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En el siglo XV, procedente de Italia, surge un nuevo movimiento espiritual que ocupa todos los órdenes vitales. Durante las décadas centrales de este siglo se van dando pasos para salir de la cultura medieval y abonar los cimientos del Renacimiento y humanismo. Progresivamente, se van abandonado los preceptos sociales, económicos y de pensamiento que habían caracterizado los siglos anteriores para instalarse en un nuevo orden radicalmente diferente. Este impulso se extiende por toda Europa dando un vuelco a la cosmovisión imperante. Lo vemos detalladamente a continuación. 

Transformaciones desde la Edad Media hasta el Renacimiento  

1.- Poco a poco y paso a paso, se abandona la vida del campo en torno a los señores feudales y sus castillos. Paralelamente, las ciudades van creciendo tanto en número de habitantes como en riqueza disponible. Una pujante burguesía se dedica a negocios mundanos (desligados de la visión cristiana agrícola-ganadera) generando nuevos oficios de artesanos o de incipientes artes liberales. La tierra deja de ser la principal fuente de riqueza y se abren nuevas vías comerciales.

2.- Estas transformaciones económicas son protagonizadas por una burguesía que demanda una formación espiritual distinta centrada en el aquí y el ahora, en un goce de vivir desconocido en la Edad Media. Este espíritu positivo (que se retoma, eso sí de otra forma, a finales del siglo XIX con el desarrollo capitalista) no ve ya pecado en la riqueza y en el disfrute de los bienes terrenales. Así, esta nueva burguesía va colonizando el pensamiento y Dios (sin abandonar el espíritu cristiano) deja de ser el centro de la actividad. Ahora se exalta todo lo humano y esta secularización trae también un gusto por lo mundano. Y en este cajón entran múltiples facetas vitales: desde el arte hasta la contemplación o el disfrute de la belleza de la naturaleza.  

3.- Todos los cambios (incluido el cisma religioso protestante que veremos a continuación) no hubieran sido posible sin la aparición y la propagación de la imprenta de Guttenberg (1400-1468). Efectivamente, a finales del siglo XV prácticamente todas las ciudades de importancia de Europa disponen de una con lo que supone de comunicación de nuevas ideas entre un público cada vez más instruido. A la par, proliferan los estudios que, al estilo de los realizados por Francesco Petrarca (1304-1374), recogen los textos de la literatura griega o latina que estaban escondidos en los monasterios y sus manuscritos libros medievales. Se hacen, además, estudios filológicos, y se traducen a las lenguas vernáculas obras de la cultura clásica pagana. Por último, se imprimen en ediciones manejables (como las exquisitas de Aldo Manuzio) que se distribuyen en las emergentes universidades que iban surgiendo por todo el territorio europeo. Todo ello va abonando un estado de opinión impensable un siglo antes cuando el conocimiento estaba recluido en los scriptoria de los monasterios. 

4.- Estos cambios económicos, sociales y culturales inciden, además, en la política en el Renacimiento. Los señores feudales van perdiendo un poder que acaba y se concentra en manos de reyes. Estos poderosos monarcas sustentan las nuevas naciones europeas que se reconocen por medio de las emergentes lenguas vernáculas. Además, la concentración de riquezas propician emprendimientos de ambición sin los que no se pueden entender los descubrimientos de nuevas tierras a ojos europeos (América en 1492 por poner el caso de mayor importancia) y los primeros avances científicos. En este sentido, hay que anotar que, por primera vez en la historia, se estudia el cuerpo humano. 

El humanismo y la espiritualidad renacentista 

1.- El centro del universo es la raza humana 

La vida deja de ser un mero paso y un valle de lágrimas. Hay felicidad en acercarse y dedicarse a actividades mundanas que crean riqueza y bienestar. Sin abandonar el cristianismo, la Iglesia va perdiendo progresivamente poder y es cada vez menor su implicación en la vida civil. Se acepta que la raza humana tiene dos naturalezas: una material y otra espiritual. No es necesario sofocar los goces del cuerpo para alcanzar la paz del alma. Dios inunda cada rincón de la naturaleza y la contemplación de estas maravillas es una manera de acercarse a lo sagrado. Paralelamente, van perdiendo fuerza los ritos y las amenazas con las penas del infierno por dedicarse al progreso material o económico. 

2.- Se produce un retorno de la cultura clásica

Con la publicación de una ingente cantidad de libros en un número antes desconocido para la humanidad, se vuelve la mirada hacia la cultura clásica olvidándose las alegorías medievales. Es más, el arte se transforma radicalmente llenándose de mitos paganos, de desnudos, de poemas que cantan al amor platónico y se sigue el gusto por el orden y la elegancia.  

3.- El humanismo entiende la vida como goce 

El Renacimiento supone el abandono de la oscuridad en la que había estado inmersa la Edad Media. Los nuevos descubrimientos geográficos y el avance del conocimiento cimientan los estudios de humanidades alrededor de las lenguas vernáculas y de las incipientes universidades. Un sentimiento de confianza inunda todas las actividades vitales y, por primera vez en muchos siglos, el orden racional se impone en la sociedad. El espíritu crítico alcanza, incluso, la hasta entonces todopoderosa Iglesia. El erasmismo, primero, y luego el cisma de Lutero hacen saltar por los aires el dogmatismo religioso. Estos amagos de libertad se unen a un incipiente hedonismo. 

4.- La belleza es la manifestación divina 

La búsqueda de lo bueno, por tanto, ya no se considera pecado. Lo bello es considerado como la manifestación de Dios en la tierra y esta llega de múltiples maneras. Se afianza un gusto por disfrutar de la naturaleza, de los jardines, del arte, de la música, de la literatura, de la moda…. Las nuevas riquezas, además, se invierten, en parte, en el mecenazgo artístico que propicia que los buenos se hagan mejores y/o universales. Buena prueba de ello son Leonardo da Vinci o Miguel Ángel. 

Renacimiento y humanismo frente a las reformas religiosas 

Resumiendo mucho, no podemos entender el espíritu humanista del Renacimiento sin las críticas a la ortodoxia de la Iglesia tradicional. Los estudios clásicos y las investigaciones filológicas propician la reforma de la anquilosada iglesia de Roma. Se le achaca por parte de los reformadores que su manera de afrontar la lectura de las Sagradas Escrituras se aparta del espíritu fresco e inicial del Cristianismo propiciando la ignorancia y las supersticiones. Se critica el recurso manido y medieval de las penas del infierno y se propone una reinterpretación del Nuevo Testamento desde la perspectiva del humanismo.  

Sin el avance de la imprenta los escritos de Martín Lutero (1483-1546)  y su reforma protestante no hubieran tenido cabida. El afán de progreso llega a los cimientos mismos del Cristianismo proponiendo una lectura individual y personal del mensaje de Cristo. Ni que decir tiene que estas ideas hicieron mella en la Iglesia que vio como se tambaleaba su poder sobra una población progresivamente alfabetizada a la que le llegaban noticias de nuevas tierras y gentes desconocidas.  

El luteranismo, como es sabido, opone a la autoridad espiritual de Roma una religiosidad individualista basada en el “libre examen”. Ello es consecuencia del espíritu de independencia y del sentido crítico antes mencionado; de tal modo, el protestantismo ha podido ser considerado como una espiritualidad de raíz burguesa.  

Max Weber 

Si bien el Renacimiento supuso centrarse en el humanismo, la curia eclesial apoyada por los sectores recalcitrantes de la aristocracia, convocó el Concilio de Trento (1545-1563) dando lugar a la llamada Contrarreforma que, en España, fue de tal importancia que es fundamental a la hora de entender el devenir de los acontecimientos históricos posteriores. 

Se relega el latín como lengua de cultura universal en favor de unas lenguas vernáculas que van copando lentamente todas las esferas de poder y la literatura. Se traduce la Biblia a las lenguas romances y, por tanto, la palabra sagrada llega directamente a un público más amplio al que se le permite una interpretación ajena a los dogmas estrictos de la Iglesia. Ese individualismo abona el hedonismo, el individualismo y la mentalidad burguesa centrada en el progreso. El humanismo, además, busca la virtud más allá del seguimiento de los preceptos bíblicos y considera los negocios humanos como algo loable y positivo. Entran, por tanto, en juego los afanes de libertad y de justicia. 

El neoplatonismo como fuente del humanismo renacentista

Paralelamente, en las artes se busca una idealización y una elegancia alrededor de las cosas humanas que bebe de la cultura pagana.  El orden, la claridad y la razón guían todas las actividades y se mira hacia la filosofía de Platón. Bajo el prisma del neoplatonismo se deja de lado el mundo como representación que encontramos en los múltiples ejemplos de alegorías medievales para adentrarse en otra concepción. Ahora, Dios es belleza y se accede a la esencia divina a través de la contemplación de las joyas del alma y de la naturaleza. Todo ello derivará, por poner un ejemplo, en las manifestaciones de la mística que tan buenos frutos cosechó el Renacimiento en España

Y, por último, la situación en la corona de Castilla (ya unida con Aragón y anexados los reinos de Granada) fue distinta a la europea. El hecho de que fuera protagonista del descubrimiento de nuevas tierras (Canarias, América…) y el erigirse en el eje de la Contrarreforma frenaron el avance material que proponía el humanismo. Todo esto se afianzó con la expulsión de los judíos, primero, y de los últimos moriscos, después ya en el reinado de Felipe II. Los trabajos que estos realizaban (artesanía o artes liberarles) eran considerados como mal vistos por una hidalguía más afanada en la pureza de sangre que en el progreso. Con estos prejuicios de casta, de raza y de religión se ponen las semillas para la decadencia que comienza en el Barroco español y que no acabará hasta prácticamente mediados del siglo XX. Mientras tanto, el Renacimiento y la huella del humanismo en el resto de Europa iría germinando y fomentando (en líneas generales que todo esto hay que matizarlo) sociedades más afines al gusto por la razón y el espíritu crítico.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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En el siglo XV, procedente de Italia, surge un nuevo movimiento espiritual que ocupa todos los órdenes vitales. Durante las décadas centrales de este siglo se van dando pasos para salir de la cultura medieval y abonar los cimientos del Renacimiento y humanismo. Progresivamente, se van abandonado los preceptos sociales, económicos y de pensamiento que habían caracterizado los siglos anteriores para instalarse en un nuevo orden radicalmente diferente. Este impulso se extiende por toda Europa dando un vuelco a la cosmovisión imperante. Lo vemos detalladamente a continuación. 

Transformaciones desde la Edad Media hasta el Renacimiento  

1.- Poco a poco y paso a paso, se abandona la vida del campo en torno a los señores feudales y sus castillos. Paralelamente, las ciudades van creciendo tanto en número de habitantes como en riqueza disponible. Una pujante burguesía se dedica a negocios mundanos (desligados de la visión cristiana agrícola-ganadera) generando nuevos oficios de artesanos o de incipientes artes liberales. La tierra deja de ser la principal fuente de riqueza y se abren nuevas vías comerciales.

2.- Estas transformaciones económicas son protagonizadas por una burguesía que demanda una formación espiritual distinta centrada en el aquí y el ahora, en un goce de vivir desconocido en la Edad Media. Este espíritu positivo (que se retoma, eso sí de otra forma, a finales del siglo XIX con el desarrollo capitalista) no ve ya pecado en la riqueza y en el disfrute de los bienes terrenales. Así, esta nueva burguesía va colonizando el pensamiento y Dios (sin abandonar el espíritu cristiano) deja de ser el centro de la actividad. Ahora se exalta todo lo humano y esta secularización trae también un gusto por lo mundano. Y en este cajón entran múltiples facetas vitales: desde el arte hasta la contemplación o el disfrute de la belleza de la naturaleza.  

3.- Todos los cambios (incluido el cisma religioso protestante que veremos a continuación) no hubieran sido posible sin la aparición y la propagación de la imprenta de Guttenberg (1400-1468). Efectivamente, a finales del siglo XV prácticamente todas las ciudades de importancia de Europa disponen de una con lo que supone de comunicación de nuevas ideas entre un público cada vez más instruido. A la par, proliferan los estudios que, al estilo de los realizados por Francesco Petrarca (1304-1374), recogen los textos de la literatura griega o latina que estaban escondidos en los monasterios y sus manuscritos libros medievales. Se hacen, además, estudios filológicos, y se traducen a las lenguas vernáculas obras de la cultura clásica pagana. Por último, se imprimen en ediciones manejables (como las exquisitas de Aldo Manuzio) que se distribuyen en las emergentes universidades que iban surgiendo por todo el territorio europeo. Todo ello va abonando un estado de opinión impensable un siglo antes cuando el conocimiento estaba recluido en los scriptoria de los monasterios. 

4.- Estos cambios económicos, sociales y culturales inciden, además, en la política en el Renacimiento. Los señores feudales van perdiendo un poder que acaba y se concentra en manos de reyes. Estos poderosos monarcas sustentan las nuevas naciones europeas que se reconocen por medio de las emergentes lenguas vernáculas. Además, la concentración de riquezas propician emprendimientos de ambición sin los que no se pueden entender los descubrimientos de nuevas tierras a ojos europeos (América en 1492 por poner el caso de mayor importancia) y los primeros avances científicos. En este sentido, hay que anotar que, por primera vez en la historia, se estudia el cuerpo humano. 

El humanismo y la espiritualidad renacentista 

1.- El centro del universo es la raza humana 

La vida deja de ser un mero paso y un valle de lágrimas. Hay felicidad en acercarse y dedicarse a actividades mundanas que crean riqueza y bienestar. Sin abandonar el cristianismo, la Iglesia va perdiendo progresivamente poder y es cada vez menor su implicación en la vida civil. Se acepta que la raza humana tiene dos naturalezas: una material y otra espiritual. No es necesario sofocar los goces del cuerpo para alcanzar la paz del alma. Dios inunda cada rincón de la naturaleza y la contemplación de estas maravillas es una manera de acercarse a lo sagrado. Paralelamente, van perdiendo fuerza los ritos y las amenazas con las penas del infierno por dedicarse al progreso material o económico. 

2.- Se produce un retorno de la cultura clásica

Con la publicación de una ingente cantidad de libros en un número antes desconocido para la humanidad, se vuelve la mirada hacia la cultura clásica olvidándose las alegorías medievales. Es más, el arte se transforma radicalmente llenándose de mitos paganos, de desnudos, de poemas que cantan al amor platónico y se sigue el gusto por el orden y la elegancia.  

3.- El humanismo entiende la vida como goce 

El Renacimiento supone el abandono de la oscuridad en la que había estado inmersa la Edad Media. Los nuevos descubrimientos geográficos y el avance del conocimiento cimientan los estudios de humanidades alrededor de las lenguas vernáculas y de las incipientes universidades. Un sentimiento de confianza inunda todas las actividades vitales y, por primera vez en muchos siglos, el orden racional se impone en la sociedad. El espíritu crítico alcanza, incluso, la hasta entonces todopoderosa Iglesia. El erasmismo, primero, y luego el cisma de Lutero hacen saltar por los aires el dogmatismo religioso. Estos amagos de libertad se unen a un incipiente hedonismo. 

4.- La belleza es la manifestación divina 

La búsqueda de lo bueno, por tanto, ya no se considera pecado. Lo bello es considerado como la manifestación de Dios en la tierra y esta llega de múltiples maneras. Se afianza un gusto por disfrutar de la naturaleza, de los jardines, del arte, de la música, de la literatura, de la moda…. Las nuevas riquezas, además, se invierten, en parte, en el mecenazgo artístico que propicia que los buenos se hagan mejores y/o universales. Buena prueba de ello son Leonardo da Vinci o Miguel Ángel. 

Renacimiento y humanismo frente a las reformas religiosas 

Resumiendo mucho, no podemos entender el espíritu humanista del Renacimiento sin las críticas a la ortodoxia de la Iglesia tradicional. Los estudios clásicos y las investigaciones filológicas propician la reforma de la anquilosada iglesia de Roma. Se le achaca por parte de los reformadores que su manera de afrontar la lectura de las Sagradas Escrituras se aparta del espíritu fresco e inicial del Cristianismo propiciando la ignorancia y las supersticiones. Se critica el recurso manido y medieval de las penas del infierno y se propone una reinterpretación del Nuevo Testamento desde la perspectiva del humanismo.  

Sin el avance de la imprenta los escritos de Martín Lutero (1483-1546)  y su reforma protestante no hubieran tenido cabida. El afán de progreso llega a los cimientos mismos del Cristianismo proponiendo una lectura individual y personal del mensaje de Cristo. Ni que decir tiene que estas ideas hicieron mella en la Iglesia que vio como se tambaleaba su poder sobra una población progresivamente alfabetizada a la que le llegaban noticias de nuevas tierras y gentes desconocidas.  

El luteranismo, como es sabido, opone a la autoridad espiritual de Roma una religiosidad individualista basada en el “libre examen”. Ello es consecuencia del espíritu de independencia y del sentido crítico antes mencionado; de tal modo, el protestantismo ha podido ser considerado como una espiritualidad de raíz burguesa.  

Max Weber 

Si bien el Renacimiento supuso centrarse en el humanismo, la curia eclesial apoyada por los sectores recalcitrantes de la aristocracia, convocó el Concilio de Trento (1545-1563) dando lugar a la llamada Contrarreforma que, en España, fue de tal importancia que es fundamental a la hora de entender el devenir de los acontecimientos históricos posteriores. 

Se relega el latín como lengua de cultura universal en favor de unas lenguas vernáculas que van copando lentamente todas las esferas de poder y la literatura. Se traduce la Biblia a las lenguas romances y, por tanto, la palabra sagrada llega directamente a un público más amplio al que se le permite una interpretación ajena a los dogmas estrictos de la Iglesia. Ese individualismo abona el hedonismo, el individualismo y la mentalidad burguesa centrada en el progreso. El humanismo, además, busca la virtud más allá del seguimiento de los preceptos bíblicos y considera los negocios humanos como algo loable y positivo. Entran, por tanto, en juego los afanes de libertad y de justicia. 

El neoplatonismo como fuente del humanismo renacentista

Paralelamente, en las artes se busca una idealización y una elegancia alrededor de las cosas humanas que bebe de la cultura pagana.  El orden, la claridad y la razón guían todas las actividades y se mira hacia la filosofía de Platón. Bajo el prisma del neoplatonismo se deja de lado el mundo como representación que encontramos en los múltiples ejemplos de alegorías medievales para adentrarse en otra concepción. Ahora, Dios es belleza y se accede a la esencia divina a través de la contemplación de las joyas del alma y de la naturaleza. Todo ello derivará, por poner un ejemplo, en las manifestaciones de la mística que tan buenos frutos cosechó el Renacimiento en España

Y, por último, la situación en la corona de Castilla (ya unida con Aragón y anexados los reinos de Granada) fue distinta a la europea. El hecho de que fuera protagonista del descubrimiento de nuevas tierras (Canarias, América…) y el erigirse en el eje de la Contrarreforma frenaron el avance material que proponía el humanismo. Todo esto se afianzó con la expulsión de los judíos, primero, y de los últimos moriscos, después ya en el reinado de Felipe II. Los trabajos que estos realizaban (artesanía o artes liberarles) eran considerados como mal vistos por una hidalguía más afanada en la pureza de sangre que en el progreso. Con estos prejuicios de casta, de raza y de religión se ponen las semillas para la decadencia que comienza en el Barroco español y que no acabará hasta prácticamente mediados del siglo XX. Mientras tanto, el Renacimiento y la huella del humanismo en el resto de Europa iría germinando y fomentando (en líneas generales que todo esto hay que matizarlo) sociedades más afines al gusto por la razón y el espíritu crítico.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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Durante el reinado de Juan II de Castillla (1406-1454) y Alfonso V de Aragón (1416-1458) las condiciones socio-económicos que habían caracterizado la cultura medieval cambiaron radicalmente. Así, al cesar las luchas entre señores feudales y propiciar tanto los intercambios como las comunicaciones, las distintas cortes se hicieron más ricas y, a la par, sofisticadas. Y con el superávit llegaron los poetas con formación más o menos profesionales.  Estos se dedicaban al ejercicio de las letras para entretener a un auditorio alfabetizado, con educación y modales. Nace así la poesía cortesana, también llamada poesía del Cancionero, cuyo sustrato se encuentra no solo en la poesía trovadoresca sino también en el Romancero castellano y en las jarchas mozárabes

La lengua en el siglo XV y su percepción por los poetas 

No podemos entender qué supuso para la literatura este nuevo modelo estilístico sin acercarnos a la evolución lingüística de las distintas lenguas romances. De la literatura medieval en español únicamente nos han llegado algunas grandes obras del mester de clerecía (Libro de Buen Amor o Milagros de Nuestra Señora) y ese gran poema épico que es el Cantar del Mío Cid. Y del mester de juglaría acertamos únicamente a encontrar retazos de los que se infieren que la lengua usada era el castellano (sin tropos ni giros lingüísticos) que entendía el público popular.  

Sin embargo, las condiciones en el siglo XV ya eran otras totalmente distintas. Habían comenzado a inaugurarse las universidades. Las cortes se hacían más y más ricas. Y se podían mantener a músicos, trovadores y poetas que componían sus propias obras. Eran autores que manejaban el latín al dedillo y que consideraban que esta lengua era la de cultura. Eran creadores que querían distanciarse de lo que hacía el vulgo de una manera consciente. Por eso, tal como veremos a continuación, distorsionaban el estilo para acercarse a la estructura sintáctica y rítmica de los versos clásicos. 

Porque si por algo se caracteriza la poesía cortesana es por ese deseo de distanciarse de la popular. Así, el romancero estaba compuesto por poemas con versos en arte menor con una infinidad temática: noticias de guerras, canciones de amor sencillas… Sin embargo, la poesía cortesana ya adquiere una temática culta. Por un lado, se vale del amor platónico siguiendo la línea de la lírica provenzal y, por el otro, comienzan a aparecer obras moralistas, satíricas o espirituales. Buen ejemplo de esto último es Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.  

Características de la poesía cortesana  

Por tanto y resumiendo muchísimo y de forma esquemática tenemos:  

1.- La poesía cortesana aparece en las cortes sofisticadas del siglo XV.

2.- Aunque se recitan por rapsodas profesionales, se escribe (se pone negro sobre blanco) por poetas cultos y formados en los entresijos del latín. 

3.- Se busca el ingenio, ya que es una literatura para entretener y entra dentro de los programas de las cada vez más refinadas fiestas aristocráticas. 

4.- Al contrario de los cantares de gesta, se han conservado en recopilaciones. Las más famosas son los Cancioneros de Baena y el de Stúñiga. 

5.- Hay un prevalencia de poemas breves realizados en octosílabos utilizando una lengua muy pulida. 

6.- Se circunscriben a dos temáticas distintas. Por un lado, se canta al amor cortés, platónico y refinado siguiendo la estela de las cantigas de amor galaicas portuguesas. Y, por el otro, también hay un gusto por la línea doctrinal, por tratar aspectos emocionales o espirituales de la vida. Estos son de mayor calidad y suelen utilizar ya el verso de arte mayor. 

7.- En Castilla hay una fuerte influencia de los poetas italianos del denominado “dolce stil novo”: Giovanni Bocaccio (1313-1375), Francesco Petrarca (1304-1374) y, especialmente, Dante Alighieri (1265-1321). Se conocían sus innovaciones técnicas y estilísticas. 

8.- Aunque están escritos en castellano, esta lengua era sentida por los escritores de la época como de menor nivel que el latín. De hecho, el idioma no adquiriría carta de naturaleza artística hasta el Renacimiento español con Juan Boscán (1490-1542) y, especialmente, Garcilaso de la Vega (1491-1536). 

9.- Por tanto, los versos se modificaban para que tuvieran el ritmo acentúal clásico en lugar del silábico preeminente en la Edad Media y el que se impondría después. 

10.- Se buscaba la división en la mitad del verso mediante una pausa, también denominada cesura. Y el resultado también se hacía rimar. Por tanto, la complejidad era extrema. 

11.- El denominado “duro y desierto romance” según palabras de Juan de Mena, se contusionaba a nivel sintáctico con giros raros que incidían en la frescura de las obras. 

12.- También era normal el uso de cultismos y se buscaba asemejarse, en todo momento, al latín. En definitiva, el humanismo que impregnaba la época renegaba de lo propio y buscaba mirarse en la literatura clásica. 

13.- Todo esto fue diluyéndose en el reinado de Isabel I (1451-1504) y su búsqueda del buen gusto en el que se primaba la fluidez a la par que se trataban temas de calado espiritual. Buen ejemplo, reitero, son las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. 

14.- Y, por último, aunque debiera ser lo primero, hay un afán por los estudios literarios y se promueve la investigación (aunque a unos niveles básicos) en las distintas cortes. Los reyes estudian la historia y realizan generosos mecenazgos a poetas y artistas. Todo ello contribuye a sentar las bases del Renacimiento que llegaría décadas después.  

Poetas castellanos del Cancionero 

1.- Iñigo López de Mendoza o Marqués de Santillana (13098-1458) a quien he dedicado un estudio completo. En su biografía destaca su activismo contra don Álvaro de Luna, valido del rey Juan II y que le hizo caer en desgracia.  Sus obras son una mezcla de todos los modelos estilísticos de la época, ya que también trabaja en fórmulas más populares (Serranillas, Canciones…) También creó poemas de corte alegórico con temática moral: Infierno de los enamorados y Comedia de Ponza. Fue uno de los primeros que investigó las posibilidades del soneto.  

2.- Juan de Mena (1411-1456) también ha recibido trato especial en este espacio. Os remito al link para no repetirme. Tuvo un papel activo en la política y la administración de la corte de Juan II, ya que fue secretario del rey. Su obra más conocida es Laberinto de Fortuna o Las trescientas. Es un largo poema, uno de los mejores ejemplos de alegoría en castellano, escrito en trescientas estrofas de arte mayor. En él, el poeta se adentra (guiado por la Providencia) en un transparente palacio de cristal donde aparecen las tres ruedas del tiempo. Están paradas las del pasado y la del futuro. La del presente en movimiento, le sirve al escritor para narrar o describir hechos y personajes de su tiempo. Todo el texto literario tiene un aire patriótico, entendible por su posición privilegiada en una corte que ya empezaba a despuntar de entre las europeas.  

3.- El cenit de la poesía cortesana llega con Jorge Manrique y sus Coplas a la muerte de su padre. En ellas se abandona el lenguaje rebuscado y basado en alegorías en aras de una sencillez estilística que no desdeña el cuidado extremo en la expresión. Además, las críticas morales del poema se elevan con carácter universal y el ritmo se acompasa a lo que reclama la lengua castellana. Su importancia es tal que es uno de los primeros autores tratados en este espacio.

En definitiva, la poesía cortesana (como cualquier género artístico) responde a las demandas de una nueva época que abandona los rigores de la Edad Media para introducirse en la brillantez del Renacimiento. Aunque escrita en castellano, aún conserva la dependencia del latín y, progresivamente, se va perfilando conforme a las demandas rítmicas de una lengua romance que aún no había adquirido el prestigio que alcanzaría décadas después.

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Durante el reinado de Juan II de Castillla (1406-1454) y Alfonso V de Aragón (1416-1458) las condiciones socio-económicos que habían caracterizado la cultura medieval cambiaron radicalmente. Así, al cesar las luchas entre señores feudales y propiciar tanto los intercambios como las comunicaciones, las distintas cortes se hicieron más ricas y, a la par, sofisticadas. Y con el superávit llegaron los poetas con formación más o menos profesionales.  Estos se dedicaban al ejercicio de las letras para entretener a un auditorio alfabetizado, con educación y modales. Nace así la poesía cortesana, también llamada poesía del Cancionero, cuyo sustrato se encuentra no solo en la poesía trovadoresca sino también en el Romancero castellano y en las jarchas mozárabes

La lengua en el siglo XV y su percepción por los poetas 

No podemos entender qué supuso para la literatura este nuevo modelo estilístico sin acercarnos a la evolución lingüística de las distintas lenguas romances. De la literatura medieval en español únicamente nos han llegado algunas grandes obras del mester de clerecía (Libro de Buen Amor o Milagros de Nuestra Señora) y ese gran poema épico que es el Cantar del Mío Cid. Y del mester de juglaría acertamos únicamente a encontrar retazos de los que se infieren que la lengua usada era el castellano (sin tropos ni giros lingüísticos) que entendía el público popular.  

Sin embargo, las condiciones en el siglo XV ya eran otras totalmente distintas. Habían comenzado a inaugurarse las universidades. Las cortes se hacían más y más ricas. Y se podían mantener a músicos, trovadores y poetas que componían sus propias obras. Eran autores que manejaban el latín al dedillo y que consideraban que esta lengua era la de cultura. Eran creadores que querían distanciarse de lo que hacía el vulgo de una manera consciente. Por eso, tal como veremos a continuación, distorsionaban el estilo para acercarse a la estructura sintáctica y rítmica de los versos clásicos. 

Porque si por algo se caracteriza la poesía cortesana es por ese deseo de distanciarse de la popular. Así, el romancero estaba compuesto por poemas con versos en arte menor con una infinidad temática: noticias de guerras, canciones de amor sencillas… Sin embargo, la poesía cortesana ya adquiere una temática culta. Por un lado, se vale del amor platónico siguiendo la línea de la lírica provenzal y, por el otro, comienzan a aparecer obras moralistas, satíricas o espirituales. Buen ejemplo de esto último es Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique.  

Características de la poesía cortesana  

Por tanto y resumiendo muchísimo y de forma esquemática tenemos:  

1.- La poesía cortesana aparece en las cortes sofisticadas del siglo XV.

2.- Aunque se recitan por rapsodas profesionales, se escribe (se pone negro sobre blanco) por poetas cultos y formados en los entresijos del latín. 

3.- Se busca el ingenio, ya que es una literatura para entretener y entra dentro de los programas de las cada vez más refinadas fiestas aristocráticas. 

4.- Al contrario de los cantares de gesta, se han conservado en recopilaciones. Las más famosas son los Cancioneros de Baena y el de Stúñiga. 

5.- Hay un prevalencia de poemas breves realizados en octosílabos utilizando una lengua muy pulida. 

6.- Se circunscriben a dos temáticas distintas. Por un lado, se canta al amor cortés, platónico y refinado siguiendo la estela de las cantigas de amor galaicas portuguesas. Y, por el otro, también hay un gusto por la línea doctrinal, por tratar aspectos emocionales o espirituales de la vida. Estos son de mayor calidad y suelen utilizar ya el verso de arte mayor. 

7.- En Castilla hay una fuerte influencia de los poetas italianos del denominado “dolce stil novo”: Giovanni Bocaccio (1313-1375), Francesco Petrarca (1304-1374) y, especialmente, Dante Alighieri (1265-1321). Se conocían sus innovaciones técnicas y estilísticas. 

8.- Aunque están escritos en castellano, esta lengua era sentida por los escritores de la época como de menor nivel que el latín. De hecho, el idioma no adquiriría carta de naturaleza artística hasta el Renacimiento español con Juan Boscán (1490-1542) y, especialmente, Garcilaso de la Vega (1491-1536). 

9.- Por tanto, los versos se modificaban para que tuvieran el ritmo acentúal clásico en lugar del silábico preeminente en la Edad Media y el que se impondría después. 

10.- Se buscaba la división en la mitad del verso mediante una pausa, también denominada cesura. Y el resultado también se hacía rimar. Por tanto, la complejidad era extrema. 

11.- El denominado “duro y desierto romance” según palabras de Juan de Mena, se contusionaba a nivel sintáctico con giros raros que incidían en la frescura de las obras. 

12.- También era normal el uso de cultismos y se buscaba asemejarse, en todo momento, al latín. En definitiva, el humanismo que impregnaba la época renegaba de lo propio y buscaba mirarse en la literatura clásica. 

13.- Todo esto fue diluyéndose en el reinado de Isabel I (1451-1504) y su búsqueda del buen gusto en el que se primaba la fluidez a la par que se trataban temas de calado espiritual. Buen ejemplo, reitero, son las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. 

14.- Y, por último, aunque debiera ser lo primero, hay un afán por los estudios literarios y se promueve la investigación (aunque a unos niveles básicos) en las distintas cortes. Los reyes estudian la historia y realizan generosos mecenazgos a poetas y artistas. Todo ello contribuye a sentar las bases del Renacimiento que llegaría décadas después.  

Poetas castellanos del Cancionero 

1.- Iñigo López de Mendoza o Marqués de Santillana (13098-1458) a quien he dedicado un estudio completo. En su biografía destaca su activismo contra don Álvaro de Luna, valido del rey Juan II y que le hizo caer en desgracia.  Sus obras son una mezcla de todos los modelos estilísticos de la época, ya que también trabaja en fórmulas más populares (Serranillas, Canciones…) También creó poemas de corte alegórico con temática moral: Infierno de los enamorados y Comedia de Ponza. Fue uno de los primeros que investigó las posibilidades del soneto.  

2.- Juan de Mena (1411-1456) también ha recibido trato especial en este espacio. Os remito al link para no repetirme. Tuvo un papel activo en la política y la administración de la corte de Juan II, ya que fue secretario del rey. Su obra más conocida es Laberinto de Fortuna o Las trescientas. Es un largo poema, uno de los mejores ejemplos de alegoría en castellano, escrito en trescientas estrofas de arte mayor. En él, el poeta se adentra (guiado por la Providencia) en un transparente palacio de cristal donde aparecen las tres ruedas del tiempo. Están paradas las del pasado y la del futuro. La del presente en movimiento, le sirve al escritor para narrar o describir hechos y personajes de su tiempo. Todo el texto literario tiene un aire patriótico, entendible por su posición privilegiada en una corte que ya empezaba a despuntar de entre las europeas.  

3.- El cenit de la poesía cortesana llega con Jorge Manrique y sus Coplas a la muerte de su padre. En ellas se abandona el lenguaje rebuscado y basado en alegorías en aras de una sencillez estilística que no desdeña el cuidado extremo en la expresión. Además, las críticas morales del poema se elevan con carácter universal y el ritmo se acompasa a lo que reclama la lengua castellana. Su importancia es tal que es uno de los primeros autores tratados en este espacio.

En definitiva, la poesía cortesana (como cualquier género artístico) responde a las demandas de una nueva época que abandona los rigores de la Edad Media para introducirse en la brillantez del Renacimiento. Aunque escrita en castellano, aún conserva la dependencia del latín y, progresivamente, se va perfilando conforme a las demandas rítmicas de una lengua romance que aún no había adquirido el prestigio que alcanzaría décadas después.

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Aunque las alegorías se remontan (al menos que se tenga constancia) a la literatura griega y romana, con su pasarela de dioses que interactúan con los humanos, es en la Edad Media cuando cobran protagonismo. Estamos ante una figura estilística que pretende nombrar lo trascendente, religioso, incognoscible, eterno, inmortal y espiritual a través de imágenes de la naturaleza y la vida cotidiana. Para entender la definición de alegoría tenemos que comprender qué son los símbolos. Y este no es más que un término de este mundo que, en una lectura superpuesta, nombra lo del otro plano, lo divino y lo que, en definitiva, no puede entenderse. La alegoría (como los mitos) se forma con la narración de sucesivos símbolos. Lo veremos en todos los ejemplos de alegoría a continuación.  Esto es, sería el relato de aquello que se produce en un plano superior (celestial, espiritual o divino) utilizando elementos de la vida cotidiana, natural o tangible.  

Fue la expresión preferida de la Edad Media, esa época que se ha definido como de “familiaridad con lo santo”. Y lo es porque la cultura medieval pone siempre el foco en un más allá eterno y futuro mientras que aquello que está en el aquí y ahora no importa. No es que todo estuviera impregnado de religiosidad (que lo estaba), es que la situación que debían soportar los habitantes europeos a partir del siglo V hasta prácticamente el XII era de horror y oscuridad. A las pestes, sequías y hambrunas se añadían las guerras constantes entre los distintos señores. Las rutas y comunicaciones del Imperio Romano habían desaparecido y la población se agrupaba en pequeños pueblos alrededor de un castillo y/o monasterio. La rutina diaria era lo mejor que podía pasar y todo se enfocaba hacia esa vida futura, hacia la paz contemplativa de Dios. Y esta comunicación se hacía utilizando la alegoría.   

Ejemplos de alegoría en la literatura 

Esa familiaridad con lo santo se manifiesta a través de un espíritu que busca constantemente lo trascendente, eterno e inmortal en el mundo natural y visible. Y la literatura culta medieval (la del mester de clerecía) gira en torno a esta premisa. Por eso, ejemplos de alegoría son:  

1.- Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo desde las primeras líneas de la obra. Recordemos que la misma comienza cuando el protagonista dice sentirse agotado y, para reponer fuerzas, entra en un prado donde se reconforta y descansa con las múltiples florecitas coloridas del césped. El prado es uno de los ejemplos de alegoría para referirse al Paraíso y las flores son los múltiples nombres que recibe la Virgen María. Berceo va a más, ya que conoce el lenguaje del pensamiento simbólico en el que se sustenta esta comunicación, y nos dice que se refresca con unas fuentes (trasunto de los Evangelios) y con el canto de las aves que no son más que las palabras de los santos y la música de los ángeles.

2.- Ya en el Siglo XV, Juan de Mena (1411-1456), poeta adscrito a la poesía del Cancionero en la corte de Juan II de Castilla (1406-1454), compone el largo poema alegórico: Laberinto de Fortuna. Desarrolla en trescientas estrofas de arte mayor una complicada narración. El poeta accede al Palacio de la Fortuna donde contempla tres ruedas. Dos están inmóviles: la del pasado y la del futuro. La del presente le vale al creador para describir hechos y personajes de su tiempo siempre guiado por espíritu patriótico. No en vano era un eminente miembro de lo que ya era una de las cortes más importantes de Europa. 

3.- La gran Divina Comedia de Dante Aligheri (1265-1321), uno de los autores de la Edad Media del canon universal.  Está escrita en clave alegórica siguiendo los preceptos de la nueva poesía italiana calificada como el “dolce stil novo”. Los tercetos endecasílabos del largo poema narran el viaje del alma (considerado iniciático, aunque el término sea contemporáneo) a través de los horrores del Purgatorio y del Infierno donde se sufren por los vicios humanos. La meta última es la paz y la serenidad de la contemplación divina que se alcanza a través del cultivo de las virtudes.  

4.- Y desde España pasando por Italia llegamos a Francia ya que las alegorías estuvieron presentes en toda la Edad Media europea. Así, el conocido Roman de la Rose del siglo XIII también está escrito en clave alegórica. Aquí se desgranan las claves del amor aristocrático y platónico que alimentan el alma. 

Ambrogio Lorenzetti The Effects of Bad Government on the Countryside detail 

Ejemplos de alegoría en la pintura 

Una de las características de la pintura en la Edad Media es que gira en torno a lo religioso. Además, los soportes son distintos a los que llegarían después: lienzo, tabla…  

Alegorias Beato de Facundo La mujer y el dragon 

1.- Así, encontramos ejemplos de alegoría en los múltiples libros medievales que, por su importancia, se iluminaron con materiales preciosos (lapislázuli, oro, plata, chinchilla…) con bellas ilustraciones en clave alegórica. Hay que anotar que la literatura, en un porcentaje amplísimo, era oral (recordemos los cantares de gesta). Además, debido a  su alto coste (económico y de tiempo) solo se ponían negro sobre blanco aquellas obras que se consideraban importantes para la salvación del alma. Las iluminaciones con bellos colores se hacían sobre obras de extrema importancia espiritual. Buen ejemplo de esto son los Beatos hispánicos de sustrato mozárabe que se empezaron a realizar a partir del año 1000, cuando el mundo siguió girando y no se paró en esa fecha. Todas las representaciones de los monstruos apocalípticos están realizadas en clave alegórica. Otra obra (de entre los ejemplos de alegoría en los libros) es el Manuscrito de Llull donde se narran las luchas espirituales en clave humana. He elegido la bella representación del combate de la verdad contra la mentira para que encabece este pequeño estudio sobre los ejemplos de alegoría. La narración de esta obra, por tanto, se hace en clave simbólica. Así, podemos ver cómo las torres de los vicios caen ante las lanzas de los soldados que encarnan las virtudes.  

Alegoria Lorenzetti Alegoria del buen gobierno 1338 39

2.- Una de las obras más famosas utilizando este modelo comunicativo son las Alegorías del buen y mal gobierno de Lorenzetti. Los murales se encuentran en Siena y fueron realizados en el siglo XIV.  

 Alegoria Portico de la Gloria por Perez Villaamil

Ejemplos de alegoría en la arquitectura

Aunque esta figura estilística (especialmente en el campo de la literatura) se siguió utilizando tras la Edad Media, es en esta época cuando alcanza su apogeo. Y lo hace en todos los ámbitos comunicativos llegando incluso a colonizar la arquitectura. Ante un pueblo eminentemente analfabeto, la Iglesia (que ostentaba los resortes culturales) despliega un auténtico arsenal simbólico en todo tipo de construcciones. Así, tanto los capiteles de las columnas de los templos más sencillos como las portadas de las grandes catedrales de la arquitectura románica y gótica se llenan con este formato narrativo. El objetivo era comunicar mediante imágenes terrenales la correspondencia de un mundo trascendental, sagrado y cristiano.  

Aunque se puede escoger cualquier muro de cualquier templo cristiano europeo, buen ejemplo de esta técnica comunicativa es el conocido Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. La figura de Dios redentor se encuentra en la cima, rodeada por los evangelistas y los apóstoles. Las desnudas columnas sostienen toda la narración por donde pasan almas en busca de consuelo en una vida futura, eterna y trascendente. Todo ello sobre las cabezas, en lo más alto, como el cielo, en uno de los más claros ejemplos de alegoría de la historia del arte.

Por Candela Vizcaíno, Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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Aunque las alegorías se remontan (al menos que se tenga constancia) a la literatura griega y romana, con su pasarela de dioses que interactúan con los humanos, es en la Edad Media cuando cobran protagonismo. Estamos ante una figura estilística que pretende nombrar lo trascendente, religioso, incognoscible, eterno, inmortal y espiritual a través de imágenes de la naturaleza y la vida cotidiana. Para entender la definición de alegoría tenemos que comprender qué son los símbolos. Y este no es más que un término de este mundo que, en una lectura superpuesta, nombra lo del otro plano, lo divino y lo que, en definitiva, no puede entenderse. La alegoría (como los mitos) se forma con la narración de sucesivos símbolos. Lo veremos en todos los ejemplos de alegoría a continuación.  Esto es, sería el relato de aquello que se produce en un plano superior (celestial, espiritual o divino) utilizando elementos de la vida cotidiana, natural o tangible.  

Fue la expresión preferida de la Edad Media, esa época que se ha definido como de “familiaridad con lo santo”. Y lo es porque la cultura medieval pone siempre el foco en un más allá eterno y futuro mientras que aquello que está en el aquí y ahora no importa. No es que todo estuviera impregnado de religiosidad (que lo estaba), es que la situación que debían soportar los habitantes europeos a partir del siglo V hasta prácticamente el XII era de horror y oscuridad. A las pestes, sequías y hambrunas se añadían las guerras constantes entre los distintos señores. Las rutas y comunicaciones del Imperio Romano habían desaparecido y la población se agrupaba en pequeños pueblos alrededor de un castillo y/o monasterio. La rutina diaria era lo mejor que podía pasar y todo se enfocaba hacia esa vida futura, hacia la paz contemplativa de Dios. Y esta comunicación se hacía utilizando la alegoría.   

Ejemplos de alegoría en la literatura 

Esa familiaridad con lo santo se manifiesta a través de un espíritu que busca constantemente lo trascendente, eterno e inmortal en el mundo natural y visible. Y la literatura culta medieval (la del mester de clerecía) gira en torno a esta premisa. Por eso, ejemplos de alegoría son:  

1.- Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo desde las primeras líneas de la obra. Recordemos que la misma comienza cuando el protagonista dice sentirse agotado y, para reponer fuerzas, entra en un prado donde se reconforta y descansa con las múltiples florecitas coloridas del césped. El prado es uno de los ejemplos de alegoría para referirse al Paraíso y las flores son los múltiples nombres que recibe la Virgen María. Berceo va a más, ya que conoce el lenguaje del pensamiento simbólico en el que se sustenta esta comunicación, y nos dice que se refresca con unas fuentes (trasunto de los Evangelios) y con el canto de las aves que no son más que las palabras de los santos y la música de los ángeles.

2.- Ya en el Siglo XV, Juan de Mena (1411-1456), poeta adscrito a la poesía del Cancionero en la corte de Juan II de Castilla (1406-1454), compone el largo poema alegórico: Laberinto de Fortuna. Desarrolla en trescientas estrofas de arte mayor una complicada narración. El poeta accede al Palacio de la Fortuna donde contempla tres ruedas. Dos están inmóviles: la del pasado y la del futuro. La del presente le vale al creador para describir hechos y personajes de su tiempo siempre guiado por espíritu patriótico. No en vano era un eminente miembro de lo que ya era una de las cortes más importantes de Europa. 

3.- La gran Divina Comedia de Dante Aligheri (1265-1321), uno de los autores de la Edad Media del canon universal.  Está escrita en clave alegórica siguiendo los preceptos de la nueva poesía italiana calificada como el “dolce stil novo”. Los tercetos endecasílabos del largo poema narran el viaje del alma (considerado iniciático, aunque el término sea contemporáneo) a través de los horrores del Purgatorio y del Infierno donde se sufren por los vicios humanos. La meta última es la paz y la serenidad de la contemplación divina que se alcanza a través del cultivo de las virtudes.  

4.- Y desde España pasando por Italia llegamos a Francia ya que las alegorías estuvieron presentes en toda la Edad Media europea. Así, el conocido Roman de la Rose del siglo XIII también está escrito en clave alegórica. Aquí se desgranan las claves del amor aristocrático y platónico que alimentan el alma. 

Ambrogio Lorenzetti The Effects of Bad Government on the Countryside detail 

Ejemplos de alegoría en la pintura 

Una de las características de la pintura en la Edad Media es que gira en torno a lo religioso. Además, los soportes son distintos a los que llegarían después: lienzo, tabla…  

Alegorias Beato de Facundo La mujer y el dragon 

1.- Así, encontramos ejemplos de alegoría en los múltiples libros medievales que, por su importancia, se iluminaron con materiales preciosos (lapislázuli, oro, plata, chinchilla…) con bellas ilustraciones en clave alegórica. Hay que anotar que la literatura, en un porcentaje amplísimo, era oral (recordemos los cantares de gesta). Además, debido a  su alto coste (económico y de tiempo) solo se ponían negro sobre blanco aquellas obras que se consideraban importantes para la salvación del alma. Las iluminaciones con bellos colores se hacían sobre obras de extrema importancia espiritual. Buen ejemplo de esto son los Beatos hispánicos de sustrato mozárabe que se empezaron a realizar a partir del año 1000, cuando el mundo siguió girando y no se paró en esa fecha. Todas las representaciones de los monstruos apocalípticos están realizadas en clave alegórica. Otra obra (de entre los ejemplos de alegoría en los libros) es el Manuscrito de Llull donde se narran las luchas espirituales en clave humana. He elegido la bella representación del combate de la verdad contra la mentira para que encabece este pequeño estudio sobre los ejemplos de alegoría. La narración de esta obra, por tanto, se hace en clave simbólica. Así, podemos ver cómo las torres de los vicios caen ante las lanzas de los soldados que encarnan las virtudes.  

Alegoria Lorenzetti Alegoria del buen gobierno 1338 39

2.- Una de las obras más famosas utilizando este modelo comunicativo son las Alegorías del buen y mal gobierno de Lorenzetti. Los murales se encuentran en Siena y fueron realizados en el siglo XIV.  

 Alegoria Portico de la Gloria por Perez Villaamil

Ejemplos de alegoría en la arquitectura

Aunque esta figura estilística (especialmente en el campo de la literatura) se siguió utilizando tras la Edad Media, es en esta época cuando alcanza su apogeo. Y lo hace en todos los ámbitos comunicativos llegando incluso a colonizar la arquitectura. Ante un pueblo eminentemente analfabeto, la Iglesia (que ostentaba los resortes culturales) despliega un auténtico arsenal simbólico en todo tipo de construcciones. Así, tanto los capiteles de las columnas de los templos más sencillos como las portadas de las grandes catedrales de la arquitectura románica y gótica se llenan con este formato narrativo. El objetivo era comunicar mediante imágenes terrenales la correspondencia de un mundo trascendental, sagrado y cristiano.  

Aunque se puede escoger cualquier muro de cualquier templo cristiano europeo, buen ejemplo de esta técnica comunicativa es el conocido Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. La figura de Dios redentor se encuentra en la cima, rodeada por los evangelistas y los apóstoles. Las desnudas columnas sostienen toda la narración por donde pasan almas en busca de consuelo en una vida futura, eterna y trascendente. Todo ello sobre las cabezas, en lo más alto, como el cielo, en uno de los más claros ejemplos de alegoría de la historia del arte.

Por Candela Vizcaíno, Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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La alegoría es una figura artística ampliamente utilizada en la literatura occidental que consiste en el uso de la correspondencia entre el mundo físico, real y tangible con un más allá sagrado, incognoscible y etéreo. A la hora de adentrarnos en la definición de alegoría tenemos que tener en cuenta siempre el plano espiritual (en el sentido amplio del término), ya que con esta figura retórica se pretende definir un mundo desconocido utilizando elementos de la vida cotidiana o de la naturaleza.  

La alegoría en la literatura occidental 

Encontramos los primeros vestigios de esta fórmula estilística en la cultura clásica, tanto en la literatura griega como en la romana.  El proceso siempre estuvo vinculado a los mitos paganos por los que se asignaban dioses para las cosas, las tareas y las espiritualidades humanas. Estos pueblos veían las manifestaciones divinas en todos y cada uno de los rincones de la naturaleza. Así nos topamos con ninfas de las aguas, faunos de los bosques o deidades del hogar o el comercio (por poner solo un puñado de ejemplos) conviviendo e interactuando con los humanos.  

La cosmovisión grecolatina (tras el colapso de esta civilización) sobrevivió a través de los libros medievales que se lograron conservar en pequeños y grandes monasterios. Allí, pacientemente, se recogían retazos de lo que fue una civilización avanzada para que no se perdiera para siempre. Fue San Agustín de Hipona (354-430) quien, en su obra, retomó este pensamiento simbólico y lo incorporó al cristianismo, ahora con tintes y significados distintos. El papel de la Iglesia en la Edad Media, con su propagación de la fe, hizo el resto para el desarrollo de la alegoría.  

La alegoría durante la Edad Media  

A partir del siglo V Europa al completo (excepto la zona sur de la Península Ibérica de influencia musulmana) se encuentra dominada por el pensamiento cristiano. El colapso económico y de las comunicaciones está detrás de la decadencia social y política de una época oscura y violenta. Los territorios se dividen en pequeños reinos al mando de un señor enfrentado (en la mayoría de los casos) a muerte con sus vecinos. A las guerras se unen las hambrunas y las sucesivas pestes que diezman la población. Paralelamente, el analfabetismo se hace general y el conocimiento se reconcentra entre los muros de los centros religiosos.  

Es un orden socio-económico que solo encuentra consuelo en una vida futura, de tal calado son las penalidades cotidianas. Es por eso que la religión ocupa todos los aspectos vitales. A la par, la existencia se considera un mero paso hacia un más allá paradisiaco o, al menos, un poco más amable que la rudeza del hambre y la muerte. Con una población mayoritariamente analfabeta, que accede a la literatura únicamente a través del mester de juglaría y sus cantares de gesta, la comunicación se hace a través de alegorías. Y con estas premisas se crearon las obras de los grandes autores de la Edad Media: desde la Divina Comedia de Dante Alighieri hasta Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo

Más allá de la definición de alegoría 

Por si fuera poco, sobrepasó el ámbito meramente literario y se traspasó a otras artes. Así, las portadas de las iglesias y catedrales (tanto del románico como del gótico) se valen de las alegorías para representar el mundo del más allá con elementos conocidos de la naturaleza. Además, las encontramos en las profusas iluminaciones (ilustraciones realizadas con materiales nobles) de los libros medievales, como los conocidos Beatos. En ellas, por poner un ejemplo común, se narran los destrozos llevados a cabo por el demonio con una mezcla de animales mitológicos y reales. En estas obras, además, se representan de manera física (con sus caballos, carros y ejércitos humanos) los combates espirituales más comunes, como el del triunfo de la verdad sobre la mentira. 

Para rematar la definición de alegoría, en definitiva, nos tenemos que remitir al símbolo, a ese objeto del mundo real y natural que manifiesta un hecho espiritual, anímico, sentimental o intangible. La alegoría sería el relato de esa realidad situada en otro plano. Es por esto que su uso fue continuado y normalizado en el periodo medieval e, incluso, en el Renacimiento (con su vuelta a la cultura pagana) para ir apagándose conforme Europa se adentraba en los estudios empíricos basados en la razón y en la comprobación para olvidarse por completo de todo este pensamiento, considerado, al día de hoy, como mágico.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla 

 

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La alegoría es una figura artística ampliamente utilizada en la literatura occidental que consiste en el uso de la correspondencia entre el mundo físico, real y tangible con un más allá sagrado, incognoscible y etéreo. A la hora de adentrarnos en la definición de alegoría tenemos que tener en cuenta siempre el plano espiritual (en el sentido amplio del término), ya que con esta figura retórica se pretende definir un mundo desconocido utilizando elementos de la vida cotidiana o de la naturaleza.  

La alegoría en la literatura occidental 

Encontramos los primeros vestigios de esta fórmula estilística en la cultura clásica, tanto en la literatura griega como en la romana.  El proceso siempre estuvo vinculado a los mitos paganos por los que se asignaban dioses para las cosas, las tareas y las espiritualidades humanas. Estos pueblos veían las manifestaciones divinas en todos y cada uno de los rincones de la naturaleza. Así nos topamos con ninfas de las aguas, faunos de los bosques o deidades del hogar o el comercio (por poner solo un puñado de ejemplos) conviviendo e interactuando con los humanos.  

La cosmovisión grecolatina (tras el colapso de esta civilización) sobrevivió a través de los libros medievales que se lograron conservar en pequeños y grandes monasterios. Allí, pacientemente, se recogían retazos de lo que fue una civilización avanzada para que no se perdiera para siempre. Fue San Agustín de Hipona (354-430) quien, en su obra, retomó este pensamiento simbólico y lo incorporó al cristianismo, ahora con tintes y significados distintos. El papel de la Iglesia en la Edad Media, con su propagación de la fe, hizo el resto para el desarrollo de la alegoría.  

La alegoría durante la Edad Media  

A partir del siglo V Europa al completo (excepto la zona sur de la Península Ibérica de influencia musulmana) se encuentra dominada por el pensamiento cristiano. El colapso económico y de las comunicaciones está detrás de la decadencia social y política de una época oscura y violenta. Los territorios se dividen en pequeños reinos al mando de un señor enfrentado (en la mayoría de los casos) a muerte con sus vecinos. A las guerras se unen las hambrunas y las sucesivas pestes que diezman la población. Paralelamente, el analfabetismo se hace general y el conocimiento se reconcentra entre los muros de los centros religiosos.  

Es un orden socio-económico que solo encuentra consuelo en una vida futura, de tal calado son las penalidades cotidianas. Es por eso que la religión ocupa todos los aspectos vitales. A la par, la existencia se considera un mero paso hacia un más allá paradisiaco o, al menos, un poco más amable que la rudeza del hambre y la muerte. Con una población mayoritariamente analfabeta, que accede a la literatura únicamente a través del mester de juglaría y sus cantares de gesta, la comunicación se hace a través de alegorías. Y con estas premisas se crearon las obras de los grandes autores de la Edad Media: desde la Divina Comedia de Dante Alighieri hasta Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo

Más allá de la definición de alegoría 

Por si fuera poco, sobrepasó el ámbito meramente literario y se traspasó a otras artes. Así, las portadas de las iglesias y catedrales (tanto del románico como del gótico) se valen de las alegorías para representar el mundo del más allá con elementos conocidos de la naturaleza. Además, las encontramos en las profusas iluminaciones (ilustraciones realizadas con materiales nobles) de los libros medievales, como los conocidos Beatos. En ellas, por poner un ejemplo común, se narran los destrozos llevados a cabo por el demonio con una mezcla de animales mitológicos y reales. En estas obras, además, se representan de manera física (con sus caballos, carros y ejércitos humanos) los combates espirituales más comunes, como el del triunfo de la verdad sobre la mentira. 

Para rematar la definición de alegoría, en definitiva, nos tenemos que remitir al símbolo, a ese objeto del mundo real y natural que manifiesta un hecho espiritual, anímico, sentimental o intangible. La alegoría sería el relato de esa realidad situada en otro plano. Es por esto que su uso fue continuado y normalizado en el periodo medieval e, incluso, en el Renacimiento (con su vuelta a la cultura pagana) para ir apagándose conforme Europa se adentraba en los estudios empíricos basados en la razón y en la comprobación para olvidarse por completo de todo este pensamiento, considerado, al día de hoy, como mágico.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla 

 

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Miguel de Unamuno (1864-1936) no solo es uno de los más insignes autores de la Generación del 98 sino también uno de los más importantes representantes del existencialismo en España. Catedrático en la Universidad de Salamanca, sus escritos participan tanto del realismo literario como de las hondas preocupaciones que se suceden con el cambio del siglo. Vive, investiga y escribe en una época de decadencia social y política en una nación aislada de Europa. Sin embargo, el maestro se desliga de ese dolor que caracteriza a los autores de la época para crear una obra hondamente humana en el que sus protagonistas se presentan con toda su cruda contradicción. Empeñado en llegar a lo grande desde lo pequeño, suyo es el concepto de intrahistoria. Erudito y formado, muchas de las frases de Miguel de Unamuno ni tan siquiera salieron de su pluma o de su boca. La tradición que ha llegado después se las achaca, a veces sin más autoridad que un simple testigo. Cristiano en una época que asiste a la muerte de Dios, busca lo religioso en los recovecos de la naturaleza, en los resquicios del alma humana y en la compasión. Aquí coincide con el krausismo que tanta aceptación tuvo entre escritores e intelectuales españoles de la época. 

Una de las frases de Miguel de Unamuno más famosas (de la que no queda constancia escrita y simplemente se le atribuye) es:  

Venceréis, pero no convenceréis.

Fue pronunciada el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca cuando ya todo el país estaba inmerso en una guerra fraticida. Al parecer, fue la contestación al famoso General Millán-Astray, fundador de la legión y primer novio de la muerte, que irrumpió en el aula al grito de “muera los intelectuales.” Aunque tiene ese carácter apócrifo, nos dice (y bastante) del carácter del escritor que lo fía todo (¡tampoco puede ser de otra manera!) a la palabra escrita y hablada.   

Frases de Miguel de Unamuno sobre la intrahistoria  

Con intrahistoria nos referimos, no a los grandes hechos, logros o batallas de los personajes de la élite social, sino al cúmulo de acciones pequeñas que realizan cotidianamente seres anónimos. Unamuno entendía que era aquí donde se forjaban los verdaderos cambios sociales, políticos, culturales y económicos.  

Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del “presente momento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al mismo foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la Historia.  

Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.  

En torno al casticismo  

Frases de Miguel de Unamuno sobre el dolor de España y sobre la técnica 

A finales del siglo XIX se produce una auténtica revolución en la técnica, la ciencia y en el modelo de vida europeo. Sin embargo, en España, debido a rebeliones, guerras civiles, sucesivas crisis económicas y un vertiginoso carrusel de cambios políticos se encuentra en importante atraso con respecto a los países de su entorno. Los intelectuales de la época se duelen por esto y siempre miran al extranjero que sirve como modelo para los cambios que debería afrontar en el país. Sin embargo, Unamuno es cauto con esta iniciativa. No es que no desee el crecimiento social, económico, político y cultural sino que aboga por llevarlo a cabo según la esencia del espíritu español.  

… la verdadera y honda europeización de España, es decir, nuestra digestión de aquella parte del espíritu europeo que puede hacerse espíritu nuestro, no empezará hasta que no tratemos de imponernos en el orden espiritual a Europa, de hacerles tragar lo nuestro, lo genuinamente nuestro, a cambio de lo suyo, hasta que no tratemos de españolizar a Europa. 

Sobre la españolización

¡Maldito lo que se gana con progreso que nos obliga a emborracharnos con el negocio, el trabajo y la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría eterna, que repite el vanitas vanitatum!  

En el ensayo La vida es sueño 

Frases de Miguel de Unamuno más famosas 

Algunas de ellas adelantan los conceptos de autoestima que, por entonces, no estaba en boca de todos. También trata sobre la envidia, el vicio español por esencia y nos encontramos bellos retazos en los que aboga por la soledad como primer paso para el autoconocimiento

Frases de Miguel de Unamuno 

Mi objetivo es agitar y molestar a la gente. No estoy vendiendo pan; estoy vendiendo levadura.  

El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él. 

 Frases de Miguel de Unamuno 3

La envidia es mil veces más terrible que el hambre porque es hambre espiritual.

Solo en la soledad nos encontramos; y al encontrarnos a nosotros mismos encontramos a todos nuestros hermanos en la soledad.  

Cuanto menos leemos, más dañino es lo que leemos.

Frases de Miguel de Unamuno 2 

El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando.

Leer mucho es uno de los caminos de la originalidad, uno es tanto más original y propio cuanto mejor enterado está de lo que han dicho los demás.  

Son muchas las frases de Miguel de Unamuno (entresacadas de sus textos) que circulan por la red. Creo que es importante acercarse (aunque solo sea de puntillas) a la figura y al pensamiento de este autor, uno de los fundamentales del canon en español. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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Miguel de Unamuno (1864-1936) no solo es uno de los más insignes autores de la Generación del 98 sino también uno de los más importantes representantes del existencialismo en España. Catedrático en la Universidad de Salamanca, sus escritos participan tanto del realismo literario como de las hondas preocupaciones que se suceden con el cambio del siglo. Vive, investiga y escribe en una época de decadencia social y política en una nación aislada de Europa. Sin embargo, el maestro se desliga de ese dolor que caracteriza a los autores de la época para crear una obra hondamente humana en el que sus protagonistas se presentan con toda su cruda contradicción. Empeñado en llegar a lo grande desde lo pequeño, suyo es el concepto de intrahistoria. Erudito y formado, muchas de las frases de Miguel de Unamuno ni tan siquiera salieron de su pluma o de su boca. La tradición que ha llegado después se las achaca, a veces sin más autoridad que un simple testigo. Cristiano en una época que asiste a la muerte de Dios, busca lo religioso en los recovecos de la naturaleza, en los resquicios del alma humana y en la compasión. Aquí coincide con el krausismo que tanta aceptación tuvo entre escritores e intelectuales españoles de la época. 

Una de las frases de Miguel de Unamuno más famosas (de la que no queda constancia escrita y simplemente se le atribuye) es:  

Venceréis, pero no convenceréis.

Fue pronunciada el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca cuando ya todo el país estaba inmerso en una guerra fraticida. Al parecer, fue la contestación al famoso General Millán-Astray, fundador de la legión y primer novio de la muerte, que irrumpió en el aula al grito de “muera los intelectuales.” Aunque tiene ese carácter apócrifo, nos dice (y bastante) del carácter del escritor que lo fía todo (¡tampoco puede ser de otra manera!) a la palabra escrita y hablada.   

Frases de Miguel de Unamuno sobre la intrahistoria  

Con intrahistoria nos referimos, no a los grandes hechos, logros o batallas de los personajes de la élite social, sino al cúmulo de acciones pequeñas que realizan cotidianamente seres anónimos. Unamuno entendía que era aquí donde se forjaban los verdaderos cambios sociales, políticos, culturales y económicos.  

Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del “presente momento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al mismo foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la Historia.  

Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentida que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras.  

En torno al casticismo  

Frases de Miguel de Unamuno sobre el dolor de España y sobre la técnica 

A finales del siglo XIX se produce una auténtica revolución en la técnica, la ciencia y en el modelo de vida europeo. Sin embargo, en España, debido a rebeliones, guerras civiles, sucesivas crisis económicas y un vertiginoso carrusel de cambios políticos se encuentra en importante atraso con respecto a los países de su entorno. Los intelectuales de la época se duelen por esto y siempre miran al extranjero que sirve como modelo para los cambios que debería afrontar en el país. Sin embargo, Unamuno es cauto con esta iniciativa. No es que no desee el crecimiento social, económico, político y cultural sino que aboga por llevarlo a cabo según la esencia del espíritu español.  

… la verdadera y honda europeización de España, es decir, nuestra digestión de aquella parte del espíritu europeo que puede hacerse espíritu nuestro, no empezará hasta que no tratemos de imponernos en el orden espiritual a Europa, de hacerles tragar lo nuestro, lo genuinamente nuestro, a cambio de lo suyo, hasta que no tratemos de españolizar a Europa. 

Sobre la españolización

¡Maldito lo que se gana con progreso que nos obliga a emborracharnos con el negocio, el trabajo y la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría eterna, que repite el vanitas vanitatum!  

En el ensayo La vida es sueño 

Frases de Miguel de Unamuno más famosas 

Algunas de ellas adelantan los conceptos de autoestima que, por entonces, no estaba en boca de todos. También trata sobre la envidia, el vicio español por esencia y nos encontramos bellos retazos en los que aboga por la soledad como primer paso para el autoconocimiento

Frases de Miguel de Unamuno 

Mi objetivo es agitar y molestar a la gente. No estoy vendiendo pan; estoy vendiendo levadura.  

El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él. 

 Frases de Miguel de Unamuno 3

La envidia es mil veces más terrible que el hambre porque es hambre espiritual.

Solo en la soledad nos encontramos; y al encontrarnos a nosotros mismos encontramos a todos nuestros hermanos en la soledad.  

Cuanto menos leemos, más dañino es lo que leemos.

Frases de Miguel de Unamuno 2 

El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando.

Leer mucho es uno de los caminos de la originalidad, uno es tanto más original y propio cuanto mejor enterado está de lo que han dicho los demás.  

Son muchas las frases de Miguel de Unamuno (entresacadas de sus textos) que circulan por la red. Creo que es importante acercarse (aunque solo sea de puntillas) a la figura y al pensamiento de este autor, uno de los fundamentales del canon en español. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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El regeneracionismo en España fue un movimiento histórico, posteriormente trasladado a la literatura, surgido a mediados del siglo XIX como reacción a la decadencia social, económica, cultural y política del país. Este se explica por el imparable deterioro de las condiciones de vida generales, por el atraso en la ciencia o en la investigación (prácticamente nula) y por la creciente brecha con Europa. El regeneracionismo se encuadra en lo que se ha venido en llamar “el problema de España” o el “dolor por España” que es una de las características de la Generación del 98, uno de las más influyentes de la época, junto con el realismo literario

Bases históricas que explican el movimiento 

El siglo XIX comienza en España con la invasión por parte del ejército de Napoleón y la posterior Guerra de la Independencia (1808-1814). Durante el conflicto se pone en evidencia la fractura entre el pueblo y la élite afrancesada defensora a ultranza de los principios de la cultura del Neoclasicismo. Es el amor por la razón, por la ciencia empírica y por la educación lo que lleva a estos ilustrados a defender el modelo social y político del invasor. Sin embargo, el pueblo (y algunos miembros de la clase alta que todo hay que decirlo) tenían otras ideas. No tardaron en levantarse en armas azuzados anímicamente por el patriotismo, base del nacionalismo. Resumiendo mucho, los horrores de esos días están perfectamente simbolizados en la obra maestra de Francisco de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo

El resultado del conflicto, recordemos, fue la expulsión del invasor pero, a la vez, supuso la vuelta del nefasto Fernando VII (1784-1833). El fracaso de las Cortes de Cádiz (1812) y el regreso al absolutismo empeoraron aún más el clima socio económico general. Todo se agravó tras la muerte del rey, las sucesivas y posteriores guerras carlistas y el intento desesperado en el reinado de Isabel II (1830-1868) de aplacar la confrontación (casi a muerte) entre los conservadores y liberales. La sucesión de distintos gobiernos en alternancia entre liberales y conservadores, como un carrusel, supuso un agravamiento de las condiciones de vida, de la política, de la cultura y del prestigio internacional. Para remate, este saltó por los aires en 1898 con la pérdida de Cuba, la última de las colonias de lo que fue uno de los mayores imperios sobre la tierra. 

Antecedentes del regeneracionismo en España 

Con este panorama de pérdida de influencia internacional, abandono de la moderación política, profunda crisis económica, revueltas sociales, hambre y deterioro cultural no es de extrañar que el ambiente fuera de absoluto pesimismo. El abatimiento era tal que se llegó, incluso, a un sentimiento de inferioridad que no desapareció hasta las últimas décadas del siglo XX. Con estos mimbres nace el regeneracionismo en España, aunque el asunto se venía tratando desde mucho antes: desde Mariano José de Larra (1809-1837). Recordemos que el autor romántico se duele por la situación de una nación sumida en el atraso, sin gusto por la instrucción práctica y que delega la responsabilidad individual en “poderes superiores” sean estos terrenales o celestiales. Todos estos principios lo recogen los regeneracionistas. Aún así, investigadores hay que remiten la temática a Cervantes o Baltasar Gracián, en pleno siglo XVII, justo cuando comienza la decadencia de la nación.

En todos ellos hay un nexo reivindicativo en común: la importancia de la educación como única vía para el progreso tanto material como espiritual. Se suceden las críticas a la endogamia en los estudios superiores, a la ineficacia de las asignaturas poco prácticas y a la baja formación de un pueblo que no lograba aumentar los porcentajes de alfabetización. El ala liberal sumaría a las críticas, además, la excesiva dependencia de la Iglesia y la injerencia de los dogmas en la vida civil. Este estado de cosas coartaba la autocrítica, primera piedra para el progreso, tanto en el plano individual como en el social.  

Autores regeneracionistas 

Como veremos a continuación, la corriente fue asumida por algunos autores del realismo literario, tal es el caso de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y, especialmente, por la Generación del 98. Sin embargo, en un primer momento, se desarrolló en el campo de la historia y de las ideas. Anotamos los siguientes nombres:  

1.- Joaquín Costa (1844-1914) viaja a la Exposición Universal de París de 1867. Allí, por comparación, se da cuenta de la decadencia, en todos los órdenes, de España. A su vuelta, asume los principios del krausismo con su defensa de los derechos humanos, amor por la naturaleza y el pensamiento simbólico. Fue lo que se conoce como un europeísta cuya obra instaba a profundas reformas y a la reconstrucción desde los cimientos mismos de la sociedad. Para ello, volvemos una y otra vez más, era necesario un cambio radical en el modelo educativo y en los porcentajes de instrucción, que debía hacerse general. Su obra más importante, Reconstrucción y europeización de España (1900), aborda temática diversa, desde política hasta economía pasando por derecho. Su pensamiento se resume en esta frase: 

La escuela y la despensa, la despensa y la escuela; no hay otras llaves capaces de abrir camino a la regeneración española. 

2.- Ricardo Macías Picavea (1846-1899) también trata los problemas educativos en su obra El problema nacional (1891). Está considerado uno de los precursores de la Generación del 98.  

3.- Ángel Ganivet (1865-1898), aunque es considerado uno de los autores de la Generación del 98, es también uno de los más importantes representantes regeneracionistas. En su obra Idearium español (1897) aborda la esencia de un pueblo caracterizado como abúlico, demasiado estoico (y por tanto derrotista) y sin amor por la acción que es el motor del cambio. Califica el espíritu español de religioso, artístico y dado a empresas utópicas que desgastan inútilmente. Para él, España es quijotesca, con tendencia a la imaginación más que a acciones prácticas. 

Regeneracionismo y Generación del 98  

Los más brillantes frutos del movimiento se dieron en la primera etapa de la Generación del 98. A raíz de la pérdida de Cuba se forma el llamado Grupo de los Tres: Pío Baroja (1872-1956), Ramiro de Maeztu (1874-1936) y José Martínez Ruíz (Azorín) (1873-1967). Estos piden ayuda al que ya era un auténtico maestro: Miguel de Unamuno (1864-1936). En 1901 (en línea con los movimientos de vanguardia europeos que comienzan a proliferar) redactan el Manifiesto Regeneracionista. En sus páginas se duelen por la decadencia de España y manifiestan un particular desasosiego que continuará durante buena parte del siglo XX. Este escrito tiene un profundo espíritu reivindicativo. Esto es, aciertan a reseñar los males del país y proponen soluciones. Una vez más, fían cualquier solución a la educación.

En una segunda etapa, tanto estos autores, como los que se van sumando, como es el caso de Antonio Machado (1875-1939), van desarrollando en sus escritos un tono completamente literario llegando, incluso, al lirismo. De la reivindicación se pasa al dolor por una tierra yerma (simbolizada en Castilla), solitaria, vacía, anclada en la tradición e, incluso, en la sumisión. Y de aquí se llega al lirismo, a la subjetividad individual, a la canción íntima que ha dado poemas de altura universal como son A Jose María Palacios o Al olmo viejo, ambos de Antonio Machado.  

El regeneracionismo en España, para terminar, continúa durante las primeras décadas del siglo XX y se ve sobrepasado por los acontecimientos históricos de la de los treinta. Ese reguero de revueltas, revoluciones, represiones y sangre que desemboca en la Guerra Civil Española resbala al país (y posteriormente al resto de Europa) en otros derroteros de los que no se saldrá hasta las últimas décadas del siglo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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El regeneracionismo en España fue un movimiento histórico, posteriormente trasladado a la literatura, surgido a mediados del siglo XIX como reacción a la decadencia social, económica, cultural y política del país. Este se explica por el imparable deterioro de las condiciones de vida generales, por el atraso en la ciencia o en la investigación (prácticamente nula) y por la creciente brecha con Europa. El regeneracionismo se encuadra en lo que se ha venido en llamar “el problema de España” o el “dolor por España” que es una de las características de la Generación del 98, uno de las más influyentes de la época, junto con el realismo literario

Bases históricas que explican el movimiento 

El siglo XIX comienza en España con la invasión por parte del ejército de Napoleón y la posterior Guerra de la Independencia (1808-1814). Durante el conflicto se pone en evidencia la fractura entre el pueblo y la élite afrancesada defensora a ultranza de los principios de la cultura del Neoclasicismo. Es el amor por la razón, por la ciencia empírica y por la educación lo que lleva a estos ilustrados a defender el modelo social y político del invasor. Sin embargo, el pueblo (y algunos miembros de la clase alta que todo hay que decirlo) tenían otras ideas. No tardaron en levantarse en armas azuzados anímicamente por el patriotismo, base del nacionalismo. Resumiendo mucho, los horrores de esos días están perfectamente simbolizados en la obra maestra de Francisco de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo

El resultado del conflicto, recordemos, fue la expulsión del invasor pero, a la vez, supuso la vuelta del nefasto Fernando VII (1784-1833). El fracaso de las Cortes de Cádiz (1812) y el regreso al absolutismo empeoraron aún más el clima socio económico general. Todo se agravó tras la muerte del rey, las sucesivas y posteriores guerras carlistas y el intento desesperado en el reinado de Isabel II (1830-1868) de aplacar la confrontación (casi a muerte) entre los conservadores y liberales. La sucesión de distintos gobiernos en alternancia entre liberales y conservadores, como un carrusel, supuso un agravamiento de las condiciones de vida, de la política, de la cultura y del prestigio internacional. Para remate, este saltó por los aires en 1898 con la pérdida de Cuba, la última de las colonias de lo que fue uno de los mayores imperios sobre la tierra. 

Antecedentes del regeneracionismo en España 

Con este panorama de pérdida de influencia internacional, abandono de la moderación política, profunda crisis económica, revueltas sociales, hambre y deterioro cultural no es de extrañar que el ambiente fuera de absoluto pesimismo. El abatimiento era tal que se llegó, incluso, a un sentimiento de inferioridad que no desapareció hasta las últimas décadas del siglo XX. Con estos mimbres nace el regeneracionismo en España, aunque el asunto se venía tratando desde mucho antes: desde Mariano José de Larra (1809-1837). Recordemos que el autor romántico se duele por la situación de una nación sumida en el atraso, sin gusto por la instrucción práctica y que delega la responsabilidad individual en “poderes superiores” sean estos terrenales o celestiales. Todos estos principios lo recogen los regeneracionistas. Aún así, investigadores hay que remiten la temática a Cervantes o Baltasar Gracián, en pleno siglo XVII, justo cuando comienza la decadencia de la nación.

En todos ellos hay un nexo reivindicativo en común: la importancia de la educación como única vía para el progreso tanto material como espiritual. Se suceden las críticas a la endogamia en los estudios superiores, a la ineficacia de las asignaturas poco prácticas y a la baja formación de un pueblo que no lograba aumentar los porcentajes de alfabetización. El ala liberal sumaría a las críticas, además, la excesiva dependencia de la Iglesia y la injerencia de los dogmas en la vida civil. Este estado de cosas coartaba la autocrítica, primera piedra para el progreso, tanto en el plano individual como en el social.  

Autores regeneracionistas 

Como veremos a continuación, la corriente fue asumida por algunos autores del realismo literario, tal es el caso de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y, especialmente, por la Generación del 98. Sin embargo, en un primer momento, se desarrolló en el campo de la historia y de las ideas. Anotamos los siguientes nombres:  

1.- Joaquín Costa (1844-1914) viaja a la Exposición Universal de París de 1867. Allí, por comparación, se da cuenta de la decadencia, en todos los órdenes, de España. A su vuelta, asume los principios del krausismo con su defensa de los derechos humanos, amor por la naturaleza y el pensamiento simbólico. Fue lo que se conoce como un europeísta cuya obra instaba a profundas reformas y a la reconstrucción desde los cimientos mismos de la sociedad. Para ello, volvemos una y otra vez más, era necesario un cambio radical en el modelo educativo y en los porcentajes de instrucción, que debía hacerse general. Su obra más importante, Reconstrucción y europeización de España (1900), aborda temática diversa, desde política hasta economía pasando por derecho. Su pensamiento se resume en esta frase: 

La escuela y la despensa, la despensa y la escuela; no hay otras llaves capaces de abrir camino a la regeneración española. 

2.- Ricardo Macías Picavea (1846-1899) también trata los problemas educativos en su obra El problema nacional (1891). Está considerado uno de los precursores de la Generación del 98.  

3.- Ángel Ganivet (1865-1898), aunque es considerado uno de los autores de la Generación del 98, es también uno de los más importantes representantes regeneracionistas. En su obra Idearium español (1897) aborda la esencia de un pueblo caracterizado como abúlico, demasiado estoico (y por tanto derrotista) y sin amor por la acción que es el motor del cambio. Califica el espíritu español de religioso, artístico y dado a empresas utópicas que desgastan inútilmente. Para él, España es quijotesca, con tendencia a la imaginación más que a acciones prácticas. 

Regeneracionismo y Generación del 98  

Los más brillantes frutos del movimiento se dieron en la primera etapa de la Generación del 98. A raíz de la pérdida de Cuba se forma el llamado Grupo de los Tres: Pío Baroja (1872-1956), Ramiro de Maeztu (1874-1936) y José Martínez Ruíz (Azorín) (1873-1967). Estos piden ayuda al que ya era un auténtico maestro: Miguel de Unamuno (1864-1936). En 1901 (en línea con los movimientos de vanguardia europeos que comienzan a proliferar) redactan el Manifiesto Regeneracionista. En sus páginas se duelen por la decadencia de España y manifiestan un particular desasosiego que continuará durante buena parte del siglo XX. Este escrito tiene un profundo espíritu reivindicativo. Esto es, aciertan a reseñar los males del país y proponen soluciones. Una vez más, fían cualquier solución a la educación.

En una segunda etapa, tanto estos autores, como los que se van sumando, como es el caso de Antonio Machado (1875-1939), van desarrollando en sus escritos un tono completamente literario llegando, incluso, al lirismo. De la reivindicación se pasa al dolor por una tierra yerma (simbolizada en Castilla), solitaria, vacía, anclada en la tradición e, incluso, en la sumisión. Y de aquí se llega al lirismo, a la subjetividad individual, a la canción íntima que ha dado poemas de altura universal como son A Jose María Palacios o Al olmo viejo, ambos de Antonio Machado.  

El regeneracionismo en España, para terminar, continúa durante las primeras décadas del siglo XX y se ve sobrepasado por los acontecimientos históricos de la de los treinta. Ese reguero de revueltas, revoluciones, represiones y sangre que desemboca en la Guerra Civil Española resbala al país (y posteriormente al resto de Europa) en otros derroteros de los que no se saldrá hasta las últimas décadas del siglo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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En la definición del movimiento encontramos la primera de las características del ultraísmo. Nació en la década de los veinte del siglo XX en España y muy pronto se expandió por Argentina y Chile. Centrado especialmente en la poesía, quiere ser la vanguardia de las letras en español al estilo de otros ismos europeos. También reniegan con contundencia de la tradición artística, a veces, de manera chocante. Se inició en 1918 con la publicación del manifiesto Ultra de la mano de Rafael Cansino-Assens. Duró tan poco que antes de la llegada de los poetas de la Generación del 27 ya estaba agotado. 

10 principales características del ultraísmo 

1.- Nace como oposición al novecentismo que consideran ya caduco rechazando (como todos los ismos del siglo XX) de forma radical cualquier tradición artística.

2.- Es un movimiento en español cuyo eje central comienza en torno a Madrid-Sevilla. Posteriormente, encuentra acomodo en los países más al sur de Latinoamérica: Argentina y Chile, especialmente. 

3.- Fue caótico, reducido en el tiempo y rebelde. Al estilo del dadaísmo, se produjeron en abundancia las tertulias y eventos cuyo único objetivo era el escándalo por el escándalo mismo sin otra finalidad comunicativa. Dicho esto, desde el aspecto social, fue más moderado y comedido que sus homólogos europeos. 

4.- Se resume en el ultraísmo literario. Es más, se centró en la poesía. No llegó a alcanzar otros géneros ni en las letras ni en las artes plásticas. 

5.- Como el caso del futurismo literario, sus autores manifiestan preferencias por los temas modernos a los que le rinden culto. Por eso, se rechaza cualquier subjetividad anímica heredada de la tradición (especialmente del Romanticismo). Los protagonistas ahora son las abarrotadas ciudades, las calles bulliciosas que se iluminan al anochecer, la velocidad, la fragmentación e, incluso, el caos. 

6.- Esto se transparenta también en la forma (en el significante). Los versos rechazan los tropos y modelos tradicionales. Se apuesta por el verso libre que se dispone en el papel de forma esquemática adelantando los modelos de la poesía visual

7.- No se sigue la gramática ni tampoco la puntuación que se llega a eliminar por completo. Llegan también a la invención de palabras nuevas, como es el caso del creacionismo de Vicente Huidobro (1893-1948). 

8.- Puede considerarse un movimiento ligado a los ideales de la torre de marfil de la poesía pura. Por eso, en un principio, se adhieren al mismo poetas influenciados por el magisterio de Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Buscaban “el flujo lírico en toda su pureza.” Buena parte de ellos, andando el tiempo, reconvertirían sus trabajos bajo el prisma de otros modelos estilísticos, a veces, radicalmente distintos. 

9.- Aunque, también en un principio, militaron en el movimiento grandes escritores (el mismo Juan Ramón o Jorge Luis Borges), bajo sus preceptos no se llegaron a realizar obras de importancia. 

10.- Una de las características del ultraísmo son la proliferación de las revistas literarias donde se daba cabida a estos poemas vanguardistas junto con escritos críticos.  

La importancia de las revistas literarias a la hora de evaluar las características del ultraísmo  

En ningún momento podemos olvidar la fugacidad temporal y la poca consistencia de los escritos del movimiento, a pesar de que, en sus inicios, tal como he apuntado, se adhieren escritores que, andando el tiempo, formarían parte del canon universal. Nos encontramos pocas obras puras pertenecientes a la estética. Más bien tenemos que bucear en poemas sueltos dispersos en el sinnúmero de revistas que se publicaron en el corto espacio de unos cinco años. Tal como aparecían, desaparecían debido a la falta de colaboraciones y seguimiento.  

La primera de ellas fue Los Quijotes de Madrid entre 1915 y 1918. Le siguió Grecia en Sevilla desde 1918 y 1920. A partir de 1919 podemos encontrar algunos poemas con las características del ultraísmo en Cervantes. Sin embargo, la que se creó (de la mano de Rafael Cansino-Assens) para dar cabida al grupo fue Vltra a partir de 1921. Del mismo año es Tableros. El testigo pasaría a Argentina con  Prisma (1921-1922) y la primera época de Proa (1922-1923). 

Dos años después, y de vuelta a España, nos encontramos con Horizonte (1923). Las obras ultraístas eran tan escasas que, incluso, se rompió uno de los preceptos del movimiento a dar cabido a escritores mayores (algunos autores de la Generación del 98) y también a jóvenes poetas con otras inquietudes. Este es el caso de Federico Garcia Lorca, Dámaso Alonso o Rafael Alberti que, en nada, se agruparían bajo el legado de la Generación del 27. Alfar estuvo disponible durante 1921. 

Y para cuando se publicaron trabajos en Plural (1925) o La Gaceta Literaria (en 1927), el ultraísmo se había disuelto buscando otros modelos. Este aclaración de publicaciones nos da cuenta de lo que supuso el movimiento: un intento por llevar las vanguardias europeas a la literatura en español olvidando la tradición. Aunque algunos poetas recogieron el desafío, muy pronto (los mejores) tomaron otros derroteros 

Entender el ultraísmo a través de sus autores  

Porque si el movimiento ocupa un punto especial en la historia de la literatura no es debido a las obras que se hicieron bajo las características del ultraísmo. Más bien son los nombres que, en su juventud, formaron parte del grupo lo que da lustre a la estética. Aquí formaron parte el gran Jorge Luis Borges (1899-1986) o el ya mencionado Premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez (1881-1958). El andaluz fue el más firme defensor de la poesía pura que tanto influencia ejerció en la primera época de la Generación del 27. En todas las revistas mencionadas se encuentran trabajos de Guillermo de la Torre (1900-1971). Fundamental es Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), un vanguardista original que agrupó a intelectuales y artistas alrededor de las tertulias del Café Pombo de Madrid.  

Otros nombres son Juan Larrea (1895-1980) o Eugenio Montes (1900-1982) que no levantaron una obra con el brillo de los anteriores. Por su parte, Rafael Cansinos-Assens (1882-1964) contribuyó, con su manifiesto y publicaciones, al legado del grupo. Además, en la estética militaron escritores de todo tipo e ideología. No podemos terminar sin mencionar a Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), defensora de los derechos de la mujer y editora de la revista Mujeres Libres. Completamos la lista con Adriano del Valle (1895-1957) y Pedro Garfias (1901-1967). 

Aunque Gerardo Diego (1896-1970) creó sus mejoras obras ajenas a las características del ultraísmo, militó, en un principio, en el movimiento. Además, algunos críticos contemporáneos han realizado estudios que acercan a Vicente Huidobro a esta estética. 

En la segunda mitad de la década de los veinte las características del ultraísmo se habían disuelto como un azucarillo en otras fórmulas (en el surrealismo literario especialmente). Las vanguardias quedarían aparcadas con sus veladas y manifiestos chocantes en constante búsqueda del escándalo entre la sociedad burguesa bien pensante. El avance de las guerras, las persecuciones y las calamidades hicieron olvidar a la gran mayoría de creadores (los mejores) estos juegos estilísticos y se lanzaron, en último extremo, en los brazos de unos modos literarios que llegaron, incluso, a alcanzar el compromiso político y/o social. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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En la definición del movimiento encontramos la primera de las características del ultraísmo. Nació en la década de los veinte del siglo XX en España y muy pronto se expandió por Argentina y Chile. Centrado especialmente en la poesía, quiere ser la vanguardia de las letras en español al estilo de otros ismos europeos. También reniegan con contundencia de la tradición artística, a veces, de manera chocante. Se inició en 1918 con la publicación del manifiesto Ultra de la mano de Rafael Cansino-Assens. Duró tan poco que antes de la llegada de los poetas de la Generación del 27 ya estaba agotado. 

10 principales características del ultraísmo 

1.- Nace como oposición al novecentismo que consideran ya caduco rechazando (como todos los ismos del siglo XX) de forma radical cualquier tradición artística.

2.- Es un movimiento en español cuyo eje central comienza en torno a Madrid-Sevilla. Posteriormente, encuentra acomodo en los países más al sur de Latinoamérica: Argentina y Chile, especialmente. 

3.- Fue caótico, reducido en el tiempo y rebelde. Al estilo del dadaísmo, se produjeron en abundancia las tertulias y eventos cuyo único objetivo era el escándalo por el escándalo mismo sin otra finalidad comunicativa. Dicho esto, desde el aspecto social, fue más moderado y comedido que sus homólogos europeos. 

4.- Se resume en el ultraísmo literario. Es más, se centró en la poesía. No llegó a alcanzar otros géneros ni en las letras ni en las artes plásticas. 

5.- Como el caso del futurismo literario, sus autores manifiestan preferencias por los temas modernos a los que le rinden culto. Por eso, se rechaza cualquier subjetividad anímica heredada de la tradición (especialmente del Romanticismo). Los protagonistas ahora son las abarrotadas ciudades, las calles bulliciosas que se iluminan al anochecer, la velocidad, la fragmentación e, incluso, el caos. 

6.- Esto se transparenta también en la forma (en el significante). Los versos rechazan los tropos y modelos tradicionales. Se apuesta por el verso libre que se dispone en el papel de forma esquemática adelantando los modelos de la poesía visual

7.- No se sigue la gramática ni tampoco la puntuación que se llega a eliminar por completo. Llegan también a la invención de palabras nuevas, como es el caso del creacionismo de Vicente Huidobro (1893-1948). 

8.- Puede considerarse un movimiento ligado a los ideales de la torre de marfil de la poesía pura. Por eso, en un principio, se adhieren al mismo poetas influenciados por el magisterio de Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Buscaban “el flujo lírico en toda su pureza.” Buena parte de ellos, andando el tiempo, reconvertirían sus trabajos bajo el prisma de otros modelos estilísticos, a veces, radicalmente distintos. 

9.- Aunque, también en un principio, militaron en el movimiento grandes escritores (el mismo Juan Ramón o Jorge Luis Borges), bajo sus preceptos no se llegaron a realizar obras de importancia. 

10.- Una de las características del ultraísmo son la proliferación de las revistas literarias donde se daba cabida a estos poemas vanguardistas junto con escritos críticos.  

La importancia de las revistas literarias a la hora de evaluar las características del ultraísmo  

En ningún momento podemos olvidar la fugacidad temporal y la poca consistencia de los escritos del movimiento, a pesar de que, en sus inicios, tal como he apuntado, se adhieren escritores que, andando el tiempo, formarían parte del canon universal. Nos encontramos pocas obras puras pertenecientes a la estética. Más bien tenemos que bucear en poemas sueltos dispersos en el sinnúmero de revistas que se publicaron en el corto espacio de unos cinco años. Tal como aparecían, desaparecían debido a la falta de colaboraciones y seguimiento.  

La primera de ellas fue Los Quijotes de Madrid entre 1915 y 1918. Le siguió Grecia en Sevilla desde 1918 y 1920. A partir de 1919 podemos encontrar algunos poemas con las características del ultraísmo en Cervantes. Sin embargo, la que se creó (de la mano de Rafael Cansino-Assens) para dar cabida al grupo fue Vltra a partir de 1921. Del mismo año es Tableros. El testigo pasaría a Argentina con  Prisma (1921-1922) y la primera época de Proa (1922-1923). 

Dos años después, y de vuelta a España, nos encontramos con Horizonte (1923). Las obras ultraístas eran tan escasas que, incluso, se rompió uno de los preceptos del movimiento a dar cabido a escritores mayores (algunos autores de la Generación del 98) y también a jóvenes poetas con otras inquietudes. Este es el caso de Federico Garcia Lorca, Dámaso Alonso o Rafael Alberti que, en nada, se agruparían bajo el legado de la Generación del 27. Alfar estuvo disponible durante 1921. 

Y para cuando se publicaron trabajos en Plural (1925) o La Gaceta Literaria (en 1927), el ultraísmo se había disuelto buscando otros modelos. Este aclaración de publicaciones nos da cuenta de lo que supuso el movimiento: un intento por llevar las vanguardias europeas a la literatura en español olvidando la tradición. Aunque algunos poetas recogieron el desafío, muy pronto (los mejores) tomaron otros derroteros 

Entender el ultraísmo a través de sus autores  

Porque si el movimiento ocupa un punto especial en la historia de la literatura no es debido a las obras que se hicieron bajo las características del ultraísmo. Más bien son los nombres que, en su juventud, formaron parte del grupo lo que da lustre a la estética. Aquí formaron parte el gran Jorge Luis Borges (1899-1986) o el ya mencionado Premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez (1881-1958). El andaluz fue el más firme defensor de la poesía pura que tanto influencia ejerció en la primera época de la Generación del 27. En todas las revistas mencionadas se encuentran trabajos de Guillermo de la Torre (1900-1971). Fundamental es Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), un vanguardista original que agrupó a intelectuales y artistas alrededor de las tertulias del Café Pombo de Madrid.  

Otros nombres son Juan Larrea (1895-1980) o Eugenio Montes (1900-1982) que no levantaron una obra con el brillo de los anteriores. Por su parte, Rafael Cansinos-Assens (1882-1964) contribuyó, con su manifiesto y publicaciones, al legado del grupo. Además, en la estética militaron escritores de todo tipo e ideología. No podemos terminar sin mencionar a Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), defensora de los derechos de la mujer y editora de la revista Mujeres Libres. Completamos la lista con Adriano del Valle (1895-1957) y Pedro Garfias (1901-1967). 

Aunque Gerardo Diego (1896-1970) creó sus mejoras obras ajenas a las características del ultraísmo, militó, en un principio, en el movimiento. Además, algunos críticos contemporáneos han realizado estudios que acercan a Vicente Huidobro a esta estética. 

En la segunda mitad de la década de los veinte las características del ultraísmo se habían disuelto como un azucarillo en otras fórmulas (en el surrealismo literario especialmente). Las vanguardias quedarían aparcadas con sus veladas y manifiestos chocantes en constante búsqueda del escándalo entre la sociedad burguesa bien pensante. El avance de las guerras, las persecuciones y las calamidades hicieron olvidar a la gran mayoría de creadores (los mejores) estos juegos estilísticos y se lanzaron, en último extremo, en los brazos de unos modos literarios que llegaron, incluso, a alcanzar el compromiso político y/o social. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

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Contexto social en el que nacen los existencialistas 

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se produce una radical transformación de la técnica, la ciencia y la ingeniería con novedosos inventos que revolucionan la percepción de la realidad. Se instala definitivamente en los estudios el método empírico y se investigan las posibilidades arquitectónicas del hierro. Aparecen la fotografía y el rudimentario cinematógrafo que trastocan radicalmente la percepción que los artistas tienen del arte y su finalidad. Andando el tiempo, ya en los albores del siglo XX, se pone sobre la mesa el concepto de inconsciente según Freud dando un vuelco al conocimiento que la raza humana tenía, para entonces, de sí misma. Todo ello se completa con cambios sociales que llegan a las revoluciones comunistas. El orden anterior alrededor de la privilegiada aristocracia (anclada en la tradición, en los derechos heredados y unida con la iglesia) comienza a deteriorarse con el empuje de una burguesía hecha a sí misma. La riqueza, por tanto, se concentra en las fábricas, en un pujante comercio internacional (incluso con la exploración de nuevos territorios) y las ideas se transforman. La sociedad cree en las posibilidades de superación propias sumergiéndose en un positivismo nunca antes visto en la historia. Paralelamente, se pierden los principios y nociones religiosas avanzando hacia el ateísmo como sentir general. 

Este orden de cosas provoca (a pesar del desarrollo material) un vacío espiritual que ya no encuentra anclaje en los dogmas religiosos tradicionales. Dios va desapareciendo de la vida de los europeos y no se produce una sustitución espiritual. La ansiada libertad preconizada por los románticos, más que una liberación de las ataduras sociales, genera angustia y dolor anímico. El extremo llega con el nihilismo; esto es, la aceptación del absurdo de la vida sin el atisbo de la trascendencia. Este sentimiento se va afianzando conforme van avanzando las décadas y llega a su cenit con las dos grandes guerras mundiales y su reguero de sangre. Es en este contexto histórico donde surgen los existencialistas, filósofos y escritores que pretenden ser un puente entre la moral impuesta por el cristianismo y el vacío destructor nihilista. El existencialismo, por tanto, es un pensamiento o una forma de estar en el mundo que se agarra a la vida para no sucumbir en el abismo de la desesperación.  

Representantes del existencialismo en filosofía 

Todos los cambios se producen paulatinamente. Nunca en la historia y en la cultura puede decirse que hay una fecha que supone un antes y un después radical para la humanidad. El terreno que abonará el concepto y la  definición de existencialismo comienza, incluso, antes de esas décadas en el campo de la filosofía.

1.- Schopenhauer (1788-1860)

Considera el mundo como representación y la única forma de llegar a la cosa en sí es a través de la voluntad. Sin embargo, con voluntad no basta para acceder al interior de los secretos del universo. Por tanto, se genera una insatisfacción que acaba en dolor. La única vía de salida es el desprendimiento al estilo de la filosofía hindú o del ascetismo.  

2.- Nietzsche (1844-1900)  

Es el filósofo que más influencia ha ejercido durante el siglo XX. Para el pensador alemán es imposible conocer el universo ni escapar de la rueda eterna del tiempo. Por eso, lo único que nos queda es la vida entendida como el bien supremo. Rechaza los valores tradicionales impuestos por la religión cristiana porque “Dios ha muerto” y la civilización europea ya no se sustenta en estos principios. Por eso, la única forma de escapar es aprehender la vida de forma individual y valiente. Distingue entre dos tipos de personas: los señores y los esclavos. Estos últimos son los que abogan por una igualdad rampante para no tener que enfrentarse a sus deseos y, por tanto, eluden toda responsabilidad. Esto es, son los que delegan su existencia en otro o en la sociedad en su conjunto. Sin embargo, los señores se comprometen consigo mismos buscando el poder que da la vida al margen de los vicios y virtudes previamente establecidos. Este superhombre encuentra la verdad en el interior de sí mismo. La figura que encarna esta nueva raza es Zaratrusta.  

3.- Sören Kierkegaard (1813-1855) 

Se aleja de los preceptos abstractos y se centra en la vida de un individuo concreto. Además, aboga por una moral, no como aceptación u obediencia, sino como asimilación de las normas para el bien común. Introduce el término de responsabilidad personal que es tan característico del existencialismo.  

4.- Martin Buber (1878-1965)  

Se da cuenta que la sociedad contemporánea (también la de hoy en día) se mueve entre dos extremos: el individualismo y el colectivismo. Este último es el que aprovechan los regímenes totalitarios de todo signo para ahogar cualquier atisbo de grandeza y libertad personal. El individualismo, por contra, lleva a la soledad más absoluta y puede desembocar en el nihilismo. La única forma de vivir una vida en plenitud es decantándose o bien por lo espiritual (el espacio interior) o una existencia en comunión con la naturaleza.  

5.- Karl Barth (1886-1968) 

De ascendencia cristiana, busca la fe por medio de la razón y la gracia. El hombre no puede conocer a Dios y la conciencia de la muerte lo arrastra hacia la espiritualidad. 

6.- Heidegger el máximo representante del existencialismo en el campo de la filosofía 

Martin Heidegger (1889-1976)  considera que el hombre ha sido lanzado al mundo (concepto que recogerá el escritor español Miguel de Unamuno). Este no es de su elección y la única manera de vivir una vida en plenitud es apelar a la conciencia personal. Es allí donde encontrará la verdad que le permita llevar una existencia auténtica.  

También hay que nombrar a Karl Jaspers (1883-1869), psiquiatra de formación, que se centra en el proceso de búsqueda espiritual.  

Representantes del existencialismo en literatura 

1.- Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un precedente 

Los personajes de sus obras, especialmente en Los hermanos Karamazov (1880) y en Crimen y Castigo (1866), se encuentran siempre ante importantes encrucijadas morales que deben resolver por sí mismos al margen de los códigos sociales. Aunque es uno de los más importantes autores del realismo literario, en cierto punto adelanta los temas y formatos de los literatos existencialistas.  

2.- Frank Kafka (1883-1924) 

El clima angustioso y de fantasía que se representan en sus obras llega al absurdo aunque en ello vaya la vida de sus protagonistas. La soledad y la obsesión alcanzan el agobio en obras ya pertenecientes al canon universal como La metamorfosis (1915) y especialmente en El proceso (1925).  

3.- Jean Paul Sartre (1905-1980) 

A medio camino entre la literatura y la filosofía, reniega de la literatura de evasión por considerarla no apta para el conocimiento del interior humano. Obra fundamental es La náusea (1938) e imprescindibles para conocer el existencialismo son El ser y la nada (1943) y, especialmente, El existencialismo es un humanismo (1946).  

4.- Albert Camus (1913-1960) 

Considera que la vida es un absurdo y la única salida para la angustia existencial está en el deber. El deber será siempre personal, individual y consciente (nunca impuesto). Y la única forma de salvarse de la rueda de las pasiones y dar sentido a la existencia es la lucha contra las injusticias. Imprescindibles son La peste (1947), El extranjero (1942) y El mito de Sísifo (1942), simbolización de ese trabajo constante sin sentido que no permite alcanzar el objetivo, el conocimiento de la trascendencia. 

5.- Antonio Machado (1875)-1939) 

El gran poeta andaluz, uno de los mejores autores de la Generación del 98, aboga por un tiempo subjetivo, personal e individual. El tiempo no es el que marca el reloj sino el que gira en el interior de la vida de cada uno. Y todo ello lo hace con una sencillez y naturalidad extremas como los presentados en dos de sus grandes poemas: “Al olmo viejo” y “A José María Palacio”.  

6.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

En su obra literaria se centra en el hombre real, contradictorio, con sus vicios y virtudes, siempre con una moral en constante pelea para alcanzar la verdad. Nos presenta a protagonistas, como el de San Manuel Bueno (1931), en pugna con un conflicto interior, con la angustia de los existencialistas y sin asideros donde agarrarse.  

7.- Pío Baroja (1872-1956) 

Las características de la Generación del 98 se alinean con el existencialismo y se abona con ese dolor por España que manifiestan estos autores. Pío Baroja, en su extensa obra, llega a abordar casi todos los conflictos humanos y nos presenta a personajes siempre en una encrucijada, en clara contradicción consigo mismos y en busca de una verdad personal.  

Aunque podríamos nombrar otros representantes del existencialismo (como Azorín) hay que tener en cuenta que el movimiento ha penetrado en el pensamiento de todo el siglo XX llegando incluso a las últimas décadas. Es especialmente prolífico en literatura donde lo encontramos en todas esas obras (especialmente novelas) que nos ponen por delante protagonistas en esa búsqueda de la verdad personal al margen de cualquier imposición social. Los existencialistas se centran en la vida, en la angustia o el dolor de individuos que han perdido a Dios y en conflicto perpetuo tanto con los otros como consigo mismos. El existencialismo aboga por la búsqueda personal, por el encuentro con una verdad que ya no puede ser dogma y, en este sentido, ha encontrado acomodo en el individualismo cada vez mayor del siglo XX. El mismo que alcanza su apoteosis destructiva en el XXI.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Contexto social en el que nacen los existencialistas 

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se produce una radical transformación de la técnica, la ciencia y la ingeniería con novedosos inventos que revolucionan la percepción de la realidad. Se instala definitivamente en los estudios el método empírico y se investigan las posibilidades arquitectónicas del hierro. Aparecen la fotografía y el rudimentario cinematógrafo que trastocan radicalmente la percepción que los artistas tienen del arte y su finalidad. Andando el tiempo, ya en los albores del siglo XX, se pone sobre la mesa el concepto de inconsciente según Freud dando un vuelco al conocimiento que la raza humana tenía, para entonces, de sí misma. Todo ello se completa con cambios sociales que llegan a las revoluciones comunistas. El orden anterior alrededor de la privilegiada aristocracia (anclada en la tradición, en los derechos heredados y unida con la iglesia) comienza a deteriorarse con el empuje de una burguesía hecha a sí misma. La riqueza, por tanto, se concentra en las fábricas, en un pujante comercio internacional (incluso con la exploración de nuevos territorios) y las ideas se transforman. La sociedad cree en las posibilidades de superación propias sumergiéndose en un positivismo nunca antes visto en la historia. Paralelamente, se pierden los principios y nociones religiosas avanzando hacia el ateísmo como sentir general. 

Este orden de cosas provoca (a pesar del desarrollo material) un vacío espiritual que ya no encuentra anclaje en los dogmas religiosos tradicionales. Dios va desapareciendo de la vida de los europeos y no se produce una sustitución espiritual. La ansiada libertad preconizada por los románticos, más que una liberación de las ataduras sociales, genera angustia y dolor anímico. El extremo llega con el nihilismo; esto es, la aceptación del absurdo de la vida sin el atisbo de la trascendencia. Este sentimiento se va afianzando conforme van avanzando las décadas y llega a su cenit con las dos grandes guerras mundiales y su reguero de sangre. Es en este contexto histórico donde surgen los existencialistas, filósofos y escritores que pretenden ser un puente entre la moral impuesta por el cristianismo y el vacío destructor nihilista. El existencialismo, por tanto, es un pensamiento o una forma de estar en el mundo que se agarra a la vida para no sucumbir en el abismo de la desesperación.  

Representantes del existencialismo en filosofía 

Todos los cambios se producen paulatinamente. Nunca en la historia y en la cultura puede decirse que hay una fecha que supone un antes y un después radical para la humanidad. El terreno que abonará el concepto y la  definición de existencialismo comienza, incluso, antes de esas décadas en el campo de la filosofía.

1.- Schopenhauer (1788-1860)

Considera el mundo como representación y la única forma de llegar a la cosa en sí es a través de la voluntad. Sin embargo, con voluntad no basta para acceder al interior de los secretos del universo. Por tanto, se genera una insatisfacción que acaba en dolor. La única vía de salida es el desprendimiento al estilo de la filosofía hindú o del ascetismo.  

2.- Nietzsche (1844-1900)  

Es el filósofo que más influencia ha ejercido durante el siglo XX. Para el pensador alemán es imposible conocer el universo ni escapar de la rueda eterna del tiempo. Por eso, lo único que nos queda es la vida entendida como el bien supremo. Rechaza los valores tradicionales impuestos por la religión cristiana porque “Dios ha muerto” y la civilización europea ya no se sustenta en estos principios. Por eso, la única forma de escapar es aprehender la vida de forma individual y valiente. Distingue entre dos tipos de personas: los señores y los esclavos. Estos últimos son los que abogan por una igualdad rampante para no tener que enfrentarse a sus deseos y, por tanto, eluden toda responsabilidad. Esto es, son los que delegan su existencia en otro o en la sociedad en su conjunto. Sin embargo, los señores se comprometen consigo mismos buscando el poder que da la vida al margen de los vicios y virtudes previamente establecidos. Este superhombre encuentra la verdad en el interior de sí mismo. La figura que encarna esta nueva raza es Zaratrusta.  

3.- Sören Kierkegaard (1813-1855) 

Se aleja de los preceptos abstractos y se centra en la vida de un individuo concreto. Además, aboga por una moral, no como aceptación u obediencia, sino como asimilación de las normas para el bien común. Introduce el término de responsabilidad personal que es tan característico del existencialismo.  

4.- Martin Buber (1878-1965)  

Se da cuenta que la sociedad contemporánea (también la de hoy en día) se mueve entre dos extremos: el individualismo y el colectivismo. Este último es el que aprovechan los regímenes totalitarios de todo signo para ahogar cualquier atisbo de grandeza y libertad personal. El individualismo, por contra, lleva a la soledad más absoluta y puede desembocar en el nihilismo. La única forma de vivir una vida en plenitud es decantándose o bien por lo espiritual (el espacio interior) o una existencia en comunión con la naturaleza.  

5.- Karl Barth (1886-1968) 

De ascendencia cristiana, busca la fe por medio de la razón y la gracia. El hombre no puede conocer a Dios y la conciencia de la muerte lo arrastra hacia la espiritualidad. 

6.- Heidegger el máximo representante del existencialismo en el campo de la filosofía 

Martin Heidegger (1889-1976)  considera que el hombre ha sido lanzado al mundo (concepto que recogerá el escritor español Miguel de Unamuno). Este no es de su elección y la única manera de vivir una vida en plenitud es apelar a la conciencia personal. Es allí donde encontrará la verdad que le permita llevar una existencia auténtica.  

También hay que nombrar a Karl Jaspers (1883-1869), psiquiatra de formación, que se centra en el proceso de búsqueda espiritual.  

Representantes del existencialismo en literatura 

1.- Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un precedente 

Los personajes de sus obras, especialmente en Los hermanos Karamazov (1880) y en Crimen y Castigo (1866), se encuentran siempre ante importantes encrucijadas morales que deben resolver por sí mismos al margen de los códigos sociales. Aunque es uno de los más importantes autores del realismo literario, en cierto punto adelanta los temas y formatos de los literatos existencialistas.  

2.- Frank Kafka (1883-1924) 

El clima angustioso y de fantasía que se representan en sus obras llega al absurdo aunque en ello vaya la vida de sus protagonistas. La soledad y la obsesión alcanzan el agobio en obras ya pertenecientes al canon universal como La metamorfosis (1915) y especialmente en El proceso (1925).  

3.- Jean Paul Sartre (1905-1980) 

A medio camino entre la literatura y la filosofía, reniega de la literatura de evasión por considerarla no apta para el conocimiento del interior humano. Obra fundamental es La náusea (1938) e imprescindibles para conocer el existencialismo son El ser y la nada (1943) y, especialmente, El existencialismo es un humanismo (1946).  

4.- Albert Camus (1913-1960) 

Considera que la vida es un absurdo y la única salida para la angustia existencial está en el deber. El deber será siempre personal, individual y consciente (nunca impuesto). Y la única forma de salvarse de la rueda de las pasiones y dar sentido a la existencia es la lucha contra las injusticias. Imprescindibles son La peste (1947), El extranjero (1942) y El mito de Sísifo (1942), simbolización de ese trabajo constante sin sentido que no permite alcanzar el objetivo, el conocimiento de la trascendencia. 

5.- Antonio Machado (1875)-1939) 

El gran poeta andaluz, uno de los mejores autores de la Generación del 98, aboga por un tiempo subjetivo, personal e individual. El tiempo no es el que marca el reloj sino el que gira en el interior de la vida de cada uno. Y todo ello lo hace con una sencillez y naturalidad extremas como los presentados en dos de sus grandes poemas: “Al olmo viejo” y “A José María Palacio”.  

6.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

En su obra literaria se centra en el hombre real, contradictorio, con sus vicios y virtudes, siempre con una moral en constante pelea para alcanzar la verdad. Nos presenta a protagonistas, como el de San Manuel Bueno (1931), en pugna con un conflicto interior, con la angustia de los existencialistas y sin asideros donde agarrarse.  

7.- Pío Baroja (1872-1956) 

Las características de la Generación del 98 se alinean con el existencialismo y se abona con ese dolor por España que manifiestan estos autores. Pío Baroja, en su extensa obra, llega a abordar casi todos los conflictos humanos y nos presenta a personajes siempre en una encrucijada, en clara contradicción consigo mismos y en busca de una verdad personal.  

Aunque podríamos nombrar otros representantes del existencialismo (como Azorín) hay que tener en cuenta que el movimiento ha penetrado en el pensamiento de todo el siglo XX llegando incluso a las últimas décadas. Es especialmente prolífico en literatura donde lo encontramos en todas esas obras (especialmente novelas) que nos ponen por delante protagonistas en esa búsqueda de la verdad personal al margen de cualquier imposición social. Los existencialistas se centran en la vida, en la angustia o el dolor de individuos que han perdido a Dios y en conflicto perpetuo tanto con los otros como consigo mismos. El existencialismo aboga por la búsqueda personal, por el encuentro con una verdad que ya no puede ser dogma y, en este sentido, ha encontrado acomodo en el individualismo cada vez mayor del siglo XX. El mismo que alcanza su apoteosis destructiva en el XXI.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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A partir de la segunda mitad del siglo XIX en Europa comienza a sucederse una serie de innovaciones técnicas y de ingeniería que se van aupando de una forma imparable por un desconocido (hasta entonces) auge de la ciencia. Paralelamente, el viejo orden vinculado al eje aristocracia-iglesia queda dinamitado. En su lugar aparece una pujante burguesía hecha a sí misma y cuyas riquezas no tienen nada que ver con los modelos tradicionales. Es más, las plusvalías de esta nueva clase social provienen de novedosas fábricas, del comercio (incluso a partir de la exploración de nuevas tierras) y de una cosmovisión distinta a la del pasado. Los privilegios de antaño quedan abolidos y comienzan a ser sustituidos por una nueva clase social que estudia carreras prácticas en las universidades y que comienza a viajar, primero en ferrocarril y luego utilizando los primitivos aviones. En un principio (antes de las grandes revoluciones comunistas y de las dos guerras mundiales) todo esto genera un estado de euforia, de espíritu positivo y de fe en el materialismo como una forma de mejorar las condiciones de vida de la población. En definitiva, se cree a ciegas en las posibilidades infinitas de generar progreso material para el ser humano. Y se hace valiéndose del ingenio, la inteligencia y la fuerza de la raza humana. 

La importancia de la religión a la hora de entender el existencialismo y su significado

En el aire flotaba la autosuficiencia y, además, el Romanticismo, con su afán de libertad, abonó estas ideas y objetivos. Se creaban cosas maravillosas nunca vistas antes y se hacían sin la ayuda divina. Esto es, la religión cristiana pasó a ser vivida en la intimidad. La fe se va alejando de la vida pública para arrinconarse en la intimidad. Y eso cuando no desapareció del todo en ciertos ambientes. Las nuevas construcciones (como venía sucediéndose desde la arquitectura del Neoclasicismo) no tienen nada que ver ni con el poder ni con la religión. Es la época de la Torre Eiffel y no de catedrales. Es el tiempo de la cómoda casa burguesa con calefacción o rudimentarios baños y no de palacios para hacer ostentación de la opulencia. En definitiva, es la época de la fe en la humanidad y en sus posibilidades. 

Dios, por tanto, queda arrinconado. Ya no forma parte ni de la vida pública ni se acude a la religión para encontrar respuestas a las preguntas que amordazan al ser humano. Es el “Dios ha muerto” de Nietzsche (1844-1900), sabedor de que una nueva cultura se mueve por Europa. Estamos ante el superhombre (encarnado en Zaratrusta) cuyo valores éticos provienen de la libertad, la valentía y la individualidad y no impuestos por un código social.  

Sin embargo, esta transformación genera un vacío, un vacío anímico en el que la raza humana no puede verse transcendental. El espíritu así despojado de creencias religiosas se ve abocado, en primer lugar, a la angustia y, en último término, al nihilismo. Esto es, no se encuentra sentido a la existencia, la cual se antoja absurda. El avance material no genera paz a aquellos que se preguntan por algo más que la carnalidad y las cosas materiales inmediatas.  

Hacia el existencialismo  

En este emplazamiento histórico, con estos condicionantes, comienzan a surgir filósofos (y, posteriormente, literatos) que intentan dar respuestas a ese vacío que ha producido la muerte de Dios y que el avance material no puede llenar. Esto es, entendemos el concepto de existencialismo como un puente entre la fe religiosa cristiana y la angustia que puede desembocar en el nihilismo. El existencialismo, en filosofía, en literatura o como un estado de pensamiento general, supone una respuesta a los problemas indelebles de la humanidad. El existencialismo siempre es humanista y siempre quiere ofrecer salidas espirituales para no resbalarse por los acantilados del nihilismo (los mismos que provocan la desesperación, la muerte y el suicidio). 

El existencialismo es ateo aunque algunos de sus representantes pretendían llegar a la fe. También tenemos que recordar que el concepto de inconsciente según Freud comenzaría a colonizar las artes y el pensamiento nada más comenzar el siglo XX. En unas cuantas décadas, revoluciones y las dos guerras mundiales llenarían de horror no solo las calles de Europa sino también el espíritu de todos los que fueron arrojados a ese momento histórico. Sin Dios al que aferrarse y reconociendo las sombras que habitan en los recovecos del espíritu (tras Freud), la angustia solo podía ofrecer una salida a través del existencialismo. Esto es, solo se podía buscar la verdad en el interior de sí por medio de un diálogo con los propios demonios de los que la literatura de la época ha dado cuenta profusamente.  

Desde  Schopenhauer (1788-1860) pasando por Nietzsche y terminando con Sören Kierkegaard (1813-1855) se comienza a abonar el terreno del existencialismo. Posteriormente serían Martin Buber (1878-1965), Karl Barth (1886-1968) y especialmente Martin Heidegger (1889-1976) los que se afanarían por dar respuestas a esta angustia (provocada por la vida misma y la conciencia de finitud) con escritos filosóficos centrados en aquello que nos hace humanos, en un dolor que alcanza cotas insoportables o en búsqueda de trascendencia sin Dios.  

El existencialismo desde la filosofía a la literatura  

Este estado general de pensamiento se transforma en una manera de sentir (atea) y negativa (abonada por los crímenes de guerras que no cesaban) convirtiendo al hombre en un ser solitario, tan individualista que, a veces, se alcanzan las condiciones del narcisista o del psicópata. Cuando se aboga por lo colectivo (lee los fascismos o el comunismo) es para sofocar las ansias de superación en todos los sentidos posibles, tanto espiritual como material. Desde Freud el mundo de la sombra, del inconsciente emocional (y posteriormente los arquetipos de Jung) y escamoteado a la razón toma carta de naturaleza. El entendimiento se hace personal, cuando se consigue. Y esto solo es posible con la terapia o con el monólogo interior, con el diálogo con la sombra que solo pueden llevar a término valientes con madera de héroe.  

Y de todo esto se surte la literatura, especialmente la novela, con personajes contradictorios al máximo que dejan al descubierto tanto el dolor o los vicios como grandes virtudes personales. Todo ello será ajeno a las normas morales o de la tradición. El existencialismo supone un buceo individual. Así, el primer escritor que se convierte en un precedente (a pesar de pertenecer al realismo literario) es Fiódor Dostoyevski (1821-1881). Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) hay que leerlos desde esta perspectiva. El mundo fantástico y del absurdo (a pesar de sus verosimilitud) de Frank Kafka (1883-1924), sobre todo La metamorfosis (1915) y El proceso (1925), también está teñido con el primer existencialismo literario.  

Ya en pleno siglo XX llegarían los grandes autores. Jean Paul Sartre (1905-1980) abomina de la literatura de evasión mientras que se convierte en el mejor teórico. Son obras fundamentales El ser y la nada (1943)  y El existencialismo es un humanismo (1946). Del mismo autor y en el campo literario no podemos olvidar La náusea (1938). Imprescindible también es el nombre de otro francés, Albert Camus (1913-1960) y sus obras El extranjero (1942) y La peste (1947).  

El existencialismo en España está vinculado a los autores de la Generación del 98.  El subjetivismo temporal de los delicados poemas de Antonio Machado (1875-1939) (como “Al olmo viejo” o “A José María Palacio”) encuentra formato en el existencialismo y su significado. Igual sucede con buena parte de la obra de Miguel de Unamuno (1864-1936) (quien considera que el hombre ha sido arrojado al mundo), Pío Baroja (1872-1956) o Azorín (1873-1967). 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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A partir de la segunda mitad del siglo XIX en Europa comienza a sucederse una serie de innovaciones técnicas y de ingeniería que se van aupando de una forma imparable por un desconocido (hasta entonces) auge de la ciencia. Paralelamente, el viejo orden vinculado al eje aristocracia-iglesia queda dinamitado. En su lugar aparece una pujante burguesía hecha a sí misma y cuyas riquezas no tienen nada que ver con los modelos tradicionales. Es más, las plusvalías de esta nueva clase social provienen de novedosas fábricas, del comercio (incluso a partir de la exploración de nuevas tierras) y de una cosmovisión distinta a la del pasado. Los privilegios de antaño quedan abolidos y comienzan a ser sustituidos por una nueva clase social que estudia carreras prácticas en las universidades y que comienza a viajar, primero en ferrocarril y luego utilizando los primitivos aviones. En un principio (antes de las grandes revoluciones comunistas y de las dos guerras mundiales) todo esto genera un estado de euforia, de espíritu positivo y de fe en el materialismo como una forma de mejorar las condiciones de vida de la población. En definitiva, se cree a ciegas en las posibilidades infinitas de generar progreso material para el ser humano. Y se hace valiéndose del ingenio, la inteligencia y la fuerza de la raza humana. 

La importancia de la religión a la hora de entender el existencialismo y su significado

En el aire flotaba la autosuficiencia y, además, el Romanticismo, con su afán de libertad, abonó estas ideas y objetivos. Se creaban cosas maravillosas nunca vistas antes y se hacían sin la ayuda divina. Esto es, la religión cristiana pasó a ser vivida en la intimidad. La fe se va alejando de la vida pública para arrinconarse en la intimidad. Y eso cuando no desapareció del todo en ciertos ambientes. Las nuevas construcciones (como venía sucediéndose desde la arquitectura del Neoclasicismo) no tienen nada que ver ni con el poder ni con la religión. Es la época de la Torre Eiffel y no de catedrales. Es el tiempo de la cómoda casa burguesa con calefacción o rudimentarios baños y no de palacios para hacer ostentación de la opulencia. En definitiva, es la época de la fe en la humanidad y en sus posibilidades. 

Dios, por tanto, queda arrinconado. Ya no forma parte ni de la vida pública ni se acude a la religión para encontrar respuestas a las preguntas que amordazan al ser humano. Es el “Dios ha muerto” de Nietzsche (1844-1900), sabedor de que una nueva cultura se mueve por Europa. Estamos ante el superhombre (encarnado en Zaratrusta) cuyo valores éticos provienen de la libertad, la valentía y la individualidad y no impuestos por un código social.  

Sin embargo, esta transformación genera un vacío, un vacío anímico en el que la raza humana no puede verse transcendental. El espíritu así despojado de creencias religiosas se ve abocado, en primer lugar, a la angustia y, en último término, al nihilismo. Esto es, no se encuentra sentido a la existencia, la cual se antoja absurda. El avance material no genera paz a aquellos que se preguntan por algo más que la carnalidad y las cosas materiales inmediatas.  

Hacia el existencialismo  

En este emplazamiento histórico, con estos condicionantes, comienzan a surgir filósofos (y, posteriormente, literatos) que intentan dar respuestas a ese vacío que ha producido la muerte de Dios y que el avance material no puede llenar. Esto es, entendemos el concepto de existencialismo como un puente entre la fe religiosa cristiana y la angustia que puede desembocar en el nihilismo. El existencialismo, en filosofía, en literatura o como un estado de pensamiento general, supone una respuesta a los problemas indelebles de la humanidad. El existencialismo siempre es humanista y siempre quiere ofrecer salidas espirituales para no resbalarse por los acantilados del nihilismo (los mismos que provocan la desesperación, la muerte y el suicidio). 

El existencialismo es ateo aunque algunos de sus representantes pretendían llegar a la fe. También tenemos que recordar que el concepto de inconsciente según Freud comenzaría a colonizar las artes y el pensamiento nada más comenzar el siglo XX. En unas cuantas décadas, revoluciones y las dos guerras mundiales llenarían de horror no solo las calles de Europa sino también el espíritu de todos los que fueron arrojados a ese momento histórico. Sin Dios al que aferrarse y reconociendo las sombras que habitan en los recovecos del espíritu (tras Freud), la angustia solo podía ofrecer una salida a través del existencialismo. Esto es, solo se podía buscar la verdad en el interior de sí por medio de un diálogo con los propios demonios de los que la literatura de la época ha dado cuenta profusamente.  

Desde  Schopenhauer (1788-1860) pasando por Nietzsche y terminando con Sören Kierkegaard (1813-1855) se comienza a abonar el terreno del existencialismo. Posteriormente serían Martin Buber (1878-1965), Karl Barth (1886-1968) y especialmente Martin Heidegger (1889-1976) los que se afanarían por dar respuestas a esta angustia (provocada por la vida misma y la conciencia de finitud) con escritos filosóficos centrados en aquello que nos hace humanos, en un dolor que alcanza cotas insoportables o en búsqueda de trascendencia sin Dios.  

El existencialismo desde la filosofía a la literatura  

Este estado general de pensamiento se transforma en una manera de sentir (atea) y negativa (abonada por los crímenes de guerras que no cesaban) convirtiendo al hombre en un ser solitario, tan individualista que, a veces, se alcanzan las condiciones del narcisista o del psicópata. Cuando se aboga por lo colectivo (lee los fascismos o el comunismo) es para sofocar las ansias de superación en todos los sentidos posibles, tanto espiritual como material. Desde Freud el mundo de la sombra, del inconsciente emocional (y posteriormente los arquetipos de Jung) y escamoteado a la razón toma carta de naturaleza. El entendimiento se hace personal, cuando se consigue. Y esto solo es posible con la terapia o con el monólogo interior, con el diálogo con la sombra que solo pueden llevar a término valientes con madera de héroe.  

Y de todo esto se surte la literatura, especialmente la novela, con personajes contradictorios al máximo que dejan al descubierto tanto el dolor o los vicios como grandes virtudes personales. Todo ello será ajeno a las normas morales o de la tradición. El existencialismo supone un buceo individual. Así, el primer escritor que se convierte en un precedente (a pesar de pertenecer al realismo literario) es Fiódor Dostoyevski (1821-1881). Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) hay que leerlos desde esta perspectiva. El mundo fantástico y del absurdo (a pesar de sus verosimilitud) de Frank Kafka (1883-1924), sobre todo La metamorfosis (1915) y El proceso (1925), también está teñido con el primer existencialismo literario.  

Ya en pleno siglo XX llegarían los grandes autores. Jean Paul Sartre (1905-1980) abomina de la literatura de evasión mientras que se convierte en el mejor teórico. Son obras fundamentales El ser y la nada (1943)  y El existencialismo es un humanismo (1946). Del mismo autor y en el campo literario no podemos olvidar La náusea (1938). Imprescindible también es el nombre de otro francés, Albert Camus (1913-1960) y sus obras El extranjero (1942) y La peste (1947).  

El existencialismo en España está vinculado a los autores de la Generación del 98.  El subjetivismo temporal de los delicados poemas de Antonio Machado (1875-1939) (como “Al olmo viejo” o “A José María Palacio”) encuentra formato en el existencialismo y su significado. Igual sucede con buena parte de la obra de Miguel de Unamuno (1864-1936) (quien considera que el hombre ha sido arrojado al mundo), Pío Baroja (1872-1956) o Azorín (1873-1967). 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Concepto y delimitación temporal del existencialismo

Así, por un lado, se olvidan o se aparcan los preceptos cristianos que habían guiado a la sociedad europea durante siglos. Estamos ante ese “Dios ha muerto” de Nietzsche. Con esta frase el filósofo no viene a decir que niega la existencia divina sino que todos los pilares anímicos y religiosos de Europa se vienen abajo. Paralelamente al avance de las condiciones de vida, se va desarrollando un individualismo desconocido hasta entonces. La soledad entra en escena tanto en las artes plásticas como en la literatura como en la vida cotidiana, común y corriente. En este orden de cosas, cada ser individual (con las herramientas a su alcance) intenta buscar la verdad dentro de sí. Los objetivos espirituales, por tanto, por primera vez en la historia, son ajenos a los movimientos religiosos colectivos. Se lanza a cada uno de los miembros de la raza humana a la búsqueda de la trascendencia de forma personal, individual y en soledad. El vacío que ha dejado la religión, por tanto, se llena de angustia cuando no de nihilismo. Y en este orden filosófico, social y de pensamiento surge el existencialismo que pretende ser un puente entre los preceptos religiosos cristianos y la angustia nacida de su ausencia. Por eso, también se afirma que el existencialismo es un humanismo, siguiendo el título de la obra de cabecera de Jean Paul Sartre. 

El existencialismo, que no puede considerarse una línea filosófica, sino más bien un modo de estar y entender la vida misma, se amplifica con las dos grandes guerras mundiales. A esta pérdida de asidero religioso se van sumando crueldades y horrores nunca antes sufridos en la historia de la humanidad. Para la década de los cincuenta el existencialismo intenta ofrecer las últimas ideas que quedan en la sociedad antes de caer en el nihilismo, en el vacío de una vida sin objetivos y sin afán de trascendencia. De una manera u otra, el existencialismo continuó hasta el final del siglo XX, cuando nuevos saltos técnicos (el origen de Internet por ejemplo) deja a cada uno de los integrantes de la raza humana (al menos en las sociedades avanzadas occidentales) literalmente a la intemperie. Dios murió (para la gran mayoría) hacía mucho tiempo, el consuelo de lo colectivo se fue diluyendo y solo quedó un tiempo de soledad y de individualismo extremo. 

Filósofos antecedentes del existencialismo 

Todos los cambios que ha habido a lo largo de la historia se realizan poco a poco y, a veces, imperceptiblemente. En la transformación cultural, de cosmovisión y de creencias siempre se barajan condicionantes de distinta índole, desde los económicos hasta los nuevos inventos que van surgiendo en todas las generaciones. El existencialismo no es ajeno a esto. Aunque en literatura especialmente da sus frutos en el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales y el París de los años 60, todo ello se abonó mucho antes. Resumo. 

1.- Arthur Schopenhauer (1788-1860) 

Para el filósofo alemán, el mundo es una mera representación y la única manera de llegar a la esencia, a la cosa en sí (al noúmeno) es a través de la voluntad. Esta tarea, al ser limitadas las fuerzas, produce tanto insatisfacción como dolor. Esto es, la única forma de llegar al meollo de la verdad de las cosas tangibles e intangibles del mundo exige del individuo un trabajo que le causa malestar. La única forma de liberarse de esta rueda penosa es liberarse, siguiendo las teorías budistas, de cualquier deseo e instalarse en el ascetismo previo al nirvana.  

2.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)  

Para el gran pensador (uno de los más influyentes en el siglo XX), el valor supremo es la vida y, por tanto, todo lo que contribuya a que esta crezca debe ser considerado virtud. Niega cualquier modelo cristiano y, además, lo fía todo a la decisión individual. Nada puede imponerse puesto que Dios ya está muerto. El individuo, por tanto, tiene en sus manos las posibilidades de su libertad. Sin embargo, no todos están preparados para ese paso. Para el filósofo hay dos tipos de personas: los señores y los esclavos. Estos últimos son los envidiosos, los vagos, los resentidos, los que proclaman la igualdad para no tener que mirar en el interior de sí. Los señores son los que van en pos de la vida (en el sentido amplio del término) y el poder sin condicionantes sociales. No hay valores. Estos son creados por el hombre. Y en la cúspide estaría ese superhombre personificado por su Zaratrustra. 

3.- Sören Kierkegaard (1813-1855)

Es el más claro precedente. Va un paso más allá que Nietzsche y proclama que la filosofía tiene que servir a la vida, a las experiencias personales, al bienestar humano. La única solución para el individuo es la no aceptación de los códigos morales sin antes no media una reflexión. Por eso, aboga para hacer valer las virtudes incluso si hay que confrontarse con Dios mismo. Reconoce que un mundo que ha perdido la fe (donde no existe ni la obediencia a las normas religiosas ni el debate con la divinidad) está abocado a la angustia o al nihilismo. Para llegar a la aceptación de la finitud o a la fe religiosa, el individuo tiene que dar un salto al vacío. Es la única manera de superar la desesperación y alcanzar la plena conciencia. Una vez aquí, hay que realizar conscientemente el camino de la trascendencia. Kierkegaard admite que la pérdida de la fe genera angustia y esta lleva a quedarse en los bordes del espíritu y a regodearse con lo material, superfluo y temporal. 

4.- Martin Buber (1878-1965)  

Aboga por la idea del “encuentro personal” que únicamente se consigue mediante una vida en comunión con los principios de la naturaleza o bien con introspección espiritual (religiosa) o filosófica. Apunta que la sociedad del siglo XX se mueve entre dos extremos: el colectivismo, por un lado, que implica el nosotros y, por tanto, ahoga el yo y, por el otro, el individualismo. Este es el que ha prevalecido andando el tiempo. Si bien con el colectivismo (materializado tanto en el comunismo más severo como en el fascismo) se sofoca cualquier libertad personal. Por el contrario, con el individualismo se resbala hacia la soledad absoluta que desemboca, en casos extremos, en la conducta del narcisista y del psicópata. La única “solución” para este conflicto humano es el diálogo. Y Martin Buber lo expresa con estas bellas palabras:  

Solo entre personas autenticas se da una relacion autentica 

5.- Karl Barth (1886-1968)

Distingue entre el tiempo de los hombres (condicionado por la muerte) y el de Dios. No hay forma de superar lo perecedero si no es mediante la fe. La otra opción es el vacío. El existencialismo, por tanto, se impregna ya de espiritualismo, de uno complicado de aunar en un mundo esencialmente ateo y descreído de las enseñanzas y valores cristianos.   

Filosofía del existencialismo y Heidegger 

Con estas bases filosóficas y teniendo en cuenta (aunque sea someramente) los condicionantes históricos, el existencialismo, por tanto, puede definirse como una corriente filosófica, de pensamiento o de planteamiento ante la vida que intenta dar un cariz espiritual al racionalismo de la época. Considera que el individuo ha sido arrojado al mundo (y esto será recogido en infinidad de obras de arte) y que poco o nada puede hacer para superar la angustia si no es a través del camino de la trascendencia. 

La gran figura del existencialismo es Martin Heidegger (1889-1976) y especialmente su obra Ser y tiempo (1927). Para el pensador alemán, la razón de ser de la raza humana es la propia vida. Sin embargo, está lanzado a los condicionantes históricos. Esto es, cada individuo es una suerte de ángel caído que se debate entre el “non-serviam” de Lucifer y el afán de trascender la carnalidad. La única salida para el filósofo es el debate interno, el diálogo con la propia alma. El existencialismo, por tanto, ha tomado el camino del individualismo, de la opción personal más radical, ya que solo se salvarán (llegarán a vivir completamente) quienes tengan la valentía de bucear en sus más personales profundidades espirituales. El existencialismo, por tanto, deja aparcado cualquier código de conducta colectiva e impuesta para abogar por la búsqueda de la verdad entre los recovecos del alma humana.  

El existencialismo, por tanto, es un intento de borrar las divisiones tradiciones entre virtudes-vicios y realismo-idealismo. Es una lucha contra el nihilismo, el espacio que queda cuando se ha borrado la idea de Dios y la vida misma se concibe sin sentido. Es, en definitiva, una actitud vital (que no positiva) que se centra en los recovecos personales del espíritu. Por eso, el existencialismo tuvo una fuerte cabida en literatura a través de la puesta en escena de personajes arrojados a fronteras de todo tipo, que ahondan en el interior de sí con un detalle nunca visto en la historia. 

En esta línea, se encuentra también Karl Jaspers (1883-1969), formado en los principios del psicoanálisis y psiquiatra de formación. La única razón vital que puede admitirse es la búsqueda de trascendencia personal, el humanismo del espíritu mediante el buceo en las profundidades más oscuras del espíritu.  

Representantes del existencialismo en literatura 

1.- Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un precedente entre el existencialismo y el realismo literario

Aunque el escritor ruso es uno de los mejores autores del realismo literario europeo, sus personajes adelantan las problemáticas humanas del existencialismo. Nos encontramos a protagonistas siempre en una encrucijada vital o moral, ante conflictos que deben resolver individualmente apelando únicamente a la conciencia personal. Reduciendo mucho, en este hilo conductor se encuentran tanto Los hermanos Karamazov (1880) como Crimen y Castigo (1866).

2.- Franz Kafka (1883-1924)  

La angustia en Kafka da un paso hacia el absurdo, hacia la incongruencia de lo imposible que, en sus relatos, de ahí la genialidad, se hace verosímil. Estamos ante una literatura de pesadilla en la que los protagonistas se encuentran atrapados en sus circunstancias personales negándoles tanto una salida airosa en el plano físico como la posibilidad de trascendencia. En este sentido, también reduciendo mucho, tenemos que entender tanto  El proceso (1925) como La metamorfosis (1915), sus dos grandes obras maestras.   

3.- Jean Paul Sartre (1905-1980) 

Entre la filosofía y la literatura, fue uno de los mayores representantes del existencialismo parisino. En su obra se transparenta un fuerte compromiso político por el que se quiere liberar al hombre de todas las ataduras impuestas por una sociedad aún anclada en los principios tradicionales. Para el escritor, el absurdo vital de una raza humana ya abiertamente atea solo puede contrarrestarse con la libertad de conciencia. Así, sus obras reflejan fuertemente la angustia existencial del individuo que se sabe (y se reconoce) sin salidas en el plano físico e intrascendente en el espiritual. Son títulos fundamentales del canon universal La náusea (1938) y Las manos sucias (1948).  Además, de Sartre son las dos obras críticas fundamentales del movimiento: El ser y la nada (1943) y El existencialismo es un humanismo (1946). He dejado esta última a continuación para el lector curioso. 

El existencialismo es un humanismo

4.- Albert Camus (1913-1960) 

Inicialmente vinculado a Sartre y a la revista Les Temps Modernes, muy pronto se decantó por la independencia más absoluta. Son obras imprescindibles del canon universal El extranjero (1942), La peste (1947) o Calígula (1945) para teatro. Para el escritor (que también realizó estudios de investigación) el absurdo de la vida no ofrece respuestas más allá del cumplimiento social. Y aquí tiene cabida la lucha contra ls injusticias y la necesaria solidaridad humana. 

El existencialismo en España 

Lo encontramos especialmente en los autores de la Generación del 98. El buceo en todas las profundidades del espíritu humano encuentra en estos escritores territorio abonado. El dolor por la situación cultural, social y económica de España se une, a veces, a un pesimismo y a una tristeza que son características de la Generación del 98. Muy resumidamente tenemos: 

1.- Miguel de Unamuno (1864-1936) 

Imbuido de los preceptos de Kierkegaard, se centra en el “hombre de carne y hueso”, con sus vicios y virtudes, con las luces y sombras que lo hacen esencialmente contradictorio. En Unamuno encontramos una lucha constante con Dios. La raza humana lo necesita para salvarse, para evadir la angustia y para encomendarse al camino de la trascendencia. En esta línea argumental hay que situar a San Manuel Bueno (1931).

2.- Pío Baroja (1872-1956) 

Fueron las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer los que adentraron al escritor en el existencialismo. De él se ha dicho que su obra abarca todos los problemas vitales, tanto que no hay virtud, sentimiento o vicio que no hubiera tratado.

3.- Azorín (1873-1967) 

José Martínez Ruíz toma de Nietzsche la idea del eterno retorno, a la par que considera la vida como un camino frenético que desemboca en la angustia del absurdo. El tiempo en los cuentos de Castilla (1912), su obra más conocida, se convierte en auténtico personaje cuando no en protagonista.  

4.- Antonio Machado (1875-1939) 

Para el poeta de Campos de Castilla (1912) es el tiempo abstracto, el del espíritu, el de la percepción subjetiva, el que condiciona sus escritos. Sus versos sencillos intentan en todo momento aprehender lo fugaz. Quieren inmortalizar el momento logrando acertar a dar en la diana de la esencia. Y con esta premisa tenemos que leer todos sus poemas desde “Al olmo viejo” hasta los conmovedores versos en estructura epistolar de “A José María Palacio”.  

A pesar de la reducción de esta exposición, con estas notas llegamos a entender la importancia del existencialismo, de sus principios y de sus autores no solo para la filosofía sino también para la literatura europea del siglo XX. A la muerte de Dios (proclamada a los cuatro vientos por Nietzsche) se unen los horrores de las sucesivas guerras. La crueldad y la soledad de la época abonan la angustia que se hace mayor al no encontrar el consuelo religioso y al hacerse difícil el camino de la trascendencia. El existencialismo, por tanto, pretende ser ese puente entre la fe ciega y la decadencia del nihilismo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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No podemos entender este movimiento (que va más allá de una línea filosófica o literaria) sin adentramos en los cambios sustanciales que se producen a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Efectivamente, en torno al 1850-1860 se suceden, unos tras otros, importantes avances en la ciencia y en la ingeniería. Paralelamente, se produce una ruptura radical con los modelos sociales del pasado que quedan, definitivamente, atrás. En este sentido, la aristocracia pierde su poder en beneficio de una burguesía hecha a sí misma y, por tanto, con otros valores vitales que ya no dependen ni de la herencia ni de la tradición. El desarrollo de las condiciones de vida en las ciudades hace creer a la raza humana en sus propias posibilidades de crecimiento y expansión material que, en estos momentos, se antojan ilimitadas. En consecuencia, el ambiente se impregna de un espíritu positivista. Con positivista entendemos las oportunidades de realización de objetivos únicamente en base a la fuerza humana sin que, por primera vez en la historia de Europa, intervengan fuerzas divinas. Paralelamente, este clima racional deja a un lado los principios básicos del cristianismo sobre el que se había sustentado la cultura europea desde la primera Edad Media. Todo esto se conjuga para dejar al ser humano sin los asideros religiosos que lo habían sostenido tradicionalmente. Además, se impone el ateísmo y, también, nada más comenzar el siglo XX, se ponen las bases para el concepto de inconsciente según Freud. Y, como veremos a continuación, de todos estos condicionantes se alimenta el existencialismo

Concepto y delimitación temporal del existencialismo

Así, por un lado, se olvidan o se aparcan los preceptos cristianos que habían guiado a la sociedad europea durante siglos. Estamos ante ese “Dios ha muerto” de Nietzsche. Con esta frase el filósofo no viene a decir que niega la existencia divina sino que todos los pilares anímicos y religiosos de Europa se vienen abajo. Paralelamente al avance de las condiciones de vida, se va desarrollando un individualismo desconocido hasta entonces. La soledad entra en escena tanto en las artes plásticas como en la literatura como en la vida cotidiana, común y corriente. En este orden de cosas, cada ser individual (con las herramientas a su alcance) intenta buscar la verdad dentro de sí. Los objetivos espirituales, por tanto, por primera vez en la historia, son ajenos a los movimientos religiosos colectivos. Se lanza a cada uno de los miembros de la raza humana a la búsqueda de la trascendencia de forma personal, individual y en soledad. El vacío que ha dejado la religión, por tanto, se llena de angustia cuando no de nihilismo. Y en este orden filosófico, social y de pensamiento surge el existencialismo que pretende ser un puente entre los preceptos religiosos cristianos y la angustia nacida de su ausencia. Por eso, también se afirma que el existencialismo es un humanismo, siguiendo el título de la obra de cabecera de Jean Paul Sartre. 

El existencialismo, que no puede considerarse una línea filosófica, sino más bien un modo de estar y entender la vida misma, se amplifica con las dos grandes guerras mundiales. A esta pérdida de asidero religioso se van sumando crueldades y horrores nunca antes sufridos en la historia de la humanidad. Para la década de los cincuenta el existencialismo intenta ofrecer las últimas ideas que quedan en la sociedad antes de caer en el nihilismo, en el vacío de una vida sin objetivos y sin afán de trascendencia. De una manera u otra, el existencialismo continuó hasta el final del siglo XX, cuando nuevos saltos técnicos (el origen de Internet por ejemplo) deja a cada uno de los integrantes de la raza humana (al menos en las sociedades avanzadas occidentales) literalmente a la intemperie. Dios murió (para la gran mayoría) hacía mucho tiempo, el consuelo de lo colectivo se fue diluyendo y solo quedó un tiempo de soledad y de individualismo extremo. 

Filósofos antecedentes del existencialismo 

Todos los cambios que ha habido a lo largo de la historia se realizan poco a poco y, a veces, imperceptiblemente. En la transformación cultural, de cosmovisión y de creencias siempre se barajan condicionantes de distinta índole, desde los económicos hasta los nuevos inventos que van surgiendo en todas las generaciones. El existencialismo no es ajeno a esto. Aunque en literatura especialmente da sus frutos en el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales y el París de los años 60, todo ello se abonó mucho antes. Resumo. 

1.- Arthur Schopenhauer (1788-1860) 

Para el filósofo alemán, el mundo es una mera representación y la única manera de llegar a la esencia, a la cosa en sí (al noúmeno) es a través de la voluntad. Esta tarea, al ser limitadas las fuerzas, produce tanto insatisfacción como dolor. Esto es, la única forma de llegar al meollo de la verdad de las cosas tangibles e intangibles del mundo exige del individuo un trabajo que le causa malestar. La única forma de liberarse de esta rueda penosa es liberarse, siguiendo las teorías budistas, de cualquier deseo e instalarse en el ascetismo previo al nirvana.  

2.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)  

Para el gran pensador (uno de los más influyentes en el siglo XX), el valor supremo es la vida y, por tanto, todo lo que contribuya a que esta crezca debe ser considerado virtud. Niega cualquier modelo cristiano y, además, lo fía todo a la decisión individual. Nada puede imponerse puesto que Dios ya está muerto. El individuo, por tanto, tiene en sus manos las posibilidades de su libertad. Sin embargo, no todos están preparados para ese paso. Para el filósofo hay dos tipos de personas: los señores y los esclavos. Estos últimos son los envidiosos, los vagos, los resentidos, los que proclaman la igualdad para no tener que mirar en el interior de sí. Los señores son los que van en pos de la vida (en el sentido amplio del término) y el poder sin condicionantes sociales. No hay valores. Estos son creados por el hombre. Y en la cúspide estaría ese superhombre personificado por su Zaratrustra. 

3.- Sören Kierkegaard (1813-1855)

Es el más claro precedente. Va un paso más allá que Nietzsche y proclama que la filosofía tiene que servir a la vida, a las experiencias personales, al bienestar humano. La única solución para el individuo es la no aceptación de los códigos morales sin antes no media una reflexión. Por eso, aboga para hacer valer las virtudes incluso si hay que confrontarse con Dios mismo. Reconoce que un mundo que ha perdido la fe (donde no existe ni la obediencia a las normas religiosas ni el debate con la divinidad) está abocado a la angustia o al nihilismo. Para llegar a la aceptación de la finitud o a la fe religiosa, el individuo tiene que dar un salto al vacío. Es la única manera de superar la desesperación y alcanzar la plena conciencia. Una vez aquí, hay que realizar conscientemente el camino de la trascendencia. Kierkegaard admite que la pérdida de la fe genera angustia y esta lleva a quedarse en los bordes del espíritu y a regodearse con lo material, superfluo y temporal. 

4.- Martin Buber (1878-1965)  

Aboga por la idea del “encuentro personal” que únicamente se consigue mediante una vida en comunión con los principios de la naturaleza o bien con introspección espiritual (religiosa) o filosófica. Apunta que la sociedad del siglo XX se mueve entre dos extremos: el colectivismo, por un lado, que implica el nosotros y, por tanto, ahoga el yo y, por el otro, el individualismo. Este es el que ha prevalecido andando el tiempo. Si bien con el colectivismo (materializado tanto en el comunismo más severo como en el fascismo) se sofoca cualquier libertad personal. Por el contrario, con el individualismo se resbala hacia la soledad absoluta que desemboca, en casos extremos, en la conducta del narcisista y del psicópata. La única “solución” para este conflicto humano es el diálogo. Y Martin Buber lo expresa con estas bellas palabras:  

Solo entre personas autenticas se da una relacion autentica 

5.- Karl Barth (1886-1968)

Distingue entre el tiempo de los hombres (condicionado por la muerte) y el de Dios. No hay forma de superar lo perecedero si no es mediante la fe. La otra opción es el vacío. El existencialismo, por tanto, se impregna ya de espiritualismo, de uno complicado de aunar en un mundo esencialmente ateo y descreído de las enseñanzas y valores cristianos.   

Filosofía del existencialismo y Heidegger 

Con estas bases filosóficas y teniendo en cuenta (aunque sea someramente) los condicionantes históricos, el existencialismo, por tanto, puede definirse como una corriente filosófica, de pensamiento o de planteamiento ante la vida que intenta dar un cariz espiritual al racionalismo de la época. Considera que el individuo ha sido arrojado al mundo (y esto será recogido en infinidad de obras de arte) y que poco o nada puede hacer para superar la angustia si no es a través del camino de la trascendencia. 

La gran figura del existencialismo es Martin Heidegger (1889-1976) y especialmente su obra Ser y tiempo (1927). Para el pensador alemán, la razón de ser de la raza humana es la propia vida. Sin embargo, está lanzado a los condicionantes históricos. Esto es, cada individuo es una suerte de ángel caído que se debate entre el “non-serviam” de Lucifer y el afán de trascender la carnalidad. La única salida para el filósofo es el debate interno, el diálogo con la propia alma. El existencialismo, por tanto, ha tomado el camino del individualismo, de la opción personal más radical, ya que solo se salvarán (llegarán a vivir completamente) quienes tengan la valentía de bucear en sus más personales profundidades espirituales. El existencialismo, por tanto, deja aparcado cualquier código de conducta colectiva e impuesta para abogar por la búsqueda de la verdad entre los recovecos del alma humana.  

El existencialismo, por tanto, es un intento de borrar las divisiones tradiciones entre virtudes-vicios y realismo-idealismo. Es una lucha contra el nihilismo, el espacio que queda cuando se ha borrado la idea de Dios y la vida misma se concibe sin sentido. Es, en definitiva, una actitud vital (que no positiva) que se centra en los recovecos personales del espíritu. Por eso, el existencialismo tuvo una fuerte cabida en literatura a través de la puesta en escena de personajes arrojados a fronteras de todo tipo, que ahondan en el interior de sí con un detalle nunca visto en la historia. 

En esta línea, se encuentra también Karl Jaspers (1883-1969), formado en los principios del psicoanálisis y psiquiatra de formación. La única razón vital que puede admitirse es la búsqueda de trascendencia personal, el humanismo del espíritu mediante el buceo en las profundidades más oscuras del espíritu.  

Representantes del existencialismo en literatura 

1.- Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un precedente entre el existencialismo y el realismo literario

Aunque el escritor ruso es uno de los mejores autores del realismo literario europeo, sus personajes adelantan las problemáticas humanas del existencialismo. Nos encontramos a protagonistas siempre en una encrucijada vital o moral, ante conflictos que deben resolver individualmente apelando únicamente a la conciencia personal. Reduciendo mucho, en este hilo conductor se encuentran tanto Los hermanos Karamazov (1880) como Crimen y Castigo (1866).

2.- Franz Kafka (1883-1924)  

La angustia en Kafka da un paso hacia el absurdo, hacia la incongruencia de lo imposible que, en sus relatos, de ahí la genialidad, se hace verosímil. Estamos ante una literatura de pesadilla en la que los protagonistas se encuentran atrapados en sus circunstancias personales negándoles tanto una salida airosa en el plano físico como la posibilidad de trascendencia. En este sentido, también reduciendo mucho, tenemos que entender tanto  El proceso (1925) como La metamorfosis (1915), sus dos grandes obras maestras.   

3.- Jean Paul Sartre (1905-1980) 

Entre la filosofía y la literatura, fue uno de los mayores representantes del existencialismo parisino. En su obra se transparenta un fuerte compromiso político por el que se quiere liberar al hombre de todas las ataduras impuestas por una sociedad aún anclada en los principios tradicionales. Para el escritor, el absurdo vital de una raza humana ya abiertamente atea solo puede contrarrestarse con la libertad de conciencia. Así, sus obras reflejan fuertemente la angustia existencial del individuo que se sabe (y se reconoce) sin salidas en el plano físico e intrascendente en el espiritual. Son títulos fundamentales del canon universal La náusea (1938) y Las manos sucias (1948).  Además, de Sartre son las dos obras críticas fundamentales del movimiento: El ser y la nada (1943) y El existencialismo es un humanismo (1946). He dejado esta última a continuación para el lector curioso. 

El existencialismo es un humanismo

4.- Albert Camus (1913-1960) 

Inicialmente vinculado a Sartre y a la revista Les Temps Modernes, muy pronto se decantó por la independencia más absoluta. Son obras imprescindibles del canon universal El extranjero (1942), La peste (1947) o Calígula (1945) para teatro. Para el escritor (que también realizó estudios de investigación) el absurdo de la vida no ofrece respuestas más allá del cumplimiento social. Y aquí tiene cabida la lucha contra ls injusticias y la necesaria solidaridad humana. 

El existencialismo en España 

Lo encontramos especialmente en los autores de la Generación del 98. El buceo en todas las profundidades del espíritu humano encuentra en estos escritores territorio abonado. El dolor por la situación cultural, social y económica de España se une, a veces, a un pesimismo y a una tristeza que son características de la Generación del 98. Muy resumidamente tenemos: 

1.- Miguel de Unamuno (1864-1936) 

Imbuido de los preceptos de Kierkegaard, se centra en el “hombre de carne y hueso”, con sus vicios y virtudes, con las luces y sombras que lo hacen esencialmente contradictorio. En Unamuno encontramos una lucha constante con Dios. La raza humana lo necesita para salvarse, para evadir la angustia y para encomendarse al camino de la trascendencia. En esta línea argumental hay que situar a San Manuel Bueno (1931).

2.- Pío Baroja (1872-1956) 

Fueron las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer los que adentraron al escritor en el existencialismo. De él se ha dicho que su obra abarca todos los problemas vitales, tanto que no hay virtud, sentimiento o vicio que no hubiera tratado.

3.- Azorín (1873-1967) 

José Martínez Ruíz toma de Nietzsche la idea del eterno retorno, a la par que considera la vida como un camino frenético que desemboca en la angustia del absurdo. El tiempo en los cuentos de Castilla (1912), su obra más conocida, se convierte en auténtico personaje cuando no en protagonista.  

4.- Antonio Machado (1875-1939) 

Para el poeta de Campos de Castilla (1912) es el tiempo abstracto, el del espíritu, el de la percepción subjetiva, el que condiciona sus escritos. Sus versos sencillos intentan en todo momento aprehender lo fugaz. Quieren inmortalizar el momento logrando acertar a dar en la diana de la esencia. Y con esta premisa tenemos que leer todos sus poemas desde “Al olmo viejo” hasta los conmovedores versos en estructura epistolar de “A José María Palacio”.  

A pesar de la reducción de esta exposición, con estas notas llegamos a entender la importancia del existencialismo, de sus principios y de sus autores no solo para la filosofía sino también para la literatura europea del siglo XX. A la muerte de Dios (proclamada a los cuatro vientos por Nietzsche) se unen los horrores de las sucesivas guerras. La crueldad y la soledad de la época abonan la angustia que se hace mayor al no encontrar el consuelo religioso y al hacerse difícil el camino de la trascendencia. El existencialismo, por tanto, pretende ser ese puente entre la fe ciega y la decadencia del nihilismo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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