuelos o incluso anteriores) para encontrar el patrón conductual con el que más te identificas. Ni que decir tiene que no se trata de que tengas una sesión de espiritismo con el fantasma de un antepasado sino que, cuando se hace bien, el conocimiento de los modos vivenciales familiares propios te hace ver qué es lo que está en desarmonía en ti. Dicho esto, si el terapeuta que te guía por este camino tiene pericia y sensibilidad, te abrirá puertas que te darán luz sobre mandatos aprendidos que no tienes por qué repetir y mucho menos si eres infeliz o vas en busca de una libertad imposible con esta carga emocional.  

Por tanto, si el psicoterapeuta introduce los conocimientos del árbol familiar con todas las historias de desamor, traiciones, pérdidas y secretos (lo más grave) en el proceso de sanación de la manera adecuada, las constelaciones familiares serán de gran ayuda. Y la manera adecuada es siempre sin sectarismo (que también lo hay y mucho en la práctica psicológica), combinándola con otras técnicas y, en esencia, con una perspectiva global del dolor anímico. 

¿Son peligrosas las constelaciones familiares y el conocimiento que ofrecen? 

El conocimiento es siempre liberador y es el primer paso para abrirse en la selva de la confusión. Otro asunto más espinoso es el dolor que produce el momento en el que se abre los ojos, el darse cuenta, el entender… Cuando se llega a ese punto, en el que cualquier información puede lastimar es cuando la mayoría de las personas abandonan una terapia que está funcionando. ¡Ojo! Ahora en este punto es cuando hay que estar alerta y no confundir el dolor que produce el reconocer la verdad con otro muy distinto que llega de la manipulación de terapeutas malintencionados. Como norma general, el que quiere tu bien, llegará a un punto que te dejará mucho mejor que estabas, con herramientas emocionales. Estas te permitirán que inicies un camino de sanación en soledad (en esencia y en lenguaje corriente, sin seguir pagando consultas innecesarias). Por el contrario, el manipulador querrá que sigas eternamente abonando tarifas sin fin en post de una iluminación que tú verás cada día más lejana. 

Desafortunadamente, el trabajo con las constelaciones familiares se presta a este tipo de timadores (hay que poner la palabra) que son capaces de reconocer de un vistazo (como los psicópatas) los daños emocionales producidos por las familias de quienes tienen enfrente. Sin embargo, hay un motivo para la esperanza, ya que también hay buenos psicólogos clínicos con gran pericia que utilizan los árboles familiares (en combinación con otras técnicas) para ahondar en el dolor que hay que sacar con el fin último de la sanación.  

¿Y si te conviertes en el ancestro que sanó?  

Ahora viene la pregunta del millón: ¿cómo sé que tras la terapia algún resorte emocional dentro de mí se activó y ha comenzando el cambio? Es tan fácil como responder (o incluso hacerse) esta pregunta. Si te has metido en esta maraña y has encontrado algún ancestro con el que te identificas y has podido imprimir en el inconsciente una alianza distinta contigo mismo, vas por el buen camino. En este caso, la comunicación con el ancestro con el que sientes afinidad se asemeja a la que podemos hacer con nuestro niño interior, con nuestra alma, con ese punto iluminado que está cubierto con capas oscuras en forma de miedos, prejuicios, cobardías y dolor.  

En este caso, si sigues ese camino de búsqueda hacia tu libertad (imprescindible para la serenidad y, en último extremo, la felicidad), te convertirás en el ancestro que sanó. Esto es, todos tus actos, miradas, conocimiento y amor se van a desplegar libre de cargas emocionales hacia tu descendencia. Es tan fácil (y tan complicado a la vez) como cambiar el modo de sentir y de estar en el mundo liberando al linaje por venir de duelos sin resolver, dramas ocultos o pérdidas dolorosas que, de manera inconsciente, llevamos con nosotros y que se transmiten a las nuevas generaciones. En este caso, te convertirás en el ancestro que será la inspiración para otros, aquellos que están por venir de cualquier manera, ya sea de forma biológica o emocional. Al entender cómo funcionan la indefensión aprendida, los comportamientos tóxicos, las manipulaciones y las lealtades familiares inconscientes, te liberarás de cargas que no necesitas ni tú ni los que te rodean (o lo harán en un futuro). De este tipo de personas inspiradoras está repleta la historia de los pioneros, aquellos que abrieron mundos allí donde el resto se empeñaba en repetir porque sí, sin más explicación o razonamiento. Recuerda que de todo esto también tratan las constelaciones familiares. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La teoría de las constelaciones familiares (y ya adelanto) está considerada, en la actualidad, como pseudociencia. Entonces, ¿si es así por qué nos entretenemos en entender sus entresijos con un artículo, por lo demás, que ha quedado bastante largo? La respuesta, aparte de personal, también tiene que ver con el interés que suscita en un grupo mayoritario de población que busca en los árboles familiares respuestas a un dolor profundo e inexplicable. Pero vamos al principio, el término (la descripción del mismo y el proceso de sanación) fue propuesto, por primera vez, por el teólogo Bert Hellinger (1925-2019). Y, a pesar de ese marchamo de poco científico, ha sido estudiado posteriormente por un amplio número de psicólogos que lo han llevado a la práctica con acierto sobresaliente entre descendientes del Holocausto o de dramas familiares complejos, por poner solo dos ejemplos extremos.

¿En qué se basan las constelaciones familiares? 

La teoría postula que gran parte de los males (también las bondades pero esto no lo investiga la persona que es bendecida con regalos emocionales de sus ancestros) se debe a la repetición transgeneracional de patrones impuestos por los antepasados del clan. Esta aseveración por sí (más cercana a la magia que a la psicología) es la que la ha marcado negativamente desde sus inicios por parte de los terapeutas más ortodoxos. Sin embargo, ni nace de la nada ni de la iluminación, ya que, en verdad, buena parte de la creación humana se levanta con todo aquello que le ha precedido. En este sentido y para poner un poco de orden, nada más comenzar el siglo XX, Sigmund Freud puso sobre la mesa el nombre de inconsciente. Abrió así las puertas a la investigación de ese conocimiento oscuro y desconocido que se produce en los recovecos más recónditos de la psique y del espíritu. La interpretación de los sueños con su lenguaje de mitos y símbolos fue la primera herramienta de curación de los desajustes emocionales . Comienza de esto modo la sanación psicológica (con sus sesgos y matices por supuesto) a la par que propicia una revolución artística abanderada por el surrealismo. Con Freud, la persona dejó de entenderse como un ser inmutable y se empezaron a abrir las puertas de una complejidad que se escapa a la mente racional. 

Décadas más tarde, uno de sus discípulos, Carl Gustav Jung supera al maestro con la teoría del inconsciente colectivo, una serie de mecanismos, conocimientos y normas expresadas a través de símbolos comunes a la humanidad. Y saltándonos décadas de investigación y reduciendo muchísimo, la genética, a finales del siglo XX, demostró que hay dos movimientos: uno de repetición de patrones (que permite que nuestro bebé se parezca más a nosotros que a un perrito, por poner un ejemplo extremo) y otro de modificación. Este último es tan interesante que, con el nombre de epigenética, se está llevando a cabo estudios de todo tipo desde la transformación a nivel celular debido a la contaminación hasta (volvemos a reducir mucho) la que se produce por la fuerza de voluntad. Ya está demostrado que las células cerebrales tienen tal plasticidad que siguen modificándose en la edad adulta creando nuevas conexiones y abriendo puertas de conocimiento a la persona que se entrena en ello. 

La teoría de constelaciones familiares se alimenta de todo este conocimiento y propone que los traumas (como los rasgos genéticos físicos) se heredan a nivel inconsciente. De este modo, los fracasos, humillaciones, persecuciones, pérdidas económicas o secretos inconfesables pasan de generación en generación condenando, de cierta manera, a los individuos a repetir el patrón familiar. Contra esta fuerza centrífuga que une cada alma a un árbol familiar se impone una fuerza cercana a la epigenética que, en esencia, se activa con el conocimiento de la verdad del clan y el propósito de no dejarse arrastrar por esa espiral de traumas.  

¿Las constelaciones familiares solo sirven para conocer el trauma? 

Continúo diciendo que la teoría y su práctica de sanación tendrá uno u otro resultado según sean las manos (o la sabiduría) de quien la use. Si damos con un psicoterapeuta experto, experimentado y sensible, no va a dejar nunca de lado la historia intrafamiliar del que tiene enfrente. Porque, sencillamente, de lo contrario no podrá culminar nunca la sanación. Ahora bien, al recurso de las constelaciones familiares pocas veces recurren personas que llevan una vida balanceada desde el punto de vista espiritual. Aunque estén repitiendo patrones familiares, si estos se viven con amor, respeto y plenitud, ni se plantean saber de dónde vienen esos mandatos. Todo consistirá en disfrutarlos o asimilarlos en mayor o menor grado. El asunto se vuelve espinoso cuando la persona que recurre a la teoría de las constelaciones familiares proviene de un hogar roto, de clanes que arrastran secretos inconfesables (y cuyos hilos se escapan en retazos de conversaciones), de culpas compartidas (por infinidad de pecados), de vergüenzas o de duelos no superados por pérdidas de todo tipo (desde muertes tempranas hasta ruinas económicas pasando por procesos de victimización diversos). Buena parte de los individuos que crecen en estos hogares desarrollan una baja autoestima y, por tanto, son más susceptibles de caer presos de manipulaciones de todo tipo. 

Por tanto, son en estos árboles familiares donde crecen individuos que no acaban de encontrar un acomodo feliz en este mundo. Y no hace falta recurrir a la magia de fantasmas familiares para explicar estos procesos más allá de las constelaciones familiares. Las familias tóxicas repiten patrones conductuales aprendidos, obligando a caer a los nuevos miembros en las mismas repeticiones de sus antepasados. Así, un niño criado por una madre narcisista (que a su vez también recibió esa educación o mandato) volverá a hacer lo mismo que se le enseñó con la familia que llegue a crear. De igual modo, los clanes inmersos en la pobreza vuelven a repetir una y otra vez las mismas acciones entrando en una espiral que no les permite el más mínimo crecimiento espiritual y avance material. Ese movimiento casi compulsivo de recrear las acciones que otros hicieron les lleva, incluso, a excluir del grupo al que se atreve a la diferencia, a la imaginación o a la búsqueda más allá de los límites establecidos. En árboles familiares apegados a la tradición (lee el mandato de los ancestros) es frecuente que, para liberarse de todo ese peso, no tengan reparo en acudir a la figura del chivo expiatorio. Este, a pesar de las culpas con las que se le hace cargar, si es consciente de los desbarajustes de su árbol familiar, se le ofrece, a la par, la oportunidad de la libertad. Eso sí, el precio a pagar es la más absoluta soledad. Habrá quien, con gusto, entregará esta moneda como peaje hacia la felicidad. 

¿Cómo se realizan las constelaciones familiares de manera adecuada?  

Vuelvo de nuevo al principio y recuerdo que todo dependerá del terapeuta. Si has llegado hasta un charlatán que utiliza procesos mágicos (aunque estos también están demostrados que, en distintas circunstancias, pueden ser sanadores), quizás te meta en un camino de confusión más que de iluminación. Estos principios utilizan las figuras familiares cercanas o ancestrales (abuelos, bisabuelos o incluso anteriores) para encontrar el patrón conductual con el que más te identificas. Ni que decir tiene que no se trata de que tengas una sesión de espiritismo con el fantasma de un antepasado sino que, cuando se hace bien, el conocimiento de los modos vivenciales familiares propios te hace ver qué es lo que está en desarmonía en ti. Dicho esto, si el terapeuta que te guía por este camino tiene pericia y sensibilidad, te abrirá puertas que te darán luz sobre mandatos aprendidos que no tienes por qué repetir y mucho menos si eres infeliz o vas en busca de una libertad imposible con esta carga emocional.  

Por tanto, si el psicoterapeuta introduce los conocimientos del árbol familiar con todas las historias de desamor, traiciones, pérdidas y secretos (lo más grave) en el proceso de sanación de la manera adecuada, las constelaciones familiares serán de gran ayuda. Y la manera adecuada es siempre sin sectarismo (que también lo hay y mucho en la práctica psicológica), combinándola con otras técnicas y, en esencia, con una perspectiva global del dolor anímico. 

¿Son peligrosas las constelaciones familiares y el conocimiento que ofrecen? 

El conocimiento es siempre liberador y es el primer paso para abrirse en la selva de la confusión. Otro asunto más espinoso es el dolor que produce el momento en el que se abre los ojos, el darse cuenta, el entender… Cuando se llega a ese punto, en el que cualquier información puede lastimar es cuando la mayoría de las personas abandonan una terapia que está funcionando. ¡Ojo! Ahora en este punto es cuando hay que estar alerta y no confundir el dolor que produce el reconocer la verdad con otro muy distinto que llega de la manipulación de terapeutas malintencionados. Como norma general, el que quiere tu bien, llegará a un punto que te dejará mucho mejor que estabas, con herramientas emocionales. Estas te permitirán que inicies un camino de sanación en soledad (en esencia y en lenguaje corriente, sin seguir pagando consultas innecesarias). Por el contrario, el manipulador querrá que sigas eternamente abonando tarifas sin fin en post de una iluminación que tú verás cada día más lejana. 

Desafortunadamente, el trabajo con las constelaciones familiares se presta a este tipo de timadores (hay que poner la palabra) que son capaces de reconocer de un vistazo (como los psicópatas) los daños emocionales producidos por las familias de quienes tienen enfrente. Sin embargo, hay un motivo para la esperanza, ya que también hay buenos psicólogos clínicos con gran pericia que utilizan los árboles familiares (en combinación con otras técnicas) para ahondar en el dolor que hay que sacar con el fin último de la sanación.  

¿Y si te conviertes en el ancestro que sanó?  

Ahora viene la pregunta del millón: ¿cómo sé que tras la terapia algún resorte emocional dentro de mí se activó y ha comenzando el cambio? Es tan fácil como responder (o incluso hacerse) esta pregunta. Si te has metido en esta maraña y has encontrado algún ancestro con el que te identificas y has podido imprimir en el inconsciente una alianza distinta contigo mismo, vas por el buen camino. En este caso, la comunicación con el ancestro con el que sientes afinidad se asemeja a la que podemos hacer con nuestro niño interior, con nuestra alma, con ese punto iluminado que está cubierto con capas oscuras en forma de miedos, prejuicios, cobardías y dolor.  

En este caso, si sigues ese camino de búsqueda hacia tu libertad (imprescindible para la serenidad y, en último extremo, la felicidad), te convertirás en el ancestro que sanó. Esto es, todos tus actos, miradas, conocimiento y amor se van a desplegar libre de cargas emocionales hacia tu descendencia. Es tan fácil (y tan complicado a la vez) como cambiar el modo de sentir y de estar en el mundo liberando al linaje por venir de duelos sin resolver, dramas ocultos o pérdidas dolorosas que, de manera inconsciente, llevamos con nosotros y que se transmiten a las nuevas generaciones. En este caso, te convertirás en el ancestro que será la inspiración para otros, aquellos que están por venir de cualquier manera, ya sea de forma biológica o emocional. Al entender cómo funcionan la indefensión aprendida, los comportamientos tóxicos, las manipulaciones y las lealtades familiares inconscientes, te liberarás de cargas que no necesitas ni tú ni los que te rodean (o lo harán en un futuro). De este tipo de personas inspiradoras está repleta la historia de los pioneros, aquellos que abrieron mundos allí donde el resto se empeñaba en repetir porque sí, sin más explicación o razonamiento. Recuerda que de todo esto también tratan las constelaciones familiares. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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En todos los clanes hay un cuadro torcido y en las familias tóxicas siempre hay una oveja negra o un chivo expiatorio sobre el que recaen los secretos, dramas y culpas de todo un sistema. Su rol es elegido normalmente por un progenitor tóxico o una madre narcisista. Para tal función, de manera consciente o inconsciente, con frecuencia se escoge a aquel que sobresale o que puede poner en cuestión las dinámicas perversas familiares. Normalmente es un miembro que se distingue por su rebeldía o por atreverse a hacer lo que antes nadie había hecho (en esencia, elegir otro camino o formular preguntas sobre lo establecido incuestionable). Con dinámicas constantes y malintencionadas, se va cargando con el peso de aquello oculto, inconsciente, pecaminoso o que, a toda costa, se intenta impedir que salga a la luz.  

El origen del chivo expiatorio en los ritos sagrados hebreos

En los ritos antiguos del Yom Kippur hebreo que culminaban con el Día de la Expiación o del Perdón (actualmente el 15 de septiembre) se ofrecían (de distintas maneras) dos machos cabríos. Elegidos al azar, uno de ellos era consagrado a Yahvé (a la luz), se sacrificaba allí mismo y su sangre se vertía sobre el altar. El otro asumía el papel de Azazel o Ángel Caído (tal como lo conocemos por la tradición cristiana). El animal, mediante el rito, se revestía con toda la oscuridad colectiva (o sombra junguiana) al hacerle cargar con las culpas de toda una comunidad. El sacerdote agarraba al chivo expiatorio seleccionado y le susurraba al oído todos los pecados de la comunidad, previamente recopilados. Antes del terminar el ritual, el animal era abandonado en el desierto para que así purgara los pecados ajenos.  

Un ser vivo abandonado así, a su suerte, solo le quedan dos caminos: consumirse y morir o, por el contrario, ser capaz de realizar tal catarsis heroica que pueda regresar a la misma comunidad que lo expulsó. Al llevar a cabo dicha gesta, obliga a la colectividad a mirar frente a frente los pecados que intentaron, sin éxito, exorcizar. En este caso, también se abren dos opciones: el sacrificio ya sin ritual (volviendo al inicio) para que el sistema no cambie y continúe en orden aparente o la asunción de ese rol disfuncional. Esto último conlleva irremediablemente una catarsis (una transformación) y, por tanto, un cambio en el orden del sistema. Si se sigue este último camino,  el chivo expiatorio se convierte así en un elemento sanador del clan, según la terminología de las constelaciones familiares

El papel de la oveja negra en las familias disfuncionales  

Si entiendes la dinámica perversa sobre la que se descarga toda la responsabilidad en un miembro inocente de la comunidad, puedes extrapolarla a las denominadas familias tóxicas. Estas pueden tener distintas características pero, en todas ellas priman las faltas de respeto a los distintos miembros, la sumisión a unas reglas impostadas, el reino del terror, la sustitución de una crianza amorosa por el trauma de apego y, en última instancia, el miedo inoculado por un padre violento, una madre narcisista o unos progenitores abandónicos (tanto en el ámbito material como espiritual).  

En estos remedos de hogares se van instalando una serie de roles que no pueden ser abandonados por ninguno de sus miembros. Así un padre agresivo necesita de la complicidad por sumisión de la madre y una madre perversa dividirá a sus hijos con el único fin de mantener su poder. En estes hogares no existe el amor, la compañía, la complicidad ni la comprensión de los sentimientos del otro. Todo ello ha sido sustituido por una competición feroz entre los hijos en pugna por conseguir migajas de amor de unos padres que son incapaces de llevar a cabo una crianza responsable. En este teatro familiar no está permitido abandonar el papel y asumir que cada uno es un ser individual que necesita del acompañamiento de los distintos miembros del clan (y, especialmente, de los progenitores). Así el hijo de oro será el depositario de todas las esperanzas familiares para perpetuar el mandato del clan. Los monos voladores serán aquellos que se encargan de hacer guardar los secretos familiares cual matón de discoteca. El hijo silenciado asumirá el papel imposible de mediar entre las partes con el consiguiente desgaste emocional. Y luego estará la oveja negra o chivo expiatorio. 

La función del chivo expiatorio u oveja negra en las familias tóxicas 

En él se depositan todas las culpas, los secretos, los abusos, los pecados que no pueden trascender de puertas para afuera. Y… como en el Yom Kippur es abandonado a su suerte, de tal manera que cualquier intento de regreso al clan familiar se hará imposible, en tanto en cuanto es el depositario de toda la sombra, el lado oscuro que permanece inconsciente en los roles familiares.  

Así el chivo expiatorio será el raro, el que se aparta de los mandatos familiares, el que intenta buscar caminos distintos para resolver los conflictos familiares. Lejos de ser aplaudido o incentivado en esa búsqueda, es vilipendiado, odiado y apartado. La oveja negra de la familia, al cargar con todas las culpas de la familia o al asumir los roles impuestos por una madre perversa o un padre ausente (por narcisismo, drogadicción, egoísmo o debilidad) tiene pocas escapatorias. Es frecuente que el chivo expiatorio o la oveja negra de la familia acabe por llevar a cabo las profecías autocumplidas al dejarse resbalar entre parejas abusivas, relaciones tóxicas, adicciones y fracasos de todo tipo.  

En los hogares tóxicos el chivo expiatorio o la oveja negra cumple el rol esencial de ser el catalizador de toda la oscuridad familiar. Tanto es así que no se le permitirá ningún amago de éxito. Ya se encargarán los distintos miembros del clan de abortar estas iniciativas recordando una y otra vez un papel impuesto y, a la vez, impostado. 

¿Eres el chivo expiatorio y te han abandonado? Hay una buena noticia para ti, oveja negra 

Este tipo de seres llegan a las más extrema vulnerabilidad psicológica en la vida adulta. La lluvia fina de maltrato psicológico en forma de mandatos de culpa, de negación de su singularidad y falta de cuidado emocional se transparenta en un calvario emocional con distintas aristas. Es frecuente que vayan enlazando una pareja abusiva tras otra, que sea el blanco de amigos aprovechados y diana de abusos en el trabajo o en la vida profesional. El chivo expiatorio u oveja negra paga así la rebeldía con la que se atrevió a brillar a corta edad poniendo en cuestión las dinámicas perversas de los mandatos familiares. Fue elegido por su sensibilidad, su luz espiritual y por su peligrosidad, ya que estos atributos pueden hacer tambalear todos los secretos que se esconden de puertas para adentro.  

Solo quienes, tras una vida de sufrimiento, se atreven a salir de esta espiral de dolor (normalmente pidiendo ayuda y guía especializada) ven la luz de una dolorosa verdad. Y esta no es más que se han atrevido a cuestionar los parámetros familiares aportando una rareza, una singularidad, un don que los demás no están dispuestos a aceptar. ¿Por qué? Porque esa luz disipa las sombras que cubrían pecados, culpas y faltas que, a toda costa, se pretende esconder. El chivo expiatorio u oveja negra se convierte así en un elemento desestabilizador. 

¿Qué le queda a quien se reconoce en este papel de chivo expiatorio u oveja negra? Solo dos opciones: seguir con el mandato familiar y perpetuar un rol perverso a costa de su estabilidad emocional o enfrascarse en la aventura de la sanación. La cura, por supuesto, será para sí, pero también, para los que lleguen después en su árbol familiar. La buena noticia es que una vez, asumida esta última opción, se abre por delante todo un luminoso camino de libertad (antesala de la felicidad), una vez pueda sacudirse un dolor que no le pertenece, que no es suyo y que le ha sido impuesto sin su permiso.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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En todos los clanes hay un cuadro torcido y en las familias tóxicas siempre hay una oveja negra o un chivo expiatorio sobre el que recaen los secretos, dramas y culpas de todo un sistema. Su rol es elegido normalmente por un progenitor tóxico o una madre narcisista. Para tal función, de manera consciente o inconsciente, con frecuencia se escoge a aquel que sobresale o que puede poner en cuestión las dinámicas perversas familiares. Normalmente es un miembro que se distingue por su rebeldía o por atreverse a hacer lo que antes nadie había hecho (en esencia, elegir otro camino o formular preguntas sobre lo establecido incuestionable). Con dinámicas constantes y malintencionadas, se va cargando con el peso de aquello oculto, inconsciente, pecaminoso o que, a toda costa, se intenta impedir que salga a la luz.  

El origen del chivo expiatorio en los ritos sagrados hebreos

En los ritos antiguos del Yom Kippur hebreo que culminaban con el Día de la Expiación o del Perdón (actualmente el 15 de septiembre) se ofrecían (de distintas maneras) dos machos cabríos. Elegidos al azar, uno de ellos era consagrado a Yahvé (a la luz), se sacrificaba allí mismo y su sangre se vertía sobre el altar. El otro asumía el papel de Azazel o Ángel Caído (tal como lo conocemos por la tradición cristiana). El animal, mediante el rito, se revestía con toda la oscuridad colectiva (o sombra junguiana) al hacerle cargar con las culpas de toda una comunidad. El sacerdote agarraba al chivo expiatorio seleccionado y le susurraba al oído todos los pecados de la comunidad, previamente recopilados. Antes del terminar el ritual, el animal era abandonado en el desierto para que así purgara los pecados ajenos.  

Un ser vivo abandonado así, a su suerte, solo le quedan dos caminos: consumirse y morir o, por el contrario, ser capaz de realizar tal catarsis heroica que pueda regresar a la misma comunidad que lo expulsó. Al llevar a cabo dicha gesta, obliga a la colectividad a mirar frente a frente los pecados que intentaron, sin éxito, exorcizar. En este caso, también se abren dos opciones: el sacrificio ya sin ritual (volviendo al inicio) para que el sistema no cambie y continúe en orden aparente o la asunción de ese rol disfuncional. Esto último conlleva irremediablemente una catarsis (una transformación) y, por tanto, un cambio en el orden del sistema. Si se sigue este último camino,  el chivo expiatorio se convierte así en un elemento sanador del clan, según la terminología de las constelaciones familiares

El papel de la oveja negra en las familias disfuncionales  

Si entiendes la dinámica perversa sobre la que se descarga toda la responsabilidad en un miembro inocente de la comunidad, puedes extrapolarla a las denominadas familias tóxicas. Estas pueden tener distintas características pero, en todas ellas priman las faltas de respeto a los distintos miembros, la sumisión a unas reglas impostadas, el reino del terror, la sustitución de una crianza amorosa por el trauma de apego y, en última instancia, el miedo inoculado por un padre violento, una madre narcisista o unos progenitores abandónicos (tanto en el ámbito material como espiritual).  

En estos remedos de hogares se van instalando una serie de roles que no pueden ser abandonados por ninguno de sus miembros. Así un padre agresivo necesita de la complicidad por sumisión de la madre y una madre perversa dividirá a sus hijos con el único fin de mantener su poder. En estes hogares no existe el amor, la compañía, la complicidad ni la comprensión de los sentimientos del otro. Todo ello ha sido sustituido por una competición feroz entre los hijos en pugna por conseguir migajas de amor de unos padres que son incapaces de llevar a cabo una crianza responsable. En este teatro familiar no está permitido abandonar el papel y asumir que cada uno es un ser individual que necesita del acompañamiento de los distintos miembros del clan (y, especialmente, de los progenitores). Así el hijo de oro será el depositario de todas las esperanzas familiares para perpetuar el mandato del clan. Los monos voladores serán aquellos que se encargan de hacer guardar los secretos familiares cual matón de discoteca. El hijo silenciado asumirá el papel imposible de mediar entre las partes con el consiguiente desgaste emocional. Y luego estará la oveja negra o chivo expiatorio. 

La función del chivo expiatorio u oveja negra en las familias tóxicas 

En él se depositan todas las culpas, los secretos, los abusos, los pecados que no pueden trascender de puertas para afuera. Y… como en el Yom Kippur es abandonado a su suerte, de tal manera que cualquier intento de regreso al clan familiar se hará imposible, en tanto en cuanto es el depositario de toda la sombra, el lado oscuro que permanece inconsciente en los roles familiares.  

Así el chivo expiatorio será el raro, el que se aparta de los mandatos familiares, el que intenta buscar caminos distintos para resolver los conflictos familiares. Lejos de ser aplaudido o incentivado en esa búsqueda, es vilipendiado, odiado y apartado. La oveja negra de la familia, al cargar con todas las culpas de la familia o al asumir los roles impuestos por una madre perversa o un padre ausente (por narcisismo, drogadicción, egoísmo o debilidad) tiene pocas escapatorias. Es frecuente que el chivo expiatorio o la oveja negra de la familia acabe por llevar a cabo las profecías autocumplidas al dejarse resbalar entre parejas abusivas, relaciones tóxicas, adicciones y fracasos de todo tipo.  

En los hogares tóxicos el chivo expiatorio o la oveja negra cumple el rol esencial de ser el catalizador de toda la oscuridad familiar. Tanto es así que no se le permitirá ningún amago de éxito. Ya se encargarán los distintos miembros del clan de abortar estas iniciativas recordando una y otra vez un papel impuesto y, a la vez, impostado. 

¿Eres el chivo expiatorio y te han abandonado? Hay una buena noticia para ti, oveja negra 

Este tipo de seres llegan a las más extrema vulnerabilidad psicológica en la vida adulta. La lluvia fina de maltrato psicológico en forma de mandatos de culpa, de negación de su singularidad y falta de cuidado emocional se transparenta en un calvario emocional con distintas aristas. Es frecuente que vayan enlazando una pareja abusiva tras otra, que sea el blanco de amigos aprovechados y diana de abusos en el trabajo o en la vida profesional. El chivo expiatorio u oveja negra paga así la rebeldía con la que se atrevió a brillar a corta edad poniendo en cuestión las dinámicas perversas de los mandatos familiares. Fue elegido por su sensibilidad, su luz espiritual y por su peligrosidad, ya que estos atributos pueden hacer tambalear todos los secretos que se esconden de puertas para adentro.  

Solo quienes, tras una vida de sufrimiento, se atreven a salir de esta espiral de dolor (normalmente pidiendo ayuda y guía especializada) ven la luz de una dolorosa verdad. Y esta no es más que se han atrevido a cuestionar los parámetros familiares aportando una rareza, una singularidad, un don que los demás no están dispuestos a aceptar. ¿Por qué? Porque esa luz disipa las sombras que cubrían pecados, culpas y faltas que, a toda costa, se pretende esconder. El chivo expiatorio u oveja negra se convierte así en un elemento desestabilizador. 

¿Qué le queda a quien se reconoce en este papel de chivo expiatorio u oveja negra? Solo dos opciones: seguir con el mandato familiar y perpetuar un rol perverso a costa de su estabilidad emocional o enfrascarse en la aventura de la sanación. La cura, por supuesto, será para sí, pero también, para los que lleguen después en su árbol familiar. La buena noticia es que una vez, asumida esta última opción, se abre por delante todo un luminoso camino de libertad (antesala de la felicidad), una vez pueda sacudirse un dolor que no le pertenece, que no es suyo y que le ha sido impuesto sin su permiso.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El juez no fue implacable con Salva y se avino a rebajarle la condena por asesinato en casi cinco años. Así de veintidós que debería pasar en la cárcel se quedaría en diecisiete. En el juicio quedó probado que asesinó sin piedad a Antonio clavándole varias veces un cuchillo de grandes dimensiones y hoja afilada. ¿Y por qué esa reducción de condena ante un crimen tan atroz? Simplemente, porque actuó (y seguramente lo es) como lo que se conoce en psicología (y en la vida cotidiana) como un pagafantas. Esto es, fue tan manipulado por una auténtica narcisista perversa que llegó a cometer un crimen atroz siendo una persona tranquila y totalmente inserta en la sociedad. Entonces, ¿qué llevó a un hombre legal quien jamás se le hubiera pasado por la cabeza tal cosa a liquidar la vida de un inocente? Con toda probabilidad, la combinación de amor pasional, manipulación, ensoñación y un poso de indefensión aprendida a lo grande le llevaron a cometer tal abyecto acto. Sin llegar a esos extremos, este tipo de perfiles psicológicos (que arrastran esencialmente un trauma de apego), si caen en manos de personas perversas o psicópatas, pueden llegar a echar por tierra una vida entera. Vamos a poner las características a estos seres, quienes se pasan sufriendo toda su existencia sin saber muy bien poner esos límites sanos que son el alimento del amor propio.  

Características psicológicas del pagafantas o guy nice

El Doctor Iñaki Piñuel, un experto en todo tipo de abusos y maltratos en cualquier orden vital, en su obra Familia Zero y Amor Zero describe perfectamente los mecanismos psicológicos por los que un hombre o una mujer (en este caso la denominación es de alma mater) llegan a tal arrastre de su autoestima, amor propio y principios morales por el afán de conseguir (como sea) un amor impostado. ¿Qué sucede en su interior para llegar a los extremos de Salva que llegó a destrozar su vida, la de un inocente y la de dos familias? 

1.- En el principio, como he anotado un poco más arriba, hay un profundo trauma de apego. Esto es, ese adulto a merced de los caprichos de cualquier desalmado fue un niño no querido ni protegido por el clan familiar. Así de sencillo y de duro. Detrás de estas personalidades hay una familia tóxica (con toda la amplitud del término), disfuncional, una madre narcisista o directamente psicópata, un padre abandónico, problemas de adiciones… Tampoco hacen faltan grandes abusos (psicológicos, emocionales, físicos o sexuales) para que ese niño desvalido se convierta en un pagafantas en el futuro. Normalmente detrás de esa persona vulnerable hay una educación basada en la confrontación, la culpa o la vergüenza.  

2.- Ese niño que no ha encontrado el refugio, cariño y comprensión en el hogar va creciendo buscando el amor parental sin encontrarlo jamás. Como no entiende las razones por la que es rechazado y apartado del más mínimo cuidado emocional se empeña en halagar, mimar, cuidar y ofrecer todo lo que está a su alcance a sus progenitores. Y es especialmente cumplidor con una madre indisponible con quien está unido mediante un vínculo biológico imposible de suplir. 

3.- Estos niños abandonados a su suerte van creciendo en la creencia de que hay que dar y dar sin fin y sin fondo. Es la única manera que tienen de arreglar este desapego. Tanto es así que, a la postre, se convierten en seres que no saben poner límites, llegando a interiorizar que no tienen derecho a absolutamente nada. Se niegan (porque se lo han negado previamente) palabras de consuelo, actos de apoyo y comprensión de su interior. En parte esta es la razón por la que se convierten, andando el tiempo, en las víctimas propiciatorias para acabar encadenando unas tras otras relaciones tóxicas

4.- El pagafantas (y su correlato femenino el alma mater) no tienen un modelo psicológico saludable en el que mirarse porque, en definitiva, se han criado en ambientes tóxicos en los que nunca se ha tenido en cuenta sus necesidades emocionales. Además, las neuronas espejo (que se encargan de repetir los modelos aprendidos en la primera infancia), le devuelven una realidad imposible de aceptar: que han sido abandonados a su suerte en los primeros años de sus vida. A partir de aquí, de manera inconsciente, inician una búsqueda desesperada de amor a cualquier precio, adobada con la terrible convicción de no merecimiento. Dicho esto, estos seres se convierten en las presas más fáciles para cualquier tipo de manipulación en todos los ambientes posibles, ya sea en las relaciones personales, laborales e, incluso, de amistad.  

¿Qué hace el pagafantas para verse inmerso en una relación tóxica tras otra?  

1.- Una vez sale al mundo de los adultos, este niño herido que nunca encontró el amor maternal (aunque, en la gran mayoría de los casos, ni siquiera es consciente de ello) llega a aceptar que, sencillamente, la vida es así. Esto es, no llega a racionalizar que ese hogar en el que se crió no lo nutrió anímicamente y le dio herramientas básicas con las que defenderse utilizando un mínimo de asertividad. No sabe decir no. No sabe parar los pies. Ha interiorizado que no merece el amor (ya que su madre no se lo dio). Y la única vía que se le ofrece para resolver tal conflicto es dar y dar y dar sin límites, sin pedir nada a cambio, tal cual se le enseñó en casa. 

2.- Es normal que el pagafantas se enamore de la persona menos adecuada, de una narcisista perversa que le recuerda a la madre, de una psicópata o de una manipuladora emocional. Así le sucedió a Salva que cayó rendido a los encantos emocionales de Maje y a su belleza arrolladora y exhuberante. En el fondo de su corazón desean ese amor imposible y al mínimo movimiento de la otra parte van como un perrito faldero a satisfacer caprichos, peticiones y trabajos que rozan la humillación. Nada piden a cambio. En principio, es tal la felicidad por haber sido elegidos que están en una nube. Lo que no sabe el pagafantas (o el alma mater femenino) que han sido escogidos para ser depredados emocionalmente.  

3.- Ante una llamada, una petición, una solicitud, el pagafantas acudirá raudo y veloz, alegre por ser el escogido para tal fin. Se cree que ha conquistado el corazón de tan preciado bien como, de pequeño, anhelaba el de su madre. Sin embargo, tal cual le sucedió a Salva, aquí no hay aprecio ni cariño ni tan siquiera respeto. Es un juguete en manos del otro que recurre a él para realizar cualquier tipo de trabajo, desde una mudanza, un arreglo de fontanería o… un asesinato.  

4.- Porque el pagafantas a toda costa quiere hacer feliz al otro como el niño herido de un hogar tóxico anhela el amor de mamá. Busca sacudirse de ese no merecimiento (del que se siente culpable)  dando a paletadas hasta llegar a cometer un acto atroz si el otro (al que se ha apegado de manera patológica) se lo pide.  

¿Qué recibe a cambio el pagafantas por tanto servicio?  

1.- En primer lugar desprecio porque ese ser al que él ama lo utiliza como una cosa, como un objeto de usar y tirar sin tener la más mínima consideración por sus sentimientos. Siempre estará en la “zona de amigos”. Nunca llegará a una relación amorosa con la otra parte. Será utilizado conforme al beneficio del otro y, a veces, como Salva, de manera totalmente cruel. Le pedirán que espere una llamada mientras está de fiesta o que sea su taxi gratuito en una cita con un tercero. Será el que se quede con las mascotas o guarde la casa mientras ese ser al que el pagafantas ama de manera patológica se va de finde con un nuevo ligue.  

2.- En segundo lugar, un gran sufrimiento puesto que repetirá una y otra vez esa conquista fallida de amor que lleva desde que era un niño pequeño sin entender por qué le suceden este tipo de cosas reiteradamente.  

3.- En tercer lugar, tiene muchas papeletas para que el pagafantas sea depredado emocionalmente por todo tipo de gente tóxica. Puede quedarse sin casa, sin trabajo, sin libertad, como Salva. Y resbalarse, como nuestro protagonista, por la abyección más absoluta hasta llegar a robar la vida de un inocente.  

En definitiva y con palabras del Doctor Iñaki Piñuel:  

“El creciente agotamiento físico y emocional de un servicio sin fin les conduce a un burn-out existencial temprano. 

Abrumados y rodeados de una toxicidad relacional por doquier con amigos aprovechateguis, parejas abusivas y familiares demandadores con infinitas necesidades de atención y cuidado, obtienen a cambio como respuesta actitudes cada vez más despiadadas, crueles o indiferentes. 

No es infrecuente que incurran en todo tipo de adicciones secundarias para compensar y aguantar todo ese abuso y maltrato. El ciclo se cierra repitiéndose en la siguiente generación el trauma intrafamiliar original, que se convierte así en intergeneracional. 

Encerrados por el trauma original en una estrategia relacional errónea, llegan a creer que doblegarán la insensibilidad de esas amistades, parejas o relaciones familiares abusivas y que finalmente su extensa hoja de servicios prestados “a fondo perdido” obtendrá un resultado positivo. 

En su falsa promesa de redención, imaginan al otro finalmente seducido y subyugado por su capacidad de entrega y autosacrificio. 

Sin embargo, la experiencia muestra que esa vana pretensión y ese final feliz imaginado jamás llegan a producirse”.  

El pagafantas (como el correlato femenino de alma mater) llega a la edad madura totalmente exhausto, aniquilado en su voluntad, con las fuerzas al límite de tanto dar sin recibir nada a cambio. Solo con ayuda profesional adecuada logra salir del círculo vicioso de la manipulación emocional. Y con un entrenamiento largo en su autoestima aprenderá a decir no, a poner límites, a olvidar a aquellos que tiene idealizados, pero que no corresponden con amor. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

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El juez no fue implacable con Salva y se avino a rebajarle la condena por asesinato en casi cinco años. Así de veintidós que debería pasar en la cárcel se quedaría en diecisiete. En el juicio quedó probado que asesinó sin piedad a Antonio clavándole varias veces un cuchillo de grandes dimensiones y hoja afilada. ¿Y por qué esa reducción de condena ante un crimen tan atroz? Simplemente, porque actuó (y seguramente lo es) como lo que se conoce en psicología (y en la vida cotidiana) como un pagafantas. Esto es, fue tan manipulado por una auténtica narcisista perversa que llegó a cometer un crimen atroz siendo una persona tranquila y totalmente inserta en la sociedad. Entonces, ¿qué llevó a un hombre legal quien jamás se le hubiera pasado por la cabeza tal cosa a liquidar la vida de un inocente? Con toda probabilidad, la combinación de amor pasional, manipulación, ensoñación y un poso de indefensión aprendida a lo grande le llevaron a cometer tal abyecto acto. Sin llegar a esos extremos, este tipo de perfiles psicológicos (que arrastran esencialmente un trauma de apego), si caen en manos de personas perversas o psicópatas, pueden llegar a echar por tierra una vida entera. Vamos a poner las características a estos seres, quienes se pasan sufriendo toda su existencia sin saber muy bien poner esos límites sanos que son el alimento del amor propio.  

Características psicológicas del pagafantas o guy nice

El Doctor Iñaki Piñuel, un experto en todo tipo de abusos y maltratos en cualquier orden vital, en su obra Familia Zero y Amor Zero describe perfectamente los mecanismos psicológicos por los que un hombre o una mujer (en este caso la denominación es de alma mater) llegan a tal arrastre de su autoestima, amor propio y principios morales por el afán de conseguir (como sea) un amor impostado. ¿Qué sucede en su interior para llegar a los extremos de Salva que llegó a destrozar su vida, la de un inocente y la de dos familias? 

1.- En el principio, como he anotado un poco más arriba, hay un profundo trauma de apego. Esto es, ese adulto a merced de los caprichos de cualquier desalmado fue un niño no querido ni protegido por el clan familiar. Así de sencillo y de duro. Detrás de estas personalidades hay una familia tóxica (con toda la amplitud del término), disfuncional, una madre narcisista o directamente psicópata, un padre abandónico, problemas de adiciones… Tampoco hacen faltan grandes abusos (psicológicos, emocionales, físicos o sexuales) para que ese niño desvalido se convierta en un pagafantas en el futuro. Normalmente detrás de esa persona vulnerable hay una educación basada en la confrontación, la culpa o la vergüenza.  

2.- Ese niño que no ha encontrado el refugio, cariño y comprensión en el hogar va creciendo buscando el amor parental sin encontrarlo jamás. Como no entiende las razones por la que es rechazado y apartado del más mínimo cuidado emocional se empeña en halagar, mimar, cuidar y ofrecer todo lo que está a su alcance a sus progenitores. Y es especialmente cumplidor con una madre indisponible con quien está unido mediante un vínculo biológico imposible de suplir. 

3.- Estos niños abandonados a su suerte van creciendo en la creencia de que hay que dar y dar sin fin y sin fondo. Es la única manera que tienen de arreglar este desapego. Tanto es así que, a la postre, se convierten en seres que no saben poner límites, llegando a interiorizar que no tienen derecho a absolutamente nada. Se niegan (porque se lo han negado previamente) palabras de consuelo, actos de apoyo y comprensión de su interior. En parte esta es la razón por la que se convierten, andando el tiempo, en las víctimas propiciatorias para acabar encadenando unas tras otras relaciones tóxicas

4.- El pagafantas (y su correlato femenino el alma mater) no tienen un modelo psicológico saludable en el que mirarse porque, en definitiva, se han criado en ambientes tóxicos en los que nunca se ha tenido en cuenta sus necesidades emocionales. Además, las neuronas espejo (que se encargan de repetir los modelos aprendidos en la primera infancia), le devuelven una realidad imposible de aceptar: que han sido abandonados a su suerte en los primeros años de sus vida. A partir de aquí, de manera inconsciente, inician una búsqueda desesperada de amor a cualquier precio, adobada con la terrible convicción de no merecimiento. Dicho esto, estos seres se convierten en las presas más fáciles para cualquier tipo de manipulación en todos los ambientes posibles, ya sea en las relaciones personales, laborales e, incluso, de amistad.  

¿Qué hace el pagafantas para verse inmerso en una relación tóxica tras otra?  

1.- Una vez sale al mundo de los adultos, este niño herido que nunca encontró el amor maternal (aunque, en la gran mayoría de los casos, ni siquiera es consciente de ello) llega a aceptar que, sencillamente, la vida es así. Esto es, no llega a racionalizar que ese hogar en el que se crió no lo nutrió anímicamente y le dio herramientas básicas con las que defenderse utilizando un mínimo de asertividad. No sabe decir no. No sabe parar los pies. Ha interiorizado que no merece el amor (ya que su madre no se lo dio). Y la única vía que se le ofrece para resolver tal conflicto es dar y dar y dar sin límites, sin pedir nada a cambio, tal cual se le enseñó en casa. 

2.- Es normal que el pagafantas se enamore de la persona menos adecuada, de una narcisista perversa que le recuerda a la madre, de una psicópata o de una manipuladora emocional. Así le sucedió a Salva que cayó rendido a los encantos emocionales de Maje y a su belleza arrolladora y exhuberante. En el fondo de su corazón desean ese amor imposible y al mínimo movimiento de la otra parte van como un perrito faldero a satisfacer caprichos, peticiones y trabajos que rozan la humillación. Nada piden a cambio. En principio, es tal la felicidad por haber sido elegidos que están en una nube. Lo que no sabe el pagafantas (o el alma mater femenino) que han sido escogidos para ser depredados emocionalmente.  

3.- Ante una llamada, una petición, una solicitud, el pagafantas acudirá raudo y veloz, alegre por ser el escogido para tal fin. Se cree que ha conquistado el corazón de tan preciado bien como, de pequeño, anhelaba el de su madre. Sin embargo, tal cual le sucedió a Salva, aquí no hay aprecio ni cariño ni tan siquiera respeto. Es un juguete en manos del otro que recurre a él para realizar cualquier tipo de trabajo, desde una mudanza, un arreglo de fontanería o… un asesinato.  

4.- Porque el pagafantas a toda costa quiere hacer feliz al otro como el niño herido de un hogar tóxico anhela el amor de mamá. Busca sacudirse de ese no merecimiento (del que se siente culpable)  dando a paletadas hasta llegar a cometer un acto atroz si el otro (al que se ha apegado de manera patológica) se lo pide.  

¿Qué recibe a cambio el pagafantas por tanto servicio?  

1.- En primer lugar desprecio porque ese ser al que él ama lo utiliza como una cosa, como un objeto de usar y tirar sin tener la más mínima consideración por sus sentimientos. Siempre estará en la “zona de amigos”. Nunca llegará a una relación amorosa con la otra parte. Será utilizado conforme al beneficio del otro y, a veces, como Salva, de manera totalmente cruel. Le pedirán que espere una llamada mientras está de fiesta o que sea su taxi gratuito en una cita con un tercero. Será el que se quede con las mascotas o guarde la casa mientras ese ser al que el pagafantas ama de manera patológica se va de finde con un nuevo ligue.  

2.- En segundo lugar, un gran sufrimiento puesto que repetirá una y otra vez esa conquista fallida de amor que lleva desde que era un niño pequeño sin entender por qué le suceden este tipo de cosas reiteradamente.  

3.- En tercer lugar, tiene muchas papeletas para que el pagafantas sea depredado emocionalmente por todo tipo de gente tóxica. Puede quedarse sin casa, sin trabajo, sin libertad, como Salva. Y resbalarse, como nuestro protagonista, por la abyección más absoluta hasta llegar a robar la vida de un inocente.  

En definitiva y con palabras del Doctor Iñaki Piñuel:  

“El creciente agotamiento físico y emocional de un servicio sin fin les conduce a un burn-out existencial temprano. 

Abrumados y rodeados de una toxicidad relacional por doquier con amigos aprovechateguis, parejas abusivas y familiares demandadores con infinitas necesidades de atención y cuidado, obtienen a cambio como respuesta actitudes cada vez más despiadadas, crueles o indiferentes. 

No es infrecuente que incurran en todo tipo de adicciones secundarias para compensar y aguantar todo ese abuso y maltrato. El ciclo se cierra repitiéndose en la siguiente generación el trauma intrafamiliar original, que se convierte así en intergeneracional. 

Encerrados por el trauma original en una estrategia relacional errónea, llegan a creer que doblegarán la insensibilidad de esas amistades, parejas o relaciones familiares abusivas y que finalmente su extensa hoja de servicios prestados “a fondo perdido” obtendrá un resultado positivo. 

En su falsa promesa de redención, imaginan al otro finalmente seducido y subyugado por su capacidad de entrega y autosacrificio. 

Sin embargo, la experiencia muestra que esa vana pretensión y ese final feliz imaginado jamás llegan a producirse”.  

El pagafantas (como el correlato femenino de alma mater) llega a la edad madura totalmente exhausto, aniquilado en su voluntad, con las fuerzas al límite de tanto dar sin recibir nada a cambio. Solo con ayuda profesional adecuada logra salir del círculo vicioso de la manipulación emocional. Y con un entrenamiento largo en su autoestima aprenderá a decir no, a poner límites, a olvidar a aquellos que tiene idealizados, pero que no corresponden con amor. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

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La vulnerabilidad psicológica lleva a la persona que la sufre a ser víctima de todo tipo de abusos, chantajes y maltratos. Relacionada con la baja autoestima y la indefensión aprendida, quienes llevan impresos casi esta característica de espíritu son el blanco y la presa fácil para todo tipo de narcisistas, psicópatas y, en general, personas tóxicas. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con la inteligencia o la valía (si esto puede medirse) del ser humano que la sufre.  Y sus orígenes se remontan, en la mayoría de los casos de gravedad, a un trauma relacional de apego en la más temprana infancia. 

Vulnerabilidad psicológica en los malos momentos  

Sin tener que llegar a los extremos de lo que el Doctor Iñaki Piñuel, experto psicólogo divulgador de los procesos de todo tipo de maltrato, denomina “niños perdidos” en su libro Familia Zero, todos podemos pasar malos momentos. Estos no estarían relacionados con nuestros orígenes y se producen por causas externas a nosotros. Son etapas, épocas o situaciones en los que, como personas, nos sentimos o estamos solos, sin apoyos o intentando defendernos de grandes problemáticas. La vulnerabilidad psicológica peligrosa llega cuando no podemos defendernos de la gente tóxica que pretende aprovecharse bajo máscaras de buenas personas. Por eso, es necesario estar vigilantes en situaciones extremas como las que siguen: 

1.- En procesos de mudanzas sin ayuda emocional de amigos o familiares, en cambios de país o en los más extremos que requieren exilio. 

2.- En enfermedades graves que ponen a prueba nuestra fortaleza y resilencia

3.- Divorcios o separaciones traumáticas con pérdidas de todo tipo de por medio. 

4.- Situaciones de desempleo, ruina económica o, incluso, en etapas de grandes exigencias laborales que conllevan mucho estrés. 

5.- Cuando hay una crisis existencial por cualquier circunstancia y se ponen en duda nuestras creencias. 

6.- En duelos complicados en los que no hay apoyo emocional de por medio. 

7.- También cuando nos damos cuenta de engaños o de haber invertido tiempo con personas equivocadas.  

Sin ánimo de ser exhaustivo al completo, en estos procesos, existe una vulnerabilidad psicológica normal y transitoria que pone a la persona al descubierto convirtiéndose, a la par, en presa fácil de todos aquellos que quieren aprovecharse. A pesar, de la gravedad de la lista, quienes se encuentran en esta situación, con la debida ayuda, pueden salir más o menos indemnes y sin demasiado daño. 

La vulnerabilidad psicológica por el trauma de apego 

De otro cariz es la persona que encadena una situación anímicamente desastrosa tras otra, siendo víctima de engaños, manipulación y abusos de todo tipo. En estos casos a la infelicidad se une una bajada del sistema inmunológico produciéndose daños diversos que van más allá de lo anímico. El alma que se encuentra una y otra vez en estas situaciones no atina a entender qué hay de malo o de defectuoso (si en esos términos podemos hablar cuando se trata de psicología) para que su vulnerabilidad psicológica le lleve a mal vivir, a la tristeza, a la infelicidad y, a la postre, le impida alcanzar la plenitud.  

En estos casos, en los que la persona no logra remontar y tomar las riendas de su vida para llevar una existencia de libertad, suele haber una proporción abrumadora de lo que se denomina trauma de apego. Este se produce  cuando el progenitor (normalmente la madre) no logra llevar (por diversos motivos) una crianza segura anímicamente. El amor, cariño, protección, seguridad y confianzas maternales queda interrumpido y el niño, ante tal situación, comienza a generar una personalidad vulnerable. Reduciendo muchísimo, ante esta situación, el pequeño (que necesita obligatoriamente ese vínculo para sentirse seguro y protegido) intenta, por todas las vías posibles, complacer a ese progenitor tóxico de la manera que puede o que buenamente sabe. Por supuesto, nunca tal esfuerzo llega a ser recompensado. 

Y esa manera es, en la mayoría de los casos, intentando complacer a esa madre narcisista la más de las veces, indisponible, que no puede generar amor y que, además, no es consecuente entre lo que dice y/o promete con lo que hace. Todo ello genera tal confrontación en el niño que lo traduce en sentimientos de culpa (por no ser correspondido por su madre) y vergüenza. 

Vulnerabilidad psicológica y familia tóxica 

Una madre narcisista siempre creará un hogar tóxico en el que los distintos miembros están permanentemente divididos y confrontados entre sí. El vínculo de apego, apoyo mutuo, generosidad, comprensión y amor queda roto irremediablemente y, además, para siempre. Aunque pueda parecer a simple vista que todo ello solo pasa en familias al margen de la sociedad, es bastante frecuente en el sistema contemporáneo mercantilizado. Y ello porque este tipo de madres se las arreglan para que lo que sucede de puertas para adentro no trascienda más allá del umbral familiar. Así la vulnerabilidad psicológica de un niño que se cría con estas madres que solo atienden a su capricho y se mofan, incluso, de las emociones de su hijo va en aumento sin parar en la vida adulta.  

Llegados el momento de buscar pareja, un trabajo o, incluso, amistades, este niño que no ha recibido el amor incondicional en el hogar reflejará esos comportamientos. Y lo hará porque, en primera instancia, cree que es lo normal (ya que lo ha vivido así desde que vino al mundo) y, además, en su interior inconsciente busca ser merecedor de ese amor que no recibió de una madre tóxica ni tampoco de las posibles figuras de apego secundarias (padre, abuelos, hermanos mayores, padrinos…) Esta vulnerabilidad psicológica hace que busque ese cariño en otras personas. Hasta aquí no hay ningún problema si logran acertar con buenas compañías que, de alguna manera u otra, ofrezcan y reciban ese amor de manera recíproca. 

Sin embargo, los adultos con esta herida desde la infancia llevan como una marca invisible de su vulnerabilidad psicológica que saben leer (y muy bien) todo tipo de narcisistas, aprovechados, manipuladores y psicópatas. Por eso son las víctimas clásicas de abusos emocionales, chantajes, robos, perversiones e, incluso, del cruel gaslighting

Cuando se niega la vulnerabilidad psicológica procedente del ámbito familiar 

La única manera de salir de este abuso constante es, en primera instancia, entender y ver el origen del mismo. No se puede transcender y seguir adelante si se niega esta dura realidad en la infancia sin ayuda profesional. Por eso, estas notas son solo eso: información para comenzar un camino de sanación cuya meta es la serenidad, la libertad y la felicidad. Hasta alcanzarlo queda un proceso en el que es necesario asumir la realidad de un apego inseguro del que no tiene culpa la persona que lo sufre, ya que, en todo momento, es una víctima inocente.  

Una vez se ha visto (con toda su crudeza) esta realidad es necesario entender los mecanismos que utiliza toda la mala gente que hay por el mundo para atrapar a estos seres vulnerables y depredarlas de todas las formas posibles. Siguiendo el término del Doctor Iñaki Piñuel, es necesario desenmascarar a los psicópatas afrontando sus mañas basadas en una promesa de rendición. Esto es, el niño herido interior que lleva dentro todo adulto vulnerable creerá aquello que los perversos han construido para engancharlos emocionalmente y, una vez en este trance, realizar un doloroso proceso que lleva, andando el tiempo, al más desolador vacío del alma. La única manera de salir de esta rueda interminable es reconocer cómo funcionan estos mecanismos a la par que se desarrolla un sano amor propio.  

Afrontar es el primer paso para la sanación 

Las verdaderas granjas de seres vulnerables se crean dentro de las puertas de hogares impostados en los que los distintos individuos crecen en soledad anímica. Los sentimientos, necesidad de cariño y comprensión de estos niños nunca son atendidos. Por el contrario, se van inculcando retazos de culpa de forma tan constante que llegan a generar tal incertidumbre que estos pequeños no saben qué hacer para complacer. Todo este proceso desolador se repite, como en una rueda eterna, en la vida adulta con resultados desastrosos.  

“En la base […] encontramos el fallo básico en la constitución del vínculo y de una base segura de apego con una madre ausente, desaparecida o emocionalmente indisponible, o una madre que, aunque pudiera haber estado presente, no fue capaz de cubrir esa necesidad básica de consuelo, base segura y refugio, o que careció, por diferentes razones, de la fiabilidad, consistencia, continuidad y constancia necesarias en las labores de cuidado de su hijo.  

Esta situación existencial crítica condenará al futuro adulto a vivir en el pasado, le impedirá sentirse seguro y saber quién es durante el resto de su vida.  

Ese adulto vivirá sin saberlo en el pasado, ensayando una serie de intentos repetidos y frustrados de encontrar su base segura de apego y consuelo en su relación con los demás”. 

Iñaki Piñuel 

Dicho así pudiera parecer que la vulnerabilidad psicológica condena a quien la sufre a una vida de desdicha. No es así. En cualquier momento vital puedes decidir poner fin a esta rueda buscando ayuda profesional adecuada. Te recuerdo que este escrito es solo eso: un apunte, una nota, una brizna de luz en un camino que merece la pena ser recorrido, que es el de tu libertad, la misma que pasa por la serenidad y termina en la felicidad.   

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La vulnerabilidad psicológica lleva a la persona que la sufre a ser víctima de todo tipo de abusos, chantajes y maltratos. Relacionada con la baja autoestima y la indefensión aprendida, quienes llevan impresos casi esta característica de espíritu son el blanco y la presa fácil para todo tipo de narcisistas, psicópatas y, en general, personas tóxicas. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con la inteligencia o la valía (si esto puede medirse) del ser humano que la sufre.  Y sus orígenes se remontan, en la mayoría de los casos de gravedad, a un trauma relacional de apego en la más temprana infancia. 

Vulnerabilidad psicológica en los malos momentos  

Sin tener que llegar a los extremos de lo que el Doctor Iñaki Piñuel, experto psicólogo divulgador de los procesos de todo tipo de maltrato, denomina “niños perdidos” en su libro Familia Zero, todos podemos pasar malos momentos. Estos no estarían relacionados con nuestros orígenes y se producen por causas externas a nosotros. Son etapas, épocas o situaciones en los que, como personas, nos sentimos o estamos solos, sin apoyos o intentando defendernos de grandes problemáticas. La vulnerabilidad psicológica peligrosa llega cuando no podemos defendernos de la gente tóxica que pretende aprovecharse bajo máscaras de buenas personas. Por eso, es necesario estar vigilantes en situaciones extremas como las que siguen: 

1.- En procesos de mudanzas sin ayuda emocional de amigos o familiares, en cambios de país o en los más extremos que requieren exilio. 

2.- En enfermedades graves que ponen a prueba nuestra fortaleza y resilencia

3.- Divorcios o separaciones traumáticas con pérdidas de todo tipo de por medio. 

4.- Situaciones de desempleo, ruina económica o, incluso, en etapas de grandes exigencias laborales que conllevan mucho estrés. 

5.- Cuando hay una crisis existencial por cualquier circunstancia y se ponen en duda nuestras creencias. 

6.- En duelos complicados en los que no hay apoyo emocional de por medio. 

7.- También cuando nos damos cuenta de engaños o de haber invertido tiempo con personas equivocadas.  

Sin ánimo de ser exhaustivo al completo, en estos procesos, existe una vulnerabilidad psicológica normal y transitoria que pone a la persona al descubierto convirtiéndose, a la par, en presa fácil de todos aquellos que quieren aprovecharse. A pesar, de la gravedad de la lista, quienes se encuentran en esta situación, con la debida ayuda, pueden salir más o menos indemnes y sin demasiado daño. 

La vulnerabilidad psicológica por el trauma de apego 

De otro cariz es la persona que encadena una situación anímicamente desastrosa tras otra, siendo víctima de engaños, manipulación y abusos de todo tipo. En estos casos a la infelicidad se une una bajada del sistema inmunológico produciéndose daños diversos que van más allá de lo anímico. El alma que se encuentra una y otra vez en estas situaciones no atina a entender qué hay de malo o de defectuoso (si en esos términos podemos hablar cuando se trata de psicología) para que su vulnerabilidad psicológica le lleve a mal vivir, a la tristeza, a la infelicidad y, a la postre, le impida alcanzar la plenitud.  

En estos casos, en los que la persona no logra remontar y tomar las riendas de su vida para llevar una existencia de libertad, suele haber una proporción abrumadora de lo que se denomina trauma de apego. Este se produce  cuando el progenitor (normalmente la madre) no logra llevar (por diversos motivos) una crianza segura anímicamente. El amor, cariño, protección, seguridad y confianzas maternales queda interrumpido y el niño, ante tal situación, comienza a generar una personalidad vulnerable. Reduciendo muchísimo, ante esta situación, el pequeño (que necesita obligatoriamente ese vínculo para sentirse seguro y protegido) intenta, por todas las vías posibles, complacer a ese progenitor tóxico de la manera que puede o que buenamente sabe. Por supuesto, nunca tal esfuerzo llega a ser recompensado. 

Y esa manera es, en la mayoría de los casos, intentando complacer a esa madre narcisista la más de las veces, indisponible, que no puede generar amor y que, además, no es consecuente entre lo que dice y/o promete con lo que hace. Todo ello genera tal confrontación en el niño que lo traduce en sentimientos de culpa (por no ser correspondido por su madre) y vergüenza. 

Vulnerabilidad psicológica y familia tóxica 

Una madre narcisista siempre creará un hogar tóxico en el que los distintos miembros están permanentemente divididos y confrontados entre sí. El vínculo de apego, apoyo mutuo, generosidad, comprensión y amor queda roto irremediablemente y, además, para siempre. Aunque pueda parecer a simple vista que todo ello solo pasa en familias al margen de la sociedad, es bastante frecuente en el sistema contemporáneo mercantilizado. Y ello porque este tipo de madres se las arreglan para que lo que sucede de puertas para adentro no trascienda más allá del umbral familiar. Así la vulnerabilidad psicológica de un niño que se cría con estas madres que solo atienden a su capricho y se mofan, incluso, de las emociones de su hijo va en aumento sin parar en la vida adulta.  

Llegados el momento de buscar pareja, un trabajo o, incluso, amistades, este niño que no ha recibido el amor incondicional en el hogar reflejará esos comportamientos. Y lo hará porque, en primera instancia, cree que es lo normal (ya que lo ha vivido así desde que vino al mundo) y, además, en su interior inconsciente busca ser merecedor de ese amor que no recibió de una madre tóxica ni tampoco de las posibles figuras de apego secundarias (padre, abuelos, hermanos mayores, padrinos…) Esta vulnerabilidad psicológica hace que busque ese cariño en otras personas. Hasta aquí no hay ningún problema si logran acertar con buenas compañías que, de alguna manera u otra, ofrezcan y reciban ese amor de manera recíproca. 

Sin embargo, los adultos con esta herida desde la infancia llevan como una marca invisible de su vulnerabilidad psicológica que saben leer (y muy bien) todo tipo de narcisistas, aprovechados, manipuladores y psicópatas. Por eso son las víctimas clásicas de abusos emocionales, chantajes, robos, perversiones e, incluso, del cruel gaslighting

Cuando se niega la vulnerabilidad psicológica procedente del ámbito familiar 

La única manera de salir de este abuso constante es, en primera instancia, entender y ver el origen del mismo. No se puede transcender y seguir adelante si se niega esta dura realidad en la infancia sin ayuda profesional. Por eso, estas notas son solo eso: información para comenzar un camino de sanación cuya meta es la serenidad, la libertad y la felicidad. Hasta alcanzarlo queda un proceso en el que es necesario asumir la realidad de un apego inseguro del que no tiene culpa la persona que lo sufre, ya que, en todo momento, es una víctima inocente.  

Una vez se ha visto (con toda su crudeza) esta realidad es necesario entender los mecanismos que utiliza toda la mala gente que hay por el mundo para atrapar a estos seres vulnerables y depredarlas de todas las formas posibles. Siguiendo el término del Doctor Iñaki Piñuel, es necesario desenmascarar a los psicópatas afrontando sus mañas basadas en una promesa de rendición. Esto es, el niño herido interior que lleva dentro todo adulto vulnerable creerá aquello que los perversos han construido para engancharlos emocionalmente y, una vez en este trance, realizar un doloroso proceso que lleva, andando el tiempo, al más desolador vacío del alma. La única manera de salir de esta rueda interminable es reconocer cómo funcionan estos mecanismos a la par que se desarrolla un sano amor propio.  

Afrontar es el primer paso para la sanación 

Las verdaderas granjas de seres vulnerables se crean dentro de las puertas de hogares impostados en los que los distintos individuos crecen en soledad anímica. Los sentimientos, necesidad de cariño y comprensión de estos niños nunca son atendidos. Por el contrario, se van inculcando retazos de culpa de forma tan constante que llegan a generar tal incertidumbre que estos pequeños no saben qué hacer para complacer. Todo este proceso desolador se repite, como en una rueda eterna, en la vida adulta con resultados desastrosos.  

“En la base […] encontramos el fallo básico en la constitución del vínculo y de una base segura de apego con una madre ausente, desaparecida o emocionalmente indisponible, o una madre que, aunque pudiera haber estado presente, no fue capaz de cubrir esa necesidad básica de consuelo, base segura y refugio, o que careció, por diferentes razones, de la fiabilidad, consistencia, continuidad y constancia necesarias en las labores de cuidado de su hijo.  

Esta situación existencial crítica condenará al futuro adulto a vivir en el pasado, le impedirá sentirse seguro y saber quién es durante el resto de su vida.  

Ese adulto vivirá sin saberlo en el pasado, ensayando una serie de intentos repetidos y frustrados de encontrar su base segura de apego y consuelo en su relación con los demás”. 

Iñaki Piñuel 

Dicho así pudiera parecer que la vulnerabilidad psicológica condena a quien la sufre a una vida de desdicha. No es así. En cualquier momento vital puedes decidir poner fin a esta rueda buscando ayuda profesional adecuada. Te recuerdo que este escrito es solo eso: un apunte, una nota, una brizna de luz en un camino que merece la pena ser recorrido, que es el de tu libertad, la misma que pasa por la serenidad y termina en la felicidad.   

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El trauma de apego ha sido definido en la psicología del siglo XXI tras el estudio exhaustivo de la denominada como familia tóxica, formada, en su inmensa mayoría, por progenitores caracterizados, como mínimo, de indolentes. En la mayoría de los casos nos encontramos detrás un padre psicópata, una madre narcisista, abusos de todo tipo, entornos con adicciones…  Empiezo apuntando que el apego para los humanos es un sistema psicológico de adaptación innato y genético. A través del mismo, el infante frágil y débil que llega a esta mundo necesita de cuidados físicos y espirituales para poder crecer de manera saludable. Cuando el apego no se realiza correctamente (porque hay padres ausentes por un motivo u otro), se genera el trauma. 

Qué es el trauma de apego 

 

Se origina en la etapa infantil y da la cara en la edad adulta de diversas maneras. Se define como un trama de tipo relacional originado en el seno de la familia. Cuando se nombran infancias rotas normalmente se nos viene a la cabeza niños maltratados, vejados o abusados de forma cruel. Sin embargo, el trauma de apego normalmente no se produce por grandes hechos de este tipo. El Doctor Iñaki Piñuel, en su obra Familia Zero  lo describe como una lluvia fina de pequeñas y grandes cosas que van minando la confianza del niño hasta convertirlo en un ser vulnerable a todo tipo de depredadores emocionales.  

Se produce en familias que no dan el apoyo incondicional que un niño requiere y, por tanto, este se convierte en juguete al capricho de los padres. Dicho así puede parecer que ese tipo de familias son las del espectro de la marginalidad. Sin embargo, este tipo de crueldad (a veces aceptada socialmente) es más frecuente de lo que parece a simple vista. El niño que llega a este sucedáneo de hogar y que, por la razón que sea, no es querido se ve envuelto a lo largo de su vida en una serie de actos de desamor que, a la larga, van configurando un sistema emocional perverso para sí mismo. Y lo es porque se acostumbra a esta tipo de actitudes y las siente como normales, ya que -recordemos- vienen de quienes están llamados a darle protección. Por otro lado, el afán de apegarse a toda costa a sus progenitores (porque, recordemos, es un sistema innato de supervivencia), el niño tiende, por un lado, a culpabilizarse por no ser receptor de ese amor natural y, por el otro, a querer complacer, como sea, a esos padres que no son capaces de ofrecer cariño, confianza y seguridad.  

El resultado de este tipo de crianza es un adulto roto con muy poca autoestima incapaz de abrirse en sociedad con asertividad. Andando el tiempo estos niños con trauma de apego se convierten en presas fáciles de relaciones tóxicas que llegan incluso a la crueldad del gaslighting

Cómo se produce el trauma de apego 

En esencia, nace cuando no es posible ese apego natural basado en la confianza, el amor, la entrega y la protección. Ni que decir tiene que esto no tiene nada que ver con los mimos o el capricho. El trauma de apego se genera cuando en la familia (normalmente la madre o el padre) no son capaces de ofrecer este amor, normalmente porque son personalidades psicopáticas o del espectro del narcisista, muy comunes, desafortunadamente, en la sociedad contemporánea. 

Estos padres, incapaces de amar a sus hijos y de ofrecerles el apoyo debido, descargarán toda su frustración en pequeños vulnerables de múltiples y variadas maneras. La convivencia se convierte en una lluvia fina y constante de frases vejatorias (“la culpa es tuya”, “tú no vales”, “no vas a poder”, “eres malo”, “eres egoísta…”), ninguneos y desplantes que van calando profundamente en el ánimo del pequeño. Estas almas no reciben consuelo cuando algo les aflige y, en ocasiones, su dolor o pesar es minimizado. Cuando pretendían hacer llegar alguna necesidad emocional básica eran tachados de egoístas. Se les exigía, a toda costa, una obediencia cercana a la sumisión y se les culpabilizaba prácticamente de cualquier hecho. El trauma de apego es una constante entre los hijos de madres narcisistas, las mismas que no pueden dejar de anteponerse a ellas mismas por el bienestar básico de sus retoños. 

Estos niños van creciendo en la incertidumbre más absoluta puesto que no saben qué hacer para complacer al progenitor que está al cargo de su cuidado. El sucedáneo de amor que reciben (de palabra y no de hechos) siempre está condicionado por un chantaje emocional brutal. Todo ello genera en el alma de los pequeños sentimientos de culpa por no estar “a la altura” de lo que espera ese progenitor. De la culpa se llega a la vergüenza, la humillación y la vulnerabilidad. El trauma de apego supone que estos pequeños lleguen a la edad adulta sin saber lo que es el amor verdadero, el más incondicional, el mismo que se recibe de los padres. Y, como nunca les han ofrecido este apego necesario para su supervivencia emocional se convierten, más temprano que tarde, en víctimas de todo tipo de abusadores en todos los ámbitos de su vida: en el trabajo, en la calle y en las sucesivas parejas que van ahondando más en esa herida relacional. 

Consecuencias a medio plazo del trauma de apego 

Son tantas que es imposible resumir en un artículo de divulgación como pretende ser este, pero, en líneas generales es normal encontrarse con lo siguiente: 

1.- La posición de dominio que ejerció ese progenitor tóxico genera, en primera instancia, una baja autoestima. La falta de amor propio va de la mano de complejos de inferioridad de todo tipo y, por tanto, ese niño que no recibe el cariño básico no intenta absolutamente nada para su progreso porque, sencillamente, no se siente merecedor de ello. 

2.- Son niños que se crían en el mal pero son incapaces de diferenciarlo del bien simplemente porque  la maldad está donde no debería: en su casa. Por eso, son susceptibles de ser engañados o maltratados de distintas formas. Y también de ir por la senda contrario, la que se sitúa fuera de la ley. 

3.- El trauma de apego genera indefensión aprendida y, por tanto, son incapaces de neutralizar los ataques que llegan del exterior o del interior familiar, ya que, por un lado, consideran que las cosas son así y, por el otro lado, se sienten culpables de todo lo malo que les pasa. Por eso, son las víctimas propiciatorias para el maltrato más atroz o las violaciones más espantosas. 

4.- El “quien bien te quiere te hará llorar” lo llevan tan interiorizado que son incapaces de parar los pies a todo aquel que vulnera su intimidad o su integridad física o espiritual. 

5.- No son capaces de defenderse de las burlas y del bullying. 

6.- Llegan a la edad adulta sin modelos saludables en los que reflejarse perpetuando el trauma de apego entre sus vástagos o, por el contrario, convirtiéndose en víctimas vulnerables de todo tipo de abusadores, a veces con resultados fatales. 

7.- Esto es posible porque se dejan seducir por falsas promesas de un amor tan necesario como regateado cuando más se necesitaba.  

Adultos con trauma de apego  

Esta lluvia fina de falta de confianza, de calor familiar y de aprecio de la persona va calando de manera constante incluso en la vida adulta. Da igual lo que haya intentando este niño perdido en un mar de desamor una vez alcance la madurez para convertirse en una persona independiente. Será una persona vulnerable presa de todo tipo de acosadores. Normalmente son individuos deseosos de ser amados, de ser redimidos, de recibir aquello que le fue negado y a lo que tenía derecho de manera natural.  

Estas personas se mueven entre dos conflictos irresolubles: entre el deseo de ser amado y la imposibilidad de recibir cariño de quienes deberían ofrecerlo de manera gratuita. Todo ello genera en ellos un choque espiritual imposible de resolver. Como no reciben ese calor básico, interiorizan que no son merecedores del mismo convirtiéndose en presa fácil de todo tipo de psicópatas que, al ver esa herida tan profunda, se abalanzan sobre estas personas para robarles todo lo que está a su alcance: alegría, ganas de vivir, delicadeza, cortesía, bienes económicos, fortaleza, salud y libertad.  

“Esta terrible experiencia de intentar sobrevivir entre dos tendencias contrapuestas es la causa de la generación de heridas intergeneracionales que permanecen después en la vida del futuro adulto de modo latente y que se manifiestan en el momento en el que vuelven a encontrarse en el ámbito social con individuos que les suenan familiares: otros abusadores de corte narcisista o psicopático”. 

Iñaki Piñuel  

Muchos de estos adultos son incapaces de salir de esta relación abusiva porque, en primera instancia, la ven como normal. Son la proyección de aquello que vivieron en la infancia cuando el ninguneo, la falta de confianza o de libertad, los atentados continuos a sus necesidades emocionales eran el día a día. Hoy, de adultos, no saben parar los pies a quienes chantajean (con ventaja) con su alma y su vida. 

Cómo resolver los conflictos que han producido un trauma de apego 

Las víctimas con trauma de apego, si no han sido atendidas a edad temprana (y eso solo sucede con grandes delitos), llegan a la vida adulta muy perdidas. Solo después de encadenar un fracaso tras otro, algunas de ellas encuentran la fuerza escondida en su interior para enfrentarse a esta verdad tan abrumadora y demoledora. Únicamente mirando este espejo de crueldad constante pueden deshacerse del peso de la culpa, de la vergüenza y de la falta de confianza en sí mismas. El amor propio que les permita llevar una vida dichosa no va a llegar de un día para otro y, en prácticamente, todos los casos de éxito hay un acompañamiento profesional experto (en este tipo de situaciones) y un duro trabajo personal. 

Ni que decir tiene que este texto sobre el trauma de apego es, sencillamente, unas notas, unos apuntes que te pueden ayudar para, al menos, poner nombre a todo aquello que te pasa. Será el primer paso en tu libertad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El trauma de apego ha sido definido en la psicología del siglo XXI tras el estudio exhaustivo de la denominada como familia tóxica, formada, en su inmensa mayoría, por progenitores caracterizados, como mínimo, de indolentes. En la mayoría de los casos nos encontramos detrás un padre psicópata, una madre narcisista, abusos de todo tipo, entornos con adicciones…  Empiezo apuntando que el apego para los humanos es un sistema psicológico de adaptación innato y genético. A través del mismo, el infante frágil y débil que llega a esta mundo necesita de cuidados físicos y espirituales para poder crecer de manera saludable. Cuando el apego no se realiza correctamente (porque hay padres ausentes por un motivo u otro), se genera el trauma. 

Qué es el trauma de apego 

 

Se origina en la etapa infantil y da la cara en la edad adulta de diversas maneras. Se define como un trama de tipo relacional originado en el seno de la familia. Cuando se nombran infancias rotas normalmente se nos viene a la cabeza niños maltratados, vejados o abusados de forma cruel. Sin embargo, el trauma de apego normalmente no se produce por grandes hechos de este tipo. El Doctor Iñaki Piñuel, en su obra Familia Zero  lo describe como una lluvia fina de pequeñas y grandes cosas que van minando la confianza del niño hasta convertirlo en un ser vulnerable a todo tipo de depredadores emocionales.  

Se produce en familias que no dan el apoyo incondicional que un niño requiere y, por tanto, este se convierte en juguete al capricho de los padres. Dicho así puede parecer que ese tipo de familias son las del espectro de la marginalidad. Sin embargo, este tipo de crueldad (a veces aceptada socialmente) es más frecuente de lo que parece a simple vista. El niño que llega a este sucedáneo de hogar y que, por la razón que sea, no es querido se ve envuelto a lo largo de su vida en una serie de actos de desamor que, a la larga, van configurando un sistema emocional perverso para sí mismo. Y lo es porque se acostumbra a esta tipo de actitudes y las siente como normales, ya que -recordemos- vienen de quienes están llamados a darle protección. Por otro lado, el afán de apegarse a toda costa a sus progenitores (porque, recordemos, es un sistema innato de supervivencia), el niño tiende, por un lado, a culpabilizarse por no ser receptor de ese amor natural y, por el otro, a querer complacer, como sea, a esos padres que no son capaces de ofrecer cariño, confianza y seguridad.  

El resultado de este tipo de crianza es un adulto roto con muy poca autoestima incapaz de abrirse en sociedad con asertividad. Andando el tiempo estos niños con trauma de apego se convierten en presas fáciles de relaciones tóxicas que llegan incluso a la crueldad del gaslighting

Cómo se produce el trauma de apego 

En esencia, nace cuando no es posible ese apego natural basado en la confianza, el amor, la entrega y la protección. Ni que decir tiene que esto no tiene nada que ver con los mimos o el capricho. El trauma de apego se genera cuando en la familia (normalmente la madre o el padre) no son capaces de ofrecer este amor, normalmente porque son personalidades psicopáticas o del espectro del narcisista, muy comunes, desafortunadamente, en la sociedad contemporánea. 

Estos padres, incapaces de amar a sus hijos y de ofrecerles el apoyo debido, descargarán toda su frustración en pequeños vulnerables de múltiples y variadas maneras. La convivencia se convierte en una lluvia fina y constante de frases vejatorias (“la culpa es tuya”, “tú no vales”, “no vas a poder”, “eres malo”, “eres egoísta…”), ninguneos y desplantes que van calando profundamente en el ánimo del pequeño. Estas almas no reciben consuelo cuando algo les aflige y, en ocasiones, su dolor o pesar es minimizado. Cuando pretendían hacer llegar alguna necesidad emocional básica eran tachados de egoístas. Se les exigía, a toda costa, una obediencia cercana a la sumisión y se les culpabilizaba prácticamente de cualquier hecho. El trauma de apego es una constante entre los hijos de madres narcisistas, las mismas que no pueden dejar de anteponerse a ellas mismas por el bienestar básico de sus retoños. 

Estos niños van creciendo en la incertidumbre más absoluta puesto que no saben qué hacer para complacer al progenitor que está al cargo de su cuidado. El sucedáneo de amor que reciben (de palabra y no de hechos) siempre está condicionado por un chantaje emocional brutal. Todo ello genera en el alma de los pequeños sentimientos de culpa por no estar “a la altura” de lo que espera ese progenitor. De la culpa se llega a la vergüenza, la humillación y la vulnerabilidad. El trauma de apego supone que estos pequeños lleguen a la edad adulta sin saber lo que es el amor verdadero, el más incondicional, el mismo que se recibe de los padres. Y, como nunca les han ofrecido este apego necesario para su supervivencia emocional se convierten, más temprano que tarde, en víctimas de todo tipo de abusadores en todos los ámbitos de su vida: en el trabajo, en la calle y en las sucesivas parejas que van ahondando más en esa herida relacional. 

Consecuencias a medio plazo del trauma de apego 

Son tantas que es imposible resumir en un artículo de divulgación como pretende ser este, pero, en líneas generales es normal encontrarse con lo siguiente: 

1.- La posición de dominio que ejerció ese progenitor tóxico genera, en primera instancia, una baja autoestima. La falta de amor propio va de la mano de complejos de inferioridad de todo tipo y, por tanto, ese niño que no recibe el cariño básico no intenta absolutamente nada para su progreso porque, sencillamente, no se siente merecedor de ello. 

2.- Son niños que se crían en el mal pero son incapaces de diferenciarlo del bien simplemente porque  la maldad está donde no debería: en su casa. Por eso, son susceptibles de ser engañados o maltratados de distintas formas. Y también de ir por la senda contrario, la que se sitúa fuera de la ley. 

3.- El trauma de apego genera indefensión aprendida y, por tanto, son incapaces de neutralizar los ataques que llegan del exterior o del interior familiar, ya que, por un lado, consideran que las cosas son así y, por el otro lado, se sienten culpables de todo lo malo que les pasa. Por eso, son las víctimas propiciatorias para el maltrato más atroz o las violaciones más espantosas. 

4.- El “quien bien te quiere te hará llorar” lo llevan tan interiorizado que son incapaces de parar los pies a todo aquel que vulnera su intimidad o su integridad física o espiritual. 

5.- No son capaces de defenderse de las burlas y del bullying. 

6.- Llegan a la edad adulta sin modelos saludables en los que reflejarse perpetuando el trauma de apego entre sus vástagos o, por el contrario, convirtiéndose en víctimas vulnerables de todo tipo de abusadores, a veces con resultados fatales. 

7.- Esto es posible porque se dejan seducir por falsas promesas de un amor tan necesario como regateado cuando más se necesitaba.  

Adultos con trauma de apego  

Esta lluvia fina de falta de confianza, de calor familiar y de aprecio de la persona va calando de manera constante incluso en la vida adulta. Da igual lo que haya intentando este niño perdido en un mar de desamor una vez alcance la madurez para convertirse en una persona independiente. Será una persona vulnerable presa de todo tipo de acosadores. Normalmente son individuos deseosos de ser amados, de ser redimidos, de recibir aquello que le fue negado y a lo que tenía derecho de manera natural.  

Estas personas se mueven entre dos conflictos irresolubles: entre el deseo de ser amado y la imposibilidad de recibir cariño de quienes deberían ofrecerlo de manera gratuita. Todo ello genera en ellos un choque espiritual imposible de resolver. Como no reciben ese calor básico, interiorizan que no son merecedores del mismo convirtiéndose en presa fácil de todo tipo de psicópatas que, al ver esa herida tan profunda, se abalanzan sobre estas personas para robarles todo lo que está a su alcance: alegría, ganas de vivir, delicadeza, cortesía, bienes económicos, fortaleza, salud y libertad.  

“Esta terrible experiencia de intentar sobrevivir entre dos tendencias contrapuestas es la causa de la generación de heridas intergeneracionales que permanecen después en la vida del futuro adulto de modo latente y que se manifiestan en el momento en el que vuelven a encontrarse en el ámbito social con individuos que les suenan familiares: otros abusadores de corte narcisista o psicopático”. 

Iñaki Piñuel  

Muchos de estos adultos son incapaces de salir de esta relación abusiva porque, en primera instancia, la ven como normal. Son la proyección de aquello que vivieron en la infancia cuando el ninguneo, la falta de confianza o de libertad, los atentados continuos a sus necesidades emocionales eran el día a día. Hoy, de adultos, no saben parar los pies a quienes chantajean (con ventaja) con su alma y su vida. 

Cómo resolver los conflictos que han producido un trauma de apego 

Las víctimas con trauma de apego, si no han sido atendidas a edad temprana (y eso solo sucede con grandes delitos), llegan a la vida adulta muy perdidas. Solo después de encadenar un fracaso tras otro, algunas de ellas encuentran la fuerza escondida en su interior para enfrentarse a esta verdad tan abrumadora y demoledora. Únicamente mirando este espejo de crueldad constante pueden deshacerse del peso de la culpa, de la vergüenza y de la falta de confianza en sí mismas. El amor propio que les permita llevar una vida dichosa no va a llegar de un día para otro y, en prácticamente, todos los casos de éxito hay un acompañamiento profesional experto (en este tipo de situaciones) y un duro trabajo personal. 

Ni que decir tiene que este texto sobre el trauma de apego es, sencillamente, unas notas, unos apuntes que te pueden ayudar para, al menos, poner nombre a todo aquello que te pasa. Será el primer paso en tu libertad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Procusto es, en la mitología griega, “el que mata al que sobresale” y ya con esta definición nos adentramos en este trastorno o carácter oscuro de la personalidad que lo sufren una buen parte de los que forman ese saco informe denominado gente tóxica. El Síndrome de Procusto es el que está detrás de ese jefe medio que hará todo lo posible para que sus empleados más brillantes no puedan ascender o de esas actitudes (a medio camino entre el acoso, la difamación y el bullying) que se da en tantos grupos sociales contra aquel que es distinto, contra el que sobresale, contra el que brilla o el que aporta una idea o forma de vida novedosa. Los Procustos de distintos tipos son cada vez más frecuentes en la sociedad occidental, allí donde se ha sustituido la excelencia por la mediocridad, la pasión por el dejarse llevar y la envidia hacia el que tiene la valentía de vivir la vida de otro modo.  

Ahora bien, qué nos dice la mitología clásica del Síndrome de Procusto

Según los relatos de la literatura griega, Procusto era un posadero con un negocio apartado sobre una colina. Hasta allí llegaban los cansados peregrinos a pedir reposo y descanso. Éste servicialmente le ofrecía una cama de hierro en una habitación apartada. Una vez el agotado caminante se había deslizado por las profundidades del sueño, sin que se diera cuenta, era atado a los barrotes de la cama, amordazado y su destino final se dirimía en función de su “altura”. Si sobresalía de las medidas del lecho, Procusto, con un hacha, cercenaba pies y cabeza matando, por tanto, al desdichado caminante. Quien no llegaba a estas medidas no corrían mejor suerte, ya que era estirado y descoyuntado por el cruel posadero hasta que, sufriendo terribles dolores, se ajustaba a la medida propuesta por Procusto. Su final no era mejor que en el otro caso ya que el viajero siempre acababa muerto.  

Otras versiones del mito clásico anotan que el posadero tenía dos camas distintas y ofrecía una u otra dependiendo de la medida de su cliente. En otras traducciones nos encontramos una cama adaptable que se va moviendo al antojo del cruel hostelero. Dicho esto, en todos los relatos nos encontramos con el mismo destino para los viajeros. Procusto los mata sea cuales sean sus características físicas. 

El Síndrome de Procusto explicado a la luz del mito 

En definitiva, quien se conduce llevado por la misma personalidad que el personaje clásico va a ir por el otro, por el que está enfrente, haga este lo que haga. Dicho esto, en psicología contemporánea se ha encontrado que este tipo de personalidades no se entretienen con personas anodinas o de carácter afable. Los Procustos contemporáneos lanzan sus iras, hachas y recursos destructivos contra todo aquel que brilla, el que puede hacerle sombra, el que le recuerda (con los actos de su vida) su poca valía.  

Los podemos encontrar en todos los órdenes de la vida aunque abundan en los entornos laborales. Son esos receptores de currículum que escamotea el más valido, el jefe medio que ningunea a los que están bajo su cargo o el superior que se dedica a apartar (con una tarea de menor rango para la que se está cualificado las más de las veces) a quienes se atreven a brillar. Son los mismos que intoxican los ambientes con habladurías (cuando no con calumnias) hasta llegar a crear entornos irrespirables que pueden llegar  al síndrome de burnout, uno de los más destructivos de los que se dan en el trabajo.  

Pero estas personas, por desgracia, no se encuentran solo en el trabajo y extienden su radio de acción en todos los aspectos vitales. Son los que consienten o promueven el bullying (en todas sus modalidades) en colegios o vecindarios con ninguneos, silencios y apartamientos del niño que se muestra (por las razones que sea) distinto. Aunque este tipo de actitudes rozan lo delictivo y denunciable, en ocasiones, las víctimas no llegan a este extremo amplificando un dolor emocional, como el que el Procusto clásico realizaba con quienes no se “ajustaba a su medida”. 

¿Por qué se produce el Síndrome de Procusto y qué hay detrás?  

1.- Aunque siempre nos encontramos a persona tóxicas, esta denominación es tan amplia que en psicología hay que matizar bastante. Lo que mueve este tipo de actitudes es siempre la envidia.

2.- También hay un poso de cobardía por no aceptar las propias limitaciones y negarse a reconocer las de aquel que brilla. 

3.- Por otro lado, esta actitud también se adoba con un dejarse resbalar por la zona de confort fácil donde es más sencillo sucumbir a las habladurías, a las críticas y a las calumnias antes que realizar el duro trabajo interior que lleva al crecimiento personal continuado. 

4.- En otros individuos se encuentra un marcado carácter narcisista que es incapaz de soportar del otro ningún don. Esta personalidad oscura, para poder sobrellevar su falta de valía, se dedica a hundir al otro con todos los medios que encuentra a su alcance. 

5.- Uno de las más peligrosas artimañas que pueden llevar a cabo los que están envenenados por el Síndrome de Procusto es reclutar un ejército de seguidores. Este tipo de personas, a veces, son capaces de lanzar sus venenos hacia un tercero a través de un grupo de aduladores o de individuos que le siguen el juego. El más peligroso de estos personajes es el que recae en una madre narcisista que, a través de la conocida figura del chivo expiatorio, se dedica a levantar una familia tóxica. Si por algo se caracteriza este tipo de clanes es por cortar cualquier libertad o deseo de mejora de ese miembro que brilla, el mismo que no acepta las absurdos mandatos familiares que exigen ciega sumisión. 

6.- Con similares características se puede encontrar el Síndrome de Procusto en cualquier rol social ya sea laboral, escolar o vecinal. Es aquí donde todo un grupo se confabula con el que es distinto, con el que no se adapta a la medida, con el que no puede ser encasillado o, simplemente, que propone fórmulas nuevas de convivencia. En este sentido, aunque la persona que es destinataria de esas iras se dé cuenta de lo que está ocurriendo, nunca se le dará la oportunidad de aportar su mejor versión. Es más, si es alguien que ha recorrido algún camino vital, tirará la toalla inmediatamente y se apartará de los dardos envenenados de estos grupos tóxicos. 

7.- Detrás del Síndrome de Procusto siempre hay un individuo o un grupo con una autoestima baja que, bajo ningún concepto, va a permitir que salga a la luz la cobardía de la que adolece a la hora de afrontar su falta de valía. 

8.- Y, por último, la envidia soterrada está siempre detrás de estas personalidades. Este es uno de los vicios más destructivos del ser humano tanto para el que lo sufre como el que es objeto de sus dardos envenenados. 

¿Por qué el Síndrome de Procusto es tan frecuente en la sociedad occidental?

Aunque las respuestas a todo lo que suponen las luces y las sombras del espíritu humano no son fáciles, nos podemos identificar mucho con la tesis del filósofo y profesor de sociología en la Universidad de Quebec, Canadá, Alaín Deneuault. Es el autor de la obra (publicada en español por la editorial Turner) Mediocracia, cuando los mediocres llegan al poder

En ella hace un examen demoledor de nuestra sociedad contemporánea repleta de individuos que califica como sandwiches mixtos. Esto es, son personas que, aún siendo “comestibles” no llegan a la excelencia ni de un plato casero realizado con amor ni, por supuesto, de un manjar de un chef con pericia. Esta metáfora culinaria le sirve al filósofo para triturar los fundamentos culturales formados por personas que, aún siendo útiles al sistema con distintas habilidades, están todas cortadas por el mismo patrón. Son estos individuos, en la media (que eso significa mediocre), que aún no cometiendo grandes delitos o maldades (ni siquiera llegan a eso) son capaces, en el día a día, de ir generando pequeños actos de crueldad, de cobardía, de silencios, de apartamientos del otro, de burlas soterradas que, por amontonamiento, se convierten en una gran mala acción. 

¿Qué hacemos ante aquellos que padecen el Síndrome de Procusto?  

La única manera de protegernos de este tipo de seres oscuros (que no llegan a la calificación de psicópata pero que se quedan en las lindes del narcisista perverso) es  empezar reconociendo nuestra valía. Y esta no es más que aceptar que somos seres únicos y dar gracias por ello. En esa “rareza” se encuentra el brillo que nos hace especiales, distintos a los otros y dignos de hacer una obra de arte con nuestra vida.  En el extremo contrario, se encuentran los que se acomodan a toda costa y, como Procusto, se dedican a matar a todo el que sobresale. 

En segundo lugar, una vez hemos reconocido, esta actitud en el otro, toca no dejarnos avasallar y defendernos. La defensa puede ser incluso un repliegue. El que te importe un comino lo que las “viejas de los visillos” digan de ti te reconoce en tu libertad y en grandeza. En el caso de encontrarte con estas personas en el entorno laboral el asunto se vuelve más difícil. Aquí tienes que andarte con pies de plomo para no despertar la hidra que llevan dentro. Cuando te das cuenta de lo que hay, siempre es más fácil tomar una decisión en un sentido u el otro.  

Intenta siempre rodearte de personas inspiradoras, de esas que traen luz a tu vida, de aquellos con los que te sientes realizado y en paz. Elimina de tu mundo las que roban energía, las que te agotan y sacan lo peor de ti.  

Si, por último, crees que sufres del Síndrome de Procusto y que tus actitudes no te están dejando crecer, ya has dado el primer paso fundamental para pasarte al lado luminoso de la vida. Busca ayuda profesional, de un psicólogo. Y con este acompañamiento será más fácil ver qué se quedó enredado dentro de ti (y en qué momento y circunstancia) para que te conduzcas por la vida de esta manera.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Procusto es, en la mitología griega, “el que mata al que sobresale” y ya con esta definición nos adentramos en este trastorno o carácter oscuro de la personalidad que lo sufren una buen parte de los que forman ese saco informe denominado gente tóxica. El Síndrome de Procusto es el que está detrás de ese jefe medio que hará todo lo posible para que sus empleados más brillantes no puedan ascender o de esas actitudes (a medio camino entre el acoso, la difamación y el bullying) que se da en tantos grupos sociales contra aquel que es distinto, contra el que sobresale, contra el que brilla o el que aporta una idea o forma de vida novedosa. Los Procustos de distintos tipos son cada vez más frecuentes en la sociedad occidental, allí donde se ha sustituido la excelencia por la mediocridad, la pasión por el dejarse llevar y la envidia hacia el que tiene la valentía de vivir la vida de otro modo.  

Ahora bien, qué nos dice la mitología clásica del Síndrome de Procusto

Según los relatos de la literatura griega, Procusto era un posadero con un negocio apartado sobre una colina. Hasta allí llegaban los cansados peregrinos a pedir reposo y descanso. Éste servicialmente le ofrecía una cama de hierro en una habitación apartada. Una vez el agotado caminante se había deslizado por las profundidades del sueño, sin que se diera cuenta, era atado a los barrotes de la cama, amordazado y su destino final se dirimía en función de su “altura”. Si sobresalía de las medidas del lecho, Procusto, con un hacha, cercenaba pies y cabeza matando, por tanto, al desdichado caminante. Quien no llegaba a estas medidas no corrían mejor suerte, ya que era estirado y descoyuntado por el cruel posadero hasta que, sufriendo terribles dolores, se ajustaba a la medida propuesta por Procusto. Su final no era mejor que en el otro caso ya que el viajero siempre acababa muerto.  

Otras versiones del mito clásico anotan que el posadero tenía dos camas distintas y ofrecía una u otra dependiendo de la medida de su cliente. En otras traducciones nos encontramos una cama adaptable que se va moviendo al antojo del cruel hostelero. Dicho esto, en todos los relatos nos encontramos con el mismo destino para los viajeros. Procusto los mata sea cuales sean sus características físicas. 

El Síndrome de Procusto explicado a la luz del mito 

En definitiva, quien se conduce llevado por la misma personalidad que el personaje clásico va a ir por el otro, por el que está enfrente, haga este lo que haga. Dicho esto, en psicología contemporánea se ha encontrado que este tipo de personalidades no se entretienen con personas anodinas o de carácter afable. Los Procustos contemporáneos lanzan sus iras, hachas y recursos destructivos contra todo aquel que brilla, el que puede hacerle sombra, el que le recuerda (con los actos de su vida) su poca valía.  

Los podemos encontrar en todos los órdenes de la vida aunque abundan en los entornos laborales. Son esos receptores de currículum que escamotea el más valido, el jefe medio que ningunea a los que están bajo su cargo o el superior que se dedica a apartar (con una tarea de menor rango para la que se está cualificado las más de las veces) a quienes se atreven a brillar. Son los mismos que intoxican los ambientes con habladurías (cuando no con calumnias) hasta llegar a crear entornos irrespirables que pueden llegar  al síndrome de burnout, uno de los más destructivos de los que se dan en el trabajo.  

Pero estas personas, por desgracia, no se encuentran solo en el trabajo y extienden su radio de acción en todos los aspectos vitales. Son los que consienten o promueven el bullying (en todas sus modalidades) en colegios o vecindarios con ninguneos, silencios y apartamientos del niño que se muestra (por las razones que sea) distinto. Aunque este tipo de actitudes rozan lo delictivo y denunciable, en ocasiones, las víctimas no llegan a este extremo amplificando un dolor emocional, como el que el Procusto clásico realizaba con quienes no se “ajustaba a su medida”. 

¿Por qué se produce el Síndrome de Procusto y qué hay detrás?  

1.- Aunque siempre nos encontramos a persona tóxicas, esta denominación es tan amplia que en psicología hay que matizar bastante. Lo que mueve este tipo de actitudes es siempre la envidia.

2.- También hay un poso de cobardía por no aceptar las propias limitaciones y negarse a reconocer las de aquel que brilla. 

3.- Por otro lado, esta actitud también se adoba con un dejarse resbalar por la zona de confort fácil donde es más sencillo sucumbir a las habladurías, a las críticas y a las calumnias antes que realizar el duro trabajo interior que lleva al crecimiento personal continuado. 

4.- En otros individuos se encuentra un marcado carácter narcisista que es incapaz de soportar del otro ningún don. Esta personalidad oscura, para poder sobrellevar su falta de valía, se dedica a hundir al otro con todos los medios que encuentra a su alcance. 

5.- Uno de las más peligrosas artimañas que pueden llevar a cabo los que están envenenados por el Síndrome de Procusto es reclutar un ejército de seguidores. Este tipo de personas, a veces, son capaces de lanzar sus venenos hacia un tercero a través de un grupo de aduladores o de individuos que le siguen el juego. El más peligroso de estos personajes es el que recae en una madre narcisista que, a través de la conocida figura del chivo expiatorio, se dedica a levantar una familia tóxica. Si por algo se caracteriza este tipo de clanes es por cortar cualquier libertad o deseo de mejora de ese miembro que brilla, el mismo que no acepta las absurdos mandatos familiares que exigen ciega sumisión. 

6.- Con similares características se puede encontrar el Síndrome de Procusto en cualquier rol social ya sea laboral, escolar o vecinal. Es aquí donde todo un grupo se confabula con el que es distinto, con el que no se adapta a la medida, con el que no puede ser encasillado o, simplemente, que propone fórmulas nuevas de convivencia. En este sentido, aunque la persona que es destinataria de esas iras se dé cuenta de lo que está ocurriendo, nunca se le dará la oportunidad de aportar su mejor versión. Es más, si es alguien que ha recorrido algún camino vital, tirará la toalla inmediatamente y se apartará de los dardos envenenados de estos grupos tóxicos. 

7.- Detrás del Síndrome de Procusto siempre hay un individuo o un grupo con una autoestima baja que, bajo ningún concepto, va a permitir que salga a la luz la cobardía de la que adolece a la hora de afrontar su falta de valía. 

8.- Y, por último, la envidia soterrada está siempre detrás de estas personalidades. Este es uno de los vicios más destructivos del ser humano tanto para el que lo sufre como el que es objeto de sus dardos envenenados. 

¿Por qué el Síndrome de Procusto es tan frecuente en la sociedad occidental?

Aunque las respuestas a todo lo que suponen las luces y las sombras del espíritu humano no son fáciles, nos podemos identificar mucho con la tesis del filósofo y profesor de sociología en la Universidad de Quebec, Canadá, Alaín Deneuault. Es el autor de la obra (publicada en español por la editorial Turner) Mediocracia, cuando los mediocres llegan al poder

En ella hace un examen demoledor de nuestra sociedad contemporánea repleta de individuos que califica como sandwiches mixtos. Esto es, son personas que, aún siendo “comestibles” no llegan a la excelencia ni de un plato casero realizado con amor ni, por supuesto, de un manjar de un chef con pericia. Esta metáfora culinaria le sirve al filósofo para triturar los fundamentos culturales formados por personas que, aún siendo útiles al sistema con distintas habilidades, están todas cortadas por el mismo patrón. Son estos individuos, en la media (que eso significa mediocre), que aún no cometiendo grandes delitos o maldades (ni siquiera llegan a eso) son capaces, en el día a día, de ir generando pequeños actos de crueldad, de cobardía, de silencios, de apartamientos del otro, de burlas soterradas que, por amontonamiento, se convierten en una gran mala acción. 

¿Qué hacemos ante aquellos que padecen el Síndrome de Procusto?  

La única manera de protegernos de este tipo de seres oscuros (que no llegan a la calificación de psicópata pero que se quedan en las lindes del narcisista perverso) es  empezar reconociendo nuestra valía. Y esta no es más que aceptar que somos seres únicos y dar gracias por ello. En esa “rareza” se encuentra el brillo que nos hace especiales, distintos a los otros y dignos de hacer una obra de arte con nuestra vida.  En el extremo contrario, se encuentran los que se acomodan a toda costa y, como Procusto, se dedican a matar a todo el que sobresale. 

En segundo lugar, una vez hemos reconocido, esta actitud en el otro, toca no dejarnos avasallar y defendernos. La defensa puede ser incluso un repliegue. El que te importe un comino lo que las “viejas de los visillos” digan de ti te reconoce en tu libertad y en grandeza. En el caso de encontrarte con estas personas en el entorno laboral el asunto se vuelve más difícil. Aquí tienes que andarte con pies de plomo para no despertar la hidra que llevan dentro. Cuando te das cuenta de lo que hay, siempre es más fácil tomar una decisión en un sentido u el otro.  

Intenta siempre rodearte de personas inspiradoras, de esas que traen luz a tu vida, de aquellos con los que te sientes realizado y en paz. Elimina de tu mundo las que roban energía, las que te agotan y sacan lo peor de ti.  

Si, por último, crees que sufres del Síndrome de Procusto y que tus actitudes no te están dejando crecer, ya has dado el primer paso fundamental para pasarte al lado luminoso de la vida. Busca ayuda profesional, de un psicólogo. Y con este acompañamiento será más fácil ver qué se quedó enredado dentro de ti (y en qué momento y circunstancia) para que te conduzcas por la vida de esta manera.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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