El mito de Eco y Narciso

El mito de Eco y Narciso

El mito de Eco y Narciso

Candela Vizcaíno

 

Encontramos el mito de Eco y Narciso con sus desgraciados amores y dramático final en las famosas Metamorfosis de Ovidio (s. I d.c.) Su desventurada historia de desamor nos sirve para entender el sentido simbólico del eco, ese sonido que se repite cuando nos encontramos en una montaña o en un lugar lo suficientemente amplio que permita el rebote de la vibración. Las aventuras de Narciso, y nos adelantamos, han dado, incluso, nombre a una patología psicológica, la del narcisista, el que solo se ama a sí mismo. Así, una vez más, la mitología y la literatura griega nos ayudan a entender tanto los orígenes del mundo pagano como su explicación de los vicios y virtudes de la raza humana. Empecemos por el principio. 

El mito de Eco y Narciso y su desgraciado final  

El primer acto de la historia tiene como protagonista a Eco. Era esta una hermosa ninfa de las montañas bendecida con una bella voz y una delicada conversación. Su talento era tal que se comunicaba, incluso, con los animales. Eco vivía feliz con sus hermanas disfrutando de sus exquisitas historias hasta que un buen día Zeus apareció por las montañas. El dios del Olimpo no se lo ocurrió otra cosa que dedicarse a flirtear con todas las ninfas allí congregadas y haciendo uso de todos los placer posibles (incluido el carnal) para divertirse con ellas. Estos devaneos llegaron a oídos de Hera, esposa de Zeus y diosa del matrimonio, el hogar, los partos y el amor convencional. 

Y con la entrada de la diosa en la acción comienza el segundo acto y el meollo del drama. Eco, a solicitud de Zeus, cuando Hera apareció por las montañas para pillar a su marido in fraganti, se dedicó a dar cháchara a la diosa con el único fin de entretenerla. Así, Zeus podía solazarse con mayor tranquilidad. Furiosa Hera por el indigno comportamiento de la ninfa, hizo lo que hacían las diosas paganas: maldecirla de por vida de la peor forma posible. Le robó lo que más amaba: el don de la voz y su habilidad para la conversación. Y desde ese momento, Eco estuvo condenada a repetir las últimas palabras de su interlocutor sin poder emitir, nunca más, ningún mensaje propio. Compungida y entristecida al máximo, Eco se apartó de sus hermanas las ninfas y se recluyó en una cueva con la única compañía de los animales del bosque donde se fue apagando poco a poco. 

El tercer acto añade un nuevo personaje y más tensión al drama. Así apagada y entristecida pasaba Eco sus días hasta que apareció junto al río el joven y bellísimo Narciso. El joven estaba dotado de tal hermosura que hombres, mujeres y ninfas quedaban rendidos ante él. Sin embargo, tal como nos narra el mito de Narciso, la respuesta por parte del muchacho siempre era el desdén. Y lo era porque prefería cazar a solas por el bosque a la compañía humana. Además, no le importaba el daño que su despecho causaba en otros. Sin embargo, Eco, abrumada por la soledad y obnubilada por la belleza de Narciso, un buen día se atrevió a comunicarse con el hermoso joven. Y lo hizo a través de los animales del bosque que le hacían compañía. La respuesta del joven no se hizo esperar burlándose de las intenciones amorosas de la ninfa.  

Entramos en el último acto y desenlace del drama. Los dioses, hartos de tanto desdén por parte de Narciso, hicieron que éste, un día que iba a beber agua del arroyo, se enamora de su imagen. Tal fue su pasión por el reflejo que las aguas devolvían que se acercó más y más a besar a aquel muchacho de hermosura divina y que no era otro que él mismo. Con la intención de besar el reflejo, siguió acercándose más y más hasta que se precipitó sobre el abismo y se ahogó. Apiadados los dioses y para que no se perdiera su belleza, su cuerpo sin pulso, fue transformado en la flor del narciso. Así se recordaría a todos los que bordeen las orillas de los arroyos en busca de amor egoísta que el castigo divino será la aniquilación del cuerpo y del alma. Eco, por su parte, rota de dolor por la muerte del muchacho, también recibió la piedad de los dioses y fue metamorfoseada en el eco de las montañas.  

Sentido simbólico del mito de Eco y Narciso  

De Narciso 

El mito de Narciso ha sido ampliamente estudiado por la psicología tras la definición del inconsciente de Freud. Se ha asemejado al que, patológicamente, solo mira por sí y para sí. En las últimas décadas, además, la personalidad narcisista copa trabajos de todo tipo por el destrozo que causa a su alrededor y por su progresivo auge en la sociedad contemporánea. Narciso se burla de la ninfa, de su amor y se ríe de su condición (el eco) que es, además, un castigo de los dioses. Su falta de empatía llega a tal nivel que únicamente podría enamorarse de sí mismo. Y eso fue lo que hizo. Sin embargo, su pasión (como ocurre siempre) fue su perdición y castigo. 

Esta flor también recuerda -pero a un grado inferior de  simbolización- la caída de Narciso en las aguas donde se mira con complacencia: de ahí viene que lo hayan reducido, en las interpretaciones moralizantes, al emblema de la vanidad, del egocentrismo, del amor y de la satisfacción de uno mismo… El agua sirve de espejo, pero un espejo abierto  a las profundidades del yo: el reflejo del yo que allí miramos revela una tendencia a la idealización. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos  

Aunque este es el sentido simbólico aceptado mayoritariamente, los poetas simbolistas vieron en el personaje una representación holística de la condición humana. Narciso, bello y único, quiere fundirse con la creación divina y la única forma que tiene es morir para, eternamente, formar parte de la naturaleza. 

El menor suspiro

Que yo exhalare

Vendría a quitarme

Lo que yo adoraba

Sobre el agua azul y blonda

Y cielos y bosques

Y rosa del onda

 

Paul Valéry: Narciso 

De Eco 

La ninfa de las montañas no ha generado tanta literatura (ni artística ni científica) como su compañero de drama. Eco es la representación de la cháchara hueca, de la conversación que nada aporta, de la palabrería utilizada para la manipulación. Tiene un don (el de la comunicación y, además, Ovidio nos recuerda que la llevaba a cabo con especial belleza) y lo desperdicia para contribuir a la lujuria de Zeus y, precisamente, con sus hermanas. Al malgastar su talento para la mentira, Hera (la diosa del hogar y la familia) la castiga a no poder emitir ningún mensaje, a no poder utilizar aquello que la hace especial. A partir de ese instante, debe ponerse siempre en el papel del receptor y repetirá siempre sus últimas palabras. Ni siquiera le fue permitido el silencio. De artista de la palabra pasó a repetir, a plagiar. El castigo se ahonda con la separación de quienes habían formado parte de su mundo, con la soledad y con el aislamiento.  

A pesar de que se enamora, la ilusión por compartir se desvanece con las burlas del muchacho y con su muerte. El dolor fue del intensidad que los dioses se apiadaron de su sufrimiento. Para librarla de una vida de desesperación, los dioses llevan a cabo la metamorfosis que se narra en el mito de Eco y Narciso recogido por Ovidio. Permanecerá para siempre en las montañas (lugar donde pertenece) repitiendo la voz humana y recordándonos su leyenda. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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