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Mary Cassatt y sus obras reflejo del universo femenino

Mary Cassatt y sus obras

Mary Cassatt y sus obras

Candela Vizcaíno

 

Aunque la obra de Mary Cassat (1844-1926) no cumple todas las características del impresionismo, la pintora se encasilla en dicho movimiento. Y no lo hace porque la artista, nacida en Estados Unidos (en Pittsburgh) en el seno de una familia acomodada, presenta rasgos propios y, en algún caso, exclusivo en la producción estilística de la época. 

Entendiendo a la artista para comprender la obra de Mary Cassatt

La familia de Mary, gracias a los emprendimientos paternos, disfruta de una existencia acomodada y, por tanto, de una exquisita educación. Cuando contaba tan solo siete años, junto con su madre y hermanos residen, primero, en Francia y, luego, en Alemania. En ambos países cursa estudios en instituciones de prestigio. En 1855, cuando la joven tiene once años, vuelven a Estados Unidos tras la repentina muerte de uno de los hermanos. A esa edad ya tenía claro que quería ser artista y, a pesar del veto paterno, se inscribió con dieciséis años en la Pennsylvania Academy of Fine Arts, formación que no pudo completar porque, por entonces, los estudios superiores estaban cerrados al público femenino. Así, mientras se levantaban edificios civiles siguiendo la estética de la arquitectura del Neoclasicismo que ensalzaba los valores de la libertad y el espíritu laico, las mujeres seguían recluidas en su rol familiar. Y me permito el juicio.

Cassatt: Mujer con sombrero negro y verde (1890)  

Sin embargo, Mary que tenía claro a qué quería dedicarse en la vida y, debido a que, en parte, podía permitírselo por su situación familiar, tomó de nuevo rumbo hacia Europa. Viaja, primero, por Italia empapándose del arte clásico desde los artistas del Renacimiento hasta los restos de la apabullante arquitectura romana. Tras este periplo, se instala en París (en 1875) donde también es vetada (por ser mujer) en la Academia Francesa. La capital era, por entonces, el ombligo del mundo cultural y artístico. A pesar de su condición femenina, logra abrirse paso en un mundo de hombres y expone en el Salón. A partir de aquí  comienza su particular amistad con Degas cuyo universo de jóvenes bailarinas tendrá una fuerte repercusión en las obras de Mary Cassat.  

Paralelamente a su faceta de pintora, con la ayuda de su familia, logra ser mediadora y participar en el intercambio cultural París-Estados Unidos. Gracias a Mary la obra de los impresionistas se vende a poderosas y ricas familias americanas que ven en el arte una forma elegante de escalar en el prestigio social. Eso sí, hubo quien logró hacerse con una colección interesante guiado únicamente por una mezcla de intuición e inteligencia tal cual fue el caso de Louisine Waldron Havernmeyer, admiradora de Degas y amiga personal de Mary. 

La vida de Mary Cassat transcurrió en plena dedicación a su arte e, incluso, de forma apacible entre París y vacaciones en las ciudades balnearias de moda de la época. Llegó a compartir vecindario algún que otro verano con Manet, por entonces un artista de éxito y de reconocido prestigio. El éxito de la pintora llegó alrededor de la última década del siglo XIX, cuando los pintores postimpresionistas estaban completamente en activo. Y no decayó en ningún momento y eso que su muerte se produce cuando ya estaban todas las vanguardias presentes en el panorama artístico. Los últimos años de vida los pasó sin producir obra alguna, ya que le afectó una progresiva ceguera. Terminó sus días en el Château de Beaufresne. Y eso fue en 1926.  

Cassatt: La hora del te (1880)

Características generales de la obra de Mary Cassatt 

1.- Como el resto del grupo impresionista, utilizó la pincelada suelta y los efectos de la luz en obras sencillas que reflejaban aspectos de la vida cotidiana. 

2.- Sin embargo, pocas de ellas están ubicadas en los exteriores que tanto gustaban a todos los pintores de la época. La naturaleza en Cassatt es mero decorado y eso cuando se refleja. 

3.- Por el contrario, la artista tiene preferencia por los interiores y, predilección, por los domésticos con escenas sencillas en las que la figura femenina es la protagonista indiscutible, tanto que apenas se encuentran ejemplos de elementos masculinos. 

4.- Y, además, fue pionera en el tratamiento de la maternidad. En este sentido, son múltiples las obras de Mary Cassatt que recogen escenas cotidianas en las que se ven involucradas madres con sus hijos (especialmente hijas) en momentos congelados de la vida diaria.  Así, en este grupo entrarían Madre a punto de lavar a su hijo adormilado (1880), El baño de la niña (1891-1892), Madre con un niño que alarga la mano para coger una manzana (1893) o Mujer y niña en el puesto de guía de (1879). A excepción de esta última, las obras reseñadas recogen a modelos en actitud de profunda comunión amorosa que la artista pretende (y lo consigue) inmortalizar en el lienzo. 

5.- Después de los temas relacionados con la maternidad, el foco de las obras de Mary Cassatt se centra en los niños. Estos están tratados con igual sencillez recreándose en juegos o poses diarias sin atisbo alguno de drama. Este es el caso de su famosa obra Niña en el sillón azul (1878) o Niñas en la playa (1884). 

6.- Los formatos de sus obras son originales en extremo decantándose por unos lienzos en horizontal en los que el largo no es proporcional al alto o por unos verticales excesivos. Algunas de estas telas (como las mencionadas Niña en el sillón azul o Mujer y niña en el puesto de guía) muestran un encuadre novedoso, ya que sitúan las figuras protagonistas en una esquina y deja el resto del cuadro con entorno anodino o, incluso, abruptamente terminado. Todo ello impregna las obras de Mary Cassatt de una seductora modernidad. 

7.- Las escenas representadas por la pintora están alejadas de cualquier atisbo de tensión o drama y todo se encuadra en momentos dulces, apacibles y relajados. No llega a recoger los momentos de diversión tan del gusto de otros impresionistas. En Mary todo es sencillo, sereno, terreno y sin más importancia. Toma un momento. Lo eleva a arte aunque este no tenga mayor trascendencia. 

8.- Los colores que utiliza son suaves, armónicos y la luz es recogida con precisión sin atenuar los contrastes. 

9.- Tal cual sucedía con los representantes del impresionismo y del postimpresionismo, el color de las estampas japonesas que se comercializaban en las librerías de París subyugó a la artista. Esas obras en las que se refleja una naturaleza en esplendor acompañada por figuras humanas ataviadas con los brillantes trajes tradicionales hicieron furor en la época. Con ellas se abría un universo exótico, bello y congelado en instantes de felicidad serena. Las obras de Mary Cassatt no es ajena a esta tendencia y parte de los ropajes de sus protagonistas (con la indumentaria occidental) mantienen este trasfondo.  

Análisis de algunas obras de Mary Cassatt 

Aunque no podemos detenernos en la mayoría de su opus artístico, sí es interesante pararse en algunos ejemplos que nos dicen del particular estilo de la pintora.

 Cassat Nina sobre sillon azul 1878

1.- Niña en un sillón azul (1878)  

El cuadro, en un formato alargado extremo, fue objeto de polémica nada más darse a conocer. ¿Por qué? Porque en él no solo está la mano de Mary sino también la de Degas que, a decir de la creadora, no solo dio alguna idea para el fondo sino que él mismo cogió los pinceles en algún momento. Sea como fuere, la obra sigue el estilo más genuino de la artista reflejando un momento relajado de una pequeña que parece descansar en un sillón azul vibrante junto con su perro que ocupa otro de los asientos. La escena nos introduce en ese gusto por los interiores hogareños en lo que poco o nada sucede que sea digno de reseñar y que, sin embargo, la artista es capaz de elevar al estado de obra de arte. La figura principal se encuentra en una esquina dejando el resto de la tela con elementos de nula importancia como son los otros sillones de la estancia. El azul eléctrico de los muebles contrasta con el traje blanco de la pequeña y la luz está conseguida magistralmente. 

 Cassatt: La fiesta en el barco (1893 1894)

2.- La fiesta en el barco (1893-1894) 

En Antibes (entre Cannes y Niza) pasaba las vacaciones Mary Cassatt. Hasta allí se trasladaban los artistas de la época (incluso los alejados de esta estética tal cual fue Pablo Picasso) para disfrutar no solo de un clima benigno sino de su ambiente cultural sereno en torno a galerías, cafés y paseos a la orilla del mar. Es una de las obras de la artista que recoge un momento entresacado de una actividad en el exterior. El eje central lo forman una madre con su hijo en brazos mientras que la figura masculina se sitúa a espaldas sirviendo de contrapunto a la luz femenina. Esta va vestida con ropas claras mientras que su compañero (o remero) está inmortalizado en negro total. La vela de la barca no llega a formar parte del cuadro y parece invitarnos a seguir la misma con la mirada en el espacio extratextual de la obra de arte. El azul del mar y la línea de costa inciden en esa falta de cualquier dramatismo que impregna la obra de Mary Cassatt. 

Cassatt: Madre e hija (1902) 

3.- Madre e hija (1902) 

Obra de madurez, la temática de la maternidad se ha depurado en extremo captando el instante de amor entre las dos figuras femeninas que se miran (con arrobo) mutuamente. En esta pequeña tela la artista ha trascendido casi todos los temas de sus compañeros masculinos para poner el acento en este sentimiento de pureza casi. Los colores de los vestidos han dejado atrás los tonos claros de las primeras obras para mostrar una paleta fuerte que nos recuerda al fauvismo (aunque alejado de la estética) o las mejores pinturas postimpresionistas. La obra de arte queda así condensada en un momento de felicidad, en la estética de la serenidad, en el minuto de la sencillez que, para la artista, es lo único que parece importar.  

Las obras de Mary Cassatt, en definitiva, elevan el mundo femenino a la apoteosis artística y lo hace sin recurrir a mitos o actos heroicos. Sus figuras están congeladas en momentos nimios casi, sin importancia e incluso repetitivos de la vida cotidiana. No hay ni un punto de drama. En estos lienzos se respira serenidad, intimidad y comunión amorosa. Nada hay en ellas nada que nos remita a la estridencia que ya empezaba a inundar el mundo del arte con la irrupción de las vanguardias históricas.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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