Los Jardines Boboli de Florencia

Vista parcial de los Jardines de Boboli

Vista parcial de los Jardines de Boboli

 

Corría el año 1458 y un banquero florentino (Luca Pitti) compra más de 45 hectáreas de terreno (450.000 metros cuadrados para que no nos perdamos con la medida). Tal cantidad de espacio era necesaria no solo para construirse un imponente palacio repleto de obras de arte, también para hacerse un jardín acorde con su estatus social. Como era frecuente en la época, a la par que residencia, Luca Pitti necesitaba un espacio de representación que simbolizara (ante sus conciudadanos, embajadores y extranjeros de visita) su poderío económico y, por tanto, social y político. Pero los símbolos no fueron solo mundanos y en los Jardines Boboli se despliegan en forma de esculturas, cascadas o paseos toda la rica mitología italiana.

El Palacio Pitti y los Jardines Boboli

Como extensión del palacio, también mandó construir un jardín anexo que, en sus inicios, era de trazado sencillo y modesto, pero dotado de una sutil armonía y serenidad. Quiere los avatares de la historia que, casi un siglo más tarde, arruinado el clan Pitti, su archienemigo Cosme de Médicis adquiriera esta amplia propiedad para regalarlo a su esposa, Doña Leonor Álvarez de Toledo y Pimentel-Osorio, a la sazón Gran Duquesa de Toscana.

Esta exquisita noble (y riquísima heredera) española se hizo cargo de la propiedad, reordenó todas las colecciones del palacio e hizo ampliar el jardín embelleciéndolo con amplios caminos bordeados de setos de boj y altos cipreses, fuentes monumentales, esculturas antiguas y grutas enigmáticas. Aunque el espacio ha sufrido transformaciones hasta el siglo XIX, en esencia, este diseño ampliado por los Médicis es el que ha llegado hasta nosotros.

Características de los Jardines Boboli

De trazado triangular, en los jardines de Boboli han intervenido artistas de la talla de Miguel Ángel (cuyas esculturas Los cuatro esclavos fueron reemplazadas por copias a principios del siglo XX) o  Bartolomeo Ammannati (autor de la fuente central de la Plaza de la Señoría de Florencia).  De los Jardines de Boboli es de visita obligada:

  • El Anfiteatro donde aún se representan ballets, conciertos veraniegos producidos por el Maggio Musicale Fiorentino o espectáculos con caballos y, en su día, sirvió para el estreno de suntuosas óperas.
  • El graderío, que está rematado por unos nichos que alternan esculturas con vasos, siguiendo ese concepto estético que pretende acercarse a la armonía matemática tan del gusto del Renacimiento.
  • Punto de sumo interés es el camino que termina en el Obelisco, una pieza del antiguo Egipto, concretamente de la época de Ramsés II, llevada a Roma en tiempos de Domiciano y, más tarde a la Villa Médicis. De aquí se trasladó al Jardín Boboli para deleite del visitante contemporáneo.
  • Tampoco hay que perderse la Fuente de Neptuno, coronada por una escultura del dios del mar y rodeada por originales romanos procedentes de excavaciones arqueológicas renacentistas.
  • De visita obligada es, también, la extraña y rococó Gruta Grande o  Cueva Buontalenti iniciada por Giorgio Vasari a finales del siglo XVI siguiendo un abigarrado estilo manierista. El interior es una mezcla de pintura, arquitectura y escultura impregnado de un fuerte contenido simbólico, muy acorde a las preferencias personales de Francisco I, patrono de este espacio inquietante por sus referencias oníricas e inconscientes.

Otras cuevas, esculturas, caminos y fuentes se desperdigan por este jardín único, pulmón verde de Florencia. Abierto al público, aunque con horario restringido, hay que abonar una entrada que recomendamos, para no esperar colas, adquirirla vía Internet.

Los jardines, más allá del poder y el placer

Muy cerca de Roma, la eterna, la que guarda los tesoros milenarios de un Imperio, se encuentra el Parque de Los Monstruos. Junto con los Jardines Boboli, son el mejor exponente del genio creativo italiano.  Una buena idea viajera es recorrerse de norte a sur (desde Milán hasta Nápoles) y de Este a Oeste (desde Venecia hasta Génova) aquellos espacios verdes que han sido testigos del sentir de una época.

Si en Italia los jardines tienen ese carácter simbólico que pueblan sus plazas y espacios monumentales, tampoco se quedan atrás los jardines japoneses. En ellos una rica espiritualidad se plasma en cada roca, en cada guijarro o cada surco en la arena. Conocer los jardines del mundo es, sin duda, una forma fascinante de viajar al interior de su cultura.

Por Candela Vizcaíno

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