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Dos escritores clásicos de la literatura japonesa: Yasunari Kawabata y Natsume Soseki

Literatura japonesa

Literatura japonesa

© Candela Vizcaíno

 

La literatura y la cultura en la Era Meiji

En 1868 y hasta 1912, Japón se embarca en unos cambios radicales en lo que se refiere a lo político, a lo social, a lo cultural y a lo económico. Reduciendo mucho esta compleja época, comienzan a abandonarse los modos tradicionales para ir acogiendo costumbres occidentales. En estas décadas, por poner solo un caso, se prohíben los atuendos de los samuráis y lucir espadas en público. Son los años conocidos como Era Meiji. Por supuesto, no se acabó con las tradiciones, folclore (los seres mitológicos aún perduran y  han inundado video-juegos de todo el orbe), religión o elementos sustanciales de la cultura japonesa, pero sí supuso una de las transformaciones más radicales de la historia del país del Sol Naciente. Esta nueva manera de ver el mundo, no puede ser de otra manera, se hace sentir y ver en la literatura japonesa, así como en el resto de las artes.  

Antes de esta fecha, 1868, la literatura de Japón estaba bastante encorsetada y se reducía mayoritariamente a la producción de los hermosos haikus (que han traspasado fronteras), al simbólico teatro Noh, también a los desmanes del Kabuki y algo de Bunraku. Las obras clásicas de la narrativa tradicional  habían sido escritas siglos atrás. Me refiero al Romance de Gengi, por poner un solo caso, que data de una fecha tan temprana como el siglo X.

Hasta esa revolución cultural, eran los valores del grupo social los que predominaban. Los metros y modos tradicionales apenas innovaban. El cambio por el cambio ni se hacía ni estaba bien visto. Pero, con la apertura hacia Occidente, comienzan a entrar nuevas formas y modelos. Se deslizan obras de Naturalismo, del Simbolismo de los franceses o del Romanticismo Alemán. Los escritores japoneses  descubren un nuevo modo de enfrentarse al espíritu humano: el del genio de la individualidad. Ya no sería el grupo social el que impusiera su cosmovisión y ciertos creadores se embarcan en narran los recovecos del alma humana a partir de un personaje concreto e individualizado, a veces desgajado del cuerpo social. Los protagonistas son héroes solitarios, por tanto, que emprenden su propia y particular búsqueda de la verdad personal.

El más grande literato de la Era Meiji es Natsume Soseki (1867-1917), el cual junto, con Yasunari Kawabata (1899-1972), primer Premio Nobel de Literatura en japonés, son los más conocidos fuera del País del Sol Naciente.  Hoy te traigo una obra de cada uno de ellos en un intento por introducirnos juntos en la bella literatura japonesa, muy distinta de los parámetros occidentales.

Katsume Soseki, el Cervantes de la literatura japonesa

Es en esta época (Meiji) cuando podemos hablar de la novela como género en Japón. Y uno de sus máximos representantes en Natsume Soseki, padre de Yo, el gato y Kokoro. Cuando estos autores afianzan sus publicaciones, estas comienzan a ser conocidas en Occidente. El efecto es multiplicador, ya que, los creadores occidentales empiezan, a la par, a interesarse no solo por las obras contemporáneas sino también por las fórmulas tradicionales niponas. El haiku o el teatro Nô, de ser nacionales, se vuelven universales.

La vida y la obra de Natsume Soseki sintetizan a la perfección esos cambios culturales que se dieron en la época Meiji. Nacido un año antes de la revolución, pertenecía a una familia de samuráis tan abocada a la pobreza y a la desubicación que vivió con unos sirvientes hasta la edad de los nueve años. Eso no fue problema para que cursara estudios en la Universidad de Tokio donde se licenció en Literatura Inglesa. Tras dar clases en una  de las islas más remotas de Japón (experiencia que le sirvió para una de sus novelas, Botchan de 1906) donde contrae matrimonio, pasa cuatro tristes años en Londres. A su vuelta, a pesar de que tiene un buen puesto como profesor de inglés en la Universidad, se enfrasca en su pasión por la escritura. Yo, el gato (una de sus obras más conocidas) de 1905 narra en clave satírica todos los males de esa sociedad japonesa a medio camino entre las costumbres ancestrales y la apertura occidental casi forzada.

Sin embargo, es Kokoro de 1914, la obra considerada como cumbre por el canon japonés donde Natsume Soseki encabeza la lista, ya que en el País del Sol Naciente sus escritos son como los de Shakespeare para los angloparlantes o El Quijote para la cultura hispánica.

Kokoro de Natsume Soseki


Aunque Yo, el gato es la obra más conocida de Natsume Soseki fuera de Japón y de los ámbitos académicos, tengo especial predilección por Kokoro. Este vocablo puede traducirse de distintas maneras al español. En sí encierra las acepciones de “alma”, “corazón”, “espíritu”, “mente” e, incluso, “voluntad”. El término más frecuente es corazón, entendido como el elemento simbólico donde residen los sentimientos.

La obra se articula en forma de monólogo a dos veces: una es la de un sensei y la otra la de su discípulo. Kokoro no cuenta grandes aventuras sino que se recrea en la descripción detallada de los conflictos anímicos. El anciano vive atormentado por un suceso acaecido décadas antes: el no haber estado a la altura de un espíritu noble (un pecado bastante grave en la cultura japonesa). Mientras tanto el joven, hace lo que puede con las circunstancias de alrededor, ya que su padre se encuentra enfermo y esto le lleva a las primeras preguntas existenciales.

Si el asunto es “sencillo”, no lo es menos las formas con las que se reviste, ya que el lenguaje va desprovisto de todo adorno y se presenta en toda su crudeza emocional. Es, sin lugar a dudas, uno de esos libros imprescindibles, de cualquiera que se quiera introducir en los recovecos del alma humana en este desnaturalizado siglo XXI. Kokoro está en la lista de los libros escolares japoneses.

Yasunari Kawabata  y la Nueva Realidad de Japón

Perseguido por el dolor por las sucesivas muertes de sus familiares (primero sus padres, su hermana, sus abuelos paternos, maternos…) estudio tanto literatura inglesa como japonesa en la Universidad de Tokio.  Marcado por esta tragedia en la infancia, las guerras y el cambio en la sociedad civil obligado tras la derrota en la II Guerra Mundial, formarían el carácter de Yasunari Kawabata. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1968 y sus obras forman parte de los libros de cabecera de dos de los nobeles hispánicos. Mario Vargas Llosa reconoce que La Casa de las Bellas Durmientes (1978) es una de sus novelas de referencia, mientras que Gabriel García Márquez no ocultó nunca el sustrato del escritor japonés en su quehacer artístico.   

Sus obras no narran aventuras ni peripecias al estilo occidental. Todas ellas se articulan en torno a los sentimientos en los que profundiza de una manera abismal. La muerte, la vejez, la soledad, la imposibilidad de comunión anímica o la incomunicación forman parte de la temática de Yasunari Kawabata.   

País de nieve de Yasunari Yawabata 

Como en el caso de Kokoro, la novela está articulada a través de una trama sencilla e incluso banal. Narra los encuentros esporádicos de un hombre ocioso de mediana edad en busca constante de belleza. Durante los meses de invierno acude a una estación termal (algo frecuente en aquella época y hoy en día incluso). Allí ejerce como geisha Komako, la cual ya ha visto pasar sus mejores días como mujer y como artista. Esos encuentros son la excusa para que salgan en tropel todos los fantasmas de los protagonistas.

La obra está marcada por un erotismo fino, sutil y elegante que, a veces, pasa desapercibido para el lector occidental. Sus protagonistas son solitarios irremediables que poco o nada pueden hacer por aplacar esa circunstancia. Ambos tienen que conformarse con el bálsamo que ofrece una naturaleza exuberante en su esplendor o por la simple comunicación entre los cuerpos, que se nos antoja ficticia o poco curativa para tal mal.   

Es siempre la soledad que acaba impregnando todas las facetas de la vida. Con delicadeza lo expresa el novelista japonés en otra de sus maravillosas novelas, Lo bello y lo triste:

 “Era como si viera su propia soledad, que giraba y giraba dentro de su corazón”.

Era como si no hubiese salida, solo la espiral de la incomunicación, como si no hubiese salvación o consuelo posible para el hombre encerrado en los límites de un cuerpo que se marchita un poco más cada día, a la par que se va llenando el pozo profundo de los recuerdos. Al mismo tiempo, es en la elegancia con la que sobrellevan esta derrota vital donde reside la intemporal magnitud de todos los personajes de Kawabata.

País de Nieve es una fuerte sacudida al espíritu, una ventana abierta al bosque de los sentidos, una puerta abierta de par en par al intelecto que no puede conformarse con una visión mediocre del mundo. Es un balcón volado a la fascinante y atrayente pero, a la vez, peligrosa y, a veces, destructora vivencia del erotismo.

Por Candela Vizcaíno

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