Poemas de Luis Cernuda

Poemas de Luis Cernuda

Poemas de Luis Cernuda

Candela Vizcaíno

 

Aunque en el encuentro inaugural del grupo, celebrado el 17 de diciembre de 1927 en el Ateneo de Sevilla, no se encontraba presente Luis Cernuda (1902-1963), es uno de los poetas de la Generación del 27 más importantes. Como todos los allí reunidos, sus primeros versos estaban empapados con los temas, ritmos y cadencias de la llamada poesía pura, abanderada por Juan Ramón Jiménez, que se regodeaba con la vivencia de la torre de marfil. Sin embargo, la historia había hecho otros planes en forma de represión, rebelión, fracaso de las ideas republicanas, asesinatos, persecuciones, la cainita guerra civil y, posteriormente, el exilio y los espantosos horrores de Segunda Guerra Mundial. Todo ello generó un vuelco de tal calibre que las iniciales características de la Generación del 27 se volvieron como un calcetín. Así, a raíz de las circunstancias, se mira con otros ojos la poesía realista y sencilla, como la de Antonio Machado. Y se retoma con más fervor aún los clásicos. Los poemas de Luis Cernuda no fueron ajenos a esta transformación.  

Tras la Guerra Civil Española, el escritor emprende el camino del exilio que le lleva a una vida errante casi, dando clases en Inglaterra, Estados Unidos y, por último, recala en México. Allí muere y está enterrado. Esta vida nómada, de solitario sin familia y buscando constantemente el amor, provoca un cambio radical en su poesía. Sus versos se vuelven sencillos, sentidos y, a veces, con un punto de amargura que llega incluso a bordear el resentimiento. Eso no quita para que en ellos encontremos verdades puras, descripciones acertadas de una forma de vida que era ajena al poeta, a un alma que buscaba la belleza tanto en los cuerpos de los muchachos en la playa como en la música de Mozart sin olvidar las mieles de la palabra. De este cariz es, por ejemplo, “Díptico español” que reproduzco y que se encuentra en el inmortal libro Desolación de la Quimera.  

Su poesía entregada, única, honesta, directa, con una cadencia clásica y un verso pulido en extremo ha ejercido una poderosa influencia en los poetas que llegaron después. Se cumple así la profecía deseada que el poeta dejó por escrito en “A un poeta futuro”:  

[…]

Cuando en días venideros, libre el hombre
Del mundo primitivo a que hemos vuelto
De tiniebla y de horror, lleve el destino
Tu mano hacia el volumen donde yazcan
Olvidados mis versos, y lo abras,
Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido. 

 

A LARRA CON UNAS VIOLETAS de Las Nubes

 

[1837-1937]

 

Aún se queja su alma vagamente, 

El oscuro vacío de su vida. 

Mas no pudo pesar sobre esa sombra

Algunas violetas, 

Y es grato así dejarlas, 

Frescas entre la niebla,

Con la alegría de una menuda cosa pura

Que rescatara aquel dolor antiguo. 

 

Quien habla ya a los muertos,

Mudo le hallan los que viven. 

Y en este otro silencio, donde el miedo impera, 

Recoger esas flores una a una

Breve consuelo ha sido entre los días

Cuya huella sangrienta llevan las espaldas

Por el odio cargadas con una piedra inútil. 

 

Si la muerte apacigua

Tu boca amarga de Dios insatisfecha, 

Acepta un don tan leve, sombra sentimental, 

En esa paz que bajo tierra te esperaba, 

Brotando en hierba, viento y luz silvestres, 

El fiel y último encanto de estar solo. 

 

Curado de la vida, por una vez sonríe, 

Pálido rostro de pasión y de hastío. 

Mira las calles viejas por donde fuiste errante, 

El farol azulado que te guiara, carne yerta, 

Al regresar del baile o del sucio periódico, 

Y las fuentes de mármol entre palmas: 

Aguas y hojas, bálsamo del triste. 

 

La tierra ha sido medida por los hombres, 

Con sus casas estrechas y matrimonios sórdidos, 

Su venenosa opinión pública y sus revoluciones

Más crueles e injustas que las leyes, 

Como inmenso bostezo demoníaco; 

No hay sitio en ella para el hombre solo, 

Hijo desnudo y deslumbrante del divino pensamiento. 

 

Y nuestra gran madrastra, mírala hoy deshecha, 

Miserable y aún bella entre las tumbas grises

De los que como tú, nacidos en su estepa, 

Vieron mientras vivían morirse la esperanza, 

Y gritaron entonces, sumidos por las tinieblas, 

A hermanos irrisorios que jamás escucharon. 

 

Escribir en España no es llorar, es morir, 

Porque muere la inspiración envuelta en humo, 

Cuando no va su llama libre en pos del aire. 

Así, cuando el amor, el tierno monstruo rubio, 

Volvió contra ti mismo tantas ternuras vanas, 

Tu mano abrió de un tiro, roja y vasta, la muerte. 

 

Libre y tranquilo quedaste un fin un día, 

Aunque tu voz sin ti abrió un dejo indeleble.

Es breve la palabra como el canto de un pájaro,

Mas un claro jirón puede prenderse en ella

De embriaguez, pasión, belleza fugitivas, 

Y subir, ángel vigía que atestigua del hombre,

Allá hasta la región celeste e impasible. 

 

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR de Los placeres prohibidos

 

Si el hombre pudiera decir lo que ama, 

Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo 

Como una nube en la luz; 

Si como muros que se derrumban, 

Para saludar la verdad erguida en medio, 

Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando solo la verdad de su amor, 

La verdad de sí mismo, 

Que no se llama gloria, fortuna o ambición, 

Sino amor o deseo, 

Yo sería aquel que imaginaba; 

Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos

Proclama ante los hombres la verdad ignorada, 

La verdad de su amor verdadero. 

 

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien

Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; 

Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina, 

Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, 

Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu

Como leños perdidos que el mar anega o levanta

Libremente, con la libertad del amor, 

La única libertad que me exalta, 

La única liberta por que muero. 

 

Tú justificas mi existencia: 

Si no te conozco, no he vivido; 

Sin muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. 

 

DÍPTICO ESPAÑOL de Desolación de la Quimera

 

  1. Es lástima que fuera mi tierra

 

Cuando allá dicen unos

Que mis versos nacieron

De la separación y la nostalgia

Por la que fue mi tierra,

¿Sólo la más remota oyen entre mis voces?

Hablan en el poeta voces varias: 

Escuchemos su coro concertado, 

Adonde la creída dominante

Es tan sólo una voz entre las otras. 

 

Lo que el espíritu del hombre

Ganó para el espíritu del hombre

A través de los siglos, 

Es patrimonio nuestro y es herencia

De los hombres futuros.

Al tolerar que nos lo nieguen

Y secuestren, el hombre entonces baja, 

¿Y cuánto?, en esa escala dura 

Que desde el animal llega hasta el hombre.

 

Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos, 

Adonde ahora todo nace muerto, 

Vive muerto y muere muerto; 

Pertinaz pesadilla: procesión ponderosa

Con restaurados restos y reliquias, 

A la que dan escolta hábitos y uniformes, 

En medio del silencio: todos mudos,

Desolados del desorden endémico

Que el temor, sin domarlo, así doblega. 

 

La vida siempre obtiene

Revancha contra quienes la negaron: 

La historia de mi tierra fue actuada

Por enemigos enconados de la vida. 

El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora, 

Sino de siempre. Por eso es hoy

La existencia española, llegada al paroxismo,

Estúpida y cruel como la fiesta de los toros. 

 

Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo

En creer que la razón de soberbia adolece

Y ante el cual se grite impune: 

Muera la inteligencia, predestinado estaba

A acabar adorando las cadenas

Y que ese culto obsceno le trajese

Adonde hoy le vemos: en cadenas, 

Sin alegría, libertad ni pensamiento. 

 

Si yo soy español, lo soy

A la manera de aquellos que no pueden

Ser otra cosa: y entre todas las cargas

Que, al nacer yo, el destino pusiera

Sobre mí, ha sido ésa la más dura.

No he cambiado de tierra,

Porque no es posible a quien su lengua une,

Hasta la muerte, al menester de poesía. 

 

La poesía habla en nosotros

La misma lengua con que hablaron antes,

Y mucho antes de nacer nosotros, 

Las gentes en que hallara raíz nuestra existencia;

No es el poeta sólo quien ahí habla,

Sino las bocas mudas de los suyos

A quienes él da voz y les libera. 

 

¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno

Su tradición escoge, ni su tierra, 

Ni tampoco su lengua; él las sirve, 

Fielmente si es posible. 

Mas la fidelidad más alta

Es para su conciencia; y yo a ésa sirvo

Pues, sirviéndola, así a la poesía

Al mismo tiempo sirvo. 

Soy español sin ganas

Que vive como puede bien lejos de su tierra

Sin pesar ni nostalgia. He aprendido

El oficio de hombre duramente, 

Por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero

No volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía, 

Cuyas maneras rara vez me fueron propias,

Cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto

Y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron. 

 

No hablo para quienes una burla del destino

Compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas

(Quien habla a solas espera hablar a Dios un día)

O para aquellos pocos que me escuchen

Con bien dispuesto entendimiento.

Aquellos que como yo respeten

El albedrío libre humano

Disponiendo la vida que hoy es nuestra,

Diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida. 

 

¿Qué herencia sino ésa recibimos?

¿Qué herencia sino ésa dejaremos?

 

A SUS PAISANOS de Desolación de la Quimera

 

No me queréis, lo sé, y que os molesta

Cuanto escribo. ¿Os molesta?¿Os ofende. 

¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?

Porque no es la persona y su leyenda

Lo que ahí, allegados a mí, atrás o envuelve. 

 

Mozo, bien mozo era, cuando no había brotado 

Lengua alguna, caísteis sobre un libro

Primerizo lo mismo que su autor: yo, mi primer libro. 

Algo os ofende, porque sí, en el hombre y su tarea. 

 

¿Mi leyenda dije? Tristes cuentos

Inventados de mí por cuatro amigos

(¿Amigos?), que jamás quisisteis

Ni ocasión buscasteis de ver si acomodaban 

A la persona misma así traspuesta. 

Mas vuestra mala fe los ha aceptado. 

Hecha está ya la leyenda, y vosotros, de mí desconocidos, 

Respecto al ser que encubre mintiendo doblemente, 

Sin otro escrúpulo, a vuestra vez la propaláis. 

 

Contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria, 

Vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme. 

Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre

Aquí. Y entonces la ignorancia, 

La indiferencia y el olvido, vuestras armas

De siempre, sobre mí caerán,  como la piedra, 

Cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis 

A otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra

Precipitó en la nada, como al gran Aldana. 

 

De ahí mi paradoja, por lo demás involuntaria, 

Pues la imponéis vosotros: en nuestra lengua escribo,

Criado estuve en ella y, por eso, es la mía, 

A mi pesar quizá, bien fatalmente. Pero con mis expresas excepciones, 

A vuestros escritores de hoy ya no los leo. 

De ahí la paradoja: soy, sin tierra y sin gente, 

Escritor bien extraño; sujeto quedo aún más que otros

Al viento del olvido que, cuando sopla, mata. 

 

Si vuestra lengua es la materia

Que empleé en mi escribir y, si por eso, 

Habréis de ser vosotros los testigos

De mi existencia y su trabajo, 

En hora mala fuera vuestra lengua

La mía, la que hablo, la que escribo. 

Así podréis, con tiempo, como venís haciendo, 

A mi persona y mi trabajo echar afuera

De la memoria, en vuestro corazón y vuestra mente. 

 

Grande es mi vanidad, diréis,

Creyendo a mi trabajo digno de la atención ajena

Y acusándoos de no querer la vuestra darle. 

Ahí tendréis razón. Mas el trabajo humano 

Con amor hecho, merece la atención de los otros, 

Y poetas de ahí tácitos lo dicen 

Enviando sus versos a través del tiempo y la distancia

Hasta mí, atención demandando. 

¿Quise de mí dejar memoria? Perdón por ello pido. 

 

Mas no todos igual trato me dais, 

Que amigos tengo aún entre vosotros, 

Doblemente queridos por esa desusada

Simpatía y atención entre la indiferencia,

Y gracias quiero darles ahora, cuando amargo

Me vuelvo y os acuso. Grande el número 

No es, mas basta para sentirse acompañado

A la distancia en el camino. A ellos

Vaya así mi afecto agradecido. 

 

Acaso encuentre aquí reproche nuevo: 

Que ya no hablo con aquella ternura

Confiada, apacible de otros días. 

Es verdad, y os lo debo, tanto como 

A la edad, al tiempo, a la experiencia. 

A vosotros y a ellos os debo el cambio. Si queréis 

Que ame todavía, devolvedme 

Al tiempo del amor. ¿Os es posible? 

Imposible como aplacar ese fantasma que de mí evocasteis. 

 

 

Selección (muy) personal de Candela Vizcaíno

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