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La balsa de la Medusa de Géricault | análisis y comentario

La balsa de la Medusa de Géricault

La balsa de la Medusa de Géricault

Candela Vizcaíno

 

La balsa de la Medusa de Théodore Géricault (1791-1824) es una de las obras más representativas de la pintura del Romanticismo y narra atroces hechos reales que escandalizaron a la sociedad de su tiempo. El lienzo es de gran tamaño ya que mide 4,19 x 7,16 metros y se custodia en el Museo del Louvre. Fue pintado entre 1818 y 1819, dos años después del acontecimiento en el que se basa y presentado en el Salón de París donde cosechó críticas y parabienes a partes iguales. 

Hechos históricos que sustentan la obra 

El junio de 1816, con la restauración monárquica y tras el fracaso del sueño europeo de Napoleón, sale del puerto de Rochefort un pequeño convoy de cuatro barcos abanderados por el Medusa. El destino era el puerto de San Luis en Senegal para aceptar la devolución de este territorio de manos de los ingleses. Era capitán de la expedición el vizconde Hugues Duroy de Chaumereys de quien, ya antes de zarpar los barcos, se puso en duda su capacidad para dirigir dicha empresa. Y los hechos dieron la razón a los que criticaron ese nombramiento simple y llanamente porque era un aristócrata con influencia en la recién restaurada corte monárquica. No tenía ni experiencia ni habilidad ni valentía ni escrúpulos tal como se demostraría tras el desgraciado y criminal naufragio. Los otros barcos se llamaban Loire, Argus y Echos.  

A mitad de la travesía, el capitán decide, sin ningún sentido, adelantarse e ir más deprisa que, al parecer, quería llegar cuanto antes a tierra. Probablemente debido a esta mala decisión y a la falta  de pericia, el Medusa encalló frente a las costas de Mauritania no sin antes haberse desviado de su ruta aproximadamente 60 millas. Tras los esfuerzos en vano por liberar el barco de la arena, tres días después abandonan la fragata y comienza la odisea de La balsa de la Medusa.  

En el colmo del desatino, el barco no llevaba suficientes botes salvavidas. Así que decidieron improvisar con las tablas del barco una balsa de 20 x 7 metros donde se apiñaron, al menos, 149 desgraciados que, en principio, iban a ser arrastrados por el resto de los botes. El capitán, junto con otros oficiales, se puso a buen resguardo en uno de las embarcaciones con comida y agua. La ayuda sería por poco tiempo ya que, en el colmo del cinismo y seguramente llevado por una acción criminal, las amarras se soltaron esa misma noche. 

Quedó más de un centenar de almas agolpadas con unos cuantos paquetes de galletas, dos barriles de agua y otros tantos de vino en una estructura inestable azotada por las olas del Atlántico. La desesperación pronto cundió entre los náufragos abandonados cruelmente a su suerte. Lo que siguió después escandalizó a la opinión pública una vez se conoció por boca de los únicos quince supervivientes que retrata Géricault en La balsa de la Medusa. La situación extrema empujó a esos desdichados a los límites de lo humano con peleas, asesinatos de los más débiles, locura, suicidio, sed, hambre y canibalismo.  

Fueron encontrados trece días después, por pura casualidad, por el Argus ya que el capitán, siguiendo su comportamiento criminal, ni siquiera mandó buscarlos. Solo 15 lograron sobrevivir a tal experiencia extrema. Una vez conocido, el incidente causó una enorme conmoción en la opinión pública francesa y se interpretó como un símbolo de la decadencia social del momento.  

La balsa de la Medusa

Análisis de La balsa de la Medusa  

La obra de Géricault retrata el momento preciso en el que los pocos supervivientes atisban a lo lejos el Argus (retratado como un pequeño punto en el horizonte) y sigue una estructura en pirámide. Adelanto que hay dos puntos imprescindibles a la hora de realizar el análisis de La balsa de la Medusa y comprender su sentido último: el realismo y la percepción de caos. Como hiciera Goya con Los fusilamientos del 3 de mayo y con la obra hermana, La carga de los mamelucos, se impone la fuerza de una realidad histórica, de unos hechos concretos que son retratados con crudeza. Y también ambos artistas abandonan cualquier serenidad, sobriedad y elegancia de la etapa anterior, la de la cultura del Neoclasicismo. Efectivamente, este lienzo, como los del español, tiene todas las características del arte del Romanticismo con su gusto por las pasiones extremas y la naturaleza desbocada. 

La balsa retratada por el artista es más pequeña que la original aportando un sentido extra de inestabilidad y fragilidad. El lienzo ha sido construido, a pesar de la sensación de caos por el amontonamiento de los cuerpos, de abajo hacia arriba. En el fondo se agolpan los muertos sobre los que yacen los moribundos y se levantan los que aún quedan con vida. El vértice lo ocupa un joven de aspecto saludable y robusto que, con todas sus fuerzas y de espalda, agarra un pañuelo rojo con el que pretende ser visto. Esta figura representa la esperanza para los que aún mantienen un hálito de vida y para él mismo. La luz aparece en el horizonte allí donde, como una mota en la inmensidad, aparece el Argus. 

El Romanticismo hizo suyo la expresión de la fuerza de la naturaleza que cobra vida como un personaje más. En La balsa de la Medusa, el mar, las olas, el cielo y las nubes son auténticos protagonistas revistiéndose con las misma pasiones que el ser humano. En este caso es energía destructiva que se empeña en hundir más aún en el abismo espiritual a los pocos sobrevivientes de tal barbarie. 

La serenidad clásica queda abandonada por completo y lo que predomina es el caos y la oscuridad (plasmada en la gama de ocres y negros). Los cuerpos se amontonan en la frágil embarcación y nos recuerda el horror que aún viven ese pequeño grupo de hombres. Las pocas energías que quedan se ahorran para ese desgarrado acto de socorro. Mientras tanto la naturaleza se empeña en hundir (en todos los sentidos) a los náufragos ya que las velas soplan en sentido contrario al viento y, también, de la posición, a lo lejos, del Argus.  

La obra, en definitiva, se “lee” de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba. El punto inferior está representado por la muerte, la del joven que sostiene un hombre maduro (el padre) que, con gesto filosófico, reniega de cualquier acto de salvación para sí. Al irse su hijo, no hace ningún esfuerzo por acompañar en la llamada de socorro. A su alrededor yacen esparcidos los últimos cadáveres sobre los que se alzan los moribundos. El joven que está en la esquina superior derecha ondea un trapo rojo aupado por sus compañeros con la esperanza de ser visto y poder ser salvado. La obra combina, por tanto, la brutalidad más absoluta con la fuerza anímica del ser humano.  

Comentario a la luz de la estética del Romanticismo

La obra, tal como venimos anotando, responde punto por punto a lo que es el Romanticismo. Atrás queda abandonada la sobriedad neoclásica para incidir en el caos más absoluto. Además, el realismo es brutal y no solo se manifiesta en la representación de la misma obra de arte sino también en que se basa en un hecho real y contrastado. 

El tratamiento de la naturaleza es romántico así como el fin último de la obra, ya que el artista claramente quiso denunciar (en el sentido político) unos hechos infames llevados a cabo por quien debía liderar una expedición. Atrás queda, a igual que sucede con Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, cualquier atisbo de heroísmo. La balsa de la Medusa nos dice de los límites (en todas las direcciones y sentidos) a los que puede resbalarse la experiencia humana. La representación es la de unos seres abandonados y moribundos que se agarran a la vida a toda costa aunque ese a toda costa suponga dinamitar todas las líneas rojas que, como sociedad, nos hemos impuesto.  

Por si esto fuera poco, el realismo de La balsa de la Medusa incide en la denuncia a las élites que ocupan cargos sin estar preparados tanto en el plano formativo como en el más mínimo de las virtudes. Todo en la obra (y en el suceso histórico en sí) nos remite al lado oscuro de la humanidad tan querido por los artistas románticos. El barco naufraga por la falta de pericia del capitán que, además, se comporta en todo momento de manera criminal. Los desdichados abandonados a su suerte se enfrentan al infierno en un intento de supervivencia extrema. Y Géricault lo inmortalizó en una obra de arte que ha pasado al canon universal. 

Por Candela Vizcaíno | Doctora en Comunicación por la Universidad de Sevilla

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