
Uno de los barrios más cool de Londres gira en torno al mercado de Covent Garden y su ambiente artístico callejero y desenfadado. Los límites no son exactos. Aún así, podemos marcar un cuadrilátero irregular cuyas fronteras son, en el oeste, St. Martin’s Lane y, en el este Drury Lane. Por el norte, la frontera es Long Acre y The Strand al sur, ya casi acercándose al Támesis. Covent Garden no defrauda y es un imprescindible que ver en Londres. Aunque la oferta cultural, artística o de ocio de la gran capital es apabullante, en este reducto se condensa la esencia cosmopolita de la gran urbe.
En sus calles se combina lo mejor de la capital. Tienes comercios (con el mercado homónimo como eje central) en los que se ha situado las firmas más señeras del panorama internacional con otras locales cuya oferta es más artesana. Covent Garden es el sitio (habría que ponerlo con mayúsculas) para pasear y deleitarse con algunas muestras de arquitectura del Neoclasicismo. Nombro el Royal Opera House (con su fachada de blanco inmaculado), el Lyceum Theatre o la Iglesia de St Martin in The Fields. La cultura libresca (aunque no es ya lo que era) se concentra en Charing Cross y las veladas teatrales en St Martin´s Lane. Todas estas propuestas históricas, artísticas y comerciales se conjugan sin ninguna estridencia con músicos callejeros y espectáculos improvisados que hacen de este trocito de Londres un destino en sí.
El eje es sin duda Covent Garden Market con su estructura metálica siguiendo la arquitectura industrial decimonónica al estilo de la archiconocida Torre Eiffel. Pero hay más: el Jubilee Market o el Apple Market son también imprescindibles. Aquí se viene a proveer de productos frescos (frutas, verduras, pescados…) Y también para pasar el rato con su propuesta lúdica alternativa.
Su nombre ya nos da pistas de lo que fue antaño: Covent Garden o Jardines del Convento en la traducción española. El espacio era la zona de huertas y de cultivo anexada a la Abadía de Westminster. Era como un espacio urbano dentro de la gran urbe que ya era Londres en la época medieval. De aquí salían los alimentos que luego se distribuían por todos los mercados y puestos ambulantes de la capital. Todo cambia a partir de 1540 y la transformación no sería baladí. Tras la pataleta de Enrique VIII con la Iglesia Católica de Roma, por no permitir el divorcio con Catalina de Aragón, llega el cisma que desemboca en la creación de la Iglesia Anglicana. Ya no se debe obediencia al Papa y para asegurarse lealtades (amén de pasar por el hacha la cuello de cualquier opositor o estorbo) se disuelven todos los conventos y monasterios. Los terrenos pasan a ser propiedad del monarca creando una revolución económica y social tan sin precedentes que, de alguna manera u otra, condiciona el carácter del pueblo inglés. Estos, posteriormente, se escrituran a nombre de John Rusell, a la sazón, primer duque de Bedford.
El siguiente paso llegaría alrededor de 1630. Estamos en el siglo XVII. El arte barroco no ha tenido mucho predicamento en Londres y se impone con fuerza las características de la arquitectura neoclásica. Hay que anotar que Inglaterra fue la cuna de la cultura del Neoclasicismo y el primer país que adoptó los principios de las mentes ilustradas basadas en la razón, el positivismo, la sencillez y la observación de la naturaleza. Y Covent Garden sería el lugar de Londres para poner en práctica todos estas nuevas ideas inspiradas en las virtudes cívicas y en la búsqueda de espacio de convivencia más allá de los aportados por monarquías e iglesia.
Los descendientes del duque de Bedford, en una espectacular operación inmobiliaria, contrataron al arquitecto Íñigo Jones (1573-1652), admirador del arte del Renacimiento y de la obra de Andrea Palladio (1508-1580). Fue este último el que transformó Venecia con los primeros grandes palacios. El inglés, por su parte, creó la llamada Escuela Palladina y se inspiró en la obra del italiano y, también, en los restos de la arquitectura romana que empezaba a conocerse a través de ese viaje de iniciación conocido como Grand Tour. Era este un periplo de estudios desde las frías tierras británicas (también alemanas o francesas) hacia lo mejor de Italia y, a veces, se llegaba hasta Egipto o Estambul.
El resultado de la intervención fue una nueva forma de hacer urbanismo, más racional y cuadriculada (posteriormente adoptada en Lisboa por el Marqués de Pombal y en buena parte de las capitales europeas y americanas). El punto central fue La Piazza, inspirada en la Plaza de San Marcos de Venecia o la de Los Vosgos en París. También se construyó la primera iglesia anglicana de Londres, Saint Paul’s Church o de los actores. Recibe esa nominación por encontrarse situada en el eje de los teatros abiertos al público en general. Esta es otra de las características del arte neoclásico: su afán por llegar a un porcentaje más amplio del pueblo a través de estos espacios cívicos o de convivencia.
Ya con el Siglo de las Luces bien avanzado, las calles se fueron completando con edificios diversos, pero el espíritu ilustrado se transparentó en todas sus construcciones. A las primeras iglesias y teatros se fueron sumando librerías y tiendas exquisitas que hicieron del lugar punto de encuentro de actores, escritores, artistas y espíritus bohemios dados a la filosofía. A pesar de estar organizado en torno a un proyecto urbanístico ilustrado, Covent Garden no creció ordenado del todo y se llenó de calles estrechas (especialmente las más cercanas al Soho) que hoy son la máxima expresión del espíritu bohemio británico.
Hay que hacer notar que el desarrollo urbanístico e inmobiliario iniciales de Covent Garden estaba dirigido a la élite aristocrática. Por eso, aquí no te vas a encontrar edificios de estilo popular. La Piazza fue la primera plaza pública de Londres y muy pronto se convirtió en un paseo de moda. Aquí se representó en 1642 el show Punch and Judy de Samuel Pepys (1633-1803) cuyo diario repleto de ironía (rozando el cinismo) se ha convertido en canon literario inglés. En 1650 se establece el mercado fijo y se cultivaba la piña en los alrededores. De hecho esta fruta se encuentra presente en innumerables objetos decorativos de Covent Garden.
El incendio de Londres de 1666 hizo de las suyas aunque el lugar hizo gala de resilencia y salió fortalecido. Se instalaron más comercios y las casas se hicieron con mayor solidez siguiendo el estilo neoclásico imperante. Además, desde las colonias y a través del Támesis, llegaban productos exóticos de otros puntos del mundo. Y todos ellos se ponían a la venta en Covent Garden. De esta época (finales del siglo XVIII) data su mercado de flores.
Las remodelaciones se sucedieron progresivamente integrando más espacios comerciales alrededor de la Piazza. Floral Hall y su gusto por las especies exóticas se inaugura en 1860. Una década más tarde le toca el turno a Flower Market. El último en acoplarse es el Jubilee Market ya en el siglo XX, en 1904. Su carácter artístico continúa incólume y el espacio es fuente de inspiración para numerosas obras. Aquí se ambienta Pigmalion de George Bernard Shaw, otra obra del canon literario inglés. La misma serviría de hipotexto para la conocida película My Fair Lady (1965) con Audrey Hepburn como protagonista.
A partir del siglo XIX adquiere el carácter que hoy tiene. Está repleto de terrazas donde incluso se sirve de manera aristocrática el té de la tarde. Hay un gusto por la vida al aire libre, a pesar del endiablado clima londinense. Y los músicos callejeros, los coros, malabaristas o titiriteros forman parte del paisaje de este particular trocito de Londres. En los últimos tiempos, sus buenos restaurantes han propiciado incluso una ruta gastronómica. Puedes encontrar más información aquí.
La zona de ocio también deja espacio para los amantes de las artes y de la arquitectura. Nombro solo algunos imprescindibles:
1.- Royal Opera House, sede The Royal Opera y The Royal Ballet, una de las mejores escenas del mundo occidental por donde han pasado todos los grandes nombres de la música y de la ópera. Fue aquí donde María Callas dio su última representación.
2.- London Transport Museum con su colección de tranvías y trenes antiguos, perfecto para familias con niños.
3.- Los teatros del West End de Londres con programación ininterrumpida durante todo el año.
4.- Trafalgar Square está a unos cuantos pasos.
Y si sigues caminando, te encuentras con los límites de St Jame’s Park, el mismo que delimita la zona aristocrática, cultural y artística de Londres que supone Covent Garden de la monárquica, con Buckingham Palace de epicentro.
Por Candela Vizcaíno

Hay una región en el centro de Francia que simboliza toda la suavidad y saber vivir del país galo: el Valle de la Dordoña. Aquí, entre castillos aristocráticos reconvertidos en viñedos, granjas con el exquisito paté de oca, cuevas con restos de pinturas rupestres e impresionantes pueblos la vida se hace dulce y agradable. La ruta se puede hacer en coche ya que las opciones de alojamiento son casi infinitas. Eso sí, todo tiene que ser lentamente para zambullirse de pleno en una forma de vida que hace de los grandes placeres sencillos de la tierra una forma de vida. El Valle de la Dordoña está a unas cuantas horas de París y su apabullante patrimonio monumental y también a media jornada de otro punto caliente francés: el Valle del Loira. Este último con sus grandes castillos (Chambord, Cheverny, Amboise…) representa el vestigio de los grandes fastos reales mientras que en la Dordoña todo es más contenido y a escala humana. Las tres paradas que te pongo a continuación son, sencillamente, las que no te puedes perder.
En pleno Valle de la Dordoña, en la región de Aquitania, allí donde se entrecruzan la calma, el arte desde los tiempos de las cavernas (y prueba de ello es Lascaux), la buena mesa (paté de oca, manzanas, truchas... todo riquísimo), el recuerdo de épocas pasadas y cálido ambiente sureño se encuentra Sarlat la Caneda. El pueblo está protegido por su patrimonio artístico y cultural y se recorre caminando entre casas de piedras con sus particulares tejados de pizarra en punta. La mayoría de las viviendas han sido reconvertidas en tiendas con productos y artesanías locales y en encantadores hoteles boutiques.
El Vieux Sarlat fue declarado patrimonio artístico allá por el año 1962 siendo ministro de cultura el novelista André Malreaux. Está conformado por un conjunto magníficamente cuidado de estrechas callejuelas donde se suceden casas solariegas, mercados, iglesias, anticuarios y tiendas de moda exclusiva.
Aunque esta vieja villa aristocrática es destino favorito de propios y extraños, como otros enclaves galos, no acusa el turismo de masas.
1.- Se puede pasear tranquilamente por sus calles. Así que busca los siguientes nombres en el mapa: Rue Jean-Jacques Rousseau, Rue de la Rèpublique, Rue d’Albusse… Las plazas se han convertido en los espacios de encuentro y a ella se abren las cafeterías. La de La Libertè es ideal para un descanso
2.- Se puede acceder a sus casas solariegas con nombres tan sugerentes como la Maison de la Boètie u Hotel de Maleville…
3.- Por supuesto hay que dejarse impregnar por la atmósfera sacra de La Catedral (La Cathédrale de St-Sacerdos) o el Palacio Episcopal, anexo o la Iglesia de Ste-Marie.
4.- No te puedes ir de Sarlat la Caneda, eje central del comercio del Valle de la Dordoña sin comprar trufas y paté de oca en el mercado cubierto situado en una iglesia desacralizada. Su visita es toda una experiencia para los sentidos.
5.- Los viajeros aficionados a la gastronomía no se van a ir sin probar la consistente cassoulet, uno de los platos típicos de Francia y originario de estos lares. Se trata de un guiso de alubias blancas con verduras y carne de oca o pato con embutidos. Decir que está delicioso es quedarse cortos. Ten por seguro que el viaje colmará los deseos de cualquier sibarita que se precie.
6.- Y, por último, hay que dejar simplemente que el tiempo pase sentados en cualquier restaurante de este bello enclave del Valle de la Dordoña.
Adentrarse en Rocamadour es dejarse invadir por la ilusión de un lugar mágico, perdido, remoto, oculto a los profanos entre grandes rocas. Este escarpado pueblo de la región del Quercy no pertenece en paridad al Valle de la Dordoña pero está a poco menos de una hora en coche desde Sarlat la Caneda. Así que hay que colocarlo en la ruta sí o sí por su impresionante belleza. Rocamadour creció al calor de los milagros que, desde 1166, venía repartiendo a los fervorosos devotos que hasta ella se acercaban a venerar la imagen de la Virgen Negra.
Rocamadour es un pueblo imposible, onírico, condicionado por lo sacro, pero, a la vez, profano, alegre, culto y cultivado, totalmente diferente a otros centros de peregrinación de la vieja Europa. Rocamadour, más bien, parece el decorado de una película de aventuras, el lugar recóndito donde se esconde un tesoro... Pero Rocamadour es, ante todo, una montaña, una gran roca que se eleva desde la tierra hacia el cielo a través de una escalera empinada de 233 peldaños (y un moderno funicular para los perezosos).
1.- La Plaza (plazoleta más bien) de las Iglesias se encuentra en la cima de la peña, rodeada por sus 7 iglesias abigarradas, pequeñas, pero claras y diáfanas.
2.- En una de ellas, en la Capilla de Nuestra Señora (Chapelle de Notre-Dame) se venera y se custodia la Virgen Negra. Es una talla de un bello ejemplo de arte medieval en madera siguiendo el estilo románico.
3.- El viajero podrá pedir sus deseos a la Virgen, pero no podrá abandonar Rocamadour sin atreverse con la vista panorámica –y vertiginosa- desde L’Hospitalet. Eso sí, no es apta para los que sufren del mal de altura.
4.- Más cerca del cielo que de la tierra, los tejados escalonados del pueblo y la serpenteante carretera, aún estando a pocos metros del visitante, se antojarán lejanos.
Rocamadour se disfruta en una mañana o en una tarde y se aconseja ropa y zapatos cómodos para no resbalar en sus calles empedradas.
El tercer imperdible son las cuevas de Lascaux o, más bien, su réplica exacta. Descubiertas por casualidad en 1940, se abrieron, en un principio, al público para cerrarlas en los años sesenta. Las pinturas rupestres representando animales de caza y puntos se deterioraron por la acción del dióxido de carbono de la respiración. Actualmente esta muestra de arte prehistórico (como buena parte de la cultura de esta época) está bajo la protección de la Unesco en su categoría máxima: Patrimonio de la Humanidad.
Nombrar el Valle de la Dordoña, en definitiva, es acercarse a esa dulce Francia que cuida sus pueblos con mimo y un irresistible buen gusto. Además, aquí se viene para disfrutar de las cosas del buen comer y de los deliciosos vinos de la zona. El paté de oca es el indiscutible rey de la tierra y te puedes aprovisionar en cualquier tienda de los múltiples pueblecitos de este maravilloso trocito de mundo.
Fotos y texto por Candela Vizcaíno
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Amboise se asienta en pleno Valle del Loira, la majestuosa región central de Francia, bañada por múltiples ríos (no solo el Loira), plagada de castillos aristocráticos (algunos convertidos en hoteles de lujo), pabellones de caza y pueblos renacentistas tan bien conservados que se nos olvida que estamos en pleno siglo XXI. El castillo de Amboise se divisa desde lejos y nos remite a toda la gloria francesa repleta de refinamiento y amor por las artes plásticas o la literatura. Pero, la localidad nos ofrece más y más, ya que aquí tuvo su última residencia el que es considerado no solo uno de los grandes artistas del Renacimiento italiano sino un genio en todos los sentidos: Leonardo da Vinci. En su última morada, el Clos-Lucé, escribió, compuso, pintó y diseñó sus ingenios mecánicos que hoy se encuentran reproducidos por todo el jardín en maquetas a tamaño real.
A Amboise hay que ir para adentrarse en la historia, la de Francia y sus reyes del Renacimiento, pero, también, para pasear por los jardines del Clos-Lucé, la última morada de Leonardo da Vinci. Este está enterrado en la Chapelle de St-Hubert, situada en la explanada de acceso al castillo. Es un recinto diminuto que impresiona por la sencillez y por el poco boato con el que se trata al gran genio. No podemos olvidar que la localidad es punto central de la llamada ruta del Valle del Loira. Esta recorre las residencias palaciegas de los nobles y reyes franceses desde el Renacimiento hasta la gran caída de Versalles. En un entorno natural impresionante y, a la vez amable, aquí se venía a cazar, a hacer fiestas por todo lo alto y a divertirse cuando el calor veraniego de la capital, París, se hacía sofocante. En la ruta hay más castillos que visitar como el de Chambord o Cheverny. Además, algunas de estas residencias aristocráticas han sido reconvertidas en maravillosos hoteles de lujo para bolsillos desahogados o para darse un homenaje.
Pero vayamos por partes, a Amboise se accede cruzando el Loira y la vista desde la margen izquierda del río, con su castillo medieval al fondo es de postal, de libro. Y ya nos dice de la importancia del lugar. La localidad mantiene incólume el espíritu del pasado. Así, sus calles estrechas están perfectas, limpias, con encantadores restaurantes, confiterías y tiendas exquisitas donde se ofrece artesanía local. Todos los caminos, como en cualquier casco medieval europeo, se apiñan alrededor del Castillo (Château d’Amboise en francés). No tiene pérdida que se ve desde lejos. Es una fortaleza construida en lo más elevado del lugar con unas vistas sobre el caserío, el río y los alrededores que quita el hipo, amén de una constante ventolera. Merece la pena recrearse en el exterior, recorrer un enorme reloj solar (se puede, incluso, pisar) y entrar con sigilo en la Chapelle de St-Hubert donde está enterrado, bajo una sencilla lápida, el genial Leonardo.
En el castillo de Amboise nació y vivió Carlos VIII y residió Luís XI, pero, el lugar está vinculado a Francisco I (1494-1547), considerado el monarca emblemático del Renacimiento francés. El legado de su reinado fue continuado por sus hijos y su culta nuera, Catalina de Medici. Fue la italiana la que la introdujo en el por entonces adusto pueblo galo todo el refinamiento florentino. Con ella la corte cambió los aires rústicos por una gastronomía refinada, por una moda exquisita y por el gusto hacia las bellas artes inspiradas de las residencias nobiliarias toscanas donde se había criado. Por eso, las paredes del castillo de Amboise se llenaron de arte siguiendo las características de la pintura renacentista centrada en la sobriedad y la serenidad. Además, hubo un desarrollo de la escultura y de la literatura. En definitiva, con el legado de Francisco I, Francia vivió un apogeo sin precedentes de las artes y las letras, poniendo los cimientos de todo el desarrollo cultural posterior.
Pero de Amboise el viajero sibarita, el que recorre el mundo despacio, recreándose en los detalles, no puede marcharse sin visitar el Clos de Lucé o el Clos-Lucé. Es este el palacete que Carlos VIII compró para su esposa Margarita de Austria. Sin embargo, la vivienda no es conocida por la actividad real sino porque fue la última residencia del genio italiano. Hasta aquí llegó acogido por los monarcas franceses después de una vida de penuria casi. En esta sencilla casa situada, por entonces, un poco a las afueras logró la paz que necesitaba para su trabajo intelectual y artístico. Hoy se puede visitar el interior (con muebles rotundos) y el exterior. Te llevarás el recuerdo de una inmensa cocina protagonizada por una mesa de madera al abrigo de una chimenea. Y en el exterior se han reproducido, siguiendo los dibujos e instrucciones del gran genio, algunos de sus inventos.

Aquí murió en 1519 amparado por el rey que introdujo el progreso renacentista en Francia y se llevó hasta su corte a uno de los genios de la humanidad. Sus restos, como hemos apuntando, reposan en una sencilla capilla junto al castillo de Amboise y el nombre de la localidad estará permanente vinculado al gran Leonardo da Vinci. Recorrer las calles de la localidad es un viaje al pasado, cuando una corte se empeñó en ser culta y refinada. Y lo consiguió.
Fotos y texto por Candela Vizcaíno

El Castillo de Fontainebleau se encuentra a apenas una hora en coche desde el centro de París. Hay que recorrer sus instalaciones aristocráticas, sus jardines y el bosque de alrededor. Es una visita imprescindible si te encuentras en la zona.
Si tú, viajero, subes hasta Amboise, en pleno Valle del Loira y te atreves a sortear el viento para otear el horizonte, entonces entenderás la personalidad de un rey muy especial. Fue Francisco I, el monarca que puso las bases del Renacimiento en Francia e invitó al gran Leonardo a vivir sus últimos días como al genio le gustaba: con la creación.
Aquí murió y en una capilla minúscula frente al castillo reposan sus restos. Pues bien, este mismo rey fue, también, el promotor de Fontainebleau, a apenas una hora de París. Fontainebleau es, sobre todo, su bosque, antiguo coto de caza de reyes, emperadores y gobernantes y hoy parque nacional.
La fauna, los regatos, las fuentes, las luces y sombras de sus claros atrajeron a un gran número de artistas que, seducidos por la pintura al natural, se instalaron en la cercana Barbizon para dar cuenta de las luces de la naturaleza. Rousseau y Millet (el de Las espigadoras) son los mejores exponentes de esta escuela preciosista que recupera para el arte los espacios verdes salvajes cercanos a París. Aunque tiene importancia por sí misma, también influyó en los movimientos artísticos posteriores. Así, este gusto por la pintura de naturaleza y al aire libre sería una de las principales características del impresionismo.
Pero Fontainebleau es también su fortaleza ordenada por ese rey humanista que fue Francisco I, por eso lo hemos mencionado al principio. Aunque existe indicios de una torre medieval e incluso de una abadía del siglo XII, Fontainebleau, tal como lo conocemos, es renacentista. Por supuesto, como suele suceder en este tipo de recintos palaciegos, ha habido ampliaciones, reformas, embellecimientos, decoraciones al gusto de la época, demoliciones, etc. etc. etc.
Pero Fontainebleau conserva ese carácter armónico que caracteriza la arquitectura francesa tradicional. Diseñado en forma de U, el castillo se abre con una serie de jardines a la francesa que desembocan en la Escalera du Fer-à-Cheval, ejecutada en dos brazos y que es puerta de acceso a la mayoría de las estancias interiores de importancia. No hay que perderse:
Y Fontainebleau es, también, espacios verdes y no solo el bosque que rodea a este antiguo coto de caza o al pueblo homónimo sino también a sus cuidados jardines. En el inglés predominan cipreses, plátanos y árboles de sombra en romántico desorden. En el de Diana, presidido por una escultura de la diosa romana, se articula en torno a senderos, setos y césped.
Si sales al bosque por el castillo, hazlo por la Puerta Dorada diseñada por Gilles Le Breton en la época de Francisco I. Con más tiempo, hay que detenerse en las vitrinas del Museo de Fontainebleau o deleitarse con la programación cultural de lugar: conciertos, concursos, exposiciones o conferencias, que estamos en la culta Francia.
Fontainebleau está bien comunicado con la capital:Parísy puede ser una deliciosa excursión de un día.
Por Candela Vizcaíno

En pleno siglo XIII, el rey portugués Alfonso III tuvo un desacuerdo con el Obispo de Oporto, emplazamiento que ya existía desde tiempos del Imperio Romano. En la trifulca (por los impuestos y el dinero, lo de siempre), al monarca se le ocurre levantar un puerto en la otra orilla del río Duero. Nace así Vila Nova de Gaia, donde, en la actualidad, se amontonan más de cincuenta firmas que producen los distintos tipos de Oporto, el vino más famoso de Portugal.
Aunque la sede oficial de estos caldos está en Vila Nova de Gaia, las uvas se cultivan río adentro, en el Alto Duero, allí donde las distintas quintas han ido ganando centímetros a la naturaleza con bancales estrechos. En la actualidad, el epicentro de la producción se encuentra en Peso da Régua.
La producción del vino se hizo en esta parte de mundo tal cual se realizaba en la Edad Media y en los siglos posteriores. Esto es, todo era de manera artesanal y sin mediar más control de calidad que el que la naturaleza quería regalar. Todo cambió a mediados del siglo XVII cuando comienzan los intercambios comerciales con los ingleses. Recordemos que Gran Bretaña, para defenderse de España y por razones geopolíticas, realizó constantes y buenos acuerdos con los distintos reyes ingleses. Como el traslado desde los distintos puntos de los bancales situados a lo largo del Duero se hacía complicado y se tardaba bastante en alcanzar las costas británicas, se les ocurrió adulterar los caldos con brandy para que así desembarcaran en las mejores condiciones posibles y no se estropearan (lee picasen) en la dura travesía. En las distintas idas y venidas con las correspondientes catas del producto se comprobó que había una relación entre el nivel de azúcar del vino y el resultado final. Había nacido (en tres frases) el afamado vino de Oporto.
Hasta mediados del siglo XVIII el Duero no podía recorrerse con los típicos rabelos (barcos pequeños cargados con los barriles) que son una de las estampas más típicas de esta parte de mundo. Todo eso se fue transformando y el río fue un trajín de bancales que se adentraban por Pinhâo, hoy repleta de quintas que ofrecen experiencias enológicas, Sabrosa, Alijó, Tua, Saô Joâo de Pesqueira, Valeira… En estos emplazamientos, además, en la actualidad, se han levantado algunos emprendimientos hoteleros de alto nivel que compiten con los mejores del mundo a la hora de ofrecer experiencias gastronómicas combinadas con las de naturaleza. Ejemplos son The Vintage House - Douro o el Douro Royal Valley Hotel & Spa, ambos con piscinas infinitas sobre los viñedos. Pero eso, ha sido a inicios del siglo XXI y aún hay algo más de historia que contar.
Con anterioridad y especialmente durante el siglo XIX, los ingleses monopolizaron el comercio de los distintos tipos de Oporto contribuyendo, a la par, a su fama. Un nombre que hay que tener en cuenta para la historia es el de Joseph James Forrester, nombrado posteriormente barón de Oporto. Llegó a la capital del Duero en 1831 para gestionar la compañía de su tío. Su pasión por los vinos fue tal que revolucionó el comercio llegando incluso a escribir un tratado publicado en 1944: Una o dos palabras sobre el Oporto.
En el mismo se pusieron las bases para evitar la piratería y la adulteración de los caldos con fines especulativos promoviendo unas conceptos éticos mínimos de bien hacer que han permitido que la calidad del vino mantuviera un alto estándar durante siglos. Forrester murió en un naufragio en 1862 y tuvo tiempo para estudiar los mecanismos de la filoxera que azotaba las cepas europeas reduciéndolas a la nada.
Las mejores mezclas salen de las quintas que tienen terrenos difíciles, duros y pedregosos, los mismos que se han organizado en bancales. No se produce una sola variedad ya que se contabilizan hasta cuarenta distintas. Una vez extraído el mosto se procede a la fermentación en grandes tanques para poder separar los hollejos y las pepitas del resto de la uva. De aquí se traspasa a una segunda cuba donde se le añade el brandy. Y es en este momento cuando el Oporto se hace arte ya que los de mayor calidad se dejan envejecer en barricas para posteriormente proceder al embotellado. Esto no significa que aquí acabe la aventura de los mejores caldos, ya que, a veces se elige una añada que se rotula como vintage.
Estamos ante la crème de la crème, ante el bocata di cardinale que se reserva para ser disfrutado por unos cuantos privilegiados con paladares exigentes y bolsillos desprendidos que todo hay que decirlo. Cada tres o cuatro años, los productores (según se haya presentado tanto la cosecha como la vendimia y dotados de un poquito de ojo) eligen una añada que se reserva para envejecer. Tienen que pasar dos años en barrica de roble. A continuación se produce una mezcla antes de embotellarse. El control de calidad es tan exhaustivo que se van descorchando botellas de tanto en tanto para comprobar si realmente esa selección merece ese honor o, por el contrario, hay que dar una especie de marcha atrás. Si se sospecha, intuye o se tiene la certeza que no va a tener la calidad suficiente o que ya apunta maneras de no ser tan excepcional se mezcla con el tawny (el Oporto que reposa en las barricas de roble). Hay una tercera opción que es comercializado tal cual se encuentra bajo la denominación de “quinta”. Entre los tipos de Oporto, la quinta es una opción más o menos asequible para los sibaritas ya que no suele tener los precios elevados del vintage y nos encontramos ante un producto de una maravillosa calidad.
Pero volviendo a los exclusivos vintage, estos tienen que calmarse en botella y convertirse en esos filósofos que sosiegan espíritu y mente con cada sorbo. En este proceso ya interviene la naturaleza y los enólogos se encargan de elaborar listas con los mejores de cada década. Aun se encuentran en el mercado (subastas más bien) los de 1927, 1931, 1935… Son Oportos casi centenarios para caprichosos del buen vivir. Otros años excepcionales que dan sustos en las pujas son de 1955, 1948, 1947 y 1945. Sin embargo, el mejor año del siglo XX es 1963 seguido por 1994. Los sibaritas con menos posibles pueden hacer el gasto de los años 1997, 2000 o 2003. No tendrán que hipotecar su casa aunque el buen susto a la VISA está garantizado. En estos casos merece la pena y más si se dispone de espacio apropiado para dejarlos reposar unas cuantas décadas más. Así estos preciados vinos, entre lo mejor de lo mejor de los distintos tipos de Oporto, serán prácticamente una inversión de futuro o un lujo que disfrutar en ocasiones más que especiales.
Aparte del Vintage del que hay que acordarse de esas fechas cuando se viaje por enotecas portuguesas, se divide en dos tipos principales: el que, tras pasar por la barrica se embotella es de un color más oscuro y de líquido espeso aunque en esta categoría nos encontramos ruby (claros) y tawny (oscuros). Y luego está el Oporto que se deja tranquilo en su botella todas las décadas necesarias hasta alcanzar las notas más sublimes que un paladar educado pueda desear. Dicho esto y resumiendo mucho, te puedes encontrar lo siguiente:
1.- El old tawny de color cereza, elaborado con los mejores vinos de distintas cosechas y que, una vez mezclados, se deja reposar en barrica. Va perdiendo el dulzor conforme pasan los años y se vuelve progresivamente ligero.
2.- El ruby tiene un color parecido al tinto y no se envejece en barrica. Es el más común y más económico.
3.- El LBV indica en su etiqueta la añada y ha envejecido en botella.
4.- El Tawny es una mezcla de cualquier cosa y normalmente va sin indicar el año. Es una de las opciones más económicas.
5.- Uno de los tipos de Oporto más desconocido es el blanco que además puede ser seco.
Graham’s, Tailor’s, Warre’s, Dow, Quinta de Noval, Calem, Sanderman… firman los tipos de Oporto que hacen las delicias de los conocedores del vino de medio mundo. Y son firmas imprescindibles para los viajeros de medio mundo que se acercan a esta sorprendente ciudad portuguesa.
Por Candela Vizcaíno

Responde al nombre de Antwerpen, que significa “lanzar la mano". Y la leyenda se representa en la conocida Fuente de Brabo que preside el Grote Mark, el kilómetro cero que tienes que ver en Amberes y nada más llegar. Cuenta la leyenda que Silvius Brabo, sobrino de Julio César, liberó a los capitanes de la ciudad de la tiranía del gigante Druon Antígono, una suerte de matón de la Antigüedad que hacía valer su fuerza ante todos aquellos que amarraban su barco en el puerto. Si no se le pagaba el tributo exigido, los perseguía hasta cortarles la mano. A tal injusticia puso fin Silvius Brabo con coraje y valentía haciendo pagar al gigante con su misma moneda. Esto es, cortándole la mano y lanzándola al río. Como premio ante tal hazaña ha quedado inmortalizado en la fuente en el momento justo de su acto de liberación. Hoy Amberes rinde ese tributo mientras se engalana para el turismo, sigue con su frenético puerto y se hace fuerte en el comercio internacional de diamantes.
La gran mayoría de los lugares de interés (aquellos que nos gusta para Instagram) está a cuatro o cinco pasos de la imponente Estación Central. A ella se llega desde Bruselas en un corto recorrido en tren y el efecto no puede ser más apabullante, ya que no te esperas ese edificio sirviendo como parada de los ajetreados viajeros. Detente un rato a admirarla antes de salir a la calle.
Pared con pared se encuentra el zoológico de la ciudad con un cuidado jardín a la francesa de acceso gratuito (el parque, que no la visita a los animales). Nada más flanquear las puertas han dispuesto un kiosco en el que se oferta música algunas tardes, cafeterías y tiendas de regalos. El zoo está pulcro a más no poder salpicado con edificios levantados en estilo art decó donde conviven animales de todos los puntos del planeta. Tienen bastantes ejemplares de serpientes y grandes reptiles como el dragón de Komodo. El mariposario es, sencillamente, una maravilla. Es una parada imprescindible que ver en Amberes si vas con niños, como era mi caso.
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Desde aquí, en un corto paseo te vas adentrando en las calles que desembocan en el centro neurálgico de la ciudad, el Grote Markt, que recuerda a otro imprescindible de Bélgica muy cerca y que tienes que ver en Brujas. Rodeada de altos edificios con grandes ventanales terminados en punta, el centro está protagonizado por la Fuente de Brabo, que luce el verde esmeralda del broce con el que está tallada. Es frecuente, además, encontrarte mercadillos de todo tipo, un poco desordenado (para mi gusto y hago el juicio), pero que intentan dar un plus de vida a una ciudad ya con bastante ambiente.
Se encuentran en la misma plaza. El ayuntamiento es del siglo XVI y fue diseñado por Cornelis Floris. Solo tiene tres alturas. De distinto tenor es la mayor catedral de Bélgica que flanquea otro de los lados del Grote Markt, con un alto campanario que compite con el de Gante, otra ciudad que tienes que visitar en tu recorrido por Flandes. El templo se construyó entre los siglos XIV y XVI.
Cuando termines de dar vueltas admirando esta magnífica plaza abigarrada con bellos edificios puedes caminar cuatro manzanas hacia el norte para toparte con la Sint-Pauluskerk construida entre los siglos XVI y XVII en estilo barroco.
Aquí pasó sus últimas décadas Pedro Pablo Rubens, el gran pintor del barroco y esa impronta artística (¡ni que decir tiene!) ha dejado huella en una ciudad que le honra con un museo especial. Pero Amberes no solo vive de una gloria puntual (aunque esta sea de primer nivel) y su amor por el arte se refleja en los generosos mecenazgos que, a lo largo de los siglos, ejercieron los enriquecidos comerciantes que levantaban hermosas casas adornadas con bellas pinturas. Hoy pueden admirarse algunas de estas obras (que van desde el barroco hasta el surrealismo pasando por el impresionismo) en los museos repartidos por sus distintos barrios.
Situado en una vivienda aristocrática del siglo XVI rinde tributo a los orígenes de la imprenta cuando Amberes se situó en una posición preeminente de manera indiscutible. Aquí se exponen las planchas, algunos libros, los rodillos y las fuentes que servían para crear libros de manera industrial (con los conceptos de la época) desplazando a los libros medievales que apenas circulaban entre la población. Esta revolución cultural supuso el inicio de la Edad Moderna con todo lo que ello implica en lo social, económico, político y en el ámbito de los grandes descubrimientos o de las ideas (con la reforma protestante a la cabeza).
Bajo este nombre impronunciable para el hablante en lengua española se presenta una colección heterogénea que se guarda en un edificio de estilo neoclásico. Las obras son diversas, no responden a una escuela concreta y abarcan un amplio espacio de tiempo. Destacan:
1.- Creaciones de los primitivos holandeses, como la Santa Bárbara de Jan van Eyck realizada en 1437.
2.- No pueden faltar las obras de Rubens como la Adoración de los Reyes Magos de (1624) o ejemplos de otros pintores barrocos como Jacob Jordaens.
3.- Paul Delvaux o Rene Magritte, principales representantes del surrealismo internacional, tienen también obras expuestas en este museo.
La que fuera residencia del gran Pedro Pablo Rubens entre 1611 y 1640 ha sido reconvertida en un maravilloso museo. La casa estaba en ruinas a mediados del siglo XX y el Ayuntamiento la adquirió para su remodelación (a veces imaginada) y puesta a punto. El edificio servía como vivienda (en la actualidad tiene muebles de época), galería de arte personal, estudio y un salón para recibir las visitas importantes. Tan buenos clientes tenía que podía permitirse un taller (con discípulos que terminaban sus obras) y veladas con miembros de la alta aristocracia o la realeza. Aún se conserva el pequeño jardín que, a igual que la casa, está levantado en estilo barroco. En la Kunstkamer o galería de arte (realizada en círculo y adornada con frescos) se exponen algunos dibujos de Rubens.
https://www.youtube.com/watch?v=ETrXg17pWNs&feature=emb_title
Si todo esto que tienes que ver en Amberes aún no es suficiente, la capital se ha venido posicionando como un destino en el ámbito del diseño textil desde los años ochenta. Hoy en día son múltiples las boutiques que se desperdigan por el centro atrayendo a los compradores más fashionistas de toda Bélgica. En el MoMu se exponen algunas de las prendas más afamadas de estos diseñadores.
Aunque hay buenas joyerías, el comercio de esta gema preciosa se realiza al por mayor y de manera profesional. En el museo se muestra todo el proceso de tallado, selección y valoración de estas piedras preciosas.
Hay mucho más que ver en Amberes porque la ciudad se está llenando con cafés, restaurantes, tiendas de nivel y es punto de encuentro de la gente joven y guapa de Bélgica. Eso le está dando una pátina especial cuyo pulso lo encontramos en las terrazas al aire libre cuando el tiempo lo permite. Lo más acertado es tomar el tren desde Bruselas para hacer una visita de un día completo.
Por Candela Vizcaíno

Poner un pie en sus calles adoquinadas es regresar a un mundo (ficticio lo reconozco) en el que la vida parece transcurrir dentro de una caja de bombones. Y en el caso de esta ciudad medieval belga es casi literal porque estos chocolates tienen una especial importancia en su singularidad. Por supuesto, hay mucho que ver en Brujas en un día, tanto que te recomiendo que no te conformes y te quedes más de una jornada y que hagas noche en este emplazamiento que nos remite a las historias de los cuentos de hadas. Tanta es su fama que, últimamente se ha convertido en parada de los cruceros que hacen la ruta del norte de Europa por el lado atlántico arribando en el puerto de Zeebrugge desplazando, en ocasiones, a los viajeros que llegan hasta aquí por tren desde Bruselas. Pero reitero: aunque Brujas, por su tamaño recogido, se puede patear al completo en un día, la ciudad destila tal encanto que merece esa noche de hotel. Sus edificios burgueses en los que no se hace ostentación, a pesar de la evidente riqueza de quienes lo construyeron, se abren a una red de canales que hoy se dispersan dentro del antiguo territorio amurallado de la ciudad.
Tanto el puerto (a más de 25 kilómetros) como la estación de tren están alejados de los puntos centrales, los mismos que nos sumergen en la ciudad medieval detenida en el tiempo. Por eso, ten en cuenta el tema de los traslados antes de planear tu visita.
Llegas, del modo previsto, al eje gravitacional de esta bella ciudad con edificios bajos que nos habla de una sociedad burguesa, recogida, rica pero sin aspavientos. Estamos en el Markt o Plaza del Mercado. Rodeada de edificios con tejados en punta, de ladrillo, con ventanas que se abren a la plaza, hoy está repleta de cafés, restaurantes (abundan los italianos), tiendas de bombones y artesanía. Este es el ombligo sobre el que pivota toda la ciudad medieval a igual que antaño. Alrededor de la plaza te encuentras callejones y calles más amplias repletas de tiendas en las que se venden encajes (difíciles de colocar hoy en día en la decoración de gusto occidental), tapicería y objetos navideños clásicos durante todo el año.
Ya que se alza hacia el cielo (buena parte del año cubierto por nubes) abrumando a los paseantes del Markt. Forma parte de una serie de campanarios medievales (este es del siglo XIII) declarados Patrimonio por la Humanidad y que se desperdigan por todo el territorio belga e, incluso, por el norte de Francia. Uno de los más hermosos de su género lo tienes que ver en Gante, otra de las ciudades históricas imprescindibles en tu viaje a Bélgica.
Aunque solo sea para admirar su esbelta fachada de estilo gótico con estilizadas ventanas y tejados en punta extremo. Se puede visitar, a igual que el Belfort y destaca especialmente su salón gótico. Fue construido entre 1376 y 1420 cuando la ciudad se enriquecía con el comercio de la lana, los tejidos y los encajes.
La mejor manera de empaparse del espíritu de la ciudad es tomar uno de los innumerables barcos (a motor) que se ofertan en alguno de sus puentes y desde aquí disfrutar de la ciudad a través de sus canales. Las casas burguesas, de gremios de artesanos, los edificios civiles y las grandes iglesias (como la de Onze Lieve Vrouwekerk cuyo campanario es el más alto de Bélgica) van desfilando ante los ojos del visitante contemporáneo. Detrás del Ayuntamiento y cruzando el Callejón del Burro Ciego se puede acceder a uno de estos embarcaderos.
Que esa es otra manera magnífica de tomarle el pulso a la ciudad, ya que te lleva hasta el extremo de sus muros, allí donde las casas de ladrillo dan paso a parques repletos de cisnes, molinos harineros y hasta congregaciones religiosas laicas que aún perviven desde el siglo XIII. La parada se encuentra en el Markt y los precios son claramente visibles.
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Este tipo de congregaciones religiosas laicas (a especie de conventos, pero con votos específicos) siguen aún vivos en todo el territorio belga, impertérritos desde el siglo XIII. El de Brujas se encuentra en los límites de la ciudad vieja rodeado de canales, vallado (aunque se puede atravesar su parque arbolado) y en constante silencio. Su iglesia es del siglo XVII y alrededor de ella se levantan casas blancas inmaculadas apiñadas unas con otras. Aunque hoy en día viven monjas benedictinas, se ha habilitado una de estas viviendas para mostrar la particular forma de vida de estas mujeres que vivían una vida religiosa pero sin votos.
Otro lugar delicioso para pasear especialmente al caer la tarde sobre los puentes contemporáneos de madera clara habilitados para que se puedan apreciar mejor los antiguos molinos de agua. A su alrededor, se despliegan parques con sauces llorones y cafeterías que ofrecen mesas en el exterior para disfrutar de las delicias locales (cerveza, bombones, pescado…) cuando el tiempo lo permite.
Los amantes de la pintura flamenca, con toda probabilidad, no van a querer perderse esta pinacoteca con una buena representación de los primitivos flamencos. No te puedes perder lo siguiente:
1.- La Virgen del canónigo de Van der Paele (1436).
2.- El Juicio Final de El Bosco desplegado en tres tablas de roble y ejecutado en el siglo XVI.
3.- El tríptico de Moreel de Hans Memling con medidas importantes ya que su destino final era el altar de una iglesia.
4.- Juicio de Cambises de 1498 por Gérard de David.
5.- Posterior es el Retrato de una familia de Brujas de 1645 de Jacob von Oost el Viejo
6.- El Museo Groeninge también exhibe obras de los artistas de las vanguardias históricas como Serenidad de 1970 de Paul Devaux siguiendo las líneas del surrealismo. También encontramos obras del fauvismo, la estética de los auto denominados “salvajes”.
La colección es tan heterogénea que nos encontramos piezas de cristal, cerámica local, porcelana o tapices. El mismo edificio de por sí justifica una visita y perteneció a un recaudador de impuestos enriquecido con las transacciones comerciales de la ciudad. Punto y aparte merece su capilla del siglo XV. También hay que detenerse en su colección de tapices, artesanía (la misma que aún hoy en día forma parte del paisaje de la ciudad) y sus tallas en madera. Sobresale una representación de un joven príncipe que, andando el tiempo, se convertiría en el Emperador Carlos I.
Aunque si te has propuesto todo lo que hay que ver en Brujas en un día quizás necesites otra jornada para perderte por esta zona que hoy, como antaño, alberga los talleres de encajes por los que también es famosa Brujas. Se trata de una labor delicada y complicada con bolillos. El movimiento de los distintos hilos siguiendo puntos de aguja va creando una red que conforma los afamados encajes. Aún están disponibles en las deliciosas tiendas de la ciudad, aunque hay que tener un espíritu estético atinado para poder encajarlos en los gustos actuales como sucede con el original damasquinado de Toledo y otras artesanías tradicionales europeas.
1.- Hotel Duke’s Palace Brugge, el gran cinco estrellas de la ciudad a cuatro pasos literal del Markt y decorado en un suntuoso estilo clásico. El restaurante es parada obligada del personal elegante de la zona.
2.- Para vivir una experiencia auténtica tienes el Hotel De Castillion -Small elegant family hotel, situado en una de las casas burguesas del centro, con habitaciones bajo techos de madera donde se han instalado bañeras antiguas.
3.- También en el centro, pero de estilo moderno, son el Crowne Plaza Hotel Brugge y el NH Brugge, ambos de cuatro estrellas y precios más contenidos.
4.- Hotel de Orangerie perteneciente a SLHW, tiene una decoración abigarrada, suntuosa, elegante y vistas a los canales.
Sin duda todos y cada uno de ellos, de acuerdo al bolsillo de cada uno, merecen esa noche que nos permita pasar más de una jornada en esta bella ciudad. La idea es, sencillamente, que el viaje se alargue más allá de la idea que llevábamos al principio, que no es más que ver Brujas en una día cuando el cuerpo te pide más.
Fotos y texto por Candela Vizcaíno

Vila Real de Santo Antonio, en el extremo sureste de Portugal es uno de los sueños del racionalista Marqués de Pombal, el mismo que diseñó matemáticamente Lisboa tras su devastador terremoto. Y eso se ve nada más llegar a esta localidad en su plaza homónima y sus bellos edificios del siglo XVIII alrededor de ella, en sus calles perfectamente lineadas, en la Avenida da República que mira hacia la desembocadura del Guadiana y, más allá hacia Ayamonte, último bastión de Huelva, la provincia española más desconocida.
En los últimos años el lugar se ha puesto de moda y ha surgido en su maravilloso casco antiguo hoteles de lujo y restaurantes elegantes. ¡No es para menos ya que la localidad no ha perdido la elegancia con la que se construyó antaño! Aparte de su maravillosa y kilométrica playa está muy cerca de ese paraíso natural sobre el Planeta Tierra que es la Ría Formosa, a unos cuantos minutos de una de las perlas del Algarve, Tavira y es puerta de entrada a toda la línea de playas entre acantilados favorita de los veraneantes de media Europa.
En Vila Real de Santo Antonio, además, de pasear por sus plazas y sus calles empedradas, sus gentes invitan al sosiego, a la calma del slow life tan buscado por los occidentales aquejados con el mal del estrés. Aunque el casco antiguo no es marinero al cien por cien, ya que se abre a la ensenada de una desembocadura, todo en la antigua villa nos dice del aire del Atlántico.
Pero si hay algo que hace único a este pueblo que hace frontera con España son sus mercados, mercadillos y tiendas con ropa de casa, menaje y loza. Tanto es así que decir Vila Real de Santo Antonio es invocar el poder de las compras como se hacía antaño, de tienda en tienda y de puesto en puesto. El punto de origen de esta peculiaridad es la maravillosa Plaza del Marqués de Pombal, perfectamente cuadrada y presidida por un obelisco de arte barroco, la cual luce el típico empedrado con mármol y granito portugués. A su alrededor se disponen los edificios del siglo XVIII, los mismos que adelantan las características del neoclasicismo, que mandó levantar el aristócrata portugués. En este puñado de metros cuadrados se agolpa la iglesia (consagrada a la Anunciación), el ayuntamiento, una posada que al día de hoy espera para inaugurarse, tiendas con ropa de casa expuesta en la fachada, cafeterías con delicioso café y tostadas…
Además, raro es el día que no te encuentras en el centro de la plaza algún evento o mercadillo. El más famoso es el de antigüedades que se celebra el primer fin de semana de cada mes. En puestos endebles los comerciantes exponen objetos rescatados del pasado. Hay mucha porcelana fina, incluso de la afamada casa Vista Alegre, cuberterías de plata, trabajos bordados, objetos decorativos, libros antiguos y cacharros de todo tipo que hacen las delicias de los amantes de lo bello.
Voy frecuentemente a Vila Real de Santo Antonio y cada vez hay puestos distintos. Es normal encontrarte con alguna feria gastronómica donde se ofrecen los dulces de higo y miel locales, la sal de la vecina Castro Marim, frutos secos y productos elaborados. En Navidad puedes toparte con oferta de artesanía diversa. Y a lo largo del año están a piñón fijo María, con su quiosco de loza a precios imbatibles y un par de puntos de venta con bolsos de piel y productos realizados en corcho.
Pero las compras en Vila Real de Santo Antonio no se reducen solo a su famosa Plaza Marqués de Pombal. Desde aquí, y en las calles paralelas te vas a encontrar múltiples tiendas familiares que ofrecen ajuar de algodón bordado, paños de cocina personalizados, toallas de alta calidad de la casa local Corona o los distintos puntos de Casa Caravela que han concentrado todo lo que necesitas para lla cocina y la mesa en sus tres tiendas. También venden la maravillosa loza portuguesa de Bordallo Pinheiro y algunas piezas de Vista Alegre (estas a un precio que se escapa a la mayoría de los bolsillos).
Desperdigados hay alguna tienda de regalos de una franquicia internacional, ropa para los niños y moda de mujer sin más pretensiones que la comodidad. Entre tienda y tienda se disponen las cafeterías y restaurantes locales con sus mesas y sillas de metal siguiendo un diseño estándar que da un aire elegante a todo el pueblo. ¡Ah! Y los días grandes o que se prevé más afluencia de público se acercan algunos artistas locales que llenan el aire con canciones de fado o de otras tendencias lusas.
Las tiendas, además, se extienden por la margen construida de la Avenida da República, la misma que mira a la desembocadura del Guadiana con sus barcos de recreo, de blanco reluciente, amarrados en el pantalán.
A cuatro pasos de la Plaza Marqués de Pombal se encuentra el Centro Cultural Antonio Aleixo siguiendo un estilo regionalista de principios de siglo. A lo largo del año puedes encontrar exposiciones diversas pero llegadas las fechas de Navidad, el lugar se viste de gala para albergar el Belén más grande del Algarve. Y es tan grande que causa asombro con sus miles de figuras, decorados y espacios primorosamente montados. El precio de la entrada es simbólico y, sin lugar a dudas, es una bonita manera de pasar un rato más que agradable.
Además, durante esas fechas, en la plaza suelen colocar tiovivos y atracciones para los pequeños que se confunden, con mucho orden y concierto, entre los puestos que toque ese día. El carácter elegante, aristocrático y silencioso del pueblo portugués no se pierde en esos días cy nunca se resbalan hacia el bullicio. Quizás, al público español puede que le sorprenda el silencio que reina en todo el lugar a pesar del ambiente festivo acostumbrados como estamos a sufrir decibelios en cuanto se celebra algo. Otro dato más si visitas Vila Real de Santo Antonio en Navidad, es el curioso y extravagante Belén de Sal de la vecina Castro Marim. En menos de diez minutos en coche te encajas en esta villa que fue refugio de los templarios y que ha hecho de la sal uno de sus productos estrella. ¡Te va a encantar!
Y dejamos para lo último el lado marítimo de esta localidad portuguesa que no tiene más de 20.000 habitantes y que da para mucho. A ella se accede por una carretera en línea recta rodeada por un parque protegido repleto de altos pinos. Te puedes guiar por el maravilloso faro que se encuentra justo a la mitad del recorrido.
Es su playa kilométrica, de arena dorada y respaldada por la vegetación local. Si en la línea que da a Monte Gordo se han ido levantando en las últimas décadas edificios espantosos que dan hasta grima, la que llega hasta la desembocadura del Guadiana es totalmente salvaje y nada tiene que ver con el desarrollismo sin control. Tanto es así que no te vas a encontrar ni un chiringuito ni un quiosco. Tendrás para ti, el bosque bajo, la arena, el cielo y un mar de aguas cálidas.
Aunque hay quienes prefieren pernoctar al otro lado de la frontera, en España, los alojamientos portugueses, en líneas generales, son mejor elección. A la misma relación de calidad tienen mejor precio y, además, en la mayoría de los casos están puestos, decorados y montados con mucho gusto. Mis favoritos son:
La luz de Vila Real de Santo Antonio y ese ambiente entre aristocrático y decadente de antaño te va a enamorar. Además, es fácil llegar y aparcar con el coche. ¿Qué más puedes pedir?
Fotos y texto por Candela Vizcaíno

Entre la monumentalidad de la capital de lo que antaño fuera el Imperio Austro-Húngaro se encuentran pequeños o grandes jardines y parques que hacen más hermosa aún esta gran ciudad. Estos son los protagonistas de hoy, así que apunta los siguientes y encuentra viajes ecológicos con nosotros, que al final del texto te dejo, además, una serie de lugares repartidos por todo el mundo que cualquier amante de la naturaleza debe disfrutar. Por lo pronto, apunta estas cinco zonas verdes de Viena:

Fue diseñado por Dominique Girad en el siglo XVII y une los dos palacios imperiales. Todo en él está ejecutado siguiendo un sentido aristocrático y un orden casi matemático. Se visualizan con más claridad desde el Alto Belvedere. Desde allí puedes ver, la cascada inferior, el camino de las esfinges y las divisiones del lugar siguiendo el cuatro (uno de los números mágicos).
Es el emplazamiento del poder austriaco, incluso hoy en día. Sus jardines están hechos para mostrar la magnitud de los edificios de alrededor. Por eso, sobresale el césped, adornado con flores brillantes y un pequeño bosque (burggarten) que alberga, en uno de sus lados, una escultura en honor a Mozart.
Hecho para despertar la admiración de los ilustres huéspedes imperiales, es inmenso y sigue los fundamentos de los jardines a la francesa. Esto es, está conformado por caminos rectos, cuidados setos recortados de boj con el interior rebosante de flores multicolores, fuentes majestuosas y cascadas rumorosas. Se realizó en pleno siglo XVIII por Nikolaus Pacassi. Una vez flanqueada la puerta principal, no te puedes perder:
No debes confundirlo con el anterior, ya que este es más pequeño y está situado cerca del Ayuntamiento, en el interior de una manzana de casas del siglo XVIII dentro del barrio de Josefstadt. Entre sus zonas arboladas se encuentran bustos y esculturas. Para descansar de tanto caminar.
Es el parque de Viena. Esto es, aquí vienen las familias a descansar, a disfrutar y a pasar los ratos de ocio. Pero, el emplazamiento no solo es un lugar popular, también está vinculado al cine, a la película El tercer hombre y a su escena de la noria.
Era un antiguo coto de caza que se abre para el público en general a finales del siglo XIX, al estilo de otros lugares similares de Europa. Al día de hoy, tiene una amplia agenda de actividades lúdicas y deportivas que se anuncian en el sitio oficial del parque.
Está dividido por una larga avenida, que llega a superar los 5000 metros, flanqueada por altos castaños que cambian de tonalidad según la estación. Por supuesto, está cerrado al tráfico, pero se puede patinar o montar en bicicleta. A un extremo está el Lusthaus, antaño refugio de reales cazadores y hoy un elegantísimo café. En el otro, con la noria gigante que hemos apuntado antes como abanderada, se encuentra el Voksprater, un parque de atracciones pensado para el público infantil y, también, para el adulto. Si la familia está cansada de tanto caminar, nada más hay que tomar un pequeño tren neumático de un llamativo color rojo.
Por Candela Vizcaíno

Quien vive en clima cálido y acostumbra a elegir (para sus vacaciones, escapadas o viajes de ocio) destinos con buen clima o, en su defecto, con una fuerte carga monumental o artística, probablemente, un país escandinavo como Finlandia, en general, y su capital, en particular, pueda parecerle un lugar poco apto para pasar unos días agradables. Sin embargo, hay bastante que ver en Helsinki más allá de su archifamosa Fortaleza de Soumenlinna, Patrimonio de la Humanidad.
Pero esta premisa, simplemente, responde a uno de los tópicos tan manidos con los que calificamos las ciudades. El emplazamiento disfruta actualmente de una sociedad emergente, volcada en todos los ámbitos del diseño y en el desarrollo de las nuevas tecnologías. Además, Helsinki con niños ofrece planes divertidos muy ligados a la naturaleza. Pero empecemos por el principio.

Si por algo se caracteriza Finlandia es por apenas generar noticias. El país es tan tranquilo, ordenado y civilizado que rara vez acapara los titulares de la prensa internacional. Cuando se habla de este norteño rincón del mundo es para ponderar sus virtudes o los magníficos resultados de sus alumnos en los distintos y sucesivos exámenes a los que se someten los escolares cada cierto tiempo. Y esto que es, en parte, resultado de la política social y económica nacional es más acuciado, si cabe, en la capital, Helsinki.
A pesar de ser un país de la viaja Europa, Finlandia es una nación muy joven. Hasta 1809, cuando pasó a formar parte de Rusia, bajo la nominación de Gran Ducado de Finlandia, era parte del Reino de Suecia y no consiguió su independencia plena hasta 1917. Aunque Helsinki fue fundada en el siglo XVI (en 1550), hasta prácticamente finales del siglo XIX fue simplemente un pueblo de pescadores sin importancia alguna.
Y así hubiera seguido (abrumada por las vecinas Tallin en Estonia o la magnífica San Petersburgo), si en 1827 no se hubiera trasladado la conocida Academia de Abo (en Tarku), germen de la actual Universidad (la Helsingin yliopisto en finés), a Helsinki. Al calor de la educación, la formación y la cultura fue creciendo este antiguo pueblo de pescadores, convirtiéndose, al día de hoy, en una capital señera, referente mundial en diseño, nuevas tecnologías (especialmente las referidas a la comunicación) y finanzas.
Por supuesto, el clima condicionará las visitas del viajero. La capital, como el resto del país, se encuentra nevada gran parte del año, con muy pocas horas de luz durante el invierno y apenas oscuridad nocturna durante el verano (lo que se conoce como Sol de Medianoche). A pesar de tan adversa climatología, la ciudad puede ofrecer una estancia agradable.
El viajero deberá iniciar su recorrido en La Plaza del Senado (o Senaatintori), una explanada inmensa dominada por la estatua de Alejandro II en la que se agrupan los edificios más notables: a un lado, la fachada neoclásica de la sede central de la Universidad de Helsinki, a otro, el Palacio de Gobierno (antigua residencia de un rico comerciante de la sal) y, de fondo, la sobria y blanca Catedral Luterana de Helsinki. La plaza, además, alberga el edificio más antiguo de la ciudad, la Sederholmin talo, de 1757 y, hoy en día, sede del Museo Nacional de Helsinki.
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Pero un lugar que crece al amparo de la cultura y la educación no puede más que ofrecer otros espacios expositivos que satisfagan la sed de conocimientos de propios y extraños. De factura contemporánea es el Kiasma o Museo de Arte Contemporáneo de Helsinki con una buena oferta de arte escandinavo actual. Tampoco hay que perderse una visita al Palacio de Congresos, diseñado por el arquitecto Alvar Aalto y con muestras diarias para todos los gustos.
Otro edificio especialmente original es Temppeliaukion kirkko, una Iglesia con un diseño de vanguardia excavada en la roca. De cariz totalmente distinto es otro de los templos señeros de la ciudad, la Catedral Ortodoxa Uspenski, de ladrillo rojo y, al contrario que el templo luterano, de decoración abigarrada y barroca. En las afueras se alza la Fortaleza Soumenlinna, Patrimonio de la Humanidad y que, por su importancia, merece estudio aparte.
Con toda probabilidad el clima es, en parte, responsable de los gustos desarrollados por los finlandeses, entre los que se encuentran la lectura (en la ciudad hay muy buenas librerías) y, especialmente, la música. La programación de la Ópera Nacional de Finlandia (o Kansallisooppera) no olvida el ballet y los conciertos sinfónicos. Con suerte, se puede asistir a alguna interpretación de cualquier obra del músico nacional por excelencia: Jean Sibelius (1865-1957).
Por si esto fuera poco, la ciudad disfruta de una animada vida nocturna y de magníficos cafés que sacan sus mesas al aire libre, cuando el tiempo lo permite. Conocidos son el Kappeli Café o el Strindberg. El viajero que se precie de serlo no puede irse de Helsinki sin degustar algún plato local elaborado con carne de reno. Los más sibaritas encontrarán oferta suficiente para satisfacer sus exigentes paladares, incluido algún restaurante con estrellas michelín.
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Helsinki sorprende por su carácter innovador, emergente, culto y educado. Es una capital aún con poca historia y sin la monumentalidad de otros destinos más conocidos, como los del área mediterránea, pero ello no quita para que sea un lugar de interés para el viajero que no se amilane ante el frío y la nieve.

Construida sobre siete islas que se abren al frío Mar Báltico, la fortaleza de Suomenlinna ocupa un lugar de honor en el espíritu de la desconocida nación finlandesa erigiéndose en símbolo perfecto de la historia de este país nórdico. Sin llegar a alcanzar el carácter mítico que tiene, por ejemplo, Massada (o Masada) para el pueblo hebreo, la fortaleza de Suomenlinna, situada a las afuera, es el monumento internacionalmente más conocido del patrimonio histórico de Finlandia.
Diseñada para que ningún enemigo pudiera atracar en las pequeñas playas de arena negra que rodean a Suomenlinna, Suecia (a cuya corona tenía que rendir tributo por entonces la nación finlandesa) mandó construir esta casi inexpugnable fortaleza en el año 1748.
Fue, originariamente, bautizada con el nombre de Suevorg (castillo sueco, en traducción castellana), formando una estrella de seis puntas por el lado de la playa y una robusta muralla tierra adentro. Este meditado proyecto de Augustin Ehrensvärd permitió que el enemigo de Suecia, el todopoderoso Imperio de Rusia, no pudiera tomar las costas de Finlandia durante más de sesenta años.
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A pesar de Suomenlinna y del empeño de Suecia por conservar la plaza, el fuerte, tras una larga batalla, se rindió a las fuerzas rusas en 1808 y un año después, en 1809, Finlandia pasaba a pertenecer legalmente a Rusia, condición que mantuvo hasta bien entrado el siglo XX, hasta el año 1917, fecha de su independencia como nación.
Pero tras conseguir la ansiada autonomía nacional, la recién creada Finlandia, lejos de organizarse pacíficamente, se ve envuelta tan solo un año después, en 1918, en una guerra civil. El fuerte de Suomenlinna (no podía ser de otra manera) siguió manteniendo su carácter militar y fue utilizado durante este periodo como campo de concentración de prisioneros por los guardias rojos, quienes terminaron por perder la guerra al no lograr instaurar un régimen comunista cercano a los movimientos políticos que estaban desarrollándose, por entonces, en la que hubiera sido potencia colonizadora: en Rusia.
Con la pacificación de Finlandia, el fuerte pasó a llamarse Suomenlinna (según traducción castellana desde el finés: castillo finlandés) para albergar una escuela militar, que aún está en activo, y un astillero dedicado a la reparación de barcos de madera.
Aunque tiene una población flotante que acude, sobre todo, en verano, actualmente la Fortaleza de Suomenlinna se encuentra completamente habitada por unas 850 personas que han hecho de este peculiar edificio su residencia habitual. Aparte de la Academia Naval y el pequeño astillero, la casi totalidad de las instalaciones están volcadas al turismo y al ocio. Es el monumento de Finlandia más fotografiado, el que más visitas recibe y el favorito de la prensa internacional.
La educada y culta Finlandia no ha hecho de Suomenlinna un punto turístico que se visita sin más, sino que le ha dado vida. Quiere ser un pequeño pueblo volcado hacia el ocio, el descanso, el desarrollo del espíritu, la práctica de los deportes y todo ello con especial predilección por las familiasEn Suomenlinna se pueden recorrer sus empedradas calles en cualquier estación (espectaculares resultan cubiertas de nieve), conocer la historia del lugar en sus museos, realizar algunas compras, asistir a cualquier espectáculo callejero que recrea la historia de la fortaleza con actores perfectamente ataviados de época, tomar un aperitivo o cenar en cualquiera de sus restaurantes, organizar una boda, un banquete o una recepción, quedarse a dormir en su hotel y hasta tomarse un baño de sol en las pequeñas playas de arena que la rodean.
Todos los ingresos netos que genera Suomenlinna se dedican a la reparación y la conservación continuada de esta fortaleza para que siga viva y en perfecto funcionamiento esta maravilla Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aparte de este emplazamiento y su actividad cultural es mucho lo que ver en Helsinki ya sea durante una parada de un crucero o en una escapada más larga.
Por Candela Vizcaíno