Características del arte paleocristiano

Características del arte paleocristiano

 

Nada más producirse la muerte de Jesucristo la evangelización se extiende por todos los rincones de Europa. Roma seguirá siendo la capital del gran Imperio durante algunos siglos más y, sin duda, aquí se concentra una de las mayores colonias de nuevos cristianos, los seguidores del mensaje de Cristo. El arte paleocristiano quiere dar cabida a estos recién llegados que se convierten o bien desde la cultura pagana grecolatina (de la que toma prestada algunos temas y símbolos) o bien del judaísmo. Hasta el Edicto de Milán, promulgado por el Emperador Constantino en el año 313, cualquier manifestación y rito estaba perseguido y, por tanto, debía ocultarse, extremo este que se transparenta en todas las manifestaciones artísticas del arte paleocristiano. Habría que esperar unas cuantas décadas más, al 27 de febrero del 380, cuando Teodosio proclamó el cristianismo como la religión oficial del Imperio para que las primitivas manifestaciones estilísticas  afloraran (hasta en el sentido literal del termino) y se transformaran en el conocido estilo bizantino que llegará inmediatamente después.  

La arquitectura paleocristiana de las catacumbas 

Hasta esa fecha, 380 d.C., las nuevas comunidades cristianas, a la par que realizaban la evangelización, debían proteger el culto frente al poder establecido. El martirio por profesar el Cristianismo estaba a la orden del día, así como la profanación en todos sus aspectos: ritos, vidas y cadáveres. No es de extrañar, por tanto, que la primera manifestación del arte paleocristiano nos la encontremos en las catacumbas. Las de la Ciudad Eterna se extienden por kilómetros siguiendo el recorrido de la Vía Apia, el camino que unía la capital con el puerto de Brindisi. En esencia, las catacumbas eran cementerios, aunque también tenían espacios reservados al culto. Están realizadas siguiendo una red de pasillos por los que apenas cabe una persona y a ambos lados se distribuyen las tumbas. Es tal el laberinto que es muy fácil perderse sin la ayuda de un guía. En algunos tramos las filas de sepulturas llegan a tener hasta trece pisos y en otros solo tres. 

Pinturas paleocristianas de Cristo como el buen pastor 

Las catacumbas se fueron excavando poco a poco conforme era necesario ir dando entierro a un número creciente de fieles que fallecían por causas diversas. Los primeros mártires fueron venerados en estos lugares y sus restos (considerados reliquias) se guardaban con especial celo. Aunque lo que prima en este espacio es una sencillez y una sobriedad tremenda, el arte paleocristiano también se manifiesta en estos espacios tanto en forma de sarcófagos tallados en piedra siguiendo las líneas de la escultura griega como de pinturas al fresco con símbolos.  Estas fueron posibles porque, entre el creciente número de nuevos devotos, se contaban gentes adineradas e influyentes de la élite romana que no tuvieron ningún reparo en permitir esta función en el subsuelo de sus tierras. La iluminación se realizaba con lámparas de aceite y existía, al parecer, un método para hacer llegar los cadáveres desde la cota de tierra. Hoy forman parte de uno de los recorridos más demandados de la Roma secreta entre aquellos viajeros ávidos de conocer los entresijos de la historia y del arte.  

El arte peleocristiano de la pintura mural

Tanto en las catacumbas excavadas en el subsuelo como en las primitivas basílicas que se construyeron a partir del siglo IV, cuando la religión ya no fue perseguida, se realizaban pinturas al fresco siguiendo el estilo griego o el encontrado en Pompeya. Estas eran muy rudimentarias y sencillas. Giraban alrededor de los nuevos símbolos y de algunos motivos tomados de la cultura helénica. De aquí proviene la decoración con hojas, hiedras o flores que, a la luz de las nuevas enseñanzas de Cristo, adquieren un sentido distinto. 

Pinturas paleocristianas representando la ltima cena

La persecución y la prohibición hacían necesario un nuevo código de comunicación que identificara a los miembros y que preservara, también,  los ritos más importantes de gentes malintencionadas. La pintura paleocristiana de las catacumbas nos muestran las primeras imágenes de la Virgen con el Niño Jesús que han llegado hasta nosotros. También en estos espacios encontramos las representaciones más tempranas de Cristo identificado como el Buen Pastor, el que cuida de su rebaño (tanto esculpido en sarcófagos o altares como en toscas pinturas). Y no son pocas las tallas recordando a los apóstoles (especialmente Pedro y Pablo). Tampoco hay que olvidar la paloma de la paz o el símbolo del pez (realizado con un solo trazo) con el que se señalaban los nuevos cristianos. El pavo real adquiere un nuevo significado simbólico al representar la resurrección de Cristo. Todo este código secreto para los iniciados o bautizados se dejaba en las catacumbas donde, al parecer, también se realizaban los primeros cultos y se celebraba la eucaristía.  

Las basílicas paleocristianas

A finales del siglo IV se levanta la ansiada prohibición de culto y los cristianos pueden celebrar misa, sacramentos y ritos sin tener por qué esconderse. Aunque las catacumbas se siguieron utilizando, progresivamente fueron abandonadas y olvidadas. Con la invasión musulmana y de los bárbaros (extranjeros, que eso significa este sustantivo), los pontífices hicieron rescatar las reliquias de los primeros mártires para custodiarlas en las primitivas basílicas. De todas ellas, no nos ha llegado ninguna. La única que conserva la planta original de estas iglesias representativas del arte paleocristiano es la de Santa María la Mayor en Roma. Sin embargo, esta maravillosa iglesia ha sido tan modificada en los siglos posteriores que queda irreconocible su esencia sencilla y primitiva. Eso no significa que no sepamos cómo eran. Aunque los primeros cristianos llegaron de Asia Menor, muy pronto avanzaron en las ciudades romanas. Por eso, las iglesias mantienen las estructuras del arte griego con su gusto por las columnas y por edificios rectangulares de una sola planta. También se encuentran reminiscencias de la arquitectura romana en el espacio del atrio donde se situaba una fuente como en las domus aristocráticas.  

Baslica de Santa Mara la Mayor

Las primeras basílicas del arte paleocristiano estaban levantadas en una sola planta y con una única nave. Se accedía a ellas a través del mencionado atrio con columnas donde se situaba una fuente. Este fue evolucionando hasta desaparecer por completo o convertirse en un pabellón de entrada al resguardo de las inclemencias. Aquí solían esperar los que no habían sido bautizados aún y no podían participar de todos los ritos. A través del atrio se llegaba a la sala o espacio central soportado por filas de columnas sencillas. Dependiendo de la importancia de la basílica, esta sala se podía dividir en naves. Al fondo se situaba el ábside de forma semicircular desde donde se oficiaban (como al día de hoy) los ritos protagonizado por el altar. Antes se encontraba un arco triunfal. Si bien los edificios de la arquitectura griega (y también romana) disponían de puertas en los laterales de mayor longitud, en las basílicas paleocristianas se sitúa en el lado de menor medida que se encuentra justo frente al altar. Así es lo primero que ven los fieles nada más acceder al espacio. 

Las basílicas toman su nombre de los edificios civiles de la antigua Roma y muy pronto se convierten en lugares de culto multitudinario. Tanto es así que evolucionaron en unas cuantas décadas convirtiendo el sencillo arte paleocristiano en otro más complejo al añadir naves laterales o al aumentar la altura de la central. 

La arquitectura paleocristiana también elaboró edificios completamente circulares que servían de tumba a los primeros mártires. Y, conforme avanza el reinado de Teodosio y la religión se hace oficial, la decoración se hace más rica en todos los sentidos al utilizar pinturas delicadas o elaborados mosaicos. Una vez han aparecido estos elementos de mayor complejidad técnica y estilística tenemos que dejar de hablar de arte paleocristiano para referirnos mejor al estilo bizantino que se desarrolla en el Mediterráneo Oriental y en Asia Menor durante todo el siglo V e, incluso, el siglo VI, justo antes de adentrarse en la Edad Media. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

 

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