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A partir de la segunda mitad del siglo XIX en Europa comienza a sucederse una serie de innovaciones técnicas y de ingeniería que se van aupando de una forma imparable por un desconocido (hasta entonces) auge de la ciencia. Paralelamente, el viejo orden vinculado al eje aristocracia-iglesia queda dinamitado. En su lugar aparece una pujante burguesía hecha a sí misma y cuyas riquezas no tienen nada que ver con los modelos tradicionales. Es más, las plusvalías de esta nueva clase social provienen de novedosas fábricas, del comercio (incluso a partir de la exploración de nuevas tierras) y de una cosmovisión distinta a la del pasado. Los privilegios de antaño quedan abolidos y comienzan a ser sustituidos por una nueva clase social que estudia carreras prácticas en las universidades y que comienza a viajar, primero en ferrocarril y luego utilizando los primitivos aviones. En un principio (antes de las grandes revoluciones comunistas y de las dos guerras mundiales) todo esto genera un estado de euforia, de espíritu positivo y de fe en el materialismo como una forma de mejorar las condiciones de vida de la población. En definitiva, se cree a ciegas en las posibilidades infinitas de generar progreso material para el ser humano. Y se hace valiéndose del ingenio, la inteligencia y la fuerza de la raza humana. 

La importancia de la religión a la hora de entender el existencialismo y su significado

En el aire flotaba la autosuficiencia y, además, el Romanticismo, con su afán de libertad, abonó estas ideas y objetivos. Se creaban cosas maravillosas nunca vistas antes y se hacían sin la ayuda divina. Esto es, la religión cristiana pasó a ser vivida en la intimidad. La fe se va alejando de la vida pública para arrinconarse en la intimidad. Y eso cuando no desapareció del todo en ciertos ambientes. Las nuevas construcciones (como venía sucediéndose desde la arquitectura del Neoclasicismo) no tienen nada que ver ni con el poder ni con la religión. Es la época de la Torre Eiffel y no de catedrales. Es el tiempo de la cómoda casa burguesa con calefacción o rudimentarios baños y no de palacios para hacer ostentación de la opulencia. En definitiva, es la época de la fe en la humanidad y en sus posibilidades. 

Dios, por tanto, queda arrinconado. Ya no forma parte ni de la vida pública ni se acude a la religión para encontrar respuestas a las preguntas que amordazan al ser humano. Es el “Dios ha muerto” de Nietzsche (1844-1900), sabedor de que una nueva cultura se mueve por Europa. Estamos ante el superhombre (encarnado en Zaratrusta) cuyo valores éticos provienen de la libertad, la valentía y la individualidad y no impuestos por un código social.  

Sin embargo, esta transformación genera un vacío, un vacío anímico en el que la raza humana no puede verse transcendental. El espíritu así despojado de creencias religiosas se ve abocado, en primer lugar, a la angustia y, en último término, al nihilismo. Esto es, no se encuentra sentido a la existencia, la cual se antoja absurda. El avance material no genera paz a aquellos que se preguntan por algo más que la carnalidad y las cosas materiales inmediatas.  

Hacia el existencialismo  

En este emplazamiento histórico, con estos condicionantes, comienzan a surgir filósofos (y, posteriormente, literatos) que intentan dar respuestas a ese vacío que ha producido la muerte de Dios y que el avance material no puede llenar. Esto es, entendemos el concepto de existencialismo como un puente entre la fe religiosa cristiana y la angustia que puede desembocar en el nihilismo. El existencialismo, en filosofía, en literatura o como un estado de pensamiento general, supone una respuesta a los problemas indelebles de la humanidad. El existencialismo siempre es humanista y siempre quiere ofrecer salidas espirituales para no resbalarse por los acantilados del nihilismo (los mismos que provocan la desesperación, la muerte y el suicidio). 

El existencialismo es ateo aunque algunos de sus representantes pretendían llegar a la fe. También tenemos que recordar que el concepto de inconsciente según Freud comenzaría a colonizar las artes y el pensamiento nada más comenzar el siglo XX. En unas cuantas décadas, revoluciones y las dos guerras mundiales llenarían de horror no solo las calles de Europa sino también el espíritu de todos los que fueron arrojados a ese momento histórico. Sin Dios al que aferrarse y reconociendo las sombras que habitan en los recovecos del espíritu (tras Freud), la angustia solo podía ofrecer una salida a través del existencialismo. Esto es, solo se podía buscar la verdad en el interior de sí por medio de un diálogo con los propios demonios de los que la literatura de la época ha dado cuenta profusamente.  

Desde  Schopenhauer (1788-1860) pasando por Nietzsche y terminando con Sören Kierkegaard (1813-1855) se comienza a abonar el terreno del existencialismo. Posteriormente serían Martin Buber (1878-1965), Karl Barth (1886-1968) y especialmente Martin Heidegger (1889-1976) los que se afanarían por dar respuestas a esta angustia (provocada por la vida misma y la conciencia de finitud) con escritos filosóficos centrados en aquello que nos hace humanos, en un dolor que alcanza cotas insoportables o en búsqueda de trascendencia sin Dios.  

El existencialismo desde la filosofía a la literatura  

Este estado general de pensamiento se transforma en una manera de sentir (atea) y negativa (abonada por los crímenes de guerras que no cesaban) convirtiendo al hombre en un ser solitario, tan individualista que, a veces, se alcanzan las condiciones del narcisista o del psicópata. Cuando se aboga por lo colectivo (lee los fascismos o el comunismo) es para sofocar las ansias de superación en todos los sentidos posibles, tanto espiritual como material. Desde Freud el mundo de la sombra, del inconsciente emocional (y posteriormente los arquetipos de Jung) y escamoteado a la razón toma carta de naturaleza. El entendimiento se hace personal, cuando se consigue. Y esto solo es posible con la terapia o con el monólogo interior, con el diálogo con la sombra que solo pueden llevar a término valientes con madera de héroe.  

Y de todo esto se surte la literatura, especialmente la novela, con personajes contradictorios al máximo que dejan al descubierto tanto el dolor o los vicios como grandes virtudes personales. Todo ello será ajeno a las normas morales o de la tradición. El existencialismo supone un buceo individual. Así, el primer escritor que se convierte en un precedente (a pesar de pertenecer al realismo literario) es Fiódor Dostoyevski (1821-1881). Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) hay que leerlos desde esta perspectiva. El mundo fantástico y del absurdo (a pesar de sus verosimilitud) de Frank Kafka (1883-1924), sobre todo La metamorfosis (1915) y El proceso (1925), también está teñido con el primer existencialismo literario.  

Ya en pleno siglo XX llegarían los grandes autores. Jean Paul Sartre (1905-1980) abomina de la literatura de evasión mientras que se convierte en el mejor teórico. Son obras fundamentales El ser y la nada (1943)  y El existencialismo es un humanismo (1946). Del mismo autor y en el campo literario no podemos olvidar La náusea (1938). Imprescindible también es el nombre de otro francés, Albert Camus (1913-1960) y sus obras El extranjero (1942) y La peste (1947).  

El existencialismo en España está vinculado a los autores de la Generación del 98.  El subjetivismo temporal de los delicados poemas de Antonio Machado (1875-1939) (como “Al olmo viejo” o “A José María Palacio”) encuentra formato en el existencialismo y su significado. Igual sucede con buena parte de la obra de Miguel de Unamuno (1864-1936) (quien considera que el hombre ha sido arrojado al mundo), Pío Baroja (1872-1956) o Azorín (1873-1967). 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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A partir de la segunda mitad del siglo XIX en Europa comienza a sucederse una serie de innovaciones técnicas y de ingeniería que se van aupando de una forma imparable por un desconocido (hasta entonces) auge de la ciencia. Paralelamente, el viejo orden vinculado al eje aristocracia-iglesia queda dinamitado. En su lugar aparece una pujante burguesía hecha a sí misma y cuyas riquezas no tienen nada que ver con los modelos tradicionales. Es más, las plusvalías de esta nueva clase social provienen de novedosas fábricas, del comercio (incluso a partir de la exploración de nuevas tierras) y de una cosmovisión distinta a la del pasado. Los privilegios de antaño quedan abolidos y comienzan a ser sustituidos por una nueva clase social que estudia carreras prácticas en las universidades y que comienza a viajar, primero en ferrocarril y luego utilizando los primitivos aviones. En un principio (antes de las grandes revoluciones comunistas y de las dos guerras mundiales) todo esto genera un estado de euforia, de espíritu positivo y de fe en el materialismo como una forma de mejorar las condiciones de vida de la población. En definitiva, se cree a ciegas en las posibilidades infinitas de generar progreso material para el ser humano. Y se hace valiéndose del ingenio, la inteligencia y la fuerza de la raza humana. 

La importancia de la religión a la hora de entender el existencialismo y su significado

En el aire flotaba la autosuficiencia y, además, el Romanticismo, con su afán de libertad, abonó estas ideas y objetivos. Se creaban cosas maravillosas nunca vistas antes y se hacían sin la ayuda divina. Esto es, la religión cristiana pasó a ser vivida en la intimidad. La fe se va alejando de la vida pública para arrinconarse en la intimidad. Y eso cuando no desapareció del todo en ciertos ambientes. Las nuevas construcciones (como venía sucediéndose desde la arquitectura del Neoclasicismo) no tienen nada que ver ni con el poder ni con la religión. Es la época de la Torre Eiffel y no de catedrales. Es el tiempo de la cómoda casa burguesa con calefacción o rudimentarios baños y no de palacios para hacer ostentación de la opulencia. En definitiva, es la época de la fe en la humanidad y en sus posibilidades. 

Dios, por tanto, queda arrinconado. Ya no forma parte ni de la vida pública ni se acude a la religión para encontrar respuestas a las preguntas que amordazan al ser humano. Es el “Dios ha muerto” de Nietzsche (1844-1900), sabedor de que una nueva cultura se mueve por Europa. Estamos ante el superhombre (encarnado en Zaratrusta) cuyo valores éticos provienen de la libertad, la valentía y la individualidad y no impuestos por un código social.  

Sin embargo, esta transformación genera un vacío, un vacío anímico en el que la raza humana no puede verse transcendental. El espíritu así despojado de creencias religiosas se ve abocado, en primer lugar, a la angustia y, en último término, al nihilismo. Esto es, no se encuentra sentido a la existencia, la cual se antoja absurda. El avance material no genera paz a aquellos que se preguntan por algo más que la carnalidad y las cosas materiales inmediatas.  

Hacia el existencialismo  

En este emplazamiento histórico, con estos condicionantes, comienzan a surgir filósofos (y, posteriormente, literatos) que intentan dar respuestas a ese vacío que ha producido la muerte de Dios y que el avance material no puede llenar. Esto es, entendemos el concepto de existencialismo como un puente entre la fe religiosa cristiana y la angustia que puede desembocar en el nihilismo. El existencialismo, en filosofía, en literatura o como un estado de pensamiento general, supone una respuesta a los problemas indelebles de la humanidad. El existencialismo siempre es humanista y siempre quiere ofrecer salidas espirituales para no resbalarse por los acantilados del nihilismo (los mismos que provocan la desesperación, la muerte y el suicidio). 

El existencialismo es ateo aunque algunos de sus representantes pretendían llegar a la fe. También tenemos que recordar que el concepto de inconsciente según Freud comenzaría a colonizar las artes y el pensamiento nada más comenzar el siglo XX. En unas cuantas décadas, revoluciones y las dos guerras mundiales llenarían de horror no solo las calles de Europa sino también el espíritu de todos los que fueron arrojados a ese momento histórico. Sin Dios al que aferrarse y reconociendo las sombras que habitan en los recovecos del espíritu (tras Freud), la angustia solo podía ofrecer una salida a través del existencialismo. Esto es, solo se podía buscar la verdad en el interior de sí por medio de un diálogo con los propios demonios de los que la literatura de la época ha dado cuenta profusamente.  

Desde  Schopenhauer (1788-1860) pasando por Nietzsche y terminando con Sören Kierkegaard (1813-1855) se comienza a abonar el terreno del existencialismo. Posteriormente serían Martin Buber (1878-1965), Karl Barth (1886-1968) y especialmente Martin Heidegger (1889-1976) los que se afanarían por dar respuestas a esta angustia (provocada por la vida misma y la conciencia de finitud) con escritos filosóficos centrados en aquello que nos hace humanos, en un dolor que alcanza cotas insoportables o en búsqueda de trascendencia sin Dios.  

El existencialismo desde la filosofía a la literatura  

Este estado general de pensamiento se transforma en una manera de sentir (atea) y negativa (abonada por los crímenes de guerras que no cesaban) convirtiendo al hombre en un ser solitario, tan individualista que, a veces, se alcanzan las condiciones del narcisista o del psicópata. Cuando se aboga por lo colectivo (lee los fascismos o el comunismo) es para sofocar las ansias de superación en todos los sentidos posibles, tanto espiritual como material. Desde Freud el mundo de la sombra, del inconsciente emocional (y posteriormente los arquetipos de Jung) y escamoteado a la razón toma carta de naturaleza. El entendimiento se hace personal, cuando se consigue. Y esto solo es posible con la terapia o con el monólogo interior, con el diálogo con la sombra que solo pueden llevar a término valientes con madera de héroe.  

Y de todo esto se surte la literatura, especialmente la novela, con personajes contradictorios al máximo que dejan al descubierto tanto el dolor o los vicios como grandes virtudes personales. Todo ello será ajeno a las normas morales o de la tradición. El existencialismo supone un buceo individual. Así, el primer escritor que se convierte en un precedente (a pesar de pertenecer al realismo literario) es Fiódor Dostoyevski (1821-1881). Crimen y castigo (1866) y Los hermanos Karamazov (1880) hay que leerlos desde esta perspectiva. El mundo fantástico y del absurdo (a pesar de sus verosimilitud) de Frank Kafka (1883-1924), sobre todo La metamorfosis (1915) y El proceso (1925), también está teñido con el primer existencialismo literario.  

Ya en pleno siglo XX llegarían los grandes autores. Jean Paul Sartre (1905-1980) abomina de la literatura de evasión mientras que se convierte en el mejor teórico. Son obras fundamentales El ser y la nada (1943)  y El existencialismo es un humanismo (1946). Del mismo autor y en el campo literario no podemos olvidar La náusea (1938). Imprescindible también es el nombre de otro francés, Albert Camus (1913-1960) y sus obras El extranjero (1942) y La peste (1947).  

El existencialismo en España está vinculado a los autores de la Generación del 98.  El subjetivismo temporal de los delicados poemas de Antonio Machado (1875-1939) (como “Al olmo viejo” o “A José María Palacio”) encuentra formato en el existencialismo y su significado. Igual sucede con buena parte de la obra de Miguel de Unamuno (1864-1936) (quien considera que el hombre ha sido arrojado al mundo), Pío Baroja (1872-1956) o Azorín (1873-1967). 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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No podemos entender este movimiento (que va más allá de una línea filosófica o literaria) sin adentramos en los cambios sustanciales que se producen a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Efectivamente, en torno al 1850-1860 se suceden, unos tras otros, importantes avances en la ciencia y en la ingeniería. Paralelamente, se produce una ruptura radical con los modelos sociales del pasado que quedan, definitivamente, atrás. En este sentido, la aristocracia pierde su poder en beneficio de una burguesía hecha a sí misma y, por tanto, con otros valores vitales que ya no dependen ni de la herencia ni de la tradición. El desarrollo de las condiciones de vida en las ciudades hace creer a la raza humana en sus propias posibilidades de crecimiento y expansión material que, en estos momentos, se antojan ilimitadas. En consecuencia, el ambiente se impregna de un espíritu positivista. Con positivista entendemos las oportunidades de realización de objetivos únicamente en base a la fuerza humana sin que, por primera vez en la historia de Europa, intervengan fuerzas divinas. Paralelamente, este clima racional deja a un lado los principios básicos del cristianismo sobre el que se había sustentado la cultura europea desde la primera Edad Media. Todo esto se conjuga para dejar al ser humano sin los asideros religiosos que lo habían sostenido tradicionalmente. Además, se impone el ateísmo y, también, nada más comenzar el siglo XX, se ponen las bases para el concepto de inconsciente según Freud. Y, como veremos a continuación, de todos estos condicionantes se alimenta el existencialismo

Concepto y delimitación temporal del existencialismo

Así, por un lado, se olvidan o se aparcan los preceptos cristianos que habían guiado a la sociedad europea durante siglos. Estamos ante ese “Dios ha muerto” de Nietzsche. Con esta frase el filósofo no viene a decir que niega la existencia divina sino que todos los pilares anímicos y religiosos de Europa se vienen abajo. Paralelamente al avance de las condiciones de vida, se va desarrollando un individualismo desconocido hasta entonces. La soledad entra en escena tanto en las artes plásticas como en la literatura como en la vida cotidiana, común y corriente. En este orden de cosas, cada ser individual (con las herramientas a su alcance) intenta buscar la verdad dentro de sí. Los objetivos espirituales, por tanto, por primera vez en la historia, son ajenos a los movimientos religiosos colectivos. Se lanza a cada uno de los miembros de la raza humana a la búsqueda de la trascendencia de forma personal, individual y en soledad. El vacío que ha dejado la religión, por tanto, se llena de angustia cuando no de nihilismo. Y en este orden filosófico, social y de pensamiento surge el existencialismo que pretende ser un puente entre los preceptos religiosos cristianos y la angustia nacida de su ausencia. Por eso, también se afirma que el existencialismo es un humanismo, siguiendo el título de la obra de cabecera de Jean Paul Sartre. 

El existencialismo, que no puede considerarse una línea filosófica, sino más bien un modo de estar y entender la vida misma, se amplifica con las dos grandes guerras mundiales. A esta pérdida de asidero religioso se van sumando crueldades y horrores nunca antes sufridos en la historia de la humanidad. Para la década de los cincuenta el existencialismo intenta ofrecer las últimas ideas que quedan en la sociedad antes de caer en el nihilismo, en el vacío de una vida sin objetivos y sin afán de trascendencia. De una manera u otra, el existencialismo continuó hasta el final del siglo XX, cuando nuevos saltos técnicos (el origen de Internet por ejemplo) deja a cada uno de los integrantes de la raza humana (al menos en las sociedades avanzadas occidentales) literalmente a la intemperie. Dios murió (para la gran mayoría) hacía mucho tiempo, el consuelo de lo colectivo se fue diluyendo y solo quedó un tiempo de soledad y de individualismo extremo. 

Filósofos antecedentes del existencialismo 

Todos los cambios que ha habido a lo largo de la historia se realizan poco a poco y, a veces, imperceptiblemente. En la transformación cultural, de cosmovisión y de creencias siempre se barajan condicionantes de distinta índole, desde los económicos hasta los nuevos inventos que van surgiendo en todas las generaciones. El existencialismo no es ajeno a esto. Aunque en literatura especialmente da sus frutos en el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales y el París de los años 60, todo ello se abonó mucho antes. Resumo. 

1.- Arthur Schopenhauer (1788-1860) 

Para el filósofo alemán, el mundo es una mera representación y la única manera de llegar a la esencia, a la cosa en sí (al noúmeno) es a través de la voluntad. Esta tarea, al ser limitadas las fuerzas, produce tanto insatisfacción como dolor. Esto es, la única forma de llegar al meollo de la verdad de las cosas tangibles e intangibles del mundo exige del individuo un trabajo que le causa malestar. La única forma de liberarse de esta rueda penosa es liberarse, siguiendo las teorías budistas, de cualquier deseo e instalarse en el ascetismo previo al nirvana.  

2.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)  

Para el gran pensador (uno de los más influyentes en el siglo XX), el valor supremo es la vida y, por tanto, todo lo que contribuya a que esta crezca debe ser considerado virtud. Niega cualquier modelo cristiano y, además, lo fía todo a la decisión individual. Nada puede imponerse puesto que Dios ya está muerto. El individuo, por tanto, tiene en sus manos las posibilidades de su libertad. Sin embargo, no todos están preparados para ese paso. Para el filósofo hay dos tipos de personas: los señores y los esclavos. Estos últimos son los envidiosos, los vagos, los resentidos, los que proclaman la igualdad para no tener que mirar en el interior de sí. Los señores son los que van en pos de la vida (en el sentido amplio del término) y el poder sin condicionantes sociales. No hay valores. Estos son creados por el hombre. Y en la cúspide estaría ese superhombre personificado por su Zaratrustra. 

3.- Sören Kierkegaard (1813-1855)

Es el más claro precedente. Va un paso más allá que Nietzsche y proclama que la filosofía tiene que servir a la vida, a las experiencias personales, al bienestar humano. La única solución para el individuo es la no aceptación de los códigos morales sin antes no media una reflexión. Por eso, aboga para hacer valer las virtudes incluso si hay que confrontarse con Dios mismo. Reconoce que un mundo que ha perdido la fe (donde no existe ni la obediencia a las normas religiosas ni el debate con la divinidad) está abocado a la angustia o al nihilismo. Para llegar a la aceptación de la finitud o a la fe religiosa, el individuo tiene que dar un salto al vacío. Es la única manera de superar la desesperación y alcanzar la plena conciencia. Una vez aquí, hay que realizar conscientemente el camino de la trascendencia. Kierkegaard admite que la pérdida de la fe genera angustia y esta lleva a quedarse en los bordes del espíritu y a regodearse con lo material, superfluo y temporal. 

4.- Martin Buber (1878-1965)  

Aboga por la idea del “encuentro personal” que únicamente se consigue mediante una vida en comunión con los principios de la naturaleza o bien con introspección espiritual (religiosa) o filosófica. Apunta que la sociedad del siglo XX se mueve entre dos extremos: el colectivismo, por un lado, que implica el nosotros y, por tanto, ahoga el yo y, por el otro, el individualismo. Este es el que ha prevalecido andando el tiempo. Si bien con el colectivismo (materializado tanto en el comunismo más severo como en el fascismo) se sofoca cualquier libertad personal. Por el contrario, con el individualismo se resbala hacia la soledad absoluta que desemboca, en casos extremos, en la conducta del narcisista y del psicópata. La única “solución” para este conflicto humano es el diálogo. Y Martin Buber lo expresa con estas bellas palabras:  

Solo entre personas autenticas se da una relacion autentica 

5.- Karl Barth (1886-1968)

Distingue entre el tiempo de los hombres (condicionado por la muerte) y el de Dios. No hay forma de superar lo perecedero si no es mediante la fe. La otra opción es el vacío. El existencialismo, por tanto, se impregna ya de espiritualismo, de uno complicado de aunar en un mundo esencialmente ateo y descreído de las enseñanzas y valores cristianos.   

Filosofía del existencialismo y Heidegger 

Con estas bases filosóficas y teniendo en cuenta (aunque sea someramente) los condicionantes históricos, el existencialismo, por tanto, puede definirse como una corriente filosófica, de pensamiento o de planteamiento ante la vida que intenta dar un cariz espiritual al racionalismo de la época. Considera que el individuo ha sido arrojado al mundo (y esto será recogido en infinidad de obras de arte) y que poco o nada puede hacer para superar la angustia si no es a través del camino de la trascendencia. 

La gran figura del existencialismo es Martin Heidegger (1889-1976) y especialmente su obra Ser y tiempo (1927). Para el pensador alemán, la razón de ser de la raza humana es la propia vida. Sin embargo, está lanzado a los condicionantes históricos. Esto es, cada individuo es una suerte de ángel caído que se debate entre el “non-serviam” de Lucifer y el afán de trascender la carnalidad. La única salida para el filósofo es el debate interno, el diálogo con la propia alma. El existencialismo, por tanto, ha tomado el camino del individualismo, de la opción personal más radical, ya que solo se salvarán (llegarán a vivir completamente) quienes tengan la valentía de bucear en sus más personales profundidades espirituales. El existencialismo, por tanto, deja aparcado cualquier código de conducta colectiva e impuesta para abogar por la búsqueda de la verdad entre los recovecos del alma humana.  

El existencialismo, por tanto, es un intento de borrar las divisiones tradiciones entre virtudes-vicios y realismo-idealismo. Es una lucha contra el nihilismo, el espacio que queda cuando se ha borrado la idea de Dios y la vida misma se concibe sin sentido. Es, en definitiva, una actitud vital (que no positiva) que se centra en los recovecos personales del espíritu. Por eso, el existencialismo tuvo una fuerte cabida en literatura a través de la puesta en escena de personajes arrojados a fronteras de todo tipo, que ahondan en el interior de sí con un detalle nunca visto en la historia. 

En esta línea, se encuentra también Karl Jaspers (1883-1969), formado en los principios del psicoanálisis y psiquiatra de formación. La única razón vital que puede admitirse es la búsqueda de trascendencia personal, el humanismo del espíritu mediante el buceo en las profundidades más oscuras del espíritu.  

Representantes del existencialismo en literatura 

1.- Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un precedente entre el existencialismo y el realismo literario

Aunque el escritor ruso es uno de los mejores autores del realismo literario europeo, sus personajes adelantan las problemáticas humanas del existencialismo. Nos encontramos a protagonistas siempre en una encrucijada vital o moral, ante conflictos que deben resolver individualmente apelando únicamente a la conciencia personal. Reduciendo mucho, en este hilo conductor se encuentran tanto Los hermanos Karamazov (1880) como Crimen y Castigo (1866).

2.- Franz Kafka (1883-1924)  

La angustia en Kafka da un paso hacia el absurdo, hacia la incongruencia de lo imposible que, en sus relatos, de ahí la genialidad, se hace verosímil. Estamos ante una literatura de pesadilla en la que los protagonistas se encuentran atrapados en sus circunstancias personales negándoles tanto una salida airosa en el plano físico como la posibilidad de trascendencia. En este sentido, también reduciendo mucho, tenemos que entender tanto  El proceso (1925) como La metamorfosis (1915), sus dos grandes obras maestras.   

3.- Jean Paul Sartre (1905-1980) 

Entre la filosofía y la literatura, fue uno de los mayores representantes del existencialismo parisino. En su obra se transparenta un fuerte compromiso político por el que se quiere liberar al hombre de todas las ataduras impuestas por una sociedad aún anclada en los principios tradicionales. Para el escritor, el absurdo vital de una raza humana ya abiertamente atea solo puede contrarrestarse con la libertad de conciencia. Así, sus obras reflejan fuertemente la angustia existencial del individuo que se sabe (y se reconoce) sin salidas en el plano físico e intrascendente en el espiritual. Son títulos fundamentales del canon universal La náusea (1938) y Las manos sucias (1948).  Además, de Sartre son las dos obras críticas fundamentales del movimiento: El ser y la nada (1943) y El existencialismo es un humanismo (1946). He dejado esta última a continuación para el lector curioso. 

El existencialismo es un humanismo

4.- Albert Camus (1913-1960) 

Inicialmente vinculado a Sartre y a la revista Les Temps Modernes, muy pronto se decantó por la independencia más absoluta. Son obras imprescindibles del canon universal El extranjero (1942), La peste (1947) o Calígula (1945) para teatro. Para el escritor (que también realizó estudios de investigación) el absurdo de la vida no ofrece respuestas más allá del cumplimiento social. Y aquí tiene cabida la lucha contra ls injusticias y la necesaria solidaridad humana. 

El existencialismo en España 

Lo encontramos especialmente en los autores de la Generación del 98. El buceo en todas las profundidades del espíritu humano encuentra en estos escritores territorio abonado. El dolor por la situación cultural, social y económica de España se une, a veces, a un pesimismo y a una tristeza que son características de la Generación del 98. Muy resumidamente tenemos: 

1.- Miguel de Unamuno (1864-1936) 

Imbuido de los preceptos de Kierkegaard, se centra en el “hombre de carne y hueso”, con sus vicios y virtudes, con las luces y sombras que lo hacen esencialmente contradictorio. En Unamuno encontramos una lucha constante con Dios. La raza humana lo necesita para salvarse, para evadir la angustia y para encomendarse al camino de la trascendencia. En esta línea argumental hay que situar a San Manuel Bueno (1931).

2.- Pío Baroja (1872-1956) 

Fueron las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer los que adentraron al escritor en el existencialismo. De él se ha dicho que su obra abarca todos los problemas vitales, tanto que no hay virtud, sentimiento o vicio que no hubiera tratado.

3.- Azorín (1873-1967) 

José Martínez Ruíz toma de Nietzsche la idea del eterno retorno, a la par que considera la vida como un camino frenético que desemboca en la angustia del absurdo. El tiempo en los cuentos de Castilla (1912), su obra más conocida, se convierte en auténtico personaje cuando no en protagonista.  

4.- Antonio Machado (1875-1939) 

Para el poeta de Campos de Castilla (1912) es el tiempo abstracto, el del espíritu, el de la percepción subjetiva, el que condiciona sus escritos. Sus versos sencillos intentan en todo momento aprehender lo fugaz. Quieren inmortalizar el momento logrando acertar a dar en la diana de la esencia. Y con esta premisa tenemos que leer todos sus poemas desde “Al olmo viejo” hasta los conmovedores versos en estructura epistolar de “A José María Palacio”.  

A pesar de la reducción de esta exposición, con estas notas llegamos a entender la importancia del existencialismo, de sus principios y de sus autores no solo para la filosofía sino también para la literatura europea del siglo XX. A la muerte de Dios (proclamada a los cuatro vientos por Nietzsche) se unen los horrores de las sucesivas guerras. La crueldad y la soledad de la época abonan la angustia que se hace mayor al no encontrar el consuelo religioso y al hacerse difícil el camino de la trascendencia. El existencialismo, por tanto, pretende ser ese puente entre la fe ciega y la decadencia del nihilismo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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No podemos entender este movimiento (que va más allá de una línea filosófica o literaria) sin adentramos en los cambios sustanciales que se producen a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Efectivamente, en torno al 1850-1860 se suceden, unos tras otros, importantes avances en la ciencia y en la ingeniería. Paralelamente, se produce una ruptura radical con los modelos sociales del pasado que quedan, definitivamente, atrás. En este sentido, la aristocracia pierde su poder en beneficio de una burguesía hecha a sí misma y, por tanto, con otros valores vitales que ya no dependen ni de la herencia ni de la tradición. El desarrollo de las condiciones de vida en las ciudades hace creer a la raza humana en sus propias posibilidades de crecimiento y expansión material que, en estos momentos, se antojan ilimitadas. En consecuencia, el ambiente se impregna de un espíritu positivista. Con positivista entendemos las oportunidades de realización de objetivos únicamente en base a la fuerza humana sin que, por primera vez en la historia de Europa, intervengan fuerzas divinas. Paralelamente, este clima racional deja a un lado los principios básicos del cristianismo sobre el que se había sustentado la cultura europea desde la primera Edad Media. Todo esto se conjuga para dejar al ser humano sin los asideros religiosos que lo habían sostenido tradicionalmente. Además, se impone el ateísmo y, también, nada más comenzar el siglo XX, se ponen las bases para el concepto de inconsciente según Freud. Y, como veremos a continuación, de todos estos condicionantes se alimenta el existencialismo

Concepto y delimitación temporal del existencialismo

Así, por un lado, se olvidan o se aparcan los preceptos cristianos que habían guiado a la sociedad europea durante siglos. Estamos ante ese “Dios ha muerto” de Nietzsche. Con esta frase el filósofo no viene a decir que niega la existencia divina sino que todos los pilares anímicos y religiosos de Europa se vienen abajo. Paralelamente al avance de las condiciones de vida, se va desarrollando un individualismo desconocido hasta entonces. La soledad entra en escena tanto en las artes plásticas como en la literatura como en la vida cotidiana, común y corriente. En este orden de cosas, cada ser individual (con las herramientas a su alcance) intenta buscar la verdad dentro de sí. Los objetivos espirituales, por tanto, por primera vez en la historia, son ajenos a los movimientos religiosos colectivos. Se lanza a cada uno de los miembros de la raza humana a la búsqueda de la trascendencia de forma personal, individual y en soledad. El vacío que ha dejado la religión, por tanto, se llena de angustia cuando no de nihilismo. Y en este orden filosófico, social y de pensamiento surge el existencialismo que pretende ser un puente entre los preceptos religiosos cristianos y la angustia nacida de su ausencia. Por eso, también se afirma que el existencialismo es un humanismo, siguiendo el título de la obra de cabecera de Jean Paul Sartre. 

El existencialismo, que no puede considerarse una línea filosófica, sino más bien un modo de estar y entender la vida misma, se amplifica con las dos grandes guerras mundiales. A esta pérdida de asidero religioso se van sumando crueldades y horrores nunca antes sufridos en la historia de la humanidad. Para la década de los cincuenta el existencialismo intenta ofrecer las últimas ideas que quedan en la sociedad antes de caer en el nihilismo, en el vacío de una vida sin objetivos y sin afán de trascendencia. De una manera u otra, el existencialismo continuó hasta el final del siglo XX, cuando nuevos saltos técnicos (el origen de Internet por ejemplo) deja a cada uno de los integrantes de la raza humana (al menos en las sociedades avanzadas occidentales) literalmente a la intemperie. Dios murió (para la gran mayoría) hacía mucho tiempo, el consuelo de lo colectivo se fue diluyendo y solo quedó un tiempo de soledad y de individualismo extremo. 

Filósofos antecedentes del existencialismo 

Todos los cambios que ha habido a lo largo de la historia se realizan poco a poco y, a veces, imperceptiblemente. En la transformación cultural, de cosmovisión y de creencias siempre se barajan condicionantes de distinta índole, desde los económicos hasta los nuevos inventos que van surgiendo en todas las generaciones. El existencialismo no es ajeno a esto. Aunque en literatura especialmente da sus frutos en el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales y el París de los años 60, todo ello se abonó mucho antes. Resumo. 

1.- Arthur Schopenhauer (1788-1860) 

Para el filósofo alemán, el mundo es una mera representación y la única manera de llegar a la esencia, a la cosa en sí (al noúmeno) es a través de la voluntad. Esta tarea, al ser limitadas las fuerzas, produce tanto insatisfacción como dolor. Esto es, la única forma de llegar al meollo de la verdad de las cosas tangibles e intangibles del mundo exige del individuo un trabajo que le causa malestar. La única forma de liberarse de esta rueda penosa es liberarse, siguiendo las teorías budistas, de cualquier deseo e instalarse en el ascetismo previo al nirvana.  

2.- Friedrich Nietzsche (1844-1900)  

Para el gran pensador (uno de los más influyentes en el siglo XX), el valor supremo es la vida y, por tanto, todo lo que contribuya a que esta crezca debe ser considerado virtud. Niega cualquier modelo cristiano y, además, lo fía todo a la decisión individual. Nada puede imponerse puesto que Dios ya está muerto. El individuo, por tanto, tiene en sus manos las posibilidades de su libertad. Sin embargo, no todos están preparados para ese paso. Para el filósofo hay dos tipos de personas: los señores y los esclavos. Estos últimos son los envidiosos, los vagos, los resentidos, los que proclaman la igualdad para no tener que mirar en el interior de sí. Los señores son los que van en pos de la vida (en el sentido amplio del término) y el poder sin condicionantes sociales. No hay valores. Estos son creados por el hombre. Y en la cúspide estaría ese superhombre personificado por su Zaratrustra. 

3.- Sören Kierkegaard (1813-1855)

Es el más claro precedente. Va un paso más allá que Nietzsche y proclama que la filosofía tiene que servir a la vida, a las experiencias personales, al bienestar humano. La única solución para el individuo es la no aceptación de los códigos morales sin antes no media una reflexión. Por eso, aboga para hacer valer las virtudes incluso si hay que confrontarse con Dios mismo. Reconoce que un mundo que ha perdido la fe (donde no existe ni la obediencia a las normas religiosas ni el debate con la divinidad) está abocado a la angustia o al nihilismo. Para llegar a la aceptación de la finitud o a la fe religiosa, el individuo tiene que dar un salto al vacío. Es la única manera de superar la desesperación y alcanzar la plena conciencia. Una vez aquí, hay que realizar conscientemente el camino de la trascendencia. Kierkegaard admite que la pérdida de la fe genera angustia y esta lleva a quedarse en los bordes del espíritu y a regodearse con lo material, superfluo y temporal. 

4.- Martin Buber (1878-1965)  

Aboga por la idea del “encuentro personal” que únicamente se consigue mediante una vida en comunión con los principios de la naturaleza o bien con introspección espiritual (religiosa) o filosófica. Apunta que la sociedad del siglo XX se mueve entre dos extremos: el colectivismo, por un lado, que implica el nosotros y, por tanto, ahoga el yo y, por el otro, el individualismo. Este es el que ha prevalecido andando el tiempo. Si bien con el colectivismo (materializado tanto en el comunismo más severo como en el fascismo) se sofoca cualquier libertad personal. Por el contrario, con el individualismo se resbala hacia la soledad absoluta que desemboca, en casos extremos, en la conducta del narcisista y del psicópata. La única “solución” para este conflicto humano es el diálogo. Y Martin Buber lo expresa con estas bellas palabras:  

Solo entre personas autenticas se da una relacion autentica 

5.- Karl Barth (1886-1968)

Distingue entre el tiempo de los hombres (condicionado por la muerte) y el de Dios. No hay forma de superar lo perecedero si no es mediante la fe. La otra opción es el vacío. El existencialismo, por tanto, se impregna ya de espiritualismo, de uno complicado de aunar en un mundo esencialmente ateo y descreído de las enseñanzas y valores cristianos.   

Filosofía del existencialismo y Heidegger 

Con estas bases filosóficas y teniendo en cuenta (aunque sea someramente) los condicionantes históricos, el existencialismo, por tanto, puede definirse como una corriente filosófica, de pensamiento o de planteamiento ante la vida que intenta dar un cariz espiritual al racionalismo de la época. Considera que el individuo ha sido arrojado al mundo (y esto será recogido en infinidad de obras de arte) y que poco o nada puede hacer para superar la angustia si no es a través del camino de la trascendencia. 

La gran figura del existencialismo es Martin Heidegger (1889-1976) y especialmente su obra Ser y tiempo (1927). Para el pensador alemán, la razón de ser de la raza humana es la propia vida. Sin embargo, está lanzado a los condicionantes históricos. Esto es, cada individuo es una suerte de ángel caído que se debate entre el “non-serviam” de Lucifer y el afán de trascender la carnalidad. La única salida para el filósofo es el debate interno, el diálogo con la propia alma. El existencialismo, por tanto, ha tomado el camino del individualismo, de la opción personal más radical, ya que solo se salvarán (llegarán a vivir completamente) quienes tengan la valentía de bucear en sus más personales profundidades espirituales. El existencialismo, por tanto, deja aparcado cualquier código de conducta colectiva e impuesta para abogar por la búsqueda de la verdad entre los recovecos del alma humana.  

El existencialismo, por tanto, es un intento de borrar las divisiones tradiciones entre virtudes-vicios y realismo-idealismo. Es una lucha contra el nihilismo, el espacio que queda cuando se ha borrado la idea de Dios y la vida misma se concibe sin sentido. Es, en definitiva, una actitud vital (que no positiva) que se centra en los recovecos personales del espíritu. Por eso, el existencialismo tuvo una fuerte cabida en literatura a través de la puesta en escena de personajes arrojados a fronteras de todo tipo, que ahondan en el interior de sí con un detalle nunca visto en la historia. 

En esta línea, se encuentra también Karl Jaspers (1883-1969), formado en los principios del psicoanálisis y psiquiatra de formación. La única razón vital que puede admitirse es la búsqueda de trascendencia personal, el humanismo del espíritu mediante el buceo en las profundidades más oscuras del espíritu.  

Representantes del existencialismo en literatura 

1.- Fiódor Dostoyevski (1821-1881), un precedente entre el existencialismo y el realismo literario

Aunque el escritor ruso es uno de los mejores autores del realismo literario europeo, sus personajes adelantan las problemáticas humanas del existencialismo. Nos encontramos a protagonistas siempre en una encrucijada vital o moral, ante conflictos que deben resolver individualmente apelando únicamente a la conciencia personal. Reduciendo mucho, en este hilo conductor se encuentran tanto Los hermanos Karamazov (1880) como Crimen y Castigo (1866).

2.- Franz Kafka (1883-1924)  

La angustia en Kafka da un paso hacia el absurdo, hacia la incongruencia de lo imposible que, en sus relatos, de ahí la genialidad, se hace verosímil. Estamos ante una literatura de pesadilla en la que los protagonistas se encuentran atrapados en sus circunstancias personales negándoles tanto una salida airosa en el plano físico como la posibilidad de trascendencia. En este sentido, también reduciendo mucho, tenemos que entender tanto  El proceso (1925) como La metamorfosis (1915), sus dos grandes obras maestras.   

3.- Jean Paul Sartre (1905-1980) 

Entre la filosofía y la literatura, fue uno de los mayores representantes del existencialismo parisino. En su obra se transparenta un fuerte compromiso político por el que se quiere liberar al hombre de todas las ataduras impuestas por una sociedad aún anclada en los principios tradicionales. Para el escritor, el absurdo vital de una raza humana ya abiertamente atea solo puede contrarrestarse con la libertad de conciencia. Así, sus obras reflejan fuertemente la angustia existencial del individuo que se sabe (y se reconoce) sin salidas en el plano físico e intrascendente en el espiritual. Son títulos fundamentales del canon universal La náusea (1938) y Las manos sucias (1948).  Además, de Sartre son las dos obras críticas fundamentales del movimiento: El ser y la nada (1943) y El existencialismo es un humanismo (1946). He dejado esta última a continuación para el lector curioso. 

El existencialismo es un humanismo

4.- Albert Camus (1913-1960) 

Inicialmente vinculado a Sartre y a la revista Les Temps Modernes, muy pronto se decantó por la independencia más absoluta. Son obras imprescindibles del canon universal El extranjero (1942), La peste (1947) o Calígula (1945) para teatro. Para el escritor (que también realizó estudios de investigación) el absurdo de la vida no ofrece respuestas más allá del cumplimiento social. Y aquí tiene cabida la lucha contra ls injusticias y la necesaria solidaridad humana. 

El existencialismo en España 

Lo encontramos especialmente en los autores de la Generación del 98. El buceo en todas las profundidades del espíritu humano encuentra en estos escritores territorio abonado. El dolor por la situación cultural, social y económica de España se une, a veces, a un pesimismo y a una tristeza que son características de la Generación del 98. Muy resumidamente tenemos: 

1.- Miguel de Unamuno (1864-1936) 

Imbuido de los preceptos de Kierkegaard, se centra en el “hombre de carne y hueso”, con sus vicios y virtudes, con las luces y sombras que lo hacen esencialmente contradictorio. En Unamuno encontramos una lucha constante con Dios. La raza humana lo necesita para salvarse, para evadir la angustia y para encomendarse al camino de la trascendencia. En esta línea argumental hay que situar a San Manuel Bueno (1931).

2.- Pío Baroja (1872-1956) 

Fueron las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer los que adentraron al escritor en el existencialismo. De él se ha dicho que su obra abarca todos los problemas vitales, tanto que no hay virtud, sentimiento o vicio que no hubiera tratado.

3.- Azorín (1873-1967) 

José Martínez Ruíz toma de Nietzsche la idea del eterno retorno, a la par que considera la vida como un camino frenético que desemboca en la angustia del absurdo. El tiempo en los cuentos de Castilla (1912), su obra más conocida, se convierte en auténtico personaje cuando no en protagonista.  

4.- Antonio Machado (1875-1939) 

Para el poeta de Campos de Castilla (1912) es el tiempo abstracto, el del espíritu, el de la percepción subjetiva, el que condiciona sus escritos. Sus versos sencillos intentan en todo momento aprehender lo fugaz. Quieren inmortalizar el momento logrando acertar a dar en la diana de la esencia. Y con esta premisa tenemos que leer todos sus poemas desde “Al olmo viejo” hasta los conmovedores versos en estructura epistolar de “A José María Palacio”.  

A pesar de la reducción de esta exposición, con estas notas llegamos a entender la importancia del existencialismo, de sus principios y de sus autores no solo para la filosofía sino también para la literatura europea del siglo XX. A la muerte de Dios (proclamada a los cuatro vientos por Nietzsche) se unen los horrores de las sucesivas guerras. La crueldad y la soledad de la época abonan la angustia que se hace mayor al no encontrar el consuelo religioso y al hacerse difícil el camino de la trascendencia. El existencialismo, por tanto, pretende ser ese puente entre la fe ciega y la decadencia del nihilismo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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El existencialismo

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El Romanticismo es un movimiento cultural, artístico, literario y político que surge en Alemania e Inglaterra a finales del siglo XVIII y, progresivamente, se va expandiendo por el resto de Europa e, incluso, a América donde alcanza sus últimos coletazos en la segunda mitad del siglo XIX. El Romanticismo supone un nuevo estar en el mundo distinto a la cosmovisión de la cultura del Neoclasicismo, época que le precede. Aunque se asimila a las artes plásticas y a la literatura, sus ideas alcanzaron el plano político alimentando una transformación social importante. 

Entendemos sus límites para comprender qué es el Romanticismo 

1.- Libertad

Si por algo se caracteriza el romanticismo es por enarbolar la bandera de la libertad y lo hace en todos los planos posibles: desde el artístico hasta el político o el social. Efectivamente, el siglo XVIII es el de las revoluciones que finiquitan el Antiguo Régimen basado en las monarquías absolutas aliadas con el clero para dar paso a otros modelos políticos. El afán de libertad se manifiesta en el plano artístico en la denominada bohemia. Por primera vez en la historia, pintores y literatos niegan cualquier tipo de mecenazgo rechazando las ataduras de la vida burguesa. Paralelamente, se va imponiendo el capitalismo en su versión más salvaje. Y todo ello hace saltar por los aires los modelos conocidos. 

2.- Individualidad 

A consecuencia de esta perspectiva se hace honor al individualismo, a la visión personal. Esto se manifiesta especialmente en las características del arte del Romanticismo.  

3.- Los modelos pasados no sirven

Hay un intento de ruptura con la tradición anterior en todos los aspectos. Conforme va avanzando el siglo XIX con el desarrollo de la técnica y la ciencia, esta idea se afianza aún más. Con la fotografía y, más tarde, el cinematógrafo, se echa por tierra el papel tradicional de las artes plásticas. Ya no sería necesario servir de imitación de la realidad. Por tanto, los creadores tienen que abrir puertas a otros mundos posibles. Estos serán los del interior anímico e, incluso, las realidades paralelas (a veces creadas mediante alucinógenos) del simbolismo. En este sentido se sientan las bases para reformas sociales de todo tipo y para las vanguardias artísticas que llegarían después: fauvismo, expresionismo…  

Todo ello se abona con los avances en la ingeniería y en las comunicaciones que posibilitan el conocimiento y el encuentro con culturas pasadas: Estambul, Egipto, Grecia o las excavaciones en Pompeya. Comienzan los viajes del Grand Tour. Por tanto, la sensación de que hay realidades desconocidas a la espera de ser exploradas está servida. 

4.- Se impone el arte por el arte

Los artistas aspiran a crear arte de forma independiente sin ningún tipo de utilidad. Además, el artista no solo se presenta como un creador o transformador de la realidad sino también como un guía espiritual entre el mundo intangible y desconocido (sagrado casi) y la realidad mundana. 

5.- Cambio de la realidad  

Paralelamente y en contradicción con ese afán de libertad que niega cualquier soporte, se aspira a cambiar la realidad mediante actos políticos. Con el Romanticismo se produjeron importantes movimientos de emancipación en los países de América y revoluciones en Europa que desembocaron, con mayor o menor fortuna, en modelos republicanos. El nacionalismo también surge en la época romántica en España en su lucha contra la invasión francesa.  

6.- El papel de la naturaleza 

La naturaleza cobra vida y deja de ser pintoresca  (un mero decorado) para convertirse en actor principal. Y esta se reviste con sentimientos humanos. Las pasiones desatadas, los amores imposibles, el afán de libertad y la individualidad entendida como la irrepetibilidad del alma humana son una constante. Se bucea en el interior intentando buscar la verdad auténtica y de alguna manera adelantan los postulados del inconsciente según Freud. En esa búsqueda de lo desconocido nos encontramos con un gusto por los seres fantasmales, los entes de ultratumba, los marginados y los monstruos. Recordemos que el jorobado de Notre Dame, Drácula y Frankenstein son románticos. Paralelamente hay preferencia por mostrar la melancolía y estados anímicos tormentosos. 

7.- La realidad más allá de lo tangible y mundano 

Se buscan los estados alterados de conciencia como un camino de encuentro con la esencia de la verdad. Por primera vez se convierten en protagonistas aventureros, mendigos, locos o seres marginales. En líneas generales y resumiendo mucho (aunque sea a fuerza de reducir) para entender qué es el Romanticismo tenemos que tener en mente siempre la idea de ruptura y el sentimiento de que hay que encaminarse por derroteros desconocidos ya sean físicos o anímicos. Y se hace enarbolando banderas de libertad y de individualidad.  

En definitiva, la razón de la cultura neoclásica anterior se ve insuficiente para explicar tanto el mundo físico como el interior de los sentimientos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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El Romanticismo es un movimiento cultural, artístico, literario y político que surge en Alemania e Inglaterra a finales del siglo XVIII y, progresivamente, se va expandiendo por el resto de Europa e, incluso, a América donde alcanza sus últimos coletazos en la segunda mitad del siglo XIX. El Romanticismo supone un nuevo estar en el mundo distinto a la cosmovisión de la cultura del Neoclasicismo, época que le precede. Aunque se asimila a las artes plásticas y a la literatura, sus ideas alcanzaron el plano político alimentando una transformación social importante. 

Entendemos sus límites para comprender qué es el Romanticismo 

1.- Libertad

Si por algo se caracteriza el romanticismo es por enarbolar la bandera de la libertad y lo hace en todos los planos posibles: desde el artístico hasta el político o el social. Efectivamente, el siglo XVIII es el de las revoluciones que finiquitan el Antiguo Régimen basado en las monarquías absolutas aliadas con el clero para dar paso a otros modelos políticos. El afán de libertad se manifiesta en el plano artístico en la denominada bohemia. Por primera vez en la historia, pintores y literatos niegan cualquier tipo de mecenazgo rechazando las ataduras de la vida burguesa. Paralelamente, se va imponiendo el capitalismo en su versión más salvaje. Y todo ello hace saltar por los aires los modelos conocidos. 

2.- Individualidad 

A consecuencia de esta perspectiva se hace honor al individualismo, a la visión personal. Esto se manifiesta especialmente en las características del arte del Romanticismo.  

3.- Los modelos pasados no sirven

Hay un intento de ruptura con la tradición anterior en todos los aspectos. Conforme va avanzando el siglo XIX con el desarrollo de la técnica y la ciencia, esta idea se afianza aún más. Con la fotografía y, más tarde, el cinematógrafo, se echa por tierra el papel tradicional de las artes plásticas. Ya no sería necesario servir de imitación de la realidad. Por tanto, los creadores tienen que abrir puertas a otros mundos posibles. Estos serán los del interior anímico e, incluso, las realidades paralelas (a veces creadas mediante alucinógenos) del simbolismo. En este sentido se sientan las bases para reformas sociales de todo tipo y para las vanguardias artísticas que llegarían después: fauvismo, expresionismo…  

Todo ello se abona con los avances en la ingeniería y en las comunicaciones que posibilitan el conocimiento y el encuentro con culturas pasadas: Estambul, Egipto, Grecia o las excavaciones en Pompeya. Comienzan los viajes del Grand Tour. Por tanto, la sensación de que hay realidades desconocidas a la espera de ser exploradas está servida. 

4.- Se impone el arte por el arte

Los artistas aspiran a crear arte de forma independiente sin ningún tipo de utilidad. Además, el artista no solo se presenta como un creador o transformador de la realidad sino también como un guía espiritual entre el mundo intangible y desconocido (sagrado casi) y la realidad mundana. 

5.- Cambio de la realidad  

Paralelamente y en contradicción con ese afán de libertad que niega cualquier soporte, se aspira a cambiar la realidad mediante actos políticos. Con el Romanticismo se produjeron importantes movimientos de emancipación en los países de América y revoluciones en Europa que desembocaron, con mayor o menor fortuna, en modelos republicanos. El nacionalismo también surge en la época romántica en España en su lucha contra la invasión francesa.  

6.- El papel de la naturaleza 

La naturaleza cobra vida y deja de ser pintoresca  (un mero decorado) para convertirse en actor principal. Y esta se reviste con sentimientos humanos. Las pasiones desatadas, los amores imposibles, el afán de libertad y la individualidad entendida como la irrepetibilidad del alma humana son una constante. Se bucea en el interior intentando buscar la verdad auténtica y de alguna manera adelantan los postulados del inconsciente según Freud. En esa búsqueda de lo desconocido nos encontramos con un gusto por los seres fantasmales, los entes de ultratumba, los marginados y los monstruos. Recordemos que el jorobado de Notre Dame, Drácula y Frankenstein son románticos. Paralelamente hay preferencia por mostrar la melancolía y estados anímicos tormentosos. 

7.- La realidad más allá de lo tangible y mundano 

Se buscan los estados alterados de conciencia como un camino de encuentro con la esencia de la verdad. Por primera vez se convierten en protagonistas aventureros, mendigos, locos o seres marginales. En líneas generales y resumiendo mucho (aunque sea a fuerza de reducir) para entender qué es el Romanticismo tenemos que tener en mente siempre la idea de ruptura y el sentimiento de que hay que encaminarse por derroteros desconocidos ya sean físicos o anímicos. Y se hace enarbolando banderas de libertad y de individualidad.  

En definitiva, la razón de la cultura neoclásica anterior se ve insuficiente para explicar tanto el mundo físico como el interior de los sentimientos. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Entre 1915 y 1936 existió en Madrid (en el Barrio de Salamanca) una institución educativa novedosa, rompedora para los parámetros de la época y empeñada en iniciar un mínimo empoderamiento femenino: la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu (1881-1948). El proyecto estaba abierto a todas aquellas que habían cumplido los 17 años. Aquí podían completar estudios de carácter universitario centrados, sobre todo, en la biblioteconomía, la farmacia y la pedagogía. Disponían de instalaciones deportivas, dormitorios, comedor, aulas, salas de conferencia, laboratorio… La lista de sus avances no acaba en esta corta descripción ya que hasta aquí se acercaron las Premios Nobel Gabriela Mistral (1889-1957) o Marie Curie (1867-1934) para impartir charlas y encuentros. Se convirtió así, en los pocos años que estuvo activa, en un lugar de puertas y ventanas abiertas para todas aquellas mujeres que, siguiendo las ideas pedagógicas de María de Maeztu, se atrevieran a romper los mandatos de la época. Y todo ello tenía la finalidad de adentrarse en el saber, vía directa de aporte a la sociedad y, por tanto, la única forma que hay de ocupar, por derecho propio, espacios públicos y de liderazgo. 

Breve historia de la breve existencia de la Residencia de Señoritas

En paralelo y a semejanza de la Residencia de Estudiantes, se crea en el 1915, en el madrileño barrio de Salamanca, la Residencia de Señoritas. La institución, a la par que da cobijo a las jóvenes llegadas desde cualquier punto del país, actúa como centro educativo, de conferencias, científico, cultural e, incluso, deportivo. Dicho así y bajo los parámetros del siglo XXI, se diluye su importancia, la misma que entendemos cuando comparamos. Muy pronto el centro (con todo lo que implica) se convierte en un mundo aparte donde las residentes llegan a ser auténticas pioneras del feminismo por el único método posible: la educación propia y el posterior aporte a la sociedad. La España de las primeras décadas del Siglo XX, si por algo se caracterizaba, era por la decadencia más absoluta, la cerrazón, el ensimismamiento y una incultura galopante tal como ponían de manifiesto los autores de la Generación del 98 e, incluso, los representantes del realismo literario. El analfabetismo campaba a sus anchas alimentando pobreza e intolerancia. La cortedad de miras sociales se cebaba con las mujeres que estaban vetadas a cualquier espacio público o proyecto propio más allá del matrimonio y la familia.  

En este panorama, la Residencia de Señoritas supuso un ariete en el incipiente feminismo español (que a su vez se surtía del europeo). María de Maeztu, su impulsora y directora, defendía a ultranza la educación como única vía para el progreso en todos los órdenes de la vida: social, cultural, económico, personal… La pedagoga  (consciente de su misión e imbuida de ese espíritu crítico, positivo y penetrante con el que la describen quienes la conocieron) imprimió sus ideas en las estudiantes que pasaron por la institución. Y la educación tenía que devolverse a la sociedad amplificando virtudes de entrega, a la par, que de conquista culturales o sociales.  

Muy pronto, las instalaciones se quedaron pequeñas para la gran demanda, ya que llegaron estudiantes desde todos los puntos de España. Se fueron alquilando los edificios de alrededor y organizando archivos o biblioteca (paralelamente a unos incipientes estudios de biblioteconomía), laboratorio (para los ensayos de farmacia), pistas de tenis, salas de conferencias y aulas donde las estudiantes tomaban apuntes. En este sentido se seguía el método de María Montessori (1867-1934) que también recaló por las instituciones. Con los apuntes se pretendía que el alumno elaborara su propio contenido más allá de la memorización de los libros de texto. Sería un primer paso para el pensamiento crítico que era el objetivo de las enseñanzas de la Residencia de Señoritas. A pesar de lo que supuso, no podemos olvidar que esta punta de lanza para el necesario progreso femenino (a pesar de estar abierto a cualquier muchacha mayor de 17 años) acogió (especialmente) a las hijas de las élites educadas en un ambiente cultural radicalmente distinto al de la mayoría de la población. Además, también hay que tener en cuenta que, entre sus filas se infiltraron las denominadas “maridas”, esposas de donantes que no comulgaban con las ideas altamente progresistas de la institución. 

Todo se torció, como tantos emprendimientos de cualquier cariz en España, con el inicio de la guerra. En 1936 las puertas de la Residencia de Señoritas se cerraron para siempre. El archivo fue empaquetado y arrinconado para ser destruido y el tímido avance que supuso la institución, a posta, silenciado. Tuvieron que pasar décadas para que estudiosas e investigadoras rescataran el archivo arrinconado y con él las cartas que su directora enviaba a las familias, a científicas, literatas o pensadoras europeas con las que compartía inquietudes y novedades. Y solo con ese estudio nos dimos cuenta de la importancia de un proyecto que quería abrir para todas las mujeres las puertas de la formación superior, por primera vez en España. Desafortunadamente, habría que esperar a finales de los setenta e, incluso, a los ochenta, para que esa realidad se materializara.  

La importancia de María de Maeztu en el desarrollo de la Residencia de Señoritas

El proyecto y la realidad del mismo (a pesar de su corta duración) no puede entenderse sin la arrolladora personalidad de María de Maeztu. Fue hija de una familia acomodada vasca cuyo padre hizo negocios en Cuba y su madre, de ascendencia inglesa, se empeñó en ofrecer una rica instrucción a todos sus vástagos. De hecho, uno de los hermanos fue el pintor Gustavo de Maeztu, adscrito a la corriente realista de principios de siglo. Con estos mimbres pudo estudiar disciplinas diversas, crecer como políglota y viajar a distintos países europeos (Bélgica, Inglaterra o Francia). Todo ello contribuyó a una apertura mental de difícil parangón en la época. María, según los escritos de aquellos que la conocieron, estaba convencida de la importancia de su misión pedagógica. Y defendía sus ideas con vehemencia, carácter, rapidez, brillantez y hasta un punto de nerviosismo. Su capacidad de trabajo la llevó a cartearse con eminencias literarias o científicas de la época (Marie Curie o Gabriela Mistral por poner dos ejemplos).  

Alrededor de su persona además se congregaban todas aquellas mujeres que tanto en el campo de la política como en de las artes o la ciencia tenían algo que aportar al feminismo. Por eso, no conforme con los enormes avances de la Residencia de Señoritas, funda en 1926 el  Lyceum Club Femenino el cual preside hasta su disolución que también llega con el estallido de la guerra. Esta asociación, que tenía como vicepresidenta a Victoria Kent y como secretaria a Zenobia Camprubí, comenzó con la agrupación de más de 100 mujeres de la élite económica y social española. A semejanza de los existentes en Europa, pretendía ser un espacio de debate, discusión, educación e, incluso, apoyo emocional para todas aquellas mujeres interesadas en el progreso y este solo puede venir a través de la formación, la cultura y el estudio de las artes y las ciencias. 

La existencia de María de Maeztu, como la de la Residencia de Señoritas o el Lyceum Club Femenino, se truncó con la guerra. Las instituciones se cerraron para siempre y se silenció su importancia. La pedagoga emigró a Argentina, recalando antes en Estados Unidos donde fue invitada a impartir conferencias. Allí incansablemente escribió libros y artículos defendiendo sus ideas pedagógicas. Y allí falleció en 1948. A pesar de que su legado se dispersó tras su muerte, ha podido ser recuperado en los albores del siglo XXI.  

¿Qué supuso la Residencia de Señoritas para los parámetros de la época? 

Con todos estos datos, es fácil entender el giro radical que se les ofrecía a todas las jóvenes que tenían la suerte de acceder a la institución. A pesar de que la gran mayoría de ellas pertenecían a la élite social y procedían de familias de mentalidad abierta, la Residencia de Señoritas era un pasaje a otro mundo, el de la libertad que da la educación. Aquí estudiaban, se formaban, tomaban contacto con las nuevas ideas europeas, se codeaban con sus compañeros masculinos de la Residencia de Estudiantes en igualdad de condiciones, hacían deporte y relegaban incómodos vestidos que impedían los movimientos. Todo ello para escándalo de la bienpensante sociedad tradicional que la formaba, todo hay que decirlo, la inmensa mayoría de la población.   

Ese reducto de posibilidad y de libertad se convirtió muy pronto en un frente abierto para el incipiente feminismo. María de Maeztu era consciente (y así lo defendía, a veces, con vehemencia extrema) que no se podía avanzar como país si las mujeres no se incorporaban a la vida pública ofreciendo lo mejor de sí mediante una esmerada educación. Y, a la par, debían ser modelo de inspiración para todas aquellas que venían detrás. El régimen que llegó después (y su defensa ciega de un tradicionalismo paleto y cruel) no podía consentir que lo que supuso la Residencia de Señoritas (y la figura de María de Maeztu) germinara en la sociedad. Por eso, quiso (sin conseguirlo) eliminar el archivo y silenciar de los libros esta semilla en el corazón del incipiente feminismo en España. La Historia (con mayúsculas) no contaba con las actuales investigaciones que están sacando a la luz la vida de estas mujeres (privilegiadas, eso sí) que quisieron ofrecer nuevos rumbos y aportes a una nación sumida en miserias de todo tipo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Entre 1915 y 1936 existió en Madrid (en el Barrio de Salamanca) una institución educativa novedosa, rompedora para los parámetros de la época y empeñada en iniciar un mínimo empoderamiento femenino: la Residencia de Señoritas dirigida por María de Maeztu (1881-1948). El proyecto estaba abierto a todas aquellas que habían cumplido los 17 años. Aquí podían completar estudios de carácter universitario centrados, sobre todo, en la biblioteconomía, la farmacia y la pedagogía. Disponían de instalaciones deportivas, dormitorios, comedor, aulas, salas de conferencia, laboratorio… La lista de sus avances no acaba en esta corta descripción ya que hasta aquí se acercaron las Premios Nobel Gabriela Mistral (1889-1957) o Marie Curie (1867-1934) para impartir charlas y encuentros. Se convirtió así, en los pocos años que estuvo activa, en un lugar de puertas y ventanas abiertas para todas aquellas mujeres que, siguiendo las ideas pedagógicas de María de Maeztu, se atrevieran a romper los mandatos de la época. Y todo ello tenía la finalidad de adentrarse en el saber, vía directa de aporte a la sociedad y, por tanto, la única forma que hay de ocupar, por derecho propio, espacios públicos y de liderazgo. 

Breve historia de la breve existencia de la Residencia de Señoritas

En paralelo y a semejanza de la Residencia de Estudiantes, se crea en el 1915, en el madrileño barrio de Salamanca, la Residencia de Señoritas. La institución, a la par que da cobijo a las jóvenes llegadas desde cualquier punto del país, actúa como centro educativo, de conferencias, científico, cultural e, incluso, deportivo. Dicho así y bajo los parámetros del siglo XXI, se diluye su importancia, la misma que entendemos cuando comparamos. Muy pronto el centro (con todo lo que implica) se convierte en un mundo aparte donde las residentes llegan a ser auténticas pioneras del feminismo por el único método posible: la educación propia y el posterior aporte a la sociedad. La España de las primeras décadas del Siglo XX, si por algo se caracterizaba, era por la decadencia más absoluta, la cerrazón, el ensimismamiento y una incultura galopante tal como ponían de manifiesto los autores de la Generación del 98 e, incluso, los representantes del realismo literario. El analfabetismo campaba a sus anchas alimentando pobreza e intolerancia. La cortedad de miras sociales se cebaba con las mujeres que estaban vetadas a cualquier espacio público o proyecto propio más allá del matrimonio y la familia.  

En este panorama, la Residencia de Señoritas supuso un ariete en el incipiente feminismo español (que a su vez se surtía del europeo). María de Maeztu, su impulsora y directora, defendía a ultranza la educación como única vía para el progreso en todos los órdenes de la vida: social, cultural, económico, personal… La pedagoga  (consciente de su misión e imbuida de ese espíritu crítico, positivo y penetrante con el que la describen quienes la conocieron) imprimió sus ideas en las estudiantes que pasaron por la institución. Y la educación tenía que devolverse a la sociedad amplificando virtudes de entrega, a la par, que de conquista culturales o sociales.  

Muy pronto, las instalaciones se quedaron pequeñas para la gran demanda, ya que llegaron estudiantes desde todos los puntos de España. Se fueron alquilando los edificios de alrededor y organizando archivos o biblioteca (paralelamente a unos incipientes estudios de biblioteconomía), laboratorio (para los ensayos de farmacia), pistas de tenis, salas de conferencias y aulas donde las estudiantes tomaban apuntes. En este sentido se seguía el método de María Montessori (1867-1934) que también recaló por las instituciones. Con los apuntes se pretendía que el alumno elaborara su propio contenido más allá de la memorización de los libros de texto. Sería un primer paso para el pensamiento crítico que era el objetivo de las enseñanzas de la Residencia de Señoritas. A pesar de lo que supuso, no podemos olvidar que esta punta de lanza para el necesario progreso femenino (a pesar de estar abierto a cualquier muchacha mayor de 17 años) acogió (especialmente) a las hijas de las élites educadas en un ambiente cultural radicalmente distinto al de la mayoría de la población. Además, también hay que tener en cuenta que, entre sus filas se infiltraron las denominadas “maridas”, esposas de donantes que no comulgaban con las ideas altamente progresistas de la institución. 

Todo se torció, como tantos emprendimientos de cualquier cariz en España, con el inicio de la guerra. En 1936 las puertas de la Residencia de Señoritas se cerraron para siempre. El archivo fue empaquetado y arrinconado para ser destruido y el tímido avance que supuso la institución, a posta, silenciado. Tuvieron que pasar décadas para que estudiosas e investigadoras rescataran el archivo arrinconado y con él las cartas que su directora enviaba a las familias, a científicas, literatas o pensadoras europeas con las que compartía inquietudes y novedades. Y solo con ese estudio nos dimos cuenta de la importancia de un proyecto que quería abrir para todas las mujeres las puertas de la formación superior, por primera vez en España. Desafortunadamente, habría que esperar a finales de los setenta e, incluso, a los ochenta, para que esa realidad se materializara.  

La importancia de María de Maeztu en el desarrollo de la Residencia de Señoritas

El proyecto y la realidad del mismo (a pesar de su corta duración) no puede entenderse sin la arrolladora personalidad de María de Maeztu. Fue hija de una familia acomodada vasca cuyo padre hizo negocios en Cuba y su madre, de ascendencia inglesa, se empeñó en ofrecer una rica instrucción a todos sus vástagos. De hecho, uno de los hermanos fue el pintor Gustavo de Maeztu, adscrito a la corriente realista de principios de siglo. Con estos mimbres pudo estudiar disciplinas diversas, crecer como políglota y viajar a distintos países europeos (Bélgica, Inglaterra o Francia). Todo ello contribuyó a una apertura mental de difícil parangón en la época. María, según los escritos de aquellos que la conocieron, estaba convencida de la importancia de su misión pedagógica. Y defendía sus ideas con vehemencia, carácter, rapidez, brillantez y hasta un punto de nerviosismo. Su capacidad de trabajo la llevó a cartearse con eminencias literarias o científicas de la época (Marie Curie o Gabriela Mistral por poner dos ejemplos).  

Alrededor de su persona además se congregaban todas aquellas mujeres que tanto en el campo de la política como en de las artes o la ciencia tenían algo que aportar al feminismo. Por eso, no conforme con los enormes avances de la Residencia de Señoritas, funda en 1926 el  Lyceum Club Femenino el cual preside hasta su disolución que también llega con el estallido de la guerra. Esta asociación, que tenía como vicepresidenta a Victoria Kent y como secretaria a Zenobia Camprubí, comenzó con la agrupación de más de 100 mujeres de la élite económica y social española. A semejanza de los existentes en Europa, pretendía ser un espacio de debate, discusión, educación e, incluso, apoyo emocional para todas aquellas mujeres interesadas en el progreso y este solo puede venir a través de la formación, la cultura y el estudio de las artes y las ciencias. 

La existencia de María de Maeztu, como la de la Residencia de Señoritas o el Lyceum Club Femenino, se truncó con la guerra. Las instituciones se cerraron para siempre y se silenció su importancia. La pedagoga emigró a Argentina, recalando antes en Estados Unidos donde fue invitada a impartir conferencias. Allí incansablemente escribió libros y artículos defendiendo sus ideas pedagógicas. Y allí falleció en 1948. A pesar de que su legado se dispersó tras su muerte, ha podido ser recuperado en los albores del siglo XXI.  

¿Qué supuso la Residencia de Señoritas para los parámetros de la época? 

Con todos estos datos, es fácil entender el giro radical que se les ofrecía a todas las jóvenes que tenían la suerte de acceder a la institución. A pesar de que la gran mayoría de ellas pertenecían a la élite social y procedían de familias de mentalidad abierta, la Residencia de Señoritas era un pasaje a otro mundo, el de la libertad que da la educación. Aquí estudiaban, se formaban, tomaban contacto con las nuevas ideas europeas, se codeaban con sus compañeros masculinos de la Residencia de Estudiantes en igualdad de condiciones, hacían deporte y relegaban incómodos vestidos que impedían los movimientos. Todo ello para escándalo de la bienpensante sociedad tradicional que la formaba, todo hay que decirlo, la inmensa mayoría de la población.   

Ese reducto de posibilidad y de libertad se convirtió muy pronto en un frente abierto para el incipiente feminismo. María de Maeztu era consciente (y así lo defendía, a veces, con vehemencia extrema) que no se podía avanzar como país si las mujeres no se incorporaban a la vida pública ofreciendo lo mejor de sí mediante una esmerada educación. Y, a la par, debían ser modelo de inspiración para todas aquellas que venían detrás. El régimen que llegó después (y su defensa ciega de un tradicionalismo paleto y cruel) no podía consentir que lo que supuso la Residencia de Señoritas (y la figura de María de Maeztu) germinara en la sociedad. Por eso, quiso (sin conseguirlo) eliminar el archivo y silenciar de los libros esta semilla en el corazón del incipiente feminismo en España. La Historia (con mayúsculas) no contaba con las actuales investigaciones que están sacando a la luz la vida de estas mujeres (privilegiadas, eso sí) que quisieron ofrecer nuevos rumbos y aportes a una nación sumida en miserias de todo tipo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Resumen de la biografía conocida y aportaciones al conocimiento de Hipatia de Alejandría, una de las científicas de la Antigüedad silenciadas durante siglos. 

La historia de Hipatia de Alejandría y de los últimos días del Mouseion (uno de las divisiones por conocimientos de la Antigua Biblioteca de Alejandría) la conocemos por la biografía que de ella nos hizo Sócrates Escolástico ciento veinte años después de la muerte de la sabia alejandrina. Hoy en día su figura está siendo reivindicada por todo tipo de feminismos ya que es un claro ejemplo del Efecto Matilda, esto es, la negación de su importancia en la historia del conocimiento por el simple hecho de ser mujer.  

Biografía de Hipatia de Alejandría muy resumida 

Hipatia de Alejandría nace en el 370 (otras fuentes aportan el año 355). Es hija de Teón de Alejandría, importante filósofo y matemático el cual se ocupó personalmente de las primeras enseñanzas de su hija, cosa muy poco frecuente en la época. El hecho de que perteneciera a una familia de intelectuales (para los parámetros de la época) fue determinante en el futuro de quien se convertiría en una de las primeras mujeres investigadoras conocidas en la historia. Así, después de recibir la primera instrucción de la mano de su padre, Hipatia se traslada a Italia y Atenas para completar sus estudios; estudios que termina ayudada por los propios maestros del Mouseion, la Universidad adscrita a la Antigua Biblioteca de Alejandría donde se investigaba sobre diversas materias desde astrología hasta matemáticas. 

Siguiendo las bases de la época, Teón entrenó a su hija tanto en el cuidado de su cuerpo como en el de su espíritu para que fuera un “ser humano perfecto”. Según dice su biógrafo, el antes mencionado Sócrates Escolástico:  

La belleza, inteligencia y talento de esta gran mujer fueron legendarios, superó a su padre en todos los campos del saber, especialmente en la observación de los astros. 

y más adelante nos informa:  

Consiguió un grado tal de cultura que superó con mucho a todos los filósofos contemporáneos. Heredera de la escuela neoplatónica de Plotinio, explicaba todas las ciencia filosóficas a quien lo deseara. Con este motivo, quien deseaba pensar filosóficamente iba desde cualquier lugar hasta donde ella se encontraba... pero a más de saber filosofía era también una incansable trabajadora de las ciencias matemáticas.  

Esto es, Hipatia de Alejandría recibió una exquisita educación con los mejores maestros de la época formándose en diversas materias y alcanzando tal grado de maestría que, muy pronto, fue ella considerada una eminencia. Tanto fue así que, alrededor del año 400, es decir nueve años después de la destrucción del Serapeum (también adscrito a la Biblioteca de Alejandría), Hipatia llegó a dirigir el Mouseion y desde allí tuvo en sus manos la educación de destacados miembros de la aristocracia de la época, luego convertidos al cristianismo. Recordemos que esta institución hacía la suerte de universidad de la época. Sin embargo, ya eran malos tiempos para cualquier sabio pagano puesto que Roma, ya definitivamente cristiana, obligó al cierre definitivo de las puertas de esta institución creada setecientos años atrás. 

Esto es, hay que destacar en la biografía de Hipatia de Alejandría que se le ofreció la administración y la dirección de una institución, si no en franca decadencia, sí condenada a desaparecer por el avance de nuevas ideas religiosas enfrentadas al pensamiento y la investigación pagana. Hipatia de Alejandría, por tanto, estaba condenada a luchar desde distintos ámbitos con nuevos bárbaros que veían en ella un mundo pasado y pagano que se negaban a incorporar a su nueva cosmovisión. De poco o nada valió a los jerarcas cristianos que la instrucción recibida proviniera de esta excepcional mujer, considerada la primera matemática de la historia.  Así, la nueva religión (cristianismo) preponderante en la época, “instaba” a todos sus miembros a convertirse a la fe de Cristo (y por tanto, a abandonar cualquier estudio que pudiera considerarse contrario al dogma) si no querían morir. Y en esta red sucumbió Hipatia de Alejandría.  

Los aportes de Hipatia de Alejandría al conocimiento 

Hipatia se negó a renunciar a aquello que había cimentado su vida que no era más que la filosofía entendida como amor al conocimiento o a la sabiduría. En todo ello creía profundamente. No se convirtió a la nueva fe y eso propició las iras de los nuevos gobernantes que no iban a consentir que una mujer pagana pusiera en cuestión la cosmovisión que se abría ante ellos.  Lo que sucedió en marzo del año 415, cuando una muchedumbre de fanáticos se toparon con ella en el centro de Alejandría, es lo que sigue.  Y dejamos hablar de nuevo a Sócrates Escolástico:  

Le arrancaron de su carruaje, la dejaron totalmente desnuda; le tesajearon la piel y las carnes con caracoles afilados, hasta que el aliento dejó su cuerpo... 

Las iras de la barbarie, de la incultura y de la intolerancia se cebaron sobre una de las más fascinantes investigadoras de la Antigüedad. El Mouseion había desaparecido, la última directora brutalmente asesinada y los libros, como los que se encontraban en el Serapeum y en la Biblioteca Real, destruidos. Recordemos que todos estos emplazamientos formaban parte del gran recinto de saber que fue la Biblioteca de Alejandría, una de las bibliotecas antiguas más importantes y fascinantes. En el 416 ya nada existía, a no ser algunos volúmenes hurtados al fuego y al fanatismo de difícil rastreo hoy en día. Ante la humanidad se abría una época oscura en la que el conocimiento comienza a quedar encerrado en centros religiosos. Aunque en los escasos libros medievales se intentó (con distinta suerte) recuperar la cultura clásica, esta quedó en tal estado de abandono que buena parte de sus avances se perdieron para siempre. 

Los aportes de Hipatia de Alejandría al conocimiento, a pesar de que no ha quedado obra de ella y todo fue destruido, se centró en el campo de la filosofía entendida como amor por la sabiduría. Ese hacerse preguntas repercutió en el área de las matemáticas y en el de la astrología. Termino anotando que la figura de Hipatia de Alejandría, siglos después, se ha convertido en clave reivindicada por el feminismo. Y es así por lo que supuso su cruel muerte y persecución de una mujer que había sido recompensada (por su sabiduría) con puestos de poder en el ámbito intelectual. La cultura medieval que asolaría (ya que no puede utilizarse otro verbo) Europa siglos después no recogió este saber por no considerarlo apto a sus intereses.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Resumen de la biografía conocida y aportaciones al conocimiento de Hipatia de Alejandría, una de las científicas de la Antigüedad silenciadas durante siglos. 

La historia de Hipatia de Alejandría y de los últimos días del Mouseion (uno de las divisiones por conocimientos de la Antigua Biblioteca de Alejandría) la conocemos por la biografía que de ella nos hizo Sócrates Escolástico ciento veinte años después de la muerte de la sabia alejandrina. Hoy en día su figura está siendo reivindicada por todo tipo de feminismos ya que es un claro ejemplo del Efecto Matilda, esto es, la negación de su importancia en la historia del conocimiento por el simple hecho de ser mujer.  

Biografía de Hipatia de Alejandría muy resumida 

Hipatia de Alejandría nace en el 370 (otras fuentes aportan el año 355). Es hija de Teón de Alejandría, importante filósofo y matemático el cual se ocupó personalmente de las primeras enseñanzas de su hija, cosa muy poco frecuente en la época. El hecho de que perteneciera a una familia de intelectuales (para los parámetros de la época) fue determinante en el futuro de quien se convertiría en una de las primeras mujeres investigadoras conocidas en la historia. Así, después de recibir la primera instrucción de la mano de su padre, Hipatia se traslada a Italia y Atenas para completar sus estudios; estudios que termina ayudada por los propios maestros del Mouseion, la Universidad adscrita a la Antigua Biblioteca de Alejandría donde se investigaba sobre diversas materias desde astrología hasta matemáticas. 

Siguiendo las bases de la época, Teón entrenó a su hija tanto en el cuidado de su cuerpo como en el de su espíritu para que fuera un “ser humano perfecto”. Según dice su biógrafo, el antes mencionado Sócrates Escolástico:  

La belleza, inteligencia y talento de esta gran mujer fueron legendarios, superó a su padre en todos los campos del saber, especialmente en la observación de los astros. 

y más adelante nos informa:  

Consiguió un grado tal de cultura que superó con mucho a todos los filósofos contemporáneos. Heredera de la escuela neoplatónica de Plotinio, explicaba todas las ciencia filosóficas a quien lo deseara. Con este motivo, quien deseaba pensar filosóficamente iba desde cualquier lugar hasta donde ella se encontraba... pero a más de saber filosofía era también una incansable trabajadora de las ciencias matemáticas.  

Esto es, Hipatia de Alejandría recibió una exquisita educación con los mejores maestros de la época formándose en diversas materias y alcanzando tal grado de maestría que, muy pronto, fue ella considerada una eminencia. Tanto fue así que, alrededor del año 400, es decir nueve años después de la destrucción del Serapeum (también adscrito a la Biblioteca de Alejandría), Hipatia llegó a dirigir el Mouseion y desde allí tuvo en sus manos la educación de destacados miembros de la aristocracia de la época, luego convertidos al cristianismo. Recordemos que esta institución hacía la suerte de universidad de la época. Sin embargo, ya eran malos tiempos para cualquier sabio pagano puesto que Roma, ya definitivamente cristiana, obligó al cierre definitivo de las puertas de esta institución creada setecientos años atrás. 

Esto es, hay que destacar en la biografía de Hipatia de Alejandría que se le ofreció la administración y la dirección de una institución, si no en franca decadencia, sí condenada a desaparecer por el avance de nuevas ideas religiosas enfrentadas al pensamiento y la investigación pagana. Hipatia de Alejandría, por tanto, estaba condenada a luchar desde distintos ámbitos con nuevos bárbaros que veían en ella un mundo pasado y pagano que se negaban a incorporar a su nueva cosmovisión. De poco o nada valió a los jerarcas cristianos que la instrucción recibida proviniera de esta excepcional mujer, considerada la primera matemática de la historia.  Así, la nueva religión (cristianismo) preponderante en la época, “instaba” a todos sus miembros a convertirse a la fe de Cristo (y por tanto, a abandonar cualquier estudio que pudiera considerarse contrario al dogma) si no querían morir. Y en esta red sucumbió Hipatia de Alejandría.  

Los aportes de Hipatia de Alejandría al conocimiento 

Hipatia se negó a renunciar a aquello que había cimentado su vida que no era más que la filosofía entendida como amor al conocimiento o a la sabiduría. En todo ello creía profundamente. No se convirtió a la nueva fe y eso propició las iras de los nuevos gobernantes que no iban a consentir que una mujer pagana pusiera en cuestión la cosmovisión que se abría ante ellos.  Lo que sucedió en marzo del año 415, cuando una muchedumbre de fanáticos se toparon con ella en el centro de Alejandría, es lo que sigue.  Y dejamos hablar de nuevo a Sócrates Escolástico:  

Le arrancaron de su carruaje, la dejaron totalmente desnuda; le tesajearon la piel y las carnes con caracoles afilados, hasta que el aliento dejó su cuerpo... 

Las iras de la barbarie, de la incultura y de la intolerancia se cebaron sobre una de las más fascinantes investigadoras de la Antigüedad. El Mouseion había desaparecido, la última directora brutalmente asesinada y los libros, como los que se encontraban en el Serapeum y en la Biblioteca Real, destruidos. Recordemos que todos estos emplazamientos formaban parte del gran recinto de saber que fue la Biblioteca de Alejandría, una de las bibliotecas antiguas más importantes y fascinantes. En el 416 ya nada existía, a no ser algunos volúmenes hurtados al fuego y al fanatismo de difícil rastreo hoy en día. Ante la humanidad se abría una época oscura en la que el conocimiento comienza a quedar encerrado en centros religiosos. Aunque en los escasos libros medievales se intentó (con distinta suerte) recuperar la cultura clásica, esta quedó en tal estado de abandono que buena parte de sus avances se perdieron para siempre. 

Los aportes de Hipatia de Alejandría al conocimiento, a pesar de que no ha quedado obra de ella y todo fue destruido, se centró en el campo de la filosofía entendida como amor por la sabiduría. Ese hacerse preguntas repercutió en el área de las matemáticas y en el de la astrología. Termino anotando que la figura de Hipatia de Alejandría, siglos después, se ha convertido en clave reivindicada por el feminismo. Y es así por lo que supuso su cruel muerte y persecución de una mujer que había sido recompensada (por su sabiduría) con puestos de poder en el ámbito intelectual. La cultura medieval que asolaría (ya que no puede utilizarse otro verbo) Europa siglos después no recogió este saber por no considerarlo apto a sus intereses.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Las bibliotecas antiguas ejercen una atracción irresistible. ¿Por qué? Quizás porque han sido y son centros de tramas alrededor de la conspiración ya que buena parte de ellas guardan libros medievales únicos. Y cuando el conocimiento es tan elitista todo indica que lo allí expuesto es fundamental para la salvación humana.  Tenemos que recordar que hablamos de ejemplares que, en algún caso, son únicos. Que hubo un tiempo en el que poner la palabra por escrito era una tarea larga, ardua y costosa. Por eso, solo se atendía a lo importante: a los caminos que propiciaban la salvación del alma. Las bibliotecas antiguas, por tanto, nos dicen de la redención por la palabra escrita y también del poder terrenal que puede llegar a tener el conocimiento elitista. Estas tres bibliotecas antiguas se han formado con libros, escritos, manuscritos, incunables (volúmenes impresos antes del año 1500), cartas, actas y obras prohibidas que se guardan bajo siete llaves en lujosas estancias de universidades y de centros de gobierno. Son solo un puñado de muchas (afortunadamente) desperdigadas por la Tierra. 

El hechizo de las bibliotecas antiguas  

De todas ellas (por los mitos que giran a su alrededor), cantidad de obras depositadas, belleza e importancia, hoy nos acordamos de tres situadas en el sur de Europa. Otro día seguimos por otras partes del mundo que, afortunadamente para el ser humano, las hay en todos los rincones de la galaxia conocida. Vamos que es para montárselo, como los escritores aristócratas del pasado y recorrerse el planeta Tierra buscando, simplemente, estas maravillas. En Sevilla se encuentra, por poner un caso, la Biblioteca Colombina, cuyo patrono fue Hernando, uno de los hijos de Colón, con un objetivo en vida: atesorar todos los libros que salían de la recién creada imprenta. Fue tarea imposible. Otros libros, en cambio, a pesar de su fama, se guardan en bibliotecas más modestas, como los Beatos (desperdigados por monasterios) o el Codex Calixtinus, la primera guía de viaje (del Camino de Santiago) de Europa. Todos ellos nos dicen de la cultura medieval oculta en centros religiosos donde se intentaba pacientemente copiar todos los libros de la antigüedad como se hacía en la mítica y desaparecida Biblioteca de Alejandría

Biblioteca Vaticana y Archivo Secreto Vaticano, una de las bibliotecas antiguas con más mito 

La que genera más historias (sobre todo de conspiraciones) es la Biblioteca Vaticana, creada a partir de los volúmenes guardados en San Juan de Letrán, en Roma, a mediados del siglo XV. Leyendas confabuladoras aparte, el del Vaticano es quizá el archivo de documentos antiguos más completo del mundo. Aunque se pueden visitar varias estancias, la gran mayoría de obras son accesibles únicamente a los investigadores y con exhaustivos y exclusivos permisos especiales. Destaca un códice del siglo IV con los Evangelios, el más antiguo que se conoce.

 Biblioteca Vaticana

Pero de sus más de un millón seiscientos mil libros y documentos que se custodian con celo en el Vaticano, lo que suscita mayor interés es el Archivo Secreto Vaticano, en parte abierto al público (incluso vía online) desde el otoño de 2012. Las actas del proceso a Galileo, la ley de disolución de los Templarios y las solicitudes de nulidad del caprichoso rey Enrique VIII han dejado de estar guardadas para exponerse al visitante curioso. Ya no son  material reservado y han comenzado a formar parte de los documentos de la historia universal. El catálogo general, con escritos verdaderamente secretos y confidenciales, que debe existir, sigue sin estar accesible. 

La Biblioteca de El Escorial y el sueño de un rey bibliófilo  

Cuando Felipe II decide construir el Monasterio del Escorial en medio de la nada, hubo algún bibliófilo de la época que calificó la decisión como de tumba para los libros. Corría el año 1562 y ninguna ruta importante cruzaba la soledad de la Sierra de Guadarrama. Pero este rey culto, trabajador, tozudo y aficionado a escribir cartas hasta altas horas de la madrugada decide levantar un impresionante monasterio que sirviera para guardar los restos de sus antepasados, de todos los reyes españoles y los libros más importantes de lo que entonces era el mayor imperio sobre la tierra.

Biblioteca de El Escorial 

Siguiendo las proporciones mágicas que se barajaban en la cultura libresca del Renacimiento, el rey manda levantar una mole cuadrada (el 4 es el símbolo de la perfección) guiándose, al parecer, por coordenadas astrológicas y reproduciendo las medidas del Templo de Salomón.  

Aunque sufrió un incendio en el siglo XVI y desventuras varias a lo largo de su historia, hoy atesora documentos de gran importancia entre los que sobresalen los manuscritos versados en asuntos de medicina y escritos en árabe que se salvaron (por su utilizad) de las hogueras de la Inquisición. El poderoso Conde Duque de Olivares, que compraba o requisaba libro que caía en sus manos, dejó su legado en la Biblioteca del Escorial. Destacan un buen conjunto de libros en hebreo que, en principio, debían destruirse, pero que estos personajes conservaban para su propio provecho y, afortunadamente, el nuestro.  

La delicada Biblioteca de Mafra, los libros del saber universitario

Y, por último, nos acordamos de una biblioteca mucho menor en importancia que las anteriores, pero que, por su accesibilidad y belleza, merece la visita y admiración de cualquier bibliófilo de pro. Se trata de la biblioteca situada en el Palacio Nacional de Mafra, a escasos kilómetros de Lisboa, una de las capitales de Europa más cosmopolitas en la actualidad y destino favorito de los viajeros del siglo XXI. Fue levantada en el siglo XVIII en un delicado estilo barroco suavizado por las nuevas ideas de la cultura del Neoclasicismo que empezaba a imponerse en Portugal y en el resto de Europa. La biblioteca fue un regalo del rey Juan V a su esposa por darle descendencia: la princesa Bárbara de Braganza. 

Biblioteca de Mafra

La estancia se puede visitar con un guía y aquí se atesoran bellos volúmenes perfectamente encuadernados y guardados como una segunda edición de Los Lusiadas, epopeya cumbre del bardo luso Luís de Camôes. Hoy todo el conjunto monumental es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Hay más bibliotecas antiguas desperdigadas por el mundo que guardan esos volúmenes o bien únicos o bien que han sido objeto de todo tipo de estudios por ser enigmáticos. Este es el caso de la Hypnerotomachia Poliphili, maravilloso ejemplo de la imprenta y el arte renacentista. Otras obras únicas están expuestas en museos por su importancia, tal cual los pocos códices mayas y de las culturas precolombinas que han llegado hasta nosotros. Y hay un grupo de estos libros que han inspirado obras de aventuras, posteriormente llevadas al cine, que nos fascinan por dejarnos entrar en las distintas teorías de la conspiración que tanto gusta al individuo contemporáneo. 

Por Candela Vizcaíno |Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

 

 

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Las bibliotecas antiguas ejercen una atracción irresistible. ¿Por qué? Quizás porque han sido y son centros de tramas alrededor de la conspiración ya que buena parte de ellas guardan libros medievales únicos. Y cuando el conocimiento es tan elitista todo indica que lo allí expuesto es fundamental para la salvación humana.  Tenemos que recordar que hablamos de ejemplares que, en algún caso, son únicos. Que hubo un tiempo en el que poner la palabra por escrito era una tarea larga, ardua y costosa. Por eso, solo se atendía a lo importante: a los caminos que propiciaban la salvación del alma. Las bibliotecas antiguas, por tanto, nos dicen de la redención por la palabra escrita y también del poder terrenal que puede llegar a tener el conocimiento elitista. Estas tres bibliotecas antiguas se han formado con libros, escritos, manuscritos, incunables (volúmenes impresos antes del año 1500), cartas, actas y obras prohibidas que se guardan bajo siete llaves en lujosas estancias de universidades y de centros de gobierno. Son solo un puñado de muchas (afortunadamente) desperdigadas por la Tierra. 

El hechizo de las bibliotecas antiguas  

De todas ellas (por los mitos que giran a su alrededor), cantidad de obras depositadas, belleza e importancia, hoy nos acordamos de tres situadas en el sur de Europa. Otro día seguimos por otras partes del mundo que, afortunadamente para el ser humano, las hay en todos los rincones de la galaxia conocida. Vamos que es para montárselo, como los escritores aristócratas del pasado y recorrerse el planeta Tierra buscando, simplemente, estas maravillas. En Sevilla se encuentra, por poner un caso, la Biblioteca Colombina, cuyo patrono fue Hernando, uno de los hijos de Colón, con un objetivo en vida: atesorar todos los libros que salían de la recién creada imprenta. Fue tarea imposible. Otros libros, en cambio, a pesar de su fama, se guardan en bibliotecas más modestas, como los Beatos (desperdigados por monasterios) o el Codex Calixtinus, la primera guía de viaje (del Camino de Santiago) de Europa. Todos ellos nos dicen de la cultura medieval oculta en centros religiosos donde se intentaba pacientemente copiar todos los libros de la antigüedad como se hacía en la mítica y desaparecida Biblioteca de Alejandría

Biblioteca Vaticana y Archivo Secreto Vaticano, una de las bibliotecas antiguas con más mito 

La que genera más historias (sobre todo de conspiraciones) es la Biblioteca Vaticana, creada a partir de los volúmenes guardados en San Juan de Letrán, en Roma, a mediados del siglo XV. Leyendas confabuladoras aparte, el del Vaticano es quizá el archivo de documentos antiguos más completo del mundo. Aunque se pueden visitar varias estancias, la gran mayoría de obras son accesibles únicamente a los investigadores y con exhaustivos y exclusivos permisos especiales. Destaca un códice del siglo IV con los Evangelios, el más antiguo que se conoce.

 Biblioteca Vaticana

Pero de sus más de un millón seiscientos mil libros y documentos que se custodian con celo en el Vaticano, lo que suscita mayor interés es el Archivo Secreto Vaticano, en parte abierto al público (incluso vía online) desde el otoño de 2012. Las actas del proceso a Galileo, la ley de disolución de los Templarios y las solicitudes de nulidad del caprichoso rey Enrique VIII han dejado de estar guardadas para exponerse al visitante curioso. Ya no son  material reservado y han comenzado a formar parte de los documentos de la historia universal. El catálogo general, con escritos verdaderamente secretos y confidenciales, que debe existir, sigue sin estar accesible. 

La Biblioteca de El Escorial y el sueño de un rey bibliófilo  

Cuando Felipe II decide construir el Monasterio del Escorial en medio de la nada, hubo algún bibliófilo de la época que calificó la decisión como de tumba para los libros. Corría el año 1562 y ninguna ruta importante cruzaba la soledad de la Sierra de Guadarrama. Pero este rey culto, trabajador, tozudo y aficionado a escribir cartas hasta altas horas de la madrugada decide levantar un impresionante monasterio que sirviera para guardar los restos de sus antepasados, de todos los reyes españoles y los libros más importantes de lo que entonces era el mayor imperio sobre la tierra.

Biblioteca de El Escorial 

Siguiendo las proporciones mágicas que se barajaban en la cultura libresca del Renacimiento, el rey manda levantar una mole cuadrada (el 4 es el símbolo de la perfección) guiándose, al parecer, por coordenadas astrológicas y reproduciendo las medidas del Templo de Salomón.  

Aunque sufrió un incendio en el siglo XVI y desventuras varias a lo largo de su historia, hoy atesora documentos de gran importancia entre los que sobresalen los manuscritos versados en asuntos de medicina y escritos en árabe que se salvaron (por su utilizad) de las hogueras de la Inquisición. El poderoso Conde Duque de Olivares, que compraba o requisaba libro que caía en sus manos, dejó su legado en la Biblioteca del Escorial. Destacan un buen conjunto de libros en hebreo que, en principio, debían destruirse, pero que estos personajes conservaban para su propio provecho y, afortunadamente, el nuestro.  

La delicada Biblioteca de Mafra, los libros del saber universitario

Y, por último, nos acordamos de una biblioteca mucho menor en importancia que las anteriores, pero que, por su accesibilidad y belleza, merece la visita y admiración de cualquier bibliófilo de pro. Se trata de la biblioteca situada en el Palacio Nacional de Mafra, a escasos kilómetros de Lisboa, una de las capitales de Europa más cosmopolitas en la actualidad y destino favorito de los viajeros del siglo XXI. Fue levantada en el siglo XVIII en un delicado estilo barroco suavizado por las nuevas ideas de la cultura del Neoclasicismo que empezaba a imponerse en Portugal y en el resto de Europa. La biblioteca fue un regalo del rey Juan V a su esposa por darle descendencia: la princesa Bárbara de Braganza. 

Biblioteca de Mafra

La estancia se puede visitar con un guía y aquí se atesoran bellos volúmenes perfectamente encuadernados y guardados como una segunda edición de Los Lusiadas, epopeya cumbre del bardo luso Luís de Camôes. Hoy todo el conjunto monumental es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Hay más bibliotecas antiguas desperdigadas por el mundo que guardan esos volúmenes o bien únicos o bien que han sido objeto de todo tipo de estudios por ser enigmáticos. Este es el caso de la Hypnerotomachia Poliphili, maravilloso ejemplo de la imprenta y el arte renacentista. Otras obras únicas están expuestas en museos por su importancia, tal cual los pocos códices mayas y de las culturas precolombinas que han llegado hasta nosotros. Y hay un grupo de estos libros que han inspirado obras de aventuras, posteriormente llevadas al cine, que nos fascinan por dejarnos entrar en las distintas teorías de la conspiración que tanto gusta al individuo contemporáneo. 

Por Candela Vizcaíno |Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

 

 

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Breve análisis del panorama cultural medieval y la importancia fundamental de la iglesia y sus valores en la sociedad de estos siglos.  

En el 476 caía el Imperio Romano de Occidente dando entrada oficialmente a la Edad Media. Casi un siglo antes, en el 380, el cristianismo se había convertido en la religión oficial de ese mismo imperio en decadencia por un decreto de Constantino. El fin de la cultura clásica supone, en primera instancia, que se deja atrás las creencias en los dioses paganos con todo lo que ello supone. Además y paralelamente, lo que fuera un imperio unido se desmenuza en pequeños reinos tan enfrentados entre sí que las vías de comunicación (en todos los sentidos) comienzan a abandonarse. Y esta se convierte en una circunstancia trascendental para entender a la iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval.  

El teocentrismo de la Edad Media  

De familiaridad con lo santo ha sido descrita la cultura medieval europea al completo. Aún así, hay que ir más allá, mucho más. Hasta finales del siglo XV, con la imprenta y los descubrimientos de nuevas tierras allende los mares, un población harapienta, hambrienta y analfabeta solo ponía su mirada en los dones divinos. Con la caída de Roma, los distintos señores europeos van conformando reinados alrededor de un castillo y sus tierras de labranza. La falta de colaboración entre ellos se transforma en guerras frecuentes que merman cosechas a la par que consumen los escasos recursos económicos disponibles. El ensimismamiento en lo propio hace que se olviden los caminos y que la cultura (a pesar de ser única para todo el territorio europeo) se vuelva local, empobrecida y escasa. 

 Cultura Edad Media  2

En estos cuerpos desvalidos por la desnutrición y los rigores extremos hacen mella plagas de todo tipo que proliferan por la falta de higiene básica ya que también han sido abandonadas las redes de cloacas. Paralelamente, el cristianismo se va extendiendo por toda Europa hasta arrinconar cualquier otra espiritualidad. El mensaje de redención (en otro plano, en un más allá etéreo) va calando en la población que ve este mundo como tránsito hacia la otra vida sin ningún aliciente para agarrarse a los dones terrenos. Tanto fue así que, alrededor del año mil, se acumulaban tal cantidad de tribulaciones que desde los reyes hasta los más humildes de los labriegos creían firmemente en la llegada del fin del mundo. El Apocalipsis se palpaba con la punta de los dedos dando lugar a una literatura propia al respecto que cristalizó en los reinos hispánicos en los llamados Beatos, una de las más bellas muestras artísticas de la Edad Media. 

Una sociedad profundamente dividida en grupos estancos de guerreros (nobleza) y campesinos junto con pequeños artesanos encuentra en el tercer estamento (la iglesia) el único depositario de todos los bienes culturales. Y así se hace. Entre los muros de centros religiosos, aislados de la población, se va concentrando paulatinamente los saberes de la escritura, de la fitoterapia, de la elaboración de algunos productos de higiene, de cerveza… Aquí queda recogido el recuerdo de la cultura clásica, de la filosofía y de la literatura griega, de la historiografía romana, de los herbolarios árabes…  

Pérdida de comunicaciones y reinos confinados  

Para entender la labor de la iglesia y su difusión de la cultura medieval hay que centrarse en la estanca estructura social protagonizada por fronteras (tanto internas como externas) claramente definidas. Cada reino estaba dividido en tres estamentos casi inamovibles: la casta de los guerreros nobles, los campesinos y la iglesia. Y estos reinos, a su vez, apenas tenían comunicación con el vecino y cuando esta se producía era, en un porcentaje elevado, para iniciar hostilidades que acababan en guerras. El analfabetismo era una constante no solo entre los humildes sino también en la, a veces, brutal nobleza. Con este panorama, era la iglesia la depositaria del saber, de las letras, de la lectura, de la música, de los libros y de lo que en ellos se decía.  

A partir del siglo VII y casi hasta el siglo XII las antiguas vías de comunicación romanas fueron abandonadas. Los caminos se convirtieron en territorios peligrosos repletos de criminales de todo tipo que llegaron incluso al canibalismo. Ante esta situación, rara vez alguien se atrevía a traspasar los límites de su terruño y pocos eran lo que, en vida, conocían lo que había más allá de unos veinte o cincuenta kilómetros desde su lugar de nacimiento. Las comunicaciones, por tanto, se hacían complejas, difíciles, lentas y frustrantes. Únicamente, a partir del siglo XII, cuando la situación económica comenzó a dar pequeños respiros, avanzaron algunas vías de peregrinación como el Camino de Santiago. Aún así, tal como se recoge en el famoso libro Codex Calixtinus, el viaje era tan peligroso que eran muchos los fieles que no pudieron regresar a su lugar de origen. 

La iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval: los monasterios  

Si los castillos se convirtieron en el refugio de una población civil asediada por todo tipo de peligros, un tanto de lo mismo sucedió para los libros medievales con respecto a los centros religiosos. Monasterios y conventos se levantan en emplazamientos aislados, a veces, escarpados y de difícil acceso. Se resguardan por altos muros en el plano físico y por una ley conocida por todos que penaba con el infierno eterno a quien osara perturbar una paz que era entregada a mayor gloria de Dios. En estos refugios se concentraban las pocas personas alfabetizadas de la Edad Media y también la enseñanza del saber de la época. Aquí se rezaba y se vivía en comunidad. Se mantenía un huerto y se intentaba comprender las propiedades de ciertas hierbas medicinales que se aprovechaban para llevar a cabo prácticas de medicina natural. Aquí se elaboraba vino o cerveza y se trabajaba en una pequeña granja de autoabastecimiento. 

Y en cada uno de estos centros religiosos se mantenía un scriptoria donde la comunidad religiosa se afanaba pacientemente en copiar con cuidada caligrafía los restos de la cultura clásica. Ya hemos dicho que la pobreza era extrema. Por tanto, los libros eran difíciles de elaborar. Se necesitaban pergaminos (realizados a partir de pieles de animales), tintas y materiales cuyo acopio no era fácil. También hemos anotado que los caminos eran lugares hartos peligrosos. Por tanto, el intercambio y el comercio era casi inexistente. Prácticamente todo se dejaba al autoabastecimiento. Y a ello se unía los escasos volúmenes disponibles para copiar o traducir.

Cultura Edad Media 1 

Porque la única manera que tenía un centro religioso de aumentar su biblioteca era copiar un volumen ya existente. Este podría estar en un monasterio de la misma orden al que había que solicitar el préstamo mediante una correspondencia epistolar peligrosa. Y, una vez admitido el trueque o la solicitud había que proceder al traslado de las obras. Lo último era rezar para que llegara a su destino sin que el mensajero hubiera sido asaltado. Una vez en los scriptoria se procedía a su copiado o a su traducción en otra lengua clásica o (ya pasado el milenio) en alguna de las lenguas romances en las que se había convertido el latín.  

La iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval: los libros

No se creaba tal como hoy lo entendemos. El esfuerzo se concentraba en la recuperación de textos clásicos, en su copiado para que no se perdiera, en las glosas (crítica, explicación o análisis), en los comentarios a los escritos de los padres de la iglesia y poco más. La Biblia acaparaba los primeros recursos y de ella se hacían manuscritos y más manuscritos. Luego ocupaba el interés los escritos con autoridad de los autores cristianos (San Agustín, Santo Tomás…) seguido de algunos textos de difícil clasificación como fueron los Beatos. A continuación, se recuperaban los textos de la cultura clásica considerados compatibles con las enseñanzas cristianas. A pesar de ello, las ideas paganas pervivieron gracias a la labor de copia de estos centros religiosos. Y fue no solo por esta paciente tarea manuscrita sino porque también se intentó blanquear (de alguna manera u otra) este conocimiento a través del concepto de alegoría. 

 

Resumiendo mucho, se entendía que todo en el mundo de más allá tenía una traducción en este plano. Aquí se incluía toda la cultura pagana con dioses que no se empeñaban en ocultar vicios y seres híbridos en metamorfosis. Y todo ello hizo posible que no se perdiera ni Platón ni Aristóteles ni Ovidio y ni siquiera las comedias obscenas de Plauto. Los libros que un día fueron el orgullo de la Biblioteca de Alejandría siguieron circulando y copiándose en los monasterios donde se guardaban con celo y mil llaves.  

La comunicación y la transmisión de la cultura en la Edad Media 

Con esta situación social y cultural la comunicación de las enseñanzas de las escrituras al resto de la población se hacía complicada. Por eso, prácticamente todo llegaba de manera oral. Las parábolas de la Biblia se unían a los sermones dominicales. Y las paredes de las iglesias se llenaron con símbolos que la humanidad de la época sabía descifrar. Allí se hablaba del poder del infierno, de la atracción del pecado, de los dones del paraíso y de la felicidad de la virtud. Tallados en piedra, ese conocimiento esencial estaba al alcance del más humilde mientras los libros se guardaban en espera de publicitarse su conocimiento. 

Del mismo tenor era la literatura medieval. La oralidad era la norma y la escritura la excepción. Orales eran los cantares de gesta con los que los miembros del mester juglaría se empeñaban en llevar un poco de alegría a la población de los castillos medievales. Por eso, excepto alguna muestra, como el Cantar del Mío Cid, se ha perdido la práctica totalidad de la poesía épica de estos siglos. Y orales, con toda probabilidad, eran también los textos del mester de clerecía, aunque estos hayan sufrido mejor destino. Había, por tanto, que fiarlo todo a una frágil memoria cuya transmisión podría quebrarse con facilidad.  

Y en poco más se sustentaba la cultura medieval. Es a partir del siglo XII con un tímido y progresivo aumento de las ciudades, que comienzan a llenarse de una incipiente burguesía artesanal y comercial, cuando empieza a dejarse atrás tanta oscuridad. A partir de estas décadas se van abriendo los caminos, se van levantando iglesias en el estilo románico para desembocar en la grandiosa arquitectura gótica. Paralelamente, los señores feudales van perdiendo poder en favor de reinos cada vez mayores que van concentrando riquezas. Estas pueden invertirse en emprendimientos de cierta ambición. Coincide, además, con la fundación de las primeras universidades europeas (Bolonia en 1088, Oxford en 1096, Cambridge en 1209 o Salamanca en 1218) que se extenderían durante los siglos XIII, XIV y XV. Así, progresivamente, el conocimiento va saliendo de los muros de monasterios y conventos. 

Aunque no se abandonan los estudios tradicionales, sí se abren nuevas vías de saber y estas están a disposición de un público más amplio (con sus matices). Muy lentamente se va acorralando el analfabetismo accediendo a la instrucción los miembros de la nobleza, primero, la burguesía o campesinos libres enriquecidos, después. Una población cada vez mayor de estudiantes se acaba convirtiendo en el germen de los profesionales liberales.  

La iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval continuaría con la instauración de la imprenta a mediados del siglo XV, fecha en la que se da por finiquitada la época. Donde antes hubo un scriptoria se instala una imprenta. Sin embargo, para entonces, el mundo había cambiado de forma radical y la Edad Media había quedado atrás para siempre. Los caminos volvían a ser transitados. Algunos valientes (o los que no tenían nada que perder) se adentraron incluso allende los mares descubriendo a ojos europeos nuevas tierras. La multiplicación de los libros propició nuevas ideas (erasmismo, el cisma protestante hasta llegar a una nueva posición del hombre en el Renacimiento…) Cada vez eran más los que abandonaban los campos y se concentraban en las ciudades creándose talleres y oficios diversos que, de alguna manera u otra, contribuían a una mejora de la economía. Y con ella se posibilitaba que alguien más abandonara la oscuridad del analfabetismo para adentrarse en la luz de los libros y el conocimiento.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Breve análisis del panorama cultural medieval y la importancia fundamental de la iglesia y sus valores en la sociedad de estos siglos.  

En el 476 caía el Imperio Romano de Occidente dando entrada oficialmente a la Edad Media. Casi un siglo antes, en el 380, el cristianismo se había convertido en la religión oficial de ese mismo imperio en decadencia por un decreto de Constantino. El fin de la cultura clásica supone, en primera instancia, que se deja atrás las creencias en los dioses paganos con todo lo que ello supone. Además y paralelamente, lo que fuera un imperio unido se desmenuza en pequeños reinos tan enfrentados entre sí que las vías de comunicación (en todos los sentidos) comienzan a abandonarse. Y esta se convierte en una circunstancia trascendental para entender a la iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval.  

El teocentrismo de la Edad Media  

De familiaridad con lo santo ha sido descrita la cultura medieval europea al completo. Aún así, hay que ir más allá, mucho más. Hasta finales del siglo XV, con la imprenta y los descubrimientos de nuevas tierras allende los mares, un población harapienta, hambrienta y analfabeta solo ponía su mirada en los dones divinos. Con la caída de Roma, los distintos señores europeos van conformando reinados alrededor de un castillo y sus tierras de labranza. La falta de colaboración entre ellos se transforma en guerras frecuentes que merman cosechas a la par que consumen los escasos recursos económicos disponibles. El ensimismamiento en lo propio hace que se olviden los caminos y que la cultura (a pesar de ser única para todo el territorio europeo) se vuelva local, empobrecida y escasa. 

 Cultura Edad Media  2

En estos cuerpos desvalidos por la desnutrición y los rigores extremos hacen mella plagas de todo tipo que proliferan por la falta de higiene básica ya que también han sido abandonadas las redes de cloacas. Paralelamente, el cristianismo se va extendiendo por toda Europa hasta arrinconar cualquier otra espiritualidad. El mensaje de redención (en otro plano, en un más allá etéreo) va calando en la población que ve este mundo como tránsito hacia la otra vida sin ningún aliciente para agarrarse a los dones terrenos. Tanto fue así que, alrededor del año mil, se acumulaban tal cantidad de tribulaciones que desde los reyes hasta los más humildes de los labriegos creían firmemente en la llegada del fin del mundo. El Apocalipsis se palpaba con la punta de los dedos dando lugar a una literatura propia al respecto que cristalizó en los reinos hispánicos en los llamados Beatos, una de las más bellas muestras artísticas de la Edad Media. 

Una sociedad profundamente dividida en grupos estancos de guerreros (nobleza) y campesinos junto con pequeños artesanos encuentra en el tercer estamento (la iglesia) el único depositario de todos los bienes culturales. Y así se hace. Entre los muros de centros religiosos, aislados de la población, se va concentrando paulatinamente los saberes de la escritura, de la fitoterapia, de la elaboración de algunos productos de higiene, de cerveza… Aquí queda recogido el recuerdo de la cultura clásica, de la filosofía y de la literatura griega, de la historiografía romana, de los herbolarios árabes…  

Pérdida de comunicaciones y reinos confinados  

Para entender la labor de la iglesia y su difusión de la cultura medieval hay que centrarse en la estanca estructura social protagonizada por fronteras (tanto internas como externas) claramente definidas. Cada reino estaba dividido en tres estamentos casi inamovibles: la casta de los guerreros nobles, los campesinos y la iglesia. Y estos reinos, a su vez, apenas tenían comunicación con el vecino y cuando esta se producía era, en un porcentaje elevado, para iniciar hostilidades que acababan en guerras. El analfabetismo era una constante no solo entre los humildes sino también en la, a veces, brutal nobleza. Con este panorama, era la iglesia la depositaria del saber, de las letras, de la lectura, de la música, de los libros y de lo que en ellos se decía.  

A partir del siglo VII y casi hasta el siglo XII las antiguas vías de comunicación romanas fueron abandonadas. Los caminos se convirtieron en territorios peligrosos repletos de criminales de todo tipo que llegaron incluso al canibalismo. Ante esta situación, rara vez alguien se atrevía a traspasar los límites de su terruño y pocos eran lo que, en vida, conocían lo que había más allá de unos veinte o cincuenta kilómetros desde su lugar de nacimiento. Las comunicaciones, por tanto, se hacían complejas, difíciles, lentas y frustrantes. Únicamente, a partir del siglo XII, cuando la situación económica comenzó a dar pequeños respiros, avanzaron algunas vías de peregrinación como el Camino de Santiago. Aún así, tal como se recoge en el famoso libro Codex Calixtinus, el viaje era tan peligroso que eran muchos los fieles que no pudieron regresar a su lugar de origen. 

La iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval: los monasterios  

Si los castillos se convirtieron en el refugio de una población civil asediada por todo tipo de peligros, un tanto de lo mismo sucedió para los libros medievales con respecto a los centros religiosos. Monasterios y conventos se levantan en emplazamientos aislados, a veces, escarpados y de difícil acceso. Se resguardan por altos muros en el plano físico y por una ley conocida por todos que penaba con el infierno eterno a quien osara perturbar una paz que era entregada a mayor gloria de Dios. En estos refugios se concentraban las pocas personas alfabetizadas de la Edad Media y también la enseñanza del saber de la época. Aquí se rezaba y se vivía en comunidad. Se mantenía un huerto y se intentaba comprender las propiedades de ciertas hierbas medicinales que se aprovechaban para llevar a cabo prácticas de medicina natural. Aquí se elaboraba vino o cerveza y se trabajaba en una pequeña granja de autoabastecimiento. 

Y en cada uno de estos centros religiosos se mantenía un scriptoria donde la comunidad religiosa se afanaba pacientemente en copiar con cuidada caligrafía los restos de la cultura clásica. Ya hemos dicho que la pobreza era extrema. Por tanto, los libros eran difíciles de elaborar. Se necesitaban pergaminos (realizados a partir de pieles de animales), tintas y materiales cuyo acopio no era fácil. También hemos anotado que los caminos eran lugares hartos peligrosos. Por tanto, el intercambio y el comercio era casi inexistente. Prácticamente todo se dejaba al autoabastecimiento. Y a ello se unía los escasos volúmenes disponibles para copiar o traducir.

Cultura Edad Media 1 

Porque la única manera que tenía un centro religioso de aumentar su biblioteca era copiar un volumen ya existente. Este podría estar en un monasterio de la misma orden al que había que solicitar el préstamo mediante una correspondencia epistolar peligrosa. Y, una vez admitido el trueque o la solicitud había que proceder al traslado de las obras. Lo último era rezar para que llegara a su destino sin que el mensajero hubiera sido asaltado. Una vez en los scriptoria se procedía a su copiado o a su traducción en otra lengua clásica o (ya pasado el milenio) en alguna de las lenguas romances en las que se había convertido el latín.  

La iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval: los libros

No se creaba tal como hoy lo entendemos. El esfuerzo se concentraba en la recuperación de textos clásicos, en su copiado para que no se perdiera, en las glosas (crítica, explicación o análisis), en los comentarios a los escritos de los padres de la iglesia y poco más. La Biblia acaparaba los primeros recursos y de ella se hacían manuscritos y más manuscritos. Luego ocupaba el interés los escritos con autoridad de los autores cristianos (San Agustín, Santo Tomás…) seguido de algunos textos de difícil clasificación como fueron los Beatos. A continuación, se recuperaban los textos de la cultura clásica considerados compatibles con las enseñanzas cristianas. A pesar de ello, las ideas paganas pervivieron gracias a la labor de copia de estos centros religiosos. Y fue no solo por esta paciente tarea manuscrita sino porque también se intentó blanquear (de alguna manera u otra) este conocimiento a través del concepto de alegoría. 

 

Resumiendo mucho, se entendía que todo en el mundo de más allá tenía una traducción en este plano. Aquí se incluía toda la cultura pagana con dioses que no se empeñaban en ocultar vicios y seres híbridos en metamorfosis. Y todo ello hizo posible que no se perdiera ni Platón ni Aristóteles ni Ovidio y ni siquiera las comedias obscenas de Plauto. Los libros que un día fueron el orgullo de la Biblioteca de Alejandría siguieron circulando y copiándose en los monasterios donde se guardaban con celo y mil llaves.  

La comunicación y la transmisión de la cultura en la Edad Media 

Con esta situación social y cultural la comunicación de las enseñanzas de las escrituras al resto de la población se hacía complicada. Por eso, prácticamente todo llegaba de manera oral. Las parábolas de la Biblia se unían a los sermones dominicales. Y las paredes de las iglesias se llenaron con símbolos que la humanidad de la época sabía descifrar. Allí se hablaba del poder del infierno, de la atracción del pecado, de los dones del paraíso y de la felicidad de la virtud. Tallados en piedra, ese conocimiento esencial estaba al alcance del más humilde mientras los libros se guardaban en espera de publicitarse su conocimiento. 

Del mismo tenor era la literatura medieval. La oralidad era la norma y la escritura la excepción. Orales eran los cantares de gesta con los que los miembros del mester juglaría se empeñaban en llevar un poco de alegría a la población de los castillos medievales. Por eso, excepto alguna muestra, como el Cantar del Mío Cid, se ha perdido la práctica totalidad de la poesía épica de estos siglos. Y orales, con toda probabilidad, eran también los textos del mester de clerecía, aunque estos hayan sufrido mejor destino. Había, por tanto, que fiarlo todo a una frágil memoria cuya transmisión podría quebrarse con facilidad.  

Y en poco más se sustentaba la cultura medieval. Es a partir del siglo XII con un tímido y progresivo aumento de las ciudades, que comienzan a llenarse de una incipiente burguesía artesanal y comercial, cuando empieza a dejarse atrás tanta oscuridad. A partir de estas décadas se van abriendo los caminos, se van levantando iglesias en el estilo románico para desembocar en la grandiosa arquitectura gótica. Paralelamente, los señores feudales van perdiendo poder en favor de reinos cada vez mayores que van concentrando riquezas. Estas pueden invertirse en emprendimientos de cierta ambición. Coincide, además, con la fundación de las primeras universidades europeas (Bolonia en 1088, Oxford en 1096, Cambridge en 1209 o Salamanca en 1218) que se extenderían durante los siglos XIII, XIV y XV. Así, progresivamente, el conocimiento va saliendo de los muros de monasterios y conventos. 

Aunque no se abandonan los estudios tradicionales, sí se abren nuevas vías de saber y estas están a disposición de un público más amplio (con sus matices). Muy lentamente se va acorralando el analfabetismo accediendo a la instrucción los miembros de la nobleza, primero, la burguesía o campesinos libres enriquecidos, después. Una población cada vez mayor de estudiantes se acaba convirtiendo en el germen de los profesionales liberales.  

La iglesia y su papel en la difusión de la cultura medieval continuaría con la instauración de la imprenta a mediados del siglo XV, fecha en la que se da por finiquitada la época. Donde antes hubo un scriptoria se instala una imprenta. Sin embargo, para entonces, el mundo había cambiado de forma radical y la Edad Media había quedado atrás para siempre. Los caminos volvían a ser transitados. Algunos valientes (o los que no tenían nada que perder) se adentraron incluso allende los mares descubriendo a ojos europeos nuevas tierras. La multiplicación de los libros propició nuevas ideas (erasmismo, el cisma protestante hasta llegar a una nueva posición del hombre en el Renacimiento…) Cada vez eran más los que abandonaban los campos y se concentraban en las ciudades creándose talleres y oficios diversos que, de alguna manera u otra, contribuían a una mejora de la economía. Y con ella se posibilitaba que alguien más abandonara la oscuridad del analfabetismo para adentrarse en la luz de los libros y el conocimiento.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Breve análisis de las bases culturales de la Edad Media desde la literatura pasando por el conocimiento enclaustrado en monasterios hasta la arquitectura.  

A pesar del largo periodo histórico que comprende el Medievo europeo con más de diez siglos de existencia (476-1492), podemos rastrear en esta época características, modos y sustratos comunes a la gran mayoría de países europeos. Con la caída del Imperio Romano de Occidente se abre una etapa en la que desaparecen los tímidos avances alcanzados en ingeniería a la par que, progresivamente, se van cayendo, como un castillo de naipes, el entramado de comunicaciones de los siglos anteriores. Así, si por algo se caracteriza la cultura medieval es por el confinamiento en pequeños reinos, en monasterios, en núcleos sociales aislados. Y con ello, el conocimiento se quedó paralizado en una lentitud de tal calibre que podrían pasar décadas para que el más mínimo avance se transmitiera en los doscientos kilómetros a la redonda desde donde se generó. 

Castillos, guerras y señores para entender la cultura medieval 

Con la caída del Imperio Romano, el territorio europeo se desmenuza en pequeños reinos que, a su vez, mantienen distintos señores con bastante poder y enfrentados entre sí. Esto supone que la población queda recluida en emplazamientos dominados por un castillo que se recorren de punta a punta en una jornada. Aquí se nacía, se vivía, se trabajaba, se amaba y se moría. Las labores del campo, de la ganadería o en pequeños talleres artesanales ocupaban el día a día y todo ello con nulas condiciones higiénicas, de salubridad del agua o de acceso a recursos médicos. Las cloacas de las ciudades romanas se habían abandonado y en las casas populares se hacinaban animales de carga o de granja con humanos disputándose, a veces, la comida con roedores y alimañas. Con esta economía de subsistencia casi los recursos eran tan escasos que las hambrunas eran frecuentes debido a la pérdida de las cosechas por sequías, plagas o incendios. A esto se unían enfermedades contagiosas (por la falta de la más mínima higiene y por recaer en una población debilitada) y continuas guerras entre señores vecinos por cualquier cosa. Por tanto, este cóctel de miseria rebaja la esperanza de vida y la calidad de la misma a niveles de subsistencia. 

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Las sucesivas nuevas generaciones de los pueblos no conocían otra vida rodeadas de escasez, injusticia, enfermedad y analfabetismo. Porque, aunque no hay registros, se estima que más del ochenta por ciento de la población no sabía leer las letras ni reconocer ni un solo carácter matemático. Y, aunque eran las gentes sencillas las que estaban sumidas en este desconocimiento, a veces no se quedaba atrás la nobleza perteneciente a una ruda casta guerrera que despreciaba el conocimiento más básico. La falta de comunicación entre los distintos reinos y el confinamiento al que estaba sometido la población hizo, además, que el latín se transformara en las distintas lenguas romances que, en un principio, fueron desechadas por la élite de la cultura medieval para la propagación del arte o de una rudimentaria ciencia.  

Los caminos se fueron abandonando y se convirtieron en un reducto de criminales brutales capaces de cometer atrocidades para sobrevivir. Tanto es así, que lo normal era que un habitante de la Edad Media no se alejara en toda su vida más allá de veinte kilómetros de su lugar de nacimiento. La única vía que pone en contacto unos pueblos con otros (aparte de las guerras) es el Camino de Santiago, especialmente a partir del siglo XII. Tal como se refleja en el conocido Codex Calixtinus o Códice Calixtino el viaje estaba tan plagado de peligros que era frecuente que los peregrinos no regresaran vivos a sus hogares. 

Y esto es válido incluso para la población religiosa refugiada con sus libros (tal como veremos a continuación) en conventos y monasterios. Si a ello sumamos que para producir uno de los pocos libros medievales necesarios para el culto, consulta o estudio se necesitaba recursos económicos que se detraían de lo básico tenemos la combinación perfecta para un retrato de una época oscura en extremo.  

La cultura medieval está refugiada en los monasterios  

Si el castillo era el eje de la vida defensiva o civil, allí donde se acudía a la llamada de recogida o para organizar la más mínima gestión ante el señor, el monasterio no solo era el centro de la vida religiosa (que este recaía en las iglesias) sino cultural. Porque decir cultura medieval es apelar a un cristianismo extendido por toda Europa desplazando cualquier otra opción espiritual y, a veces, de manera extrema. La vida en la tierra era tan dura, aterradora, repleta de peligros y tan poco satisfactoria que se ponía el foco en un más allá de salvación, paradisíaco y utópico.  

Mientras que en las iglesias se sucedían los sermones amonestando con castigos que se palpaban día a día, en los monasterios se disfrutaba de una vida recogida centrada en el estudio. Porque el grueso de la población alfabetizada pertenecía a las congregaciones religiosas. Allí se estudiaba teología, gramática, latín y nociones básicas de fitoterapia que servían como remedios medicinales básicos. Los monasterios giraban alrededor de los scriptoria, los espacios donde pacientemente se copiaban los retazos de la cultura clásica que había logrado sobrevivir al tiempo. No había más ambición creativa o científica que guardar aquello que había sobrevivido de la antigüedad. Pacientemente, se copiaban los textos de la literatura griega, de la filosofía, de los herbolarios, de la historiografía romana y de aquellos libros que un día fueron el orgullo de la Biblioteca de Alejandría y que en ella época se sentía como lejana. El trabajo era tan laborioso, lento y caro que las bibliotecas de estos centros del saber rara vez alcanzaban los cincuenta ejemplares. Para seguir produciendo libros se recurría al préstamo mediante farragosas negociaciones por carta que podían extenderse durante años. 

Cultura Edad Media  3 

Ante esta situación de escasez extrema, las hojas de los libros se guardaban celosamente para transcribir la Biblia, los escritos de los santos y de los padres de la Iglesia (especialmente San Agustín y Santo Tomás) y los textos filosóficos de los autores paganos que no pudieran comprometer los principios del cristianismo. Las preferencias estaban claras. Lo que se dejaba por escrito se consideraba fundamental para la salvación del alma y el reposo del espíritu en esta vida. Lo demás casi no importaba. 

Pocas obras hubo originales y cuando existieron (como los famosos Beatos) siempre fueron un compendio de escritos tomados de la Biblia, glosas y fragmentos de autores pasados. Alrededor del año mil tal era la tribulación que soportaba el grueso de la población que se había llegado al convencimiento de que el fin del mundo estaba cerca. Como el Apocalipsis no llegó, hubo un tímido renacer a partir del siglo XI que se aprovechó para intentar progresar en matemáticas, geografía, historia, medicina e, incluso, astronomía. Sin embargo, todos estos estudios tenían que tener el beneplácito eclesial para no caer en alguna de las múltiples herejías estipuladas por la inquisición y que podía dar (como de hecho sucedió en más de una ocasión) con el investigador en la hoguera.  

La literatura oral dentro del contexto de la cultura medieval  

En este orden de cosas en el que los recursos eran tan escasos que el conocimiento apenas podía progresar  (y cuando se hacía se frenaba por considerarlo contrario a los principios cristianos) los ejemplos escritos de literatura son mínimos. La población pobre y analfabeta demandaba un tipo de espectáculo perteneciente al mester de juglaría en el que se mezclaban la recitación de poemas épicos con otro tipo de números de evasión o de diversión. Así se combinaban los malabares y las coreografías con pequeños animales con la recitación de los cantares de gesta acompañados de algún instrumento básico. Estos siempre daban cuenta de las hazañas de héroes locales conocidos por todos por ser prácticamente contemporáneos. Y, con algunas excepciones, todo se dejaba a la memoria y al trabajo oral. Si bien en castellano se ha conservado el Cantar del Mío Cid, de las aventuras de otros guerreros patrios solo nos han llegado sus ecos.  

Aunque pudiera parecer que la literatura culta (alrededor del mester de clerecía) recibía mejor trato a la hora de pasar las fronteras de lo escrito, tampoco había mucha diferencia. Por eso, los textos que nos han llegado de este género también han sido mínimos. En España, se cuentan con los dedos de las manos.  Podemos nombrar los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo o el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Y eso que, a diferencia del resto de los reinos europeos, pudo asentarse algunas escuelas importantes aprovechando la presencia árabe y judía. Buena prueba de ello es la escuela de traductores de Toledo fundada por el obispo don Raimundo y la labor cultural del Rey Alfonso X, el sabio, ambas del siglo XII. 

La cultura medieval ensalza el arte para Dios 

De familiaridad con lo santo se ha descrito la época. Y así hay que entenderla ya que poco o nada queda de algún pensamiento pagano o mínimamente ajeno a la religión. Dios se convierte en el centro todopoderoso de todos los aspectos de la vida y con ello se coarta la libertad necesaria para el desarrollo no ya de la ciencia sino de hasta pequeñas actividades artesanales (elaboración de cerveza, de productos básicos de higiene, de tinturas médicas…) que se concentran en los monasterios. Aquí se queda atrapado ese conocimiento sin apenas ofrecerse a la sociedad. A eso unimos la falta de comunicaciones entre las poblaciones que no permite que el poco conocimiento que se crea salten los muros de los centros religiosos.

 Cutura Edad Media

Cualquier otra manifestación de la cultura medieval será para construir toscas iglesias en el estilo románico primero y en la arquitectura gótica después, ya rozando y avanzando hacia el Renacimiento. La energía creativa y monetaria se ponía al servicio de Dios y su alabanza. Los templos se llenaban de símbolos que aleccionaban a la población sobre las tentaciones demoníacas frente a la promesa del paraíso. Era la única forma de comunicar conceptos abstractos a gentes sencillas, atrapadas en la superstición y en un analfabetismo sistémico. Y este panorama quedaría inalterable y casi congelado en el tiempo durante largos siglos. Empezaría a cambiar a partir del siglo XIII con el avance de las ciudades y una tímida actividad burguesa que propició la creación de las primeras universidades cuyo conocimiento ya quedaba fuera de los centros monásticos. La imprenta en siglo XV haría el resto liquidando la época para siempre.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Breve análisis de las bases culturales de la Edad Media desde la literatura pasando por el conocimiento enclaustrado en monasterios hasta la arquitectura.  

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Castillos, guerras y señores para entender la cultura medieval 

Con la caída del Imperio Romano, el territorio europeo se desmenuza en pequeños reinos que, a su vez, mantienen distintos señores con bastante poder y enfrentados entre sí. Esto supone que la población queda recluida en emplazamientos dominados por un castillo que se recorren de punta a punta en una jornada. Aquí se nacía, se vivía, se trabajaba, se amaba y se moría. Las labores del campo, de la ganadería o en pequeños talleres artesanales ocupaban el día a día y todo ello con nulas condiciones higiénicas, de salubridad del agua o de acceso a recursos médicos. Las cloacas de las ciudades romanas se habían abandonado y en las casas populares se hacinaban animales de carga o de granja con humanos disputándose, a veces, la comida con roedores y alimañas. Con esta economía de subsistencia casi los recursos eran tan escasos que las hambrunas eran frecuentes debido a la pérdida de las cosechas por sequías, plagas o incendios. A esto se unían enfermedades contagiosas (por la falta de la más mínima higiene y por recaer en una población debilitada) y continuas guerras entre señores vecinos por cualquier cosa. Por tanto, este cóctel de miseria rebaja la esperanza de vida y la calidad de la misma a niveles de subsistencia. 

 Cultura Edad Media 1

Las sucesivas nuevas generaciones de los pueblos no conocían otra vida rodeadas de escasez, injusticia, enfermedad y analfabetismo. Porque, aunque no hay registros, se estima que más del ochenta por ciento de la población no sabía leer las letras ni reconocer ni un solo carácter matemático. Y, aunque eran las gentes sencillas las que estaban sumidas en este desconocimiento, a veces no se quedaba atrás la nobleza perteneciente a una ruda casta guerrera que despreciaba el conocimiento más básico. La falta de comunicación entre los distintos reinos y el confinamiento al que estaba sometido la población hizo, además, que el latín se transformara en las distintas lenguas romances que, en un principio, fueron desechadas por la élite de la cultura medieval para la propagación del arte o de una rudimentaria ciencia.  

Los caminos se fueron abandonando y se convirtieron en un reducto de criminales brutales capaces de cometer atrocidades para sobrevivir. Tanto es así, que lo normal era que un habitante de la Edad Media no se alejara en toda su vida más allá de veinte kilómetros de su lugar de nacimiento. La única vía que pone en contacto unos pueblos con otros (aparte de las guerras) es el Camino de Santiago, especialmente a partir del siglo XII. Tal como se refleja en el conocido Codex Calixtinus o Códice Calixtino el viaje estaba tan plagado de peligros que era frecuente que los peregrinos no regresaran vivos a sus hogares. 

Y esto es válido incluso para la población religiosa refugiada con sus libros (tal como veremos a continuación) en conventos y monasterios. Si a ello sumamos que para producir uno de los pocos libros medievales necesarios para el culto, consulta o estudio se necesitaba recursos económicos que se detraían de lo básico tenemos la combinación perfecta para un retrato de una época oscura en extremo.  

La cultura medieval está refugiada en los monasterios  

Si el castillo era el eje de la vida defensiva o civil, allí donde se acudía a la llamada de recogida o para organizar la más mínima gestión ante el señor, el monasterio no solo era el centro de la vida religiosa (que este recaía en las iglesias) sino cultural. Porque decir cultura medieval es apelar a un cristianismo extendido por toda Europa desplazando cualquier otra opción espiritual y, a veces, de manera extrema. La vida en la tierra era tan dura, aterradora, repleta de peligros y tan poco satisfactoria que se ponía el foco en un más allá de salvación, paradisíaco y utópico.  

Mientras que en las iglesias se sucedían los sermones amonestando con castigos que se palpaban día a día, en los monasterios se disfrutaba de una vida recogida centrada en el estudio. Porque el grueso de la población alfabetizada pertenecía a las congregaciones religiosas. Allí se estudiaba teología, gramática, latín y nociones básicas de fitoterapia que servían como remedios medicinales básicos. Los monasterios giraban alrededor de los scriptoria, los espacios donde pacientemente se copiaban los retazos de la cultura clásica que había logrado sobrevivir al tiempo. No había más ambición creativa o científica que guardar aquello que había sobrevivido de la antigüedad. Pacientemente, se copiaban los textos de la literatura griega, de la filosofía, de los herbolarios, de la historiografía romana y de aquellos libros que un día fueron el orgullo de la Biblioteca de Alejandría y que en ella época se sentía como lejana. El trabajo era tan laborioso, lento y caro que las bibliotecas de estos centros del saber rara vez alcanzaban los cincuenta ejemplares. Para seguir produciendo libros se recurría al préstamo mediante farragosas negociaciones por carta que podían extenderse durante años. 

Cultura Edad Media  3 

Ante esta situación de escasez extrema, las hojas de los libros se guardaban celosamente para transcribir la Biblia, los escritos de los santos y de los padres de la Iglesia (especialmente San Agustín y Santo Tomás) y los textos filosóficos de los autores paganos que no pudieran comprometer los principios del cristianismo. Las preferencias estaban claras. Lo que se dejaba por escrito se consideraba fundamental para la salvación del alma y el reposo del espíritu en esta vida. Lo demás casi no importaba. 

Pocas obras hubo originales y cuando existieron (como los famosos Beatos) siempre fueron un compendio de escritos tomados de la Biblia, glosas y fragmentos de autores pasados. Alrededor del año mil tal era la tribulación que soportaba el grueso de la población que se había llegado al convencimiento de que el fin del mundo estaba cerca. Como el Apocalipsis no llegó, hubo un tímido renacer a partir del siglo XI que se aprovechó para intentar progresar en matemáticas, geografía, historia, medicina e, incluso, astronomía. Sin embargo, todos estos estudios tenían que tener el beneplácito eclesial para no caer en alguna de las múltiples herejías estipuladas por la inquisición y que podía dar (como de hecho sucedió en más de una ocasión) con el investigador en la hoguera.  

La literatura oral dentro del contexto de la cultura medieval  

En este orden de cosas en el que los recursos eran tan escasos que el conocimiento apenas podía progresar  (y cuando se hacía se frenaba por considerarlo contrario a los principios cristianos) los ejemplos escritos de literatura son mínimos. La población pobre y analfabeta demandaba un tipo de espectáculo perteneciente al mester de juglaría en el que se mezclaban la recitación de poemas épicos con otro tipo de números de evasión o de diversión. Así se combinaban los malabares y las coreografías con pequeños animales con la recitación de los cantares de gesta acompañados de algún instrumento básico. Estos siempre daban cuenta de las hazañas de héroes locales conocidos por todos por ser prácticamente contemporáneos. Y, con algunas excepciones, todo se dejaba a la memoria y al trabajo oral. Si bien en castellano se ha conservado el Cantar del Mío Cid, de las aventuras de otros guerreros patrios solo nos han llegado sus ecos.  

Aunque pudiera parecer que la literatura culta (alrededor del mester de clerecía) recibía mejor trato a la hora de pasar las fronteras de lo escrito, tampoco había mucha diferencia. Por eso, los textos que nos han llegado de este género también han sido mínimos. En España, se cuentan con los dedos de las manos.  Podemos nombrar los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo o el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita. Y eso que, a diferencia del resto de los reinos europeos, pudo asentarse algunas escuelas importantes aprovechando la presencia árabe y judía. Buena prueba de ello es la escuela de traductores de Toledo fundada por el obispo don Raimundo y la labor cultural del Rey Alfonso X, el sabio, ambas del siglo XII. 

La cultura medieval ensalza el arte para Dios 

De familiaridad con lo santo se ha descrito la época. Y así hay que entenderla ya que poco o nada queda de algún pensamiento pagano o mínimamente ajeno a la religión. Dios se convierte en el centro todopoderoso de todos los aspectos de la vida y con ello se coarta la libertad necesaria para el desarrollo no ya de la ciencia sino de hasta pequeñas actividades artesanales (elaboración de cerveza, de productos básicos de higiene, de tinturas médicas…) que se concentran en los monasterios. Aquí se queda atrapado ese conocimiento sin apenas ofrecerse a la sociedad. A eso unimos la falta de comunicaciones entre las poblaciones que no permite que el poco conocimiento que se crea salten los muros de los centros religiosos.

 Cutura Edad Media

Cualquier otra manifestación de la cultura medieval será para construir toscas iglesias en el estilo románico primero y en la arquitectura gótica después, ya rozando y avanzando hacia el Renacimiento. La energía creativa y monetaria se ponía al servicio de Dios y su alabanza. Los templos se llenaban de símbolos que aleccionaban a la población sobre las tentaciones demoníacas frente a la promesa del paraíso. Era la única forma de comunicar conceptos abstractos a gentes sencillas, atrapadas en la superstición y en un analfabetismo sistémico. Y este panorama quedaría inalterable y casi congelado en el tiempo durante largos siglos. Empezaría a cambiar a partir del siglo XIII con el avance de las ciudades y una tímida actividad burguesa que propició la creación de las primeras universidades cuyo conocimiento ya quedaba fuera de los centros monásticos. La imprenta en siglo XV haría el resto liquidando la época para siempre.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Cultura medieval

  Breve análisis de las bases culturales de la Edad Media desde la literatura pasando por el ...

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Bases políticas, sociales y culturales en el origen del Neoclasicismo en Europa y América. 

El origen del Neoclasicismo hay que buscarlo en los países europeos que primero abrazaron los principios de la ilustración: Francia y Reino Unido a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Desde estos emplazamientos los principios del llamado Siglo de las Luces se van extendiendo, primero, por el resto del continente europeo y, luego, por toda América. Es un cambio que pretende ser global, tanto cultural o artístico como político y social. Surge como rechazo a los excesos de todo tipo de las monarquías absolutas amparadas por la iglesia. Si hay una palabra que defina la sociedad del siglo XVII (la anterior a la neoclásica) esta es desigualdad. Mientras que la aristocracia malgastaba todos los recursos disponibles en un derroche festivo y exuberante tal cual refleja el arte barroco, el pueblo se consumía en sucesivas crisis y en el más absoluto pesimismo. Todo esto dio un giro a principios del siglo XVIII, en toda Europa, cuando un grupo de ilustrados propugnan un orden nuevo de cosas en el que la sencillez, la educación, la sobriedad y los principios cívicos fueran las bases de una sociedad más igualitaria, justa y basada en los avances de la ciencia y las bondades de la razón. 

Los nuevos modelos políticos en el origen del Neoclasicismo

Resumiendo mucho hay que tener en cuenta:  

1.- La época anterior se había caracterizado por los excesos en todos los órdenes de la vida. Mientras la desigualdad se hacía cada vez mayor, el arte barroco se ponía a disposición de una élite ensimismada en un mundo de ocio festivo sin aportar absolutamente nada a la sociedad. Las monarquías absolutas (con el apoyo de la iglesia) habían degenerado tanto que los recursos disponibles se despilfarraban en elementos suntuosos. Todo ello desembocaría dramáticamente en la Revolución Francesa. 

2.- Hasta ese hecho, un grupo de intelectuales, los llamados ilustrados, ven la necesidad de hacer un cambio social basado en una incipiente igualdad con bases en el parlamentarismo. Apoyados en los nuevos avances científicos, ensalzan los principios de la razón, la observación de la naturaleza y el empirismo como los únicos modelos que pudieran hacer avanzar la sociedad.  

3.-Se crean grupos de opinión alejados de la corte alrededor de las bondades que otorga las virtudes cívicas. Casinos, tertulias, sociedades literarias o científicas van desarrollándose y van fraguando aquellos principios que están en el origen del Neoclasicismo. 

4.- El rechazo a las monarquías absolutas se contrarresta con un incipiente parlamentarismo que va despojando de poder a los reyes (con buenos resultados en Reino Unido) o bien en un republicanismo. Este, además de Francia, va añadiendo adeptos en todos los territorios americanos, primero en el sur y luego en el norte. Comienzan las sucesivas guerras de independencia con dispar éxito en cada país. 

5.- La necesidad de un estado laico también está en el origen del Neoclasicismo. O, al menos, la necesidad de desvincular la iglesia de los asuntos legales. A la par, se promulga la división de poderes y asistimos también al nacimiento de la prensa escrita. Por primera vez, se ponen las bases para la libertad de imprenta, antecedente de la libertad de expresión. 

6.- Todas estas ideas van bullendo, al menos, en la élite culta que propone, además, una instrucción básica general para toda la población. Y con este fin se redactan distintos planes para adaptar los estudios a las diferentes necesidades sociales. Se pone sobre la mesa la necesidad de reformar la universidad con nuevos estudios más útiles. Y, además, y esto es nuevo, se intenta (con éxito dispar en cada país) crear escuelas para toda la población. 

Ni que decir tiene que todos estos principios que se encuentran en la definición de Neoclasicismo se llevan a la práctica con desigual acierto. Así, mientras en Estados Unidos (aunque más tarde) da comienzo su particular guerra independentista que lleva a un sistema congresista muy avanzado para los parámetros de la época, el Neoclasicismo español termina abruptamente con el reinado infame del Fernando VII. Y esto por poner solo dos ejemplos. 

La cultura del Neoclasicismo 

1.- Paralelamente a todas las propuestas en el ámbito político o social, sí se traduce en un notable avance con respecto a mejoras en el urbanismo general y en las condiciones de vida de las distintas ciudades europeas y americanas. Se acometen obras mínimas de saneamiento y de una incipiente iluminación (en las zonas nobles o de más tránsito). De esta época son los grandes bulevares arbolados para paseos y la creación de los parques públicos. Muchos de estos espacios fueron ganados a la ciudadanía tras pertenecer a reyes o a aristócratas (la mayoría como cotos de caza) de forma privada.

2.- En ese afán por llevar las virtudes cívicas y la instrucción a un porcentaje mayor de la población se crean museos de arte (con fondos procedentes de las colecciones reales), teatros públicos (antes inexistentes como tales), academias de todo tipo (astronómica, de la lengua, de historia, naturales…), universidades en las mayores ciudades de América… La arquitectura del Neoclasicismo se inspira en los modelos sobrios del arte griego. Los edificios que se levantan son limpios, elegantes y adornados con esbeltas columnas que le confieren un aire palaciego de espíritu laico. 

3.- Además, para entender el origen del Neoclasicismo hay que tener en cuenta también la revitalización de la cultura clásica. Si bien, la literatura griega o romana ya había encontrado acomodo en el Renacimiento, ahora se vuelve la mirada a los restos de la arquitectura romana. Esta se conoce en Europa a través de las excavaciones en Pompeya y también por ese viaje de fin de estudios que supuso el Grand Tour. Era este un periplo de varios meses desde las grandes ciudades europeas hacia tierras italianas, Egipto e, incluso, Estambul. Ni que decir tiene que solo la élite económica y cultural podía hacer frente a una aventura que duraba más de tres o cuatro meses. Sin embargo, eso no quita para que esas vivencias, a través de diarios, cuadernos y dibujos, fueran conocidas por el gran público. Aparece, así, ante los ojos una realidad pagana, republicana y culta que se quiere imitar (con sus salvedades). 

4.- La cultura del Neoclasicismo es la de la razón, la de la verdad, la de la sencillez, la del empirismo. Lucha contra la superstición incrustada en buena parte de la sociedad y quiere imponer modelos de instrucción y educativos generales en una población eminentemente analfabeta. 

Si bien todos estos condicionantes están en el origen del Neoclasicismo, la evolución en cada territorio se hizo desigual. Los recién creados Estados Unidos de América quizás sea el país que consiguió crear una sociedad más acorde con estos principios. Le sigue Francia (tras los horrores de la Revolución Francesa) y también Reino Unido que supo levantar una instrucción general básica imprescindible para la gestión de sus colonias y reducir el poder de la monarquía. En América del Sur, distintas revoluciones desbarataron estas ideas muy pronto. Y en España, tras las fallidas Cortes de Cádiz, hubo una auténtica involución en todos los aspectos. De esta época es el gusto por el ensayo motivado y razonado en prosa. Y las principales características de la arquitectura neoclásica aún pueden disfrutarse en museos europeos o americanos, en los bulevares centenarios de las grandes ciudades, en los primeros zoológicos o en las academias de la historia o de la lengua que siguen activas y con vigor. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Bases políticas, sociales y culturales en el origen del Neoclasicismo en Europa y América. 

El origen del Neoclasicismo hay que buscarlo en los países europeos que primero abrazaron los principios de la ilustración: Francia y Reino Unido a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Desde estos emplazamientos los principios del llamado Siglo de las Luces se van extendiendo, primero, por el resto del continente europeo y, luego, por toda América. Es un cambio que pretende ser global, tanto cultural o artístico como político y social. Surge como rechazo a los excesos de todo tipo de las monarquías absolutas amparadas por la iglesia. Si hay una palabra que defina la sociedad del siglo XVII (la anterior a la neoclásica) esta es desigualdad. Mientras que la aristocracia malgastaba todos los recursos disponibles en un derroche festivo y exuberante tal cual refleja el arte barroco, el pueblo se consumía en sucesivas crisis y en el más absoluto pesimismo. Todo esto dio un giro a principios del siglo XVIII, en toda Europa, cuando un grupo de ilustrados propugnan un orden nuevo de cosas en el que la sencillez, la educación, la sobriedad y los principios cívicos fueran las bases de una sociedad más igualitaria, justa y basada en los avances de la ciencia y las bondades de la razón. 

Los nuevos modelos políticos en el origen del Neoclasicismo

Resumiendo mucho hay que tener en cuenta:  

1.- La época anterior se había caracterizado por los excesos en todos los órdenes de la vida. Mientras la desigualdad se hacía cada vez mayor, el arte barroco se ponía a disposición de una élite ensimismada en un mundo de ocio festivo sin aportar absolutamente nada a la sociedad. Las monarquías absolutas (con el apoyo de la iglesia) habían degenerado tanto que los recursos disponibles se despilfarraban en elementos suntuosos. Todo ello desembocaría dramáticamente en la Revolución Francesa. 

2.- Hasta ese hecho, un grupo de intelectuales, los llamados ilustrados, ven la necesidad de hacer un cambio social basado en una incipiente igualdad con bases en el parlamentarismo. Apoyados en los nuevos avances científicos, ensalzan los principios de la razón, la observación de la naturaleza y el empirismo como los únicos modelos que pudieran hacer avanzar la sociedad.  

3.-Se crean grupos de opinión alejados de la corte alrededor de las bondades que otorga las virtudes cívicas. Casinos, tertulias, sociedades literarias o científicas van desarrollándose y van fraguando aquellos principios que están en el origen del Neoclasicismo. 

4.- El rechazo a las monarquías absolutas se contrarresta con un incipiente parlamentarismo que va despojando de poder a los reyes (con buenos resultados en Reino Unido) o bien en un republicanismo. Este, además de Francia, va añadiendo adeptos en todos los territorios americanos, primero en el sur y luego en el norte. Comienzan las sucesivas guerras de independencia con dispar éxito en cada país. 

5.- La necesidad de un estado laico también está en el origen del Neoclasicismo. O, al menos, la necesidad de desvincular la iglesia de los asuntos legales. A la par, se promulga la división de poderes y asistimos también al nacimiento de la prensa escrita. Por primera vez, se ponen las bases para la libertad de imprenta, antecedente de la libertad de expresión. 

6.- Todas estas ideas van bullendo, al menos, en la élite culta que propone, además, una instrucción básica general para toda la población. Y con este fin se redactan distintos planes para adaptar los estudios a las diferentes necesidades sociales. Se pone sobre la mesa la necesidad de reformar la universidad con nuevos estudios más útiles. Y, además, y esto es nuevo, se intenta (con éxito dispar en cada país) crear escuelas para toda la población. 

Ni que decir tiene que todos estos principios que se encuentran en la definición de Neoclasicismo se llevan a la práctica con desigual acierto. Así, mientras en Estados Unidos (aunque más tarde) da comienzo su particular guerra independentista que lleva a un sistema congresista muy avanzado para los parámetros de la época, el Neoclasicismo español termina abruptamente con el reinado infame del Fernando VII. Y esto por poner solo dos ejemplos. 

La cultura del Neoclasicismo 

1.- Paralelamente a todas las propuestas en el ámbito político o social, sí se traduce en un notable avance con respecto a mejoras en el urbanismo general y en las condiciones de vida de las distintas ciudades europeas y americanas. Se acometen obras mínimas de saneamiento y de una incipiente iluminación (en las zonas nobles o de más tránsito). De esta época son los grandes bulevares arbolados para paseos y la creación de los parques públicos. Muchos de estos espacios fueron ganados a la ciudadanía tras pertenecer a reyes o a aristócratas (la mayoría como cotos de caza) de forma privada.

2.- En ese afán por llevar las virtudes cívicas y la instrucción a un porcentaje mayor de la población se crean museos de arte (con fondos procedentes de las colecciones reales), teatros públicos (antes inexistentes como tales), academias de todo tipo (astronómica, de la lengua, de historia, naturales…), universidades en las mayores ciudades de América… La arquitectura del Neoclasicismo se inspira en los modelos sobrios del arte griego. Los edificios que se levantan son limpios, elegantes y adornados con esbeltas columnas que le confieren un aire palaciego de espíritu laico. 

3.- Además, para entender el origen del Neoclasicismo hay que tener en cuenta también la revitalización de la cultura clásica. Si bien, la literatura griega o romana ya había encontrado acomodo en el Renacimiento, ahora se vuelve la mirada a los restos de la arquitectura romana. Esta se conoce en Europa a través de las excavaciones en Pompeya y también por ese viaje de fin de estudios que supuso el Grand Tour. Era este un periplo de varios meses desde las grandes ciudades europeas hacia tierras italianas, Egipto e, incluso, Estambul. Ni que decir tiene que solo la élite económica y cultural podía hacer frente a una aventura que duraba más de tres o cuatro meses. Sin embargo, eso no quita para que esas vivencias, a través de diarios, cuadernos y dibujos, fueran conocidas por el gran público. Aparece, así, ante los ojos una realidad pagana, republicana y culta que se quiere imitar (con sus salvedades). 

4.- La cultura del Neoclasicismo es la de la razón, la de la verdad, la de la sencillez, la del empirismo. Lucha contra la superstición incrustada en buena parte de la sociedad y quiere imponer modelos de instrucción y educativos generales en una población eminentemente analfabeta. 

Si bien todos estos condicionantes están en el origen del Neoclasicismo, la evolución en cada territorio se hizo desigual. Los recién creados Estados Unidos de América quizás sea el país que consiguió crear una sociedad más acorde con estos principios. Le sigue Francia (tras los horrores de la Revolución Francesa) y también Reino Unido que supo levantar una instrucción general básica imprescindible para la gestión de sus colonias y reducir el poder de la monarquía. En América del Sur, distintas revoluciones desbarataron estas ideas muy pronto. Y en España, tras las fallidas Cortes de Cádiz, hubo una auténtica involución en todos los aspectos. De esta época es el gusto por el ensayo motivado y razonado en prosa. Y las principales características de la arquitectura neoclásica aún pueden disfrutarse en museos europeos o americanos, en los bulevares centenarios de las grandes ciudades, en los primeros zoológicos o en las academias de la historia o de la lengua que siguen activas y con vigor. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

 

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Si los nuevos inventos siempre responden a necesidades ya existentes, a patrones y preguntas previas; el desarrollo de la comunicación electrónica, en general, y la hipermedia, en particular, van a plantearse de acuerdo con estas premisas. Pero, ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En estos conceptos se basa el origen de Internet. Nos adentramos en uno de los inventos más fabulosos de la historia humana.​

Primera etapa: la creación de la hipermedia en el origen de Internet​​

Para ello, tenemos que remontarnos a todos aquellos trabajos que a lo largo del siglo XX –siempre vinculados a empresas de tecnologías o a ámbitos universitarios- se afanaron en buscar soluciones electrónicas para la ordenación de grandes volúmenes de información y la gestión de los correspondientes archivos. ​​El primer hito que conduciría a la creación de documentos electrónicos en formato hipertexto se produce en julio de 1945. En ese año el director de la U.S. Government’s Office of Scientific Research and Devolopmet, de nombre Vannevar Bush y quien no tiene que ver absolutamente nada con los distintos presidentes de USA, publica en Atlantic Monthly el artículo “As we hay think”. En el mismo daba forma a un modelo informático (bautizado con el nombre de “Memex” -MEMory Extension-) que operaba del mismo modo que lo hace el cerebro. Es decir, no de una manera lineal sino a través de conexiones mediante asociación de conceptos.

Había nacido la idea de red en la comunicación. ​​Un poco más tarde, Douglas Engelbart, del Stanford Reserch Institute, ideó, ya entrado los años sesenta,  otro modelo informático siguiendo los parámetros de Bush. Y a éste le añadió herramientas tan imprescindibles actualmente como el ratón, los iconos gráficos y las ventanas. Aunque ninguno de los proyectos se llevó a la práctica, ambos fueron la base para que este último laboratorio, unos cuantos de años más tarde, creara el “NSL/Augement”. Este es el primer sistema para la creación de hipertextos concebido como extensión del intelecto humano. Había nacido la hipermedia. ​​Los términos hipertexto e hipermedia, sin embargo, fueron acuñados por Ted Nelson (Universidad de Brown) en 1965 en su artículo “A File Structure for the Complex, The Changing and the Indeterminante”.

Este artículo fue recogido, más tarde, en el libro Literary Machines (1981).  ​​Se definen ya los conceptos tal como lo utilizamos hoy en los siguientes términos: ​​La explicación más breve del hipertexto sería “escritura no secuencial”, o no lineal. Si se une a imágenes y sonidos [multimedia], se convierte en hipermedia. ​​Pero esto no es todo. El hipertexto debe permitir sobre todo el libre movimiento del usuario. Esto es lo esencial. El desarrollo de la hipermedia se realizará a partir de los años setenta.

​​Segunda etapa: la utopía de Xanadú en el origen de Internet

​​Y esta a su vez se divide en dos fases claramente diferenciadas. Así, tenemos que hablar, en este sentido, de dos generaciones de sistemas hipermedia:

​​1.- La primera, que ocupa los últimos años sesenta y la década de los setenta. Esta primera etapa está marcada por un proyecto ambicioso, Xanadu, con en el que se pretendía crear una magna biblioteca virtual de textos en forma hipertextual.  Xanudu se erige en símbolo de la creación artística y de la memoria, el lugar “donde nada será jamás olvidado”(Nelson). Xanadu pretende, así, convertirse en esa soñada Biblioteca Universal con cabida para todos los libros, todo el saber; estamos, en definitiva, ante uno de los anhelos más antiguos del ser humano desde la creación de la Biblioteca de Alejandría.

​​2.- La segunda generación, con el desarrollo de imágenes, animaciones y sonidos de alta calidad, comienza en la década de los ochenta y se articula de tal forma que permite al usuario un acceso fácil a la información ofrecida.​​Si bien todos estos proyectos, junto con el uso del disquete, el CR-ROM y, en fecha temprana, el D.V.D., y la posibilidad del traslado de archivos de un punto a otro, son y han sido importantes, el cambio más profundo ha llegado con la expansión de Internet, la red de redes. ​​

Tercera etapa: la creación de la www y comienza la gran historia de Internet

​​Resumimos:

​​1.- Internet nació como un proyecto de telecomunicaciones del Departamento de Defensa de los Estados Unidos en 1969. Lo que se pretendía era interconectar ordenadores entre sí para enviar comunicaciones cifradas y selladas. Esto es, el origen primitivo de Internet hay que buscarlo en un proyecto militar de inteligencia. El primer nombre fue DARPANET y lo formaban tan solo cuatro ordenadores.

​​2.- Este evolucionó hacia ARPANET que se disolvió en 1989, justo cuando comienza la gran fase de expansión de Internet, ya desvinculado de sus orígenes militares, para convertirse en la red de redes.

​​3.- Internet se basa en la descentralización y en la implantación del protocolo TCP/IP que permite el correo electrónico, los grupos de noticias o las transferencias de ficheros. Y todo ello con una facilidad de acceso desde cualquier punto con conexión a la red, rentable y eficaz. ​​

4.- Es en 1989, ya en una segunda fase desvinculada de su origen militar, cuando se desarrolla y se propone un sistema de transmisión que tiene como base el hipertexto y la hipermedia. Estamos hablando del World Wide Web (WWW), implantado en la red a partir de 1991. Hasta aquí el desarrollo del hipertexto, paralelo a la revolución electrónica en todos los órdenes. ​​

Ahora bien, si los cambios han sido tan evidentes que han transformado no solo la vida académica, al tener acceso a una cantidad ingente de información, sino que, además, está significando, incluso, un cambio en la manera de organizar el conocimiento. Estos mismos cambios son los que le sirven a los detractores del sistema para augurar un futuro casi apocalíptico basado en la exclusión y en la manipulación que puede devenir con el uso indebido de las nuevas tecnologías. Quizás el origen de Internet salido de la inteligencia militar contribuya a ello. ​​ ​

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Si los nuevos inventos siempre responden a necesidades ya existentes, a patrones y preguntas previas; el desarrollo de la comunicación electrónica, en general, y la hipermedia, en particular, van a plantearse de acuerdo con estas premisas. Pero, ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En estos conceptos se basa el origen de Internet. Nos adentramos en uno de los inventos más fabulosos de la historia humana.​

Primera etapa: la creación de la hipermedia en el origen de Internet​​

Para ello, tenemos que remontarnos a todos aquellos trabajos que a lo largo del siglo XX –siempre vinculados a empresas de tecnologías o a ámbitos universitarios- se afanaron en buscar soluciones electrónicas para la ordenación de grandes volúmenes de información y la gestión de los correspondientes archivos. ​​El primer hito que conduciría a la creación de documentos electrónicos en formato hipertexto se produce en julio de 1945. En ese año el director de la U.S. Government’s Office of Scientific Research and Devolopmet, de nombre Vannevar Bush y quien no tiene que ver absolutamente nada con los distintos presidentes de USA, publica en Atlantic Monthly el artículo “As we hay think”. En el mismo daba forma a un modelo informático (bautizado con el nombre de “Memex” -MEMory Extension-) que operaba del mismo modo que lo hace el cerebro. Es decir, no de una manera lineal sino a través de conexiones mediante asociación de conceptos.

Había nacido la idea de red en la comunicación. ​​Un poco más tarde, Douglas Engelbart, del Stanford Reserch Institute, ideó, ya entrado los años sesenta,  otro modelo informático siguiendo los parámetros de Bush. Y a éste le añadió herramientas tan imprescindibles actualmente como el ratón, los iconos gráficos y las ventanas. Aunque ninguno de los proyectos se llevó a la práctica, ambos fueron la base para que este último laboratorio, unos cuantos de años más tarde, creara el “NSL/Augement”. Este es el primer sistema para la creación de hipertextos concebido como extensión del intelecto humano. Había nacido la hipermedia. ​​Los términos hipertexto e hipermedia, sin embargo, fueron acuñados por Ted Nelson (Universidad de Brown) en 1965 en su artículo “A File Structure for the Complex, The Changing and the Indeterminante”.

Este artículo fue recogido, más tarde, en el libro Literary Machines (1981).  ​​Se definen ya los conceptos tal como lo utilizamos hoy en los siguientes términos: ​​La explicación más breve del hipertexto sería “escritura no secuencial”, o no lineal. Si se une a imágenes y sonidos [multimedia], se convierte en hipermedia. ​​Pero esto no es todo. El hipertexto debe permitir sobre todo el libre movimiento del usuario. Esto es lo esencial. El desarrollo de la hipermedia se realizará a partir de los años setenta.

​​Segunda etapa: la utopía de Xanadú en el origen de Internet

​​Y esta a su vez se divide en dos fases claramente diferenciadas. Así, tenemos que hablar, en este sentido, de dos generaciones de sistemas hipermedia:

​​1.- La primera, que ocupa los últimos años sesenta y la década de los setenta. Esta primera etapa está marcada por un proyecto ambicioso, Xanadu, con en el que se pretendía crear una magna biblioteca virtual de textos en forma hipertextual.  Xanudu se erige en símbolo de la creación artística y de la memoria, el lugar “donde nada será jamás olvidado”(Nelson). Xanadu pretende, así, convertirse en esa soñada Biblioteca Universal con cabida para todos los libros, todo el saber; estamos, en definitiva, ante uno de los anhelos más antiguos del ser humano desde la creación de la Biblioteca de Alejandría.

​​2.- La segunda generación, con el desarrollo de imágenes, animaciones y sonidos de alta calidad, comienza en la década de los ochenta y se articula de tal forma que permite al usuario un acceso fácil a la información ofrecida.​​Si bien todos estos proyectos, junto con el uso del disquete, el CR-ROM y, en fecha temprana, el D.V.D., y la posibilidad del traslado de archivos de un punto a otro, son y han sido importantes, el cambio más profundo ha llegado con la expansión de Internet, la red de redes. ​​

Tercera etapa: la creación de la www y comienza la gran historia de Internet

​​Resumimos:

​​1.- Internet nació como un proyecto de telecomunicaciones del Departamento de Defensa de los Estados Unidos en 1969. Lo que se pretendía era interconectar ordenadores entre sí para enviar comunicaciones cifradas y selladas. Esto es, el origen primitivo de Internet hay que buscarlo en un proyecto militar de inteligencia. El primer nombre fue DARPANET y lo formaban tan solo cuatro ordenadores.

​​2.- Este evolucionó hacia ARPANET que se disolvió en 1989, justo cuando comienza la gran fase de expansión de Internet, ya desvinculado de sus orígenes militares, para convertirse en la red de redes.

​​3.- Internet se basa en la descentralización y en la implantación del protocolo TCP/IP que permite el correo electrónico, los grupos de noticias o las transferencias de ficheros. Y todo ello con una facilidad de acceso desde cualquier punto con conexión a la red, rentable y eficaz. ​​

4.- Es en 1989, ya en una segunda fase desvinculada de su origen militar, cuando se desarrolla y se propone un sistema de transmisión que tiene como base el hipertexto y la hipermedia. Estamos hablando del World Wide Web (WWW), implantado en la red a partir de 1991. Hasta aquí el desarrollo del hipertexto, paralelo a la revolución electrónica en todos los órdenes. ​​

Ahora bien, si los cambios han sido tan evidentes que han transformado no solo la vida académica, al tener acceso a una cantidad ingente de información, sino que, además, está significando, incluso, un cambio en la manera de organizar el conocimiento. Estos mismos cambios son los que le sirven a los detractores del sistema para augurar un futuro casi apocalíptico basado en la exclusión y en la manipulación que puede devenir con el uso indebido de las nuevas tecnologías. Quizás el origen de Internet salido de la inteligencia militar contribuya a ello. ​​ ​

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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Origen de Internet

Si los nuevos inventos siempre responden a necesidades ya existentes, a patrones y preguntas previas...
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