Krausismo español

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Candela Vizcaíno

 

El krausismo español es una interpretación de los principios denominados panenteísmo creados por el filósofo alemán Karl Krause (1781-1832). Toman importancia a mediados del siglo XIX en medio de la polémica entre conservadores y liberales, cuyos encontronazos ya habían rebasado el ámbito político y social para instalarse en la cultura. El krausismo español, como veremos, fue un intento desesperado por contrarrestar (con un contenido filosófico) la tradición católica más conservadora. Aunque se instala en España a partir de la segunda mitad del siglo XIX, toma relevancia con el cambio de siglo. Sus principios se propagan a través de la Institución Libre de Enseñanza.  

Bases históricas para entender el movimiento 

Para entender la importancia del krausismo español tenemos que adentrarnos (aunque sea someramente) en los hechos históricos contemporáneos al movimiento. El denominado Siglo de las Luces con su cultura del Neoclasicismo, basada en la razón y el empirismo, había pasado de puntillas por España. Es más, los pocos ilustrados que defendían este pensamiento eran conocidos como los afrancesados. De alguna manera u otra, buscaban en el país galo un desarrollo cultural que no encontraban en España. El problema llegó con la invasión napoleónica (1808-1814), ya que fue muy difícil defender una forma de vida que chocaba frontalmente con el espíritu patriota del incipiente nacionalismo. A la revolución popular le siguió el intento fallido de las Cortes Constituyentes de Cádiz de 1812 y la vuelta al absolutismo de Fernando VII (1784-1833). Tras su muerte, las cosas no mejoraron con las sucesivas guerras carlistas y el carrusel de alternancia de gobiernos repartidos entre liberales y conservadores. 

Todo esto degeneró no solo en una profunda crisis económica (que profundizó aún más la decadencia que se venía lastrando desde el siglo XVII) sino que, además, la ciencia y la cultura se sumieron en un terrible atraso. Atraso que no se recuperó hasta la segunda mitad del siglo XX. Volviendo a la segunda mitad del XIX, en el plano intelectual se genera una controversia entre dos bloques. Por una lado, tenemos a los conservadores, defensores a ultranza del catolicismo nacional, de la tradición y de un patriotismo rancio. En este bando militaba Menéndez Pelayo (1856-1912) quien, en su afán por hacer ver la gloria de la historia de España, dotó de un método científico a la filología y comenzó a recuperar los textos de la literatura medieval. En el otro bando se agrupaban una serie de intelectuales españoles que se dolían por la situación de la ciencia, la técnica y la cultura de la época. Son estos los que se adhieren al krausismo.  

Karl Krause y su código filosófico

En este emplazamiento de confrontación y espíritu de derrota entran en España los postulados de Krause. Hay que anotar que el filósofo alemán apenas tuvo influencia en el pensamiento europeo y ni tan siquiera en su patria. Su obra es considerada farragosa, difícil y compleja incluso para los mismos germano parlantes. Está plagada de neologismos (entresacados del latín) y sus principios filosóficos se consideran demasiado místicos para una cosmovisión en búsqueda de racionalismo, a la par que se empezaba a olvidarse de Dios. Krause propone el panenteísmo. Este código de pensamiento intenta llegar a Dios conjugando el amor por la naturaleza, el conocimiento del espíritu y el respeto por el conjunto de la humanidad. El krausismo, con la perspectiva de los años, se considera un precedente del actual ecologismo y también de los derechos humanos. 

Esta combinación de panteísmo (Dios habita en todas las criaturas y elementos de la naturaleza) y mitos paganos era lo más avanzado que podía asumirse en una España católica en extremo. Además, la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres o de los derechos de los niños que promulgaba el filósofo alemán se avenía perfectamente a los deseos reformadores de los liberales españoles.  

¿Cómo llegó el krausismo a España?  

Julián Sanz del Río (1814-1869), con un pensionado del gobierno, marcha becado a Alemania a empaparse de los principios filosóficos que allí, por entonces, se gestaban. Elige a Krause para profundizar en su investigación ya que el pensamiento simbólico que proponía y su nueva concepción fraternal del mundo se avenía con su bagaje personal. Aunque Sanz del Río publica y enseña esta filosofía, es a través de su discípulo Francisco Giner de los Ríos (1813-1915) como el krausismo español cobra fuerza entre los liberales nacionales. 

Este código filosófico, además, abogaba por una espiritualidad íntima y una religiosidad vivida individualmente. Todo esto chocaba con el gusto por los ritos y la ortodoxia de la Iglesia. El krausismo fue tachado, incluso, de secta por Menéndez Pelayo (en el otro bando recordemos) y los libros de sus principales valedores fueron clasificados como heterodoxos. Y no fueron catalogados como herejes porque la Inquisición fue abolida unas cuantas décadas antes (en 1834). 

La Institución Libre de Enseñanza y el krausismo  

El krausismo se afianza en España a través de la Institución Libre de Enseñanza de la mano de Francisco Giner de los Ríos. En 1875 (para contrarrestar la expansión de las nuevas ideas progresistas) se exigió a todos los profesores universitarios y a los catedráticos juramento de fidelidad a la Iglesia y a la Monarquía. Buena parte de estos, los que profesaban ideales reformadores, se negaron a ello. Así, ese mismo año, se crea la Institución Libre de Enseñanza con el objetivo de ser una especie de universidad paralela con estudios superiores ajenos a las imposiciones conservadoras.  

Allí no solo se dieron conferencias por parte de lo más granado de la ciencia contemporánea (Marie Curie o Albert Einstein por poner dos ejemplos de los grandes) sino que entre sus muros (y en la Residencia de Estudiantes) se coció buena parte de la obra de los poetas de la Generación del 27. La educación ofrecida por la Institución (de carácter superior) seguía los principios del krausismo. Resumiendo mucho se abogaba por lo siguiente: 

  • Igualdad y respeto por los diferentes seres humanos. Se fomenta la tolerancia hasta niveles nunca vistos en España. 
  • Amor por la naturaleza. 
  • Afianzamiento del espíritu (en la base del surrealismo que bucea en los recovecos del inconsciente). 
  • Investigación libre de cualquier atadura religiosa. Paralelamente, se apoyan los estudios aconfesionales. 
  • Amor por la ciencia como base del progreso. 
  • Libertad de conciencia y de cátedra. 
  • Gusto por el arte y por la creación literaria según los principios de libertad y de creatividad sin credos ni imposiciones. 
  • Además se enseñaban buenas maneras y cortesía como el único modo de brillar en una sociedad que, por entonces, tenía bastantes tintes oscuros.  

El krausismo base para el regeneracionismo en España 

En 1907, el krausismo español, a través de la Institución Libre de Enseñanza, continúa de la mano de Manuel Bartolomé Cossío, un humanista que re-descrubrió El Greco para los ojos de sus contemporáneos. Además, se encuentra en la base del regeneracionismo, una de las principales características de la Generación del 98.  

En definitiva, y tal como inferimos de las palabras reproducidas a continuación salidas de la boca de Azcárate, uno de los firmes defensores de la ideología, el krausismo español intentó (a la desesperada casi) aunar la ortodoxia católica que impedía el avance de la ciencia con un código filosófico que buscaba a Dios en cualquier rincón de la creación. Se abogaba por el respeto de los derechos humanos (aunque aún no se habían llegado a formular) y la libertad individual. 

Según que, por ejemplo, el Estado ampare o niegue la libertad de la ciencia, así la energía de un pueblo mostrará más o menos su peculiar genialidad en este orden, y podrá hasta darse el caso de que ahogue casi por completo su actividad como ha sucedido en España durante tres siglos. 

Gurmesindo de Azcárate (1840-1917) 

Esta actividad intelectual, creativa e investigadora levantó ampollas en el bando conservador, abanderado por Menéndez Pelayo. En su afán por demostrar que la historia y la literatura españolas no se correspondían con esa mirada tan derrotista, pusieron en valor buena parte de la épica medieval, el romancero o los cantares de gesta, olvidados hasta entonces. En definitiva, con la conciencia de la “tibetanización” de España, en palabras de Ortega y Gasset, se hizo un notable avance en medicina, filología, pensamiento, ciencia o técnica azuzado por dos bandos. Unos en su afán de demostrar la grandeza de la historia y otros afanándose por crear conocimientos nuevos. Por tanto, el krausismo español contribuyó a una pequeña edad dorada que fue bruscamente interrumpida en la década de los treinta y su nuevo carrusel de crisis, revueltas, guerras, hambre y, de vuelta, al aislacionismo. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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