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Cristóbal Balenciaga, el diseñador de la moda elegante

Cristóbal Balenciaga, el diseñador de la moda elegante

En el museo situado en Getaria (en Euskadi, al norte de España) dedicado al modisto Cristóbal Balenciaga  da la bienvenida al visitante con una frase de Christian Dior. Viene a decir que únicamente el modisto español era capaz de hacer con las telas “lo que quería” mientras que el resto de los mortales creadores hacían “lo que podían”. Eso, en boca del director de la casa de moda más señera de los años cincuenta, dice, y mucho, de la capacidad del que fuera buque insignia del glamur de toda esta época.

Cristobal Balenciaga, una introducción a su vida y milagros

Aunque la casa original cerró en 1968, tres años antes de la muerte de su creador, se reabrió la firma a finales de los años ochenta. Ni en ese momento ni ahora, Balenciaga tiene nada que ver con lo que supuso en los años dorados de los cincuenta y sesenta. Eso no quita para que sea una de las firmas de moda a tener en cuenta en la pasarela de París. De no ser así, no estaríamos hablando de ello en este espacio.

Como es lo habitual en el mercado actual, hace de todo: accesorios como bolsos y zapatos (lo nuestro) hasta perfumes, ropa de casa y moda diversa. Si bien firmas, como Chanel o Vuitton, están muy apagadas a los modelos de archivo, Balenciaga no ha recuperado las formas de antaño. Sea por esta razón o por cualquier otra, no está presente en la Alta Costura de París.

Pero, ¿quién fue Cristóbal Balenciaga?

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Cristóbal Balenciaga, biografía mínima de uno de los grandes de la moda

Nació un frío día de enero de 1895 en la bella localidad cántabra y portuaria de Getaria, cuna también de Juan Sebastián el Cano. Creció entre hilos, telas y patrones en el taller de su madre (costurera de profesión) soñando con hacerse un modisto de éxito (extremo que consiguió y de qué manera). Por eso se formó como sastre de caballero. De las enseñanzas y técnicas del oficio, sacó lo mejor para plasmarlo en el universo femenino y dejar, con ello, una profunda huella.

La Marquesa de Casa Torre, con casa de veraneo en una colina del pueblo, muy cercano a la frontera francesa, se quedó prendada con un modelo del joven Balenciaga y pidió que diseñara un vestido para ella. Las primeras piezas acusaban tanto el estilo decimonónico aún imperante en España como la nueva moda libre característica de los primeros años veinte. La señora, con un fino olfato para el arte y la belleza, se quedó prendada con la propuesta del joven Cristóbal y vio enseguida su potencial. Se convirtió en su mentora y madrina.

La moda y el universo de Cristóbal Balenciaga

Aunque la primera boutique se abrió en la también cosmopolita, aristocrática y vital San Sebastián (a poco menos de 50 kilómetro de Francia), Balenciaga pronto marchó a París donde abrió su tienda en 1937. La Guerra Civil en su país natal se unió con la amplitud de miras que su arte necesitaba.

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En la Ciudad de la Luz abrió taller en la Avenida George V. Muy pronto sus modelos con cortes por encima de la cintura, abullonados, elegantes, favorecedores y de una calidad extrema (tanto en los tejidos como en los bordados con sedas o piedras preciosas)  se convirtieron en favorito de la élite de entonces. Por eso no es de extrañar que, entre sus clientas, se encontraran reinas, divas del cine o aristócratas.

Un afán perfeccionista le hacía desbaratar un vestido de novia (o para cualquier otra ocasión) una y otra vez hasta que estuviera perfecto. Lo mismo le empujaba a diseñar todo tipo de accesorios (hoy objetos de colección). Llegaba incluso a dibujar los broches que adornaban sombreros o tocados. A Balenciaga se le conoce, sobre todo, por ser un maestro e introductor en eso que se denomina vestido de cóctel, trajes cortos, sobrios pero sofisticados para los actos sociales de día. 

Fue respetado en su época tanto por una clientela sibarita en extremo como por sus propios colegas. Hasta la poco dada al elogio como fue Coco Chanel llegó a reconocer su increíble talento para la moda. Y  nos quedamos con una frase del maestro. Balenciaga decía que un diseñador debía ser un poco filósofo (por el espíritu que debía emanar su obra), pintor (por la combinación de colores) y escultor (por la necesidad de moldear las formas). Él lo consiguió.

Si tienes la suerte de encontrarte con un modelo vintage de Balenciaga y el bolsillo te lo permite, que sepas que estos trajes ya han entrado en el universo del arte.

Por Candela Vizcaíno

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