El laberinto del minotauro

El laberinto del minotauro

El laberinto del minotauro

Candela Vizcaíno

  

El mito del minotauro simboliza en su conjunto el combate espiritual contra el rechazo. 

 

Paul Diel: El simbolismo en la mitología griega 

 

A la hora de adentrarnos en la narración y el sentido simbólico del conocido el laberinto del minotauro, tenemos que presentar, como si de una función de teatro se tratara, a los personajes. El primero es Minos rey de creta, casado con Pasifae y que pide ayuda a Poseidón. Minos y Pasifae son los padres de Ariadna, la protagonista del hilo de Ariadna. Y la reina es la madre de Asterión, el minotauro. En el otro lado, está Atenas enemistada con Creta y cuyo príncipe (y luego rey), Teseo, dará muerte al monstruo.  

El laberinto del minotauro y el mito que lo alimenta  

Vamos a la trama de la obra. Minos, rey de Creta, ansioso por ocupar el trono de su país tras la muerte de su padre, pide ayuda a Poseidón. El dios de los océanos le concede la gracia a cambio de que sacrifique un bello toro blanco que surgirá de las espumas del mar. Sin embargo el rey, embriagado por la belleza del animal, pretende engañar a Poseidón y, en su lugar, coloca en los altares uno corriente de su ganadería. Ni que decir tiene que esto llega a conocimiento del dios que, tras el ataque del ira, urde una cruel venganza. 

Y lo hace a través de Pasifae, esposa de Minos y reina de Creta. Inocula en ella una pasión aberrante hacia el toro. Es del tal intensidad que pide ayuda a Dédalo (a la sazón arquitecto real) para que construya una vaca de madera revestida de piel y en cuyo hueco se introduce para ser poseída por el toro divino. De resultas de estos abyectos amores nace Asterión (llamado como su abuelo paterno). Él es el minotauro, mitad hombre y mitad toro. Se alimenta de carne humana. 

GeorgeF.Watts Minotauros 

Asterión es el minotauro a quien encierran en el laberinto 

Comienza así el mito del minotauro, la bestia nacida tras amores prohibidos y que aterroriza a toda Creta. Horrorizada, la reina pide, de nuevo, ayuda a Dédalo y este construye un laberinto donde deposita, en su centro, a la criatura. En principio, para que muriera de inanición. Nace así el emplazamiento de leyenda, un lugar en este mundo tan complejo y complicado que nadie puede salir de él pereciendo, por tanto, en el intento. En el centro del mismo (como un tesoro) vive o descansa una bestia que, tras los estudios sobre el inconsciente colectivo de C.G. Jung, se ha alineado con el símbolo de lo oscuro, de los vicios desconocidos, de lo abyecto que, de no salir a la luz para domeñarlo, amenaza con ocupar todo el alma humana. El laberinto tiene puertas, recovecos y es imposible de recorrer. Ha sido objeto de fascinación por parte de escritores y artistas por su áurea simbólica. Dejo aquí al lector interesado una visión (fabulada por supuesto) del gran maestro Jorge Luis Borges (1899-1986) de este emplazamiento entre el mito, la magia y la antropología. 

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay puerta cerrada, añadiré que no hay cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; sin antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta.  

Y más adelante, Asterión, el minotauro, sigue describiendo su casa ya en los términos de laberinto.  

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.  

“La casa de Asterión” en El Aleph (1949) de Jorge Luis Borges 

Asterión, Teseo y Ariadna  

Las cosas se complican aún más, ya  que Minos, rey de Creta, vence en batalla a Atenas y, como pago, pide cada año siete doncellas y siete muchachos. Estos se ofrecen en sacrificio a la bestia. Tal es la destrucción que Teseo, en ese momento príncipe ateniense, solicita a su padre y al rey enemigo matar al monstruo. En la audiencia de palacio conoce a Ariadna, princesa cretense e hija de Minos y Pasifae. Por tanto, la muchacha es hermana (de un solo vínculo) del minotauro que aterriza a todos. Es en ese momento cuando empieza la historia de amor de Teseo y Ariadna, aunque, al final, se descubre que solo la joven tiene nobles sentimientos.  

Seguimos con este breve resumen de Teseo y el minotauro. Otros antes que él se habían atrevido a entrar en el laberinto y el resultado había sido la muerte. Así que Ariadna, para salvaguardar al joven, solicita ayuda, de nuevo, a Dédalo. Este le entrega un ovillo de lana (según algunas versiones era de oro) y la princesa se lo da al héroe. Debía atar un extremo a la salida e ir indicando el camino con las hebras. Una vez, con arrojo, hubiera matado al monstruo, únicamente tenía que recoger la madeja para encontrar el camino de vuelta, hacia la salida, hacia la luz y hacia la libertad. Así lo hace Teseo. Se adentra en el oscuro laberinto. Mata a Asterión con su espada. Y, ayudado por la luz de su corona de oro y el hilo de Ariadna sale al exterior donde le espera la muchacha. 

La historia termina en drama para la princesa ya que es abandonada en la isla de Naxos y convertida por Dionisio en una constelación de estrellas tras apiadarse de sus lamentos y desconsolados llantos. Teseo continuó cosechando aventuras (entre ellas la del vellocino de oro) hasta que es despojado de su trono y asesinado después de una larga vida. No constan divinas metamorfosis para él. 

Una interpretación simbólica del laberinto del minotauro  

Tras esta narración del mito, entendemos que el laberinto actúa a la manera de prueba iniciática (una en la que se arriesga la vida en ello) cuyo centro guarda un bien precioso. En este caso, es el minotauro, un ser monstruoso que actúa como chivo expiatorio de todas las culpas de su clan familiar. Al matarlo, Teseo no solo libera a su pueblo de los obligados sacrificios de jóvenes sino también al trono de Creta de los sucesivos actos abyectos. Hacemos nuestras, para no alargar,  las palabras de Jean Chevalier a propósito del sentido simbólico del laberinto del minotauro. 

Originalmente el laberinto es el palacio cretense de Minos donde está encerrado el minotauro y de donde Teseo no puede salir más que con la ayuda del hilo de Ariadna. Esencialmente retenemos pues la complicación de su plano y la dificultad de su recorrido.  

Pero este trazado complejo se halla en estado natural en los corredores de acceso a ciertas grutas prehistóricas; está dibujado, asegura Virgilio, en la puerta del antro de Sibila de Cumas; está grabado sobre las losas de las catedrales; se utiliza en diversas regiones, de Grecia a la China; se conocía en Egipto: Su asociación con la caverna muestra que el laberinto debe permitir a la vez el acceso al centro por una especie de viaje iniciático, y prohibirlo a quienes no están cualificados. En tal sentido se ha querido allegar el laberinto con el mandala, que a veces entraña un aspecto laberíntico. Se trata pues de una figuración de pruebas iniciáticas discriminatorias, previas a la andadura hacia el centro escondido. 

Y con referencia a Asterión,  a la bestia mitad hombre y mitad toro, nos dice: 

Este monstruo simboliza un estado psíquico, el dominio perverso de Minos. Pero el monstruo es hijo de Pasifae: es decir que Pasifae es también la fuente de la perversidad de Minos; ésta simboliza un amor culpable, un deseo injusto, un dominio indebido, la falta, reprimidos y ocultos en lo inconsciente del laberinto. Los sacrificios consentidos al monstruo son otros tantos engaños y subterfugios para adormecerlo, pero también nuevas faltas que se acumulan. El hilo de Ariadna que permite a Teseo volver a la luz representa la ayuda espiritual necesaria para vencer al monstruo. 

Jean Chevalier: Diccionario de símbolos 

Asterión, por tanto, es un ser maldito desde su misma concepción, ya que se incumplieron todas las normas y mandamientos de los dioses. Es, además, un híbrido y no pertenece ni al mundo de los hombres ni al de las bestias. Por tanto, está condenado a la soledad, a la incomprensión, a servir de depositario de las culpas de otros. Al estar fuera de las fronteras de lo social, se le aísla en una fortaleza, en un laberinto inaccesible al común de los mortales. Hasta él, solo puede llegar un héroe buscador (ya que Teseo ansía la libertad de su pueblo) y los dones generosos de una doncella (en este caso Ariadna) por cuya intermediación se consigue el fin del terror. El laberinto del minotauro, al trasladar su sentido a lo anímico, es el símbolo de todo aquello que atenaza el espíritu humano. Son las pruebas que los buscadores deben sortear antes de alcanzar el centro de la gracia. Al salir de la oscuridad, una vez se ha derrotado al monstruo, espera la luz, la misma que guía la serenidad, el autoconocimiento o la sabiduría. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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