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La Antigua Biblioteca de Alejandría, una historia desde su fundación hasta su destrucción y quema

La Antigua Biblioteca de Alejandría, una historia desde su fundación hasta su destrucción y quema

De todas las bibliotecas de la Antigüedad y del Medievo, la de Alejandría es, quizás, la que suscita más pasión por lo que supuso en el mundo de la cultura y las ciencias y por el volumen de libros de todas las ramas del saber hasta entonces conocidas que se guardaba en ella. La Antigua Biblioteca de Alejandría fue, en conjunto, una auténtica revolución para la época.

Importancia de la Biblioteca de Alejandría

Mientras existió fue punto de encuentro de eruditos y poetas, matemáticos e inventores, astrónomos y filósofos, médicos y filólogos del mundo conocido. Era el destino de todo aquel que quisiera profundizar en cualquier faceta del saber y, sin embargo, de sus magníficos edificios (porque más adelante diremos que tenemos que hablar de varias bibliotecas) apenas quedan unos sótanos húmedos –descubiertos en la década de los cincuenta del pasado siglo- y lo que parecen los restos de un aula.
De su inmenso patrimonio bibliográfico apenas quedan recortes diseminados aquí y allá, pequeños fragmentos guardados en mezquitas, museos y otras bibliotecas que hay que ir pacientemente recomponiendo como un gigantesco rompecabezas si queremos adentrarnos en lo que fue la gran Biblioteca de Alejandría,  faro del saber durante más de siete siglos.

El número de libros disponibles en la Antigüedad era relativamente pequeño para los parámetros que manejamos en la actualidad y una colección de la envergadura de la Biblioteca de Alejandría, que en poco más de cincuenta años después de su inauguración necesita un anexo para poder seguir creciendo, solo se explica por una implicación personal y directa de los reyes de Egipto.
La Carta de Aristeo, del siglo II a. C. nos da una idea de la pasión bibliófila de los Ptolomeos. Nos cuenta que: 

Demetrio de Falero... recibió sumas importantes para la adquisición, en la medida de lo posible, de todos los libros existentes en el mundo. Mediante compras y transcripciones, logró cumplir la voluntad real hasta el límite de sus posibilidades. Yo estaba presente cuando se le preguntó: “¿Cuántas decenas de miles de volúmenes hay? Respondió: “Más de veinte, majestad, pero voy a realizar todas las diligencias necesarias para llegar a los quinientos mil”. 

Los libros de la Biblioteca de Alejandría

En la época de mayor esplendor, con todos sus edificios a pleno rendimiento, se llegó a contabilizar un 1.000.000 de volúmenes, cantidad nunca reunida hasta entonces en una misma colección, cantidad que tardaría siglos en ser superada de nuevo en otra biblioteca.
Pero para comprender cómo pudo erigirse un espacio de esa envergadura, tanto física como espiritual, en el mundo antiguo y entender cuáles fueron los resortes que la mantuvieron durante tanto tiempo, tenemos que hacer mención primero a la ciudad que la albergó.
Además de las compras, otra forma de conseguir libros consistía en el denominado “fondos de los barcos”. Todo navío que atracara en el puerto de Alejandría era registrado minuciosamente por funcionarios especializados y cualquier escrito que se encontrara era inmediatamente llevado a las dependencias de la Biblioteca donde un comité de expertos decidía si se devolvía el ejemplar a su dueño –porque ya existiera una copia-, si se mandaba a copiar o si se quedaba en poder de la Biblioteca. En este último caso, su propietario era debidamente indemnizado.
Otros medios eran menos escrupulosos que el anterior y nos da una idea de la pasión bibliófila de los Ptolomeos que, como cualquier otro bibliófilo más mundano y con menos posibles, deseaban poseer el ejemplar más raro, el único; en este caso, puesto que todos los libros eran copias únicas manuscritas, aquel salido directamente de la pluma de su autor. 
Un texto antiguo nos cuenta que las obras autógrafas de Esquilo, Sofocles y Eurípedes se custodiaban celosamente en Atenas como tesoros nacionales que eran y no podían ser retirados de su emplazamiento original. No sabemos las argucias de las que se valió Ptolomeo II para llevarse estos rollos a la Biblioteca de Alejandría a cambio del depósito de una fianza consistente en quince talentos de plata, una suma bastante elevada para la época. 
El trato era que se copiarían y luego serían restituidos al pueblo griego, pero lo que el rey egipcio mandó a Atenas fueron las copias renunciando a las cantidades entregadas en depósito. Al fin y al cabo, que es el dinero para un bibliófilo cuando se compara con el placer experimentado al conseguir el ejemplar deseado.
Sabemos que tanto la Antigua Biblioteca de Alejandría como el Mouseion asociada a ella fue fundada por Ptolomeo I Soter –que había sido instruido por el mismísimo Aristóteles- hacia el año 295 a.C. con la ayuda y el aliento de Demetrio de Falero quien sería el encargado de iniciar la colección.

Alejandría, la ciudad de Alejandro Magno

Una sociedad rica y cosmopolita que mantiene una comunidad de estudiosos con la mayor colección de libros hasta entonces reunida a su plena disposición (hablamos de la Antigua Biblioteca de Alejandría) tenía todos los condicionantes para hacer florecer las ciencias y las artes hasta cotas inimaginables, lo que, de hecho, sucedió.
Algunas circunstancias explican este desarrollo. Por un lado, nunca hasta entonces se había reunido el saber del Próximo Oriente (recordemos que Alejandro había alcanzado las tierras de la India) y la Grecia clásica. Más importante aún estriba en la actitud crítica de los sabios alejandrinos. Al contrario de lo que sucedería más tarde, ningún escrito era admitido sin haberse sometido a un riguroso análisis aunque la autoridad del escritor estuviera fuera de toda duda. Cada línea, cada párrafo, cada idea era estudiada, sometida a análisis, argumentada, experimentada... Otra explicación para este auge, para este desarrollo sin par, hay que buscarla en la especificación, en la especialización a la que se sometieron los estudiosos alejandrinos. Mientras anteriormente se intentaba hacer preguntas globales, se buscaban respuestas al todo, los sabios de Alejandría se concentraron en pequeñas parcelas del saber reconociendo, ya entonces, la imposibilidad humana para explicar el cosmos.
Una de las ciencias que más progresó fue la medicina en parte porque la disección de cadáveres estaba permitida en Egipto y, además, paralelamente se investigó y avanzó en el estudio de las drogas y los venenos. Un médico que se hubiera formado en Alejandría tenía la clientela asegurada en cualquier punto del Mediterráneo en el que se dispusiera a ejercer, tal era la calidad y reputación de dichos estudios.
Los nuevos y largos viajes por mar propiciaron un desarrollo de la cartografía y de los métodos de medición así como el perfeccionamiento de instrumentos de navegación. Se avanzó en el conocimiento del sonido y de la luz y se desentrañaron algunos secretos de la óptica. Se resucitó la geometría, afinándose el cálculo de longitudes, áreas y volúmenes. En matemáticas, se perfeccionaron teorías y se inventaron los números irracionales. La astronomía, por ejemplo, después de los estudios alejandrinos, tuvo que esperar al siglo XVII y XVIII para seguir avanzando en su conocimiento.
Si bien en literatura se quedó en la brillantez de los clásicos griegos, en Alejandría surgió una nueva disciplina: los estudios lingüísticos. Debido a la gran cantidad de libros y al hecho de que de las obras clásicas había varias versiones, los filólogos de entonces se afanaron en fijar el texto definitivo de los grandes poetas de la Grecia Clásica. El intento por demostrar su  versión o su interpretación de una frase, un fragmento, un caso –en algunas ocasiones- llegó a convertirse, en más de una vez, en una agria disputa, cuando no en una confrontación abierta con otros colegas.
Aunque él apenas llegó a ver los planos de la ciudad, Alejandría fue fundada por Alejandro Magno (356-323 a.C) junto al Mar Mediterráneo en el emplazamiento de lo que antes fuera una simple aldea de pescadores pobres conocida como Rhakotis. 
Del gran Alejandro tomó su nombre y fue la ciudad escogida para albergar la tumba del conquistador. Situada frente a la isla de Faros a la que fue unida por una lengua de tierra sobre la que se construyó una calzada, la ciudad fue meticulosamente diseñada por el arquitecto Dimocrates siguiendo un esquema cuadricular de largas y amplias avenidas y anchas calles embellecidas con hermosos bulevares en los que crecían árboles de diversas especies.
Para encontrarnos un urbanismo con esa planificación y raciocinio tendremos que esperar a la construcción de las megas-ciudades norteamericanas (Nueva York o Chicago, por ejemplo) o la ampliación de algunas de la vieja Europa (tal es el caso de  Barcelona) a finales del siglo XIX y principios del XX.
Era una de las ciudades más grandiosas del mundo antiguo y competía con la mismísima Roma. Lo que primero vislumbraba el viajero cuando se iba acercando a sus costas era el enorme faro de más de 120 m de altura (y cuya belleza le valió ser incluido entre las siete maravillas de la Antigüedad) situado en la isla del mismo nombre y cuya llama, permanentemente encendida, guiaba a los barcos hacia el puerto. El Faro de Alejandría debió entrar en funcionamiento hacia el 280 a.C. y se derrumbó en 1340 a consecuencia de un terremoto. A ambos lados de la lengua de tierra que unía la isla con Alejandría se encontraba el puerto; un puerto desde donde zarpaban y arribaban mercancías de toda índole y origen; desde donde se traficaba con artículos de lujo o se comercializaba con materias primas.
Alejandría era una urbe cosmopolita y, en su momento de esplendor, un bullir humano de cerca de un millón de almas donde se mezclaba el rico mercader con el soldado, el esclavo con el estudiante aristocrático, el científico con el poeta... Un texto de un viajante del siglo I d. C. nos da una idea de la frenética actividad comercial y, por tanto, del emporio económico que era Alejandría. Se trata de una Guía del Mar Rojo que nos da la siguiente relación de productos que se encontraban a disposición en la ciudad:

 “...telas, algodón, pieles, muselina, seda, bronce, cobre, estaño, hierro, oro, plata, hachas, azuelas, vidrio, marfil, conchas de tortuga, cuernos de rinoceronte, vino, aceite de oliva, aceite de sésamo, arroz, mantequilla, miel, trigo, mirra, incienso, canela, perfumes y papiro”. 


Es bien poco si lo comparamos con nuestra sociedad capitalista, pero ya sabemos todos que en aquella época la gran mayoría de las comunidades se construían sobre una frágil economía de subsistencia.
Al morir Alejandro se repartió su Imperio entre sus generales que, muy pronto, comenzaron a rivalizar entre sí para constituirse no solo en centro del poder político sino también de cultura. Así, los Ptolomeos en Egipto, los Seleúcidas en Siria – más concretamente, Antioquía- y los Atálidas en Pérgamo se afanaron tanto por construir magníficos edificios públicos o suntuosos palacios como por atesorar conocimientos o arte y rodearse de una cohorte de poetas, músicos o científicos que diera fe de ese poderío personal y de casta.

Fundación de la Biblioteca de Alejandría

 


Aunque algunas familias romanas, como el caso de los Escipiones, disponían de importantes bibliotecas privadas, nunca hasta la creación de la de Alejandría se había pretendido crear un espacio abierto a los estudiosos y que abarcara todo el saber conocido. La intención, que además se consiguió era tener, al menos,  una copia de todos los libros escritos hasta entonces al mismo tiempo que se ponían por escrito todo aquello que se sabía o que se investigaba.

1- La Gran Biblioteca Real

Aunque el  Mouseion debió tener una colección de libros bastante importante, el grueso de la colección se encontraba en un edificio aparte, en la Gran Biblioteca Real, situada en el mismo recinto palaciego y muy cerca del Mouseion, dominando el puerto. La Gran Biblioteca Real fue el germen de la colección y, también, la primera en desaparecer.
Muy pronto la cantidad de libros guardados fue tal que el edificio concebido para albergarlos se quedó pequeño y así en el reinado de Ptolomeo III  Evergetes (246-221 a.C.) la Biblioteca ya contaba con un anexo situado en un lugar distante, en un barrio elegante de nueva construcción en el sur de la ciudad. Dicho anexo será incorporado al Serapeum recién construido; al templo consagrado al dios egipcio Serapis.
A la cabeza de la Biblioteca se encontraba un bibliotecario designado por el Rey, un puesto de inmenso prestigio porque, a la vez, ejercía de preceptor real con todo lo que esto implica.

2.- Mouseión, templo a las Musas

El Mouseión –literalmente el templo de las nueve Musas; es decir, el espacio consagrado a las divinidades inspiradoras de las artes y las ciencias- estuvo desde un principio vinculado a la Biblioteca Real. Aunque desconocemos si durante la época de los Ptolomeos el Mouseion impartió algún tipo de enseñanza regular, fue concebido al estilo de la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles y que el aprendizaje maestro-discípulo/s era lo frecuente y cotidiano, aunque no nos ha llegado la manera en el que éste se realizaba. En la época romana actuó a la manera de las modernas universidades.
Un pequeño fragmento de Estrabón, copiado en la época medieval, nos da detalles de la arquitectura y organización del Mouseion. Reza lo siguiente: 

“Forma parte del palacio real, tiene un pórtico (peripatos), una galería (exedra) y un amplio edificio que alberga el refectorio donde los miembros del Mouseion comen juntos. En esta comunidad, incluso el dinero es común, también designado por los reyes, y en la actualidad por Augusto”.


 Lo que nos llama la atención es que el Mouseion tenía un carácter eminentemente sagrado con un sacerdote a la cabeza designado primero por los reyes egipcios y, luego, por el emperador romano.
Debido a la liberalidad con la que eran tratados los miembros del Mouseion y la plena disposición de tantos y tantos libros, atrajo a sabios de todo el mundo conocido, las mejores cabezas de entonces tomaban el camino hacia Alejandría, el mejor sitio para poder comenzar, continuar o terminar sus estudios en las condiciones más propicias. 
Parecer ser que estos eruditos residían en el mismo recinto o en buenas casas alquiladas en la ciudad y que tenían la alimentación asegurada, amén de una cantidad en efectivo como retribución por sus estudios y, para terminar, estaban exentos de pagar impuestos. Era, en definitiva, vida cómoda,  seguridad financiera, la mayor biblioteca del mundo a disposición del erudito; era el sueño de cualquier estudioso en todo lugar y época (hoy día un sueño casi inalcanzable)
De todos modos, para pertenecer al Mouseion y poder disfrutar de todas estas ventajas se necesitaba la aprobación real y, en cualquier momento, podía llegar el cese; hecho éste que, según el decir de algunos historiadores, explica que, a pesar del avance en medicina, matemáticas, astronomía, mecánica o filología, por ejemplo, la existencia de la biblioteca con sus sabios no influyó para nada en la sociedad del momento y, que mucho menos se inmiscuyó en la política que se iba practicando.
En la época imperial romana el Mouseion siguió poblado de investigadores y sabios tan imprescindibles para la historia de la ciencia como el médico Galeno, el astrónomo y geógrafo Claudio Ptolomeo o el inventor de aparatos mecánicos Herón. Lo que sí decayó fue el estudio literario  a la par que Alejandría se colocaba a la vanguardia del pensamiento, hecho que se ha querido ver como uno de los causantes de su destino; es decir, de su destrucción.
Los Ptolomeos tenían el propósito de reunir en la Antigua Biblioteca de Alejandría, al menos, un ejemplar de todos los libros escritos en cualquier idioma. En algunos casos, como las obras de Homero, se tenían varias versiones que hicieron las delicias de las disputas filológicas. Las obras que no estaban escritas en griego se mandaban traducir y de estas traducciones salieron algunas de relevancia casi mítica.

3. - Calímaco  y la catalogación de la Biblioteca de Alejandría

Para la reconstrucción de la idiosincrasia de esta institución solo disponemos de retazos, de hilachas rescatadas del tiempo; de pequeños fragmentos insertos en los textos medievales, de trozos hurtados a la destrucción. Sabemos de las compras, de los estudios, de las traducciones, de las obras que probablemente dormían en sus estantes pero nada sabemos del método de consulta, de la organización de los préstamos –si los había- y muy poco de la organización de tan amplio material.
La catalogación de los fondos de la Biblioteca fue encargada a Calímaco que en los, aproximadamente, 120 libros (de los que no se han conservado ni un solo fragmento) que debía constar su obra  titulada Pinakes reseñó cada uno de los ejemplares del fondo ordenados alfabéticamente por autor, título y una pequeña descripción y/o semblaza. 
El método esencial de clasificación era por género y sabemos con seguridad, por otros textos, que estableció los siguientes: Retórica, Derecho, Poesía Épica, Tragedia, Comedia, Poesía Lírica, Historia, Medicina, Matemáticas, Ciencias Naturales... Su método fue inmediatamente copiado y su influencia llega hasta la Edad Media, donde puede rastrearse en la obra Al-Fhrist, o Índice del árabe Ibn Al-Nadim (siglo X). Este nos ha llegado intacto.
La creación de la Biblioteca de Alejandría se realizó paulatinamente y la conformaban varios edificios –recordemos, los libros que debía haber en el Mouseion, la colección principal en los aledaños del Palacio Real y el anexo situado en el interior del Serapeum-. 
Del mismo modo, la destrucción de la colección no fue, ni mucho menos, en un solo acto, de golpe, se realizó de tal manera que no nos equivocamos demasiado si hablamos de “destrucciones” con sus sucesivas “reconstrucciones” hasta la desaparición total.
biblioteca alejandria 2

Destrucción y quema de la Biblioteca de Alejandría

En el año 48 a.C. César, persiguiendo a Pompeyo en plena Guerra Civil Romana, llega hasta Alejandría. Allí se entera de la muerte de éste y de la disputa, que acabaría en confrontación, entre el joven Ptolomeo XIII y su hermana Cleopatra. César toma parte por la princesa y se dispone a hacer frente al ejército de Ptolomeo. 
Tal como nos cuenta el propio César, al verse acorraladas sus tropas, decide incendiar las naves del egipcio amarradas en el puerto y poder, así, ocupar la isla de Faros con lo que el ejército romano se hacía con la importante entrada a la ciudad por mar. La estrategia se culminó con éxito para las tropas  de César y éste coloca en el trono a la última reina de Egipto, Cleopatra VII.

1.- Primer incendio de la Biblioteca de Alejandría: La colección real

El mismo César nos cuenta lo que pasó. Él solo nos dice que incendió las naves y no se detiene en más detalles. Nadie se atrevió a corregir o ampliar su relato. Tenemos que esperar al reinado de Nerón para enterarnos de lo que verdaderamente pasó. El poeta Lucano, condenado a muerte por el Emperador en el 65 d.C, nos cuenta que 

“partiendo de los barcos, el incendio se extendió a otras partes de la ciudad... Los edificios próximos al mar; el viento atizó el desastre; las llamas corrían por los tejados a velocidad de un meteoro” 

La misma información nos da Séneca  (también sentenciado a muerte por Nerón como Lucano) y Plutarco que, al escribir la biografía de César en el siglo I d. C, nos relata:

 “Cuando el enemigo trató de separarlo de su flota, César se vio obligado a repeler el peligro recurriendo al fuego que se extendió desde los astilleros y destruyó la Gran Biblioteca.”


Por los testimonios conservados y por el hecho constatado de que Marco Antonio regaló  a Cleopatra los 200.000 volúmenes incautados a la Biblioteca de Pérgamo para resarcirla por la pérdida de la Biblioteca Real, con toda seguridad el edificio principal junto al Palacio ardió completamente en el 48 a.C.
Aún así, durante la época Imperial, el Mouseion continuó gozando de protección y el anexo situado en el Serapeum permaneció intacto –puesto que estaba en otro barrio alejado del puerto y, suponemos, del fuego- y es aquí donde probablemente se depositarían los libros procedentes de Pérgamo. Que la Biblioteca del Serapeum siguió creciendo da fe la continuación del trabajo intelectual que se desarrolló durante la época de ocupación romana. Se siguieron copiando y comprando libros aunque, seguramente, no con la misma liberalidad de la época de los Ptolomeos
El edificio del Serapeum, llamado por los historiadores “La Acrópolis de Alejandría” era un lugar seguro y además un templo inviolable con lo que los libros debieron estar a salvo y a disposición de los estudiosos durante muchos siglos.

2.- Segunda destrucción de la Biblioteca de Alejandría con la quema de libros

Los problemas para la Biblioteca, ya situada definitivamente en el Serapeum, comenzaron en el reinado del emperador cristiano Teodosio (379-395 d.C). En el año 391, siendo obispo de Alejandría el intransigente (más bien fanático) Teófilo, el emperador promulga un decreto por el que se autorizaba  la demolición de todos los templos paganos de Alejandría. El objetivo inicial de Teófilo fue el templo de Dionisio. La importante población pagana que aún existía en la ciudad, asustada y aterrada, se refugió en el recinto que creían más seguro: el Serapeum, donde se encontraba la Biblioteca.
Teófilo en persona condujo a su ejército hasta el Serapeum donde leyó el edicto y, en nombre del emperador, él mismo se encargó de destruir, de poner el primer martillazo, en la estatua del dios Serapis. Lo demás lo hizo la multitud. 
Los relatos que se escribieron posteriormente a los hechos y que han sido hurtados a la destrucción del tiempo nos cuentan que no quedó ni una sola piedra en su sitio. Así, debemos suponer que tampoco quedó ni un solo libro. Esto es lo que cuentan los pocos papeles que han llegado hasta nosotros, pero las excavaciones arqueológicas han descubierto los huecos excavados en los muros –que hacían las veces de estanterías- donde se guardaban los libros.
Relatos apócrifos tardíos hablan de un bibliotecario amante de los libros, del último bibliotecario del Serapeum que, ante la creciente violencia y destrucción del cristianismo fanático, y previendo y adelantándose a los acontecimientos, pudo sacar parte de los libros del templo y esconderlos en un lugar seguro antes de que llegaran los bárbaros conducidos por Teófilo. Si esto es así, el emplazamiento escogido debió ser muy secreto porque las excavaciones no han revelado nada que apoye esta tesis, aunque aún queda por descubrir, a decir verdad, la mayor parte del antiguo emplazamiento griego de Alejandría.

3.- Destrucción del Mouseion con el asesinato de Hipatia

Recapitulando tenemos que la Gran Biblioteca ardió en el 48 a.C. y que el anexo construido en el Serapeum funcionó como biblioteca, a la que se fue añadiendo ejemplares, hasta el 391, pero ¿y el Mouseion? ¿Qué sucedió con él? Desgraciadamente corrió la misma suerte que el Serapeum, aunque siguió funcionando hasta el año 415, año del asesinato de Hipatia.

4.- Cuarta quema de la Biblioteca de Alejandría en el siglo VII

Aún así y todo, en el siglo V se asentó en Alejandría un nuevo movimiento, en parte cómplice de la destrucción del legado de los Ptolomeos, con un carácter totalmente distinto: la Escuela Catequística de Alejandría, al parecer fundada por el propio Evangelista San Marcos y que se vanagloriaba de tener entre sus maestros a Orígenes o Clemente. Esta escuela debió producir, aunque en un número infinitamente menor, algunos libros imprescindibles para la enseñanza del Nuevo Testamento y el culto. 
Y estos ejemplares debieron ser los que quemaron las tropas del general árabe Amr cuando entraron en Alejandría en el 642 y a estos debe referirse la famosa frase del califa Omar que sentenció el destino de lo poco que quedaba en Alejandría: 

“A propósito de los libros que mencionas, si lo que allí se encuentra escrito es conforme al libro de Dios, no son necesarios; y si son contrarios, son inútiles. Así pues, destrúyelos.” 

Parece que no quedó ni una sola línea escrita y con el humo de la última página incendiada, comienza la caída en picado de esta urbe prodigiosa hasta volver a ser la aldea de pescadores que fue antes de Alejandro, la aldea miserable que se encontró Napoleón cuando entró con sus tropas en ella.

Recapitulando esta larga historia de la Biblioteca de Alejandría

Ptolomeo I Soter no solo trasladó la capital de Egipto a Alejandría sino que hizo construir el Palacio Real –al que se anexionaba la Biblioteca- o el Mouseion, entre otras obras, sino que fue él mismo, instado por Demetrio de Falero el que inició la colección de libros.
Alejandría siguió manteniendo su poder en la época romana, tras la caída y muerte de Cleopatra y fue una plaza fundamental tanto en el terreno comercial como en el cultural durante todo el Imperio. Desde el año 30 de nuestra era, con Octavio, Alejandría se convirtió en una especie de puerto franco, con moneda propia, donde se depositaba y se distribuía toda la rica cosecha de grano de los fértiles valles del Nilo.
La decadencia de la ciudad y destrucción de lo que quedaba de la gran Biblioteca comienza  en el siglo IV, cuando se destruyeron todos los templos paganos, se cometieron asesinatos de filósofos y estudiosos  y cuando creció en la ciudad la semilla del fanatismo, origen de casi todos las crisis culturales que se han dado en la historia de nuestro planeta.
Conquistada por los árabes musulmanes en el siglo VII y con un tibio renacer económico durante la Edad Media, cuando las tropas de Napoleón entraron en lo que fue la ciudad más cosmopolita de la Antigüedad (hecho acaecido el 2 de julio de 1798) solo contaba con 7.000 almas que sobrevivían en chozas y nada quedaba de la grandiosidad del pasado. 
Hoy, entre los altos rascacielos y la moderna biblioteca–más digital que física- inaugurada en 2002 y construida, como la antigua, junto al mar, se está realizando un plan de excavaciones sistemático en el emplazamiento de la ciudad helenística que está comenzando a dar sus frutos.
Una ciudad grandiosa, dirigida por una dinastía con ambiciones y exquisitamente instruida era la que albergaba la mayor biblioteca de la Antigüedad, quizá la mayor hasta que comenzaron a formarse en el siglo XVIII las colecciones nacionales (basadas en los fondos reales) en los distintos países de la Europa ilustrada.
Bibliografía mínima en español

  • Castro Leal, Leticia de y Juan Ros García: La Biblioteca de Alejandría: pasado, presente y futuro. Tesis Doctoral. 2007.
  • Molinos, Luis: Los libros de Alejandría. Amazon Digital Services, Inc.
  • Paul, André: La Biblia y Occidente (De la Biblioteca de Alejandría a la cultura Europea). Estella, Editorial Verbo Divino, 2008.
  • Riaño Alonso, Juan José: Poetas, Filósofos, Gramáticos y Bibliotecarios: Origen y Naturaleza de La Antigua Biblioteca de Alejandría. Gijón, Trea, 2011.
  • Vizcaíno Macero, Candela: “La Antigua Biblioteca de Alejandría” en Hibris. Revista de bibliofilia. Alcoy. 2004, nº3, págs. 20-30 ISSN 1577-3787. 

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