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Bunraku o Joruri o el teatro de marionetas de Japón

Teatro de marionetas de Japón conocido como Bunraku

Teatro de marionetas de Japón conocido como Bunraku

 

El teatro de marionetas japonés conocido como Jôruri o Bunraku  (etimológicamente “palabra y música”) está protagonizado por unas exquisitas marionetas de más de un metro de altura manipuladas por dos y hasta tres personas vestidas completamente de negro, presentes y plenamente visibles en el escenario.

Orígenes del teatro japonés de marionetas

El Bunraku nació a partir del repertorio Kabuki, mediante una adaptación de un teatro de marionetas ya existente, en un ambiente urbano, desarrollándose como espectáculo barroco y muy popular durante el siglo XVII, llegando a ser representado, incluso, en la calle. La primera obra de Bunraku que se conserva se debe a Chikamatsu Monzaemon (1653-1724) escritor propietario del teatro Kabuki Takemotoza de Osaka, quien a la muerte de su actor favorito, Sakata Tojuro (1646-1709), no pudo seguir escribiendo para ningún otro y, entonces, se decidió por la composición para un teatro de marionetas ya existente en ese momento. Eso sí, cambió parte de las características formales de este primitivo teatro de títeres, el cual poseía una fuerte impregnación sacra.

La obra inaugural de Bunraku se titula El éxito de Kagekiyo (Shusse Kagekiyo) y es del año 1685. Es a partir de esta fecha cuando, sin abandonar el carácter sagrado que caracterizaba el primitivo teatro de títeres, las marionetas del Bunraku se convierten en supertíteres o en muñecos superhumanos. Es decir, ya no representan la deidad, pero tampoco bajan hacia las miserias humanas, permaneciendo en el plano de los sentimientos más elevados. Por supuesto, este teatro no es apto para niños. Siempre fue un espectáculo de adultos.

  • Teatro de marionetas de Japón
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Las marionetas del Bunraku

La representación, al contrario de lo que sucede en el teatro Nô o Noh, no es cantada sino que es hablada con el acompañamiento de varios instrumentos de música, entre los que se incluye el shamisen –una especie de laúd o guitarra de tres cuerdas que se maneja con la ayuda de una aguja de marfil-.

La marioneta, al igual que la danza ejecutada por el Shite del teatro Nô, representa –vive- la historia que es narrada en un extremo del escenario. En el Bunraku, la marioneta es la verdadera protagonista de la escena y los asistentes que la manejan, a pesar de su visibilidad, desaparecen a ojos del público. Éstos nada aportan a lo que sucede sobre el escenario y actúan como los encargados de cambiar el traje al Shite del Nô, esto es, como si no estuvieran. 

A pesar de su carácter de títere, el espectador japonés –y el entendido occidental- ven en elBunraku algo más que un mero entretenimiento y lo coloca en cotas más elevadas del arte. 

“Para mí el Bunraku es un teatro con marionetas. Es de la manera más simple del mundo un teatro metafísico. Es la poesía hecha palpable por la presencia real de lo sobrenatural. La marioneta es el hombre. El manipulador es Dios. Los presentes son mensajeros del destino. Por una feliz poesía el hombre-marioneta está animado por esta trinidad sobrenatural” 


(Barrault: “Mi más rica lección de teatro”, en El teatro más allá del mar. Estudios occidentales sobre el teatro oriental de 1992, página 39).

La marioneta del Bunraku se convierte, así, en un ser autónomo, cuando no en intermediaria entre lo sagrado y lo profano. Son muñecos que se mueven, que danzan, que dialogan. Son, en definitiva, marionetas manipuladas por una entidad superior que no vemos, al igual que desaparecen de la vista del público los asistentes del Bunraku.

“La marioneta ha sabido expresar lo que nadie habría osado decir sin máscara: es la heroína de los deseos secretos y los pensamientos escondidos, es la confesión discreta de uno mismo a los demás y de uno a sí mismo” 

(Chevalier: Diccionario de símbolos de 2003; página 691).

Del rico patrimonio teatral de Japón, el Bunraku quizá sea, junto con el Noh, uno de los más fascinantes, ya que la trama se genera a través de un simbolismo extremo que fascina por igual al espectador oriental como al occidental más apegado a lo profano. 

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Por Candela Vizcaíno

Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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