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Aunque este surge a partir del siglo XVII (desde 1630 aproximadamente), las fuentes hasta llegar a lo que denominamos teatro clásico francés se retrotraen, incluso, a la Edad Media. En aquella época, los teatros (y sus representaciones) como tales no existían. Los modelos teatrales se reducían a las labores del mester de juglaría y los autos sacramentales, pequeñas piezas ligadas a la liturgia y representadas en días importantes. Sin embargo, en 1548 estos misterios quedan prohibidos porque, al parecer, no se hacían con el debido respeto. Y, como sucede con los caminos del arte tantas veces, una puerta se cierra y otra se abre. Así algunos autores empezaron a adaptar textos procedentes de la commedia dell’arte italiana y su gusto por las narraciones de enredos.  

Orígenes del teatro clásico francés

1.- Por tanto, durante el siglo XVI y la primera parte del XVII las obras y los géneros están en línea con lo que sucede en otras partes de Europa. Recordemos que es la época del maravilloso teatro isabelino en Inglaterra con Shakespeare a la cabeza y la consolidación del teatro barroco en España con nombres imprescindibles como Lope de Vega o Pedro Calderón de la Barca

2.- Son obras estas en las que se mezclan estilos, modelos, reglas y hasta géneros dificultando, a veces, la división entre comedia o tragedia. Se basan en el enredo, la confusión, los excesos llegando en Francia a lo inverosímil y sobrenatural. 

3.- Todo ello es posible porque la escena no tiene decorado y los teatros se improvisan en plazas y lugares públicos. Por tanto, existe un pacto de ficción complejo entre los actores (profesionales e itinerantes) y el público. Estos aceptan cambios de lugares y de tiempo imposibles de realizar con tramoyas básicas. A la par exigen aventuras y tramas que inviten al entretenimiento sin más.  

La transformaciones necesarias para entender el teatro clásico francés 

4.- Sin embargo, todo esto va cambiando a finales del siglo XVI, en París. Van surgiendo locales fijos y con ellos la especialización. Así tenemos el Hotel de Bourgogne donde se representan tragedias por actores profesionales de tan buen hacer que consiguen el distintivo de “troupe royale”. En el Marais se programan farsas mientras que la monarquía, en sus palacios, levantan teatros lujosos para su disfrute personal. 

5.- Todo ello contribuye a la especialización y también al desarrollo de obras complejas salidas de plumas exquisitas. Estas, además, disponen de actores profesionalizados para levantar las escenas. La industria, por tanto, está servida. Tanto es así que Luis XIV (1642-1715) da carta de protección a todos los del gremio. Por tanto, estos elementos, que están en la base, contribuyen a afianzar los modelos del teatro clásico francés.

6.- Con todos estos datos y las ayudas a más alto nivel se crean teatros fijos, cubiertos, con palcos para la aristocracia y escenas iluminadas con tramoyas complejas. Se cobra entrada y, además, cuentan con el patrocinio real. Con estos mimbres, autores, tropa y actores pueden desarrollar un estilo propio.  

Características del teatro clásico francés 

1.- Se asienta sobre lo conseguido en el Barroco a nivel de intendencia (teatros, artistas para la creación, para el atrezzo…) y de público. Sin embargo, al contrario de lo que sucede en otros puntos de Europa, muy pronto dejan de lado las historias de capa y espada, de enredo o de aventuras para crear obras con unidad estilística y con temáticas profundas. 

2.- Gracias a la protección real, se van haciendo obras complejas y ordenadas más allá de las tramas cuyo único objetivo es sacar la risa fácil. Esto es, se imponen gustos aristocráticos formados en la literatura clásica. Y estos son adaptados por el espectador popular. 

3.- Se mira hacia la literatura greco-latina, los preceptos y las reglas que conforman la cultura del Neoclasicismo de la que Francia fue abanderada. A esto se une la influencia del Discurso del Método de Descartes. Publicado en 1637, aboga por dejar todos los aspectos de la vida bajo los mandos de la razón. Y en ese todo se incluye el gusto y el arte. 

4.- El punto de inflexión para el nuevo modelo dramático se sitúa en 1636 con el estreno de El Cid de Corneille. La obra recibió la crítica de los preceptistas y, a partir de ese momento, se adoptan las reglas y las características de la literatura neoclásica. Así, en Francia, el teatro barroco se abandona por completo. 

5.- Bajo esta nueva estética se separan (casi con bisturí) los estilos y los géneros. Las tragedias siempre serán en verso, con voz grave y con temas encaminados a la reflexión espiritual o moral. No pueden entrar personajes reservados a la comedia. En este último género se refugian los personajes populares, los graciosos o los pequeños burgueses con sus preocupaciones cotidianas. Aquí sí se admite la mezcla de estilo, del verso y la prosa. También se recurre al lenguaje común. 

6.- Se adopta el ritmo de los cinco actos tomado del latino Horacio. 

7.- En nombre del buen gusto francés, que ya empezaba a cultivarse, se prohibe cualquier exceso y entre ellos se encuentran las muertes, los lances o la sangre. 

8.- La unidad llega a las tres reglas clásicas que son las que siguen: a) unidad de acción y por tanto solo se admite una única trama; 2) unidad de lugar y 3) unidad de tiempo. Así, la narración al completo debe concentrarse en un solo día y en un único emplazamiento. Con ello se propician puestas en escenas gloriosas y  extravagantes incluso desde el punto de vista formal. 

9.- Esto último, además, favoreció la concentración temática y la intensidad dramática. A la par, obliga al creador de los libretos a presentar crisis importantes. Estas deben describirse y resolverse utilizando potentes recursos literarios si quiere seguir los rígidos preceptos de las reglas. 

10.- Con estas imposiciones se desarrolló especialmente la tragedia que, con el teatro clásico francés, llegó a cotas de calidad universal.  

Autores del teatro clásico francés 

1.- Pierre Corneille (1606-1684)  

Iniciado en el teatro barroco, el punto de inflexión hacia el nuevo modelo fue el fracaso de El Cid en 1636. A partir de ese momento busca la inspiración en las tragedias de la literatura greco-romana. Sus temas favoritos son la libertad y la gloria siempre en conflicto con el deber para con la sociedad. Eso crea una profunda crisis en los personajes que normalmente se decantan por el civismo. Títulos a tener en cuenta son Horace, Polyeucte, Cinna… 

2.- Jean Racine (1639-1699)  

Nació cuando el teatro clásico francés comenzaba a afianzarse y siempre se decantó por las tragedias. A estas imprime un sello pesimista, doloroso y casi sin salida. Parece que así era el carácter del artista educado en los rigores moralistas. Sus héroes están malditos ya desde el nacimiento y siempre se debaten entre esa imposición heredada o impuestas por instancias superiores y su pasión interior. Todo ello hace posible la creación de personajes modernos, pasionales y de fuertes contradicciones. Maneja un estilo sobrio, sencillo y regido por el seguimiento a rajatabla de las reglas impuestas por el teatro clásico francés. Títulos del artista a tener en cuenta son especialmente Fedra, Andromaque, Berenice, Esther y Athalie… 

3.- Jean Molière (1622-1673)  

Es uno de los grandes escritores no solo del teatro clásico francés sino de la literatura universal. Por eso, merece estudio aparte más allá de estas notas imprescindibles para encuadrarlo en el movimiento al que pertenece. Actor tan entusiasta que murió en el escenario realizando precisamente el papel de un enfermo, tuvo un profundo contacto con las comedias populares basadas en los enredos de la commedia dell’arte. Su primer éxito fue en París en 1659 precisamente con una comedia, Las preciosas ridículas. A esta le seguiría la famosa La escuela de mujeres (1662). En todas ellas se transparenta una misoginia que era norma en la sociedad de la época. Sin embargo, el éxito de Molière y por el que ha pasado a la historia de la literatura universal radica en sus tragedias: Don Juan, Tartufo, El misántropo, El avaro...

En estas obras, Molière alcanza la cima del teatro clásico francés creando prototipos universales al presentar personajes con una fuerte contradicción interna. Al contrario que Racine o Corneille, estos están humanizados completamente presentándonos valores (los menos) y vicios (los más) morales que son comunes a la raza humana. Todo ello, por supuesto, con la grandeza temática, narrativa y estilística que nos reclama la literatura.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Aunque este surge a partir del siglo XVII (desde 1630 aproximadamente), las fuentes hasta llegar a lo que denominamos teatro clásico francés se retrotraen, incluso, a la Edad Media. En aquella época, los teatros (y sus representaciones) como tales no existían. Los modelos teatrales se reducían a las labores del mester de juglaría y los autos sacramentales, pequeñas piezas ligadas a la liturgia y representadas en días importantes. Sin embargo, en 1548 estos misterios quedan prohibidos porque, al parecer, no se hacían con el debido respeto. Y, como sucede con los caminos del arte tantas veces, una puerta se cierra y otra se abre. Así algunos autores empezaron a adaptar textos procedentes de la commedia dell’arte italiana y su gusto por las narraciones de enredos.  

Orígenes del teatro clásico francés

1.- Por tanto, durante el siglo XVI y la primera parte del XVII las obras y los géneros están en línea con lo que sucede en otras partes de Europa. Recordemos que es la época del maravilloso teatro isabelino en Inglaterra con Shakespeare a la cabeza y la consolidación del teatro barroco en España con nombres imprescindibles como Lope de Vega o Pedro Calderón de la Barca

2.- Son obras estas en las que se mezclan estilos, modelos, reglas y hasta géneros dificultando, a veces, la división entre comedia o tragedia. Se basan en el enredo, la confusión, los excesos llegando en Francia a lo inverosímil y sobrenatural. 

3.- Todo ello es posible porque la escena no tiene decorado y los teatros se improvisan en plazas y lugares públicos. Por tanto, existe un pacto de ficción complejo entre los actores (profesionales e itinerantes) y el público. Estos aceptan cambios de lugares y de tiempo imposibles de realizar con tramoyas básicas. A la par exigen aventuras y tramas que inviten al entretenimiento sin más.  

La transformaciones necesarias para entender el teatro clásico francés 

4.- Sin embargo, todo esto va cambiando a finales del siglo XVI, en París. Van surgiendo locales fijos y con ellos la especialización. Así tenemos el Hotel de Bourgogne donde se representan tragedias por actores profesionales de tan buen hacer que consiguen el distintivo de “troupe royale”. En el Marais se programan farsas mientras que la monarquía, en sus palacios, levantan teatros lujosos para su disfrute personal. 

5.- Todo ello contribuye a la especialización y también al desarrollo de obras complejas salidas de plumas exquisitas. Estas, además, disponen de actores profesionalizados para levantar las escenas. La industria, por tanto, está servida. Tanto es así que Luis XIV (1642-1715) da carta de protección a todos los del gremio. Por tanto, estos elementos, que están en la base, contribuyen a afianzar los modelos del teatro clásico francés.

6.- Con todos estos datos y las ayudas a más alto nivel se crean teatros fijos, cubiertos, con palcos para la aristocracia y escenas iluminadas con tramoyas complejas. Se cobra entrada y, además, cuentan con el patrocinio real. Con estos mimbres, autores, tropa y actores pueden desarrollar un estilo propio.  

Características del teatro clásico francés 

1.- Se asienta sobre lo conseguido en el Barroco a nivel de intendencia (teatros, artistas para la creación, para el atrezzo…) y de público. Sin embargo, al contrario de lo que sucede en otros puntos de Europa, muy pronto dejan de lado las historias de capa y espada, de enredo o de aventuras para crear obras con unidad estilística y con temáticas profundas. 

2.- Gracias a la protección real, se van haciendo obras complejas y ordenadas más allá de las tramas cuyo único objetivo es sacar la risa fácil. Esto es, se imponen gustos aristocráticos formados en la literatura clásica. Y estos son adaptados por el espectador popular. 

3.- Se mira hacia la literatura greco-latina, los preceptos y las reglas que conforman la cultura del Neoclasicismo de la que Francia fue abanderada. A esto se une la influencia del Discurso del Método de Descartes. Publicado en 1637, aboga por dejar todos los aspectos de la vida bajo los mandos de la razón. Y en ese todo se incluye el gusto y el arte. 

4.- El punto de inflexión para el nuevo modelo dramático se sitúa en 1636 con el estreno de El Cid de Corneille. La obra recibió la crítica de los preceptistas y, a partir de ese momento, se adoptan las reglas y las características de la literatura neoclásica. Así, en Francia, el teatro barroco se abandona por completo. 

5.- Bajo esta nueva estética se separan (casi con bisturí) los estilos y los géneros. Las tragedias siempre serán en verso, con voz grave y con temas encaminados a la reflexión espiritual o moral. No pueden entrar personajes reservados a la comedia. En este último género se refugian los personajes populares, los graciosos o los pequeños burgueses con sus preocupaciones cotidianas. Aquí sí se admite la mezcla de estilo, del verso y la prosa. También se recurre al lenguaje común. 

6.- Se adopta el ritmo de los cinco actos tomado del latino Horacio. 

7.- En nombre del buen gusto francés, que ya empezaba a cultivarse, se prohibe cualquier exceso y entre ellos se encuentran las muertes, los lances o la sangre. 

8.- La unidad llega a las tres reglas clásicas que son las que siguen: a) unidad de acción y por tanto solo se admite una única trama; 2) unidad de lugar y 3) unidad de tiempo. Así, la narración al completo debe concentrarse en un solo día y en un único emplazamiento. Con ello se propician puestas en escenas gloriosas y  extravagantes incluso desde el punto de vista formal. 

9.- Esto último, además, favoreció la concentración temática y la intensidad dramática. A la par, obliga al creador de los libretos a presentar crisis importantes. Estas deben describirse y resolverse utilizando potentes recursos literarios si quiere seguir los rígidos preceptos de las reglas. 

10.- Con estas imposiciones se desarrolló especialmente la tragedia que, con el teatro clásico francés, llegó a cotas de calidad universal.  

Autores del teatro clásico francés 

1.- Pierre Corneille (1606-1684)  

Iniciado en el teatro barroco, el punto de inflexión hacia el nuevo modelo fue el fracaso de El Cid en 1636. A partir de ese momento busca la inspiración en las tragedias de la literatura greco-romana. Sus temas favoritos son la libertad y la gloria siempre en conflicto con el deber para con la sociedad. Eso crea una profunda crisis en los personajes que normalmente se decantan por el civismo. Títulos a tener en cuenta son Horace, Polyeucte, Cinna… 

2.- Jean Racine (1639-1699)  

Nació cuando el teatro clásico francés comenzaba a afianzarse y siempre se decantó por las tragedias. A estas imprime un sello pesimista, doloroso y casi sin salida. Parece que así era el carácter del artista educado en los rigores moralistas. Sus héroes están malditos ya desde el nacimiento y siempre se debaten entre esa imposición heredada o impuestas por instancias superiores y su pasión interior. Todo ello hace posible la creación de personajes modernos, pasionales y de fuertes contradicciones. Maneja un estilo sobrio, sencillo y regido por el seguimiento a rajatabla de las reglas impuestas por el teatro clásico francés. Títulos del artista a tener en cuenta son especialmente Fedra, Andromaque, Berenice, Esther y Athalie… 

3.- Jean Molière (1622-1673)  

Es uno de los grandes escritores no solo del teatro clásico francés sino de la literatura universal. Por eso, merece estudio aparte más allá de estas notas imprescindibles para encuadrarlo en el movimiento al que pertenece. Actor tan entusiasta que murió en el escenario realizando precisamente el papel de un enfermo, tuvo un profundo contacto con las comedias populares basadas en los enredos de la commedia dell’arte. Su primer éxito fue en París en 1659 precisamente con una comedia, Las preciosas ridículas. A esta le seguiría la famosa La escuela de mujeres (1662). En todas ellas se transparenta una misoginia que era norma en la sociedad de la época. Sin embargo, el éxito de Molière y por el que ha pasado a la historia de la literatura universal radica en sus tragedias: Don Juan, Tartufo, El misántropo, El avaro...

En estas obras, Molière alcanza la cima del teatro clásico francés creando prototipos universales al presentar personajes con una fuerte contradicción interna. Al contrario que Racine o Corneille, estos están humanizados completamente presentándonos valores (los menos) y vicios (los más) morales que son comunes a la raza humana. Todo ello, por supuesto, con la grandeza temática, narrativa y estilística que nos reclama la literatura.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El teatro isabelino se desarrolla en Inglaterra a partir de 1570 con el reinado de Isabel I (1533-1603), continúa en el reinado de Jacobo I (1566-1625) y termina abruptamente en 1642 tras una prohibición del pujante sector puritano. Si bien su más alta cima es William Shakespeare (1564-1616), las obras de un buen puñado de autores tuvieron una fuerte aceptación por parte del público llegando a levantarse títulos que están en el cenit de la literatura inglesa y de la universal de todos los tiempos.  

Origen del teatro isabelino  

Tal cual sucedía en el resto de Europa, todas y cada una de las características del Renacimiento literario supusieron el cierre de los modelos medievales incentivándose, a la par, el género dramático más allá de las obras religiosas. Estas en su totalidad eran representadas en fechas especiales en los interiores des las iglesias como parte de la liturgia. Así, nada más comenzar el reinado de Isabel I una serie de autores comienzan a crear obras de diferentes líneas estilísticas. Por un lado, tenemos un teatro cortesano basado en la rica tradición de la cultura clásica. Y, por el otro, nos encontramos las grandes obras populares que tuvieron el favor de un público mayoritario.   

A este último tipo nos referimos cuando hablamos de teatro isabelino, ya que los otros dos están tan anclados en la tradición (religiosa, por un lado, y de la cultura grecolatina, por el otro) que poco aportan a la historia de la literatura. Si bien no siguen la tradición, este no surge de la nada y hay que tener en cuenta los siguientes aspectos que se encuentran en el origen del teatro isabelino.  

1.- Los modelos populares bebieron de la commedia dell’arte italiana y su gusto por las tramas de enredo, aunque las obras inglesas seguían un guión previamente escrito por un artista. Este llega, como sabemos, a su cenit con William Shakespeare y sus grandes obras universales. 

2.- Aparte de las formas de la commedia dell’arte, los autores también se basan en las tramas novelescas que llegaban desde las distintas ciudades-estado de Italia hasta Inglaterra. De hecho, la famosa Romeo y Julieta (por poner un solo ejemplo) tiene antecedentes en el Renacimiento italiano. 

3.- Inglaterra acababa de salir de un periodo de guerras civiles continuas en las que se ejercieron violencia extrema. Todo ello, así como el gusto por la historia, reunió material suficiente para levantar obras que eran del agrado del público, ya que, de alguna manera u otra, conocían las narraciones. Los grandes artistas, además, realizaron una labor educativa contribuyendo con sus textos a formar en valores morales y éticos a un público mayoritariamente sin instrucción.  

Características del teatro isabelino

1- En un principio, tal cual sucede con el teatro Barroco en España, no hay edificios para las representaciones como tal. Las obras se realizan en las plazas o en espacios abiertos. Sin embargo, en 1575 se publicó una normativa que logró lo contrario de lo que se pretendía. Se prohibía en Londres las representaciones. El ingenio se puso al servicio del arte y, a las afueras, se construyeron edificios específicos para tales menesteres. Nacen así los grandes nombres como El Cisne o El Globo. Estas construcciones actuaron a la manera de nuestros corrales de comedia, también perdidos en su mayoría. 

2.- Estos teatros tenían un formato circular con galerías de varios pisos donde se situaba el público. En el espacio central se colocaba el escenario sin ningún tipo de decorado. Este aspecto meramente material, de alguna manera u otra, influyó en el carácter de las obras. 

3.- Así, siguiendo el pacto de ficción, se dejaba a la imaginación del espectador el paisaje o emplazamiento donde se desarrollaba la obra. Al no tener que hacer cambios de tramoyas, se podían representar lugares y tiempos diversos con mucha facilidad.

4.- Y llegamos a una de las características del teatro isabelino más evidentes: la falta de unidad de las llamadas reglas clásicas. Hay variedad de tiempos y de lugares. Además, en demasiadas ocasiones, no se atiene a la estructura de los géneros mezclándose la tragedia con la comedia.

5.- Tampoco hay unidad de estilo y en un mismo texto nos encontramos la prosa mezclada con el verso, lo grave con lo cómico, lo profano con lo más elevado espiritualmente. 

6.- Siguiendo los modelos de la commedia dell’arte de la que beben los formatos teatrales de todo Europa, hay un gusto por el enredo, la acción, el movimiento y la emoción desbordada. Se buscaba complacer al público mayoritario que acudía al teatro como una forma de evasión y demandaba este tipo de trama. De alguna manera u otra, a este formato pertenecen las obras de Lope de Vega encuadradas en la comedia y buena parte de los títulos del Barroco español. 

Géneros del teatro isabelino 

1.- Comedia mayoritariamente siguiendo la temática de enredo, con temas y fórmulas procedentes de la novela pastoril, de los relatos fantásticos, de aventuras… 

2.- Tragedia donde se llegaron a las mayores cotas de calidad estilística. En ellas se narran grandes conflictos de intereses normalmente entre familias o clanes. La venganza, el odio, los celos y los sentimientos encontrados se dan cita magistralmente en estas obras. Tanto es así que  el teatro isabelino en este aspecto alumbró obras que hoy se encuentran en la cúspide de la literatura universal: Hamlet, Macbeth, El Rey Lear, Otelo… 

3.- Tragicomedias en el que todos los temas se mezclan siendo difícil discernir si es más importante lo grave y serio que lo chistoso o gracioso. 

4.- Obras de tema histórico que pueden pertenecer a alguna de las categorías temáticas anteriores aunque abundaron entre las tragedias. 

… los grandes dramaturgos sabrán elevar estos dramas a una auténtica reflexión histórica y política, ejerciendo así un notable papel en la educación de la conciencia popular.

Fernando Lázaro Carreter

Autores del teatro isabelino  

A modo de somera enumeración tenemos: 

1.- Thomas Kyd (1558-1594) quien realizó un primer Hamlet y es conocido por Tragedia española, escrita en los años ochenta del siglo XVI. 

2.- Cristopher Marlowe (1564-1593) quien también puso la semilla para el Fausto en su Tragedia del Doctor Fausto. Impulsor del verso blanco, entre sus obras también destaca Dido, reina de Cartago, Eduardo II, El judío de Malta o Tamerlán el grande. También fue un consumado poeta en la línea de la lírica renacentista con preferencia por los temas pastoriles. 

3.- Ben Jonson (1572-1637) quien también sobresalió en las tragedias. Entre ellas hay que destacar Volpone, prototipo del ávaro. Fue también un consumado poeta y la historia anota una rivalidad con Shakespeare, aunque las aguas no llegaron al nivel alcanzado por los dos grandes contemporáneos españoles Cervantes versus Lope de Vega

4.- John Webster (1580-1633) con preferencia por los temas históricos como Lady Jane, La caída del César, Appio y Virginia o La duquesa de Amalfi. Entre sus comedias destacan Cómo curar a un cornudo. 

5.- John Fletcher (1579-1625) cuyo éxito llegó con el reinado de Jacobo I (1567-1625)

6.- John Ford (1586-1640) cuya obra Lástima que sea una puta de 1626 ha sido llevada incluso al cine. Otros títulos del mismo autor son El corazón roto, El sacrificio del amor, Juicio de una dama, o El corazón lacerado. 

William Shakespeare (1564-1616), el genio que hay que poner aparte

Poco se sabe de quien, con toda probabilidad, sea el mayor artífice de las letras inglesas. Era hijo de un próspero comerciante de Stratford-von-Avon. Sus estudios fueron los elementales y su formación literaria totalmente autodidacta. Siendo muy joven se marchó a Londres con el fin de poder ser actor. Llegó hasta el Teatro del Globo donde se desempeñó como mozo de caballos hasta que pudo debutar en las tablas y como escritor. Gracias a la protección de Lord Chambelán   (y a su talento) consigue un gran éxito  (tanto que llega a ser propietario de El Globo), el favor del público y una gran fortuna. Murió en su localidad natal donde se retiró para descansar.  

Entre su producción no solo se encuentra lo mejor de lo mejor del teatro isabelino sino tipos universales que han traspasado todas las brumas del tiempo. Si bien El Rey Lear ha sido adaptada a todos los formatos posibles, son Macbeth y Hamlet los personajes que han roto todos los techos posibles. Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano, La fierecilla domada, Otelo, Julio César, Antonio y Cleopatra… son títulos imprescindibles no solo de su repertorio o del teatro isabelino sino de la literatura de todos los tiempos. Tanto es así que, por supuesto, merece estudio aparte más allá de situarlo en la corriente estilística a la que pertenece.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El teatro isabelino se desarrolla en Inglaterra a partir de 1570 con el reinado de Isabel I (1533-1603), continúa en el reinado de Jacobo I (1566-1625) y termina abruptamente en 1642 tras una prohibición del pujante sector puritano. Si bien su más alta cima es William Shakespeare (1564-1616), las obras de un buen puñado de autores tuvieron una fuerte aceptación por parte del público llegando a levantarse títulos que están en el cenit de la literatura inglesa y de la universal de todos los tiempos.  

Origen del teatro isabelino  

Tal cual sucedía en el resto de Europa, todas y cada una de las características del Renacimiento literario supusieron el cierre de los modelos medievales incentivándose, a la par, el género dramático más allá de las obras religiosas. Estas en su totalidad eran representadas en fechas especiales en los interiores des las iglesias como parte de la liturgia. Así, nada más comenzar el reinado de Isabel I una serie de autores comienzan a crear obras de diferentes líneas estilísticas. Por un lado, tenemos un teatro cortesano basado en la rica tradición de la cultura clásica. Y, por el otro, nos encontramos las grandes obras populares que tuvieron el favor de un público mayoritario.   

A este último tipo nos referimos cuando hablamos de teatro isabelino, ya que los otros dos están tan anclados en la tradición (religiosa, por un lado, y de la cultura grecolatina, por el otro) que poco aportan a la historia de la literatura. Si bien no siguen la tradición, este no surge de la nada y hay que tener en cuenta los siguientes aspectos que se encuentran en el origen del teatro isabelino.  

1.- Los modelos populares bebieron de la commedia dell’arte italiana y su gusto por las tramas de enredo, aunque las obras inglesas seguían un guión previamente escrito por un artista. Este llega, como sabemos, a su cenit con William Shakespeare y sus grandes obras universales. 

2.- Aparte de las formas de la commedia dell’arte, los autores también se basan en las tramas novelescas que llegaban desde las distintas ciudades-estado de Italia hasta Inglaterra. De hecho, la famosa Romeo y Julieta (por poner un solo ejemplo) tiene antecedentes en el Renacimiento italiano. 

3.- Inglaterra acababa de salir de un periodo de guerras civiles continuas en las que se ejercieron violencia extrema. Todo ello, así como el gusto por la historia, reunió material suficiente para levantar obras que eran del agrado del público, ya que, de alguna manera u otra, conocían las narraciones. Los grandes artistas, además, realizaron una labor educativa contribuyendo con sus textos a formar en valores morales y éticos a un público mayoritariamente sin instrucción.  

Características del teatro isabelino

1- En un principio, tal cual sucede con el teatro Barroco en España, no hay edificios para las representaciones como tal. Las obras se realizan en las plazas o en espacios abiertos. Sin embargo, en 1575 se publicó una normativa que logró lo contrario de lo que se pretendía. Se prohibía en Londres las representaciones. El ingenio se puso al servicio del arte y, a las afueras, se construyeron edificios específicos para tales menesteres. Nacen así los grandes nombres como El Cisne o El Globo. Estas construcciones actuaron a la manera de nuestros corrales de comedia, también perdidos en su mayoría. 

2.- Estos teatros tenían un formato circular con galerías de varios pisos donde se situaba el público. En el espacio central se colocaba el escenario sin ningún tipo de decorado. Este aspecto meramente material, de alguna manera u otra, influyó en el carácter de las obras. 

3.- Así, siguiendo el pacto de ficción, se dejaba a la imaginación del espectador el paisaje o emplazamiento donde se desarrollaba la obra. Al no tener que hacer cambios de tramoyas, se podían representar lugares y tiempos diversos con mucha facilidad.

4.- Y llegamos a una de las características del teatro isabelino más evidentes: la falta de unidad de las llamadas reglas clásicas. Hay variedad de tiempos y de lugares. Además, en demasiadas ocasiones, no se atiene a la estructura de los géneros mezclándose la tragedia con la comedia.

5.- Tampoco hay unidad de estilo y en un mismo texto nos encontramos la prosa mezclada con el verso, lo grave con lo cómico, lo profano con lo más elevado espiritualmente. 

6.- Siguiendo los modelos de la commedia dell’arte de la que beben los formatos teatrales de todo Europa, hay un gusto por el enredo, la acción, el movimiento y la emoción desbordada. Se buscaba complacer al público mayoritario que acudía al teatro como una forma de evasión y demandaba este tipo de trama. De alguna manera u otra, a este formato pertenecen las obras de Lope de Vega encuadradas en la comedia y buena parte de los títulos del Barroco español. 

Géneros del teatro isabelino 

1.- Comedia mayoritariamente siguiendo la temática de enredo, con temas y fórmulas procedentes de la novela pastoril, de los relatos fantásticos, de aventuras… 

2.- Tragedia donde se llegaron a las mayores cotas de calidad estilística. En ellas se narran grandes conflictos de intereses normalmente entre familias o clanes. La venganza, el odio, los celos y los sentimientos encontrados se dan cita magistralmente en estas obras. Tanto es así que  el teatro isabelino en este aspecto alumbró obras que hoy se encuentran en la cúspide de la literatura universal: Hamlet, Macbeth, El Rey Lear, Otelo… 

3.- Tragicomedias en el que todos los temas se mezclan siendo difícil discernir si es más importante lo grave y serio que lo chistoso o gracioso. 

4.- Obras de tema histórico que pueden pertenecer a alguna de las categorías temáticas anteriores aunque abundaron entre las tragedias. 

… los grandes dramaturgos sabrán elevar estos dramas a una auténtica reflexión histórica y política, ejerciendo así un notable papel en la educación de la conciencia popular.

Fernando Lázaro Carreter

Autores del teatro isabelino  

A modo de somera enumeración tenemos: 

1.- Thomas Kyd (1558-1594) quien realizó un primer Hamlet y es conocido por Tragedia española, escrita en los años ochenta del siglo XVI. 

2.- Cristopher Marlowe (1564-1593) quien también puso la semilla para el Fausto en su Tragedia del Doctor Fausto. Impulsor del verso blanco, entre sus obras también destaca Dido, reina de Cartago, Eduardo II, El judío de Malta o Tamerlán el grande. También fue un consumado poeta en la línea de la lírica renacentista con preferencia por los temas pastoriles. 

3.- Ben Jonson (1572-1637) quien también sobresalió en las tragedias. Entre ellas hay que destacar Volpone, prototipo del ávaro. Fue también un consumado poeta y la historia anota una rivalidad con Shakespeare, aunque las aguas no llegaron al nivel alcanzado por los dos grandes contemporáneos españoles Cervantes versus Lope de Vega

4.- John Webster (1580-1633) con preferencia por los temas históricos como Lady Jane, La caída del César, Appio y Virginia o La duquesa de Amalfi. Entre sus comedias destacan Cómo curar a un cornudo. 

5.- John Fletcher (1579-1625) cuyo éxito llegó con el reinado de Jacobo I (1567-1625)

6.- John Ford (1586-1640) cuya obra Lástima que sea una puta de 1626 ha sido llevada incluso al cine. Otros títulos del mismo autor son El corazón roto, El sacrificio del amor, Juicio de una dama, o El corazón lacerado. 

William Shakespeare (1564-1616), el genio que hay que poner aparte

Poco se sabe de quien, con toda probabilidad, sea el mayor artífice de las letras inglesas. Era hijo de un próspero comerciante de Stratford-von-Avon. Sus estudios fueron los elementales y su formación literaria totalmente autodidacta. Siendo muy joven se marchó a Londres con el fin de poder ser actor. Llegó hasta el Teatro del Globo donde se desempeñó como mozo de caballos hasta que pudo debutar en las tablas y como escritor. Gracias a la protección de Lord Chambelán   (y a su talento) consigue un gran éxito  (tanto que llega a ser propietario de El Globo), el favor del público y una gran fortuna. Murió en su localidad natal donde se retiró para descansar.  

Entre su producción no solo se encuentra lo mejor de lo mejor del teatro isabelino sino tipos universales que han traspasado todas las brumas del tiempo. Si bien El Rey Lear ha sido adaptada a todos los formatos posibles, son Macbeth y Hamlet los personajes que han roto todos los techos posibles. Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano, La fierecilla domada, Otelo, Julio César, Antonio y Cleopatra… son títulos imprescindibles no solo de su repertorio o del teatro isabelino sino de la literatura de todos los tiempos. Tanto es así que, por supuesto, merece estudio aparte más allá de situarlo en la corriente estilística a la que pertenece.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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