Cultura chimú

Cultura chimú

Cultura chimú

Candela Vizcaíno

 

La cultura chimú se desarrolló entre el siglo IX y el XV con su epicentro en la ciudad de adobe de Chan Chan, hoy Patrimonio de la Humanidad y a pocos kilómetros de la actual Trujillo, al norte de Perú. Llegó hasta Lima y sustituyó a la cultura moche que colapsó, al parecer, por las mismas causas que la civilización de los chimúes: debido a una serie de fenómenos meteorológicos adversos que diezmaron cosechas y recursos, hecho que fue aprovechado por los pueblos enemigos. Permaneció olvidada hasta mediados del siglo XIX cuando fueron excavándose sus tesoros bajo el auspicio de Jacob von Tschudi.  

Chan Chan la gran capital del reino chimú  

Situada junto a la actual Trujillo, ya estaba en ruinas cuando, en 1532, llegó Pizarro con sus tropas, quien contribuyó a ahondar en su expolio. Por lo que ha llegado hasta nosotros, intuimos la grandeza de una ciudad levantada enteramente en adobe mediante gruesos muros que llegan a alcanzar los 12 metros de alto y los 4 m de ancho formando un hermoso e intrincado laberinto de barro. Este emplazamiento, cuna del reino chimú, estaba amurallado en su perímetro total y, a su vez, cada palacio, cada recinto de importancia y cada almacén se rodeaba de otra muralla que era decorada bellamente con motivos geométricos. Esta red de murallas, unas dentro de otras, constituía un intrincado laberinto de caminos o calles que daban a enormes patios desde donde se distribuían todos los edificios. 

Chan Chan llegó a tener más de 20 km2 y en ella se dispusieron también canales, albercas y otros elementos de almacenamiento y conducción de la preciada agua.  Así se conducía los regatos provocados por el deshielo andino hacia una de las tierras más áridas y secas del planeta que arañaba a la tierra papas o maíz.  

El sacrificio en la cultura chimú  

Estos ritos estaban extendidos y normalizados, ya fuera como acompañamiento en el más allá de sus curacas (caciques o reyes locales) o bien como ofrenda a los dioses, como el encontrado recientemente en Huanchaco. En una explanada frente a la costa del Pacífico se han desenterrado los cadáveres de más de 140 niños y niñas de entre 8 y 12 años y más de 200 llamas de menos de 2 años que fueran ofrecidas en holocausto en un solo acto ritual. Gracias a técnicas contemporáneas, la arqueología apunta a que este sacrificio múltiple (probablemente el mayor de la historia) se realizó en los últimas décadas del siglo XIV, justo cuando la cultura chimú iba a colapsar, al parecer por una combinación de fenómenos meteorológicos extremos, hambrunas, revueltas y guerras.  En el caso de Huanchaco las huellas dejadas en las sucesivas capas de tierra nos dicen que, con toda probabilidad, durante estos años se sufrió un devastador fenómeno que hoy se conoce como el Niño Costero que arrasa con lluvias intensas todo lo que se encuentra al paso, arrastrando en torrente un terreno árido y sin árboles.  

Los sacrificios no solo se realizaban para aplacar la ira de unos dioses (desconocidos para nosotros) sordos y ciegos a los lamentos de los hombres sino también para acompañar a los caciques en su viaje al más allá. En este caso se elegían a mujeres jóvenes que o bien eran esposas del líder político o bien seleccionadas expresamente entre el pueblo. En una de estas tumbas regias se han encontrado más de 40 nichos que tenían la función de guardar los restos, momias o cadáveres que acompañaban al curaca en su viaje al más allá. Estos líderes políticos y religiosos se hacían enterrar, además, en su propia casa sellándola para siempre. Y el siguiente, se hacía construir otro palacio que era, a su vez, clausurado a su muerte. Así, década tras década y siglo tras siglo se iba construyendo un intrincado laberinto de murallas de adobe con edificios clausurados que convivían en armonía con otros que daban servicio al pueblo chimú.  

Todo esto llegó a su fin alrededor del año 1476 cuando el poderoso imperio inca impuso su superioridad bélica a los chimúes, empobrecidos y debilitados por años de hambrunas producidas por lluvias torrenciales que arrasaron cosechas, ganaderías, construcciones y todo lo que encontraban al paso. De nada sirvió abrir el corazón a cientos de sus niños mezclando su sangre en lodo pidiendo clemencia a los dioses.

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla 

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