Los cafés de Europa: de París a Madrid pasando por Lisboa

Los cafés de Europa: de París a Madrid pasando por Lisboa

Eran tiempos distintos, por supuesto. Eran tiempos en los que el mundo marcaba un ritmo más lento. Eran tiempos de cambio, como todos los tiempos. Y eran tiempos en los que una pujante burguesía empezaba a imponer sus costumbres: unos modos mundanos y abiertos en contraposición a la cerrada clase aristocrática. 

Con esta filosofía y con esta ética de vida, los aspirantes a caballeros, ricos comerciantes, actores de más o menos renombre, pintores y poetas se daban cita en unos establecimientos novedosos en la época: los cafés. Aunque el concepto ha llegado hasta nosotros, la cosmovisión de los que se adentran en estos lugares ha cambiado tanto que apenas son reconocibles.

Los cafés nacieron como lugares de encuentro en el que primaba la libertad y el acceso libre en contraposición a los elitistas clubs y salones aristocráticos a los que, por supuesto, únicamente se podía acceder por estricta invitación.

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¿Por qué tanto mito alrededor de los mejores cafés de Europa?

El primer café europeo, occidental y, probablemente, del mundo fue Le Precope, en París y, según anuncian sus dueños actuales, ha acogido a todo el mundillo de la cercana Comedia Francesa desde finales del siglo XVII. Al café se iba para socializarse, para charlar, para enterarse de las últimas noticias internacionales (con semanas de retraso en alguna que otra ocasión), para dar a conocer a algún artista plástico o para leer poemas, obras literarias e, incluso, manifiestos. 

Los cafés propiciaron las tertulias de diversos temas, desde las económicas hasta las artísticas y tuvieron su influencia en las ideas ilustradas. Los aires de renovación que afectaba a la vida cotidiana, no podía ser de otra manera, acababa impregnando la política. Los cafés funcionaban como el foro o el ágora de la Antigüedad y como el Facebook, Linkedin y Twitter contemporáneo. Era una red social tupida y abierta.

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¿Cuáles son los cafés que quedan abiertos?

A finales del siglo XIX casi todas las capitales europeas tenían su circuito de cafés famosos atestados a todas horas de bohemios y caballeros de vida poco sana. Aunque son pocos los que continúan abiertos hoy en día y, por supuesto, han perdido el carácter de encuentro de antaño, aún son muy famosos los parisinos del barrio Saint Germain-des-Pres (Les deux magots o el Café de Flore), los de Berlín, los de Viena, el A Brasileira en Lisboa (donde prácticamente vivía el poeta Pessoa) y, por supuesto, también en Madrid. Reducto de esos tiempos pasados es, por ejemplo, el Café Gijón.

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Los cafés literarios de París que aún permanecen abiertos por barrios

Para todos los viajeros hay un París, porque París tiene para todos, hasta para aquellos que buscan la vida en los libros y no solo para los enamorados. Para los que ya están irremediablemente condicionados por esta cosmovisión, como fue para los famosos viajeros del Grand Tour y luego los del Orient Express, París les aguarda en sus cafés literarios.

Si el viajero deja sus huellas donde puede, todos aquellos que algún día quisieron dejar marca en el arte, en la literatura o en la filosofía tuvieron que pasar por París. Allí encontraron el más propicio de los ambientes para cualquier tipo de creación y esto es (y fue) así porque en este trozo de mundo (dejando de lado los problemas inherentes al ego destructor de algunos genios) se encontraban mejor que en casa, en comunión con otros iguales. Así que anota lo siguiente, que todo no va a ser subir a la Torre Eiffel.

Los cafés de Montmartre

Con cada nueva oleada de creadores iba tomando importancia un barrio en particular. En un principio, esas cuatro calles formaban la bohemia para ir adquiriendo, con el tiempo, elegancia y estilo a la par que llegaba para sus habitantes el éxito y, por tanto, una situación económica más desahogada. Así, a finales del siglo XIX fue Montmartre, en las afueras de París, el lugar escogido por los impresionistas.

En el Au Lapin Agile, cercano al Sacré-Cour, se reunían los últimos malditos y, al calor de los vapores etílicos, no había noche que no acabara en bronca y peleas. Sin renunciar al halo mágico con el que se ha impregnado, hoy se puede cenar, mientras se disfruta de un espectáculo, a precios muy razonables.

Los cafés de Montparnasse

En las primeras décadas del siglo XX, Montmartre, sin perder el carácter artístico que aún hoy conserva, se va aburguesando, convirtiéndose en el lugar de residencia de creadores de reconocido prestigio como Zola o Renoir. Paralelamente a esta transformación, los artistas que iban llegando a París desde todos los rincones del mundo se van instalando, en condiciones muy humildes y, en algún caso, en situaciones extremas de higiene, en Montparnasse.

Modigliani, Braque o Picasso llenaban sus ateliers con las obras que hoy inundan los museos, mientras escritores de la talla de Hemingway o Scott Fitzgerald terminaban de rematar algún texto en las mesas de La Closerie des Lilas (en el Boulevard Montparnasse). Hoy es un lugar más elegante (todos lo son) reconvertido en restaurante, piano bar y brasserie. 

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Los cafés de Saint Germain de Près

Saint Germain-de-Prés, tras la Segunda Guerra Mundial, comienza a ser el epicentro de la intelectualidad europea. Sarte, Camus, Simon de Beauvoir y los integrantes de la Nouvelle Vague se dejan ver en las mesas de Les deux magots o en el Café de Flore. Aquí acudía esta generación tan comprometida ideológicamente para discutir prácticamente de todo durante buena parte del día.

Los locales siguen abiertos y reúnen a una selecta clientela internacional que se mezcla con los políticos que suelen frecuentar la cercana Brasserie Lipp o Le Procope, el café, según anuncian, más antiguo de Europa (abierto desde 1686) y cuyos muros han acogido a todos los actores de la cercana Comédie Française. Hoy en día se va en busca del mito con menús cerrados y una clientela variopinta e internacional.

Cafés literarios de Madrid

Hablar de los decimonónicos cafés literarios que se afianzaron por toda Europa durante las primeras décadas de siglo XX es tener que nombrar irremediablemente lo más granado de las artes y las letras de los últimos doscientos años. En las mesas de los cafés se charlaba y se discutía, pero también, se creaba. Al calor del tabaco, del café o de los vapores etílicos, se remataban novelas, poemas, cuadros y hasta manifiestos. Aunque existieron y existen cafés famosos en otros lugares de España (como el Novelty de Salamanca), los cafés literarios proliferaron, especialmente, en Madrid desde 1850 hasta 1950.

En torno a sus mesas se congregaban políticos, revolucionarios, intelectuales, profesores, pintores, poetas y escritores mezclados con la gente del mundo del toreo, de la copla o de la farándula. Allí se hablaba del último cotilleo (que también los había), de las novedades en política (en España la política siempre ha dado pie para que se hable de ella), de toros, por supuesto, pero también de arte y literatura.

En sus paredes se declamaban los manifiestos, se leían los poemas, se daban a conocer los estrenos de teatro y se presentaban los libros. Famosa es la foto de la fiesta por la primera edición de La Realidad y el Deseo donde Cernuda escucha de Federico García Lorca sentir envidia por no ser el autor de una obra tan perfecta. La instantánea, en blanco y negro, fue tomada en un café desaparecido de la calle Botoneras, lugar de celebración del evento. Otra foto conocida, la de Antonio Machado, ya maduro y tocado con sombrero, está sacada en el Café Gijón, único superviviente de esta estela mítica.

Cafés famosos desaparecidos en Madrid

En la céntrica Calle de Alcalá se situaba el Café Fornos, mencionado por Ernest Hemingway, un asiduo de estos locales, en Muerte al atardecer. El Café Suizo, cercano al Fornos, y abierto entre 1845 hasta 1920, albergó entre sus paredes la tertulia de los hermanos Becquer. Más reciente, fue la creada por el autor de las Greguerías, Ramón Gómez de la Serna, en el Café Pombo bajo el nombre de la “La sagrada cripta de Pombo” y cuyos integrantes están inmortalizados en el cuadro de Gutiérrez Solana La tertulia del Café Pombo, actualmente en el Museo Reina Sofía, uno de los museos de Madrid que hay que visitar sí o sí.

El Café Gijón

Impertérrito a guerras, revoluciones y crisis económicas, en el Paseo de Recoletos, subsiste el Café Gijón, sede del premio literario homónimo promovido por Fernando Fernán Gómez. Hoy en día aún se celebran tertulias literarias y encuentros poéticos, pero sin el lustre de otros tiempos, cuando aquí se daban cita desde Pérez Galdós, Antonio Gala o Luís García Berlanga hasta Francisco Umbral, quien le dedicó una de sus obras (La noche que llegué al Café Gijón). Lo que no cabe duda es que merece la pena desconectar un rato y sentarse en alguna de sus mesas con sobre de mármol. Puede que entre tan nobles paredes nos llegue la inspiración.

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A Brasileira, el café de Pessoa en Lisboa

El Elevador de Santa Justa, construido a inicios del Siglo XX siguiendo la estética de la Torre Eiffel de París, une la Baixa con el Barrio Alto. Aunque hoy es una concurrida zona de restaurantes informales e, incluso, de un particular botellón, era en el pasado punto de encuentro de la élite calavera presta a mezclarse con la bohemia artística. Si no se te apetece cenar en el café Brasileira, donde el poeta Fernando Pessoa compuso algunos de sus memorables versos, puedes decantarte por el Tavares o cualquier otro local que ofrezca delicias nacionales.

Tengo que reconocer que estos espacios, como encuentro para la conversación distendida y lugares propicios tanto para la creación como para la “promoción” de las obras, me han atraído desde siempre. El ambiente mítico del que se rodean, unido a su halo mágico, ejercen un irresistible poder de seducción por quien, de una manera u otra, se dedica a la palabra. Además, muchos de ellos completan su oferta con presentaciones de libros o exposiciones.

Por Candela Vizcaíno

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