Modernismo y generación del 98

Modernismo y generación del 98

Modernismo y generación del 98

Candela Vizcaíno

 

Ríos de tintas han corrido sobre los paralelismos y divergencias de dos movimientos hispanos que se solapan en el tiempo: modernismo y generación del 98. Ambos surgen a finales del siglo XIX como respuesta a la desastrosa situación social, política y económica tanto de España como de los distintos países hispanoamericanos que, a duras penas, se manejaban con su recién conquistada independencia. Por lo que respecta a la generación del 98 es un movimiento cultural eminentemente español, diferenciado tanto de los movimientos de vanguardia (con los que coincide) como de las nuevas voces al otro lado del Atlántico. Dicho esto: ni uno ni otro se pueden entender si no los ponemos en relación con el ambiente (a todos los niveles) de mediados del siglo XIX. 

Bases históricas para entender el modernismo y la generación del 98 

España era incapaz de levantar cabeza y retomar, aunque fuera las hilachas de, en otro tiempo, una potencia internacional. A la desastrosa situación económica se le une un devenir político que podemos calificar (todo junto y a la vez) de descabellado, destructor, incompetente e irracional. La reina Isabel II (1830-1904) sucede a su padre en el trono, el infame Fernando VII. Y no lo hace sin más sino que antes, durante y después de sus reinado el país al completo se ve envuelto en las llamadas guerras carlistas promovidas por los partidarios ultraconservadores de su tío Carlos María Isidro, primero, y su descendencia, después. Estos conflictos bélicos son especialmente importantes en el País Vasco, La Rioja, Navarra y Cataluña. Isabel reina hasta 1868, cuando parte hacia su exilio de París. Aunque quiso instaurar una monarquía parlamentaria, aunque abrió las universidades cerradas por su padre y aunque intentó instalar en España el liberalismo económico, los números de su reinado dan casi escalofríos. Y lo dan porque los choques entre distintas facciones de liberales y conservadores eran tan constantes y enconados que el país no tenía la mínima estabilidad para abrirse a las necesitadas reformas. 

Los números hablan por sí solos: en 1855 había en España más de 6000 pueblos sin escuela primaria; la Universidad de Salamanca reabrió con 100 estudiantes, la mitad de derecho; en 1860 no llegaban a 60 las bibliotecas públicas en toda España; en algunas, como la de Huelva, el número de volúmenes a disposición era de 60 ejemplares, cantidad semejante a algunos monasterios de la Edad Media; la Armada disponía de tres barcos viejos y de poca utilidad; las obras del ferrocarril se eternizaban con corrupción de por medio y problemas para el ancho de vía europeo… El dato de alfabetización nos da una idea del atraso humano, crítico, espiritual, técnico, económico e, incluso, político de la época. Se calcula que a inicios del siglo XIX, la tasa de analfabetos en España era del 94% de la población. Aunque se fue reduciendo progresivamente, habría que esperar a los primeros años del siglo XX para dejarla en un 65%. Y tendrían que pasar muchísimas décadas para achicarla al 14% de los años sesenta del siglo XX y al testimonial 0,5% actual. Con estos números nos hacemos una idea de la problemática socio-económica de una España decadente a todos los niveles imaginables.

Para terminar de rematar el cuadro, la élite política estaba embarrada en un frentismo inútil que alejaba cada día más la estabilidad necesaria para el progreso. Sigo con los números. Tras el exilio de Isabel II, comienza el llamado Sexenio Democrático. Durante el mismo aconteció la regencia desde 1869 a 1871 del duque de Acosta, Francisco Serrano (1810-1885). Le sucedió el breve e incomprensible reinado de Amadeo de Saboya (1845-1890) durante los años 1871-1873 interrumpido por la brevísima I República Española desde 1873 hasta 1874. A la misma le siguió el reinado de Alfonso XII (1857-1885), hijo de Isabel II, que reinó desde 1874 hasta su muerte en 1885. Aún asistiría Isabel II a la subida al trono (aunque bajo regencia) de su nieto Alfonso XIII (1886-1941) quien fue rey de España hasta 1931. Entre medias tuvo lugar la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y tras la renuncia del monarca y posterior exilio, con un gobierno provisional se proclamó la II República Española (1931-1936) que desembocó en la Guerra Civil. 

Este baile de fechas y cambios de modelos de gobierno de un extremo a otro con políticas contradictorias que chocaban constantemente entre sí nos dice de una época decadente (por juzgarla con palabras amables). Sin atender a la intrahistoria, la élite de la época no ejerce su función de liderazgo, más bien lo contrario mientras el pueblo malvive sumido en el atraso. Fueron con estos mimbres con los que un puñado de escritores se enfrentaron a una realidad que no dudaron en calificar como fea, asfixiante, vulgar y violenta. 

Aproximación al modernismo 

El modernismo quizás fuera el primer movimiento cultural compartido en el mismo espacio temporal por los escritores hispanoamericanos y por los españoles. Si bien es verdad que nos encontramos autores de renombre barrocos y románticos, especialmente en México, al otro lado del Atlántico estas corrientes llegaban años más tarde con respecto a España ¡Y no digamos ya con Europa! Sin embargo, el modernismo coincidió en tiempo aportando, además, las mejores obras desde la parte americana. Surgió hacia finales de 1880 y se extendió hasta la década de los veinte del siglo XX.  

Una de las características del modernismo literario es la reacción ante una realidad hostil que ofrece pocas oportunidades de crecimiento espiritual. Y lo hace desde la perspectiva de la evasión, del escapismo hacia mundos ajenos, con una mitificación del pasado (especialmente la Edad Media) y de los personajes que se suponían eran característicos de otros siglos más nobles: princesas, caballeros, ancianos sabios…  

En la época modernista, la protesta contra el orden burgués aparece con frecuencia en formas escapistas. El artista rechaza la indeseable realidad (la realidad social: no la natural), en la que ni puede ni quiere integrarse, y busca caminos de evasión. Uno de ellos, acaso el más obvio, lo abre la nostalgia y conduce al pasado; otro, trazado por el ensueño, lleva a la transfiguración de lo distante (en tiempo o espacio, o en ambos); lejos de la vulgaridad cotidiana. Suele llamársele indigenismo y exotismo, y su raíz escapista y rebelde es la misma. No se contradicen, sino se complementan, expresando afanes intemporales del alma, que en ciertas épocas, según aconteció en el fin del siglo y ahora vuelve a suceder, se convierten en irrefrenable impulsos de extrañamiento. Y no se contradicen, digo, pue son las dos faces jánicas del mismo deseo de adscribirse, de integrarse en algo distinto a lo presente. 

Ricardo Gullón: Direcciones del Modernismo 

 

Buscaban la belleza, la elevación estética y la musicalidad extrema. Y lo hacían forzando el lenguaje al máximo haciendo uso de todos los recursos y tropos disponibles. Hay un gusto por el verso alejandrino, el de catorce sílabas, complicado para la acentuación española. Los poemas se llenan de metáforas y de artificios retóricos a la par que se apela a un mundo mítico, a personajes mágicos, a paisajes entresacados de la imaginación con lagos rodeados de flores y habitados por cisnes.  

Autores del modernismo fueron Rubén Darío, el primer Antonio Machado, su hermano Manuel Machado, Ramón del Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Amado Nervo y Leopoldo Lugones.  

Aproximación a la generación del 98 

Por su parte, las características de la generación del 98 fueron distintas, ya que los escritos de sus creadores destacan por centrarse en el dolor de España, en un lirismo profundo por la pérdida, en un mirar hacia lo local (reviviendo una Castilla tosca, áspera, solitaria y pobre), en una sensibilidad personal que, al coincidir con el arquetipo, ha traspasado épocas. Los autores de la generación del 98 levantan una obra heterogénea con un acercamiento individual y único a la realidad. Si Unamuno lo hace desde una intelectualidad cristiana, Antonio Machado logra con sus poemas más biográficos («Al olmo viejo» o «A José María Palacio») acordarse con el arquetipo universal del dolor y la pérdida. 

Diferencias entre el modernismo y la generación del 98

Quizás la más evidente sea el desigual acercamiento hacia una realidad extrema tal como he expuesto nada más empezar. Mientras que el modernismo se decanta por la evasión, por la huida, por una apuesta por la imaginación de mundos fantásticos; la generación del 98 elige un leve afrontamiento. Sin embargo, sus creadores se quedan en la denuncia, en hacer visible una realidad hostil, en la manifestación del dolor y no llegan a la militancia social o política que vendría después. Se detienen en el canto y en el ahondamiento en el sufrimiento, en el sentimiento de descolocación y de enajenación de una realidad que no pueden compartir. 

Otra diferencia evidente radica en el modelo formal. Si el modernismo elige una poética rebuscada, musical, rítmica y de temática irreal; la generación del 98 apuesta por la sencillez, la melodía y el empoderamiento de la nobleza campesina. Los modernistas eran poetas que anhelaban la Torre de Marfil. Los noventayochistas militaban en la prosa, en el verso, en la filosofía y pretendían enlazar con la esencia española poniéndola, a la par, en valor. 

Por último, solo el modernismo fue compartido entre españoles y americanos. El noventayocho ha sido uno de los pocos movimientos exclusivos de España. Y nada más tengo que anotar que, mientras duró, en Europa, tenían lugar todo tipo de vanguardias, las mismas que no llegaron a calar por estas tierras.  

Coincidencias entre el modernismo y la generación del 98  

A la concomitancia temporal y de lengua hay que anotar ese choque con la realidad que, como hemos visto, cada movimiento o, incluso, artista resuelve como puede o quiere. Además, algunos autores, como es el caso de Antonio Machado, militan en un estilo y van evolucionando hacia el otro. En el caso de Valle-Inclán, de las florituras modernistas pasa por el dolor noventayochista hasta desembocar en el esperpento, caracterizado por un crítica culta de la realidad con tintes cínicos. 

Estos autores viven una época convulsa –Unamuno (1864-1936), Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Valle-Inclán (1866-1936) por poner solo tres nombres– en la que asisten al desguace de una nación, mientras la población se enfrenta a muerte en conflictos bélicos interminables. Si bien todos ellos miraban a una Europa que se abría a la cultura, a la técnica o la ciencia; la Primera Guerra Mundial puso en evidencia una fragilidad política y un infierno humano del que, desafortunadamente, aún quedarían capítulos por escribirse. 

Y, por último, ambos movimientos (tanto el modernismo como la generación del 98) se van agotando y diluyendo conforme avanza el siglo XX y los dos pueden darse por amortizados con la Guerra Civil Española (1936-1939). Pocos de sus miembros quedaron en este mundo para esta fecha y la mayoría de los que sobreviven toman el camino del exilio. El movimiento que ocupa este espacio cultural (con su problemática) es el novecentismo, activo desde 1906 hasta 1930. La figura más representativa es José Ortega y Gasset (1888-1956) y tanto el filósofo como los intelectuales a su alrededor afrontan las problemáticas patrias desde otra perspectiva: desde la política y su praxis. La realidad española no ha cambiado y continúa siendo desastrosa, sin embargo, desde el ámbito de la cultura se pone de manifiesto el deseo de hacer un esfuerzo por una implicación personal, más allá de manifestar ese dolor de la generación del 98 o de la evasión del modernismo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla 

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