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¿Y si el arte rupestre fue obra de mujeres?

El arte rupestre fue creado por mujeres

El arte rupestre fue creado por mujeres

Candela Vizcaíno

 

El 11 de octubre de 2013 la prestigiosa revista National Geographic publica una investigación, llevada a cabo bajo su mecenazgo, en algunas cuevas europeas decoradas con arte rupestre. Aunque el objetivo no está especificado en la exposición de motivos, quienes realizaron dicho trabajo se preguntan si, en realidad, estas pinturas no estarían realizadas por mujeres, por una suerte de chamanas femeninas que dejaron estas huellas (a veces en el sentido literal del término) en el interior de cavidades siguiendo algún tipo de rito de iniciación. La conclusión coincide con el título de dicho artículo divulgativo: los artistas prehistóricos podrían haber sido mujeres.  

Qué es el arte rupestre 

Aunque rupestre significa “en piedra” y etimológicamente podríamos incluso considerar  como tal algunas manifestaciones contemporáneas de land art, la denominación se acota a una época indeterminada en el cambio del Paleolítico al Neolítico. Estamos en un arco temporal que va desde el 40.000 a.C hasta el 3.000 a.C. De la época, a pesar de las numerosas excavaciones y de los estudios antropológicos, poco se sabe. Tanto es así que las nuevas investigaciones se empeñan en desmontar por completo las anteriores con cada nuevo hallazgo. Aunque poco se sepa del modelo social y cotidiano de los inicios de la humanidad, sí nos han llegado maravillosas obras de pinturas rupestres de indudable belleza e importancia. Solo hay que poner unos cuantos nombres: Lascaux en el sur de Francia, Altamira en el norte de España, la Cueva de las Manos en el sur de Argentina… Quizás porque estas obras comenzaron a estudiarse en el siglo XIX (marcada por una cerrada mentalidad patriarcal), sin fundamentos de ningún tipo se consideró que fueron creadas por pintores masculinos. Las últimas evidencias, sin embargo, apuntan a lo contrario: a que la pintura rupestre fue obra de mujeres. 

Cómo se realizan las pinturas rupestres 

La mayoría de estas enigmáticas obras se encuentran en cuevas de difícil acceso e, incluso, para su ejecución, con toda probabilidad, habría que forzar posturas incómodas. Y esto hay que tenerlo en cuenta a la hora de apuntar una finalidad, un objetivo, una intencionalidad.  Para su realización se utilizan elementos que quedan a mano: arcillas, minerales, grasas animales, huesos huecos o pinceles rústicos con pelo de animal. Los colores son los básicos: el ocre (de la tierra), el negro (hollín o mineral), blanco (de piedras) y rojos (de arcillas o minerales).

Las formas del arte rupestre son básicas y en ellas encontramos bisontes, caballos o ciervos e, incluso, esquemas de individuos con armas sencillas: arcos con flechas y lanzas. Este realismo contrasta, compartiendo espacio, con la multitud de manos realizadas por el método del estarcido. Con esta técnica, la mano se coloca sobre la pared y sobre ella, con un hueso hueco, se va soplando la pintura hasta delimitar por completo el contorno. También hay ejemplos en positivo. Esto es, se tiñe la mano con pintura y se imprime por presión la huella en la pared. Son. precisamente estas imágenes las que han sido estudiadas desde el punto de vista métrico y se afirma por parte de los investigadores involucrados que la mayoría pertenecen a mujeres. Las manos del arte rupestre presentan una morfología muy particular, ya que tanto los dedos índices como anular son de la misma longitud. Y esta característica (con sus matices) es esencialmente femenina. 

Cueva de las manos

La cueva de las manos de Argentina y la teoría que ha revolucionado el entendimiento del arte prehistórico 

Fue el psiquiatra Massimo Fagioli (1931-1917) quien apuntó la diferencia morfológica entre las manos femeninas y masculinas. Estos estudios fueron continuados por el biólogo John Maning. Fue este último el que demostró que las mujeres (con sus salvedades) tenemos el dedo índice y anular de la misma longitud. Los hombres tienen el anular más largo. Posteriormente, el antropólogo Dean Snow en la expedición financiada por National Geographic nombrada al principio corroboró esta hipótesis en las cuevas prehistóricas.  El objeto de estudio se basó en las huellas de manos de las cuevas de Lascaux en Francia y del Campillo en España. 

El revuelo de los resultados de la investigación estaba servido entre antropólogos y arqueólogos de todos los rincones del mundo. Y, a partir de esa fecha, se pusieron a comprobar esos parámetros métricos en las distintas cuevas desperdigadas por todos los rincones del planeta. Así, se ha podido corroborar también en las cuevas de México y, por supuesto, en una de las más famosas del mundo:  La Cueva de las Manos de Santa Cruz, en Argentina. Está situada a pocos kilómetros del conocido glaciar Perito Moreno. La obra está fechada entre el 13.000 y el 9.000 a.C. La cueva está a 24 metros de profundidad y tiene 10 metros de alto, aunque se va estrechando una vez dentro. Fue descubierta en 1876 y el grueso de los estudios se realizó durante los años sesenta del siglo XX. Aquí encontramos manos en las que se ha esparcido pintura sobre ellas. Los colores van del rojo al ocre pasando por el blanco y el negro. Algunas son de pequeño tamaño y no se descarta que pertenezcan a adolescentes implicados en algún rito de paso que no podemos dilucidar con los datos actuales. 

La Cueva de las Manos (como otras semejantes) se utilizaron durante siglos. Esto es, estuvieron en activo, con sus debidas transformaciones, por generaciones. Y es aquí donde cobra importancia la teoría que considera estos lugares como emplazamientos sagrados. Solo a este tipo de sitios se vuelve una y otra vez mientras es cuidado por la comunidad sin importar los años que pasen. Además, en este yacimiento argentino encontramos los animales autóctonos de la zona como los guanacos. Y hay más datos: entre el año 3000 y 1500 a.C. estas pinturas rupestres se transforman y pierden su realismo. De esta fecha son seres imaginados mezcla de animal y humano. Por tanto, la narración del mito, del símbolo y de lo irreal está servida. Es más, los investigadores apuntan a que estas cuevas estaban en uso por las poblaciones de cazadores recolectores de la zona en una edad tan temprana como el siglo XII. Y si lo estaba es porque el lugar era considerado ancestral y mágico.  

Arte rupestre y trascendencia 

Aunque las teorías sobre la finalidad de esta manifestación estilística no está clara, no podemos perder el foco con hipótesis mundanas. Una tarea tan compleja para la que se necesita adentrarse en una cueva donde incluso hoy en día (con nuestra cosmovisión desacralizada) se siente ese pellizco de lo otro, de lo espiritual, de lo incognoscible, solo puede entenderse en clave sagrada. Esto es, el arte rupestre no puede ser, como se ha apuntado, esquemas de caza que compartía toda la tribu. Para esa función, individuos primitivos con escasas herramientas no se adentran en cuevas complicadas. Esos croquis se harían alrededor del fuego sobre la arena en el caso de que algo así se hiciera. Estas manifestaciones artísticas hay que entenderlas como un deseo de congraciarse con los espíritus, con la magia que ya intuían puesto que tenían asimilado el concepto de finitud, de la muerte con toda su incomprensión.  

Hasta el interior de las cuevas se accedía portando antorchas y los útiles de pintor con el único fin de dejar plasmada una imagen, una representación, un símbolo, en definitiva, de aquello que era fundamental para la supervivencia del grupo. Con toda probabilidad, esos recintos servían como lugar de ofrendas, de rito o de comunión con la divinidad. No podemos saber si se desarrollaban ceremonias con la tribu al completo o, en su defecto, solo algunos elegidos accedían a este lugar. 

El arte primitivo y su relación con lo sagrado 

Esto último “parece” (con todas las salvedades de las hipótesis) lo que se representa en la Cueva de las Manos de Argentina. En ellas aparecen plasmadas manos femeninas (siguiendo el esquema de longitud apuntado al inicio) o de individuos adolescentes de ambos sexos. Las imágenes están superpuestas unas sobre otras y algunas incluso muestran el antebrazo. Se ven más apelotonadas las que se encuentran en el tercio inferior como si fuera más fácil acceder a esa zona para dejar marcada la huella. Algo de esta condición (en un espacio de complicado acceso y con un emplazamiento natural de radical y apabullante belleza) se realiza siguiendo parámetros mágicos, sagrados o de encuentro con la divinidad. Esas manos se nos antojan como una especie de firma, como el permiso de acceso a un lugar sagrado. Nos podemos imaginar una chamana que da paso a un adolescente o a una mujer joven para que, de algún modo u otro, oficie los ritos que allí tienen lugar. Estamos ya ante un pensamiento simbólico y mágico. 

Esas manos que se superponen unas a otras sería como el libro de firmas de todos los que, de alguna manera u otra, participan de esa narración sagrada. Si fuera así, deberían tener intuición de lo que supone la historia, de lo que supone que un miembro suceda a otro miembro, de lo fundamental de la supervivencia de la tribu a pesar de la muerte de algunas personas. Al superponer las manos sobre las existentes están formando comunidad y tendrían la concepción de la importancia del pasado sobre el futuro. 

Si esto fuera así (y es mi hipótesis personal), estas sociedades estarían más avanzadas de lo que normalmente se acepta y también explicaría las obras descomunales de la arquitectura prehistórica. Estos movimientos de piedra, aunque también tuvieran otro uso más mundano, estaban diseñados para ejercer una función sagrada y en comunidad. 

No podemos perder de vista que las cuevas que han sido utilizadas durante siglos han evolucionado hacia representaciones más abstractas. Esto supone un paso hacia adelante en el pensamiento simbólico. El símbolo es la representación de un más allá desconocido que se intenta aprehender y domeñar mediante imágenes del mundo natural. La narración de ese otro lado siempre se hace mediante el mito y este pertenece a la esfera de lo sagrado, de lo que está en el revés de la frontera que separa la vida y la muerte. A estas especificaciones tan generales y aceptadas desde la teoría del inconsciente colectivo según C.G Jung pertenecen estas muestras de arte prehistórico cuyas manos tienen la morfología femenina.  

Por Candela Vizcaíno | Doctora por la Universidad de Sevilla

 

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