
Hubo un tiempo en el que Alcalá de Guadaíra, encajonada entre el alto cerro de Oromana y el río, vivía (literal) del pan. Y lo hacía porque aquí se elaboraba cada mañana ricas piezas en sus hornos desperdigados por toda la localidad. La materia prima no llegaba de muy lejos ya que los molinos que salpicaban y aprovechaban los saltos del río surtían de abundante harina a los múltiples obradores de la localidad. Todo era, por entonces, de kilómetro cero: desde el cereal de la vega colindante hasta la harina, el pan o sus famosas tortas y bizcochelas. Con la industrialización, a principios del siglo XX, estas viejas construcciones quedaron abandonadas a su suerte y alguna hubo, incluso, que colapsó en ruinas. Otras (la gran mayoría) han podido ser recuperadas, rehabilitadas, blanqueadas y hoy son accesibles para los que buscan los dones de la naturaleza y las huellas del pasado. Así, aquellas que han podido salvarse del olvido se han reconvertido en la ruta de los molinos de Alcalá de Guadaíra.
La ruta (que se puede hacer tanto a pie como en bicicleta y que en algunos tramos admite carritos de bebé) tiene dos posibles entradas. La primera está justo al lado del puente romano (o antiguo, que la localidad ofrece muchos más que estos molinos), junto a las ruinas del Molino de la Tapada. A partir de aquí comienza una ruta circular que lleva a lo más alto de Oromana y al otro punto de inicio. Este (mi favorito y aconsejable) se encuentra detrás de los llamados pisos de San Francisco (en la calle denominada precisamente Tren de los Panaderos). Este bloque de viviendas de los años setenta no tiene pérdida ya que se ve nada más entrar en el pueblo y se caracteriza por el gusto poco conseguido (por decirlo con palabras amables) de las construcciones de esas décadas.
Si vas en coche, hay un aparcamiento descubierto al lado y en las calles colindantes (a no ser que sea un día festivo de buen tiempo) también se encuentra plaza. Eso sí, es aconsejable ir temprano porque la ruta de los molinos de Alcalá de Guadaíra va ganando adeptos día a día.
O simplemente alguien amante de la naturaleza. Aunque el circuito completo alcanza más de 10 kilómetros, si llegamos hasta aquellos que están detrás del Puente de Dragón (otro hito monumental del pueblo), los más bonitos pueden recorrerse en poco más de una hora. Si accedes por la puerta que está bajando la calle Tren de los Panaderos te vas a encontrar:
1.- El monumental Molino del Algarrobo que se alcanza atravesando una senda empedrada y que puede cruzarse de orilla a orilla gracias a las ruedas (de molino precisamente) que sirven como puente. Aquí se ha habilitado una pequeña plaza rústica con bancos donde, de vez en cuando, se informa de las construcciones a lo largo del río. Destaca una torre almenada que no es medieval. Es una recreación tardo romántica que en esta época gustaba mucha de retrotraerse a un imaginario pasado.
2.- En este punto no hay que perderse, ya que del mismo parten tres caminos distintos que, aunque siguen la ruta, te puede desviar de la más interesante. Hay que tomar el central, el que está enfrente y en cuesta empinada. Luego bajarla para dejar de lado un puente (¡ojo! ¡no hay que cruzarlo!) y ya desembocas en la ruta propiamente dicha puesto que está arreglada, señalizada y ajardinada incluso. Sí, vale, que no cuesta nada poner unos cartelitos. Al día de hoy no existen. Así que dejo la sugerencia por escrito.
3.- El siguiente es el Molino de Oromana que comparte protagonismo con el del San Juan que está enfrente. Se sitúa paralelo al parque y al hotel homónimo. A partir de aquí (y antes de llegar incluso) la senda se convierte en un espacio ajardinado, arreglado con bancos e, incluso mesas. Es normal encontrarse los fines de semana pintores (más o menos profesionales) que intentan captar la belleza del paisaje siguiendo los modelos del impresionismo. También abundan las familias con niños que, incluso, se atreven a practicar algún deporte de agua. El río está estancado en algunos tramos (debido a las presas) y su discurrir es bastante lento.
4.- A continuación, se sitúa el molino de Benarosa que se encuentra en la otra orilla. Aún así, se puede acceder porque se ha habilitado un paso peatonal aunque bastante resbaladizo y peligroso para los que se hayan saltado el gimnasio. En este punto se concentran patos y otras aves que comparten espacio con anfibios y peces de río. La vista no solo es refrescante sino fotogénica a más no poder.

5.- La ruta de los molinos de Alcalá de Guadaíra puede terminarse con la visita del Molino de las Aceñas de blanco impoluto y también con una torre almenada. Antes habremos pasado (casi sin darnos cuenta) las ruinas del Molino Rabo de Zorra que se encuentra en la otra orilla. Una vez vencido este punto, el camino no está habilitado y se va adentrando cada vez más en campo abierto. El sendero se complica hasta llegar a la Finca La Perdida, una explotación ganadera ajena a lo que estamos tratando. ¿Y ahora qué?
1.- Una vez has alcanzado el Molino de las Aceñas, lo mejor es volverse sobre los propios pasos un poquito hasta que encontremos algún tramo de sendero en bifurcación. Ni se te ocurra agobiarte porque te lo hayas pasado. Hay distintos accesos a lo largo del camino e, incluso, puedes volver por la misma ruta en distintos niveles. Me explico. La senda ha sido realizada de manera escalonada de tal forma que puedes ir por distintas vías a diferentes alturas. Y puedes volver a un nivel u otro cada cierto tramo. Así que la variedad está asegurada. Solo tienes que seguir el curso y el rumor del río.
3.- Si llegas por esta ruta (casi por tus pasos) hacia el Molino del Algarrobo, puedes completarla tomando el camino que serpentea por detrás (o por delante según se mire) y alcanzarás las ruinas del Molino de la Tapada. De aquí, cruzando el puente de piedra, se accede a otra senda que, bordeando el castillo, llega a la Fuente de la Retama para desembocar en el Puente del Dragón. Esta construcción contemporánea, realista (si tal criatura existiera de verdad) y rematada con azulejos brillantes tiene oficialmente el poético nombre de Puente del Guardián del Castillo. Además, bajo sus vigas se ha habilitado un parque sombreado con mesas de picnic favorito de los alcalareños los fines de semana.
4.- ¿Y qué más? Si quieres seguir caminando, aún te espera la Fuente de la Judía y el Molino del Realaje. La dirección no tiene pérdida. Hay que seguir el curso del río (ahora hacia arriba) dejando el castillo (con su correspondiente dragón guardián) detrás.
5.- Y aquí va el consejo. Aunque este tramo del camino es agradable, la ruta que comienza en el Molino del Algarrobo acabando en el mismo punto tiene tal concentración de construcciones, zona sombría, vegetación de todo tipo, vida animal y artística que con este recorrido seguro que el alma del caminante se queda satisfecha.
https://www.youtube.com/watch?v=2ncOP6YhC8A
Y, por último, recuerda que, aunque las grandes panaderías han desaparecido, aún hay bonitas confiterías con delicias locales en el centro del pueblo. En el cogollo de la ruta de los molinos de Alcalá de Guadaíra, además, hay un hotel (Hotel Oromana y te dejo el link). Está sobre el cerro y hace gala de una decadente arquitectura regionalista de principios de siglo. En verano abren su refrescante piscina entre pinos (los árboles mayoritarios del parque) y tiene también un buen restaurante. Que ya sabemos que las cosas del espíritu tienen que acompañar a las del cuerpo, tanto que sea difícil distinguirlas.
Fotos, vídeo y texto por Candela Vizcaíno

Está en el top ten de lo que hay que ver en el Algarve y es uno de los destinos más fotografiados de este trocito de mundo. Tanto es así que te doy un dato curioso para la reflexión. En toda Portugal es difícil que te encuentres un policía haciendo labores de vigilancia. Esta forma de proceder se explica cuando se conoce el educado pueblo luso, el cual deja gran parte de la convivencia cívica a la responsabilidad más que a medidas coercitivas. Pues bien, en la Cueva de Benagil hay apostada constantemente una patrulla de la policía marítima ojo avizor a todo tipo de infractores de las múltiples normas que hay en el lugar. ¡Tal es gentío que se agolpa en este puñado de metros cuadrados entre la playa, el mar, el sol y las rocas!
Para centrarnos donde estamos, voy a dividir la línea rocosa del Algarve en cuatro zonas principales si nos dirigimos de este hacia oeste. Pueden ser más, pero, a groso modo, son las siguientes:
1.- Los grandes arenales de playas inmaculadas desde Vila Real de Santo Antonio o Castro Marim con Praia Verde como la joya de la corona que terminan en las barras frente a Faro.
2.- La Ría Formosa, un paraíso sobre el planeta Tierra que se extiende desde Tavira hasta Faro.
3.- Las zonas de acantilados que se abren a maravillosas calas con las playas de Lagos o de Vale de Lobo como nuevos destinos tops.
4.- La zona surfera de Sagres que se extiende por todo el parque del denominado Sudeste Alentejano.
Pues bien, la Cueva de Benagil, se encuentra en la división tercera, entre los grandes acantilados de arenisca de Carvoeiro (con su zona de senderismo que es para quitar el sentido) y la también afamada Praia da Senhora da Rocha. Todo ello con una peculiaridad que la hace aún más inaccesible: que el pueblo de Benagil es pequeño, encajonado entre acantilados, con unas cuestas endiabladas y con aparcamiento imposible en cualquier época del año. Por eso, si te estás preguntado cómo llegar a Benagil, lo mejor es barajar todas las opciones antes de poner este nombre en el navegador del coche.
También conocida como Algar de Benagil, la denominación portuguesa, la de Benagil forma parte de una serie de peculiares concavidades frecuentes por esta parte de mundo. Tenemos, por un lado, los acantilados de color amarillo y, por el otro lado, la acción constante del mar que va abriendo huecos, cuevas, puertas, pasos, ventanas… En algún lugar será estrecho, por otra zona puede pasar un barco pequeño sin mucho calado.
A la acción del mar sobre los acantilados se une el viento y todo ello no solo va impactando frontalmente sobre la roca sino también por la parte de arriba (el techo) de algunas cuevas. Esto hace que los huecos que el mar abre sobre los acantilados también se vayan abriendo, cual ventana al cielo, hacia el firmamento. El sol termina de rematar esta maravilla de la naturaleza filtrándose a través de estas especiales claraboyas rocosas al reflejarse sobre la arena que el mar, en retirada, deja en descubierto.
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La Cueva de Benagil, aún no siendo el único algar de esta línea rocosa es la más famosa porque lo tiene todo. Tiene la suficiente amplitud de arena dorada protegida por los acantilados ocres y al frente el mar de agua tan limpia y transparente que se ven los bancos de peces, mientras que la claraboya natural está justo en el centro del espacio. A la par, el sol va haciendo que se reflejen sus rayos nítidamente mientras, alrededor, se despliegan las sombras.
Todo esto que la hace especial también contribuye a que sea destino tanto de los amantes a las cosas curiosas como a los adictos a Instagram. El algar, por tanto, se llena de gente especialmente en temporada alta. ¿Y cómo se llega? ¿Andando sin más? No. Eso es imposible ya que no hay acceso peatonal ni siquiera con marea baja. Puedes elegir entre lo siguiente:
1.- Arriesgarte a dejar el coche muy alejado de la playa de Benagil que está colindante con la cueva y allí atreverte a alcanzarla a nado. No es recomendable ni siquiera para deportistas en punto óptimo ya que el mar puede hacer de las suyas y hacerte chocar contra las rocas. Sí he visto a algunos que se han aventurado con la ayuda de un colchón hinchable. Aunque tengas que hacer un esfuerzo físico siempre tienes este apoyo para llegar de manera airosa al arenal. Eso sí, esta opción solo es apta para los que no se saltan el gimnasio ni un solo día.
2.- Los deportistas con más conciencia de su integridad física que se preguntan cómo llegar a la Cueva de Benagil eligen un kayac para alcanzar la zona. De este modo pueden desembarcar en la orilla y pasearse por la playa que está dentro de la cueva con más facilidad. Se puede alquilar por horas en la misma playa y no hay que andar mucho hasta hacerse al mar.
3.- La Cueva de Benagil también se puede disfrutar desde arriba a través de la zona de senderismo que está habilitada al efecto. Es otra forma y la mejor si estás por esta parte de mundo en invierno u otoño.
4.- Sin obviar estas posibilidad, la mejor opción es, sin duda, una excursión en barco apto para toda la familia. ¿Cómo llevarlo a cabo? A continuación algunos datos prácticos.
1.- Aunque salen lanchas desde la misma playa está tan masificada que es mejor que tomes la embarcación en otros puntos.
2.- Así también puedes disfrutar de otras cuevas cercanas y menos conocidas pero, no por ello, menos hermosas en el trayecto tanto de ida como de vuelta. La experiencia es tan maravillosa que el sobrecosto (apto para casi todos los bolsillos) merece la pena.
3.- Además del disfrute del mar, también hay excursiones a la Cueva de Benagil que te permiten bañarte en una playa desierta e, incluso, rematar la jornada con una barbacoa o un almuerzo en una cala desierta. Las aguas limpias, transparentes, llenas de peces y fresquitas se quedarán en tu recuero por mucho tiempo.
4.- En su contra, las excursiones en barco a la Cueva de Benagil no tienen permitido el desembarco en la misma. Y de eso se encarga la policía marítima que he nombrado al principio. La experiencia no da lugar al desembarco pero sí al disfrute desde la nave muy cerquita de la arena.
5.- Las mejores excursiones a la Cueva de Benagil se ofrecen en el mismo puerto de Portimâo. Allí hay compañías que van saliendo cada hora (incluso con más frecuencia) y la ruta va hacia al oeste pasando Ferragudo y Carvoeiro para dar la vuelta luego directamente por mar. Otra opción es tomar una embarcación en Albufeira que hace el recorrido hacia al oeste. Esta excursión es menos vistosa porque aquí los acantilados no son tan altos como en la otra zona pero, sin lugar a dudas, también es una maravillosa experiencia. En ambos puertos es fácil el aparcamiento.
Nosotras para hacer la visita a la Cueva de Benagil nos decantamos por Portimâo simplemente porque pasábamos nuestras vacaciones en Lagos y nos pillaba más cerca. Para la próxima haremos el recorrido desde Albufeira porque este maravilloso algar y la naturaleza que le rodea merece una y otra vez una visita.
Fotos y texto por Candela Vizcaíno

Entre rocas, acantilados, cielo, mar, arena y la brisa atlántica se van desperdigando las preciosas playas de Lagos tan distintas entre sí que se hace extraño, a veces, que todas ellas pertenezcan a la misma localidad. Antes de llegar a la punta más occidental del sur Portugués (Sagres) y pasando las más conocidas del Algarve central, siempre en dirección oeste, Lagos aún conserva en su casco antiguo ese encanto de los pueblos de pescadores. Eso sí, si echas la vista hacia su caserío te sorprenderán las altas torres de ladrillo que se han construido en las últimas décadas. Aún así, la modernidad convive en armonía con la naturaleza, tanto que cuesta pensar que a tan solo cinco minutos de un bosque de asfalto se desperdiguen calas de postal, acantilados de infarto y playas suaves donde se pueden volar cometas, levantar castillos de arena o dejarse acunar por el murmullo de las olas. Estas son mis diez favoritas y cada una lo es por una razón.
Y a pesar de llamarse así (meia, mitad) es una de las más largas de la zona, tanto que su arenal se despliega hasta la vecina Alvor y hasta una de los lados donde desemboca el Bensafrim, el cual se ha abierto para construir un puerto deportivo donde se da cita la gente guapa al caer la noche. Meia Praia es suave, sin dunas, larga y con las olas justas para que los peques disfruten sin llevarse un sobresalto. Además, está tan acondicionada que cada cierto trecho se han habilitado aparcamientos que te dejan prácticamente en el arenal. Además, aunque no es comparable con las playas de Cádiz atestadas de chiringuitos, ésta tiene buenos restaurantes que ofrecen las delicias culinarias locales con el mar de fondo.
Cruzando Bensafrim, hacia el otro lado y en dirección a esa maravilla de la naturaleza que es la Punta de Piedade, se encuentra otra de las playas de Lagos más conocidas y concurridas: Pinhao. Justo a las afueras de la zona urbana, no solo es una de las más fotogénica por sus acantilados que la guardan sino porque desde ella se ve el famoso puente romano que une dos de los islotes que conforman los maravillosos acantilados que dan fama a todo este litoral abrupto, escarpado y hermoso. Es un poco más grande que las pequeñas calas que se desperdigan a continuación (dirección siempre oeste) y dispone de servicio de restauración y de hamacas.
Tanto es así que es la cara visible de esta parte de mundo y su estampa recortada entre cielo, mar y arena aparece en infinidad de folletos, imágenes y fotos. La playa en sí es pequeña y no es un sitio apto para pasar el día. Desde primera hora de la mañana es tomada por deportistas de todo tipo que se atreven a bajar (que luego hay que subir) sus más de doscientos escalones en madera con un kayac. Con marea baja puedes, incluso, atreverte a ir pasando por los arcos, puertas excavadas en la rocas y pasos (que el mar ha ido abriendo a lo largo de los siglos) para disfrutar de las playas vecinas. Eso sí, tienes que controlar el calendario de mareas y tus fuerzas. Los más vagos seguro que preferirán un mojito o un café en Don Camilo, el restaurante de playa que se asoma a estos acantilados.
Porque es una de las playas de Lagos colindante con la anterior y del mismo tenor: grutas, cavidades, un arenal pequeño, una bajada considerable y unas vistas que se quedan en la retina por muchos años. Justo al lado tienes un hotel que ofrece servicio de restauración prácticamente durante todo el día con una terraza en la azotea que te ofrece una panorámica distinta de esta parte de mundo.
Como la de Pinhao, está justo al lado del puerto deportivo con buen acceso desde el pueblo. Aunque se puede bajar a pie y desde allí disfrutar de la perspectiva, recuerda que es uno de los primeros puntos por los que se pasa en los mini cruceros que van hacia Punta da Piedade y que zarpan desde la marina de Lagos. Es, por tanto, una manera más sosegada y reposada de disfrutar de esta costa cambiante, fotogénica y fascinante a partes iguales. También es una forma sencilla y divertida de descubrir las zonas cuando se viaja con niños que, aunque Lagos sea destino de gente joven deportista, también lo es para el veraneo familiar.
Que llegados a este punto ya toca hablar de la joya de la corona de las playas de Lagos o, más bien, de toda esta parte de mundo: los acantilados de Lagos cuya estrella más rutilante es la Punta da Piedade. Aunque en algunas zonas se han habilitado escaleras, la mejor forma de adentrarse por sus cuevas, huecos en la roca, arenales acompañados por el graznido de las gaviotas es vía marítima. Y la fórmula puede ser en kayac para los más jóvenes deportistas o en alguno de los múltiples barcos que salen desde el puerto deportivo de Lagos prácticamente cada hora. Desde esa perspectiva disfrutarás de esta maravilla de la naturaleza que la hace tan única y especial.
Por si te has quedado con las ganas, justo al lado de uno de los faros (pon en el navegador “Acantilados de Lagos”) se ha habilitado un aparcamiento gratuito que da paso en unos minutos a un sendero de madera con miradores. Este trayecto puede recorrerse a pie o en bici y se despliega por 44 kilómetros hasta el parque natural de otra maravilla portuguesa: Sagres. Al caer la tarde, la perspectiva de las rocas y el sol escondiéndose entre mar y cielo es, sin duda, sublime (nivel top).
Aunque tiene en su contra el difícil acceso que no está acondicionado como otras con escalones de madera. Eso hace que no esté masificada y que el disfrute de su extenso arenal con los acantilados a fondo sea más placentero. Tampoco tiene aparcamiento cercano.
Eso lo soluciona una de las que más me gustan porque en ella se aúna casi todo para ir con niños. A su extenso arenal se une el acantilado que termina en la llamada Rocha Negra. Con marea baja salen a descubierto planchas de piedra que han sido invadidas por algas de todo tipo formando pequeñas piscinas naturales en las que, a veces, se quedan atrapados algunos peces pequeños. La playa de Porto de Mos aúna todo lo bueno de esta zona: unos acantilados de infarto, agua limpia, transparente y con las olas justas y, además, estos amagos de piscinas que se forma al quedar el mar atrapado entre las rocas.
Porque el acceso a esta impresionante playa solo es posible mediante un terraplén o a través de kayac. Por eso, si eres de los que no perdonan el gimnasio ni en verano seguro que tendrás fuerzas para llegar hasta su arena bien sea bajando por el camino de tierra (que resbala) o accediendo por mar. Hay otra más fácil y es a través de alguno de los botes o pequeños barcos que salen desde la marina de Lagos.
Que me recuerda irremediablemente a la andaluza Nerja con su pueblo de casas blancas, su paseo marítimo con tiendas de ropa y su acantilado negro que cierra la cala y evita que la azote los vientos atlánticos. Es otra de las playas de Lagos a las que puede llegar sin necesidad de ser un deportista aventajado ya que dispone de aparcamiento justo en las escaleras (normales) que dan acceso al arenal. El agua, además, cubre muy poco y es de una transparencia que sorprende. Dispone de algunos restaurantes (aunque un poco caros) con servicio básico de hamacas y, además, caminando por un pequeño paseo marítimo te encuentras algunas tiendas con ropa básica, juguetes o una botella de agua fresquita.
El Algarve portugués es ese paraíso marítimo para todos aquellos que, en cualquier época del año buscan llenarse la boca con la sal del mar, con el aire de sus vientos y con una naturaleza que, a veces nos pone a prueba de nuestras fuerzas. Las playas de Lagos son tan distintas entre sí que son destino tanto de deportistas dispuestos a enfrentarse al mar con un kayac o para familias tranquilas con niños pequeños. Los acantilados que se rompen en varios puntos conforman esa orografía tan especial, como sucede con la Ría Formosa (otro paraíso sobre el planeta Tierra a un puñado de kilómetros de este), hacen de este litoral destino de veraneo de medio mundo.
Fotos y texto por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

Si has soñado con viajar a la Luna o a otro planeta, no tienes que irte muy lejos, porque aquí en la Tierra existe un lugar que puede colmar tus deseos: El Parque Nacional del Teide en Tenerife, “la montaña nevada” en el idioma de los guanches locales.
Es la mayor de las Islas Canarias y su silueta triangular está rematada por la cumbre más elevada de España: el Teide, un volcán aún en activo. Esta escarpada orografía hace que la isla se divida en: 1) zona norte, formada por húmedas y cálidas localidades de playa y, 2), zona sur, árida, escarpada e impresionante.
Los viajeros que visitan la isla suelen parar en Puerto de la Cruz o las localidades de alrededor, en el norte, repleto de actividades de ocio, pero no hay que perderse una excursión hacia el sur, hacia este parque declarado Patrimonio de la Humanidad. Puedes llegar en coche o en transporte público, ya que solo distan unos 50 kilómetros. Eso sí, se tarda casi una hora por lo escarpado del terreno.

Es el resultado de la incesante actividad volcánica de la isla y de todo el archipiélago. Ha sido calificado como fantasmal, lunático, apabullante… El parque lo forma una superficie kilométrica de rocas y montañas volcánicas de color anaranjado salpicado por plantas endémicas. La carretera que lo cruza pasa por la estación del teleférico, una opción para visitar este lugar desde otra perspectiva. Si te decides a subir, ten en cuenta lo siguiente:
Son vados, como el Cañón del Colorado, pero de mucho menor tamaño (aunque tiene la friolera de 45 kilómetros) que surgieron como consecuencia de derrumbes tras las sucesivas explosiones de los volcanes (el Teide y el Pico Viejo).
Estas hondonadas están llenas de polvo, pero la naturaleza, que todo lo coloniza, ha sabido salpicar el lugar con plantas autóctonas difíciles de disfrutar fuera del Teide.
Y, ¿qué plantas pueden verse en este lugar? Es difícil encontrar algún drago (Dracaena draco), árbol endémico y prehistórico que se asemeja a un cactus. Si buscas esta especie, trasládate hasta el Valle de la Orotava, a las faldas del volcán del Teide o no dejes de hacer una visita al situado en el pueblo Icod de los Vinos.
Según la tradición su salvia (de color rojo) tiene propiedades sanadoras y casi mágicas, aunque no se han hecho estudios al respecto. Es una especie protegida en España, ya que solo habitan en las Islas y en zonas meridionales de la península (Cádiz) donde fueron trasplantados en época moderna. Es un árbol enigmático que no forma anillos, así que es muy difícil calcular su edad. Aún así, puedes saciar tu curiosidad buscando en el Parque Nacional del Teide:
Si necesitas un mapa, autorizaciones, información sobre los accesos y datos de carácter práctico, recuerda que está todo disponible en la página oficial del Parque del Teide del Ministerio de Medio Ambiente, al cual te remito por si deseas visitar este emplazamiento de película.
Y por último recuerda que todas las especies de plantas están protegidas. Respétalas y no te las lleves. Además, te arriesgas a una considerable multa si lo haces.
Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

Este trocito de mundo, a pesar de su belleza paisajística y sus bondades tanto en lo culinario como en el clima es uno de los menos conocidos de Andalucía. Eclipsada por la abrumadora herencia cultural y patrimonial de Sevilla, Córdoba o Granada (te dejo los links por si quieres hacer una visita), no se disfruta como es debido: sin prisas y con tiempo. Doñana forma parte de la provincia de Huelva con playas kilométricas y una sierra que, en otoño, es para quitar el hipo. Es un lugar para recorrer en coche (ya hemos hecho la ruta, así que te lo dejo aquí). Y los más aventureros pueden acercarse a la cercana Tavira e incluso extenderse hasta Faro para visitar la Ría Formosa, otro paraíso natural sobre el planeta Tierra.
Porque lo que traemos hoy es un recorrido por uno de esos lugares apartados de la mano del hombre: El Parque Nacional de Doñana. Se puede recorrer, pero solo en parte y con empresas especializadas. Puede uno pernoctar allí, sí, ¡claro! en la cercana aldea de El Rocío, uno de los lugares más originales de Europa y único como él solo. También te he dejado un reportaje amplio aquí. Así que no me repito más. Ya sé… ya sé… ya sé… estoy enamorada de la zona. ¡Y no es para menos! Porque, una vez te has adentrado, quedas prendido de su luz, de su forma de ser, de su aspecto salvaje e irrepetible. ¿Te vienes conmigo a Doñana?
Se extiende por tres provincias andaluzas (Sevilla, Cádiz y Huelva) en la desembocadura del Río Guadalquivir con el Océano Altántico. Es un lugar privilegiado entre dos continentes, refugio de aves y de mamíferos como el lince, en vías de extinción. Bosques de pinos, dunas de arena, marismas saladas y vetustos alcornoques pueblan este espacio surcado por caminos religiosos y por los mitos. Es Reserva de la Biosfera, Patrimonio de la Humanidad y, según algún estudio, lugar donde reposa La Atlántida. ¡Sería genial que pudiéramos encontrarla! En ese caso se entendería el halo mágico que emana este lugar.
Si el aroma del romero y la retama impregna todo el aire en primavera, en invierno se avistan más de 200.000 aves que cruzan el Estrecho de Gibraltar rumbo al Sur, a África. Porque Doñana tiene el calificativo tanto de parque natural como el de nacional y su ecosistema único, aunque con límites, puede ser visitado y disfrutado. Es perfecto para los amantes de la naturaleza, pero también para familias con niños o jóvenes. Si te decides por el viaje, recuerda que debes buscarte alojamiento en El Rocío, la aldea inserta en Doñana. En el lugar solo existen rústicos refugios, el Palacio de las Marismillas, cerrado al público general, y el Palacio de Acebrón, que actúa como centro de visitantes. Por eso, la única opción es dirigirse al peculiar y particular El Rocío.

El parque llega hasta el Atlántico mismo y sus playas son totalmente salvajes donde no se puede levantar ni un mal chiringuito o un quiosco. Una de ellas, con el nombre tan curioso de Rompeculos, junto al Parador de Mazagón, tiene más de 20 kilómetros. ¡Vamos para perderse en mitad de la naturaleza!
Este vasto espacio se caracteriza por un ecosistema de humedales que se extienden kilómetros y kilómetros entre dunas, arenales, bosques de pinos y matorrales.
El clima mediterráneo suave y el movimiento de las mareas hacen que los límites de Doñana se extiendan hacia el norte, hacia zonas de cultivo de arroz en la provincia de Sevilla. Lo que no debe perderse ningún amante de la naturaleza es la visión de la llanura pantanosa salpicada por especies mediterráneas. Es realmente espectacular y sobrecogedor.
Las marismas hacen frontera con dos provincias (Cádiz y Huelva) y se puede ver desde las dos riberas. Desde la zona gaditana se puede tomar un pequeño barco que recorre parte del río, pero a mí me gusta más la parte onubense donde se pillan los camiones que recorren (¡en más de cuatro horas!) toda la zona visitable del parque.
El paisaje de dunas y arena de Doñana está salpicado de pequeños bosques mediterráneos y matorral de sotobosque. En tu recorrido te vas a encontrar:
Los árboles predominantes son los pinos y alcornoques. Estos bosques se sitúan entre lo que se denominan trenes de dunas. Esto es, están literalmente rodeados por arenas que, debido a la fuerza del viento, va tapando el bosque, el cual se va “trasladando” un poco más hacia el interior. Los alcornoques se sitúan en la zona más cercana a la desembocadura del Guadalquivir donde también conviven más pinos.
Arbustos como la adelfas -¡cuidado que pueden ser venenosas para los niños, si se ingieren!, retamas, tomillos, romeros, eneas, brezos, zarzamoras… Cuando haces el safari puedes bajar de vez en cuando de los camiones y es todo un placer el olor de estos arbustos resinosos. Ni que decir tiene que no se puede tocar nada, que todo (absolutamente todo) está protegido.
En primavera, si las lluvias han sido importantes, está todo salpicado de flores y plantas como los narcisos silvestres, los helechos, los cardos, las clavellinas y plantas acuáticas.

Va a ser difícil que puedes ver alguno de los pocos linces ibéricos, Lynx pardinus, que viven en el parque. En peligro de extinción, son escurridizos y suelen salir por la noche. Además, son muy inteligentes y en cuanto escuchan los camiones se esconden. Si, de todos modos, aún no renuncias a toparte con uno, lo mejor es coger la visita por la mañana en primavera u otoño. Sí será más fácil avistar:
Aunque desde la Edad Media existía una construcción palaciega en la zona, propiedad de los Duques de Medina Sidonia y donde, al parecer, Goya pintó sus majas, de ese caserío nada queda. Doñana está salpicada de construcciones rústicas y al sur se sitúa el conocido Palacio de las Marismillas, realizado al estilo cortijo andaluz y lugar de veraneo de distintos presidentes españoles.
El Palacio del Acebrón, por su parte, fue levantado a mediados del siglo XX auspiciado por Don Luis Espinosa Fondevilla y es el lugar al que debes dirigirte, ya que actúa como centro de visitantes, ya que te guían por las distintas rutas y caminos. Está gestionado por la Junta de Andalucía y se llega a través de la Aldea del Rocío. Tiene también una ruta de senderismo.
Muy cerca hay una laguna, pero no se puede acceder a través de los camiones que hacen el safari. Está muy cerca de la Aldea del Rocío.
Dispone de zonas para hacer senderismo y unos refugios para avistar las aves. Aquí se encuentra una curiosa reproducción de las típicas chozas marismeñas.
Desde aquí se lleva la reproducción y la repoblación del lince. Es el más completo porque tiene caminos señalados para hacer senderismo, lugares para avistar las aves y salen los camiones de los safaris.
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Uno de los lugares más originales de Andalucía (y probablemente de Europa) es la aldea de El Rocío, destino de la peregrinación homónima. Con el coche puedes acceder a los centros de visitantes y al Palacio de Acebrón (a través del de la Rocina). El lugar merece, al menos, un día para empaparse (además en el sentido literal) de sus calles de tierra donde los caballos tienen preferencia absoluta sobre peatones y, por supuesto, sobre vehículos. Te dejo esta galería de imágenes de la Aldea de la Blanca Paloma a continuación.
¿Te animas a visitar Doñana? Conozco el sitio muy bien. ¡Me encanta!
Textos y fotos por Candela Vizcaíno
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Es una “herida” verde en el centro de Manhattan, una cicatriz perfecta que oxigena la gran ciudad y a la que acuden propios y foráneos en busca de solaz, aire puro (aunque parezca difícil) y un paraíso urbano más grande que algunos bosques europeos. A su alrededor se despliegan museos y sitios de interés. Por eso, lo mejor es buscar la ubicación de los hoteles de la zona para llegar sin problemas.

Si los parques urbanos europeos nacieron como donación aristocrática de cotos privados de caza (pongamos, por caso, solamente el Parque de María Luisa de Sevilla o El Retiro de Madrid), en la joven Estados Unidos, las cosas se hacían de otra manera. El Central Park se creó como una necesidad de la creciente población de la Ciudad de los Rascacielos y se proyectó ad hoc. Eso sí, el gusto por los parques públicos nació (a un lado y al otro del Atlántico) en la misma época: en la segunda mitad del siglo XIX. ¡Y no digamos ya los jardines japoneses que nada tienen que ver con este carácter! Ya que para los habitantes del País del Sol Naciente, los jardines son una simbolización del mundo.
El Central Park fue promovido por el Estado de Nueva York (no confundir con la ciudad) y se hizo conforme a un plan metódico denominado Greensward Plan, dirigido por un paisajista y un arquitecto. Se hizo necesario expropiaciones y una obra de envergadura en la que no faltaron movimientos de toneladas de tierra procedentes de Nueva Jersey, ya que el terreno limoso de Manhattan muy pronto se vio que no tenía la suficiente calidad para albergar las plantas previstas en el lugar.
En las últimas décadas del siglo XIX el Central Park era un híbrido de parque urbano y zona agraria y dejamos un dato que ilustra esto: las ovejas pastaban en el lugar hasta bien entrado el siglo XX. El abandono público, por tanto, no tardaría en llegar, ya que la zona de recreo, al no tener mantenimiento, comenzó a degradarse. Y así continuó hasta la llegada a la alcaldía en 1934 de Fiorello La Guardia, quien puso al frente de todos los parques de Nueva York a Robert Moisés.
La revolución de Moisés fue tal que en unos cuantos meses, de ser un lugar abandonado, se convirtió en el espacio de ocio que conocemos hoy. El proyecto original, basado en una bucólica visión de una Arcadia urbana, muy en línea con los postulados románticos, se transformó en un emplazamiento más práctico. Así, las inmensas sub zonas con recovecos, parterres con flores y jardines de inspiración neoclásica dieron paso a grandes áreas con césped y altos árboles mucho más fáciles de mantener y cuidar. También se habilitaron zonas deportivas, de recreo infantil y de restauración.
A partir de la década de los 60, el Central Park, además, se utilizó para conciertos y eventos culturales de todo tipo. Aunque la violencia se cebó con esta zona verde a partir de la década de los setenta, afortunadamente, se pudo recuperar una vez más. Como en tantas otras empresas, solo hay que poner voluntad y personas cualificadas al frente.
Hoy el lugar es imprescindible, magnífico y tan hermoso que una visita a Nueva York no está completa sin dar un paseo por el Central Park. Se puede hacer a pie, en calesa (para los más comodones), en bici e, incluso, una de las avenidas se puede recorrer en taxi.
Si por algo se caracteriza este parque urbano es por sus árboles de gran porte de hoja caduca entre los que se encuentran varios tipos de arces (espectaculares en otoño), castaños de Indias, aralias, árboles del cielo (que pierden las hojas en primavera), abedules, cedros, gingkos bilobas, magnolios, robles y olmos. Y eso sin contar sus plantas bulbosas, flores y kilómetros de césped.
Del reino animal sobresalen las aves concentradas en El Ramble donde se apostan, incluso, ornitólogos aficionados para su observación. El gran número de lagos propician la vida de aves migratorias. Se pueden ver halcones de cola roja o estorninos que conviven con ardillas, mapaches (¡cuidado que pueden morder!) o zarigüeyas.

En verano, la masa arbórea del Central Park permite mantener una temperatura unos cuantos grados por debajo del resto de Nueva York. Por eso, es un lugar imprescindible para pasar una cuantas horas ¡Ojo! Es tan inmenso que si quieres recorrerlo de punta a punta vas a necesitar, al menos, unos cuantos días. Por eso, es mejor concentrarse en la zona comprendida entre las calles 59 y 79, porque es donde se amontonan los puntos de interés. Aunque te dejo el mapa a continuación, anota lo siguiente:
Aunque lo mejor es perderse (sin olvidar la orientación) por sus caminos sinuosos, puentes, lagos y rincones, aquí va el plano.

El Central Park tiene más de 90 kilómetros de caminos, 30 puentes y más de 29 esculturas conmemorativas de todo tipo.
Si te has pasado por aquí, déjanos tu experiencia. Recuerda que la casilla comentarios está abierta para ti.
Por Candela Vizcaíno

Y la palabra para definir los grandes jardines realizados siguiendo estas líneas es espectacular, ya que fueron diseñados para embellecer y dar aún más empaque a las construcciones palaciegas más impactantes levantadas en Europa a partir del siglo XVII.
Difícilmente reproducibles hoy en día en entornos pequeños y/o rústicos, sí puedes hacer un jardín de este estilo en viviendas minimalistas o de aires clásicos. Eso no sucede, por poner un caso, con los jardines japoneses que pueden reproducirse, incluso, en patios mínimos. Pero, empecemos por el principio y vamos a dar una vuelta por estos maravillosos jardines cerca de París.

A pesar de los restos arqueológicos, poco se sabe de los más bellos jardines del Imperio Romano. Sí se intuye una concepción espectacular repleta de grandes esculturas, piscinas artificiales, juegos de agua y caminos arbolados en los que no faltaban los altos cipreses, pero también árboles más rústicos como el olivo. A esta recreación, por poner un solo ejemplo, responde Villa Adriana a las afueras de Roma.
Durante la Edad Media, los jardines quedaron recluidos en Europa a los huertos monacales que utilizaban estos espacios tanto para la despensa diaria como para abastecimiento de sus propias boticas. La única excepción se localiza en el corazón de Al-Andalus con los bellos jardines mozárabes que aún hoy pueden disfrutarse. Ponemos como ejemplo La Alhambra de Granada o el Alcázar de Sevilla. Los realizados siguiendo el estilo a la francesa están dentro de los jardines más bonitos del mundo.

Pues bien, usando como base este sustrato, un pintor reconvertido en jardinero, André Le Notre (16113-1700), crea lo que se ha venido en llamar jardín a la francesa o jardín francés cuyo epítome lo encontramos en Versalles.
Recibió formación artística y procedía de una familia de jardineros, ya que su padre diseñó los espacios verdes de las residencias de Catalina de Médici, la culta aristocrática toscana casada con Francisco II que introdujo el refinamiento en la corte francesa. Le Notre comienza a trabajar con un hermano del Rey Luis XIII, Gastón de Francia. Sin embargo, el primero proyecto de envergadura es para Philippe de Kassel. Para él termina en 1640 el jardín del Castillo de Wattignies, en los alrededores de Lille y hoy visitable. Este fue el inicio de una larga y exitosa carrera con el cenit en la restauración de los Jardines de Versalles para Luis XIV cuyos trabajos comienzan en 1661.

Avatares personales aparte, André Le Nostre inauguró un estilo aún vigente hoy en día. Este sustrato es el que se encuentra, por ejemplo, en el Treptower Park a las afueras de Berlín creado para honrar los caídos soviéticos. El jardín francés, en sus orígenes, fue copiado hasta la sociedad por aristócratas y reyes de media Europa. Estos espacios verdes tuvieron gran acogida en Alemania, Austria e, incluso, España. En Inglaterra, la influencia fue tibia y décadas más tarde impondrían su propio estilo: el jardín inglés.
Pero, cómo es un jardín a la francesa o francés. Resumimos:
Y solo ponemos los que están dentro de Francia. Para otro día dejamos los magníficos situados en otros puntos de Europa, aunque también se encuentran en México o Estados Unidos.
1.- Versalles. Es el número 1 con 800 hectáreas (8. 000.000 m2) de caminos delimitados al milímetro, fuentes enormes, cascadas, esculturas y zonas de paseo. No hay que dejar este mundo sin un paseo por el parque y por el palacio.
2.- Los jardines del Palacio Episcopal de Castre, en el centro-sur de Francia, realizados siguiendo las líneas de una flor de lis. Esta pequeña ciudad, además, tiene un interesante museo de arte con obras de Francisco de Goya.
3.- Uno de los más bonitos y muy cuidado es el Château de Villandry, en el Valle del Loira, tan comprometido con sus jardines franceses que se organizan exposiciones, concursos y talleres. Junto con Chambord (cuyas zonas verdes no están a la altura de la construcción palaciega) es uno de los puntos más visitados de la zona, altamente recomendable para los amantes de la naturaleza.
4.- A pocas horas de París se encuentra el Castillo (Château) de Chantilly con una espectacular biblioteca y unos jardines a la francesa (con otra zona a la inglesa) que hay que visitar. No te pierdas el “Camino de los filósofos”, diseñado para pensar.
5.- A poca distancia de éste y de París se encuentra el denominado Castillo de las mujeres. Es el Château de Chenonceau, dividido en parques de belleza sublime bautizados con los nombres de sus insignes moradoras o propietarias. El lago-río con sus arcadas han salido en películas y es para quitar el hipo.
6.- El Parque del Château de Vaux le Vicomte a solo 50 kms de París y que quiere ser un remedo de Versalles. Espectacular y amplio, la zona de césped se combina con gravillas.
7.- En la región volcánica de Auvernia se encuentra el Castillo de Cordès cuya rústica construcción hace destacar aún más sus jardines cuadriculados en los que se representan minimalistas rosas de los vientos.
8.- Menos espectaculares son los del Château de Balleroy, situados en la comuna homónima y en la región de Normandía.
9.- Casi llegando a la frontera con Italia se encuentra el Château d'Entrecasteaux, reconvertido en museo y con unos jardines muy bien cuidados.
10.- En el Valle del Loira destaca, por último, el Château d'Ussé, abierto al público, aunque sea de titularidad privada.
Otros van a requerir más tiempo y más kilómetros, pero ninguno te dejará indiferente. Cuando vayas por el tercero, si no entendiste la Revolución Francesa en el colegio, comprenderás ahora este capítulo de la historia.
¿Conoces alguno que no esté en la lista? Ya sabes que la casilla comentarios está abierta a los lectores educados y curiosos.
Por Candela Vizcaíno

Es arte. Es naturaleza. Es mágico. Es simbólico. Es (casi) inaccesible. Es un emplazamiento situado en el corazón boscoso de una montaña intervenido por el pintor y escultor Agustín Ibarrola. Es el Bosque Pintado de Oma, un lugar especial que aúna lo mejor del ser humano cuando es capaz de actuar en sinergia con las criaturas naturales. Si en españa hay espectaculares bosques en otoño (cuando la naturaleza estalla con un haz de colores ocres), el de Oma es para vivirlo en cualquier época del año.
Está situado en el centro de la Reserva de Urdaibai, allí donde descansan aves del norte de Europa en su viaje hacia la Curva del Níger o donde nuestros antepasados ensayaron una galería de arte muy especial hoy resguardada bajo siete llaves: las Cuevas de Santimamiñe. Pero que el viajero entusiasta de los espacios naturales no se llame a engaño. La ascensión (y posterior bajada) hacia este emplazamiento singular no es apta para todas las piernas y todas las edades.
Gernika-Lumo es la población de importancia más cercana al Bosque de Oma. Desde aquí se puede llegar en coche hasta el aparcamiento que se encuentra al borde del sendero. Al lado están, además, el Centro de Recuperación de Animales de Basondo y las citadas Cuevas de Santimamiñe.
Lo que viene después (una vez te has bajado del coche y te has calzado adecuadamente) es una empinada ascensión (como corresponde a los lugares de importancia o sagrados) de, al menos, una hora, a no ser que seas un consumado deportista. ¡Cuidado con las aventuras con niños! Aunque mi princesa (¡con tan solo 4 años!) alcanzó el lugar con ilusión, los papás (la mamá, en este caso) deben estar preparados para el camino de vuelta. Se hace necesario una botella de agua y, si acaso, algo de picoteo.Los árboles pintados de Oma de Agustín Ibarrola: características y estilo
Una vez se ha conseguido llegar al corazón del bosque, para acceder al lugar donde están los árboles pintados de Ibarrola hay que bajar unas rústicas y empinadas escaleras. Sin más estructura que la que da la naturaleza, unos troncos hacen las veces de mamperlán que sujeta unos escalones de alturas imposibles. Lo bueno es que hay una barandilla del mismo material para no desbocarse.
Una vez has llegado al lugar, la vista de este primer espacio compensa todo el esfuerzo. Ante tus ojos se muestran los distintos árboles con símbolos y dibujos coloridos que una cuadrilla de voluntarios se afanan por conservar de los embates de la intemperie.
Hay que seguir el esquema mostrado y deleitarse con las raíces que sobresalen del terreno y sujetan esta peculiar obra natural y, a la vez, artística. Unos dibujos parecen arañazos de un monstruo sobrenatural, otros delimitan una silueta humana en disposición de huída, al inicio nos esperan unos labios y un beso, un árbol muestra la imagen de un “personaje que no quiere ser mitológico”…
El recorrido continúa por entre los árboles pareciendo que nos miran o interrogan como corresponde a cualquier obra de arte que se precie de llamarse así.
El autor de esta peculiar obra, a medio camino entre el expresionismo abstracto o esa corriente surgida de la poesía visual que se denomina Art Land, nació bajo el signo de Leo en 1930 en el corazón de Vizcaya.
Formado en los circuitos artísticos del Madrid de los años 50, pudo conectar con otros pintores nacionales en su viaje de estudios a París. Sin obviar otras de sus obras, es conocido sobre todo por sus intervenciones en espacios naturales o públicos. El Bosque de Oma fue creado a inicios de los años 80, los Cubos de la Memoria (en la escollera de hormigón del pueblo asturiano de Llanes) en los primeros años del siglo XXI y, en la actualidad, remata su particular Stonehenge en Garoza de Bracamonte, en Ávila. En este último emplazamiento son las enormes piedras las que sirven de soporte para la intervención del artista.
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Árbol, piedra, hormigón o metal sirve a este artista vasco para realizar sus originales obras que a muy pocos van a dejar indiferente. Para llegar hasta allí, como he apuntado antes, hay que tener una buena forma física y, también, muchas ganas. Puedes acceder desde Gernika o bien intentar buscar algún apartamento de vacaciones en la zona, que los hay muy buenos. Esto es imprescindible, ya que, al final del día, vas a necesitar descansar o echarte una larga siesta.
Se llega en coche hasta el aparcamiento del Restaurante Lezika (con buenas carnes a la brasa) al que se accede por la BI-2238. A partir de aquí comienza la ascensión, la cual es mejor realizarla por la mañana. Y, por último, recuerda que los 20 minutos que se reseñan en algunos sitios online solo son para deportistas consumados. Además, la pista de senderismo que conecta el lugar con la carretera no es apta para carritos de bebés o sillas de ruedas.
A veces sueño con el Bosque de Oma y me digo que tengo que volver.
Por Candela Vizcaíno

Corría el año 1458 y un banquero florentino (Luca Pitti) compra más de 45 hectáreas de terreno (450.000 metros cuadrados para que no nos perdamos con la medida). Tal cantidad de espacio era necesaria no solo para construirse un imponente palacio repleto de obras de arte, también para hacerse un jardín acorde con su estatus social. Como era frecuente en la época, a la par que residencia, Luca Pitti necesitaba un espacio de representación que simbolizara (ante sus conciudadanos, embajadores y extranjeros de visita) su poderío económico y, por tanto, social y político. Pero los símbolos no fueron solo mundanos y en los Jardines Boboli se despliegan en forma de esculturas, cascadas o paseos toda la rica mitología italiana.
Como extensión del palacio, también mandó construir un jardín anexo que, en sus inicios, era de trazado sencillo y modesto, pero dotado de una sutil armonía y serenidad. Quiere los avatares de la historia que, casi un siglo más tarde, arruinado el clan Pitti, su archienemigo Cosme de Médicis adquiriera esta amplia propiedad para regalarlo a su esposa, Doña Leonor Álvarez de Toledo y Pimentel-Osorio, a la sazón Gran Duquesa de Toscana.
Esta exquisita noble (y riquísima heredera) española se hizo cargo de la propiedad, reordenó todas las colecciones del palacio e hizo ampliar el jardín embelleciéndolo con amplios caminos bordeados de setos de boj y altos cipreses, fuentes monumentales, esculturas antiguas y grutas enigmáticas. Aunque el espacio ha sufrido transformaciones hasta el siglo XIX, en esencia, este diseño ampliado por los Médicis es el que ha llegado hasta nosotros.
De trazado triangular, en los jardines de Boboli han intervenido artistas de la talla de Miguel Ángel (cuyas esculturas Los cuatro esclavos fueron reemplazadas por copias a principios del siglo XX) o Bartolomeo Ammannati (autor de la fuente central de la Plaza de la Señoría de Florencia). De los Jardines de Boboli es de visita obligada:
Otras cuevas, esculturas, caminos y fuentes se desperdigan por este jardín único, pulmón verde de Florencia. Abierto al público, aunque con horario restringido, hay que abonar una entrada que recomendamos, para no esperar colas, adquirirla vía Internet.
Muy cerca de Roma, la eterna, la que guarda los tesoros milenarios de un Imperio, se encuentra el Parque de Los Monstruos. Junto con los Jardines Boboli, son el mejor exponente del genio creativo italiano. Una buena idea viajera es recorrerse de norte a sur (desde Milán hasta Nápoles) y de Este a Oeste (desde Venecia hasta Génova) aquellos espacios verdes que han sido testigos del sentir de una época.
Si en Italia los jardines tienen ese carácter simbólico que pueblan sus plazas y espacios monumentales, tampoco se quedan atrás los jardines japoneses. En ellos una rica espiritualidad se plasma en cada roca, en cada guijarro o cada surco en la arena. Conocer los jardines del mundo es, sin duda, una forma fascinante de viajar al interior de su cultura.
Por Candela Vizcaíno

No nos damos cuenta, pero estamos inmersos en una vida totalmente desnaturalizada. Las prisas, las grandes urbes repletas de tráfico, el estrés y las obligaciones diarias nos impiden ver lo que está a nuestro alrededor. Las gentes sencillas de antaño se deleitaban con los pequeños regalos de la naturaleza. Nosotros tenemos que aprender a redescubrir estos placeres. Es verdad que aquí no estamos en Japón donde se sacralizan estos momentos con festivales que tienen lugar a inicios de otoño (uno de los más conocidos es el Kitsuné no Yomeiri). Voy a más, la floración de los cerezos, el Hanami, se considera noticia nacional y, de hecho, se va informando en los telediarios del país. Eso no es de extrañar en un país que hace gala de cuidar los jardines más bonitos del mundo. Afortunadamente, cada vez somos más los que nos paramos y buscamos un auténtico baño de naturaleza. Hoy nos adentramos en los bosques más hermosos en otoño.
Pero también tengo que reconocer que son, cada día más los adeptos a este tipo de espectáculos en otras partes del mundo. Si en primavera hay dos lugares imprescindibles en España donde la naturaleza estalla en todo su esplendor (en el Valle del Jerte con sus cerezos en flor y en Sevilla con el aroma embriagador del azahar), en otoño, las posibilidades se multiplican. Así que anota estas cinco opciones (y otro día más) para disfrutar de la vida entre la vuelta al cole y los fastos de Halloween. Comencemos:
Los castañares en masa aportan un tono melancólico a la época de su cosecha. Hay dos rutas imprescindibles en España. La primera está en la Sierra de Aracena, a apenas una hora desde Sevilla, y su epicentro es la localidad Castañar del Robledo. El día 12 de octubre da comienzo la fiesta popular donde se pueden degustar los platos típicos realizados con castaña y acompañados con los deliciosos jamones de la zona. Esta provincia andaluza es una de las más desconocidas y no entendemos las razones dada la belleza natural de la que hace gala.
Desde sus playas hasta sus sierras se puede hacer un precioso viaje en coche apto para familias, sibaritas o foodies. Recordemos que es la tierra de los vinos del Condado, del jamón ibérico y de la preciada gamba. Por si fuera poco, en este pedacito de mundo se encuentra uno de los lugares más peculiares de Europa: la aldea del Rocío cuna de la Blanca Paloma y donde los caballos tienen preferencia sobre peatones y vehículos a motor. Además, si te animas, la bellísima Tavira está cerquísima y te espera para enamorarte.
El otro castañar importante está cerca de Madrid, en la provincia de Ávila, en plena Sierra de Gredos. Es el Castañar de El Tiemblo y, por su altura y ubicación, comenzará a colorearse a finales de septiembre. El acceso está regulado por Ordenanza Municipal mediante pago de una entrada y con importantes multas si se cometen infracciones.
En España apenas quedan hayedos, pero los que hay son de una belleza sin par. Rodeado de magia, leyendas e historias de brujas, estos bosques son lugares misteriosos y enigmáticos. Uno de los más importantes es el situado en Montejo de la Sierra, a apenas una hora en coche desde Madrid. El Ayuntamiento tiene reguladas rutas y accesos. A la vuelta a la capital de España no te puedes perder un parque como el del Retiro, el cual se viste con la delicada belleza del otoño.
La Selva de Irati, en Navarra, pero fronteriza con Euskadi, es otro hayedo mezclado con abetos que se torna espectacular en otoño. Además, en este lugar hay preciosos regatos, fuentes y cascadas. Es hábitat natural de animales salvajes que, a partir de finales de septiembre, comienzan la temporada de apareamiento. Con suerte, se pueden escuchar los bramidos de los ciervos (la berrea) rebotando en las rocas del bosque.
El hayedo de Soto de Sajambre, en León, es entrada natural a los Picos de Europa por la parte oeste de Asturias. Es espectacular en cualquier época, incluso en invierno. Los tonos naranjas de las hayas salpican caminos solitarios con casas de piedras abandonadas. Hay que andarse con cuidado con las brujas y duendes que habitan el lugar.
Mucho más al norte, en Ordesa, en Huesca, se encuentra el Bosque de Turieto Bajo con pinares y abetos. Hay que acceder en coche.
Por Candela Vizcaíno