Poemas de la Generación del 27

Poemas de la Generación del 27

Poemas de la Generación del 27

Candela Vizcaíno

 

Este puñado de versos que traemos hoy es solo eso: una muestra que nos dice de todas y cada una de las características de la Generación del 27. Este grupo de poetas españoles, reunidos en torno al homenaje del tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora, querían en, un principio, la celebración de la poesía pura. Sin embargo, de los placeres de la torre marfil, conforme iba avanzando la década de los treinta (con sus fracasos políticos, la guerra civil en España, las muertes, los exilios de todo tipo…) evolucionan hacia una poesía que ensalza la cruda realidad. Por eso, la selección de estos poemas de la Generación del 27 son un canto a la soledad, a la pérdida o a la muerte en toda su crudeza… 

El ciprés de Silos de Gerardo Diego  

Enhiesto surtidor de sombra y sueño

que acongojas el cielo con tu lanza. 

Chorro que a las estrellas casi alcanza

devanado a sí mismo en loco empeño. 

 

Mástil de soledad, prodigio isleño; 

flecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llegó, a ti, riberas del Arlanza. 

peregrina al azar, mi alma sin dueño. 

 

Cuando te vi, señero, dulce, firme, 

qué ansiedades sentí de diluirme. 

y ascender como tú, vuelto en cristales, 

 

como tú, negra torre de arduos filos, 

ejemplo de delirios verticales, 

mudo ciprés en el fervor de Silos 

 

(de Versos humanos)

 

Selección de poemas de Federico García Lorca, uno de los más conocidos poetas de la Generación del 27  

Los poemas de Federico García Lorca nos sirven como el mejor ejemplo de las dos etapas de la Generación del 27. En ellos está presente siempre la muerte, la tradición andaluza y el purismo preciosista con el que se inició el grupo. Si bien, tras encontrar en algunos de ellos (especialmente en Poeta en Nueva York) ecos del surrealismo, su obra vira hacia el dramatismo de sus grandes obras de teatro. Según palabras del autor, el artista (en vista de los acontecimientos de la década de los treinta que desembocaría en su asesinato, en guerras y persecuciones) el artista debía dejar de lado las flores para “ayudar a los que buscan azucenas”.  

CANCIÓN DEL JINETE 

Córdoba.

Lejana y sola.

 

     Jaca negra, luna grande,

y aceitunas en mi alforja. 

Aunque sepa los caminos

yo nunca llegaré a Córdoba. 

 

      Por el llano, por el viento,

jaca negra, luna roja.

La muerte me está mirando

desde las torres de Córdoba.

 

     ¡Ay qué camino tan largo!

¡Ay mi jaca valerosa!

¡Ay que la muerte me espera,

antes de llegar a Córdoba! 

 

     Córdoba. 

Lejana y sola. 

 

(de Canciones)

 

MUERTE DE ANTOÑITO EL CAMBORIO 

A José Antonio Rubio Sacristán 

 

Voces de muerte sonaron

cerca del Guadalquivir.

Voces antiguas que cercan

voz de clavel varonil. 

Les clavó sobre las botas

mordiscos de jabalí. 

En la lucha daba saltos 

jabonados de delfín. 

Bañó con sangre enemiga

su corbata carmesí.

pero eran cuatro puñales 

y tuvo que sucumbir. 

Cuando las estrellas clavan

rejones al agua gris, 

cuando los erales sueñan

verónicas de alhelí, 

voces de muerte sonaron

cerca del Guadalquivir.  

               *

     Antonio Torres Heredia,

Camborio de dura crin, 

moreno de verde luna, 

voz de clavel varonil:

¿Quién te ha quitado la vida

cerca del Guadalquivir? 

Mis cuatro primos Heredias

hijos de Benamejí. 

Lo que en otros no envidiaban, 

ya lo envidiaban en mí. 

Zapatos color corinto. 

medallones de marfil,

y este cutis amasado

con aceituna y jazmín. 

¡Ay Antoñito el Camborio,

digno de una Emperatriz!

Acuérdate de la Virgen

Porque te vas a morir.

¡Ay Federico García,

llama a la Guardia Civil!

Ya mi talle se ha quebrado 

como una caña de maíz. 

               *

     Tres golpes de sangre tuvo

y se murió de perfil.

Viva moneda que nunca

se volverá a repetir. 

Un ángel marchoso pone

su cabeza en un cojín. 

Otros de rubor cansado,

encendieron un candil. 

Y cuando los cuatro primos

llegan a Benamejí, 

voces de muerte cesaron

cerca del Guadalquivir. 

(de Romancero gitano

 

EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA

 

Amor de mis entrañas, viva muerte, 

en vano espero tu palabra escrita

y pienso, con la flor que se marchita, 

que si vivo sin mí quiero perderte. 

 

     El aire es inmortal. La piedra inerte

ni conoce la sombra ni la evita. 

Corazón interior no necesita

la miel helada que la luna vierte. 

 

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,

tigre y paloma, sobre tu cintura

en duelo de mordiscos y azucenas

 

     Llena, pues, de palabras mi locura

o déjame vivir en mi serena

noche del alma para siempre oscura. 

 

(de Sonetos del amor oscuro)

 

Poemas de Luis Cernuda

De todos los poetas de la Generación del 27, Luis Cernuda es quizás el que mayor sustrato ha dejado en los creadores contemporáneos. Su tono lírico, su verso desnudo de artificio, la libertad que expresa a la par que el dolor por la pérdida, la soledad y el exilio en todas sus vertientes ha servido de hipotexto para otros creadores que llegaron detrás.  

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR  

Si el hombre pudiera decir lo que ama, 

Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo 

Como una nube en la luz; 

Si como muros que se derrumban, 

Para saludar la verdad erguida en medio, 

Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando solo la verdad de su amor, 

La verdad de sí mismo, 

Que no se llama gloria, fortuna o ambición, 

Sino amor o deseo, 

Yo sería aquel que imaginaba; 

Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos

Proclama ante los hombres la verdad ignorada, 

La verdad de su amor verdadero. 

 

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien

Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; 

Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina, 

Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, 

Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu

Como leños perdidos que el mar anega o levanta

Libremente, con la libertad del amor, 

La única libertad que me exalta, 

La única liberta por que muero. 

 

Tú justificas mi existencia: 

Si no te conozco, no he vivido; 

Sin muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido. 

 

(de Los placeres prohibidos

 

A SUS PAISANOS

 

No me queréis, lo sé, y que os molesta

Cuanto escribo. ¿Os molesta?¿Os ofende. 

¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?

Porque no es la persona y su leyenda

Lo que ahí, allegados a mí, atrás o envuelve. 

 

Mozo, bien mozo era, cuando no había brotado 

Lengua alguna, caísteis sobre un libro

Primerizo lo mismo que su autor: yo, mi primer libro. 

Algo os ofende, porque sí, en el hombre y su tarea. 

 

¿Mi leyenda dije? Tristes cuentos

Inventados de mí por cuatro amigos

(¿Amigos?), que jamás quisisteis

Ni ocasión buscasteis de ver si acomodaban 

A la persona misma así traspuesta. 

Mas vuestra mala fe los ha aceptado. 

Hecha está ya la leyenda, y vosotros, de mí desconocidos, 

Respecto al ser que encubre mintiendo doblemente, 

Sin otro escrúpulo, a vuestra vez la propaláis. 

 

Contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria, 

Vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme. 

Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre

Aquí. Y entonces la ignorancia, 

La indiferencia y el olvido, vuestras armas

De siempre, sobre mí caerán,  como la piedra, 

Cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis 

A otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra

Precipitó en la nada, como al gran Aldana. 

 

De ahí mi paradoja, por lo demás involuntaria, 

Pues la imponéis vosotros: en nuestra lengua escribo,

Criado estuve en ella y, por eso, es la mía, 

A mi pesar quizá, bien fatalmente. Pero con mis expresas excepciones, 

A vuestros escritores de hoy ya no los leo. 

De ahí la paradoja: soy, sin tierra y sin gente, 

Escritor bien extraño; sujeto quedo aún más que otros

Al viento del olvido que, cuando sopla, mata. 

 

Si vuestra lengua es la materia

Que empleé en mi escribir y, si por eso, 

Habréis de ser vosotros los testigos

De mi existencia y su trabajo, 

En hora mala fuera vuestra lengua

La mía, la que hablo, la que escribo. 

Así podréis, con tiempo, como venís haciendo, 

A mi persona y mi trabajo echar afuera

De la memoria, en vuestro corazón y vuestra mente. 

 

Grande es mi vanidad, diréis,

Creyendo a mi trabajo digno de la atención ajena

Y acusándoos de no querer la vuestra darle. 

Ahí tendréis razón. Mas el trabajo humano 

Con amor hecho, merece la atención de los otros, 

Y poetas de ahí tácitos lo dicen 

Enviando sus versos a través del tiempo y la distancia

Hasta mí, atención demandando. 

¿Quise de mí dejar memoria? Perdón por ello pido. 

 

Mas no todos igual trato me dais, 

Que amigos tengo aún entre vosotros, 

Doblemente queridos por esa desusada

Simpatía y atención entre la indiferencia,

Y gracias quiero darles ahora, cuando amargo

Me vuelvo y os acuso. Grande el número 

No es, mas basta para sentirse acompañado

A la distancia en el camino. A ellos

Vaya así mi afecto agradecido. 

 

Acaso encuentre aquí reproche nuevo: 

Que ya no hablo con aquella ternura

Confiada, apacible de otros días. 

Es verdad, y os lo debo, tanto como 

A la edad, al tiempo, a la experiencia. 

A vosotros y a ellos os debo el cambio. Si queréis 

Que ame todavía, devolvedme 

Al tiempo del amor. ¿Os es posible? 

Imposible como aplacar ese fantasma que de mí evocasteis. 

 

(de Desolación de la quimera

 

Poemas de la Generación del 27 pertenecientes a Rafael Alberti 

MUELLE DEL RELOJ 

A través de una niebla corporal de tabaco

miro al río de Francia

moviendo escombros tristes, arrastrando ruinas

por el pesado verde ricino de sus aguas. 

Mis ventanas

Ya no dan a los álamos y los ríos de España. 

 

Quiero mojar la mano en tan espeso frío 

y parar lo que pasa

por entre ciegas bocas de piedra, dividiendo

subterráneas corrientes de muertos y cloacas. 

Mis ventanas

Ya no dan a los álamos y los ríos de España. 

 

Miro una lenta piel de toro desollado, 

sola, descuartizada,

sosteniendo cadáveres de voces conocidas, 

sombra abajo, hacia el mar, hacia una mar sin barcas. 

Mis ventanas

Ya no dan a los álamos y los ríos de España. 

Desgraciada viajera fluvial que de mis ojos

desprendidos arrancas

eso que de sus cuencas desciende como río

cuando el llanto se olvida de rodar como lágrima. 

Mis ventanas

ya no dan a lo álamos y a los ríos de España. 

 

(de Entre el clavel y la espada)

  

LO QUE DEJÉ POR TI

Dejé por ti mis bosques, mi perdida

arboleda, mis perros desvelados,

mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida. 

 

Dejé un temblor,  dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados, 

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

 

Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte. 

 

Dejé por ti todo lo que era mío. 

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

Tanto como dejé para tenerte. 

 

Ah! cchi nun vede sta parte de monno

Nun za nnemmanco pe cche ccosa è nnato.  

G.G. Belli

 

(De Roma, peligro para caminantes

 

Para vivir no quiero de Pedro Salinas

 

Para vivir no quiero 

islas, palacios, torres.

¡Qué alegría más alta:

vivir en los pronombres!  

 

Quítate ya los trajes,  

las señas, los retratos; 

yo no te quiero así, 

disfrazada de otra, 

hija siempre de algo. 

Te quiero, pura, libre, 

irreductible: tú. 

Sé que cuando te llame

entre todas las gentes

del mundo, 

solo tú serás tú. 

Y cuando me preguntes

quién es el que te llama, 

el que te quiere suya,

enterraré los nombres, 

los rótulos, la historia. 

Iré rompiendo todo

lo que encima me echaron 

desde antes de nacer. 

Y vuelto ya al anónimo 

eterno del desnudo, 

de la piedra, del mundo, 

te diré: 

“Yo te quiero, soy yo”

 

(de La voz a ti debida

  

Insomnio de Dámaso Alonso

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según

           las últimas estadísticas). 

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este

           nicho en el que hace 45 que me pudro,  

y paso largas horas oyendo gemir el huracán, o ladrar los

           perros, o fluir blandamente la luz de la luna. 

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como

           un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre

           caliente  de una gran vaca amarilla. 

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por

           qué se pudre lentamente mi alma, 

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta

           ciudad de Madrid,

Por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el

           mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, 

las tristes azucenas letales de tus noches?

 

(de Hijos de la ira)

 

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