Romanticismo y Realismo

Romanticismo y realismo

Romanticismo y realismo

Candela Vizcaíno

 

El Romanticismo nace a finales del siglo XVIII y abarcó distintas esferas de la realidad y no solo  el ámbito cultural. Sus parámetros (como la reivindicación de la libertad y de la individualidad) se sintieron en la política o en los incipientes nacionalismos. Hacia mediados del siglo XIX el movimiento romántico queda agotado, aunque en España dará sus mejores frutos con las obras depuradas y exquisitas de Gustavo Adolfo Bécquer y de Rosalía de Castro. Para entonces, con un movimiento llegado desde Francia, se impone una nueva corriente: el realismo literario y posteriormente el naturalismo. Centrado en la novela, se recogen las nuevas vicisitudes y cosmovisión que habían surgido con el incipiente capitalismo, el enriquecimiento de la burguesía y las grandes masas de obreros llegados desde el campo.  

Ninguna transformación en la historia de la humanidad ha surgido de un día para otro. Así, el relevo estético desde el Romanticismo literario hacia la novela realista se hace progresivamente en el transcurso de décadas incluso. Además, como veremos a continuación, no son movimientos enfrentados. Más bien debemos entender una evolución o un desarrollo al poner el foco en una perspectiva distinta de un único aspecto.  

Características románticas que cimentaron el realismo 

1.- Si por algo se caracteriza el Romanticismo es por la defensa de la libertad y la individualidad. Todo ello genera un base de protesta, un sentimiento de no pertenencia e, incluso, de crítica a la sociedad establecida. Si bien los románticos se agarran a la melancolía, a la tristeza o al dolor, los artistas realistas darán un paso más allá para crear obras con un claro sentido de denuncia. 

2.- El romántico critica el mundo burgués (por la vía de la rebeldía o de la revolución) mientras que el realista describe sus vicios desde dentro, desde el conocimiento de una realidad que ya le es afín. 

3.- La descripción de esos mundos posibles, de evasión, en los que priman las ruinas, los cementerios o los escenarios de tormenta se vuelve urbana con el realismo. Ahora interesará el ajetreo de las ciudades, las conversaciones de los cafés, el trajín de las fábricas, los amores de los suburbios, las pasiones de las calles… La topografía es, además, claramente reconocible para el lector de la época e, incluso, para el contemporáneo. 

Oposición Romanticismo frente al realismo  

En un principio, los principales autores del realismo recogían algunas características románticas, como el monstruoso Jorobado de Notre Dame de Víctor Hugo. Sin embargo, progresivamente, esos seres en la frontera social e, incluso a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos (tal cual Drácula o Frankenstein) desaparecen. Los protagonistas de las nuevas novelas no solo son descritos en toda su humanidad (de carne y hueso) sino también claramente identificables en el prototipo al cual pertenecen: la solterona, el avaro, el revolucionario, el narcisista, la casquivana, la ingenua, el aventurero, el obrero… 

Así, el realismo literario (y posteriormente el naturalismo) toma del romanticismo el gusto por las descripciones. Ahora bien, de la naturaleza se pasa al entorno urbano. También mantiene los temas populares, de las clases más desfavorecidas o prototípicas. Sin embargo, el enfoque va tomando tintes de denuncia.  

Conforme se van cimentando las características del realismo, se eliminan de un plumazo cualquier referencia a la fantasía, a los espíritus, a lo maravilloso… Las nuevas novelas giran en torno a lo cotidiano, sus muchos vicios y sus pocas virtudes. Todo ello se disecciona y se describe con minuciosidad como décadas antes la poesía del Romanticismo ahondaba en todos los recovecos de los sentimientos.  

¿Qué ocurrió para este cambio? 

El ascenso de la burguesía llevó a una sociedad práctica que no gustaba de los idealismos de castillos o espíritus aristocráticos. Crecía un público mayormente alfabetizado que demandaba novelas (se aparcó el teatro y la poesía) que narraran el aquí y el ahora, que hablaran de la vida que todos conocían y que presentaran personajes fácilmente clasificables. Además, los escritores abandonaron la vida bohemia romántica que apenas daba para comer para fichar por periódicos y editoriales. La inspiración se aparca y es el trabajo diario el que propicia la creación de las obras.  

Todo esto se abona con los nuevos avances científicos, en medicina o en ingeniería. La época se ha calificado como positiva, con una gran fe en las posibilidades de crecimiento por parte de la raza humana. Por primera vez en la historia, a cualquiera (aunque no fuera fácil) le estaba permitido progresar.  

En 1856 aparece en la revista Realisme de París el siguiente manifiesto con una clara declaración  de intenciones por parte de la nueva estética:  

El Realismo pretende la reproducción exacta, completa, sincera, del ambiente social y de la época en que vivimos… Esta reproducción debe ser lo más sencilla posible para que todos la comprendan.

Atrás queda la melancolía de los poetas románticos en lucha constante con el mundo y atrapados, en el fondo, por las cadenas de unos sentimientos desbocados. La nueva estética quería asemejarse a las ciencias experimentales que comenzaban a despuntar. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

 

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