Lisboa

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Eran tiempos distintos, por supuesto. Eran tiempos en los que el mundo marcaba un ritmo más lento. Eran tiempos de cambio, como todos los tiempos. Y eran tiempos en los que una pujante burguesía empezaba a imponer sus costumbres: unos modos mundanos y abiertos en contraposición a la cerrada clase aristocrática. 

Con esta filosofía y con esta ética de vida, los aspirantes a caballeros, ricos comerciantes, actores de más o menos renombre, pintores y poetas se daban cita en unos establecimientos novedosos en la época: los cafés. Aunque el concepto ha llegado hasta nosotros, la cosmovisión de los que se adentran en estos lugares ha cambiado tanto que apenas son reconocibles.

Los cafés nacieron como lugares de encuentro en el que primaba la libertad y el acceso libre en contraposición a los elitistas clubs y salones aristocráticos a los que, por supuesto, únicamente se podía acceder por estricta invitación.

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¿Por qué tanto mito alrededor de los mejores cafés de Europa?

El primer café europeo, occidental y, probablemente, del mundo fue Le Precope, en París y, según anuncian sus dueños actuales, ha acogido a todo el mundillo de la cercana Comedia Francesa desde finales del siglo XVII. Al café se iba para socializarse, para charlar, para enterarse de las últimas noticias internacionales (con semanas de retraso en alguna que otra ocasión), para dar a conocer a algún artista plástico o para leer poemas, obras literarias e, incluso, manifiestos. 

Los cafés propiciaron las tertulias de diversos temas, desde las económicas hasta las artísticas y tuvieron su influencia en las ideas ilustradas. Los aires de renovación que afectaba a la vida cotidiana, no podía ser de otra manera, acababa impregnando la política. Los cafés funcionaban como el foro o el ágora de la Antigüedad y como el Facebook, Linkedin y Twitter contemporáneo. Era una red social tupida y abierta.

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¿Cuáles son los cafés que quedan abiertos?

A finales del siglo XIX casi todas las capitales europeas tenían su circuito de cafés famosos atestados a todas horas de bohemios y caballeros de vida poco sana. Aunque son pocos los que continúan abiertos hoy en día y, por supuesto, han perdido el carácter de encuentro de antaño, aún son muy famosos los parisinos del barrio Saint Germain-des-Pres (Les deux magots o el Café de Flore), los de Berlín, los de Viena, el A Brasileira en Lisboa (donde prácticamente vivía el poeta Pessoa) y, por supuesto, también en Madrid. Reducto de esos tiempos pasados es, por ejemplo, el Café Gijón.

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Los cafés literarios de París que aún permanecen abiertos por barrios

Para todos los viajeros hay un París, porque París tiene para todos, hasta para aquellos que buscan la vida en los libros y no solo para los enamorados. Para los que ya están irremediablemente condicionados por esta cosmovisión, como fue para los famosos viajeros del Grand Tour y luego los del Orient Express, París les aguarda en sus cafés literarios.

Si el viajero deja sus huellas donde puede, todos aquellos que algún día quisieron dejar marca en el arte, en la literatura o en la filosofía tuvieron que pasar por París. Allí encontraron el más propicio de los ambientes para cualquier tipo de creación y esto es (y fue) así porque en este trozo de mundo (dejando de lado los problemas inherentes al ego destructor de algunos genios) se encontraban mejor que en casa, en comunión con otros iguales. Así que anota lo siguiente, que todo no va a ser subir a la Torre Eiffel.

Los cafés de Montmartre

Con cada nueva oleada de creadores iba tomando importancia un barrio en particular. En un principio, esas cuatro calles formaban la bohemia para ir adquiriendo, con el tiempo, elegancia y estilo a la par que llegaba para sus habitantes el éxito y, por tanto, una situación económica más desahogada. Así, a finales del siglo XIX fue Montmartre, en las afueras de París, el lugar escogido por los impresionistas.

En el Au Lapin Agile, cercano al Sacré-Cour, se reunían los últimos malditos y, al calor de los vapores etílicos, no había noche que no acabara en bronca y peleas. Sin renunciar al halo mágico con el que se ha impregnado, hoy se puede cenar, mientras se disfruta de un espectáculo, a precios muy razonables.

Los cafés de Montparnasse

En las primeras décadas del siglo XX, Montmartre, sin perder el carácter artístico que aún hoy conserva, se va aburguesando, convirtiéndose en el lugar de residencia de creadores de reconocido prestigio como Zola o Renoir. Paralelamente a esta transformación, los artistas que iban llegando a París desde todos los rincones del mundo se van instalando, en condiciones muy humildes y, en algún caso, en situaciones extremas de higiene, en Montparnasse.

Modigliani, Braque o Picasso llenaban sus ateliers con las obras que hoy inundan los museos, mientras escritores de la talla de Hemingway o Scott Fitzgerald terminaban de rematar algún texto en las mesas de La Closerie des Lilas (en el Boulevard Montparnasse). Hoy es un lugar más elegante (todos lo son) reconvertido en restaurante, piano bar y brasserie. 

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Los cafés de Saint Germain de Près

Saint Germain-de-Prés, tras la Segunda Guerra Mundial, comienza a ser el epicentro de la intelectualidad europea. Sarte, Camus, Simon de Beauvoir y los integrantes de la Nouvelle Vague se dejan ver en las mesas de Les deux magots o en el Café de Flore. Aquí acudía esta generación tan comprometida ideológicamente para discutir prácticamente de todo durante buena parte del día.

Los locales siguen abiertos y reúnen a una selecta clientela internacional que se mezcla con los políticos que suelen frecuentar la cercana Brasserie Lipp o Le Procope, el café, según anuncian, más antiguo de Europa (abierto desde 1686) y cuyos muros han acogido a todos los actores de la cercana Comédie Française. Hoy en día se va en busca del mito con menús cerrados y una clientela variopinta e internacional.

Cafés literarios de Madrid

Hablar de los decimonónicos cafés literarios que se afianzaron por toda Europa durante las primeras décadas de siglo XX es tener que nombrar irremediablemente lo más granado de las artes y las letras de los últimos doscientos años. En las mesas de los cafés se charlaba y se discutía, pero también, se creaba. Al calor del tabaco, del café o de los vapores etílicos, se remataban novelas, poemas, cuadros y hasta manifiestos. Aunque existieron y existen cafés famosos en otros lugares de España (como el Novelty de Salamanca), los cafés literarios proliferaron, especialmente, en Madrid desde 1850 hasta 1950.

En torno a sus mesas se congregaban políticos, revolucionarios, intelectuales, profesores, pintores, poetas y escritores mezclados con la gente del mundo del toreo, de la copla o de la farándula. Allí se hablaba del último cotilleo (que también los había), de las novedades en política (en España la política siempre ha dado pie para que se hable de ella), de toros, por supuesto, pero también de arte y literatura.

En sus paredes se declamaban los manifiestos, se leían los poemas, se daban a conocer los estrenos de teatro y se presentaban los libros. Famosa es la foto de la fiesta por la primera edición de La Realidad y el Deseo donde Cernuda escucha de Federico García Lorca sentir envidia por no ser el autor de una obra tan perfecta. La instantánea, en blanco y negro, fue tomada en un café desaparecido de la calle Botoneras, lugar de celebración del evento. Otra foto conocida, la de Antonio Machado, ya maduro y tocado con sombrero, está sacada en el Café Gijón, único superviviente de esta estela mítica.

Cafés famosos desaparecidos en Madrid

En la céntrica Calle de Alcalá se situaba el Café Fornos, mencionado por Ernest Hemingway, un asiduo de estos locales, en Muerte al atardecer. El Café Suizo, cercano al Fornos, y abierto entre 1845 hasta 1920, albergó entre sus paredes la tertulia de los hermanos Becquer. Más reciente, fue la creada por el autor de las Greguerías, Ramón Gómez de la Serna, en el Café Pombo bajo el nombre de la “La sagrada cripta de Pombo” y cuyos integrantes están inmortalizados en el cuadro de Gutiérrez Solana La tertulia del Café Pombo, actualmente en el Museo Reina Sofía, uno de los museos de Madrid que hay que visitar sí o sí.

El Café Gijón

Impertérrito a guerras, revoluciones y crisis económicas, en el Paseo de Recoletos, subsiste el Café Gijón, sede del premio literario homónimo promovido por Fernando Fernán Gómez. Hoy en día aún se celebran tertulias literarias y encuentros poéticos, pero sin el lustre de otros tiempos, cuando aquí se daban cita desde Pérez Galdós, Antonio Gala o Luís García Berlanga hasta Francisco Umbral, quien le dedicó una de sus obras (La noche que llegué al Café Gijón). Lo que no cabe duda es que merece la pena desconectar un rato y sentarse en alguna de sus mesas con sobre de mármol. Puede que entre tan nobles paredes nos llegue la inspiración.

Cafs Europa A Brasileira

A Brasileira, el café de Pessoa en Lisboa

El Elevador de Santa Justa, construido a inicios del Siglo XX siguiendo la estética de la Torre Eiffel de París, une la Baixa con el Barrio Alto. Aunque hoy es una concurrida zona de restaurantes informales e, incluso, de un particular botellón, era en el pasado punto de encuentro de la élite calavera presta a mezclarse con la bohemia artística. Si no se te apetece cenar en el café Brasileira, donde el poeta Fernando Pessoa compuso algunos de sus memorables versos, puedes decantarte por el Tavares o cualquier otro local que ofrezca delicias nacionales.

Tengo que reconocer que estos espacios, como encuentro para la conversación distendida y lugares propicios tanto para la creación como para la “promoción” de las obras, me han atraído desde siempre. El ambiente mítico del que se rodean, unido a su halo mágico, ejercen un irresistible poder de seducción por quien, de una manera u otra, se dedica a la palabra. Además, muchos de ellos completan su oferta con presentaciones de libros o exposiciones.

Por Candela Vizcaíno

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Eran tiempos distintos, por supuesto. Eran tiempos en los que el mundo marcaba un ritmo más lento. Eran tiempos de cambio, como todos los tiempos. Y eran tiempos en los que una pujante burguesía empezaba a imponer sus costumbres: unos modos mundanos y abiertos en contraposición a la cerrada clase aristocrática. 

Con esta filosofía y con esta ética de vida, los aspirantes a caballeros, ricos comerciantes, actores de más o menos renombre, pintores y poetas se daban cita en unos establecimientos novedosos en la época: los cafés. Aunque el concepto ha llegado hasta nosotros, la cosmovisión de los que se adentran en estos lugares ha cambiado tanto que apenas son reconocibles.

Los cafés nacieron como lugares de encuentro en el que primaba la libertad y el acceso libre en contraposición a los elitistas clubs y salones aristocráticos a los que, por supuesto, únicamente se podía acceder por estricta invitación.

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¿Por qué tanto mito alrededor de los mejores cafés de Europa?

El primer café europeo, occidental y, probablemente, del mundo fue Le Precope, en París y, según anuncian sus dueños actuales, ha acogido a todo el mundillo de la cercana Comedia Francesa desde finales del siglo XVII. Al café se iba para socializarse, para charlar, para enterarse de las últimas noticias internacionales (con semanas de retraso en alguna que otra ocasión), para dar a conocer a algún artista plástico o para leer poemas, obras literarias e, incluso, manifiestos. 

Los cafés propiciaron las tertulias de diversos temas, desde las económicas hasta las artísticas y tuvieron su influencia en las ideas ilustradas. Los aires de renovación que afectaba a la vida cotidiana, no podía ser de otra manera, acababa impregnando la política. Los cafés funcionaban como el foro o el ágora de la Antigüedad y como el Facebook, Linkedin y Twitter contemporáneo. Era una red social tupida y abierta.

Cafs Europa LeProcope MamyDora

¿Cuáles son los cafés que quedan abiertos?

A finales del siglo XIX casi todas las capitales europeas tenían su circuito de cafés famosos atestados a todas horas de bohemios y caballeros de vida poco sana. Aunque son pocos los que continúan abiertos hoy en día y, por supuesto, han perdido el carácter de encuentro de antaño, aún son muy famosos los parisinos del barrio Saint Germain-des-Pres (Les deux magots o el Café de Flore), los de Berlín, los de Viena, el A Brasileira en Lisboa (donde prácticamente vivía el poeta Pessoa) y, por supuesto, también en Madrid. Reducto de esos tiempos pasados es, por ejemplo, el Café Gijón.

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Los cafés literarios de París que aún permanecen abiertos por barrios

Para todos los viajeros hay un París, porque París tiene para todos, hasta para aquellos que buscan la vida en los libros y no solo para los enamorados. Para los que ya están irremediablemente condicionados por esta cosmovisión, como fue para los famosos viajeros del Grand Tour y luego los del Orient Express, París les aguarda en sus cafés literarios.

Si el viajero deja sus huellas donde puede, todos aquellos que algún día quisieron dejar marca en el arte, en la literatura o en la filosofía tuvieron que pasar por París. Allí encontraron el más propicio de los ambientes para cualquier tipo de creación y esto es (y fue) así porque en este trozo de mundo (dejando de lado los problemas inherentes al ego destructor de algunos genios) se encontraban mejor que en casa, en comunión con otros iguales. Así que anota lo siguiente, que todo no va a ser subir a la Torre Eiffel.

Los cafés de Montmartre

Con cada nueva oleada de creadores iba tomando importancia un barrio en particular. En un principio, esas cuatro calles formaban la bohemia para ir adquiriendo, con el tiempo, elegancia y estilo a la par que llegaba para sus habitantes el éxito y, por tanto, una situación económica más desahogada. Así, a finales del siglo XIX fue Montmartre, en las afueras de París, el lugar escogido por los impresionistas.

En el Au Lapin Agile, cercano al Sacré-Cour, se reunían los últimos malditos y, al calor de los vapores etílicos, no había noche que no acabara en bronca y peleas. Sin renunciar al halo mágico con el que se ha impregnado, hoy se puede cenar, mientras se disfruta de un espectáculo, a precios muy razonables.

Los cafés de Montparnasse

En las primeras décadas del siglo XX, Montmartre, sin perder el carácter artístico que aún hoy conserva, se va aburguesando, convirtiéndose en el lugar de residencia de creadores de reconocido prestigio como Zola o Renoir. Paralelamente a esta transformación, los artistas que iban llegando a París desde todos los rincones del mundo se van instalando, en condiciones muy humildes y, en algún caso, en situaciones extremas de higiene, en Montparnasse.

Modigliani, Braque o Picasso llenaban sus ateliers con las obras que hoy inundan los museos, mientras escritores de la talla de Hemingway o Scott Fitzgerald terminaban de rematar algún texto en las mesas de La Closerie des Lilas (en el Boulevard Montparnasse). Hoy es un lugar más elegante (todos lo son) reconvertido en restaurante, piano bar y brasserie. 

Cafs Europa LeProcope Dora

Los cafés de Saint Germain de Près

Saint Germain-de-Prés, tras la Segunda Guerra Mundial, comienza a ser el epicentro de la intelectualidad europea. Sarte, Camus, Simon de Beauvoir y los integrantes de la Nouvelle Vague se dejan ver en las mesas de Les deux magots o en el Café de Flore. Aquí acudía esta generación tan comprometida ideológicamente para discutir prácticamente de todo durante buena parte del día.

Los locales siguen abiertos y reúnen a una selecta clientela internacional que se mezcla con los políticos que suelen frecuentar la cercana Brasserie Lipp o Le Procope, el café, según anuncian, más antiguo de Europa (abierto desde 1686) y cuyos muros han acogido a todos los actores de la cercana Comédie Française. Hoy en día se va en busca del mito con menús cerrados y una clientela variopinta e internacional.

Cafés literarios de Madrid

Hablar de los decimonónicos cafés literarios que se afianzaron por toda Europa durante las primeras décadas de siglo XX es tener que nombrar irremediablemente lo más granado de las artes y las letras de los últimos doscientos años. En las mesas de los cafés se charlaba y se discutía, pero también, se creaba. Al calor del tabaco, del café o de los vapores etílicos, se remataban novelas, poemas, cuadros y hasta manifiestos. Aunque existieron y existen cafés famosos en otros lugares de España (como el Novelty de Salamanca), los cafés literarios proliferaron, especialmente, en Madrid desde 1850 hasta 1950.

En torno a sus mesas se congregaban políticos, revolucionarios, intelectuales, profesores, pintores, poetas y escritores mezclados con la gente del mundo del toreo, de la copla o de la farándula. Allí se hablaba del último cotilleo (que también los había), de las novedades en política (en España la política siempre ha dado pie para que se hable de ella), de toros, por supuesto, pero también de arte y literatura.

En sus paredes se declamaban los manifiestos, se leían los poemas, se daban a conocer los estrenos de teatro y se presentaban los libros. Famosa es la foto de la fiesta por la primera edición de La Realidad y el Deseo donde Cernuda escucha de Federico García Lorca sentir envidia por no ser el autor de una obra tan perfecta. La instantánea, en blanco y negro, fue tomada en un café desaparecido de la calle Botoneras, lugar de celebración del evento. Otra foto conocida, la de Antonio Machado, ya maduro y tocado con sombrero, está sacada en el Café Gijón, único superviviente de esta estela mítica.

Cafés famosos desaparecidos en Madrid

En la céntrica Calle de Alcalá se situaba el Café Fornos, mencionado por Ernest Hemingway, un asiduo de estos locales, en Muerte al atardecer. El Café Suizo, cercano al Fornos, y abierto entre 1845 hasta 1920, albergó entre sus paredes la tertulia de los hermanos Becquer. Más reciente, fue la creada por el autor de las Greguerías, Ramón Gómez de la Serna, en el Café Pombo bajo el nombre de la “La sagrada cripta de Pombo” y cuyos integrantes están inmortalizados en el cuadro de Gutiérrez Solana La tertulia del Café Pombo, actualmente en el Museo Reina Sofía, uno de los museos de Madrid que hay que visitar sí o sí.

El Café Gijón

Impertérrito a guerras, revoluciones y crisis económicas, en el Paseo de Recoletos, subsiste el Café Gijón, sede del premio literario homónimo promovido por Fernando Fernán Gómez. Hoy en día aún se celebran tertulias literarias y encuentros poéticos, pero sin el lustre de otros tiempos, cuando aquí se daban cita desde Pérez Galdós, Antonio Gala o Luís García Berlanga hasta Francisco Umbral, quien le dedicó una de sus obras (La noche que llegué al Café Gijón). Lo que no cabe duda es que merece la pena desconectar un rato y sentarse en alguna de sus mesas con sobre de mármol. Puede que entre tan nobles paredes nos llegue la inspiración.

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A Brasileira, el café de Pessoa en Lisboa

El Elevador de Santa Justa, construido a inicios del Siglo XX siguiendo la estética de la Torre Eiffel de París, une la Baixa con el Barrio Alto. Aunque hoy es una concurrida zona de restaurantes informales e, incluso, de un particular botellón, era en el pasado punto de encuentro de la élite calavera presta a mezclarse con la bohemia artística. Si no se te apetece cenar en el café Brasileira, donde el poeta Fernando Pessoa compuso algunos de sus memorables versos, puedes decantarte por el Tavares o cualquier otro local que ofrezca delicias nacionales.

Tengo que reconocer que estos espacios, como encuentro para la conversación distendida y lugares propicios tanto para la creación como para la “promoción” de las obras, me han atraído desde siempre. El ambiente mítico del que se rodean, unido a su halo mágico, ejercen un irresistible poder de seducción por quien, de una manera u otra, se dedica a la palabra. Además, muchos de ellos completan su oferta con presentaciones de libros o exposiciones.

Por Candela Vizcaíno

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Los 10 imprescindibles que ver en Lisboa

Las comitivas arribaban despacio, descendiendo por el río Tajo, hasta la Praça do Comercio donde un imponente Arco de Triunfo hacía las veces de puerta de la ciudad. Eso era en los siglos pasados, cuando Portugal competía con la vecina España por el monopolio de los mares y el comercio de productos suntuosos desde las Indias Occidentales y Orientales. Hoy, Lisboa está perfectamente conectada por avión con las distintas capitales de Europa y ese lucrativo negocio del pasado ha hecho de la ciudad una romántica urbe que se puede visitar, eso sí, organizándose mucho, en tres o cuatro días. Damos 10 ideas. Anota:

Lisboa Alfama

1.- Alfama, el barrio de los Fados y del Castillo de San Jorge

Debemos comenzar, el primer día, con una vuelta por la zona más antigua, allí donde se asentaron los primeros pobladores, por el Barrio de Alfama.  Dominando Lisboa, se alza el Castillo de San Jorge, antaño fortaleza defensiva y hoy un precioso emplazamiento por el que pasear tranquilamente a la par que se desciende por las empinadas y estrechas calles de la antigua medina medieval hasta llegar a la Sé o Catedral Antigua.

Es en Alfama donde se encuentran las mejores casas de fado que ofrecen al viajero melómano, al caer la tarde, esta música repleta de melancolía y “saudade” al calor de un buen vino verde de la tierra y, si se tercia, de las delicias dulces o saladas portuguesas.

Lisboa Igreja do Carmo

2.- El cielo desde la Igreja do Carmo

En la Baixa, construida tras el destructivo terremoto del Día de Todos los Santos de 1755 (los estremecedores restos de la Igreja do Carmo  dan debida cuenta de ello), un paseo desde la Praça dos Restauradores hasta la Praça del Rossio, dominada por el Teatro Nacional Doña María II de Portugal es de obligado cumplimiento.

Lisboa SantaJusta

3.- Desde la Baixa a la alta en el Elevador de Santa Justa

El Elevador de Santa Justa, construido a inicios del Siglo XX siguiendo la estética de la Torre Eiffel de París, une la Baixa con el Barrio Alto. Aunque hoy es una concurrida zona de restaurantes informales e, incluso, de un particular botellón, era en el pasado punto de encuentro de la élite calavera presta a mezclarse con la bohemia artística. Si no se te apetece cenar en el café Brasileira, donde el poeta Fernando Pessoa compuso algunos de sus memorables versos, puedes decantarte por el Tavares o cualquier otro local que ofrezca delicias nacionales.

Lisboa Catedral

4.- La Sé o Catedral de Lisboa

El rey Alfonso Henrique, conocido como Alfonso I o el Conquistador, nada más dejó pasar tres años desde la dura batalla contra los musulmanes -acaecida en el Castelo de San Jorge- para mandar construir una Catedral que afianzara la nueva religión que tan duramente había sido ganada. Corría el año 1150 y el flamante templo se levantó sobre la antigua mezquita, a su vez ejecutada sobre un emplazamiento romano.

Entonces, Lisboa era apenas un villorrio de unos cuantas miles de almas recluidas alrededor del actual barrio de Alfama. La nueva Catedral cristiana, conocida como La Sé, procedente de las iniciales Sede Episcopal, aunque situada extramuros, se encontraba a prudencial distancia desde el Palacio Real, por entonces enclavado en el corazón del Castillo de San Jorge.

Estilos artísticos y arquitectónicos de la Catedral de Lisboa

Aún no se habían desarrollado los avances de ingeniería que culminaría con las impresionantes naves góticas o el estilo manuelino y el nuevo templo se diseñó en el románico imperante. Está la Sé de Lisboa, por tanto, ejecutada con unos muros tan altos que más bien nos recuerdan una muralla defensiva. Visión que se completa con los dos torreones almenados que flanquean la entrada sin apenas concesión a la decoración.

La austeridad del interior está acorde con los muros exteriores. Aunque el templo se dividió en varias capillas, cada una consagrada a un santo o mártir particular, la Catedral al completo se puso bajo la protección de Santa María.

Breve historia de La Sé o la Catedral de Lisboa

Aunque los sucesivos terremotos que, desde el siglo XV hasta el destructivo de 1755, han venido dejando sus huellas particulares en el templo cristiano más antiguo de Lisboa, las cicatrices han podido curarse con una exhaustiva intervención en el siglo XX, consolidando muros y reconstruyendo aquello que podía volver a levantarse.

Los trabajos recientes, además, han sacado a la luz restos romanos, árabes y fenicios que dan fe de los sucesivos asentamientos en la Ciudad del Tajo.

La leyenda de San Antonio de Padua

Como es frecuente cuando de un santo de tal talla se trata, hay dos ciudades que se disputan el honor de albergar sus restos: por un lado Padua, que dice tener el cadáver del monje portugués en la Basílica de San Antonio de Padua y Lisboa, en la Sé. La leyenda lusa cuenta que dos ángeles, guiados por sendos cuervos, trasladaron los restos de San Antonio hacia su ciudad natal consolidando, así, la reconquista cristiana.

5.- A Brasileira, algo más que un café

Si hay un lugar favorito para los turistas que visitan Lisboa, sin duda, éste es el Café Brasileira situado cerca del Chiado, en la Baja. Su espectacular decoración modernista, unida al mito de Fernando Pessoa, el poeta en lengua portuguesa de mayor renombre internacional, compensa con creces el bullicio del local en temporada alta.

El Café Brasileira es probablemente el establecimiento de este tipo más antiguo de Portugal. Sigue la estela de los cafés bohemios de París, Berlín e, incluso, Madrid, pero con el carácter peculiar del alma lisboeta. Nació en 1905 como tienda de ultramarinos especializada en la venta directa de grano brasileño, un tipo de café desconocido para los paladares europeos de entonces.

Su propietario, Adriano Telles, un auténtico emprendedor, para hacer ver a su potencial clientela las bondades de su producto, no se le ocurrió otra cosa que invitar a todos aquellos que compraran un kilo de café a una taza del mismo realizado en la propia tienda. La consumición obsequiada podía considerarse un antecedente de la famosa bica. A partir de aquí, y tomando como modelo los cafés que proliferaban por todo Europa, se rehizo el establecimiento con la magnífica decoración Art decó que hoy conocemos.

Las tertulias y poetas del A Brasileira

Con la apertura del café como tal al público, no tardaron en llegar las tertulias políticas y, también, las literarias. La revista Orpheu, dirigida por Henrique Rosa, tuvo su cuartel general entre los espejos y las lámparas modernistas del Café Brasileira. Además, a partir de los años 20, sus hermosas paredes funcionaron, también, como galería de arte.

Aquí se colgaron cuadros de lo mejorcito de la vanguardia plástica lusa: António Soares, Eduardo Viana o José Almaida de Negreiros. Los propietarios (en pago por la organización de cada muestra) se quedaban con alguna obra. Estos cuadros fueron vendidos (parece que bastante bien) a un coleccionista privado a finales de los sesenta y, ante tan lucrativo negocio, los dueños han retomado esta actividad para alegría de los artistas contemporáneos y deleite de los clientes.  

A Brasileira y Pessoa

Pero si hay un personaje que se ha quedado tan vinculado al establecimiento que se ha inmortalizado, en la terraza del café, mediante una escultura de bronce a tamaño natural, sin lugar a dudas, éste es Fernando Pessoa, el gran bardo de las letras lusas. En el Café Brasileira pasaba las horas leyendo, realizando las traducciones con las que se ganaba la vida como freelance, escribiendo poesía frenéticamente, tomando su bica con mucha azúcar y también pasándose con la absenta, causa probable de la cirrosis hepática que se lo llevó a la tumba.

Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro o Bernardo Soaeres (el más cercano al poeta) escribieron en las mesas del A Brasileira los versos más memorables de la lírica lusa y para muestra un botón sacada de Tabacaria:

“…tengo en mí todos los sueños del mundo”

Cuando con un sueño es suficiente para vivir, Pessoa los tenía todos.

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6.- Monasterio de los Jerónimos de Lisboa

El Monasterio de los Jerónimos de Lisboa de Santa María de Belém, tal es su nombre completo es quizá el edificio monumental más conocido de Lisboa. Situado frente a la espectacular Praça do Império y cercano a la fotogénica Torre de Belém, en él hay que distinguir dos espacios diferentes. Y hay que hacerlo porque las fechas de construcción son distintas y, por tanto, hay variación en proyecto y estilo.

Monasterio de los Jerónimos, un poco de historia

Comencemos por el principio para no perdernos. Tras el regreso de Vasco de Gama de su expedición por las Indias, abriendo el camino para el comercio con las necesarias especias (hay que recordar al lector que, en una época sin refrigeración eléctrica, la pimienta, la canela o el clavo alargaban la vida de los alimentos), el rey Manuel I, a la sazón el Afortunado, mandó construir un monasterio para que sirviera como mausoleo real, a la par que lugar de representación de la realeza y su nuevo poderío.

Así, en 1514, con el beneficio de algunas especias, comienza a construirse, sobre el solar de una antigua ermita, un gran monasterio perteneciente a la orden de los Jerónimos. El edificio, aunque pasa por las manos de varios arquitectos, se realiza siguiendo el recién inaugurado estilo manuelino que no es más que un nuevo enfoque del gótico tardío. Se utiliza la piedra tallada para levantar paredes prácticamente desnudas y se deja la decoración para los ventanales, frisos, columnas o remates de los torreones.

Como era habitual en esta época (inicios del Renacimiento italiano, recordemos), los motivos ornamentales se toman del amplio catálogo de símbolos manejados diariamente por la intelectualidad de la época. Se esculpen conchas y peces, alcachofas y piñas, grifos y leones, siguiendo una simbolización concreta que el occidental contemporáneo ha olvidado.   

El Monasterio de los Jerónimos es, además, un mausoleo que sirve de tumba a reyes portugueses (Manuel I de Portugal y su esposa, Juan III de Portugal con toda su familia, el joven Sebastián, el Deseado) y a lusitanos ilustres (Vasco de Gama o los poetas Camôes y Pessoa). 

7.- Torre de Belém

Es la imagen de Lisboa y no te puedes ir de la capital de Portugal sin una foto delante de ella que colgar en Instagram. Ha sido prisión, faro, oficina para recaudar impuestos, torre defensiva… Está realizada en estilo manuelino y es una de las señas de la bella ciudad del Tajo.

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8.- Palacio de Queluz, a las afueras de Lisboa

Queluz, a las afueras de Lisboa, está irremediablemente vinculado a la vida de la Reina María I de Portugal (1734-1816), conocida como “la Piadosa” o “la Loca”. Allí vivió prácticamente toda su vida, aunque falleció en Brasil con la cabeza totalmente perdida y eso no es de extrañar, ya que le tocó vivir y sufrir momentos terribles que dejaron una huella indeleble en un carácter propenso a la oración, a la melancolía y a la tristeza.

Dónde está y cómo es el Palacio de Queluz

Construido sobre una antigua finca de caza a imitación de Versalles, pero sin la grandiosidad del francés, Queluz acusa hoy esa “saudade” que impregna Portugal y, especialmente, los edificios regios. El palacio actual es fruto de las ampliaciones realizadas por Pedro de Braganza, tío y esposo de  María I. Destacan sus preciosos jardines a la francesa con setos recortados de boj, los azulejos en blanco y azul que salpican el parque y, sobre todo, un magnífico canal que, en tiempos, servía de recreo de la corte.

De Queluz no hay que perderse:

  • Salón de los Embajadores (Sala dos Embaixadores), lugar de recepción y de fastos reales.
  • Cámara de Don Quijote, profusamente decorada, donde nació el que sería el primer emperador de Brasil, Pedro IV.
  • Salón del Trono.
  • Escalera de los Leones
  • El Salón de Música, favorito de la Reina María I.

La Reina María I de Portugal y el Proceso a los Távora

Porque Queluz, aunque ha sido residencia de varios reyes de Portugal, está indudablemente ligado a su primera moradora: la desgraciada María, hija de José I y primera reina mujer del país luso. De carácter impresionable, los duros momentos que le tocó vivir la llevaron a una locura irremediable.

Siendo aún princesa (Duquesa de Braganza) intervino en el llamado Proceso Távora por el que la gran mayoría de esta ilustre familia de aristócratas fue injustamente procesada, torturada hasta el ensañamiento y ajusticiada. Un intento de regicidio fue la excusa tomada por el todopoderoso Marqués de Pombal para liquidar (cortando la cabeza a los adultos y encerrando a los pequeños) a toda la familia Távora.

La crueldad fue tal que el proceso marcó un antes y un después en Portugal.  María intervino para que se perdonara la vida a los más pequeños y, cuando llegó a reina, en la medida de lo posible, rehabilitó a todo el clan.

Las muertes de sus hijas pequeñas, María Clementina (con dos años) y María Isabel (de apenas meses), de su marido y las noticias que llegaban desde Francia con los movimientos de la Revolución Francesa contribuyeron a agravar su estado mental. Pero fue 1788 el año que marcó un punto de inflexión en la reina. En el corto espacio de un mes perdió a su hija (de 19 años), a un nieto y a su primogénito de 27 años. La reina entró en un estado de enajenación total y Queluz se llenó con sus gemidos.

Lisboa Paneles San Vicente

9.- Museo de Arte Antiga de Lisboa

Se encuentra en el corazón de la Calle de las Janelas Verdes, esto es, de las Ventanas del mismo color. El edificio, como buena parte del patrimonio artístico de esta bella ciudad, acusa ese carácter ecléctico que hace tan encantador el emplazamiento. Es el Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa.

El Palacio Alvor Pombal, emplazamiento del Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa

El que fuera virrey en la India, Don Francisco Tavares, primer Conde de Alvor, mandó construir en pleno siglo XVII, una vivienda anexada al antiguo convento dedicado a San Alberto. Muerto el insigne noble, la familia encuentra bastantes problemas para mantener el edificio y en pleno siglo XVIII la propiedad pasa al rico comerciante Matias Ramos da Silva Aires Eca (que no tenía el calificativo de Don, pero sí suficiente dinero para poseer tal palacio).

Con miras a rentabilizar la construcción, la pone en alquiler a distintos embajadores europeos. Con este régimen pasa la vivienda hasta la muerte de su segundo propietario, cuando se desata una pelea entre sus herederos, la cual se salda con la venta, en condiciones muy ventajosas, a un hermano del todopoderoso Pombal que también destina el inmueble al arrendamiento. Esta vez al comerciante holandés Daniel Gildemeester, quien realiza obras de acondicionamiento, redecoración y embellecimiento de algunas salas. Eso fue en el último tercio del siglo XVIII.

A principios del siglo XX se añade al palacio varias alas del convento vecino del que queda solo la capilla, en restauración constante. El museo, como tal, llevaba abierto desde 1884, 50 años después de la supresión de las órdenes religiosas. Y como todas las instituciones de este cariz en esta época, se abre a un público selecto, entendido y sin criterio museístico alguno. Se comienzan, así, a mostrar las obras religiosas de mejor calidad, junto con otras piezas de artesanía, mobiliario o decoración de indudable interés y belleza.  

Muebles antiguos, cerámica o joyas religiosas: ¿qué ver en el Museo Arte Antiga?

Porque el Museo de Arte Antiga de Lisboa no es una pinacoteca al uso. Es casi un compendio de todas las Bellas Artes procedentes de Europa y de las Indias Orientales. Por eso, los amantes de las cosas bellas no se pueden perder:

  • Cerámica blanca en azul y blanco típicamente portuguesa siguiendo las líneas de sus afamados azulejos.
  • Porcelana fina de China, con impresionantes jarrones de esta cultura.
  • Escogidos muebles renacentistas en maderas nobles y exóticas formando delicadas taraceas. Un capítulo aparte merecen los elaborados bargueños, usados antiguamente como escritorios, caja fuerte y joyero.
  • Los aficionados a las artes decorativas tienen también una cita con los biombos chinos realizados en laca.
  • Centros de mesa en plata, objetos en marfil, relicarios con joyas, cruces procesionales y esculturas religiosas están entre lo mejorcito de la colección permanente.

Pintura en el Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa

La lista a continuación es tan personal que es solo una indicación para el lector, aunque algunos nombres no necesiten, en ningún caso, mi aval ni el de más reputado experto:

  • El extraño Ecce Homo con la cabeza cubierta de maestro desconocido y creado en la segunda mitad del siglo XVI.
  • Los trípticos y tablas de El Bosco, pintadas en el siglo XV o a principios del XVI, como las Tentaciones de San Antonio.
  • Casi contemporáneo fue Alberto Durero (1471- 1528) del que no hay que perderse su San Jerónimo.
  • Anterior es el pintor local Nuno Gonçalves (ya que pintó únicamente entre las décadas de 1450 y 1480) y cuyos Paneles de San Vicente de Fora forman parte de las joyas de este museo.
  • Posterior es otro maestro luso presente en la institución, Gregorio Lopes, activo entre 1490 y bien entrado el siglo XVI. Sus pinturas religiosas mantienen un extraño tono épico que adelanta los movimientos posteriores. 
  • Josefa de Óbidos, nacida en Sevilla como Josefa Ayala en 1630 y muerta en esta localidad cercana a Lisboa en 1684, adelanta las maneras de la pintura religiosa barroca. Me encanta su Adoración a los pastores, obra fechada en 1669.
  • En el apartado de libros bellos y hermosos no hay que perderse el Libro de Horas de Don Manuel, profusamente iluminado y de una calidad extraordinaria. 

10.- El Jardín Agrícola Tropical y el Museo Nacional de Coches si viajas con niños (o en plan adulto)

El Jardín Agrícola Tropical con especies de plantas exóticas traídas desde las antiguas colonias portuguesas es un sitio perfecto para descansar si se viaja con pequeños. Otro lugar interesante y divertido para pequeños y mayores es el Museo Nacional de Coches, con carruajes muy bien conservados y modelos antiguos de taxis.

Lisboa da más al viajero. Hay que perderse por alfama en post de los fados. Subir al tranvía número 28 y también disfrutar de la puesta del sol desde El Tajo o desde la imponente Praça do Comercio. Hay que adentrarse en sus tiendas elegantes, en las librerías. Hay que pararse en sus cafés o en los nuevos bares de moda. Y los más jóvenes tampoco querrán perderse el barrio más moderno alrededor del Parque de las Naciones. ¡Por algo Lisboa es la ciudad de moda!

¿Has ido? ¿Tienes pensado ir? Tienes la casilla comentarios abierta para ti.

Por Candela Vizcaíno

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A este espacio llegan tanto las grandes ciudades monumentales de Europa como los pequeños pueblos que hacen de este pequeño rincón del mundo uno de los más ricos en patrimonio artístico. 

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Los 10 imprescindibles que ver en Lisboa

Las comitivas arribaban despacio, descendiendo por el río Tajo, hasta la Praça do Comercio donde un imponente Arco de Triunfo hacía las veces de puerta de la ciudad. Eso era en los siglos pasados, cuando Portugal competía con la vecina España por el monopolio de los mares y el comercio de productos suntuosos desde las Indias Occidentales y Orientales. Hoy, Lisboa está perfectamente conectada por avión con las distintas capitales de Europa y ese lucrativo negocio del pasado ha hecho de la ciudad una romántica urbe que se puede visitar, eso sí, organizándose mucho, en tres o cuatro días. Damos 10 ideas. Anota:

Lisboa Alfama

1.- Alfama, el barrio de los Fados y del Castillo de San Jorge

Debemos comenzar, el primer día, con una vuelta por la zona más antigua, allí donde se asentaron los primeros pobladores, por el Barrio de Alfama.  Dominando Lisboa, se alza el Castillo de San Jorge, antaño fortaleza defensiva y hoy un precioso emplazamiento por el que pasear tranquilamente a la par que se desciende por las empinadas y estrechas calles de la antigua medina medieval hasta llegar a la Sé o Catedral Antigua.

Es en Alfama donde se encuentran las mejores casas de fado que ofrecen al viajero melómano, al caer la tarde, esta música repleta de melancolía y “saudade” al calor de un buen vino verde de la tierra y, si se tercia, de las delicias dulces o saladas portuguesas.

Lisboa Igreja do Carmo

2.- El cielo desde la Igreja do Carmo

En la Baixa, construida tras el destructivo terremoto del Día de Todos los Santos de 1755 (los estremecedores restos de la Igreja do Carmo  dan debida cuenta de ello), un paseo desde la Praça dos Restauradores hasta la Praça del Rossio, dominada por el Teatro Nacional Doña María II de Portugal es de obligado cumplimiento.

Lisboa SantaJusta

3.- Desde la Baixa a la alta en el Elevador de Santa Justa

El Elevador de Santa Justa, construido a inicios del Siglo XX siguiendo la estética de la Torre Eiffel de París, une la Baixa con el Barrio Alto. Aunque hoy es una concurrida zona de restaurantes informales e, incluso, de un particular botellón, era en el pasado punto de encuentro de la élite calavera presta a mezclarse con la bohemia artística. Si no se te apetece cenar en el café Brasileira, donde el poeta Fernando Pessoa compuso algunos de sus memorables versos, puedes decantarte por el Tavares o cualquier otro local que ofrezca delicias nacionales.

Lisboa Catedral

4.- La Sé o Catedral de Lisboa

El rey Alfonso Henrique, conocido como Alfonso I o el Conquistador, nada más dejó pasar tres años desde la dura batalla contra los musulmanes -acaecida en el Castelo de San Jorge- para mandar construir una Catedral que afianzara la nueva religión que tan duramente había sido ganada. Corría el año 1150 y el flamante templo se levantó sobre la antigua mezquita, a su vez ejecutada sobre un emplazamiento romano.

Entonces, Lisboa era apenas un villorrio de unos cuantas miles de almas recluidas alrededor del actual barrio de Alfama. La nueva Catedral cristiana, conocida como La Sé, procedente de las iniciales Sede Episcopal, aunque situada extramuros, se encontraba a prudencial distancia desde el Palacio Real, por entonces enclavado en el corazón del Castillo de San Jorge.

Estilos artísticos y arquitectónicos de la Catedral de Lisboa

Aún no se habían desarrollado los avances de ingeniería que culminaría con las impresionantes naves góticas o el estilo manuelino y el nuevo templo se diseñó en el románico imperante. Está la Sé de Lisboa, por tanto, ejecutada con unos muros tan altos que más bien nos recuerdan una muralla defensiva. Visión que se completa con los dos torreones almenados que flanquean la entrada sin apenas concesión a la decoración.

La austeridad del interior está acorde con los muros exteriores. Aunque el templo se dividió en varias capillas, cada una consagrada a un santo o mártir particular, la Catedral al completo se puso bajo la protección de Santa María.

Breve historia de La Sé o la Catedral de Lisboa

Aunque los sucesivos terremotos que, desde el siglo XV hasta el destructivo de 1755, han venido dejando sus huellas particulares en el templo cristiano más antiguo de Lisboa, las cicatrices han podido curarse con una exhaustiva intervención en el siglo XX, consolidando muros y reconstruyendo aquello que podía volver a levantarse.

Los trabajos recientes, además, han sacado a la luz restos romanos, árabes y fenicios que dan fe de los sucesivos asentamientos en la Ciudad del Tajo.

La leyenda de San Antonio de Padua

Como es frecuente cuando de un santo de tal talla se trata, hay dos ciudades que se disputan el honor de albergar sus restos: por un lado Padua, que dice tener el cadáver del monje portugués en la Basílica de San Antonio de Padua y Lisboa, en la Sé. La leyenda lusa cuenta que dos ángeles, guiados por sendos cuervos, trasladaron los restos de San Antonio hacia su ciudad natal consolidando, así, la reconquista cristiana.

5.- A Brasileira, algo más que un café

Si hay un lugar favorito para los turistas que visitan Lisboa, sin duda, éste es el Café Brasileira situado cerca del Chiado, en la Baja. Su espectacular decoración modernista, unida al mito de Fernando Pessoa, el poeta en lengua portuguesa de mayor renombre internacional, compensa con creces el bullicio del local en temporada alta.

El Café Brasileira es probablemente el establecimiento de este tipo más antiguo de Portugal. Sigue la estela de los cafés bohemios de París, Berlín e, incluso, Madrid, pero con el carácter peculiar del alma lisboeta. Nació en 1905 como tienda de ultramarinos especializada en la venta directa de grano brasileño, un tipo de café desconocido para los paladares europeos de entonces.

Su propietario, Adriano Telles, un auténtico emprendedor, para hacer ver a su potencial clientela las bondades de su producto, no se le ocurrió otra cosa que invitar a todos aquellos que compraran un kilo de café a una taza del mismo realizado en la propia tienda. La consumición obsequiada podía considerarse un antecedente de la famosa bica. A partir de aquí, y tomando como modelo los cafés que proliferaban por todo Europa, se rehizo el establecimiento con la magnífica decoración Art decó que hoy conocemos.

Las tertulias y poetas del A Brasileira

Con la apertura del café como tal al público, no tardaron en llegar las tertulias políticas y, también, las literarias. La revista Orpheu, dirigida por Henrique Rosa, tuvo su cuartel general entre los espejos y las lámparas modernistas del Café Brasileira. Además, a partir de los años 20, sus hermosas paredes funcionaron, también, como galería de arte.

Aquí se colgaron cuadros de lo mejorcito de la vanguardia plástica lusa: António Soares, Eduardo Viana o José Almaida de Negreiros. Los propietarios (en pago por la organización de cada muestra) se quedaban con alguna obra. Estos cuadros fueron vendidos (parece que bastante bien) a un coleccionista privado a finales de los sesenta y, ante tan lucrativo negocio, los dueños han retomado esta actividad para alegría de los artistas contemporáneos y deleite de los clientes.  

A Brasileira y Pessoa

Pero si hay un personaje que se ha quedado tan vinculado al establecimiento que se ha inmortalizado, en la terraza del café, mediante una escultura de bronce a tamaño natural, sin lugar a dudas, éste es Fernando Pessoa, el gran bardo de las letras lusas. En el Café Brasileira pasaba las horas leyendo, realizando las traducciones con las que se ganaba la vida como freelance, escribiendo poesía frenéticamente, tomando su bica con mucha azúcar y también pasándose con la absenta, causa probable de la cirrosis hepática que se lo llevó a la tumba.

Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro o Bernardo Soaeres (el más cercano al poeta) escribieron en las mesas del A Brasileira los versos más memorables de la lírica lusa y para muestra un botón sacada de Tabacaria:

“…tengo en mí todos los sueños del mundo”

Cuando con un sueño es suficiente para vivir, Pessoa los tenía todos.

Lisboa ClaustroJernimos

6.- Monasterio de los Jerónimos de Lisboa

El Monasterio de los Jerónimos de Lisboa de Santa María de Belém, tal es su nombre completo es quizá el edificio monumental más conocido de Lisboa. Situado frente a la espectacular Praça do Império y cercano a la fotogénica Torre de Belém, en él hay que distinguir dos espacios diferentes. Y hay que hacerlo porque las fechas de construcción son distintas y, por tanto, hay variación en proyecto y estilo.

Monasterio de los Jerónimos, un poco de historia

Comencemos por el principio para no perdernos. Tras el regreso de Vasco de Gama de su expedición por las Indias, abriendo el camino para el comercio con las necesarias especias (hay que recordar al lector que, en una época sin refrigeración eléctrica, la pimienta, la canela o el clavo alargaban la vida de los alimentos), el rey Manuel I, a la sazón el Afortunado, mandó construir un monasterio para que sirviera como mausoleo real, a la par que lugar de representación de la realeza y su nuevo poderío.

Así, en 1514, con el beneficio de algunas especias, comienza a construirse, sobre el solar de una antigua ermita, un gran monasterio perteneciente a la orden de los Jerónimos. El edificio, aunque pasa por las manos de varios arquitectos, se realiza siguiendo el recién inaugurado estilo manuelino que no es más que un nuevo enfoque del gótico tardío. Se utiliza la piedra tallada para levantar paredes prácticamente desnudas y se deja la decoración para los ventanales, frisos, columnas o remates de los torreones.

Como era habitual en esta época (inicios del Renacimiento italiano, recordemos), los motivos ornamentales se toman del amplio catálogo de símbolos manejados diariamente por la intelectualidad de la época. Se esculpen conchas y peces, alcachofas y piñas, grifos y leones, siguiendo una simbolización concreta que el occidental contemporáneo ha olvidado.   

El Monasterio de los Jerónimos es, además, un mausoleo que sirve de tumba a reyes portugueses (Manuel I de Portugal y su esposa, Juan III de Portugal con toda su familia, el joven Sebastián, el Deseado) y a lusitanos ilustres (Vasco de Gama o los poetas Camôes y Pessoa). 

7.- Torre de Belém

Es la imagen de Lisboa y no te puedes ir de la capital de Portugal sin una foto delante de ella que colgar en Instagram. Ha sido prisión, faro, oficina para recaudar impuestos, torre defensiva… Está realizada en estilo manuelino y es una de las señas de la bella ciudad del Tajo.

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8.- Palacio de Queluz, a las afueras de Lisboa

Queluz, a las afueras de Lisboa, está irremediablemente vinculado a la vida de la Reina María I de Portugal (1734-1816), conocida como “la Piadosa” o “la Loca”. Allí vivió prácticamente toda su vida, aunque falleció en Brasil con la cabeza totalmente perdida y eso no es de extrañar, ya que le tocó vivir y sufrir momentos terribles que dejaron una huella indeleble en un carácter propenso a la oración, a la melancolía y a la tristeza.

Dónde está y cómo es el Palacio de Queluz

Construido sobre una antigua finca de caza a imitación de Versalles, pero sin la grandiosidad del francés, Queluz acusa hoy esa “saudade” que impregna Portugal y, especialmente, los edificios regios. El palacio actual es fruto de las ampliaciones realizadas por Pedro de Braganza, tío y esposo de  María I. Destacan sus preciosos jardines a la francesa con setos recortados de boj, los azulejos en blanco y azul que salpican el parque y, sobre todo, un magnífico canal que, en tiempos, servía de recreo de la corte.

De Queluz no hay que perderse:

  • Salón de los Embajadores (Sala dos Embaixadores), lugar de recepción y de fastos reales.
  • Cámara de Don Quijote, profusamente decorada, donde nació el que sería el primer emperador de Brasil, Pedro IV.
  • Salón del Trono.
  • Escalera de los Leones
  • El Salón de Música, favorito de la Reina María I.

La Reina María I de Portugal y el Proceso a los Távora

Porque Queluz, aunque ha sido residencia de varios reyes de Portugal, está indudablemente ligado a su primera moradora: la desgraciada María, hija de José I y primera reina mujer del país luso. De carácter impresionable, los duros momentos que le tocó vivir la llevaron a una locura irremediable.

Siendo aún princesa (Duquesa de Braganza) intervino en el llamado Proceso Távora por el que la gran mayoría de esta ilustre familia de aristócratas fue injustamente procesada, torturada hasta el ensañamiento y ajusticiada. Un intento de regicidio fue la excusa tomada por el todopoderoso Marqués de Pombal para liquidar (cortando la cabeza a los adultos y encerrando a los pequeños) a toda la familia Távora.

La crueldad fue tal que el proceso marcó un antes y un después en Portugal.  María intervino para que se perdonara la vida a los más pequeños y, cuando llegó a reina, en la medida de lo posible, rehabilitó a todo el clan.

Las muertes de sus hijas pequeñas, María Clementina (con dos años) y María Isabel (de apenas meses), de su marido y las noticias que llegaban desde Francia con los movimientos de la Revolución Francesa contribuyeron a agravar su estado mental. Pero fue 1788 el año que marcó un punto de inflexión en la reina. En el corto espacio de un mes perdió a su hija (de 19 años), a un nieto y a su primogénito de 27 años. La reina entró en un estado de enajenación total y Queluz se llenó con sus gemidos.

Lisboa Paneles San Vicente

9.- Museo de Arte Antiga de Lisboa

Se encuentra en el corazón de la Calle de las Janelas Verdes, esto es, de las Ventanas del mismo color. El edificio, como buena parte del patrimonio artístico de esta bella ciudad, acusa ese carácter ecléctico que hace tan encantador el emplazamiento. Es el Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa.

El Palacio Alvor Pombal, emplazamiento del Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa

El que fuera virrey en la India, Don Francisco Tavares, primer Conde de Alvor, mandó construir en pleno siglo XVII, una vivienda anexada al antiguo convento dedicado a San Alberto. Muerto el insigne noble, la familia encuentra bastantes problemas para mantener el edificio y en pleno siglo XVIII la propiedad pasa al rico comerciante Matias Ramos da Silva Aires Eca (que no tenía el calificativo de Don, pero sí suficiente dinero para poseer tal palacio).

Con miras a rentabilizar la construcción, la pone en alquiler a distintos embajadores europeos. Con este régimen pasa la vivienda hasta la muerte de su segundo propietario, cuando se desata una pelea entre sus herederos, la cual se salda con la venta, en condiciones muy ventajosas, a un hermano del todopoderoso Pombal que también destina el inmueble al arrendamiento. Esta vez al comerciante holandés Daniel Gildemeester, quien realiza obras de acondicionamiento, redecoración y embellecimiento de algunas salas. Eso fue en el último tercio del siglo XVIII.

A principios del siglo XX se añade al palacio varias alas del convento vecino del que queda solo la capilla, en restauración constante. El museo, como tal, llevaba abierto desde 1884, 50 años después de la supresión de las órdenes religiosas. Y como todas las instituciones de este cariz en esta época, se abre a un público selecto, entendido y sin criterio museístico alguno. Se comienzan, así, a mostrar las obras religiosas de mejor calidad, junto con otras piezas de artesanía, mobiliario o decoración de indudable interés y belleza.  

Muebles antiguos, cerámica o joyas religiosas: ¿qué ver en el Museo Arte Antiga?

Porque el Museo de Arte Antiga de Lisboa no es una pinacoteca al uso. Es casi un compendio de todas las Bellas Artes procedentes de Europa y de las Indias Orientales. Por eso, los amantes de las cosas bellas no se pueden perder:

  • Cerámica blanca en azul y blanco típicamente portuguesa siguiendo las líneas de sus afamados azulejos.
  • Porcelana fina de China, con impresionantes jarrones de esta cultura.
  • Escogidos muebles renacentistas en maderas nobles y exóticas formando delicadas taraceas. Un capítulo aparte merecen los elaborados bargueños, usados antiguamente como escritorios, caja fuerte y joyero.
  • Los aficionados a las artes decorativas tienen también una cita con los biombos chinos realizados en laca.
  • Centros de mesa en plata, objetos en marfil, relicarios con joyas, cruces procesionales y esculturas religiosas están entre lo mejorcito de la colección permanente.

Pintura en el Museo Nacional de Arte Antiga de Lisboa

La lista a continuación es tan personal que es solo una indicación para el lector, aunque algunos nombres no necesiten, en ningún caso, mi aval ni el de más reputado experto:

  • El extraño Ecce Homo con la cabeza cubierta de maestro desconocido y creado en la segunda mitad del siglo XVI.
  • Los trípticos y tablas de El Bosco, pintadas en el siglo XV o a principios del XVI, como las Tentaciones de San Antonio.
  • Casi contemporáneo fue Alberto Durero (1471- 1528) del que no hay que perderse su San Jerónimo.
  • Anterior es el pintor local Nuno Gonçalves (ya que pintó únicamente entre las décadas de 1450 y 1480) y cuyos Paneles de San Vicente de Fora forman parte de las joyas de este museo.
  • Posterior es otro maestro luso presente en la institución, Gregorio Lopes, activo entre 1490 y bien entrado el siglo XVI. Sus pinturas religiosas mantienen un extraño tono épico que adelanta los movimientos posteriores. 
  • Josefa de Óbidos, nacida en Sevilla como Josefa Ayala en 1630 y muerta en esta localidad cercana a Lisboa en 1684, adelanta las maneras de la pintura religiosa barroca. Me encanta su Adoración a los pastores, obra fechada en 1669.
  • En el apartado de libros bellos y hermosos no hay que perderse el Libro de Horas de Don Manuel, profusamente iluminado y de una calidad extraordinaria. 

10.- El Jardín Agrícola Tropical y el Museo Nacional de Coches si viajas con niños (o en plan adulto)

El Jardín Agrícola Tropical con especies de plantas exóticas traídas desde las antiguas colonias portuguesas es un sitio perfecto para descansar si se viaja con pequeños. Otro lugar interesante y divertido para pequeños y mayores es el Museo Nacional de Coches, con carruajes muy bien conservados y modelos antiguos de taxis.

Lisboa da más al viajero. Hay que perderse por alfama en post de los fados. Subir al tranvía número 28 y también disfrutar de la puesta del sol desde El Tajo o desde la imponente Praça do Comercio. Hay que adentrarse en sus tiendas elegantes, en las librerías. Hay que pararse en sus cafés o en los nuevos bares de moda. Y los más jóvenes tampoco querrán perderse el barrio más moderno alrededor del Parque de las Naciones. ¡Por algo Lisboa es la ciudad de moda!

¿Has ido? ¿Tienes pensado ir? Tienes la casilla comentarios abierta para ti.

Por Candela Vizcaíno

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