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La crítica ha venido dividiendo la literatura barroca en España (y especialmente la poesía) en compartimentos estancos. Dentro de estos los más traídos y llevados por parte de los investigadores responden a la terminología de conceptismo y culteranismo, ambos contrapuestos entre sí y, en principio, casi enfrentados. Sin embargo, como veremos inmediatamente, es imposible encontrar esa tajante división en los autores del siglo XVII. Vamos por partes. 

La lengua literaria barroca

El Barroco español tuvo características propias o, más bien, amplificadas con respecto al europeo. Buena parte de ello se explica por la fuerte decadencia social, económica y política durante el siglo XVII. El ambiente era de absoluta resignación ya que no se encontraba consuelo más allá de la prometida paz tras la muerte. Este espíritu pesimista fue recogido por todos los autores de la época. Paralelamente, la desigualdad social que se sufría en España (con una opulenta y ociosa aristocracia frente a un pueblo empobrecido y embrutecido) también se traspasa al estilo barroco. Así, la inestabilidad y las sucesivas crisis se traslucen tanto en los escritos como en las artes plásticas creando, en líneas generales, obras extremas y artificiosas. Y en términos de confrontación tenemos que entender, también, el conceptismo y el culteranismo. 

Muy resumidamente y en plan esquemático tenemos que ambas tendencias beben de los siguientes principios:  

1.- Se abandonan las normas clásicas características de la literatura renacentista. La mesura, la elegancia y el orden no sirven para la expresión de tiempos de crisis y congoja. 

2.- Se vive y se crea en una permanente contradicción. Y todo ello se transparenta en el lenguaje literario que se hace, por un lado, concentrado y, por el otro, florido y con múltiples giros estilísticos o sintácticos. A este último orden pertenece el gongorismo

3.- El dramatismo es la línea temática del estilo barroco. Así, en las artes plásticas nos encontramos con representaciones religiosas que no escatiman en dar una versión escatológica casi de la realidad. Pongo por ejemplo nada más los cuadros de Valdés Leal y su preferencia por calaveras, descomposición y cucarachas. 

4.- La intensidad supera el ámbito literario al alcanzar, incluso, la confrontación en el plano personal. Los encontronazos entre autores llegan a su apoteosis con las rivalidades entre Lope de Vega frente a Cervantes y Francisco de Quevedo contra Luis de Góngora. Lejos de quedarse en rifirrafes verbales, nuestros mejores autores se enzarzaron en desencuentros, puyas y acusaciones que hoy no dudaríamos en calificar como propias de gente tóxica. Tanto es así que lo que podríamos considerar como sano debate llegó incluso a la ponzoña espiritual, envenenando relaciones con actos de máxima crueldad. Pongo el ejemplo de Quevedo que compró (con posterior desahucio) la casa de Góngora cuando éste se arruinó. Y lo hizo simplemente para humillar a quien sentía como contrincante. 

5.- Este frenesí espiritual (que empapa todos los actos de la vida) lleva a querer exprimir las posibilidades máximas del lenguaje. Se hace bien comprimiendo la frase para expresar lo máximo  con los mínimos recursos (conceptismo) o bien utilizando todos los tropos posibles en un mismo texto (culteranismo). 

6.- Los máximos representantes fueron, por un lado, Quevedo en el bando del conceptismo y, por el otro, Góngora en el del culteranismo. Puede decirse que este último salió peor parado ya que, a su muerte, su obra casi al completo quedó olvidada. Tuvo que esperar a los defensores de la poesía pura del finales del siglo XIX y principios del siglo XX para que sus textos fueran recuperados. En este sentido, hay que destacar la labor de los poetas de la Generación del 27 que se agruparon, precisamente, reivindicando su figura literaria.  

Bases estilísticas comunes del conceptismo y culteranismo 

1.- Aunque se ha querido diferenciar los dos estilos, ambos participan de una búsqueda de las posibilidades del lenguaje. El conceptismo lo hace por concentración y el culteranismo por expansión al recurrir a todas las figuras retóricas posibles y, además, de manera arriesgada. 

2.- Los escritores barrocos, de una forma u otra, buscan alejarse de una realidad cruel, complicada y en perpetua crisis. Los conceptistas, como Quevedo, se decantan por la ironía, la hipérbole o la chanza mientras que los afines a Góngora se refugian en mundos posibles y utópicos. 

3.- Además, ambos buscan las audacias verbales con retorcimientos, antítesis, metáforas al límite o juegos de audacia. El resultado es siempre la oscuridad y la complejidad extremas. 

4.- Tanto el conceptismo como el culteranismo buscan dar salida al desasosiego vital por medio del estremecimiento. Por eso hay un gusto por cantar la fugacidad del tiempo, el ascetismo radical o la inutilidad de los trabajos de la vida real. Eran tiempos difíciles y el pesimismo había invadido toda los aspectos de la existencia mientras que las élites renunciaban a su función de liderazgo y se refugiaban en la evasión. Este modo de estar en el mundo explica, por poner uno caso, el triunfo del teatro barroco de capa y espada (en parte financiado por monarquía o alta aristocracia) y las fórmulas más rebuscadas en arquitectura.  

El conceptismo  

1.- De este lado, encontramos a Francisco de Quevedo con una literatura ingeniosa, reconcentrada y exprimida al máximo en sus posibilidades estilísticas. La ironía llega al cinismo, a la crítica ácida e, incluso, a buenas dosis de agresividad contenida, como la que encontramos en su novela picaresca El Buscón. 

2.- Se pretende el contenido inteligente y brillante. Por eso, hay un gusto por los dobles sentidos y las paradojas, aunque también se recurre a la exageración y a la hipérbole. 

3.- La crítica a la realidad es una constante, sobrepasando el cinismo para instalarse en un pesimismo de tal calado que se asume que el sufrimiento solo termina con la muerte. 

4.- Aunque se utiliza un vocabulario popular, este se retuerce en asociaciones inéditas e inesperadas. Ello contribuye a la carcajada, pero no a la resuelta o liberadora, sino a la filosófica y reconcentrada. 

5.- Se cortan las frases y la tristeza de la época es afín al laconismo.  

El culteranismo

1.- Si en Quevedo el poco valor del mundo se convierte en resignación malhumorada, en las obras de Luis de Góngora (aunque no siempre) se opta por la evasión hacia mundos perfectos e irreales. Y, además, lo hace utilizando todos los recursos que la lengua española le ofrece.

2.- Se busca la belleza formal y artificial que no se encuentra en la realidad. A la par, se recurre a la naturaleza y a los amores platónicos para crear una poesía que está en la base de las torres de marfil que llegarán después. 

3.- Hay una preferencia por las voces suntuosas, por la sonoridad en el ritmo, por el cultismo (palabras directas del latín), por el vocabulario difícil, por las metáforas audaces y por los giros brillantes. 

4.- Abundan los hipérbatos y hay un gusto por el ritmo del latín que, en español, suena forzado. 

5.- Los poetas del culteranismo, a igual que los del conceptismo, gustan cantar a la fugacidad de la vida, a la fragilidad de la juventud, a la inconsistencia del amor y a la brevedad de la felicidad. Por otro lado, también hay una búsqueda interior expresada con tal intensidad que supera, incluso, la mística literaria de Teresa de Ávila o Juan de la Cruz.  

¿Conceptismo y culteranismo son estilos enfrentados? 

La respuesta corta es no. La respuesta larga la estamos viendo. La rivalidad de ambas fórmulas estilísticas no están tan definidas y la división llega, a veces, más por los encontronazos entre autores en lo eminentemente personal que en lo puramente literario. Como señaló Rafale Lapesa, son “más teóricas que reales”. Esto es, tras un mínino análisis de las obras, nos encontramos que la división radical no es tal. Actualmente, se acepta que el gongorismo (el culteranismo) es una variedad del conceptismo. Esto es, los temas, las fórmulas y las inquietudes vitales de todos los autores del barroco español se engloban en el conceptismo. Solo algunos (Luis de Góngora, el conde de Villamediana, Soto de Rojas o Pedro de Espinosa) dan un paso hacia ese rebuscamiento literario del culteranismo. Y además lo hacen en algunas de sus obras nada más.  

El conceptismo y culteranismo, aunque ponen el foco en la creación poética, traspasa distintos géneros literarios. Además, estas líneas estilísticas (mezcladas entre sí) se encuentran en distinta proporción en diferentes obras del mismo autor. Pedro Calderón de la Barca, por poner un caso, no puede catalogarse en ninguno de los dos grupos. Quevedo, en algunas de sus obras, especialmente en los sonetos amorosos o en poemas satíricos, roza el gongorismo. Y uno de los mejores poemas de Luis de Góngora termina con este hermoso verso que podemos calificar como perteneciente al conceptismo:  

...

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. 

En definitiva, tanto los autores del conceptismo como los del culteranismo se agarran a una radicalidad en el plano formal a la hora de intentar dar salida a un sentimiento de resignación vital. En algunos casos se buscará una evasión de la realidad con juegos de artificio y, en otros, se escogerá el alivio en el ascetismo y en una invitación al carpe diem entendido este término en su acepción clásica. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla  

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La crítica ha venido dividiendo la literatura barroca en España (y especialmente la poesía) en compartimentos estancos. Dentro de estos los más traídos y llevados por parte de los investigadores responden a la terminología de conceptismo y culteranismo, ambos contrapuestos entre sí y, en principio, casi enfrentados. Sin embargo, como veremos inmediatamente, es imposible encontrar esa tajante división en los autores del siglo XVII. Vamos por partes. 

La lengua literaria barroca

El Barroco español tuvo características propias o, más bien, amplificadas con respecto al europeo. Buena parte de ello se explica por la fuerte decadencia social, económica y política durante el siglo XVII. El ambiente era de absoluta resignación ya que no se encontraba consuelo más allá de la prometida paz tras la muerte. Este espíritu pesimista fue recogido por todos los autores de la época. Paralelamente, la desigualdad social que se sufría en España (con una opulenta y ociosa aristocracia frente a un pueblo empobrecido y embrutecido) también se traspasa al estilo barroco. Así, la inestabilidad y las sucesivas crisis se traslucen tanto en los escritos como en las artes plásticas creando, en líneas generales, obras extremas y artificiosas. Y en términos de confrontación tenemos que entender, también, el conceptismo y el culteranismo. 

Muy resumidamente y en plan esquemático tenemos que ambas tendencias beben de los siguientes principios:  

1.- Se abandonan las normas clásicas características de la literatura renacentista. La mesura, la elegancia y el orden no sirven para la expresión de tiempos de crisis y congoja. 

2.- Se vive y se crea en una permanente contradicción. Y todo ello se transparenta en el lenguaje literario que se hace, por un lado, concentrado y, por el otro, florido y con múltiples giros estilísticos o sintácticos. A este último orden pertenece el gongorismo

3.- El dramatismo es la línea temática del estilo barroco. Así, en las artes plásticas nos encontramos con representaciones religiosas que no escatiman en dar una versión escatológica casi de la realidad. Pongo por ejemplo nada más los cuadros de Valdés Leal y su preferencia por calaveras, descomposición y cucarachas. 

4.- La intensidad supera el ámbito literario al alcanzar, incluso, la confrontación en el plano personal. Los encontronazos entre autores llegan a su apoteosis con las rivalidades entre Lope de Vega frente a Cervantes y Francisco de Quevedo contra Luis de Góngora. Lejos de quedarse en rifirrafes verbales, nuestros mejores autores se enzarzaron en desencuentros, puyas y acusaciones que hoy no dudaríamos en calificar como propias de gente tóxica. Tanto es así que lo que podríamos considerar como sano debate llegó incluso a la ponzoña espiritual, envenenando relaciones con actos de máxima crueldad. Pongo el ejemplo de Quevedo que compró (con posterior desahucio) la casa de Góngora cuando éste se arruinó. Y lo hizo simplemente para humillar a quien sentía como contrincante. 

5.- Este frenesí espiritual (que empapa todos los actos de la vida) lleva a querer exprimir las posibilidades máximas del lenguaje. Se hace bien comprimiendo la frase para expresar lo máximo  con los mínimos recursos (conceptismo) o bien utilizando todos los tropos posibles en un mismo texto (culteranismo). 

6.- Los máximos representantes fueron, por un lado, Quevedo en el bando del conceptismo y, por el otro, Góngora en el del culteranismo. Puede decirse que este último salió peor parado ya que, a su muerte, su obra casi al completo quedó olvidada. Tuvo que esperar a los defensores de la poesía pura del finales del siglo XIX y principios del siglo XX para que sus textos fueran recuperados. En este sentido, hay que destacar la labor de los poetas de la Generación del 27 que se agruparon, precisamente, reivindicando su figura literaria.  

Bases estilísticas comunes del conceptismo y culteranismo 

1.- Aunque se ha querido diferenciar los dos estilos, ambos participan de una búsqueda de las posibilidades del lenguaje. El conceptismo lo hace por concentración y el culteranismo por expansión al recurrir a todas las figuras retóricas posibles y, además, de manera arriesgada. 

2.- Los escritores barrocos, de una forma u otra, buscan alejarse de una realidad cruel, complicada y en perpetua crisis. Los conceptistas, como Quevedo, se decantan por la ironía, la hipérbole o la chanza mientras que los afines a Góngora se refugian en mundos posibles y utópicos. 

3.- Además, ambos buscan las audacias verbales con retorcimientos, antítesis, metáforas al límite o juegos de audacia. El resultado es siempre la oscuridad y la complejidad extremas. 

4.- Tanto el conceptismo como el culteranismo buscan dar salida al desasosiego vital por medio del estremecimiento. Por eso hay un gusto por cantar la fugacidad del tiempo, el ascetismo radical o la inutilidad de los trabajos de la vida real. Eran tiempos difíciles y el pesimismo había invadido toda los aspectos de la existencia mientras que las élites renunciaban a su función de liderazgo y se refugiaban en la evasión. Este modo de estar en el mundo explica, por poner uno caso, el triunfo del teatro barroco de capa y espada (en parte financiado por monarquía o alta aristocracia) y las fórmulas más rebuscadas en arquitectura.  

El conceptismo  

1.- De este lado, encontramos a Francisco de Quevedo con una literatura ingeniosa, reconcentrada y exprimida al máximo en sus posibilidades estilísticas. La ironía llega al cinismo, a la crítica ácida e, incluso, a buenas dosis de agresividad contenida, como la que encontramos en su novela picaresca El Buscón. 

2.- Se pretende el contenido inteligente y brillante. Por eso, hay un gusto por los dobles sentidos y las paradojas, aunque también se recurre a la exageración y a la hipérbole. 

3.- La crítica a la realidad es una constante, sobrepasando el cinismo para instalarse en un pesimismo de tal calado que se asume que el sufrimiento solo termina con la muerte. 

4.- Aunque se utiliza un vocabulario popular, este se retuerce en asociaciones inéditas e inesperadas. Ello contribuye a la carcajada, pero no a la resuelta o liberadora, sino a la filosófica y reconcentrada. 

5.- Se cortan las frases y la tristeza de la época es afín al laconismo.  

El culteranismo

1.- Si en Quevedo el poco valor del mundo se convierte en resignación malhumorada, en las obras de Luis de Góngora (aunque no siempre) se opta por la evasión hacia mundos perfectos e irreales. Y, además, lo hace utilizando todos los recursos que la lengua española le ofrece.

2.- Se busca la belleza formal y artificial que no se encuentra en la realidad. A la par, se recurre a la naturaleza y a los amores platónicos para crear una poesía que está en la base de las torres de marfil que llegarán después. 

3.- Hay una preferencia por las voces suntuosas, por la sonoridad en el ritmo, por el cultismo (palabras directas del latín), por el vocabulario difícil, por las metáforas audaces y por los giros brillantes. 

4.- Abundan los hipérbatos y hay un gusto por el ritmo del latín que, en español, suena forzado. 

5.- Los poetas del culteranismo, a igual que los del conceptismo, gustan cantar a la fugacidad de la vida, a la fragilidad de la juventud, a la inconsistencia del amor y a la brevedad de la felicidad. Por otro lado, también hay una búsqueda interior expresada con tal intensidad que supera, incluso, la mística literaria de Teresa de Ávila o Juan de la Cruz.  

¿Conceptismo y culteranismo son estilos enfrentados? 

La respuesta corta es no. La respuesta larga la estamos viendo. La rivalidad de ambas fórmulas estilísticas no están tan definidas y la división llega, a veces, más por los encontronazos entre autores en lo eminentemente personal que en lo puramente literario. Como señaló Rafale Lapesa, son “más teóricas que reales”. Esto es, tras un mínino análisis de las obras, nos encontramos que la división radical no es tal. Actualmente, se acepta que el gongorismo (el culteranismo) es una variedad del conceptismo. Esto es, los temas, las fórmulas y las inquietudes vitales de todos los autores del barroco español se engloban en el conceptismo. Solo algunos (Luis de Góngora, el conde de Villamediana, Soto de Rojas o Pedro de Espinosa) dan un paso hacia ese rebuscamiento literario del culteranismo. Y además lo hacen en algunas de sus obras nada más.  

El conceptismo y culteranismo, aunque ponen el foco en la creación poética, traspasa distintos géneros literarios. Además, estas líneas estilísticas (mezcladas entre sí) se encuentran en distinta proporción en diferentes obras del mismo autor. Pedro Calderón de la Barca, por poner un caso, no puede catalogarse en ninguno de los dos grupos. Quevedo, en algunas de sus obras, especialmente en los sonetos amorosos o en poemas satíricos, roza el gongorismo. Y uno de los mejores poemas de Luis de Góngora termina con este hermoso verso que podemos calificar como perteneciente al conceptismo:  

...

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. 

En definitiva, tanto los autores del conceptismo como los del culteranismo se agarran a una radicalidad en el plano formal a la hora de intentar dar salida a un sentimiento de resignación vital. En algunos casos se buscará una evasión de la realidad con juegos de artificio y, en otros, se escogerá el alivio en el ascetismo y en una invitación al carpe diem entendido este término en su acepción clásica. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla  

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Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) es justamente catalogada como la mejor poeta de la época barroca del virreinato de México y entra, por mérito propio, en la lista de los escritores más sobresalientes de los siglos de oro de la literatura en español. A pesar de las críticas y presiones que recibió en vida, instándola a que se dedicara a los menesteres religiosos, su obra tuvo considerable aprecio. Y este se ha mantenido constante hasta hoy en día. La primera edición de sus obras completas se publicaron en España en 1689 reimprimiéndose hasta 1725. En estos tres tomos se incluyen sonetos, liras, romances, romancillos, un poema largo en silvas titulado Primer Sueño, comedias (Los empeños de una casa), autos sacramentales (El cetro de José), villancicos, loas y su obra en prosa condensada en Carta Atenagórica y la Respuesta a Sor Filotea. Es esta última fundamental para entender el carácter y la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz ya, que entre sus líneas, deja ver su pensamiento en favor de las mujeres y aporta datos tanto de su vida como de su personalidad. Algunos poemas de Sor Juana Inés de la Cruz han traspasado todas las brumas del tiempo, como el Hombres necios, que se erige en un canto feminista y en defensa de las mujeres atrapadas en convenciones sociales que impedían la más mínima libertad. Hoy dejo este puñado de versos que nos dice del gusto por los dones intelectuales de la escritora.  

Sonetos amorosos de Sor Juana Inés de la Cruz 

[16]

Que da medio para amar sin mucha pena 

YO NO puedo tenerte ni dejarte,

ni sé por qué, al dejarte o al tenerte, 

se encuentra un no sé qué para quererte

y muchos sí sé qué para olvidarte. 

     Pues ni quieres dejarme ni enmendarte, 

yo templaré mi corazón de suerte

que la mitad se incline a aborrecerte

aunque la otra mitad se incline a amarte. 

     Si ello es fuera querernos, haya modo,

que es morir al estar siempre riñendo;

no se hable más en celo ni en sospecha,

     y quien da la mitad no quiera el todo; 

y cuando me la estás allá haciendo, 

sabe que estoy haciendo la desecha. 

 

[23]

Que consuela a un celoso, epilogando la serie de los amores

AMOR EMPIEZA por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos; 

crece con riesgos, lances y recelos, 

susténtase de llantos y de ruego. 

     Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos, 

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego. 

      Su principio, su medio y fin es éste;

Pues ¿por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

      ¿Qué razón hay de que dolor te cueste,

pues no te engañó Amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso?

 

Sonetos funerales

[166]

En la muerte de la excelentísima señora marquesa de Mancera  

DE LA beldad de Laura enamorados

los cielos, la robaron a su altura,

porque no era decente a su luz pura,

ilustrar estos valles desdichados;

     o porque los mortales, engañados

de su cuerpo en la hermosa arquitectura, 

admirados de ver tanta hermosura,

no se juzgasen bienaventurados. 

      Nació donde el oriente y el rojo velo

corre, al nacer el astro rubicundo,

y murió donde, con ardiente anhelo,

     da sepulcro a su luz el mar profundo;

que fue preciso a su divino vuelo,

que diese como sol, la vuelta al mundo.   

Hombres necios que acusáis de Sor Juana Inés de la Cruz

[192]

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan

HOMBRES NECIOS que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis: 

     si con ansia sin igual

solicitáis su desdén, 

¿por qué queréis que obren bien

si la incitáis al mal?

     Combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia. 

     Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

     Queréis, con presunción necia,

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Thais,

y en la posesión, Lucrecia. 

     ¿Qué humor puede ser más raro

Que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo,

y siente que no esté claro?

     Con el favor y el desdén

tenéis condición igual, 

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien. 

     Opinión, ninguna gana:

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana. 

     Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por crüel

y otra por fácil culpáis. 

     ¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?

     Mas, entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena. 

     Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

     ¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?

     ¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

     Pues ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

     Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar. 

     Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.  

 

Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz: sonetos de tema moral

[209]

Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimiento a las Musas

EN PERSEGUIRME, mundo, ¿qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento,

y no mi entendimiento en las bellezas?

     Yo no estimo tesoros ni riquezas;

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento,

que no mi entendimiento en las riquezas.

     Yo no estimo hermosura que, vencida,

es despojo civil de las edades,

ni riqueza me agrada fementida,

     teniendo por mejor en mis verdades,

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades. 

 

Selección de Candela Vizcaíno

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Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) es justamente catalogada como la mejor poeta de la época barroca del virreinato de México y entra, por mérito propio, en la lista de los escritores más sobresalientes de los siglos de oro de la literatura en español. A pesar de las críticas y presiones que recibió en vida, instándola a que se dedicara a los menesteres religiosos, su obra tuvo considerable aprecio. Y este se ha mantenido constante hasta hoy en día. La primera edición de sus obras completas se publicaron en España en 1689 reimprimiéndose hasta 1725. En estos tres tomos se incluyen sonetos, liras, romances, romancillos, un poema largo en silvas titulado Primer Sueño, comedias (Los empeños de una casa), autos sacramentales (El cetro de José), villancicos, loas y su obra en prosa condensada en Carta Atenagórica y la Respuesta a Sor Filotea. Es esta última fundamental para entender el carácter y la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz ya, que entre sus líneas, deja ver su pensamiento en favor de las mujeres y aporta datos tanto de su vida como de su personalidad. Algunos poemas de Sor Juana Inés de la Cruz han traspasado todas las brumas del tiempo, como el Hombres necios, que se erige en un canto feminista y en defensa de las mujeres atrapadas en convenciones sociales que impedían la más mínima libertad. Hoy dejo este puñado de versos que nos dice del gusto por los dones intelectuales de la escritora.  

Sonetos amorosos de Sor Juana Inés de la Cruz 

[16]

Que da medio para amar sin mucha pena 

YO NO puedo tenerte ni dejarte,

ni sé por qué, al dejarte o al tenerte, 

se encuentra un no sé qué para quererte

y muchos sí sé qué para olvidarte. 

     Pues ni quieres dejarme ni enmendarte, 

yo templaré mi corazón de suerte

que la mitad se incline a aborrecerte

aunque la otra mitad se incline a amarte. 

     Si ello es fuera querernos, haya modo,

que es morir al estar siempre riñendo;

no se hable más en celo ni en sospecha,

     y quien da la mitad no quiera el todo; 

y cuando me la estás allá haciendo, 

sabe que estoy haciendo la desecha. 

 

[23]

Que consuela a un celoso, epilogando la serie de los amores

AMOR EMPIEZA por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos; 

crece con riesgos, lances y recelos, 

susténtase de llantos y de ruego. 

     Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos, 

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego. 

      Su principio, su medio y fin es éste;

Pues ¿por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

      ¿Qué razón hay de que dolor te cueste,

pues no te engañó Amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso?

 

Sonetos funerales

[166]

En la muerte de la excelentísima señora marquesa de Mancera  

DE LA beldad de Laura enamorados

los cielos, la robaron a su altura,

porque no era decente a su luz pura,

ilustrar estos valles desdichados;

     o porque los mortales, engañados

de su cuerpo en la hermosa arquitectura, 

admirados de ver tanta hermosura,

no se juzgasen bienaventurados. 

      Nació donde el oriente y el rojo velo

corre, al nacer el astro rubicundo,

y murió donde, con ardiente anhelo,

     da sepulcro a su luz el mar profundo;

que fue preciso a su divino vuelo,

que diese como sol, la vuelta al mundo.   

Hombres necios que acusáis de Sor Juana Inés de la Cruz

[192]

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan

HOMBRES NECIOS que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis: 

     si con ansia sin igual

solicitáis su desdén, 

¿por qué queréis que obren bien

si la incitáis al mal?

     Combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia. 

     Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco,

al niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

     Queréis, con presunción necia,

hallar a la que buscáis,

para pretendida, Thais,

y en la posesión, Lucrecia. 

     ¿Qué humor puede ser más raro

Que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo,

y siente que no esté claro?

     Con el favor y el desdén

tenéis condición igual, 

quejándoos, si os tratan mal,

burlándoos, si os quieren bien. 

     Opinión, ninguna gana:

pues la que más se recata,

si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana. 

     Siempre tan necios andáis

que, con desigual nivel,

a una culpáis por crüel

y otra por fácil culpáis. 

     ¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata, ofende,

y la que es fácil, enfada?

     Mas, entre el enfado y pena

que vuestro gusto refiere,

bien haya la que no os quiere

y quejaos en hora buena. 

     Dan vuestras amantes penas

a sus libertades alas,

y después de hacerlas malas

las queréis hallar muy buenas.

     ¿Cuál mayor culpa ha tenido

en una pasión errada:

la que cae de rogada,

o el que ruega de caído?

     ¿O cuál es más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

     Pues ¿para qué os espantáis

de la culpa que tenéis?

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

     Dejad de solicitar,

y después, con más razón,

acusaréis la afición

de la que os fuere a rogar. 

     Bien con muchas armas fundo

que lidia vuestra arrogancia,

pues en promesa e instancia

juntáis diablo, carne y mundo.  

 

Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz: sonetos de tema moral

[209]

Quéjase de la suerte: insinúa su aversión a los vicios, y justifica su divertimiento a las Musas

EN PERSEGUIRME, mundo, ¿qué interesas?

¿En qué te ofendo, cuando sólo intento

poner bellezas en mi entendimiento,

y no mi entendimiento en las bellezas?

     Yo no estimo tesoros ni riquezas;

y así, siempre me causa más contento

poner riquezas en mi entendimiento,

que no mi entendimiento en las riquezas.

     Yo no estimo hermosura que, vencida,

es despojo civil de las edades,

ni riqueza me agrada fementida,

     teniendo por mejor en mis verdades,

consumir vanidades de la vida

que consumir la vida en vanidades. 

 

Selección de Candela Vizcaíno

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Es una de las grandes poetas del Barroco español o más bien en español ya que nació, creó y murió en México, por entonces, perteneciente a la corona española. Vino al mundo como Juana Ramírez de Asuje el 12 de noviembre de 1651 en una hacienda de San Miguel de Neplantla, muy cerca de la capital virreinal.  La biografía de Sor Juana Inés de la Cruz no puede entenderse sin los condicionantes de la época centrada en una inamovible estratificación social. Era su padre español y, por tanto, perteneciente a la élite procedente de la metrópolis. Su madre, sin embargo, era una criolla (hija de español y de una nativa americana) y situada en un escalafón social inferior. A pesar de que la pareja formó una familia con seis hijos, la madre, en su testamento, se califica como “soltera”. Por tanto, nuestra escritora tenía la condición de bastarda o natural, extremo este que condicionaría, en buena parte, su existencia.  

Los primeros años en la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz 

En La Respuesta a Sor Filotea, la poeta nos adentra en ese universo doblemente asfixiante y condicionado por sucesivas capas de normas estrictas: la política, la social, la familiar y la personal. A pesar de ser mujer, hija natural, en una colonia dirigida por una élite prácticamente extranjera y asfixiada por los preceptos de la Iglesia, llegó a tener fama y aprecio entre sus contemporáneos cultos. En este texto se confiesa y nos dice que, en cuanto tuvo conocimiento de la existencia de la Universidad de México (fundada en 1553), rogó a su madre para que la mandara a estudiar. Eso sí, tenía que ser vestida de hombre ya que su condición de mujer le impedía acceder a esa formación. La madre, consciente de las limitaciones, no llegó a atreverse a hacer tal cosa. Sin embargo, sí dio formación básica no solo a la pequeña Juana sino también al resto de sus hijas valiéndose de una maestra particular. La falta de instrucción reglada la compensó Sor Juana Inés de la Cruz con una curiosidad y una inteligencia innatas. Leía todo lo que caía en sus manos y devoró los libros de la biblioteca de su abuelo materno. Muy pronto, la procacidad intelectual de la futura escritora llegó a oídos de su familia cercana y unos parientes adinerados sufragaron parte de sus estudios de latín, imprescindibles para acceder a la ciencia básica.

Georgina Sabat de Rivers, una de las estudiosas de la obra y la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz, a la hora de hablar del carácter de la joven cita a Calleja (su primer biográfico) y nos pinta a una muchacha guiada por una desbordante ambición intelectual. Tanto era así que se auto-exigía objetivos de estudio y, si no los alcanzaba, se cortaba el pelo como castigo. La autora se excusa así:  

Que no me parecía razón estuviera vestida de cabellos cabeza que estaba desnuda de noticias.  

En este sentido, entendemos el fuerte carácter de Sor Juana Inés de la Cruz con esta sola frase de Sabat de Rivers:

En este vemos cómo Juana resolvió, desde temprano y de una manera muy personal, la supremacía de la menta sobre la belleza física.  

Sor Juana Inés de la Cruz en la corte virreinal mexicana 

Aunque el camino era arduo y difícil, los dones naturales de la joven escritora llegaron muy pronto a oídos de la élite culta. Fue invitada a participar en concursos florares y durante el virreinato de los marqueses de Mancera (1664-1673) la acogieron en palacio como literata. Su función era escribir poemas, versos y composiciones para celebraciones, funerales o despedidas y allí, según sus palabras, 

Estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general. 

La importancia de la vida monacal en la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz

A pesar de este mecenazgo institucional, la sociedad de la época dejaba poco margen a la vida pública de la mujer y máxime a una que era mestiza y nacida fuera de los sacramentos. Cerrado el camino del matrimonio (probablemente por voluntad propia), la única opción era el ingreso en alguno de los veinte conventos que, por entonces, estaban en activo en México. Entra, así, en las Carmelitas de San José en agosto de 1667. Y las razones para elegir dicho camino las explica ella misma:  

Entreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin el más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencias de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.

Del convento de las Carmelitas salió a los tres meses. No conocemos las razones de tan pronta renuncia, aunque los últimos investigadores apuntan a las presiones y murmuraciones debido a su origen familiar.  Esta institución religiosa (como los colegios de élite actuales) acogía a las muchachas adineradas del virreinato y, con toda probabilidad, el genio de Sor Juana Inés de la Cruz impidió una convivencia pacífica con sus superiores y/o el resto de las hermanas.  

No volvió a la vida profana ya que tenía claro que deseaba una existencia intelectual (con sus condicionantes). Así, al poco, tomó de nuevo el hábito, esta vez en el Convento de los Jerónimos donde profesaría  hasta su fallecimiento. Sin más vueltas, era la única forma de poder dedicarse a los libros y a la escritura, aunque nunca tuviera libertad plena para ello. A pesar de la vida de clausura, pudo mantener relación con la élite de la corte virreinal y componía versos para infinidad de fiestas y eventos de todo tipo. Llegó, incluso, a atender escritos con peticiones de indulto y, también, a realizar estudios explicativos de elementos artísticos de la época. 

Sor Juana Inés de la Cruz y el feminismo 

Paralelamente a su fama de gran poeta, escritora y erudita llegan los ataques y las críticas. Alcanzan tal grado que, incluso, le prohiben por un tiempo realizar sus labores intelectuales. Las presiones para que abandone la carrera artística proceden de todos los ámbitos. En este sentido, nos han llegado los escritos y cartas de su confesor en el que  insta a Sor Juana Inés de la Cruz a que se amolde a la vida de una monja corriente, sumisa y sin carácter. Todo ello va haciendo crecer en el alma de la escritora un incipiente espíritu feminista (aunque el término sea contemporáneo), reivindicando la instrucción de la mujer como bien social y personal, rebelde contra su sociedad y crítica con todas las formas de prostitución. Conforme escalan los ataques, buena parte de sus poemas y escritos van dejando transparentar una defensa de la mujer obligada, en la época, a no poder desarrollar todo su potencial intelectual. 

Hombres necios que acusáis 

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión 

de lo mismo que culpáis; 

    si con ansia sin igual 

solicitáis su desdén, 

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

 

Alrededor de 1682, Sor Juana Inés de la Cruz fue objeto de una auténtica persecución por parte de la jerarquía eclesiástica que, utilizando toda la maquinaria de poder, intentó contener los escritos de la monja. Tal como apunta una de las mejores conocedoras de la obra de la escritora, Georgina Sabat de Rivers, desde todas las instancias se le empujaba a salvar su alma antes que centrarse en su labor de escritora. Mientras el acoso se vuelve más y más asfixiante, Juana aboga por la necesaria instrucción de las niñas y muchachas. Además, se posiciona contra la prostitución que reduce a la persona a mera cosa. Los escritos de Sor Juana Inés de la Cruz van buceando sin prejuicios en temas espinosos de su realidad contemporánea, defendiendo sus posturas con argumentos convincentes. No hay misticismo literario en ellos  (en la órbita de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz), aunque se transparente una fe verdadera y un amplio conocimiento de las escrituras.   

¡Oh, cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leto, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi padre San Jerónimo! 

[…] 

Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las doncellas?  

Respuesta a Sor Filotea de Sor Juana Inés de la Cruz 

Los últimos años de Sor Juana Inés de la Cruz 

En la escritora prima su afán de conocimiento del mundo profano más que de los recovecos del interior religioso. Fue su talento innato y su voluntad inquebrantable los que la llevaron por el camino de la sabiduría y la fama, incluso después de su muerte. Todo ello chocaba con los poderes cívicos y la jerarquía de la iglesia que no podían tolerar el espíritu contestatario de una monja, de un mujer. Progresivamente, las presiones van haciendo mella en el ánimo de la poeta y, aunque nunca abandona la pluma, va paulatinamente relegando la escritura a segundo plano. Deja los afanes terrenales y apuesta por la salvación de su alma. Permite que sea vendida su biblioteca y los instrumentos científicos que tiene en su celda, reconcentrándose cada vez más en la oración y en los preceptos de la orden de los Jerónimos de la que formaba parte.  

En 1695 una peste invade los muros del convento infectando a la casi totalidad de las hermanas. Sor Juana se presta al cuidado de las que van cayendo en las garras de la enfermedad hasta que ella misma se contagia. Muere el 17 de abril de 1695 dejando una obra ingente y amplia no solo en el campo de la lírica sino también en el de la prosa, convirtiéndose por derecho propio en la mejor escritora del barroco mexicano y entrando a formar parte de aquellos que conformaron los siglos de oro de las letras en lengua española. 

La biografía de Sor Juana Inés de la Cruz no puede entenderse, en definitiva, sin ese choque entre el talento y los deseos de superación contra los prejuicios anquilosados de una sociedad estratificada al extremo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla  

 

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Es una de las grandes poetas del Barroco español o más bien en español ya que nació, creó y murió en México, por entonces, perteneciente a la corona española. Vino al mundo como Juana Ramírez de Asuje el 12 de noviembre de 1651 en una hacienda de San Miguel de Neplantla, muy cerca de la capital virreinal.  La biografía de Sor Juana Inés de la Cruz no puede entenderse sin los condicionantes de la época centrada en una inamovible estratificación social. Era su padre español y, por tanto, perteneciente a la élite procedente de la metrópolis. Su madre, sin embargo, era una criolla (hija de español y de una nativa americana) y situada en un escalafón social inferior. A pesar de que la pareja formó una familia con seis hijos, la madre, en su testamento, se califica como “soltera”. Por tanto, nuestra escritora tenía la condición de bastarda o natural, extremo este que condicionaría, en buena parte, su existencia.  

Los primeros años en la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz 

En La Respuesta a Sor Filotea, la poeta nos adentra en ese universo doblemente asfixiante y condicionado por sucesivas capas de normas estrictas: la política, la social, la familiar y la personal. A pesar de ser mujer, hija natural, en una colonia dirigida por una élite prácticamente extranjera y asfixiada por los preceptos de la Iglesia, llegó a tener fama y aprecio entre sus contemporáneos cultos. En este texto se confiesa y nos dice que, en cuanto tuvo conocimiento de la existencia de la Universidad de México (fundada en 1553), rogó a su madre para que la mandara a estudiar. Eso sí, tenía que ser vestida de hombre ya que su condición de mujer le impedía acceder a esa formación. La madre, consciente de las limitaciones, no llegó a atreverse a hacer tal cosa. Sin embargo, sí dio formación básica no solo a la pequeña Juana sino también al resto de sus hijas valiéndose de una maestra particular. La falta de instrucción reglada la compensó Sor Juana Inés de la Cruz con una curiosidad y una inteligencia innatas. Leía todo lo que caía en sus manos y devoró los libros de la biblioteca de su abuelo materno. Muy pronto, la procacidad intelectual de la futura escritora llegó a oídos de su familia cercana y unos parientes adinerados sufragaron parte de sus estudios de latín, imprescindibles para acceder a la ciencia básica.

Georgina Sabat de Rivers, una de las estudiosas de la obra y la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz, a la hora de hablar del carácter de la joven cita a Calleja (su primer biográfico) y nos pinta a una muchacha guiada por una desbordante ambición intelectual. Tanto era así que se auto-exigía objetivos de estudio y, si no los alcanzaba, se cortaba el pelo como castigo. La autora se excusa así:  

Que no me parecía razón estuviera vestida de cabellos cabeza que estaba desnuda de noticias.  

En este sentido, entendemos el fuerte carácter de Sor Juana Inés de la Cruz con esta sola frase de Sabat de Rivers:

En este vemos cómo Juana resolvió, desde temprano y de una manera muy personal, la supremacía de la menta sobre la belleza física.  

Sor Juana Inés de la Cruz en la corte virreinal mexicana 

Aunque el camino era arduo y difícil, los dones naturales de la joven escritora llegaron muy pronto a oídos de la élite culta. Fue invitada a participar en concursos florares y durante el virreinato de los marqueses de Mancera (1664-1673) la acogieron en palacio como literata. Su función era escribir poemas, versos y composiciones para celebraciones, funerales o despedidas y allí, según sus palabras, 

Estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general. 

La importancia de la vida monacal en la biografía de Sor Juana Inés de la Cruz

A pesar de este mecenazgo institucional, la sociedad de la época dejaba poco margen a la vida pública de la mujer y máxime a una que era mestiza y nacida fuera de los sacramentos. Cerrado el camino del matrimonio (probablemente por voluntad propia), la única opción era el ingreso en alguno de los veinte conventos que, por entonces, estaban en activo en México. Entra, así, en las Carmelitas de San José en agosto de 1667. Y las razones para elegir dicho camino las explica ella misma:  

Entreme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin el más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencias de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.

Del convento de las Carmelitas salió a los tres meses. No conocemos las razones de tan pronta renuncia, aunque los últimos investigadores apuntan a las presiones y murmuraciones debido a su origen familiar.  Esta institución religiosa (como los colegios de élite actuales) acogía a las muchachas adineradas del virreinato y, con toda probabilidad, el genio de Sor Juana Inés de la Cruz impidió una convivencia pacífica con sus superiores y/o el resto de las hermanas.  

No volvió a la vida profana ya que tenía claro que deseaba una existencia intelectual (con sus condicionantes). Así, al poco, tomó de nuevo el hábito, esta vez en el Convento de los Jerónimos donde profesaría  hasta su fallecimiento. Sin más vueltas, era la única forma de poder dedicarse a los libros y a la escritura, aunque nunca tuviera libertad plena para ello. A pesar de la vida de clausura, pudo mantener relación con la élite de la corte virreinal y componía versos para infinidad de fiestas y eventos de todo tipo. Llegó, incluso, a atender escritos con peticiones de indulto y, también, a realizar estudios explicativos de elementos artísticos de la época. 

Sor Juana Inés de la Cruz y el feminismo 

Paralelamente a su fama de gran poeta, escritora y erudita llegan los ataques y las críticas. Alcanzan tal grado que, incluso, le prohiben por un tiempo realizar sus labores intelectuales. Las presiones para que abandone la carrera artística proceden de todos los ámbitos. En este sentido, nos han llegado los escritos y cartas de su confesor en el que  insta a Sor Juana Inés de la Cruz a que se amolde a la vida de una monja corriente, sumisa y sin carácter. Todo ello va haciendo crecer en el alma de la escritora un incipiente espíritu feminista (aunque el término sea contemporáneo), reivindicando la instrucción de la mujer como bien social y personal, rebelde contra su sociedad y crítica con todas las formas de prostitución. Conforme escalan los ataques, buena parte de sus poemas y escritos van dejando transparentar una defensa de la mujer obligada, en la época, a no poder desarrollar todo su potencial intelectual. 

Hombres necios que acusáis 

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión 

de lo mismo que culpáis; 

    si con ansia sin igual 

solicitáis su desdén, 

¿por qué queréis que obren bien

si las incitáis al mal?

 

Alrededor de 1682, Sor Juana Inés de la Cruz fue objeto de una auténtica persecución por parte de la jerarquía eclesiástica que, utilizando toda la maquinaria de poder, intentó contener los escritos de la monja. Tal como apunta una de las mejores conocedoras de la obra de la escritora, Georgina Sabat de Rivers, desde todas las instancias se le empujaba a salvar su alma antes que centrarse en su labor de escritora. Mientras el acoso se vuelve más y más asfixiante, Juana aboga por la necesaria instrucción de las niñas y muchachas. Además, se posiciona contra la prostitución que reduce a la persona a mera cosa. Los escritos de Sor Juana Inés de la Cruz van buceando sin prejuicios en temas espinosos de su realidad contemporánea, defendiendo sus posturas con argumentos convincentes. No hay misticismo literario en ellos  (en la órbita de Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz), aunque se transparente una fe verdadera y un amplio conocimiento de las escrituras.   

¡Oh, cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leto, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi padre San Jerónimo! 

[…] 

Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las doncellas?  

Respuesta a Sor Filotea de Sor Juana Inés de la Cruz 

Los últimos años de Sor Juana Inés de la Cruz 

En la escritora prima su afán de conocimiento del mundo profano más que de los recovecos del interior religioso. Fue su talento innato y su voluntad inquebrantable los que la llevaron por el camino de la sabiduría y la fama, incluso después de su muerte. Todo ello chocaba con los poderes cívicos y la jerarquía de la iglesia que no podían tolerar el espíritu contestatario de una monja, de un mujer. Progresivamente, las presiones van haciendo mella en el ánimo de la poeta y, aunque nunca abandona la pluma, va paulatinamente relegando la escritura a segundo plano. Deja los afanes terrenales y apuesta por la salvación de su alma. Permite que sea vendida su biblioteca y los instrumentos científicos que tiene en su celda, reconcentrándose cada vez más en la oración y en los preceptos de la orden de los Jerónimos de la que formaba parte.  

En 1695 una peste invade los muros del convento infectando a la casi totalidad de las hermanas. Sor Juana se presta al cuidado de las que van cayendo en las garras de la enfermedad hasta que ella misma se contagia. Muere el 17 de abril de 1695 dejando una obra ingente y amplia no solo en el campo de la lírica sino también en el de la prosa, convirtiéndose por derecho propio en la mejor escritora del barroco mexicano y entrando a formar parte de aquellos que conformaron los siglos de oro de las letras en lengua española. 

La biografía de Sor Juana Inés de la Cruz no puede entenderse, en definitiva, sin ese choque entre el talento y los deseos de superación contra los prejuicios anquilosados de una sociedad estratificada al extremo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla  

 

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Dentro de las obras de Tirso de Molina (1579-1648) destaca, sin lugar a dudas, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra. Aquí se ponen las bases de la figura del Don Juan, conquistador, egoísta, ególatra y narcisista que vive para su propio goce sin pararse en nada. Hace uso recurrente del engaño para conseguir sus objetivos, centrados únicamente en el goce personal. Estos, además, desafían a la autoridad divina retando, incluso, el escamoteo de las penas del infierno. Detrás de esta figura universal, aparte de la de Tirso, ha habido otros donjuanes tanto en la literatura española (el de Zorilla por poner un caso) como en la europea (Molière, Byron, Shaw…) Su estela sobrepasa el teatro y va más allá conquistando las óperas (Mozart…) y elevando su figura a mito universal.  

Resumen de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina 

La obra combina un elemento realista con otro fantástico o sobrenatural. No obstante, logra penetrar en un tipo reconocible por el lector o espectador de todas las épocas. Las aventuras del Don Juan de Tirso de Molina comienzan en Nápoles donde el protagonista (de noble cuna y modales refinados) tiene que huir tras violar casi a Isabela, ya que se cuela en su alcoba fingiendo ser el prometido de esta, el duque Octavio. Por esta razón embarca hacia España con tan mala fortuna que sufre un naufragio en las playas de Tarragona. Aquí es recogido por Tisbea, una inocente pescadora, que lo acoge en su cabaña. Don Juan vuelve a hacer gala de sus dotes de seducción prometiéndole a la muchacha matrimonio si accede a sus propósitos sexuales. Pero el carácter psicópata del personaje hace que olvide el pacto una vez consumado el acto. Huye dejando a la joven totalmente abatida. No hay atisbo de remordimiento para este burlador de Sevilla que sigue con sus crueles andanzas de seducción.  

Y una de las características del Don Juan es su cobardía. Es un ser que solo vive para el hedonismo, para el goce sexual o de sus instintos sin pararse a reflexionar sobre el daño infligido.  No se arriesga y, simplemente, manipula utilizando el don de la palabra. Es más, hace gala de una perversa arrogancia al considerar que podrá disfrutar de todas sus tropelías sin tener que pagar las penas del infierno. De su boca sale ese “Largo me lo fiáis” que nos remite a ese tiempo necesario para arrepentirse en el último momento. Siguiendo con el resumen de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, tras la aristócrata y la joven humilde, Don Juan se fija en Ana de Ulloa, hija del Comendador Don Gonzalo. Logra hacerse con una carta en la que la joven cita a su prometido (el marqués de la Mota). Intenta repetir la jugada realizada en Nápoles, pero la joven se da cuenta que es otro hombre el que está en su habitación. Pide auxilio al verse forzada y ante los gritos llega su padre. Don Juan no solo es un violador sino que a partir de ahora se convierte en un asesino al dar muerte a Don Gonzalo, quien intenta auxiliar a su hija.  

El Burlador de Sevilla, resumen de sus últimas tropelías 

En su huida desde Sevilla se topa con una boda de campesinos y, no contento con la burla hacia doña Ana y la muerte de su padre, se dispone a seducir a la futura novia. La encandila con su palabra brillante y promesa de un matrimonio deslumbrante con riquezas de por medio. Don Juan apunta otra mujer burlada y se dispone a regresar a Sevilla. Por último, y acabamos con el resumen de El Burlador de Sevilla, en uno de sus paseos entra en una iglesia en la que hay levantada una estatua en honor al Comendador. Se mofa del desgraciado padre que murió en un intento de auxilio a su hija y, en ese momento, la escultura toma vida. Invita al burlador a una cena y este acepta. Tras la misma, el alma del Comendador lo emplaza a otro encuentro. Esta vez la cita tendrá lugar en su tumba. La temeridad de Don Juan le lleva a aceptar simplemente por el placer de mofarse de un muerto, tal como hiciera de los vivos. Al sellar este pacto y tocar la mano de Don Gonzalo, un rayo atraviesa a Don Juan matándole sin la oportunidad del arrepentimiento por confesión. Al burlador de Sevilla le espera, por tanto, las penas eternas del infierno.  

Análisis de texto básico de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra

1.- Resumiendo mucho tenemos que el personaje de Tirso de Molina responde a las características básicas de un depredador sexual que recurre a la manipulación para seducir con falsas promesas y, en último extremo, a la violación. Tras estos actos, sin muestra alguna de arrepentimiento, llega al asesinato. E, incluso, no contento con esta abyección, se dispone a hacer escarnio de sus víctimas. 

2.- Además, la soberbia de Don Juan lo hace creer que no solo está por encima de la vida y la muerte sino también de los designios divinos. Su plan es seguir cometiendo tropelías sin fin con la certeza que, llegado el momento de expirar, siempre puede acogerse a la confesión para salvar su alma. En este contexto se encuadra ese “¡Qué largo me lo fiáis!” convertido en lema de El Burlador de Sevilla

3.- Sin embargo, la biografía de Tirso de Molina nos sirve para entender el carácter ejemplarizante de esta figura, ya que nuestro autor fue religioso de la Orden de la Merced y, además, de fe convencida y sincera. Por eso, las andanzas de su Don Juan solo puede acabar en un final ejemplarizante y moralizante. El burlador de Sevilla no solo recibe justo castigo de muerte por sus fechorías sino también la certeza (de la que él mismo es consciente) de las penas eternas del infierno. 

 

“Adviertan los que de Dios

juzgan los castigos grandes

que no hay plazo que no llegue

ni deuda que no se pague. 

 

Mientras en el mundo viva,

no es justo que diga nadie:

¡Qué largo me lo fiáis,

siendo tan breve el cobrarse!

 

4.- A pesar de ese componente sobrenatural en el que una estatua cobra vida y logra vengar su muerte y el honor perdido de tantas mujeres, El Burlador de Sevilla es, en esencia, una obra realista en la que el personaje, aristocrático, culto, narcisista y perverso, era reconocido no solo por el público de la época sino también por los que llegaron después. Se vale de un lenguaje refinado y cultivado para conseguir sus objetivos sin pararse en el daño infligido. Su arrogancia llega al cinismo extremo ya que se llena la boca con grandes palabras que se vacían con sus crueles actos.  

5.- La obra de Tirso de Molina responde al drama característico de estilo barroco en el que las distintas aventuras (en este caso fechorías) eran del gusto del público. Al contrario que la gran mayoría del teatro de Lope de Vega, coetáneo de nuestro autor, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra no tiene un final feliz para el protagonista. No es una comedia de enredo al uso por más que el personaje se base en las artimañas y en el embuste para conseguir sus objetivos. La finalidad de la obra es didáctica  y aporta un profundo trasfondo moral más allá de ese castigo divino del final, por si esto no fuera poca cosa.  

La estela del Don Juan tras El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra 

El personaje fue rescatado con fervor en el Renacimiento literario tanto por poetas o escritores como por músicos que levantaron grandiosas óperas. En este sentido, se ha convertido en un mito universal a la par que Don Quijote o La Celestina. En su amoralidad reside su fuerza convirtiéndose en metáfora del psicópata que se burla de damas o plebeyas y de todos aquellos quienes intentan protegerlas.  Crea, así, un reguero de muerte, humillación y dolor a su paso. En España consiguió protagonizar otra memorable versión de la pluma de Zorrilla. Y en Europa el encanto perverso del personaje sucumbió a las letras de Molière, Byron, Mozart, Dumas, Merimée, Hoffmann… 

El Don Juan de El Burlador de Sevilla y El Convidado de Piedra de Tirso de Molina, por último, se caracteriza por tener un maléfico carácter refinado. Es un aristócrata petulante que encubre su perfidia y maldad tras brillantes palabras y sagaces puestas en escena. Nombra constantemente un honor que no tiene y que, además, está dispuesto a pisotear o mancillar el de quien defiende el propio. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Dentro de las obras de Tirso de Molina (1579-1648) destaca, sin lugar a dudas, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra. Aquí se ponen las bases de la figura del Don Juan, conquistador, egoísta, ególatra y narcisista que vive para su propio goce sin pararse en nada. Hace uso recurrente del engaño para conseguir sus objetivos, centrados únicamente en el goce personal. Estos, además, desafían a la autoridad divina retando, incluso, el escamoteo de las penas del infierno. Detrás de esta figura universal, aparte de la de Tirso, ha habido otros donjuanes tanto en la literatura española (el de Zorilla por poner un caso) como en la europea (Molière, Byron, Shaw…) Su estela sobrepasa el teatro y va más allá conquistando las óperas (Mozart…) y elevando su figura a mito universal.  

Resumen de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina 

La obra combina un elemento realista con otro fantástico o sobrenatural. No obstante, logra penetrar en un tipo reconocible por el lector o espectador de todas las épocas. Las aventuras del Don Juan de Tirso de Molina comienzan en Nápoles donde el protagonista (de noble cuna y modales refinados) tiene que huir tras violar casi a Isabela, ya que se cuela en su alcoba fingiendo ser el prometido de esta, el duque Octavio. Por esta razón embarca hacia España con tan mala fortuna que sufre un naufragio en las playas de Tarragona. Aquí es recogido por Tisbea, una inocente pescadora, que lo acoge en su cabaña. Don Juan vuelve a hacer gala de sus dotes de seducción prometiéndole a la muchacha matrimonio si accede a sus propósitos sexuales. Pero el carácter psicópata del personaje hace que olvide el pacto una vez consumado el acto. Huye dejando a la joven totalmente abatida. No hay atisbo de remordimiento para este burlador de Sevilla que sigue con sus crueles andanzas de seducción.  

Y una de las características del Don Juan es su cobardía. Es un ser que solo vive para el hedonismo, para el goce sexual o de sus instintos sin pararse a reflexionar sobre el daño infligido.  No se arriesga y, simplemente, manipula utilizando el don de la palabra. Es más, hace gala de una perversa arrogancia al considerar que podrá disfrutar de todas sus tropelías sin tener que pagar las penas del infierno. De su boca sale ese “Largo me lo fiáis” que nos remite a ese tiempo necesario para arrepentirse en el último momento. Siguiendo con el resumen de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra, tras la aristócrata y la joven humilde, Don Juan se fija en Ana de Ulloa, hija del Comendador Don Gonzalo. Logra hacerse con una carta en la que la joven cita a su prometido (el marqués de la Mota). Intenta repetir la jugada realizada en Nápoles, pero la joven se da cuenta que es otro hombre el que está en su habitación. Pide auxilio al verse forzada y ante los gritos llega su padre. Don Juan no solo es un violador sino que a partir de ahora se convierte en un asesino al dar muerte a Don Gonzalo, quien intenta auxiliar a su hija.  

El Burlador de Sevilla, resumen de sus últimas tropelías 

En su huida desde Sevilla se topa con una boda de campesinos y, no contento con la burla hacia doña Ana y la muerte de su padre, se dispone a seducir a la futura novia. La encandila con su palabra brillante y promesa de un matrimonio deslumbrante con riquezas de por medio. Don Juan apunta otra mujer burlada y se dispone a regresar a Sevilla. Por último, y acabamos con el resumen de El Burlador de Sevilla, en uno de sus paseos entra en una iglesia en la que hay levantada una estatua en honor al Comendador. Se mofa del desgraciado padre que murió en un intento de auxilio a su hija y, en ese momento, la escultura toma vida. Invita al burlador a una cena y este acepta. Tras la misma, el alma del Comendador lo emplaza a otro encuentro. Esta vez la cita tendrá lugar en su tumba. La temeridad de Don Juan le lleva a aceptar simplemente por el placer de mofarse de un muerto, tal como hiciera de los vivos. Al sellar este pacto y tocar la mano de Don Gonzalo, un rayo atraviesa a Don Juan matándole sin la oportunidad del arrepentimiento por confesión. Al burlador de Sevilla le espera, por tanto, las penas eternas del infierno.  

Análisis de texto básico de El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra

1.- Resumiendo mucho tenemos que el personaje de Tirso de Molina responde a las características básicas de un depredador sexual que recurre a la manipulación para seducir con falsas promesas y, en último extremo, a la violación. Tras estos actos, sin muestra alguna de arrepentimiento, llega al asesinato. E, incluso, no contento con esta abyección, se dispone a hacer escarnio de sus víctimas. 

2.- Además, la soberbia de Don Juan lo hace creer que no solo está por encima de la vida y la muerte sino también de los designios divinos. Su plan es seguir cometiendo tropelías sin fin con la certeza que, llegado el momento de expirar, siempre puede acogerse a la confesión para salvar su alma. En este contexto se encuadra ese “¡Qué largo me lo fiáis!” convertido en lema de El Burlador de Sevilla

3.- Sin embargo, la biografía de Tirso de Molina nos sirve para entender el carácter ejemplarizante de esta figura, ya que nuestro autor fue religioso de la Orden de la Merced y, además, de fe convencida y sincera. Por eso, las andanzas de su Don Juan solo puede acabar en un final ejemplarizante y moralizante. El burlador de Sevilla no solo recibe justo castigo de muerte por sus fechorías sino también la certeza (de la que él mismo es consciente) de las penas eternas del infierno. 

 

“Adviertan los que de Dios

juzgan los castigos grandes

que no hay plazo que no llegue

ni deuda que no se pague. 

 

Mientras en el mundo viva,

no es justo que diga nadie:

¡Qué largo me lo fiáis,

siendo tan breve el cobrarse!

 

4.- A pesar de ese componente sobrenatural en el que una estatua cobra vida y logra vengar su muerte y el honor perdido de tantas mujeres, El Burlador de Sevilla es, en esencia, una obra realista en la que el personaje, aristocrático, culto, narcisista y perverso, era reconocido no solo por el público de la época sino también por los que llegaron después. Se vale de un lenguaje refinado y cultivado para conseguir sus objetivos sin pararse en el daño infligido. Su arrogancia llega al cinismo extremo ya que se llena la boca con grandes palabras que se vacían con sus crueles actos.  

5.- La obra de Tirso de Molina responde al drama característico de estilo barroco en el que las distintas aventuras (en este caso fechorías) eran del gusto del público. Al contrario que la gran mayoría del teatro de Lope de Vega, coetáneo de nuestro autor, El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra no tiene un final feliz para el protagonista. No es una comedia de enredo al uso por más que el personaje se base en las artimañas y en el embuste para conseguir sus objetivos. La finalidad de la obra es didáctica  y aporta un profundo trasfondo moral más allá de ese castigo divino del final, por si esto no fuera poca cosa.  

La estela del Don Juan tras El Burlador de Sevilla y Convidado de Piedra 

El personaje fue rescatado con fervor en el Renacimiento literario tanto por poetas o escritores como por músicos que levantaron grandiosas óperas. En este sentido, se ha convertido en un mito universal a la par que Don Quijote o La Celestina. En su amoralidad reside su fuerza convirtiéndose en metáfora del psicópata que se burla de damas o plebeyas y de todos aquellos quienes intentan protegerlas.  Crea, así, un reguero de muerte, humillación y dolor a su paso. En España consiguió protagonizar otra memorable versión de la pluma de Zorrilla. Y en Europa el encanto perverso del personaje sucumbió a las letras de Molière, Byron, Mozart, Dumas, Merimée, Hoffmann… 

El Don Juan de El Burlador de Sevilla y El Convidado de Piedra de Tirso de Molina, por último, se caracteriza por tener un maléfico carácter refinado. Es un aristócrata petulante que encubre su perfidia y maldad tras brillantes palabras y sagaces puestas en escena. Nombra constantemente un honor que no tiene y que, además, está dispuesto a pisotear o mancillar el de quien defiende el propio. 

 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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el bosque de las respuestas

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