Libros y códices aztecas en lengua náhuatl

Libros y códices aztecas en lengua náhuatl

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La literatura y lengua náhuatl de algunos códices precolombinos procedentes de la cultura azteca

Se considera literatura náhuatl la producción literaria de los pueblos (con sus respectivos dialectos) que ocuparon el Valle de México (entre ellos, los mixtecos cuya cultura fue absorbida por los aztecas). 

En la época precolombina fue la lengua de civilización y comercial del Imperio Azteca. Cuando llegaron los españoles intentaron extender su uso para poder unificar así a todos los indígenas aunque muy pronto, una vez que la evangelización y la hispanización avanzaban, retrocedió ante el castellano. 

Aún así y todo, sigue hablándose actualmente entre los indios de la región y desde los poderes públicos se están haciendo un importante esfuerzo para su recuperación. 

La lengua y la poesía náhuatl

El náhuatl (que significa “limpio, claro, sonoro”) es una lengua aglutinante en la que las palabras se forman por la adicción de distintos prefijos, sufijos, etc para completar la expresión. Pertenece a otro sistema que la impresa en los glifos de los códices mayas.

La poesía náhuatl precolombina se reduce a tres temas: lo religioso, lo filosófico y lo guerrero. El gran poeta azteca es Nezahualcóyotl, nacido en Texcoco en 1402 y proclamado señor de su tierra en 1431. Su poesía está revestida de tintes melancólicos y tristes en la que se exalta la fugacidad de la vida y la poca valía de los bienes terrenales por lo que la muerte y el más allá se erigen en protagonistas de sus versos:

“Vivimos en tierra prestada. Aquí, nosotros, los hombres. Allí donde están los sin cuerpo. Allí está nuestra casa. Solo un breve espacio de tiempo. Es el que separa. El aquí del allá.”

Y en otro poema de gran belleza un bardo anónimo nos lega: “¿Acaso son verdad los hombres?/ Por tanto ya no es verdad nuestro canto”.

  • Libros y códices aztecas
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La quema de libros instada por el emperador Itzcóatl

Cuando llegaron los españoles, los códices que circulaban por el territorio azteca eran principalmente los mixtecos, pueblo que acababa de ser conquistado. Parece ser que en la quema de libros también intervinieron los propios indios allanándole el camino a las hordas y misioneros de Cortés.

Se cuenta que el cuarto rey de los aztecas,  Itzcóatl (1427-1440), en su deseo de empezar de cero, ordenó borrar el pasado quemando los libros que se encontraban en su reino. Una crónica de esa época, milagrosamente rescatada, nos cuenta que el monarca llamó a sus consejeros para solucionar una revuelta y recibió como respuesta: “Quema las obras. No es conveniente que todo el mundo conozca la tinta negra, los colores [...] Esas obras sólo cuentan mentiras y hay que iniciar un tiempo de verdad [...]” Lo poco que había cuando llegó Cortés y sus huestes pereció, primero, entre las llamas de los edificios y, luego, en hogueras realizadas ex-profeso. Es lo de siempre: el peligro de los libros.

 Códice Boturini o De la Perigrinación


Uno de los que han llegado hasta nosotros es el Códice Boturini fechado alrededor de 1540 y por ello mismo considerado una de las fuentes más fiables sobre la emigración de los aztecas desde Aztlan, su lugar de origen, hasta su definitivo asentamiento en el bosque de Chapultepec, frondoso y repleto de canales, donde aún hoy en día (en condiciones humildes pero en armonía con el entorno) viven los últimos descendientes de los aztecas.  Su importancia radica en que es la historia de los aztecas más antigua que se conoce y está, además, realizada en los momentos posteriores al asentamiento español.

El Códice Boturini debe su nombre al italiano Lorenzo Boturini Beneduci nacido en algún lugar de la Toscana en 1702. Amante de las antigüedades y de la aventura, llega a tierras americanas alrededor de 1735 donde se hace con gran cantidad de restos arqueológicos y algún que otro ejemplar. Al ilustre italiano también perteneció el Códice Tlatelolco escrito en 1560 con las crónicas de los primeros años de la conquista.

Historia del códice Boturini

Como suele suceder con cierta frecuencia, Boturini se topó con un poderoso intransigente empeñado en boicotear la labor de estudio y divulgación de culturas ajenas y, en este caso, don Lorenzo se dio de bruces, cara a cara, con el entonces virrey don Pedro Cebrián y Agustín quien detiene al italiano con acusaciones tan peregrinas como el intentar adornar con una corona de oro la imagen de la Virgen de Guadalupe. 

El virrey no tarda en enviarlo a prisión y, por supuesto, confisca su “museo de curiosidades”, maltratando el material de tal manera que prácticamente desbarata la colección completa. Pero estamos en el siglo XVIII y entonces las leyes no eran iguales para todos. Don Lorenzo, a pesar de todo, recibe un trato de favor y accede voluntariamente a ser enviado a España para su juicio definitivo donde no solo es puesto en libertad, sino que, además, es nombrado por el rey “cronista de las Indias” en otra paradoja (en esta ocasión afortunada) que el destino acostumbra para con los libros y los bibliófilos.

Códice Mendoza en lengua náhuatl

Otro códice virreinal muy importante e interesante por su papel a la hora de descifrar parte de la escritura maya es el Códice Mendoza (bautizado en honor de don Antonio de Mendoza, virrey de la Nueva España entre 1535 y 1550) en el que, entre las imágenes del texto indígena, se han insertado glosas en castellano realizadas, al parecer, por un misionero español que conocía la lengua náhuatl.

Está dividido en tres partes: en la primera, se cuenta las hazañas de los señores de Tenochtilan entre 1325 y 1521; en la segunda, se enumeran los impuestos que había que abonar a dichos soberanos; y en la tercera, se describe la vida de los aztecas. En esta tercera parte aparecen nombres de poblaciones expresadas a la manera de los jeroglíficos que, a modo de pasatiempos, se insertan en algunos periódicos actuales. 

De esta época son los códices mayas que se suponen ocultos en los pueblos, sobre todo, en el estado de Guerrero. Muchos de ellos son planos o escrituras de propiedad de la tierra que los indios conservan celosamente con el fin de hacer valer sus derechos. Tan es así que algunos de los manuscritos catalogados como virreinales se encuentran grapados o formando parte de legajos judiciales de la época de la Revolución Mexicana como prueba de propiedad u ocupación aportada por la población indígena en los pleitos mantenidos durante la dura reforma agraria que se realizó en este período. 

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Por Candela Vizcaíno

Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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