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Características del Romanticismo, el movimiento artístico y literario que se extendió desde finales del siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XIX. 

Sintetizar y analizar las obras de una época nos exige, por un lado, distanciarnos y, por el otro lado, relacionar. Es en esta comparación cómo entendemos lo que hace única a cada generación de artistas o de literatos. Por eso, antes de adentrarnos en estas 10 resumidas características del Romanticismo tenemos que dar unas pequeñas pinceladas de lo que sucedió en el plano social, político y económico antes, mientras y después de este movimiento. El cual, recuerdo, se extiende desde finales del Siglo XVIII hasta mediados del XIX, aunque en algunos países, como el caso de España, la estética se alarga unas décadas más. 

Contexto histórico del Romanticismo

¿Qué ocurrió antes? Europa, donde el movimiento tuvo lugar, estaba estructurada en estamentos sociales heredados de la época medieval. Esto es, cualquier persona nacía en una clase y poco podía hacer para prosperar o para cambiar. La nobleza acaparaba riquezas, cultura y poder político. El pueblo llano, excepto una pequeña capa de artesanos, apenas tenía libertad de decisión en ninguno de los órdenes de la vida. A esto se une que, a mediados del siglo XVIII, se impone el Racionalismo en los círculos elitistas europeos. 

Todo ello comenzó a cambiar unas décadas antes de que encontremos las características del Romanticismo en los principales autores (especialmente en Alemania). Los avances de la técnica propicia la llamada Revolución Industrial con su maquinismo, por supuesto, pero también, con su trastoque en el orden social. La clase campesina comienza a emigrar a la ciudad en busca de un puesto de trabajo que le permitiera prosperar. Aunque eso no se consigue de la noche a la mañana ya hay un cambio de actitud. 

¿Y cómo influye este contexto histórico en las características del Romanticismo principales? 

Como consecuencia de esto, o paralelamente, va surgiendo una pujante burguesía tanto alta (dueños de fábricas o de centros de producción) como media (profesionales liberales, artesanos con un sistema laboral semejante al autónomo contemporáneo…) Esta nueva clase social (en general penetrante y más culta que la nobleza) comienza a desplazar a la aristocracia tradicional imponiendo sus valores. Y dentro de esos principios (también una de las características del Romanticismo) se encuentra la libertad. 

Todo ello será caldo de cultivo para los movimientos independentistas, las revoluciones (iniciándose con la Francesa) o las teorías marxistas o socialistas. Recordemos que el Manifiesto comunista de Marx y Engels se publica en 1848. Y nada hay en la historia de la humanidad que haya surgido de la mente de un iluminado. Este siempre recoge el espíritu de la época. Y la romántica es la del cambio social (con ese choque entre burguesía y proletariado), la de la libertad y la de la búsqueda en mundos antes inexplorados. En este sentido, por poner un solo ejemplo, esa búsqueda de individualismo en terrenos antes inexplorados avanza La interpretación de los sueños de Freud, unas cuantas décadas más tarde y germen de la psicología moderna y contemporánea.  

Entonces, cuáles son las principales características del Romanticismo

Te las dejo resumidas en estas 10 que considero las principales y las fundamentales.  

1.- De entre las principales características del Romanticismo está el hombre como centro del Universo

Como herencia del Racionalismo anterior, el hombre se convierte en un ángel caído casi olvidado por Dios y abandonado a sus únicas posibilidades. Como las herramientas de crecimiento personal (por utilizar un símil contemporáneo) eran, en la época, bastante limitadas ese centro va pendulando de un lado a otro buscando su sitio. Como consecuencia de todo ello, se ensalza el ego, el espíritu libre, la creatividad por encima de todas las cosas, la genialidad y, en ocasiones, hasta la locura. ¿Por qué hay un gusto por este estado? Porque, sencillamente, se comienza a ver a los enajenados como guías hacia otra realidad distinta a la establecida y, por tanto, como adalides de esa ansiada libertad. 

2.- La vida del espíritu con sus luces y sus sombras se encuentra en el centro de los temas

El hombre, en consecuencia, se encuentra limitado en su finitud física y se va hacia el más allá como emplazamiento alternativo donde encontrar lo buscado y anhelado. Aunque el Cristianismo, aún preponderante en la época, abría la posibilidad hacia una existencia posterior a la muerte, el espíritu romántico busca algo más. Y ese paso hacia adelante es hacia al interior del alma humana con sus luces y sus sombras, con sus bondades y su maldades, con entregas infinitas y mezquindades ruines. Hay una exploración sistemática en todos los sentimientos humanos sin precedentes en la historia del arte, de la literatura o del pensamiento. Como consecuencia de todo esto, se cae en un halo de no pertenecer a este mundo que lleva a buscar la plenitud en el plano fantasmal o en el otro lado que se abre tras la muerte. El número de artistas suicidas, por poner un caso, es en el Romanticismo de un porcentaje mucho mayor que en cualquier otro periodo histórico. 

3.- La libertad como una de las características del Romanticismo

De la mano va la sacrosanta libertad. Si las fórmulas políticas y sociales tradicionales no bastan para encontrar acomodo, hay que buscar unas nuevas. Y estas solo se consiguen si existe libertad y se pueden sacudir todos los parámetros impuestos anteriormente (desde la religión hasta la economía pasando por las clases sociales). Por tanto, los cuadros se llenan de pinceladas libres y de temas considerados hasta entonces como escabrosos (la violencia de algunas obras de Goya, por poner un ejemplo). La literatura no puede amoldarse a los cánones clásicos y el verso libre aparece para quedarse. 

4.- Rechazo de las formas neoclásicas y de la tradición

Libertad y acomodo con la tradición parecen estar reñidos. Por eso, comienzan a crearse géneros nuevos (cuentos poéticos, poemas en prosa, piezas musicales cortas…) Todo lo que supusiera tradición era rechazado y había una conciencia muy exagerada de que se estaba en un mundo nuevo. Sin llegar a los postulados del Futurismo (unos cincuenta años más tarde) que querían quemar museos y obras arquitectónicas legadas del pasado, sí se busca acomodo en lo nuevo o en una visión renovada de lo antiguo. El espíritu libertario llega a la rebelión, a la exaltación del que va por libre, del solitario o del que rompe con los moldes establecidos. Esa idea será retomada más tarde por el Fauvismo al que se adhieren los nuevos románticos del siglo XX. 

5.- Una de las características del Romanticismo es la vuelta a la naturaleza

Las ciudades comienzan a ser invivibles con su trajín de fábricas, ruido y, especialmente, polución (nada que ver con lo que podamos sufrir en cualquier urbe europea contemporánea y un caso típico pueden ser Londres o Gante). La sociedad se hace fabril (tomando un verso de Luis Cernuda) y la nueva burguesía impone sus criterios mercantilistas a los que se adhieren el nuevo proletariado deseoso de progreso material. Como rechazo a esta situación, la élite intelectual se inhibe de este nuevo orden social proponiendo una vuelta a la sencillez del campo, a la soledad de las ruinas, a la perfección del orden natural. Las obras pictóricas se llenan con esta representación bucólica de lo agrícola o con el desgarro emocional de acantilados, mares embravecidos o lagos donde habitan criaturas fantásticas que te seducen para llevarte al otro lado. 

6.- Sentimiento de no plenitud y disconformidad

Todo esto que llevo expuesto hasta ahora desemboca en una de las características del Romanticismo más importantes: el desgarro ante la doblez del hombre y la sensación de vacío. Si hasta entonces se consideraba al individuo como un ser completo, ahora se vislumbran las luces y las sombras. En este sentido adelantan los estudios de Freud en La interpretación de los sueños. Y si repito es porque, tras la obra, hay un antes y un después en la concepción del ser humano. El Romanticismo ve que la contradicción es inherente al alma humana, algo que no se tenía en cuenta con anterioridad. Ese choque entre los deseos y la realidad, entre la fortaleza y la debilidad, entre el anhelo de trascendencia y la realidad cambiante de la época se fragua en el Romanticismo. 

7.- Se mira hacia la historia y los avances del pueblo 

Esto lleva por un lado, al gusto por la historia (siempre idealizada o vista con un prisma totalmente distinto) que se afianza con la costumbre conocida como Grand Tour. ¿Qué era este viaje tan particular? En esencia, como una especie de fin de estudios que llevaba a la élite de Europa Central por tierras italianas o griegas (también españolas) buscando la huella de la antigua Roma o de la exquisita Grecia. El Grand Tour se hacía en meses (recordemos que no existía aún el ferrocarril) con un plan preconcebido y la búsqueda era siempre hacia las ruinas, los textos antiguos o las obras de arte del pasado. Algunos de estos afortunados aristócratas llegaban hasta Egipto, Túnez o Tierra Santa. Con el avance del ferrocarril y los cómodos trenes del lujo (el Orient Express con destino a Estambul era uno de ellos) a finales del siglo XIX esta costumbre acabó en el olvido. 

Paralelamente la literatura y el arte plástico comienza a reflejar los modos y formas de vida del pueblo llano, de los campesinos, de las gentes de a pie de pueblos y ciudades, de los caminantes… Eso desemboca en el costumbrismo que en España, por poner un caso, se hace popular tanto entre creadores como entre los consumidores (por utilizar un término actual) de la época.  

Se recogen y recopilan los cuentos tradicionales (Andersen, los hermanos Grimm…) las leyendas y mitos de la cosmovisión romana y/o griega. En el arte, la arquitectura y la decoración entran elementos que se redescubren con las excavaciones arqueológicas que se comienzan a llevar a cabo (Pompeya, Herculano, Palmira…) A pesar de que se rechaza lo anterior se inauguran o se consolidan las Academias (Historia, Arte, Literatura…) 

8.- Gusto por las ruinas, los fantasmas, los ambientes que invitan a la melancolía  

Las ruinas de esos imperios perdidos y la melancolía asociada se hacen normales en la literatura y el arte. El ocaso, los atardeceres y su reflexión al ser asimilable al espíritu humano se convierten en una de las características del Romanticismo más visibles. Las tristezas, las ensoñaciones, las melancolías o los amores imposibles (porque se dan en distintos planos de conciencia o en distintas escalas sociales) son temas comunes. Si la literatura y la poesía se hizo eco en abundancia de esta forma de entender la realidad humana, fue la ópera (tanto la italiana como la alemana) la que llevó este amor por lo imposible, por el pasado o por las tristezas infinitas del alma a su último extremo. 

10.- Una de las características del Romanticismo en lo formal es la exaltación retórica

Y termino con el estilismo meramente visual y/o formal. En el Romanticismo todo es extremo, desde los sentimientos hasta la manera de plasmar esa realidad. Se hacen usos de los adjetivos al máximo. Todo es blanco o negro, muerte o vida, dolor o felicidad. Para ello se muestran realidades convulsas en un lenguaje (tanto artístico y/o plástico) como literario a tono. 

Este movimiento inauguró la época moderna y abrió la puerta, con su afán de cambio y libertad a las vanguardias históricas que se plasmarían unas décadas más tarde. El espíritu, además,  se retomaría con las distintas revoluciones que tuvieron lugar nada más comenzar el Siglo XX con los choques inherentes que desencadenaron las dos Guerras Mundiales. Pero eso es tema para otro día y, si lo saco a colación, es, sencillamente, para no poder el hilo histórico. Nada se da si no se entiende lo anterior e, incluso, lo que está por venir. 

Por Candela Vizcaíno 

Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

En la imagen, La libertad guiando al pueblo de Delacroix 

 

 

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Características del Romanticismo, el movimiento artístico y literario que se extendió desde finales del siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XIX. 

Sintetizar y analizar las obras de una época nos exige, por un lado, distanciarnos y, por el otro lado, relacionar. Es en esta comparación cómo entendemos lo que hace única a cada generación de artistas o de literatos. Por eso, antes de adentrarnos en estas 10 resumidas características del Romanticismo tenemos que dar unas pequeñas pinceladas de lo que sucedió en el plano social, político y económico antes, mientras y después de este movimiento. El cual, recuerdo, se extiende desde finales del Siglo XVIII hasta mediados del XIX, aunque en algunos países, como el caso de España, la estética se alarga unas décadas más. 

Contexto histórico del Romanticismo

¿Qué ocurrió antes? Europa, donde el movimiento tuvo lugar, estaba estructurada en estamentos sociales heredados de la época medieval. Esto es, cualquier persona nacía en una clase y poco podía hacer para prosperar o para cambiar. La nobleza acaparaba riquezas, cultura y poder político. El pueblo llano, excepto una pequeña capa de artesanos, apenas tenía libertad de decisión en ninguno de los órdenes de la vida. A esto se une que, a mediados del siglo XVIII, se impone el Racionalismo en los círculos elitistas europeos. 

Todo ello comenzó a cambiar unas décadas antes de que encontremos las características del Romanticismo en los principales autores (especialmente en Alemania). Los avances de la técnica propicia la llamada Revolución Industrial con su maquinismo, por supuesto, pero también, con su trastoque en el orden social. La clase campesina comienza a emigrar a la ciudad en busca de un puesto de trabajo que le permitiera prosperar. Aunque eso no se consigue de la noche a la mañana ya hay un cambio de actitud. 

¿Y cómo influye este contexto histórico en las características del Romanticismo principales? 

Como consecuencia de esto, o paralelamente, va surgiendo una pujante burguesía tanto alta (dueños de fábricas o de centros de producción) como media (profesionales liberales, artesanos con un sistema laboral semejante al autónomo contemporáneo…) Esta nueva clase social (en general penetrante y más culta que la nobleza) comienza a desplazar a la aristocracia tradicional imponiendo sus valores. Y dentro de esos principios (también una de las características del Romanticismo) se encuentra la libertad. 

Todo ello será caldo de cultivo para los movimientos independentistas, las revoluciones (iniciándose con la Francesa) o las teorías marxistas o socialistas. Recordemos que el Manifiesto comunista de Marx y Engels se publica en 1848. Y nada hay en la historia de la humanidad que haya surgido de la mente de un iluminado. Este siempre recoge el espíritu de la época. Y la romántica es la del cambio social (con ese choque entre burguesía y proletariado), la de la libertad y la de la búsqueda en mundos antes inexplorados. En este sentido, por poner un solo ejemplo, esa búsqueda de individualismo en terrenos antes inexplorados avanza La interpretación de los sueños de Freud, unas cuantas décadas más tarde y germen de la psicología moderna y contemporánea.  

Entonces, cuáles son las principales características del Romanticismo

Te las dejo resumidas en estas 10 que considero las principales y las fundamentales.  

1.- De entre las principales características del Romanticismo está el hombre como centro del Universo

Como herencia del Racionalismo anterior, el hombre se convierte en un ángel caído casi olvidado por Dios y abandonado a sus únicas posibilidades. Como las herramientas de crecimiento personal (por utilizar un símil contemporáneo) eran, en la época, bastante limitadas ese centro va pendulando de un lado a otro buscando su sitio. Como consecuencia de todo ello, se ensalza el ego, el espíritu libre, la creatividad por encima de todas las cosas, la genialidad y, en ocasiones, hasta la locura. ¿Por qué hay un gusto por este estado? Porque, sencillamente, se comienza a ver a los enajenados como guías hacia otra realidad distinta a la establecida y, por tanto, como adalides de esa ansiada libertad. 

2.- La vida del espíritu con sus luces y sus sombras se encuentra en el centro de los temas

El hombre, en consecuencia, se encuentra limitado en su finitud física y se va hacia el más allá como emplazamiento alternativo donde encontrar lo buscado y anhelado. Aunque el Cristianismo, aún preponderante en la época, abría la posibilidad hacia una existencia posterior a la muerte, el espíritu romántico busca algo más. Y ese paso hacia adelante es hacia al interior del alma humana con sus luces y sus sombras, con sus bondades y su maldades, con entregas infinitas y mezquindades ruines. Hay una exploración sistemática en todos los sentimientos humanos sin precedentes en la historia del arte, de la literatura o del pensamiento. Como consecuencia de todo esto, se cae en un halo de no pertenecer a este mundo que lleva a buscar la plenitud en el plano fantasmal o en el otro lado que se abre tras la muerte. El número de artistas suicidas, por poner un caso, es en el Romanticismo de un porcentaje mucho mayor que en cualquier otro periodo histórico. 

3.- La libertad como una de las características del Romanticismo

De la mano va la sacrosanta libertad. Si las fórmulas políticas y sociales tradicionales no bastan para encontrar acomodo, hay que buscar unas nuevas. Y estas solo se consiguen si existe libertad y se pueden sacudir todos los parámetros impuestos anteriormente (desde la religión hasta la economía pasando por las clases sociales). Por tanto, los cuadros se llenan de pinceladas libres y de temas considerados hasta entonces como escabrosos (la violencia de algunas obras de Goya, por poner un ejemplo). La literatura no puede amoldarse a los cánones clásicos y el verso libre aparece para quedarse. 

4.- Rechazo de las formas neoclásicas y de la tradición

Libertad y acomodo con la tradición parecen estar reñidos. Por eso, comienzan a crearse géneros nuevos (cuentos poéticos, poemas en prosa, piezas musicales cortas…) Todo lo que supusiera tradición era rechazado y había una conciencia muy exagerada de que se estaba en un mundo nuevo. Sin llegar a los postulados del Futurismo (unos cincuenta años más tarde) que querían quemar museos y obras arquitectónicas legadas del pasado, sí se busca acomodo en lo nuevo o en una visión renovada de lo antiguo. El espíritu libertario llega a la rebelión, a la exaltación del que va por libre, del solitario o del que rompe con los moldes establecidos. Esa idea será retomada más tarde por el Fauvismo al que se adhieren los nuevos románticos del siglo XX. 

5.- Una de las características del Romanticismo es la vuelta a la naturaleza

Las ciudades comienzan a ser invivibles con su trajín de fábricas, ruido y, especialmente, polución (nada que ver con lo que podamos sufrir en cualquier urbe europea contemporánea y un caso típico pueden ser Londres o Gante). La sociedad se hace fabril (tomando un verso de Luis Cernuda) y la nueva burguesía impone sus criterios mercantilistas a los que se adhieren el nuevo proletariado deseoso de progreso material. Como rechazo a esta situación, la élite intelectual se inhibe de este nuevo orden social proponiendo una vuelta a la sencillez del campo, a la soledad de las ruinas, a la perfección del orden natural. Las obras pictóricas se llenan con esta representación bucólica de lo agrícola o con el desgarro emocional de acantilados, mares embravecidos o lagos donde habitan criaturas fantásticas que te seducen para llevarte al otro lado. 

6.- Sentimiento de no plenitud y disconformidad

Todo esto que llevo expuesto hasta ahora desemboca en una de las características del Romanticismo más importantes: el desgarro ante la doblez del hombre y la sensación de vacío. Si hasta entonces se consideraba al individuo como un ser completo, ahora se vislumbran las luces y las sombras. En este sentido adelantan los estudios de Freud en La interpretación de los sueños. Y si repito es porque, tras la obra, hay un antes y un después en la concepción del ser humano. El Romanticismo ve que la contradicción es inherente al alma humana, algo que no se tenía en cuenta con anterioridad. Ese choque entre los deseos y la realidad, entre la fortaleza y la debilidad, entre el anhelo de trascendencia y la realidad cambiante de la época se fragua en el Romanticismo. 

7.- Se mira hacia la historia y los avances del pueblo 

Esto lleva por un lado, al gusto por la historia (siempre idealizada o vista con un prisma totalmente distinto) que se afianza con la costumbre conocida como Grand Tour. ¿Qué era este viaje tan particular? En esencia, como una especie de fin de estudios que llevaba a la élite de Europa Central por tierras italianas o griegas (también españolas) buscando la huella de la antigua Roma o de la exquisita Grecia. El Grand Tour se hacía en meses (recordemos que no existía aún el ferrocarril) con un plan preconcebido y la búsqueda era siempre hacia las ruinas, los textos antiguos o las obras de arte del pasado. Algunos de estos afortunados aristócratas llegaban hasta Egipto, Túnez o Tierra Santa. Con el avance del ferrocarril y los cómodos trenes del lujo (el Orient Express con destino a Estambul era uno de ellos) a finales del siglo XIX esta costumbre acabó en el olvido. 

Paralelamente la literatura y el arte plástico comienza a reflejar los modos y formas de vida del pueblo llano, de los campesinos, de las gentes de a pie de pueblos y ciudades, de los caminantes… Eso desemboca en el costumbrismo que en España, por poner un caso, se hace popular tanto entre creadores como entre los consumidores (por utilizar un término actual) de la época.  

Se recogen y recopilan los cuentos tradicionales (Andersen, los hermanos Grimm…) las leyendas y mitos de la cosmovisión romana y/o griega. En el arte, la arquitectura y la decoración entran elementos que se redescubren con las excavaciones arqueológicas que se comienzan a llevar a cabo (Pompeya, Herculano, Palmira…) A pesar de que se rechaza lo anterior se inauguran o se consolidan las Academias (Historia, Arte, Literatura…) 

8.- Gusto por las ruinas, los fantasmas, los ambientes que invitan a la melancolía  

Las ruinas de esos imperios perdidos y la melancolía asociada se hacen normales en la literatura y el arte. El ocaso, los atardeceres y su reflexión al ser asimilable al espíritu humano se convierten en una de las características del Romanticismo más visibles. Las tristezas, las ensoñaciones, las melancolías o los amores imposibles (porque se dan en distintos planos de conciencia o en distintas escalas sociales) son temas comunes. Si la literatura y la poesía se hizo eco en abundancia de esta forma de entender la realidad humana, fue la ópera (tanto la italiana como la alemana) la que llevó este amor por lo imposible, por el pasado o por las tristezas infinitas del alma a su último extremo. 

10.- Una de las características del Romanticismo en lo formal es la exaltación retórica

Y termino con el estilismo meramente visual y/o formal. En el Romanticismo todo es extremo, desde los sentimientos hasta la manera de plasmar esa realidad. Se hacen usos de los adjetivos al máximo. Todo es blanco o negro, muerte o vida, dolor o felicidad. Para ello se muestran realidades convulsas en un lenguaje (tanto artístico y/o plástico) como literario a tono. 

Este movimiento inauguró la época moderna y abrió la puerta, con su afán de cambio y libertad a las vanguardias históricas que se plasmarían unas décadas más tarde. El espíritu, además,  se retomaría con las distintas revoluciones que tuvieron lugar nada más comenzar el Siglo XX con los choques inherentes que desencadenaron las dos Guerras Mundiales. Pero eso es tema para otro día y, si lo saco a colación, es, sencillamente, para no poder el hilo histórico. Nada se da si no se entiende lo anterior e, incluso, lo que está por venir. 

Por Candela Vizcaíno 

Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

En la imagen, La libertad guiando al pueblo de Delacroix 

 

 

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Hay ciudades que se prestan a esto del quehacer literario como hay otras que están irremediablemente condicionadas por la visión que de ellas han tenido pintores, músicos, cineastas… Si París es el encuentro festivo, Venecia, en el último siglo, ha simbolizado la decadencia de la belleza.

Porque eso es la ciudad de los canales: belleza en estado puro, apoteosis artística en un lugar imposible (cientos de islas pantanosas unidas por puentes y vías navegables) que apabullan al visitante con su color, sus palacios, su serenidad y su densidad artística. Pero, a pesar de ello, Venecia siempre ha sufrido sus periódicas inundaciones que, en épocas con menos exigencias higiénicas que la nuestra, han propiciando el desarrollo de situaciones insalubres, cuando no enfermedades mortales.

La muerte en Venecia de Thomas Mann

A finales del siglo XIX, con el auge y desarrollo de los viajes por ferrocarril, Venecia se convirtió en destino ineludible de la aristocracia (intelectual y económica) mundial. Con el fin de satisfacer la demanda de tan exquisita clientela, se construyeron en algunas islas más soleadas grandes estaciones balnearias que aún siguen en funcionamiento.

En una de ellas, en la del Lido, se sitúa la acción de la novela del escritor alemán, nacionalizado estadounidense, Thomas Mann, La muerte en Venecia (1912). La novela ha sido llevada magistralmente al cine por Luchino Visconti y ha servido de argumento para una ópera de Benjamin Britten, amén de una infinidad de estudios y tesis doctorales en un intento por desentrañar cada uno de sus múltiples sentidos simbólicos.

Tema de La muerte en Venecia de Thomas Mann

Una trama elemental y sencilla pone de manifiesto un profundo drama interno, una catarsis moral llevada a cabo por el protagonista de la obra, Gustav von Aschenbach (un escritor maduro en busca de la inspiración y la vida), quien viaja a Venecia en un intento por recuperar aquello que ni siquiera sabe que ha perdido. Allí se encuentra con el joven Tadzio y su familia. El muchacho representa la belleza apoteósica que despierta a la par que la madurez sexual. El prematuramente envejecido escritor se ve arrebatadoramente poseído por el espíritu del muchacho hasta tal punto que le hace renegar de todos sus principios.

Pero Venecia, que en la novela actúa como un personaje más, está esperando al escritor. La ciudad atrapa al protagonista de tal modo que, a pesar de saber que se avecina una epidemia de cólera, no abandona el lugar para estar junto al efebo, quedándose hasta que las fuerzas le fallan. En La muerte en Venecia, la ciudad comparte protagonismo y actúa con un fuerte carácter simbólico, como una femme fatale que, a la par que seduce y atrae, también, destruye. Hay que tener en cuenta que la novela fue escrita al calor de las teorías psicoanalíticas de Freud y, así, Venecia se erige en una fuerza inconsciente, oscura, desconocida y difícil de dominar.

Afortunadamente, hoy la ciudad no exige un tributo de muerte a los que desean visitar tan bello lugar. Más bien es una explosión de vida, de color, de arte, de música y de silencio durante todo el año. 

Por Candela Vizcaíno

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Hay ciudades que se prestan a esto del quehacer literario como hay otras que están irremediablemente condicionadas por la visión que de ellas han tenido pintores, músicos, cineastas… Si París es el encuentro festivo, Venecia, en el último siglo, ha simbolizado la decadencia de la belleza.

Porque eso es la ciudad de los canales: belleza en estado puro, apoteosis artística en un lugar imposible (cientos de islas pantanosas unidas por puentes y vías navegables) que apabullan al visitante con su color, sus palacios, su serenidad y su densidad artística. Pero, a pesar de ello, Venecia siempre ha sufrido sus periódicas inundaciones que, en épocas con menos exigencias higiénicas que la nuestra, han propiciando el desarrollo de situaciones insalubres, cuando no enfermedades mortales.

La muerte en Venecia de Thomas Mann

A finales del siglo XIX, con el auge y desarrollo de los viajes por ferrocarril, Venecia se convirtió en destino ineludible de la aristocracia (intelectual y económica) mundial. Con el fin de satisfacer la demanda de tan exquisita clientela, se construyeron en algunas islas más soleadas grandes estaciones balnearias que aún siguen en funcionamiento.

En una de ellas, en la del Lido, se sitúa la acción de la novela del escritor alemán, nacionalizado estadounidense, Thomas Mann, La muerte en Venecia (1912). La novela ha sido llevada magistralmente al cine por Luchino Visconti y ha servido de argumento para una ópera de Benjamin Britten, amén de una infinidad de estudios y tesis doctorales en un intento por desentrañar cada uno de sus múltiples sentidos simbólicos.

Tema de La muerte en Venecia de Thomas Mann

Una trama elemental y sencilla pone de manifiesto un profundo drama interno, una catarsis moral llevada a cabo por el protagonista de la obra, Gustav von Aschenbach (un escritor maduro en busca de la inspiración y la vida), quien viaja a Venecia en un intento por recuperar aquello que ni siquiera sabe que ha perdido. Allí se encuentra con el joven Tadzio y su familia. El muchacho representa la belleza apoteósica que despierta a la par que la madurez sexual. El prematuramente envejecido escritor se ve arrebatadoramente poseído por el espíritu del muchacho hasta tal punto que le hace renegar de todos sus principios.

Pero Venecia, que en la novela actúa como un personaje más, está esperando al escritor. La ciudad atrapa al protagonista de tal modo que, a pesar de saber que se avecina una epidemia de cólera, no abandona el lugar para estar junto al efebo, quedándose hasta que las fuerzas le fallan. En La muerte en Venecia, la ciudad comparte protagonismo y actúa con un fuerte carácter simbólico, como una femme fatale que, a la par que seduce y atrae, también, destruye. Hay que tener en cuenta que la novela fue escrita al calor de las teorías psicoanalíticas de Freud y, así, Venecia se erige en una fuerza inconsciente, oscura, desconocida y difícil de dominar.

Afortunadamente, hoy la ciudad no exige un tributo de muerte a los que desean visitar tan bello lugar. Más bien es una explosión de vida, de color, de arte, de música y de silencio durante todo el año. 

Por Candela Vizcaíno

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La literatura y la cultura en la Era Meiji

En 1868 y hasta 1912, Japón se embarca en unos cambios radicales en lo que se refiere a lo político, a lo social, a lo cultural y a lo económico. Reduciendo mucho esta compleja época, comienzan a abandonarse los modos tradicionales para ir acogiendo costumbres occidentales. En estas décadas, por poner solo un caso, se prohíben los atuendos de los samuráis y lucir espadas en público. Son los años conocidos como Era Meiji. Por supuesto, no se acabó con las tradiciones, folclore (los seres mitológicos aún perduran y  han inundado video-juegos de todo el orbe), religión o elementos sustanciales de la cultura japonesa, pero sí supuso una de las transformaciones más radicales de la historia del país del Sol Naciente. Esta nueva manera de ver el mundo, no puede ser de otra manera, se hace sentir y ver en la literatura japonesa, así como en el resto de las artes.  

Antes de esta fecha, 1868, la literatura de Japón estaba bastante encorsetada y se reducía mayoritariamente a la producción de los hermosos haikus (que han traspasado fronteras), al simbólico teatro Noh, también a los desmanes del Kabuki y algo de Bunraku. Las obras clásicas de la narrativa tradicional  habían sido escritas siglos atrás. Me refiero al Romance de Gengi, por poner un solo caso, que data de una fecha tan temprana como el siglo X.

Hasta esa revolución cultural, eran los valores del grupo social los que predominaban. Los metros y modos tradicionales apenas innovaban. El cambio por el cambio ni se hacía ni estaba bien visto. Pero, con la apertura hacia Occidente, comienzan a entrar nuevas formas y modelos. Se deslizan obras de Naturalismo, del Simbolismo de los franceses o del Romanticismo Alemán. Los escritores japoneses  descubren un nuevo modo de enfrentarse al espíritu humano: el del genio de la individualidad. Ya no sería el grupo social el que impusiera su cosmovisión y ciertos creadores se embarcan en narran los recovecos del alma humana a partir de un personaje concreto e individualizado, a veces desgajado del cuerpo social. Los protagonistas son héroes solitarios, por tanto, que emprenden su propia y particular búsqueda de la verdad personal.

El más grande literato de la Era Meiji es Natsume Soseki (1867-1917), el cual junto, con Yasunari Kawabata (1899-1972), primer Premio Nobel de Literatura en japonés, son los más conocidos fuera del País del Sol Naciente.  Hoy te traigo una obra de cada uno de ellos en un intento por introducirnos juntos en la bella literatura japonesa, muy distinta de los parámetros occidentales.

Katsume Soseki, el Cervantes de la literatura japonesa

Es en esta época (Meiji) cuando podemos hablar de la novela como género en Japón. Y uno de sus máximos representantes en Natsume Soseki, padre de Yo, el gato y Kokoro. Cuando estos autores afianzan sus publicaciones, estas comienzan a ser conocidas en Occidente. El efecto es multiplicador, ya que, los creadores occidentales empiezan, a la par, a interesarse no solo por las obras contemporáneas sino también por las fórmulas tradicionales niponas. El haiku o el teatro Nô, de ser nacionales, se vuelven universales.

La vida y la obra de Natsume Soseki sintetizan a la perfección esos cambios culturales que se dieron en la época Meiji. Nacido un año antes de la revolución, pertenecía a una familia de samuráis tan abocada a la pobreza y a la desubicación que vivió con unos sirvientes hasta la edad de los nueve años. Eso no fue problema para que cursara estudios en la Universidad de Tokio donde se licenció en Literatura Inglesa. Tras dar clases en una  de las islas más remotas de Japón (experiencia que le sirvió para una de sus novelas, Botchan de 1906) donde contrae matrimonio, pasa cuatro tristes años en Londres. A su vuelta, a pesar de que tiene un buen puesto como profesor de inglés en la Universidad, se enfrasca en su pasión por la escritura. Yo, el gato (una de sus obras más conocidas) de 1905 narra en clave satírica todos los males de esa sociedad japonesa a medio camino entre las costumbres ancestrales y la apertura occidental casi forzada.

Sin embargo, es Kokoro de 1914, la obra considerada como cumbre por el canon japonés donde Natsume Soseki encabeza la lista, ya que en el País del Sol Naciente sus escritos son como los de Shakespeare para los angloparlantes o El Quijote para la cultura hispánica.

Kokoro de Natsume Soseki


Aunque Yo, el gato es la obra más conocida de Natsume Soseki fuera de Japón y de los ámbitos académicos, tengo especial predilección por Kokoro. Este vocablo puede traducirse de distintas maneras al español. En sí encierra las acepciones de “alma”, “corazón”, “espíritu”, “mente” e, incluso, “voluntad”. El término más frecuente es corazón, entendido como el elemento simbólico donde residen los sentimientos.

La obra se articula en forma de monólogo a dos veces: una es la de un sensei y la otra la de su discípulo. Kokoro no cuenta grandes aventuras sino que se recrea en la descripción detallada de los conflictos anímicos. El anciano vive atormentado por un suceso acaecido décadas antes: el no haber estado a la altura de un espíritu noble (un pecado bastante grave en la cultura japonesa). Mientras tanto el joven, hace lo que puede con las circunstancias de alrededor, ya que su padre se encuentra enfermo y esto le lleva a las primeras preguntas existenciales.

Si el asunto es “sencillo”, no lo es menos las formas con las que se reviste, ya que el lenguaje va desprovisto de todo adorno y se presenta en toda su crudeza emocional. Es, sin lugar a dudas, uno de esos libros imprescindibles, de cualquiera que se quiera introducir en los recovecos del alma humana en este desnaturalizado siglo XXI. Kokoro está en la lista de los libros escolares japoneses.

Yasunari Kawabata  y la Nueva Realidad de Japón

Perseguido por el dolor por las sucesivas muertes de sus familiares (primero sus padres, su hermana, sus abuelos paternos, maternos…) estudio tanto literatura inglesa como japonesa en la Universidad de Tokio.  Marcado por esta tragedia en la infancia, las guerras y el cambio en la sociedad civil obligado tras la derrota en la II Guerra Mundial, formarían el carácter de Yasunari Kawabata. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1968 y sus obras forman parte de los libros de cabecera de dos de los nobeles hispánicos. Mario Vargas Llosa reconoce que La Casa de las Bellas Durmientes (1978) es una de sus novelas de referencia, mientras que Gabriel García Márquez no ocultó nunca el sustrato del escritor japonés en su quehacer artístico.   

Sus obras no narran aventuras ni peripecias al estilo occidental. Todas ellas se articulan en torno a los sentimientos en los que profundiza de una manera abismal. La muerte, la vejez, la soledad, la imposibilidad de comunión anímica o la incomunicación forman parte de la temática de Yasunari Kawabata.   

País de nieve de Yasunari Yawabata 

Como en el caso de Kokoro, la novela está articulada a través de una trama sencilla e incluso banal. Narra los encuentros esporádicos de un hombre ocioso de mediana edad en busca constante de belleza. Durante los meses de invierno acude a una estación termal (algo frecuente en aquella época y hoy en día incluso). Allí ejerce como geisha Komako, la cual ya ha visto pasar sus mejores días como mujer y como artista. Esos encuentros son la excusa para que salgan en tropel todos los fantasmas de los protagonistas.

La obra está marcada por un erotismo fino, sutil y elegante que, a veces, pasa desapercibido para el lector occidental. Sus protagonistas son solitarios irremediables que poco o nada pueden hacer por aplacar esa circunstancia. Ambos tienen que conformarse con el bálsamo que ofrece una naturaleza exuberante en su esplendor o por la simple comunicación entre los cuerpos, que se nos antoja ficticia o poco curativa para tal mal.   

Es siempre la soledad que acaba impregnando todas las facetas de la vida. Con delicadeza lo expresa el novelista japonés en otra de sus maravillosas novelas, Lo bello y lo triste:

 “Era como si viera su propia soledad, que giraba y giraba dentro de su corazón”.

Era como si no hubiese salida, solo la espiral de la incomunicación, como si no hubiese salvación o consuelo posible para el hombre encerrado en los límites de un cuerpo que se marchita un poco más cada día, a la par que se va llenando el pozo profundo de los recuerdos. Al mismo tiempo, es en la elegancia con la que sobrellevan esta derrota vital donde reside la intemporal magnitud de todos los personajes de Kawabata.

País de Nieve es una fuerte sacudida al espíritu, una ventana abierta al bosque de los sentidos, una puerta abierta de par en par al intelecto que no puede conformarse con una visión mediocre del mundo. Es un balcón volado a la fascinante y atrayente pero, a la vez, peligrosa y, a veces, destructora vivencia del erotismo.

Por Candela Vizcaíno

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La literatura y la cultura en la Era Meiji

En 1868 y hasta 1912, Japón se embarca en unos cambios radicales en lo que se refiere a lo político, a lo social, a lo cultural y a lo económico. Reduciendo mucho esta compleja época, comienzan a abandonarse los modos tradicionales para ir acogiendo costumbres occidentales. En estas décadas, por poner solo un caso, se prohíben los atuendos de los samuráis y lucir espadas en público. Son los años conocidos como Era Meiji. Por supuesto, no se acabó con las tradiciones, folclore (los seres mitológicos aún perduran y  han inundado video-juegos de todo el orbe), religión o elementos sustanciales de la cultura japonesa, pero sí supuso una de las transformaciones más radicales de la historia del país del Sol Naciente. Esta nueva manera de ver el mundo, no puede ser de otra manera, se hace sentir y ver en la literatura japonesa, así como en el resto de las artes.  

Antes de esta fecha, 1868, la literatura de Japón estaba bastante encorsetada y se reducía mayoritariamente a la producción de los hermosos haikus (que han traspasado fronteras), al simbólico teatro Noh, también a los desmanes del Kabuki y algo de Bunraku. Las obras clásicas de la narrativa tradicional  habían sido escritas siglos atrás. Me refiero al Romance de Gengi, por poner un solo caso, que data de una fecha tan temprana como el siglo X.

Hasta esa revolución cultural, eran los valores del grupo social los que predominaban. Los metros y modos tradicionales apenas innovaban. El cambio por el cambio ni se hacía ni estaba bien visto. Pero, con la apertura hacia Occidente, comienzan a entrar nuevas formas y modelos. Se deslizan obras de Naturalismo, del Simbolismo de los franceses o del Romanticismo Alemán. Los escritores japoneses  descubren un nuevo modo de enfrentarse al espíritu humano: el del genio de la individualidad. Ya no sería el grupo social el que impusiera su cosmovisión y ciertos creadores se embarcan en narran los recovecos del alma humana a partir de un personaje concreto e individualizado, a veces desgajado del cuerpo social. Los protagonistas son héroes solitarios, por tanto, que emprenden su propia y particular búsqueda de la verdad personal.

El más grande literato de la Era Meiji es Natsume Soseki (1867-1917), el cual junto, con Yasunari Kawabata (1899-1972), primer Premio Nobel de Literatura en japonés, son los más conocidos fuera del País del Sol Naciente.  Hoy te traigo una obra de cada uno de ellos en un intento por introducirnos juntos en la bella literatura japonesa, muy distinta de los parámetros occidentales.

Katsume Soseki, el Cervantes de la literatura japonesa

Es en esta época (Meiji) cuando podemos hablar de la novela como género en Japón. Y uno de sus máximos representantes en Natsume Soseki, padre de Yo, el gato y Kokoro. Cuando estos autores afianzan sus publicaciones, estas comienzan a ser conocidas en Occidente. El efecto es multiplicador, ya que, los creadores occidentales empiezan, a la par, a interesarse no solo por las obras contemporáneas sino también por las fórmulas tradicionales niponas. El haiku o el teatro Nô, de ser nacionales, se vuelven universales.

La vida y la obra de Natsume Soseki sintetizan a la perfección esos cambios culturales que se dieron en la época Meiji. Nacido un año antes de la revolución, pertenecía a una familia de samuráis tan abocada a la pobreza y a la desubicación que vivió con unos sirvientes hasta la edad de los nueve años. Eso no fue problema para que cursara estudios en la Universidad de Tokio donde se licenció en Literatura Inglesa. Tras dar clases en una  de las islas más remotas de Japón (experiencia que le sirvió para una de sus novelas, Botchan de 1906) donde contrae matrimonio, pasa cuatro tristes años en Londres. A su vuelta, a pesar de que tiene un buen puesto como profesor de inglés en la Universidad, se enfrasca en su pasión por la escritura. Yo, el gato (una de sus obras más conocidas) de 1905 narra en clave satírica todos los males de esa sociedad japonesa a medio camino entre las costumbres ancestrales y la apertura occidental casi forzada.

Sin embargo, es Kokoro de 1914, la obra considerada como cumbre por el canon japonés donde Natsume Soseki encabeza la lista, ya que en el País del Sol Naciente sus escritos son como los de Shakespeare para los angloparlantes o El Quijote para la cultura hispánica.

Kokoro de Natsume Soseki


Aunque Yo, el gato es la obra más conocida de Natsume Soseki fuera de Japón y de los ámbitos académicos, tengo especial predilección por Kokoro. Este vocablo puede traducirse de distintas maneras al español. En sí encierra las acepciones de “alma”, “corazón”, “espíritu”, “mente” e, incluso, “voluntad”. El término más frecuente es corazón, entendido como el elemento simbólico donde residen los sentimientos.

La obra se articula en forma de monólogo a dos veces: una es la de un sensei y la otra la de su discípulo. Kokoro no cuenta grandes aventuras sino que se recrea en la descripción detallada de los conflictos anímicos. El anciano vive atormentado por un suceso acaecido décadas antes: el no haber estado a la altura de un espíritu noble (un pecado bastante grave en la cultura japonesa). Mientras tanto el joven, hace lo que puede con las circunstancias de alrededor, ya que su padre se encuentra enfermo y esto le lleva a las primeras preguntas existenciales.

Si el asunto es “sencillo”, no lo es menos las formas con las que se reviste, ya que el lenguaje va desprovisto de todo adorno y se presenta en toda su crudeza emocional. Es, sin lugar a dudas, uno de esos libros imprescindibles, de cualquiera que se quiera introducir en los recovecos del alma humana en este desnaturalizado siglo XXI. Kokoro está en la lista de los libros escolares japoneses.

Yasunari Kawabata  y la Nueva Realidad de Japón

Perseguido por el dolor por las sucesivas muertes de sus familiares (primero sus padres, su hermana, sus abuelos paternos, maternos…) estudio tanto literatura inglesa como japonesa en la Universidad de Tokio.  Marcado por esta tragedia en la infancia, las guerras y el cambio en la sociedad civil obligado tras la derrota en la II Guerra Mundial, formarían el carácter de Yasunari Kawabata. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1968 y sus obras forman parte de los libros de cabecera de dos de los nobeles hispánicos. Mario Vargas Llosa reconoce que La Casa de las Bellas Durmientes (1978) es una de sus novelas de referencia, mientras que Gabriel García Márquez no ocultó nunca el sustrato del escritor japonés en su quehacer artístico.   

Sus obras no narran aventuras ni peripecias al estilo occidental. Todas ellas se articulan en torno a los sentimientos en los que profundiza de una manera abismal. La muerte, la vejez, la soledad, la imposibilidad de comunión anímica o la incomunicación forman parte de la temática de Yasunari Kawabata.   

País de nieve de Yasunari Yawabata 

Como en el caso de Kokoro, la novela está articulada a través de una trama sencilla e incluso banal. Narra los encuentros esporádicos de un hombre ocioso de mediana edad en busca constante de belleza. Durante los meses de invierno acude a una estación termal (algo frecuente en aquella época y hoy en día incluso). Allí ejerce como geisha Komako, la cual ya ha visto pasar sus mejores días como mujer y como artista. Esos encuentros son la excusa para que salgan en tropel todos los fantasmas de los protagonistas.

La obra está marcada por un erotismo fino, sutil y elegante que, a veces, pasa desapercibido para el lector occidental. Sus protagonistas son solitarios irremediables que poco o nada pueden hacer por aplacar esa circunstancia. Ambos tienen que conformarse con el bálsamo que ofrece una naturaleza exuberante en su esplendor o por la simple comunicación entre los cuerpos, que se nos antoja ficticia o poco curativa para tal mal.   

Es siempre la soledad que acaba impregnando todas las facetas de la vida. Con delicadeza lo expresa el novelista japonés en otra de sus maravillosas novelas, Lo bello y lo triste:

 “Era como si viera su propia soledad, que giraba y giraba dentro de su corazón”.

Era como si no hubiese salida, solo la espiral de la incomunicación, como si no hubiese salvación o consuelo posible para el hombre encerrado en los límites de un cuerpo que se marchita un poco más cada día, a la par que se va llenando el pozo profundo de los recuerdos. Al mismo tiempo, es en la elegancia con la que sobrellevan esta derrota vital donde reside la intemporal magnitud de todos los personajes de Kawabata.

País de Nieve es una fuerte sacudida al espíritu, una ventana abierta al bosque de los sentidos, una puerta abierta de par en par al intelecto que no puede conformarse con una visión mediocre del mundo. Es un balcón volado a la fascinante y atrayente pero, a la vez, peligrosa y, a veces, destructora vivencia del erotismo.

Por Candela Vizcaíno

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¿De quién hablamos cuando hablamos de Homero? Lo poco que se sabe de la vida del precursor de la literatura contrasta con el legado inmenso que nos ha dejado. El milagro del aedo desconocido que alcanzó la inmortalidad.

El mundo estaba a oscuras y él lo iluminó con su canto. Cuando Homero se puso a cantar, la maquinaria de la civilización occidental se puso en marcha y aún hoy seguimos enganchados a la poesía épica de este aedo con el que comenzó todo. Homero abrió las puertas de la escritura, de la literatura, de la mitología, de la sociedad. Y el mundo se ha limitado a seguir su estela. 

Al hablar de Homero podemos hablar de literatura, de genio creador, de magia, de cultura, de pionero, de sabio...pero sobre todo hablamos de inmortalidad. Porque la Ilíada y la Odisea son poemas épicos que cantan el carácter inmortal de los héroes griegos, de los dioses y del propio autor. Navegamos por las procelosas aguas homéricas intentando no hundirnos en el misterio.

Quién fue Homero, el poeta griego

La figura de Homero se ha estudiado hasta la saciedad, pero poco es lo que se ha podido verificar sobre su biografía. Habitualmente se le caracteriza como un aedo ciego procedente de Asia Menor que recorría el mundo heleno allá por el siglo VIII a. C. ejerciendo su profesión, es decir cantando sus poemas épicos para un público variado que podía ir desde el pueblo llano en las plazas y mercados hasta los nobles en sus cenas de palacio.

Lo que sí está claro es que tanto la Ilíada como la Odisea son majestuosas obras atribuidas a Homero, a la figura de Homero. Y es su figura la que ha perdurado a través de los siglos como inmortal gracias a los antiguos griegos que consideraron a Homero como un gran sabio, un maestro que condensó en sus epopeyas todo el conocimiento necesario. Y tal y como los antiguos griegos adoraron a Homero y le elevaron casi a la categoría de divinidad, así lo hacemos nosotros.

El minucioso análisis al que han sido sometidas tanto la Ilíada como la Odisea han planteado la posibilidad de que Homero ni siquiera existiera. Homero como tal, como aedo y poeta creador de las dos obras primeras de la literatura griega sería una especie de pseudónimo bajo el que se agruparían varios autores desconocidos. Esta duda sobre la existencia real de Homero es lo que se conoce como la 'cuestión homérica' y es un debate abierto desde la antigüedad que aún hoy no se ha cerrado.

La cuestión Homérica

Sin duda, resulta asombrosa la capacidad creativa y memorística de una persona capaz de cantar los 15.690 versos de la Ilíada o los 12.110 de la Odisea, porque no podemos olvidar que la épica griega se concebía para ser cantada en público y que no fue hasta la llegada de Homero cuando perdió su carácter oral para pasar a obra escrita. Pero no fue la extensión de los poemas lo que más alertó sobre la posibilidad de que Homero no fuera uno, sino varios.

En los poemas encontramos ciertas incongruencias, digresiones que poco tienen que ver con los versos anteriores, diferentes estilos narrativos especialmente si se comparan las técnicas narrativas de la Ilíada con las de la Odisea, distintas variedades de la lengua griega y anacronismos que sitúan las escenas en diferentes épocas históricas. Todo esto llevó a pensar que había varios autores tras las epopeyas y que en algún momento se habrían decidido a poner por escrito las historias que se cantaban en una larga tradición oral.

Y hablando de tradición oral también debemos mencionar el aspecto que más llamó la atención que quienes buscaban la verdadera identidad del autor que compuso los versos más cantados, recitados, leídos, traducidos y estudiados de la historia. Nos referimos a las fórmulas, epítetos y repeticiones.

Las fórmulas de poesía y literatura de Homero

En la lectura de las obras de Homero llama poderosamente la atención del lector la cantidad de repeticiones que se encuentran. Versos que aparecen repetidos en los distintos cantos, series de versos o incluso escenas típicas que leemos una y otra vez y que casi llegamos a memorizar. Ocurre lo mismo con los epítetos atribuidos a dioses o a los diferentes héroes y personajes que aparecen.

Aquiles 'de pies ligeros', 'la ventosa' Ilión, 'la arenosa' Pilos, Eos 'de rosados dedos', Héctor 'de tremolante penacho', Diomedes 'domador de caballos'...son expresiones que encontramos repetidas muchas veces y que no responden a una falta de creatividad del autor, sino al carácter oral de la poesía épica. La dicción formular homérica fue explicada de forma convincente por Milman Parry cuando descubrió el mismo proceso de creación formular y repetitivo en la poesía oral serbocroata.

Ante la enorme extensión de la Ilíada y la Odisea, el aedo se ve obligado a utilizar estas fórmulas que le permiten hacer una especie de descanso para recordar los siguientes versos. No podemos olvidar en ningún momento que son poemas pensados para ser cantados, no para ser leídos. Lógicamente, al público oyente no le resultaban extrañas las repeticiones formulares de Homero.

La obra de Homero

Entramos de lleno en la obra de Homero haciéndonos una pregunta, ¿qué sería de la literatura sin la épica homérica? En efecto, Ilíada y Odisea suponen la puerta de entrada de la literatura occidental y Homero, fuera quien fuera este misterioso aedo o poeta, es el primer nombre que aparece en el canon literario. La Historia de la literatura comienza con Homero, con la Ilíada y con la Odisea.

- Ilíada

Se considera la Ilíada como una obra anterior a la Odisea, por lo que estamos ante la primera obra de la literatura griega y el foco de inspiración de toda la literatura posterior. En contra de la opinión general, la Ilíada no narra la guerra de Troya, aunque sí es una buena fuente para adentrarse tanto en la mitología griega como en la Historia del mundo egeo en el II milenio a. C. Insistimos, Homero no canta la guerra de Troya, el tema de la Ilíada es la cólera de Aquiles tal y como se anuncia en los primeros versos.

'Canta, oh musa, la cólera funesta del pelida Aquiles que causó infinitas desgracias a los aqueos y precipitó al Hades numerosas almas valerosas de héroes...'

Esto coloca a este héroe griego, hijo de Tetis y Peleo, casi inmortal excepto por el talón, como protagonista indiscutible del poema épico. Sin embargo, otros personajes como Agamenón, Odiseo, Menelao, Néstor, Paris Alejandro, Héctor o Príamo le hacen sombra en cuanto a fama gracias no solo a las artes del autor de la Ilíada, sino a la tradición posterior que se encargó de contarnos lo que Homero calló. Y no nos olvidemos de la bella Helena.

- Odisea

Sin salirnos del género de la épica, la Odisea además inaugura el género de aventuras y viajes. El protagonista indiscutible de esta obra que se considera posterior a la Ilíada es el héroe griego Odiseo (más conocido por su nombre latino Ulises) que pasa 10 años intentando regresar a su Ítaca natal tras la guerra de Troya. De lectura más amena que la Ilíada, la Odisea también cuenta con la problemática narrativa que hizo dudar de la existencia de Homero.

En la Odisea se dan respuesta a muchas preguntas que surgen entre los versos de la Ilíada, por lo que el conocimiento de la historia mítica se amplía. Las aventuras de Odiseo han generado el interés durante milenios y aún siguen generándolo. ¿Acaso no se trata de eso la inmortalidad? Pero más que los hechos que acontecen en la Odisea, interesa las consecuencias de esos hechos para la humanidad. Y como botón de muestra y colofón de lo que la obra de Homero desencadenó, nada mejor que cerrar el capítulo de la Odisea con estos versos del poeta griego Kavafis.

'Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla

enriquecido de cuanto ganaste en el camino...'

El impacto de Homero en la cultura occidental

Literatura, música y pintura, filosofía y ética, arqueología e historia...pocas disciplinas escapan a la influencia que ejerció Homero. Venerado por los antiguos, las obras de Homero contienen todo lo que concierne al ser humano y por eso son poemas inmortales. A quienes dudaron de la veracidad de lo que cantaba Homero, a quienes aseguraron que el relato de Homero eran simples cuentos, solo les contestamos con un nombre: Heinrich Schliemann.

Este comerciante prusiano del Siglo XIX veneró a Homero tanto como los antiguos griegos y pasó media vida amasando una ingente fortuna para poder dedicarse su otra media a vida a conseguir su sueño: seguir los pasos marcados por los relatos homéricos y encontrar Troya. Con Homero comenzó la literatura y con Schliemann comenzó la arqueología. Y entre ambos consiguieron que el mundo reconociera que lo cantado por Homero no eran meras leyendas para entretener a la audiencia, sino que era real. Tan real era Troya como la guerra y como los lugares marcados en los poemas. Cabe suponer, por tanto, que Homero también fue real.

Por Laura Vélez

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¿De quién hablamos cuando hablamos de Homero? Lo poco que se sabe de la vida del precursor de la literatura contrasta con el legado inmenso que nos ha dejado. El milagro del aedo desconocido que alcanzó la inmortalidad.

El mundo estaba a oscuras y él lo iluminó con su canto. Cuando Homero se puso a cantar, la maquinaria de la civilización occidental se puso en marcha y aún hoy seguimos enganchados a la poesía épica de este aedo con el que comenzó todo. Homero abrió las puertas de la escritura, de la literatura, de la mitología, de la sociedad. Y el mundo se ha limitado a seguir su estela. 

Al hablar de Homero podemos hablar de literatura, de genio creador, de magia, de cultura, de pionero, de sabio...pero sobre todo hablamos de inmortalidad. Porque la Ilíada y la Odisea son poemas épicos que cantan el carácter inmortal de los héroes griegos, de los dioses y del propio autor. Navegamos por las procelosas aguas homéricas intentando no hundirnos en el misterio.

Quién fue Homero, el poeta griego

La figura de Homero se ha estudiado hasta la saciedad, pero poco es lo que se ha podido verificar sobre su biografía. Habitualmente se le caracteriza como un aedo ciego procedente de Asia Menor que recorría el mundo heleno allá por el siglo VIII a. C. ejerciendo su profesión, es decir cantando sus poemas épicos para un público variado que podía ir desde el pueblo llano en las plazas y mercados hasta los nobles en sus cenas de palacio.

Lo que sí está claro es que tanto la Ilíada como la Odisea son majestuosas obras atribuidas a Homero, a la figura de Homero. Y es su figura la que ha perdurado a través de los siglos como inmortal gracias a los antiguos griegos que consideraron a Homero como un gran sabio, un maestro que condensó en sus epopeyas todo el conocimiento necesario. Y tal y como los antiguos griegos adoraron a Homero y le elevaron casi a la categoría de divinidad, así lo hacemos nosotros.

El minucioso análisis al que han sido sometidas tanto la Ilíada como la Odisea han planteado la posibilidad de que Homero ni siquiera existiera. Homero como tal, como aedo y poeta creador de las dos obras primeras de la literatura griega sería una especie de pseudónimo bajo el que se agruparían varios autores desconocidos. Esta duda sobre la existencia real de Homero es lo que se conoce como la 'cuestión homérica' y es un debate abierto desde la antigüedad que aún hoy no se ha cerrado.

La cuestión Homérica

Sin duda, resulta asombrosa la capacidad creativa y memorística de una persona capaz de cantar los 15.690 versos de la Ilíada o los 12.110 de la Odisea, porque no podemos olvidar que la épica griega se concebía para ser cantada en público y que no fue hasta la llegada de Homero cuando perdió su carácter oral para pasar a obra escrita. Pero no fue la extensión de los poemas lo que más alertó sobre la posibilidad de que Homero no fuera uno, sino varios.

En los poemas encontramos ciertas incongruencias, digresiones que poco tienen que ver con los versos anteriores, diferentes estilos narrativos especialmente si se comparan las técnicas narrativas de la Ilíada con las de la Odisea, distintas variedades de la lengua griega y anacronismos que sitúan las escenas en diferentes épocas históricas. Todo esto llevó a pensar que había varios autores tras las epopeyas y que en algún momento se habrían decidido a poner por escrito las historias que se cantaban en una larga tradición oral.

Y hablando de tradición oral también debemos mencionar el aspecto que más llamó la atención que quienes buscaban la verdadera identidad del autor que compuso los versos más cantados, recitados, leídos, traducidos y estudiados de la historia. Nos referimos a las fórmulas, epítetos y repeticiones.

Las fórmulas de poesía y literatura de Homero

En la lectura de las obras de Homero llama poderosamente la atención del lector la cantidad de repeticiones que se encuentran. Versos que aparecen repetidos en los distintos cantos, series de versos o incluso escenas típicas que leemos una y otra vez y que casi llegamos a memorizar. Ocurre lo mismo con los epítetos atribuidos a dioses o a los diferentes héroes y personajes que aparecen.

Aquiles 'de pies ligeros', 'la ventosa' Ilión, 'la arenosa' Pilos, Eos 'de rosados dedos', Héctor 'de tremolante penacho', Diomedes 'domador de caballos'...son expresiones que encontramos repetidas muchas veces y que no responden a una falta de creatividad del autor, sino al carácter oral de la poesía épica. La dicción formular homérica fue explicada de forma convincente por Milman Parry cuando descubrió el mismo proceso de creación formular y repetitivo en la poesía oral serbocroata.

Ante la enorme extensión de la Ilíada y la Odisea, el aedo se ve obligado a utilizar estas fórmulas que le permiten hacer una especie de descanso para recordar los siguientes versos. No podemos olvidar en ningún momento que son poemas pensados para ser cantados, no para ser leídos. Lógicamente, al público oyente no le resultaban extrañas las repeticiones formulares de Homero.

La obra de Homero

Entramos de lleno en la obra de Homero haciéndonos una pregunta, ¿qué sería de la literatura sin la épica homérica? En efecto, Ilíada y Odisea suponen la puerta de entrada de la literatura occidental y Homero, fuera quien fuera este misterioso aedo o poeta, es el primer nombre que aparece en el canon literario. La Historia de la literatura comienza con Homero, con la Ilíada y con la Odisea.

- Ilíada

Se considera la Ilíada como una obra anterior a la Odisea, por lo que estamos ante la primera obra de la literatura griega y el foco de inspiración de toda la literatura posterior. En contra de la opinión general, la Ilíada no narra la guerra de Troya, aunque sí es una buena fuente para adentrarse tanto en la mitología griega como en la Historia del mundo egeo en el II milenio a. C. Insistimos, Homero no canta la guerra de Troya, el tema de la Ilíada es la cólera de Aquiles tal y como se anuncia en los primeros versos.

'Canta, oh musa, la cólera funesta del pelida Aquiles que causó infinitas desgracias a los aqueos y precipitó al Hades numerosas almas valerosas de héroes...'

Esto coloca a este héroe griego, hijo de Tetis y Peleo, casi inmortal excepto por el talón, como protagonista indiscutible del poema épico. Sin embargo, otros personajes como Agamenón, Odiseo, Menelao, Néstor, Paris Alejandro, Héctor o Príamo le hacen sombra en cuanto a fama gracias no solo a las artes del autor de la Ilíada, sino a la tradición posterior que se encargó de contarnos lo que Homero calló. Y no nos olvidemos de la bella Helena.

- Odisea

Sin salirnos del género de la épica, la Odisea además inaugura el género de aventuras y viajes. El protagonista indiscutible de esta obra que se considera posterior a la Ilíada es el héroe griego Odiseo (más conocido por su nombre latino Ulises) que pasa 10 años intentando regresar a su Ítaca natal tras la guerra de Troya. De lectura más amena que la Ilíada, la Odisea también cuenta con la problemática narrativa que hizo dudar de la existencia de Homero.

En la Odisea se dan respuesta a muchas preguntas que surgen entre los versos de la Ilíada, por lo que el conocimiento de la historia mítica se amplía. Las aventuras de Odiseo han generado el interés durante milenios y aún siguen generándolo. ¿Acaso no se trata de eso la inmortalidad? Pero más que los hechos que acontecen en la Odisea, interesa las consecuencias de esos hechos para la humanidad. Y como botón de muestra y colofón de lo que la obra de Homero desencadenó, nada mejor que cerrar el capítulo de la Odisea con estos versos del poeta griego Kavafis.

'Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla

enriquecido de cuanto ganaste en el camino...'

El impacto de Homero en la cultura occidental

Literatura, música y pintura, filosofía y ética, arqueología e historia...pocas disciplinas escapan a la influencia que ejerció Homero. Venerado por los antiguos, las obras de Homero contienen todo lo que concierne al ser humano y por eso son poemas inmortales. A quienes dudaron de la veracidad de lo que cantaba Homero, a quienes aseguraron que el relato de Homero eran simples cuentos, solo les contestamos con un nombre: Heinrich Schliemann.

Este comerciante prusiano del Siglo XIX veneró a Homero tanto como los antiguos griegos y pasó media vida amasando una ingente fortuna para poder dedicarse su otra media a vida a conseguir su sueño: seguir los pasos marcados por los relatos homéricos y encontrar Troya. Con Homero comenzó la literatura y con Schliemann comenzó la arqueología. Y entre ambos consiguieron que el mundo reconociera que lo cantado por Homero no eran meras leyendas para entretener a la audiencia, sino que era real. Tan real era Troya como la guerra y como los lugares marcados en los poemas. Cabe suponer, por tanto, que Homero también fue real.

Por Laura Vélez

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‘Canta, oh musa, la cólera funesta del pelida Aquiles que causó infinitas desgracias a los aqueos y precipitó al Hades numerosas almas valerosas de héroes…’

Con esta épica frase da comienzo la literatura occidental. Se trata de los primeros versos de La Ilíada de Homero y con ellos nos adentramos en un breve pero intenso recorrido por la literatura griega que es, al fin y al cabo, la literatura de la que nos hemos nutrido a lo largo de la Historia. Bienvenidos a este viaje iniciático a la inversa en el que buceamos hasta las profundidades de nuestro bagaje cultural.

Los comienzos de la literatura griega

Para llegar hasta los inicios de la literatura griega debemos remontarnos a la tradición oral en épocas donde la escritura aún no había hecho su aparición. Esa tradición oral con la que todas las culturas cuentan conforma la base literaria y tiene un marcado acento mitológico. Sin embargo, llega un momento en que la tradición oral se pone por escrito y es el punto justo para dotar a esa literatura de un carácter permanente.

Por si alguien aún no se había dado cuenta, en los inicios de la literatura griega sentamos la base de la cultura occidental y hoy somos capaces de organizar nuestras lecturas o creaciones en géneros literarios que los antiguos griegos inventaron. En la literatura griega dos son las figuras a las que se atribuye la compilación de todo el material proveniente de la tradición oral y a los que se considera habitualmente como padres de la literatura griega. Nos fijamos tanto en Homero como en Hesíodo.

Homero

No podemos imaginar otro nombre para empezar a hablar de literatura. Poeta, aedo, bardo, rapsoda...este genio compuso en el s. VIII a. C. los dos poemas épicos que dieron pie a toda la creación literaria posterior. La Ilíada y la Odisea, las grandes epopeyas que nos descubrieron en hexámetros dactílicos todos los secretos de la ira de Aquiles y del regreso de Odiseo respectivamente, fueron compuestas por la figura de Homero. Un figura contundente que contrasta con las dudas en cuanto a la autenticidad de la persona real.

Hesíodo

Posterior a Homero, pero caminando de su mano en cuanto a la composición en hexámetros, encontramos a Hesíodo y sus dos poemas que no pueden ser considerados épicos en el sentido estricto de la palabra. Se ha intentado encuadrar la obra de Hesíodo en un subgénero llamado lírica didáctico-moral, pero la realidad es que es imposible encasillar tanto sus 'Trabajos y Días' como su 'Teogonía'.

Con ellos, con Homero y Hesíodo, comenzó esta aventura.

La gran aventura de la literatura griega

Tan complicado es clasificar la literatura griega por géneros como hacerlo por épocas, porque inevitablemente quedará algo que no podamos abarcar. Parece ser que no se puede poner límites al genio creador, que las grandes obras maestras fluyen rompiendo las barreras de cualquier clasificación. Aún así, intentamos esbozar a grandes rasgos un panorama de la literatura griega que nos permita encontrar más fácilmente las fuentes de las que bebemos incluso sin ser conscientes de ello.

Épica

Como ya hemos adelantado, el género épico en la literatura griega llega liderado por Homero. Esta épica que más tarde sería imitada por los autores latinos con mayor o menor éxito sirve de recurso compilatorio de toda la mitología griega. Entre los versos de La Ilíada se encuentra un hilo infinito del que podemos tirar para enredarnos en el laberinto de dioses, héroes y hombres.

La poesía épica viene marcada por su carácter oral que le da esas características particulares al género épico como son las fórmulas, la invocación a las musas, las escenas típicas, la repetición de versos y los epítetos fijos. Podemos recordar que en la épica griega hay vida más allá de Homero, La Ilíada y la guerra de Troya pero también podemos reconocer que ninguno de los poemas épicos posteriores adquirió la relevancia de esta obra maestra.

Lírica

Se define la lírica como esa poesía cantada con acompañamiento de un instrumento musical, fundamentalmente la lira, y en la literatura griega este género comparte muchos rasgos con la épica además de ser el germen sobre el que se sustentará posteriormente el drama. Habitualmente se distinguen dos tipos de lírica: la lírica monódica y la lírica coral, que se cultivaron desde el S. VIII a. C hasta el S. V a. C.

Dirigimos la atención hacia la isla de Lesbos para encontrarnos con los principales autores de lírica monódica, Terpandro, Alceo y Safo y sus temas intimistas, pero también religiosos y algunos políticos. Nos quedamos con la primera poetisa de la antigüedad, Safo de Lesbos y sus cantos líricos al amor y a la amistad.

'Llegaste, lo hiciste y yo te deseé ardientemente

y helaste mi corazón, encendido en deseo'

Por su parte, la lírica coral se empieza a desarrollar en Esparta con un propósito propagandístico, podríamos decir, en himnos homenaje a dioses y también a personalidades de la época. Con el tiempo esta poesía coral se fue desarrollando y ampliando sus temas hasta incrustarse como parte fundamental en tragedias y comedias. Si tenemos que quedarnos con un nombre que represente la lírica coral, ese sería Píndaro y sus himnos a los vencedores en las distintas pruebas de los Juegos Olímpicos.

Historiografía

La historiografía nace como género literario en la Grecia del S. V a. C. y coloca a Heródoto como autor primero o 'padre de la historia'. En efecto, a Heródoto se le debe la primera gran obra literaria en prosa elaborada con criterios racionales y desarrollando el pensamiento crítico en contraposición a la utilización del mito como forma de explicar cualquier acontecimiento.

Heródoto fue el primero con su 'Historias', obra fundamental para entender el pensamiento y la estructura del mundo antiguo, pero no podemos dejar de lado al posterior Tucídides con su  'Historia de la guerra del Peloponeso', una narración por aquel entonces contemporánea y no histórica. Como también es imprescindible adentrarse, aunque sea ligeramente, en la extensa producción de Jenofonte para obtener una visión privilegiada de la grandiosa Atenas del S. V a. C.

Tragedia

Si hay un género que ha influenciado tanto la literatura posterior como la concepción del ser humano en general ese ha sido la tragedia. Imposible de constreñir en una definición precisa o de darle una fecha aproximada de inicio, la tragedia griega es todo un arte que nace directamente de los dioses, concretamente del culto a Dionisos. Los 3 trágicos griegos por excelencia no se limitaron a hacernos disfrutar de un espectáculo teatral, sino que nos enseñaron a aceptar el destino impuesto por los dioses.

La vida no se entiende sin su sentido trágico y eso se lo debemos a Esquilo, Sófocles y Eurípides. Los 3 autores acumularon en sus obras todo el corpus mítico de los griegos. Épica, lírica, Historia y actualidad se daban forma en representaciones que hoy en día generan tanta expectación y tanto éxito como en la Grecia del S. V a. C. A modo de continuación de la épica, en la tragedia griega encontramos las respuestas a todas esas preguntas que La Ilíada dejó abiertas. Qué pasó con los héroes griegos, qué pasó con los dioses griegos, qué pasó, en definitiva, con el ser humano.

Comedia

Si la tragedia griega no estaba destinada a hacer llorar al público, sino a hacerle reflexionar, la comedia griega sí era capaz de arrancar la carcajada en cada representación. Y ese sentido del humor no exento de crítica política y social se lo debemos fundamentalmente a Aristófanes, el gran genio de la comedia que superaría con creces al twitero más ingenioso de hoy en día.

En la comedia griega se puede rastrear la realidad social y política de la Atenas del S. V a. C. Una vía de escape en clave de humor capaz de satirizar sobre políticos, filósofos, literatos y personajes públicos en general, nada muy alejado de lo que ocurre en la actualidad pero que en algún momento y lugar tuvo que ser la primera vez. Y ese momento fue el siglo V y ese lugar fue Grecia, como no podía ser de otra manera.

Diálogos

El diálogo también se considera un género literario como tal y por supuesto tuvo su origen en la antigua Grecia. Destacamos a Platón como maestro de los diálogos, aunque fuera Sócrates el precursor de tan dinámico género. Sin duda, la creación del diálogo va irremediablemente unida a otro de los grandes inventos de la Humanidad que nos ha dado Grecia. Nos referimos, por supuesto, a la filosofía, disciplina en peligro de extinción cuya desaparición causaría 'infinitas desgracias' a la humanidad, tantos o más como los que causó la cólera de Aquiles a los aqueos.

Oratoria

Tal vez sea el autor latino Cicerón el que ha ganado la partida en cuanto a fama y popularidad en el género de la oratoria, pero los discursos no se entienden sin una figura como Demóstenes, que con su manejo de la lengua griega, sus recursos retóricos y su ingenio insuperable creó los modelos de discursos más perfectos.  Aunque Demóstenes fue el mejor y más grande orador de la Historia, no fue el único y la literatura griega nos ha legado también las habilidades de Lisias e Isócrates.

Por Laura Vélez

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‘Canta, oh musa, la cólera funesta del pelida Aquiles que causó infinitas desgracias a los aqueos y precipitó al Hades numerosas almas valerosas de héroes…’

Con esta épica frase da comienzo la literatura occidental. Se trata de los primeros versos de La Ilíada de Homero y con ellos nos adentramos en un breve pero intenso recorrido por la literatura griega que es, al fin y al cabo, la literatura de la que nos hemos nutrido a lo largo de la Historia. Bienvenidos a este viaje iniciático a la inversa en el que buceamos hasta las profundidades de nuestro bagaje cultural.

Los comienzos de la literatura griega

Para llegar hasta los inicios de la literatura griega debemos remontarnos a la tradición oral en épocas donde la escritura aún no había hecho su aparición. Esa tradición oral con la que todas las culturas cuentan conforma la base literaria y tiene un marcado acento mitológico. Sin embargo, llega un momento en que la tradición oral se pone por escrito y es el punto justo para dotar a esa literatura de un carácter permanente.

Por si alguien aún no se había dado cuenta, en los inicios de la literatura griega sentamos la base de la cultura occidental y hoy somos capaces de organizar nuestras lecturas o creaciones en géneros literarios que los antiguos griegos inventaron. En la literatura griega dos son las figuras a las que se atribuye la compilación de todo el material proveniente de la tradición oral y a los que se considera habitualmente como padres de la literatura griega. Nos fijamos tanto en Homero como en Hesíodo.

Homero

No podemos imaginar otro nombre para empezar a hablar de literatura. Poeta, aedo, bardo, rapsoda...este genio compuso en el s. VIII a. C. los dos poemas épicos que dieron pie a toda la creación literaria posterior. La Ilíada y la Odisea, las grandes epopeyas que nos descubrieron en hexámetros dactílicos todos los secretos de la ira de Aquiles y del regreso de Odiseo respectivamente, fueron compuestas por la figura de Homero. Un figura contundente que contrasta con las dudas en cuanto a la autenticidad de la persona real.

Hesíodo

Posterior a Homero, pero caminando de su mano en cuanto a la composición en hexámetros, encontramos a Hesíodo y sus dos poemas que no pueden ser considerados épicos en el sentido estricto de la palabra. Se ha intentado encuadrar la obra de Hesíodo en un subgénero llamado lírica didáctico-moral, pero la realidad es que es imposible encasillar tanto sus 'Trabajos y Días' como su 'Teogonía'.

Con ellos, con Homero y Hesíodo, comenzó esta aventura.

La gran aventura de la literatura griega

Tan complicado es clasificar la literatura griega por géneros como hacerlo por épocas, porque inevitablemente quedará algo que no podamos abarcar. Parece ser que no se puede poner límites al genio creador, que las grandes obras maestras fluyen rompiendo las barreras de cualquier clasificación. Aún así, intentamos esbozar a grandes rasgos un panorama de la literatura griega que nos permita encontrar más fácilmente las fuentes de las que bebemos incluso sin ser conscientes de ello.

Épica

Como ya hemos adelantado, el género épico en la literatura griega llega liderado por Homero. Esta épica que más tarde sería imitada por los autores latinos con mayor o menor éxito sirve de recurso compilatorio de toda la mitología griega. Entre los versos de La Ilíada se encuentra un hilo infinito del que podemos tirar para enredarnos en el laberinto de dioses, héroes y hombres.

La poesía épica viene marcada por su carácter oral que le da esas características particulares al género épico como son las fórmulas, la invocación a las musas, las escenas típicas, la repetición de versos y los epítetos fijos. Podemos recordar que en la épica griega hay vida más allá de Homero, La Ilíada y la guerra de Troya pero también podemos reconocer que ninguno de los poemas épicos posteriores adquirió la relevancia de esta obra maestra.

Lírica

Se define la lírica como esa poesía cantada con acompañamiento de un instrumento musical, fundamentalmente la lira, y en la literatura griega este género comparte muchos rasgos con la épica además de ser el germen sobre el que se sustentará posteriormente el drama. Habitualmente se distinguen dos tipos de lírica: la lírica monódica y la lírica coral, que se cultivaron desde el S. VIII a. C hasta el S. V a. C.

Dirigimos la atención hacia la isla de Lesbos para encontrarnos con los principales autores de lírica monódica, Terpandro, Alceo y Safo y sus temas intimistas, pero también religiosos y algunos políticos. Nos quedamos con la primera poetisa de la antigüedad, Safo de Lesbos y sus cantos líricos al amor y a la amistad.

'Llegaste, lo hiciste y yo te deseé ardientemente

y helaste mi corazón, encendido en deseo'

Por su parte, la lírica coral se empieza a desarrollar en Esparta con un propósito propagandístico, podríamos decir, en himnos homenaje a dioses y también a personalidades de la época. Con el tiempo esta poesía coral se fue desarrollando y ampliando sus temas hasta incrustarse como parte fundamental en tragedias y comedias. Si tenemos que quedarnos con un nombre que represente la lírica coral, ese sería Píndaro y sus himnos a los vencedores en las distintas pruebas de los Juegos Olímpicos.

Historiografía

La historiografía nace como género literario en la Grecia del S. V a. C. y coloca a Heródoto como autor primero o 'padre de la historia'. En efecto, a Heródoto se le debe la primera gran obra literaria en prosa elaborada con criterios racionales y desarrollando el pensamiento crítico en contraposición a la utilización del mito como forma de explicar cualquier acontecimiento.

Heródoto fue el primero con su 'Historias', obra fundamental para entender el pensamiento y la estructura del mundo antiguo, pero no podemos dejar de lado al posterior Tucídides con su  'Historia de la guerra del Peloponeso', una narración por aquel entonces contemporánea y no histórica. Como también es imprescindible adentrarse, aunque sea ligeramente, en la extensa producción de Jenofonte para obtener una visión privilegiada de la grandiosa Atenas del S. V a. C.

Tragedia

Si hay un género que ha influenciado tanto la literatura posterior como la concepción del ser humano en general ese ha sido la tragedia. Imposible de constreñir en una definición precisa o de darle una fecha aproximada de inicio, la tragedia griega es todo un arte que nace directamente de los dioses, concretamente del culto a Dionisos. Los 3 trágicos griegos por excelencia no se limitaron a hacernos disfrutar de un espectáculo teatral, sino que nos enseñaron a aceptar el destino impuesto por los dioses.

La vida no se entiende sin su sentido trágico y eso se lo debemos a Esquilo, Sófocles y Eurípides. Los 3 autores acumularon en sus obras todo el corpus mítico de los griegos. Épica, lírica, Historia y actualidad se daban forma en representaciones que hoy en día generan tanta expectación y tanto éxito como en la Grecia del S. V a. C. A modo de continuación de la épica, en la tragedia griega encontramos las respuestas a todas esas preguntas que La Ilíada dejó abiertas. Qué pasó con los héroes griegos, qué pasó con los dioses griegos, qué pasó, en definitiva, con el ser humano.

Comedia

Si la tragedia griega no estaba destinada a hacer llorar al público, sino a hacerle reflexionar, la comedia griega sí era capaz de arrancar la carcajada en cada representación. Y ese sentido del humor no exento de crítica política y social se lo debemos fundamentalmente a Aristófanes, el gran genio de la comedia que superaría con creces al twitero más ingenioso de hoy en día.

En la comedia griega se puede rastrear la realidad social y política de la Atenas del S. V a. C. Una vía de escape en clave de humor capaz de satirizar sobre políticos, filósofos, literatos y personajes públicos en general, nada muy alejado de lo que ocurre en la actualidad pero que en algún momento y lugar tuvo que ser la primera vez. Y ese momento fue el siglo V y ese lugar fue Grecia, como no podía ser de otra manera.

Diálogos

El diálogo también se considera un género literario como tal y por supuesto tuvo su origen en la antigua Grecia. Destacamos a Platón como maestro de los diálogos, aunque fuera Sócrates el precursor de tan dinámico género. Sin duda, la creación del diálogo va irremediablemente unida a otro de los grandes inventos de la Humanidad que nos ha dado Grecia. Nos referimos, por supuesto, a la filosofía, disciplina en peligro de extinción cuya desaparición causaría 'infinitas desgracias' a la humanidad, tantos o más como los que causó la cólera de Aquiles a los aqueos.

Oratoria

Tal vez sea el autor latino Cicerón el que ha ganado la partida en cuanto a fama y popularidad en el género de la oratoria, pero los discursos no se entienden sin una figura como Demóstenes, que con su manejo de la lengua griega, sus recursos retóricos y su ingenio insuperable creó los modelos de discursos más perfectos.  Aunque Demóstenes fue el mejor y más grande orador de la Historia, no fue el único y la literatura griega nos ha legado también las habilidades de Lisias e Isócrates.

Por Laura Vélez

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