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El mito de la caja de Pandora se remonta al relato del inicio del mundo, cuando los dioses del Olimpo luchan contra los titanes para hacerse con el poder, tanto de los cielos como de la tierra. Es en ese momento de refriega cuando se reparten los dones que cada uno podía disfrutar. En principio, los humanos estaban despojados de ciertas prerrogativas, entre ellas la del fuego, el mismo que da inicio a la civilización y a la cultura (que nos aleja de los instintos). Los dioses y los titanes habían acordado dejarles un papel residual en la creación. Sin embargo, Prometeo, un titán, robó el fuego del Olimpo y lo entregó a los humanos dándoles, por tanto, poder con este gesto. Y con ello, puso las bases para la civilización y el desarrollo. Zeus, encolerizado por la traición, urdió su venganza. Y lo hizo a través de Pandora. Para Prometeo tenía reservado un castigo aún más cruel, ya que lo ató a una columna donde un águila le devorada cada día un hígado que crecía de noche. De esta tortura eterna lo liberó Heracles, de camino a liquidar el último de sus doce trabajos. 

¿Quién era Pandora, la de caja o la tinaja? 

Los relatos sobre esta figura tienen variantes. Algunos la colocan en una familia, entre padre y madre. Sin embargo, la tradición ha aceptado la descripción de su nacimiento recogida por Hesiodo (siglo VIII o VII a.C) en su Teogonía que reproduzco a continuación. Pandora, como Eva o como Pigmalión, es un producto, una creación de los dioses. Se construye de barro y todos los dioses intervienen en su nacimiento. Por tanto, cada uno de ellos aporta una virtud y/o un vicio que los caracteriza. Así, en ella se concentran los bienes y también los males. Recordemos, llegados a este punto, que Pandora significa “todos los dones o todos los regalos”, algunos de ellos, por supuesto, con veneno incluido. 

¿Cómo castiga Zeus a los humanos? 

Enfadado por la traición de Prometeo que entrega el fuego de la civilización a los hombres, el rey del Olimpo crea a esta mujer del barro y le insufla vida. Cada uno de los dioses le aporta algo de ellos mismos. Así Pandora no solo tendrá esencia humana (animal, bestial o instintiva) sino también divina (razón, curiosidad, virtudes o afanes). Sale a la vida con una caja, aunque, en el texto original se alude a una tinaja, a una especie de ánfora donde se guardaban los alimentos. El error es debido a una mala traducción por parte de Erasmo de Rotterdam (1466-1536). Para este trabajo aceptamos la palabra caja. En la misma, los dioses del Olimpo introducen todos los males y todos los bienes que afectan a la humanidad: la enfermedad, la muerte, la esperanza, el dolor, el odio, la alegría… Todos y cada uno están en la caja encerrados y, por tanto, la primera civilización de hombres y mujeres vivía ajena a ellos, en estado natural. 

Sin embargo, Pandora llevaba en sí el afán de la curiosidad (característico de la raza humana) y se decide a abrir la caja desobedeciendo el mandato de los dioses. Al abrirla se desperdiga todo ello por el mundo afectando desde entonces a la humanidad. Horrorizada Pandora por lo que había hecho, intenta cerrar la caja y únicamente queda en el fondo la esperanza, el último don que mantiene en pie al ser humano cuando todo se desmorona. 

La caja de Pandora en la literatura griega

Aunque la mitología antigua es recogida con profusión en la literatura griega, la figura de Pandora y su caja apenas es tratada. El texto más largo y detallado es el ya mencionado de Hesiodo que la describe de la siguiente manera:  

Mandaré a los hombres, dijo Zeus, un mal, en el que todos, en el fondo de su corazón, se complacerán, rodeando de amor su propia enfermedad.  Lo dijo y echóse a reír, el padre de los dioses  y los hombres; y mandó al ilustre Hefesto mojar con agua un poco de tierra sin tardar, ponerla la voz y las fuerzas de un ser humano y formar de la pasta, a imagen de la diosas inmortales, un hermoso cuerpo amable de virgen; ordenó también que Atenea le enseñara las labores y el tejido de mil colores; que Afrodita de oro le ungiera su frente de la gracia, y le comunicara el doloroso deseo y la inquietud que rompe los miembros. Asimismo mandó a Hermes, el Mensajero, matador de Argos, que inspirara la impudicia y la falsedad a la bella virgen. Dijo, y todos obedecieron al señor Zeus, el Crónida. El ilustre Cojo modeló al punto la forma de una casta virgen, conforme a lo ordenado. La diosa de los ojos garzos, Atenea, la adornó. Y le ciñó su cinto. Alrededor de su cuello, las Gracias divinas, la augusta Persuasión colgaron collares de oro; a su alrededor las Horas de hermosos cabellos dispusieron guirnaldas de flores primaverales. Palas Ateneas le puso todas sus vestimentas y adornos.  Y,  su seno, el Mensajero, matador de Argos, colmó de embustes, adulaciones y perfidias, tal como lo había querido el tronitonante Zeus. Finalmente el heraldo de los dioses puso en ella la palabra y a esta mujer dio el nombre de Pandora, porque fueron todos los habitantes del Olimpo que, con semejante presente, regalaron la desgracia a los hombres que comen pan. 

Hesiodo: Teogonía

Por tanto, la caja de Pandora es la representación de la venganza de los dioses a una humanidad que quiere tener los mismos privilegios que los habitantes del Olimpo. Con ella se accede al conocimiento que propicia la civilización pero también a todos los males que rondan el espíritu (a veces atormentado y a ratos esperanzado) de la raza humana.  

La caja de Pandora, entre Eva y Pigmalión

El mito de Pigmalión alude a un rey escultor que se enamora de la belleza de una de sus estatuas. La diosa Afrodita, la del amor, se apiada del desdichado humano y le insufla vida a la escultura. Estamos, por tanto, ante otro relato de creación a través de un mujer que, de alguna manera u otra, viene del barro, tal como Eva (a partir de Adán que es creado de arcilla) y como Pandora que es moldeada por los mismos dioses del Olimpo. Para rizar un poco el rizo, se denomina efecto Pigmalión a la capacidad que lo exterior tiene de influir sobre lo interior. A través de este proceso se moldea (como Pandora, Eva y la escultura del rey griego) los caracteres humanos. Así, la caja de Pandora viene a representar todo aquello de divino y transformador (tanto lo bueno como lo malo) que se crea con la civilización. 

Pandora simboliza el origen de los males de la humanidad: estos vienen por la mujer, según el mito, y ésta se forma por orden de Zeus, como castigo a la desobediencia de Prometeo, que ha robado el fuego del cielo para dárselo a los hombres. Según la leyenda de Pandora, el hombre recibe los beneficios del fuego, a pesar de los dioses, y los desaguisados de la mujer, a pesar suyo. La mujer es el precio del fuego, que da a la humanidad inmenso poder, pero que puede traer su infortunio, tanto como su dicha, según sea recto o perverso el deseo de los hombres.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos

Y, por último, tengamos presente que la caja de Pandora se ha tratado con profusión por los artistas a partir del Renacimiento, cuando se vuelve a la cultura greco-latina a través de los pocos textos conservados en la Edad Media. Fue también del agrado de los simbolistas, siempre en búsqueda de aquello espiritual que hay en los relatos míticos. Además y por último, el tema fue abordado también por los pintores del prerrafaelismo y su gusto por las figuras que hoy en día podríamos calificar de mujeres fatales.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El mito de la caja de Pandora se remonta al relato del inicio del mundo, cuando los dioses del Olimpo luchan contra los titanes para hacerse con el poder, tanto de los cielos como de la tierra. Es en ese momento de refriega cuando se reparten los dones que cada uno podía disfrutar. En principio, los humanos estaban despojados de ciertas prerrogativas, entre ellas la del fuego, el mismo que da inicio a la civilización y a la cultura (que nos aleja de los instintos). Los dioses y los titanes habían acordado dejarles un papel residual en la creación. Sin embargo, Prometeo, un titán, robó el fuego del Olimpo y lo entregó a los humanos dándoles, por tanto, poder con este gesto. Y con ello, puso las bases para la civilización y el desarrollo. Zeus, encolerizado por la traición, urdió su venganza. Y lo hizo a través de Pandora. Para Prometeo tenía reservado un castigo aún más cruel, ya que lo ató a una columna donde un águila le devorada cada día un hígado que crecía de noche. De esta tortura eterna lo liberó Heracles, de camino a liquidar el último de sus doce trabajos. 

¿Quién era Pandora, la de caja o la tinaja? 

Los relatos sobre esta figura tienen variantes. Algunos la colocan en una familia, entre padre y madre. Sin embargo, la tradición ha aceptado la descripción de su nacimiento recogida por Hesiodo (siglo VIII o VII a.C) en su Teogonía que reproduzco a continuación. Pandora, como Eva o como Pigmalión, es un producto, una creación de los dioses. Se construye de barro y todos los dioses intervienen en su nacimiento. Por tanto, cada uno de ellos aporta una virtud y/o un vicio que los caracteriza. Así, en ella se concentran los bienes y también los males. Recordemos, llegados a este punto, que Pandora significa “todos los dones o todos los regalos”, algunos de ellos, por supuesto, con veneno incluido. 

¿Cómo castiga Zeus a los humanos? 

Enfadado por la traición de Prometeo que entrega el fuego de la civilización a los hombres, el rey del Olimpo crea a esta mujer del barro y le insufla vida. Cada uno de los dioses le aporta algo de ellos mismos. Así Pandora no solo tendrá esencia humana (animal, bestial o instintiva) sino también divina (razón, curiosidad, virtudes o afanes). Sale a la vida con una caja, aunque, en el texto original se alude a una tinaja, a una especie de ánfora donde se guardaban los alimentos. El error es debido a una mala traducción por parte de Erasmo de Rotterdam (1466-1536). Para este trabajo aceptamos la palabra caja. En la misma, los dioses del Olimpo introducen todos los males y todos los bienes que afectan a la humanidad: la enfermedad, la muerte, la esperanza, el dolor, el odio, la alegría… Todos y cada uno están en la caja encerrados y, por tanto, la primera civilización de hombres y mujeres vivía ajena a ellos, en estado natural. 

Sin embargo, Pandora llevaba en sí el afán de la curiosidad (característico de la raza humana) y se decide a abrir la caja desobedeciendo el mandato de los dioses. Al abrirla se desperdiga todo ello por el mundo afectando desde entonces a la humanidad. Horrorizada Pandora por lo que había hecho, intenta cerrar la caja y únicamente queda en el fondo la esperanza, el último don que mantiene en pie al ser humano cuando todo se desmorona. 

La caja de Pandora en la literatura griega

Aunque la mitología antigua es recogida con profusión en la literatura griega, la figura de Pandora y su caja apenas es tratada. El texto más largo y detallado es el ya mencionado de Hesiodo que la describe de la siguiente manera:  

Mandaré a los hombres, dijo Zeus, un mal, en el que todos, en el fondo de su corazón, se complacerán, rodeando de amor su propia enfermedad.  Lo dijo y echóse a reír, el padre de los dioses  y los hombres; y mandó al ilustre Hefesto mojar con agua un poco de tierra sin tardar, ponerla la voz y las fuerzas de un ser humano y formar de la pasta, a imagen de la diosas inmortales, un hermoso cuerpo amable de virgen; ordenó también que Atenea le enseñara las labores y el tejido de mil colores; que Afrodita de oro le ungiera su frente de la gracia, y le comunicara el doloroso deseo y la inquietud que rompe los miembros. Asimismo mandó a Hermes, el Mensajero, matador de Argos, que inspirara la impudicia y la falsedad a la bella virgen. Dijo, y todos obedecieron al señor Zeus, el Crónida. El ilustre Cojo modeló al punto la forma de una casta virgen, conforme a lo ordenado. La diosa de los ojos garzos, Atenea, la adornó. Y le ciñó su cinto. Alrededor de su cuello, las Gracias divinas, la augusta Persuasión colgaron collares de oro; a su alrededor las Horas de hermosos cabellos dispusieron guirnaldas de flores primaverales. Palas Ateneas le puso todas sus vestimentas y adornos.  Y,  su seno, el Mensajero, matador de Argos, colmó de embustes, adulaciones y perfidias, tal como lo había querido el tronitonante Zeus. Finalmente el heraldo de los dioses puso en ella la palabra y a esta mujer dio el nombre de Pandora, porque fueron todos los habitantes del Olimpo que, con semejante presente, regalaron la desgracia a los hombres que comen pan. 

Hesiodo: Teogonía

Por tanto, la caja de Pandora es la representación de la venganza de los dioses a una humanidad que quiere tener los mismos privilegios que los habitantes del Olimpo. Con ella se accede al conocimiento que propicia la civilización pero también a todos los males que rondan el espíritu (a veces atormentado y a ratos esperanzado) de la raza humana.  

La caja de Pandora, entre Eva y Pigmalión

El mito de Pigmalión alude a un rey escultor que se enamora de la belleza de una de sus estatuas. La diosa Afrodita, la del amor, se apiada del desdichado humano y le insufla vida a la escultura. Estamos, por tanto, ante otro relato de creación a través de un mujer que, de alguna manera u otra, viene del barro, tal como Eva (a partir de Adán que es creado de arcilla) y como Pandora que es moldeada por los mismos dioses del Olimpo. Para rizar un poco el rizo, se denomina efecto Pigmalión a la capacidad que lo exterior tiene de influir sobre lo interior. A través de este proceso se moldea (como Pandora, Eva y la escultura del rey griego) los caracteres humanos. Así, la caja de Pandora viene a representar todo aquello de divino y transformador (tanto lo bueno como lo malo) que se crea con la civilización. 

Pandora simboliza el origen de los males de la humanidad: estos vienen por la mujer, según el mito, y ésta se forma por orden de Zeus, como castigo a la desobediencia de Prometeo, que ha robado el fuego del cielo para dárselo a los hombres. Según la leyenda de Pandora, el hombre recibe los beneficios del fuego, a pesar de los dioses, y los desaguisados de la mujer, a pesar suyo. La mujer es el precio del fuego, que da a la humanidad inmenso poder, pero que puede traer su infortunio, tanto como su dicha, según sea recto o perverso el deseo de los hombres.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos

Y, por último, tengamos presente que la caja de Pandora se ha tratado con profusión por los artistas a partir del Renacimiento, cuando se vuelve a la cultura greco-latina a través de los pocos textos conservados en la Edad Media. Fue también del agrado de los simbolistas, siempre en búsqueda de aquello espiritual que hay en los relatos míticos. Además y por último, el tema fue abordado también por los pintores del prerrafaelismo y su gusto por las figuras que hoy en día podríamos calificar de mujeres fatales.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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La caja de Pandora

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El mito del minotauro simboliza en su conjunto el combate espiritual contra el rechazo. 

 

Paul Diel: El simbolismo en la mitología griega 

 

A la hora de adentrarnos en la narración y el sentido simbólico del conocido el laberinto del minotauro, tenemos que presentar, como si de una función de teatro se tratara, a los personajes. El primero es Minos rey de creta, casado con Pasifae y que pide ayuda a Poseidón. Minos y Pasifae son los padres de Ariadna, la protagonista del hilo de Ariadna. Y la reina es la madre de Asterión, el minotauro. En el otro lado, está Atenas enemistada con Creta y cuyo príncipe (y luego rey), Teseo, dará muerte al monstruo.  

El laberinto del minotauro y el mito que lo alimenta  

Vamos a la trama de la obra. Minos, rey de Creta, ansioso por ocupar el trono de su país tras la muerte de su padre, pide ayuda a Poseidón. El dios de los océanos le concede la gracia a cambio de que sacrifique un bello toro blanco que surgirá de las espumas del mar. Sin embargo el rey, embriagado por la belleza del animal, pretende engañar a Poseidón y, en su lugar, coloca en los altares uno corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que esto llega a conocimiento del dios que, tras el ataque del ira, urde una cruel venganza. 

Y lo hace a través de Pasifae, esposa de Minos y reina de Creta. Inocula en ella una pasión aberrante hacia el toro. Es del tal intensidad que pide ayuda a Dédalo (a la sazón arquitecto real) para que construya una vaca de madera revestida de piel y en cuyo hueco se introduce para ser poseída por el toro divino. De resultas de estos abyectos amores nace Asterión (llamado como su abuelo paterno). Él es el minotauro, mitad hombre y mitad toro. Se alimenta de carne humana. 

GeorgeF.Watts Minotauros 

Asterión es el minotauro a quien encierran en el laberinto 

Comienza así el mito del minotauro, la bestia nacida tras amores prohibidos y que aterroriza a toda Creta. Horrorizada, la reina pide, de nuevo, ayuda a Dédalo y este construye un laberinto donde deposita, en su centro, a la criatura. En principio, para que muriera de inanición. Nace así el emplazamiento de leyenda, un lugar en este mundo tan complejo y complicado que nadie puede salir de él pereciendo, por tanto, en el intento. En el centro del mismo (como un tesoro) vive o descansa una bestia que, tras los estudios sobre el inconsciente colectivo de C.G. Jung, se ha alineado con el símbolo de lo oscuro, de los vicios desconocidos, de lo abyecto que, de no salir a la luz para domeñarlo, amenaza con ocupar todo el alma humana. El laberinto tiene puertas, recovecos y es imposible de recorrer. Ha sido objeto de fascinación por parte de escritores y artistas por su áurea simbólica. Dejo aquí al lector interesado una visión (fabulada por supuesto) del gran maestro Jorge Luis Borges (1899-1986) de este emplazamiento entre el mito, la magia y la antropología. 

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay puerta cerrada, añadiré que no hay cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; sin antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta.  

Y más adelante, Asterión, el minotauro, sigue describiendo su casa ya en los términos de laberinto.  

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.  

“La casa de Asterión” en El Aleph (1949) de Jorge Luis Borges 

Asterión, Teseo y Ariadna  

Las cosas se complican aún más, ya  que Minos, rey de Creta, vence en batalla a Atenas y, como pago, pide cada año siete doncellas y siete muchachos. Estos se ofrecen en sacrificio a la bestia. Tal es la destrucción que Teseo, en ese momento príncipe ateniense, solicita a su padre y al rey enemigo matar al monstruo. En la audiencia de palacio conoce a Ariadna, princesa cretense e hija de Minos y Pasifae. Por tanto, la muchacha es hermana (de un solo vínculo) del minotauro que aterriza a todos. Es en ese momento cuando empieza la historia de amor de Teseo y Ariadna, aunque, al final, se descubre que solo la joven tiene nobles sentimientos.  

Seguimos con este breve resumen de Teseo y el minotauro. Otros antes que él se habían atrevido a entrar en el laberinto y el resultado había sido la muerte. Así que Ariadna, para salvaguardar al joven, solicita ayuda, de nuevo, a Dédalo. Este le entrega un ovillo de lana (según algunas versiones era de oro) y la princesa se lo da al héroe. Debía atar un extremo a la salida e ir indicando el camino con las hebras. Una vez, con arrojo, hubiera matado al monstruo, únicamente tenía que recoger la madeja para encontrar el camino de vuelta, hacia la salida, hacia la luz y hacia la libertad. Así lo hace Teseo. Se adentra en el oscuro laberinto. Mata a Asterión con su espada. Y, ayudado por la luz de su corona de oro y el hilo de Ariadna sale al exterior donde le espera la muchacha. 

La historia termina en drama para la princesa ya que es abandonada en la isla de Naxos y convertida por Dionisio en una constelación de estrellas tras apiadarse de sus lamentos y desconsolados llantos. Teseo continuó cosechando aventuras (entre ellas la del vellocino de oro) hasta que es despojado de su trono y asesinado después de una larga vida. No constan divinas metamorfosis para él. 

Una interpretación simbólica del laberinto del minotauro  

Tras esta narración del mito, entendemos que el laberinto actúa a la manera de prueba iniciática (una en la que se arriesga la vida en ello) cuyo centro guarda un bien precioso. En este caso, es el minotauro, un ser monstruoso que actúa como chivo expiatorio de todas las culpas de su clan familiar. Al matarlo, Teseo no solo libera a su pueblo de los obligados sacrificios de jóvenes sino también al trono de Creta de los sucesivos actos abyectos. Hacemos nuestras, para no alargar,  las palabras de Jean Chevalier a propósito del sentido simbólico del laberinto del minotauro. 

Originalmente el laberinto es el palacio cretense de Minos donde está encerrado el minotauro y de donde Teseo no puede salir más que con la ayuda del hilo de Ariadna. Esencialmente retenemos pues la complicación de su plano y la dificultad de su recorrido.  

Pero este trazado complejo se halla en estado natural en los corredores de acceso a ciertas grutas prehistóricas; está dibujado, asegura Virgilio, en la puerta del antro de Sibila de Cumas; está grabado sobre las losas de las catedrales; se utiliza en diversas regiones, de Grecia a la China; se conocía en Egipto: Su asociación con la caverna muestra que el laberinto debe permitir a la vez el acceso al centro por una especie de viaje iniciático, y prohibirlo a quienes no están cualificados. En tal sentido se ha querido allegar el laberinto con el mandala, que a veces entraña un aspecto laberíntico. Se trata pues de una figuración de pruebas iniciáticas discriminatorias, previas a la andadura hacia el centro escondido. 

Y con referencia a Asterión,  a la bestia mitad hombre y mitad toro, nos dice: 

Este monstruo simboliza un estado psíquico, el dominio perverso de Minos. Pero el monstruo es hijo de Pasifae: es decir que Pasifae es también la fuente de la perversidad de Minos; ésta simboliza un amor culpable, un deseo injusto, un dominio indebido, la falta, reprimidos y ocultos en lo inconsciente del laberinto. Los sacrificios consentidos al monstruo son otros tantos engaños y subterfugios para adormecerlo, pero también nuevas faltas que se acumulan. El hilo de Ariadna que permite a Teseo volver a la luz representa la ayuda espiritual necesaria para vencer al monstruo. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

Asterión, por tanto, es un ser maldito desde su misma concepción, ya que se incumplieron todas las normas y mandamientos de los dioses. Es, además, un híbrido y no pertenece ni al mundo de los hombres ni al de las bestias. Por tanto, está condenado a la soledad, a la incomprensión, a servir de depositario de las culpas de otros. Al estar fuera de las fronteras de lo social, se le aísla en una fortaleza, en un laberinto inaccesible al común de los mortales. Hasta él, solo puede llegar un héroe buscador (ya que Teseo ansía la libertad de su pueblo) y los dones generosos de una doncella (en este caso Ariadna) por cuya intermediación se consigue el fin del terror. El laberinto del minotauro, al trasladar su sentido a lo anímico, es el símbolo de todo aquello que atenaza el espíritu humano. Son las pruebas que los buscadores deben sortear antes de alcanzar el centro de la gracia. Al salir de la oscuridad, una vez se ha derrotado al monstruo, espera la luz, la misma que guía la serenidad, el autoconocimiento o la sabiduría. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El mito del minotauro simboliza en su conjunto el combate espiritual contra el rechazo. 

 

Paul Diel: El simbolismo en la mitología griega 

 

A la hora de adentrarnos en la narración y el sentido simbólico del conocido el laberinto del minotauro, tenemos que presentar, como si de una función de teatro se tratara, a los personajes. El primero es Minos rey de creta, casado con Pasifae y que pide ayuda a Poseidón. Minos y Pasifae son los padres de Ariadna, la protagonista del hilo de Ariadna. Y la reina es la madre de Asterión, el minotauro. En el otro lado, está Atenas enemistada con Creta y cuyo príncipe (y luego rey), Teseo, dará muerte al monstruo.  

El laberinto del minotauro y el mito que lo alimenta  

Vamos a la trama de la obra. Minos, rey de Creta, ansioso por ocupar el trono de su país tras la muerte de su padre, pide ayuda a Poseidón. El dios de los océanos le concede la gracia a cambio de que sacrifique un bello toro blanco que surgirá de las espumas del mar. Sin embargo el rey, embriagado por la belleza del animal, pretende engañar a Poseidón y, en su lugar, coloca en los altares uno corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que esto llega a conocimiento del dios que, tras el ataque del ira, urde una cruel venganza. 

Y lo hace a través de Pasifae, esposa de Minos y reina de Creta. Inocula en ella una pasión aberrante hacia el toro. Es del tal intensidad que pide ayuda a Dédalo (a la sazón arquitecto real) para que construya una vaca de madera revestida de piel y en cuyo hueco se introduce para ser poseída por el toro divino. De resultas de estos abyectos amores nace Asterión (llamado como su abuelo paterno). Él es el minotauro, mitad hombre y mitad toro. Se alimenta de carne humana. 

GeorgeF.Watts Minotauros 

Asterión es el minotauro a quien encierran en el laberinto 

Comienza así el mito del minotauro, la bestia nacida tras amores prohibidos y que aterroriza a toda Creta. Horrorizada, la reina pide, de nuevo, ayuda a Dédalo y este construye un laberinto donde deposita, en su centro, a la criatura. En principio, para que muriera de inanición. Nace así el emplazamiento de leyenda, un lugar en este mundo tan complejo y complicado que nadie puede salir de él pereciendo, por tanto, en el intento. En el centro del mismo (como un tesoro) vive o descansa una bestia que, tras los estudios sobre el inconsciente colectivo de C.G. Jung, se ha alineado con el símbolo de lo oscuro, de los vicios desconocidos, de lo abyecto que, de no salir a la luz para domeñarlo, amenaza con ocupar todo el alma humana. El laberinto tiene puertas, recovecos y es imposible de recorrer. Ha sido objeto de fascinación por parte de escritores y artistas por su áurea simbólica. Dejo aquí al lector interesado una visión (fabulada por supuesto) del gran maestro Jorge Luis Borges (1899-1986) de este emplazamiento entre el mito, la magia y la antropología. 

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay puerta cerrada, añadiré que no hay cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; sin antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta.  

Y más adelante, Asterión, el minotauro, sigue describiendo su casa ya en los términos de laberinto.  

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.  

“La casa de Asterión” en El Aleph (1949) de Jorge Luis Borges 

Asterión, Teseo y Ariadna  

Las cosas se complican aún más, ya  que Minos, rey de Creta, vence en batalla a Atenas y, como pago, pide cada año siete doncellas y siete muchachos. Estos se ofrecen en sacrificio a la bestia. Tal es la destrucción que Teseo, en ese momento príncipe ateniense, solicita a su padre y al rey enemigo matar al monstruo. En la audiencia de palacio conoce a Ariadna, princesa cretense e hija de Minos y Pasifae. Por tanto, la muchacha es hermana (de un solo vínculo) del minotauro que aterriza a todos. Es en ese momento cuando empieza la historia de amor de Teseo y Ariadna, aunque, al final, se descubre que solo la joven tiene nobles sentimientos.  

Seguimos con este breve resumen de Teseo y el minotauro. Otros antes que él se habían atrevido a entrar en el laberinto y el resultado había sido la muerte. Así que Ariadna, para salvaguardar al joven, solicita ayuda, de nuevo, a Dédalo. Este le entrega un ovillo de lana (según algunas versiones era de oro) y la princesa se lo da al héroe. Debía atar un extremo a la salida e ir indicando el camino con las hebras. Una vez, con arrojo, hubiera matado al monstruo, únicamente tenía que recoger la madeja para encontrar el camino de vuelta, hacia la salida, hacia la luz y hacia la libertad. Así lo hace Teseo. Se adentra en el oscuro laberinto. Mata a Asterión con su espada. Y, ayudado por la luz de su corona de oro y el hilo de Ariadna sale al exterior donde le espera la muchacha. 

La historia termina en drama para la princesa ya que es abandonada en la isla de Naxos y convertida por Dionisio en una constelación de estrellas tras apiadarse de sus lamentos y desconsolados llantos. Teseo continuó cosechando aventuras (entre ellas la del vellocino de oro) hasta que es despojado de su trono y asesinado después de una larga vida. No constan divinas metamorfosis para él. 

Una interpretación simbólica del laberinto del minotauro  

Tras esta narración del mito, entendemos que el laberinto actúa a la manera de prueba iniciática (una en la que se arriesga la vida en ello) cuyo centro guarda un bien precioso. En este caso, es el minotauro, un ser monstruoso que actúa como chivo expiatorio de todas las culpas de su clan familiar. Al matarlo, Teseo no solo libera a su pueblo de los obligados sacrificios de jóvenes sino también al trono de Creta de los sucesivos actos abyectos. Hacemos nuestras, para no alargar,  las palabras de Jean Chevalier a propósito del sentido simbólico del laberinto del minotauro. 

Originalmente el laberinto es el palacio cretense de Minos donde está encerrado el minotauro y de donde Teseo no puede salir más que con la ayuda del hilo de Ariadna. Esencialmente retenemos pues la complicación de su plano y la dificultad de su recorrido.  

Pero este trazado complejo se halla en estado natural en los corredores de acceso a ciertas grutas prehistóricas; está dibujado, asegura Virgilio, en la puerta del antro de Sibila de Cumas; está grabado sobre las losas de las catedrales; se utiliza en diversas regiones, de Grecia a la China; se conocía en Egipto: Su asociación con la caverna muestra que el laberinto debe permitir a la vez el acceso al centro por una especie de viaje iniciático, y prohibirlo a quienes no están cualificados. En tal sentido se ha querido allegar el laberinto con el mandala, que a veces entraña un aspecto laberíntico. Se trata pues de una figuración de pruebas iniciáticas discriminatorias, previas a la andadura hacia el centro escondido. 

Y con referencia a Asterión,  a la bestia mitad hombre y mitad toro, nos dice: 

Este monstruo simboliza un estado psíquico, el dominio perverso de Minos. Pero el monstruo es hijo de Pasifae: es decir que Pasifae es también la fuente de la perversidad de Minos; ésta simboliza un amor culpable, un deseo injusto, un dominio indebido, la falta, reprimidos y ocultos en lo inconsciente del laberinto. Los sacrificios consentidos al monstruo son otros tantos engaños y subterfugios para adormecerlo, pero también nuevas faltas que se acumulan. El hilo de Ariadna que permite a Teseo volver a la luz representa la ayuda espiritual necesaria para vencer al monstruo. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

Asterión, por tanto, es un ser maldito desde su misma concepción, ya que se incumplieron todas las normas y mandamientos de los dioses. Es, además, un híbrido y no pertenece ni al mundo de los hombres ni al de las bestias. Por tanto, está condenado a la soledad, a la incomprensión, a servir de depositario de las culpas de otros. Al estar fuera de las fronteras de lo social, se le aísla en una fortaleza, en un laberinto inaccesible al común de los mortales. Hasta él, solo puede llegar un héroe buscador (ya que Teseo ansía la libertad de su pueblo) y los dones generosos de una doncella (en este caso Ariadna) por cuya intermediación se consigue el fin del terror. El laberinto del minotauro, al trasladar su sentido a lo anímico, es el símbolo de todo aquello que atenaza el espíritu humano. Son las pruebas que los buscadores deben sortear antes de alcanzar el centro de la gracia. Al salir de la oscuridad, una vez se ha derrotado al monstruo, espera la luz, la misma que guía la serenidad, el autoconocimiento o la sabiduría. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El hilo de Ariadna que permite a Teseo volver a la luz representa la ayuda espiritual necesaria para vencer al monstruo.

Jean Chevalier  

Y con estas palabras nos adentramos en el sentido del hilo de Ariadna y su significado. Para ello tenemos que conocer el mito (recogido por la literatura griega) que lo alimenta y de donde extraemos el potente símbolo arraigado en el inconsciente colectivo según C.G. Jung. Así que empezamos por el principio. 

Todo comenzó con el minotauro  

Porque no tendríamos hilo ni madeja ni ovillo sin la presencia monstruosa que lo justifica. ¿Y quién era este monstruo? En el principio, tenemos a Minos, rey de Creta, casado con Pasifae y en guerra constante con Atenas. Este pide a Poseidón, dios de los mares, que adelante su coronación. La petición es concedida a cambio del sacrificio de un toro sagrado de color blanco que emergería del mar. Sin embargo, Minos, ante la majestuosidad del animal, decide engañar al mismísimo dios de los océanos y ofrecer en el altar otro corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que Poseidón se enteró de la argucia humana y, sobre la marcha, entró en cólera. Para castigar esta primera afrenta urdió una terrible venganza. 

Y lo hizo a través de Pasifae que cayó rendida de pasión ante el toro. Para cumplir sus abyectos deseos hizo que Dédalo (arquitecto real) construyera un armazón de madera en forma de vaca con revestimiento de piel auténtica. Allí se introdujo para que la poseyera el animal sagrado. De resultas de estos perversos amores nace Asterión, el minotauro, mitad hombre y mitad toro, que, además, se alimenta de carne humana. 

GeorgeF.Watts Minotauros 

Asterión, el monstruo, el minotauro, es el símbolo extremo de la abyección humana, ya que ha sido engendrado por sucesivos actos de perversión. Y en él recaen todas las culpas del clan,  cual chivo expiatorio.  La historia no acaba aquí, ya que para evitar daños mayores es encerrado en un laberinto también construido por Dédalo. Y el mito del minotauro se completa con el sacrificio de los jóvenes atenienses que son entregados cada cierto tiempo como pago de botín de guerra. El laberinto, por tanto, es la simbolización de la defensa de todo el mal que representa Asterión y su perversa concepción recordada constantemente por su misma existencia. 

El laberinto ha sido utilizado como sistema de defensa de las puertas de las ciudades fortificadas. Está trazado sobre maquetas de casas griegas antiguas. Tanto en uno como en otro caso se trata de una defensa de la ciudad o de la casa, situada en el centro del mundo. Defensa no solo contra el adversario humano sino también contra las influencias maléficas. 

Jean Chevalier

 

Teseo y Ariadna  

Y estas “influencias maléficas” son tanto exteriores como interiores; esto, pertenecen a los conflictos más profundos e intrincados que atenazan el espíritu. Volveremos a esta idea para entender el sentido del hilo de Ariadna y su significado último. Seguimos con el mito. La escabechina del minotauro sobre el pueblo ateniense y sus jóvenes era tal que fueron muchos los que se adentraron en el laberinto con el fin de darle muerte. Ninguno lo consiguió hasta que llegó Teseo, en ese momento príncipe de Atenas y, posteriormente rey. Se presenta ante Minos solicitando dar muerte al monstruo y  en la misma audiencia se encontraba Ariadna. Era ésta hija del rey de Creta y, por tanto, hermana de un solo vínculo (por parte de la reina Pasifae) de Asterión, el minotauro. Ariadna se queda prendada de las virtudes del príncipe ateniense y se presta a ayudarlo.  

El mito continúa con una historia de amor entre Teseo y Ariadna, aunque la entrega (tal como veremos) solo es de parte de la muchacha. Ayudada por Dédalo (el constructor de la vaca y el laberinto recordemos), Ariadna le da indicaciones a Teseo para llegar al centro del laberinto y allí dar muerte al  monstruo. Para que no se perdiera, le entrega una madeja de lana (otras fuentes apuntan a que el material era de oro) que debía atar a la entrada y, posteriormente, ir señalando los distintos recovecos para, una vez a la vuelta,  encontrar el camino únicamente volviendo a enrollar la madeja. Así lo hizo Teseo. Provisto de su arrojo, de su espada y de una corona de oro que brillaba en la oscuridad, se adentra en la intrincada casa de Asterión. Allí da muerte al minotauro. Regresa siguiendo las instrucciones de Ariadna que le espera en la puerta para marcharse con el príncipe. El propósito es seguir una vida juntos, aunque la princesa cretense es cruelmente abandonada por Teseo en la isla Naxos. Al verse repudiada por su amor y alejada de su familia, fueron tales los lamentos y llantos de Ariadna que Dionisio se compadeció de la desgraciada muchacha convirtiéndola en una constelación de estrellas. Otras versiones apuntan a una boda entre ambos y la metamorfosis ante la inminente muerte de la princesa tras una vida juntos.  

El hilo de Ariadna y su significado  

Sin Ariadna (abandona en Naxos) Teseo no hubiera conseguido matar al minotauro y ni mucho menos salir airoso del laberinto. Si tenemos en cuenta que el minotauro simboliza todas las fuerzas oscuras que anidan en nuestro interior y que el laberinto son los distintas capas que ponemos para que no salgan fuera, el hilo de Ariadna adquiere un significado redentor. Gracias a él, se puede llegar al centro mismo de lo que es el interior del alma con todas sus luces y sus sombras y, tras un auténtico viaje iniciático solo apto para los mejores, volver al exterior, a la conciencia. Ese sentido de expiación se completa con el abandono de la princesa que se convierte, así, en una auténtica mártir (según el sentido cristiano) al sacrificar todo su mundo para liberar tanto a Atenas como a Creta de las garras del minotauro.  

El laberinto conduce también al interior de sí mismo, hacia una suerte de santuario interior y oculto donde reside lo más misterioso de la persona humana. Pensamos aquí en la mens, templo del Espíritu Santo en el alma que se halla en estado de gracia, o también en las profundidades de lo inconsciente. Una y otro no pueden ser alcanzados por la conciencia sino tras largos rodeos o una intensa concentración hasta esa intuición final donde todo se simplifica por una especie de iluminación.

Jean Chevalier 

El hilo de Ariadna, por tanto, es esa ayuda espiritual, esa fuerza que da el amor y el sentido del bien que tiene la princesa cretense, necesaria para salir de todas las condenas de la perversión, la abyección o la oscuridad del alma humana. El hilo de Ariadna, por tanto, es la herramienta necesaria para que la luz (la misma que emana la corona de Teseo) venza sobre la oscuridad. Y gracias a él (y a la acción de la muchacha) se consigue redimir los pecados de la historia familiar. El hilo de Ariadna tiene que entenderse como esa guía que nos lleva al fondo de nosotros mismos, allí donde la esencia está oculta por sucesivas capas. Y, además, nos permite salir a la luz (a la conciencia) una vez se han superado vicios, pecados y monstruosidades de todo tipo. 

El hilo de Ariadna y su significado, por tanto, es un símbolo perfecto de las herramientas necesarias que nos permiten el autoconocimiento, primer paso para la serenidad, la sabiduría y la felicidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El hilo de Ariadna que permite a Teseo volver a la luz representa la ayuda espiritual necesaria para vencer al monstruo.

Jean Chevalier  

Y con estas palabras nos adentramos en el sentido del hilo de Ariadna y su significado. Para ello tenemos que conocer el mito (recogido por la literatura griega) que lo alimenta y de donde extraemos el potente símbolo arraigado en el inconsciente colectivo según C.G. Jung. Así que empezamos por el principio. 

Todo comenzó con el minotauro  

Porque no tendríamos hilo ni madeja ni ovillo sin la presencia monstruosa que lo justifica. ¿Y quién era este monstruo? En el principio, tenemos a Minos, rey de Creta, casado con Pasifae y en guerra constante con Atenas. Este pide a Poseidón, dios de los mares, que adelante su coronación. La petición es concedida a cambio del sacrificio de un toro sagrado de color blanco que emergería del mar. Sin embargo, Minos, ante la majestuosidad del animal, decide engañar al mismísimo dios de los océanos y ofrecer en el altar otro corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que Poseidón se enteró de la argucia humana y, sobre la marcha, entró en cólera. Para castigar esta primera afrenta urdió una terrible venganza. 

Y lo hizo a través de Pasifae que cayó rendida de pasión ante el toro. Para cumplir sus abyectos deseos hizo que Dédalo (arquitecto real) construyera un armazón de madera en forma de vaca con revestimiento de piel auténtica. Allí se introdujo para que la poseyera el animal sagrado. De resultas de estos perversos amores nace Asterión, el minotauro, mitad hombre y mitad toro, que, además, se alimenta de carne humana. 

GeorgeF.Watts Minotauros 

Asterión, el monstruo, el minotauro, es el símbolo extremo de la abyección humana, ya que ha sido engendrado por sucesivos actos de perversión. Y en él recaen todas las culpas del clan,  cual chivo expiatorio.  La historia no acaba aquí, ya que para evitar daños mayores es encerrado en un laberinto también construido por Dédalo. Y el mito del minotauro se completa con el sacrificio de los jóvenes atenienses que son entregados cada cierto tiempo como pago de botín de guerra. El laberinto, por tanto, es la simbolización de la defensa de todo el mal que representa Asterión y su perversa concepción recordada constantemente por su misma existencia. 

El laberinto ha sido utilizado como sistema de defensa de las puertas de las ciudades fortificadas. Está trazado sobre maquetas de casas griegas antiguas. Tanto en uno como en otro caso se trata de una defensa de la ciudad o de la casa, situada en el centro del mundo. Defensa no solo contra el adversario humano sino también contra las influencias maléficas. 

Jean Chevalier

 

Teseo y Ariadna  

Y estas “influencias maléficas” son tanto exteriores como interiores; esto, pertenecen a los conflictos más profundos e intrincados que atenazan el espíritu. Volveremos a esta idea para entender el sentido del hilo de Ariadna y su significado último. Seguimos con el mito. La escabechina del minotauro sobre el pueblo ateniense y sus jóvenes era tal que fueron muchos los que se adentraron en el laberinto con el fin de darle muerte. Ninguno lo consiguió hasta que llegó Teseo, en ese momento príncipe de Atenas y, posteriormente rey. Se presenta ante Minos solicitando dar muerte al monstruo y  en la misma audiencia se encontraba Ariadna. Era ésta hija del rey de Creta y, por tanto, hermana de un solo vínculo (por parte de la reina Pasifae) de Asterión, el minotauro. Ariadna se queda prendada de las virtudes del príncipe ateniense y se presta a ayudarlo.  

El mito continúa con una historia de amor entre Teseo y Ariadna, aunque la entrega (tal como veremos) solo es de parte de la muchacha. Ayudada por Dédalo (el constructor de la vaca y el laberinto recordemos), Ariadna le da indicaciones a Teseo para llegar al centro del laberinto y allí dar muerte al  monstruo. Para que no se perdiera, le entrega una madeja de lana (otras fuentes apuntan a que el material era de oro) que debía atar a la entrada y, posteriormente, ir señalando los distintos recovecos para, una vez a la vuelta,  encontrar el camino únicamente volviendo a enrollar la madeja. Así lo hizo Teseo. Provisto de su arrojo, de su espada y de una corona de oro que brillaba en la oscuridad, se adentra en la intrincada casa de Asterión. Allí da muerte al minotauro. Regresa siguiendo las instrucciones de Ariadna que le espera en la puerta para marcharse con el príncipe. El propósito es seguir una vida juntos, aunque la princesa cretense es cruelmente abandonada por Teseo en la isla Naxos. Al verse repudiada por su amor y alejada de su familia, fueron tales los lamentos y llantos de Ariadna que Dionisio se compadeció de la desgraciada muchacha convirtiéndola en una constelación de estrellas. Otras versiones apuntan a una boda entre ambos y la metamorfosis ante la inminente muerte de la princesa tras una vida juntos.  

El hilo de Ariadna y su significado  

Sin Ariadna (abandona en Naxos) Teseo no hubiera conseguido matar al minotauro y ni mucho menos salir airoso del laberinto. Si tenemos en cuenta que el minotauro simboliza todas las fuerzas oscuras que anidan en nuestro interior y que el laberinto son los distintas capas que ponemos para que no salgan fuera, el hilo de Ariadna adquiere un significado redentor. Gracias a él, se puede llegar al centro mismo de lo que es el interior del alma con todas sus luces y sus sombras y, tras un auténtico viaje iniciático solo apto para los mejores, volver al exterior, a la conciencia. Ese sentido de expiación se completa con el abandono de la princesa que se convierte, así, en una auténtica mártir (según el sentido cristiano) al sacrificar todo su mundo para liberar tanto a Atenas como a Creta de las garras del minotauro.  

El laberinto conduce también al interior de sí mismo, hacia una suerte de santuario interior y oculto donde reside lo más misterioso de la persona humana. Pensamos aquí en la mens, templo del Espíritu Santo en el alma que se halla en estado de gracia, o también en las profundidades de lo inconsciente. Una y otro no pueden ser alcanzados por la conciencia sino tras largos rodeos o una intensa concentración hasta esa intuición final donde todo se simplifica por una especie de iluminación.

Jean Chevalier 

El hilo de Ariadna, por tanto, es esa ayuda espiritual, esa fuerza que da el amor y el sentido del bien que tiene la princesa cretense, necesaria para salir de todas las condenas de la perversión, la abyección o la oscuridad del alma humana. El hilo de Ariadna, por tanto, es la herramienta necesaria para que la luz (la misma que emana la corona de Teseo) venza sobre la oscuridad. Y gracias a él (y a la acción de la muchacha) se consigue redimir los pecados de la historia familiar. El hilo de Ariadna tiene que entenderse como esa guía que nos lleva al fondo de nosotros mismos, allí donde la esencia está oculta por sucesivas capas. Y, además, nos permite salir a la luz (a la conciencia) una vez se han superado vicios, pecados y monstruosidades de todo tipo. 

El hilo de Ariadna y su significado, por tanto, es un símbolo perfecto de las herramientas necesarias que nos permiten el autoconocimiento, primer paso para la serenidad, la sabiduría y la felicidad.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Para entender el mito de Teseo y Ariadna tenemos que remontarnos a la génesis de los distintos clanes familiares. Teseo era hijo de Egeo, rey de Atenas, y de su esposa Etra. Ariadna era hija de Minos, rey de Creta, y de su esposa Pasífae. Atenas y Creta estaban enemistadas a muerte y las guerras  eran una constante. En esta ecuación, además, interviene Asterión. ¿Quién era Asterión? Pues, nada más y nada menos que el minotauro. Y este monstruo, mitad hombre mitad toro,  era hijo de la reina Pasífae y del Toro de Creta, enviado por el dios Poseidón. Esto es, Asterión, el minotauro, era hermano de un solo vínculo de Ariadna. Así que vamos a contar toda la historia desde el principio. 

 Teseo y el minotauro  

Minos (rey de Creta y padre de Ariadna) pide al dios Poseidón, señor de los mares, que adelante su reinado. El deseo es concedido a cambio del sacrificio de un hermoso toro blanco que surgiría de las aguas. Sin embargo, Minos, al constatar la belleza del animal, ofreció en los altares otro corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que esto llegó a conocimiento de Poseidón que entró en cólera urdiendo una cruel venganza. 

Así, inoculó en la reina Pasífae (madre de Ariadna) un deseo aberrante hacia el toro sagrado. Esta convenció a Dédalo (a la sazón arquitecto real) para que construyera un armazón de madera en forma de vaca revestido con pieles auténticas. Y allí se metió para que la poseyera el toro enviado por Poseidón. De resultas de estos amores nació Asterión, el minotauro, mitad toro y mitad hombre. La maldición sobre el desdichado nuevo ser no acaba aquí ya que Poseidón hizo que solo pudiera alimentarse con carne humana. 

Por eso, para evitar que el horror cayera sobre los habitantes de Creta, la reina pide, de nuevo, ayuda a Dédalo y este construye un laberinto donde abandona a la criatura, en principio para que fuera olvidada y muriese de inanición. Pero las cosas no son tan fáciles en el mito del minotauro (ni en ningún otro) y estamos en estas cuando vuelve a entrar en escena, de nuevo, Minos, rey de Creta y en constante conflicto con Atenas. En uno de estos rifirrafes con las armas vence a los atenienses y solicita como botín de guerra siete muchachos y siete doncellas cada año. Todos ellos se ofrecen en sacrificio al minotauro. Algunas fuentes difieren en el número de víctimas y en el periodo de tiempo. Sí está clara una cosa: que los atenienses tenían que arrojar a los suyos a las fauces del minotauro. 

Teseo, el héroe  

Ante esta escabechina, Teseo, príncipe de Atenas, solicita a su padre y también al rey de Creta matar al minotauro. Era tal su autoconfianza que esperaba acabar con las muertes de su gente a manos del monstruo. Se dirige hacia el palacio del rey Minos y, allí en la misma audiencia, se encuentra Ariadna. Recordemos que esta es princesa de Creta y hermana (solo de madre) de Asterión, el monstruo. La joven queda prendada de las virtudes y  el arrojo de Teseo, aunque sea un príncipe de un país enemigo.  

Debido a la inmediata pasión que se desata entre ellos, Ariadna se ofrece a ayudar a Teseo en su lucha contra el minotauro. Pide a Dédalo (el constructor) alguna idea para poder salir del laberinto donde quedaban atrapados todos los que osaban adentrarse en él. Y este le ofrece a la princesa una madeja de lana, aunque algunas versiones apuntan a que era de oro. Ariadna  le pide a Teseo que, antes de entrar en el laberinto, ate un extremo al inicio. Así lo hace Teseo y, valientemente, se adentra por los recovecos de la casa de Asterión hasta llegar al centro donde vive el monstruo. Allí le da muerte con su espada. Otras versiones apuntan al estrangulamiento o por los daños producidos por los cuernos de la criatura maldita. El caso es que acaba con la vida de Asterión y, tal como le había indicado Ariadna, sigue el hilo de la madeja logrando salir airoso del laberinto. Así, Teseo consigue dos hazañas: matar al monstruo y no perderse en la construcción de Dédalo donde habían perecido otros antes que él.  

Ariadna le espera en la salida y deciden formar una vida juntos y, de alguna manera u otra, continuar con esta flamante pasión. Sin embargo, todo se tuerce, una vez más.  

Ariadna en Naxos  

Y especialmente para Ariadna, ya que abandonó su mundo, su país y su familia para seguir a su amado. Tras la muerte de Asterión y liberada Atenas del pago de los sacrificios, ambos se embarcan rumbo a la isla de Naxos y allí toman tierra después de una fuerte tormenta. Ariadna, cansada, se duerme. Y, al despertar, se encuentra abandonada sin el barco y, por supuesto, sin su amado que ha tomado rumbo hacia su patria sin ella. Al darse cuenta de la traición, fueron tales los lamentos y los llantos de la joven que llegó a oídos de otro dios. Y ahora entra en escena Dionisio.  

Abrumado por los lloros y el dolor de la princesa se compadece de ella. Y es aquí donde el mito ofrece varias versiones. La más común apunta a que la convierte en inmortal al metamorfosearla en una constelación, la de Ariadna. Otras fuentes, hablan de un nuevo amor entre Dionisio (que queda prendado de la belleza de la muchacha) y Ariadna. Y que fruto de esa unión nacieron tres hijos. Y solo fue ante la inminente muerte de la princesa cuando se produjo la conversión en una nube de estrellas. 

¿Y qué fue de Teseo? 

Teseo pone rumbo a Atenas donde había acordado con su padre izar las velas blancas si su empresa (matar al minotauro) llegaba a buen fin. Un error de cálculo hizo que entrara en el puerto con las velas negras y el rey, abrumado por la supuesta pérdida de su hijo, se suicidó arrojándose al mar. Desde entonces lleva su nombre: Egeo.  

El mito nos dice que Teseo,  ya convertido en rey de Atenas, siguió su vida de aventuras (tanto amorosas como guerreras) olvidándose por completo de la desdichada Ariadna y su imprescindible labor para acabar con el minotauro. Tuvo amores con una de las amazonas y de esta unión nació su hijo Hipólito. Abandona a la mítica guerrera por Fedra, hermana de Ariadna. Y la belicosidad de la dama despachada le lleva a la venganza el día de la boda entrando en cólera en el mismo banquete. Teseo seguiría cosechando aventuras, ya que comanda la expedición en busca del Vellocino de oro. Lucha contra los centauros y contra el jabalí de Calidón y aún sigue armando jaleo al raptar a Helena y llevársela al inframundo. Despojado de su trono, es asesinado en Esciro. Pero todo eso fue después de las vicisitudes de Teseo y Ariadna, quién le ofreció una madeja para salir del laberinto del minotauro.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Para entender el mito de Teseo y Ariadna tenemos que remontarnos a la génesis de los distintos clanes familiares. Teseo era hijo de Egeo, rey de Atenas, y de su esposa Etra. Ariadna era hija de Minos, rey de Creta, y de su esposa Pasífae. Atenas y Creta estaban enemistadas a muerte y las guerras  eran una constante. En esta ecuación, además, interviene Asterión. ¿Quién era Asterión? Pues, nada más y nada menos que el minotauro. Y este monstruo, mitad hombre mitad toro,  era hijo de la reina Pasífae y del Toro de Creta, enviado por el dios Poseidón. Esto es, Asterión, el minotauro, era hermano de un solo vínculo de Ariadna. Así que vamos a contar toda la historia desde el principio. 

 Teseo y el minotauro  

Minos (rey de Creta y padre de Ariadna) pide al dios Poseidón, señor de los mares, que adelante su reinado. El deseo es concedido a cambio del sacrificio de un hermoso toro blanco que surgiría de las aguas. Sin embargo, Minos, al constatar la belleza del animal, ofreció en los altares otro corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que esto llegó a conocimiento de Poseidón que entró en cólera urdiendo una cruel venganza. 

Así, inoculó en la reina Pasífae (madre de Ariadna) un deseo aberrante hacia el toro sagrado. Esta convenció a Dédalo (a la sazón arquitecto real) para que construyera un armazón de madera en forma de vaca revestido con pieles auténticas. Y allí se metió para que la poseyera el toro enviado por Poseidón. De resultas de estos amores nació Asterión, el minotauro, mitad toro y mitad hombre. La maldición sobre el desdichado nuevo ser no acaba aquí ya que Poseidón hizo que solo pudiera alimentarse con carne humana. 

Por eso, para evitar que el horror cayera sobre los habitantes de Creta, la reina pide, de nuevo, ayuda a Dédalo y este construye un laberinto donde abandona a la criatura, en principio para que fuera olvidada y muriese de inanición. Pero las cosas no son tan fáciles en el mito del minotauro (ni en ningún otro) y estamos en estas cuando vuelve a entrar en escena, de nuevo, Minos, rey de Creta y en constante conflicto con Atenas. En uno de estos rifirrafes con las armas vence a los atenienses y solicita como botín de guerra siete muchachos y siete doncellas cada año. Todos ellos se ofrecen en sacrificio al minotauro. Algunas fuentes difieren en el número de víctimas y en el periodo de tiempo. Sí está clara una cosa: que los atenienses tenían que arrojar a los suyos a las fauces del minotauro. 

Teseo, el héroe  

Ante esta escabechina, Teseo, príncipe de Atenas, solicita a su padre y también al rey de Creta matar al minotauro. Era tal su autoconfianza que esperaba acabar con las muertes de su gente a manos del monstruo. Se dirige hacia el palacio del rey Minos y, allí en la misma audiencia, se encuentra Ariadna. Recordemos que esta es princesa de Creta y hermana (solo de madre) de Asterión, el monstruo. La joven queda prendada de las virtudes y  el arrojo de Teseo, aunque sea un príncipe de un país enemigo.  

Debido a la inmediata pasión que se desata entre ellos, Ariadna se ofrece a ayudar a Teseo en su lucha contra el minotauro. Pide a Dédalo (el constructor) alguna idea para poder salir del laberinto donde quedaban atrapados todos los que osaban adentrarse en él. Y este le ofrece a la princesa una madeja de lana, aunque algunas versiones apuntan a que era de oro. Ariadna  le pide a Teseo que, antes de entrar en el laberinto, ate un extremo al inicio. Así lo hace Teseo y, valientemente, se adentra por los recovecos de la casa de Asterión hasta llegar al centro donde vive el monstruo. Allí le da muerte con su espada. Otras versiones apuntan al estrangulamiento o por los daños producidos por los cuernos de la criatura maldita. El caso es que acaba con la vida de Asterión y, tal como le había indicado Ariadna, sigue el hilo de la madeja logrando salir airoso del laberinto. Así, Teseo consigue dos hazañas: matar al monstruo y no perderse en la construcción de Dédalo donde habían perecido otros antes que él.  

Ariadna le espera en la salida y deciden formar una vida juntos y, de alguna manera u otra, continuar con esta flamante pasión. Sin embargo, todo se tuerce, una vez más.  

Ariadna en Naxos  

Y especialmente para Ariadna, ya que abandonó su mundo, su país y su familia para seguir a su amado. Tras la muerte de Asterión y liberada Atenas del pago de los sacrificios, ambos se embarcan rumbo a la isla de Naxos y allí toman tierra después de una fuerte tormenta. Ariadna, cansada, se duerme. Y, al despertar, se encuentra abandonada sin el barco y, por supuesto, sin su amado que ha tomado rumbo hacia su patria sin ella. Al darse cuenta de la traición, fueron tales los lamentos y los llantos de la joven que llegó a oídos de otro dios. Y ahora entra en escena Dionisio.  

Abrumado por los lloros y el dolor de la princesa se compadece de ella. Y es aquí donde el mito ofrece varias versiones. La más común apunta a que la convierte en inmortal al metamorfosearla en una constelación, la de Ariadna. Otras fuentes, hablan de un nuevo amor entre Dionisio (que queda prendado de la belleza de la muchacha) y Ariadna. Y que fruto de esa unión nacieron tres hijos. Y solo fue ante la inminente muerte de la princesa cuando se produjo la conversión en una nube de estrellas. 

¿Y qué fue de Teseo? 

Teseo pone rumbo a Atenas donde había acordado con su padre izar las velas blancas si su empresa (matar al minotauro) llegaba a buen fin. Un error de cálculo hizo que entrara en el puerto con las velas negras y el rey, abrumado por la supuesta pérdida de su hijo, se suicidó arrojándose al mar. Desde entonces lleva su nombre: Egeo.  

El mito nos dice que Teseo,  ya convertido en rey de Atenas, siguió su vida de aventuras (tanto amorosas como guerreras) olvidándose por completo de la desdichada Ariadna y su imprescindible labor para acabar con el minotauro. Tuvo amores con una de las amazonas y de esta unión nació su hijo Hipólito. Abandona a la mítica guerrera por Fedra, hermana de Ariadna. Y la belicosidad de la dama despachada le lleva a la venganza el día de la boda entrando en cólera en el mismo banquete. Teseo seguiría cosechando aventuras, ya que comanda la expedición en busca del Vellocino de oro. Lucha contra los centauros y contra el jabalí de Calidón y aún sigue armando jaleo al raptar a Helena y llevársela al inframundo. Despojado de su trono, es asesinado en Esciro. Pero todo eso fue después de las vicisitudes de Teseo y Ariadna, quién le ofreció una madeja para salir del laberinto del minotauro.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Teseo y Ariadna

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