Escultura azteca

Escultura azteca

Escultura azteca

 

La escultura azteca está intrínsecamente ligada a su arquitectura, ya que, de una manera u otra, estas muestras artísticas forman parte de edificios existentes (templos o palacios). Al día de hoy, han llegado pocos restos debido a la superposición de estratos y destrucción de la antigua Tenochtitlán. A pesar de ello, de esta civilización es la colosal (por sus dimensiones y belleza estilística) Piedra del Sol, labrada con símbolos entresacados de la naturaleza y formando un calendario. La escultura azteca se reduce a esta magna obra, a figuras de tamaño medio siguiendo las características de los «portaestandartes», a representaciones de la fauna local y a una serie de máscaras funerarias realizadas en piedra volcánica.  

Dejo de lado las enigmáticas calaveras de cristal de roca expuestas desde hace más de un siglo en museos occidentales (Nueva York o Londres), ya que las pruebas que se han realizado en las últimas décadas nos indican que estos artefactos son falsificaciones de los aventureros occidentales del siglo XIX. De las calaveras en cristal de roca se han realizado estudios comparativos queriendo ver en ellas (forzando, por tanto, la interpretación) una bella manifestación de la peculiar visión de muerte, no solo de los aztecas precolombinos sino también del pueblo mexicano en general. Sin embargo, los análisis realizados no dan lugar a dudas.  Son elaboraciones del siglo XIX promovidas por la codicia occidental con tanta eficacia en su ejecución que estos timadores disfrazados de arqueólogos lograron colocarlas en los museos occidentales, previo generoso pago de su importe.  

IndioTriste

El Indio Triste, ejemplo de escultura azteca  

La figura pertenece a la categoría de «portaestandarte», aunque en sí mismo presenta una serie de características peculiares que lo hacen único. Eran estas figuras creaciones realizadas en piedra volcánica que se colocaban en la puerta de los templos o palacios a modo de guardianes. El Indio Triste, sin embargo, mantiene diferencias estilísticas con el grupo al que, en principio, pertenece. En primer lugar, está ataviado a la manera tolteca. Por eso, buena parte de los investigadores sostienen que bien pudiera ser un botín de guerra. La escultura es antropomorfa representado una figura masculina sentada con los brazos rodeando la rodilla y en actitud contemplativa o de silencio. 

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Los «portaestandartes» de la cultura azteca 

Estas esculturas son distintas a la afamada El Indio Triste. Son también piezas antropomorfas masculinas retratadas de pie, en actitud de avanzadilla y sin apenas vestimenta. La mano izquierda se dirige hacia el pecho y algunos de ellos conservan el espacio para insertar la lanza de madera del estandarte. La gran mayoría llevan un agujero donde debería estar el corazón. Aquí se colocaba una esmeralda (que alguno conserva) para simbolizar los atributos universales del alma. Las piezas están labradas en piedra volcánica en color cobrizo o grisáceo. Los rostros están tratados de manera tosca y uniforme, sin señalar los rasgos individuales, pero sí los raciales. 

La escultura azteca y sus máscaras

De semejante signo son las múltiples máscaras, también talladas en piedra, que nos han llegado. El arte teotihuacano, anterior al azteca, ya mostró preferencia por el culto a la muerte. Este gusto aún se conserva en el México contemporáneo. Y nada más tenemos que recordar la manifestación colorida del Día de Muertos, una expresión cultural entre lo folclórico, lo artístico y lo religioso que, por su profundidad espiritual y su belleza semántica, se ha adoptado (a veces sin entender su sentido simbólico) por la cultura occidental actual.  

Las máscaras aztecas poco o nada tienen que ver con las actuales calaveras coloridas del Día de Difuntos. Aún así, ambas manifestaciones beben de la misma creencia: de la pervivencia de los muertos junto con los vivos no solo en su parte espiritual sino también en su radical materialidad, o lo que quede de ella. De aquí proviene la representación de los huesos e, incluso, la corrupción carnal. No encontramos reflejo de miedo en estas máscaras ni tampoco un relato de advertencia o pavor. En ellas, en definitiva, se manifiesta una familiaridad con la muerte diluyendo, a la par, las fronteras que separan a los difuntos del mundo de los vivos. 

Las esculturas aztecas representando animales  

En ellas se reflejan la creencia de este pueblo de la existencia de un alma en todas y cada una de las criaturas y objetos inanimados de la naturaleza: ríos, cascadas, piedras… Son frecuentes las que nos muestran jaguares o águilas. Sin embargo, no estamos ante el animal del mundo físico y ni siquiera ante una representación simbólica de un concepto abstracto sino ante criaturas que dialogan con los miembros de la raza humana, favoreciéndolos o perjudicándolos. Todas estas esculturas están realizadas en piedra volcánica y algunas bestias se retratan sentadas. Sobresalen las piezas que muestran serpientes enroscadas, jaguares, águilas, perros y también criaturas de menor tamaño como el saltamontes, la rana o los peces. Este gusto por los animales fue recogido por Bernal Díaz del Castillo, cronista de Hernán Cortés, quien nos describe un espectacular y cuidado zoológico perteneciente a Moctezuma II. 

Y, por último, las calaveras de cristal de roca, como ya he apuntado arriba, no pueden considerarse ejemplares de la escultura azteca sino artefactos creados por los aventureros occidentales para timar (no hay otra palabra) a prestigiosas instituciones que adquirieron estas falsificaciones creyendo que eran el más sublime ejemplo artístico de esta cultura precolombina.  

Texto por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla  

©  Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, de las imágenes 

 

 

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