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Cerbero es el perro de tres cabezas que, en la mitología griega, guarda las puertas del Tártaro, que no es más que el mismísimo Infierno. También se le conoce como Cancerbero, al unir el término can (perro) con Cerbero. 

¿Quién era (o es) Cerbero el perro monstruoso de los mitos griegos?

Pertenece a la extirpe deforme engendrada por Equidna (conocida con el sobrenombre de la Víbora) y Tifón. Era la madre una ninfa de gran belleza con profundos ojos negros que, entre otras señas, lucía serpientes por piernas. Unida eternamente al gigante Tifón, la apariencia del padre era aún más terrorífica, ya que sus enormes alas provocaban huracanes, tormentas y terremotos. Y, además, incendiaba todo aquello que se le ponía por delante con el fuego de sus ojos. Con cabeza de dragón, también tenía serpientes por piernas. No en vano, Tifón era hijo de la diosa de la tierra, Gea, y del mismísimo Tártaro, allí donde uno de sus hijos guarda, con la más agresiva de las iras, las puertas por donde deben pasar los muertos.  

La familia no se acaba aquí, ya que eran hermanos de Cerbero, de doble vínculo además; esto es, de padre y madre, la Hidra, la Quimera, la Esfinge, el León de Nemea y unos cuantos dragones y seres abominables. Todos ellos vivían en cuevas atormentando, de alguna manera u otra, a los miembros de la raza humana. Cerbero heredó de sus progenitores el aspecto deforme y el carácter fiero. Las múltiples serpientes de su lomo eran de genética materna y la cola de dragón provenía de la parte paterna. Con esta mezcla solo podía tener tres cabezas, aunque algunas versiones apuntan a cincuenta o incluso cien. Su sola visión causaba pavor, aunque, en principio, solo se enfrentaban a él los que ya habían muerto y, por tanto, poco o nada tenían que perder. Encadenado a las puertas del Infierno, dejaba pasar únicamente a aquellas almas que, según el dictamen de los dioses, se habían ganado este espacio.  

Cerbero y el último de los doce trabajos de Heracles 

Heracles, el Hércules romano, debía completar doce trabajos y domeñar a Cerbero fue el último de ellos. Con la ayuda de Atenea (la diosa de la inteligencia) y Hermes (el mensajero) se adentra en las profundidades del inframundo. Allí está prisionero Teseo, el héroe que mató al minotauro con la ayuda del hilo de Ariadna, se enfrentó a las amazonas y formó parte de la expedición de argonautas en busca del vellocino de oro. Heracles lo liberó no sin dejar parte de su cuerpo (las nalgas) en la columna a la que estaba atado. Llegados a este punto las versiones, como es frecuente en los mitos y en la literatura griega, difieren. 

Y son tan distintas que algunos investigadores defienden que Cerbero se dejó coger sin más mientras que la gran mayoría nos narra una lucha cruenta entre el perro de tres cabezas y el héroe. Heracles, para complicar la hazaña, no podía dar muerte al perro ya que había prometido al dios Hades, el del Infierno, no hacerle daño. Y ya sabía que los dioses no se andan con chiquitas cuando los mortales rompían los pactos y acuerdos. Sea como fuere, Heracles pudo coger, cazar o amansar a Cerbero y tal cual se lo presentó a Eristeo como prueba del objetivo cumplido. El rey, horrorizado por la visión y el comportamiento del animal, mandó que fuera devuelto a su lugar donde sigue al día de hoy.  

Orfeo calma a Cerbero en su búsqueda de Eurídice 

Este no fue el único encuentro de Cerbero con mortales de distinta índole. Otro capítulo de su mito fue protagonizado por Orfeo quien tañía la lira con tal talento y belleza que los animales, ante su música, quedaban amansados. Orfeo tenía un fuerte motivo para adentrarse, estando vivo, en las profundidades del Tártaro.  Su amada Eurídice había muerto (al parecer por la mordedura venenosa de una serpiente). Sin poder afrontar el duelo y el dolor por tal pérdida, llega a un acuerdo con Hades que le permite acceder a las profundidades infernales donde es conducido hasta Eurídice después de pagar el peaje al barquero Caronte. 

Con su lira, tal cual hacía con los animales, entona tal bella melodía que Cerbero queda sumido en un profundo sueño. Los dioses se apiadan de los amantes y permite que Eurídice vuelva al reino de los vivos. Sin embargo, había una condición, como siempre. Orfeo debía caminar delante y no mirar hacia atrás, hacia Eurídice, hasta que no estuvieran completamente en la superficie y todo el sol hubiera bañado el cuerpo de la mujer. Así lo hace Orfeo. Sin embargo, ya en la tierra, movido por la impaciencia se vuelve antes de tiempo. Eurídice aún tenía un pie en el inframundo y, por tanto, inmediatamente se volatizó convirtiéndose en polvo. De nada sirvieron las lágrimas de amargura de su amado quien, según otras versiones, fue castigado con este trágico final debido a su cobardía, ya que tendría que haberse dejado morir para reunirse con su amada. 

Sentido simbólico del mito 

Cerbero aún se toparía con otro mortal obligado a bajar al inframundo. La ninfa Psique, como prueba impuesta por Afrodita y para defender su amor por Eros, se enfrentó al perro de las tres cabezas. Lo hizo con la delicadeza que le caracterizaba y lo drogó utilizando una torta de cereales con miel. Con todos estos encuentros no es de extrañar que el monstruo del Tártaro, desde los inicios del mundo pagano, haya sido protagonista de obras pictóricas, esculturas o poemas. Aparece, por poner un solo ejemplo, en la Divina Comedia de Dante, en el círculo del Infierno, su hogar. Y este ser abominable es descrito en los siguientes términos: 

Cerbero ladra con tres gargantas. Ni un momento cesan la lluvia y aullidos en tormento continuo. Hiede la tierra, vertedero, lodazal, agua sucia, sumidero de dolor, soledad y desaliento. 

Desde el inicio de los tiempos se ha entendido su presencia y existencia misma como una simbolización perfecta de los horrores internos personales e individuales. Esta caracterización se hizo aún más evidente tras los estudios del inconsciente de Freud y de los arquetipos de Jung

Perro de Hades, simboliza el terror de la muerte, para aquellos que temen los Infiernos. Mas aún, simboliza los propios Infiernos y el infierno interior de cada ser humano. Es conveniente subrayar que es, en efecto, sin sus armas que Heracles consigue vencerlo por un momento; que es por una acción espiritual, el canto de su lira, como Orfeo lo aplaca un instante. Dos índices militan en favor de la interpretación neoplatónica que ve en el Cerebro el genio mismo del demonio interior, el espíritu del mal. Solo puede dominarse sacándolo del infierno y llevándolo a la tierra, es decir, por un cambio violento de medio (ascensión) y empleando fuerzas personales de la naturaleza espiritual. Para vencerlo solo se puede contar con uno mismo.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos

Y Paul Dies, en su obra El simbolismo en la mitología clásica, hace suyas las palabras de Jorge Luis Borges al comparar las tres cabezas de Cerbero con las tres coronas papales. Las primeras son las guardianas del Infierno mientras que las segundas son las protectoras del cielo.  

Borges precisa que el último trabajo de Hércules fue sacar el Cancerbero a la luz del día. Dice también que Butler (Huidibras) compara las tres coronas de la tiara del Papa que es el portero del Cielo, con las tres cabezas del perro que es el portero de los Infiernos. 

Cerbero es, por tanto, la bestia interna que hay que domeñar con autoconocimiento, no sin antes enfrentarse a los peligros que supone una bajada al Infierno. Quizás por esta fuerte simbolización de carácter arquetípico, el perro mitológico de tres cabezas sigue siendo favorito en el imaginario cultural y artístico contemporáneo. Es protagonista de videojuegos, obras de anime e, incluso, su nombre es utilizado en series de fantasía como la reciente 1899. El buque en el que viajan todas esas almas perdidas (trasunto de la barca de Caronte) lleva por nombre Cerbero, el guardián de los infiernos. Y la nave anterior perdida y excusa de la trama fue bautizada con el sugestivo nombre de Prometeo, el mismo que robó el fuego de los dioses para que los hombres crearan la civilización. La dicotomía entre cielo e infierno, vida y muerte queda, por tanto, presente en la serie prometiendo mucho juego psicológico.  

Estrabón (siglo I), en su Geografía, indica que la puerta de entrada al inframundo se llama Plutonio. Allí los vapores volcánicos se encargan de dar muerte a todo aquel que se atreve a traspasarla. La localización de este importante punto fue secreta hasta el año 2012 cuando se encontró en Turquía. Allí una colosal estatua metálica de Cerbero, el perro de tres cabezas de la mitología griega, guardaba el acceso a una cueva con agua de origen volcánico. Las capas del tiempo no han podido con este ser monstruoso que aún sigue atormentando los temores más profundos de la raza humana. 

Por Candela Vizcaíno, Doctora por la Universidad de Sevilla 

 

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Cerbero es el perro de tres cabezas que, en la mitología griega, guarda las puertas del Tártaro, que no es más que el mismísimo Infierno. También se le conoce como Cancerbero, al unir el término can (perro) con Cerbero. 

¿Quién era (o es) Cerbero el perro monstruoso de los mitos griegos?

Pertenece a la extirpe deforme engendrada por Equidna (conocida con el sobrenombre de la Víbora) y Tifón. Era la madre una ninfa de gran belleza con profundos ojos negros que, entre otras señas, lucía serpientes por piernas. Unida eternamente al gigante Tifón, la apariencia del padre era aún más terrorífica, ya que sus enormes alas provocaban huracanes, tormentas y terremotos. Y, además, incendiaba todo aquello que se le ponía por delante con el fuego de sus ojos. Con cabeza de dragón, también tenía serpientes por piernas. No en vano, Tifón era hijo de la diosa de la tierra, Gea, y del mismísimo Tártaro, allí donde uno de sus hijos guarda, con la más agresiva de las iras, las puertas por donde deben pasar los muertos.  

La familia no se acaba aquí, ya que eran hermanos de Cerbero, de doble vínculo además; esto es, de padre y madre, la Hidra, la Quimera, la Esfinge, el León de Nemea y unos cuantos dragones y seres abominables. Todos ellos vivían en cuevas atormentando, de alguna manera u otra, a los miembros de la raza humana. Cerbero heredó de sus progenitores el aspecto deforme y el carácter fiero. Las múltiples serpientes de su lomo eran de genética materna y la cola de dragón provenía de la parte paterna. Con esta mezcla solo podía tener tres cabezas, aunque algunas versiones apuntan a cincuenta o incluso cien. Su sola visión causaba pavor, aunque, en principio, solo se enfrentaban a él los que ya habían muerto y, por tanto, poco o nada tenían que perder. Encadenado a las puertas del Infierno, dejaba pasar únicamente a aquellas almas que, según el dictamen de los dioses, se habían ganado este espacio.  

Cerbero y el último de los doce trabajos de Heracles 

Heracles, el Hércules romano, debía completar doce trabajos y domeñar a Cerbero fue el último de ellos. Con la ayuda de Atenea (la diosa de la inteligencia) y Hermes (el mensajero) se adentra en las profundidades del inframundo. Allí está prisionero Teseo, el héroe que mató al minotauro con la ayuda del hilo de Ariadna, se enfrentó a las amazonas y formó parte de la expedición de argonautas en busca del vellocino de oro. Heracles lo liberó no sin dejar parte de su cuerpo (las nalgas) en la columna a la que estaba atado. Llegados a este punto las versiones, como es frecuente en los mitos y en la literatura griega, difieren. 

Y son tan distintas que algunos investigadores defienden que Cerbero se dejó coger sin más mientras que la gran mayoría nos narra una lucha cruenta entre el perro de tres cabezas y el héroe. Heracles, para complicar la hazaña, no podía dar muerte al perro ya que había prometido al dios Hades, el del Infierno, no hacerle daño. Y ya sabía que los dioses no se andan con chiquitas cuando los mortales rompían los pactos y acuerdos. Sea como fuere, Heracles pudo coger, cazar o amansar a Cerbero y tal cual se lo presentó a Eristeo como prueba del objetivo cumplido. El rey, horrorizado por la visión y el comportamiento del animal, mandó que fuera devuelto a su lugar donde sigue al día de hoy.  

Orfeo calma a Cerbero en su búsqueda de Eurídice 

Este no fue el único encuentro de Cerbero con mortales de distinta índole. Otro capítulo de su mito fue protagonizado por Orfeo quien tañía la lira con tal talento y belleza que los animales, ante su música, quedaban amansados. Orfeo tenía un fuerte motivo para adentrarse, estando vivo, en las profundidades del Tártaro.  Su amada Eurídice había muerto (al parecer por la mordedura venenosa de una serpiente). Sin poder afrontar el duelo y el dolor por tal pérdida, llega a un acuerdo con Hades que le permite acceder a las profundidades infernales donde es conducido hasta Eurídice después de pagar el peaje al barquero Caronte. 

Con su lira, tal cual hacía con los animales, entona tal bella melodía que Cerbero queda sumido en un profundo sueño. Los dioses se apiadan de los amantes y permite que Eurídice vuelva al reino de los vivos. Sin embargo, había una condición, como siempre. Orfeo debía caminar delante y no mirar hacia atrás, hacia Eurídice, hasta que no estuvieran completamente en la superficie y todo el sol hubiera bañado el cuerpo de la mujer. Así lo hace Orfeo. Sin embargo, ya en la tierra, movido por la impaciencia se vuelve antes de tiempo. Eurídice aún tenía un pie en el inframundo y, por tanto, inmediatamente se volatizó convirtiéndose en polvo. De nada sirvieron las lágrimas de amargura de su amado quien, según otras versiones, fue castigado con este trágico final debido a su cobardía, ya que tendría que haberse dejado morir para reunirse con su amada. 

Sentido simbólico del mito 

Cerbero aún se toparía con otro mortal obligado a bajar al inframundo. La ninfa Psique, como prueba impuesta por Afrodita y para defender su amor por Eros, se enfrentó al perro de las tres cabezas. Lo hizo con la delicadeza que le caracterizaba y lo drogó utilizando una torta de cereales con miel. Con todos estos encuentros no es de extrañar que el monstruo del Tártaro, desde los inicios del mundo pagano, haya sido protagonista de obras pictóricas, esculturas o poemas. Aparece, por poner un solo ejemplo, en la Divina Comedia de Dante, en el círculo del Infierno, su hogar. Y este ser abominable es descrito en los siguientes términos: 

Cerbero ladra con tres gargantas. Ni un momento cesan la lluvia y aullidos en tormento continuo. Hiede la tierra, vertedero, lodazal, agua sucia, sumidero de dolor, soledad y desaliento. 

Desde el inicio de los tiempos se ha entendido su presencia y existencia misma como una simbolización perfecta de los horrores internos personales e individuales. Esta caracterización se hizo aún más evidente tras los estudios del inconsciente de Freud y de los arquetipos de Jung

Perro de Hades, simboliza el terror de la muerte, para aquellos que temen los Infiernos. Mas aún, simboliza los propios Infiernos y el infierno interior de cada ser humano. Es conveniente subrayar que es, en efecto, sin sus armas que Heracles consigue vencerlo por un momento; que es por una acción espiritual, el canto de su lira, como Orfeo lo aplaca un instante. Dos índices militan en favor de la interpretación neoplatónica que ve en el Cerebro el genio mismo del demonio interior, el espíritu del mal. Solo puede dominarse sacándolo del infierno y llevándolo a la tierra, es decir, por un cambio violento de medio (ascensión) y empleando fuerzas personales de la naturaleza espiritual. Para vencerlo solo se puede contar con uno mismo.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos

Y Paul Dies, en su obra El simbolismo en la mitología clásica, hace suyas las palabras de Jorge Luis Borges al comparar las tres cabezas de Cerbero con las tres coronas papales. Las primeras son las guardianas del Infierno mientras que las segundas son las protectoras del cielo.  

Borges precisa que el último trabajo de Hércules fue sacar el Cancerbero a la luz del día. Dice también que Butler (Huidibras) compara las tres coronas de la tiara del Papa que es el portero del Cielo, con las tres cabezas del perro que es el portero de los Infiernos. 

Cerbero es, por tanto, la bestia interna que hay que domeñar con autoconocimiento, no sin antes enfrentarse a los peligros que supone una bajada al Infierno. Quizás por esta fuerte simbolización de carácter arquetípico, el perro mitológico de tres cabezas sigue siendo favorito en el imaginario cultural y artístico contemporáneo. Es protagonista de videojuegos, obras de anime e, incluso, su nombre es utilizado en series de fantasía como la reciente 1899. El buque en el que viajan todas esas almas perdidas (trasunto de la barca de Caronte) lleva por nombre Cerbero, el guardián de los infiernos. Y la nave anterior perdida y excusa de la trama fue bautizada con el sugestivo nombre de Prometeo, el mismo que robó el fuego de los dioses para que los hombres crearan la civilización. La dicotomía entre cielo e infierno, vida y muerte queda, por tanto, presente en la serie prometiendo mucho juego psicológico.  

Estrabón (siglo I), en su Geografía, indica que la puerta de entrada al inframundo se llama Plutonio. Allí los vapores volcánicos se encargan de dar muerte a todo aquel que se atreve a traspasarla. La localización de este importante punto fue secreta hasta el año 2012 cuando se encontró en Turquía. Allí una colosal estatua metálica de Cerbero, el perro de tres cabezas de la mitología griega, guardaba el acceso a una cueva con agua de origen volcánico. Las capas del tiempo no han podido con este ser monstruoso que aún sigue atormentando los temores más profundos de la raza humana. 

Por Candela Vizcaíno, Doctora por la Universidad de Sevilla 

 

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Las gorgonas de la mitología griega eran tres hermanas monstruosas cuyos cuerpos tenían un elemento animal y poderes sobrenaturales que causaban la muerte instantánea. La más famosa de las tres fue Medusa, nacida mortal. Sin embargo, petrificaba a quien osara mirarla. Todas ellas simbolizan lo monstruoso, la oscuridad, la perversión y la destrucción que hay que combatir con la luz de la verdad, el afrontamiento y la valentía. Esta interpretación simbólica no es nueva, ni siquiera a raíz de la puesta en escena de los arquetipos. Ya en la Grecia clásica eran identificadas, junto con las Furias, con la conciencia pervertida, con el lado oscuro de la personalidad. También son conocidas bajo el nombre de Arpías, término que ha entrado en el vocabulario común en español para designar a una mujer de tan mal talante que se acerca a los monstruoso. 

Interiorizadas, simbolizan los remordimientos, el sentimiento de culpabilidad, la autodestrucción del que se abandona al sentimiento de una falta considerada como inexpiable. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos

 

¿Quiénes eran las gorgonas de la mitología griega?  

Eran tres hermanas monstruosas nacidas de los amores incestuosos de Ceto, diosa de los monstruos marinos, y de su hermano Forcis. Ambos habitaban las profundidades del inframundo marino. Sus hijas, representación de lo monstruoso del alma humana, son inmortales, excepto Medusa quien tiene el poder de la petrificación a través de su mirada. Las tres gorgonas lucen en sus cabellos serpientes peligrosas y prestas a emponzoñar a quien se acerque a ellas. La sangre de las tres tiene propiedades curativas y puede salvar la vida humana pero solo si se extrae de un lado, del derecho. Si se extrae la del izquierdo causa la muerte instantánea. Y todo ello hay que entenderlo al margen del daño que puedan hacer sus otros poderes.  

Euriale, una de las gorgonas con colmillos de jabalí que le sobresalían por los labios 

Ella es la simbolización de la perversión sexual y así se ha aceptado en todos los estudios tras las investigaciones sobre el inconsciente iniciados por Freud. De hecho, en representaciones posteriores se la ha asimilado a un centauro, los híbridos entre hombre y caballo, símbolos de la lascivia. Su hábitat no era ni los bosques ni las cuevas sino las entrañas de la tierra misma. Por eso, se la podía encontrar en las montañas cuyos santuarios protegía. Era la protectora del Oráculo de Delfos. Es inmortal. Así que aún debe andar rondando los templos paganos de la antigua Grecia llorando amargamente a Medusa, su única hermana mortal.  

Esteno, la más compleja de las gorgonas

Su representación es compleja ya que lo mismo es descrita como una auténtica giganta que como una hermosa doncella con manos de bronce y alas de oro. No olvidemos las serpientes de la cabeza. Según la simbología, es la representación de las aberraciones sociales. Su gran fuerza física y emocional hace que, a través de su mirada, paralice a quien se encuentre a su alrededor. Es la protectora de las pitias, las adivinadoras de los oráculos consagrados al dios solar Apolo. También es inmortal y no hay noticia que ningún héroe haya dado cuenta de ella.  

Medusa, la más famosa de las gorgonas

Medusa es la hermosa gorgona con la cabeza repleta de serpientes prestas a morder o picar. Quien la mira queda petrificado. Simbólicamente representa la peor de las perversiones, que no es más que la espiritual. Se la identifica con la vanidad, el narcisismo o la arrogancia de quién se cree superior y acaba liquidado cuando mira en el interior de sí. Medusa es el espejo que devuelve la oscuridad del alma humana. Y no lo hace para que esta salga a la luz en un intento de expiación. Es todo lo contrario. Lo que ella devuelve se queda en piedra, en eterna materia inerte. 

Es la única de las gorgonas que es mortal y de la que se tiene constancia de su fin. Es vencida por Perseo (hijo de Zeus transformado en lluvia de oro para unirse a Danae, una mortal). Ayudado por el caballo alado Pegaso, logra decapitar a Medusa. Para poder matar a la gorgona, Perseo se protege con un escudo tan brillante que se asemeja a un espejo. En él se refleja Medusa y su misma mirada la petrifica, la paraliza. Inmediatamente, Perseo le corta la cabeza con su espada, un regalo de los dioses. Anoto que en este acto se ha visto una sublimación de la vanidad. 

Perseo regala la cabeza decapitada y petrificada de Medusa a Atenea, la diosa virgen de la caza, la civilización y la inteligencia. Ella lo incorpora a su escudo y, como Medusa, logra convertir en piedra a sus enemigos.

Como premio a su valentía es metamorfoseado por Zeus en una constelación. En este sentido, Perseo recibe la misma recompensa que Ariadna, también convertida en constelación, cuyo hilo e inteligencia permitió matar otro monstruo, el minotauro. Se da también la circunstancia que Pegaso, el caballo alado que le ayuda en dicha hazaña, era hijo de Poseidón y de Medusa, aunque otras fuentes señalan a otra gorgona, Euriale, como su madre. Pegaso es el símbolo de la elevación espiritual y de la poesía y si Medusa es la conciencia pervertida, puede considerarse su reverso. 

La petrificación simboliza el castigo de la desmesura humana.

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

Por tanto, las gorgonas de la mitología griega son la simbolización perfecta de la sombra inconsciente, allí donde habitan los monstruos del espíritu humano y que nadie se atreve a mirar. Su sola presencia nos devuelve la realidad oscura de la raza humana. Quizás por eso, estaban vinculadas al dios solar y de la luz, Apolo, cuyos oráculos y templos protegían, aunque fuera a fuerza de matar a quien no cumpliera las normas impuestas.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Las gorgonas de la mitología griega eran tres hermanas monstruosas cuyos cuerpos tenían un elemento animal y poderes sobrenaturales que causaban la muerte instantánea. La más famosa de las tres fue Medusa, nacida mortal. Sin embargo, petrificaba a quien osara mirarla. Todas ellas simbolizan lo monstruoso, la oscuridad, la perversión y la destrucción que hay que combatir con la luz de la verdad, el afrontamiento y la valentía. Esta interpretación simbólica no es nueva, ni siquiera a raíz de la puesta en escena de los arquetipos. Ya en la Grecia clásica eran identificadas, junto con las Furias, con la conciencia pervertida, con el lado oscuro de la personalidad. También son conocidas bajo el nombre de Arpías, término que ha entrado en el vocabulario común en español para designar a una mujer de tan mal talante que se acerca a los monstruoso. 

Interiorizadas, simbolizan los remordimientos, el sentimiento de culpabilidad, la autodestrucción del que se abandona al sentimiento de una falta considerada como inexpiable. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos

 

¿Quiénes eran las gorgonas de la mitología griega?  

Eran tres hermanas monstruosas nacidas de los amores incestuosos de Ceto, diosa de los monstruos marinos, y de su hermano Forcis. Ambos habitaban las profundidades del inframundo marino. Sus hijas, representación de lo monstruoso del alma humana, son inmortales, excepto Medusa quien tiene el poder de la petrificación a través de su mirada. Las tres gorgonas lucen en sus cabellos serpientes peligrosas y prestas a emponzoñar a quien se acerque a ellas. La sangre de las tres tiene propiedades curativas y puede salvar la vida humana pero solo si se extrae de un lado, del derecho. Si se extrae la del izquierdo causa la muerte instantánea. Y todo ello hay que entenderlo al margen del daño que puedan hacer sus otros poderes.  

Euriale, una de las gorgonas con colmillos de jabalí que le sobresalían por los labios 

Ella es la simbolización de la perversión sexual y así se ha aceptado en todos los estudios tras las investigaciones sobre el inconsciente iniciados por Freud. De hecho, en representaciones posteriores se la ha asimilado a un centauro, los híbridos entre hombre y caballo, símbolos de la lascivia. Su hábitat no era ni los bosques ni las cuevas sino las entrañas de la tierra misma. Por eso, se la podía encontrar en las montañas cuyos santuarios protegía. Era la protectora del Oráculo de Delfos. Es inmortal. Así que aún debe andar rondando los templos paganos de la antigua Grecia llorando amargamente a Medusa, su única hermana mortal.  

Esteno, la más compleja de las gorgonas

Su representación es compleja ya que lo mismo es descrita como una auténtica giganta que como una hermosa doncella con manos de bronce y alas de oro. No olvidemos las serpientes de la cabeza. Según la simbología, es la representación de las aberraciones sociales. Su gran fuerza física y emocional hace que, a través de su mirada, paralice a quien se encuentre a su alrededor. Es la protectora de las pitias, las adivinadoras de los oráculos consagrados al dios solar Apolo. También es inmortal y no hay noticia que ningún héroe haya dado cuenta de ella.  

Medusa, la más famosa de las gorgonas

Medusa es la hermosa gorgona con la cabeza repleta de serpientes prestas a morder o picar. Quien la mira queda petrificado. Simbólicamente representa la peor de las perversiones, que no es más que la espiritual. Se la identifica con la vanidad, el narcisismo o la arrogancia de quién se cree superior y acaba liquidado cuando mira en el interior de sí. Medusa es el espejo que devuelve la oscuridad del alma humana. Y no lo hace para que esta salga a la luz en un intento de expiación. Es todo lo contrario. Lo que ella devuelve se queda en piedra, en eterna materia inerte. 

Es la única de las gorgonas que es mortal y de la que se tiene constancia de su fin. Es vencida por Perseo (hijo de Zeus transformado en lluvia de oro para unirse a Danae, una mortal). Ayudado por el caballo alado Pegaso, logra decapitar a Medusa. Para poder matar a la gorgona, Perseo se protege con un escudo tan brillante que se asemeja a un espejo. En él se refleja Medusa y su misma mirada la petrifica, la paraliza. Inmediatamente, Perseo le corta la cabeza con su espada, un regalo de los dioses. Anoto que en este acto se ha visto una sublimación de la vanidad. 

Perseo regala la cabeza decapitada y petrificada de Medusa a Atenea, la diosa virgen de la caza, la civilización y la inteligencia. Ella lo incorpora a su escudo y, como Medusa, logra convertir en piedra a sus enemigos.

Como premio a su valentía es metamorfoseado por Zeus en una constelación. En este sentido, Perseo recibe la misma recompensa que Ariadna, también convertida en constelación, cuyo hilo e inteligencia permitió matar otro monstruo, el minotauro. Se da también la circunstancia que Pegaso, el caballo alado que le ayuda en dicha hazaña, era hijo de Poseidón y de Medusa, aunque otras fuentes señalan a otra gorgona, Euriale, como su madre. Pegaso es el símbolo de la elevación espiritual y de la poesía y si Medusa es la conciencia pervertida, puede considerarse su reverso. 

La petrificación simboliza el castigo de la desmesura humana.

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

Por tanto, las gorgonas de la mitología griega son la simbolización perfecta de la sombra inconsciente, allí donde habitan los monstruos del espíritu humano y que nadie se atreve a mirar. Su sola presencia nos devuelve la realidad oscura de la raza humana. Quizás por eso, estaban vinculadas al dios solar y de la luz, Apolo, cuyos oráculos y templos protegían, aunque fuera a fuerza de matar a quien no cumpliera las normas impuestas.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El mito de Pigmalión y Galatea está recogido en las Metamorfosis de Ovidio, uno de los pilares de la literatura clásica (griega y romana) junto con la Ilíada y la Odisea de Homero. Aunque se repite que Pigmalión era un rey griego, las últimas investigaciones nos dicen que procedía de Chipre. Esta fábula ha dado nombre al conocido en psicología y pedagogía como Efecto Pigmalión. 

El mito de Pigmalión y Galatea

Pigmalión era el triste y solitario rey de Chipre, ya que no conseguía encontrar esposa adecuada. No acababa de cuadrarle ninguna mortal aristocrática que se adaptara a sus gustos y sensibilidad artística. Consideraba a todas las féminas chismosas y superficiales. Este misógino en potencia escondía en su fuero interno un alma delicada con afán de trascendencia. Por eso, se dio por vencido y se dedicó de lleno a una de sus pasiones: la escultura. Así pasaban los días en su taller hasta que logró esculpir en un bello mármol blanco una sublime escultura femenina. Tal era la hermosura de dicha estatua que Pigmalión le puso el nombre de Galatea (ahora volveremos sobre ella para no confundirla). Además, como intentaba espantar las moscas de la soledad, le hablaba a diario acabando enamorándose de su creación. El desgraciado se sentía acompañado por su obra mucho más que con mujer de carne y hueso. Así que a ese objeto inerte le confiaba todas sus penas. La escultura, como cosa inanimada que era, no mostraba gesto alguno.  

Sin embargo, un buen día, la diosa Afrodita, la del amor, apiadada de la soledad y el terrible dolor anímico de Pigmalión le propuso concederle un deseo. El rey le pidió la vida para Galatea. Y así lo hizo la diosa no sin antes incendiar todo el taller como pago por tamaño regalo. Llegados a este punto las fuentes difieren y en otras se apuntan a que Afrodita, sin mediar palabra, cuando Pigmalión fue a abrazar la escultura, unas lágrimas se resbalaron por su rostro insuflando vida a la creación que, en ese momento, besó al desdichado rey. Sea cual sea la versión clásica, todas empiezan y acaban en el mismo punto. Galatea, una escultura obra de un rey artista y solitario,  gracias a la intercesión de la diosa Afrodita, toma vida. Retazos de libros medievales incluso apuntan a que ambos fueron padres de un hijo y una hija. 

En cuanto a Galatea, no hay que confundirla con la de la fábula del gigante Polifemo (el que tenía un solo ojo) recurrente en la literatura clásica e, incluso, en la occidental. Ambos, por poner un solo ejemplo, son los protagonistas de una de las obras de Luis de Góngora. La ninfa del poeta barroco nada tiene que ver con la escultura que Afrodita dio vida. Simplemente comparten nombre.  

El sentido simbólico de Pigmalión y Galatea 

Pigmalión es la representación de esas almas exquisitas y sublimes enfrascadas en una carrera constante por una perfección imposible de encontrar en las cosas del mundo. La búsqueda se vuelve tan infructuosa que el único camino que encuentran es el refugio en la creación artística. La belleza, por tanto, no se encuentra en la naturaleza sino en la obra del hombre. Y, por supuesto, con la ayuda de los dioses, ya sea por medio de la inspiración, el talento o una combinación de estos dones. 

Galatea se encuentra al otro lado de la frontera de la vida. Es una cosa inerte. Sin embargo, se convierte en una mujer por mediación del amor, de la pasión o del deseo, que todas estas versiones podemos encontrar en el mito.  

Esa transformación de la obra de arte en un ser vivo (con dones superiores a los ofrecidos por la naturaleza misma) fue recurrente entre los artistas desde el Renacimiento, cuando se vuelve a la cultura clásica. Sin embargo, el mito de Pigmalión y Galatea ha tomado relevancia en el siglo XX a partir de una obra de teatro y de posteriores estudios en el ámbito de la psicología y de la incipiente pedagogía. George Bernard Shaw (1856-1950) estrena en 1913 una obra de teatro con el título de Pigmalión. Posteriormente, la misma fue adaptada al cine por George Cukor (1899-1983)  bajo el título de My Fair Lady (1964) con Audry Hepburn (1929-1993) como protagonista. Esta obra contemporánea nos muestra un aspecto distinto del mito ya que Eliza (trasunto de Galatea) es transformada, no por la intercesión de los dioses, sino por un método formativo y educativo creado por el Profesor Henry Higgins (trasunto del artista Pigmalión). Esto es, el rey artista ha devenido en un científico (un lingüista) y la escultura es una muchacha de clase baja sin instrucción que puede competir en talento, saber estar y belleza con los miembros de la clasista élite inglesa. Es en este sentido en el que hay que entender los estudios posteriores en el ámbito de la psicología y la pedagogía.  

El efecto Pigmalión 

El efecto Pigmalión comenzó a estudiarse a partir de los años cincuenta del siglo XX cuando una serie de educadores y psicólogos apuntaron a que los rendimientos escolares estaban condicionados por las perspectivas de éxito y fracaso que se ponían sobre los pequeños. Esto es, los prejuicios (tanto en sentido positivo como negativo) haría que un alumno rindiera más o menos. El efecto Pigmalión, además, puede decirse que es la base del coaching contemporáneo que pone el foco en una sana autoestima y en el autoconocimiento para que las circunstancias externas no condicionen las opciones de plenitud.   

Aunque pueda parecer complejo, el efecto Pigmalión nos viene a poner en evidencia que hay una correlación entre lo que se espera de un individuo concreto (especialmente de un niño) y los resultados que llega a obtener para sí y para la sociedad. Así, si una familia pone el foco en la obligatoriedad de una educación universitaria, ese niño o niña (aunque venga al mundo con una inteligencia mediocre) tendrá muchas probabilidades de alcanzar ese hito en su vida. Por el contrario, en entornos conformistas se estará machacando a la criatura con metas de poca altura que serán las que, a la postre, llegue a obtener. Estas familias no se preocuparán por crear en sus retoños, no ya una obra de arte, tal como nos cuenta el mito de Pigmalión o Galatea, sino que impedirán (las más de las veces por desconocimiento más que por desidia) que salga a la luz la mejor versión de sus vástagos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El mito de Pigmalión y Galatea está recogido en las Metamorfosis de Ovidio, uno de los pilares de la literatura clásica (griega y romana) junto con la Ilíada y la Odisea de Homero. Aunque se repite que Pigmalión era un rey griego, las últimas investigaciones nos dicen que procedía de Chipre. Esta fábula ha dado nombre al conocido en psicología y pedagogía como Efecto Pigmalión. 

El mito de Pigmalión y Galatea

Pigmalión era el triste y solitario rey de Chipre, ya que no conseguía encontrar esposa adecuada. No acababa de cuadrarle ninguna mortal aristocrática que se adaptara a sus gustos y sensibilidad artística. Consideraba a todas las féminas chismosas y superficiales. Este misógino en potencia escondía en su fuero interno un alma delicada con afán de trascendencia. Por eso, se dio por vencido y se dedicó de lleno a una de sus pasiones: la escultura. Así pasaban los días en su taller hasta que logró esculpir en un bello mármol blanco una sublime escultura femenina. Tal era la hermosura de dicha estatua que Pigmalión le puso el nombre de Galatea (ahora volveremos sobre ella para no confundirla). Además, como intentaba espantar las moscas de la soledad, le hablaba a diario acabando enamorándose de su creación. El desgraciado se sentía acompañado por su obra mucho más que con mujer de carne y hueso. Así que a ese objeto inerte le confiaba todas sus penas. La escultura, como cosa inanimada que era, no mostraba gesto alguno.  

Sin embargo, un buen día, la diosa Afrodita, la del amor, apiadada de la soledad y el terrible dolor anímico de Pigmalión le propuso concederle un deseo. El rey le pidió la vida para Galatea. Y así lo hizo la diosa no sin antes incendiar todo el taller como pago por tamaño regalo. Llegados a este punto las fuentes difieren y en otras se apuntan a que Afrodita, sin mediar palabra, cuando Pigmalión fue a abrazar la escultura, unas lágrimas se resbalaron por su rostro insuflando vida a la creación que, en ese momento, besó al desdichado rey. Sea cual sea la versión clásica, todas empiezan y acaban en el mismo punto. Galatea, una escultura obra de un rey artista y solitario,  gracias a la intercesión de la diosa Afrodita, toma vida. Retazos de libros medievales incluso apuntan a que ambos fueron padres de un hijo y una hija. 

En cuanto a Galatea, no hay que confundirla con la de la fábula del gigante Polifemo (el que tenía un solo ojo) recurrente en la literatura clásica e, incluso, en la occidental. Ambos, por poner un solo ejemplo, son los protagonistas de una de las obras de Luis de Góngora. La ninfa del poeta barroco nada tiene que ver con la escultura que Afrodita dio vida. Simplemente comparten nombre.  

El sentido simbólico de Pigmalión y Galatea 

Pigmalión es la representación de esas almas exquisitas y sublimes enfrascadas en una carrera constante por una perfección imposible de encontrar en las cosas del mundo. La búsqueda se vuelve tan infructuosa que el único camino que encuentran es el refugio en la creación artística. La belleza, por tanto, no se encuentra en la naturaleza sino en la obra del hombre. Y, por supuesto, con la ayuda de los dioses, ya sea por medio de la inspiración, el talento o una combinación de estos dones. 

Galatea se encuentra al otro lado de la frontera de la vida. Es una cosa inerte. Sin embargo, se convierte en una mujer por mediación del amor, de la pasión o del deseo, que todas estas versiones podemos encontrar en el mito.  

Esa transformación de la obra de arte en un ser vivo (con dones superiores a los ofrecidos por la naturaleza misma) fue recurrente entre los artistas desde el Renacimiento, cuando se vuelve a la cultura clásica. Sin embargo, el mito de Pigmalión y Galatea ha tomado relevancia en el siglo XX a partir de una obra de teatro y de posteriores estudios en el ámbito de la psicología y de la incipiente pedagogía. George Bernard Shaw (1856-1950) estrena en 1913 una obra de teatro con el título de Pigmalión. Posteriormente, la misma fue adaptada al cine por George Cukor (1899-1983)  bajo el título de My Fair Lady (1964) con Audry Hepburn (1929-1993) como protagonista. Esta obra contemporánea nos muestra un aspecto distinto del mito ya que Eliza (trasunto de Galatea) es transformada, no por la intercesión de los dioses, sino por un método formativo y educativo creado por el Profesor Henry Higgins (trasunto del artista Pigmalión). Esto es, el rey artista ha devenido en un científico (un lingüista) y la escultura es una muchacha de clase baja sin instrucción que puede competir en talento, saber estar y belleza con los miembros de la clasista élite inglesa. Es en este sentido en el que hay que entender los estudios posteriores en el ámbito de la psicología y la pedagogía.  

El efecto Pigmalión 

El efecto Pigmalión comenzó a estudiarse a partir de los años cincuenta del siglo XX cuando una serie de educadores y psicólogos apuntaron a que los rendimientos escolares estaban condicionados por las perspectivas de éxito y fracaso que se ponían sobre los pequeños. Esto es, los prejuicios (tanto en sentido positivo como negativo) haría que un alumno rindiera más o menos. El efecto Pigmalión, además, puede decirse que es la base del coaching contemporáneo que pone el foco en una sana autoestima y en el autoconocimiento para que las circunstancias externas no condicionen las opciones de plenitud.   

Aunque pueda parecer complejo, el efecto Pigmalión nos viene a poner en evidencia que hay una correlación entre lo que se espera de un individuo concreto (especialmente de un niño) y los resultados que llega a obtener para sí y para la sociedad. Así, si una familia pone el foco en la obligatoriedad de una educación universitaria, ese niño o niña (aunque venga al mundo con una inteligencia mediocre) tendrá muchas probabilidades de alcanzar ese hito en su vida. Por el contrario, en entornos conformistas se estará machacando a la criatura con metas de poca altura que serán las que, a la postre, llegue a obtener. Estas familias no se preocuparán por crear en sus retoños, no ya una obra de arte, tal como nos cuenta el mito de Pigmalión o Galatea, sino que impedirán (las más de las veces por desconocimiento más que por desidia) que salga a la luz la mejor versión de sus vástagos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Casandra era una princesa troyana, hija de los reyes Hécuba y Príamo. Aparece nombrada en la Ilíada por Homero en el marco de las guerras entre griegos y troyanos. Casandra era una sacerdotisa que adivinó la trampa del famoso caballo de madera. Desafortunadamente, ya estaba maldita y nadie creyó lo que decía. A pesar de sus premoniciones, su pueblo fue aniquilado tras perder la guerra. 

El mito de Casandra 

Casandra era la princesa troyana sacerdotisa encargada del templo de Apolo. Existen varias versiones sobre cómo adquirió el don de la profecía y también cómo lo perdió. La más extendida de la literatura griega es la que alude al pacto entre la mortal y el dios Apolo. Ella había prometido tener relaciones con el dios y convertirse en su amante si le otorgaba el don de adivinar el futuro.  Sin embargo, una vez Casandra obtiene lo que quería no cumple su parte del pacto. Apolo, enfurecido, la maldice escupiéndole en la boca. Desde ese momento cualquier palabra que saliera de la boca de la princesa era considerada una locura y nadie creería en ella.  

La tragedia llega con la guerra entre troyanos y griegos. Estos últimos construyen un caballo de madera con el interior hueco donde se aposta el ejército. Dejan el ingenio a las puertas de la muralla enemiga y hacen creer a los troyanos que es un regalo de los dioses. Estos, confiados, lo introducen en la ciudad y, al caer, la noche, de forma sigilosa, abandonan la panza del caballo de madera para incendiar la ciudad. Casandra vio lo que el ejército griego estaba tramando. Sin embargo, nadie de los de su pueblo creyó sus palabras tachándola de loca. Cuando todos fueron aniquilados, el dolor de Casandra fue doble: por su maldición y por la muerte de los suyos.  

Existen varias versiones sobre la muerte de Casandra y todas apuntan a una violenta e, incluso, a una violación.  Por tanto, el mito de Casandra nos habla de una princesa troyana, sacerdotisa en el templo y escogida por Apolo gracias a su belleza, que vivió la peor vida posible por no cumplir el pacto con la divinidad. 

El mito de Casandra a la luz de los símbolos 

El mito de Casandra nos habla del don de la profecía, de poder adivinar el futuro y, también de saber la verdad oculta. Este es el lado luminoso. La princesa es capaz de ver aquello oculto a los demás. Tiene el don de los escogidos, los que desentrañan las distintas capas de los hechos, las personas y las cosas. El lado oscuro nos habla de una maldición, ya que Casandra no solo no puede comunicar aquello que sabe sino que, además, la tachan de loca abundando aún más en el sentido simbólico del personaje. El loco, en las culturas antiguas, era el que vivía ajeno a las normas sociales, el que veía aquello que nadie puede ver y el que entendía la verdad desde una perspectiva original. Sin embargo, Casandra sufre aún más, ya que no es validada en ningún momento. Es apartada del emplazamiento que le corresponde hundiéndola aún más en la desesperación. 

Complejo de Casandra según la psicología 

Con los avances sobre el inconsciente según Freud y, especialmente, a partir de la propuesta sobre los arquetipos de C.G. Jung, surgen en el siglo XX una serie de especialistas que interpretan los mitos clásicos con una nueva visión. Uno de ellos es Gastón Bachelard, el mismo que propuso en la década de los cincuenta el término complejo de Casandra para una patología psicológica. Si bien, como la princesa griega, no gozó del favor de los investigadores hasta el siglo XXI, cuando la soledad y la incomprensión van haciendo mella en un número creciente de individuos. 

El complejo de Casandra afecta tanto a hombres como a mujeres que se caracterizan por una gran sensibilidad, inteligencia y dotes de observación. Todo ello propicia que sean capaces de elaborar complejos y acertados análisis sobre situaciones de la realidad cotidiana. Sin embargo, como la princesa troyana, pocos atinan a hacerse entender o comprender. Esto es, estos individuos siempre van a contracorriente de lo aceptado socialmente aún proponiendo visiones más que razonables de ciertas realidades. Este choque entre la íntima creencia individual y el rechazo social lleva a una situación de progresiva tristeza, autoestima baja, soledad y aislamiento. Las personas que, como en el mito de Casandra, padecen este complejo psicológico sufren por esa incomunicación, por ese cortocircuito entre aquello que quieren expresar y la poca acogida que sus palabras surten en su entorno. Se sienten eternamente incomprendidas, ninguneadas e invalidadas. Normalmente cursan con episodios de tristeza y depresión. La característica anímica más extendida es la soledad y el aislamiento que conllevan un importante sufrimiento espiritual.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Casandra era una princesa troyana, hija de los reyes Hécuba y Príamo. Aparece nombrada en la Ilíada por Homero en el marco de las guerras entre griegos y troyanos. Casandra era una sacerdotisa que adivinó la trampa del famoso caballo de madera. Desafortunadamente, ya estaba maldita y nadie creyó lo que decía. A pesar de sus premoniciones, su pueblo fue aniquilado tras perder la guerra. 

El mito de Casandra 

Casandra era la princesa troyana sacerdotisa encargada del templo de Apolo. Existen varias versiones sobre cómo adquirió el don de la profecía y también cómo lo perdió. La más extendida de la literatura griega es la que alude al pacto entre la mortal y el dios Apolo. Ella había prometido tener relaciones con el dios y convertirse en su amante si le otorgaba el don de adivinar el futuro.  Sin embargo, una vez Casandra obtiene lo que quería no cumple su parte del pacto. Apolo, enfurecido, la maldice escupiéndole en la boca. Desde ese momento cualquier palabra que saliera de la boca de la princesa era considerada una locura y nadie creería en ella.  

La tragedia llega con la guerra entre troyanos y griegos. Estos últimos construyen un caballo de madera con el interior hueco donde se aposta el ejército. Dejan el ingenio a las puertas de la muralla enemiga y hacen creer a los troyanos que es un regalo de los dioses. Estos, confiados, lo introducen en la ciudad y, al caer, la noche, de forma sigilosa, abandonan la panza del caballo de madera para incendiar la ciudad. Casandra vio lo que el ejército griego estaba tramando. Sin embargo, nadie de los de su pueblo creyó sus palabras tachándola de loca. Cuando todos fueron aniquilados, el dolor de Casandra fue doble: por su maldición y por la muerte de los suyos.  

Existen varias versiones sobre la muerte de Casandra y todas apuntan a una violenta e, incluso, a una violación.  Por tanto, el mito de Casandra nos habla de una princesa troyana, sacerdotisa en el templo y escogida por Apolo gracias a su belleza, que vivió la peor vida posible por no cumplir el pacto con la divinidad. 

El mito de Casandra a la luz de los símbolos 

El mito de Casandra nos habla del don de la profecía, de poder adivinar el futuro y, también de saber la verdad oculta. Este es el lado luminoso. La princesa es capaz de ver aquello oculto a los demás. Tiene el don de los escogidos, los que desentrañan las distintas capas de los hechos, las personas y las cosas. El lado oscuro nos habla de una maldición, ya que Casandra no solo no puede comunicar aquello que sabe sino que, además, la tachan de loca abundando aún más en el sentido simbólico del personaje. El loco, en las culturas antiguas, era el que vivía ajeno a las normas sociales, el que veía aquello que nadie puede ver y el que entendía la verdad desde una perspectiva original. Sin embargo, Casandra sufre aún más, ya que no es validada en ningún momento. Es apartada del emplazamiento que le corresponde hundiéndola aún más en la desesperación. 

Complejo de Casandra según la psicología 

Con los avances sobre el inconsciente según Freud y, especialmente, a partir de la propuesta sobre los arquetipos de C.G. Jung, surgen en el siglo XX una serie de especialistas que interpretan los mitos clásicos con una nueva visión. Uno de ellos es Gastón Bachelard, el mismo que propuso en la década de los cincuenta el término complejo de Casandra para una patología psicológica. Si bien, como la princesa griega, no gozó del favor de los investigadores hasta el siglo XXI, cuando la soledad y la incomprensión van haciendo mella en un número creciente de individuos. 

El complejo de Casandra afecta tanto a hombres como a mujeres que se caracterizan por una gran sensibilidad, inteligencia y dotes de observación. Todo ello propicia que sean capaces de elaborar complejos y acertados análisis sobre situaciones de la realidad cotidiana. Sin embargo, como la princesa troyana, pocos atinan a hacerse entender o comprender. Esto es, estos individuos siempre van a contracorriente de lo aceptado socialmente aún proponiendo visiones más que razonables de ciertas realidades. Este choque entre la íntima creencia individual y el rechazo social lleva a una situación de progresiva tristeza, autoestima baja, soledad y aislamiento. Las personas que, como en el mito de Casandra, padecen este complejo psicológico sufren por esa incomunicación, por ese cortocircuito entre aquello que quieren expresar y la poca acogida que sus palabras surten en su entorno. Se sienten eternamente incomprendidas, ninguneadas e invalidadas. Normalmente cursan con episodios de tristeza y depresión. La característica anímica más extendida es la soledad y el aislamiento que conllevan un importante sufrimiento espiritual.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Encontramos el mito de Eco y Narciso con sus desgraciados amores y dramático final en las famosas Metamorfosis de Ovidio (s. I d.c.) Su desventurada historia de desamor nos sirve para entender el sentido simbólico del eco, ese sonido que se repite cuando nos encontramos en una montaña o en un lugar lo suficientemente amplio que permita el rebote de la vibración. Las aventuras de Narciso, y nos adelantamos, han dado, incluso, nombre a una patología psicológica, la del narcisista, el que solo se ama a sí mismo. Así, una vez más, la mitología y la literatura griega nos ayudan a entender tanto los orígenes del mundo pagano como su explicación de los vicios y virtudes de la raza humana. Empecemos por el principio. 

El mito de Eco y Narciso y su desgraciado final  

El primer acto de la historia tiene como protagonista a Eco. Era esta una hermosa ninfa de las montañas bendecida con una bella voz y una delicada conversación. Su talento era tal que se comunicaba, incluso, con los animales. Eco vivía feliz con sus hermanas disfrutando de sus exquisitas historias hasta que un buen día Zeus apareció por las montañas. El dios del Olimpo no se lo ocurrió otra cosa que dedicarse a flirtear con todas las ninfas allí congregadas y haciendo uso de todos los placer posibles (incluido el carnal) para divertirse con ellas. Estos devaneos llegaron a oídos de Hera, esposa de Zeus y diosa del matrimonio, el hogar, los partos y el amor convencional. 

Y con la entrada de la diosa en la acción comienza el segundo acto y el meollo del drama. Eco, a solicitud de Zeus, cuando Hera apareció por las montañas para pillar a su marido in fraganti, se dedicó a dar cháchara a la diosa con el único fin de entretenerla. Así, Zeus podía solazarse con mayor tranquilidad. Furiosa Hera por el indigno comportamiento de la ninfa, hizo lo que hacían las diosas paganas: maldecirla de por vida de la peor forma posible. Le robó lo que más amaba: el don de la voz y su habilidad para la conversación. Y desde ese momento, Eco estuvo condenada a repetir las últimas palabras de su interlocutor sin poder emitir, nunca más, ningún mensaje propio. Compungida y entristecida al máximo, Eco se apartó de sus hermanas las ninfas y se recluyó en una cueva con la única compañía de los animales del bosque donde se fue apagando poco a poco. 

El tercer acto añade un nuevo personaje y más tensión al drama. Así apagada y entristecida pasaba Eco sus días hasta que apareció junto al río el joven y bellísimo Narciso. El joven estaba dotado de tal hermosura que hombres, mujeres y ninfas quedaban rendidos ante él. Sin embargo, tal como nos narra el mito de Narciso, la respuesta por parte del muchacho siempre era el desdén. Y lo era porque prefería cazar a solas por el bosque a la compañía humana. Además, no le importaba el daño que su despecho causaba en otros. Sin embargo, Eco, abrumada por la soledad y obnubilada por la belleza de Narciso, un buen día se atrevió a comunicarse con el hermoso joven. Y lo hizo a través de los animales del bosque que le hacían compañía. La respuesta del joven no se hizo esperar burlándose de las intenciones amorosas de la ninfa.  

Entramos en el último acto y desenlace del drama. Los dioses, hartos de tanto desdén por parte de Narciso, hicieron que éste, un día que iba a beber agua del arroyo, se enamora de su imagen. Tal fue su pasión por el reflejo que las aguas devolvían que se acercó más y más a besar a aquel muchacho de hermosura divina y que no era otro que él mismo. Con la intención de besar el reflejo, siguió acercándose más y más hasta que se precipitó sobre el abismo y se ahogó. Apiadados los dioses y para que no se perdiera su belleza, su cuerpo sin pulso, fue transformado en la flor del narciso. Así se recordaría a todos los que bordeen las orillas de los arroyos en busca de amor egoísta que el castigo divino será la aniquilación del cuerpo y del alma. Eco, por su parte, rota de dolor por la muerte del muchacho, también recibió la piedad de los dioses y fue metamorfoseada en el eco de las montañas.  

Sentido simbólico del mito de Eco y Narciso  

De Narciso 

El mito de Narciso ha sido ampliamente estudiado por la psicología tras la definición del inconsciente de Freud. Se ha asemejado al que, patológicamente, solo mira por sí y para sí. En las últimas décadas, además, la personalidad narcisista copa trabajos de todo tipo por el destrozo que causa a su alrededor y por su progresivo auge en la sociedad contemporánea. Narciso se burla de la ninfa, de su amor y se ríe de su condición (el eco) que es, además, un castigo de los dioses. Su falta de empatía llega a tal nivel que únicamente podría enamorarse de sí mismo. Y eso fue lo que hizo. Sin embargo, su pasión (como ocurre siempre) fue su perdición y castigo. 

Esta flor también recuerda -pero a un grado inferior de  simbolización- la caída de Narciso en las aguas donde se mira con complacencia: de ahí viene que lo hayan reducido, en las interpretaciones moralizantes, al emblema de la vanidad, del egocentrismo, del amor y de la satisfacción de uno mismo… El agua sirve de espejo, pero un espejo abierto  a las profundidades del yo: el reflejo del yo que allí miramos revela una tendencia a la idealización. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos  

Aunque este es el sentido simbólico aceptado mayoritariamente, los poetas simbolistas vieron en el personaje una representación holística de la condición humana. Narciso, bello y único, quiere fundirse con la creación divina y la única forma que tiene es morir para, eternamente, formar parte de la naturaleza. 

El menor suspiro

Que yo exhalare

Vendría a quitarme

Lo que yo adoraba

Sobre el agua azul y blonda

Y cielos y bosques

Y rosa del onda

 

Paul Valéry: Narciso 

De Eco 

La ninfa de las montañas no ha generado tanta literatura (ni artística ni científica) como su compañero de drama. Eco es la representación de la cháchara hueca, de la conversación que nada aporta, de la palabrería utilizada para la manipulación. Tiene un don (el de la comunicación y, además, Ovidio nos recuerda que la llevaba a cabo con especial belleza) y lo desperdicia para contribuir a la lujuria de Zeus y, precisamente, con sus hermanas. Al malgastar su talento para la mentira, Hera (la diosa del hogar y la familia) la castiga a no poder emitir ningún mensaje, a no poder utilizar aquello que la hace especial. A partir de ese instante, debe ponerse siempre en el papel del receptor y repetirá siempre sus últimas palabras. Ni siquiera le fue permitido el silencio. De artista de la palabra pasó a repetir, a plagiar. El castigo se ahonda con la separación de quienes habían formado parte de su mundo, con la soledad y con el aislamiento.  

A pesar de que se enamora, la ilusión por compartir se desvanece con las burlas del muchacho y con su muerte. El dolor fue del intensidad que los dioses se apiadaron de su sufrimiento. Para librarla de una vida de desesperación, los dioses llevan a cabo la metamorfosis que se narra en el mito de Eco y Narciso recogido por Ovidio. Permanecerá para siempre en las montañas (lugar donde pertenece) repitiendo la voz humana y recordándonos su leyenda. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Encontramos el mito de Eco y Narciso con sus desgraciados amores y dramático final en las famosas Metamorfosis de Ovidio (s. I d.c.) Su desventurada historia de desamor nos sirve para entender el sentido simbólico del eco, ese sonido que se repite cuando nos encontramos en una montaña o en un lugar lo suficientemente amplio que permita el rebote de la vibración. Las aventuras de Narciso, y nos adelantamos, han dado, incluso, nombre a una patología psicológica, la del narcisista, el que solo se ama a sí mismo. Así, una vez más, la mitología y la literatura griega nos ayudan a entender tanto los orígenes del mundo pagano como su explicación de los vicios y virtudes de la raza humana. Empecemos por el principio. 

El mito de Eco y Narciso y su desgraciado final  

El primer acto de la historia tiene como protagonista a Eco. Era esta una hermosa ninfa de las montañas bendecida con una bella voz y una delicada conversación. Su talento era tal que se comunicaba, incluso, con los animales. Eco vivía feliz con sus hermanas disfrutando de sus exquisitas historias hasta que un buen día Zeus apareció por las montañas. El dios del Olimpo no se lo ocurrió otra cosa que dedicarse a flirtear con todas las ninfas allí congregadas y haciendo uso de todos los placer posibles (incluido el carnal) para divertirse con ellas. Estos devaneos llegaron a oídos de Hera, esposa de Zeus y diosa del matrimonio, el hogar, los partos y el amor convencional. 

Y con la entrada de la diosa en la acción comienza el segundo acto y el meollo del drama. Eco, a solicitud de Zeus, cuando Hera apareció por las montañas para pillar a su marido in fraganti, se dedicó a dar cháchara a la diosa con el único fin de entretenerla. Así, Zeus podía solazarse con mayor tranquilidad. Furiosa Hera por el indigno comportamiento de la ninfa, hizo lo que hacían las diosas paganas: maldecirla de por vida de la peor forma posible. Le robó lo que más amaba: el don de la voz y su habilidad para la conversación. Y desde ese momento, Eco estuvo condenada a repetir las últimas palabras de su interlocutor sin poder emitir, nunca más, ningún mensaje propio. Compungida y entristecida al máximo, Eco se apartó de sus hermanas las ninfas y se recluyó en una cueva con la única compañía de los animales del bosque donde se fue apagando poco a poco. 

El tercer acto añade un nuevo personaje y más tensión al drama. Así apagada y entristecida pasaba Eco sus días hasta que apareció junto al río el joven y bellísimo Narciso. El joven estaba dotado de tal hermosura que hombres, mujeres y ninfas quedaban rendidos ante él. Sin embargo, tal como nos narra el mito de Narciso, la respuesta por parte del muchacho siempre era el desdén. Y lo era porque prefería cazar a solas por el bosque a la compañía humana. Además, no le importaba el daño que su despecho causaba en otros. Sin embargo, Eco, abrumada por la soledad y obnubilada por la belleza de Narciso, un buen día se atrevió a comunicarse con el hermoso joven. Y lo hizo a través de los animales del bosque que le hacían compañía. La respuesta del joven no se hizo esperar burlándose de las intenciones amorosas de la ninfa.  

Entramos en el último acto y desenlace del drama. Los dioses, hartos de tanto desdén por parte de Narciso, hicieron que éste, un día que iba a beber agua del arroyo, se enamora de su imagen. Tal fue su pasión por el reflejo que las aguas devolvían que se acercó más y más a besar a aquel muchacho de hermosura divina y que no era otro que él mismo. Con la intención de besar el reflejo, siguió acercándose más y más hasta que se precipitó sobre el abismo y se ahogó. Apiadados los dioses y para que no se perdiera su belleza, su cuerpo sin pulso, fue transformado en la flor del narciso. Así se recordaría a todos los que bordeen las orillas de los arroyos en busca de amor egoísta que el castigo divino será la aniquilación del cuerpo y del alma. Eco, por su parte, rota de dolor por la muerte del muchacho, también recibió la piedad de los dioses y fue metamorfoseada en el eco de las montañas.  

Sentido simbólico del mito de Eco y Narciso  

De Narciso 

El mito de Narciso ha sido ampliamente estudiado por la psicología tras la definición del inconsciente de Freud. Se ha asemejado al que, patológicamente, solo mira por sí y para sí. En las últimas décadas, además, la personalidad narcisista copa trabajos de todo tipo por el destrozo que causa a su alrededor y por su progresivo auge en la sociedad contemporánea. Narciso se burla de la ninfa, de su amor y se ríe de su condición (el eco) que es, además, un castigo de los dioses. Su falta de empatía llega a tal nivel que únicamente podría enamorarse de sí mismo. Y eso fue lo que hizo. Sin embargo, su pasión (como ocurre siempre) fue su perdición y castigo. 

Esta flor también recuerda -pero a un grado inferior de  simbolización- la caída de Narciso en las aguas donde se mira con complacencia: de ahí viene que lo hayan reducido, en las interpretaciones moralizantes, al emblema de la vanidad, del egocentrismo, del amor y de la satisfacción de uno mismo… El agua sirve de espejo, pero un espejo abierto  a las profundidades del yo: el reflejo del yo que allí miramos revela una tendencia a la idealización. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos  

Aunque este es el sentido simbólico aceptado mayoritariamente, los poetas simbolistas vieron en el personaje una representación holística de la condición humana. Narciso, bello y único, quiere fundirse con la creación divina y la única forma que tiene es morir para, eternamente, formar parte de la naturaleza. 

El menor suspiro

Que yo exhalare

Vendría a quitarme

Lo que yo adoraba

Sobre el agua azul y blonda

Y cielos y bosques

Y rosa del onda

 

Paul Valéry: Narciso 

De Eco 

La ninfa de las montañas no ha generado tanta literatura (ni artística ni científica) como su compañero de drama. Eco es la representación de la cháchara hueca, de la conversación que nada aporta, de la palabrería utilizada para la manipulación. Tiene un don (el de la comunicación y, además, Ovidio nos recuerda que la llevaba a cabo con especial belleza) y lo desperdicia para contribuir a la lujuria de Zeus y, precisamente, con sus hermanas. Al malgastar su talento para la mentira, Hera (la diosa del hogar y la familia) la castiga a no poder emitir ningún mensaje, a no poder utilizar aquello que la hace especial. A partir de ese instante, debe ponerse siempre en el papel del receptor y repetirá siempre sus últimas palabras. Ni siquiera le fue permitido el silencio. De artista de la palabra pasó a repetir, a plagiar. El castigo se ahonda con la separación de quienes habían formado parte de su mundo, con la soledad y con el aislamiento.  

A pesar de que se enamora, la ilusión por compartir se desvanece con las burlas del muchacho y con su muerte. El dolor fue del intensidad que los dioses se apiadaron de su sufrimiento. Para librarla de una vida de desesperación, los dioses llevan a cabo la metamorfosis que se narra en el mito de Eco y Narciso recogido por Ovidio. Permanecerá para siempre en las montañas (lugar donde pertenece) repitiendo la voz humana y recordándonos su leyenda. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Las amazonas de la mitología griega eran una mujeres guerreras que vivían apartadas de los hombres conforme sus propias reglas y normas sociales. 

Las amazonas guerreras 

Su pueblo se sitúa en un lugar indeterminado fuera de las fronteras de Grecia. Unos apuntan al norte de Libia, otros a la costa norte de Turquía a orillas del Mar Negro y otros a Asia Menor. De hecho, el término amazonas, según la etimología, procedería del indo-iraní. Y es aquí donde se han encontrado tumbas de mujeres ataviadas con armas de guerra, como el arco y la flecha. Sin embargo, según estas pocas evidencias científicas, no podemos asegurar al cien por cien su existencia (más o menos ficticia), ya que una cosa es intervenir en los procesos de caza y/o partidas militares y otra muy distinta conformar una sociedad como la recogida por la mitología y la literatura griega.  

Según los retazos que nos han llegado, las amazonas constituían una sociedad eminentemente femenina de mujeres guerreras. Solo se unían con extranjeros a quienes ellas mismas buscaban para, posteriormente, abandonar con sus padres, mutilar para que fueran sirvientes o directamente asesinar a sus hijos varones. Educarían a sus hijas en el arte de la guerra y como personas totalmente independientes. Cuentan las leyendas que eran hábiles con el caballo (y de aquí viene el término amazonas aplicado a las artes de la equitación) y con el arco y la flecha. Para poder moverse con más facilidad, se amputaban un pecho. El arte posterior las ha representado con una salvaje belleza y sin ningún tipo de mutilación.  

Las investigaciones antropológicas sobre las amazonas de la mitología griega se basan en el concepto de inconsciente colectivo propuesto por C.G. Jung. Ven en ellas una evolución de las sociedades matriarcales, autosuficientes tanto en el ámbito económico como en el de autoprotección. Habrían desaparecido con la evolución que supuso el auge de las cada vez mayores y pujantes ciudades-estados con su consiguiente especialización profesional.  

Hipólita, la reina de amazonas en la mitología griega

De entre todas las amazonas destaca la figura de Hipólita, mítica entre las míticas, ya que se codeó, guerreó y, al parecer, amó a héroes de la mitología clásica. Vamos con la historia. 

Hipólita es hija del dios Ares, el de la guerra, y de la reina amazonas Oretra, una mortal. Como regalo, su padre le entrega un cinturón mágico del que estudiaremos su sentido simbólico a continuación. Hipólita estaba tranquila siguiendo e imponiendo las normas de su comunidad hasta que Heracles desembarca en las costas de su reino. Es este, recordemos, hijo de Zeus, el dios máximo del Olimpo y de la princesa mortal Alcmena. Como es el fruto de un adulterio, Hera, esposa de Zeus y diosa de la familia, los partos, el hogar y la feminidad tradicional, lo odia a muerte. Este aspecto también es importante en el mito.  

Pues bien, este héroe, Heracles, arriba a las costas del reino de las amazonas dirigido en ese momento por la reina Hipólita. Su misión es robar el cinturón sagrado con propiedades mágicas que Ares entregó a la reina de las amazonas. Le acompaña en la travesía el rey de Atenas Teseo, el mismo que dio muerte a Asterión, el minotauro, ayudado por el hilo de Ariadna. La presentación de los personajes es importante porque, sin ellos, no se entiende el drama que llega a continuación.  

Llegados a este punto las versiones del mito difieren. Unos apuntan a que Hipólita, rendida de amor, le entrega generosamente el cinturón a Heracles. Este pone rumbo hacia tierras griegas dejando a la reina tan desconsolada que muere de pena. Es una versión, sin ánimo de sacar la vena feminista, que no casa con el carácter de las amazonas guerreras que nos retrata la mitología griega. En otras, nos dice que  Hipólita con quien se casa es con Teseo. Y que este abandona a la reina tras concebir un hijo (de nombre Hipólito) para casarse con Fedra. Y esta Fedra era princesa de Creta, hermana de Ariadna y de Asterión y del minotauro. Hipólita, llevada por el despecho, la humillación, la ofensa y la ira, irrumpe en el banquete de bodas de Fedra y Teseo donde es acorralada por el ejército griego, asesinada y despojada de su cinturón mágico. Este es entregado a Heracles para que complete así su noveno trabajo de los doce encomendados.  

De la reina de las amazonas hay otra versión en la que interviene la diosa Hera. Esta, para malmeter entre Hipólita y Heracles el cual odia a muerte (ya que, recordemos, es el hijo de su esposo con una mortal), provoca una riña entre ambos pueblos y, posteriormente, la guerra. Una subversión apunta a que, en la refriega, la hermana de Hipólita, Antíope, es raptada. Los griegos ponen como condición para su rescate el cinturón. Una subversión de esta subversión nos dice que la famosa trifulca en el banquete de bodas entre Teseo y Fedra fue, sencillamente, una operación de rescate fallida por parte de las amazonas. La última subversión (guerra entre ambos pueblos promovida por Hera) apunta a que las amazonas sencillamente perdieron la guerra en esta trifulca tomando Heracles el cinturón mágico como botín de guerra. Y consigue, además, terminar su noveno trabajo. Esto es, en esta última versión se completa con la intervención de la diosa Hera. Esta no puede permitir que una mujer fuerte caiga rendida ante el héroe y menos ante el que ella aborrece tanto. Por eso, desata una riña entre ambos séquitos, entre las amazonas y los griegos, y la reina de las amazonas muere a manos de Heracles. La diosa prefiere la muerte de Hipólita ante que la capitulación de su especial feminidad.  

Las amazonas según la simbología 

Dicho esto, las amazonas, sea cual fuera el destino de la reina Hipólita en su lucha contra Heracles, entraron en el imaginario colectivo como mujeres guerreras ajenas a la división social y familiar de los griegos. Al organizarse sin varones, se situaron en las fronteras de todo lo permitido. Por tanto, en la sociedad patriarcal y esclavista griega, eran otro enemigo a abatir casi como los monstruos que enviaban los dioses de vez en cuando. Hipólita estaba protegida por el cinturón mágico que le entregó su padre, el dios de la guerra, recordemos. Al perderlo (ya sea porque se lo arrebatan en la trifulca tras su muerte o porque lo entrega generosamente por amor), deja su vida y su pueblo en manos del enemigo, totalmente vendido y al borde de la extinción.  

Si nos referimos al simbolismo del cinturón, dar el propio cinturón es abandonarse a uno mismo; no es solamente renunciar al poder. Para Hipólita es abandonar su condición misma de amazona y entregarse a Heracles. Hera, que pasa por simbolizar la feminidad normal, enseña, impidiendo la dádiva del cinturón, que ella quiere, no la conversión, sino la muerte de la mujer viril; por otra parte, en su odio a Heracles, que Zeus tuvo de otra mujer, no quiere que tenga éste la felicidad de recibir el cinturón de una mujer. La amazona simboliza la situación de la mujer que, conduciéndose como hombre, no logra ser admitida ni por las mujeres, ni por los hombres, y que tampoco consigue vivir como mujer, ni como hombre. En último extremo, expresa el rechazo de la feminidad y el mito de la imposible sustitución de su naturaleza real por su ideal viril.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos  

[Siguiendo el ocultismo antiguo] las amazonas serían en el orden metafísico, símbolo de las fuerzas psíquicas estelares que giran en el éter alrededor del paraíso de los dioses para guardarlo y defenderlo.  

Lanoe-Villène: El libro de los símbolos  

También se han asemejado a las valquirias nórdicas, aunque estas son unas deidades más complejas y más cercanas al ideal patriarcal, el mismo que relega a la mujer a mera proveedora de placer tanto en esta vida como en la de más allá. Sin embargo, las amazonas de la mitología griega se han presentado como un símbolo si no de libertad, sí de independencia con respecto a los roles patriarcales impuestos. Dinamitan todos los patrones aceptados para asumir tanto el papel masculino como el femenino. Son guerreras y también bellas. Por tanto, mujeres que son objeto de deseo por parte de los héroes clásicos. Y otra asunto es su peculiar organización social que, por ser tan diferente, debía ser destruída. Esa fue la misión de Heracles en su noveno trabajo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Las amazonas de la mitología griega eran una mujeres guerreras que vivían apartadas de los hombres conforme sus propias reglas y normas sociales. 

Las amazonas guerreras 

Su pueblo se sitúa en un lugar indeterminado fuera de las fronteras de Grecia. Unos apuntan al norte de Libia, otros a la costa norte de Turquía a orillas del Mar Negro y otros a Asia Menor. De hecho, el término amazonas, según la etimología, procedería del indo-iraní. Y es aquí donde se han encontrado tumbas de mujeres ataviadas con armas de guerra, como el arco y la flecha. Sin embargo, según estas pocas evidencias científicas, no podemos asegurar al cien por cien su existencia (más o menos ficticia), ya que una cosa es intervenir en los procesos de caza y/o partidas militares y otra muy distinta conformar una sociedad como la recogida por la mitología y la literatura griega.  

Según los retazos que nos han llegado, las amazonas constituían una sociedad eminentemente femenina de mujeres guerreras. Solo se unían con extranjeros a quienes ellas mismas buscaban para, posteriormente, abandonar con sus padres, mutilar para que fueran sirvientes o directamente asesinar a sus hijos varones. Educarían a sus hijas en el arte de la guerra y como personas totalmente independientes. Cuentan las leyendas que eran hábiles con el caballo (y de aquí viene el término amazonas aplicado a las artes de la equitación) y con el arco y la flecha. Para poder moverse con más facilidad, se amputaban un pecho. El arte posterior las ha representado con una salvaje belleza y sin ningún tipo de mutilación.  

Las investigaciones antropológicas sobre las amazonas de la mitología griega se basan en el concepto de inconsciente colectivo propuesto por C.G. Jung. Ven en ellas una evolución de las sociedades matriarcales, autosuficientes tanto en el ámbito económico como en el de autoprotección. Habrían desaparecido con la evolución que supuso el auge de las cada vez mayores y pujantes ciudades-estados con su consiguiente especialización profesional.  

Hipólita, la reina de amazonas en la mitología griega

De entre todas las amazonas destaca la figura de Hipólita, mítica entre las míticas, ya que se codeó, guerreó y, al parecer, amó a héroes de la mitología clásica. Vamos con la historia. 

Hipólita es hija del dios Ares, el de la guerra, y de la reina amazonas Oretra, una mortal. Como regalo, su padre le entrega un cinturón mágico del que estudiaremos su sentido simbólico a continuación. Hipólita estaba tranquila siguiendo e imponiendo las normas de su comunidad hasta que Heracles desembarca en las costas de su reino. Es este, recordemos, hijo de Zeus, el dios máximo del Olimpo y de la princesa mortal Alcmena. Como es el fruto de un adulterio, Hera, esposa de Zeus y diosa de la familia, los partos, el hogar y la feminidad tradicional, lo odia a muerte. Este aspecto también es importante en el mito.  

Pues bien, este héroe, Heracles, arriba a las costas del reino de las amazonas dirigido en ese momento por la reina Hipólita. Su misión es robar el cinturón sagrado con propiedades mágicas que Ares entregó a la reina de las amazonas. Le acompaña en la travesía el rey de Atenas Teseo, el mismo que dio muerte a Asterión, el minotauro, ayudado por el hilo de Ariadna. La presentación de los personajes es importante porque, sin ellos, no se entiende el drama que llega a continuación.  

Llegados a este punto las versiones del mito difieren. Unos apuntan a que Hipólita, rendida de amor, le entrega generosamente el cinturón a Heracles. Este pone rumbo hacia tierras griegas dejando a la reina tan desconsolada que muere de pena. Es una versión, sin ánimo de sacar la vena feminista, que no casa con el carácter de las amazonas guerreras que nos retrata la mitología griega. En otras, nos dice que  Hipólita con quien se casa es con Teseo. Y que este abandona a la reina tras concebir un hijo (de nombre Hipólito) para casarse con Fedra. Y esta Fedra era princesa de Creta, hermana de Ariadna y de Asterión y del minotauro. Hipólita, llevada por el despecho, la humillación, la ofensa y la ira, irrumpe en el banquete de bodas de Fedra y Teseo donde es acorralada por el ejército griego, asesinada y despojada de su cinturón mágico. Este es entregado a Heracles para que complete así su noveno trabajo de los doce encomendados.  

De la reina de las amazonas hay otra versión en la que interviene la diosa Hera. Esta, para malmeter entre Hipólita y Heracles el cual odia a muerte (ya que, recordemos, es el hijo de su esposo con una mortal), provoca una riña entre ambos pueblos y, posteriormente, la guerra. Una subversión apunta a que, en la refriega, la hermana de Hipólita, Antíope, es raptada. Los griegos ponen como condición para su rescate el cinturón. Una subversión de esta subversión nos dice que la famosa trifulca en el banquete de bodas entre Teseo y Fedra fue, sencillamente, una operación de rescate fallida por parte de las amazonas. La última subversión (guerra entre ambos pueblos promovida por Hera) apunta a que las amazonas sencillamente perdieron la guerra en esta trifulca tomando Heracles el cinturón mágico como botín de guerra. Y consigue, además, terminar su noveno trabajo. Esto es, en esta última versión se completa con la intervención de la diosa Hera. Esta no puede permitir que una mujer fuerte caiga rendida ante el héroe y menos ante el que ella aborrece tanto. Por eso, desata una riña entre ambos séquitos, entre las amazonas y los griegos, y la reina de las amazonas muere a manos de Heracles. La diosa prefiere la muerte de Hipólita ante que la capitulación de su especial feminidad.  

Las amazonas según la simbología 

Dicho esto, las amazonas, sea cual fuera el destino de la reina Hipólita en su lucha contra Heracles, entraron en el imaginario colectivo como mujeres guerreras ajenas a la división social y familiar de los griegos. Al organizarse sin varones, se situaron en las fronteras de todo lo permitido. Por tanto, en la sociedad patriarcal y esclavista griega, eran otro enemigo a abatir casi como los monstruos que enviaban los dioses de vez en cuando. Hipólita estaba protegida por el cinturón mágico que le entregó su padre, el dios de la guerra, recordemos. Al perderlo (ya sea porque se lo arrebatan en la trifulca tras su muerte o porque lo entrega generosamente por amor), deja su vida y su pueblo en manos del enemigo, totalmente vendido y al borde de la extinción.  

Si nos referimos al simbolismo del cinturón, dar el propio cinturón es abandonarse a uno mismo; no es solamente renunciar al poder. Para Hipólita es abandonar su condición misma de amazona y entregarse a Heracles. Hera, que pasa por simbolizar la feminidad normal, enseña, impidiendo la dádiva del cinturón, que ella quiere, no la conversión, sino la muerte de la mujer viril; por otra parte, en su odio a Heracles, que Zeus tuvo de otra mujer, no quiere que tenga éste la felicidad de recibir el cinturón de una mujer. La amazona simboliza la situación de la mujer que, conduciéndose como hombre, no logra ser admitida ni por las mujeres, ni por los hombres, y que tampoco consigue vivir como mujer, ni como hombre. En último extremo, expresa el rechazo de la feminidad y el mito de la imposible sustitución de su naturaleza real por su ideal viril.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos  

[Siguiendo el ocultismo antiguo] las amazonas serían en el orden metafísico, símbolo de las fuerzas psíquicas estelares que giran en el éter alrededor del paraíso de los dioses para guardarlo y defenderlo.  

Lanoe-Villène: El libro de los símbolos  

También se han asemejado a las valquirias nórdicas, aunque estas son unas deidades más complejas y más cercanas al ideal patriarcal, el mismo que relega a la mujer a mera proveedora de placer tanto en esta vida como en la de más allá. Sin embargo, las amazonas de la mitología griega se han presentado como un símbolo si no de libertad, sí de independencia con respecto a los roles patriarcales impuestos. Dinamitan todos los patrones aceptados para asumir tanto el papel masculino como el femenino. Son guerreras y también bellas. Por tanto, mujeres que son objeto de deseo por parte de los héroes clásicos. Y otra asunto es su peculiar organización social que, por ser tan diferente, debía ser destruída. Esa fue la misión de Heracles en su noveno trabajo.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Ovidio (43 a.C - 17 d.c) en sus Metamorfosis nos narra el mito de Dafne y Apolo que tan buenas obras (como veremos) ha dado a las artes posteriores. Todo empezó con una disputa de corte narcisista a nivel dios entre Eros y Apolo. ¿Qué sucedió? Pues que el dios de la música y las artes (Apolo) se burló de Eros (el del enamoramiento, recordemos) por su manejo del arco y las flechas. Y este, en cruel venganza, disparó dos flechas distintas: una de hierro emponzoñada con el odio y la otra de oro untada con las mieles de la más arrebatadora pasión. La primera la dirigió a la ninfa Dafne y la segunda al dios que lo retaba. Y con esta riña comienza el mito. 

Los protagonistas del mito de Apolo y Dafne 

¿Quién era Dafne de la mitología griega? 

Era una ninfa de los bosques, hija de un río (las versiones difieren en los nombres de sus progenitores) y orgullosa de su esencia. Dotada de gracia y gran belleza física, pidió a su padre permanecer soltera para poder, así, dedicarse a la caza y a las artes, tal cual hacía la diosa Artemisa, a la sazón hermana gemela de Apolo. Su deseo fue concedido y, a pesar de su hermosura y virtudes, fue capaz de alejar a múltiples pretendientes hasta el suceso entre Eros y Apolo con las flechas envenenadas que nos ocupa hoy.  

¿Y Apolo?  

Es uno de los dioses paganos más complejos de la mitología, ya que se asemeja al sol. Protector de la caza, los bosques y las artes, se ha representado como un hombre joven, bello, fuerte y ágil. Además, como veremos a continuación, es una de las figuras de la mitología griega con mayor representación en la cultura occidental. Para nuestra narración, únicamente hay que apuntar que antes de que fuera herido por la flecha de oro de Eros ya estaba enamorado de la ninfa Dafne y había sido rechazado en múltiples ocasiones. 

Seguimos con el mito de Dafne y Apolo  

El cortejo de Apolo hacia Dafne terminó con las flechas de Eros. El dios de la música y las artes fue herido con las de oro que insufló una pasión arrebatadora hacia la ninfa Dafne que ya había sido inoculada con la del desprecio y el odio. Apolo corre tras la muchacha con el afán de raptarla e, incluso, violarla. Al verse alcanzada por el dios, Dafne implora a los dioses su salvación (en otras versiones se apunta a su padre) y estos le conceden el deseo. La convierten en árbol de laurel justo con los brazos de Apolo rodeaban a la bella ninfa. 

El dolor y la tristeza de Apolo, al darse cuenta del mal que había causado, fueron de tal intensidad que sus amargas y divinas lágrimas regaron el árbol de laurel en el que Dafne se había convertido. Fue en ese momento cuando juró y prometió dedicar sus hojas perennes e inmortales a los vencedores de los torneros artísticos y deportivos que él mismo protegía.  

El simbolismo del mito de Dafne y Apolo 

Esta metamorfosis de Ovidio (como el resto de ellas) fue de especial agrado en el cristianismo occidental, ya que la narración nos pone frente a frente ante la lucha entre las virtudes (la virginal Dafne) contra los vicios (la lujuria de Apolo). Fue recogido por la cultura medieval posterior y el mito ampliamente difundido, además, en el Renacimiento. 

Apolo simboliza el sol, la luz, la música, las artes, la caza. Él es la sabiduría capaz del disfrute de los dones de la vida sin caer en las bajezas de los vicios decadentes que representa Dionisio (el caos, el vino, la fiesta desordenada…) Apolo fue del agrado, incluso, para la mentalidad cristiana medieval ya que supone una trascendencia desde los instintos hasta la espiritualidad. Sin embargo, debido a un error, participa en la destrucción de lo que más ama. Su simbolismo ha sido resumido con notable acierto por Jean Chevalier en los siguientes términos:  

Dios muy complejo, horrorosamente trivializado cuando se lo reduce a un hombre joven, sabio y bello; o cuando se lo opone, simplificando a Nietzsche, a Dionisio, como la razón al entusiasmo. No, Apolo es el símbolo de la victoria sobre la violencia, de un autodominio en el entusiasmo, de la alianza de la pasión y la razón, el hijo de un dios, por Zeus y el nieto de titán, por Leto, su madre. Su sabiduría es el fruto de una conquista, no una herencia. Todas las potencias de la vida se conjugan en él para incitarlo a no encontrar su equilibrio más que sobre las cumbres, para conducirlo desde “la entrada de la caverna inmensa” (Esquilo) “a las cimas de los cielos” (Plutarco). Simboliza la suprema espiritualización; es uno de los símbolos más bellos de la ascensión humana.  

Y, en palabras de Platón (en La República), a Apolo había que consagrar todo aquello de bueno que despega a la humanidad de su terrenalidad para acercarse a los dioses.  

Corresponde a Apolo, el Dios de Delfos, dictar las más importantes, las más bellas, las primeras leyes. 

- ¿Cuáles son estas leyes? 

- Aquellas que contemplan la fundación de los templos, los sacrificios, y en general el culto de los dioses, los demonios y los héroes, y también las tumbas de los muertos y los honores que conviene rendirles para que nos sean propicios; pues estas cosas, nosotros las ignoramos: y, fundadores de un Estado, no nos remitiremos, si somos sabios, a ningún otro, y no seguiremos a otro intérprete de no ser el del país; pues este dios, intérprete tradicional de la religión, se ha establecido en el centro y en el ombligo de la tierra para guiar al género humano. 

El mito de Dafne y Apolo, por tanto, ha sido del agrado de la cultura occidental cristiana por la inmensa contradicción que subyace en él. En la narración es la ninfa la virtuosa y el dios que debía proteger a los mortales de los peligros de los instintos el que causa la destrucción y, además, por un acto de lascivia. Al querer imponerse cruelmente por la fuerza se queda sin aquello que más ama. De aquí viene la transformación del laurel en árbol sagrado, eterno, inmortal y perenne como una forma de sublimar un acto deleznable.  

El laurel, como todas las plantas de hoja perenne, se refiere al simbolismo de la inmortalidad; simbolismo que sin duda no escapó a los romanos cuando vieron en él el emblema de la gloria, tanto de los ejércitos como del espíritu. El laurel se tenía además por protector contra el rayo […] Arbusto consagrado a Apolo, simboliza la inmortalidad adquirida por la victoria. Por esto su follaje sirve para coronar a los héroes, a los genios y a los sabios. Árbol apolíneo, significa también las condiciones espirituales de la victoria, la sabiduría unida al heroísmo […] El laurel simboliza las virtudes apolíneas y la participación en tales virtudes por el contacto con la planta consagrada. 

Jean Chevalier 

El mito de Dafne y Apolo en las artes occidentales 

Estos profundos sentidos simbólicos del relato mítico recogido por la literatura griega ha propiciado que fuera favorito (como las transformaciones de Zeus) en las artes occidentales. Para no alargar este texto, indico simplemente dos obras de primer orden:  Dafne y Apolo de Bernini y el Soneto XIII de Garcilaso de la Vega (1501-1536). 

Dafne y Apolo de Bernini  

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), revolucionó el arte barroco con sus cuatro esculturas (1621-1625) basadas en personajes clásicos grecorromanos para el Palacio Borghese, en Roma. Entre ellas se encuentra la maravillosa Apolo y Dafne. Realizada en mármol blanco, capta (con una sutiliza y movimientos extremos) el instante en el que la ninfa, atrapada por el dios, se va convirtiendo en árbol del laurel ante sus gritos desgarradores. Con esta obra el maestro se aparta de la sobriedad de la escultura griega en la que se había inspirado con anterioridad para regalarnos una obra plástica y expresiva al máximo. La obra es la que abre este texto.  

Dafne y Apolo en el más hermoso soneto de Garcilaso de la Vega

La lírica renacentista europea se caracteriza por la búsqueda del amor profano, la reivindicación de las lenguas vulgares y un retorno a la serenidad clásica. En este sentido, se valen de los mitos grecorromanos (sin abandonar el cristianismo) para sustentar esta nueva cosmovisión. En esta línea, se encuentra uno de los más hermosos poemas de uno de los más ilustres poetas en español de todos los tiempos (Garcilaso de la Vega) que tiene como protagonista la desdichada narración de Dafne y Apolo. 

SONETO XIII

     A Dafne ya los brazos le crecían 

y en luengos ramos vueltos se mostraban, 

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos que el oro oscurecían; 

     de áspera corteza se cubrían 

los tiernos miembros que aún bullendo estaban; 

los blandos pies en tierra se hincaban 

y en torcidas raíces se volvían.

     Aquel que fue la causa de tal daño, 

a fuerza de llorar, crecer hacía 

este árbol, que con lágrimas regaba. 

     ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, 

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!

En estos versos, el poeta se identifica plenamente con el dolor de un dios que ha contribuido a la destrucción de aquello que más ama. El mito de Dafne y Apolo, por tanto, nos introduce en esas dicotomías morales que, hasta el Neoclasicismo incluso, gustaban a artistas, intelectuales y poetas. Estamos, en definitiva, ante la batalla de las virtudes frente a los vicios, causantes estos de la pérdida de todo lo bueno a lo que puede aspirar el alma humana, especialmente el amor y la trascendencia. 

Imagen y texto por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Ovidio (43 a.C - 17 d.c) en sus Metamorfosis nos narra el mito de Dafne y Apolo que tan buenas obras (como veremos) ha dado a las artes posteriores. Todo empezó con una disputa de corte narcisista a nivel dios entre Eros y Apolo. ¿Qué sucedió? Pues que el dios de la música y las artes (Apolo) se burló de Eros (el del enamoramiento, recordemos) por su manejo del arco y las flechas. Y este, en cruel venganza, disparó dos flechas distintas: una de hierro emponzoñada con el odio y la otra de oro untada con las mieles de la más arrebatadora pasión. La primera la dirigió a la ninfa Dafne y la segunda al dios que lo retaba. Y con esta riña comienza el mito. 

Los protagonistas del mito de Apolo y Dafne 

¿Quién era Dafne de la mitología griega? 

Era una ninfa de los bosques, hija de un río (las versiones difieren en los nombres de sus progenitores) y orgullosa de su esencia. Dotada de gracia y gran belleza física, pidió a su padre permanecer soltera para poder, así, dedicarse a la caza y a las artes, tal cual hacía la diosa Artemisa, a la sazón hermana gemela de Apolo. Su deseo fue concedido y, a pesar de su hermosura y virtudes, fue capaz de alejar a múltiples pretendientes hasta el suceso entre Eros y Apolo con las flechas envenenadas que nos ocupa hoy.  

¿Y Apolo?  

Es uno de los dioses paganos más complejos de la mitología, ya que se asemeja al sol. Protector de la caza, los bosques y las artes, se ha representado como un hombre joven, bello, fuerte y ágil. Además, como veremos a continuación, es una de las figuras de la mitología griega con mayor representación en la cultura occidental. Para nuestra narración, únicamente hay que apuntar que antes de que fuera herido por la flecha de oro de Eros ya estaba enamorado de la ninfa Dafne y había sido rechazado en múltiples ocasiones. 

Seguimos con el mito de Dafne y Apolo  

El cortejo de Apolo hacia Dafne terminó con las flechas de Eros. El dios de la música y las artes fue herido con las de oro que insufló una pasión arrebatadora hacia la ninfa Dafne que ya había sido inoculada con la del desprecio y el odio. Apolo corre tras la muchacha con el afán de raptarla e, incluso, violarla. Al verse alcanzada por el dios, Dafne implora a los dioses su salvación (en otras versiones se apunta a su padre) y estos le conceden el deseo. La convierten en árbol de laurel justo con los brazos de Apolo rodeaban a la bella ninfa. 

El dolor y la tristeza de Apolo, al darse cuenta del mal que había causado, fueron de tal intensidad que sus amargas y divinas lágrimas regaron el árbol de laurel en el que Dafne se había convertido. Fue en ese momento cuando juró y prometió dedicar sus hojas perennes e inmortales a los vencedores de los torneros artísticos y deportivos que él mismo protegía.  

El simbolismo del mito de Dafne y Apolo 

Esta metamorfosis de Ovidio (como el resto de ellas) fue de especial agrado en el cristianismo occidental, ya que la narración nos pone frente a frente ante la lucha entre las virtudes (la virginal Dafne) contra los vicios (la lujuria de Apolo). Fue recogido por la cultura medieval posterior y el mito ampliamente difundido, además, en el Renacimiento. 

Apolo simboliza el sol, la luz, la música, las artes, la caza. Él es la sabiduría capaz del disfrute de los dones de la vida sin caer en las bajezas de los vicios decadentes que representa Dionisio (el caos, el vino, la fiesta desordenada…) Apolo fue del agrado, incluso, para la mentalidad cristiana medieval ya que supone una trascendencia desde los instintos hasta la espiritualidad. Sin embargo, debido a un error, participa en la destrucción de lo que más ama. Su simbolismo ha sido resumido con notable acierto por Jean Chevalier en los siguientes términos:  

Dios muy complejo, horrorosamente trivializado cuando se lo reduce a un hombre joven, sabio y bello; o cuando se lo opone, simplificando a Nietzsche, a Dionisio, como la razón al entusiasmo. No, Apolo es el símbolo de la victoria sobre la violencia, de un autodominio en el entusiasmo, de la alianza de la pasión y la razón, el hijo de un dios, por Zeus y el nieto de titán, por Leto, su madre. Su sabiduría es el fruto de una conquista, no una herencia. Todas las potencias de la vida se conjugan en él para incitarlo a no encontrar su equilibrio más que sobre las cumbres, para conducirlo desde “la entrada de la caverna inmensa” (Esquilo) “a las cimas de los cielos” (Plutarco). Simboliza la suprema espiritualización; es uno de los símbolos más bellos de la ascensión humana.  

Y, en palabras de Platón (en La República), a Apolo había que consagrar todo aquello de bueno que despega a la humanidad de su terrenalidad para acercarse a los dioses.  

Corresponde a Apolo, el Dios de Delfos, dictar las más importantes, las más bellas, las primeras leyes. 

- ¿Cuáles son estas leyes? 

- Aquellas que contemplan la fundación de los templos, los sacrificios, y en general el culto de los dioses, los demonios y los héroes, y también las tumbas de los muertos y los honores que conviene rendirles para que nos sean propicios; pues estas cosas, nosotros las ignoramos: y, fundadores de un Estado, no nos remitiremos, si somos sabios, a ningún otro, y no seguiremos a otro intérprete de no ser el del país; pues este dios, intérprete tradicional de la religión, se ha establecido en el centro y en el ombligo de la tierra para guiar al género humano. 

El mito de Dafne y Apolo, por tanto, ha sido del agrado de la cultura occidental cristiana por la inmensa contradicción que subyace en él. En la narración es la ninfa la virtuosa y el dios que debía proteger a los mortales de los peligros de los instintos el que causa la destrucción y, además, por un acto de lascivia. Al querer imponerse cruelmente por la fuerza se queda sin aquello que más ama. De aquí viene la transformación del laurel en árbol sagrado, eterno, inmortal y perenne como una forma de sublimar un acto deleznable.  

El laurel, como todas las plantas de hoja perenne, se refiere al simbolismo de la inmortalidad; simbolismo que sin duda no escapó a los romanos cuando vieron en él el emblema de la gloria, tanto de los ejércitos como del espíritu. El laurel se tenía además por protector contra el rayo […] Arbusto consagrado a Apolo, simboliza la inmortalidad adquirida por la victoria. Por esto su follaje sirve para coronar a los héroes, a los genios y a los sabios. Árbol apolíneo, significa también las condiciones espirituales de la victoria, la sabiduría unida al heroísmo […] El laurel simboliza las virtudes apolíneas y la participación en tales virtudes por el contacto con la planta consagrada. 

Jean Chevalier 

El mito de Dafne y Apolo en las artes occidentales 

Estos profundos sentidos simbólicos del relato mítico recogido por la literatura griega ha propiciado que fuera favorito (como las transformaciones de Zeus) en las artes occidentales. Para no alargar este texto, indico simplemente dos obras de primer orden:  Dafne y Apolo de Bernini y el Soneto XIII de Garcilaso de la Vega (1501-1536). 

Dafne y Apolo de Bernini  

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), revolucionó el arte barroco con sus cuatro esculturas (1621-1625) basadas en personajes clásicos grecorromanos para el Palacio Borghese, en Roma. Entre ellas se encuentra la maravillosa Apolo y Dafne. Realizada en mármol blanco, capta (con una sutiliza y movimientos extremos) el instante en el que la ninfa, atrapada por el dios, se va convirtiendo en árbol del laurel ante sus gritos desgarradores. Con esta obra el maestro se aparta de la sobriedad de la escultura griega en la que se había inspirado con anterioridad para regalarnos una obra plástica y expresiva al máximo. La obra es la que abre este texto.  

Dafne y Apolo en el más hermoso soneto de Garcilaso de la Vega

La lírica renacentista europea se caracteriza por la búsqueda del amor profano, la reivindicación de las lenguas vulgares y un retorno a la serenidad clásica. En este sentido, se valen de los mitos grecorromanos (sin abandonar el cristianismo) para sustentar esta nueva cosmovisión. En esta línea, se encuentra uno de los más hermosos poemas de uno de los más ilustres poetas en español de todos los tiempos (Garcilaso de la Vega) que tiene como protagonista la desdichada narración de Dafne y Apolo. 

SONETO XIII

     A Dafne ya los brazos le crecían 

y en luengos ramos vueltos se mostraban, 

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos que el oro oscurecían; 

     de áspera corteza se cubrían 

los tiernos miembros que aún bullendo estaban; 

los blandos pies en tierra se hincaban 

y en torcidas raíces se volvían.

     Aquel que fue la causa de tal daño, 

a fuerza de llorar, crecer hacía 

este árbol, que con lágrimas regaba. 

     ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño, 

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!

En estos versos, el poeta se identifica plenamente con el dolor de un dios que ha contribuido a la destrucción de aquello que más ama. El mito de Dafne y Apolo, por tanto, nos introduce en esas dicotomías morales que, hasta el Neoclasicismo incluso, gustaban a artistas, intelectuales y poetas. Estamos, en definitiva, ante la batalla de las virtudes frente a los vicios, causantes estos de la pérdida de todo lo bueno a lo que puede aspirar el alma humana, especialmente el amor y la trascendencia. 

Imagen y texto por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Dafne y Apolo

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El más justo de los centauros, Quirón

Iliada, X, 832   

¿Quiénes son los centauros de la mitología griega?  

Los centauros son seres híbridos, monstruosos, salvajes, populares y altamente presentes en la mitología griega. Habitan los bosques donde viven escondidos en cuevas y comiendo carne cruda. Escurridizos al máximo, tienen la cabeza, el tronco y las extremidades superiores en forma humana mientras que el resto del cuerpo es la de un caballo, con sus cuatro patas incluidas. Pueden ser tanto hombres como mujeres y su espíritu guerrero los hace especiales para las batallas a campo abierto.  

Nos encontramos dos ramas familiares. Unos proceden de Ixión, rey de Tesalia, y de la diosa Hera metamorfoseada en nube para conseguir esta unión antinatura. Los vástagos y descendientes de esta rama se caracterizan por la fuerza bruta, representación del inconsciente oscuro, instintivo, salvaje y destructor. La otra línea no tiene parentesco con esta, ya que proceden de los amores entre la ninfa Filira y Cronos, el titán del tiempo, metamorfoseado en caballo, también para conseguir unirse a la bella ninfa sin que esta ofreciera resistencia. Son estos los que abanderan, en la guerra, el servicio por medio de la ley. Por eso, es frecuente que sean representados con arcos y flechas o en el campo de batalla. A esta rama genética pertenece el centauro Quirón, el más famoso de todos gracias a las virtudes y habilidades que hizo gala en vida.   

¿Y quién era el centauro Quirón protector de los médicos y la cirujanos?  

Seguimos con el mito.  Nace de los amores de la ninfa Filira y de Cronos, tal como he anotado arriba. Ésta, horrorizada de la criatura que ha traído al mundo, lo abandona en el bosque para que perezca de inanición. Sin embargo, los dioses que gustan de intervenir en todos los asuntos terrenales, se inmiscuyen. Apolo y Artimisa, recogen a Quirón siendo un bebé. Lo adoptan y lo educan en distintas artes: medicina, música, secreto de las plantas medicinales o la caza. Y gracias a esta instrucción, se aparta del carácter salvaje de los de su especie. Quirón, dotado con la inmortalidad, cultivó la inteligencia y la cortesía. Llegó a ser reconocido y respetado como  sabio (sobrenombre por el que es conocido) al dedicarse a la curación del cuerpo, a la medicina, a la botica tradicional, a la música y a perfeccionar el arte del manejo del arco y la flecha. Fue, además, elegido para que fuera maestro y preceptor de los grandes primeros héroes de la mitología griega: Aquiles, Esculapio, Castor, Polux o Teseo, el rey griego que, siendo príncipe, dio muerte al minotauro. Es el protector de la medicina y la cirugía; en definitiva de las artes que reparan el cuerpo físico sin contar con los males del alma.   

Además, al centauro Quirón lo vemos involucrado en el relato de los inicios de los tiempos paganos, cuando los dioses y los titanes rivalizaban por el control del mundo. Fue alcanzado accidentalmente por una flecha envenenada procedente del arco de Heracles. Incapaz de curarse y de soportar el sufrimiento deseó la mortalidad, la cual regalo a Prometeo. ¿Y quién era éste? Fue el titán que desafió las normas de los dioses al robar el fuego sagrado y regalarlo a los hombres. Con ello se dio comienzo a la civilización. El problema llegó cuando Zeus entró en tal cólera que castigó cruelmente tanto al titán como a los humanos. A estos les entregó la caja de Pandora, que, al abrirla, desperdigó todos los males y bondades del universo. Prometeo, recibió una tortura aún mayor, ya que fue encadenado a una columna donde un águila le devoraba a diario un hígado que se regeneraba cada noche. De este sufrimiento eterno se conmovió el centauro Quirón, ya aquejado por el dolor de su herida incurable. Generosamente, le regaló la inmortalidad a Prometeo, tras ser liberado por Heracles, dando fin a sus sufrimientos. Zeus, conmovido por tal acto de generosidad, convirtió al centauro Quirón en una constelación, la de Sagitario, que aún brilla en los cielos y rige los destinos de las personas nacidas a finales de otoño. 

Sentido simbólico del centauro Quirón de la mitología griega 

Tras la propuesta del inconsciente de Freud y, especialmente, con los avances en el estudio de los arquetipos de Jung, se revisa la mitología y la literatura griega a luz de estas nuevas investigaciones. Y nos encontramos que todos y cada uno de sus protagonistas, actúan como símbolos primigenios inconscientes y universales. Son mitos, en definitiva, que narran y explican los orígenes del mundo con todos sus seres dentro y, a la vez, las características, contradicciones, grandezas y miserias que rondan el espíritu humano. El centauro Quirón no es una excepción. Es un ser híbrido, mitad hombre mitad caballo, condenado a ser un salvaje. Sin embargo, no lo es, ya que, debido a su educación y formación de la mano de los dioses, se eleva de los institutos y brutalidad de los de su especie para abrazar lo mejor de la civilización, la misma que quiere asemejarse a los dioses. Quirón, es una contradicción extrema, ya que se sitúa en las últimas fronteras de una especie híbrida. Da lo mejor de sí al curar y al regalar su vida con generosidad.  Si los centauros representan los instintos, la fuerza brutal carnal y la violencia, Quirón se sitúa en el extremo contrario.  

En las obras de arte, el rostro de los centauros está generalmente marcado por la tristeza. Simbolizan la concupiscencia carnal con todas su brutales violencias que vuelve al hombre parecido a las bestias, cuando no está equilibrada por el poder espiritual. Son la imagen chocante de la doble naturaleza del hombre, una bestial, otra divina. Son la antítesis del jinete, que doma y amaestra las fuerzas elementales, ya que los centauros, excepto Quirón y sus hermanos, están dominados por los instintos salvajes incontrolados. Se los ha visto también como imagen de lo inconsciente, que llega a adueñarse de la persona, la libra a sus impulsos y abole la lucha interior.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

La figura del centauro Quirón ha sido reivindicada desde la Antigüedad por esa capacidad de trascender a pesar de la genética (término contemporáneo) o de las cargas y mandatos presentes por nacimiento. Es un ser que, a través de la formación y la educación, se vuelve inteligente. Y su sabiduría lo hace amable, desprendido, cortés y, en último extremo, tan generoso que regala su inmortalidad. Representa, por tanto, la victoria de la luz del conocimiento sobre la oscuridad del inconsciente.  

Implica una contradicción señalada por signos complementarios: el centauro, cuyo sobrenombre es el “sabio”, fue iniciado en el arte médico por obra de Apolo. La visión mítica de la medicina (Apolo) y la búsqueda primitiva de las causas orgánicas (Quirón) se aúnan con la intención de librarse de las prácticas supersticiosas de la magia. Al respecto, la medicina representada por Quirón debe ser considerada como un progreso. Progreso que no es, de todas maneras suficiente. Hijo de Cronos (el tiempo devorador), Quirón es inmortal: a través de los siglos y renaciendo, la medicina quirónica se opondrá, como Cronos, al espíritu (Zeus, padre de Apolo). Siendo médico hábil, se obstinará en no curar más que el cuerpo. Símbolo de la práctica médica a través de los siglos. Quirón tiene en el pie una herida incurable. Le viene de una flecha (arma del arquero Apolo, símbolo solar). La herida del pie simboliza la incurable herida del alma: la ausencia de una justa medida que rige la interdependencia de alma y cuerpo. Sanador del cuerpo, el propio Quirón padece un mal incurable. Ninguna otra imagen podría expresar mejor la posición de la visión mítica respecto de una medicina que descarta la enseñanza de su verdadero inspirador: el iniciador Apolo.  

Paul Diel: El simbolismo en la mitología griega 

La grandeza del centauro Quirón, por tanto, estriba en su capacidad para trascender la naturaleza dada y para superarse constantemente regalando los mejores dones que adornan a la raza humana, aquellos que los acerca a los dioses. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El más justo de los centauros, Quirón

Iliada, X, 832   

¿Quiénes son los centauros de la mitología griega?  

Los centauros son seres híbridos, monstruosos, salvajes, populares y altamente presentes en la mitología griega. Habitan los bosques donde viven escondidos en cuevas y comiendo carne cruda. Escurridizos al máximo, tienen la cabeza, el tronco y las extremidades superiores en forma humana mientras que el resto del cuerpo es la de un caballo, con sus cuatro patas incluidas. Pueden ser tanto hombres como mujeres y su espíritu guerrero los hace especiales para las batallas a campo abierto.  

Nos encontramos dos ramas familiares. Unos proceden de Ixión, rey de Tesalia, y de la diosa Hera metamorfoseada en nube para conseguir esta unión antinatura. Los vástagos y descendientes de esta rama se caracterizan por la fuerza bruta, representación del inconsciente oscuro, instintivo, salvaje y destructor. La otra línea no tiene parentesco con esta, ya que proceden de los amores entre la ninfa Filira y Cronos, el titán del tiempo, metamorfoseado en caballo, también para conseguir unirse a la bella ninfa sin que esta ofreciera resistencia. Son estos los que abanderan, en la guerra, el servicio por medio de la ley. Por eso, es frecuente que sean representados con arcos y flechas o en el campo de batalla. A esta rama genética pertenece el centauro Quirón, el más famoso de todos gracias a las virtudes y habilidades que hizo gala en vida.   

¿Y quién era el centauro Quirón protector de los médicos y la cirujanos?  

Seguimos con el mito.  Nace de los amores de la ninfa Filira y de Cronos, tal como he anotado arriba. Ésta, horrorizada de la criatura que ha traído al mundo, lo abandona en el bosque para que perezca de inanición. Sin embargo, los dioses que gustan de intervenir en todos los asuntos terrenales, se inmiscuyen. Apolo y Artimisa, recogen a Quirón siendo un bebé. Lo adoptan y lo educan en distintas artes: medicina, música, secreto de las plantas medicinales o la caza. Y gracias a esta instrucción, se aparta del carácter salvaje de los de su especie. Quirón, dotado con la inmortalidad, cultivó la inteligencia y la cortesía. Llegó a ser reconocido y respetado como  sabio (sobrenombre por el que es conocido) al dedicarse a la curación del cuerpo, a la medicina, a la botica tradicional, a la música y a perfeccionar el arte del manejo del arco y la flecha. Fue, además, elegido para que fuera maestro y preceptor de los grandes primeros héroes de la mitología griega: Aquiles, Esculapio, Castor, Polux o Teseo, el rey griego que, siendo príncipe, dio muerte al minotauro. Es el protector de la medicina y la cirugía; en definitiva de las artes que reparan el cuerpo físico sin contar con los males del alma.   

Además, al centauro Quirón lo vemos involucrado en el relato de los inicios de los tiempos paganos, cuando los dioses y los titanes rivalizaban por el control del mundo. Fue alcanzado accidentalmente por una flecha envenenada procedente del arco de Heracles. Incapaz de curarse y de soportar el sufrimiento deseó la mortalidad, la cual regalo a Prometeo. ¿Y quién era éste? Fue el titán que desafió las normas de los dioses al robar el fuego sagrado y regalarlo a los hombres. Con ello se dio comienzo a la civilización. El problema llegó cuando Zeus entró en tal cólera que castigó cruelmente tanto al titán como a los humanos. A estos les entregó la caja de Pandora, que, al abrirla, desperdigó todos los males y bondades del universo. Prometeo, recibió una tortura aún mayor, ya que fue encadenado a una columna donde un águila le devoraba a diario un hígado que se regeneraba cada noche. De este sufrimiento eterno se conmovió el centauro Quirón, ya aquejado por el dolor de su herida incurable. Generosamente, le regaló la inmortalidad a Prometeo, tras ser liberado por Heracles, dando fin a sus sufrimientos. Zeus, conmovido por tal acto de generosidad, convirtió al centauro Quirón en una constelación, la de Sagitario, que aún brilla en los cielos y rige los destinos de las personas nacidas a finales de otoño. 

Sentido simbólico del centauro Quirón de la mitología griega 

Tras la propuesta del inconsciente de Freud y, especialmente, con los avances en el estudio de los arquetipos de Jung, se revisa la mitología y la literatura griega a luz de estas nuevas investigaciones. Y nos encontramos que todos y cada uno de sus protagonistas, actúan como símbolos primigenios inconscientes y universales. Son mitos, en definitiva, que narran y explican los orígenes del mundo con todos sus seres dentro y, a la vez, las características, contradicciones, grandezas y miserias que rondan el espíritu humano. El centauro Quirón no es una excepción. Es un ser híbrido, mitad hombre mitad caballo, condenado a ser un salvaje. Sin embargo, no lo es, ya que, debido a su educación y formación de la mano de los dioses, se eleva de los institutos y brutalidad de los de su especie para abrazar lo mejor de la civilización, la misma que quiere asemejarse a los dioses. Quirón, es una contradicción extrema, ya que se sitúa en las últimas fronteras de una especie híbrida. Da lo mejor de sí al curar y al regalar su vida con generosidad.  Si los centauros representan los instintos, la fuerza brutal carnal y la violencia, Quirón se sitúa en el extremo contrario.  

En las obras de arte, el rostro de los centauros está generalmente marcado por la tristeza. Simbolizan la concupiscencia carnal con todas su brutales violencias que vuelve al hombre parecido a las bestias, cuando no está equilibrada por el poder espiritual. Son la imagen chocante de la doble naturaleza del hombre, una bestial, otra divina. Son la antítesis del jinete, que doma y amaestra las fuerzas elementales, ya que los centauros, excepto Quirón y sus hermanos, están dominados por los instintos salvajes incontrolados. Se los ha visto también como imagen de lo inconsciente, que llega a adueñarse de la persona, la libra a sus impulsos y abole la lucha interior.  

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

La figura del centauro Quirón ha sido reivindicada desde la Antigüedad por esa capacidad de trascender a pesar de la genética (término contemporáneo) o de las cargas y mandatos presentes por nacimiento. Es un ser que, a través de la formación y la educación, se vuelve inteligente. Y su sabiduría lo hace amable, desprendido, cortés y, en último extremo, tan generoso que regala su inmortalidad. Representa, por tanto, la victoria de la luz del conocimiento sobre la oscuridad del inconsciente.  

Implica una contradicción señalada por signos complementarios: el centauro, cuyo sobrenombre es el “sabio”, fue iniciado en el arte médico por obra de Apolo. La visión mítica de la medicina (Apolo) y la búsqueda primitiva de las causas orgánicas (Quirón) se aúnan con la intención de librarse de las prácticas supersticiosas de la magia. Al respecto, la medicina representada por Quirón debe ser considerada como un progreso. Progreso que no es, de todas maneras suficiente. Hijo de Cronos (el tiempo devorador), Quirón es inmortal: a través de los siglos y renaciendo, la medicina quirónica se opondrá, como Cronos, al espíritu (Zeus, padre de Apolo). Siendo médico hábil, se obstinará en no curar más que el cuerpo. Símbolo de la práctica médica a través de los siglos. Quirón tiene en el pie una herida incurable. Le viene de una flecha (arma del arquero Apolo, símbolo solar). La herida del pie simboliza la incurable herida del alma: la ausencia de una justa medida que rige la interdependencia de alma y cuerpo. Sanador del cuerpo, el propio Quirón padece un mal incurable. Ninguna otra imagen podría expresar mejor la posición de la visión mítica respecto de una medicina que descarta la enseñanza de su verdadero inspirador: el iniciador Apolo.  

Paul Diel: El simbolismo en la mitología griega 

La grandeza del centauro Quirón, por tanto, estriba en su capacidad para trascender la naturaleza dada y para superarse constantemente regalando los mejores dones que adornan a la raza humana, aquellos que los acerca a los dioses. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El mito de Prometeo encadenado tiene lugar a inicios de los tiempos paganos, cuando los dioses y los titanes se enfrascaron en terribles luchas por repartirse el mundo. Es aquí, en el Olimpo, cuando un titán, de nombre Prometeo, contraviene todas las reglas y roba el fuego sagrado. Y lo hace, además, para regalárselo a los hombres, en principio, excluidos de los privilegios terrenales y, por supuesto, de los celestiales. Como el fuego permite la artesanía, la gastronomía, la construcción y también la agricultura, con este gesto que aparece en el mito de Prometeo se da inicio a la civilización. Por tanto, los hombres comienzan, también, a rivalizar con los dioses, ya que se aspira a los mismos dones espirituales e inmortales. Enfurecido Zeus, rey de los cielos, castiga tanto a la raza humana como al ambicioso Prometeo y lo hace, además y como veremos, con una crueldad extrema. 

El mito de Prometeo 

Por un lado, castiga a los hombres por su osadía y lo hace a través de la caja de Pandora. No me extiendo mucho, ya que el tema ha sido tratado en este mismo espacio. Zeus crea desde el barro (como la Eva bíblica a través de la costilla de Adán y Pigmalión) una escultura a la que insufla vida y pide al resto de los dioses que la adorne con alguna de sus características. La bella muchacha, dotada con una insaciable curiosidad, recibe una caja (aunque la traducción correcta sería una tinaja) donde se esconden todos los males y bondades de este mundo. Es apercibida para que no abra el recipiente. Sin embargo, Pandora, llevada por su curiosidad insaciable, lo abre y se desata una nube de truenos esparciendo por todos los rincones del universo los males y, también, las grandezas de la creación. Cuando atina a cerrar la caja, únicamente queda en el fondo de ella la esperanza, el último asidero humano.  

Para Prometeo, Zeus le tenía reservado una tortura mucho más cruel, ya que lo ata a una columna donde un águila sagrada le devora el hígado cada día. Este miembro se regenera de noche sin interrupción y vuelta a empezar el festín del águila hasta la eternidad. Esta tortura acaba al liberarle Heracles (el Hércules romano) cuando se dirigía de camino al jardín de las Hésperides, el último de sus doce trabajos.  Con su flecha, mata al águila y, además, rompe las cadenas que ataban a Prometeo a la columna. ¿Por qué no castigó Zeus a Heracles cuando libera a su prisionero? Sencillamente, porque era su hijo, nacido del vientre de una princesa mortal.   

En cuanto a Prometeo, el de los sutiles designios, Zeus lo carga de lazos inextricables, trabas dolorosas que enrolla a media altura de una columna. Luego suelta sobre él un águila con las alas explayadas, y el águila como su hígado inmortal, y el hígado se regenera por la noche, igual en todo al que ha devorado el pájaro de las alas desplegadas durante el día. 

Hesiodo: Teogonía 

Aún nos queda otro protagonista en el mito de Prometeo encadenado y este es Quirón, el sabio, protector de la medicina y conocedor de las plantas medicinales. Es un híbrido como el minotauro, nacido de los amores (no consentidos) de una ninfa metamorfoseada en yegua y de Cronos. No era salvaje como los demás centauros (hombres con cuerpo de caballo), sino amable, sabio, estudioso y cortés. A causa de su naturaleza, sufría espiritualmente y decide regalarle la inmortalidad a Prometeo, el ladrón del fuego y promotor de la civilización humana.   

Significado simbólico del mito de Prometeo 

[Al robar] el fuego brillante del que nacen todas las artes, para ofrecerlo a los mortales… ese fuego, señor de todas las artes, tesoro sin precio. Sí, dice Prometeo, yo he liberado a los hombres de la obsesión de la muerte… he instalado en ellos las ciegas esperanzas… les he regalado el fuego… de él aprenderán artes sin números. 

Esquilo: Prometeo encadenado

Prometeo significa pensamiento previsor. Simboliza la revuelta de la mente, la que no se conforma con la animalidad o los instintos y quiere asemejarse a los dioses.  Es la creación a través de la imaginación. En él recaen los mundos posibles por muy complicados o sencillos que estos sean.  Él es el promotor de la revolución del espíritu, la que busca lo sagrado en lo más recóndito inconsciente de la raza humana. Es, por otro lado, una figura práctica, alejada de la contemplación o del conocimiento sin más utilidad. Recordemos que roba el fuego, el inicio de la civilización y el progreso.  

El fuego hurtado simboliza el intelecto reducido a no ser más que el medio de satisfacción de deseos multiplicados, cuya exaltación es contraria al sentido evolutivo de la vida. El intelecto sublevado prefiere la tierra frente al espíritu: ha desencadenado los deseos terrenales y semejante no es sino un encadenamiento a la tierra.  

Paul Dies: El simbolismo en la mitología griega 

Por otro lado, no podemos olvidar la muerte del centauro Quirón (al regalar generosamente su inmortalidad). Esta hay que interpretarla como el sacrificio de los deseos en favor de los dones del espíritu creador, el mismo que ata a la raza humana a la tierra, pero también la eleva desde los instintos. Quirón es la medicina, la curación, el conocimiento, el afán de saber y, además, el deseo de superación característico del ser humano. Es tan consustancial que forma parte del inconsciente colectivo descrito por C.G. Jung.  

[Prometeo está] bajo la dependencia absoluta del principio de utilidad. Proponemos pues colocar bajo el nombre de complejo de Prometeo todas las tendencias que nos empujan a saber tanto como nuestros padres, más que nuestros padres, tanto como nuestros maestros, más que nuestros maestros. Ahora bien, es manejado el objeto, perfeccionando nuestro conocimiento objetivo que podemos esperar ponernos más claramente al nivel intelectual que admiramos en nuestros padres y en nuestros maestros. La supremacía gracias a instintos más poderosos tienta naturalmente a un número mucho mayor de individuos, pero mentes más raras deben ser también examinadas por el psicólogo. Aunque la intelectualidad pura es excepcional, no por ello deja de ser muy característica de una evolución específicamente humana. El complejo de Prometeo es el complejo de Edipo de la vida intelectual.  

Gastón Bachelard: El psicoanálisis del fuego 

El mito de Prometeo encadenado nos remite, por tanto, al inicio de los tiempos cuando los hombres se sacuden de la animalidad, de la irracionalidad y de los instintos para comenzar la civilización. Esta supone, por supuesto, el progreso material pero también la conciencia de finitud y el afán de espiritualidad. El autoconocimiento necesario para cualquier avance llega de ese fuego robado a los dioses que Prometeo regala a la raza humana. Lo pagó con una cruel tortura, en principio, por la eternidad. Fueron Heracles y Quirón quienes permitieron, primero, su libertad y, luego, la inmortalidad, los mismos dones, junto con el progreso, a los que aspira cada uno de los miembros de la raza humana desde el inicio de los tiempos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la universidad de Sevilla

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El mito de Prometeo encadenado tiene lugar a inicios de los tiempos paganos, cuando los dioses y los titanes se enfrascaron en terribles luchas por repartirse el mundo. Es aquí, en el Olimpo, cuando un titán, de nombre Prometeo, contraviene todas las reglas y roba el fuego sagrado. Y lo hace, además, para regalárselo a los hombres, en principio, excluidos de los privilegios terrenales y, por supuesto, de los celestiales. Como el fuego permite la artesanía, la gastronomía, la construcción y también la agricultura, con este gesto que aparece en el mito de Prometeo se da inicio a la civilización. Por tanto, los hombres comienzan, también, a rivalizar con los dioses, ya que se aspira a los mismos dones espirituales e inmortales. Enfurecido Zeus, rey de los cielos, castiga tanto a la raza humana como al ambicioso Prometeo y lo hace, además y como veremos, con una crueldad extrema. 

El mito de Prometeo 

Por un lado, castiga a los hombres por su osadía y lo hace a través de la caja de Pandora. No me extiendo mucho, ya que el tema ha sido tratado en este mismo espacio. Zeus crea desde el barro (como la Eva bíblica a través de la costilla de Adán y Pigmalión) una escultura a la que insufla vida y pide al resto de los dioses que la adorne con alguna de sus características. La bella muchacha, dotada con una insaciable curiosidad, recibe una caja (aunque la traducción correcta sería una tinaja) donde se esconden todos los males y bondades de este mundo. Es apercibida para que no abra el recipiente. Sin embargo, Pandora, llevada por su curiosidad insaciable, lo abre y se desata una nube de truenos esparciendo por todos los rincones del universo los males y, también, las grandezas de la creación. Cuando atina a cerrar la caja, únicamente queda en el fondo de ella la esperanza, el último asidero humano.  

Para Prometeo, Zeus le tenía reservado una tortura mucho más cruel, ya que lo ata a una columna donde un águila sagrada le devora el hígado cada día. Este miembro se regenera de noche sin interrupción y vuelta a empezar el festín del águila hasta la eternidad. Esta tortura acaba al liberarle Heracles (el Hércules romano) cuando se dirigía de camino al jardín de las Hésperides, el último de sus doce trabajos.  Con su flecha, mata al águila y, además, rompe las cadenas que ataban a Prometeo a la columna. ¿Por qué no castigó Zeus a Heracles cuando libera a su prisionero? Sencillamente, porque era su hijo, nacido del vientre de una princesa mortal.   

En cuanto a Prometeo, el de los sutiles designios, Zeus lo carga de lazos inextricables, trabas dolorosas que enrolla a media altura de una columna. Luego suelta sobre él un águila con las alas explayadas, y el águila como su hígado inmortal, y el hígado se regenera por la noche, igual en todo al que ha devorado el pájaro de las alas desplegadas durante el día. 

Hesiodo: Teogonía 

Aún nos queda otro protagonista en el mito de Prometeo encadenado y este es Quirón, el sabio, protector de la medicina y conocedor de las plantas medicinales. Es un híbrido como el minotauro, nacido de los amores (no consentidos) de una ninfa metamorfoseada en yegua y de Cronos. No era salvaje como los demás centauros (hombres con cuerpo de caballo), sino amable, sabio, estudioso y cortés. A causa de su naturaleza, sufría espiritualmente y decide regalarle la inmortalidad a Prometeo, el ladrón del fuego y promotor de la civilización humana.   

Significado simbólico del mito de Prometeo 

[Al robar] el fuego brillante del que nacen todas las artes, para ofrecerlo a los mortales… ese fuego, señor de todas las artes, tesoro sin precio. Sí, dice Prometeo, yo he liberado a los hombres de la obsesión de la muerte… he instalado en ellos las ciegas esperanzas… les he regalado el fuego… de él aprenderán artes sin números. 

Esquilo: Prometeo encadenado

Prometeo significa pensamiento previsor. Simboliza la revuelta de la mente, la que no se conforma con la animalidad o los instintos y quiere asemejarse a los dioses.  Es la creación a través de la imaginación. En él recaen los mundos posibles por muy complicados o sencillos que estos sean.  Él es el promotor de la revolución del espíritu, la que busca lo sagrado en lo más recóndito inconsciente de la raza humana. Es, por otro lado, una figura práctica, alejada de la contemplación o del conocimiento sin más utilidad. Recordemos que roba el fuego, el inicio de la civilización y el progreso.  

El fuego hurtado simboliza el intelecto reducido a no ser más que el medio de satisfacción de deseos multiplicados, cuya exaltación es contraria al sentido evolutivo de la vida. El intelecto sublevado prefiere la tierra frente al espíritu: ha desencadenado los deseos terrenales y semejante no es sino un encadenamiento a la tierra.  

Paul Dies: El simbolismo en la mitología griega 

Por otro lado, no podemos olvidar la muerte del centauro Quirón (al regalar generosamente su inmortalidad). Esta hay que interpretarla como el sacrificio de los deseos en favor de los dones del espíritu creador, el mismo que ata a la raza humana a la tierra, pero también la eleva desde los instintos. Quirón es la medicina, la curación, el conocimiento, el afán de saber y, además, el deseo de superación característico del ser humano. Es tan consustancial que forma parte del inconsciente colectivo descrito por C.G. Jung.  

[Prometeo está] bajo la dependencia absoluta del principio de utilidad. Proponemos pues colocar bajo el nombre de complejo de Prometeo todas las tendencias que nos empujan a saber tanto como nuestros padres, más que nuestros padres, tanto como nuestros maestros, más que nuestros maestros. Ahora bien, es manejado el objeto, perfeccionando nuestro conocimiento objetivo que podemos esperar ponernos más claramente al nivel intelectual que admiramos en nuestros padres y en nuestros maestros. La supremacía gracias a instintos más poderosos tienta naturalmente a un número mucho mayor de individuos, pero mentes más raras deben ser también examinadas por el psicólogo. Aunque la intelectualidad pura es excepcional, no por ello deja de ser muy característica de una evolución específicamente humana. El complejo de Prometeo es el complejo de Edipo de la vida intelectual.  

Gastón Bachelard: El psicoanálisis del fuego 

El mito de Prometeo encadenado nos remite, por tanto, al inicio de los tiempos cuando los hombres se sacuden de la animalidad, de la irracionalidad y de los instintos para comenzar la civilización. Esta supone, por supuesto, el progreso material pero también la conciencia de finitud y el afán de espiritualidad. El autoconocimiento necesario para cualquier avance llega de ese fuego robado a los dioses que Prometeo regala a la raza humana. Lo pagó con una cruel tortura, en principio, por la eternidad. Fueron Heracles y Quirón quienes permitieron, primero, su libertad y, luego, la inmortalidad, los mismos dones, junto con el progreso, a los que aspira cada uno de los miembros de la raza humana desde el inicio de los tiempos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la universidad de Sevilla

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No sabemos el porqué Dédalo e Ícaro estaban presos en la isla de Creta por orden del rey Minos. No nos ha llegado esa información. Sin embargo, sí conocemos el papel determinante del padre (Dédalo) en los acontecimientos fundamentales de la isla. Fue él el que construyó una vaca de madera revestida de piel auténtica donde se introdujo la reina Pasifae (a la sazón esposa de Minos) para ser poseída por el toro sagrado regalo del dios de los mares. Vamos, que Dédalo, de una manera u otra, colaboró en la aberrante infidelidad conyugal. Además, de resultas de estos amores contra natura, nació el minotauro, mitad hombre mitad toro, que fue encerrado en un laberinto también construido por Dédalo. También fue este ingenioso creador el que facilitó el hilo de Ariadna con el que Teseo pudo dar muerte al monstruo.  

Los motivos para que Minos estuviera enfadado no acaban aquí,  ya que, tras la muerte del minotauro, quedó sin efecto la obligatoriedad del botín de guerra de los siete muchachos y las siete doncellas que, en sacrificio, se ofrecían al monstruo, el cual, recordemos, únicamente se alimentaba de carne humana. Así que Minos, rey de Creta, tendría más que motivos suficientes para estar enfadado con Dédalo, ya que este había intervenido (con su arte y talento, eso sí) en todos los sucesos en torno al mito del minotauro. El relato de la literatura griega nos dice que Dédalo e Ícaro estaban encerrados en el laberinto construido por el primero. 

Seguimos con el mito de Ícaro  

Tenemos, pues, que tanto Dédalo como su hijo Ícaro estaban presos, por orden del rey Minos, en el famoso laberinto de Creta y esta vez sin hilo de Ariadna para salir de él. Sin embargo, el ingenioso creador, con el fin de escapar de prisión, se las ingenió una vez más con un nuevo invento. Así fue recogiendo plumas de aves y ceras de abejas y con ellas construyó un par de alas tanto para sí como para su hijo. Estas se ataron a los brazos y con ellas pretendían eludir el cautiverio impuesto.  

Dédalo era un hombre inteligente así que instruyó primero a su hijo con las indicaciones necesarias para llevar la aventura a buen puerto. No debían acercarse al sol porque, con su calor, se derretiría la cera de abeja. Y tampoco debían acercarse al agua ya que, al mojarse las plumas, sería imposible, debido al peso, poder seguir volando. Lo harían, tal como se ve en la imagen, moviendo los brazos cual aves que surcan los cielos.  

Así, ya pertrechados con el nuevo invento de Dédalo, pudieron escapar de la prisión de Minos. El objetivo era llegar hasta Sicilia para comenzar una nueva vida. Salieron volando y todo iba según lo previsto. Sin embargo, a la altura de la actual isla de Icaria (llamada así en honor del desdichado joven), al norte de Creta, Ícaro, henchido de vanidad por la hazaña que estaban realizando, hizo caso omiso a las instrucciones de su padre y se fue acercando progresivamente al sol. De nada sirvieron los gritos del anciano conminándole a llevar un vuelo moderado. El muchacho, siguió, siguió y siguió  hasta que el calor derritió la cera de sus alas y estas se disolvieron. Y, como Ícaro no era un pájaro, se precipitó en el mar donde murió ahogado. 

Dédalo, aunque consternado por la muerte de su hijo, se dirigió solo a Sicilia donde acabó sus días. Algunos autores sostienen que siguió inventando ya que llegó con un rudimentario barco de vela. En tierras italianas, en el templo de Apolo, ofreció sus alas a la divinidad.  

Significado simbólico del mito de Ícaro 

La narración ha servido para mostrar los pecados de la vanidad y la imprudencia, especialmente entre la juventud. A pesar de su valentía, esta, por la desmesura, se vuelve temeridad y es la causante de la muerte del muchacho. El mito de Ícaro ha sido estudiado con profundidad desde la publicación del concepto de inconsciente según Freud y, especialmente, desde la aceptación del inconsciente colectivo de C.G. Jung. Su acción es considerada un símbolo de la temeridad de la juventud que, en su arrogancia, cree saberlo todo y no escucha el consejo de los sabios precipitándose, como el joven del mito, en su propia desdicha. 

También es visto como la ceguera que impide ver lo importante y empuja a acciones sin pensar y razonar. Además, el mito de Ícaro, fue recogido y utilizado profusamente durante la Edad Media, cuando los scriptoria de los monasterios recogían los retazos de la cultura clásica. Fue uno de los pocos que se estudió a la luz del cristianismo (a pesar de ser un mito pagano). Se entendía como el símbolo del falso amor cuando el único y verdadero proviene de Dios. Además, el mito de Ícaro era utilizado para explicar los peligros a los que se enfrenta un alma que pretende elevarse sin estar preparada. 

Ícaro es el símbolo de la inteligencia que peca de insensata… de la imaginación perversa; es una personificación mítica de la deformación del psiquismo, caracterizada por la exaltación sentimental y vanidosa respecto al espíritu. Ícaro representa al nervioso y su suerte. La insensata tentativa de Ícaro resulta proverbial por la nerviosidad a su más alto grado, por una forma de enfermedad de la mente: la locura de grandeza, la megalomanía. 

Paul Del: El simbolismo en la mitología griega

En definitiva, el mito de Ícaro nos introduce en los peligros de la vanidad que, por insensatez y por no tener en cuenta lo verdadero, precipita al individuo hacia su perdición. Es, en esencia, la simbolización de la megalomanía destructora. Además y por último, la imagen del joven griego ahogándose en el mar, por su imprudencia, ha sido favorita de los artistas occidentales desde el Renacimiento.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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No sabemos el porqué Dédalo e Ícaro estaban presos en la isla de Creta por orden del rey Minos. No nos ha llegado esa información. Sin embargo, sí conocemos el papel determinante del padre (Dédalo) en los acontecimientos fundamentales de la isla. Fue él el que construyó una vaca de madera revestida de piel auténtica donde se introdujo la reina Pasifae (a la sazón esposa de Minos) para ser poseída por el toro sagrado regalo del dios de los mares. Vamos, que Dédalo, de una manera u otra, colaboró en la aberrante infidelidad conyugal. Además, de resultas de estos amores contra natura, nació el minotauro, mitad hombre mitad toro, que fue encerrado en un laberinto también construido por Dédalo. También fue este ingenioso creador el que facilitó el hilo de Ariadna con el que Teseo pudo dar muerte al monstruo.  

Los motivos para que Minos estuviera enfadado no acaban aquí,  ya que, tras la muerte del minotauro, quedó sin efecto la obligatoriedad del botín de guerra de los siete muchachos y las siete doncellas que, en sacrificio, se ofrecían al monstruo, el cual, recordemos, únicamente se alimentaba de carne humana. Así que Minos, rey de Creta, tendría más que motivos suficientes para estar enfadado con Dédalo, ya que este había intervenido (con su arte y talento, eso sí) en todos los sucesos en torno al mito del minotauro. El relato de la literatura griega nos dice que Dédalo e Ícaro estaban encerrados en el laberinto construido por el primero. 

Seguimos con el mito de Ícaro  

Tenemos, pues, que tanto Dédalo como su hijo Ícaro estaban presos, por orden del rey Minos, en el famoso laberinto de Creta y esta vez sin hilo de Ariadna para salir de él. Sin embargo, el ingenioso creador, con el fin de escapar de prisión, se las ingenió una vez más con un nuevo invento. Así fue recogiendo plumas de aves y ceras de abejas y con ellas construyó un par de alas tanto para sí como para su hijo. Estas se ataron a los brazos y con ellas pretendían eludir el cautiverio impuesto.  

Dédalo era un hombre inteligente así que instruyó primero a su hijo con las indicaciones necesarias para llevar la aventura a buen puerto. No debían acercarse al sol porque, con su calor, se derretiría la cera de abeja. Y tampoco debían acercarse al agua ya que, al mojarse las plumas, sería imposible, debido al peso, poder seguir volando. Lo harían, tal como se ve en la imagen, moviendo los brazos cual aves que surcan los cielos.  

Así, ya pertrechados con el nuevo invento de Dédalo, pudieron escapar de la prisión de Minos. El objetivo era llegar hasta Sicilia para comenzar una nueva vida. Salieron volando y todo iba según lo previsto. Sin embargo, a la altura de la actual isla de Icaria (llamada así en honor del desdichado joven), al norte de Creta, Ícaro, henchido de vanidad por la hazaña que estaban realizando, hizo caso omiso a las instrucciones de su padre y se fue acercando progresivamente al sol. De nada sirvieron los gritos del anciano conminándole a llevar un vuelo moderado. El muchacho, siguió, siguió y siguió  hasta que el calor derritió la cera de sus alas y estas se disolvieron. Y, como Ícaro no era un pájaro, se precipitó en el mar donde murió ahogado. 

Dédalo, aunque consternado por la muerte de su hijo, se dirigió solo a Sicilia donde acabó sus días. Algunos autores sostienen que siguió inventando ya que llegó con un rudimentario barco de vela. En tierras italianas, en el templo de Apolo, ofreció sus alas a la divinidad.  

Significado simbólico del mito de Ícaro 

La narración ha servido para mostrar los pecados de la vanidad y la imprudencia, especialmente entre la juventud. A pesar de su valentía, esta, por la desmesura, se vuelve temeridad y es la causante de la muerte del muchacho. El mito de Ícaro ha sido estudiado con profundidad desde la publicación del concepto de inconsciente según Freud y, especialmente, desde la aceptación del inconsciente colectivo de C.G. Jung. Su acción es considerada un símbolo de la temeridad de la juventud que, en su arrogancia, cree saberlo todo y no escucha el consejo de los sabios precipitándose, como el joven del mito, en su propia desdicha. 

También es visto como la ceguera que impide ver lo importante y empuja a acciones sin pensar y razonar. Además, el mito de Ícaro, fue recogido y utilizado profusamente durante la Edad Media, cuando los scriptoria de los monasterios recogían los retazos de la cultura clásica. Fue uno de los pocos que se estudió a la luz del cristianismo (a pesar de ser un mito pagano). Se entendía como el símbolo del falso amor cuando el único y verdadero proviene de Dios. Además, el mito de Ícaro era utilizado para explicar los peligros a los que se enfrenta un alma que pretende elevarse sin estar preparada. 

Ícaro es el símbolo de la inteligencia que peca de insensata… de la imaginación perversa; es una personificación mítica de la deformación del psiquismo, caracterizada por la exaltación sentimental y vanidosa respecto al espíritu. Ícaro representa al nervioso y su suerte. La insensata tentativa de Ícaro resulta proverbial por la nerviosidad a su más alto grado, por una forma de enfermedad de la mente: la locura de grandeza, la megalomanía. 

Paul Del: El simbolismo en la mitología griega

En definitiva, el mito de Ícaro nos introduce en los peligros de la vanidad que, por insensatez y por no tener en cuenta lo verdadero, precipita al individuo hacia su perdición. Es, en esencia, la simbolización de la megalomanía destructora. Además y por último, la imagen del joven griego ahogándose en el mar, por su imprudencia, ha sido favorita de los artistas occidentales desde el Renacimiento.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Mito de Ícaro

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